viernes, 18 de febrero de 2011

Mi ojo / 28



El viaje a la ciudad ha sido largo y bastante incómodo. Cambiamos de transporte varias veces. Todo ha sido muy precipitado. Mamá se arrancó ayer con enfado y decidió que teníamos que ir hasta la oficina militar del distrito. Dice que no soporta estar sin noticias de papá. ¿Solo de papá? Cuando llegamos estaba oscureciendo y tuvimos que hacer noche y buscar una pensión barata. No sabemos la dirección de Hitomi. Tendríamos que pasar al menos un par de días para preguntar y tener una pista. Mejor que no.

Hacía mucho tiempo que no pisaba la ciudad. No ha cambiado demasiado. La gente recorre las calles en silencio. Va deprisa. No veo buenas caras. En los puestos de mercado hay poco género. Han desaparecido bastantes tiendas que en otros tiempos mejores alegraban la vista del centro. La luz eléctrica era tibia. Tuvimos que darnos prisa para que no nos cogiera la hora del toque de queda. La pensión era muy modesta. Cuando nos hemos levantado hoy por la mañana, a mamá le picaba el cuerpo por todas partes. Circulan menos coches que la última vez que estuvimos. Las bicicletas, por el contrario, abundan.

Llegar hasta la sede del Ejército no ha sido fácil. No entendíamos además por qué nos han controlado varias veces. Nadie teme una invasión del enemigo. ¿No estábamos ganando la guerra? Cuando hemos llegado a aquel edificio tan antiguo había una fila de mujeres con la misma intención que nosotras. Unos oficiales, que mamá decía que eran de baja graduación, nos han atendido con flojera y poco interés. Los papeles que llevábamos no han servido para mucho. La fotografía de papá que yo buscaba el otro día y que la tenía mamá ni siquiera se la han dejado mostrar. La gente ha cubierto unos datos en unos pliegos y nos han contestado a todos que pronto tendríamos noticias. Que iban a cursar nuestra solicitud y que tuviéramos confianza. De pronto ha aparecido un oficial que parecía más importante, porque todos los cuadros y soldados presentes se le han cuadrado severamente, y nos ha hablado con monótono entusiasmo. Vuestros padres, vuestros hijos, vuestros hermanos, y bastantes de vuestras mujeres que han acudido al cuidado sanitario, están dando lo mejor de sus vidas por la defensa de la nación y por el honor del Emperador. Tenéis que tener esperanza y manteneros unidos en la retaguardia. El trabajo y el orden siguen siendo necesarios. Ése es el campo de batalla para los que permanecemos cómodamente en nuestro glorioso y eterno territorio. Eso ha dicho. Ha clavado una mirada en semicírculo al tropel de personas que estábamos allí y ha lanzado un viva al Hijo del Sol Naciente. Respondido por un murmullo tenue que apenas se oyó. Luego, tras una inclinación marcial de cabeza nos ha dado la espalda y se ha alejado entre la posición de firmes de su tropa de oficinistas de caki.

Nadie ha rechistado, pero en los rostros secos de todas las mujeres se leía la ira. La policía militar nos ha desalojado compasivamente. Ninguna de nosotras ha sollozado.

Estos nos los van a devolver muertos a todas. Si nos los devuelven, me ha dicho bajito mamá. Me ha apretado la mano y ha añadido con rabia cargada de prudencia: Jamás volveré por este antro de miserables. En ese instante me he dado cuenta lo lejos que mamá está del culto al Emperador y lo peligroso que puede ser expresar con palabras los sentimientos.




(Fotografía de Yamasaki)

jueves, 17 de febrero de 2011

Mi ojo / 27



No sé por qué está encima de la mesita una foto donde aparece papá, al poco de irse. Junto al juego de té, recién usado. Dos tazas. Todavía hay calor en ellas.

Acabo de volver de la escuela. No hay nadie en casa. Cojo la fotografía y la contemplo, una vez más. No le gustaba demasiado a él, a mamá tampoco. Papá nos la envió porque todos los de su compañía lo hacían. Aparecen exultantes. A él casi no se le advierte. Ignoro si porque uno más alto le tapaba o porque no quería salir. El equipo que lleva cada uno encima debe pesar lo suyo. Qué será de ellos.

El día está siendo muy apagado. Los maestros estuvieron malhumorados. He discutido con Eisuke y la pobre Shinju se encontró mal todo el día. Lloró en el recreo. Lleva mal lo de su padre y lo de su hermano. Alguien ha contado que han querido robar a Gonkuro el molinero y que ha hecho correr a los ladrones. Gente de fuera, simples extraños, tal vez unos desesperados. No sé dónde andará la otra foto donde también está papá. No parece tan guerrero y a mi me gusta más. Se le ve con claridad, contento. ¿Y esto? Veo que unas gotas vertidas sobre la mesita casi mojan la imagen de los soldados. Queda un poco de líquido en la tetera grande. También hay una cinta del pelo de mamá por el suelo. Es raro, porque no es nada descuidada.

No, no encuentro la otra fotografía, por más que busco.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Mi ojo / 26



Debiste sufrir mucho cuando te tatuaron, amigo mío. El danzarín contempla ensimismado los dibujos de sus brazos y encoge la frente. ¿Recuerda o revive? Lo que merece la pena tiene un valor. Todo valor tiene un precio. Lo que cuesta hay que soportarlo. Lo que se soporta premia y satisface. Esto me responde con voz templada y reposada. No me gusta que hable con sentencias. Tanta seguridad en sí mismo me da temor. Y sin embargo me deslumbra. No puede ser que solo lleves tatuados tus brazos. Lo que muestras en ellos es incompleto, tiene que haber algo más. El danzarín se saca la camisa y deja al descubierto su torso. Jamás imaginé tal fantasía de imágenes decorando el cuerpo de un hombre. Su pecho muestra una inmensa máscara de vivos colores que refleja la alegría. Su espalda exhibe otra máscara con tonalidades oscuras que muestra la tristeza. El danzarín se da cuenta de mi asombro y entonces se concentra. Cierra los ojos. Respira profundamente y hace mover con parsimonia sus músculos. El rostro triste se convierte de pronto en un rostro risueño. La máscara risible se trastoca en colérica. ¿Cómo lo haces, danzarín? Tienes que conocer muy bien tus músculos para conseguirlo. El danzarín pone aire de ir a soltar otra de sus frases graves, pero duda. Abre los ojos. Baja de la nube. Es más fácil de lo que parece, dice, y ríe con estrépito. Desde que llevo a cuesta las dos máscaras del kabuki ellas tienen vida propia. ¿Me lo creo o no me lo creo? Bah, no puede ser, le contesto, no me tomes el pelo. Y él, observándome desde muy cerca, engatusándome con su mirada de serpiente, baja la voz: algún día te hablaré del poder de las máscaras. Nos poseen mientras dormimos. Actúan mientras nos movemos. Ha sido en ese momento cuando me he prometido a mi misma ir a que me hagan un tatuaje cuando sea mayor.



(Fotografía de Eikoh Hosoe)

martes, 15 de febrero de 2011

Mi ojo / 25



Hay noches en que me acuerdo mucho de él. La oscuridad me arrastra a imaginaciones fantasiosas. ¿Cómo veo a papá? Le veo sudando, apretándose el cinturón continuamente, metiéndose la camisa kaki por los pantalones. Le imagino pero casi es más como si soñara con él. Papá nunca sudaba. Pero dicen que en aquellas latitudes hace tanto calor que la gente tiene que tomar constantemente té o agua. ¿Tomará realmente té? Le imagino conservando su tipo afinado y algo desgarbado. Contemplando un horizonte vago, pero lleno de vegetación. O acaso el mar. Hastiándose de mar, él que era de tierra adentro. Y se me antoja que se pasa la mano por la frente con frecuencia y que aguza la mirada, porque papá es miope. No es excesiva su miopía pero acaso los esfuerzos se la hayan agravado. También le veo entregado a leer en ratos en que el servicio no le obliga. Porque quiero creer que aquellos soldados podrán leer esté donde estén. Papá no podría vivir sin leer. Cuando yo era pequeña adaptaba parte de los relatos que leía y me los contaba. Creo que en el fondo los hacía nuevos. ¿Pero acaso muchas de las cosas escritas de los monogatari antiguos no son invenciones sobre invenciones?

Cuando imagino a papá, elijo. Elijo verle como si estuviera de permiso o de gestiones. No me interesa saber si está junto a un cañón, en una casamata o cautivo del enemigo. No pienso en él como si estuviera solo. Ni padeciendo, más allá de los naturales rigores del lugar y del clima. Si nadie nos dice nada, no tengo por qué temer nada. No se teme lo que no se conoce ni se debe hacer caso a los fantasmas que revoloteen por la mente. Además, cuando fantaseo es como si le rescatara de la lejanía y de una dedicación que nunca habría elegido. Me entretengo en los recuerdos de la vida que hemos compartido. Esto de la guerra es una interrupción, simplemente, me digo. Aunque dure lo suyo. Cuando veo que mamá está lacia le cuento mis devaneos de la noche. No son agitados, suelo decirla. Ni me turban. Si hubiera pasado algo ya lo sabríamos. Siempre hay que verlo así. Ella entonces me contempla en silencio, mueve la cabeza ligeramente a un lado y otro, y se deja embaucar plácidamente por mis palabras. Que a la vez son mis intenciones. Pero no puedo evitar que el destello de sus ojos me abrume.

lunes, 14 de febrero de 2011

Mi ojo / 24


¿Sabes a quién me ha recordado hoy nuestro músico favorito, mamá? A aquel samurai apuesto que tocaba el shakuhachi y que colgaba de una pared del despacho del abuelo. Mamá me ha mirado con los ojos bien abiertos. ¿Es posible que te acuerdes de aquella vieja pintura? Tu abuelo lo había recibido de su padre y decía que éste había conocido directamente al pintor en la corte de Edo. A mi no me sonaban nada los detalles y acaso tampoco hubiera recordado el cuadro de no ser por la serenata del danzarín.

Mamá se ha dejado llevar por la nostalgia. Se le nota enseguida. Dicen que era uno de los últimos y más importantes grabadores de su tiempo. El abuelo había trabajado de escribiente en una de las dependencias administrativas del último shogun. Debió recibirlo como regalo por parte de un potentado al que facilitó unas escrituras de propiedad. Te parecerá lejano y extraño, pero debes saber poco a poco cómo funcionan las cosas en este mundo.

La veía con ganas de darme consejos y lecciones. Suele decir que lo hace para que me sean útiles en la vida. Esta muletilla me molesta, pero es inevitable que me la repita con frecuencia, sobre todo desde que papá no está. Se queda así más a gusto. Mamá sospecha que las cosas no van a seguir de la misma manera cuando esta guerra termine. Y cuando se deja llevar por la incertidumbre entonces duda y calla.

Hoy tenía ganas de hablar. La ocasión brinda, como dice ella, sacar acontecimientos de la memoria. Puede que duren todavía los efectos relajantes del concierto del amanecer. Hay ciertas cosas que hay que tener claras, insistía. Y una importante es que la gente hace las cosas por obtener algo a cambio. Y si es posible en las mejores condiciones y para percibir el máximo posible. Ya sea por dinero o por bienes, porque nadie da nada por las buenas, y la generosidad es más propia de los que tienen algo que de los que carecen. Los que no tienen apenas son generosos, sólo saben compartir las miserias. Cuando habla así, lo hace con amargura. Entonces pierde fuerza y se apaga.

Pero la pintura del abuelo era muy hermosa, mamá. Si a mi me pagasen algún día con obras de ese estilo me daría por satisfecha. ¿Cómo dices que se llama esa manera de pintar?




(Fotografía de T. Enami)

domingo, 13 de febrero de 2011

Mi ojo / 23




El descanso semanal no nos vuelve dormilones. Era temprano cuando ha empezado a sonar una shakuhachi fuera de casa. Mamá y yo nos hemos mirado sorprendidas. Nos parecía que tenía algo de homenaje y hemos salido excitadas a ver. El danzarín estaba allí fuera en postura de loto, todo concentrado. No se ha apartado ni un instante de su melodía. Nos hemos sentado a la puerta de la casa, a pesar del relente.

No sé qué tiene esa flauta dulce que desata unos sonidos que te llevan y te traen, pero de manera muy flotante. Dicen los que saben que procede de antiguos maestros de la meditación. Y que si sigues su ritmo te embarcas en una navegación por tu interior que te aporta por una parte calma y por otra conocimiento de ti mismo. Mientras la hace sonar no le quito ojo al danzarín. Pero él permanece con los ojos entornados, casi cerrados. Mamá ha contraído también sus párpados y se ha abandonado a un despliegue de acordes cautivadores.

Yo no siento esta música tanto como ellos, debe ser cosa de los tiempos modernos que nos vuelven más despegados. Pero procuro mantenerme respetuosa. El danzarín lleva echado una especie de sobretodo que le protege del rocío de la mañana. Me recuerda una vieja y bella estampa que guardaba uno de mis abuelos en la ciudad. Se mantiene recto y casi parece que la flauta formara parte de su cuerpo. Pero a veces, al dejarse llevar por un soplido más fuerte alza los brazos al unísono. Sí, decididamente tiene tatuajes con máscaras del teatro antiguo. No en un brazo como yo creía, sino en los dos.

Me he quedado boquiabierta. Este hombre me parece una revelación. Es probable que el destino nos compense así de los designios fatales de la guerra.




(Ukiyo-e de Ichiyusai Kuniyoshi)

sábado, 12 de febrero de 2011

Mi ojo / 22


Hitomi se ha presentado de improviso. Mamá se ha emocionado tanto que no daba pie con bolo. Yo estaba a punto de partir para clase pero mamá no me ha dejado. Prefería que estuviera con mi hermana. Hitomi ha dicho que solo disponía del día. Le ha traído en coche un hombre elegante. Luego volverá a recogerla y se irán. No, no es mi novio, nos ha dicho enseguida. Solo el hermano de una amiga que tenía que hacer unas gestiones en una pequeña ciudad cercana y me ha venido bien aprovechar su viaje.

Mamá se ha sentido agradecida por su decisión. Luego la ha contemplado bastante rato y la ha piropeado. En efecto, Hitomi está guapa. Algo más delgada y me he fijado que, a pesar del colorete, no podía ocultar ciertas ojeras. Pero tiene buen tipo y se nota que lleva una vida a lo occidental. ¿Van vestidas como tú todas las mujeres en la ciudad?, la he preguntado. Claro que no, hermana. Las que trabajan en oficinas y en algunos comercios sí, pero luego hay un tipo de mujer tan tradicional como la que tenéis en el pueblo. Le brillaban extraordinariamente los ojos al responderme. En la empresa en la que trabajo hay de todo. Más refinadas si son contables o comerciales, pero las obreras son otra cosa, aunque quieras o no y a medida de sus posibilidades también se dejan influir por las modas. No sé por qué se sentía obligada a dar tantas explicaciones. Seguramente quería parecer convincente con nosotras. Después ha sonreído con generosidad, bien porque tratara de demostrar que está satisfecha de la vida que dice hacer o porque pretendía disimular.

Ha preguntado por papá, por los viejos amigos de la aldea movilizados, por la vida que llevamos. Era mamá quien se encargaba de responderla puntualmente. Mientras lo hacía y se enzarzaban en ese juego de preguntas y respuestas rápidas que mantienen quienes no se han visto desde hace tiempo, yo no he dejado de observarla. Tiene aplomo, se mueve con seguridad y delicadeza, y no se puede decir que al hablar demuestre que es tonta. Pero al escucharla una podría pensar que la guerra no existe. Naturalmente que hay escasez también en la ciudad, pero todo está muy organizado y, aunque los salarios no han subido los últimos años y el esfuerzo es superior, las autoridades intentan frenar la miseria. Me ha indignado un poco su manera de hablar. Cualquiera diría que ha cambiado de bando. Pero me he callado. No es cosa de darle un mal rato a mamá.

Cuando terminábamos de comer ha pasado por delante de la ventana el danzarín practicando alguno de sus ejercicios. ¿Y ese quién es?, ha preguntado Hitomi. Un espíritu, un loco, un ser que no tiene precio, un hombre libre, he contestado con energía. La salida audaz ha ahogado otras palabras mías. Y, sobre todo, las suyas.




(Fotografía Itou Kouichi)

viernes, 11 de febrero de 2011

Mi ojo / 21


Por fin llega una carta. Yo acababa de venir de la escuela. Tampoco es de Hitomi, y mira que lo siento, ha soltado Sugita el cartero con indiscreción. Mamá ha mirado el remite y se ha ido enseguida a su cuarto. No es de papá, ni de tu hermana, me ha dicho. Se ha quedado sola un buen rato. Cuando ha salido ha quemado la carta. Me he quedado mirándola. Ella ha debido darse cuenta de que no me movía y se ha justificado. Era de Michio. Para decir que está bien y en una ciudad importante. Que no nos preocupemos. He callado, he seguido esperando, no he pestañeado. Además agradece la ayuda que le prestamos. Que un día más y aquellos hombres hubieran dado con él. No entiendo que aquel supuesto monje hable en plural. Yo no hice nunca nada; fue mamá quien le ayudó, quien preparó su huída. Tal vez la que le procuró algo más que no alcanzo a comprender. ¿Eso es todo?, la he increpado. Si sólo dice eso, ¿por qué has quemado la carta enseguida? ¿Por qué no la has guardado como las del otro hombre?

Mamá se ha quedado paralizada, contemplando el crepitar del fuego. A mi me parecía que los caracteres de nuestro alfabeto se consumían en la agitación desigual de cada llamarada. Luego, ella ha añadido sin apartar la mirada de la quema: Deja que el mensaje se convierta en cenizas. Las cenizas no hablan, ni denuncian, ni arriesgan las vidas. Las cenizas preservan los recuerdos. Las cenizas nos protegen.

A mamá se le han puesto los ojos rojos. Debe ser por efecto del fuego.




(Fotografía de Itou Kouichi)

jueves, 10 de febrero de 2011

Mi ojo / 20



Me he despertado a medianoche. En sueños le he visto bailar. Me he visto bailando con él en sueños. Los dos saltábamos por los prados. Los dos recorríamos el vecindario. Mamá nos miraba y se ponía a bailar también. Él iba disfrazado, no se parecía al danzarín real. Se comportaba como actor. Clamaba, declamaba, nos convertía en público, nos arrastraba a la actuación. No dejaba de mirarme y de perseguirme. La agitación me ha arrancado de mi noche profunda. Entraban perfumes desde el jardín. He sentido un escalofrío. Me he recogido dentro del futón. Mis cabellos estaban revueltos. Mi piel me olía fuerte. Sentía amarrados mis músculos. Veía a este hombre delgaducho, ágil y burlón deambulando por el cuarto. No era el que corría por los campos y la aldea, junto al río y los caminos. Sino éste que mira, éste que habla, éste que sonríe. Lo veía al lado y me he tapado hasta las cejas. He tiritado, me he encogido, me he convulsionado, me he perdido.

Mamá duerme hondamente. El sueño me ha alcanzado inhalando el aroma de los jazmines.





(Fotografía de Eikoh Hosoe)

miércoles, 9 de febrero de 2011

Mi ojo / 19



El danzarín ha cenado de nuevo con nosotras. Me avergüenza que me mire tan fijamente. A veces hace una mueca y sonríe. Mamá ha estado recordando anécdotas de cuando mi hermana y yo éramos pequeñas. Él ha prestado mucha atención. Cuando ha recordado lo del gato ha estallado en unas carcajadas exageradas. No sé si porque le hacía tanta gracia o porque quería entrañarse más con nosotras.

Ha contado mamá: un día nuestro gato desapareció, así porque sí. Era un bobtail precioso, con una mancha en cada oreja. Mis hijas salieron como locas a buscarlo por los alrededores. No sé cuál de las dos estaba más furiosa, pero llorar solo lloró Hitomi. Ésta, por mi, en cambio, se contenía pero no paraba de registrarlo todo nerviosamente. Como no apareció ese día, a la mañana siguiente anduvimos preguntando por el caserío aislado y luego fuimos al pueblo, a ver si allí lo habían visto. Recorrimos un buen tramo de la ribera del arroyo y hasta nos acercamos al molino. No tuvimos suerte. Cuando tres días después ya le dábamos por perdido se presentó mi marido, que venía de la ciudad, con él en brazos. En el apeadero del ferrocarril, que está lejos de aquí, se lo habían encontrado dentro de una saca de correos, entre cartas y efectos postales. Nadie sabe cómo llegó a aquel costal, aunque hubo interpretaciones para todos los gustos. Y ni siquiera Sugita, el cartero, se libró de ellas.

Ya he dicho que nuestro amigo no ha parado de reír. Ha sido entonces cuando, no sé si por efecto de la risa o del sake o de una confianza que nos ha sorprendido y creo que hasta emocionado, ha hablado de manera coherente. Eso es que el gato se sentía carpa y quería transportar las cartas del corazón, ha dicho con una mordaz ironía. Además, de los gatos puedes esperarte cualquier cosa y, desde luego, ni se te ocurra pedirles su propio exterminio. En eso se diferencian mucho de los humanos. Tienen más agudeza en su instinto de supervivencia.

Me he quedado mirando su rostro asentado y firme. También hoy parecía otro, más otro si cabe. Cuando me he levantado para traer el té le he pillado observando mis movimientos.




(Fotografía de Itou Kouichi)

martes, 8 de febrero de 2011

Mi ojo / 18



No llegan buenas noticias de las hazañas de nuestras tropas. Pero ¿qué digo? ¿Por qué hablo así? Estoy hablando como hablan los del pueblo y las autoridades. ¿Desde cuándo me interesa esta guerra cruel de la que no cabe esperar ya sino miserias? Nuestras tropas…los hombres que las componen sí son nuestros hombres, pero las tropas…Mamá y yo hemos hablado bastante sobre este asunto. Es una manera de sentirnos más seguras. Por otra parte, ¿qué otra cosa podemos hacer, sino hablar y esperar? Y esperar, ¿qué? ¿El retorno de papá, si es que vive? ¿Juntarnos toda la familia de nuevo?

No acabas de acostumbrarte del todo. Llevamos años desde la invasión en el continente, y mi madre lo ha sufrido más que yo. Ha tenido que digerir de mala manera y durante largo tiempo algo que se nos ha obligado a aceptar. Mamá se pregunta hasta qué punto la guerra se nos impone. O si bien es que la gente lo acepta ciegamente. ¿Qué creían nuestros paisanos que era una guerra?, me dice con frecuencia. ¿Cómo han podido empeñarse en un sacrificio propio y ajeno justificándolo en el culto a una persona que de divina no tiene más que el nombre?

Hay más gente que tiene dudas, más gente que piensa de modo semejante a mamá. Pero rehúyen hablar del asunto en público. Mamá siempre ha hecho lo posible porque yo tuviera claro lo que estaba pasando. Ni siquiera cuando se fue papá tuvo un gesto patriótico, ni se puso del lado de los que le llevaban. Lloró de rabia. De rabia de quedarnos sin papá y de que se rompiera nuestra familia. De rabia porque no era una causa justa. Nunca es justo que entreguen a hombres y mujeres a invasiones, donde perjudican a otros y donde solamente se recoge sufrimiento, eso dice. Y eso me lo dice solamente a mí. Me ha repetido hasta la saciedad que sea prudente, que nuestras conversaciones son nuestras únicamente. Y bien aprendida tengo la lección.

Ella tiene una manera de pensar muy arriesgada. De sus tiempos juveniles le viene una rebeldía que sabe controlar, pero de la que no se ha librado. Ni ha querido. Si no piensas, suele comentarme, si no tienes ideas por ti misma, ¿a qué puedes aspirar? Y sin embargo, poco se puede hacer, sino aguantar. Esta soledad nuestra nos aplana. Nos une pero nos duele.

Corre brisa nocturna. Voy a correr la puerta.




(Fotografía de Yamasaki Ko-ji)

lunes, 7 de febrero de 2011

Mi ojo / 17



Le veo raro al danzarín estos últimos días. No tiene tantas ganas de saltar. Se sienta en el suelo de nuestro jardín sujetándose las manos con la cabeza. A veces se encasqueta el kasa, muy echado hacia adelante, y no se le ve la cara. Mamá dice: Este hombre está mustio desde que se fue el monje Michio. Mamá tiene olfato o sabe algo que los demás no sabemos. ¿Qué te hace pensar eso?, le espeto. El danzarín no es un personaje cualquiera, me sorprende mamá. Él y Michio hablaron mucho durante este tiempo de guerra. Tampoco el danzarín está libre de que las autoridades se interesen por él cuando menos se lo espera. Y él lo sabe.

Al igual que los paisajes del año cambian, así se modifican las vidas. Eso estoy comprobando. Y como las estaciones, de las que no se puede decir esta es más bella que aquella o esta es más interesante que la otra, porque todas cumplen su función y todas son hermosas, así sucede con los personajes que nos rodean. ¿No se esconden las estaciones una detrás de otra antes de manifestarse en todo su esplendor? ¿No aparentan llegar antes de tiempo o retardan su presencia? Algo así pasa con todos nosotros. En el pueblo solo queda la gente anciana, bastantes mujeres de edad y los niños. Y, según dicen, como este pueblo todos los demás pueblos del país han visto partir cada día a hombres jóvenes y maduros para un destino incomprensible. Se nos ha dicho hasta la saciedad que tiene que ser así por la patria. Pero la patria se está quedando vacía y no sabemos si quienes se han ido regresarán. O qué será de nosotros.

- Danzarín, ¿quieres cenar con nosotras esta noche? Hace bueno, sacaremos el mantel y nos colocaremos los tres en el suelo. Mamá ha preparado un yakisoba frito y unas tortas sabrosas que seguro que te gustarán. Ah, y habrá sake.

No ha respondido, pero se ha alzado el sombrero. Ha puesto una sonrisa amable y se ha colocado en una postura decorosa. He vuelto a verle el tatuaje. Mamá tiene que saber más de lo que cuenta.




(Eikoh Hosoe, fotografía)


domingo, 6 de febrero de 2011

Mi ojo / 16


Han transcurrido varios días desde la partida secreta del monje o de lo que fuera. Vistos los movimientos extraños de las últimas jornadas no estoy segura de nada. Suceden en la oscuridad de los días demasiadas cosas de difícil explicación. Ahora caigo en que jamás le he visto la cara. Siempre le divisábamos los chicos de lejos y nos parecía un anacoreta más, de esos que cunden en estos tiempos. Por otra parte, se nos advirtió que un hombre que se retira del mundo para buscarse a sí mismo no debe recibir visitas ni ser molestado. Así que el consejo lo llevamos siempre a rajatabla. El comportamiento de mamá respecto a él me parecía un acto de ayuda y de caridad. Tal vez su gesto de procurarle apoyo en su huída, porque fue una huída, era parte de esa bondad que mamá manifiesta siempre con los seres desasistidos o en peligro.

Quien tiene que conocer algo más es el danzarín. Hay quien dice que le ha visto parar por el refugio del monje, pero imposible saber más. Si el danzarín hablara, o mejor, si quisiera hablar. Pero ¿por qué iba a hacerlo con una niña? Aunque puede que con mamá lo hiciera. Mamá no le tiene demasiado aprecio, y prefiere que se mantenga a distancia. Tengo que decir a mamá que lo intente. El danzarín es ya parte del paisaje, a todos nos gusta saber que anda por ahí. Pero nadie quiere que se le meta en casa. Sin embargo, la gente del pueblo, y sobre todo los que vivimos apartados, le tenemos como algo más que un personaje solitario y que anda en otro mundo. Empieza a ser como un espíritu. Un ser que emana algo protector. Son cosas que dicen los aldeanos. Y más desde que el ermitaño se marchó. ¿Por qué las personas y los pueblos necesitan a veces alguien o algo que les dé seguridad, aunque sea un loco?




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

sábado, 5 de febrero de 2011

Mi ojo / 15


He cogido la caja de las carpas. Si mamá se entera no le gustará. Necesito leer de nuevo algunas cartas. No las de papá, que ya hemos leído con frecuencia entre las dos y nos las sabemos de memoria. Cuando he desplazado el separador, la parte inferior del estuche estaba casi vacía. Apenas había un sobre con unas facturas sobre algo que no entiendo, unos certificados de magisterio y varias fotos de donde vivió antes mamá que ya conocía. Una no. Una no estaba últimamente aquí. Es de un hombre joven y guapo, y tiene por detrás una dirección de Osaka-shi. Eso debe estar lejos de aquí. No sabría decir si es una fotografía de ahora, pero ¿cómo ha llegado hasta la caja china?

Las pisadas de mamá han sonado en el jardín. Rápidamente he cerrado la caja y justo me ha dado tiempo a meterla en el armario. Apenas me acababa de sentar a aparentar que estaba repasando los deberes cuando ha entrado. Llegaba agitada pero con aire de satisfacción.

- Michio se ha ido ya. Le llevé muda y un traje de papá. Se ha aseado, le he ayudado a cortarse los cabellos largos y a rasurarse. No tenía pinta alguna de anacoreta, parecía más bien un oficinista o un comerciante. Creo que así podrá pasar desapercibido. Ah, también le he dejado la cartera que tu padre llevaba para dar clases.

No he podido contenerme. Puede que papá no esté, pero dentro de mí continua y sus cosas me le recuerdan cada día.

- ¿Cómo has sido capaz de prestarle la cartera de papá? ¿Qué dirá cuando vuelva y no la encuentre? ¿Qué tiene ese hombre para que te preocupes por él de esa forma?

Mamá se ha quedado estupefacta y confusa. Ha permanecido callada y en tensión. Se ha ido a preparar algo de cena. No he dejado de pensar en la fotografía del hombre de cuidada barba que hay en la caja. Crece cada vez más esa sensación de que todo el mundo oculta algo. ¿Será también parte de esas conquistas que dice el Emperador que debemos consolidar por las tierras y los mares del continente? Todo se vuelve complicado y silencioso.





(Eikoh Hosoe, fotografía)

viernes, 4 de febrero de 2011

Mi ojo / 14


Salgo de casa para ir a la escuela y está allí. Plantado de espaldas en medio del camino. Escasamente abrigado, como es su costumbre. Si no me dejas pasar no llegaré, le he dicho. Él se ha girado bruscamente, yo he dado un salto hacia atrás. Ha emitido una especie de bufido. Y luego ha pronunciado unas palabras extrañas. Vosotros, ha dicho, vosotros, vosotros, vosotros no me reconoceréis. Y en la repetición de cada vosotros la entonación era diferente. Parecía dirigirse, señalando con un movimiento circular de su dedo, a un público imaginario.

Es la primera vez que he oído hablar al danzarín. Pero apenas he atendido sus palabras porque algo más sorprendente me ha deslumbrado. Su rostro, habitualmente descuidado, se había convertido en una máscara blanca y pulcra. Las patillas, las cejas y los labios resaltaban en colores negros y rojos. Si movía los músculos en un sentido parecía reír, si lo hacía en otro se diría que estaba apenado. Esa combinación rápida de sus gestos le daba una apariencia inquietante. ¿Era un desgraciado o un genio? ¿Un espíritu o un demonio? ¿Un loco o un cuerdo? ¿Era el danzarín o alguien que había tomado su cuerpo y su alma? Por vez primera he tenido una sensación de temor. No sé si debido a sus palabras enigmáticas o a aquella máscara perfecta que le daba otra apariencia. Se ha hecho delicadamente a un lado, sin dar volteretas ni botes como otras veces. Luego ha inclinado su cuerpo, lo ha encogido y se ha marchado hacia el río con un caminar pesado y ceremonioso repitiendo hacia los árboles, los pájaros y las casas de los campesinos vosotros, vosotros, vosotros…no me reconoceréis.

Al tomar la curva que lleva al pueblo he mirado para atrás. Le he visto hincado de rodillas, alzando una mano en señal de despedida y ofreciendo al cielo con la otra una pequeña anémona arrancada de un jardín.




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

jueves, 3 de febrero de 2011

Mi ojo / 13



Ha vuelto tarde e inquieta. Yo estaba amodorrada cuando entró con mala cara. Mañana te contaré, me ha dicho. Mamá no ha querido cenar. Es raro. Los días que ha estado con el monje se la ve radiante y hoy no es la misma. Se ha quedado callada un buen rato en su cuarto. Me he asomado y la luz del farolillo proyectaba en la pared una sombra desfigurada. Deben ser visiones mías. Me ha dicho que pasara.

Michio tiene que marcharse, dice. ¿Michio?, le contesto extrañada. Es la primera vez que le llama por este nombre. Sí, el sabio anacoreta, el monje, el hombre que no hace daño a nadie. No entiendo bien por qué despliega tantas calificaciones, pero lo dice con rabia. Unos funcionarios del gobierno andan preguntando en el pueblo por él. Si sigue aquí se juega la vida, me aclara mamá.

Es una novedad para mí. Y a la vez un enigma. No puedo entender por qué puede perseguirse a un hombre alejado del mundo. Alguien que dedica su vida a la búsqueda del camino recto. En el que solo hay bondad y meditación. Esta guerra ha complicado mucho nuestras vidas.




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

miércoles, 2 de febrero de 2011

Mi ojo / 12



No ha habido hoy clase. Sí concentración y ceremonia. Gran fiesta patriótica. Larga vida al Emperador y todo eso. Uniformes impecables, cánticos, un pequeño desfile, no somos muchos escolares. Luego, todos a casa. Hemos lanzado los ramos de crisantemos a lo alto. Risas y carreras. Me he entretenido jugando por el camino con Eisuke y Shinju. La buena de Umiko, que desde que perdió al hijo está más generosa con todos los chicos, nos ha regalado cerezas.

Cuando he llegado, mamá no estaba. Ya me había dicho que iría a llevar comida al monje ermitaño. Lo hace una vez a la semana. En el fondo, llevarle comida es la excusa. Yo le digo a mamá que si ese hombre santo se ha apartado de todo, del mundo, de la regla de su monasterio, no es para molestarle. El monje hace excepciones, dice mamá. Es extraño este monje. Nadie sabe en qué ciudad profesó. Al poco de comenzar la guerra apareció por aquí y levantó un pequeño refugio entre las rocas y el río. Se comporta como si fuera el fundador y habitante único de un monasterio. Hace su vida.

Mamá no es casi nada religiosa, aunque disimula. El culto a los antepasados debe llevarse en la gratitud y en la memoria, dice mamá. Considera que la condición de un ermitaño vale más que las creencias en los dioses. Ella dice que lo que busca en él es al hombre que sabe y que aporta quietud al espíritu. Por otra parte, no tengo una idea clara de lo que hablan entre ellos. Ni de qué manera apacigua el alma. Mamá apenas me cuenta. Pero siempre regresa contenta.

martes, 1 de febrero de 2011

Mi ojo / 11



Qué pesadilla la de esta noche. Me hallaba a la orilla del río. Brincaba de acá para allá como el danzarín, despreocupada y eufórica. No sé por qué. La corriente era muy rápida. El agua se estrellaba contra los peñascos y me salpicaba el vestido. Algunos peces hacían cabriolas, saliendo fuera del agua y sumergiéndose de nuevo. En los remansos había otros peces que zigzagueaban sin elevarse a la superficie. Me quedaba sentada contemplando la agitación de unos y la quietud de otros. Una muchacha se acercó silenciosamente a la ribera. Llevaba un vestido de ceremonial como las geishas y un cesto de mimbre. Ignorando mi presencia aprovechaba el salto de un pez para depositar una carta en su boca. Cuando otro pez tomaba el relevo del anterior ella cogía del cesto una nueva carta y se la colocaba en la vertical para que de una pirueta agilísima la engullera. Siguió un rato con la misma tarea. Me aproximé hasta donde se encontraba ella para ver mejor. La chica continuaba sacando cartas del cesto y entonces me fijé que cada una era de un color. A este pez le entregaba una carta rosa, al otro una azul, al de más allá una anaranjada. Los peces iban con la corriente y la chica desde la orilla hacía lo mismo. La acompañé y me intrigaba tanto que la pregunté por qué lo hacía. ¿No lo sabes?, me dijo ella. Pues no, le contesté. Son las cartas que los amantes se envían entre ellos a través de las carpas, me aclaró. ¿Y llegan?, insistí. Eso no se sabe, pero hay que enviarlas. El que no las pone en el vientre de una carpa no tiene garantizada que llegue a su destinatario. Y si no le llega, ¿cómo van a mantener su amor? Según avanzábamos, el río se iba precipitando hacia una cascada desigual y escabrosa. El agua caía por oquedades cada vez más peligrosas. Las carpas seguían el mismo camino y la chica se afanaba en proseguir su misión. De pronto dio un traspié con su pomposo vestido y se cayó a la corriente. Me quedé sola en la orilla con el cesto. Y entonces le gritaba, ¿qué hago yo ahora, qué hago?

Mamá me despertó en ese instante y permanecí muda. Se asustó un poco porque tardaba en espabilar. Tengo que volver a leer la leyenda que viene de China. Allí deben de saber mucho.





(Fotografía de Eikoh Hosoe)

lunes, 31 de enero de 2011

Mi ojo / 10



Me he puesto furiosa al recibir el último paquete de Hitomi. ¿Por qué tiene que mandarlos ahora con tanta frecuencia? Podemos vivir con poco y la ropa y los perfumes que nos envía no sirven de mucho en este lugar olvidado. Mamá no dice nada porque cree que no debemos ser ingratos. Tu hermana tiene buena intención, dice mamá. ¿Es generosidad o estos gestos de Hitomi son sólo mala conciencia? ¿Cuántos hombres la han pagado para que ella se empeñe en seguir comprando cosas que luego vamos a meter en un armario? Sí, soy mala. Mamá no sabe lo que yo sé. No sé qué pensaría ella si lo supiera. Son tiempos de escasez y cualquier cosa lleva a la gente a hacer la vista gorda. Pero conozco a mamá. Ella no aprobaría la vida de Hitomi. Que está trabajando en una fábrica de uniformes para el ejército. Eso dice. Pero las cosas se saben. Un chico de la escuela, Yoshiro, me dijo hace poco que su hermano mayor que es militar había visto a mi hermana en la ciudad. Que había pasado por un bar donde se juntan varias mujeres y ella lo había reconocido. No le dejé que me contara más. Yo había pensado que las desgracias de la guerra estaban allá donde los hombres se matan. Pero veo que la guerra no trae nada bueno para nadie, ni en los frentes ni en la retaguardia. Es curioso. Mamá tampoco ha mostrado interés por abrir el último paquete. Éste se ha quedado en un rincón.

Cuando he acabado los deberes de hoy nos hemos puesto las dos a cenar. Ella me ha mirado con mucha dulzura. Luego hemos contado anécdotas. De mi escuela y de los tiempos de la suya. Nos hemos reído mucho.




(Fotografía de Katsumi Watanabe)

domingo, 30 de enero de 2011

Mi ojo / 9



No puedo quitármelo de la cabeza. ¿Qué le escribirá mamá a ese hombre de la isla del Pacífico? Es lo que más me intriga, más que saber de quién puede tratarse. Con ser bonitas las cosas que él le dice en sus cartas, de lo que me muero de ganas es de saber con qué palabras le corresponderá ella. No lo sabré nunca, y tal vez no importe. Hace tiempo que tampoco recibe noticias suyas. Es como si el correo de todos los frentes se hubiera paralizado. ¿Qué está ocurriendo?

No hay manera de concentrarme en los deberes de la escuela cuando pienso cosas así. El día es más templado y está la ventana abierta de par en par. De pronto he tenido un susto y el trabajo de caligrafía se me ha emborronado. El danzarín se ha plantado delante. No ha hecho ruido, pero ha ocupado todo el hueco de la ventana. Ha apoyado sus brazos en el alféizar descaradamente. Jamás le había visto tan cerca. No me importa su presencia, pero me quita luz. Creo que espera que le diga algo. Pero me apetece ignorarle. Tampoco él cambia de postura. Parece otro. Como me sorprende su apacible quietud, le miro con disimulo pero con atención. Sí, es otro, sin duda. No logro seguir con las tareas. Al fin, me rindo y me dirijo a él.

- ¿Tienes idea de por qué hace tanto que no llegan cartas, quiero decir carta de papá, danzarín? Estamos inquietas y no sabemos con quién hablar, puesto que el alcalde tampoco sabe nada, y los del puesto de policía son unos inútiles.

Muy despacio, se ha ido poniendo recto y se ha encogido de hombros tímidamente. Al incorporarse le he visto un tatuaje en la parte interior del brazo. Es un kanji, uno de esos pictogramas como los que hay pintados en los abanicos del teatro Kabuki. Se ha dado cuenta de que miraba su brazo y ha reaccionado como si se sintiera descubierto. Ha dado una voltereta y visto y no visto.




(Fotografía de Daido Moriyama)

sábado, 29 de enero de 2011

Mi ojo / 8



Mamá guarda las cartas de papá en una caja con tapas lacadas. Es una caja muy bonita, de mediano tamaño, traída de China por un tío de mi madre al principio de la invasión. Tiene en sus laterales unas figuras incrustadas que representan carpas saltando sobre un río. Interiormente dispone de dos pisos. Cuando mamá la coge y la deja lo hace cuidosamente, como un ritual. Luego mete la caja en la alacena que hay en su cuarto. Dentro de la caja, pero apartadas por el separador interior, tiene también unas pocas cartas enviadas por otro hombre desde una región lejana de Asia. He buscado el lugar en un atlas y se trata de una extensa isla perdida en el sur del océano.

Ella no sabe que he mirado el interior de la caja. O probablemente sí, y acaso confíe en que no voy a decir ni mu. Pero mamá me conoce y puede que haya previsto que en cualquier momento le pregunte algo. No lo voy a hacer. Si lo hiciese ella podría tomar otras medidas y yo dejaría de leer aquellas cartas. Las cartas de papá las leemos siempre entre las dos cuando llegan. Así que después no tengo demasiado interés en volver a llorar sola. Las cartas del otro hombre tienen una caligrafía más hermosa que la de papá. Y eso que a papá siempre se le dio muy bien trazar los pictogramas. Pero estos otros son más finos y, a la vez, más firmes. Al leerlos verticalmente te parece que van a vincularse unos con otros. Esto hace que el texto suene de una manera embriagadora. Escribe poesía también, sobre todo haikus y tankas. Me ha impresionado mucho uno que dice:

Aquí perdido
Encuentro tu sonrisa
Si me olvidas
Moriré dos veces
Si me invocas me salvas

¿Por qué tengo que llorar yo también por dos hombres?




(Pintura china con motivos de carpas del Museo Oriental de Valladolid)

viernes, 28 de enero de 2011

Mi ojo / 7


El abuelo de Eisuke tiene un taller cochambroso donde repara bicicletas. Nos ha prestado una a su nieto y otra a mí y nos hemos acercado los dos hasta el viejo molino. A nadie le cae bien el molinero. La gente dice que es arisco y que tiene antipatía por los niños. Cuando su mujer vivía con él no era de esa manera, dicen. Pero un día su mujer le dejó plantado por un suboficial de la compañía que estuvo haciendo maniobras por la zona y a él le cambió el humor. La gente le juzga a la ligera por su carácter, pero ¿quién puede afirmar que haya cometido falta alguna?

Hemos llegado sin hacer ruido, bajándonos de la bici y aproximándonos a pie. Era una novedad para mí merodear por la casita y ver cómo un pequeño ramal del río se desvía para meterse por debajo del molino.

- Sois decididos, chicos. Nadie viene por aquí como no sea para que le muela el grano. Me pagan, mal pero me pagan, y se van.

El viejo Gonkuro estaba sentado en un banzo bebiendo sake y hurgándose la nariz. Al ver nuestro gesto de echar mano al manillar y poner un pie en el pedal, rebajó el tono quejoso de su voz.

- No, no os marchéis. Mirad las riberas del río, podéis contemplar libremente su curso y el paso de los patos que vienen de más arriba. Recoged moras y flores si queréis. La naturaleza no debería ser propiedad de nadie. Yo nunca he tenido nada. Ni siquiera el molino es mío. Yo solo soy dueño de mi soledad y de mi miseria.

Me impresionó su aplomo calmo y su dolorida resignación. ¿Éste era el molinero al que tanto despreciaban y temían los aldeanos? Eisuke me miraba con ojos de espanto, pero no pude contenerme.

- Díganos, Gonkuro, ¿dónde han ido a parar los hombres de este pueblo?

El molinero puso cara de asombro. Las facciones se le relajaron. Hasta me pareció que había una pinta de alegría entre sus arrugas. Echó una carcajada interminable y se metió en la casa. Le oí decir entre dientes: Maldita chica. ¿No sabes que preguntar en estos tiempos es una maldición?





(Fotografía de Eikoh Hosoe)


jueves, 27 de enero de 2011

Mi ojo / 6



Cuando la radio habla de las conquistas de nuestros soldados, mamá se pone a llorar. Ella no entiende que los hombres tengan que ir forzados a lugares extraños a jugarse la vida. Y cuando está rabiosa dice que de allí no vuelven. Yo sé que lo que dice no es pensando sólo en papá. Un día recibió una carta de una isla lejana y no era de papá. Estuvo mucho rato callada y se marchó a la huerta. Al volver tenía la cara rígida y la encontré triste.

Algunas veces me explica a su manera lo de la guerra. Me cuesta entenderla pero la creo. Los chicos del pueblo defienden las invasiones, alardean de los combates de nuestras tropas, bendicen al emperador. Yo nunca sé qué decirles. Mamá me ha dicho que no tenga opinión, que les diga que sí con la cabeza a todo.

- ¿Tú sabes qué es una conquista, danzarín?

Mi amigo el danzarín se detiene entonces, se agacha y permanece en cuclillas dispuesto a escucharme. Ha abierto tanto los ojos que me da miedo.

- Dime, ya que recorres la aldea y los caminos, ¿tú sabes dónde está mi padre? ¿Dónde han ido el hijo del barquero, y el adoptado por el carpintero, y los gemelos del forjador, y la hija enfermera de la viuda que vive en la última casa?

No va a contestar, pero noto su estremecimiento. Su pecho se comprime, veo sus ojos llorosos. Aprieta los puños, tanto que se debe estar clavando las uñas. Se pone de pie, abre las manos, las levanta y me muestra sus palmas, arañadas, sangrantes. Hace bailar sus dedos largos y delicados. No comprendo su mirada, casi velada, ausente. Enseguida salta y se pierde.




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

miércoles, 26 de enero de 2011

Mi ojo / 5


Mamá. La guerra le ha quitado a papá. ¿Se lo ha quitado? No estoy segura. A mí sí me lo quitó. Mamá no es como el resto. No es de las que dice sí con facilidad. La tradición se estrellaba con ella. Tampoco su marido es tradicional. Ambos procedían de una ciudad mediana. El mundo rural fue una novedad y no tuvieron más remedio que aceptarlo. La condición de ser maestros lleva consigo desplazamientos y sacrificios. Aunque los dos habían ejercido la misma profesión antes de venir a parar a este pueblo la plaza era un destino exclusivo de mi padre. Ella le siguió. No podía elegir. ¿O pudo hacerlo, pero no se atrevió? Hasta ahí ella dijo sí. Sólo hasta ahí.

Mamá. Renunciando desde el primer día a otras cosas. ¿Sería por esa causa por la que se dejó llevar y no dudó en tener hijos? ¿Qué podía hacer en un lugar apartado de sus orígenes? Acaso esperar. Esperar a que los ciclos resolvieran. Esperar una señal. Esperar un acontecimiento. Ningún reproche por mi parte. Volcó en nosotras todo el esfuerzo y cariño que ni ella misma sospechaba que tenía. Y sobre todo desató su imaginación. No quería que fuéramos unas alumnas más de la escuela de su marido ni unas chicas rurales.




(Fotografía de Roman Loranc)

martes, 25 de enero de 2011

Mi ojo / 4


Esta mañana ha aparecido Sugita, el cartero, eufórico. Ha subido la cuesta con una mano en el manillar y exhibiendo un paquete voluminoso en la otra.

- Casi atropello a tu amigo el danzarín, chica.

- No es mi amigo, Sugita. Es sólo un hombre que busca estar en alguna parte pero no lo consigue.

El empeño de su malabarismo desenfadado casi le cuesta una caída. Voy corriendo hacia él. Echa un pie a tierra y juega a darme y no darme el paquete. Mi madre mira desde la ventana de casa con un gesto de alegría congelada. No, no es de papá, le grito. Papá estaría, en todo caso, para recibir, no para enviar, pienso. Donde él está lo único que podría remitirnos son señales de que sobrevive.

Sugita, el cartero, nos trae un nuevo obsequio de mi hermana Hitomi. Mi hermana envía regularmente alguna cosa desde la ciudad. Sugita está siempre encantado de hacérnoslo llegar. Sugita tiene que recorrer todos los días varias aldeas y despoblados para repartir la correspondencia. Tuvo suerte de que no le movilizaran. Su miopía acusada le salvó de la leva. Así que presta su servicio particular con tanto entusiasmo como los soldados, y no es menos delicada su tarea, qué va. Traer cada día noticias buenas y malas, si es que de los frentes de batalla puede llegar algo bueno, le hace tan importante para los pobladores del valle como lo que puedan estar haciendo por esos mundos las tropas del emperador.

El cartero salió con Hitomi durante un tiempo. Pero ella no soportaba el ambiente del pueblo y creo que tampoco se encontraba a gusto con nosotras. Para ella Sugita fue un chico más. Al poco de partir papá Hitomi se marchó a la ciudad. Allí hay muchas posibilidades para trabajar en lo que quieras, y no te mueres de asco, nos dijo tratando de persuadirnos y de aliviar nuestra tristeza. Sugita sigue creyendo que va a volver, incluso más rica y más guapa. Yo sé que Hitomi no volverá nunca. Ha probado el sabor del dinero fácil.




(Fotografía de Nobuyoshi Araki)

lunes, 24 de enero de 2011

Mi ojo / 3



- Eh, danzarín, ¿no vas a parar nunca?

No pude evitar decírselo, aun temiendo provocarle. Pero se detuvo. Por un instante me miró fijamente. Los ojos no parecían los de un loco. Las cejas y la barba, escasa pero descuidada, no dejaban ver bien sus facciones. Pero aquella mirada no era como la de otras veces. De pronto pareció atacarle un enemigo invisible, comenzó a gesticular contra el aire, se giró y desapareció tras un recodo del camino que va hacia la vieja fábrica abandonada.

No se sabe si lo que le pasa es de nacimiento. En la aldea nadie le conocía. Un día apareció y como no se mete con ningún vecino tampoco nadie la tiene cogida con él. Cómo subsiste es un misterio. Algunos comentan que se refugia en un roquedal junto a la garganta del río. Otro dicen que lo acogió por bondad Gonkuro, el molinero huraño que vive apartado del pueblo. Al caer la tarde desaparece y ni rastro de él. Aunque algunas noches de tormenta se escucha en el fondo del valle el eco de unos gritos de desgarro. Si es el danzarín o son imaginaciones de la gente nadie lo ha corroborado. Pero entonces mamá, que es muy sensible, se desvela y se tapa los oídos. Ella dice ese maldito tonto me saca de quicio, pero creo que más bien aquellos alaridos le hacen sentirse inquieta.




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

domingo, 23 de enero de 2011

Mi ojo / 2


Hoy, cuando ha pasado el cartero camino de la aldea, tampoco ha parado en nuestra casa. Ha mirado de lado y ha hecho un quiebro sin detener la bicicleta. Me ha parecido que enarcaba las cejas, como diciendo lo siento. Mamá estaba regando las azaleas y ha abandonado por un momento la labor. Se ha quedado de pie y nos hemos mirado a distancia. Ella ya no se agita como durante los primeros días en que nos extrañaba la falta de correo. Nos estamos acostumbrando a la ausencia de noticias de papá. Como tampoco otros vecinos saben nada de sus familiares movilizados nos arropamos y unimos el destino de unos con el de los otros. Tampoco tenemos claro si es mejor saber algo o no saber nada. Algunos, como la buena de Umiko o el viejo Kento, tuvieron informaciones fatales. A nosotras, a pesar de la falta de correo al menos nos queda la esperanza. La última carta de papá es de hace meses y no parecía estar pasándolo muy bien en aquella isla tan lejana de la que nadie había oído hablar antes. Voy a dejar mi tarea y a echar una mano a mamá. Las peonías no están muy lozanas y ella se ha quedado inmóvil, sin reaccionar. Me da la impresión de que hoy me necesita.



(Fotografía de Eikoh Hosoe)

sábado, 22 de enero de 2011

Mi ojo


Le veo correr todas las mañanas. Cuando me levanto él está ahí. Sube y baja los prados que hay junto a la casa. Va casi desnudo. Da igual la temperatura que haga. A veces se para delante de mi ventana a esperar a que yo aparezca. Cuando descorro la persiana alza los dos brazos con energía, masculla un grito agudo, se da la vuelta y vuelve a pegar saltos. Luego se va. Al oir la campana del monje anacoreta que vive más abajo echa a correr en aquella dirección. Mamá a veces le ofrece té. En ocasiones no cesa de andar por nuestro huerto y a sortear el pozo. Pero mamá se enfada si pisa los tomates y los nabos. Entonces mamá rezonga y le espanta. Le echaría de menos si un día no apareciera. Estoy acostumbrada a verle y creo que casi todos los días quiere decirme algo. Pero siempre se mantiene a distancia. Imparable. Lo suyo es una condena a danzar perpetuamente.



(Fotografía de Eikoh Hosoe)

jueves, 20 de enero de 2011

Martirio vencido


Es la hora del cumplimiento del castigo. Sin contemplaciones. La turba mira, se tensa, vibra, exige. ¿Por qué la ejecución de la pena demanda siempre la presencia de espectadores? ¿Tan débiles son los legisladores que necesitan el refrendo de la chusma? El aire, detenido. Cesan los murmullos. Suena un silbido visceral por encima de todas las cabezas. Se vacía el carcaj de sombras. Pero las armas se desactivan antes de dar en la diana. Los arqueros no comprenden. La amazona de nieve se distiende y desvía el ataque. Nada le roza. Nada le vence. Nada le cambia. Serena desnudez. Su ausencia de aflicción desarma a los verdugos. La condenada exhibe una seguridad apacible. No ha reconocido culpa alguna. La que debía morir no muere. Concentra sus fuerzas en un leve y orgulloso escorzo. Toca el arbusto y lo nombra. Lo acaricia y le habla. ¿Qué le transmite? ¿O qué toma de él? No admite jueces ni sayones. Expuesta a mil saetas no perece. Extensión del gesto. No traza con sus brazos y sus piernas una cruz sino que brinda por el cuerpo y lo erige como templo. La cruz fue inventada para negar el cuerpo. ¿Qué mayor silencio del cuerpo que quitar la vida? ¿Qué mayor triunfo de la vida que defender el cuerpo? Coraza de empecinada resistencia. Extinción del martirio. Los agresores se vienen abajo. Los soldados huyen. La ley quiebra. Los sacerdotes se esconden. Lo frágil no es la luz.




(Fotografía de Diana Blok)

miércoles, 19 de enero de 2011

El kamikaze esteta


"...La escenificación final de nuestro jefe Yukio en Ichigaya no fue la única. Pero sí la que le llevaría a la consagración definitiva. Lo descubrimos tras su muerte. Obsesionado por el Bushido, como todos los que le seguimos en aquella aventura descabellada, su imagen final no fue sino la gran puesta en escena de las ficciones que él había vivido anteriormente.

Unas fotografías suyas nos descubrieron que había interpretado el papel de uno de los santos del cristianismo más espectaculares. Un individuo que se exhibía en su propia agonía, manifestando un desafío no tanto a sus perseguidores como al sufrimiento. Alguien que contemplaba su propio sacrificio con una especie de deleite inexplicable y extraño. Los que no habíamos oído hablar nunca del soldado romano que se dejó contagiar por la fe de moda en su tiempo no entendíamos bien la representación de Yukio. Sólo cuando algunos miembros de la secta occidental nos explicaron lo del martirio del romano, mostrándonos imágenes de diversas épocas, comprendimos que aquel mártir antiguo debió ser un personaje con dotes de actor.

También nos dimos cuenta, o tal vez ya lo habíamos observado pero no queríamos hablar de ello obnubilados como estábamos en su juego, de que Mishima llevaba un actor dentro y también un hombre que no lograba sentirse a gusto dentro de sí y que le torturaba. Acaso por ello necesitaba puestas en escena que obraran purificadoramente sobre su alma ardiente.

Ni él ni nosotros podíamos escapar a la cada vez más influyente cultura occidental, tras el desastre del Imperio del Sol. Pero ahora, cuando tanto tiempo ha pasado, vamos comprendiendo que un hombre no representa lo que hay fuera de él por simple capricho. Ni por imitación, ni por emulación alguna. Los hombres que representan en la ficción papeles que el destino les tiene reservados a otros en la realidad lo hacen porque necesitan ratificarse sobre su propio pasado insalvable.


No conocí a Yukio de joven, evidentemente, pero algunos familiares que sobrevivieron a las miserias de la guerra me contaron que era un adolescente enclenque e inquieto. En qué momento empezó a representar su papel y a ejercer otro rostro, no podré saberlo nunca. Tampoco le llegué a tratar sino en la etapa final de sus devaneos y sus propuestas épicas. De no haber escrito vertiginosamente durante años, Yukio hubiera sido otro, sin lugar a dudas. Pero no sabremos jamás si mejor o peor, si más satisfecho o más hambriento con su existencia..."



( Relato apócrifo de Haru Oshio, superviviente del grupo de los Tatenokai. Fotografías representando a Yukio Mishima como San Sebastián)





domingo, 16 de enero de 2011

¿Sólo vacío?


La entrada anterior era el homenaje particular del hombre a los vencidos. Siempre le atrajeron con enorme fascinación las causas perdidas, aunque se hubieran producido a siglos de tiempo y a miles de kilómetros de distancia. Debe ser por su propia conciencia de la ubicación personal. Y siempre le indignaron las circunstancias y las derrotas. Pero necesita decirse, para relajar su tensión interpretativa de los hechos, que aquello es ya pasado. Sin embargo ciertos acontecimientos le hablan como si el pasado volviera. De momento envuelto en sombras y en claroscuros. Lee en la prensa las cesiones y concesiones de los obreros y empleados en Nissan en Barcelona y en Fiat en Turín y entonces el pasado revive. Lee sobre la división tajante entre sectores de los mismos obreros. Lee sobre promesas de las empresas, que vaya usted a saber si serán cumplidas. Lee sobre el precio de la propia condición. ¿Qué hay dentro del pecho de los trabajadores? El hombre se aterra al ver en las entrañas del individuo -del ser, del trabajador, del hombre- un espacio tan vacío. Cuidado: si el vacío no es ocupado por una conciencia acaba siendo ocupado por un monstruo. El hombre arroja asqueado el periódico y se palpa el alma.



(La composición fotográfica es de Michael Macku)

sábado, 15 de enero de 2011

El orden reinó en Berlín


Noventa y dos años después del crimen, necesito mirar de nuevo el grabado que Käthe Kollwitz hizo sobre el velatorio del cadáver de Karl Liebknecht . Los hombres, las mujeres, los kameraden, están espantados, sobrecogidos, atónitos. No se lo pueden creer. O empiezan a creer que todo va a ser posible contra ellos. Los rostros rudos expresan pérdida del ánimo. Las miradas se tornan perplejidad. La rabia está contenida. Es el instante del homenaje. La miseria late tras ellos. La apuesta por el futuro se tambalea. El filo de la represión y el odio de clases va a tomarse la revancha con ellos. Uno de sus líderes yace y, probablemente, con él queda sentenciado un proyecto liberador. Después, vendrán más caídos. En una fila interminable.

¿Un mero acontecimiento de la política interior de un país en un momento crucial de su historia? ¿Una señal para navegantes con pretensiones radicales en el futuro? La alevosa muerte de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht el 15 de enero de 1919 no ha quedado solo en los anales de la historia alemana. Es también un símbolo de las revoluciones frustradas. Mejor dicho, abortadas en origen por los que no pueden jamás aceptar la libertad. Entiendo que para mucha gente ese capítulo de la historia de los trabajadores sea desconocido, ignorado o simplemente permanezca olvidado. Lo terrible fue que el inductor de aquel asesinato de los espartaquistas se tratara del SPD, la socialdemocracia alemana. Uno tiembla al pensar en las barbaridades que pueden estar dispuestos a cometer quienes hablan en nombre de los trabajadores y llevan a cabo políticas de derechas. Menuda lección la de hace noventa y dos años. Menudo precedente. Menudo fiasco.




(Ambos grabados son obra de Käthe Kollwitz. El de abajo es su autorretrato sufriente)

viernes, 14 de enero de 2011

La espiral del caracol


Los símbolos existen para representar las ancestrales búsquedas humanas. Para afirmar las tendencias en el vínculo hombre y naturaleza. Alguien ha sido más explícito en las paredes de mi ciudad. Y ha infringido la ley del símbolo. O ha convertido éste en evidencia. Más que nunca, la espiral encierra el sentido del hombre atrapado en su dinámica. El caracol es nuestra obviedad. Nada más que decir.

miércoles, 12 de enero de 2011

La galleta


El mundo en una galleta. Algunos angustiándonos y tratándonos de aliviarnos alternativamente. Pasajeramente. Encarando una catarata de acontecimientos cotidianos. Haciendo frente a desajustes. Tentando la suerte de las decisiones. Echando un pulso con el azar. Esforzándonos por la subsistencia. Dejándonos acoger por la caricia de las palabras leídas. Y para otros su mundo en una galleta. Simplemente. De pronto me veo así. Me quiero ver de esta manera. Por un instante me siento sujetado, elevado sobre el paisaje humano, protegido, libre de responsabilidades, con todas las posibilidades por delante, entregado a la delicia de un alimento menor. Pregunta tonta, pero curiosa: ¿cuánto tiene de nutrición y cuánto de entretenimiento una galleta? Me entrego a la ficción de verme volviendo a empezar. Pero me falta imaginación. Empezar de nuevo, ¿para qué? ¿Para repetir los ciclos? ¿Para volver a conocer lo conocido? ¿Para arriesgarme a que podría ser peor? No. Estoy donde estoy, suficiente. No pienso jugar con Dios a los dados; Dios siempre fue un jugador tramposo. Tengo claro en qué parte del universo me hallo. Tomo ejemplo de la niña. Me voy a la caja de galletas y cojo una. Está rica. Buenas noches.

martes, 11 de enero de 2011

Sobre las migraciones actuales


Perdida en su propia vorágine, la humanidad perdió hace tiempo también su nombre. Lo recordaba hoy al ver cierto programa sobre la Segunda Guerra Mundial, bastante flojo y reduccionista por cierto, pero el valor de cuyas imágenes me han servido para congelarme una vez más lo que permanezca de esencia ¿humana? dentro de mí todavía.

Y es que se habla, a toro pasado, de los grandes conflictos del planeta y de sus secuelas miserables en precio de vidas y muertes. Pero se habla menos, en el día a día, de los entresijos de las condiciones de vida de los pobladores y de la corrupción instalada en las alturas de los gobiernos y de los negocios despiadados de las corporaciones transnacionales. Se habla, sí, algo en plan noticia breve, sin prime time y condenadas las noticias a durar un par de días. Las informaciones reveladas por Wikileaks sacan a relucir las aberraciones de muchos de estos vínculos poder político / poder industrial y comercial. De ficción, nada de nada. Y todos, tragando.

Pensaba también en el repugnante ascenso demagógico de personajillos como cierto ciudadano catalán que citan en los blogs Grito de lobos y El far de Maians. Y como ése hay bastantes más, muchos en la oscuridad cobarde de sus anonimatos, otros respaldándoles con sus votos, la mayoría canalizados por un partido mayoritario. No me quiero enrollar, simplemente traer aquí un par de vídeos de un adalid de las causas pacifistas, el activista por la justicia social Arcadi Oliveres, a quien tuve el gusto de conocer hace bastantes años (qué lejos queda la campaña anti-Otan de 1986, ¿verdad?) Son parte de una intervención oral, servida con el desparpajo e ironía característicos de Arcadi, sobre las migraciones modernas, en un intento más por desmitificar y rebatir tópicos y demagogias. Lo siento, hoy toca indignación. Y no precisamente onírica.


(Fotomontaje. Grete Stern)









jueves, 6 de enero de 2011

La niña y la serpiente (sueño)




En el sueño hay una niña que da de comer a una serpiente. La niña la sujeta sobre su regazo. La piel del animal es un dibujo de losanges brillantes. La niña peina de vez en cuando las escamas de la serpiente con sus deditos. El reptil permanece impasible, como es costumbre, pero la niña sabe que está muy atento a sus caricias. La niña le pone en la mano algunos bichitos y la lengua ágil de la serpiente los atrapa en un visto y no visto. A la niña le produce cosquillas el leve lametón del animal y retira la mano deprisa. Cuando queda libre la mano con la que nutre a la serpiente la niña se pone a contar las escamas de la piel. En el sueño la niña mira absorta el agua del arroyo que hay a sus pies. Las aguas del río no se mueven, como tampoco la serpiente se altera. La niña siente el peso de la serpiente sobre su cuerpecito, pero no la teme. Además la está cogiendo cariño y por nada del mundo quiere que el animal se ponga en acción y la deje plantada. Hay pájaros sobre las ramas de los árboles de la orilla del río, pero parecen dormidos. Al rascar la piel del reptil la niña siente una sensación rijosa. Se estremece pero no rehúye la sensación. Le da gusto pasar la mano por aquella superficie de la que apenas logra abarcar un tramo. La niña ve cómo una rata de agua salta desde su covacha al río. Al caer no se oye chapoteo alguno. La rata, en lugar de deslizarse a través de la corriente, se hunde en la oscuridad de la ciénaga. En el sueño no corre el aire y tampoco llegan sonidos de animales. Sin embargo, la niña advierte ojos que escudriñan tras el ramaje del bosque bajo. Bandadas de insignificantes insectos aparecen de vez en cuando en torno a la niña y a la serpiente. La lengua doble del reptil se agita hasta hacerse con varios de esos diminutos seres y todo permanece parado de nuevo. La niña se queda absorta contemplando la agilidad de la serpiente para cazar el alimento. Ahora la niña siente que la serpiente se mueve y cambia ligeramente de posición. Coloca más cerca de la niña otra zona del largo recorrido de su cuerpo para que la mano de la criatura siga arañando sus escamas. Es un arte contar las innumerables escamas de una serpiente viva y no se sabe de nadie que lo haya logrado de forma táctil. Hay que tener mucha paciencia y hasta un método. La niña tiene ambos recursos. La calma y el calor que la niña transmite al animal son el secreto del arte de la niña. En el sueño, mientras la piel de la serpiente es restregada por las manitas de la niña, la niña le canta una nana al animal. La niña no se sabe todas las nanas, pero canta aquellas que recuerda y se inventa otras. La serpiente no conoce ninguna, pero escucha con aparente impasibilidad la voz arrulladora de la niña. La serpiente no está acostumbrada a que le canten nanas. La niña cree que a causa de su voz envolvente y de la calidez de las caricias la serpiente se está durmiendo. Pero nadie sabe bien nunca cuándo duerme una serpiente. El animal se encuentra tan mimado que, de haber llegado alguien en ese momento a molestar a la niña, hubiera saltado como un guardaespaldas. En el sueño se produce un instante de pánico en que la niña va a cambiar de postura porque se le ha dormido una pierna y no encuentra una parte de su cuerpo. Medio torso, una de las piernas y un brazo no aparecen por ningún lado. La niña mira fijamente a los ojos de la serpiente y la serpiente también mira a los ojos de la niña. La niña exige una respuesta a la serpiente. La niña vence con su mirada a la mirada del animal y obliga a éste a bajar la cabeza. La noche ha caído del todo y la niña se contempla a sí misma aprovechando la luz del plenilunio. La niña advierte que le nacen pequeños rombos escamosos sobre la parte de la piel que aún conserva. La niña nota también que se va quedando muy fría pero que el frío no le resta fuerza. La niña expande varias veces la lengua fuera de su boca como si quisiera pillar el aire. La niña sigue cantando nanas a la serpiente, pero con menos energía. La niña está inmóvil pero despierta. Hay una quietud total en el campo. La niña se enrosca del todo a la serpiente y una nube oculta a la luna.




(Fotografía de Frantisek Drtikol)

lunes, 3 de enero de 2011

En el nombre de quién


A veces me apetece escribir algo sobre cierta gente. Provocan tanto que ganas me dan. Pero luego me lo pienso mejor y me digo a mi mismo que no debo gastar energías en hablar sobre sus efímeras figuras y sus obras sombrías. Me digo, cuando oigo de pasada o leo titulares de prensa sobre su pensamiento (si es pensamiento lo que tienen): pero esta gente es peligrosa, toda la gente envenenada es peligrosa. Bien, pues no voy a decir más, porque hete aquí que en el capítulo De los transmundanos, de la colosal Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche dejó escrito algo magistral:


"Siempre hubo mucha gente enferma entre quienes fantasean y son adictos a los dioses; odian con furia al hombre del conocimiento y a aquella virtud, la más joven de todas, que se llama: honestidad.

Vuelven siempre la vista hacia tiempos oscuros: entonces, ciertamente, ilusión y fe eran cosas distintas; el delirio de la razón era semejanza con Dios, y la duda era pecado.

Demasiado bien conozco a estos hombres semejantes a Dios: quieren que se crea en ellos, y que la duda sea pecado. Demasiado bien sé igualmente qué es aquello en lo que más creen.

En verdad, no en trasmundos ni en gotas de sangre redentora: sino que es en el cuerpo en lo que más creen, y su propio cuerpo es para ellos su cosa en sí.

Pero para ellos el cuerpo es una cosa enfermiza: y con gusto escaparían de él. Por eso escuchan a los predicadores de la muerte, y ellos mismos predican transmundos.

Es mejor que oigáis, hermanos míos, la voz del cuerpo sano: es ésta una voz más sincera y más pura.

Con más sinceridad y con más pureza habla el cuerpo sano, el cuerpo perfecto y cuadrado: y habla del sentido de la tierra."


¿No es el texto clarividente, genial y sumamente ilustrativo? Bendito seas, Friedrich, por tu luz y tu deconstrucción.

sábado, 1 de enero de 2011

Rasgarse

¿Se desgaja o se recompone? Buena metáfora para la fecha. ¿Se rehará o se resquebrajará? Enigma. Este tránsito de ayer a hoy, medido siempre en tiempos verbales diferentes, es un símbolo de las propuestas del cambio personal. Antes se llevaba mucho aquello de año nuevo, vida nueva, deducción simplona que no garantizaba verdad ni resultado alguno. Pero ciertamente, gran parte de las proposiciones personales y hasta colectivas invocadas se emitía con el alfa del calendario occidental. El valor de un símbolo que en dos días más resultaba efímero.

En la intimidad de cada individuo late siempre la referencia de una fecha a partir de la cual hay que dejar de hacer lo que nos parece negativo (que aparece como obvio y claro) y comenzar a hacer lo que pretendemos positivo (que se nos muestra difusamente como deseo, aspiración o promesa) Buena cosa es rasgar nuestras entrañas. No necesariamente tiene que coincidir con el uno de enero. Abrirnos en canal, mirar dentro y desalojar cuanto nos paraliza, anula y nos impide avanzar, es una actitud que reclama un calendario particular que solo se mide por el agobio y la sensación de haber llegado a un límite, sea cual sea la fecha.

Las películas nos enseñaron hace tiempo que las imágenes que avanzan también retroceden. La fotografía adjunta me recuerda un poco eso. Y aunque sólo un profundo conocedor de cada detalle de la anatomía del cuerpo podría decirnos si el esfuerzo mostrado solo es de distensión, se me antoja que también podría ser de reconstrucción. Basta con ignorar los pormenores de tendones y huesos. Al fin y al cabo, no existe un esfuerzo que no necesite del otro.

¿Y mientras? Mientras, se muestra un hueco donde debería haber una cabeza. ¿Sugiere la limpieza interior? ¿Una nueva orientación? ¿Una renuncia a lo anterior? ¿O se trata de una mera oxigenación del conocimiento acumulado? La invisibilidad provisional de la mente responde a una catarsis, no me cabe duda. ¿Cundirá? Os deseo que el ejercicio profundo y personal vaya más allá de la fecha, de las palabras superficiales y de las buenas intenciones. Para obtener el nuevo hombre hay que rasgar el que hemos llevado hasta este instante.




(Composición fotográfica de Michael Macku)