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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








sábado, 22 de enero de 2011

Mi ojo


Le veo correr todas las mañanas. Cuando me levanto él está ahí. Sube y baja los prados que hay junto a la casa. Va casi desnudo. Da igual la temperatura que haga. A veces se para delante de mi ventana a esperar a que yo aparezca. Cuando descorro la persiana alza los dos brazos con energía, masculla un grito agudo, se da la vuelta y vuelve a pegar saltos. Luego se va. Al oir la campana del monje anacoreta que vive más abajo echa a correr en aquella dirección. Mamá a veces le ofrece té. En ocasiones no cesa de andar por nuestro huerto y a sortear el pozo. Pero mamá se enfada si pisa los tomates y los nabos. Entonces mamá rezonga y le espanta. Le echaría de menos si un día no apareciera. Estoy acostumbrada a verle y creo que casi todos los días quiere decirme algo. Pero siempre se mantiene a distancia. Imparable. Lo suyo es una condena a danzar perpetuamente.



(Fotografía de Eikoh Hosoe)

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