La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.







jueves, 19 de mayo de 2016

Aquellos estos árboles, 9





"¿qué hora será dentro de mi cuerpo?
qué mineral rojo brotaría si golpeara una vena...no lo sé...
no lo sé..."


Escalofrían un poco los versos de Al Berto. Pero si leemos a los poetas es porque, siquiera en alguna medida, y algunos pensarán que en mucha, hablan de lo que todos sentimos alguna vez. Un poeta también es un hombre común y reconduce el lenguaje para justificarse a sí mismo. Se conmueve y a veces se extasía en su propia contemplación y, como todas las imágenes especulares, puede ver de sí lo imaginario aunque no siempre sea auténtico. Pero la autenticidad no es territorio de la conciencia, más bien de esos otros ámbitos que nos rigen sin darnos cuenta. Y ahí, el poeta, si escucha, nos traslada a mundos fértiles con un lenguaje que se elabora sobre la marcha. Uno gusta de saborear la belleza de la palabra exacta y bien aplicada, pero también se deja seducir por los fuegos artificiales que se pueden montar con ella. La cuestión es distinguir. Es por ello por lo que conviene dejamos influir solo lo justo por las palabras ajenas y no  utilizarlas como sacramento. Así como dudar de aquellas que brotan por reflejo dentro de nosotros. Si el cuerpo te pide, dale. Corre el riesgo y asume lo que te aporte el paso. El tiempo personal está ahíto de avances y retrocesos. Pero ¿por qué nos gusta utilizar otros discursos instintivos como excusa de nuestras decisiones? La indecisión y el miedo, se puede pensar. O acaso porque no somos tan únicos como nos apetece creer. La aproximación que nos proponga un poeta a sus averiguaciones también requiere la distancia. Nuestra reducción de manera unívoca, unidimensional, nunca nos explica. Alerta pues a las horas, más que a la verbosidad, por mucho que nos tiente su exuberancia. Son las horas las que nos dirán qué mineral o qué éter fluirán de nosotros cuando su transcurso nos siga golpeando.



(Composición fotográfica de Duane Michals)


6 comentarios:

  1. Ni somos tan únicos ni capaces de andar a tientas sin invocar a este o aquel, las palabras ajenas que justifican nuestras decisiones y que utilizamos como escudo protector.
    Es que puede más en nosotros el miedo a la diferencia que el orgullo de hacernos distintos, a conciencia y con todas las consecuencias.

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    1. Somos únicos en nuestros particulares modos de absorber, adherir, copiar y digerir cuanto nos llega de otros ámbitos y de otras personas. Por eso siempre me hizo gracia lo de la originalidad en el arte o la inteligencia superior de la clase o el más rico de la ciudad (sin saber los delitos que habrá cometido para llegar a ser el más rico) Es ordinario cómo ratificamos o al menos respaldamos ideas, conductas, decisiones con los modelos del entorno, cómo nos justificamos con aquello "otros lo hacen" u "otros piensan como yo" (más bien yo como otros) Creo que deberíamos rebajar nuestros orgullos y estar siempre abiertos de coco hasta los 90. Bienvenido cuanto nos aporta, qué bien lo que nos convence (convence, no persuade), etc.

      Lo has captado, hermana.

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  2. He respondido a tu escrito en Tot, y creo va de acorde a esta entrada, con la que estoy completamente de acuerdo con AMALTEA, y por ende, con el escrito que nos has dejado.
    En ocasiones comprendo al Ignatius Reilly. En ocasiones me siento hermanado con él.
    Salut

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    1. Demasiados necios por el mundo, sin que se propongan siquiera la conjura. Es la inercia, hermano, la inercia.

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  3. Admiro tu capacidad para conmovernos y hacernos reflexionar con tus palabras. Ellas adquieren un encanto y un significado que no suelo encontrar en otros. Confirman tu calidad de poeta tal como lo describes.
    Un abrazo

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    1. Ay, que no, que yo no me veo conmoviendo y solo soy un correveidile de palabrerías a tontas y a locas, simplemente porque el desahogo es necesario, a veces urgente. Un abrazo y recuerdos al Paraná.

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