domingo, 29 de agosto de 2010

Una crisis (la de la bondad)


¿Dónde la bondad? Un fantasma que apenas sabemos ya de su curso. Una imagen casi olvidada. Un concepto que se ignora cada vez más. Un término que pocos reconocen. La bondad, esa gran ausente, en público y en privado.

El ejemplo. Voy a cruzar un paso cebra. Al otro lado una joven ciega con su bastoncillo espera una señal antes de decidirse a cruzar. Un taxi que viene sin ánimo de detenerse. No puedo evitar saltar al paso y detener en seco al taxi. Para in extremis (podía haberme atropellado) y su conductor, joven y aguerrido, pone una cara de fastidio que aterra. Alcanzo la otra acera, cojo del brazo a la chica y cruzamos. El taxista continúa con cara de molestarse. Al llegar al otro lado y separarme de la chica el profesional arranca y le oigo decir alguna expresión que me suena a improperio. Suerte que no llegué a escuchar bien lo que mascullaba sin pudor. Me hubiera incendiado.

Ésta es una anécdota simple. Sigo meditando sobre la carencia de bondad en las relaciones habituales. En la representación de compromiso de los humanos hay mucha apariencia y demasiada falsa bondad. Hay zalamería, compadreo, untuosidad, vano halago. Se trata de demostrar al otro un talante ficticio, una máscara, un remedo de la personalidad. Pero si la bondad sigue siendo una virtud no veo qué necesidad tiene de ser exhibida como un capotazo.

La bondad se practica poco. Su inoperancia se justifica con la excusa del estrés de vida, de las presiones a que estamos sometidos, de la competitividad como regla del juego. Todos nos sentimos agredidos por algo y por alguien, y no sabemos sino reaccionar con acritud, ya no con desinterés o despego, sino a la contra. Cultivamos la insensibilidad y la falta de delicadeza. ¿Qué fruto recogeremos, por lo tanto?

Hemos olvidado que la bondad es la virtud de dar algo a cambio de nada. De entregarnos sin que esperemos contrapartida. De facilitar la aproximación en lugar de la distancia. No es como el amor, que siempre exige a cambio. La bondad no conlleva la exigencia de una reciprocidad. Acaso por esa razón resulta una actitud ética menos reconocida. La bondad no es un alarde, es una expresión sincera y consecuente. Es un mensaje directo que llega del sujeto que la emite al sujeto a la que va destinada. No es exclusivista ni singular ni limitada. Quien la practica no hace distingos. Sin embargo, es su falta de ejercicio lo que provoca que se desvanezca en nuestras conductas. Lo que priva de una amalgama solidaria y positiva en las relaciones con los demás.

Se adivina con facilidad quién ejercita la bondad y quién sólo se muestra afable para satisfacción de su ego. El primero no teme errar en criterios o en abstención de opiniones. No le impulsa tanto la verdad como la intención. No busca tanto el reconocimiento como la necesidad de comunicar y establecer vínculos tolerantes con los otros. Partiendo de que el altruismo en sentido absoluto no existe ni se trata de ejercitar heroicidad alguna, la bondad es una clave discreta, humilde, pero con un efecto multiplicador al manifestarse. Quien practica la bondad desarma a las fieras, oxigena los ámbitos y devuelve la fe de unos hombres en otros.

En la novela Tworki (El manicomio) de Marek Bienczyk, Jurek el protagonista le dice a una compañera:

¿No te has planteado nunca qué poco sitio hay para la bondad en este mundo? Qué fenómeno tan raro es para la gente la persona. Una persona que tenga alma. Y el alma es cabeza y corazón. Sobre todo, Sonia, corazón. El corazón.


(Imagen de Max Ernst, Una semana de bondad o los siete pecados capitales)

viernes, 27 de agosto de 2010

El bucle (IV)


Los libros ocultan frecuentemente lo que no dicen las palabras que tienen grabadas. Esconden sentidos entre líneas. Hay incluso linealidades quebradas. También preservan papeles olvidados entre sus páginas. Si se analizaran esos pequeños billetes que yacen en los libros, ¿no habría que reescribir la historia al menos en parte? Naturalmente, no pienso en la historia con mayúsculas, ese abstracto e insuficiente intento por interpretar lo impreciso, sino en las pequeñas historias. Las historias caseras, familiares o individuales, cruzadas o vividas en solitario. Un día abres un libro de tamaño enorme, así solían ser los antiguos diccionarios de la lengua, y sin querer sobresale un papel con una caligrafía casi olvidada. Si reconoces la letra y te fijas en que la firmeza se mantiene, aun debilitados algunos trazos, algo se remueve dentro de ti. Y los personajes entran en acción y la parte desconocida de los personajes se tantea. Obviamente, no tienes evidencia de nada. Y en el papelito solamente hay palabras transcritas del viejo diccionario. Te inquieta que un texto se entresaque de entre los demás textos, incluso que se subraye. Pero te inquietas y te conmueves por lo que intuyes. Hay más revelación en lo sumergido que en lo evidente. Fugazmente repasas la agotadora enfermedad de ella y la limitada soportabilidad de él. Pensabas que la modernidad estaba en las manos de tu generación, y que ciertos conceptos eran la moda reservada para los de tu tiempo. Y de pronto descubres que no había nada que no se supiera. Y que el recurso a un vocablo y a una definición podía reconfortar o indicar un camino. Es así como recuerdas un aforismo de Canetti, de su Libro de los muertos: “La maldición de tener que morir debe ser transformada en una bendición: la de poder morir cuando vivir resulta insoportable”.

jueves, 26 de agosto de 2010

El bucle (III)



No, no estoy seguro de que me oyeran. El frío se ha apoderado de mi cuerpo. No estoy seguro de que si me escucharon entendieran nada de lo que quería decir. Probablemente imaginaron que hablaba y callaron porque nadie les iba a creer. Cuando se vive en un sueño la acción de un instante antes queda desvalorizada por el momento siguiente. Tampoco veo a esos hombres por ninguna parte. Y este cuarto de ahora no es el mismo. Aquí la temperatura es más baja. Los techos son elevados y de ellos cuelgan unas bombillas que están apagadas. Hay una ventana con rejas en la parte alta y la luz diagonal ilumina mis pies. Sigo desnudo y me gusta sentirme así, sin ropa que estorbe. Se expande un fuerte olor a ácido. De vez en cuando un ventilador de aspas grandes se pone en funcionamiento y reduce la fetidez del ambiente. Estoy sobre una mesa de piedra. Me veo sobre esta extraña camilla como si me hubieran colocado sobre un ara de los sacrificios. Estoy tranquilo y no me pregunto por qué estoy aquí y de esta manera Aún siento que mis labios supuran algo de sangre y su sabor salado me complace. No hay nadie más en esta sala. Oigo el goteo de un grifo en un rincón. Antes me ponía nervioso escuchar el ritmo pausado y continuo de un goteo, pero ahora no. Cuento incluso cada sonido. Es asombrosa la cadencia invariable que se produce entre gota y gota. Cuando estaba en el fondo del pozo la caída de las gotas me hundían más. En el túnel era diferente, porque no paraba y no tenía tiempo de advertir la monotonía de lo insignificante. Pero no te puedes fiar. En los sueños lo menor se vuelve importante, lo grandioso se empequeñece, lo descalificado adquiere carta de naturaleza noble y lo que parece tener un valor excelso se arrincona. En los sueños los personajes que más conoces suelen pasar inadvertidos y cualquier transeúnte puede erigirse en protagonista de una escena. Los quehaceres habituales suelen ignorarse y sin embargo te ves formando parte de una aventura extraordinaria y en situaciones desconocidas. Por eso no me impaciento en este instante desprovisto de tiempo. Podría decirse que no pienso demasiado, esto es, que no ejercito la facultad de racionalizar. Que recurro sólo a lo sabido y experimentado. La memoria sí que interviene. Pero inconexa y anárquica, lo que significa que no la controlo y que ella actúa por libre. La memoria es onírica la mayor parte de las veces. Creemos recordar lo vivido pero si tenemos que relatar ese recuerdo nos inventamos de buena fe una parte importante. Hacemos de traductores de nuestras propias vivencias, y al activar la memoria recreamos las imágenes que nos parecen que fueron. ¿Dónde, pues, la frontera entre las dos orillas? Me pregunto en qué orilla me encuentro ahora mismo. Oigo unas voces exteriores que se aproximan, pero no me inquietan. Ahora caigo que nunca había soñado que estaba dentro de una sala como ésta. Donde, de momento, no voy ni vengo de ninguna parte.



(Fotografía de Martin Stranka)

miércoles, 25 de agosto de 2010

El bucle (II)


Al echarle en falta, llamaron a la puerta de su habitación. Como no contestaba, la abrieron. Pronunciaron su nombre varias veces. Cada uno de los que entraron dijo su nombre, con mayor o menor énfasis, con firmeza o con suavidad. Al no tener respuesta, los intrusos atravesaron la oscuridad, sortearon el miasma que se expandía por el cuarto y levantaron la persiana. Volvieron a llamarle por su nombre. No conseguían que el yacente reaccionara y lo zarandearon. Temieron lo peor, mientras se miraban unos a otros sin saber muy bien qué hacer, entre la intriga y el susto. S. K., el inquilino del sótano, que tenía una intensa experiencia por lo que había visto en el frente de guerra, arriesgó la opinión de que no estaba muerto. Eso tranquilizó al resto, pero no resolvió la situación. Abrieron la ventana de par en par para que el aire disolviera los humores y en la esperanza de que sirviera para despertar al yacente. M., que había trabajado en un hospital, se acercó a la cabecera de la cama, puso la mano en la frente del hombre y tocó con sus dedos las sienes y el cuello. Está caliente, dijo a los demás. Y, aunque no tenía certeza, aseveró: no hay duda de que respira. Al moverle la cabeza advirtió unas manchas de sangre en la almohada. Se mezclaban con sudor, con el mismo chorreo que se deslizaba por la nuca del hombre. E., el más joven y asustadizo de los tres, propuso dar la vuelta al cuerpo. Al despojarle de la sábana vieron que se hallaba desnudo totalmente. Tenía contraídas las manos, y daba la impresión de que las uñas se clavaban en su propia carne. Los pies estaban tensos y en su planta aparecían unos arañazos entrecruzados y sangrantes. El hombre era extremadamente velludo y el sudor producía una especie de brillo a lo largo de su torso, que les recordaba a los tres las superficies escamosas de los peces que pescaban en el río cuando se les conserva en la alacena durante varios días. Nadie estaba seguro de que el hombre viviera. Ni siquiera de si se trataba de una catalepsia. Cuando M. decidió que lo mejor era llamar a un médico o a la autoridad de la provincia, y le fue a cubrir con la sábana de nuevo, escucharon una voz tenue. Oyeron decir al ser que se ocultaba tras aquella masa inerte: dejad que salte, no tengo nada que perder.



(Fotografía de Martin Stranka)

martes, 24 de agosto de 2010

El bucle


A veces sueño con túneles. No es que haya desalojado para siempre de mi imaginación onírica a los pozos. Pero ignoro por qué motivo mi mente ausente modifica a capricho lo vertical por lo horizontal. Últimamente sueño con un túnel construido por Moholy-Nagy. Un pasadizo que no es un mero cilindro, sino una superficie más sinuosa. Algo así como una espiral en la que progreso y retrocedo constantemente. Sueño que persigo la luz, como en el túnel o como en el pozo, y que la veo en algún lugar, no sé si al final o en el origen. La misión imprescindible de quien penetra en un túnel es alcanzar la luz, es decir, conseguir la salida. Como la del preso es fugarse, dicen. Y la de quien está en el fondo del pozo es no sólo percibir ese punto de luz sino alcanzar la altura y, por consiguiente, también lograr la salida. Tanto utilizar símbolos, símiles y metáforas, uno vive más entre imágenes recreadas que entre realidades llanas. El túnel con el que sueño ahora, que ya digo que es una espiral que a veces parece un no-do, ese tirabuzón donde no sé si voy o vengo, tiene una particularidad. Es metálico, y mis pasos resuenan y a veces me despiertan, y mi roce rechina y a veces me da grima y me despierta, y es resbaladizo, y cuando caigo mi boca se golpea en la hojalata y me parece acre y entonces, y sigo en sueños, me muerdo los labios, fuerte, me muerdo y a veces mojo de sangre la almohada. Y el dolor, que de momento me parece grave, pero que no lo es tanto, me despierta. Es un sueño que se viene repitiendo últimamente, de manera desigual y turbia. Una noche soñé excepcionalmente que progresaba, que no me molestaban mis pisadas, ni el rechinar de mi tránsito, ni lo escurridizo de la superficie cóncava, que avanzaba como si se tratara de una gruta amable y segura. Creo que incluso estuve a punto de trocar el bucle de Moholy-Nagy por un abrigo paleolítico, pero no pude, no pude influir en el sueño con la tentación de fantasías anteriores. Pero el sueño en la espiral era grato. Lo era porque no se mostraban nuevas dificultades y el ámbito empezaba a ser asumido por mi yo. Probablemente por esa razón conseguí llegar más lejos y tocar la luz y recibir la palmada del aire en mi rostro. Al sentir próxima la desembocadura, corrí. Y sin embargo, dudé. Me había hecho de tal manera al túnel y había regido de tal manera mis actos su poderoso vórtice que por un instante tuve la sensación de que no quería llegar hasta la salida. En esa fricción entre opuestos, allí el sol, allí el viento. La visión del abismo precipitó en mi una sensación de vértigo y me desperté. No, no me sentía liberado ni plácido. Sabía muy bien que, por no saltar, volvería a soñar nuevamente, una y otra vez, de modo obsesivo y recurrente con el recorrido de aquella espiral que me tenía cazado con su bumerán.

sábado, 21 de agosto de 2010

Dos Españas

Son dos Españas que están en las antípodas. Dos Españas que se repelen mutuamente. La de arriba es la de las letras. La de abajo, la de las armas. A la de abajo, la de arriba le causa odio. A la de arriba, la de abajo le produce pavor. La superior representa el intento constante por edificar con la lengua el pensamiento y hacerlo evolucionar. La inferior sólo sabe de destrucción del pensamiento que avanza sin cesar. Ambas se miran de reojo, pero no miran ambas de la misma manera. La primera mira de frente. Nada tiene que ocultar, más bien todo que captar y edificar. La segunda mira de reojo. Se basa en la sospecha, en la envidia y en la desconfianza. La de arriba es perdedora a la corta. La de abajo es triunfadora a la corta. Aunque los tiempos hayan sido largos. La de arriba es la de la esperanza, la de abajo la de la frustración. No son dos Españas iguales. Sólo una tiene que ceder si quiere buscar una convergencia con la otra. La violenta, la reduccionista, la dogmática, la que se cree que el país es patrimonio suyo. Cuando Machado dijo aquello de que una de las dos España iba a helar nuestro corazón no lo decía porque pensara que era un sorteo y que podía ser cualquiera de las dos. No. Sabía perfectamente qué España iba a helar el país durante la noche de los tiempos.

(Nota. La lápida sencilla del Tránsito dos gramáticos está en una calle de Santiago de Compostela. La lápida ceremonial del Dictador se encuentra en una calle de Ávila. No, no nos equivoquemos. No son las dos Españas ni Santiago ni Ávila. Aunque sí la mentalidad de ciertas fuerzas vivas que permiten que exista una u otra representación. Ambas lápidas tienen hasta una diferencia estética -y para mi la estética define también una moral, y ahora más que nunca- y no hay comparación entre las letras esbeltas del Tránsito y la cutrez del medallón obsoleto)


viernes, 20 de agosto de 2010

Febril la mirada



Es sorprendente mirar la vida por el objetivo irreal. Te permite aproximarte más a lo que rozas, aunque parezca lo contrario. Y te sorprendes de tu propia perplejidad. Escuchas en la memoria a tu propia madre, y te parece que fue ayer, cantar con voz plateada el tango: Sentir...que es un soplo la vida,que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra...Y te lo aplicas. Te descubres con más arrugas, más despistado, con mirada perdida, bastante escéptico y, sin embargo, nada apaciguado, sumamente curioso, enormemente receptivo, aún muy intrigado y...a mitad del camino de tu vida, sin saber cuánto más va a ser tu vida. Sí, desde que descubriste que Alighieri comenzó su canto con una evocación a la perplejidad has hecho tuyo el lema. Solo que no le pones medida, ni tiempo, ni rostro. Siempre quieres estar a mitad del camino de la vida. Ni al principio ni al fin. A la mitad justa. Cuando aún es posible salvarse, o crees que es posible distinguir un destino reconfortante en la encrucijada.

jueves, 19 de agosto de 2010

74 años después del crimen


Todo se ha roto en el mundo.
No queda más que el silencio.

(Dejadme en este campo
llorando)

Federico García Lorca, Poema del cante jondo.





Elegía rabiosa a Federico


Te mataron tus letras.
Te mataron.

Te mataron tus canciones.
Te mataron.

Te mataron tus sonrisas.
Te mataron.

Te mataron las esencias de tu tierra.
Te mataron.

Te mataron las luces que buscabas.
Te mataron.

Te mataron tus pasos inquietos.
Te mataron.

Te mataron los míseros de espíritu.
Te mataron.

Te mataron los confesos de la ignorancia.
Te mataron.

Te mató la cólera secular de los iracundos.
Te mataron.

Te mató la araña despiadada de los crucifijos.
Te mataron.

Te mataron los matarifes irredentos.
Te mataron.

Te mataron las almas negras.
Te mataron.

Yo, un nadie de la tierra,
en el nombre de la improbable Paz
te resucito.

martes, 17 de agosto de 2010

¿La mantequilla se acabó?



Odio la palabra crisis. Es un vocablo adulterado por los imbéciles, falseado por los empresarios, prostituido por los políticos deshonestos, tergiversado por los medios de comunicación, ignorado por los religiosos y desconocido por las últimas especies de los filósofos. ¿Qué demonios quieren decir con lo de crisis? ¿Que nos vamos al carajo todos? ¿Qué nos tenemos que rebajar más ante las apetencias del mercado? ¿Que los que trabajan se lo tienen que poner barato a los que viven a costa de los que trabajan? ¿Que los grandes negocios no obtienen todo lo que quisieran? ¿Que la gente se asfixia por no medir sus posibilidades y límites? ¿Que los ciudadanos padecen las consecuencias de una manera de vida por encima de sus posibilidades? ¿Qué somos víctimas de las insidias de las grandes finanzas a escala planetaria? ¿Que hasta el individuo más modesto tiene la obligación de entrar en la cadena desaforada del consumo, a costa de malgastar sus recursos? Nadie se pondría de acuerdo sobre el término. Crisis de superabundancia. Crisis de carencia. El modelo de producir más y más mercancías para que a cambio cada individuo se convierta a su vez en más y más mercancía no sé si estará tocando techo. Pero avisos está recibiendo. El sistema, como en el casino, rien ne va plus. Ya no se distingue la mercancía objeto de la mercancía sujeto. Y si ése es el eje ético que estamos obteniendo, que el diablo cojuelo nos coja confesados. Las sociedades se siguen estratificando en función de cómo hayan caído los individuos en ellas. Y su suerte. Sólo cabe esperar el retorno de nuevas formas de esclavismo, de clientelismo de bajo precio y de oferta laboral tirada por lo suelos. Y perder nuestra libertad íntima. Mientras, llenamos nuestras casas de objetos inútiles, nos sobrecargamos de bienes perecederos, hablamos con el nuevo objeto que entra cada día en nuestra casa para sentirnos alguien y salvar la otra crisis, la verdadera (la personal) Buen futuro. Crisis. ¿Se habrá acabado la mantequilla?

Aporto un texto del monje japonés Kenko Yosihda, de su obra Tsurezuregusa (Ocurrencias de un ocioso)

El sabio, al morir, no deja ni bienes ni riquezas. Si dejara objetos inútiles, que no son provechosos, al descubrírselos sería bochornoso. Si los objetos fueran provechosos, los herederos, viendo el apego que tenía a las cosas, se llenarán de tristeza. Y si los tesoros fueran muy numerosos, todavía resultaría más lamentable, porque habría herederos que dirían: “Esto me lo llevo yo”, y se armaría una trifulca. Si quieres que alguna cosa tuya pertenezca a alguien, entrégasela mientras tengas vida.

Habrá cosas que son indispensables para la vida diaria, pero, fuera de ellas, es mejor no poseer nada.




(Fotomontaje de John Heartfield, La mantequilla se acabó)

miércoles, 11 de agosto de 2010

Maduración

No es el punto, lo sé.
Se está haciendo.
Las hojas son adargas que protegen los racimos.
Las palabras, azadas roturando mi suerte.


Sin embargo ya noto humedecer su jugo
mi garganta.
Este deseo de acidez joven
que al probarla te hace suyo de inmediato.

Todo está calmo.
El orden de los granos, la esbeltez del sarmiento,
la corriente con que el aire mece los zarcillos
hasta un límite imprevisto.


Falta poco, lo sé.
Cuerpo y luz hablan.
Luz y forma hablan.
Hay un pacto secreto con los colores de agosto.

Espero.

martes, 10 de agosto de 2010

Los viejos vettones nunca mueren


Los vettones, señores de los ganados, debieron estar allí. Antes llegaron de la sierra próxima, donde su sentido del oppidum predominaba en su concepto de ciudad. Y tal vez no concebían todavía lo urbano como algo más relajado y seguro. No sé si en su trasiego del bajar de Ulaca, buscar el Valle Amblés y volver a subir hasta aquí su idea de ciudad había cambiado mucho. Seguían estando, no obstante, a uno de los niveles más altos donde jamás se haya instalado una urbe importante en la península. Pero ellos jamás conocieron una placa donde lo dijera ni probablemente ningún geógrafo del imperio romano se lo hiciera saber. Seguían yendo de fortaleza en fortaleza ellos, los señores del ganado. Antes de que los invasores les integraran.

Creo que fue Le Corbusier quien dijo aquello de oh, la cittá alta, asolutamente sublime, refiriéndose a Bérgamo. ¿Conocía la nueva ciudad de los vettones, posteriormente romanizada? Probablemente. ¿Le inspiraría un piropo análogo? Tal vez se lo reprimió. Un arquitecto es un hombre que mira, ante todo. Y luego admira, según. Pero la nueva ciudad de los vettones fue ruda siempre. Quien contemple tantos muros de piedra en forma de murallas, ábsides de catedral e iglesias y paredes de convento puede no ver sino contrarreformas tridentinas y estancias detenidas en el tiempo. Pero en la historia de esta ciudad antigua y honda no vale simplemente el totum revolotum. Cada tiempo tiene su huella en la ciudad. Y las huellas se pierden unas sobre otras.

En mi paso rápido, ungido de reencuentros, he palpado la fortaleza que hay bajo sus pies. He sentido ese suelo granítico, inquietantemente rocoso, que remite a los tiempos anteriores a las civilizaciones. He reafirmado mi visión de esa ciudad que es sublime porque se eleva sobre sí misma. Donde la normalidad de las calles es que sean cuestas y el llano es algo azaroso y excepcional. El recuerdo de todos los edificios históricos no me interesaba. Los disfruté a mi aire en mi juventud y hoy busco otro lenguaje. La memoria de los personajes con los que hoy se fabrica turismo como anteriormente se conjugaba nacionalismo tosco y mucho antes tautología religiosa doctrinaria no me lleva al huerto. Tal vez salve un eco perdido de palabras que nunca las concebí como palabras exclusivas (aquellas que hablan de Moradas, aquel Cántico con sonidos salomónicos) La ciudad sublime se ve pero no se ve. Es invisible en su constitución física pero adquiere forma sensorial. Puedes andar por la calle y percibir una suerte de advenimiento de cuando la ciudad casi no era ciudad. La ciudad sublime está en una remisión al principio. Volveré cuando sea invierno y se muestre más sublime todavía.



lunes, 9 de agosto de 2010

The War Game


Recuerdo que a mediados o finales de la década de los sesenta, en que había un interés elevadísimo entre los estudiantes por el cine de otros países, vimos una película especial. The War Game, del cineasta británico Peter Watkins. Fue una sesión matutina -entonces ese tipo de sesiones en plan cineclub abundaban, y así conocimos cine húngaro, checo, polaco o a los grandes del cine ruso- y la sala de proyección se llenó.

The War Game es una especie de película docudrama, donde ficción y preguntas a la población sobre el riesgo de un ataque nuclear se alternaban. El director crea una atmósfera tajante en torno a imaginar un ataque nuclear sobre una población británica. Y sin embargo, ¿qué recuerdo sobre todo de de aquella película? Una sensación impactante: que al encenderse las luces la gente no se podía levantar de los asientos. Estaba hecha polvo. Con el agravante de que el tema del riesgo de guerra nuclear -aún con el recuerdo no muy lejano de las matanzas yanquis en Hiroshima y Nagasaki- se añadía a la propia cruz que padecíamos entonces los españoles de una dictadura cruel y nacional católica a la que no veíamos fin.

Ahora, encuentro esta película por partes en internet y la coloco. No, no se trata de ningún homenaje a los muertos y al desastre de las ciudades japonesas. Se trata de una llamada a nuestra inteligencia. A que es más necesario que nunca activar una causa que haga frente al riesgo de un conflicto nuclear de dimensiones impredecibles. Recordemos que hay ya unos cuantos países (USA, Rusia, Francia, Inglaterra, China, Israel, Pakistán e India, y acaso Corea. Y que Irán anda como loco tras el objetivo) con potencial atómico y con unos arsenales capaces de mandar el planeta a otro lugar en el infinito.

No importa tanto que se sepa o no inglés. Visualizar el film ya es interesante. Puede parecer algo pasado, pero creo que tiene más valor expresivo cinematográfico que todas las patochadas que se hacen con aires de modernidad en estos tiempos. Lo siento, y si la barbarie no os sienta bien poned en marcha el reactivo.















domingo, 8 de agosto de 2010

Las sombras

Fragmento de una carta de Yoshiro A. a su hermano Taro, escrita el ocho de agosto de 1945 y nunca recibida por éste en la base del Pacífico Sur donde se suponía que estaba destinado:

“…me faltan palabras y me sobran vacíos. Como ya sabrás por una carta anterior de papá, mi enfermedad alérgica me hizo abandonar la fábrica de conservas donde trabajaba. En principio me limité a no salir de casa, pero ni con la quietud se me pasaban mis ahogos. Papá y mamá decidieron que fuera unos días al campo, a una aldea más al norte donde vivimos un tiempo de nuestra bonita infancia. Tú tal vez no te acuerdes de ella. Lo cierto es que mi mejoría de las últimas semanas me hizo pensar en un regreso pronto a nuestro barrio. Yo lo deseaba, no sólo por normalizar mi salud sino por cuidar de nuestros padres. Así se lo hice saber a Masaru (el padre), pero en parte debido a su preocupación por mi dolencia y en parte por la situación del país me aconsejó que aguantara un poco más aquí.

Acabo de enterarme por algunos viajeros y por la radio de lo que ha sucedido en nuestra ciudad. Todo resulta tan extraño como insólito. Tal vez esas voces exageran, pero algunos dicen que no ha quedado nadie con vida. No sé cómo interpretarlo y sólo pensar en ello me hace temblar. Nadie sabe con claridad qué ha sucedido exactamente. Algunos pobladores de los alrededores han comentado que no se ven edificios en pie, que una nube densa cubre las calles y que hay bastantes heridos. Esto último me hace tener confianza en que la catástrofe, sea cual fuere su causa, no haya sido tan arrasadora como otros agoreros avisan. De la emisora que se coge aquí no se puede uno fiar mucho porque la censura de guerra sólo da a conocer lo que interesa a los militares. Yo creo que de la misma manera que algunos que han venido del entorno de nuestra ciudad desconocen la dimensión del suceso también la radio oculta la verdad siguiendo consignas.

La gente de aquí no habla mucho. Hay algunos que siguen defendiendo el nombre del Emperador a capa y espada, pero creo que más por una cuestión de confianza ciega e ignorante y por su personalidad insegura que por otra cosa. Tú debes saber mejor que nadie cómo se las ha gastado el enemigo en sus operaciones. Mira que ni siquiera sé si sigues en la misma base a donde voy a enviar esta carta o si habrás sido hecho prisionero. Es decir, que cabía esperar que esta guerra acabara algún día y que el fracaso de nuestros gobernantes, que nos han estado desgastando durante años, tendría que tener lugar. De alguna manera, todos nos íbamos haciendo a la idea de la humillación a que nos iban a someter los vencedores. Algunos de nuestros ancianos más sabios nos prevenían sobre la implacabilidad de los americanos y de cómo estábamos solos frente al mundo. Pero seguíamos esperanzados en que no se nos tratara con una suerte de piedad y de que la rendición debería salvar la vida y los bienes de nuestras familias. Si lo que ha pasado en la ciudad se confirma como una tragedia terrible, prefiero no pensar en lo que nos espera.

Estoy en vilo por lo que haya podido suceder a Masaru y Juro, y a las tías Nori y Aina, así como a las pequeñas gemelas hijas de ésta. No me preocupa tanto sentirme sola en esta aldea como la culpabilidad que me embarga y la desazón que siento que se ceba en mi…”

viernes, 6 de agosto de 2010

La ciudad amable


Los jinetes pasaron. Pasaron los jinetes. No era como otras veces. Esta vez nadie salió a contarlo. El viejo Osha no estaba allí. Sus hijas y los maridos de sus hijas no estaban allí. Nadie salió a la calle cuando todo quedó oscuro. El estruendo dio paso a una placidez extraña. Hiro, que se libró del servicio y por lo tanto de la guerra, no abandonó su casa. El huerto que cultivaba aparecía seco. Qué hemos hecho. Qué hemos hecho. Nos habían dicho que estábamos libres de los riesgos que padecían otros por nosotros. Que éramos retaguardia, que no suponíamos interés para el enemigo. Nos habían dicho tantas cosas estos últimos años. Nos lo creímos todo. Buenos súbditos, supongo. No pienso más allá. Mis pensamientos se diluyen al compás de mi carne. Pasaron los samurais que no eran los nuestros. Tampoco eran los samurais de los señores que nos habían lacerado en los siglos anteriores. No sé si fue ceniza o aire cálido o una clase de fuego que no habíamos visto jamás. No respirábamos. Me convertí en sombra y a mi lado fueron formándose más sombras. Manchas, siluetas, borrones. Un silencio que no vino del fondo de la tierra. Un cielo que nos castigó. No podía ser. No podía ser. Resultaba increíble que nos sucediera a nosotros. Esto era una ciudad amable. Esto era un lugar confiado.

jueves, 5 de agosto de 2010

Tenacidad



No sé de qué materia es la espuma
que acaricia tu ausencia.

Ella, zigzagueante o concéntrica,
atraviesa lo más inhóspito de mi mismo
hasta moldearme.

Insistente y feraz.



domingo, 25 de julio de 2010

Masa, ¿dónde está tu victoria?


Masa, ¿dónde está tu victoria?

La pregunta no puede ser entendida por su destinataria, porque la destinataria no escucha sino un mensaje preconcebido. Error mío en plantearla, por lo tanto. Salvo mis ganas (intenciones) de provocar.

No es la masa la que piensa y racionaliza, sino el individuo. Dos o varios individuos pueden coincidir en el ejercicio, y por lo tanto pueden ser emisores y destinatarios, porque no han renunciado a su individualidad. Pueden hablar y entenderse. Más allá, el pensamiento y la acción pueden disociarse, luego traicionarse, luego anularse mutuamente. Queda cuestionada, por lo tanto, la propiedad que tradicionalmente se le concedía a la especie humana como intercambiadora de ideas y esfuerzos superadores.

Especie y ser se comparten y son dos caras de la misma moneda. Si se articulan armónicamente resultan constructivas. De lo contrario, se contradicen y pueden llegar al exterminio mutuo.

La masa no tiene ideas, ni particulares ni generales, tiene una adscripción que la vincula más a la materia bruta que a la racionalidad. Perded toda esperanza los que en ella os transformáis. Y quien pueda, que se salve.

Puede que la masa sea manifestación y tendencia, pero es innegable que tanto en situaciones históricas como meramente temporales o en concurso de modas y espectáculo, no es exclusivamente una expresión sociológica o de psicología colectiva. Veo algo más profundo y lejano en ella. Algo más biológico, incluso anterior a la biología humana. Masa es masa. Materia dura, aluvión, precipitación enajenada, fase anterior a la evolución cultural humana. Negación de la negación.

No es la masa la que delega. Delegan los individuos. Delegar es perder y extraviarse. Quedarse sin control y quedarse sin rumbo. Al delegar, al admitir ser sustituidos por una acción amorfa y brutal, se arriesgan hasta límites insospechados. Ejemplos hay a miles en la denominada Historia.

Admito que al individuo le gusta sentirse otro. Incluso otros. Incluso todos. Si para sentir esa vorágine de masificar su Yo se entregan a una teoría, una doctrina o una ideología excluyentes, su entidad personal palidece y se reduce a la mínima expresión. Puede hasta desaparecer.

A veces al individuo le apetece identificarse -¿morbosamente? ¿por límites de evolución de su personalidad?- con su antítesis, incluso a través de un simple espectáculo de masas (una procesión, un desfile, un concierto, una parada, un mitin) La atracción morbosa de sentirse un colectivo del que pretenden que les ratifique está a la orden del día. Pero uno no se confirma en el grupo por la vía de dejarse arrastrar. Sí por la coincidencia en el pensamiento y en el lenguaje.

Puede que el miedo lleve a los individuos a arroparse obcecada y oscuramente en un ente difuso que llamamos masa. Cuidado: detrás siempre hay una minoría dispuesta a manipular y conducir el miedo de los hombres.

La masa mata a la masa. Peor: mata a individuos concretos. Sea bajo sus formas de imposición política o religiosa o de convocatorias de ocio, si el individuo se entrega en su desnudez se desprovee de sí mismo. Renuncia a ser. ¿Qué le queda?



(Fotografía de Misha Gordin. Me parecía más oportuno colocar esta foto que una cualquiera de las que corren por internet sobre la autoinmolación fortuita de un montón de jóvenes en la Love Parade en Duisburg, Alemania, Europa, Primer Mundo. El titular reconvierte el versículo del libro epistolar bíblico I Corintios, 15:55...¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde, muerte, tu aguijón venenoso?)

sábado, 24 de julio de 2010

Temes



Temes los libros como temes a la experiencia.

Crees hacerte fuerte con ellos de la misma manera que piensas que tu pasado, en forma de digestión asimilada, te hace poderoso. Pero tu propia e inseparable historia no la tienes digerida todavía y mucho menos asimilada. Entonces, ¿qué fuerza nutriente pretendes haber obtenido de ella?

Lees para vincular contigo las historias, fingidas o no da lo mismo, que otros ponen al compás de los sonidos del abecedario y de las sintaxis. Muchas veces esas historias ajenas, y que tú sientes tanto como si fueran tuyas, no te vienen directamente. Hay intermediarios. Hay lenguas que se convierten en otras lenguas como paisajes en otros paisajes. Hay transposiciones. Y disfraces, y alteraciones (y aliteraciones) Tú mismo te preguntas cuando lees si hay vínculo con lo que lees. No es fácil. El vínculo, la aceptación, dependen del tiempo. La lectura está repleta de fogonazos que deslumbran, seducen, arrastran. ¿Cuántos de esos destellos iluminan de verdad tus sentidos profundos? Sólo hay vínculo estable de tus lecturas contigo si el tiempo que te llega transmitido coincide en algún modo con el que tú has vivido hasta ese punto. Y no me refiero a un tiempo genérico ni puramente histórico, sino de experiencia común. De asunción de hechos que nos hacen saber de nosotros como individuos.

Leer no es tanto un ejercicio de pensamiento, como de vivencia. Me refiero a comprender lo leído o, mejor dicho, a comprehender lo que te llega. Las lecturas lineales son como el aprendizaje infantil: seguir las palabras ordenadas con el dedo; y ello fue útil al principio, hasta que tu cerebro se convirtió en la red que cazaba las fieras expresivas, hasta que pudo hacerlo sin una guía física añadida. Cuando tu cerebro se convirtió en delimitador total del texto naciste a la independencia de lector. Poco importaba si el acierto era grande o pequeño. Empezabas a andar y también a perderte entre las posibilidades abiertas de unos relatos y las escrituras abstractas o cerradas de otros.

No hay lectura entendida si no nos ratifica. No leemos tanto para iluminarnos como para descubrirnos. No tanto para descubrirnos como para asegurarnos de que lo que hemos vivido ha tenido, está teniendo, significado. No tanto para que nos signifique como para que nos convenzamos de la utilidad que ha supuesto el acontecimiento del vivir hasta ese momento. Leemos para seguir sintiendo el pálpito de la vida, no la general o la difusa, sino la propia de cada uno de nosotros. No es una acción directa ni unilateral. Por mucho que abramos los ojos o el pensamiento o las zonas profundas de la mente donde se acumula el tesauro de la información, si no hay aceptación, si no hay identificación con lo vivido, nos quedamos cortos. No hay verdadera captación ni garantizada asimilación mientras no sentimos.

Cierto que a veces parece bastarnos la llegada de esos otros relatos, que siempre nos sobrevuelan como si fueran los de los demás, para entretenernos. Relatos que se nos entrometen y, en ocasiones, los revivimos sin haberlos vivido. Y no me refiero solamente a una actitud formal, sino a lo que supone saber algo de las otras vidas. Nos motivan ilusión, deseo, curiosidad, emulación, aproximación, arrobamiento. Pero siempre nos queda la duda. ¿Son las vidas tal como nos las cuentan otros (los narradores)?

Temes lo que viene en los libros como temes lo que aún no has rastreado con éxito dentro de ti mismo. Te preguntas más bien si no tendrás que leer cada vez menos, y sí hacerlo de otra manera. Tienes la suerte de elegir y de perderte en la elección. Pero debes buscar la suerte del hallazgo. De aquello que otros escribieron sobre ti sin conocerte.



(La foto es de Jorge Molder)

jueves, 22 de julio de 2010

A través



Decae la luz del día
mas no la luz que miro y me hace ver.

La que permanece
encendida
para que no me apague.


martes, 20 de julio de 2010

Malditas las autoridades del mundo


Malditas las autoridades. Las autoridades inexistentes. Ellas son la anarquía despiadada, no la creativa. Ellos el gobierno del caos. Y me refiero a las mundiales. Y más en concreto a las occidentales. Sí, a esas que proceden de lo que el Vaticano, en su soberbia malsana, denomina la cultura cristiana. Como si la cultura fuera la religión. Las que nos rigen. Las que incumplen las leyes y dejan sin contenido las reglas de juego de las sociedades. Malditos. Todos.

¿Recuerdan ustedes un nombre o una palabra o un sonido que decía algo así como Haití? Digo un vocablo. No un país, porque no existe. No un estado, porque no existe. No una entidad reconocida, porque se ignora. Debe quedar por alguna parte del Caribe un espacio que dicen que tiene una nominación, que fue diezmado por un terremoto. ¿Oyeron hablar ustedes de cierto terremoto no lejano en un lugar llamado Haití? No, no lo oyeron. O sí, pero las palabras, incluso las mediáticas, se las lleva el viento. No el buen viento. Sino el pésimo viento de las autoridades. El putrefacto viento de la Historia. El descompuesto viento de nuestro desinterés. Dicen que en ese supuesto lugar queda gente. ¿Será cierto? ¿Gente abstracta? Ah, vale, lo abstracto se pierde, y nuestras conciencias se limpian, ¿se limpian?, por mediación de las onegés.

Uno ya no sabe qué debe creer. Se guía por el olfato más que por la información. Uno escucha en alguna información secundaria, perdida, que la multinacional Monsanto, sí, esa que se dedica a hacer negocio con todo lo transgénico habido y por haber, regala a un país casi inexistente semillas de maíz adulterado. ¿Piedad? ¿Altruismo? ¿Amor? ¿Entrega? ¿Justicia? Oigan: simplemente negocio. En mayúsculas: NEGOCIO. Hoy se lo dan, lo justito, para que esa desconocida propiedad de la tierra de un desconocido Haití le coja el gusto. Para que las plantaciones y las cosechas del futuro sean ya de maíz transgénico. Haití: un nombre, un espacio, una sociedad, un territorio…para que una transnacional se apropie para sus perspectivas e intereses de empresa.

¿Qué nombre tiene esta acción? Yo ya dudo de los nombres, de los conceptos y de las leyes. No, no dudo. Cada vez soy más descreído. La miseria de hoy de unos es negocio para mañana de otros. Pero, ¿dónde las autoridades? Subsidiarias, secundarias, vendidas. Tampoco tienen nombre, aunque presuman de renombre. ONU, USA, UE, OIC, FAO, FMI…vocales y consonantes indefinidas. Menudo futuro nos espera. El de la maldición. ¿O hay otro? ¿O queremos que haya otro? Si existe un gobierno del mundo que se ajuste al término, que venga Belzebú y lo vea.



PD. Consulten, consulten informaciones libres que circulan sobre el tema por internet. Antes de que privaticen las opiniones de internet.

domingo, 18 de julio de 2010

Inclemencia



El sol era tan intenso e inclemente que le derribó. Sus alas cerúleas se derritieron al poco de emprender el vuelo. Sus extremidades no habían sido dotadas por la naturaleza para flotar en el aire, y menos para tomar impulso en el vacío. Su soberbia no bastaba para confiar en el éxito de la empresa. Fue un error de cálculo. Sintió durante unos ligeros instantes que era posible sentirse leve y que podría enderezar un rumbo sentenciado. Pero esa percepción equívoca no tuvo piedad con él. Al caer, todo su cuerpo esbelto quebró en infinidad de porciones. Las aves, que reclamaban satisfacer su necesidad, lo cubrieron rápidamente con ansia y le desposeyeron de la carne. Hicieron una excepción. Respetaron su cara, de una belleza excepcional. Fue lo último en quemarse. Las aves estaban advertidas de que su rostro pertenecía al sol y éste se lo reservó como trofeo inútil. Fue una lenta combustión. El audaz e ingenuo volador no debería haber echado aquel pulso con la belleza suprema. La que todo lo da y la que todo lo quita. En un gesto postrero de perdón simbólico, el sol permitió que su faz quedara convertida en una máscara para aviso de los osados. Una representación irreconocible en el límite entre el recuerdo y la ignición total.

martes, 13 de julio de 2010

Aforismo del color perdido


Tanto le pasaron por los morros aquel color que acabó por no distinguirlo. Pasaba, por ejemplo, los semáforos cuando circulaban también los automóviles. Y al hacerse una herida no comprendía bien de qué se trataba aquel líquido viscoso y salado que le escurría. Cuando escampó la otra tarde, tras una tormenta de estío purificadora, se quedó doblemente boquiabierto; el cielo trazaba un arco iris generoso, pero le parecía que faltaba en él un color importante, que siempre había estado ahí. Al tomar por la mañana café en el bar y ver en televisión escenas de una fiesta de toros en una ciudad del Norte se sorprendió de que la vestimenta de los mozos hubiera cambiado y toda fuera uniformemente blanca. Estuvo a punto de comentarlo con los parroquianos, pero estos parecían abducidos por el espectáculo de carreras de una masa humana que asustaba a las bestias y se calló. Cuando pasó a saludar a su amigo, el panadero de la última tahona artesana que quedaba, y vio crepitar las llamas del fuego que calentaba el horno de barro, le preguntó qué tipo de fuego era aquél que no parecía fuego. En el mercado se extrañó por unas modalidades de pimientos, guindas o tomates que no había visto jamás. Tanto se preocupó por esa percepción ausente que se dirigió a sus libros y buscó uno sobre el pintor ruso que utilizaba aquel color que ahora no veía por ninguna parte. Aquel autor pintaba jóvenes desnudos sobre espléndidos e intensos corceles surcando las aguas de la orilla de la playa. Mas le pareció que debía tratarse de otro pintor, porque los animales se disolvían en el color malaquita de las aguas, perdida su identidad cromática. Con todo y con eso lo que le preocupaba fundamentalmente era que cuando se situaba sobre la terraza de su casa a ver el crepúsculo no lo percibía en su intensidad, tan sólo demediado. Y hubiera dudado de que fuera el ocaso de no haber sido por la posición oriental y decadente del sol. Este extravío de la fidedigna puesta del sol le parecía sacrílega. Tanta fue la ira y tanto el sentimiento que puso al pensar en el color perdido que lloró. Cuando las lágrimas bañaron sus ojos hasta cegarlos, sucedió lo que parecía ya imposible. Lo vio emerger de nuevo en su deslumbrante vigor, como algo propio. En toda su plenitud y significado. Aquel sí que era el color de la belleza, de la energía y del sentido que tanto había abanderado las aspiraciones de su alma inquieta a lo largo de su vida. Él simplemente quería que existiera de nuevo. En su justa ubicación y medida. Permaneció inmóvil sin abrir los ojos.

lunes, 12 de julio de 2010

Aforismo del escéptico


Como tenía los ojos muy cansados no alcanzaba a ver con claridad la felicidad de los otros. Pero como había visto tanto no interpretaba esa expresión sino simplemente como la euforia de quien se entrega a un aliciente exterior en mayor o menor medida, o incluso sin mesura. Él mismo conocía bien ese estado anímico cuando había buscado a través de su disolución en la grey la compensación de un bienestar o la satisfacción de una carencia. Pero siempre acababa mal. La compenetración con la masa no le proporcionaba el sentido adecuado a sí mismo. No le aclaraba de qué estaba formado, ni qué buscaba si no se dejaba exigir por su intuición íntima ni a qué destino le podía conducir. Él estaba acostumbrado más bien a sus propios pero intensos ciclos euforizantes, frecuentes y siempre solitarios. Era producto de su magma interior y los vivía como ingredientes de su construcción. Podía o no coincidir con los procesos colectivos estimulantes, aunque casi siempre se desviara de aquellos. Pero hace mucho que se dio cuenta de que confiar exclusivamente en los golpes de exultación colectivos llevaba al final a los cantos de sirena odiseicos. Sus ojos no están tan cansados como para no saber mirar, ni su mente tan agostada como para no poder interpretar. Por el contrario, su sabiduría no era completa. No resolvía aún su dificultad para evitar ni la curiosidad ni el deseo. Como si confiara en que estas propiedades tan apreciadas se fueran a mantener siempre dinámicas y criadoras, seguía proponiéndose objetivos que ningún espectador podría sospechar. No, no le llevaba al huerto la aparente felicidad de los demás. Sólo cuando hundía sus dedos en el limo de sus pensamientos percibía algo cercano a ese concepto. Entonces se ponía a contemplar el cielo estrellado.



(Fotografía de Joachim&Malik Verlag, http://joachimmalikverlag.blogspot.com)

miércoles, 7 de julio de 2010

Aforismo de la máscara rara



Añoraba tanto las máscaras que no cabía en ellas. No sé si de gozo o de dimensión o de piel. Vivía rodeado de máscaras. Carátulas indonesias, senufas, mayas, oceánicas, chikasaw, por citar algunas procedencias, se colgaban de los techos altos, de las paredes emergentes, entre torres de libros y de cachivaches o por el suelo. Todas habían llegado a sus manos debido a los innumerables viajes que había efectuado en el pasado o como obsequio de otros navegantes con los que había trabado amistad y venían de vez en cuando a visitarle. Ahora, ya entrado en la edad provecta las tenía a la vista cotidiana. A todas horas. No para recordar las aventuras vividas cuyo ejercicio, por otra parte, era inevitable consecuencia de los ramalazos de la memoria que le hacían suspirar. Miraba las máscaras para observar qué las aproximaba y qué las diferenciaba unas a otras. Era un juego antiguo en el que acababa perdiéndose. Jamás temió contemplar una máscara. Ni siquiera en los rituales en los que participó en poblados y aldeas del mundo, ajenos a la ignorancia del occidental. Ni siquiera en las noches de tormenta. Ni siquiera en medio de las altas fiebres que dañaron su cuerpo. Pero ninguna le llegaba tan profundamente como aquélla de cartón piedra que encontró en un basurero. Seguramente no estaba pensada para ningún ceremonial, ni para competir en una galería de arte, ni siquiera para decorar estancia alguna. Tal vez era la obra de un esquizofrénico, y esta idea peculiar le excitaba la imaginación. Siempre había oído que los que padecen esa cruz de ser dos o más, sin poder elegir con claridad quiénes quieren ser, son extremadamente creativos. Él mira la careta informe, desigual, de apariencia chapucera y se admira. No sabe si colgarla de la pared o dejar que se consagre como una divinidad doméstica. Ahí, entre los cacharros que recuerdan la tierra y las manos de los hombres. Santificando sus días de mortal rebelde.

domingo, 4 de julio de 2010

Habla mi fauno


Acabas de caer rendido y te miro discretamente. Cuando me parece que tu sueño es profundo desciendo del estante y me acerco a comprobar tu respiración. La siento leve y calma, y su vaho apenas humedece mis músculos arqueados, que nunca sé si lo están por su tirantez o por su distensión. Mis facciones son así y no saben ser de otra manera. Tu espiración abandonada me dice que te has sumergido en el olvido del día. Entonces mi rostro se despliega más allá de sí mismo hasta convertirse en cuerpo entero. No temas. Sé moverme por las habitaciones sin hacer ruido y jamás podrías oírme. Tampoco temas asustarte por el hecho de que despertaras de improviso. En ese caso improbable sólo verías mi cara de arcilla como un adorno más de la casa. Me alejo de ti, aunque tú, no sé por qué, supones erróneamente que penetro en la intimidad que te acoge al otro lado de tu conciencia. Nada más distante de mi pretensión que escudriñar tus pasiones o dirigir tus sueños. Estoy aquí para velar por tu descanso y apostar para que la nueva jornada te sea favorable. Te engañaría si te ocultara que tampoco soy tan inocente ni tan altruista. Alguien que te aprecia me rescató de una arruinada ciudad del desierto que está al otro lado del mar. Al principio no me hallaba en el nuevo espacio. La sequedad del lugar de mi origen y la aspereza de este destino inesperado no son del mismo rango, aunque se asemejan. Así que permanecí expectante. No tengo especial interés por los días. Mis días pertenecen a culturas antiguas y el sentido de mi existencia se extravió cuando éstas desaparecieron. Pero hay algo en tu casa que me coloca nuevamente en un territorio cálido que no me desaloja del todo. La mayoría de los objetos que andan colocados o tirados por huecos y escalones me son desconocidos. Muchos de ellos incluso ridículos. Y no obstante, hay algo que me empuja a poseer tu paraíso de los libros y a moverme entre esos seres inmóviles. Aprovecho tu sueño para dirigirme abiertamente a ellos. Para que tú no me malinterpretes y para que ellos se sientan libres en el momento de dialogar conmigo. Es de esa manera por la que me voy enterando de sus vidas pasadas y de cómo cada cual preserva un trocito de recuerdo que es parte de ti. Tal vez no te des cuenta del afecto que cada objeto siente por su propietario. Y de la orfandad que padecen cuando no los tocas y cuando no los acaricias y cuando no dejas que reviva en ti el episodio que les vincula como alguna suerte de fidelidad que el azar puso en sus manos. Y que les hace únicos. Puede que ahora entiendas mi misión. Y de qué manera me siento útil tras siglos de sepultura bajo la arena tórrida del silencio.

sábado, 3 de julio de 2010

Mi fauno protector


Colgado de una estantería, mi fauno bondadoso sonríe. Ya sé que cuando un fauno sonríe está abriendo un abanico de muecas, gestos y guiños. Todo un repertorio de lenguaje no oral, pero al fin y al cabo lenguaje sumamente expresivo. Con ese idioma polifacético dibuja un contorno sorprendente de intenciones. Pero ¿quién conoce las intenciones verdaderas de un fauno? Su fama es sospechosa y no me cabe duda de que equívoca, si bien la realidad es poco conocida. Este ser está sobrecargado de estereotipos y los artistas lo han utilizado con aviesos propósitos. Mi fauno de la biblioteca doméstica es amable y discreto. No es exactamente un guardián ni acecha a pastorcillas que se dejan sorprender a propósito para que les relate una historia. Mi fauno sabe leer, pero prefiere relatar con su voz. Entonces es cuando se impone al gesto. Mi fauno sabe también esperar. Esto no significa que no mude su rostro a lo largo del día. A veces creo incluso que es como mi reflejo. Burlón con mis cuitas y favorable con mis estímulos adopta un aire que acaso ve mejor que nadie cuanto se esboza en mi alma. Mi fauno sabe interpretarme mejor que el espejo, y verme las tripas sin necesidad de que me exhiba acomplejadamente. Pero su reino es el de la noche, cuando los sueños se apoderan de los moradores de la casa. Entonces el fauno se erige en intérprete sereno pero cuidadoso de los otros moradores: los libros y los objetos. Pone orden en sus disputas, los entretiene si se sienten desanimados, permite sus juegos rebeldes, los deja hacer si los afectos prenden entre las estanterías más recónditas. Pero no se limita a las cosas y a los papeles. Cuando me despierto, por mi salida del sueño sé que el fauno ha estado hurgando en mis deseos más acuciantes y revolviendo mis ensoñaciones más traviesas. En ese momento hago que me incomodo y me dirijo hacia su rostro. Sus músculos distendidos me desarman. No sólo no va a estar dispuesto a sufrir regañina alguna sino que además me quita la determinación de encararme con él. Algo tiene el fauno que aligera mis ansiedades y rebaja mi agresividad. No consigo saber cuál es el secreto de mi fauno protector.

lunes, 28 de junio de 2010

Acompañamientos

No sé qué tienen los pequeños objetos para que se sientan atraídos por los libros. Entran en la estancia formal de éstos y los libros se corren hasta el fondo, se estrechan unos contra otros, hacen un hueco. Es como si los estuvieran esperando. Unas estanterías sin cositas parecería una biblioteca ordinaria de un centro público. Y también anodina. Pero las bibliotecas caseras tienen que parecer otra cosa. Tienen que tener algo más de alma. Probablemente haya secretas aproximaciones entre los libros y las menudencias que se van instalando en su entorno. Compañías parejas que han podido llegar en distintos tiempos, pero acaso por las mismas manos. O no por las mismas manos, pero sí con arreglo a motivaciones análogas. O no por causas semejantes sino por arte del azar venturoso, sin más. A veces me pregunto qué tienen en común objetos dispares como los que cito a continuación: un cenicero de Castro de cuando fumábamos; un tintero de cerámica con el palillero de barro también; una palomita de Sargadelos que conviene no abrir con frecuencia porque contiene hierbas peligrosas; un diminuto tintero florentino; un viejo topo; un zapato de loza finísima de la madre muerta que ésta conservó con misterioso afecto toda su vida; y suma y sigue si continuáramos el zapeo. A primera vista se pensará que lo que liga a todos estos objetos es simplemente el destinatario, ese maniático de los libros que además decide agitar su magín con memorias que se tocan, y que se activan cuanto más se palpan, más allá de las letras. Ese vulgar poseedor que hace de mercachifle de sus propias ilusiones. Ese haragán de atardeceres recoletos dañinos para su miopía. Sin embargo, el propietario piensa que él es sólo un mediador aparente, concurrente. Una excusa para provocar una coincidencia de geografías, de intenciones, de sentimientos y de significados. Cierto: él cataliza la disparidad, la preserva, guarda sus arcanos. Si las cosas que hay colocadas por los anaqueles hablasen ellas mismas escribirían nuevos libros. ¿Será ése el vínculo soterrado y el deseo en potencia que hace que se busquen mutuamente? Variedad de palabras, algunas explícitas; otras, contenidas en formas múltiples que muchas manos laboraron.




jueves, 24 de junio de 2010

Noche de fuego


Me dicen que hoy es una noche tradicional. Que en algunos lugares hay hogueras, pólvora, quema de trastos viejos y música. Que hay también símbolos ocultos tras esos gestos abiertos a los que la gente se deja conducir. Y en los que se envuelve con entusiasmo. Donde yo estoy no llega ruido alguno. El calor del día se ha evaporado y el relente toma los espacios interiores incluso. Las estancias vacías se ofrecen mucho más frescas que en las horas de labor. Una puerta golpea por efecto de alguna corriente, pero no me apetece levantarme para cerrarla. Diría mejor que no puedo moverme. Cierta memoria deambula por un breve instante entre mis sesos y me llegan imágenes de una infancia lejana que hablan de hogueras. Mi niñez era insegura pero muy intensa. Absorbía con curiosidad y pasión cuanto se la otorgaba por azar. Aunque sin la publicidad ni la sucesión de hábitos que existen hoy día, bastante recurrentes y menores, ya tenían lugar entonces determinados acontecimientos. La celebración congregaba y agitaba modestamente a las gentes. Se la esperaba con impaciencia y jalonaba los ciclos de los días con mayor solidez. Ha sido un devaneo fugaz. Las imágenes se extravían de nuevo. Donde me encuentro ahora la noche se extiende como otra noche cualquiera. Es un placer, también simbólico, divisar las estrellas, pero yo permanezco aturdido y calmo ante el hogar tradicional, lógicamente hueco. El hogar y yo estamos mudos. Sin embargo, hay una representación del fuego que intenta abrirse paso, tratando de ocupar el vacío de mi pensamiento. Pero no imagino el fuego. Tengo unas rosas delante y las miro. Veo en ellas más que una conformación floreal. No puedo apartar los ojos. La luz es menuda y favorece la mirada. El espacio que nos rodea a las rosas y a mi se borra. Emerge una luz incendiaria, cegadora. Los pétalos se despliegan, giran y brotan incesantes. Es una espiral que crece sobre sí misma. Pero yo no veo pétalos ni veo rosas ni me llega aroma. Oigo, sí, una crepitación. Veo una oscilación de colores. Los matices de una combustión silenciosa. Siento una proximidad. No puedo desviar la atención. Una bocanada de calor lame mi rostro. Adquiere forma física. Una rosa ya no es una rosa. Es una mano que toma posesión de mi nuca y me sujeta firme. Sólo contemplo llamas. Las llamas se extienden y me rodean. Rozan mi pecho, lo sacuden, lo comprimen. El fuego es ya una hoguera. Acaso la que me está designada. Donde debo purificarme o perecer. El aire pega un portazo.

martes, 22 de junio de 2010

Combate desigual


Mientras las divisiones acorazadas avanzaban, los indígenas se removían azorados y cautos esgrimiendo sus armas de puntas de sílex. No sabían bien si ir hacia adelante o retroceder. Se avecinaba un combate desigual. Los pobladores no sabían cómo iba a manifestarse el invasor. Éste apenas se movía o, si lo hacía, se desplegaba sigiloso y efectivo. Los nativos no veían grandes movimientos del enemigo en ciernes. Pero cada vez los tenían más próximos. Todo era irregular. El empaque del adversario. La naturaleza de su impedimenta. El carácter de su armamento. Esto confundía a los aborígenes y les agotaba en su propia tensión. Cada vez que se movían tratando de rodear las máquinas éstas cambiaban de táctica y les rodeaban a ellos. Resistieron un tiempo en esa actitud defensiva y heroica. Padecieron grandes penurias y el extremo desquiciamiento fue mermando su resistencia. Algunos no llegaron a ver la rendición. Se libraron al menos de la nueva época de sumisión que iba a transformar la vida de la aldea.



(Representación del grafitero británico Banksy)

sábado, 19 de junio de 2010

Rescate

Durante años había estado creyendo que aquel escritor era sólo escribiente. Como si un escritor fuera o consistiera en ser solamente un técnico de la sintaxis. Un día leyó una de sus novelas. Tal vez le pillara en blanco, o en negro, ambos colores cual representaciones de la crisis personal perenne en que vivía. Se le reveló entonces tras aquellas letras un mundo que ya sospechaba. El escritor no le descubría el mundo. Sólo se lo confirmaba. Le mostraba que lo que había pasado por la cabeza de él también se había criado, incluso antes, en la cabeza del escritor. Averiguó en aquel instante, guiado por las conclusiones a las que llegaba sobre la lectura de la obra del escritor, que el mundo de la metáfora es una prospección sin límite sobre los vericuetos de la vida. Después, siguiendo los pasos del hombre que escribía, supo también más. Supo de sus criterios sobre lo inmediato. Donde además de la metáfora, hay que hablar en plata. Y escuchó la voz del escritor, que también era la voz de los momentos de la historia. Y oyó, entre otras, aquellas aseveraciones que le parecían flotantes, inciertas, incluso exageradas. Pero el tiempo corre como el viento. Hoy, a la vista de los últimos acontecimientos donde el que no quiere ver es que quiere ser ciego, teme que las opiniones del escritor rocen ya la certeza. No lo desearía, pero las denuncias del descriptor de metáforas suenan definitivamente a profecías. Mira al escritor con entrañable respeto y gozosa admiración por su clarividencia. Porque acaso escribir no sólo es ocultarse tras las letras. Y porque leer no es simplemente pasar el rato, sino ratificarse como parte del barro del que estamos hechos.


jueves, 17 de junio de 2010

Asociación de ideas


Días de fútbol y rosas. Como en todo, lo mejor es la preparación y las vísperas. Eh, oiga, no es cosa de pensar ahora en el negocio bárbaro que mueve millones con el beneplácito del Fondo Monetario Internacional ni en sus antípodas, los desequilibrios del reparto de la riqueza mundial o los recortes salariales. Hoy es el tiempo de las rosas y del fútbol.

Así que cuando sale a la calle y todo se halla a punto de partido que involucra el orgullo nacional, procura hacer los recorridos rápidos. Como es de alma en él, los aspavientos de los energúmenos de los símbolos le retraen. Se topa con algún grupito -la unión hace el desfogue, más que la fuerza- y un yogurín le pasa por las narices una de esas bufandas deportivas con los colores de la bandera de la monarquía borbónica. Texto de la bufanda: “Esto es España y al que no le guste que se vaya. Caray, ¿me lo dirán a mi?, piensa. Como si hubiera adivinado su pensamiento, el forofo firme y convicto (con su conveniente dosis de cerveza en las vías digestivas) la esgrime cual piuma al vento ante sus narices, casi se la restriega. Él trata de procesar el mensaje. Esto es España y al que no le guste que se vaya, Esto es España y al que no le guste que se vaya, Esto es…

Asociación de ideas: en su pubertad hacía pinitos como otros respecto a su disgusto con el país que le vio nacer, que no el que le dio la vida. Pero tenía mala conciencia. Sometido aún al vaivén de la personalidad sobre la cual el catolicismo caía como ave de presa, se sentía culpable de su desacuerdo incipiente con la patria (en realidad con lo que sucedía en el país y con la calaña que mandaba con mano criminal en él) Lo consideraba incluso pecado. Así que un día que se sentía sumamente pecador (imagínense, se le acumulaban onerosamente los pecados: a la desafección con los padres se le amontonaban masturbaciones, misas que incumplía, pensamientos sumamente impuros, pequeños hurtos en el bolso de la madre y algún deseo temprano de la mujer de algún prójimo) entró en una iglesia. Se dirigió a uno de esos artefactos llamados confesionarios y se dispuso a acusarse despiadadamente en busca de la salvación, si no eterna, al menos la que le permitiera llegar en gracia de Dios hasta el siguiente cúmulo de pecados que justificaran un nuevo pase por el sacramento. Tras soltar la retahíla habitual de pecadillos, vergonzante y confeso le dice al confesor: Padre, me acuso de haber hablado mal de España, de sus gobernantes, de lo que pasa…Y el solícito franciscano, amable y tierno hasta ese momento, que sólamente esperaba las culpas de un treceañero vulgar y débil elevó el tono de la voz, abrió la rejilla y a voz en grito clamó: ¿Que no te gusta España? Pues vete a Rusia (y la R de Rusia resonó por el templo casi como un agravio), a ver allí…

Tras un momento de confusión, el chico mantuvo las formas, se dejó absolver y se alzó confuso. Algo le decía interiormente que de rodillas nunca más. Fue una revelación, la doble caída paulina del caballo. La última confesión. El vencimiento de la última resistencia contra el régimen político. Desde entonces empezó a conocer la libertad. También el precio que hay que pagar por ella. Pero fue nuevo.

Conclusión. Los que sobran son siempre los energúmenos.




(La fotografía, de Jorge Molder)

martes, 15 de junio de 2010

Aforismo del empleado probo


Se sabía turbio por naturaleza. Hasta el punto de que beber con cierta intensidad le proporcionaba claridad y sentido. Era entonces cuando se manifestaban sus sentimientos más reservados. Cuando se relajaba su gesto hierático. Cuando se modificaba su comportamiento extremadamente severo. Cuando mudaba su hurañía antipática. Hasta miraba con una ternura vergonzante pero sincera. En ese estado era capaz de amar a la mujer de pago con la convicción de un amante sagrado. Incluso hay quien dice que le vieron hacer sonreír a un niño. Necesitaba aquel tratamiento dionisíaco, pero que él percibía como homeopático, para salir de su cerrazón. Su personalidad estaba siempre demasiado ebria de la enajenante insensatez que se había dejado inocular. Incapaz de romper el esquema del modelo de empleado aparente y perfecto. Prefería, y así lo había decidido, un hígado condenado a un alma maldita.



(Fotografía de Jorge Molder)

lunes, 14 de junio de 2010

La mirada ciega (o simplemente ceguera egoísta)


Ayer vi un capítulo del programa Redes, que conduce Punset, donde se planteaba lo que los neurocientíficos llaman la mirada ciega. Es el término para explicar cómo la mirada humana se desvía ante un acontecimiento determinado, por ejemplo, en la sesión de trucos que los magos hacen delante de nuestra narices. Era divertido reflexionar sobre cómo la habilidad de los magos y nuestro propio cerebro condicionado nos llevan a mirar donde no se debe para mientras convertir sus apariciones y desapariciones en una sorpresa que parece real.

Y es que ¿acaso no está sucediendo también esto en los terrenos de las relaciones sociales y de la política? La sentencia judicial reciente del caso Bhopal, en India, donde una fuga de gas letal producida en la fábrica de pesticidas de la empresa estadounidense Union Carbide acabó hace casi veintiséis años con miles de vidas en esta ciudad, produciendo una secuela en cadena de malformaciones para generaciones posteriores, se ha saldado con una condena simbólica a los representantes de la empresa. Decir que apenas dos años de cárcel y nueve mil euros de multa es lo que les ha caído a unos cabeza de turco ejecutivos, sería una mera anécdota si no fuera porque además es un insulto y seguramente una sentencia injusta.

Pero se trata de que el suceso tuvo lugar en ese otro mundo que normalmente no vemos ni queremos ver, y del que huímos en nuestras imágenes como alma que lleva el diablo. Observemos, por el contrario, lo acontecido estos días en Estados Unidos, la fuga de petróleo provocada en una plataforma petrolífera de BP en el Golfo de Méjico. Simplemente la cobertura informativa ya nos dice que estamos en el primer mundo, el cual, dicho sea de paso, tampoco se libra de los males naturales o de mano humana. Pero donde se reacciona de otra manera. Desde las medidas urgente, si bien no muy acertadas en principio, hasta la limpieza de las costas, siempre insuficientes, pasando por la condena enérgica e inequívoca de Obama, con esa frase tan yanqui de que se les va a patear el culo a los responsables de la catástrofe, es decir que van a tener que pagar el cien por cien de los desperfectos ocasionados, todo hace ver que la comparación entre los dos casos ofrece una desproporción.

Me pregunto si en un mundo en que la información ha alcanzado niveles extraordinarios (no se informa el que no quiere hacerlo) no existe sino una mirada ciega social semejante a la del cerebro individual. Puede que, en parte, las reacciones de nuestro cerebro individual ante los acontecimientos sociales y políticos sea también semejante a la que desarrollamos ante los magos del espectáculo. Pero sospecho que esa mirada ciega tiene otros resortes no tan instintivos y biológicos, corporalmente hablando. Podría aplicarse la idea -los mecanismos habría que detallarlos, para saber qué hay de reacción refleja del cerebro o de insolidaridad egoísta manifiesta- a ese mirar para otro lado ante la evolución de la economía en los últimos años. No hacía falta ser muy “economista” para olernos, como muchos lo hacíamos, que la vaca se estaba inflando sospechosa y desproporcionadamente. Cómo hemos mirado donde no había que mirar cuando la banca se hinchaba, cuando los recurso del Estado se ponían a disposición del libre mercado, cuando se producía corrupción a raudales en una tupida red de comunidades autónomas que involucran al partido de la derecha.

Mucho me temo que la ceguera llegará hasta el momento electoral. Y que habrá millones de supuestos ciudadanos dispuestos a perdonar la corrupción de los corruptos. ¿Será por efecto de otro mecanismo de cerebro individual? ¿Por una oscura identificación con los modelos de corrupción que tienta a cualquiera de los españolitos, esos mismos que luego gritarán pidiendo que vengan otros -ellos, los mismos- a arreglar el país? Mirar para otro lado, no mirar, no querer ver, ceguera, invidencia, inconsciencia visual, o simplemente decir que es de noche cuando es de día, son diferentes vocablos que nuestra rica lengua proporciona como otros muchos para hablar de aspectos sobre las labores y los días de los humanos. Muy bonito si no fuera porque por debajo a cierta gente lo que les conduce son aviesas intenciones, desde el enriquecimiento fácil, mantener un estatus privilegiado, el miedo o la falta de ejercicio del pensamiento libre. Porque la facultad del pensamiento ordinario también está sujeta a los juegos de trileros que se imponen en el planeta.

sábado, 12 de junio de 2010

Aforismo del reencuentro


Es muy agradable volver a reconocer tu cuerpo, dijo él. También lo es reconocer de nuevo el tuyo, le contestó ella. Ambos se habían desnudado y permanecían frente a frente, mirándose en calma. La luz tibia de aquella habitación de hotel barato esparcía sombras que difuminaban la distancia del tiempo y acortaban la del espacio entre los dos. Habían transcurrido tantos años desde su último encuentro que ahora, aunque se sentían reclamados por el deseo, no querían apremiarse ni arder con urgencias en él. No eran ya aquellos jóvenes inexpertos y ansiosos. Ahora buscaban de otra manera el vínculo. No les bastaba cabalgar alocadamente con los sentidos como antes, aunque su nerviosismo les delatara, sino que necesitaban llenarse con una mística superior. No has cambiado demasiado, le espetó ella, así de pronto. Yo también te veo como siempre, reaccionó él de inmediato. No advirtieron en lo dicho frases de cortesía sino confidencias sentidas. Siempre había habido sinceridad, no obstante el alejamiento. Sus recuerdos del pasado fluían vívidos y generosos en el húmedo destello de sus ojos. Y ello les daba la medida de sus sentimientos. Él avanzó sus dedos sobre el cuerpo de la mujer y la mujer proyectó los suyos camino del hombre. Mírame fijamente como el primer día, le rogó ella. Tus ojos brillan expectantes como entonces, apostilló él. Se pasaron gran parte del tiempo de la cita consumiéndose entre miradas. Al fin, el hombre no pudo resistir más y oró sobre la pelvis angulada de su amante. Ella se echó hacia atrás y le meció lentamente sobre su vientre. Incluso en aquella posición siguieron mirándose. Se contemplaban en el silencio de sus actitudes, más que en la brasa de sus cuerpos. Como si jamás hubieran permanecido separados.



(Composición de Eikoh Hosoe para la portada de un libro)

viernes, 11 de junio de 2010

Aforismo de los sueños traicionados


Siempre tiene a punto sobre la mesilla una libreta para apuntar los sueños. Pero las páginas están en blanco. Cada día, al levantarse, pasa una nueva página, aunque nada aparezca escrito en la anterior. Al acabar el cuadernillo, pone en la tapa de atrás un período de fechas y lo guarda en un cajón. A veces echa mano de alguna libreta atrasada y la hojea. Incluso se demora en el pulso de sus dedos sobre las hojas blancas. Cualquiera pensaría que no sueña. O que no recuerda. O que ha perdido la cordura. Sin embargo, sus sueños son muy fecundos. Incluso muchas mañanas recuerda con extraordinaria viveza lo acontecido tras la frontera. Entonces toma el lápiz, mira la luz del flexo y vacila. El argumento discurre a través de su cerebro despierto, nuevamente, como si se tratara de un sueño gemelo. Le parece demasiado intenso lo vivido dos veces como para desvirtuar su sentido al transcribirlo. Suele quedar impresionado y cualquier intento por editarlo lo considera una traición . Una vez le dijo en confidencia a una mujer ocasional que no podía soportar que los sueños no se reencarnaran en la vida ordinaria. No puede despechar el ritual por el cual deja el lápiz y la libreta a un lado, con la página huérfana. Hace esto porque necesita escenificar para sí mismo su propio vacío.