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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








domingo, 8 de agosto de 2010

Las sombras

Fragmento de una carta de Yoshiro A. a su hermano Taro, escrita el ocho de agosto de 1945 y nunca recibida por éste en la base del Pacífico Sur donde se suponía que estaba destinado:

“…me faltan palabras y me sobran vacíos. Como ya sabrás por una carta anterior de papá, mi enfermedad alérgica me hizo abandonar la fábrica de conservas donde trabajaba. En principio me limité a no salir de casa, pero ni con la quietud se me pasaban mis ahogos. Papá y mamá decidieron que fuera unos días al campo, a una aldea más al norte donde vivimos un tiempo de nuestra bonita infancia. Tú tal vez no te acuerdes de ella. Lo cierto es que mi mejoría de las últimas semanas me hizo pensar en un regreso pronto a nuestro barrio. Yo lo deseaba, no sólo por normalizar mi salud sino por cuidar de nuestros padres. Así se lo hice saber a Masaru (el padre), pero en parte debido a su preocupación por mi dolencia y en parte por la situación del país me aconsejó que aguantara un poco más aquí.

Acabo de enterarme por algunos viajeros y por la radio de lo que ha sucedido en nuestra ciudad. Todo resulta tan extraño como insólito. Tal vez esas voces exageran, pero algunos dicen que no ha quedado nadie con vida. No sé cómo interpretarlo y sólo pensar en ello me hace temblar. Nadie sabe con claridad qué ha sucedido exactamente. Algunos pobladores de los alrededores han comentado que no se ven edificios en pie, que una nube densa cubre las calles y que hay bastantes heridos. Esto último me hace tener confianza en que la catástrofe, sea cual fuere su causa, no haya sido tan arrasadora como otros agoreros avisan. De la emisora que se coge aquí no se puede uno fiar mucho porque la censura de guerra sólo da a conocer lo que interesa a los militares. Yo creo que de la misma manera que algunos que han venido del entorno de nuestra ciudad desconocen la dimensión del suceso también la radio oculta la verdad siguiendo consignas.

La gente de aquí no habla mucho. Hay algunos que siguen defendiendo el nombre del Emperador a capa y espada, pero creo que más por una cuestión de confianza ciega e ignorante y por su personalidad insegura que por otra cosa. Tú debes saber mejor que nadie cómo se las ha gastado el enemigo en sus operaciones. Mira que ni siquiera sé si sigues en la misma base a donde voy a enviar esta carta o si habrás sido hecho prisionero. Es decir, que cabía esperar que esta guerra acabara algún día y que el fracaso de nuestros gobernantes, que nos han estado desgastando durante años, tendría que tener lugar. De alguna manera, todos nos íbamos haciendo a la idea de la humillación a que nos iban a someter los vencedores. Algunos de nuestros ancianos más sabios nos prevenían sobre la implacabilidad de los americanos y de cómo estábamos solos frente al mundo. Pero seguíamos esperanzados en que no se nos tratara con una suerte de piedad y de que la rendición debería salvar la vida y los bienes de nuestras familias. Si lo que ha pasado en la ciudad se confirma como una tragedia terrible, prefiero no pensar en lo que nos espera.

Estoy en vilo por lo que haya podido suceder a Masaru y Juro, y a las tías Nori y Aina, así como a las pequeñas gemelas hijas de ésta. No me preocupa tanto sentirme sola en esta aldea como la culpabilidad que me embarga y la desazón que siento que se ceba en mi…”

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