martes, 28 de julio de 2020

La pelea de los remeros, vista por un niño




Cuando mis amigos y yo íbamos para casa, huyendo de la tormenta, vimos desde lo alto del escarpado la pelea de los remeros. Nos costaba creer lo que pasaba allá abajo. El oleaje precipitaba la barca de aquellos hombres contra el acantilado. Yasuko se asustó mucho y empezó a gritarles, como si le fueran a oír. Y Kinko decía que no se iban a salvar. El fuerte aguacero y el viento, que doblaban el furor de las olas, parecían acelerar la desgracia. Habían advertido que aquel día las mareas iban a ser muy intensas, pero nuestros pescadores son muy expertos y a veces se confían. La embarcación estaba a capricho del temporal, mas para nuestra sorpresa, cuando daba la impresión de que de un momento a otro iba a estrellarse, se imponía al oleaje alejándose algo más de la costa. La fuerza de la marejada volvía a desafiar la barca y la empujaba de nuevo hacia las rocas. Y de nuevo aquellos hombres experimentados sacaban fuerzas y rompían las olas a su favor recuperando distancia. Así estuvieron un buen rato, como si se tratase de un pulso desigual. No nos quedamos a ver el desenlace, porque vinieron hacia nosotros el padre y el hermano mayor de Mieko, que habían salido en nuestra búsqueda, alarmados por nuestra ausencia. El hermano de Mieko, que vive en Edo, es un hombre de letras y escribió al día siguiente un poema que a mí me resultó extraño.


No maldigáis las olas,
      acercaros a sus voces,
            y cuando pase la tempestad
                 oled los aromas del alba
                         que ha vencido a los peores presagios.




* Chitón os lo cuenta de otra manera.



(Ukiyo-e de Hokusai)

    

sábado, 25 de julio de 2020

Cuentos indómitos. A orillas del Piri Poty






















"...Y salía un río de Hedén para regar el huerto y de allí se repartía en cuatro cabezas..."

Génesis, 2, 10. La Biblia del Oso, Casiodoro de Reina.



¿Desde cuándo existirán los ríos?, se preguntaba ingenuamente Jacinta. Si hay algo de lo que siempre han hablado los viajeros y que ya aparece incluso en la Biblia son los ríos, pensó. Bueno, también se mencionan las ciudades, pero no se entienden las ciudades sin los ríos. Jacinta, que era de interior, apenas sabía del mar, y creía que este se llenaba con las aguas de los ríos feraces. También de nuestro río, aunque sea una corriente chica y tranquila, se dijo sacando la cara por el Piri Poty. ¿Habrán tenido los ríos siempre el caudal que vemos ahora?, seguía dándole a la cabeza a medida que caminaba. Lo que Jacinta no sabía era que los ríos, desde los tiempos más remotos, tienen voces diferentes.

Porque de los ríos han hecho los hombres otro recurso. El de proyectar su imaginación y convertir los cursos en símbolos para fecundar creencias donde no llegaba, no podía llegar aún, el conocimiento que proporcionara explicaciones concluyentes. ¿Una forma de estar agradecidos al potencial de agua que permitía sobrevivir a los primitivas pobladores? De lo concreto y limitado los hombres pasaron a ampliar con otros significados su propia existencia. Los ríos eran la vida. Si el río nos proporciona agua para saciar la sed y procurar la higiene, y más adelante para cultivar y permitir nuestros asentamientos, debieron pensar, ¿no es merecedor de ser elevado a categoría mágica? Si las aguas de un río nos aportan limpieza y fecundidad, ¿no pueden convertirse en señal de purificación y fertilidad interiores? ¿Se descubrían los hombres antiguos como parte de la naturaleza al aprovechar los bienes de las aguas? ¿No era una señal excelsa por sí misma, además de inteligente, que los primeros hábitats se instalaran a orillas o proximidades de ríos o que las primeras ciudades se erigieran precisamente en su proximidad, si bien en espacios elevados desde donde asegurar las defensas?

Ah, la purificación a través de la inmersión en los ríos. Pero purificarse ¿de qué? ¿Acaso los primitivos se sentían culpables de sus desdichas? ¿No era su instinto lo que les empujaba a aprovechar los recursos con arreglo a sus medios? ¿De qué deberían sentirse interiormente sucios, como algunos hombre indignos, convertidos en jueces de otras vidas, los trataron de culpabilizar? Tal vez la conciencia se fue elaborando, afinando, día a día, a través de eternos períodos, cambiando y formando una estructura dual por la que llegaron a interpretar lo que estaba bien y lo que estaba mal, perfeccionando la vida salvaje que iba quedando atrás. ¿Fue entonces cuando el recuerdo subconsciente del valor de los ríos se convirtió en creencia que exigía un rito a través del cual agradecer eternamente el don?

En sus pensamientos confusos Jacinta se abstraía a su vez de las circunstancias que vivía. La desaparición enigmática de su esposo y antes la del agrimensor, las confidencias de la anciana, la poco clara determinación de un juez convencional, todo ello debía estar relacionado si no a propósito sí por azar. Sin saber muy bien por qué, Jacinta tuvo la sensación de que la vieja indígena le había contado todo sin ser demasiado explícita. Que le había hablado de lo propio y de lo ajeno. De lo visible y de lo recóndito. De lo que se interpreta con claridad y de lo que aparece confuso y escondido. Guiada más por lo que intuía que por lo que razonaba Jacinta se acercó al arroyo una mañana cálida. Encontró por el camino a unos chicos que se iban a bañar. Le recordaban otros tiempos en que ella misma descubría la camaradería, el juego despreocupado y el amor intuitivo a orillas del arroyo. Pero ahora, muchos años después, que creía tenerlo todo en su modesta existencia, la oscuridad la persigue de pronto, y ella, allí, junto al arroyo, se sorprende peregrinando a los orígenes. ¿Serán los ríos el origen de la vida?, se cuestionó en la orilla pletórica de juncos. Sentada al frescor de la arboleda ribereña, se abandona al rumor de la corriente sibilina, escruta los otros sonidos, repartidos entre el ramaje, el croar de las ranas, el zumbido de los insectos voladores, el chapoteo de las ratas. Si la anciana guaraní había escuchado otras voces, ¿por qué no podían llegar también a ella?

Fue entonces cuando pensó en que los ríos engullen a los hombres, no se sabe bien si por descuido o por excesivo amor de estos. ¿Era esa la cruda e insólita realidad que la vieja convertía en imágenes acaso soñadas? ¿O era la puerta franqueada por tantos desaparecidos que se dejaron arrebatar por sus fantasías? Y cuando los hombres se sumergen en las aguas oscuras, ¿es para preservarse del mal o para condenarse eternamente? Jacinta, no obstante el enigma que la obsesionaba, encontraba placidez en aquel territorio de su infancia. Nada la urgía. Los hombres, pensó sin ansiedad, aparecerán de nuevo cuando se les vuelva a desear. Y si el fin del deseo ha sido la causa de su ocultación, voluntaria o no, ¿acaso se puede esperar algo que no sea sino la resignación?




(Fotograma de la multifacética Maya Deren)

domingo, 19 de julio de 2020

Marsé


Juan Marsé (autor de Últimas tardes con Teresa) - Babelio



















Adiós, Marsé. Disfruté y aprendí de tus novelas. Gracias.

Dejo aquí un trozo de tu Últimas tardes con Teresa, como quien deja una hoja de crónica de otro tiempo, jugoso y marchito, que a algunos se nos antoja aún cercano.


"Crucificados entre el maravilloso devenir histórico y la abominable fábrica de papá, abnegados, indefensos y resignados llevan su mala conciencia de señoritos como los cardenales su púrpura, a párpado caído humildemente; irradian un heroico resistencialismo familiar, una amarga malquerencia de padres acaudalados, un desprecio por cuñados y primos emprendedores y tías devotas en tanto que, paradójicamente, les envuelve un perfume salesiano de mimos de madre rica y de desayuno con natillas: esto les hace sufrir mucho, sobre todo cuando beben vino tinto en compañía de ciertos cojos y jorobados del barrio chino, sombras tabernarias presumiblemente puteadas por el Régimen a causa de un pasado republicano y progresista. Entre dos fuegos, condenados a verse criticados por arriba y por abajo, permanecen distantes en las aulas, inabordables e impenetrables, sólo hablan entre sí y no mucho porque tienen urgentes y especiales misiones que cumplir, incuban dolorosamente expresivas miradas, acarician interminables silencios que dejan crecer ante ellos como árboles, como finísimos perros de caza olfatean peligros que sólo ellos captan, preparan reuniones y manifestaciones de protesta, se citan por teléfono como amantes malditos y se prestan libros prohibidos.” 



Tomo del periódico La Vanguardia de hoy este párrafo con opinión de Juan Marsé:

“Me declaro anticlerical militante –dijo en una ocasión–, como lo era mi padre, la Iglesia le ha hecho tanto daño –y le sigue haciendo– a este país... ¿Por qué tengo que pagar de mi bolsillo a esta pandilla de sinvergüenzas, de chorizos, los obispos de la Iglesia? Y también soy antinacionalista”.




viernes, 17 de julio de 2020

¿Nos conviene estar en Babia?




¡Espabila, que estás en Babia! Expresión favorita de los padres o los maestros -con o sin cachete, pero con tono alterado- cuando estábamos despistados o no nos concentrábamos o hacíamos las cosas sin fijarnos. Entonces uno no sabía que la tal Babia existía como un lugar geográfico y que no se trataba de un mero territorio fantástico u onírico, o de una abstracción inmadura propia de la edad tierna, aunque ahora sabemos que puede o suele durar toda la vida. 

El Tesoro de la Lengua Castellana, o Española, (1611), de Sebastián de Covarrubias, define: "BABIA. Estar en Babia, estar descuidado". Pero hasta que no se va a la aldea de Lago de Babia, en el Norte de León lindando con Asturias, no se entiende bien lo que expresa. Tal es la sensación de alejamiento que transmite aquel espacio tan natural como imperturbable. La acepción de estar en Babia que de niños era perturbadora, de mayores y más si conocemos la comarca nos parece relajante. Y es que hemos llegado a un punto en que necesitamos vivir con un cierto grado de ausencia del mundo cotidiano. De ausencia elegida, aunque no nos movamos del ámbito habitual. De apartamiento para afrontar de otra manera la agresividad del ambiente, que no hace nada a favor de nuestra salud mental. Un medio en el que se maltrata la convivencia y el entendimiento.

Está siendo un año agobiante en que a las prácticas políticas oportunistas y malsanas y a la mala calidad de ciertos malos medios informativos y otras redes donde cunde la mentira, se ha añadido la violencia inusitada pero intensiva del coronavirus y la lamentable situación económica generada en el país, de consecuencias hoy imprevisibles por mucho que se hagan cálculos de macroeconomía. Y todo eso lleva a que mucha gente incube inseguridad, agresividad y amargura, aunque el verano y la expansión social lo disimule.

En este sentido y para no sentirnos afectados más que lo justo tendríamos que preguntarnos: ¿Nos conviene estar de algún modo en la Babia del dicho tradicional? ¿Debemos mantener una distancia con el vocerío, con lo mediático, los púlpitos de los partidos y otros ruidos obscenos que desequilibran más que aportan? ¿Tenemos que relajar nuestras conversaciones con el prójimo, practicando más el diálogo y menos la imposición? ¿Hay que interrumpir el intercambio de memos y momos y otras tonterías fake circulantes por whatsapp? Todo lo que sea preciso en pro de la higiene de pensamiento.

El pintor babiano Manuel Sierra, muralista experimentado, ha adornado medianerías, fachadas y laterales de varias casas de Lago de Babia. En el enlace adjunto hay un vídeo titulado Un pueblo de cuento, donde se puede ver la obra pictórica de Sierra vinculada a los quehaceres y los días de aquella gente. Y cargada de homenaje y reconocimiento a gentes de esa España olvidada donde acaso aún se encuentra otra medida de las cosas, otra bondad entre los vivientes.





Nota. La fotografía de cabecera no corresponde a Babia sino a Valladolid.

miércoles, 15 de julio de 2020

A los ciudadanos de buena voluntad




A los ciudadanos de buena voluntad *:

Yo no os robo.
Yo no os mato.
Yo no os espío.


* Entiendo por buena voluntad: 

Querer acercarse y no alejarse. 
Querer ser libres y no dejarse atar por otro amo. 
Querer admitir otros argumentos y no aferrarse con obcecación a los propios. 
Querer ver con claridad y no apostar por la ceguera. 
Querer hacer y no destruir.
Querer la convivencia y no el enfrentamiento.
Querer obrar en beneficio colectivo y no en función de la ganancia particular.
Querer recoger el pensamiento constructivo de la Ilustración y no arruinarse en el nacionalismo romántico demoledor.

Etcétera (Que cada cual piense en lo que significa para sí mismo la buena voluntad)


El final de La peste, de Albert Camus, dice:

"...Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, en los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa".

En tiempos de una clase de peste suelen crecer aún más otras pestes. Las pestes nos acompañan siempre. Y muchas de ellas las creamos los hombres. Léase el texto de Camus en ese sentido.




martes, 14 de julio de 2020

Sísifo, Camus y un cuento





En su breve ensayo El mito de Sísifo, dice Albert Camus: "Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza".

Esta interpretación que tiene sus variantes y sus aplicaciones metafóricas siempre está presente en la vida de los humanos. No solo en la actividad laboral que desarrolle cada cual, sino en la misma carencia de trabajo, cuando esta se convierte en una obsesión amarga hasta el hastío e incluso la desesperación. Pero más allá del trabajo que se desarrolle el mito se puede aplicar a cualquier otro tipo de acciones y de relaciones que los humanos desarrollamos cuando ellas persisten en el tiempo y envejecen sin nuevos alicientes, sin generar nuevos significados creativos.

Chitón nos ofrece un cuento con apoyo de imagen Hokusai, ese pintor del mundo flotante japonés que entre otros temas nos narra formas de vida y sobre todo de trabajo en el campesinado del siglo XIX de Japón.



https://ehchiton.blogspot.com/2020/07/el-adolescente-inquieto-y-el-molino.html



viernes, 10 de julio de 2020

Año raro que pasará a los anales históricos




I. Hace mil años. La foto de unos Sanfermines lejanos rescata una memoria perdida. En vano. Entre la imagen y la actualidad hay mutaciones. Una, la de los cuerpos a contraluz que nos ofrece a estas alturas con sus arrugas el tiempo transcurrido. Otra, la desaparición inevitable de dos de los que posan. No, no es una nostalgia formal lo que le puede embargar a uno. Tampoco la huella del paso de los días. Acaso sí la conciencia de lo perdido. La pérdida tiene nombres, no solo de personas, sino de situaciones y ámbitos que casi hemos olvidado. Entonces, cuando me encaro con una fotografía que me trae el pasado me encaro con mis propias emociones, con lo que fue y pudo haber sido. Cuando una fotografía refleja el tiempo de la infancia todo resulta especial. Una fase de dejarse uno llevar, de descubrir, de empaparse, de no sentir responsabilidad  -vendría más adelante-  y sí mucha obligatoriedad. Pero dominaba el bienestar, la empatía, el sentido lúdico. Hubo un tiempo que fue, en que hubo todo ello. Después, humo. Algún día, cenizas.

II. Y entonces me da en pensar en la actualidad. Qué año este 2020 tan diferente de todos, tan sorprendente, tan rompedor. Ha multiplicado desgracia y ha destrozado el modus vivendi de muchísima gente. Y vete a saber todavía su alcance definitivo. Quién nos los iba a decir. Pero es un año subversivo como pocos porque ha hecho saltar por los aires parte de la idiosincrasia española. Que un agente externo, pero que cunde en nuestros cuerpos personales y colectivos, nos fuera a modificar de tal manera las tradiciones, las costumbres, los rituales y el juego no lo podíamos esperar jamás. Algunos dicen: no pasaba algo así desde la guerra. ¡Comparar con aquella gran desgracia nada menos! ¿Excesivo?  Pero quién nos iba a decir a nosotros, españoles alegres y confiados, dados a conmemorar lo imaginario más que lo real, y lo real siempre adulterado y adaptado a conveniencia, que nos íbamos a quedar sin Fallas, Semanas Santas, sin Ferias de Abril, sin Sanfermines, sin Moros y cristianos, sin castellets, sin Rocío, sin queimadas de los antigos cértigos, en fin, sin innumerables fiestas locales de vírgenes y santos, que otra cosa no habrá en los territorios insulares y peninsulares, pero fiestas a porrillo. Años sin toros ni fútbol ni deporte en general, al menos en su acepción de asistencia de masas, pues el negocio es mucho en algunos de ellos y, aunque se siga muriendo media España, esa identidad nacional, el fútbol, portadora de tantas esencias patrias, sigue su liga: ¿cómo iba a morir con los que mueren? Año que pasará a la historia como el año en que los españoles se quedaron sin juego y sin religión exhibida, pues que hasta las misas se suspendieron, y los fervorosos ahora ya no pueden recurrir a hacerse los cristianos primitivos con sus ósculos y apretones de manos y abrazos, porque aquí el juego y lo religioso son los dos mecanismos tradicionales que han unido -el que no se dejaba, a las tinieblas exteriores- a quienes no eran de fácil tendencia a unirse por labores más constructivas. Año, en fin, en que se verá alterada otra de las liturgias de los últimos años, las vacaciones. Y no quiero avanzar más características del año raro, año duro, año de imprevisibles consecuencias, que cada cual de vosotros, lectores de esta entrada, sabéis como nadie desarrollar.

III. ¿Reflexionar sobre el virus estrella y asesino de la temporada? ¿Sobre uno o mil virus que forman parte de nuestro hábitat de terricolas? Los virus no necesitan ser pensados. Sí conviene a la especie autoelegida profundizar en su ámbito, labor necesaria e interesante, inteligente sobre todo, aunque siempre deficitaria. Ver cómo se explican por mediación de la existencia de todas las especies animales, que es donde actúan. ¿Se puede, y hasta qué punto, llegar a un mundo desde otro mundo? El constante desafío desde la cultura en su cuna. El intento imprescindible para procurar la supervivencia de especie.

IV. Y ahora, una vez habiéndome permitido a vuestra costa este desahogo retórico, me voy a dedicar a seguir con los cuentos indómitos, que uno necesita entenderse a sí mismo en la ficción -qué humano, qué Sapiens Sapiens o Sapiens Neardentalensis, qué español, caballero o bellaco, soy- mejor que en la difícilmente comprensible realidad.
 



miércoles, 8 de julio de 2020

El oportunista género humano, según Robert Foley




Antropólogo Robert Foley sobre el género humano:


 
"Creo que los humanos son extremadamente oportunistas como especie. En el nivel más flagrante, no hay una parte o hábitat del planeta en el que no vivamos, incluso si es bastante efímero. 

Hasta cierto punto, tenemos un nivel de plasticidad en nuestra biología para facilitar esto (por ejemplo, nuestra capacidad de termorregular para el frío y el calor), pero la forma principal de hacerlo es a través de nuestra conducta y cultura. Esa conducta puede ser tan simple como mantenerse a la sombra y descansar cuando hace mucho calor ("...solo los perros locos y los ingleses salen al sol del mediodía...", como dice la canción de Noel Coward), o tan complejo como el uso del fuego, o construyendo refugios y vistiendo ropa. Probablemente hay dos cosas detrás de eso: una es que las poblaciones humanas han aumentado, por lo que existen la presión poblacional y la necesidad de encontrar un territorio nuevo en el cual vivir, y tenemos una movilidad apoyada por cultura para hacerlo. El segundo es que somos una especie experimental, superando los límites por curiosidad, ya sea inventando un mejor sacacorchos o mirando hacia la próxima colina para ver qué hay allí. 

Sin embargo, otra cuestión es si todas las especies de homínidos eran tan oportunistas. Hasta cierto punto, hay un elemento estático en gran parte del registro arqueológico a largo plazo que sugiere mucho menos oportunismo, un comportamiento mucho más fijo, y es probable que esta capacidad haya evolucionado relativamente tarde. 

Además de cómo podemos adaptarnos a cualquier entorno, existe el hecho de que podemos adaptarnos a un clima. En ese pasado profundo, eso podría haberse limitado a crear un refugio y por lo tanto un microclima pero, primero probablemente a través del fuego y luego a través de la agricultura, los humanos han modificado cada vez más el entorno para adaptarlo a ellos mismos al menos a corto plazo, como estamos descubriendo. con el cambio climático antropogénico".



Me quedo dando vueltas a estos párrafos. Mientras me llegan noticias de la extensión de la pandemia del coronavirus por aquí y acullá. Mientras en nuestra cercanía se producen lo que llaman ¿como eufemismo? rebrotes. Mientras nos informan de las conductas humanas que ignoran la difusión de los contagios, desde altos mandatarios hasta cualquier individuo de abajo que no discierne, ni quiere hacerlo, entre el peligro y el respeto al otro. O, mejor dicho, que pasa del sentido de Sapiens como individuo también de colectividad. ¿O sobre todo de colectividad? Y si se ignora esta conciencia tradicional ¿qué va a ser del individuo que se canta a sí mismo creyéndose él ante todo y ante todos? Me quedo pensando en que acaso el exterminio tiene muchos rostros, infinitos procedimientos, múltiples derivas. ¿Autorregulación biológica del género? Y entonces en ese marco ineludible, ¿dónde quedaría el conocimiento, que ha hecho crecer la conciencia?  ¿Y qué será de esta? ¿Saldrá indemne, contagiada o mutada de esta fase que nos ha descontrolado a todos?




Robert Foley | King's College Cambridge

Robert Foley





martes, 7 de julio de 2020

La vida tenía un precio. Addio Ennio Morricone



Ennio Morricone ha muerto.  El compositor ganador del Oscar tenía 91 años.


La vida siempre tiene precio. Antes o después lo pagamos. Pero si al menos se acompaña con dones tan significativos como las composiciones musicales que Ennio Morricone nos brindó en las bandas  sonoras de muchas películas siempre será un precio bien pagado. Supongo que habrá sido de sobra estudiado cómo el cine potenció por una parte un tipo de composición musical, pero por otro cómo convirtió a la música en objeto de conocimiento y disfrute para amplias masas que jamás habrían asistido a un concierto en directo. Nunca olvidaré cómo descubrí al brillante Prokófiev a través de Alexander Nevski, de Eisenstein, allá en los lejanos tiempos juveniles de cineclub. ¿Y cómo olvidar innumerables bandas musicales de los años cincuenta y sesenta que todo el mundo tarareaba o silbaba después de ver un film? Algunas verdaderamente icónicas. 

Ennio Morricone fue uno de los grandes. También uno de los nuestros. De los preocupados por el mundo y sus tiranías. De los que vivimos la confraternización entre ese otro mundo de las imágenes de butaca de patio y el de las realidades cotidianas. Hoy, al leer sobre su fallecimiento no solo me viene el tarareo de algunas músicas sino innumerables recuerdos que acompañan. Cines que ya no existen, personas con las que íbamos a ver películas y que han desaparecido, filmes que hemos olvidado, inquietudes desechadas, aspiraciones relegadas para siempre, modos de vida que no se parecen, circunstancias vitales que han mutado. Recordar hoy a Morricone es enfrentarse uno mismo con los fantasmas gratificantes del pasado, es decir con lo perdido. Y es que la vida tiene un precio. Bueno, muchos precios. Pero uno indiscutible, que no se puede regatear jamás. Adivinen.
  





(Fotografía tomada del diario La Repubblica)



domingo, 5 de julio de 2020

El íncubo marino de Hokusai





En el principio fue el sueño. En el principio ¿de qué? ¿De los tiempos? ¿De las naturalezas? ¿De la inconsciencia humana? En el principio del no principio acaso. Cuando el Universo no se pensaba a sí mismo, pues disponía de una categoría anterior y diferente a la del pensamiento humano. La del Caos. Y no un Caos ordenado, no. Ni demiúrgico, ni dirigido, ni siquiera soñado. Antes del pensamiento debió existir el sueño. Las ensoñaciones, los anhelos ocultos, la atracción latente por el riesgo y lo desconocido. La inexplorada tendencia del deseo, duro como las condiciones de la tierra pero dúctil como el sílex. Propiedades de los elementos más híbridos de las materias de los planetas. Habilidad desarrollada por Neandertal o por Sapiens o esbozo de otras especies, el sueño tuvo siempre un matrimonio de conveniencia con el deseo. Del sueño y del deseo proceden los hijos naturales reconocidos y otros igual de naturales pero recónditos. Algunos de ellos fueron llamados íncubos y otros súcubos.  ¿Fueron alguno de estos los que Hokusai disfrazó de Octopus para animar la fantasía de la mujer?

Chitón nos cuenta un cuento sobre Ama que fue visitada bien por sus sueños o bien por algún huésped misterioso, eso no está claro, pero seguro que sobre todo por su propio deseo.






(Ilustración de Hokusai)

miércoles, 1 de julio de 2020

Cuentos indómitos. Confidencias de una superviviente





















La anciana superviviente de la guerra lejana recibió con indiferencia a la mujer del agente judicial. Jacinta seguía haciendo sus pesquisas, no solo por saber de su desaparecido esposo sino también atraída por los cuadernos del agrimensor, que habían obsesionado tanto a Pallarés. Si mi marido ha leído los diarios del otro e incluso ha escrito por su cuenta, influido sin duda, tiene que haber algo en ellos que me lleve a una pista. Las personas no desaparecen así como así. Y que dos individuos lo hagan en pocos días me hace pensar en una conexión. Pero ¿por qué motivos? ¿Por una mujer seductora? ¿Por una crisis propia de la edad? ¿Por el hastío de vivir en esta población de horizontes limitados? Hay gente, acaso la mayoría, que desde que nace asume su propia identidad y la vincula a la del medio donde vive. Pero otros no parecen estar satisfechos jamás ni de su origen ni de su acontecer. El agrimensor venía de fuera, pero ¿solo por el trabajo? ¿O huía a su vez  de la monotonía de su vida y encontró en la llamada del río una salida trágica? ¿Existía la mujer acuática que sedujo al forastero? Pero mi marido, ¿qué motivos puede tener para ausentarse? ¿Estaría cansado también de su actividad diaria o acaso de mí?   

Era humilde pero limpia la casa donde vivía la vieja. Aun ajada y de movimientos lentos mantenía dignidad y en modo alguno parecía ceder a una decrepitud que la anulase. ¿Quiere que le cuente lo mismo que a otros que han preguntado antes?, inquirió a Jacinta en una mezcla de guaraní y chapurreo de español. Jacinta no sabía exactamente qué y cómo hablar con ella. Había llegado hasta allí por una intuición probablemente inútil.  ¿Cómo podía justificar su presencia? ¿Diciéndola que ella, la anciana, aparecía en los diarios de un hombre desaparecido que había leído su marido y que a su vez también se hallaba en paradero ignoto? 

He contado mis revueltos orígenes tantas veces que ya me da lo mismo, le sorprendió la superviviente. Pero poco más puedo decir. Las imágenes de mi infancia cada vez son más difusas. De la lejana memoria apenas me quedan sensaciones. No veo ya rostros de personas de entonces, ni siquiera de la familia; solo conservo vivas las llamaradas de los sentidos. El hedor de los muertos que dejaron las malas bestias, los gritos dementes de los soldados, las órdenes de quien conducía un destacamento de uniformes borrachos, la dificultad de respirar por el humo de las casas incendiadas. ¿Qué niña de hoy podría decir que sus recuerdos de infancia son de esta clase? Yo era muy chica, lo poco que conservo en el recuerdo fue alentado por mi papá cuando regresó de su cautiverio, después de que mi madre muriese para siempre. No se extrañe de lo que digo, no, con ella se murió también para mí parte del pasado. Recuerdo horrores pero apenas impresiones agradables, y olvidé pronto los cuidados de mi mamá, los roces de sus dedos o el canto dulce para dormirme. Y si algo creí que quedaba dentro de mí fue a través de mi padre, que pude recomponer más como ficción que necesitaba para liberar la angustia. Esto le dará idea de lo que supone para un niño que su vida se desequilibre. Porque en la infancia está todo el peso de lo que luego será una mujer, o un hombre, y en ese bagaje se apoya una manera de adaptarse a la vida, de reaccionar ante las adversidades o de participar de las alegrías comunes.

Usted pensará que habrá habido muchas como yo, y no me tengo por una doliente exclusiva, y tampoco soy ya eso, porque a cambio el azar me ha deparado una vida larga. ¿Sabe por qué? Usted dirá que el azar no se cuestiona, pero no es verdad del todo. He vivido toda mi vida con un deseo que no he querido abolir. Un anhelo imaginario, no superar la infancia medio robada. No querer traspasar la frontera de la adolescencia. Y hay días que con estas trabas para andar o con estas manos que no saben tomar bien los objetos, ya me ve usted, no sé parar en casa. Quien se encierra en su casa o no sale de su patio es como si estuviera ya habitando un mundo de muertos. 

Y aún busco. Busco el paisaje antiguo hasta por debajo del que han levantado los de aquí y los que han venido de fuera. Y subo a alguna loma para sentir el aire y el sol como sentirían nuestros abuelos, como se verían reconfortadas las viejas tribus. Miro desde allá el horizonte y me llega algo de su secreto. Me llega más que de las leyendas o los relatos de la historia. Y al ofrecer mi cuerpo fatigado a los elementos de la naturaleza me parece rescatar algo que una vez se me negó. El aire, el sol, el paisaje, todo eso que aún subsiste me habla de otros y me habla de mí. Entonces recupero por unos momentos viejas imágenes de la felicidad perdida. No me tome en serio si no quiere, pero allá arriba percibo sonidos ancestrales. Y cuando me acerco al río Piri Poty me llegan cantos de una mujer oculta. Allí también el secreto se hace sentido. A veces permanezco en silencio un rato entre los juncales y tengo la impresión de oír conversaciones de complicidad. Miro y no hay nadie. Sin embargo las palabras de un hombre y de una mujer joven que presientes gozosos nunca son secretas del todo. No veo a nadie, y por eso nunca se lo he contado a nadie. Me tomarían por demente. Pero para mí las voces se revelan. Allí, junto a la corriente o dentro del agua, es como si dos personas disfrutasen de los juegos. Se me antojan que incluso prohibidos. Ya ve usted, ¿qué más le puedo contar que le pueda interesar, si es que esto le interesa?




(Fotografía de Chris Killip)


sábado, 27 de junio de 2020

A través de los bambúes




Atravesando en compañía de la joven fotógrafa Hitomi Shi y sus amigos el bosque de bambúes de Arashiyama escuché algunas leyendas. La de los amantes adúlteros, por ejemplo, que huían de la persecución de sus familias y cómo la senda de los bambúes se cerró para ocultarlos. La de los soldados desertores, que quedaron convertidos en troncos del bambú cuando un destacamento del ejército estaba a punto de atraparlos. La del funcionario avaricioso y cruel que cobraba tasas superiores a las ordenadas y desapareció misteriosamente. La de los ancianos que desaparecían en la montaña para terminar sus días, si no solamente sus horas. Una leyenda es la formulación literaria más antigua que existe. Como va corriendo a través del viento las posibilidades de que se amplíe o se reduzca su contenido son infinitas. Algunas leyendas se enriquecen considerablemente. Nunca se puede decir si es más bella la que más cuenta o la que más obvia. Particularmente prefiero las que no desvelan los enigmas que guardan dentro de sí. Creo que Chitón habla hoy sobre alguna de ellas.






(Ukiyo-e de Katsushika Hokusai)

martes, 23 de junio de 2020

Cuentos indómitos. La doble caída del caballo del juez
















"Los hombres desesperados viven en ángulos. Todos los hombres enamorados viven en ángulos. Todos los lectores de libros viven en ángulos. Los hombres desesperados viven suspendidos en el espacio como figuras pintadas sobre las paredes, sin respirar, sin hablar, sin escuchar a nadie". 

Pascal Quignard, Terraza en Roma


Había cogido gusto a la novela. No entendía lo suficiente como para poder clasificarla en un género ni juzgarla por su calidad. Había sido tan intuitivo como con los sumarios del juzgado. Hay sumarios que son novelescos, otros anodinos, pensó Ordóñez. Pero los casos pertenecen a un mundo que me conozco de sobra. Sin embargo qué curioso relato el que he leído. ¿Será porque lo leo de otro modo sin el condicionamiento y la premura de una sentencia que debo dictar? El agrimensor del título apenas aparece sino al principio. Tiene una vida tan efímera que si no fuese porque la mujer que se enamora de él, o eso se supone, lo rememora a lo largo del libro se diría que no ha existido. Pero ella convierte a un ser vivo en un espectro. A la protagonista le gusta hacer mención de aquel hombre fugaz, ¿o solo fue fugaz la relación que mantuvieron, y es que el matiz importa?, a todos los hombres que ha ido conociendo después en su vida. Se lo cuenta a cada uno y sus amantes le escuchan, se vuelcan en la posesión de la mujer y después la ignoran por completo. Les cuenta a cada cual, recreando cuando no reinventando, la clase de vínculo que le unió con uno o con otro. Les cuenta sobre la personalidad del anterior, o del anterior del anterior, y qué le gustaba o le disgustaba de ellos. No le importa que el amante presente piense que con él puede hacer lo mismo. Ella lo hace para forzar un acicate. Para que cada nueva aventura se esmere con ella y revele de sí, de él pero también de ella, de lo que son capaces en la aproximación y en el calado al que lleguen. Y es que ¿tiene acaso otra manera de superar la experiencia con el hombre efímero del que siempre ha lamentado su desaparición? ¿Qué vio en aquel amor primigenio que no cesa de perseguir de forma denodada otros, aun sabiendo que son inciertos y que le van a aportar poco más? Ella ejerce su dominio arriesgado y ellos, cada uno de los que caen en su red, esos hombres oportunistas y de temporada, creen aprovecharse de una circunstancia que, no obstante, solo ella controla. Pero ahora que lo pienso, si lo que espolea dentro de ella la pasión con sus nuevos novios es el recordatorio, tenaz y vívido, del agrimensor perdido, ¿no será que busca acabar con él si bien solo logra encender más aquellas vivencias? Ella como acicate para cuantos individuos se acercan. Ella recibiéndoles al principio como únicos o incluso definitivos. Ella luego traicionándolos pero haciéndoles ver que son ellos los que se traicionan y que por eso, cuando a ella le conviene, les deja de querer. Hay uno de los amantes que en un momento dado dice: me hablas tanto de ese agrimensor que conociste de pasada que tengo celos. Y ella, la protagonista, se ríe y se aprieta al hombre circunstancial y le contesta. No temas, tu ámame y calla. Se lo dice con un tono autoritario al que el amante se rinde. Cuando otro de los amantes le pregunta durante un encuentro si aquel hombre fue tan importante en su vida o resultó ser tan buen amador la mujer protagonista le responde con simpleza: fue un hallazgo que no pude, o no supe, retener. Y esto da pistas al amante del momento y este sabe que debe hacer algo diferente para que a su vez ella no se le vaya. La protagonista persiguiendo siempre un fantasma. Acaso lo inalcanzable, no solo lo no alcanzado. La trama te pierde un poco, piensa Ordóñez, o acaso se trata de que la imaginación del lector, acostumbrada a lo lineal y simplón, no pone de su parte lo suficiente para penetrar en la maraña de motivaciones y acciones que se describen en el libro.

El juez, tomándose un café cargado en la confitería de sus tiempos de juventud, apoya los codos en la mesa. Entrecruza sus manos y deja volar destellos, sorprendiéndose que esté repasando aquel argumento laberíntico sobre el que ya le había advertido el librero Gortari. ¿Habrá sido esta novela, medita, un punto de inflexión en mi dejadez tradicional? ¿Será mi caída del caballo paulina que me está indicando lo abandonado que había estado en la lectura literaria? ¿O el libro me conduce a revisar otro abandono, mi acomplejado vaciamiento afectivo que el socorrido recurso habitual no puede llenar? 






 (Fotografía de Jorge Molder)


domingo, 21 de junio de 2020

Presencia del Fujiyama





Es inenarrable el encantamiento visual del Monte Fuji. Su elevada altura, su visión desde amplios y distantes entornos -Tokio se encuentra a cien kilómetros- lo convierten en una presencia todopoderosa y en una autoridad inapelable. Por supuesto también en un mito que dio lugar a adoradores de diversos tipos. A cultos y templos pero también a su extensión en la literatura y en el arte plástico. Es una de esas presencias reales que parecen imponerse al mundo de los hombres para condicionarlo durante largos períodos de su historia. Hay muchos cuentos, infinidad de episodios, en torno a la soberbia referencia que las erupciones volcánicas fueron labrando en la isla de Honsu. Ese volcán hoy dormido, en la terminología al uso, tuvo su última manifestación de energía hace apenas tres siglos y la ciudad de Edo, el Tokio actual, fue cubierta por las cenizas. El pintor del mundo flotante Katsushika Hokusai lo representó en sus imágenes de las Treinta y seis vistas o en las Cien vistas del Monte Fuji desde diversos ángulos y parajes. Vinculándolo a los trabajos y los días de los aldeanos y de los urbanitas, de los artesanos y de los funcionarios, de los comerciantes y de los viajeros. Convirtiendo a la naturaleza en protagonista majestuosa de un país y de una forma de vida compleja y secular. Chitón sigue sus breves cuentos inspirados por Hokusai. ¿O acaso lo son por el Monte Sagrado?




viernes, 19 de junio de 2020

Se va el caimán...



En los aledaños de mi ciudad se ha producido un episodio  hipnótico. Digo hipnótico por buscar una calificación que se opone a la visión nítida y comprobada. Aunque ignoro quién será el hipnotizador o si simplemente lo que ha causado cierta hipnosis ciudadana es la coyuntura anormal que hemos venido atravesando desde mediados de marzo.  Durante días han estado buscando a un cocodrilo -algún osado llegó a decir que se trataba de un cocodrilo del Nilo nada menos- en las aguas del río Pisuerga en Simancas, cerca de la desembocadura en el Duero. Supuestos testigos dijeron que lo habían visto -o les había parecido verlo- y otros testimonios posteriores hablaron de que se trataba de una nutria. Pero como no se ha dado ni con cocodrilo alguno ni con nutria conocida todo ha quedado en una búsqueda infructuosa, a tenor de la prensa. Y uno tiene la sensación de que la serpiente de verano llegó en vísperas. Bien por alucinaciones de algún paseante, bien por el mono de no poder salir a hacer la vida normal que el estado de alarma proscribió, bien porque el espíritu viajero de un Salgari o un Conrad de la vecindad lo sugirió sin necesidad de adentrarse en ningún corazón de las tinieblas de cualquiera de las selvas que aún subsisten en el planeta.

Aviso a los navegantes. ¿Se producirán en el futuro más visiones no comprobadas como la del cocodrilo que se fue y no vino? ¿Habrá saurios, reptiles y patógenos múltiples entre la convivencia cívica? ¿No les basta a algunos las falsas noticias de las redes sociales, las fake inventadas con mala saña y peor intención por los envenenadores que alientan el odio o simplemente para satisfacer su estúpido ego con patrañas? Algo huele a cambiante en el entorno y no sé en qué dirección soplará el aire. A pesar de lo que la sacrosanta publicidad pregone que de esta salimos maravillosos y maravillados surgen tantas dudas. ¿Nos seguiremos fiando unos de otros como lo hemos venido haciendo hasta no hace mucho? ¿Daremos más pábulo todavía a la insensatez y al infundio? ¿Asumiremos un civismo y unos cuidados que se tienden a abandonar a la primera de cambio? ¿Cederemos a la hipócrita y negada pseudo argumentación de los partidos del odio y rendiremos nuestras armas e impedimenta de la razón y el diálogo? ¿Preferiremos vivir de lo fantasioso antes que afrontar la dura realidad de cada día? Me temo que va a ser un verano con mucho caimán suelto. Que no nos pase nada.



 

 (Fotografía tomada del blog El paseante)


lunes, 15 de junio de 2020

Cuentos indómitos. La librería de Gortari




"En los libros busco solamente deleitarme con una honesta ocupación; si estudio, no busco otra cosa que la ciencia que trata del conocimiento de mí mismo y que me enseña a morir bien y a vivir bien".

Michel de Montaigne, Los Ensayos. Capítulo De los libros.



Aprovechando un viaje profesional a Asunción el juez Heriberto Ordóñez se propuso acercarse hasta una librería. En toda su vida había entrado lo justo en esta clase de establecimiento. De joven cuando había tenido que hacerse con textos de Derecho, casi todos de segunda mano. Después solo cuando necesitaba optar por un regalo de compromiso. Pensaba como mucha gente: ¿qué regalo a mi tía o a mi sobrino, si desconozco sus gustos? Con un libro de moda o un cuento quedaré bien. Y ni siquiera tomaba la iniciativa de elegir. Se dejaba recomendar por el dependiente. 

Dime de una librería bien dotada, indicó a un compañero de judicatura que gozaba de fama lectora. ¿Quieres que tenga textos antiguos o literatura moderna?, le preguntó el juez amigo. Heriberto se quedó pillado. Él solo quería una dirección y el otro parecía dispuesto a hacerle un examen. Se lo pensó, poniendo cara de circunstancias. ¿Cómo iba a revelar a alguien cercano que andaba tan perdido en materia de letras? ¿Qué concepto tendrían de él si manifestaba sus carencias o, lo que es peor, su falta de interés por la cultura? Ocultando sus limitaciones buscó una respuesta salomónica, muy propia de su oficio. Lo nuevo siempre es atractivo y tentador, contestó como si dijera algo importante. Pero si lo viejo está cargado de sabiduría siempre será una lectura más segura y satisfactoria, ¿verdad? El juez amigo afirmó con la cabeza. Buen criterio el tuyo, Heriberto, se nota que entiendes y que tienes claro lo que te pide el cuerpo. Pero hay de todo, tanto de lo escrito en el pasado como de lo que se escribe en los tiempos actuales. Ve a la librería del flaco Gortari, es un águila. Distingue a primera vista al cliente y se rinde ante la evidencia del lector fiel. Entre lo que lee y lo que le informan los clientes afinados en la lectura, que él metaboliza y recrea, es un orientador seguro. Fíjate que hasta es capaz de recitar de memoria un libro no escrito, añadió con un guiño. No digas, replicó Ordóñez, entrando a la chanza. Ese hombre no es solo un librero, sino un portento.   

A principio el flaco Gortari le pareció a Ordóñez un tipo huraño. Su contextura asténica y el rostro severo no contribuían a atraer al cliente que entrase por primera vez. Cuando el juez le comentó que venía recomendado por un colega el librero se quitó la máscara. Si le envía el juez Vallarta es que usted es un entendido. Yo no le voy a vender nada. Usted va a elegir. En esta materia no me gusta utilizar el término comprar. Heriberto se quedó confuso. ¿Le iba a dejar a la deriva en medio de aquel almacén de libros donde no sabía en qué dirección mirar? Gortari debió captar a la primera la parálisis del juez, pero no dejó margen a la duda que el otro considerase ofensiva. A título informativo, dijo, y para que no se le caigan las estanterías encima siga los rótulos de las materias. Pero tampoco pierda el tiempo. Déjese llevar por el olfato. No se fíe de las portadas tentadoras de los libros y menos de los comentarios publicitarios de las solapas o de la parte de atrás que, como sabrá de sobra, son engañosas. Sienta la llamada interior o el sexto sentido, lo inesperado. 

Ordóñez ocultó hábilmente su desconcierto. Luego exhibió una pose de concentración sobre algunos volúmenes y una actitud de desdén hacia otros. Tan pronto tomaba de un anaquel un título al azar y se dedicaba a hojearlo con calma como colocaba otro rápidamente en su nido. Al pasar por la sección de autores clásicos Ordóñez se agachó, pero el librero lo interpretó como una reverencia. Ah, señor, intervino presumiendo de ser sumo sacerdote de un templo laico. Esos nombres no solo merecen ser admirados sino también venerados. No en vano desde entonces nos llegan no únicamente la belleza de las palabras sino también las formas precisas de su uso. Y con ellas los valores morales que han trascendido y que no entienden tanto de ideas o de creencias como de reglas de juego por las que conviene que nos sigamos rigiendo los humanos hoy día, ¿no le parece? Heriberto Ordóñez hizo un gesto de aprobación. De los clásicos valoro sobre todo que no parezcan antiguos, dijo por decir algo. Y se dio cuenta de su capacidad para disimular incluso en condiciones adversas, entre las cuales la cultura abierta no era solo un déficit sino una limitación que descubría horrorizado que era onerosa.

Al juez le pareció que la visita a aquella librería le suponía más de manifestación sobre sí mismo que de acercamiento a literaturas. He sido siempre un cínico en mi oficio e incluso en ciertas relaciones sociales, pensó con humor, pero nunca imaginé hasta qué punto esta actitud me sería útil para mantener el tipo con un personaje conocedor de la materia. Luego se desplazó de zona y se entregó a un vuelo rasante sobre las novedades, toqueteando los libros, como si el cálido tacto le informara o esperase de aquella caricia una revelación. De pronto el juez se detuvo ante una portada. Letras en rojo sobre negro. El caso del agrimensor extraviado en la ciénaga, leyó. Volvió a deletrear palabra tras palabra. El pecho se le agitó y tuvo un pálpito. Lo he echado un vistazo, interrumpió el librero su perplejidad. No es una mera novela de misterio. El autor debe ser de algún país eslavo de la arcaica Europa, del que apenas sabemos casi nada ni de su historia ni de su presencia. Pero le advierto que es literatura híbrida, y tiene mucho de experimentación. Un libro raro, no le puedo decir más. Ordóñez simuló una actitud iconoclasta respecto al confeso interés por lo clásico. Escondió también que no había entendido nada de lo expuesto por el librero. Creo que voy a aventurarme, dijo, mientras le extendía trémulo el libro. De vez en cuando hay que romper gustos, liberarse de adicciones y probar de lo desconocido, ¿no es cierto?





domingo, 14 de junio de 2020

Pensamiento fugaz entre los cacharros





Al final resulta que la publicidad se impone a las versiones oficiales. Y no digamos a las realidades. Ahora que todo ha terminado...oigo decir a un anuncio en la radio. ¿Por qué nos reconforta más la publicidad que los argumentos? ¿Acaso porque es la alternativa de nuestros días al ejercicio de razonar?  Dejo de fregar y me vengo a escribirlo. Parodiando a Teresa de Cepeda tengo la impresión de que el combate entre las verdades y las mentiras también tiene lugar entre los pucheros. 




(Fotografía de Alexander Rodchenko)

jueves, 11 de junio de 2020

Senecio, Klee y mis máscaras




El pintor Paul Klee (y músico, y literato) pintó aquella máscara que tituló Senecio, tocado, como otros artistas de su tiempo, por la llamada de África, es decir, de lo desconocido. O de lo minusvalorado. O por la atracción a saber él más de sí mismo, de sus posibilidades creadoras, de su entendimiento con lo exterior. En sus Diarios -mi último gran descubrimiento a través de una librería de lance- hay un punto escrito años antes de su Senecio que dice:

"...825) Uno encuentra su estilo cuando no puede hacerlo de otra manera, es decir, cuando no puede hacer otra cosa. El camino hacia el estilo: Gnôthi seautón (Conócete a ti mismo)"

Pero esa conclusión, ¿no es aplicable a cualquier comportamiento y no solamente al de un creativo artístico? Cuando nos encontramos al límite de una situación se nos plantea o el abandono o el salto adelante. Hay quien obvia este y se pudre en el callejón sin salida. En un pintor probablemente significa que ha llegado al límite y que no es capaz de hacer nada nuevo. Algunos han intentado lo nuevo y ciertamente les ha salido peor que lo anterior. En nuestras conductas vitales nos sucede lo mismo. Y sin embargo siempre nos persigue la atracción por lo desconocido de nosotros mismos. Que por miedo o por cansancio o por la aceptación de una relativa comodidad de vida nos resistamos a saber algo más es una posibilidad, si no un riesgo.  Paul Klee se inspiró en geometrías múltiples que veía por todas partes, inclusive en la plástica africana. Yo también, cuando dudo, miro alguna de mis máscaras de pared, hago que se encaren con la mía propia, la que corresponda a determinado momento de mi vida. A veces el coloquio es fructífero, en otras ocasiones las de la pared ignoran la mía propia. 

Por cierto, qué interesantes los Diarios de Klee, escritos entre 1898 y 1918, pero preservados hasta después de su muerte en 1940. ¿Eran una herramienta del conocimiento de sí o el testigo escuchón con el que se encaraba?


1art1 Paul Klee - Senecio, 1922 Alfombrilla para Ratón (23 x 19cm ...
(Senecio, de Paul Klee)



martes, 9 de junio de 2020

Deseo de la bienaventuranza (Y Martynov)






Quien más o quien menos, en mayor o menor medida, con prudencia o con osadía, con indolencia o con ansia, con ignorancia o con clarividencia, con urgencia o con calma, con humildad o con soberbia, con ilusión o con dudas, con sueños o con cálculos, con tozudez o con preocupación,  con fantasía o con naturalidad, con apoyos o por azar, con normalidad o frente a adversidades, quien más o quien menos, ya digo, todos aspiramos a un cierto grado de prosperidad en la travesía de la vida. Deseemos, pues, una dichosa bienaventuranza en estos tiempos sumamente quebradizos e inciertos. A pesar de.










viernes, 5 de junio de 2020

Cuentos indómitos. Las dudas de la mujer del funcionario




"¿Por qué, pues as llegado
aqueste coraçón, no le sanaste?
Y, pues, me le as robado,
¿por qué assí le dexaste,
y no tomas el robo que robaste?"

San Juan de la Cruz, Cántico.




Sé que el placer que te di fue y seguirá siendo único, leyó Jacinta en una hoja suelta del diario del agrimensor. Aquel texto, escrito de puño y letra por Pallarés, desconcertó a la mujer. El aparente realismo -no exento de tono pretencioso- pareció desafiar la incredulidad inicial. ¿Lo había copiado en un papel aparte del cuaderno? ¿O era fruto de la imaginación de su marido? Este, antes de desaparecer, llevaba dos días absorto en unos cuadernos ajenos que no había entregado al juzgado para el procedimiento de la investigación. ¿Qué leía o, mejor dicho, qué veía el funcionario en ellos que tanto le impresionaba? Aquellas letras amorosas que parecían propias, ¿se trataban de una prueba que se había impuesto por pura fiebre literaria? ¿Era un desahogo proveniente de un interior reprimido que nunca había confiado a su esposa? ¿O se trataba de lo inesperado, el borrador de una misiva a una amante de cuya existencia ella jamás había sabido? Jacinta lo dio vueltas durante un rato, sin dejarse afectar más que por la sorpresa primero y a medida que avanzaba la lectura por la perplejidad.

Los seres humanos, siguió leyendo la mujer, nos pasamos la vida retando al destino. ¿Cuántas caras auténticas tiene el destino? ¿Solo las del amor y la muerte? Y eso suponiendo que la primera sea siempre sentida con sinceridad. Y lo que hay entre ellas, ¿qué es? ¿Simples gestos o muecas con que cumplimos la función de vivir con arreglo a normas, acostumbrándonos al desgaste, resistiendo al tedio que vuelve opacas nuestras existencias? Según avanzaba en edad más me ofuscaba en el recuerdo y contemplaba la rutina con mayor aceptación, pero algo me decía que ir hacia la vejez, aunque fuese lentamente, no podía ser solamente esto. Entonces apareciste tú concediéndome el don de una respuesta salvífica. Ya no se trataba de tu juventud ni de tu atractivo porte ni de la capacidad innata de entregarte, aun cuando todo ello justificase tu entrada en mi vida. Era ese saber estar pendiente de mí lo que más me seducía. Tu interés por mi pequeño mundo. Tu disposición a comprender las circunstancias en las que me muevo, sin exigencias ni celos. Y el ver potencialidades dentro de mí que yo ignoraba cuando no desechaba. Y entonces, ¿era el mismo u otro cuando estaba contigo? Creerme el de siempre significaba crecer en mi idoneidad, algo que me parecía casi imposible. Ser otro me revelaba la maravilla de mutación que un individuo puede experimentar en esta vida incluso sin haber previsto ni imaginado un cambio. Sin que la edad pueda afectarle definitivamente y le obligue a claudicar. ¿Y si todo está siendo un sueño pasajero, una alucinación transitoria, un regalo que el azar me concede para que descubra dentro de mí esos espacios que distingo a medias y que nunca he satisfecho más que en reducidas dimensiones?

Según avanzaba en la lectura de aquel apunte Jacinta no sabía si el que hablaba era el autor del cuaderno o quien tenía secuestrado el diario a la investigación judicial. ¿A quién se refería realmente el autor de aquellos apuntes que parecían sobreponerse a los del agrimensor? ¿O era imaginario?, volvía a pensar una y otra vez. Siguió leyendo, impresionada por aquella especie de confesión íntima, pero no se sintió herida de modo especial, si bien tocada por una afinada curiosidad cuya deriva era imprevisible. Había adoptado la actitud de un lector ajeno que en parte se identifica con un relato pero que conserva el temple distante que le permite gozar de lo leído sin perder la referencia de sí mismo. Después de estar contigo, retengo el recuerdo de lo experimentado, se afirmaba en aquel texto. No solo como eco sino como principio activo que se mantiene en mis sentidos. Y que me pide más. Volver a verte, acercarme a tu cuerpo, envolverte en el mío. Si tú desapareces, yo desaparezco, remataba. La esposa del funcionario no pudo avanzar. Esta última frase era lapidaria. ¿Como un reto o como un epitafio?, pensó. Y ella misma se sintió incómoda por utilizar aquella imagen tras la cual ya no hay posibilidades de modificar nada y sí, en cambio, permite permanecer en un mar de misterios y enigmas que cada individuo arrastra con su oleaje vital.




 (Fotografía de Manuel Álvarez Bravo)


lunes, 1 de junio de 2020

Más allá del ruido de los energúmenos, el silencio de los que hacen y trabajan



Primero había pensado en poner aquí el cuadro El abrazo, de Genovés, pintor recientemente fallecido. Pero pensé que estaba siendo muy manipulado desde sus orígenes. Cuando la transición y posteriormente se ha querido ver en ese cuadro una alegoría del reencuentro -tardío pero menos era nada- entre españoles, algo que no me parece mal en absoluto. Siempre que una alegoría no sustituya a la realidad. Pero es que la realidad real de los orígenes del cuadro, según cuentan, era más bien la celebración o exigencia de una amnistía para todos los presos políticos de la dictadura abyecta que tuvimos. Y una amnistía en aquel momento de los inicios de la tan cacareada Transición, ¿no era una manera de reencontrarnos? Creo que no para todos. Porque algunos, no sé si herederos del antiguo régimen o de la ignorancia, que para el caso tiene sus identificaciones, han seguido buscando permanentemente las vueltas a la Democracia -limitada, relativamente satisfactoria, pero seguramente superior a muchas otras incluso del Occidente- hasta estos días. Lo de estos días ya es de tristeza cultural, de injusticia y de desagradecimiento. Que en plena crisis sanitaria los partidos de la derecha se hayan revelado  -¿¡abajo máscaras!?-  como extremistas y radicales, no colaborando en todas sus dimensiones en el cuidado por combatir la crisis, y hayan buscado el beneficio político, perdón, partidista, resulta de lo más lamentable y mezquino. ¿Quiénes no quieren el abrazo permanente en nuestra sociedad? Ruido han metido y siguen metiendo lo suyo. Poniendo palos en las ruedas, querellándose imprudentemente, dividiendo a las familias, si no ya a otros territorios, exhibiendo los símbolos de su impotencia. ¿Tal vez incluso alegrándose, en la mayor de las bajezas, de la desgracia de los miles de muertos con la que tiene que enfrentarse los gestores políticos elegidos en este período? El ruido y la impotencia de los que siempre están tras el pensamiento único no parece cesar. Es lo que tienen los dogmáticos, los que no saben defender con el diálogo los razonamientos sensatos, los que quieren que todos pensemos como ellos, los que solo buscan su interés particular por encima del bien de la colectividad social. Así que el sábado leí un artículo en El País, firmado por Remedios Zafra, titulado El ruido como fórmula, del que entresaco un par de párrafos que me parece que interpretan muy bien los dos tipos de comportamientos que chocan entre sí estos días.


"...No todo lo que importa suena. Fíjense en el virus, que ha venido de puntillas, aunque pareciera que algunos quieren echarlo a golpe de cazos y tapaderas como platillos. Pero no, no se trataba de echar al virus. Las escenas más ruidosas han estado movilizadas por un grito localizado contra el Gobierno, como una reina de corazones pidiendo aquí y allí ¡que les corten la cabeza! La argumentación, crítica y alternativa de gobernanza que proponen quienes lo incentivan, no se muestra o no está, solo parecía sugerida por ollas golpeadas con cazos y sartenes, un palo de golf rebotando en una señal de tráfico, autobuses triunfales de quienes aspiran a crear una épica impostada, coches enfilados con sus bocinas pulsadas y gruñidos de motores diesel de última o penúltima generación. 

Saturada de ruidos pienso en multitud de cosas calladas que importan. Por ejemplo, no suena la investigación silenciosa, las lecturas en voz baja y los ensayos clínicos, la concentración de esos científicos a los que ahora se escucha con inusual atención sin advertir la precariedad de muchos, como la de tantos sanitarios que se manifiestan en silencio. No suena el trabajo diario de profesores y estudiantes, la reflexión que quizá en los próximos meses nos regalará una explosión creativa sin precedentes. No suena la atención de quienes están pensando soluciones colectivas para mejorar cada pequeña parcela de mundo que se ha visto trastocada: las formas de trabajar, el envejecimiento, la sanidad, el clima, la educación, la igualdad, los espacios en que vivimos… Todo requiere reflexión e inteligencia para aportar ideas, no ya que resuelvan el estropicio, sino que mejoren lo que teníamos antes. No suenan, o muy levemente, la atención de un enfermo en la UCI, ni la ansiedad de las enfermeras ahora que se apaga el foco sobre ellas. No suenan las colas de personas que recogen comida en asociaciones vecinales. Lo hacen con la cabeza baja, como si se sintieran culpables, sin que los demás temblemos de vergüenza por permitir que esto pase. No suenan los cuidados de los vulnerables y ancianos en la intimidad. No creo que esas cuidadoras se manifiesten en coche, seguramente no tienen tiempo, algunas ni tienen coche, ni siquiera tienen contrato, y, con pocos recursos, después de cuidar ancianos se ponen en las colas calladas. ¿Han observado cómo los sonidos y los instrumentos para pronunciarse difieren según las personas que sufren? Tampoco suenan con estruendo las conversaciones templadas que tienen y debieran tener los políticos, especialmente los incapaces de hablar sin insultarse o sobreactuar cumpliendo su trabajo de mejorar lo común (no lo propio), empatizando con quienes piensan diferente, como si fuéramos juntos por una vez".





(Ilustración de Manel Vizoso)

sábado, 30 de mayo de 2020

Cuentos indómitos. El juez que no leía



Más allá de los mamotretos de las causas y del periódico que apoyaba al partido político del que era seguidor el juez apenas leía otra cosa. Repasaba lo justo los expedientes, de manera muy dirigida, sin detenerse en detalles secundarios. En una causa judicial lo que es se ve a primera vista, solía comentar con ligereza. Confiaba plenamente en su oficial para apreciar las agravantes y las atenuantes.  Del periódico, aunque fuera de los suyos, tan solo se interesaba por los epígrafes y, si venía a cuento, echaba un vistazo al artículo de alguno de los amigos de su círculo. Por si le recababan la opinión. Estaba en una etapa de su vida en que todo le aburría y de todo desconfiaba. Ni siquiera la tertulia del café, de la que cada vez era menos asiduo, le generaba ilusión. ¿Estaré en el camino de la soledad más acuciante?, solía preguntarse en sus momentos frágiles.

La charla con la mujer de Pallarés le dio que pensar. Así que mi leal oficial leía más allá de lo que su cerebro le permitía digerir, pensó de su propia cosecha. Y qué callado se lo tenía. Hay para todos los gustos y capacidades, y Pallarés debe tener ambas propiedades en una dimensión mayor de lo que aparenta. Trabaja intensamente, se dedica a la familia, lee robando horas al descanso...¿Cómo podrá con todo? Que un agrimensor desaparezca se deberá a alguna circunstancia del destino que tendrá una explicación, y miren que no dejará de ser un agrimensor, un oficio reponible, sin mayor incidencia, pensó con cierto menosprecio. Pero que del mejor oficial de este juzgado y de todos los del país no se sepa dónde anda es algo que no puedo permitir. Hace que me sienta culpable en alguna medida, sollozaba como un cocodrilo y de manera impropia para un letrado con una experiencia que se suponía tan consumada. 

Los pensamientos se agolpaban en bruto y se desperdigaban sin orden dentro del cráneo del juez Ordóñez. Todo debe radicar en la investigación esa donde ha ido más allá de su competencia por lograr pistas sobre el desaparecido del río. Pero ¿y si la culpa la tienen los libros? ¿O  si le desquician sus pesadillas? Lo que no me imagino de Pallarés es largándose con otra mujer, por ejemplo. Que yo sepa nunca ha comentado nadie acerca de veleidades que se pudiese traer con otras. En eso es distinto a mí. Su esposa, por otra parte, aparenta todavía una edad briosa y seguramente es capaz de suscitar deseo en su propio marido, no obstante lleven ya varios años de matrimonio. Pero quién sabe. Tal vez los sueños le han transmitido un mensaje especial en una dirección que no podemos distinguir. Acaso las lecturas le sugieren territorios que no se había planteado recorrer, algo así como otros espacios afectivos, otras metas que sin haber conocido historias escritas no se habría marcado. O simplemente un acceso de aventura por ver mundo, como si se tratara de un adolescente cuya sangre le hierve. ¿Y si lo que busca es el tiempo perdido de su propia vida? ¿No es la carne una geografía cambiante que siempre nos reclama? ¿No son los objetivos juveniles nunca alcanzados pero sí anhelados lo que suele perseguir a un hombre en plena madurez, cuando ya no hay vuelta atrás? ¿No puede tratarse en el caso de Pallarés de una inteligencia personal superior a lo que puede demostrar en una profesión que acaba convirtiéndose en anodina? Eso puede ser, que se encuentre en plena crisis vital, y ni su mujer ni yo, ni nadie en el juzgado, lo podíamos intuir. Son ganas de escarbar en lo desconocido, y temo que estoy haciendo extrapolaciones mientras tomo como referencia mis propias quebraduras. 

El juez Ordóñez permaneció dentro de su coche, sin saber qué hacer. No quería tampoco alarmar al resto de funcionarios ni levantar sospechas sobre el brillante currículo de Pallarés. Si había algo secreto en el paradero ignoto de este lo mejor era ser discreto. Se lo merecía. ¿Era un subalterno o un camarada aunque estuviera en otro plano del escalafón? Compartía más que el propio juez el interés por las causas judiciales, por lo tanto se merecía un reconocimiento que al mismo Ordóñez le reconfortaba. Además, Jacinta y los hijos no podían ser abandonados por él en un momento como aquel. Ah, Jacinta, masculló sorprendido porque las imágenes de su conversación con ella no se le fueran de la cabeza. En lo mejor de su madurez lustrosa, como si aún estuviera construyendo su atracción mesuradamente voluptuosa, fantaseó con palabras interiores. La clave de la desaparición de Pallarés tiene que estar en lo que ha leído toda su vida. Pero, ¿qué libros serán esos? ¿Qué vidas ha encontrado entre sus páginas que son capaces de apoderarse de la propia?

Entonces el buen juez decidió que debía volver a visitar en pronta ocasión la casa del oficial del juzgado. Quería ver su biblioteca. Puede que para él mismo, juez de instrucción hastiado de la monotonía, ni el amor ni la lectura fueran objetivos obsoletos y, por lo tanto, descartables.




(Fotografía de Manuel Álvarez bravo)