Un día que Asurbanipal iba de caza se extravió de sus acompañantes. Cuando el león que protegía a su manada le vio solo fue hacia él. ¿Te han abandonado los de tu corte?, preguntó el león al rey. Mi corte nunca me abandona. Soy yo quien ha debido desorientarse apremiado por encontrarme contigo, respondió ufano Asurbanipal. Aquí me tienes, pero ¿por qué querías dar conmigo? ¿Acaso me meto yo en tus territorios?, dijo la fiera. Es muy simple, se creció el asirio. Tú eres parte de mis territorios. Tu manada y tú mismo sois de mi propiedad. El suelo que pisas es el que yo te permito pisar. El alimento que os nutre es porque yo dejo que os beneficiéis de otras especies. El león se quedó pensativo y solo se le ocurrió lanzar un rugido ensordecedor. Entonces Asurbanipal dio un paso atrás, miró en todas partes buscando a sus ayudantes, clamó pidiendo socorro con su voz entrecortada y ronca. ¿Eres dueño de todo y sin embargo te asustas de mis rugidos?, dijo el león. ¿Qué clase de rey eres que tiemblas ante otro rey sin más ejércitos que mi cuerpo hercúleo y mi voz impetuosa? ¿De qué te sirve toda tu realeza si estás solo y ni tus dominios te obedecen en este mismo instante? Asurbanipal, cuya coraza temblaba al ritmo de sus palpitaciones cardíacas, quiso hacer gala de su poder. Te ordeno...dijo con tono quebradizo a la fiera. El león le cortó la frase. Aquí no puedes ordenar nada. Mis rugidos no son presuntuosos como tu porte y tu armamento. Rujo para preservar mi suelo y proteger a mi familia. No necesito como tú ejército alguno para reivindicar mi modo de vida. Así que ahora dependes solamente de que yo te ataque o te perdone. ¿Qué deseas hacer? ¿Intentar desenvainar la espada o retirarte a cambio de que yo te permita seguir viviendo?
La Muerte, que contemplaba la escena desde una pequeña loma entre ríos, se aproximó a ambos monarcas. Yo que vosotros no lo intentaría. Estoy segura de que en vuestra desesperación por sobrevivir os mataréis mutuamente. ¿Creéis que por tomar la iniciativa el uno sobre el otro va a haber un vencedor? El león y el rey escuchaban atónitos a aquella aparecida. Entonces ella se dirigió al asirio. Asurbanipal, nadie va a acudir en favor tuyo. Tu cuerpo y tu arma limitada no va a potenciar tu fuerza. Llevas las de perder. El león se creció en aquel aviso al oponente, pero ello fue advertido por la Muerte. Y tú, dijo entonces esta a la fiera, no creas que podrías salirte fácilmente con la tuya. Hay un riesgo serio de que la espada afilada del rey atraviese tu yugular o acierte a la primera en tu corazón. Ambos, el rey de las ciudades y el rey de las llanuras, hablaron con enojo al unísono. ¿No decías que corremos el peligro de perecer ambos? ¿No estás intentando con tu razonamiento de la debilidad de uno y de otro que lo intentemos? ¿O acaso prevés quién va a resultar vencedor y nos lo ocultas?
Entonces la muerte rió con la risa oscura de esfinge que le sale cuando no quiere dar la cara por nadie. Les dejó que ambos contendientes sacaran sus propias conclusiones. Al cabo de unas horas los ayudantes de Asurbanipal lo encontraron dormido junto a unas zarzas, sin un rasguño, sin que la espada estuviera teñida de sangre. A lo lejos se dejaron oír rugidos potentes, pero nadie temió.
Entonces la muerte rió con la risa oscura de esfinge que le sale cuando no quiere dar la cara por nadie. Les dejó que ambos contendientes sacaran sus propias conclusiones. Al cabo de unas horas los ayudantes de Asurbanipal lo encontraron dormido junto a unas zarzas, sin un rasguño, sin que la espada estuviera teñida de sangre. A lo lejos se dejaron oír rugidos potentes, pero nadie temió.
(Relieve del palacio asirio de Nínive)




















