.

.


La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








martes, 17 de agosto de 2010

¿La mantequilla se acabó?



Odio la palabra crisis. Es un vocablo adulterado por los imbéciles, falseado por los empresarios, prostituido por los políticos deshonestos, tergiversado por los medios de comunicación, ignorado por los religiosos y desconocido por las últimas especies de los filósofos. ¿Qué demonios quieren decir con lo de crisis? ¿Que nos vamos al carajo todos? ¿Qué nos tenemos que rebajar más ante las apetencias del mercado? ¿Que los que trabajan se lo tienen que poner barato a los que viven a costa de los que trabajan? ¿Que los grandes negocios no obtienen todo lo que quisieran? ¿Que la gente se asfixia por no medir sus posibilidades y límites? ¿Que los ciudadanos padecen las consecuencias de una manera de vida por encima de sus posibilidades? ¿Qué somos víctimas de las insidias de las grandes finanzas a escala planetaria? ¿Que hasta el individuo más modesto tiene la obligación de entrar en la cadena desaforada del consumo, a costa de malgastar sus recursos? Nadie se pondría de acuerdo sobre el término. Crisis de superabundancia. Crisis de carencia. El modelo de producir más y más mercancías para que a cambio cada individuo se convierta a su vez en más y más mercancía no sé si estará tocando techo. Pero avisos está recibiendo. El sistema, como en el casino, rien ne va plus. Ya no se distingue la mercancía objeto de la mercancía sujeto. Y si ése es el eje ético que estamos obteniendo, que el diablo cojuelo nos coja confesados. Las sociedades se siguen estratificando en función de cómo hayan caído los individuos en ellas. Y su suerte. Sólo cabe esperar el retorno de nuevas formas de esclavismo, de clientelismo de bajo precio y de oferta laboral tirada por lo suelos. Y perder nuestra libertad íntima. Mientras, llenamos nuestras casas de objetos inútiles, nos sobrecargamos de bienes perecederos, hablamos con el nuevo objeto que entra cada día en nuestra casa para sentirnos alguien y salvar la otra crisis, la verdadera (la personal) Buen futuro. Crisis. ¿Se habrá acabado la mantequilla?

Aporto un texto del monje japonés Kenko Yosihda, de su obra Tsurezuregusa (Ocurrencias de un ocioso)

El sabio, al morir, no deja ni bienes ni riquezas. Si dejara objetos inútiles, que no son provechosos, al descubrírselos sería bochornoso. Si los objetos fueran provechosos, los herederos, viendo el apego que tenía a las cosas, se llenarán de tristeza. Y si los tesoros fueran muy numerosos, todavía resultaría más lamentable, porque habría herederos que dirían: “Esto me lo llevo yo”, y se armaría una trifulca. Si quieres que alguna cosa tuya pertenezca a alguien, entrégasela mientras tengas vida.

Habrá cosas que son indispensables para la vida diaria, pero, fuera de ellas, es mejor no poseer nada.




(Fotomontaje de John Heartfield, La mantequilla se acabó)

10 comentarios:

  1. Ardes, y te sigo en tu quemadura.

    Tantos objetos poseemos y al final no sabemos nombrar la intemperie,

    Yoshida Kenko nos muestra el camino una vez más,

    un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Pues si se ha acabado la mantequilla no te creas que es tan malo. Como producto lácteo que es, nos hace estar más apegado al refugio y la recompensa fácil, al tiempo que acelera nuestros metabolismos incitándonos a buscar más placer.

    Por otra parte, creo que la reflexión a hacer por parte de nuestras sociedades ha de ser profunda. Y como ésta no se va a llevar a cabo, la reflexión tendrá que ser individual o en grupos que se sostengan entre sí. Ayer leía las palabras de un filósofo, profesor de la Universidad de Santiago, que decía que en realidad la barbarie se encontraba en la civilización.

    Fuerza compañero

    ResponderEliminar
  3. Y mira que tengo dudas de que el tratado del saber vivir del bonzo japonés pueda ser aplicado. Y sin embargo nos permite un un espacio y un tiempo para meditar y deglutir algo de sus enseñanzas.

    Y sí, uno arde, todo resulta demasiado incendiario.

    Un abrazo, Stalker.

    ResponderEliminar
  4. Ataúlfa. En un discurso que pronunció Goering en 1935 dijo algo así como que "El filón (de una mina de hierro) siempre ha fortalecido a un imperio, la mantequilla y la manteca como mucho han engordado a un pueblo".

    El fotomontaje es una ironía rabiosa de la revista antinazi AIZ y de su mentor John Heartfield. Se ve a una familia de bien alemana ingiriendo objetos de metal con un ansia y una gula total, siguiendo al pie de la letra las consignas del gran mentor Goering. Uf.

    De acuerdo contigo en que las reflexiones no s ehacen. Y dado el punto al que estamos llegando, deberían ser hondas, naturalmente.

    Me gustaría conocer esas declaraciones del profesor de Santiago. Un amigo mío, de la Pompeu Fabra, escribió en 1995 un libro titulado "La Barbarie. De ellos y de los nuestros". El autor es Paco Fernández Buey. El libro está en Paidós y es muy ilustrativo al respecto.

    Salud y diálogo.

    ResponderEliminar
  5. Hombre, sobre esto último encuentro un texto reciente que puede ser útil, en:

    http://culturaxxxsociedad.blogspot.com/

    Vale.

    ResponderEliminar
  6. Krishnamurti no tenía bienes; él decía: "¿Para qué los quiero? cuando necesito casa o comida, están mis amigos que me las dan". Y así vivió: sin nada, sirviendo a través de su saber. Y vaya paradoja, porque hubo quien le servía a él tal como lo indica el sabio: dándole a cambio de todo lo que enseñaba... ¡¡eso sí que es trueque!! :D

    rien ne va plus, así es: rojo al 22. ¿Sabes lo que es la crisis? Que una jefecilla pelotuda como la que tengo -que no pasa de los 30- te diga: "Hay gente que gana porque trabaja gratis... ¡trabaja gratis!", y que encima ¡se lo crea! Y tiene que hacerlo, que sino se va a la calle.

    En fin. La crisis de la propiedad privada está en marcha. Cuando no quede nada quedará claro también quién es sabio y quién no.

    Sdos-.

    ResponderEliminar
  7. Fackel,
    Aquí te paso un link de la entrevista que le hicieron a Sucasas en Página 12. A mí me parece muy interesante su punto de vista; lo cierto es que después de Auswitch, incluso antes, con nuestra guerra civil, el mundo ya no podía pensarse igual: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-151496-2010-08-17.html.
    Ya me contarás.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
  8. Vengo de leer el link que dejaste anteriormente. Muy, muy interesante. Intentaré hacerme con el libro de Fernández Buey.
    Gracias!

    ResponderEliminar
  9. RAB. Me impresiona tu testimonio, que no me suena nuevo, y por eso me afecta más. ¿Qué quieren algunas birrias? ¿Que volvamos al esclavismo y encima les agradezcamos la vida? Me gusta que hables en plata, sí señora.

    No sé si la crisis de la propiedad privada está en crisis. En cuestión lleva siglos estándolo, pero ahí sigue. Siempre resurge de muladares o cenizas. Sobre todo, la propiedad de los bienes de producción. La propiedad se cree demiurga: yo te doy la existencia, yo te la privo; bendito sea su santo nombre (emulando un dicho cristiano)

    De todos modos, no sé si lo importante es ser sabio, ser puro o ser reconocido. Hay demasiadas carencias por una parte y una sobreabundancia con pies de barro por otra.

    Gracias por tu energía rebelde.

    ResponderEliminar
  10. Bien, Ataúlfa, ya me leeré la reseña que me indicas. Gracias por pasármela prontamente.

    Te diré que Fernández Buey es un tipo intereresante. Su trabajo viene de largo tiempo, está bregado en mil batallas y a pesar de las caídas, no cesa en su empeño. Bebe de Gramsci y mantiene una antorcha luminosa. Pero ya sabes que la luz no es sólo un fenómeno físico. Requiere predisposición y voluntad para aceptarla.

    Respecto a pensarse o repensarse el mundo tras las barbaries, primero la española y luego la enorme, la mundial, habría mucho que hablar. Hay quien dijo que no podría ya escribir después de la Segunda Guerra Mundial, que todo había quedado vacío y desposeído de palabras, y, sin embargo, parece que esa etapa también ha quedado superada. Uno no sabe si las cosas no pueden repensarse por los efectos devastadores de una guerra (ergo un desentendimiento de dimensiones colosales) o porque hay olvido y pesa sobre todas las generaciones. Al final, va a ser aquello del hombre tropezando dos (y millones) veces sobre las mismas piedras.

    En fin.

    ResponderEliminar