La llamaban la mujer oscura. No porque fuera de tez negra sino porque se empeñaba en vivir en las tinieblas.
Los cabellos enmarañados desvirtuaban sus facciones. De día ocultaba su cuerpo con un vestido largo y bruno. De noche se entregaba desnuda a los astros y bailaba al son del canto acompasado de los mochuelos.
Procuraba pasar desapercibida. No se la conocía oficio ni familia y nadie sabía con precisión dónde se refugiaba de las inclemencias. Los que casualmente se habían cruzado con ella por alguna senda decían que era taciturna y huidiza. Nadie se atrevía a permanecer frente a la mujer oscura, aunque alardeasen de intentarlo. Pero la imaginación de los más chismosos veía lo que nadie podía corroborar. Si hace un gesto repentino de cabeza sus cabellos dejan al descubierto unos ojos perturbadores, decían unos. Cuando sopla el viento muestra una boca que se ofrece, aseguraban los voluptuosos. Algunos presumían de haberla visto caminar con movimientos tan pausados como elegantes, aquellos que solo se dan en la armonía de la floresta cuando es agitada por el viento. De ahí que hubo quien inventó la leyenda de que se trataba de un espíritu fecundado por la naturaleza y destinada a hacer crecer a esta.
Movidos por curiosidad o por instinto obsceno, algunos hombres se apostaban de noche a la orilla del río o en lo alto de algún escarpe o junto a las divisorias de los viñedos, sospechando que ella andaba por todas partes. Sin embargo no lograban controlar sus pasos. Tal vez alguno de nosotros pueda saber algo de lo que se trae esta mujer, confidenciaban los más indiscretos a sus amigos íntimos. Pero a la mujer oscura nadie la podía ver con certeza. Ni siquiera con luna llena. En los plenilunios había un pacto del astro con la mujer por el que ella permanecía oculta a todas las miradas, especialmente a las malévolas. La luna quería que solo ella pudiera observar cómo es el mundo de las tinieblas y cómo se abandonan los hombres a sus groseros comportamientos nocturnos. La luna le protegía de acechanzas y riesgos. Prefiero ser una mujer tenebrosa, se decía a sí misma, pues no veo franqueza y bondad en el regir cotidiano de las gentes, que siempre andan a la disputa y al desencuentro, con envidias y recelos, dándose a las difamaciones y dejándose la vida en competitividades sin fin. No es precisamente la claridad aquello que ilumina las almas humanas.
La mujer sombría se adentraba algunas noches, resguardada por las sombras, en las calles pompeyanas. Escuchaba el clamor de las quejas y los llantos, se sorprendía con el estruendo de risas y goces, ponía atención a las tensas conversaciones familiares acerca de los negocios arriesgados y también al dolor de los trabajadores mal valorados. Distinguía entre los pudientes que no conseguían ser felices y los esclavos que vivían ilusionados por obtener alguna vez la libertad. Se admiraba del ejercicio pasional de los jóvenes y se aturdía con la tozudez de los ancianos que no querían desprenderse de sus obsesión por los amores pasajeros.
A veces tomaba la decisión irreprimible de caminar hacia el misterioso monte alto. Aquel monte anterior a todo lo habitado, aparecido allí cuando ni siquiera los héroes de otras tierras se habían detenido para fundar las urbes. Avanzaba sin prisa ni agitación, como si estuviese segura de que le esperaba un interlocutor natural que no traicionaba ni desamparaba. Atraída por aquella altura majestuosa llegaba hasta sus laderas, ascendía como si se dirigiera a otro mundo. Era presa de la excitación y la curiosidad, que no la habían abandonado desde niña. Sé que hay vida dentro de la montaña, se decía. O bien habitan allí otros hombres o es el lugar donde se refugian dioses desconocidos. Pero me llegan voces y a medida que me acerco a la inhóspita morada mis pies arden como si alguna fuerza extraña quisiera contagiarme de su energía y convertirme en una mujer luminosa. Tras un tiempo en una confusa comunión con la tierra, la mujer oscura volvía sobre sus pasos para continuar alimentando las creencias mistéricas que corrían acerca de ella por la comarca.
Una de aquellas noches en que brillaba la luna en toda su intensidad la mujer, oculta a los ojos de los hombres, tendió su desnudez bajo los morales crecidos en la falda del monte. Lo oscuro llama a lo oscuro, pensó en medio de aquellas gotas jugosas que humedecían su piel. La calima hacía fatigosa la respiración y el suelo extendía su garra dispuesto no solo a no soltar aquel cuerpo exuberante y dadivoso sino a disfrutar con él. Aquí, entre el cielo y la tierra de la noche haced de mí vuestra esposa, invocó como si se hallara ante un ara cuyo sacrificio secreto fuera reclamado por fuerzas ocultas. Entonces creyó escuchar una voz: ¿crees que estás destinada a ser la mujer oscura para toda la existencia? Ella, que no estaba allí para esperar propuestas razonadas, no respondió. Y la voz no volvió a hablar. Las palabras de la mujer oscura son las vibraciones que este suelo me hace sentir, argumentó para sí misma. Pero, ¿y si estas convulsiones que llegan a mi cuerpo son señal de que mi tiempo de ensombrecimiento se está agotando? ¿Y si lo que me propone la naturaleza es que sea la mujer opuesta a la que hasta ahora he sido?
Se abandonó a los desconocidos movimientos que se habían instalado en ella. Hincó las uñas entre la roca. Contempló las líneas curvas que la luna trazaba sobre su piel. Se admiró de las elevaciones y caídas de su cuerpo, que se adaptaban generosas a una tierra erosionada y áspera a la que transmitía fertilidad. Como si su vida perteneciera a los propios orígenes de aquel universo. Vio a lo lejos los templos de la ciudad enmarcados por la rojez esférica y sangrante del astro que parecía devorar la urbe entera. La belleza de la vida no se detiene, se le ocurrió. Pero donde hay vida también hay fin. Dejó de lado los pensamientos y se entregó a devolver a su vez las caricias telúricas recibidas
(Fotografía de Jean-François Jonvelle)