tal vez sientas la tentación de quedarte en esta casilla; lo tienes todo: luz, apartamiento, sosiego, musicalidad; es la imagen bucólica que no cita la otra parte: la soledad, el aislamiento, la inquietud, el rugido del fin del mundo que llega con el oleaje a tanta velocidad como los latidos del corazón; pero quieres probar
domingo, 25 de diciembre de 2011
en el faro
tal vez sientas la tentación de quedarte en esta casilla; lo tienes todo: luz, apartamiento, sosiego, musicalidad; es la imagen bucólica que no cita la otra parte: la soledad, el aislamiento, la inquietud, el rugido del fin del mundo que llega con el oleaje a tanta velocidad como los latidos del corazón; pero quieres probar
las trampas de lo que atrapa
el último pirata
sábado, 24 de diciembre de 2011
De oca a oca
Hace pocos años, aprovechando que mi amigo Diego M. iba a efectuar una visita a su tierra natal de la Baja California le encargué que buscase algún libro sobre la obra gráfica de José Guadalupe Posada y me lo trajera. Siempre me había entusiasmado lo poco que conocía de Guadalupe Posada: esas imágenes satíricas de costumbres, tradiciones o próceres, esos esqueletos quijotescos en los que convertía a amantes, gobernadores, beodos o burgueses.
Diego M. me trajo un libro -para mi sorpresa editado en el vecino Estados Unidos de América- no excesivo, pero sí suficiente para documentarme. Dentro del libro, como acompañamiento, venía un Juego de la Oca desplegable, realizado por el grabador mexicano. El Juego de la Oca es una espiral o, mejor dicho, la Espiral. La que emana desde un vértice profundo al que se le supone origen y se expande hasta un número limitado donde encuentras el triunfo, pero que no obstante podría resultar infinito. La Espiral, naturalmente, es la vida. Y por lo tanto, el espacio helicoidal donde te engulle un vórtice de acontecimientos que implica sorpresa pero también su precio.
La estética del juego de Guadalupe Posada es impecable, original en su tiempo. ¿Realizaría más diseños de otros juegos? Es probable. Pero éste de la Oca, tan vinculado a nuestra infancia, a las noches de recogimiento invernal, es la metáfora misma de la existencia. Una metáfora al descubierto. Nadie está libre de nada y todo implica una dualidad: premio o castigo. Nada hay lineal. Sí un camino, pero cuyo recorrido reserva trampas y encrucijadas. Con un matiz: hay prebendas que se multiplican y sanciones que te hunden. Claro que, quien hoy se siente victorioso mañana puede ser el perdedor, o viceversa. ¿No es la vida misma?
martes, 20 de diciembre de 2011
Piensa en lo que dice Mahmud Darwix

quiero que escuches un poema, me dice; ayer te recité un par de versos que me llamaban la atención especialmente; pero el resto del poema no tiene pérdida; hay algo en él que conecta con una mentalidad que cultivaba hace años, ¿como diría yo?, un discurso más solidario o más cooperador o más atento al exterior sufriente o más cristiano, no sé; ¿te sorprende este lenguaje a estas alturas?, me dice acaso por mirarle con cierta perplejidad, yo que no le conozco de toda la vida y que en ocasiones resulta un manantial incesante de novedades para mí; con esto no estoy diciendo que sean propiedad de la religión las buenas voluntades, por supuesto que no, matiza; este poema me sitúa de nuevo ante el dilema de si el sentimiento por el dolor ajeno expresado y expreso es presencia cultural de alguna de las religiones del Libro o una manifestación anterior; las religiones, que han manipulado casi todo, han intervenido sobre la conciencia del ser y atrapado el sentimiento del individuo; pero imagino que la herida de la vida destacó desde el origen en los clanes y las tribus un instinto de apoyo mutuo; naturalmente, sospecho que no por ideología, apenas esbozada o siquiera muy primaria, sino por la conciencia de que la propia supervivencia individual no era posible sin el respaldo y la cooperación de más individuos; ¿te das cuenta?, en el fondo de todo siempre está el uno; el hombre único que apenas es nada frente a la totalidad pero lo es todo para sí mismo; y ese instinto de apoyo mutuo, de la necesidad de salir adelante, se manifiesta continuadamente; no basta con que los que viven mejoradamente tengan un cierto grado de identificación formal con los que sufren, sobre todo porque es aparente; no hay identificación con el sufrimiento si no se padece; porque sin ese otro elemento que la cultura ha ido desarrollando y que algunos llaman concepto de la justicia nada tiene valor; y esa idea, esa necesidad, esa exigencia clamorosa de llevar a efecto la justicia nos remite a nuestros límites y al problema universal; por eso quiero que escuches este poema entero de Mahmud Darwix, al que titula Piensa en los otros; y el poema, que hace pensar, que te revuelve los hígados desde su amable sencillez, dice:
Tú que te haces el desayuno, piensa en los otros
(no olvides alimentar a las palomas)
Tú que te enzarzas en tus batallas, piensa en los otros
(no olvides a los que piden paz)
Tú que pagas la factura del agua, piensa en los otros
(los que maman de las nubes)
Tú que vuelves a casa, a tu casa, piensa en los otros
(no olvides al pueblo de los campamentos)
Tú que te duermes contando estrellas, piensa en los otros
(hay quien no halla dónde dormir)
Tú que te liberas con las metáforas, piensa en los otros
(los que han perdido el derecho a la palabra)
Tú que piensas en los otros lejanos, piensa en ti
(di: Ojala fuese vela en la oscuridad)
(Imagen del ceramista y pintor Íñigo Dueñas)
sábado, 17 de diciembre de 2011
diecisiete de diciembre

“Tú que te liberas con las metáforas, piensa en los otros
(los que han perdido su derecho a la palabra)”
Mahmud Darwix, del poema Tú, perteneciente al poemario Como la flor del almendro o allende.
¿ves?, las letras en los libros y yo resistiendo al frío; a veces me pregunto: si las imágenes que hemos generado con la lengua se vinieran abajo, si prescindiéramos de tantos recursos, ¿sería un retroceso o un avance?; acaso perdería la creatividad o eso mismo nos conduciría a ver los acontecimientos de manera más descarnada; ¿seríamos por lo tanto capaces de resistir el relato con la impunidad de los vacíos de estilo?; nos preguntaríamos para qué leer o dejaríamos de tener interés en lo que meros testigos nos transmitieran; y lo peor: ¿cómo conjuraríamos nuestros fantasmas?; veo la escarcha cubriendo los troncos de los árboles y los tejados lejanos, no muevo los párpados, me cansa la imagen porque nada me dice; no convierto el paisaje en una manera de interpretar lo que me rodea; me atrapa para anularme, no para seducirme ni expansionarme; he prescindido de las metáforas, por ejemplo, y no consigo saber para qué sirve lo que contemplo; siento frío, todo resulta plano, no pienso en nadie; las metáforas nos alivian y nos reconfortan; pienso en el consejo y en la razón de Darwix: no nos liberan si nos encerramos en ellas, si desviamos la atención de lo fundamental, si ignoramos a quienes no pueden emplearlas
(Imagen del ceramista y pintor Íñigo Dueñas)
jueves, 15 de diciembre de 2011
Ante el paisaje

Un hombre mira. En derredor se abre un paisaje y se cierra otro. En medio está el abismo. El hombre no se mueve pero ya no contempla fuera de él. No ha cerrado los ojos pero estos no ven. En ese momento su mente se puebla de recuerdos. Un historial, un balance. Una sucesión de acontecimientos cuyo orden no está marcado por el tiempo sino por las aspiraciones y los deseos no satisfechos. También por lo que hubo y se ha evaporado, pero eso no le atormenta. El hombre suspira. El suspiro tiene algo de voz de la conciencia. Un gesto reflejo que expresa lo que siente con más profundidad y lucidez que las palabras. Es invierno, pero es sobre todo soledad. La iconografía tradicional representa al invierno como el vacío aparente, la borrosidad, el alejamiento del calor, la privación de los colores. Acaso la soledad sea eso también. Una distracción para que a su vez se manifieste el recogimiento. Lo que dé ocasión a retomar los pasos y generar nueva vida. Conciencia de mirar hacia dentro. Y como sucede con el invierno, al hombre se le traslada la desprovisión y el frío que le paralizan. El hombre traduce sus pensamientos a imágenes externas. Nadie, al pensar sobre facetas de sí mismo, por muy críticas que se encuentren, lo hace con la imagen de sus vísceras. Las vísceras no son paisaje testimonial para el hombre. El individuo necesita metáforas externas, abundantes, exuberantes, variadas. Donde se proyecte y pueda reclamarse de testigos físicos naturales que ha visto siempre. Aunque un hombre se ponga a considerar su momento de la vida desde una habitación cargada de miasma y de escasa luz, imagina el paisaje. Unas laderas que descienden, un río al fondo del valle, el aleteo de las ramas de los abedules, el fragor de la escarcha bajo los pies. Mejor si lo ve directamente. El hombre precisa convertir el paisaje en cómplice de su estado. Un hombre mira con ojos de compasión el paisaje helado. Siente su descomposición y percibe la soledad mortificada por el silencio. La soledad es la necesidad de uno mismo.
(La imagen es obra del ceramista de Alba de Tormes Íñigo Dueñas)
lunes, 12 de diciembre de 2011
Hamlet en diciembre

HORACIO
Sus fantasías le trastornan.
MARCELO
Sigámosle. No conviene obedecerle.
HORACIO
Vamos tras él. ¿Adónde puede llevar esto?
MARCELO
Algo podrido hay en Dinamarca.
HORACIO
El cielo dispondrá.
MARCELO
Nosotros sigámosle.
Hamlet. William Shakespeare. Acto 1
mira que hay frases que se repiten como coletillas en el habla de las gentes, pero ésta de que algo podrido huele en Dinamarca es de las que más me espanta; ¿será porque enseguida percibes a través de su expresión el hedor de los actos inmorales de los hombres?; incluso me contagia a mí, y hablo como si fuera parte de la obra; parte de la obra somos, le digo por desgravar su apesadumbrada actitud; y él se abstrae y continua tenaz: pero me preocupa no tanto que se nos envuelva en el lado corrupto de la obra, que eso es muy del decidir cada cual si forma parte o no, sino la actitud pasiva o indolente de los individuos; ¿has visto cómo se han sentido tocados los reales intereses?; ¿no te das cuenta que lo que sienten peligrar sus posaderas majestuosas no es sino su improductivo modus vivendi?; sin embargo, la ciudadanía tenía que saltar con un grito unánime y la supuesta entidad de las gentes calla; eso es lo que me desasosiega: el silencio; tal vez los hombres sean prudentes, le replico por hacer de abogado del diablo; ¿prudentes, dices?; ¿dónde se halla el límite entre la prudencia y la renuncia a ejercer tu propia voz?; ellos no son más que nadie, y ésta ocasión es extraordinaria para retomar el debate de la inutilidad de que ciertos y escasos individuos, muy encumbrados, eso sí, se lo lleven entero por no aportar nada a la sociedad; a veces uno piensa que nació y creció en una tierra corrupta, y que cualquier intervención que una parte de la sociedad hiciera en su historia para corregir ese destino fue aplastada por los ventajistas; que esta tierra tiene cuentas pendientes y no puede dejar la corrupción en manos del cielo, como decía Horacio; simplemente porque si no se cortan jamás ciertas actitudes de vileza, que ya ves que se reproducen en las alturas de las instituciones, no hay garantías de que se avance hacia la luz; (mi amigo suele terminar a veces sus pensamientos en voz alta de una manera casi mística; acaso es su modo de evitar una explosión de rabia en mis narices)
(Imagen: interpretación de Laurence Olivier en Hamlet)
domingo, 11 de diciembre de 2011
foto de un recuerdo

Cuánto me gusta esta fotografía de W.Eugene Smith. La pose de una persona que la define mucho más que los hábitos que viste. El gesto bien de sorpresa, bien de pasmo. No sabemos ante qué. Por supuesto no debe ser a causa del estupor deparado por el fotógrafo que, en plan aquí te pillo y aquí te mato, da al clic. Ella mira hacia una elevación. Desde luego, la celestial no es; la celestial se encuentra más arriba. ¿Más arriba que las nubes? Más. ¿Más arriba que la exosfera? Más. Pero ella mira hacia un plano que es más interior que exterior. Exhibe una mezcla de pudor y pizca de picardía acaso. Si bien puede ser un gesto estudiado o una actitud frecuente y refleja en ella. Un estado particular y espontáneo que la enajena de su Dios y de los hombres. No es su dulzura juvenil lo que más me camela. Ni esa posición de situarse contra corriente, ya sean viandantes en un cruce o militares despidiéndose para una gesta de muerte. La seducción reside en ese ademán de colocarse la mano ante la boca. ¿Qué es lo que contiene con ese gesto? ¿Qué le aturde? A mi me aturden los dedos de su mano. Por supuesto, la posición, esa actitud de dedos separados, prolongación de un dorso huesudo y frágil. Unos dedos alargados en que a uno se le antoja reconocerse, por aquello de que una parte de la familia los tiene de esa condición. No puedo evitarlo, hago tabla rasa del resto de la foto y percibo la movilidad de esos dedos. Su delicada y sugerente belleza. La dinámica de la que están dotados. La capacidad simbólica que despliegan. Con ellos puede enseñar en una pizarra, referirse al Altísimo o llamar la atención de los que sienten tocados por una corporeidad preservada. Anne los tenía así, incluso antes de llamarse públicamente Anne, siendo aún sor Eloise. No voy a contar ahora cuánto me gustaban los dedos de Anne y cómo me gustaba juguetear con ellos. O mejor, tejer la urdimbre de unas caricias que soldaban nuestras manos. Pero eso fue hace mucho tiempo. Si no fuera por la foto de Smith no me habría acordado.
viernes, 9 de diciembre de 2011
foto de familia

contemplar la foto de familia; un ejercicio no habitual, pero sí recurrente, que practica cuando otras fotos de otro tipo de familia le producen repugnancia; tiene que mirar para otro lado si algún medio de incomunicación le mete por las narices fotos de cierta familia conocida que vive del erario público en un palacio y de la cual alguno de sus miembros ya sortea el límite de la delincuencia (presunción de inocencia hasta que una causa judicial decida y alguien solucione el problema irregularmente); familia cuyos orígenes fueron espurios, ¿quién colocó al cabeza de la tribu donde está?, piensa en voz alta; esa familia con un presupuesto amplio por no hacer nada, salvo cumplir un cierto requisito constitucional, del que se podría prescindir si los contribuyentes, que se han olvidado de ser ciudadanos, quisieran; él necesita el exorcismo de mirar fijamente una foto de familia sencilla; donde una serie de personas posan, él precibe el sufrimiento cotidiano; aquél era un domingo y ya se habían permitido las visitas, bajo control; hay muchas fotos de familia de anónimos, supervivientes por suerte, pero penados por desgracia; esta foto es de cuando la bondad y la generosidad católicas imperantes permitía ya ser visitados por hijos, esposas, madres; por supuesto, no son fotos de familia de las primeras hornadas; las primeras hornadas perecieron sin opción divina alguna, y las segundas y las terceras; el azar de los azares vino a ayudar a algunos; el azar de los azares -ay, de esa Jano que nunca sabes qué viento la hace soplar y en qué dirección- llegó para condenar a otros; mira con atención esa foto carcelaria, suavizada por el encuentro; foto propagandística de un régimen feroz que dejó hondas secuelas; ve resignación, apariencia de acatamiento, caras de buenos chicos para redimir condena y salir antes de la cárcel, si era posible; no puede evitar comparar fotografías, individuos, miserias y beneficios; no puede soslayar la imagen de los vencidos frente a la de los vencedores; piensa en la infamia del pasado y en la infamia del presente; si la dignidad existe, hay familias como las de la foto, que pasarán a ese sucedáneo abstracto llamado Historia con dignidad; de otras, está por ver.
jueves, 8 de diciembre de 2011
ocho de diciembre
domingo, 4 de diciembre de 2011
De las ilusiones a la utopía
"El placer más sólido de esta vida es el vano placer de las ilusiones. Considero las ilusiones como algo en cierto modo real teniendo en cuenta que son ingredientes esenciales del sistema de la naturaleza humana, otorgadas por la Naturaleza a todos y cada uno de los seres humanos; de manera que no es lícito entenderlas como sueño particular sino como propias del ser humano y queridas por la Naturaleza. Sin las ilusiones nuestra vida sería la más mísera y bárbara de las cosas. Parece un absurdo, pero es exactamente verdadero que, siendo todo lo real una nada, no hay cosa más real ni sustancial en el mundo que las ilusiones."
No, no creo que se trate de una visión quijotesca. Crear ilusiones estimula. Valorizarlas hace caminar. Tampoco es algo que se produzca como una proposición consciente. Las ilusiones son, probablemente, hijas naturales de la condición humana. Es un elemento regenerador, reflejo, que emana del instinto primigenio y que se refuerza con el cultural, no obstante las luces y sombras que lleva implícito el propio desarrollo de lo que damos en llamar cultura humana. Es cierto que podemos poner luego muchos apellidos, convertirlas en objeto de reflejo especular o de ensimismamiento neurótico. No me interesa tanto el tema de las ilusiones que solo aspiran a fruslerías, a naderías, a esa ambición tan extendido de la posesión de bienes o de la posición social. Pienso en las ilusiones utópicas. En aquello que, de alguna manera, se convierte también en tendencia dentro de individuos o grupos de individuos. La idea de un ordenamiento cada vez más sensato y seguro de la supervivencia en y de la vida integral de la Tierra. La mejora de las condiciones de vida, las conquistas sociales, la persecución de los principios de libertad y justicia, el anhelo de la igualdad, la redistribución de la riqueza, la armonización entre la defensa de esos principios en cada ejemplar de la especie y a su vez en la colectividad, sin que unos interfieran y coarten a otros. Suenan a términos y conceptos muy manoseados, pero que se han afrontado parcialmente y que si no estás ojo avizor de manera continua merman o desaparecen. Es probable que esa búsqueda de la realización de las ilusiones utópicas, que se han convertido tantas veces en cantos de sirena, nos dé a veces la impresión de que se agota. Hay demasiado desánimo en nuestra proximidad, aunque no se puede decir lo mismo de otros ámbitos culturales y territoriales del planeta. ¿Por nuestros miedos, por nuestra ceguera, por asirnos a lo inmediato perdiendo la perspectiva del futuro? Yo creo que nada acaba, que siempre se está empezando una y otra vez. Que el problema que nos angustia en Occidente es no saber adaptarnos y plantearnos un nuevo modo de afrontar las utopías. Es no saber invertir el sistema de falsos valores que nos ponen la soga al cuello ya no de unas condiciones de vida dignas sino de una supervivencia razonable. Tampoco creo que el último refugio utópico sea la estética. Ésta puede ser un territorio aparente que, como guardiana seductora de las ilusiones profundas del hombre, nos desvíe de los objetivos esenciales. Por eso mismo admiro a quienes han perseverando siempre en el viaje a la utopía. Los que han hecho de sus ilusiones un principio de vida y de conducta abierto y compartido.
(En memoria de Neus Porta i Tallada, fallecida recientemente, tras muchos años de perseguir utopías junto a Paco Fernández Buey)
jueves, 1 de diciembre de 2011
¿Perdedores o perdidos?
Hay días en que me quedo plantado y boquiabierto ante este grabado que tengo colgado de la pared. Es la imagen de la derrota pura y dura. Pero también es la persistencia en la derrota. Sancho Panza, el siervo del hidalgo, tira de su rucio que carga con su señor Don Quijote, y a su vez tira de Rocinante que va tan molido como su caballero andante y encima tiene que trasladar sobre sus lomos toda la chatarra con la que pretendía llenarse de gloria. Es el final de un capítulo que comienza con que el bueno de Rocinante, dejándose llevar por sus dignos instintos, va hacia unas yeguas con intención de refocilarse con ellas, pero el grupo de arrieros que las trasladan no permiten que se las acerque y la emprenden a estacazos con el animal. Naturalmente, en viéndolo el héroe y su criado, les falta tiempo para ir a enfrentarse a los arrieros ante la tropelía cometida por estos. Error fatal: los arrieros son unos cuantos y Don Quijote tiene la osadía de considerarles villanos y hacerles frente.
- A lo que yo veo, amigo Sancho, estos no son caballeros, sino gente soez y de baja ralea. Dígolo porque bien me puedes ayudar a tomar la debida venganza del agravio que delante de nuestros ojos le ha hecho a Rocinante
- Qué diablos de venganza hemos de tomar —respondió Sancho—, si estos son más de veinte, y nosotros no más de dos, y aun quizá nosotros sino uno y medio?
- Yo valgo por ciento —replicó don Quijote. (1)
Tengo la impresión de que ese error de valoración de Don Quijote, que se repite una y otra vez a lo largo de la novela, por más que Cervantes lo disfrace de locuras, no es sino producto de una visión que hoy llamaríamos desenfocada e idealista de la vida. Una visión irracional que conduce una y otra vez al fracaso, al golpe en el lomo y a la eterna condena a unos amos. Cierto que si te ciñes a la novela literalmente podría parecer que se trata de las soberbias de un hidalgo que no ha dado un palo al agua en su vida y se pretende salvador de todo tipo de causas, sin que nadie le solicite que intervenga. Por supuesto, tras el batacazo que se lleva el rocín de nuestro héroe es éste mismo y su fiel criado los que vuelven a llevarse una tunda de palos por pretender parar los pies a un montón de hombres y lo que es peor, sin haber mediado diálogo previo con ellos. Eso explica ese batirse en retirada -ambos hombres y ambos animales agobiados, maltrechos y desmoralizados- del grabado que traigo a colación.
Lo más curioso del resto de este capítulo, y esto acontece, como ya digo, nuevamente en otros, es que el ingenioso hidalgo no da su brazo a torcer y siempre busca explicaciones huidizas, ensoñadoras y disparatadas para justificar sus desatinos. Mientras, Sancho Panza, convertido en la otra voz de la conciencia, la cabal, sensata y razonadora, trata una y otra vez de hacerle ver cómo son las cosas y no como Alonso Quijano quisiera que fueran.
¿No tiene analogías esta enjundiosa novela con nuestro tiempo, nuestra situación y demás circunstancias? No me refiero ya solamente a resultados electorales que parece que no enseñan a los perdedores, sino, en general, a un enfoque de vida que nos involucra a todos los ciudadanos y que parece que seguimos en dirección a estrellarnos. Porque no seamos ingenuos. Cada ciudadano persigue también sus triunfos efímeros, la ocupación de supuestos castillos, el enfrentamiento con pretendidos gigantes y la conquista de dulcineas sin medir el valor de lo real que se va perdiendo: el grado de deterioro del suelo que pisamos, del aire que respiramos, de la demografía que impacta sobre las necesidades del planeta y de las condiciones de vida que nos encierran cada vez más en los estrechos márgenes de la sumisión. No. No se trata de ir de perdedores y de recrearnos a lo masoquista en los golpes que vamos a ir recibiendo. Hay que replantearse la lucidez y por lo tanto llamar molino al molino y venta a la venta y no castillo. Hay que dejarse de lamentos y a su vez de idealizaciones, sin subestimar a los grandes poderes pero tampoco sin acomplejarse por sus medios para doblegarnos. Naturalmente, para ese objetivo hay que mirar con otros ojos y no precisamente a nuestro ombligo. Hay que reconducir la fuerza del cerebro más allá del límite reduccionista del hombre consumidor de nuestro tiempo. Hay que superar el doble desafío de sentirnos perdedores y de andar perdidos. Sin soberbias quijotescas.
(1) Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha. Primera parte. Capítulo XV.
lunes, 28 de noviembre de 2011
De qué se ríen, oigan

Esta escultura, sita en unos jardines de Oporto, siempre me pareció enigmática. Un grupo de espectadores, sentados en unas gradas, se troncha de risa. Nunca supe si el espectador que se cae es porque se desternilla y la propia inercia de su emoción le precipita gradas abajo, o porque le empujan los individuos que permanecen acomodados. Da la impresión de que la escena es contemplativa y por esa razón el paseante que se detiene ante el conjunto trata de reconstruir lo que hay en la zona opuesta al grupo. Es decir, en el primer plano. Es decir, donde te sitúas tú. Tratas de comprender qué situación les convierte a los figurantes en pasto de las carcajadas. Y miras en derredor por si hay una invitación para que entres también en el juego de la risa. Debe ser una comedia, piensas. Debe ser una chanza, un homenaje a los viejos espectáculos que trataban de aliviar las penas. ¿Y si el objeto de risa son ellos mismos entregados a ese ejercicio desbocado? Pero la caracterización de esa concurrencia te resulta siniestra. Estos, se te ocurre, no están para hacernos reír. Estos se ríen de todos nosotros. De ti, que pasas de largo. De ti, que no quieres pensar y metes la cabeza en el agujero. De ti, que te angustias con los acontecimientos. De ti, que fantaseas. De ti, que trabajas y pagas impuestos para que ellos se lo pasen bomba. De ti, que entras al trapo y les entregas tu vida. El telón se abrió hace mucho tiempo. La obra que se representa acaso entra en su último acto.
"La pinza de la doble crisis energética que padecemos –final de la era del petróleo barato, y desestabilización del clima del planeta– atenaza las posibilidades de vida humana decente sobre el planeta Tierra. Desde el punto de vista socioeconómico, la guerra de los ricos contra el mundo llamada neoliberalismo prosigue básicamente sin control. Estamos en la cuenta atrás y quizá en la siguiente gran crisis sistémica no tengamos ya ni el mínimo margen de maniobra necesario para llevar a cabo una transición no catastrófica. Hay que apostar por poner en el centro la acción sociopolítica y reactivar la política en sentido fuerte. Ni la democracia puede ser asunto de políticos profesionalizados, ni la sostenibilidad cabe dejarla en manos de ecologistas e ingenieros ambientales: son los asuntos básicos donde nos va la vida, donde nos jugamos el todo por el todo; nos atañe a todos y todas. Tiene que ser objeto de una política avecindada con la ética y practicada desde la base."
domingo, 27 de noviembre de 2011
veintisiete de noviembre
pasar la tarde leyendo a Lêdo Ivo, como si no hubiera tarde; como si el tiempo fuera un artificio; y leer sin músicas celestiales, a pecho descubierto, en zigzag por los versos, cosas tales como:
No soporto ya las cosas claras.
Como en la infancia, quiero esconderme
de todos y de mí mismo.
y tener la sensación de que esa voz es también su voz; que esa voz fue robada en el crisol de su pensamiento y en la hoguera de sus deseos; que esas sensaciones -el poeta no usa palabras, hornea sensaciones- han sido algo constante a lo largo de su historia intransferible; y la tarde ha sido breve, como acontece con el placer; y la lectura ha sido reveladora, también aquí la voz del poeta es su voz:
Mujer, último refugio de la noche,
es en ti en quien me escondo
en el día incomparable.
sabe que esa voz no es en absoluto ajena; que todas sus resonancias le bullen dentro de su pecho.
(Las estrofas pertenecen al poema El espantapájaros, del poemario Plenilunio, del brasileño Lêdo Ivo)
sábado, 26 de noviembre de 2011
veintiseis de noviembre
viernes, 25 de noviembre de 2011
veinticinco de noviembre

le devora por dentro esa sensación de que un acto de la obra de teatro ha concluido, con un mayoritario aplauso; que los espectadores, aunque ellos se han creído actores, han respirado con alivio; no sabe muy bien de qué se sienten aliviados; desde luego, opina, no de su estupidez; quedan bastantes actos en este drama, ¿o es comedia, o es entremés?, algunos ya con guión y otros apenas pergeñados; rápidamente se ha hecho el silencio durante estos días, se intuyen las maniobras orquestales en la oscuridad, se percibe cierto fragor de los acuerdos y ordenamientos por encima de nuestras cabezas; eso le da en pensar y le deja mal gusto la situación anodina e indefensa que parece rodearnos; por si fuera poco, dice, salta a escena como una fiera indomable la gran señal; dice que escucha -¿o solo lo imagina?- al público comentar: aprovechemos la paga extra, por si es la última por un tiempo; la gran señal ilumina calles, agita las entradas y salidas de comercios, pone rostros postizos; no necesitaría un calendario, me ha dicho mientras abría su tercera trapense fuertemente malteada; con observar las conductas tribales sabes con una aproximación casi al cien por cien en qué momento del año te encuentras; ¿y si la recesión, la depresión o el hundimiento, como se la tenga que llamar, apaga la gran señal precisamente en estas fechas?, le replico con ironía; ha contenido con cierto esfuerzo la palabrota, se ha quedado ido y me ha ofrecido un sonoro eructo.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Montserrat Figueras: la sibila no muere

lunes, 21 de noviembre de 2011
veintiuno de noviembre
El renombre o la propia persona,
¿qué es más digno de estima?
La propia persona o las riquezas,
¿qué es lo más importante?
Ganar o perder,
¿qué es peor?
por qué recurre al texto clásico chino es un enigma; hay algo de homeopatía del pensamiento cada vez que algún suceso que le parece importante lo sufre además en su cualidad grave; hay una necesidad en echar mano de una dimensión que le calme; justo buscar palabras que no pueden entenderse como palabras, según indica el mismo lenguaje del Dao; y no obstante, buscar la calma en la ausencia puede ser beneficioso a corto plazo, para evitar la herida del impacto emocional; siente siempre como duelo cada acontecimiento exterior que sospecha que gravita con dureza sobre él; y para conjurar la desnudez del instante, y para sortear la confusión resultado de la claridad, otorga cierto valor sacro a algunas sentencias del compendio chino; podía haber elegido pasar todo el día bajo una higuera, pero llovía; podía haber recurrido a una ociosidad que le despistara, pero solo aplazaría su estado; ese tipo de textos crípticos, en los que no cree pero en los que se solaza, le hablan contra la propia forma del sentido que aparentan; sabe que, tal como sucede con otros textos agrupados de diversas culturas apropiados por castas o con transmisiones orales que adquirieron forma y a su vez se reutilizaron desde sectas, formulan muchos y diversos significados, nunca los mismos, nunca rígidos, jamás definitivos; ofrece y subyace narración en ellos y la literatura es naturaleza a cielo raso y luz en las tinieblas; sabe que, sea cual sea el medio como fueron utilizados y el fin a través del cual se pretendieron alcanzar objetivos absolutamente mundanos, también contienen puntos de meditación abiertos y aceptables; no ignora que el Lao Zi puede ser un libro del arte de la guerra, según dicen los estudiosos, y acaso él busque pertrecharse en la batalla contra su propia comprensión de la vida; al final de todo resulta que ese libro que propone la ausencia de las palabras genera palabras con tantos sentidos como se quiera hallar en él; por eso termina de leer el capítulo desde su elemental condición de hombre de abajo:
Una gran ambición conduce necesariamente a la ruina,
quien mucho acumula inevitablemente sufrirá grandes pérdidas.
Por eso, quien se contenta no conoce la humillación,
quien sabe refrenarse no conoce el peligro,
y puede vivir largo tiempo.
domingo, 20 de noviembre de 2011
La verdad Acton

"El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente."
Me parece importante y oportuno traer a esta página el aforismo del historiador burgués y católico John Emerich Edward Dalberg-Acton, Lord Acton. Vista la historia de España de los últimos años, la primera parte de la frase ya se ha ido comprobando, aunque los casos conocidos no han sido objeto de justicia y dudo que lo vayan a ser. Ahora, españolitos que habéis venido al mundo, a esperar que se cumpla la segunda parte del designio. Y si así resulta, es porque lo habéis querido. Y ojo, que hay muchas maneras de corromper. Simplemente, siguiendo las indicaciones de los amos del mundo.
sábado, 19 de noviembre de 2011
diecinueve de noviembre
ha partido un buen trozo de queso, muy añejo, muy picante; siempre le gusta ir contra los órdenes y los usos, así que ha abierto también para acompañar un viejo Riesling que se trajo de Mulhouse, que acaso no pegue, pero la botella ha caído entera; ¿sabes?, me ha dicho mientras jugueteaba con las migas y las cortezas del queso sobre la mesa, de niño deseaba con frecuencia que viniera el caballito volador y me llevara con él; ¿y llegó a venir?, le he respondido por reflejo, tontamente, en medio de mis vapores; no, ha contestado, pero soñaba tanto con él que era como si me transportara y en los sueños conocí muchos paisajes; ¿conociste también gentes?, se me ha ocurrido insistir; las gentes nunca me interesaron demasiado, por eso necesitaba el caballo volador, para huir de ellas; ambos nos hemos quedado callados un rato, vaciando otra variedad más agresiva de vino; luego, ha hablado: creo que esta noche necesito de nuevo que venga el caballito, porque, ya ves, cuando crees que tienes superados los mitos de tu infancia los invocas de nuevo; ¿es como si no desearas que llegara mañana?, se me ha ocurrido replicarle; y él: es como si necesitara saltar hacia adelante en el tiempo...
(Pintura de Pedro Monje)
sábado, 12 de noviembre de 2011
doce de noviembre
en tiempos de mediocridad, hay que buscar el sueño; no el adormecimiento, se dice a sí mismo, sino la capacidad de crear que en mayor o menor medida tiene cada individuo; y se encuentre o no esa llama interior al menos buscar el modo de disfrutar de lo que otros han creado; participar de la creación es integrarla en uno mismo; la belleza, por ejemplo, ¿dónde encontrarla sino en la propia materia?; ese afinamiento que sin dejar de ser misterioso está traído a este mundo de los vivos por el esfuerzo y la insistencia de sus artesanos; toda esta reflexión nada original viene a cuento de que ha estado mirando vídeos de danza esta noche; la misma composición de Ravel con dos intervenciones diferentes: Maya Plisetskaya y Silvie Guillem; detrás, la sombra del gran Maurice Béjart; ni por asomo se plantea elegir, ¿cómo elegir entre lo que es hermoso?; le horroriza la idea de la competencia y de la selección entre aquello que no tiene fisuras y que le empequeñece a él; se ha limitado a disfrutar con una y otra interpretación; ¿es más serena y madura la Plisetskaya? ¿es más salvaje e inquieta la Guillem?; qué importancia puede tener eso, piensa despreciativamente; lo que cuenta es el fuego, lo que habla es el movimiento, lo que conmueve es la ensoñación que ambas ponen en nuestras manos.
Sylvie Guillem (Coreografía de Maurice Béjart)
jueves, 10 de noviembre de 2011
diez de noviembre
le resulta curioso el desfile en fila india; los días pasan, más transversales y secantes de lo que las hormiguitas humanas sospechan; por mucho que algunos quieran permanecer al margen de los días y de quienes controlan a su manera los días, no es posible; se puede apartar la mirada, hacer guiños a la estrellas, apurar una botella, piensa convencionalmente; pero todo te sigue cayendo encima o saliendo a tu paso o bloqueándote las rutas; los hombres y los días están alterados, algo no casa bien entre ellos; ha rescatado a Blaise Cendrars y se vuelve un díscolo del pasado; no cree a estas alturas demasiado en el viaje en Transiberiano, aunque así, literalmente, es algo que tiene pendiente desde las primeras lecturas; ¿se evadiría si lo realizara?; no estoy siguiendo ni debates ni programas ni cantos de sirena, me ha dicho esta mañana junto al quiosco de periódicos; no hay ruido en la calle, lo cual se agradece, ha dicho; no es que no me interese por el ojo del huracán, el verdadero, el que presagian negras tormentas, me precisa (y aquí sé que me acaba de hacer un guiño sentimental); es que no creo en la manera que tienen de contármelo, ni en lo que se guardan, ni en lo que nos deparan; ¿no eres demasiado tenebrista?, se me ocurre espetarle para salvar el humor; no me fulmina con la mirada, debe sentirse bondadoso hacia mí; sólo atina a suspirar: ay, hermano hormiga...
martes, 8 de noviembre de 2011
ocho de noviembre (casi medianoche)
en aquel lienzo de pared está aprendiendo más que oyendo sermones electorales; se pregunta si es más repulsiva la imagen de los que van detrás del pastor o la de quienes van delante; da la impresión de ser el mismo ejercicio; parece que van en la misma dirección, a cumplir un cometido semejante, a ser conducidos a análoga emboscada; y sin embargo él ve un matiz en el desfile de los insectos que se anticipan al ejecutivo; es como si supieran el camino a la perfección; como si tomaran la delantera responsablemente y asumieran ya la tarea por iniciativa propia; como si tuvieran interiorizadas las órdenes; como si marcharan aleccionados; sabiendo qué destino les espera prefieren ser ejemplares a remolones; reflexiona sobre esa variante conductual de los insectos; en el comportamiento de quienes sabiéndose parte de la grey se complacen en aparentar que la dirigen o que forman parte de su cuadro de mandos; ¿se reconocen los individuos en el camino, en el sentido que han tomado o en la manera de arrastrarse?; demasiada película a punto de medianoche, piensa
ocho de noviembre
lunes, 7 de noviembre de 2011
siete de noviembre (avanzado)
siete de noviembre (pronto)

la luz es turbia desde que echa a un lado las sábanas; ¿quién sabe más de sus sueños? ¿las sábanas o él mismo?; no le cabe duda, las sábanas se impregnan de su calor, de su olor, de la inquietud de sus movimientos; las sábanas se dejan herir también por su apuñalamiento; deben saberlo todo de su secuestro nocturno; el agua y todo eso que se hace al levantar es como una barrera a la noche, pero no una exclusión; ha arqueado las cejas como un gesto de ratificación; nunca se había contemplado tanto las cejas, tan pobladas, tan vehementes en hacerse notar; la luz es turbia al otro lado de su guarida, donde hoy no siente el cimbreo de los árboles ni escucha el murmullo del riachuelo; es más turbia cuando se pone a andar por la calle y echa pestes de que ésta se haya convertido en un almacén de muebles, de señales, de objetos que la ocupan y borran su perspectiva; el ruido del tráfago rasga el escaso humor que le queda; grandes cartelones colgados de las farolas abusando del azul enseñan, enseñorean, personajes ridículos que anuncian la felicidad para los pobladores; ¿habrán convertido también al ave marina del icono en algo ridículo?; demasiado retoque en unos rostros que se le antoja de muertos; él ama el azul, pero ya se ve que el color, ese color, cualquier otro color, que no pertenecen al dominio de los hombres, puede ser adulterado y prostituido por los hombres; la luz es turbia y no puede elevar la mirada, le hace daño el azul de los carteles; si al menos el día estuviera despejado, piensa; si al menos hubiera todavía algo del auténtico azul dentro de mí, murmura calladamente; el color que no se trueca enseguida en símbolos, sino en percepciones libres…
(Fotografía de Jorge Molder)
sábado, 5 de noviembre de 2011
cinco de noviembre
el café estaba cargado, sabía bien; ha pasado rápido las páginas del diario que ordinariamente le resulta más creíble; aunque tiene claro el papel que juega ese diario más creíble, lo cual le hace siempre leer ciertos temas entre líneas, por lo tanto poner en duda credibilidades; poco interés por el relato de los artículos que aparecen hoy; se siente escéptico, cada día más, y la expectación por los acontecimientos ordenados es ausencia en él; en contra de lo que muchos podrían pensar, su propio escepticismo le libera por una parte y le hace sufrir por otra; solo le ha llamado la atención un artículo que en el titular se pregunta sobre una posible muerte provocada de Albert Camus; un asesinato político, que señala a la policía posestalinista; a estas alturas considera que todo es probable; muertes con apariencia casual han tenido largas manos interesadas, por parte de todo tipo de regímenes políticos, económicos o de clanes; por lo demás, y salvo la referencia a un escritor checo que vivió siempre en represión (represión de no poder publicar, por lo tanto de no poder expresarse como hubiera querido) un tal Jan Zabrana, del que jamás había oído hablar, el artículo no le aporta mucho más; oye citar por primera vez los Diarios de ese escritor; mientras repite una taza de café medita sobre Camus, que siempre le ha parecido un incorruptible del librepensamiento, que se granjearía enemistades y, si Zabrana tiene razón, hasta su desaparición física; el nombre Camus es para él un resorte; debería releer La peste, piensa, ¿o acaso La caída, que tanto le ha fascinado, o El hombre rebelde?; deberías, y durante este mes vas a necesitar bastante oxígeno, le indica la otra voz desde dentro; y los próximos tiempos, salta él.
martes, 1 de noviembre de 2011
recordando a Tadeusz Kantor

“En 1971 vivía en un pueblecito de la costa que tenía pequeñas casitas y un colegio con el aspecto más pobre de todos los colegios posibles -estaba abandonado y vacío y sólo contaba con una clase-. Podía mirar a través de los cristales sucios de las dos ventanas, ventanas miserables. Pegué la cara a la ventana y miré dentro de mi propia mente. En mi memoria trastornada era un niño pequeño otra vez sentado en una pobre clase de pueblo. Su pupitre estaba rayado con marcas de cuchillos y mojaba sus dedos llenos de tinta para pasar la página de la cuartilla. El tanto frotar había hecho que los granos del suelo de madera fueran visibles. La clase tenía paredes blanqueadas y en la parte de abajo se desprendía la cal. Había una cruz negra en la pared. Hoy sé que hice un descubrimiento importante junto a esa ventana: me di cuenta de la existencia de la memoria".
Tadeusz Kantor
La superficie de los rituales, ¿qué oculta o qué preserva en los individuos? Es una pregunta que no cesa de hacer a lo largo del tiempo. ¿Hay algo más por debajo, por detrás o en medio de las señales de compromiso y de las palabras huecas? En la medida en que los rituales han sido empañados, absorbidos y desvirtuados por la comercialización y la publicidad, mira a los individuos que le rodean, pero no les pregunta. Para qué. Nadie va a responderle, salvo aquello convencional. Y todos van a cumplir, sea la fecha que sea, como autómatas. Él no se ha movido hoy. Hace años que el ritual no va con él. Por lo tanto no ha comprado flores, no ha pisado un cementerio, no ha tenido un pensamiento especial o diferente -que no tenga en cualquier momento- con quienes le han precedido en el signo de la nada.
Pero Tadeusz Kantor le ha despertado del letargo del día festivo. Hace tantos años que vio La clase muerta que, aunque no recuerda con demasiada precisión, no olvida que trataba sobre el recuerdo y la muerte. Unos cuantos personajes viejos, pero viejos-muertos, hacían que volvían a la escuela y eran acompañados por sus propios espectros: ellos mismos de niños, representados en la escena por muñecos que llevaban encima, a sus espaldas, muñecos-niño versus escolares-viejos y muertos. Tal parecía que la encarnación del espectro fuera lo otro, lo pasado, esos niños o memoria de sí como niños, que se reencarnaba en los escolares-viejos formando una unidad. No había distancia entre tiempos ni entre vida y muerte. La paradoja estaba allí: los ancianos representaban los comportamientos y el recuerdo de su infancia escolar, pero la infancia estaba muerta y ellos lo estaban también. Y todo el argumento se desarrollaba con escenas de aprendizajes, memorizaciones, actitudes del maestro y comportamiento de alumnos. ¿Representaban los ancianos lo que habían aprendido, no tanto las lecciones de las clases, como la intensidad de lo vivido?
¿Pretendía Kantor hablar solo de la muerte en abstracto o como hecho determinante? ¿O como la muerte en vida, en que a medida que pasa el tiempo el pasado no es y se va teniendo la sensación de que lo aprendido, o al menos la memoria de lo aprendido, radica allá atrás y ya empiezas a estar muerto si no sientes en cada nueva circunstancia que vives el calado y la emoción que sentíamos de niños? No cesa de preguntarse si ésta es la verdadera reflexión, o al menos un camino posible y más correcto hacia una respuesta coherente. Debe ser por esa razón por la que los rituales religiosos y socialmente admitidos los encuentra francamente inútiles y vacíos de contenido.
domingo, 30 de octubre de 2011
estación término
yo sueño -
¿por qué sueño con tanta frecuencia con penetrar en lo imposible?
¿quizá porque mi sangre es igual al sueño o quizá
porque yo sea la muerte?
Adonis. Singulares.
muere, muérete en mí, se lo dice al oído, quedamente, mientras él evita moverse, ella abrazándose como puede a su espalda, apretada, cubiertos los dos por una manta que huele a sudores, lo hacen imperceptiblemente, hay mucha gente allí, todo su hacer es lento, disimulado, no pueden producir ruido, no deben ser descubiertos, aprovechan los movimientos de los demás cuerpos, los roces inevitables de otras ropas, cualquier arranque de una tos aguda viene bien, o los ronquidos, o algún lamento perdido en medio de la noche, cualquier sonido les favorece, sobre todo el traqueteo del tren cuando cambia de vías, entonces varían de posición, les sirve para hendir más sus cuerpos, para agarrarse a cualquier palmo de la piel, no bajan la guardia sino que afinan el cuidado, jamás ni uno ni otro se había entregado a nadie con esa mezcla de tiento e intensidad, como si interpretaran un acorde delicado que en tono bajo gana en receptividad, no se había dado la circunstancia, de vez en cuando fingen cambios de postura del sueño, no deben producirse jadeos, la mujer le tapa con los cabellos, nadie debe darse cuenta, le oculta, él ahoga sus jadeos en el cuello de ella, mientras la sujeta la cadera, mientras la levanta a hurtadillas, levemente, a la mujer le cuesta contener la palpitación que le sofoca, pone la boca sobre la cabeza del hombre, se esfuerza en resistirse al desvanecimiento, la mujer le hace desaparecer, como si le engullera con su cuerpo, como si entre ella y la manta hubiera un niño que se esconde, o un sueño, o una figura imprecisa, siente que él se disuelve, que sus contracciones contra la pelvis de ella la agitan más, teme la respuesta convulsa del hombre, y a la vez la anhela, soporta la quemazón de la boca del hombre, el afán de éste por no delatarse, ellos allí, en medio de tantos infelices, nur eine kurze Reise werden, les han dicho al partir, sólo va a ser un corto viaje, y ella no quiere que sea un viaje breve, no quiere llegar a ningún lado, ellos no quieren considerarse como los demás, su manera de amarse es también el modo en que rechazan aquello, y niegan el viaje en sí, que es también el frío, la masa de animales humanos extraídos de sus barrios, de sus aldeas, todos amontonándose en el vagón, el miasma que vuelve irrespirable un espacio, los lamentos, la inquietud, el desasosiego, las frases inconexas de los primeros enloquecidos, y el silencio terrible que a ratos les anula a todos, ellos abrazados cautamente, sin apenas saber cómo son sus rostros salvo por el tacto, sospechan del viaje lo que ignoran la mayoría, se diluyen el uno en el otro como una forma de huída, la única posibilidad de supervivencia, haciendo de sus cuerpos su propia estación término, un regate al destino
sábado, 29 de octubre de 2011
sin pérdida

la niebla, las sábanas arrojaban niebla sobre él; luego el suelo, borrando los pasos de sus pies a la intemperie; la ventana es alta, los goznes crujen, se resiste, la abre; arañazo, el perfil afilado del marco de metal en su costado; blasfemia, un desahogo común que le reconforta del impacto; piensa en el sonido contundente de la palabra, luego en el derribo del concepto, en el vacío de las divinidades inútiles; exposición, su cuerpo va perdiendo calor a medida que se entrega a la niebla exterior; se deja herir la desnudez por el frío; más boira al otro lado del arroyo, sorteando los abedules, ocultando la ladera; tos, tose fuerte, repetidamente, punzadas gélidas como bofetadas; ¿seré niebla?, se oyó preguntarse a sí mismo; soy la niebla, le dieron ganas de gritar, pero no le parecía apropiado; la bruma habría ahogado el eco; la niebla si algo tiene de caracteristico es silencio, constata; la humedad de la niebla es el desquite a la sequedad de los hombres, piensa; él se reconoce en el silencio; pero empapado en su ciénaga se constituye como niebla; levantará, pronto levantará, lo sé, se dice; ha bajado y abre el portón de la casa; la niebla le desnuda aún más; conoce la orientación; camina; no se desvía
jueves, 27 de octubre de 2011
ofertorio

correosa te revuelves, alada te escurres, vestal fugada de la crisálida del laberinto, salvas el cansancio de mis días para clavarme al destino, sabes que estoy ahí, te deslizas de puntillas sobre las brasas de mi cuerpo, tanteas cada ángulo, afilas cada perfil, olfateas cada cavidad, aspiras mi aliento, a cambio dejas el tuyo flotante entre mis sabores, te desparramas, te encoges, salpicas con la nieve de tu piel mi superficie desvalida, me ciegas, caes y me ciegas, no sé escapar, no sé pisar ninguna arena que no sea la tuya, no hay lluvia que me cubra desde que no me inundas, apuras en tu boca la fertilidad de mi oasis, dejas caer tenuemente los cristales de tus ojos traslúcidos, me pides que repte para ti, una vez más, me deslizo trazando tu contorno, engullendo cada gemido, sujetando tu textura de alma, te elevas, haces emerger el cráter para mi instinto de saurio, deslumbrándome con la luz que desprendes, enmudezco ante el oleaje de tu mirada de océano, caigo y extravío mi voz, caigo y extiendo sobre ti todo el vegetal del hombre salvaje, en el que están escritas las palabras aún no pronunciadas, las caricias demoradas, las miradas intuidas
(el hombre se levanta grave y herido por la pesadilla; se aprecia legañoso y ronco; las pesadillas desarman una parte de su resistencia; también le alimentan; la claridad cabe esperarla de la oscuridad, se dice; al mirarse en el espejo comprueba que sus escamas brillan más que otros días, los ojos saltones se repliegan y saborea con la lengua bífida la humedad pegada a su barba)
(Imagen de Michal Macku)
lunes, 24 de octubre de 2011
aprovisionamiento

A falta de calor dibujaba una hoguera. Si no corría brisa soplaba despacio sobre la palma de su mano. Condenado a no recibir una caricia recorría con sus dedos el torso y el abdomen sin prever límites en su descenso. No pudiendo partir a navegaciones lejanas construía barquitos de papel que acumulaba por los muebles de la casa o regalaba a los niños del vecindario. Impedido de ver paisajes abría las ventanas de par en par porque, decía, le llegaba el olor a tomillo. Si se sentía pobre en conocimientos soñaba ser el completo Leonardo. No sabía lenguas, pero disponía de una colección de diccionarios, incluido el de marathi y el de tongano. Al recibir el azote del agobio apagaba las luces, cerraba los cuarterones de los ventanales y se echaba en un rincón en posición uterina imaginando que nacía de nuevo. No percibiendo su oído palabras tiernas ni susurros de deseo declamaba a media y baja voz haciendo dos personajes. Ante la privación de una mirada honda recuperaba en el trastero de su memoria los ojos de un amor perdido. Cuando se quedó sin el sentido del olfato se ejercitó en recuperarlo a través del recuerdo, aunque su torpeza le deparase desagradables sorpresas. No asistiendo a películas de estreno en los cines de la ciudad se dedicaba algunos atardeceres a recrear intérpretes y escenas por medio de sombras chinescas. Aquel hombre era muy extraño según criterio de los vecinos, pero no se metía con nadie, ni nada exigía. Se abastecía imaginariamente para compensar sus privaciones. Un día lo encontraron sin vida, no se supo por qué causa, sumergido en la bañera, desnudo, afeitado el vello de todo su cuerpo y con la boca llena de sal. Alguien comentó que el fallecido le había dicho que siempre quiso convertirse en un ser de las profundidades abisales. Lo cual fue interpretado como que halló su forma de llegar al fondo del océano. Hubo quien más simple y realista pretendió que, en su afán por permanecer el hombre al margen de la más elemental de las provisiones, carecía incluso de oxígeno y no había sabido recrearlo. Pero esta última versión no prosperó. El juez se limitó a levantar acta de suicidio, más que nada por la forma de hallar el cadáver y por no haber huellas de agresiones externas, aunque no intuyera el motivo. Mas, ¿quién conoce los verdaderos móviles de un suicida? Cuando los nuevos inquilinos de la vivienda la limpiaron y tiraron los muebles se encontraron con una nota escueta: si un día me encuentran muerto no se gasten en ataúd ni en ceremonia alguna. Pero por favor, no escatimen tierra porque ya no estaré para prever la manera de enterrarme.
(Ilustración de Verónica Leonetti)
domingo, 23 de octubre de 2011
la ausencia de las otras
no consigue ver tras esos hombres enarbolando fusiles a unos liberadores; en todo caso son derribadores; han contribuido a un cambio, se han armado, pero no logra emocionarse con los gestos bravíos; el acompañamiento de gritos, los disparos al aire, la captura de prisioneros; ¿se sienten fuertes o solo vengadores?; ¿buscan futuro o sólo un arreglo de cuentas?; ¿van a seguir liberando elpaís, las conductas, las costumbres, el respeto, el reconocimiento a los demás humanos?; ¿o no cabe en los cálculos de los poderes fácticos que emprendan esa labor?; es probable que ni se lo planteen; su molde mental permanecerá acaso incólume; y la vida cotidiana seguirá en los mismos planos que antes; se pregunta si estarían ahí conquistando un país sin la contribución decisiva de potencias externas; recuerda entonces lo que aconteció con el suyo hace muchos años, cuando parte de las potencias europeas de entonces, supuestamente hermanas por mor de la democracia, abandonaron a su nación y la entregaron a la barbarie; no, no se emociona con las masas en la calle; y le duele la ausencia vital; ¿quién parirá a todos esos guerreros aficionados que convierten su virilidad en violencia?; le duele la ausencia, la mitad de la población ignorada; el otro género apartado, invisible, ajeno, inexistente; sin garantía de que ellas aparezcan en la cosa pública cuando todo se normalice, salvo para dar el beneplácito y seguir el juego de las doctrinas de la esclavitud; pero sin ellas no habrá revoluciones más allá de los disparos y la sangre por la sangre...
(Fotografía de Angela Etoundi Essamba)
jueves, 20 de octubre de 2011
sin auxilio del clemente y misericordioso

(Imagen de DGTLK)
martes, 18 de octubre de 2011
dieciocho de octubre
fue el otro día en la consulta del urólogo, mientras esperaba a ser recibido; fue en esa situación cuando hojeando el poemario le salpicó la revelación de unas letras hermosas: escribo porque un día, adolescente, / me incliné ante un espejo y no había nadie. / ¿se da cuenta? El vacío; aquella poeta mejicana lo decía con claridad y desparpajo, simulando las respuestas a las preguntas fingidas de un periodista cualquiera (ésa es la excusa del poema); piensa entonces, trata de recordar, si él también un día de su pubertad contempló un espejo vano, opaco, sin reflejo; si lo contempló, ¿reaccionó de alguna manera?; escribiendo no, desde luego; fácil que se dejó engañar, como tantos, por el espejo y sus connotaciones; se creyó la representación que le devolvía, normalizada, sumisa, siguiendo planes establecidos; pero algo se caía de la imagen; algo no cuadraba; fue así como sintió su primera y profunda perplejidad, la de la encrucijada: un camino cortado hacia el pasado y otro aún bloqueado hacia el futuro; ¿qué más vio en el espejo?; vio la pérdida; el extravío de la noción de tiempo; la rebelión contra un concepto que él creía inaceptable (aún no podía saber de la traición posterior de ese concepto sobre sus pasos); y se sintió desde entonces desenganchado del ritmo obligado, circulando a duras penas; ¿qué mas vio?; la pulpa sangrante de su corazón, no preparado acaso para los duros rituales de exigencias, que iban a ir siempre a más; es curioso contemplar la consulta atestada de hombres en una especialidad tan manifiesta; la espera hace que el libro transcurra entre sus manos; y él olvide para qué está allí y divague;
(La imagen es obra de Jorge Molder)
domingo, 16 de octubre de 2011
dieciséis de octubre

siempre le impresionó este cuadro del gran Brueghel el Viejo; tanto como temor le dió; no es que lo representado sea únicamente morboso, sino que también se trata de una circunstancia terrible; un estado del que nadie está libre; ve infierno en él; ve condena; ve también avisos no escuchados; ve un destino siniestro; ve sentencia física, inapelable; por supuesto que ve en la escena a los ciegos, pero también a los incautos; cuando la metáfora supera la imagen figurativa el cuadro le parece una anécdota; cuando hoy día los acontecimientos desbordan a la metáfora se sobrecoge con la clarividencia del pintor flamenco, que es la prolongación de la parábola; no quisiera que ciertos clamores se convirtieran en meros cantos de sirenas; pero ciertas señales se van imponiendo con tozuda insistencia; qué hacer, se pregunta; qué hacer si la gente no quiere ver...

