Nada hay imperecedero. Pero algunas situaciones, rostros, acontecimientos que alguna vez fueron, hoy todo ello meras imágenes al fin y al cabo, siguen gravitando dentro de nosotros a medida que pasan los años. Todo tuvo su tiempo y los espacios fueron ocupados, siquiera fugazmente, y concedimos valor y consistencia, sin advertir que del mismo modo que llegaban a nuestras vidas iban a ir diluyéndose poco a poco. De todo lo que fue queda un poso nostálgico, pero cuanto tuvo de tangible nos hizo ser felices. Eso aún nos proporciona satisfacción. De todo lo que pudo ser aún revolotean los pájaros exóticos que no llegaron a habitar junto a nosotros, aún nos estremecen los cantos oceánicos que mecieron sueños de calado, aún nos emociona el lenguaje de los pequeños gestos que se interrumpieron a mitad del camino. Cuando la longevidad, ay de mi grito risueño, haga todavía su guiño definitivo, resonarán a la desesperada los acordes de algo que una vez pudimos nombrar. Pero también sonreiremos desde nuestros labios amoratados, instigados por una latente ingenuidad, imaginando por ejemplo el calor que nunca llegamos a fijar en nuestro calor. Es lo que tiene seguir siendo un candoroso y sensual irredento de por vida.
Analema
Hace 5 horas


























