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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








domingo, 6 de febrero de 2011

Mi ojo / 16


Han transcurrido varios días desde la partida secreta del monje o de lo que fuera. Vistos los movimientos extraños de las últimas jornadas no estoy segura de nada. Suceden en la oscuridad de los días demasiadas cosas de difícil explicación. Ahora caigo en que jamás le he visto la cara. Siempre le divisábamos los chicos de lejos y nos parecía un anacoreta más, de esos que cunden en estos tiempos. Por otra parte, se nos advirtió que un hombre que se retira del mundo para buscarse a sí mismo no debe recibir visitas ni ser molestado. Así que el consejo lo llevamos siempre a rajatabla. El comportamiento de mamá respecto a él me parecía un acto de ayuda y de caridad. Tal vez su gesto de procurarle apoyo en su huída, porque fue una huída, era parte de esa bondad que mamá manifiesta siempre con los seres desasistidos o en peligro.

Quien tiene que conocer algo más es el danzarín. Hay quien dice que le ha visto parar por el refugio del monje, pero imposible saber más. Si el danzarín hablara, o mejor, si quisiera hablar. Pero ¿por qué iba a hacerlo con una niña? Aunque puede que con mamá lo hiciera. Mamá no le tiene demasiado aprecio, y prefiere que se mantenga a distancia. Tengo que decir a mamá que lo intente. El danzarín es ya parte del paisaje, a todos nos gusta saber que anda por ahí. Pero nadie quiere que se le meta en casa. Sin embargo, la gente del pueblo, y sobre todo los que vivimos apartados, le tenemos como algo más que un personaje solitario y que anda en otro mundo. Empieza a ser como un espíritu. Un ser que emana algo protector. Son cosas que dicen los aldeanos. Y más desde que el ermitaño se marchó. ¿Por qué las personas y los pueblos necesitan a veces alguien o algo que les dé seguridad, aunque sea un loco?




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

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