(Fotografía de Elio Ciol. La muralla de Khiva, Uzbekistán)
(Fotografía de Elio Ciol. La muralla de Khiva, Uzbekistán)
Al grito le acompaña un gemido agudo, áspero. ¡Padre! Como un corte de hoz seco. Y es que hoy ha muerto padre. Le hemos puesto el traje de los domingos. ¿Cuántos años tiene este traje?, ha preguntado una de mis hermanas, la única que vive en la ciudad. Lo conservaba bien, ha terciado la pequeña, se le ve impecable. Está más señor que nunca, suelta otra, más gélida que una noche de invierno serrano. No me canso de mirar a mi padre muerto y no le veo como cadáver. Yace alguien que no es mi padre, aunque algo de él reconozca en ese color macilento y en las facciones huesudas. Creo que no guardaré este recuerdo. Para qué. Lo expulsaré de mi cabeza si alguna vez me viene. Dentro de mí aún sigue viviendo mi padre. Me toma de pequeña y me agita balanceándome mientras yo me rio. Me da a escondidas una modesta propina para que no quede por detrás de mis amigas. Nos ponemos por las noches a deletrear juntos lo que me van enseñando en la escuela, aunque creo que con él aprendo más. Me riñe si no he ido con las demás a la fuente, pero más que nada lo hace por mantener el tipo ante las mujeres que le señalan por ser demasiado condescendiente conmigo. Ha hecho de mí su cómplice y yo guardo algunos de sus secretos. Incluso me previene contra un mal matrimonio y así estoy yo, fresca y cada vez más dueña de la casa paterna, donde no cabe varón. Aunque el dicho favorito de las habladurías de pueblo trate de zaherirme con lo de mira que se te pasa el arroz, sé que en el fondo me envidian. Que todo se sabe en una aldea y hasta las voces bajas suenan para muchos oídos. Las casadas que más alardean de matrimonio son las que más tienen que callar. Empezando por madre. Madre le dejaba hacer a padre, muy a su pesar, porque sabía que la cabra siempre tira al monte. Tiraría, pero en casa nunca faltó sustento. Ni interés por nosotras sus hijas. Si faltaba dos o tres días de casa madre estaba de mal humor. A la vuelta, padre ponía sobre la mesa el rédito de sus gestiones de modesto tratante de ganado. Madre entonces disculpaba ausencias, si estas habían sido fructíferas. Que no siempre lo eran. Ha habido tantos malos años...¡Padre!, resuena de nuevo en medio del silencio aquel reconocimiento que se desvanece. Probablemente se desvaneció hace tiempo, cuando su presencia era una mera figura que no decía ni chitón. Miro ahora a padre que ya no es padre ni es hombre y me siento una privilegiada por su acogida conmigo. Mis hermanas no pueden decir lo mismo. Con ellas fue severo. Había heredado la miseria y con su esfuerzo había alcanzado al menos cotas altas de la estrechez. Teníamos lo justo y padre siempre temió a los tiempos, que es tanto como decir a las carencias. También a los hombres que desprecian a otros hombres y se benefician de su esfuerzo. Huye siempre de esa clase de individuos que se nutren carroñeramente de otras vidas, me aconsejaba. Miro las manos de padre. ¿Cómo las observarán mis hermanas? Como manos conminatorias, tal vez. Nunca descargó su ira con las manos sobre ninguna de sus hijas y menos sobre madre. Pero las manos de padre siempre dibujaban en el aire señales que aprendimos a interpretar. Unas las acatarían y otras buscarían las vueltas. Yo soy la única que tiene sus manos. Él sabía que al heredar sus manos había traído conmigo su talante. ¿Pero eso se recibe por las buenas o se cultiva con el trato? No sé. Su discreción no le permitía expresarlo con claridad, pero a mí no me quedaba duda alguna de que era su ojo derecho. Acaso por eso yo salía en su defensa cuando era malinterpretado y se aliaban todas las otras contra él. ¿O era a la inversa, que precisamente por salvarle la cara en tantas ocasiones me atraía más hacia sí? Van llegando familiares. Caen más vecinos. Hay lloros sinceros y lágrimas aparentes. Voces tenues. Murmullos. Rezos. Debo estar preparada por si a alguien, antes o después, se le ocurre sacar trapos sucios de padre. Yo soy padre ahora y defenderé su vida. No, el cadáver no me interesa.
(Fotografía de W. Eugene Smith. Escena en Deleitosa, Cáceres, 1950)
Las estrellas que habitan en ese peristilo
han provocado siempre el asombro en los sabios;
no extravíes el hilo de la cordura, ¡ojo!
los auténticos sabios son los que están perplejos.
Omar Jayyam, Robaiyyat
Buscaba la ciudad amarilla y te cruzabas en mi destino. Contigo llegaba todo lo nuevo para mí. Nos tumbamos bajo aquella cálida intemperie a contemplar las luces del firmamento. ¿Seremos tan fugaces como ellas?, preguntaste. Yo, desde mi asombro, solo supe responder: Nuestro camino está aquí y las estrellas serán asombrados testigos. ¿Abandonarías por mí la búsqueda de la ciudad amarilla?, insististe. Solo acerté a decir en mi gozoso desconcierto: Tal vez ya he llegado a ella, si tú permites que atraviese la puerta. Solo dentro nos será dado disfrutar del conocimiento. Entonces el simún sopló rebelde y acarició con fuego nuestros cuerpos. Yo traduje su crepitar:
Donde las dunas se detienen, en la cima
de las palmeras, allí
os buscaréis
El padre Ángel me riñe afectuosamente. No confundamos los términos. Estos hombres, dice, no están siendo crucificados. Solo ponen simbólicamente sus brazos en cruz. ¿Cuál es la diferencia, padre?, le digo desde mi ingenuidad. La diferencia, hijo, es que el verdadero crucificado -y aquí dudo si poner o no crucificado con mayúscula porque ha habido millones de ellos- dio la vida por nosotros tras sufrimientos, incomprensión y traiciones. Esta gente quiere agradecer al que nos redimió a todos desde una cruz extendiendo sus brazos cuan largos son, de Este a Oeste, y a la vez interioriza el valor salvífico de aquel gesto. Es un gesto de abarcar el mundo pero también representa el perdón. Yo no le digo en ese momento al padre Ángel que no sé por qué no pueden abarcar también los brazos de Norte a Sur, porque igual me da un cachete, pero es que pone cada ejemplo el padre, y yo me digo que al fin y al cabo los hemisferios existen y todo consistiría en cambiar la posición de los cuerpos. Tampoco le digo que no entiendo lo de redimir (mucho menos lo de salvífico) Aunque lo he oído infinidad de veces. Que si Cervantes obtuvo la libertad del berberisco debido al negocio de redención de cautivos que se traían entre los Mercedarios y los de Orán. O aquello de no te metas a redentor, que dice a veces enfadado mi padre a su hermano cuando este quiere terciar en una disputa familiar. También que si los presos trabajan en las cárceles redimen pena. Y en cuanto a lo del perdón, eso sí que no acaba de alcanzarme. ¿Tiene que pedir perdón el currante que está de sol a sol o subido a un andamio o bajando a una mina? ¿El obrero de una cadena de montaje o las mujeres de una fábrica de confección? ¿El repartidor que no para de ir para arriba y para abajo de casa en casa? ¿El soldado al que han llevado a la matanza para beneficio de otros? Son comentarios que escucho en casa, padre. Porque en casa se dicen cosas que no se pueden decir fuera. El padre Ángel se rasca el cogote y como es un hombre de sentimiento generoso adopta una actitud compasiva conmigo. Algún día, dice, lo entenderás todo. Entonces no me muerdo la lengua. Padre, de momento voy acumulando cosas que no comprendo y, una de dos, o me falta imaginación o mis entendederas van con atraso. Todo es cuestión de tiempo, sigue él, seguro y bonachón, templando el diálogo. A ti fe no te falta y muchas cosas solo se entienden cuando se va creciendo. Me callo y pienso: ¿y cómo le digo que eso de la fe también se me escapa? En realidad se me escapa todo. Esto de ser niño es cosa de decir que sí y luego obrar como que no. No entiendo las palabras que parecen pomposas y no dicen nada, no acierto a seguir los consejos para que seamos obedientes, ni sé por qué tenemos que cumplir reglas que nos hacen sumisos. Porque ¿solo en eso consiste ser buenos? Padre Ángel, lo que voy viendo, y en parte entendiendo, es que muchos hombres sí que están siendo crucificados. Por falta de salario a ingresar en casa, por malvivir en casas deplorables, por tener que emigrar, por trabajar en las condiciones que lo hacen, y porque encima si se quejan les dan con el garrote. Todo eso lo voy sabiendo por otras familias, y mire, hasta por la mía. Mi padre y mi hermano mayor andan estos días moviendo papeles para ir a Alemania o a Suiza a trabajar. Están temerosos pero también decididos, porque en casa andamos a dos velas, y un hombre no puede dejarse caer muerto por las buenas, ¿verdad? ¿No lo ve usted así, padre? ¿O es que nos falta eso de la fe? Me quedo con ganas de poner la puntilla, algo así como ¿acaso la gente come de la fe?, pero lo que quiero es salir al patio. Respirar el aire limpio de esta infancia, mientras dure. El aire y la infancia.
(Fotografía de Ramón Masats. Cursillos de cristiandad. Toledo, 1957)
Enkidu sueña que se encuentra en el camino a Ur con una pitonisa. Esta le observa desasosegado y le hace saber a Enkidu que Regulus velará siempre para que salga airoso de las adversidades. Enkidu se siente agradecido y le pregunta a la pitonisa por qué es digno él de recibir ese cuidado. Es el sino astral, le responde la que predice los bienes y los males. Pero hay tres estrellas Regulus, insiste Enkidu. En efecto, dice la pitonisa. Una, el azar. Otra, el apoyo. La tercera, el esfuerzo. Y entonces, ¿con cuál de ellas me quedo?, pregunta el viajero. Las tres son una, le aclara ella. No se trata de elegir sino de armonizar. Enkidu, eufórico, la inquiere tentadoramente. ¿Quiere decir que la confluencia de las tres Regulus me hará también inmortal? La pitonisa esboza una sonrisa. Confórmate, Enkidu, con que Regulus mantenga su manto protector sobre ti. Pero su influencia no va más allá de lo que existe. Su luz también tendrá un final.
"Yo, un niño, y tú, lo que quiera el mar"
Federico García Lorca, poema en prosa 7 y16 de Suicidio en Alejandría.
Hay algo en ese rictus de tu sonrisa que traiciona a tu sonrisa. Tal vez intuyes que tras el cálido julio se cierne la sombra de la atrocidad. En la vega de allá abajo el verano es más fresco, comentas a tu acompañante. ¿No vas a ir este año?, te preguntan. Cómo podía faltar, respondes conteniendo tus temores. Además volver al verano de tu origen es regresar a la infancia, que es donde yo me hice. Todos nos hacemos en ella, continuas, aunque luego el adolescente rebelde crea que está reinventando la vida. Pero, ¿acaso no vivimos también, más allá de nuestras obligaciones de adultos, en un perpetuo tiempo de infancia, si bien soterrado e íntimo? Con ganas me quedaba, cada vez que te oía hablar de este modo, de pedirte que recitaras alguno de tus versos. Yo te lo dije y tú me respondiste: mejor invento otros nuevos, o tal vez los mismos con otro disfraz. Y reíamos de la ocurrencia. Pero tu sonrisa era triste entonces. En ocasiones tus amigos te pillábamos reconcentrado. Es el calor, soltabas el globo falso. Inquieto por una situación que intuías, si bien rechazabas, el estío en la ciudad metrópoli -y no era Nueva York- te resultaba oneroso. Alguien me contó después de irte que le habías dicho: huelo un aire de sospechas, respiro un aire de brumas. Cosas de tu sensibilidad, dijeron. Todo sabíamos que había demasiados signos de desencuentros y acechanzas los últimos tiempos. Rumores no faltaban, y había quien jugaba a hacer premoniciones, no sé si con interés en ello o no. También me contaron que un día habías comentado: la euforia cultural de otros tiempos se ha templado, puede ser bueno o puede ser malo, según, pero sin que se haya dejado de hacer la tarea parece que se hubiera resecado, como los bacalaos al sol. Luego añadiste: no me hagáis caso, es este tiempo que paraliza el aire; no quiero imaginar qué sería de nosotros si el aire se parara para siempre. La última tarde que te vi no lograste morderte la lengua. Quién sabe lo que puede suceder si las ilusiones se marchitan. ¿Por qué lo dijiste si nunca dejaste, ni tú ni todos los que como tú alentaban la cultura de un país que venía del secano, de imaginar y de hacer planes? Yo lo interpreté por tu temor a que los energúmenos que clamaban desde púlpitos o columnas de prensa envenenaran la necesaria paz social, mientras por debajo, oscura y diligentemente, preparaban el asalto a la alegría. Aquel día tu acompañante te hizo una pregunta que consideraste metafísica: ¿Creéis los poetas en la paz humana, la colectiva? Ay, ay, ay, te quejaste. Nos cuesta encontrar un atisbo de paz interior como para hablar por los demás. La fe de los poetas es la palabra. Si se materializa con precisión, acierto y sentido de la justicia seguirá nutriendo nueva poesía. Porque ahora pienso, como nunca antes, que la poesía también debe estar tocada por la varita de la justicia. Esa justicia que nunca llegamos a alcanzar, pero que todos ansían. Sin ese toque ni poesías ni prosas, ni dramas ni pensamientos, la poesía, la escritura en general, se apagará como un faro abandonado. Y ay si la oscuridad borra el camino. Sería no saber hacia dónde avanzar, pero sería también perder la senda del pasado que nos da la medida del recorrido. Ya sé, y aquel día estabas parlanchín, que los que venden la oscuridad como remedio a deficiencias y errores, y que ellos califican mucho peor, buscan que la gente se ciegue y yendo hacia el abismo reclame nuevos guías. ¡Desconfiad de los que se presenten como guías!, clamaste con cólera. No te vi más. No supe después de ti hasta un cierto tiempo. Me contaron. Me estremecí. Sentí a distancia el horror. Supe que no estabas solo porque aquello no fue solo contra ti, sino contra todos. Y, sin embargo, aun desaparecido sigues tan vivo...
(Fotografía: es o se supone la última foto en que aparece Federico García Lorca, en el Paseo de Recoletos de Madrid, con Manuela Arniches en los primeros días de julio de 1936. Contraste e ironía con aquella otra fotografía https://laantorchadekraus.blogspot.com/2021/07/los-caballeros-toman-limonada-serie.html . Hoy hace 85 años que Federico García Lorca fue asesinado)
No sé quién ha tenido la ocurrencia de inventarse eso de que no preguntemos lo que puede hacer el país por nosotros sino más bien qué hacemos nosotros por él. Hay que tener mala idea. El agua me sabe a babas, la comida de bote me produce úlcera, los testículos me escuecen, los piojos recorren mis axilas como por barra libre y el corte que me hice ayer al saltar las alambradas se me ha infectado. Y esto solo de aperitivo. Mañana va a haber contraofensiva y estamos todos calados de miedo. Si no fuera por los estimulantes no soportaríamos ni el mal humor. El pater pasa de vez en cuando con su sonrisa falsa. Dice que para darnos aliento o por si necesitamos sus servicios espirituales. Palabras. Él no se la juega ni tiene que asaltar las posiciones del enemigo. Ese tampoco se libra de que las ladillas le muerdan sus partes, dice Joe jocoso. Cosas así nos hacen reír como si estuviéramos sentados a la puerta de casa en Hell's o en Bronx, y hasta el capitán de la compañía alienta las bromas. Hoy ha llegado un refuerzo de novatos con sus aires de comerse el mundo o, mejor dicho, de ganar la guerra. Los superiores nos piden que los tratemos bien, pero Joe y Kuczynski se saltan el consejo y ya están preparando las novatadas. Como si esta posición nuestra de mierda fuera un centro de colegiales. Pero bienvenido cuanto sirva para liberar esta carga de angustia. En las horas tensas de espera quien no juega al póker o echa una cabezada platica con otros. Algún perdido hasta se pone a leer una novela de serie negra. Aunque aquí todos somos camaradas conviene tener precaución. Hay, como no podía ser menos, lo peor de cada casa obligado a hacer por el país. Los que preferimos enredarnos en diálogos que no llevan a ninguna parte que no sea el entretenimiento nos preguntamos a veces cosas que nadie sabrá respondernos. O, mejor dicho, que no querrán respondernos. Kuczynski, que ha vivido antes otros peligros en Europa, es el más crítico. Vaya coartada lo del enemigo, dice bajando la voz. El que inventó el término no pudo tener más éxito. El enemigo es como un personaje que no tiene ni carne ni pensamiento ni siquiera casi existencia si no fuera porque dispone de armas. Cuando dices enemigo no piensas en que al otro lado de las líneas hay otro Kuczynski o Joe o Harris. No piensas que matas vidas o ellos matan las nuestras. Juegos de generales, salta Malcolm, un negro gigantón que paga dos veces el servicio a la patria. Pero nosotros entramos a la jugada. Nos arengan, nos envuelven desde niños en la bandera, nos hacen creer que somos los salvadores del mundo. Y nos lo creemos. Hasta que te ves en este hoyo y revienta la tierra y nuestros cuerpos saltan al vacío. Pero no vale meternos en filosofías ni en moralidades cuando nuestra vida está en juego. Se trata de sobrevivir, y solo tienes garantía de supervivencia cuando ganas. Si el asalto es exitoso de esta volvemos pronto a casa, se corre la voz. Y los rostros agotados, hastiados, desesperanzados, que mostramos todos parecen cobrar nuevos bríos, aunque sean engañosos. Por si acaso es verdad. Al fin y al cabo volver seguro que volveremos, dice el bueno de Malcolm. No pensemos ahora cómo.
(Fotografía de W. Eugene Smith)
Las manos de un pianista ¿pueden ser las de un asesino? Amigo mío, ya que me pregunta esto le diré que las manos son o pueden ser la técnica de la intención de un individuo. Es decir, que si la intención es expresión de la voluntad, siquiera transitoriamente, las manos son ejecutoras adecuadas. Tanto para poner ladrillos como para introducir una pipeta en un tubo de ensayo o para teclear en un ordenador las órdenes más elementales o más arriesgadas. No olvide que las manos también son capaces de acariciar. No lo olvido, también de abofetear. Pueden ser expresión de bondad o de abyección. Por lo tanto, la capacidad de las manos es limitada por sí misma, pues lo que cuenta es cómo su uso responde a una intencionalidad, ¿verdad? Usted lo deduce correctamente. Imagine que un artista pintor utiliza las manos para llevar a cabo lo que el cerebro ve o, si prefiere mejor, percibe, sobre un paisaje o una persona. Son intermediarias entre la visión del pintor y los ojos del espectador de la obra cuando haya estado concluida. A veces parece que las manos tuvieran vida propia. Que en ellas se producen movimientos imprevistos. ¿No será que acaso tratan de modificar los planes del cerebro? Eso es que están acostumbradas a los reflejos ordinarios, mi querido amigo, y pretenden constituirse en libre república del cuerpo. Tantos actos acometemos a lo largo de un día o de una vida. Actos repetidos, que según con qué destino las manos saben conducirlos por inercia. Por supuesto que hay un margen de error ahí. Lo que solemos llamar, después de un fallo o una catástrofe, el exceso de confianza que nos ha traicionado. Naturalmente, suena a una especie de rebelión de las manos. Contra la monotonía de nuestros actos, la reiteración de nuestros propósitos y la redundancia de comportamientos. Porque los actos no son sino ejecuciones de ese dueño y señor que es el cerebro. ¿Sabe una cosa? Cuando hablo con otro individuo observo mucho sus manos, o mejor dicho, el movimiento de sus manos, la gesticulación. Ahí está la clave. Lenguaje gestual, usted lo dice, paralelo al verbal. No en todos los individuos, por supuesto, ya ve que hay tipos que hablan pero apenas usan las manos de apoyo. A mí ese tipo de gente me produce prevención y también rechazo. La manos abren la comunicación más allá de las palabras, hay ¿cómo diría yo?, más sinceridad cuando uno mueve las manos o al poner en acción las facciones del rostro. Es decir, cuando se concede cierta pasión en lo que se quiere transmitir. Ahora que caigo: ¿ha pensado en cómo serán las manos de un asesino? ¿Se refiere a antes de cometer un crimen, durante el acto alevoso o tras tomar la vida de otro en prenda para la eternidad? Me refiero a las manos del criminal en la vida ordinaria. No se apure, no son más diferentes que las suyas o las mías. No escudriñe el instinto depredador de las personas a partir del escrutinio de las manos ajenas. Por supuesto, no lo haré. Pero no le oculto que hay momentos críticos en que el instinto me pide hacer una barbaridad. Entonces, ¿sabe lo que hago? Contemplo mis manos. Las extiendo, giro las palmas, prospecto si las venas se marcan más de lo común. Hay momentos en que cierro el puño y golpeo la pared o una mesa. ¿Descargas de adrenalina, tal vez? No sé, pero me inquieta. Solo me quedo tranquilo cuando a la tensión sucede una rigidez de mis dedos y a esta una lenta merma de fuerza en ellos. Sin duda, mi estimado amigo, debe buscar una alternativa. Pero ni se le ocurra pensar en amputárselas. En todo caso, ampute los oscuros instintos que su mente dibuja alocadamente. O, mejor todavía, practique lecciones de piano. En la entrega a un Steinway o a un Baldwin se vuelca toda la capacidad sensorial y se redimen todas las emociones. Pondrá a salvo algo más que sus manos.
(Fotograma de Las manos de Orlac, filme de Robert Wiene, 1924)
Dos viajeros de tren que no se conocían de pronto se ponen a hablar entre sí. Uno de ellos es más reticente que el otro. No está claro quién ha tomado con éxito la iniciativa porque el que se resistía resulta ser más comunicativo. Hay casos en que la renuencia a entablar conversación es fuerte. Entonces una frase dicha por uno y que el otro responde rompe el desinterés aparente. El paso por un villorrio, el movimiento brusco de un cambio de vías, el paisaje que las nubes opacan, una sensación de escalofrío que se suscita en uno de los interlocutores, sin que pueda evitarlo. Cualquier motivo circunstancial servirá de excusa. Siempre será un misterio por qué dos personas que no se habían visto antes hablan la una con la otra. Puede que les empuje una necesidad subconsciente. Por ejemplo, no sentirse solos en un viaje que promete largo. O la busca de distracción que acorte la percepción del tiempo en el compartimento. Cuando ya se hayan despedido, al llegar uno de ellos al menos a su destino, considerarán lo interesante que resulta el acercamiento entre personas. Incluso puede producirse un extraño sentimiento de que aquel encuentro de unas horas se había convertido en un trato entrañable. Como si la vida de ambos se prolongase más allá del vagón. Hay viajeros que en la charla con un desconocido constatan más calor que en un hogar. De algún modo el tren proporciona un hogar, ¿verdad, señor?, dice la mujer interrumpiendo el tema del que hablaban o simplemente conjurando el riesgo de un silencio incómodo. Él se sorprende pero parece que su reflexión es rápida. Es un hogar en movimiento, sin principio ni fin en nuestras vidas, le responde. O, si prefiere, mutante. Ella no le entiende muy bien. Usted se ha subido en la estación de I. y yo en la de V. Y ambos nos bajaremos en estaciones diferentes, dice. Sí, asevera el hombre, pero olvide nuestra vida anterior. Durante la permanencia en el tren ambos hacemos una vida nueva, efímera, de acuerdo, donde compartimos palabras, experiencias, confianzas, cafés y miradas mutuas, ¿no cree? La mujer se ruboriza levemente pero asiente. ¿Quiere decir que convivimos, así como bajo un mismo techo?, ironiza. El tiempo no es medida eterna, añade el hombre. Cualquier porción del mismo, si es grata y da lugar a un intercambio de opiniones, puede considerarse un espacio amable, a cubierto de la intemperie en la que ordinariamente solemos habitar. Transcurrimos con la referencia de lo vivido antes y con la ilusión de lo que nos espera en la estación de destino. ¿Usted no lo cree así? La mujer duda sobre si callar y cambiar de tema, pero algo la impele a ser osada. Quisiera no llegar a destino, dice con voz titubeante. Pero ya no puede volver usted atrás, sugiere él. Tras este viaje ni usted ni yo seremos los mismos. Ella ha apostado por la confidencia. Cierto, pero tampoco podría quedarme dentro del tren cuando este llegue a Z. Y le diré más. Aunque me bajase en Z, porque no hay más remedio, porque es el final del recorrido, sé que no podría abandonar la sensación de que habré quedado en vía muerta. El interlocutor sonríe. ¿Ve cómo necesita convertir el viaje en un hogar? Vayamos al vagón restorán, probablemente ambos necesitemos olvidar procedencias y destinos. ¿Y entonces?, salta perpleja la mujer. No quiera manipular el tiempo ni dejarse condicionar por él, le aconseja el caballero. No hay estado más interesante, y acaso más perfecto, que el encuentro de dos desconocidos que ni pretenden conocerse ni apropiarse el uno del otro. Solamente transcurrir en brazos del azar. Ambos se ponen de pie y salen al pasillo mientras la agitación del tren zarandea equívocamente sus cuerpos. Se rozan bruscamente entre sí. Ambos se piden disculpas, pero no se evitan.
Yo siempre era de los que iban arriba. Pero los héroes de verdad eran aquellos que nos sujetaban, y los ojos espectadores estaban pendientes de los agarrones y quiebros de los pequeños, si bien no dejaban de observar el poderío de los soportes. Las apariencias siempre engañan. Las estructuras pueden pasar desapercibidas, pero sin ellas no se alzaría edificio alguno. Un edificio aparente, una fachada espectacular, la distribución de las alturas no tendrían seguridad ni futuro sin una buena cimentación. En estas batallas de recreo -que igual podían ser combates de jinetes que raids aéreos- los de abajo daban la medida de su fortaleza corporal. También de su estabilidad. Sin tal firmeza, sin ese asiento al suelo bien fraguado, el elemento superior corría riesgos. Oh, el equilibrio, que apuesta entre la fortaleza de unos y la agilidad de otros. ¿Era solamente esta última la que podía acabar con el opuesto?
Cuando muchos años después estudié aquello de basamento, fuste y capitel comprendí nuestro juego infantil. Establecí paralelismos. La disposición de los cuerpos que sustentaban a la parte superior, dinámica, de menor peso y agitada, dependía además de una correcta distribución de fuerzas sobre el suelo. La pugna de los competidores superiores dependía de la estabilidad, más inteligente que gruesa, de los pilares. Malo si la sujeción se bamboleaba, pues el que se apoyaba en sus hombros perdía a su vez el equilibrio. Y con equilibrio inseguro solo le quedaba el recurso de agarrarse desesperadamente al enemigo, lo cual no garantizaba triunfo alguno. Pues la quiebra no residía en el desplazamiento de los jinetes sino en el descentramiento forzoso de las caballerías. El combate en el juego es un trasunto del que se libra en las guerras de verdad o de la lucha por sobrevivir en la vida cotidiana, no menos aguda. Competición y competitividad van de la mano. ¿En qué momento se confunden para en lugar de ser aliadas convertirse en antagónicas?
Los humanos somos competidores y competitivos desde que cogemos la teta de la madre. Toda la existencia nos la pasamos compitiendo por cualquier cosa, contra cualquier persona, ante cualquier situación que se preste a nuestras intenciones por obtener algo. Probablemente la esencia de la guerra sea esa y ya en las peleas callejeras de infancia se hallaba el rasgo distintivo del animal que todos sin excepción llevamos dentro.
(Fotografía de David Seymour)
Queridos Else y Joachim. Por fin en nuestra anhelada Baalbek. Nuestros sueños se han quedado muy lejos de darnos una idea aproximada de lo que es esto. Por supuesto que cuanto se nos ofrece supera a lo que nos habían relatado los viajeros seculares. Todo tiene otra dimensión cuando te encuentras cara a cara con la belleza. Todo transciende las propias medidas de las arquitecturas y los trazados. La luz, penetrando a través de los múltiples vanos de estos templos. El viento, que trae voces claras y susurros melancólicos desde el pasado. La quietud, pues son pocos los audaces que se atreven a llegar hasta aquí. La altivez de las ruinas, imperecederas no obstante algunos de sus materiales fueran utilizados para otros usos. La armonía, que sobrevive a destrucciones y abandonos. El silencio de los hombres, que obliga a meditar. El olvido puede ser a veces un buen aliado, aunque se quejen de él los que habitan en la Bekaa. Vicki, a la que le gusta contemplar desde todos los ángulos posibles la vida y la historia, dice que el olvido es consustancial a todas las tierras de este Oriente siempre conflictivo y cambiante. Que es lo que da la medida de la verdadera devastación. Que es el precio que pagan las culturas ancestrales a las civilizaciones posteriores a las que no supieron ni pudieron acceder. Tal vez toda la riqueza cultural desaparecida sea su estigma. Lo que queda, y que tanto nos asombra, apenas es un eco, unas huellas. Estamos hospedados en una fonda acogedora, a pesar de los mosquitos y ciertas carencias que tampoco nos importan demasiado. En las comidas y en el trato con los del lugar percibimos la variada herencia, tan sabia como generosa y abierta, no solo de los antiguos sino de quienes ocuparon estas tierras ya en tiempos modernos. Los humanos no han dejado jamás de moverse de unas regiones a otras. Con su bagaje de saberes, de sentimientos y de recursos para sobreponerse y adaptarse a lo nuevo. Permaneceremos aquí unos días, ya que Vicki conoce de su tiempo de estudios a uno de los arqueólogos de Turingia, que se ha ofrecido a enseñarnos más allá de lo que ve el viajero ocasional. El siguiente destino será Tudmur, más al norte, nombre que no os sonará de nada, pero si digo Palmira seguro que ya es otra cosa. Dicen de este lugar que es más bello aún que Baalbek y con historias muy interesantes. Nuestra mirada se queda corta y el entorno nos posee con su exuberancia arrebatadora y misteriosa. El pasado invita a informarse, pero sobre todo a reflexionar y sacar conclusiones sobre el tránsito de civilizaciones cuyas vidas aún permanecen en el enigma. Creo que esto aporta más a nuestro pensamiento y a la actitud ante lo existente que cualquier religión o idea visionaria. Aquí sí que encontramos un vínculo con la naturaleza y con los humanos, y por lo tanto una explicación acerca de cualquier clase de divinidad generada por los humanos, en tiempos en que todo está quebradizo. Os iremos contando. Mientras, contemplad la fastuosa portada de esta postal y soñad con lo que tuvo que ser en su día Baalbek. Vuestro amigo Gustl.
Yo conocí a uno que usaba gabardina ceñida. Solía seguirnos y si mirábamos para atrás se paraba a encender un cigarrillo. El pobre no se daba cuenta del ridículo que hacía. La gabardina era un uniforme inequívoco aunque, eso sí, no tenía la prestancia del uniforme de un guardia. Tenía otras prerrogativas, por supuesto. Entrar gratis a un espectáculo, pasar por una casa de lenocinio sin pagar, apostar en una timba clandestina sin inquietar a los habituales, irse de juerga algunas noches diciendo a la esposa que estaba de servicio y era imprescindible su presencia. Como otros de su quehacer fingía que tenía más poder que el inmediato de poner el oído, seguir a sospechosos, detener a alguien o llevar a cabo un interrogatorio, deficiente por otra parte. Esas cosas que hacen creer a un individuo que es algo más de lo poco que es, solo por sentirse arropado por ciertas instituciones. Porque por encima de él había un jefe y luego otro y así una escalinata piramidal de jefes. No había sido del régimen, y hay quien dice que muchos años antes le habían visto agruparse con gentes que ahora se perseguían, pero se había adaptado con calificación. Como lo hubiera hecho con cualquier otro régimen, el caso era medrar. Cada régimen tiene sus propios medradores, capaces de saltar en una especie de metamorfosis superficial de uno a otro. Su aspecto, cuando le conocimos, era más aparente que real. Presencia de intimidación. Bocazas y gruñón si te interrogaba, amenazante y con aires prepotentes, pero dejaba lo sucio para otros menos instruidos que él. Lo mío es investigar, utilizar el cerebro, dejaba caer en ocasiones a sus amigos para ocultar el horror que le producía la sangre y la repulsión hacia la violencia extrema con los detenidos. Soy un hombre culto, leído y escribido, acababa diciendo con sorna, aunque en muchas ocasiones se le escapaba en serio el participio incorrecto. Aquel tipo se empeñaba en seguirnos muchos días y nosotros jugábamos con él. Nos separábamos en la esquina de una calle que daba a una glorieta en la que convergían varias calles más. Entonces él tenía que decidir tras quien iba. ¿Cómo elegir? ¿Seguiría al barbudo del libro? ¿Al de mejor presencia? ¿Al desgreñado nervioso? ¿Al que tenía pinta de seminarista rebelde? ¿Al mecánico que las manchas de aceite le habían creado una impronta como a él la gabardina? Cuando pasó todo y se había disuelto la funesta brigada, me aseguró que se dejaba llevar por el olfato. Vivíamos ambos en la misma vecindad. Pero el olfato no le dio muchos triunfos, le decía yo. A ver, ¿con cuántos acertó? Algunos de los nuestros cayeron, pero no fue por obra suya. Y él bajaba la voz y adoptando un aire humilde me respondía: yo pude haceros caer a todos, pero había algo dentro de mí que me impedía llegar a ello. Pero usted nos seguía, nos investigaba, anotaba nuestros pasos, no me diga que todo eso lo hacía por entretenimiento, con las posibilidades de ascenso que hubiera podido llevar a efecto. Entonces el personaje, que parecía otro sin su gabardina identificativa, callaba, sabiendo que yo no me creía sus justificaciones. Ahora, mucho tiempo después, me doy cuenta de que mira hacia atrás cuando camina, o que cambia de ropa con frecuencia, como si temiese que su oficio negro de antaño pudiera pasarle factura. Y, sin embargo yo, que le temí, a pesar de mantener todavía, qué absurdo, cierta prevención con él, hago lo posible por no guardarle rencor.
(Fotografía de Leopoldo Pomés)
¿Es una cita o es un poema? Una cita puede ser un poema y un poema puede ser una cita. Depende de lo que esperes de cada mensaje escrito. Tú, ¿qué esperas? Yo no espero, solo leo. Déjame leer. Te dejo pero depende de si quieres que sea un poema o una cita. Prefiero la cita. Tal vez te pierdas entonces el poema. Porque pueden ser incluyentes, pero también lo contrario. Qué duda. Te propongo no elegir, sino que algo exterior a nuestros deseos decida por nosotras. Eso tiene poco mérito, es como si cediéramos nuestra personalidad a la moneda al aire o a los posos del café. Pero, ¿acaso no es arriesgado poner en manos del deseo una de las opciones? Lo es, y por eso es emocionante. ¿Quieres decir que perseguimos emociones? Perseguimos que las emociones propias nos lleven a las emociones de otros. Como una confluencia, quieres decir. Tal vez como lo imprevisto. Analizar cada palabra, línea a línea, de lo que pone este mensaje desmonta las posibilidades de disfrutar de la emoción de lo desconocido. Probemos entonces lo desconocido. Probemos si un poema lleva más lejos que una cita. Intentemos si una cita reúne en sí algo más que un poema. Qué indecisión. ¿Lo habrá planteado él así para dividirnos? Tal vez, y no me hace gracia alguna que compitamos entre nosotras. Él puede echar su suerte a dos bandas y nosotros tenemos que acogernos solo a una. Eso ya es conflictivo para nosotras. ¿Y si le devolvemos la apuesta doblada? ¿Cómo? Decidir que tú eres el poema, por ejemplo, y yo la cita. O a la inversa. Entonces le partiremos a él. Tendrá que optar. ¿Y si está planteando que uno son dos y dos son tres? ¿Y si lo que pretende es que los tres seamos uno? Tendrás valor tú... ¿Tú no? ¿No será ir demasiado lejos? Ah, yo no me quedo atrás. Respondamos, pues, al mensaje. O mejor, acudamos sin más a la cita. ¿Dónde dice que es la cita? No dice lugar. ¿O de quién es el poema? No pone nombre del autor. Una vez más las emociones a la papelera. Una vez más las emociones pendientes. Los deseos se hacen de rogar. Sí. Salvo que...Oh, sí.
(Fotografía de Elio Ciol)
Me sentía como un robó cuando hacía la calle, me dice Fernanda. Todos lo mismo. Que cuánto llevaba, que qué hacía, que si con cama o sin cama, que si era en un piso de los alrededores. Y yo repitiendo las mismas tarifas, aclarando lo que ya estaba claro, dando las mismas señas, una y otra vez. Siempre he creído que muchos no venían a informarse sino que los pobrecicos buscaban la proximidad por si caían migajas. Porque yo era de las que tenían pudor y reglas, y nunca traté mal de primeras a ningún hombre, pero luego estaban las zalameras, las que cogían la mano del preguntón o que ponían la suya donde al hombre se le supone, para tentarle, para inclinar la balanza de la duda. Markétin pero sin clase. En este oficio o te hacías valer o eras de usar y tirar. Y no lo digo solo por el cliente de paso, sino por las otras, por los protectores y aprovechados de las otras, por los de la brigada, que te pedían que fueras chivata o se lo hicieras gratis. Fernanda habla sin afectación, retirada del oficio pero bondadosa como pocas de los amigos que le han quedado, más allá de las solicitudes. Ella vive en el primero y yo en el último, desde donde se puede contemplar las agujas de la catedral. Yo pongo el café y tú las vistas, me dice a veces para hacer tertulia. Necesita rememorar y ser escuchada. ¿Sabes?, yo tenía mis fieles. Si ellos me respetaban yo les respetaba y nunca me aproveché. Sabía perfectamente si quien acudía a mis servicios era funcionario, catedrático, cura, militar o simple paleta. Si estaban casados, solteros o viudos. Sus maneras de hablar, de vestir, de mirarte y sobre todo de oler delataban sus ocupaciones. Por supuesto, había los urgentes, a los que nosotras llamábamos los del shangai, que se creían de recorrido largo pero eran de despacho rápido, y luego los morosos, que no acababan ni de empezar, y también aquellos que se quejaban de todo, que si muy cara la atención para lo que les habías hecho, que si lo intentamos de nuevo sin pagar otra vez, como si una fuese cáritas. Podría hacer una lista de tipos y no te lo creerías. Los había accidentales, que no exigían ni ponían reparos. Pero a mí me atraían los tímidos, qué se le va a hacer, aunque algunos explotaban su timidez para que yo fuese más cariñosa. Me gustaban los sinceros, que apenas hablaban pero que se abrían y se dejaban abrir con sus maneras tiernas. Algunos decían que venían a aprender del amor, y yo les decía: chico, esto no es la academia de corte y confección y no doy títulos. A muchos jóvenes se les notaba enseguida que iban para casarse y necesitaban no mostrarse torpes ante su novia. Pobres. Cosas del macho peninsular, que dice mi amiga Pepa. Los peores eran los cohibidos, los acomplejados, aquellos que no sabían si iban o venían, y que a veces salían por pies, pero para mí los más cómodos. ¿Y qué decir de los viejos? Regateando y exigiendo hasta el último instante, menos mal que caían en el primer asalto y huían despavoridos. ¿Que si los había imaginativos, me preguntas? Más que imaginativos eran charlatanes de fantasías, pero yo les cortaba rápido. Todo tiene un precio superior, a medida que la calidad del producto es más alta, les aclaraba a tiempo. Fernanda se apoya en la barandilla del balcón. Ah, si yo hubiera tenido estas vistas cuando me ganaba la vida entre los adoquines. Pero fue lo que fue y la vida no vuelve. Un consuelo: no vuelve para bien pero tampoco para mal. O eso espero. Y apura la taza de café, que no aquella de achicoria que dice que ella tomaba en otro tiempo. Pero que era depurativa, asevera.
No sé bien si la dignidad es una cualidad, un atributo, un derecho o una apariencia del ser humano. Filósofos, moralistas, políticos y religiosos la han traído y llevado para sus usos y justificaciones desde cátedras, discursos, gobernaciones y púlpitos. De hecho es un concepto variado, con diversos significados. Con frecuencia se ha enarbolado el término para ocultar o no reconocer situaciones reales de hondo calado. La pobreza, por ejemplo. La Real Academia dice que dignidad, en el sentido que yo busco, es la cualidad de digno. Y digno significa merecedor de algo. Parece una definición fría y tajante, pero es muy precisa y a mí me parece que justa. El pobre sería, por lo tanto, y aunque no lo precisara la RAE, un individuo o colectivo de individuos merecedores de algo. De algo más. Simplemente, de salir de la pobreza. Ello ya implicaría más precisiones. España está subdesarrollada, se decía hace unas décadas. La cualidad digna de aquella España sería, entonces, salir del subdesarrollo. En realidad los términos desarrollo y subdesarrollo fueron eufemismos para ir ocultando la basura de la pobreza y de la miseria. O las pobrezas y las miserias, que de ellas habría que hablar en plural. La física, la moral, la política, la cultural. Las fotografías antiguas ilustran a la perfección la vida, mejor que las palabras. La fotografía de una familia digna -pobrísima seguramente pero digna- se revela así como una apariencia.
Sus medios de sostenimiento serán muy escasos pero hay que ver la dignidad y el orgullo de los padres, dice el médico en la tertulia vespertina. ¿Y el tesoro divino de todos esos hijos despiertos, qué angelitos, verdad?, apostilla el cura. Así me gusta la madre, firme en el cuidado de la prole y entregada de lleno a sus labores, comenta el alcalde nombrado a dedo por el gobernador de la provincia. ¿Qué me decís del padre, con esa prestancia y altivez que parece que fuera un mayoral en lugar de un pocero?, juzga el orondo cacique con más hectáreas. ¿Y lo alimentados y sanos que se les ve a todos? suelta el boticario. La raza española, siempre tan digna y bizarra, señores, pone la guinda el secretario municipal que acaba de sumarse a la partida. ¡Órdago!, salta estrellando los naipes sobre la mesa.
(Fotografía de Carlos Saura)
Se lo dije a mi amigo. Tenemos perdida la partida de antemano. Ellas son imbatibles. Han colocado las bolas para que creamos que van a hacer una jugada simple. Luego se desmarcarán y harán otra. Fácil que simulen que son torpes y es ahí donde nos habrán tendido la trampa. ¿Crees que estas dos dejarán que tomemos la iniciativa para ponernos después la zancadilla?, dijo mi amigo apurando el brandy. Yo diría que son expertas en representar que están a la defensiva, respondí. Pero saben calcular muy bien los pasos. No te hagas ilusiones. La de gafas de sol no te mira a ti. Y su compañera le susurra un movimiento táctico. Les gusta impresionar. Por ejemplo, creerse Atenea empuñando la jabalina tras el parto de Zeus. Guerreras pero protectoras, enérgicas pero cultas. No nos conviene ir a su terreno si ellas no quieren. Cualquier desliz podría causarnos una desgracia, como la de Marsias al descubrir a la diosa bañándose desnuda. Mi amigo se dejó tentar por cierto nerviosismo. ¿Y qué tiene que ver aquí la mitología?, dijo. Nada, lo que yo quiera ver o soñar. No salía el hombre de su extrañeza. ¿Cómo puedes saber lo que ellas pretenden? Mira, simplemente porque he jugado otras veces y he perdido.
(Fotografía de Leopoldo Pomés)
Siempre he pensado que el aplauso tiene forma geométrica. Debe ser que muchos comportamientos humanos están modelados por la geometría, de modo análogo a como lo están los órganos del cuerpo. Un aplauso colectivo es cónico. Como un altavoz antiguo. Como un embudo. Como la luz de una linterna. Como la cima de un volcán. Como los cascos de los guerreros mongoles. Como los rayos de un transparente de iglesia barroco. Como un capirote de penitente o de condenado inquisitorial. Como un cucurucho de feria. Como la proyección luminosa de un flexo en el interrogatorio policial de una novela negra. Como el vórtice de un huracán. Como un clarín. Como una mirada cautivadora que se apodera de tu mirada. Un aplauso parece responder a un acuerdo. Pero no lo es necesariamente. Puede tratarse de una orden encubierta. ¿Recuerdan la claque en los viejos espectáculos de teatro? Un aplauso quiere demostrar la satisfacción que produce lo que se dice en un acto. Un aplauso es un premio al que luego la prensa añade aquello de fulanito fue recibido con aplausos y acogido con calor humano. Un aplauso puede ser un disco rallado, como los aplausos enlatados de un telefilm de comedia. Un aplauso acaso sea manifestación de agradecimiento. Mas ¿espontánea o preparada? Un aplauso debiera ser todo lo contrario de un pitido, y sin embargo cuántas veces no confluyen en un hermanamiento, supongo que cónico, la percusión y el viento. En mi niñez aprendimos a aplaudir antes que a leer. Las monerías son anteriores al ejercicio lector. Cuando pasaba el tirano en su Rolls blindado aplaudíamos (nos hacían aplaudir, o bien: teníamos asumido de motu propio aplaudir) Cuando el Séptimo de Caballería llegaba para liberar a los defensores del fuerte aplaudíamos (si se cortaba la proyección por defecto de la película pateábamos, que es otro ejercicio de percusión interesante) Cuando el ciclista escapado de la Vuelta aparecía en un repecho de la carretera sudando la gota gorda. Cuando los nuestros ganaron...ah, ¿pero quiénes eran los nuestros? Y los nuestros de entonces ¿son los nuestros de ahora? ¿Seguimos teniendo a los nuestros? ¿Por qué me convence ahora tan poco la expresión los nuestros? Y así hay a lo largo de la vida una sucesión de cuandos a los que concedíamos el aplauso. Los aplausos resuenan contra las paredes que acogen a los propios aplausos, porque la mística del aplauso se atiene también a una ley física. Los primates aplauden ante situaciones de logro y de gozo y me quedo pensando en lo buenos enseñantes que son. De ellos aprendieron las sucesivas especies que acabaron estableciéndose en esta nuestra. Que el aplauso haya devenido en un extendido ritual, bien suene más apagado o bien resuene más eufórico, lo que hace es demostrar cuán gregarios somos. Capacidad de arrastre del aplauso. Capacidad de arrastre de quien se beneficia del aplauso, que suele ser alguien tras las discretas bambalinas de nuestras vidas. Aplaudimos entre la muestra de satisfacción y la concesión al reconocimiento del otro, de aquel que es objeto del aplauso. Pero realmente, ¿qué y a quién aplaudimos cuando aplaudimos? El aplauso como redundancia. Y como resonancia. Cónicas, por supuesto.
(Fotografía de Nicolás Muller)
Adoro sus dedos de pianista, hermana. Admiro la labor de soporte que ejecutan sobre sus labios, antes de que salgan de estos una palabra inadecuada. Usted mira un punto del horizonte próximo que le altera. Si es debido a una ligera conmoción, a una duda que le asalta o a una situación difícil de interpretar nos lo debería decir usted. Pero no lo hará. Por recato, pues ha aprendido a proteger sus pensamientos. Por pudor, pues quiere ser modesta consigo misma. Por humildad, pues sabe que no debe envanecerse. Por el mismo autocontrol que le han enseñado durante el noviciado. Está en esa edad fronteriza entre ser sincera por instinto o verter una opinión conforme a unas reglas. La entiendo perfectamente. Yo también fui así, aunque mis votos laicos mudasen persiguiendo experiencias. Porque para mí recorrer el mundo fue ir también al encuentro con lo desconocido. En eso usted y yo nos parecemos. Por caminos diferentes queremos saber de lo incógnito. Sus dedos de pianista no envidian a una pianista de oficio. ¿Sabe que los míos no difieren mucho de los suyos? Mis dedos interpretan la sinfonía de Dios, me dice usted esforzándose en la prudencia. No sé responderle porque yo no sé interpretar tal sinfonía y ni siquiera sabía que estuviera compuesta. De momento los míos ejecutan ya composiciones propias de la edad. Sus notas tienen la inspiración que el reumatismo de mis ancestros me han ido legando poco a poco. Pero claro, a usted y a mí nos separan años. ¿Sabe? Los años son también notas del universo. Tienen su música, su letra, sus variaciones, sus arpegios. Y los tramos del camino unas veces van de andante, otras de moderato, a veces suena allegro, en ocasiones peligrosamente prestissimo, y poco a poco todo se torna largo. Mis dedos ya lo han ido comprobando. A usted, hermana, aún le queda recorrido, aprovéchelo. Y aunque piense que se ha adaptado para siempre a un tipo de música que cree que merece su entrega total a veces notará que algo dentro de usted desafina. ¿Qué hará entonces? ¿Limitarse a contemplar sus dedos de pianista que van perdiendo su finura? ¿Repetir sin creatividad alguna los viejos sones, cada vez más imperfectos, más inseguros, más monótonos? ¿Permanecer sorda o, lo que sería peor, insensible a sus voces interiores desconocidas? Me ha agradado conversar con usted en esta distancia que va de ficción a ficción y a la que los seres humanos llaman realidad.
(Fotografía de W. Eugene Smith)
No es ninguna novedad que todos los individuos disponemos de dos rostros. Con ello queremos decir que somos capaces de manifestar conductas opuestas que no sé si revierten precisamente en el fácil conocimiento y comunicación de nosotros mismos y del prójimo. En mi caso no es una metáfora de circunstancias, sino que es un hecho físico incuestionable y secreto. Una de mis caras mira hacia adelante. Otra hacia atrás, generando un movimiento rotatorio porque ya se sabe que el campo visual es muy limitado. ¿Que si soy un monstruo? En absoluto. La propiedad feliz de la que me dotó la naturaleza es que solo yo sé de la existencia y posicionamiento de los dos rostros. Nadie más observa rareza alguna más allá de mi cabeza rapada y mi gesto formal.
El que disponga de dos caras no quiere decir que me encuentre en guardia permanente, ni que utilice el don para jugar malévolamente a dos cartas con el prójimo, que podría hacerlo, ni que pretenda beneficiarme de informaciones que pueden llegar de manera anticipada a las que recibe el resto de los humanos. Digamos que el uso que hago de mis dos rostros es meramente contemplativo. Por ejemplo, puedo estar al borde de un acantilado contemplando delante de mí el mar y su bravura. Pero a la vez estoy disfrutando con la visión de espaldas de la ondulación de un monte, una actitud que para todo el mundo supondría una elección. O contemplas el monte o te quedas con el oleaje. Para mí no. Para mí es cómodo y completo llenarme de ambos horizontes. Me pasa parecido cuando camino por la calle y me encuentro con conocidos. Para cualquiera de vosotros o recibís al que te llega de frente o prestáis atención a quien te va a abordar desde atrás. Yo me porto correcto con mis amistades, me vengan por donde me vengan, sin hacerlas de menos. Ellas, sin saber mi secreto, lo agradecen porque de este modo no abandono precipitadamente a una para atender a la otra. Mis dos caras son condescendientes y me hacen quedar bien. Ah, y la satisfacción de no tener que elegir entre preferencias.
Pensaréis que tiene que ser un lío para mi cerebro. Que procesar dos visiones contrapuestas o diferentes debe generar ansiedad y desequilibrio. No lo percibo de ese modo. Por supuesto, los humanos estamos obligados siempre a elegir, siquiera por un instante o respecto a algo nimio, sin mayor trascendencia. Obviamente hay muchas ocasiones en la vida en que situaciones de envergadura o graves nos ponen en la tesitura de optar y a veces sin posibilidades de una marcha atrás. Por supuesto, a mí también me sucede alguna vez. Pero la doble y temporizada contemplación de ambientes contrapuestos me facilita disponer de un estado de ánimo presto a digerir con mayor seguridad los grandes momentos de la existencia.
Es probable que a medida que os cuento todo esto sintáis envidia o, simplemente, que no me creáis. Hace poco me ha sucedido algo extraño. Era un día de luz intensa. Caminaba por un lugar apartado y tranquilo. Hay que favorecer el ejercicio de la contemplación personal. De pronto ante mí apareció una mujer, agradable y hermosa, que me dijo de sopetón que era la vida. Así de categórica. La sorpresa y el asombro de mi rostro de delante lo debió notar ella porque rápidamente se justificó. Soy la mujer sin tiempo, la que permanece, la que no sabe de dejadez ni de abandono, la que ni aumenta ni disminuye. Su imagen, frágil pero saludable, y sus palabras optimistas se armonizaban al unísono mientras yo permanecía atónito. Pero a su vez mi otro rostro, el que mira hacia atrás con tanta agudeza como el frontal, me ofrecía una visión distinta. Una sombra densa, imprecisa al principio, luego más próxima, se acababa ajustando al perímetro de mi cuerpo. Esa sombra, cuyo calor me abrasaba, tenía todos los rasgos y características de mis órganos, mis dimensiones, mis gesticulaciones. Fue muy contundente refiriéndose a la mujer oferente que me había hablado por delante. Ella te ofrece eternidad y yo te digo adiós. Pero ella miente. Qué difícil fue para mí en ese instante sujetar el desafío de la mujer atrayente que revelaba su intemporalidad y a la vez sentirme incapaz de ignorar a aquella sombra que me arañaba con ansia, pegada ya a mi propio volumen, dispuesta a arrancarme a tiras la piel, diciéndome sin decirlo que era yo mismo mermado y desprovisto.
Yo lo entendí de inmediato. Fue un instante de dilema. Ahora pienso que un aviso. ¿Cómo puedo corresponder con dos caras a la vida y a la muerte a la vez?, comenté en voz alta. La vida, o la mujer que se decía vida, me dijo entonces: rechaza tu otro rostro y quédate solamente con el que me ve a mí. Mas la sombra que me agarrotaba lo oyó, y exclamó sin contemplaciones: no podrás vivir exclusivamente con el rostro que mira hacia adelante, pues entonces ya no serías depositario de ningún don, y la naturaleza no te reconocería. Además, yo te alcanzaré igual, pues al perder uno de tus rostros te sentirás peor que los humanos comunes y tendré más fácil mi posesión sobre ti. Le respondí a mi sombra impune: es la mujer que me ofrece vida la que me permitirá sobrevivir, y si tengo que elegir no dudaré. Entonces la sombra, mi muerte, me respondió con cierta cólera: ¿es que aún no sabes que lo que mata es la vida?
Dicen que era el baño y la bañera de un gran asesino. Ella llegó allí, persiguiendo imágenes. Para una fotógrafa una guerra es una pléyade de imágenes en constante y contradictorio movimiento. A mí me daría repelús meterme en la bañera de un criminal de la talla de aquel personaje. Pero necesitado te veas, decía mi abuelo, probablemente también el de la fotógrafa. Los sudores, la suciedad acumulada, los piojos, el cansancio, el encuentro con el amante que anda aquí al lado, bien valen un buen baño. Hay algo más. La euforia de saberse entre los vencedores proporciona el gustazo de ocupar la casa deshabitada. La fotógrafa lo debió de sentir así. Cabe que pudiera ser todo un montaje de ocasión, es decir, que los fotógrafos saben poner en pie una escena y perpetuarla, sea cual sea su verdad. Ahí a la vista las botas de la guerrera y la ropa o un macuto sobre la banqueta. En distancia la pose del personaje propietario del baño echa un pulso visual con una escultura de mujer desnuda cuyo significado no me alcanza. No los veo en diálogo. Ni al dictador ni a la bella neoclásica de mármol. ¿Real? ¿Trucado? ¿Todos los objetos se encontraban in situ? Qué importa. Sumergida en el amplio recipiente impoluto la mujer dirige la vista a un extremo del baño que no se nos precisa. Se abstrae. Pendiente del aseo y laxa en su ejercicio, repasa el entorno. Transcurren pensamientos fugaces, intuidos, probablemente inexactos, en su mente. Se hace preguntas. ¿Cómo sentiría aquel hombre, responsable de tantos crímenes, el baño? ¿Se trataría de una expiación? ¿En algún momento se vería abocado a la contrición por sus actos malvados? La abluciones siempre han tenido una antigua y larga interpretación de limpieza de culpas. Pero este individuo, se le ocurre a la fotógrafa, ¿se sentiría limpio de culpa tras el baño? ¿Lo utilizaría solo como coartada? ¿Se trataría de una limpieza formal para encajar su cuerpo en un uniforme de los múltiples que tuvo, cual disfraces? Él, que era tan esotérico y oportunista que incluso llegó a robar un símbolo ancestral, originario de la India, para hacerlo símbolo personal, de su partido y de su gobierno malditos, ¿tuvo alguna vez intención de purificarse? ¿Llegaría alguna vez a comprender el sentido de rotación de la vida que encarnaba la antigua simbología? La fotógrafa medita a la vez que se frota los hombros. Las metáforas no sirven para revelar la verdad, piensa. Mientras, la 45 División de Infantería del Séptimo Ejército de los EEUU la espera para incorporarse a la tarea. David, su partenaire, está cerca. Se tientan.
(Lee Miller fotografiada por David Scherman en la mansión de Hitler en Munich)
Me gusta el término francés bon vivant. Si yo fuera de la Real Academia lo acogería castellanizado y unificado en un vocablo como bonviván, aunque soy consciente de que su uso es minoritario y ya sabemos que la RAE solo asila palabras de uso generalizado. Y no siempre. Además no es un término futbolístico de masas ni de nuevas tecnologías que la gente va haciendo circular, y el lado hedonista de la vida de algunos individuos siempre ha sido un tanto menoscabado. Cuando no condenado como pecado, capaz de arrojar a sus practicantes a las tinieblas exteriores. Aunque el bon vivant que empuña un sifón parece haberse arrancado aquí por una jota, que no dudo que pudo aprenderla en alguna ocasión, más bien me da la impresión de que está pidiendo que llegue la ración de ajoarriero. Seguramente el personaje tenía sobradas tablas, y enarbola el portentoso recipiente, entonces de uso y de moda, no como amenaza pero quién sabe, que le convierte en el centro del universo. O al menos de la mesa. Tuviera lugar la escena en Casa Marceliano o en otro lugar el gringo hace por sentirse de la idiosincrasia del suelo que pisa. No hay nada que más hermane que la comida y la bebida. Y el canto acompañante. Son placeres compartidos que no hay que ocultar a las miradas ajenas, y que pueden ser envidiados por muchos. El ademán cariñosamente energúmeno del personaje sujetando el sifón hace pensar. Pronuncio una, dos, tres veces sifón. Dos sílabas donde el sonido fricativo y la acentuación aguda apenas obligan a abrir los labios. Qué palabra vinculada al comer y al beber que se ha perdido. Qué objeto desusado, que a estas alturas se me antoja -piropo de la nostalgia- que no carecía de belleza y técnica. Qué misterio el de aquel agua carbonatada que nunca me agradó y que duchaba el vino tinto. Qué ejercicio ágil el de pulsar la palanca, a veces con intención aviesa de empapar al personal. El hombre del sifón parece tomar carrera para un lanzamiento. O tal vez sentía ya latir la pulsión de su Boss calibre 12, de dos cañones, que un tiempo después iba a utilizar contra sí mismo. Sin fiesta, sin celebración. A veces los bon vivant (mejor no castellanizo) acaban de manera turbulenta.
Se llama Conchita. ¿Cómo se iba a llamar si no? Es la más pequeña entre las pequeñas y le gusta desfilar porque todas desfilan. Es hija de aquella que está mirando para otro lado, allí entre las mayores. Es observadora, pero discreta. No entiende bien por qué las mayores hacen descansar la mano izquierda sobre la muñeca del brazo derecho y las pequeñas deben hacerlo de manera contraria. La camarada jefa, ¡presente!, así lo ha decidido. Dice que hay grados y que en esto de la sección de mujeres hay que ir ascendiendo poco a poco para no dejar de ser mujer. O dicho de otro modo: hay que ser mujer y poner garbo, algo que las pequeñas ni saben bien qué es ni les sale. Y luego viene todo lo demás. Mujer que se conserve pura como la Virgen, mujer que conciba hijos para la patria, mujer religiosa y santa, mujer fiel, obediente y sumisa al esposo, mujer entregada a lo más sagrado que hay -¿antes o después de la Patria?- que es el hogar, mujer que haga bien sus labores, mujer que renuncie a cualquier actividad personal que no sea sino la propia de la mujer, mujer exaltada y compensada por su sacrificio, si bien no reconocida, mujer que desde la abnegación transmita alegría y cuidados y mimos a cuantos la rodean. Todo eso le cuentan a Conchita y a las otras pequeñas las mayores sobre lo que debe ser la mujer, pero ella no entiende casi nada, si bien se siente coqueta en su uniforme, presta en sus correajes, elevada en su camisa azul mahón, pudorosa con su falda larga, respaldada por el aguerrido grupo de camaradas de más edad. España tiene nombre de mujer, pero es viril, grande e indivisible, les sermonea la camarada jefa, ¡presente! Y Conchita sigue sin entender nada de nada, porque España, como dice su madre, es no pasar hambre y para eso nos hacemos de lo que sea. Pero tampoco Conchita entiende del todo a su madre, y en ese momento del desfile lo único que más teme es no saber estar marcial y recatada, con el riesgo de recibir la regañina de la camarada jefa, ¡presente!
(Encontré esta fotografía en internet sobre una parada de mujeres falangistas en Melilla en 1937, me parecía sugerente y la interpreté)