martes, 30 de agosto de 2022

Sentimental

 



Las circunvoluciones de mi cerebro necesitan en ocasiones desplazarse por los caminos de otros territorios. Regiones que no son solo paisajes. Se activa entonces un diálogo íntimo donde me doy consejos y arriesgo propuestas. Un camino lo conforman las ideas modernas que solo el viajar proporciona. Otro, la aventura de los amores circunstanciales. Cualquiera de ellos te propones recorrer sin presuras pero también atento, pues sabes que en esta actitud reside el deleite del viaje. Todas las rutas te conducen a conocer gentes diversas pero las imprevistas te permiten advertir más de cerca los quehaceres y los días de los pobladores. Hay desviaciones que te permiten cultivar el humor, el cual consideras tu mejor arma, sea bajo forma irónica o a carcajeo. Llegar a una ciudad y detenerte en una posada te aporta no solo un refugio o el diálogo con los paisanos sino las expresiones coloquiales en otras lenguas, que tanto gustas de practicar. Del mismo modo que aprecias percibir los gestos y las intenciones que guarda y pretende el interlocutor. Que una de las doncellas te mira con interés especial, tú la respondes con otra mirada que puede llevar a un acogimiento placentero. Te invitan a una celebración los señores de una mansión, pues tú vas y escuchas las ideas pero también las ensoñaciones de los asistentes. Te muestras fraternal y con sumo interés por las costumbres civilizadas, incluso manifestándoles que tomas como modelo las suyas, aunque muchos de ellos son aparentes y toscos. Si la esposa del Conde de J. se admira de tu ponderación pero se abre al desparpajo y hace apartes contigo, no debes rechazarla. Ella siempre saldrá airosa al justificar su ausencias, pues ¿quién puede rechazar la visita a unos jardines o la contemplación de los alrededores del palacio? Admitir invitaciones de pudientes no es para ti más atractivo que tratar con cocheros, chicas de servicio o artesanos. Una sencilla modistilla puede descubrirte mundos que no hubieras imaginado sin que exijan desplazamientos de tu parte. Alguien te relata un sueño y tú le manifiestas que es tuyo también. Otro te expone sus cuitas y le escuchas con interés. A los clérigos los conoces de sobra y, aunque les encuentras menos interesantes, gustas de echar un pulso en sus visiones de la vida, que son más intensas y soberanas que las religiosas. ¿Encuentras tropiezos al atravesar aldeas? La generosidad siempre saldrá en tu ayuda. ¿Tienes aversión al mal trato de los hombres con sus subordinados? Puedes ejercer de Salomón y ganarte el aprecio de los contendientes. ¿Compiten dos damas por tu atención? Haz como si ninguna de ellas te interesa y negocia por separado. ¿Vienen los funcionarios a reclamar tu identidad? Busca quien elevado en su dignidad sea capaz de imponerse y proporcionarte la cédula para salir del paso. 

Si en alguna ocasión un pintor de cámara retrata tu porte e ilumina tu cara para que no todos te olviden, déjate aconsejar. ¿La quiere de despacho o recorriendo mundo?, te preguntará. Y tú le responderás que haga lo posible por exponerte en amable conversación con tus propios recuerdos e imaginaciones. Y en esa pose te ves a ti mismo sentado en un angosto coche de punto sintiendo la proximidad de Madame X y el roce de su mano sobre tus muñecas, veladas por la puntilla de la camisa. 




* Laurence Sterne en un retrato de Sir Joshua Reynolds


sábado, 27 de agosto de 2022

Perversión

 




Sí, tengo dos rostros. Y qué. Se corresponden con el mismo ciclo de sucesión de la noche y el día. Salvo un ligero matiz. En mi cara las horas diurnas son oscuras y las nocturnas se brindan luminosas. 

Es por la noche cuando concibo las venganzas más crueles. Es por el día cuando sucumbo a los ardides que me son tendidos o cedo a las solicitudes a las que no puedo renunciar. Si peco de falsa ingenuidad por unas horas me entrego durante las más calladas a la sabiduría del mal para desquitarme.

Porque en el mal hay saber. Requiere tanto del pensamiento como de la voluntad. Del cálculo sobre los resultados como de la asunción del acto consciente. De la medida de una cierta y peculiar especie de virtud encauzada para cometerlo y del sentido de que lo virtuoso no es solamente lo que se califica como bondad.

Parecerá ridículo lo que digo o, mejor dicho, en contra de todo lo estipulado. Pero si el mal abunda y es practicado con tantas artes arteras, permítaseme la iteración, algo tendrán que ver en el mismo cuantos lo practican. Y los conceptos pueden dar un vuelco. El mal y sus practicantes requiere de una inversión de valores. 

El malvado persigue a su vez el reconocimiento. Del individuo apocado y temeroso se ha pasado a un modelo de personaje masa que hace ostentación y que apenas revela complejos. Ciertamente se sabe apoyado, encuentra su refugio en los que son o se manifiestan como él, traslada su personalidad a un ente global que justifique su abyección.

Pero yo no practico el mal de los otros. El de ellos es un mal despersonalizado, que se apodera de cada cual y lo repiten por inercia, sin que sepan del placer que proporciona elaborarlo desde las entrañas. Mis noches, por el contrario, son fructíferas. Organizo la reacción ante la posesión irredenta de mis amantes. Preveo cómo actuar ante las presiones laborales que me agobian. Dibujo máscaras que me permitan corresponder al entorno presumido con superior cinismo. Planeo mensajes que confundan a los que hacen de las modernas redes un sumidero de falacias y supercherías. 

Entro en el mal mismo para provocar sus propias contradicciones. ¿Que soy una especie de demiurgo y a su vez acólito del mismo? Y qué. Nadie podrá decir de mí que practico el mal por ser boba y dejarme manipular. Asumo el mal con decisión. Lo saboreo, lo amargo, extiendo su calidad allá donde alcanzo. 

La línea entre noche y día se diluye y yo misma no me reconozco ni a favor de una ni del otro. Soy como la jornada completa, pura esencia. Naturalmente, del mal.




martes, 23 de agosto de 2022

Flexiones y reflexiones

 


El actor me ha hecho pensar en la flexibilidad que tuve. Algún eco me queda. Pero antes el movimiento era reflejo. Ahora tengo que pensármelo. ¿Cómo? ¿Pensar un movimiento que debería ser meramente natural, esto es, automático e inconsciente?

Recordando: cuando al impulso sucedía la acción refleja. El impulso se medía por sí mismo y pocas veces se equivocaba en el resultado de la ejercitación. ¿Errores de cálculo? Eso es otra cosa; siempre los hubo. Creías que ibas a poder pero tu capacidad de esfuerzo quedaba por debajo de lo que exigía la prueba. Que el desastre fuera grave o leve ya se vería; pero se corregía fácilmente. El poder de la reposición. La armonía de la agilidad. Aprendizaje.

Cualquier paso en los movimientos del cuerpo proporcionaba experiencia. ¿Hay un tipo de experiencia más fiel que comprobar lo que da de sí tu cuerpo persiguiendo el movimiento?

Saltos. Retorcimiento. Escalada. Carrera. Giros. No había voltereta que no fueras capaz de realizar grácilmente. Ni subida a árboles o tapias que no lograras. Aguantabas el tirón de la velocidad (aquel corredor de fondo que eras quiere hacerse valer aún en otras coordenadas) Te colabas por hendiduras y rendijas. Cogías peso sin que ninguna articulación o músculo se quejase. 

Sensación, entonces, de que la energía generaba más energía. Dabas por hecho que fluía como regalo de tu propia naturaleza. Que eras así. Que eras eso. Otros lo llamaban nervio.

Ingenuidad: pensar que siempre te mantendrías como una factoría de actividad que generaba actividad. Te creías una especie de cinta de Möbius. ¿Creías que no iba a haber principio ni fin? ¿Que te componías de una sola cara que se regeneraba sobre sí misma? 

Sorpresa: aquel vecino se rompía un brazo, tal amigo una pierna, el otro con un hombro dislocado. Tú te asombrabas al compararte. Eres de goma, te decían. ¿Dónde queda aquel material del que te pensabas que estabas hecho? Algo debe quedar, te consuelas.

Misterio: tú no parabas; ellas, las chicas, casi no se movían. Poco podías enseñarlas, salvo tu exhibición ostentosa. De ellas podrías haber aprendido antes y a tiempo. Alguna trataba de emularte y te seguía. Qué épico.

Desasosiego: cuando descubriste que otros individuos, sin ser agitados como tú, obtenían respuestas sobre preguntas que tú no te hacías.

Confusión: la deriva del movimiento por el movimiento ocultaba la capacidad de tu mente. Y el consiguiente retraso en motivarla.

Has dicho que antes eras corredor de fondo. Ahora intuyes o, mejor dicho, vas concluyendo que hay un fondo contra el que no puedes ni debes correr porque tras él no hay luz alguna. ¿Habrá merecido la pena el recorrido?

 


(Fotografía: Actor de teatro Butoh)

sábado, 20 de agosto de 2022

Marchitos, febriles, errantes, pero ¿volver?

 



Que veinte o cincuenta años no son nada son imaginaciones del tango. No soy tanguero, aunque lo fui algo por influencia de mi madre que se sabía todos los tangos de su tiempo. Además escuchar ahora un tango de los célebres me remite a lo perdido y para qué. Pero eso de que veinte años no son nada siempre me llamó la atención. ¿Que no son nada? Que se lo digan a un preso o a un enfermo persistente. El tiempo parece poco o nada cuando ha transcurrido. Y eso si lo ha hecho bien. Pero el tiempo con penurias es larguísimo siempre. Claro, Gardel hablaba del amor, muy propio de un tango. Ya se sabe: rienda suelta a la melancolía. Pero incluso en el asunto amoreux ¿significa algo el tiempo? No me hagan caso, para qué teorizar en vano.

Podemos ir estando marchitos, febriles y errantes. Pero no hay vuelta alguna posible. En lugar de ir en busca de lo inexistente y perdido brindemos -apostemos- por mantener vivas ciertas dotes. La perplejidad. La admiración. La sorpresa. La curiosidad. Hay fines y motivos suficientes sobre los cuales podemos ensayar, a medida que pasa el tiempo, un cierto sentido de la vida que nos complazca. 

No hay más.


* Dedicado a Noxeus.

jueves, 18 de agosto de 2022

Quejido. A Federico y sus compañeros de infortunio

 



Ay de la noche turbia. 
Ay de la noche callada.
Ay de la noche noche. 
Ay de la noche sin luna.

No hay estrellas que te nombren. 
Ni jazmines que tú huelas. 
No hay chicharras que te canten. 
Ni voces de niñas buenas.

Solo la tierra resuena 
bajo los pasos siniestros.
Solo improperios y burlas
de la ebriedad de los ciegos.

Murmullos de dos toreros.
Los silencios del maestro.
La oscuridad del poeta
que le roba el sentimiento. 

Ay palabra que enmudece.
Ay de los gritos que acallan.
Ay del tiempo que se niega.
Ay la memoria olvidada.

Y la muerte en su lamento
a un gran vacío ofrendada.





* Retrato de Federico García Lorca, por Gregorio Prieto.

(Recuerdo humilde al poeta, asesinado un 19 de agosto de hace 86 años)

lunes, 15 de agosto de 2022

Malditos fanáticos

 


"Ven, dijo a su lado la voz de Zeeny Vakil. Al parecer, a pesar de sus tropiezos, su debilidad, sus culpas -a pesar de su humanidad-, iba a tener otra oportunidad. A veces la suerte de uno era increíble, desde luego. Aquí estaba, agarrándole por el codo. A mi casa -propuso Zeeny-. Larguémonos de aquí.

Vamos, respondió él, y volvió la espalda al panorama".

Salman Rushdie, Los versos satánicos.  


El ataque a las palabras es una práctica antigua. Define a los intolerantes, a los que no respetan la discrepancia. Pero no es un ataque abstracto a las palabras y sus significados. Las manos visibles e invisibles del crimen creen que destruyendo a los que las utilizan también las hacen desaparecer.

En todas las culturas ha habido sectores que han ejercido violencia contra los que usaban la palabra verbal o escrita. Los judíos la practicaron, los cristianos no la evitaron, los musulmanes han recorrido análogo camino, los supuestos laicos pero totalitarios la ejercieron hasta el límite. Cuando el ataque se ejecuta con una inteligencia tenebrosa detrás -no creo que tras el atentado a Salman Rushdie del otro día haya solo un mero fanático casual- revela que el fanatismo está bien asentado. Y que es un medio e intercambio -como la moneda- para lograr largos fines.

Qué puede decirse a estas alturas que no se haya dicho de la intolerancia, esa lacra permanente ejercida desde diversas instancias y que es alimentada con oscuras intenciones. Qué se puede descubrir sobre los crímenes en nombre de iconos abstractos e inexistentes. Qué de las desdichas que el poder de unos hombres generan sobre otros utilizando la mano de obra de la violencia. Qué honda y vertiginosa propiedad tienen las palabras que algunos, hipócritamente, no pueden soportarlas.

Celebraré la recuperación del escritor Salman Rushdie, cuya ejecución ya estaban celebrando los más fanáticos. Tal vez no solo los del bando de la teocracia iraní sino algunos de cualquier sesgo intolerante de los que tenemos en nuestro entorno. 


jueves, 11 de agosto de 2022

Gesticulaciones

 


Observen, señores visitantes, dice el pretencioso cicerone, que lo más expresivo de esta doble escultura no son los rostros, ni siquiera la disposición de celebrar un ágape con sus cuerpos extensos, ese estilo que heredaron los romanos. Aun cuando sus caras reflejan un estado de bienestar y alegría idílicas, ajenas a este mundo, resultan demasiado alejadas para el mortal que las contempla. 

No se puede negar que la actitud de arropamiento mutuo ya refleja algo más calor, y pretende trasladarnos la fuerza de la complicidad aparente de una pareja. Ya entonces se daba un instinto de protección sublimado que ha llegado hasta nuestros días. Otros dirían que anuncia un carácter de compenetración, que vaya usted a saber. Tal vez la posición social pudiente de ambos permitiera esta exhibición enaltecedora, tan ignorada o recóndita, por otro lado, entre los pobres. 

Pero lo que realmente denota viveza, vida comunicativa, dinámica de existencia dotada de proyectos como si vivir fuera algo inacabable, es la gesticulación que ambos esposos practican. A quién se dirigen, que señalan, qué plantean o resuelven, qué pensamientos intercambian y debaten, qué intenciones se traen entre manos, nunca mejor dicho. 

Ah, señores visitantes, admiren este conjunto de quienes aun muertos nos quieren decir que están vivos. Recréense en el misterio arcaico de sus rostros angulares de orientales procedencias, valoren lo bien trabajados que están los miembros de sus cuerpos robustos, reconózcanse en sus propios atributos femeninos y masculinos, aprecien sus peinados y aderezos. Pero, eso sí, pero déjense arrobar sobre todo por el movimiento de sus manos. Cuánto hablan sus dedos afilados y móviles. ¿Hacen un repaso de lo que fue su vida? ¿Conciben nuevas ideas con las que prolongar lo improrrogable? ¿Dialogan y razonan? ¿Contemplan lo pasado o imaginan nuevas vivencias? 

Nada denota en esta pareja, señores visitantes, preocupación, ni inquietud, ni resignación, ni abandono. Niente da abbandonare es la consigna que marcan esas manos que se saben ahítas de conocer el cuerpo del otro, o de firmar contratos, o de ordenar acatamientos, pero que también quieren dejar constancia de una mutua esperanza. 

Particularmente pienso, estimados oyentes, que se trata de una soberbia y magistral intervención teatral. Aunque se me enfaden los especialistas. Porque ya se sabe que las comedias y los dramas tienen lugar en cada unidad familiar y cara al exterior pueden traducirse de las formas más imaginarias. Con voces, con desplantes, con gestos, con movimientos. Con su consiguiente ocultación, incluso. Por supuesto, no les quiero condicionar la visión sobre estos ficticios inmortales. Extraigan ustedes mismos sus conclusiones. Pero gocen de la contemplación. Añoren y envidien una vida eterna si su ilusión se lo comunica y les place. 

Y, ahora, señores visitantes, pasemos a otra sala.




* Sepulcro de los esposos, obra etrusca hallada en Cerveteri y expuesta en Villa Giulia, Roma.


lunes, 8 de agosto de 2022

Sumisión

 


Vas a llevar la corona a tu reina. La que salvas. La que respetas. La que reconoces. No te arredra saber el precio que pagarás. Lo que ella me pida se lo concederé, piensas, anhelas. Acataré sus preceptos. Pero no es lo que parece, voy más allá, insistes. Bien sabes diferenciarte de los necios. Lejos de su babosería tú al menos crees conocer dónde estás. Es tu arte. En el ejercicio del culto a tu soberana te elevas. Te elevas incluso cuando te hundes para satisfacer sus caprichos. Jamás la alcanzarás del todo. Pero ella disfrutará no solo con sus mandatos sino incluso con sus desplantes, su altanería, sus humillaciones. Todo ello lo aceptas porque consideras que son los dones que ella pone en ti para percibir el goce. Te unas o no a la procesión de adoradores mandas mensajes ocultos a tu reina, que ella distingue. Te cuelas a veces entre los acólitos más viles y depravados para simular que eres uno más, pero ella sabe que no eres un cualquiera sino un selecto. Me ha elegido, piensas, te entusiasmas. Dispuesto como estás a descubrir tus pulsiones sin fondo ella te pone a prueba. No hay espacio extremo de la diosa que no desees idolatrar. Si te extiende sus manos las humedeces en tu boca. Si te ofrece su torso te estremeces en un impulso de lactante solícito. Si descubre su abdomen te arrodillas convulso ante el templo. Si prolonga sus pies perezosos lames cada palmo de sus dedos. Madre consoladora, canta tu plegaria, pero apenas has entrado en su reino. Porque ella será la que ordene, la que proponga, la que te hiera, la que te divida. La que saque de ti lo que tú mismo desconoces. ¿A qué estás dispuesto?




* Dibujo con autorretrato en Dedicatoria, de El libro idólatra. Bruno Schulz.


viernes, 5 de agosto de 2022

Inmortalidad

 



Aquí estoy. He venido con mis amigas. ¿No queríais inspiraros todos vosotros en nuestra juventud? Herr Kirchner, ¿cómo me coloco hoy? Quiero que ellas aprendan también a posar. ¿Quién nos iba a decir a nosotras que íbamos a ser modelos de pintores en boga? Para mis amigas prima el dinero. Para mí es necesario también, pero he descubierto que hay algo más que vender la propia imagen. Me lo has enseñado tú, Ludwig, y perdona el tuteo, sé que lo prefieres. No me importa el resultado de lo que pintes, eso es cosa tuya. Yo estoy a este lado de tu trabajo y me brindo a cuanto precises y a lo que mis movimiento te sugieran. Tu mirada a mi cuerpo es ya para mí un valor. Me reconoce. No aspiro sino a estos instantes en que soy una fuente de ideas para ti. Ya me lo dijiste el primer día. Voy a hacer tu retrato, Marcella, a mi manera, a lo que el instinto nuevo me exija. No me importa lo que acabes pintando, te respondí. Para mí la obra está en este tiempo en que me pides que me ponga de este lado o eleve mi torso o me recoja cruzando las piernas o desenmarañe mis cabellos. La obra finalizada de la joven Marcella ya está aquí, posando ante ti. Me gusta tu sinceridad, Ludwig. No busco reproducir lo que pareces, me has dicho, sino lo que hay detrás y va a inmortalizar tu tiempo presente de otra manera que pocos ejecutan. Hasta con tu lenguaje de artista estoy aprendiendo. Creceré, me haré adulta, si la vida no me ha maltratado antes demasiado, pero esa inmortalidad de la que hablas es como poesía. Un cuadro es también poesía, sueles afirmar. Y entonces yo te sonrío porque me haces sentir musa no solo de artes sino incluso de nuestra mutua amistad. 





* Retrato de Marcella, de Ludwig Kirchner

lunes, 1 de agosto de 2022

Confusión

 


Pintarse a uno mismo es lo más difícil que existe. Cada día lo intento pero cada día tengo una expresión diferente. ¿Que eso lo hace más interesante? Sin duda. Pero me arrebata la incertidumbre por saber quién soy realmente. Sería más sencillo mirarme al espejo. Este me devolvería la imagen sin mayores altibajos entre un día y otro. Me parecería que soy yo, aunque no estuviera seguro si solo se trata de un burlón el que tengo enfrente. Pero disponer el espejo de un lienzo para reflejarme, ay, eso es otra cosa. Inestabilidad. Desasosiego. Inseguridad. Todo acaba deviniendo en confusión. ¿Cuántas veces he empezado y he alterado las pinceladas? Un color me deprime, lo cambio. Una disposición me resulta inquietante, la modifico. Observo que falta expresión, me invento alguna. Y ese no saber quién soy da la medida de mis dudas. ¿Debo pintar mi apariencia o recrear un personaje? Al fin y al cabo cada individuo se ofrece aparente de día en día y en ocasiones resulta irreconocible para los próximos. Acaso de ahí que me tiente imaginar lo que soy, aun no siendo lo que otros me ven. Pinto para mí como otros escriben solo para ellos. Me expongo a extraer mis propias turbulencias, a derivar en gestos poco atractivos, a exponerme en posiciones escasamente edificantes. Y qué. Un cuadro es flor de un día, aunque si permanece para la posteridad muchos vean al retratado de un modo fijo. Allá lo que piensen y la idea que se hagan de mí. No deberían verme como quien ve una fotografía, que también las fotografías son de un instante, sino como un individuo en tránsito con su propia obra. Tampoco soy lo que pinto, siquiera en sus desequilibradas posturas o miradas aviesas. En realidad soy mis eructos, mis movimientos intestinales, mis cansancios, mis voces aguardentosas, mis desplantes, mis inquietudes. ¿Cómo dejar constancia de todo eso y más en un lienzo? En el pasado muchos artistas han retratado a personajes de modo exquisito y retórico. Como si solo fueran tipos de cuadro. Como si no tuvieran vida, sino solo un rol. Cuadros para una galería, un salón o una dependencia sinodal. ¿Reflejaban esos retratos lo que eran realmente los personajes o pretendían trasladarnos su estatus de poder? Ciertamente, siempre se ha pintado también de otra manera. Ignorando a los pudientes y reconociendo a los débiles. Ni uno ni otro es mi caso, ni lo intentaría. Yo me veo así: soy en cuanto hago. Me desplazo hacia un espacio inescrutable.  Giro sobre mí mismo hasta convertirme en ángulos. Proyecto la mirada buscando el momento que no volveré a disponer. Ahí quedo. Móvil y tratando de evitar una permanencia imposible. Fecundando una confusión que me aporte íntima claridad.


  


* Autorretrato de Max Beckman.


viernes, 29 de julio de 2022

Frustración

 


Ahora eres tú quien te debes mirar a ti misma, si puedes y lo logras. ¿A cuántos hechizaste y destruiste con tus ojos homicidas?  Sé víctima de tu frustración para que comprendas, impelida por un instante de pavor que precede a tu muerte, lo que otros sintieron cuando los petrificabas. 

Di. ¿Qué experimentas en este instante letal en que la harpé del héroe venga a los desdichados? ¿Qué sensaciones te acometen cuando ni siquiera tienes un tiempo de redención? ¿Cuánto te aflige saber que ya no habrá pensamiento ni anhelo ni goce como los que tu turbia condición hicieron presa en ti? ¿Cómo interpretar el espanto que tu rostro sangra? Lacerada por la separación y la pérdida del resto del cuerpo los cabellos se te rebelan generando coléricas culebras. ¿Es el movimiento reptante e inquieto de la maraña ensortijada lo que te asusta? ¿Temes que tu antiguo rostro soberbio sea carcomido por las mensajeras del fin de tus días? ¿O es la memoria de tus actos funestos que no te perdona? De nada te vale ya el temor imprevisto al héroe que llegó para vengar a cuantos convertiste en roca. Su espada ha sido fatal, pero no menos que la mirada de acero con que sentenciabas a los más débiles. 

Pero yo te comprendo. Comprendo que también tú, única mortal entre tus hermanas, pagaras un precio por tu belleza. Comprendo que la frescura y el color de tus cabellos, tan exuberantes y altivos, desatasen los celos de la omnipotente diosa. Los dioses son coléricos y se muestran a veces tan mortales como los humanos. Ni siquiera ellos pueden admitir que un mortal posea tanta sabiduría o belleza o capacidad amatoria como las suyas. No admiten competidores, ni juegos entre humanos y dioses si no les son favorables, ni enseñanzas que les cuestionen dejándoles en entredicho si no en ridículo. Nunca estaré de acuerdo con que la diosa ejecutara tu condena haciendo de tu cabellera un nido de reptantes. Si antes otro dios soberano y oceánico te violó, como cuentan algunos, o al que te entregaste condescendiente y apasionada, como dicen otros, desatando bien tu propia ira, bien la ira de la diosa, también puedo entender tu posterior reacción. Pero, ¿por qué han pagado cuantos seducidos te han mirado con fijeza, atraídos por tu hermosura y por tus ojos indescifrables, tu afán vengativo? 

Volverás a habitar el inframundo, demediada eternamente y trastocado tu rostro en la imagen del horror que te produces tú misma. Yo siempre evité contemplarte de frente y ahora la sigo evitando porque el rostro del espanto también mata. Y no hay égida donde te reflejes que me dé total seguridad.  




* Medusa, por Michelangelo Merisi da Caravaggio.

martes, 26 de julio de 2022

Kafka está en todas partes, pregúntenselo si no a Sebastian Haffner

 


Si alguna vez había leído el cuento de Kafka Ante la ley no había visto en él más que una de las críticas que con claridad o veladamente hace el escritor de Praga al funcionamiento rígido de las sociedades, a la esclerosis de la administración y a sus sistemas de control y anulación del individuo. Pero repasando un tema espinoso de la historia contemporánea, el fracaso de la revolución alemana de 1918/1919 y el desarrollo de la República de Weimar hacia el abismo, me he topado con los estupendos textos de que el berlinés Sebastian Haffner -Alemania: Jekyll y Hyde. 1939, el nazismo visto desde dentro o el espléndido Historia de un alemán, además de La revolución alemana de 1918/1919- hace gala por su conocimiento sobre aquellos períodos turbios y turbulentos, antes de su exilio en 1938.

Es precisamente en su obra La revolución alemana de 1918/1919 donde el prólogo nos ofrece una interpretación peculiar del escrito de Kafka, que acaso no tiene que ver con la intención del checo, pero que Haffner saca su jugo adaptado a las circunstancias. Adjunto lo que Haffner escribe:


"Franz Kafka en su relato Vor dem Gesetz (Ante la ley) narra la historia de un hombre que solicita entrar a un implacable guardián y que pasa toda su vida esperando ante la puerta, siendo rechazado una y otra vez, pero sin perder la esperanza, intentando vanamente persuadirlo. Finalmente, en la hora de su muerte, el guardián le grita al oído que ya va perdiendo: Esta entrada estaba especialmente reservada para ti. Ahora me voy y la cierro.

La historia del Imperio (Reich) y de la socialdemocracia alemanes recuerda este relato kafkiano. Al surgir casi simultáneamente parecían estar hechos el uno para la otra: Bismarck trazó un marco estatal en el que podría desarrollarse la socialdemocracia y esta esperaba que algún día podría dotarlo de un verdadero contenido político de forma duradera. Si lo hubiese logrado, tal vez existiría hoy el Reich alemán.

Pero ya sabemos que no lo consiguió. El Reich cayó en las manos equivocadas y se hundió. La socialdemocracia, que desde el primer momento se sintió llamada a dirigirlo y que quizá hubiese podido salvarlo, nunca reunió en los 74 años de existencia del Imperio ni el valor ni el vigor suficientes para hacerse con él. Como el personaje del relato de Kafka, la socialdemocracia se había instalado cómodamente ante la puerta. Y también a ella la Historia le podía haber gritado al oído en 1945: Esta entrada estaba especialmente reservada para ti. Ahora me voy y la cierro

Pero al contrario que en la historia de Kafka, en esta hay un instante dramático en el que todo parece cambiar. En 1918, ante la derrota inminente, los guardianes del Reich abrieron a los propios dirigentes socialistas la puerta de entrada, cerrada durante tantos años, y los dejaron pasar voluntariamente a las antecámaras del poder, no sin segundas intenciones; y entonces las masas socialdemócratas se precipitaron hacia el interior, empujando a sus dirigentes y arrastrándoles hacia la última puerta, hasta el mismo poder. Tras medio siglo de espera, parecía que por fin la socialdemocracia alemana había alcanzado su objetivo.

Y entonces sucedió algo increíble. Sus líderes, que habían alcanzado a regañadientes el trono vacante conquistado por las masas socialdemócratas, movilizaron inmediatamente a los antiguos guardias de palacio, ahora sin señor, y mandaron echar de nuevo a sus seguidores. Un año después, los mismos líderes volvían a encontrarse fuera, ante la cerrada puerta, y para siempre.

La Revolución alemana de 1918 fue una revolución socialdemócrata sofocada por los dirigentes socialdemócratas: un suceso sin par en la Historia".


Esto lo escribió Sebastian Haffner en Berlín en enero de 1979. Se puede discutir lo que interpreta desde el punto de vista de la historia, pero no el uso metafórico de un texto de Kafka, que demuestra que Franz está por todas partes.





domingo, 24 de julio de 2022

Ante la ley. Cuento de Franz Kafka

 


Ante la ley 

Franz Kafka 




Ante las puertas de la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. 

El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar. 

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora. 

La puerta que da a la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice: 

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera. 

El campesino no había previsto estas dificultades; la ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta. 

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice: 

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo. 

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino. 

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable. 

-Todos se esfuerzan por llegar a la ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar? 

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora: 

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla. 





* Óleo de José Hernández.






viernes, 22 de julio de 2022

Gravedad

 


¿Será ya esto la muerte, Karl? Pesa la vida presenciando pérdidas. Los días son onerosos cuando tienes la sensación de que los caminos se cierran. Pero ¿acaso podíamos elegir? No quisimos pasar por la puerta cuando podríamos haberlo hecho. Y cuando intentamos optar ya no se nos permitía acertar. ¿Qué cuenta el individuo ante la oleada de un tiempo que conduce a la masa hacia un mundo donde habita la sinrazón? Karl me decía que siempre hay que invocar la resistencia personal. Aunque dé la impresión de que es inservible. A pesar de que no sea reconocida por otros, sino más bien denigrada. Todos han elegido seguir como ciegos al hombre providencial. ¿Por qué la gente no despierta y deja de creer en la patraña de una providencia que no es tal? Encerrada en mi visión pesimista de la vida sé que no gusto a nadie. Te gustas a ti misma, no es poco, me decía Karl. Mis conciudadanos se entregaron hace tiempo como autómatas a las falsas promesas. Se confundieron de Prometeo y respaldaron uno que, lejos de romper sus cadenas sujetó sus vidas con dobles eslabones. ¿Tanto pueden influir las palabras que se venden como bellas y que miman los oídos de los que no saben o no quieren distinguir? Palabras que no valdrían más de no ser porque están respaldadas por fuerzas siniestras, la mano dura, el control social. ¿Será ya esto el perecer, Karl? Aún tengo que escuchar con frecuencia, a pesar de cuanto está sucediendo, que él o ellos, y lo dicen con entonación de letras mayúsculas, nos lo han dado todo. Si yo les replico que somos nosotros, cada paisano, cada alma, quienes hemos dado hasta el sacrificio vacilan, pero no acaban de reconocerlo. Pesa sobremanera la tozudez insana y despersonalizada de quienes se niegan a la vida. Grava la obscena ambición sobre nuestras cabezas. ¿Cómo acabaremos?



* Autorretrato de Käthe Kollwitz

miércoles, 20 de julio de 2022

En reconocimiento a José Antonio González, barrendero muerto al pie de una tarde de más de 40 grados

 


Un barrendero que cae muerto en pleno trabajo en una tarde de plomo  de cuarenta y pico grados ¿qué es? ¿Un héroe o un antihéroe? ¿En qué nómina de reconocimiento se inscriben los albañiles que mueren en una obra, los conductores profesionales que se estrellan, los brigadistas apagando un incendio o los barrenderos limpiando las calles? Por citar casos recientes. Siempre me ha ha hecho gracia aquella expresión: muerto en acto de servicio, que se aplicaba a  ciertos sectores de actividad pública en señal de reconocimiento formal. ¿Se aplica acaso a alguno de los anónimos caídos por la actividad cotidiana que beneficia a toda la sociedad? No lo sé. Pienso que el mejor reconocimiento es corregir lo que está mal. Los horarios, los medios de trabajo, la percepción salarial, la organización laboral, en definitiva. José Antonio González, sesenta años, caía muerto por un golpe de calor limpiando las calles. Otros, y pienso con especial ironía en autoridades y beneficiarios de la plusvalía generada por un empleado, estarían tan ricamente a la misma hora refrescándose en sus piscinas particulares. Ya digo: ironías de la historia cotidiana, la de los muertos anónimos en verdadero acto de servicio.



(Fotografía tomada de internet)

domingo, 17 de julio de 2022

Curiosidad

 





Ogni pensiero vola
(Cada pensamiento vuela)

Inscripción en la boca de Orco, Sacro Bosco de Bomarzo.


Acaso de haber conocido el florentino esta boca del Orco hubiera aplicado también a ella: perded toda esperanza los que aquí entráis. Pero aún faltaban tres siglos para que uno de los principales de los Orsini levantara su laberinto fantástico. Y las ideas habían evolucionado mucho en ese tiempo transcurrido. De ahí ese lema que hoy figura como recepción: Cada pensamiento vuela

Vuela la manera de pensar de cada época, pero también la asunción de pensar por parte del individuo. A pensamiento efímero, pensamiento nuevo. A cada pensamiento intrascendente, pensamiento consolidado. A pensamiento vencido, pensamiento conquistado. Son voces que resuenan en el interior de la arquitectura del hombre devenido en morada infernal. 

Una morada que es de este mundo. ¿Qué otra cosa son los infiernos sino las aflicciones, los desatinos y las pérdidas? Si algo te aflige, cierra la herida. Si persistes en el error, revisa sus causas. Si duelen las pérdidas y las carencias, compadécete a ti mismo por no comprender los límites de la naturaleza humana

Descenso a la intimidad. Solo los espíritus débiles pueden sentir temor o rechazo ante un retrato en piedra. Parece oírse una voz ajena que se acerca. No soy yo quien engullo, sino la curiosidad que los mortales sienten. No soy un desmesurado rostro, soy una estancia de paso. Quien advierta pavor pero no manifieste asombro se pierde lo interesante que hay detrás

Retrato en piedra de la entrada a las tinieblas. Pero la oscuridad no es un fin sino solamente un trayecto a través del cual buscamos a trancas y barrancas la luz. No temáis las entrañas tenebrosas, porque no son vuestro destino. No os rindáis a las pruebas que encontréis ahí dentro. No os dobleguéis ante los seres monstruosos que aparezcan, pues no pueden ser la excusa para el abandono. No cedáis a las propuestas tentadoras, pues os desviarán de vuestro propio objetivo de purificación

El rostro de la boca del Orco simula la fealdad. Como la que cada uno de nosotros lleva pegada a su piel. Porque, ¿acaso hay mayor fealdad que la ignorancia? Traspasa las fauces del monstruo. Es el horror de no entender nada lo que debe darte miedo. Es tu mente obnubilada por la persecución de bienes la que te priva del bien de la belleza interior. Es la oportunidad que se te brinda de ser curioso la que te redime del desasosiego que causan las turbulencias. Orco te habla. Variedad de voces. Tú debes responderte a ti mismo.




*Boca de Orcus en el Sacro Bosco de Bomarzo. Fotografía de Herbert List.


jueves, 14 de julio de 2022

Confusión

 


Lo peor estaba por llegar. Pero, ella tan joven, ¿cómo iba a imaginarlo, amigo Alesandrovich? No lo sé, tal vez hablasen de la situación con frecuencia en casa. O acusaran más las estrecheces y vieran las orejas al lobo. Pero vivían alejados. Las noticias corrían por todas partes, Petr Ivanov, y llegaban hasta lo más profundo de los bosques, no obstante el control de las autoridades. ¿Qué vería el pintor en aquella chica, amigo? Tal vez dos miradas. La de quien abandona el pasado de la inocencia y la de quien se empieza a encontrar recelosa ante un presente quebradizo. Y un futuro incierto, matizaría yo. No cabe concebir en alguien tan joven un gesto así, ¿no crees? Sí, lo creo, pero eran tiempos duros y una cosa es la versión que imponían los comisarios políticos por aquí y por allá y otra lo que creyeran o quisieran creer los herederos de los otrora mujiks. Naturalmente con sus consiguientes riesgos si no eran cautos y callados. Tiene un aire de contención confusa esta joven, Alesandrovich. Cuando uno recibe informaciones contrapuestas más que claridad lo que incuba es un desorden de pensamiento. Y además pienso que acaso habían purgado ya a algún miembro de su familia. Porque si era así lo que le vinieran contando desde el comité no le resultaría creíble. Hay que ser muy fuerte para desalojar el engaño, y eso solo es propiedad de algunos adultos que persiguen siempre la verdad en su fuero interno, mi estimado Ivanov. ¿No crees que tal vez esta joven ya estaba ejercitándose en una especie de resistencia emocional, Alesandrovich? Probablemente. Al contemplarla me pregunto si sobreviviría al futuro inmediato la chica del bosque. Yo me pregunto si nos haríamos la misma pregunta, sin un retrato delante, sobre millones de individuos anónimos que no sobrevivieron.





* Retrato del pintor ruso Kuzma Petrov-Vodkin, La chica en el bosque, 1938.


martes, 12 de julio de 2022

Una cita espléndida de Martinus von Biberach

 


No sé de dónde vengo, / soy quienquiera que sea. / Me muero, no sé cuándo, / me voy, no sé adónde, / me extraña estar tan contento.

Tal cita se le atribuye a un clérigo alemán de finales de la Edad Media, Martinus von Biberach. Dicen que si fue su epitafio. También parece que al reformista Martin Lutero tampoco le gustó, y le faltó tiempo para dar la vuelta a la estrofa corrigiéndola y volviéndola al redil. Vana pretensión. Como sin duda no gustaría a la Iglesia romana. A mí me parece que sintetiza espléndidamente un pensamiento nada equivocado ante la vida. El aparente y sano escepticismo no es negación de la experiencia vital. Ese final lo aclara todo. Creo que así nos vemos algunos.




(Fotografía de Juan Rulfo)


viernes, 8 de julio de 2022

Seguridad

 


Me han dicho que Denis también se ha hecho un retrato. Que no estaba convencido pero ha cedido a la verborrea y los consejos de algunos amigos. Algo nada frecuente en él. Dicen que se queja de que aparenta más joven, más risueño y de una pulcritud rayana en la ridiculez. Cuando le vea le aconsejaré que no se apure por ello. Que la gente no le va a recordar por el retrato, sino por su inmensa obra. O ve a saber si le recordarán, pues la ingratitud es un defecto humano.

Y de mí, ¿quién se va a acordar? Añádase un por qué, un cómo y un cuándo si se quiere. Soy de la opinión que muchas veces recordamos habitando un dónde. Vivimos pensando que las siguientes generaciones nos tendrán en su memoria y que de algún modo honrarán nuestro paso por la tierra, siquiera por haber sido progenitores. Aunque no estoy tan segura. Más allá del ansia por la herencia, ¿tendrán un huequito en su mente para nosotros? Por otra parte, si hablan a la ligera o con malicia cuando ya no viva me va a dar igual lo que digan. Los que me han conocido darán su parcial interpretación de la mujer. Los que no me hayan tratado incurrirán en repetir historias, y no digo ya tópicos, que nada me afectarán aunque sean imaginarias y desproporcionadas. Unos verán en mi actitud vital a la mujer seductora. Otros serán prudentes y me reconocerán como la mujer dialogante. Los estetas criticarán en mi retrato una pose de coquetería. Los divertidos contarán anécdotas sobre mis bromas. Los reaccionarios me señalarán confundiendo mi profundo uso de la libertad con lo que ellos llaman libertinaje. Moralina de celosos. Algunos más convencionales exagerarán mis dotes cultas. Aunque no faltarán quienes al verme con los dedos entre las páginas del libro comenten que no pasa de ser postureo. Los envidiosos, ¿y qué puede esperarse de ellos?, soltarán entonces habladurías varias sobre mí, deseosos de haber estado también bajo mi protección no solo afectiva sino material.

Han llegado a mis oídos algunas impresiones de quienes han pasado por mis salones. Unas de sincero respeto. Otras más bien morbosas, por ejemplo todas aquellas que más que impresiones son juicios de valor y se ceban en mis enamoramientos. Que si cuando estaba con Jean-Jacques ya me entregaba a Friedrich, que si lo intenté con el de Ferney e incluso que coqueteé con Denis o el Barón. Cito a estos por ser de los más conocidos. Jamás me han preocupado las impertinencias y las difamaciones o, diría más, nunca han podido conmigo. Una mujer que sabe ir siempre hacia adelante con claridad y firmeza no debe temer. ¿Que me gusta ser reconocida por aquellos que acojo y me frecuentan? Por supuesto, y a quién no. Tal vez el reconocimiento es la más sincera muestra de amor que pueden ofrecerse unos individuos a otros. En ese sentido valoro contenta lo que he dado y lo que he recibido. Todo ha tenido su interés, a pesar de diferencias, contrariedades y rupturas.

Pierre de Varennes, un amigo de provincias que apenas se exhibe por ambientes mundanos, ha dicho de mi postura en el cuadro que puedo dar satisfacción al criterio de todos. Que me van a interpretar con arreglo a la idea que se han hecho de mí al tratarme. Incluso, les caiga bien o me odien, me sentirán como una de las suyas. El sincero va a admirar mi prudencia. El ofendido se va a sentir a gusto al observarme rebajada de humos. El enamoradizo me va a tomar como rendida. El viajero, como una mujer dispuesta a las novedades. El despechado dirá que mi sonrisa es cínica. El culto querrá saber en qué página de qué libro he detenido mi lectura. De lo que opinarán mis criados, dice Pierre que mejor se lo calla.


 


* Louise d'Épinay, pastel de Jean-Étienne Liotard 

miércoles, 6 de julio de 2022

Peter Brook y su Mahabharata

 



"Todo había empezado con el joven indio que, durante los ensayos sobre nuestra función sobre el Vietnam, US, me había mencionado por primera vez la extraña palabra Mahabharata. La imagen que evocó me había venido obsesionando. Dos grandes ejércitos uno frente al otro, tensando las cuerdas del arco. En medio de ellos un príncipe, de pie, que pregunta: '¿Por qué tenemos que luchar?'

Una y otra vez, volví a aquella imagen. Un día hablé a Jean-Claude Carrière de la batalla, de las preguntas del guerrero. Quiso saber más y fuimos a llamar a Philippe Lavastine, el amigo erudito que había dedicado su vida a los estudios del sánscrito. Le pedimos que nos explicara la situación de los dos ejércitos, y quién era aquel príncipe y por qué pone en tela de juicio el significado de la guerra. Philippe empezó diciéndonos el nombre del príncipe: Arjuna. Después dijo que necesitábamos entender por qué su carro era conducido por Krishna, saberlo todo sobre los hermanos de Arjuna y sus primos, por qué estaban en conflicto y cómo habían nacido, y para ello teníamos que remontarnos a mucho tiempo antes de que fueran siquiera concebidos, a la creación del mundo. Oscureció y, cuando nos marchamos tarde por la noche, el minúsculo apartamento atestado de libros y papeles parecía relucir con la gran épica que acababa de empezar a desplegarse. Al día siguiente volvimos. Entonces una sesión sin aliento y asombrosa siguió a otra a medida que continuaba la historia, no en un orden lógico, sino como Philippe la recordaba, en toda su intrincada complejidad entrecruzada. Después, una noche, la historia había terminado. La habíamos recibido como lo hace un niño en la India, oralmente, de labios de un contador de historias. Al marcharnos en silencio, nos hallamos en la oscura, desierta calle de Saint André des Arts. Nos detuvimos. Supimos que compartíamos la misma decisión. No podíamos guardarnos para nosotros solos lo que habíamos oído. Teníamos que transmitírselo a otros a través de nuestro campo especial, el teatro".

Peter Brook. Hilos de tiempo. Editorial Siruela.


Peter Brook falleció el pasado 2 de julio a los 97 años. Entre tantas obras puso en escena su versión de Mahabharata. 







domingo, 3 de julio de 2022

Discrepancia

 


No me gusto. Yo no soy el de la pose. Discrepo. Mi amigo se empeñó en retratarme de andar por casa, pero una bata satén no la he usado jamás. Tampoco me reconozco en ese rostro en exceso saludable y despreocupado. No me veo con placidez rubicunda. Mis quehaceres me han tenido en vilo siempre. Las consecuencias de lo que he pensado y escrito, que no ha sido ni querido ser bien comprendido por ciertos portadores de las falsas verdades, han puesto a veces límites a mi libertad. Si no fuera por la satisfacción que me ha aportado el hacer avanzar mi proyecto compilatorio podría estar anímicamente peor. Y eso que ha podido irse al garete en más de una ocasión. También ha sido una compensación la ayuda y el interés de un número elevado de colaboradores. Y de los más íntimos, que tanto han aportado, qué podría decir. Que fue magnífica su proximidad, pero que, como en el amor, con algunos de ellos fue inevitable el conflicto o, si se quiere, el desentendimiento. Aunque puede que fuera a la inversa; tal vez algo recíproco. Los humanos somos propensos a acercarnos, siempre por necesidad, pero también nos resulta inevitable alejarnos, acaso por hastío. 

Mi amigo artista me sublima en exceso con sus pinceles. Se nota que a él mismo le pesa el estilo de trabajo que realizó en la corte de España. Flaco favor representarme como un escolar pomposo, que aparenta que escribe y que atiende con su mirada los pensamientos más idealizados. Yo, que tengo poco de idealista, que todo mi empeño es dar a conocer los avances del conocimiento humano y difundirlos para un buen uso del saber. Ese saber es el que puede abrir nuevos caminos que saquen a las gentes de la ignorancia. Que se convierta en herramienta para pensar por uno mismo y sirva para alejarse de las supercherías y por lo tanto de la esclavitud en que se ve sumergida la conciencia. 

Quienes vean mi retrato en el futuro pensarán de mí que fui un individuo apacible, risueño y disfrutando de toda clase de comodidades, no solo físicas sino sobre todo emocionales. Pero el padecimiento por las persecuciones de que he sido objeto dejan huella. La dificultades y endeudamientos de mi trabajo marcan y causan envejecimiento prematuro. Sin embargo hay algo en el retrato que me lleva a cierta condescendencia, haciendo que me reencuentre con un Denis auténtico detrás del Denis aparente. Y es esa actitud de movimiento casi imperceptible, más allá de la postura de un cuerpo y de la aparente felicidad de un rostro. Tal vez mi amigo el pintor no errase al captar, ¿cómo decirlo?, mi propio élan. Una actitud de progreso, de avance desde el pasado oscuro del que venimos todos al empeño por descubrir y consolidarnos en la luz. Es lo que más salvo de la obra. Esa leve alteración que huye de la rigidez. El dinamismo por ejercitar un ejercicio libre de las ideas. Y que recuerda que cuando uno piensa habla consigo mismo y, en mi caso, está a punto de hablar para los de más. Como si fuera a trasladar mi personal esfuerzo más allá del fin de mis días. Como un anhelo de continuidad. 




* Retrato de Denis Diderot, por Louis-Michel van Loo. 1767


jueves, 30 de junio de 2022

Bondad

 


El artista procura adaptarme un rostro de bondad. Pero soy toda pensamiento.

Pienso y recuerdo. Recuerdo y revivo. Revivo y me atrapa la ficción.

Lo imaginario levanta edificios efímeros. Moradas que, no obstante, acogen. Ámbitos donde los días son menos agraces.

¿Dónde se encontraba la materia de la que estoy hecha? ¿Qué sustancia tocó antes el artista con sus dedos? ¿Qué cuerpos y qué vidas insufló cuando yo no existía todavía?

Pienso más en la materia de la que procedo y en el proceso que me configura que en la intención final que va a ser expuesta a múltiples miradas. 

Los artífices quieren casar los elementos con las creencias. ¿Cuánto durará tal matrimonio? 

Oigo hablar entre ellos a los obreros que me dan forma en el taller. Están temerosos del resultado. Una diosa debe ser perfecta, dicen. No puede faltar ninguno de sus atributos, dicen. Cada detalle tiene que estar trabajado. Les escucho y me asombro de que quieran proyectarme más allá del espacio humano. Pero ellos siguen órdenes.

Por qué necesitan tanto los hombres libres como los hombres esclavos nuestras efigies no lo sé. Lo he comentado con los otros personajes imaginarios llamados también dioses y tampoco lo saben. Ninguno de ellos ha exigido adquirir caracteres aparentes humanos. Pero los mortales se empeñan en otorgar propiedades diversas por aquí y por allá, ora a sus divinidades ora a sus héroes. Tal vez a sus límites y a sus carencias.

Inclino mi rostro con actitud benévola hacia ese mundo conflictivo que habla de valores y de méritos, de ensañamientos épicos y de armonías perecederas, de prepotencias y de sojuzgamientos. ¿Interpretarán mi gesto por igual todos cuantos admiran con fervor mi presencia?

Pretendan lo que pretendan de mi representación definitiva, permaneceré inmutable. Imploren lo que imploren, callaré. Que busquen en mi rostro los rasgos que ellos ocultan de sí mismos.






* Perfil del rostro de la Victoria alada de Brescia.

lunes, 27 de junio de 2022

Plenitud

 


Toses, toses mucho, deberías vigilarte más, le aconseja afectuosamente el artista mientras extiende la virulencia del rojo sobre la paleta. Es parte de mí, dice la modelo ocasional entre risas ahogadas por la desesperanza. Has vivido al máximo, Anita. Ella suspira. Si la vida no fuese intensidad, ¿qué sería?, y le hace una mueca burlona. Tú recíbeme con la mirada como si me estuvieras atrapando con las manos. Además me siento cómoda en el rojo. Es como si la sangre abandonara mis venas, se deslizara por toda mi piel y me vistiera tomando el relevo del tul y de las gasas. Como si transformara la desnudez y sublimara cada protuberancia de mi cuerpo.

El pintor mantiene el pincel en el aire. Tú eres más artista que yo, Anita. Yo solo soy un mirón. Un observador detallista, es verdad, y ávido, que pretende que trasciendas en un lienzo. Anita se crece en sus posturas. No seas modesto, Otto. ¿Acaso no es tu mirada deseo? ¿No te abrasa la sangre caliente, el fuego de la seducción, el movimiento oscilante que te brindo? Otto ni afirma ni niega. Mi mirada es sentir a través de ti a la mujer que llevas dentro. No la tradicional ni la sumisa, sino la libertaria, la que extiende, incluso a costa de su salud y de su tiempo, las posibilidades que los cuerpos ofrecen, y a cuyas requisitorias salvajes no sabemos siempre responder adecuadamente. Cuando apetezca de tus frutos ya suplicaré que me dejes saborearlos.

Anita oscila su cuerpo. Canturrea y acompaña la composición con el leve movimiento de una danza. Otto, aunque un día yo no esté sé que siempre permaneceré viva para ti. Anita esboza una pose casi famélica. Me has conocido en infinidad de oficios y servidumbres. He sido dueña de mi cuerpo, pero también propietaria absurda de mi destrucción. Has oído de mí vituperaciones y me has defendido hasta la saciedad. No mejores en el retrato a la mujer que se consume poco a poco. La plenitud no es solo lo que se posee sino también aquello que jamás se tiene e incluso cuanto se ha perdido. La plenitud es la vida vivida y el anhelo por la no vivida o el desaliento por la extraviada. 

Otto licua en sangre carmesí aquel cuerpo depreciado. Ella se lo ha pedido.




* Anita Berber por Otto Dix.


domingo, 26 de junio de 2022

Zamora existe, a pesar de

 


Zamora existe. Diezmada la superficie de la Sierra de la Culebra, que tiene 70.000 hectáreas, de las cuales 30.800 han sido devastadas por el incendio de los últimos días. Pero existe. Existe a pesar de la quema. Y a pesar de la incompetencia de la Junta de Castilla y León, cuyo gobierno está en manos de PP y Vox. Con la quema las bases económicas de habitantes de muchos pueblos se han ido al garete. Han muerto animales en libertad, se han quemado colmenas, se ha deforestado una extensa zona. También se viene abajo una parte de las expectativas del turismo rural en la que tanta tinta ponen los gobernantes a la hora de la publicidad. El fuego existe, por supuesto y tendrá sus causas. Pero la gestión de control del mismo, a tenor de la denuncia de forestales, bomberos y vecinos afectados ha sido un desastre. Ni siquiera tuvo en cuenta la Junta las previsiones de la Agencia Estatal de Meteorología sobre el peligro extremo de incendio. Lo cual, según indica la prensa y denuncian afectados, llevó a una consideración inferior -riesgo medio en lugar de riesgo alto- y por lo tanto a reacción tardía, déficit de medios y limitado e insuficiente plan de combate de las llamas. Se les pregunta a las autoridades regionales y estas no saben ni contestan, porque saber da la impresión de que saben poco y además ni siquiera saben responder ni mantener el tipo ante las críticas. Eso si no echan la culpa a otros con intenciones partidistas, es decir, a los que se quejan y denuncian comportamientos deficientes. Es el déficit que ofrecen, en este asunto y en otros, los líderes de discutible monta -¿escasa, mediana?- que fueron votados y accedieron a la gobernación -pactos de por medio- en las últimas elecciones. Tomen nota para el futuro, pues, castellanos y leoneses, de lo que votan y a quiénes votan. Ni me consuela ni me resigno a admitir que esta es la comunidad de Castilla y León que tenemos y las autoridades que nos merecemos.











(La primera fotografía está tomada de Zamora News. Las fotografías de manifestaciones de ciudadanos de Zamora y provincia contra la Junta de Castilla y León están tomadas de El Norte de Castilla, NIUS y Zamora 24 horas. El mapa es de La Opinión de Zamora)


jueves, 23 de junio de 2022

Expectación

 


Sé que no me crees, Antonello. Pero estás poniendo la misma cara que en el cuadro de aquel hombre más joven que pintaste. Hasta Vasari se ha dado cuenta. Una cara mitad expectante mitad escéptica. 

Por supuesto, ya no tienes tan cuidado el rostro como hace unos años y avanzan algunas arrugas desordenadas si no salvajes. Probablemente porque te tomas la vida con más desapego y no corres como antes a aprender para que otros no te hagan sombra. Hoy la barba, a la que sigues poniendo límite, no se queda en leve sugerencia, ni el peinado a lo zucotto se te concede, ni los ojos muestran el orgullo de la viveza de entonces, ni el arco ciliar es tan moderado, ni el cuello estirado habla de un porte firme. Los años no han pasado en balde y tu cuerpo ya va teniendo alguna queja que otra, vapuleado como ha estado día tras día por tu exigente actividad. 

Que según te califico con estas observaciones estés haciendo lo posible por mantener aquel esbozo suave de tu rostro, que yo he conceptuado siempre de avispado, expectante y tierno, me place. Uno puede pasar por sucesivas pérdidas y deterioros, pero creo que si se ha tenido buena estampa en los años mejores de la vida, así llamábamos a la juventud, no lo olvides, la impronta no se pierde del todo. Tú, como preciso retratista, lo habrás percibido mejor que nadie, no solo en otros, sino en ti mismo. 

Y aquí, Antonello, llego yo tras dar contigo en esta patria en la que te refugias, dispuesto a que levantes acta de la verdad que mis facciones actuales exhiban. Un acta sin adulteraciones ni falsificaciones, una imagen más nítida y expresiva que la del espejo, donde las motas de azogue de mis años hablen con sinceridad. Me pongo a tu disposición para que un retrato de este mi tiempo de senectud compense nostalgias, reavive recuerdos y sirva de legado para mis descendientes. 




* Imagen. Retrato de un hombre, de Antonello da Messina (Mesina, 1430-Mesina, 1479) Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.


martes, 21 de junio de 2022

Hoy no como ayer (¿Solsticio?)

 


Por estas fechas entonces nos acuciaban dos hechos. Las vacaciones rompían aguas y el calor se ofrecía creciente. En el barrio había tensión sanjuanera y los chicos más lanzados recogían muebles viejos para la hoguera que se iba a prender en la confluencia de mi calle. 

Mi madre apuraba los últimos días del mes para preparar la maleta, sin prisa y sin pausa, con destino a la rústica ciudad del Norte. Era en esta urbe y durante los meses de verano cuando tenían lugar escenas más o menos semejantes a las de la película Cuenta conmigo. Cuando vi este filme de mayor con mi hija me sentía identificado no solo con el vestir de los actores sino con el tipo de muchachos, sus contexturas, sus modos de hablar y de comportarse, su capacidad de riesgo y aventura. Cada personaje de la película existía en la vida real de mis veranos, hasta podría indicar a cuál de ellos me parecía más físicamente. Para mí el camino del estío estaba despejado con sus calores y sus tormentas, sus rostros nuevos y los casi olvidados, la musicalidad del habla y el vocabulario peculiar de sus habitantes, los contrastes y lo inesperado, la empatía con los amigos que se perdían de año en año pero que se recuperaban a las pocas horas de llegar allí. Y las experiencias de otro mundo, semi rural semi urbano, con sus cosechas y sus fiestas, sus domingos anodinos y los sucesos inesperados y trágicos, las secuencias de ríos y de ferrocarril, las eras y las huertas, la lectura febril de los tebeos y de Marcial Lafuente Estefanía, los secretos de ciertos vecinos y los cuchicheos críticos, los ambientes de taberna y el paso de la vuelta ciclista. Etcétera. Incluso lo que se repetía cada año no era nunca igual. ¿O éramos nosotros los chicos, y yo en particular, quienes no éramos ya de un año a otro los mismos? Así que prolongar la niñez en la medida de lo posible se me imponía como capricho o acaso necesidad personal. Y el tiempo de adolescencia iba a ser más desabrido e iba a precisar más energía rupturista.  

En fin, a veces pienso que mi infancia de verano tuvo mucho de cinematográfica. Pero es al revés. Es el planeta de la imagen el que copia la vida y la recrea. O acaso un bumerán, que capta lo real, lo reelabora y lo devuelve como ficción que aceptamos cual realidad. Tantas décadas después, hoy no es como ayer. De entrada se supone que este 21 de junio es el solsticio, pero el termómetro próximo marca temprano diez grados. El aire sopla con ecos de estaciones más frías. El realismo fisiológico de la edad no le permite a uno ir de manga corta a las horas prontas. Quiero creer que llega el verano, cuando tras el mayo y el junio calurosos uno tiene la percepción de que el verano acaso ya ha pasado. Y Stonehenge y los cultos farisaicos no me convencen. Pero ¿significa eso que uno no puede seguir teniendo sus estíos a la carta? No. Lo que no quiero es que la publicidad, los usos y costumbres del personal, la dictadura del mundo de los negocios, lo que se lleva o lo que te incitan a adoptar (adoptar lleva consigo adaptar, una sola vocal producen un verbo algo así como madre e hija) le hagan a uno ni patético, ni impúdico, ni nostálgico, ni esdrújulo plano. Simplemente se trata de seguir viviendo.




(Imagen del filme Cuenta conmigo)

domingo, 19 de junio de 2022

Intimidad

 


Jan no se lo ha indicado. Agatha ha tomado la iniciativa. ¿Por qué te has movido?, inquiere el pintor. ¿No prefieres que haya girado hacia ti?, contesta interrogativa la mujer. No pensaba considerar el ángulo que me ofreces, replica él con tono molesto. 

Agatha le argumenta con dulzura. Para pintar como siempre ya tienes infinidad de modelos. Esos comerciantes y  letrados que te pagan bien aunque te regatean, o los arquitectos y funcionarios que no cesan de reclamar tus servicios para pasar a la posteridad. Ellos prefieren la convencional rigidez del retrato habitual. Se quieren altivos o severos o autoritarios. Pretenden impresionar. Pero yo quiero otra cosa, Jan. Una imagen donde la luz contraste con la oscuridad y se imponga a ella. Donde mi rostro te hable sobre todo a ti. Donde la mirada sea sencilla y a la vez condescendiente. Donde una cara no refleje un espíritu cerrado sino que transmita la emoción prudente y sincera de una mujer. 

Jan ha dejado descansar la paleta y, mientras, se mueve en torno a ella. La oscuridad no tiene apenas matices, dice. Pero la luz exige colores albos que distingan la expresión de un rostro lozano como el tuyo del adorno y el vestido. Deja que te contemple. Mantente en esa postura relajada. No eres ninguno de los personajes que pinto por encargo habitualmente. Y tu mirada, Agatha, ah, tu mirada, es ¿cómo diría yo? ¿Más cálida tal vez?, le interrumpe ella. ¿Un obsequio para la observación de tu genio? Jan se ha abstraído y habla desde otra dimensión. Espera que la mida, si es que la luz de unos ojos se puede medir.  




* Retrato de Agatha van Schoonhoven, obra de 1529 pintada por su marido Jan van Scorel (Schoorl, 1495- Utrecht, 1552) Galleria Doria Pamphili, Roma. 


viernes, 17 de junio de 2022

Maltrato

 



La belleza suscita envidia. La envidia genera impotencia. La impotencia deviene en ira. Los bárbaros no podían sostener la mirada de la afortunada. Ella no cedió a la falta de inteligencia de los bárbaros. Si no podemos someterla, dijeron estos, maltratemos la belleza ahí donde más le duela.  

Quebrado un rostro, la belleza, no obstante, sobrevivió.

(Post comentario. Los bárbaros destrozan pero a la larga suelen copiar los modelos que persiguieron. No pudieron rehacer jamás la destrucción, pero aunque pasaran siglos la imitación de aquello que no aceptaron en su día les descalificó para siempre. Muchos bárbaros desaparecieron, porque la violencia no genera hermosura. Mas no olvidemos que siempre hay nuevos bárbaros dispuestos a tomar el relevo)



(Cabeza de mujer del Museo Archeologico Nazionale di Taranto)