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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








martes, 1 de febrero de 2011

Mi ojo / 11



Qué pesadilla la de esta noche. Me hallaba a la orilla del río. Brincaba de acá para allá como el danzarín, despreocupada y eufórica. No sé por qué. La corriente era muy rápida. El agua se estrellaba contra los peñascos y me salpicaba el vestido. Algunos peces hacían cabriolas, saliendo fuera del agua y sumergiéndose de nuevo. En los remansos había otros peces que zigzagueaban sin elevarse a la superficie. Me quedaba sentada contemplando la agitación de unos y la quietud de otros. Una muchacha se acercó silenciosamente a la ribera. Llevaba un vestido de ceremonial como las geishas y un cesto de mimbre. Ignorando mi presencia aprovechaba el salto de un pez para depositar una carta en su boca. Cuando otro pez tomaba el relevo del anterior ella cogía del cesto una nueva carta y se la colocaba en la vertical para que de una pirueta agilísima la engullera. Siguió un rato con la misma tarea. Me aproximé hasta donde se encontraba ella para ver mejor. La chica continuaba sacando cartas del cesto y entonces me fijé que cada una era de un color. A este pez le entregaba una carta rosa, al otro una azul, al de más allá una anaranjada. Los peces iban con la corriente y la chica desde la orilla hacía lo mismo. La acompañé y me intrigaba tanto que la pregunté por qué lo hacía. ¿No lo sabes?, me dijo ella. Pues no, le contesté. Son las cartas que los amantes se envían entre ellos a través de las carpas, me aclaró. ¿Y llegan?, insistí. Eso no se sabe, pero hay que enviarlas. El que no las pone en el vientre de una carpa no tiene garantizada que llegue a su destinatario. Y si no le llega, ¿cómo van a mantener su amor? Según avanzábamos, el río se iba precipitando hacia una cascada desigual y escabrosa. El agua caía por oquedades cada vez más peligrosas. Las carpas seguían el mismo camino y la chica se afanaba en proseguir su misión. De pronto dio un traspié con su pomposo vestido y se cayó a la corriente. Me quedé sola en la orilla con el cesto. Y entonces le gritaba, ¿qué hago yo ahora, qué hago?

Mamá me despertó en ese instante y permanecí muda. Se asustó un poco porque tardaba en espabilar. Tengo que volver a leer la leyenda que viene de China. Allí deben de saber mucho.





(Fotografía de Eikoh Hosoe)

2 comentarios:

  1. La cascada desigual y escabrosa me ha soprendido. Escribes muy bien, y muy arriesgado.

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  2. Hola, Ramón. ¿En qué sentido te parece que es muy arriesgado?

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