jueves, 31 de agosto de 2023
Aquellos días de Coyoacán
martes, 29 de agosto de 2023
Inscripción de un poema
domingo, 27 de agosto de 2023
Tactos
jueves, 24 de agosto de 2023
Cintéotl en mis manos
lunes, 21 de agosto de 2023
Abatimiento
"Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que solo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad."
Milan Kundera, La inmortalidad.
Dando tumbos el hombre anduvo unos pasos y contempló el umbroso vacío de su habitación. ¿Había estado con él alguien allí? Le recorria un sudor inhabitual y su cuerpo olía a aromas diferentes. En su mente se agitaban conversaciones pero también bullían silencios. Si hubo algo, se preguntó, ¿qué fue primero, el coloquio o el lenguaje silente y reservado? Se contempló en su vacilante abandono, advirtiendo marcas amoratadas en la espalda. Una ráfaga de temblor en los muslos le sacudió. Ducharme me vendrá bien, pensó titubeando, pero ¿debo o, mejor dicho, quiero? Se sentía complacido por mantener un calor que revolvía su piel. Acarició la reseca humedad de su abdomen. Aquel vello pegajoso contenía rastros que no eran suyos. Olfateó sus hombros y sus axilas, persiguiendo como un perro la señal del deseo. Luego hizo un movimiento rápido y desde toda la extensión de su cuerpo le llegaron aromas indistinguibles. Ni siquiera el suyo propio le era familiar. Pero no los rechazó. Más bien, sentado al borde de la cama, buscó el deleite y una inevitable desazón le dejó convulso. No soy el mismo de siempre, algo ha pasado esta noche, sea en forma de sueño o de un rapto cuyo rostro no se hace presente. Allí, frente al espejo del armario ropero, estiró hacia atrás los cabellos comprobando con asombro una cierta turbiedad en su mirada. No era el cansancio de unos ojos producido por el sueño que se demora, sino el deslustre de quien no ha cesado de contemplar con ansiedad una espera ajena. O la del hombre desenfrenado que quiere cubrir su desamparo con un encuentro ocasional. No había nadie más allí, pero no tenía conciencia clara de haberse encontrado solo. Palpó las sábanas arrebujadas, que le arañaron los dedos como si se tratasen de un prisma roto. Al acariciar los innumerables y desordenados pliegues le pareció estar recorriendo una piel interminable y caliginosa. En el espesor del jergón creyó revitalizar un cuerpo de mujer al que no ponía forma nítida pero que sus sentidos despiertos lo dotaban de sustancia. Estuvo esta noche aquí, tuvo el reflejo. Pero la memoria no le acompañó, como si estuviera disociada de las emociones que iban destacando abruptas en él. Ardía en su desnudez solitaria y desaseada, y el temor a la menesterosidad, él, que se tenía por intenso y dadivoso, le invadió. Emitió un grito salvaje, incontrolable, y hundió el rostro en la humedad de la cama. Respiró la fragancia impura y se desgarró.
* Fotografía de René Groebli.
sábado, 19 de agosto de 2023
Federico, Federico, siempre estás tan vivo
Hubo una vez un mago de las palabras que encandilaba a niños y adultos con su prestidigitación. En lugar del embuste agrio que vendían los mercaderes de humo él ofrecía fantasía reconfortante. No la abstracta, sino la que latía tras la vida común. La que ungía incluso al más humilde de los siervos. La fantasía que se revelaba purificadora y la que hacía arder la sed ansiosa de los abandonados del destino. Aquel guiñol para niños hacía soñar a los infantes. Aquella conjunción de los astros amorosos llevaba serenidad a las pasiones. Aquel teatro de la vida tradicional reivindicaba la posibilidad de la vida dichosa o al menos soportable frente a la oprobiosa condición esclava de esta. Fue un mago de las ensoñaciones. Y él estaba allí, tras cada niño, tras cada mujer marcada, tras cada ser hundido en un fatum que parecía inexorable. Federico, todo vida. Todo juego. Está tan vivo.
Celebremos al poeta y al hombre sensible. Cojo al azar un poema de Federico García Lorca, aparece en su Poeta en Nueva York (1929-1930)
* A los 87 años del asesinato alevoso de Federico García Lorca en Granada.
jueves, 17 de agosto de 2023
Brote
¿En qué momento brotó la mujer soñada? Las miradas libidinosas la querrían turbada. Miradas que solamente buscaban apropiarse de la belleza. Pero la belleza se resiste a ser poseída. Se ofrece como referencia para que cada mortal busque la propia, la que lleva dentro. No hay una forma única, dice la que sale del humedal. No hay un estereotipo ni una categoría, sino una percepción que siendo propia se alimenta de la pluralidad. Todos los sueños sobre la belleza están contenidos en esta ensoñación que llamamos vida. Alejaos, dice, de aquellos que destrozan las imágenes de la hermosura, porque en su negación conllevan el menosprecio de sí mismos. Esos son los que imposibilitan el disfrute y no reconocen otro goce que la lascivia desatada. Ellos son los belicosos que solo traen desgracias en su proximidad y justifican agresivos el mundo del no. Acercaos, dice, cuantos hacéis conducta de la sensibilidad. Los que fluis en la serenidad sin renunciar a la pasión. Los que os encarnáis en el cauce del reconocimiento de otros mortales sin ceder a la deriva de la defección. Allá donde brota la mujer soñada hay una fontana inédita para saciaros, que es tanto como decir para vuestra recuperación.
* Fotografía de Eric Kellerman.
lunes, 14 de agosto de 2023
Velada presencia
Fue como una presencia velada. Al principio creyó que se trataba del viento. Le pareció que le rodeaba un movimiento impetuoso. Imaginó una desastrosa ventolera y se levantó para cerrar cualquier ventana y evitar así que los papeles se extendieran desordenados por el piso. O que la impetuosidad de aquel fenómeno imprevisto derramara la copa de vino que solía situar sobre la mesa, entre los libros de consulta. Nada temo más, se dijo, que las manchas de vino sobre el papel.
No era bebedor de serie, sino escogido. El gusto impersonal de la adicción no le suponía una tentación irrefrenable. Bebía a sorbos, combinándolos al escribir con la elección de las palabras. Como un ritual, más que como una práctica común, paraba con frecuencia el tecleo para sujetar el tallo de la copa y sorber delicadamente. Entre un ejercicio y otro pensaba. O se abstraía, que consideraba una forma diferente de ceder al pensamiento. Pero ante aquella sacudida repentina se había levantado con brusquedad con el fin de detener el presunto caos en ciernes.
Para su asombro no había nada abierto en aquella habitación extensa. La recorrió a grandes zancadas, buscando la procedencia de una corriente, sin encontrar siquiera una rendija que explicara la sensación percibida.
Al volver a la mesa observó, alterado y molesto, que unas gotas oscuras se extendían sobre los pliegos escritos a máquina que había ido acumulando a su izquierda, ensuciándolos. Imposible, pensó repasando sus movimientos. Nunca llevo la copa al otro lado. Nunca bebo con nerviosismo ni agito mi mano para que revolotee el vino contra el cristal. Levantó los primeros pliegos y las gotas seguían calando los de más abajo. Se sintió confuso, ridículo. Estoy solo, nadie puede haber movido los papeles mientras he recorrido la habitación, se contrarió dejándose caer con abatimiento en la silla. La botella sigue en su sitio, mi copa permanece fiel a mi derecha, en la mesa no se advierte movimiento alguno. Ni siquiera tengo dado hoy el ventilador de aspas que pende del techo.
Su esfuerzo en racionalizar el máximo posible sobre la ubicación de los objetos y acerca de su propio comportamiento le estrangulaba. Una nueva y leve oleada de aire a su espalda, desplazándose en torno al cuerpo, le dejó perplejo. Giró la cabeza a un lado y otro. Observó la copa. El vino describía pequeñas ondas, mas el recipiente permanecía inmóvil. Hace un rato que no bebo ni escribo, advirtió con sobresalto. ¿Estoy aquí escribiendo como todas las mañanas o sueño que lo estoy haciendo? Tuvo la sensación de que su amplia camisa de lino blanco era rozada por un elemento invisible cuya procedencia no acertaba a adivinar.
Hizo todo lo posible por permanecer sereno mas en alerta. Si había aire no se manifestaba. Los papeles, quietos. La pluma de ave antigua que le habían traído de Florencia no movía ni uno solo de sus filamentos. Las hojas del ficus joven se mostraban pasivas. Solo la camisa se le pegaba a la piel. Creyó que una mano oculta presionaba su cintura. Percibió la calidez de un aliento ajeno. Otra vez vuelven mis fantasmas, los recurrentes espectros que me atosigan salvajes, gruñó tratando de familiarizarse con el acontecimiento. No refrenó el impulso de reír, sabiendo además que la risa en solitario puede tomarse la libertad más extensa que es la de no ser reprimida. Entonces escuchó una voz casi velada. Tal vez estés soñando. No distingues ya entre lo que escribes y lo que vives. Y a veces se sueña con risas de complicidad; los sueños son tan traviesos, acarició su oído aquella pronunciación taciturna.
El vino de la copa había mermado. Olió en su camisa un aroma que no era suyo. El bordado vertical lucía pequeñas lágrimas rojas.
* Fotografía de Eric Kellerman.
viernes, 11 de agosto de 2023
Mirando a los ídolos. Ah, los ídolos.
Dicen que aquellos humanos crearon los ídolos para que se parecieran a ellos. Pero los ídolos eran imperturbables. No tenían personalidad propia, si bien sus demiurgos les concedieron atributos superiores. ¿Tan frágiles como impotentes se sentían los humanos que fueron otorgando a aquellas representaciones propiedades y capacidades que ellos no poseían? ¿Proyectaban en las efigies las aspiraciones que no alcanzaban a realizar, los anhelos que no conseguían satisfacer y las obras que no estaban en sus manos levantar?
Felices como se las tenían aquellos hombres no se daban cuenta de que poco a poco las figuras que generaban se iban apropiando de ellos. Tenían forma de imágenes pintadas, de figuras esculpidas, de edificios alzados, pero sobre todo la efigie más poderosa era la idea. Cada ídolo valía tanto en cuanto se traducía en una o varias ideas. Y las ideas se desdoblaban a su vez en poderes que reducían la visión de los hombres, limitaban su campo de acción y obligaban a un culto ciego ignorando reconocer la fuerza interior con que la propia naturaleza les había dotado.
Los hombres fueron paulatinamente sustituidos por las ideas y los significados que se pretendían en los ídolos. De tal manera que muchos se comportaban más como reflejo de una idealización que como corresponsales -y corresponsables- de sus posibilidades y recursos. Así, durante milenios, los humanos capaces inicialmente de avanzar sin fin, no obstante tropezando y levantándose constantemente, pasando de la adversidad a una cierta gratificación y viceversa, cedían su papel al ídolo idea, al fetiche sustitutivo, al modelo envidiado.
Y toda aquella parafernalia fue pasándoles factura. Hasta nuestros días. ¿Era inevitable tanta dejación humana? ¿Fueron siempre conscientes de sus limitaciones? ¿Se sentían obligados a crear personalidades que representasen el logro de sus deseos? ¿Hasta qué punto los símbolos a los que pusieron rostro y cuerpo y ademanes de fuerza y de dominio les ayudó o frenó su impulso?
* Grabado de Pablo Picasso. Suite Vollard.
miércoles, 9 de agosto de 2023
Tu primer pensamiento al despertar: átomo (Recordando Hiroshima y Nagasaki)
martes, 8 de agosto de 2023
Cuando aprendí a correr en bici a la sombra de Bahamontes
No es que se muera Bahamontes, sino que se va una parte de la infancia de una generación, la nuestra, que también va mermando. Por supuesto, también nos posicionábamos por Coppi, Poblet, Loroño, Anquetil, Poulidor...Las bicis eran más imperfectas y completas que actualmente, y el pedaleo y el esfuerzo contaban más que la máquina. ¿Cuándo años tenía yo cuando empecé a coger la bici? No sé, a veces me asalta la ilusión vana de que soy un individuo sin tiempo y tengo que vincular este a imágenes para situar los años.
Fue un verano navarro. En aquella bicicleta de niño habían aprendido los demás chicos de la familia. Como me superaban en edad y nadie la cogía, en lugar de tirarla la había dejado colgada de una viga de la bodega de la venta. Oxidada y casi oculta por las telarañas alguien sugirió que podría rescatarse para que yo aprendiera. Y se llevó al taller donde arreglaban de todo. Para mí había quedado nueva. No tenía cambio de piñones, con el riesgo añadido de que bajar a velocidad una cuesta podía procurarme un percance. Qué verano de la bici a todas horas, qué descubrimientos. Tal vez el más vital: ser consciente de tu capacidad de equilibrio y ritmo y, por supuesto, hallar una nueva sensación de diversión. Porque la niñez, no obstante interferida y perturbada por obligaciones de todos conocidas, estaba poblada por la filosofía lúdica que, acaso, es la que mejor explica una de las esencias del ser humano.
Y cómo no ir con el recuerdo a aquellos años en que acudíamos en masa a ver pasar la Vuelta por nuestra ciudad, en que la actividad escolar se interrumpía para que todos pudiéramos disfrutar del evento. O cuando la primera televisión comenzaba a emitir el Tour. Recuerdo un compañero, fan del ciclismo practicante, con el que compartía pupitre que venía a clase con L'Équipe y/o Le Miroir des sports. Ignoro cómo los conseguía pero con qué ilusión nos los mostraba a los del entorno. Y cómo no recordar las colecciones de cromos de ciclistas -¿han desaparecido hoy día ante el avasallamiento del negocio más que deporte del fútbol?- o aquellas chapas de refrescos que decorábamos con nuestros ciclistas favoritos, para con el empuje de los dedos corazón y pulgar echar unas carreras sobre el pavimento.
Bahamontes. Su nombre evoca viejas emociones. Que tu pedaleo sea ahora tranquilo.
*Fotografía de Roger Viollet, tomada de la web de la SER.
sábado, 5 de agosto de 2023
La durmiente
La cautiva duerme. Sueña que hay otro paisaje más allá de aquellos muros. El prisionero mira. Desea soñar como ella y sobre todo entrar en sus sueños. La mujer, en su letargo, se ve saltando con su cuerpo ágil, vibrando en una danza, se deja caer a la orilla de un arroyo, activa con sus manos una obra de arte. Tal vez, aunque borrosamente, conoce el amor. Al bruto, asombrado por aquel rostro apacible, le enerva no poder saber qué está viviendo ella en la oscuridad del silencio. Ignora que para la mujer, en aquel instante, lo que vive es luminoso. Le pediré que me cuente sus sueños, piensa con avidez. Amaga con ternura una caricia que apenas roza el rostro de la cautiva. Pero respeta el estado de bienaventurada postración. Le pediré que me lleve a sus sueños, se le ocurre con alborozo. Pero ¿y si en sus sueños no quiere que esté yo? ¿Y si el valor de los sueños, de cualquier sueño, es librarse de las ataduras y obligaciones del cautiverio cotidiano y ahí no desea reconocerme? Si yo pudiera soñar...se dice con pesadumbre. Si yo supiera hacer de los sueños la forma de rebelarme contra mi condición...Mino se desplaza hacia atrás y desde su rincón observa, intentando traducir las sonrisas de la durmiente. De pronto le invade la apacibilidad.
* Pablo Picasso, de la serie Suite Vollard.
martes, 1 de agosto de 2023
El lazarillo del laberinto
Tanto vivir sin un horizonte que contemplar, la bestia se quedó ciega. El lazarillo le guiaba por los extensos corredores. De vez en cuando se paraban. Estamos ante un río caudaloso que recoge las corrientes que bajan de la montaña, le decía. La bestia sentía que sus pìes se calaban. Debe ser un curso poderoso que volverá feraz las tierras que baña, comentaba contenta. Volvían a detenerse en otro recodo. Y el niño le brindaba otra visión imaginaria. No sé si te habrás fatigado pero hemos subido a un monte desde donde se contempla la calma tanto de la cordillera como de los valles. La bestia, resoplando por el esfuerzo, se desahogaba. Cuánta belleza pones ante mi presencia, y su tono se advertía melancólico. Después de caminar un buen trecho el niño se paró en seco. ¿Oyes, Mino, la algarabía del ágora? El monstruo movía la cabeza a un lado y otro, tratando de situar los edificios y el trazado de las calles convergentes y el mercado animado donde se reunían gentes de otras urbes. Haces que me tenga, le dijo al lazarillo, por un comerciante más que intercambia mercaderías y también ideas y busque solazarse con uno de los jóvenes que trasladan la alegría sin nada a cambio. El lazarillo, incansable, le condujo por los vericuetos más intrincados del laberinto. La humedad salina impregna mi piel y mi vello, dijo de pronto la bestia. ¿Y este estruendo? Estamos al borde del océano, dijo muy quedo el niño. Lo que escuchas es la queja al unísono de todos los náufragos que se aventuraron a ir más allá de los límites del dédalo. El niño continuó llevándole de la mano hasta llegar a un espacio silencioso donde se olían los frutos más exquisitos. Disfruta de esta huerta que a la vez es jardín, le sugirió con dulzura. A ella llegan al atardecer las doncellas más hermosas y templan sus cítaras y declaman los versos más atrevidos que puedas imaginar. Mino, estupefacto, propuso. Esperemos aquí, pues, la hora del ocaso. Verás cómo sé distinguir los aromas más frutales que proporciona la tierra y la esencia que emana de la naturaleza de las vírgenes.
* Grabado de Pablo Picasso.
sábado, 29 de julio de 2023
Salvador Espriu para tiempos revueltos
jueves, 27 de julio de 2023
Salsa va, porque la vida te da sorpresas
martes, 25 de julio de 2023
La risa de humanos y de canes
lunes, 24 de julio de 2023
Propuesta laxante en román paladino
Max dice: Quien no se consuela es porque no sabe hacer uso apropiado de nuestro rico román paladino. Qué bonita expresión, le respondo asombrado; me traes las viejas lecciones de las lenguas romances. Pero él a lo suyo. He ahí una propuesta laxante para quienes se hayan quedado estreñidos desde ayer. Quienes no han digerido el menú de circunstancias. Vender la piel del oso antes de cazarlo es de necios. Pero catarla con la imaginación puede ser indigesto. Entiendo que el problema es de contención intestinal. Les sugiero que hablen más y mejor con sus propias bacterias. Eso ayuda. Porque dicen últimamente los cientificos que intestinos y cerebro van de la mano. Aunque no sé, no sé si la ingesta al uso, también llamada empanada mental, favorece a la salud. Los afectados, por favor, busquen tratamiento.
*Imagen: chapa nihilista que Max se encontró ayer removiendo cajones y tirando recuerdos.
domingo, 23 de julio de 2023
Una paradoja y una risa, según John Donne, para un día electoral
En una paradoja de John Donne leo:
"Si alguno de estos botafuegos coléricos, acalorados, que se alimentan de las querellas y odios a los que se aferran, salpican a un idiota con una sola chispa de desprecio, este, al igual que un tejado de caña que prende rápidamente, puede que se encolerice. Pero el sabio, frío como la salamandra, no solamente no se irritará con él sino que tampoco sabrá compadecerle. Que se ría de él, pues. Así se sabrá que es hombre, porque sabe reírse; que es docto, porque sabe de qué reírse; que es valiente, porque se atreve a reírse. Porque el reidor es, con razón, juzgado como más sabio que aquel del que se ríe".
Recojo este texto pensando en la barbarie de la mentira, la iniquidad y la abyección que los partidos de derechas han desatado desde hace tiempo -no solo en período electoral- y que influye en las mentes manejables, que gustan de ser engañadas, a través de la pléyade de medios de comunicación que repiten días tras día la voz de sus amos.
John Donne (1572-1631) es junto con Shakespeare el más importante poeta inglés del siglo XVII. Las Paradojas es un conjunto de escritos preñados de ironía sobre costumbres y opiniones sociales de su tiempo.
*Ilustración de cabecera de Antonio Santos Lloro para El coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes, editado por Nórdica.
*Retrato de John Donne según Isaac Oliver, de la National Portrait Gallery.
viernes, 21 de julio de 2023
Corredor de fondo
De joven yo era corredor de fondo, dice Max. ¿Me imaginas? No lo hubiera sospechado, le contesto riendo. Hay días excepcionales en que te veo tan apasionado, como si no hubieras tenido juventud. Max no pone buena cara ante mi jocosidad. Mi pasión es vivir y adaptarme a medida que me han llovido palos o sumado fracasos. Es verdad que correr con las piernas y correr con las ideas no fueron siempre de la mano. Fui corredor de fondo en campo a través, aunque con una soledad menos ruda que la del protagonista de la novela de Sillitoe. Pero en paralelo corrí cortoplacista en el terreno del pensamiento. ¿Eso fue bueno o malo? Me parece falso plantearlo en términos de opuestos. Tampoco en otros tiempos teníamos suficiente perspectiva y el pasado inmediato condicionaba. La corta distancia te exige un gasto de energía excesivo, que cuando eres joven no te cuesta generar, pero a su vez te engaña. Porque crees que el territorio que hay por delante se ocupa pronto, que lo que tú pensabas lo pensaba mucha gente, pero a medida que corres sin cesar adviertes que la distancia se amplía. Que el territorio humano era más extenso. Que acaso, salvo una minoría, los demás no estaban por correr. Porque la medida del tiempo siempre es incierta. Porque acostumbrados a viejas inseguridades la inercia hacía que nadie quisiera demasiados riesgos. Y te das cuenta de que nunca llegas lo suficientemente lejos, que la mayoría no te sigue. Y entonces llega el pinchazo. ¿El desánimo? ¿La desilusión?, le digo. Max hace una mueca. La desilusión es una constante en la vida, amigo mío, y hay que reconocerlo sin dramas, como parte del ejercicio de vida. En realidad siempre hay una alternancia tanto en los comportamientos como en las emociones, porque en cualquier experiencia comprometemos actitudes cargadas no solo de cierto grado de ideas sino acaso sobre todo de pasión. Lo que hacemos y lo que pensamos también son cuerpo, o efecto del cuerpo, como quieras comprenderlo. Llega un momento en que adviertes que la pasión no construye. Que las místicas alimentan energías pero no edifican racionalidades. Que los corpus de interpretaciones al uso, lo que otros llaman ideologías, no interpretan prácticamente nada. No he renunciado a seguir siendo corredor de fondo con mi mente. Uno ya no está para carreras ni saltos ni pugilismos directos. Pero mientras haya oxígeno en el cerebro sí puede uno continuar la travesía. De modo más ligero y tibio, si bien no menos exigente. Porque percibir el mundo y tratar de no desubicarte del todo es algo que tengo claro. Estar receptivo y aproximarte en la medida de lo posible a comprenderlo sigue siendo un desafío. Esa actitud me oxigena. Max ha parado de pronto y ambos permanecemos en la galería exterior, mirando los amarillos y ocres del horizonte.
*Corredores de la Villa de los Papiros, de Herculano. Ubicados en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Fotografía de Graziano Tavan, tomada de https://archeologiavocidalpassato.com/
martes, 18 de julio de 2023
La sangre como uno de los bellos estilos plásticos
¿Han visto alguna vez el impacto de la sangre al emerger violenta y voluminosamente de las venas? ¿En qué categoría y estilo artísticos encaja? ¿Cómo reaccionamos ante su visión? Aparte de la alarma del momento, ¿suscita en nosotros alguna clase de contemplación o emoción estética? He oído a veces expresiones como: parecía un mapa de tonalidades. O bien: corría como la pintura en un lienzo. Yo me quedaba boquiabierto porque no alcanzaba a ver sino viscosidad y peligro, pero ahora que lo medito...
Unos dicen que es realismo puro, pues sigue expresando lo real, aunque fuera de sus cauces habituales. Sigue manifestando, tal vez parcialmente, la existencia lineal del sujeto, no obstante este se vea cuestionado en ese instante en función de la pérdida que manifieste.
Otros dicen que no hay más que dejarse llevar por la dispersión del líquido en todas las direcciones, como si apenas rozase la materia, traduciendo esta en pinceladas irreales que nos hacen creer que así es la naturaleza. Se quedan absortos en el colorido cargado de matices, reclamados por una emoción profunda de aquella impresión espontánea y natural. Concluyen aseverando que se trata de un estilo impresionista.
Los hay que el fenómeno accidental lo interpretan con una intención más larga e intencionada, viendo en ese ejercicio espontáneo y brutal una rebelión del cuerpo que solo sabe expresarse como desfiguración expresionista. Donde el elemento licuoso parece haberse traducido en sátira de sus células rojas y blancas, mientras el individuo sangrante se ve invadido por una palidez que le desfigura.
Ah, comentan otros, pero esta conmoción es la imagen más nítida del poder de la abstracción por la abstracción. Y claman boquiabiertos ante la expansión caprichosa e ilimitada del chorro sanguino, entregados al disfrute de los trazos transversales y anárquicos que salpican por doquier. No importa si allí al lado alguien se desangra, ajeno y malogrado por presuntuosas interpretaciones de diletantes.
Ay de quien vea la sangre como alguno de los supuestos bellos estilos plásticos.
Ay de quien persiga coagularla contra las leyes ordinarias de la naturaleza en sus diversas manifestaciones.
Ay de quienes hoy con palabras aviesas y mañana con acerados estiletes fuercen el derramamiento como tantas veces sucedió.
Nota Bene: * 87 años: NUNCA MÁS.
lunes, 17 de julio de 2023
Jane
Eran los años en que se encendía una luz. Pero nosotros ya ardíamos. Todo llegaba tarde aquí. Pero cuando llegaba ¿quién se resistía? Las gramolas nos abrían al mundo más que los libros, que también. Y el mundo nos iba calando con lentitud porque cada uno de nosotros era tierra diferente. Todos teníamos celos del hombre del cigarrillo y rostro extraño. Pero acaso nos transformábamos imaginativamente en él porque las ensoñaciones, además de transgresoras, son gratuitas. Los oprobiosos de la moral, seguramente más lascivos que nadie, condenaban y anatematizaban aquel proceder en forma de música y de letra y de suspiros entregados procedentes de allende los Pirineos. Mas, ¿qué no condenaban aquellos, a los que la canción de Paco Ibáñez que nos invitaba a cabalgar deseó que fueran enterrados en el mar? Los de la pérfida moral desaparecieron -acaso solo se ocultaron, porque ahí siguen y volviendo a las andadas- y Jane permaneció a caballo entre nuestros oídos y nuestros labios. Si alguno dice que también en sus deseos ocultos probablemente no miente. Hasta hoy.
* Fotografía de Jane Birkin tomada de Girly Girl Magazine.
sábado, 15 de julio de 2023
No es lo que parece sino lo que fue o pudo haber sido
viernes, 14 de julio de 2023
Jeanne y el naufragio
Viernes 14. Mi amiga Jeanne enarbola la roja insignia, pero yo me fijo en sus cabellos aventados. Jeanne ha separado uno de los colores de los demás, y dice que es para recordar que todavía existe. Yo le digo: ¿el color o tú? Pero no me hace caso y sigue ondeando con el movimiento de su cuerpo una mezcla de nostalgia y esperanza. A mí ya no me empaña la visión aquello que esgrime de forma tan descarada, ágil y bailarina. Se lo comento. Si ha habido inteligencia en el sentimiento hay referencias que no se olvidan nunca, guiña con sus palabras. La inteligencia del sentimiento no siempre elige el camino razonado, replico. Todo ha cambiado tanto. Menos Jeanne o, mejor dicho, mi percepción de Jeanne. Me cautiva que ella misma se convierta en estampa, y recuerdo cuando me decía que yo era su estandarte. Hubo un tiempo, y eso ya pasó. Pobre de mí, tan náufrago desde entonces. Si la memoria es lascivia estoy perdido. Jeanne lo sabe, pero no le importa.
(Ilustración del historietista Yslaire de la serie Sambre)
jueves, 13 de julio de 2023
Te seguiremos leyendo, Milan
Cuando en el año noventa y tantos pregunté al círculo de amigos de Alena sobre un escritor moderno que vivía en París algunos ponían mala cara. O cara airada. Como diciendo: ese que se fue y no quiere volver. Aunque otros apostillaban: los burócratas tampoco le quisieron aquí. Milan Kundera me recordaba un poco el caso de Thomas Bernhard, tan enfadado con su Österreich, aunque por otras razones no menos severas. Aunque tan diferentes en sus estilos narrativos, me sentí muy acogido en la literatura de ambos. Creo que el valor de una novela reside en que te acoja, en que tú te traslades a ella y la habites. Bien como uno de los personajes, bien como el colectivo de voces y situaciones. Cada vez comprendo menos que una novela haya que leerla desde los parámetros de lector, con esa tendencia que tenemos a veces a intervenir y modificar sobre la marcha las ideas y la exposición de criterios, cuando no el estilo, que en una novela se reflejan. Pero esta opinión es tan personal como seguramente poco acertada. Naturalmente, también les cité a una eminencia como Franz K., al que la mayoría de aquel grupo le había leído poco y mal. Por supuesto, a todos les sonaba sobradamente el divertido Jaroslav, creador de las aventuras de un valeroso soldado, y no en vano más de una taberna de Praga llevaba su nombre, el del soldado de ficción. Yo aún no había descubierto al buen y genial Bohumil, tan diferente a todos los anteriores citados, y que posteriormente vino a intermediar en mi visión sobre los literatos checos más reconocidos. Tal vez era que en aquel ámbito de amigos de Alena no había cundido todavía un europeísmo más profundo, tal como lo entendemos ahora, pero citarles la novela de la insoportable levedad del ser fue para algunos una novedad, para los que la habían leído en edición francesa, para otros la manifestación de un desdén, para la mayoría desconocida. Sin embargo para mí fue la novela de la frescura y de las preguntas, en la que en cierto modo también me veía reflejado, no tanto en mi vida particular como en mi vorágine de tratar de interpretar el mundo rocoso que me rodeaba, y en esa novela percibí un estilo ajeno a localismos y transfronterizo total, una defensa de la constante búsqueda del hombre, debatiéndose entre orígenes y peregrinaciones. No he leído, ni mucho menos, toda la obra de Milan, y acaso este motivo funesto de su fallecimiento sirva de acicate para retomar lo pendiente. También recuerdo que La broma, por ejemplo, me arrojó con su sátira aún más luz sobre los años oscuros por los que el país de mis amigos atravesó. Y El libro de la risa y el olvido, tan peculiar como más incisivo si cabe acabó de seducirme. Que en sus ensayos de El arte de la novela reconociera a Cervantes como el fundador de la novela moderna me pareció de un reconocimiento superior. En definitiva, que a Milan Kundera, como a cada quisqui en su momento casual, no el que tiene señalado, como muchos conspiranoicos de tradición religiosa suelen decir, le tocó dejar de estar o de ser y no te cuento de escribir. Te seguiremos leyendo, Milan.
* Milan Kundera falleció el pasado 11 de julio a los 94 años. Fotografía de Milan Kundera y su esposa Vera, de la AFP, tomada de la web de la revista mejicana Expansión.
lunes, 10 de julio de 2023
Aquellos juegos del desván
Recuerdo que un día Gemma me dijo: hoy vamos a jugar al miedo. Qué emocionante, dije yo. ¿Quién mete miedo primero? No, no, espera. Gemma me paró los pies. No digo jugar a meter miedo sino a sentir el miedo como si fuéramos nosotros el mismo miedo. No la entendí muy bien, pero Gemma era tan ingeniosa y tenía tales ocurrencias que si la dejabas hacer y le seguías la corriente tenías asegurado el entretenimiento. Ven, propuso, y yo seguí a Gemma al desván.
Apenas iluminado, aquel espacio sobrecogía. Vestidos de volantes y sombreros ahitos de polvo, sillas de anea, un biciclo roñoso, seguramente del abuelo de Gemma, una heladera, sacos de nitratos medio abiertas, latas de bencina, viejos y oxidados aperos de labranza, varias cajas mal cerradas que parecían vomitar cachivaches para mí ignotos. No me hubiera atrevido a subir solo aquí, dije, aunque estos sitios me atrapan. Es como viajar a otras épocas. No hemos venido a meternos miedo, así que no te preocupes, me tranquilizó la chica. Además todo lo que hay amontonado son objetos inanimados, como dice la tía Adelina. Pues a mí me parece que se mueven, insistí a riesgo de quedar como miedica. La otra le quitó importancia. Es la corriente del aire que se filtra por rendijas.
Gemma me llevó hasta un bidón donde se amontonaban panochas de maíz, unas botellas de tequila sin una gota y cartucheras vaciadas de la munición. Lo apartamos, y de detrás sacó varias máscaras. Son las del Día de los Muertos, clamé en una mezcla de estupor y resistencia a tocarlas. Que son solo máscaras, bobo, cortó Gemma. Elige una. ¿Esta? No, mejor esta. Y tomé una cara de diablo de ojos saltones y salpicada de verrugas. Sus colmillos estaban a punto de sorber las venas de cualquier víctima. Pues has cogido la que al ponértela te transforma en el peor de los miedos, rio mi amiga. ¿Cómo lo sabes? Me las he probado todas, reconoció. Me entró fácilmente. Pero como mi cabeza era pequeña y la máscara de tamaño adulto no se sujetaba bien Gemma buscó la solución. Te la apretaré con una cuerda. ¿Y tú?, dije mientras sentía cómo ajustaba el cerco sobre mi cráneo. ¿No vas a ponerte otra? Esta misma, dijo, y se colocó la de una calavera pálida que esgrimía una sonrisa sardónica. Y ahora, ¿qué hacemos? Ahora, y Gemma puso una voz imitando lo lúgubre, ahora nos quedamos quietos. ¿Quietos? ¿Sin decir ni hacer?, insistí. Quietos y silenciosos, sobre todo tú. Y esta vez habló con la lentitud y el tono de quien parece que va a entrar en trance.
Todo esto me asusta un poco, acerté a decir con escaso control. Pero ella siguió dándome instrucciones. Calla. No te muevas. Estás y no estás aquí. Cada vez estás menos aquí. Yo tampoco estoy. Ni tú eres Carlitos ni yo soy Gemma. Somos la careta en que nos hemos convertido. Siente como un satanás y yo como una difunta. Somos el miedo que nos invade desde estos personajes. Hemos perdido la cara que hemos tenido hasta ahora. En adelante solo van a vernos como una calavera o un lucifer. Gemma se quedó callada y siguió farfullando sin que yo la entendiera.
Empecé a sentirme extremadamente nervioso. Sudaba empapando aquel rostro de cartón piedra mal encajado. ¿Sientes, Carlitos, dijo de pronto, cómo habla el miedo? En ese momento noté que una mano apretaba con fuerza mi cuello desde atrás. Hice ademán de moverme, pero no podía. No reaccionaba como el chico ágil y escurridizo que todos conocían. Una asfixia sofocante aceleró mis latidos. Gemma, Gemma, grité. Pero ella no parecía dispuesta a socorrerme. Susurró con gravedad. Espaciando las frases. Formando ecos y altibajos. Alternando silencios. No puedes moverte porque el miedo no se mueve, es paralizante, dijo. El miedo permanece porque lo suyo no son las horas ni los días. El miedo puede cambiar de máscaras, pero sin perder su rostro verdadero, pues él no necesita enmascararse. El miedo te muerde las entrañas, pero no te las come, porque quiere también habitar en ellas. Hasta la muerte huye del miedo, porque sabe que no es tan fuerte como él. ¿Estás preparado para encarnarte en miedo?
Cada vez comprendía menos la retahíla de aquellas oscuras palabras. Me invadió la sacudida de un estremecimiento. Y de repente me oriné.
* Cuadro de Frida Kahlo.
sábado, 8 de julio de 2023
Los brindis de Minotauro y Dioniso
- Voy a ser sincero contigo, Dioniso. Evita en lo posible que los humores de las pasiones obnubilen tu pensamiento y limiten tus intenciones.
- ¿Lo dices por el licor de la copa o por el elixir del amor?
- Interprétalo como quieras. Ambos tienen sus riesgos. Y aunque parece que pueden producir placer no siempre son buenos compañeros, a pesar de la euforia que destilan.
- Tal vez se complementan, si bien sus tiempos no tienen por qué coincidir. Yo procuro más bien diferenciarlos, aunque hay quien piensa que me inclino más por la parra que por la hembra.
- Esa es la imagen que trasladas a los mortales.
- A los mortales, Mino, les gusta contemplarse en los dioses, conscientes como son de sus posibilidades, de sus aptitudes y de sus habilidades.
- También son conscientes de su impotencia en muchos aspectos, y sin embargo no por ello cejan en empeños que les superan, al menos al principio.
- Y en ocasiones logran sus objetivos, porque los humanos no se resignan e inventan herramientas y útiles que les proporcionan avances.
- A veces a un alto precio, Dioniso. Que sobre el caso ya me cuentan en detalle los que transitan mi casa.
- Un precio que tratan de soslayar o al menos de compensar con una desaforada entrega a los placeres, bebiendo como yo de cálices de vida pero que pueden ser de muerte.
- Un dios nunca teme morir.
- Pero los humanos saben matarlos si no son de su agrado.
- Hay que tener valor para afrontar las tentaciones de ambas copas y no sufrir las consecuencias de la merma. Porque la merma imposibilita degustar el verdadero jugo del placer.
- No es cuestión de valor, sino de abandono. Se trata de dejarse llevar. El vino y el deseo tiran como los bueyes del arado. Ni siquiera como divinidad uno es siempre dueño de sí mismo. Y las pasiones ciegan. Pero tú, Mino, debes saber bastante del asunto, ya que en ese encierro de por vida tu entrega desesperada y ansiosa a la belleza de la juventud es una condena narcotizante.
- ¿Me liberarías de esta condena si permito que Ariadna, cuya curiosidad le ha hecho detenerse aquí, salga antes de que sea demasiado tarde para ella y para mí?
- Mi condición divina, Mino, me permite negociar, si bien te recuerdo que nadie queda liberado por otro si no lo intenta él mismo.
- Podemos procurarlo. Aunque libre de mi destino tenga que afrontar la mortalidad del humano.
- Algo se te tiene que pegar de aquellos con los que tanto has gozado.
martes, 4 de julio de 2023
El verraco, que sigue ahí
Cuando pasaba de niño junto a la muralla me paraba siempre ante el verraco. Palpaba su lomo de granito. Hacía que me subieran a él. Me echaba a lo largo y sentía su frialdad en mis labios al darle un beso cariñoso.
El verraco no se inmutaba. No es que el granito sea inmutable; también tiene su desgaste. Pero la erosión de la nieve, el viento y los cambios de estación son lentos sobre la roca. Y las palpaciones o los besos de los niños reforzarían sus defensas, supongo. Lo que permanece del animal de piedra es su capacidad actual de representación. Aunque los humanos actuales no la necesiten si no es para interpretar lo que supuso en otra cultura.
La escultura o, mejor dicho, lo que expresaba, era toda una referencia doméstica en la pequeña ciudad. Eres más bruto que el verraco. Mira que si te portas mal te dejo que te coma el verraco. Haces menos caso que el verraco. Expresiones al gusto y necesidad de reprender de cada familia. ¿Sabría el verraco, por confidencias infantiles, cómo manipulaban su presencia?
Figura zoomorfa la denominan los técnicos de la arqueología y el arte. No sé por qué no se aplica el término a las miles de representaciones sobre el ser humano, parte también del zoo planetario. Supongo que es cuestión de nomenclatura y diferenciación. No sé si para entendernos o para aseverar, y asegurar, la superioridad, relativa, del individuo humano sobre otras especies.
Hago ficción, o deconstruyo las categorías, y fantaseo con llamar al sacerdote Gudea, por ejemplo, escultura zoomorfa. O al Apolo de Fidias, o al Pensador de Rodin, o a la Magdalena de Mena. Zoomorfos al fin y al cabo transmitiendo significados, creencias o utilidades. Y retrocedo al granítico verraco de Ávila, uno de los cientos de cerdos, toros o jabalíes colocados en las viejos territorios de los vettones con un objetivo probable de delimitación y marcación de zonas adecuadas de pastos y cría de ganado. O también para elevar el prestigio y la invocación de protección en las entradas a sus urbes y a sus oppidum, dotándolas así de un valor especial. Que aquellos ancestros los sublimaran y volcaran en ellos un sentido de reconocimiento, tal vez incluso de culto, acaso de tótem protector, no sería de extrañar.
Llevamos siglos viviendo y conviviendo de lo zoomorfo vivo. Utilizando al animal como medio de nutrición, de transporte, de arma, de industria y comercio, de compañía. Nada que precisar a mayores, salvo que nunca les estaremos suficientemente agradecidos. Los hechos han sido y son los que son.
Tal vez vuelva pronto a pasar mis manos por la superficie rugosa del verraco de Ávila. Quién sabe si al hacerlo tal vez me reconozca.
sábado, 1 de julio de 2023
El demiurgo celoso
Lo más presuntuoso de aquel personaje que se las daba de demiurgo, cuando no era sino un simple aprendiz imaginativo que jugaba a modelar la materia que se le pusiera al alcance, era repetirse interiormente: te voy a crear a mi imagen y semejanza.
Pero, ¿acaso conocía a fondo su imagen como para pretender recrearla en otra representación?
Serás un ser vivo cuando acabe, se decía una y otra vez a medida que esculpía el otro rostro. Tendrás tal expresión que aunque no sonrías los demás creerán que esbozas tics risueños. Que aunque no respires otros percibirán tu aliento. Que aunque gesticules se advertirán expresiones cambiantes. Que si no obstante mudo los demás creerán estar escuchando tu oratoria. Y que si bien no argumentes tendrás seguidores que alabarán tus discursos.
El artista ideal terminó la obra. La miró fijamente y, decepcionado, no pudo reprimir la desazón. Había realizado un trabajo arduo. Todo el empeño acababa ahora en incertidumbre. La estatua se asemejaba extremadamente a él mas no era él. Te he clonado, la dijo, pero pareces más perfecta y más bella que yo. ¿Y si te toman los demás por mí y me suples? Tuvo celos. ¿Y si te contemplan con ilusión asumiendo que yo soy tu obra y no tú la mía?
El soberbio demiurgo no había abandonado todavía sus herramientas. Dio varias vueltas en torno al busto. Luego se detuvo justamente a la altura de su nuca. La acarició con una de sus manos y la sintió cálida. Con la otra mano calculó una distancia fatal.
* Pablo Picasso. Grabado de la Suite Vollard.


























