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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








viernes, 27 de agosto de 2010

El bucle (IV)


Los libros ocultan frecuentemente lo que no dicen las palabras que tienen grabadas. Esconden sentidos entre líneas. Hay incluso linealidades quebradas. También preservan papeles olvidados entre sus páginas. Si se analizaran esos pequeños billetes que yacen en los libros, ¿no habría que reescribir la historia al menos en parte? Naturalmente, no pienso en la historia con mayúsculas, ese abstracto e insuficiente intento por interpretar lo impreciso, sino en las pequeñas historias. Las historias caseras, familiares o individuales, cruzadas o vividas en solitario. Un día abres un libro de tamaño enorme, así solían ser los antiguos diccionarios de la lengua, y sin querer sobresale un papel con una caligrafía casi olvidada. Si reconoces la letra y te fijas en que la firmeza se mantiene, aun debilitados algunos trazos, algo se remueve dentro de ti. Y los personajes entran en acción y la parte desconocida de los personajes se tantea. Obviamente, no tienes evidencia de nada. Y en el papelito solamente hay palabras transcritas del viejo diccionario. Te inquieta que un texto se entresaque de entre los demás textos, incluso que se subraye. Pero te inquietas y te conmueves por lo que intuyes. Hay más revelación en lo sumergido que en lo evidente. Fugazmente repasas la agotadora enfermedad de ella y la limitada soportabilidad de él. Pensabas que la modernidad estaba en las manos de tu generación, y que ciertos conceptos eran la moda reservada para los de tu tiempo. Y de pronto descubres que no había nada que no se supiera. Y que el recurso a un vocablo y a una definición podía reconfortar o indicar un camino. Es así como recuerdas un aforismo de Canetti, de su Libro de los muertos: “La maldición de tener que morir debe ser transformada en una bendición: la de poder morir cuando vivir resulta insoportable”.

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