martes, 16 de noviembre de 2021

En el agujero o el anacoreta (Serie negra, 47)

 


Recorrer los territorios de nadie siempre es peligroso. Abandonados de gentes que los habiten suponen por sí mismos un retorno al salvajismo. Solo transcurren por ellos mercaderes en tránsito, mesnadas al servicio de alguna realeza o clérigos fanáticos, si no depravados, en busca de nuevos objetos de misión. Esos habitantes accidentales utilizan rutas de las cuales es mejor no desviarse. Hay otra especie de submundo. El de los desertores, los mercenarios que se acogen al mejor postor y los salteadores sin ley. Cualquiera de estos son impunes y no tienen piedad de la gente de orden, pues han hecho del delito su nueva forma de supervivencia. Se diría que más allá únicamente sobreviven animales sin domesticar y permanecen terrenos abruptos y áridos que jamás fueron objetos de civilización alguna o, si lo fueron, carecen de sus huellas y su memoria. 

Solo una especie reducida, casi fantasmal, se atreve a transcurrir su existencia en un mundo que carece de mundo. Son los hombres que se castigan a sí mismos. Los que excavan cuevas en las ruinas de antiguos templos o en las grietas de las laderas de los valles tenebrosos. Poco se sabe de ellos. Corre el comentario de que estos personajes se entierran en vida para buscar la perfección. Nunca se había oído antes que lo perfecto fuera efecto de la miseria y el aislamiento. Pero en sus mentes persiguen revelaciones enfermizas de las cuales no se curarán jamás. Ciertamente no hacen daño a nadie. Ni siquiera tienen opiniones ni manera de transmitirlas, lo cual les convierte en seres invisibles. 

Yo transitaba en una caravana para llegar a la ciudad amarilla, la que refulge por el oro de sus cúpulas y el vidriado de sus fachadas de ladrillo. El viaje había sido tranquilo en las últimas etapas, tal vez debido a que nuestras mercancías iban bien protegidas por hombres armados a los que habíamos contratado. Debido a esa calma me había apartado de la fila en las paradas para observar con detenimiento el paisaje y realizar algunos dibujos que me permitieran precisar más los mapas hasta entonces al uso, que se habían quedado obsoletos. 

Una tarde, abigarrado en mi turbante protector del viento y la arena, percibí de pronto en la proximidad una figura saltarina. Sus movimientos eran rápidos y huidizos. Al principio creí que se trataba de una alimaña. Se deslizaba entre las rocas, desapareciendo por alguna de sus grietas y apareciendo nuevamente a una distancia inesperada. Pronto me di cuenta de que aquella extraña bestia trataba de descender hasta el arroyo. Me costó reconocer en aquella flácida desnudez a un hombre. Espalda corcovada, cabeza inmersa en un matojo de cabellos enmarañados y largos, la mirada perdida tras unas ojeras enfermizas, torso huesudo, extremidades entecas pero ágiles. Yo no daba crédito. ¿Podría ser una visión imaginaria producto de mi cansancio? 

Enseguida recordé que había oído hablar de la existencia de un tipo de individuos apartados de la sociedad y de sus convenciones y compromisos. Seres que habían abandonado familias, rechazado quehaceres, disconformes con el acontecer de sus naciones y sus paisanos, escépticos de toda clase de creencias e incrédulos de las leyes humanas. Personajes, en fin, incapaces de integrarse con otros hombres. Me parecía leyenda. Pero aquel salvaje de apariencia desquiciada y evasiva estaba ante mi vista, dudando entre evitarme o husmear en mi trabajo. Acortamos distancias. Un abismo nos separaba. 

¿Eres uno de esos hombres de soledad?, pregunté a aquella sombra. Solo nací y solo moriré, respondió apocalíptico. Yo quería saber más. ¿Y quién no? Pero mientras, ¿por qué enterrarse en vida? Me miró con fijeza, a la vez que se rascaba el torso contorneándose y hurgaba entre sus cabellos con nerviosismo. ¿Qué es mientras? Apenas un instante. Solo un tiempo que no merece la pena medir. Algo que crees que vives y cuya brevedad solo causa insatisfacción. Desconcertado encontré la manera de proseguir un diálogo que podría cortarse en cualquier momento. Pero el tiempo es el mismo para ti, que te refugias en el aislamiento, que para mí que intento llenarlo de sentido. El ermitaño movió su cuerpo en un baile sin compás, como si le fallaran todas sus extremidades. Parece una marioneta, se me ocurrió. ¿Qué te hace pensar, dijo enfurecido, que yo no encuentro sentido en mi vida? ¿Es sentido ser pasto de una vida agitada y sujeta a cambio de pareceres como la que vivís las gentes de las ciudades? ¿Es sentido pagar el precio de la convivencia con el disgusto y la inquietud de no hallar nunca seguridad? 

Los argumentos del anacoreta no eran fáciles de rebatir. Yo sabía que no podría convencerle de lo contrario de sus criterios, ni lo pretendía. Pero me interesaba conocer lo más a fondo posible las razones de vivir en aquella cueva bajo tierra. Se lo planteé a la cara. ¿Vives ahí abajo para purgar las culpas que consideras? ¿O es que en tu búsqueda de un refugio te apartas lo más que puedes de la presencia de los otros hombres? Noté cierta altivez en su gesto y en su palabra. No lo puedes entender, nadie lo logra entender, algo que a mí me da lo mismo. Si busco la piedra madre es para conseguir una identidad que me salve de la que los hombres persiguen. La vuestra es traidora y no respeta la libertad de otras conductas. ¿Por qué los hombres no aceptan las diferencias? ¿Por qué se persigue al que quiere vivir de otra manera, incluso más sensata? ¿Por qué hay que resignarse a la esclavitud y a tantas formas de servidumbre? Hay demasiado ruido y excesiva sangre en el mundo de los hombres. Y yo solo pretendo el silencio y el instante. Le interrumpí. ¿No te importa morir de inanición, por ejemplo? ¿O envenenado por una serpiente o mordido por un escorpión? Rio con amargura triunfante. ¿Acaso la muerte distingue entre un hombre recluido en el útero de la tierra y el que habita en un oasis, en una ciudad o en un palacio? ¿Creéis que solo es propiedad de los que empuñan la espada o caen de los andamios de las construcciones fastuosas? ¿Salva la muerte a los comerciantes, a los funcionarios o a los caudillos? ¿Perdona a los clérigos y a los jueces? ¿Aparta de su propio fin a los artesanos y a los filósofos?  

No supe qué decir ni hubiera tenido tiempo. El solitario dio de pronto un salto y desapareció entre el roquedal. Tampoco tendría mucha justificación seguir haciéndole preguntas cuando mi discurso moraba en un mundo y su escueto argumento se desposeía en otro. Proseguí tomando notas del relieve de la zona, pues el ocaso estaba cercano. Al fin y al cabo, ¿no son los suelos que poblamos territorios circunstanciales cuya temporalidad tampoco es eterna ni permanece inalterable en su materia? 



(Fotografía de Martin Stranka)

sábado, 13 de noviembre de 2021

Je t'aime, mais... (Serie negra, 46)

 


Je t'aime, mais...Al chimpancé macho se le escapó la conjunción adversativa en el peor momento. Cuando casi la tenía conquistada y ambos se correspondían en su entrañable espacio álgido. No era la ocasión, pero suele ocurrir que los advenedizos cometan estos deslices. Cómo que pero, replicó ella enfriando el acogimiento. O me amas o no me amas. Ninguno de mis anteriores amantes dudaron. Cuando me tenían eran consecuentes. Cuando ya se cansaron me lo advirtieron a tiempo. No estar seguro es lo peor que hay. El joven macho se asustó. La experiencia de la hembra, la claridad de sus planteamientos, la contundencia del tono de su voz. Todo un carácter, se dijo con cierta pesadumbre. La hembra, de edad superior a la de él, sospechó la lucha interior del joven. ¿Crees que vas a poder?, le espetó. ¿Crees que serás sincero y entregado conmigo? Mira que el placer del afecto es más complejo que el goce de la cópula, osó la hembra dejarle claro. Pero vincula más. Él, inexperto y poco rodado en el mundo de los sentimientos, le fue honesto. Carezco de conocimientos, sí. Huérfano de querencias desde que me alejé de mi madre, sí. Desprovisto de otros recursos que no sean mis impulsos repentinos, sí. Si alguien no me enseña y tutela mis pasos amatorios, ¿cómo voy a saber si obro bien o no? Ante la desnudez emocional de aquel retoño con pretensiones seductoras, la hembra experimentada y curtida en batallas múltiples sintió alivio. Un temblor de bondad protectora la recorrió. Te concederé mi territorio, le aclaró, a condición de que te esfuerces en los progresos. Si no sumas cariño a tu apropiación de mí seré yo quien te ponga los peros. El joven chimpancé no le entendió bien, porque aunque los estudiantes tomen apuntes no siempre pueden comprender los fenómenos que explican las lecciones. Hizo un intento. Sujetó las cervicales de la hembra con delicadeza, rascó sus orejas, acarició sus mamas, instigó movimientos pausados de su cuerpo sobre la quietud del de ella. Puede que fuese la lentitud y la prudencia del novato la causa de que la chimpancé se sintiera abducida por el dulce y embriagante efecto de ser bien tratada, y se dejó hacer.




(Fotografía tomada de Deutsche Welt, dw.com)

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Confidencias a Kati (Serie negra, 45)

 


En la distancia entre mi mirada y la imagen está la tierra de nadie. Es un camino que se desplaza. Si voy en busca de lo que la imagen oculta el camino diverge. A veces se borra. Entonces vuelvo a recluir la mirada y cesan en mi cerebro las preguntas. Ocurre con frecuencia. Cuantos individuos me rodean son paisajes en movimiento. Paisajes que invitan a acercarse, incluso a ocuparlos. En contrapartida no puedo ocultarme que hay otros paisajes del prójimo que suscitan rechazo y no invitan a ofrecerse ni a pedir cobijo en ellos. Los actos de las gentes forman un caleidoscopio cuyas geometrías, tan desiguales como imprecisas, no siempre ofrecen formas bellas y colores atrayentes. Lo vertiginoso ha sustituido a la contemplación. Yo me aparto de aquello que no para, que se limita a exhibirse. Es lo que pretende gran parte del público de la obra humana. Siquiera ante pequeños auditorios. Me aparto y ni siquiera me exhibo ante mí mismo. He guardado en el trastero los espejos. He metido en una caja todas las fotografías que alguna vez me fueron hechas. He retirado de la pared la orla con el título que nunca utilicé para ejercicio alguno. He envuelto en poliuretano la cabeza de noble romano que mi viejo amigo arqueólogo me regaló hace mucho tiempo; te la regalo, me dijo entonces, porque este prócer es clavado a ti. Incluso si percibo que en el ascensor soy observado me giro sin ni siquiera mostrar desdén. El desdén es una forma de recabar la atención, en el extremo de la otra, la que busca ser atendido. Pasar desapercibido, he ahí mi objetivo. No mirarme en los físicos de las personas, no compararme con el estatus de los demás. No pararme a comprobar si mi vestimenta encaja con los usos, aunque hoy la libertad de costumbres acepta todo. Cuando me invitan a tomar parte en alguna manifestación de la grey rehúyo. Sería tan obvia como confusa la mirada sobre mí mismo. Hay tantas formas de revelarse el espejo que nos persigue. He llegado a la conclusión de que todas equívocas. Pretender ser el otro, para qué. Envidiar su belleza, qué sentido tiene. Imaginar la salud que aparenta aquel transeúnte, qué engañoso. Anhelar sus recursos económicos, ¿me descubriría más de mí mismo? Y qué decir de los habitantes del amor, pasajeros de sus debilidades a la conquista de castillos en el aire. Solo siento lástima por ellos, mientras yo me percibo liberado de los sentimientos, que siempre tienen precio. Leer un libro se está convirtiendo en un problema para mí. Lo más interesante de ellos había sido hasta hace poco la identificación con situaciones y personajes. Es decir, yo me miraba en ellos. Y esa forma de visualizarme en un texto, que tanto me agradaba, hoy me resulta insoportable. El desafío es grande. ¿Podré prescindir de las lecturas imaginarias? Pero hay algo más difícil de afrontar en mi intención de eliminar toda mirada sobre mí mismo. Los sueños son el último espacio donde me miro sin poder ejercer control. Al despertar hago el esfuerzo de no recordar nada de lo vivido en el sueño. En todos ellos aparezco. No hay sueños donde solo estén los otros o la ciudad o un abismo. Mi imagen se ajusta a situaciones donde me miro de frente o de soslayo o a través de como me observan otros. Además, para más agravamiento, en el sueño la imagen se ve acompañada por las palabras, como cuando estás despierto. Tiene que haber algún modo de romper el espejo del sueño. Pero me aterra tanto que los fragmentos de cristal onírico me hagan sangrar... 




(Fotografía de Kati Horna)

domingo, 7 de noviembre de 2021

La boda y el escultor oficiante (Serie negra, 44)

 



Asisto a una ceremonia civil, aunque todos van armados. El oficiante de la boda, un escultor sepulvedano salido de las canteras y que ha recorrido algo de mundo. Cuando el mundo, para quien lleve su germen de artista, es París. Me han contado que en esa ciudad robaba de noche adoquines de granito y se los llevaba a su buhardilla para tallarlos. Pero de eso hace ya mucho tiempo. Conocedor de la piedra y el oficio, hoy la tarea de este hombre sufre un paréntesis. Las balas dirán si corto o largo. Las bodas tienen en estos tiempos peligrosos algo de normalidad y de tradición. Como si no sucediera nada. Los asistentes se han apelotonado. No hay festín, pero sí expectación. Suficiente para percibir el calor de los compañeros. Nadie quiere dejar de salir en la foto. Estos paisanos míos son como niños curiosos y un tanto egotistas. Solo el escultor, los contrayentes y dos testigos están a lo suyo. La boda del resto va a ser con el fotógrafo. Los milicianos se casan con la imagen. Mientras Alfonso, el fotógrafo, se dispone a testificar para el futuro me quedo observando a este lado de la escena. Pensativo. Tal vez soñador, fantaseando una entrevista de periodista novel a un escultor con muchas tablas.

Carne y piedra han ido siempre juntas, desde que el hombre es hombre. Eso lo sabía el escultor desde sus orígenes de aprendiz en las canteras de Sepúlveda. Yo le preguntaría: Tú, que has transformado tanto la piedra, ¿qué tienes de piedra? Entonces imagino sus respuestas: La dureza de la piedra no tiene la entidad de la dureza que puede tener un corazón humano, llegado el caso; pero mi identidad no es siempre la piedra. Ordinariamente, no obstante, los hombres son más sensibles a la adversidad que la piedra misma. Eso es lo que los hace frágiles. Pero también lo que les conecta con la materia orgánica. Porque los seres humanos tienen que resistir para sobrevivir. Yo te pregunto ahora, Emiliano: ¿No es la fragilidad precisamente la que conduce a que los hombres se cierren en su caparazón y se vuelvan agresivos y ásperos como la roca profunda? Tú, siempre más allá en tu visión de la materia, porque acostumbrado estás a ver el interior de la piedra madre, romperías mi discurso sobre la condición humana para indicar la dirección de la vida. La dureza humana se alimenta de la miseria y de la ignorancia, me replicas. De un magma que se llama dolor. Yo incidiría: ¿No te parece que el artista huye del dolor, por ejemplo? Imagino la respuesta de tu parte: El artífice, y prefiero este término, pues el arte es capacidad de transformación humana, con mente y manos, no es quien escapa del dolor sino solo quien lo interpreta. No todo en los hombres es doloroso, podría objetarte. Pero tú sonreirías ante mi bisoñez. Dirías: No tienes más que mirar lo que nos rodea -y ya veo extendiendo tu mano ruda hacia los milicianos en hemicírculo- para comprobar cómo las chispas de la vida humana no son siempre como las de la piedra cuando se golpea y salpican sus esquirlas.

El fogonazo de la cámara inmortaliza a los que van a morir. Despierto de mis devaneos. Recuerdo lo que me dijo el otro día un colega de un periódico francés: La guerre n'est pas finie. Visto lo visto acaso va para largo. Y esta gente que asiste a la boda lo sabe.



* Fotografía de Alfonso Sánchez Portela, La boda de los milicianos, 1936. Una boda civil en pleno frente de guerra y un escultor, Emiliano Barral, (Sepúlveda, Segovia, 1896- Madrid, 1936) oficiándola en nombre de la autoridad civil.


jueves, 4 de noviembre de 2021

La zíngara en el bosque (Serie negra, 43)

 


No he conocido pudor más divertido que el de Francine. Creo que nunca llegué a conocerla lo suficiente. Decía que conocerse entre dos tiene que ser un juego. Y en un juego, eso decía, hay escapes. Y más allá, escondite. ¿Dónde se escondía Francine de mí? En realidad la pregunta tendría que haber sido: ¿por qué me rehuía cuando yo la buscaba y, en cambio, me perseguía cuando no tenía maldita la gana de verla? No, tampoco es verdad que hubiera maldición alguna. Aquel toma y daca que se escudaba entre pudores, pues yo también tenía el mío propio, era la manera de incentivar aún más la aproximación. La jugada consistía en plantarse uno de los dos cuando parecía que el órdago iba a procurar un ganador y el otro se iba a rendir. Reglas del juego espontáneas. 

Francine fumaba el infumable y pestífero Gitanes, una de cuyas cajetillas guardo de recuerdo. Lo conservo por ella, que no ha vuelto a pasar por mi vida, y por la ilustración tan icónica. Aquella bailarina zíngara, danzando vaporosa entre el humo, parecía a punto de escapar del estuche de los cigarrillos, tal como Francine trataba de hacerlo tras uno de sus innumerables desplantes conmigo. Querrás que me ponga a bailar al son de la pandereta para ti, decía entonces Francine enfurruñada. Yo sabía en ese momento que iba a desparecer unos cuantos días, ocasionalmente semanas, para ejecutar su danza ritual ante algún partenaire menos aburrido. Una vez me lo dijo con bestial claridad. Eres un soso y un pasivo y me hartan tus mimos pusilánimes. Necesito un público que no condescienda tanto conmigo. Entonces, ¿lo del pudor?, me preguntaba yo, ¿será mero teatro? 

Quién sabe si cuando me llevaba hasta el verdor nocturno de Vicennes no deseaba más que combatir sus fantasmas. ¿Por qué venimos aquí si podemos estar como reyes en tu casa?, le decía yo con mi visión, también versión, cinematográfica del amor burgués. Francine, haciendo gala de su procedencia bretona, tenía salida para todo. No quiero sentirme reina sino sirvienta, tonto, susurró una noche en mi oído mientras se deslizaba provocativa hacia el asiento de copiloto que yo ocupaba. Ni eres el primero ni el único, dijo con aliento agresivo. Si vengo al bosque es porque quiero encontrarme con la fiera. Cuanto más caos, más pasión. ¿Es que acaso tiene alguna importancia el orden en el amor? ¿O más bien lo que nos incentiva no es sino el desorden amoroso? 

Vicennes por la noche, aun repleto de silentes querencias, es un bosque animado por las sombras que extiende una protección cómplice. Entiendo, lo importante no es el lugar sino con quién ocupes tus afectos, dije a Francine en medio de nuestro desahogo. Ella rio en la oscuridad. Es que aquí resulta más estimulante el desorden y su deriva que el orden burgués del piso del Marais, del que acabarías cansándote. Pero allí la deriva...intentaba yo meter baza. No hay deriva más gratificante que el salvajismo de un bosque, donde lo umbroso acecha, los mochuelos ululan turbadores, las parejas se manifiestan más cómplices con la naturaleza y la policía no se entromete, dijo entre jadeos. Y tú atacas sin piedad, ¿verdad?, añadió mi yo moderado que no acababa de acertar con Francine. ¿Ves cómo eres un reaccionario del amor?, soltó de pronto, desprendiéndose de mí. Con su discurso ilustrativo y su presencia cálida ya me tenía casi entregado, pero lo suyo podía ser despiadado. Le gustaba ultimar un castigo tardío, o ponerme a prueba, o provocarme para que yo le proporcionara excusas. Tal vez extremar una situación que desdoblara la personalidad, como suelen propiciar los amantes avezados.  Eres de hielo, me increpó con una carencia total de bondad. Se incorporó de inmediato sobre el volante, encendió el motor y arrancó con una parsimonia chulesca que dejó congestionada la raíz de mi pelvis.



(Fotografía de Luise Germaine Krull)

martes, 2 de noviembre de 2021

Diálogo del héroe caído y la paseante (Serie negra, 42)

 


Nadie se detenía ante los restos del héroe caído. Ella sí. Lectora apasionada de historias y leyendas del pasado no concebía la caída de los dioses, la desgracia definitiva de los héroes y el destronamiento de los invictos reyes. Para ella todos estos personajes de los mitos seguían vivos. Envueltos en los eternos conflictos que siempre les ha caracterizado, pero pujantes cada cual en su papel. 

Por un momento dudó si detenerse ante lo que parecía un espejismo, propio de quien padece los efectos del síndrome de Stendhal. De pronto una voz emitida desde un torso descabezado la afectó. No siempre he sido lo que ahora soy, salió con congoja de aquel cuerpo desmembrado y anónimo. Tras siglos de pedestal heme caído en el barro. ¿Para esto combatí defendiendo causas de lesa humanidad? ¿Mereció la pena enfrentarme a dioses y tomar partido por los hombres? ¿Acaso unos y otros se conjurarían para traicionarme? 

Estoy de acuerdo con tu dolor, respondió la joven. Un héroe, al menos por lo que yo sé y por lo tanto he leído, no puede terminar nunca en el abandono. Puede ser vencido, eso sí, dentro de la pugna por un objetivo noble. De ese modo, aunque un héroe muera la memoria de nuevas generaciones lo mantendrá vivo. La ruina, encontrando eco en la paseante, siguió con sus lamentos. No ha sido mi caso. Ningún dios me había expulsado antes de sus designios y ningún enemigo me hizo hincar jamás la rodilla. He sido derribado por la peor desgracia. Por el olvido. El olvido que causa primero rotura y luego disolución hasta convertirle a uno en un ser inexistente. 

Míralo desde otro punto de vista, consoló la mujer a aquel desecho. También saliste una vez de abajo, de una roca magnífica, y fueron los artesanos los que al pulirte y concederte atributos permitieron que fueras reconocido como aquel héroe que salvó la antigua ciudad. Yo recuerdo con emoción tu esfuerzo por conquistar el corazón de la reina en lugar de, como otros, intentar con tretas un rapto contra derecho. Puesto que no fue posible detener la guerra al menos reivindicaste el principio de justicia. En las guerras no hay justicia como no hay razón, lamentó la voz de aquel caído. No se hacen para salvar un futuro ni para devolver la dignidad atropellada, y solo contribuyen al odio y a la sementera de sangre. 

La turista, tocada por aquel mármol tan clarividente, se compadeció. No renuncies al papel que jugaste en el pasado, guerrero. Eres héroe, aunque nadie quiera recordar tu nombre y tus gestas, no solo por lo que hiciste sino porque carne y piedra se fundieron en ti hasta constituir una epifanía. No estás peor que otros, pues quién sabe si tantas estatuas que permanecen aún en sus podios no habrán sido derribadas hace tiempo por el olvido que socava la mente de los hombres. 





(Fotografía de Noritoshi Hirakawa)

sábado, 30 de octubre de 2021

Siempre el maldito azar (Serie negra, 41)

 



Are you who they say you are? No me lo puedo creer, pero parece que eres quien dicen que eres. Se acabaron tus fotos para el periódico francés. O, más bien, para la causa de la resistencia española.

Ha sido mala suerte, escucho al camillero de habla gangosa. No recuerdo cómo se llama este hombre. Tampoco retengo muy bien los nombres españoles. Miro este cuerpo inerte. Algo de su estado crítico me toca. Si yo fuera demiurgo le devolvería el aliento. Ella y su empeño en hacer fotografías de la guerra, dice el sanitario con mal humor. Más peligro que para nosotros, que al menos intuimos a tiempo cuándo debemos parapetarnos. ¿La conocía? No sé si le respondo sí o no, o si ni siquiera le respondo, pero al ver el rostro de la mujer me estremezco. Me enfado. Sí, es ella, me digo. Qué absurdo.

Poned aquí a la periodista, pido a los de Sanidad. No quiero saber ni dónde ha sido ni cómo ni por qué. Como si intuyeran mi confusión los camilleros me informan. Un accidente, un error de cálculo. Ni siquiera una bala enemiga, se justifican. Un vehículo de los nuestros la atropelló. La guerra es maldita la mires por donde la mires, me consuelo. Incluso aquí, atendiendo a heridos, el horror nos puede pillar a cualquiera. Pero no podrías seguir tu tarea si te enrocaras en pensamientos tan negros. 

No hay nada que hacer por ella, pienso mientras limpio hilillos de sangre que le escurren por el rostro. ¿Habéis mirado el contenido de su mochila? Sí, responden a la vez los de la ambulancia. La cámara, golpeada, está aquí. Varios carretes, una cartera y algunos carnés, tres o cuatro cartas, lápices, un cuaderno...Los objetos están polvorientos, como si se hubieran desparramado por el suelo aciago de este desafortunado país. No soy de dar órdenes, pero me siento azarado. Buscad si hay alguna dirección de familiares o amigos a quien avisar; tal vez la de su novio. Tomo el cuaderno. Una mezcla de apuntes a la carrera sobre parajes, croquis de rutas, avisos sobre acciones a ejecutar, transcripción de algunos pensamientos. Deduzco que son ideas propias, pero están en alemán y no sé qué dicen. Su estilo es más calmado, la caligrafía más entera, la redacción más reflexiva, lo que parece indicar que son impresiones para sí misma. Pequeñas crónicas personales más que crónicas de la guerra en sí. Acaso para retomar en un futuro y hablar de lo que vivió en esta aventura. Ella, esencialmente aventurera, habría podido repasar algún día sus experiencias. Para atención y uso de generaciones que hayan superado en cordura a la nuestra. 

Busco desesperadamente si por alguna parte está la dirección de Robert. Alguien me dijo que había vuelto a París circunstancialmente. ¿O fue él mismo tomándonos los tres una copa en la retaguardia? Siempre queda la posibilidad de conectar con la agencia, pero de eso se encargarán otros. Aunque a mí me gustaría dar con él. Un suceso puede seguir cauces orgánicos pero la amistad y el amor exigen poner rostro humano a la muerte. Qué cosas pienso. Como si la muerte no fuera el desquite, la venganza de la vida que no es posible ya vivir. Como si su motivación no consistiera precisamente en eso, en desposeernos de rostro, de gestos, de aproximación, de calor, de ilusiones. Todos los días pasan por mis manos heridos sin cura. Son desconocidos sobre los que no puedo hacer nada y a los que despido con la brevedad del profesional que no puede pararse en su cometido. Pero la que está hoy aquí es ella. Quisiera desconocerla, reprimir recuerdos, ahogar sentimientos. El pasado está vivo aún y hace daño, concluyo. Pienso en Robert. No sé si Robert pensará en ella.

He recogido sus manos y he besado su frente. Me engaño a mí mismo imaginando que su cuerpo aún palpita con aquella capacidad divertida de que hacía gala. Ni siquiera se intuye aún la violenta agitación del shock del atropello. Ella que ya no es ella. Busco culpables. La guerra, el enemigo, las tiranías, la maldad de los hombres. O la casualidad. Su propio empeño por llegar dónde no llegarían muchos para dejar testimonio de la crueldad de la guerra. Los motivos se encadenan en mi mente. ¿Será que todos se deben unos a otros? Aunque no esté claro el orden predeterminado. Y al final es el azar quien decide sobre quién se salva o quién desaparece. Qué cercanos están las sonrisas y los llantos a lo largo de nuestra vida. Cómo conviven sorteándose el gozo por participar de una causa noble y el dolor por el padecimiento que se acumula. Los opuestos se imponen unos a otros, como un juego de apuestas que no podemos controlar. Hoy le ha tocado a ella.

Llamo a los sanitarios. Cuidad su cuerpo, les pido afligido. La abrigan, observan su cara, que tanto optimismo como simpatía emanaba. A nosotros nos había hecho varias fotos, doctor, dicen casi alardeando. Incluso habíamos compartido rancho. Deje que la contemplemos. Me ha parecido un homenaje bello este recuerdo. Por un instante de sus vidas estos hombres, dedicados a ver de cerca como nadie el efecto sangriento de una guerra, habían recabado la atención de una fotógrafa internacional. Sé que ella no daba rienda suelta al disparador de su Leica por las buenas. Y que en cada toma había una entrega personal que acaso los españoles no se lo agradezcan nunca.






(Imagen. El médico Janos Kiszely atendiendo supuestamente a la fotógrafa de guerra Gerda Taro, herida de muerte en 1937 en el frente de Madrid) 
 

jueves, 28 de octubre de 2021

Penitenciagite o la persecución a la belleza. Una crónica medieval (Serie negra, 40)

 


Carne de pecado, tú que no te arrepientes de ser diferente, tú que no sigues los preceptos y la moralidad, tú que tienes el descaro de mirar de frente a los que portamos la voz profética: o te arrepientes o te condenas. Si yo me entregara a vosotros, ¿me salvaríais o me castigaríais? Maldita, ¿te atreves a dudar de nuestra integridad? ¿Crees que somos presa fácil del deseo turbulento y de las tentaciones del demonio? ¿Nos tomas por seres débiles que ceden al primer atisbo de belleza que se muestra provocativo y consagran su naturaleza a la fragilidad? Tu cuerpo no es muy diferente del de la serpiente que tentó a nuestros primeros padres. Penitenciagite. No me arrepiento de ser honesta conmigo misma. Mi cuerpo es el que es y me satisface. Se lo ofrezco al que llega con buena voluntad y lo exhibo ante el que necesita curarse de la fealdad de su mente. ¿Quién eres tú, encapuchado, para hacer de mi cuerpo objeto de reprobación? ¿Quiénes sois vosotros, seres siniestros, para desear mi perdición? ¿No decís siempre que habrá un juicio final donde seremos juzgados por nuestras acciones? ¿No invocáis acaso a un ser que denomináis superior para que decida en justicia? No es la hermosura la que pierde, sino la envidia. No son los sentidos los que deforman, sino su falta de ejercicio. No es el objeto de pecado la desnudez sino la suciedad de vuestras almas. No es la conciencia la que lleva por mala senda, sino la mente retorcida. Infernal mujer, ¿crees que puedes enseñarnos la rectitud del camino? Nuestras vidas son una concesión ilimitada al sacrificio y al respeto a los mandatos divinos. Nuestro deber es mantener el orden entre los humanos que se descarrían. Nuestra caridad es evitar que lo casto se desvirtúe y lo impuro se convierta en norma. Hipócritas. Pretendéis reclamaros de ungidos por la generosidad cuando os carcomen los celos más extremos. Estáis ebrios de los deseos más nefastos. Presos de vuestros instintos reprimidos. No conocéis la compasión y solo disfrutáis de la miseria de quien se agacha ante vosotros y muere sometido a vuestras leyes. ¿Os parió una madre o un monstruo? Tus palabras te recusan, desdichada. Tus actos te denuncian. Tu ira denuesta la bondad de los cielos. La carencia de arrepentimiento que muestras exige que se prenda la llama del castigo bajo tus pies. Arderá mi cuerpo porque así lo decidís, pero os consumirá su recuerdo cada día de vuestra desgraciada existencia. Quien persigue al esplendor de la vida queda condenado para siempre a carecer del sentido del goce y a pudrirse bajo la peor de las locuras. Como vosotros.    




(Imagen: William Mortensen. Tomado de http://www.agenteprovocador.es/publicaciones/el-anticristo-de-hollywood )

martes, 26 de octubre de 2021

La asombrosa ternura de los Amantes de Gumelnitsa

 



La ternura que ambas figuras -que parecen una sola- expresan es exquisita. Tal vez los autores de estos amantes de Gumelnitsa, Rumanía, del quinto milenio antes de nuestra era, solo pretendieran manifestar la unión de los sexos. Ambos tienen sus atributos perfectamente identificados y pueden conformar la imagen ritual de la fusión de los agentes de la fertilidad y la progenie. Pero hay algo más en la pose de estas figuras. El gesto de sujeción de uno sobre otro está cargado de cuidado y entrega. Y tienes la sensación de que es correspondido. Emoción. Ambas figuras se dejan llevar como los personajes de carne y hueso que podrían haber inspirado al artista. Y que hacen que me pregunte: ¿ya se manifestarían entonces de ese modo entregado, en apariencia cariñoso, los amantes? Pienso que un artista siempre transmite su propio sentido de la existencia en la obra que realiza, sea un sencillo exvoto o personifique una representación superior o reproduzca de manera naturalista lo que le rodea. Entonces, ¿cómo no iban a trasladar aquellos primitivos artesanos de la belleza en esa pequeña escultura todo un bagaje de sentimientos, emociones, ideas y significados? Nacidos para situar como excelsa la fecundidad producida por dos partes, los Amantes de Gumelnitsa transmiten algo más que una mera función biológica. Y esa ternura activa, acogedora e íntima, que rezuman a mí me enternece.

Sobre esta escultura las investigadoras Anne Baring y Jules Cashford, autoras de El mito de la diosa, dicen: "Es la más temprana imagen del matrimonio sagrado entre la diosa y el dios, que perduró durante cinco mil años hasta su muerte formal con el monoteísmo hebreo y cristiano. La ternura en la actitud de las figuras enmascaradas de una mujer y de un hombre -él rodeándola a ella con su brazo derecho- es intensamente humana; no es ni remotamente divina. Se subraya la fertilidad de su unión sexual, pero aparece como fundamental la cualidad humana del sentimiento transmitido por la posición de la cabeza y los brazos, y la estrecha proximidad de sus cuerpos"



sábado, 23 de octubre de 2021

Uno para todos y todos para el tebeo (Serie negra, 39)

 



Y entonces nuestro héroe cayó, cataplás, por el profundo acantilado, donde desapareció sin dejar rastro. Oh, pero ¿muere ahí?, corta la hermana del Chibilo. No creo, hay más páginas, además los héroes no mueren. ¿Cómo que no mueren? Dice mi padre que hay héroes que no sabremos de verdad si lo fueron pero les pusieron ese nombre después de haber muerto. Pero esos son, si lo fueron, le digo, otra clase de héroes, que a su vez mataron a otros héroes, que tampoco sabemos si iban de eso o solo de pringados, pero a nosotros los que nos interesan son los que leemos en los tebeos. Sigo leyendo, ¿no? Sigue, sigue, dicen todos al unísono. Los compañeros del marino le echaron en falta al pasar las horas. Tenemos que salir en su busca, dijo uno. Hay que recorrer el litoral entero si es preciso, ordenó el que quedó al mando. Y vosotros, zarpad y seguid despacio la línea de costa a corta distancia por si se le ve náufrago. ¿Y cómo lo van a hacer?, interrumpe la pequeña Sabina, que me hinca el codo empeñada como está en no perder de vista las viñetas. Porque como la costa sea tan riscosa como la nuestra lo van a tener difícil. ¿Quieres callar?, la impelen todos. No te adelantes, deja que la historieta nos lo cuente. Callad chicos, que sigo. El lugarteniente del navegante dispuso entonces que unos salieran con la embarcación a recorrer el peligroso perfil de aquella tierra ignota. Sortead con cuidado las rocas, gritó a los suyos. Mientras, en tierra, una fila de hombres va registrando las oquedades y los matorrales de los acantilados, buscando una señal de vida del capitán. De pronto el cielo se cubrió de nubes. Lo que faltaba, gritó el timonel, como arrecie la lluvia y soplen los vientos violentos del Oeste vamos a seguir el mismo destino que nuestro jefe. La tormenta empieza a descargar sobre los intrépidos marinos. Desde la nave, movida a capricho por un oleaje cada vez más desenfrenado, la mermada tripulación trataba de vadear los farallones. ¿Qué son los fara...eso? Esta vez, fue el Chibilo mismo quien preguntó. Parece que fueras de tierra adentro, le reprocha El Chato. Pues algo así como rocas del mar, que me ha contado mi primo el que sale de pesca de bajura en las madrugadas. ¿Sigo o no sigo?, y les miré serio a mis oyentes, porque si seguís preguntando no acabaré nunca de leeros la entrega. Los relámpagos se cernían feroces sobre la nave. Los nautas, hombres curtidos en mil azares y dificultades, se amedrentaron. De esta no salimos, Olaf. Confía en tus fuerzas, le grita Erik. La voz del segundo se extiende a lo largo de la cubierta. Sujetad con fuerza los remos. En ese momento, un rayo cae al borde mismo de la nave con una violencia inusitada. ¿Qué es inusitada?, vuelve a interrumpirme la que me mete el codo hasta el riñón. Pues no sé, digo, me has pillado, pues será eso, algo más violento que lo violento o que no te esperas que sea tanto, no sé. Sigue, que está emocionante. La nave, maltrecha, a punto está de zozobrar, pero una ola benévola la mantiene a salvo de la acometida. El rayo extiende una luz rápida muy potente sobre el tramo de costa. El timonel lanza un grito. Allí, allí. Parece un cuerpo tendido en una cala. Vamos, gritan los marinos. No seáis imprudentes, estamos en la parte más escabrosa, podemos irnos a pique, clama otra voz angustiada. La Gemma no puede callar. Angustiada ¿es lo mismo que estrecho? Hala, le responde uno de atrás; eso es angosto, pero luego te lo explico, ahora escucha, que está emocionante. Puede estar vivo, interviene otro marino, hay que llegar a él. El cielo oscurece todavía más. La caída de rayos es pertinaz. ¿Alguien me puede explicar qué es pertinaz?, pregunto yo entonces. Todos mis amigos se encogen de hombros. ¿Nadie lo sabe? Pues continúo.  Por Odín, no os dejéis vencer por la furia del cielo. La nave es levantada en ese instante por un oleaje encrespado que no parece tener fin. Ni salvaremos al capitán ni nos salvaremos nosotros, se dicen unos a otros con desesperación. La viñeta de la gran ola lanzando al cielo la embarcación nos deja a todos maravillados, ciegos. Está a punto de romperse en dos, salta Toñín. Leo. El cielo oscuro y el océano cubren a la tripulación. Los osados navegantes están a un paso de perder el control. Paso página. Y de repente aquel latiguillo de otras veces. ¿Conseguirán los valientes marinos imponerse al temporal? ¿Encontrarán vivo a su jefe? ¿Llegarán alguna vez al reino prometido? (Continuará en el próximo número) 

Oh, qué fastidio; maldita sea. Habrá que espera a otra semana, nos consolamos en grupo.  




(Fotografía de Willy Ronis)

miércoles, 20 de octubre de 2021

Dirección única (Serie negra, 38)

 




Viajas en un sentido y los paisajes van en otro. Desde niño percibiste la dinámica, aunque no fueras consciente de su envergadura. Pegada la nariz a la ventanilla del compartimento del tren ibas superando los postes orillados. Te agotabas al poco de iniciar su recuento. Los cables del telégrafo danzaban hacia atrás de ti, subiendo y bajando bordes del terreno. Solo te desconcertabas cuando el tren penetraba en una trinchera. La sensación de quedar atrapado en ella te inquietaba. Captar de nuevo el paisaje, monótono y plano unas veces, variado y abrupto otras, era como recuperar la respiración visual. Pero tú siempre avanzabas mecido por un ferrocarril que se agitaba sobre raíles envejecidos. Pensabas en el destino de aquel viaje circunstancial sin ser consciente de que también tú ibas hacia una estación invisible pero que se iba manifestando y que se llamaba vida. 

Vida que no cesa. Nadie se atrevía a llamar a su propia existencia vida plena, porque plenitud no era una palabra usada entonces. Había detrás años tan densos como dolorosos para los pobladores del país. Fue probablemente el mercado y sus modas, y un renacer de una ideología, una más, de la utopía, lo que trajo hasta los hombres un concepto inalcanzable que se planteaba siempre como la próxima y siguiente estación. ¿Conoces a alguien que llegara a esa parada término llamada plenitud? ¿O felicidad o simplemente satisfacción? ¿Alguien contó en qué consistía esa meta con nomenclaturas sublimes? Algunos de los más longevos, olvidando a quienes habían quedado por el camino, empezaron a decir que habían tenido una vida plena. Plena, ¿de qué? Cumplir años, en condiciones físicas más bien deplorables, ¿era de por sí plenitud? ¿Plena era la acumulación de pequeñas dichas y grandes infortunios? 

Tú entonces no podías reflexionar sobre ello. Cada palmo de vía en aquellos desplazamientos de ida y vuelta de la niñez solo suponía llegar a esa otra ciudad donde reencontrarte después de un año con viejos amigos que tampoco serían los mismos. Y más adelante todo cambió. El paisaje, el medio de recorrerlo. El viaje en sí mismo, tan expansivo como tus años jóvenes expectantes, en los cuales el cansancio era una noción mínima, parcial. 

Sigues transitando sobre una dirección única, aunque hayas ido siempre en un sentido mientras las imágenes iban desalojándose hacia el otro. Pero ir en un sentido no significa reducir tus pasos y cuanto te ha rodeado. Has visto pasar rostros, hablas, entusiasmos, cuerpos, abrazos, entregas, discordias, desdenes, olvidos. Un paisaje cambiante, suave y ondulante que se alternaba a capricho del azar. Encrespado y riesgoso  también, cuando menos lo esperabas. No hay un orden fijo en las experiencias a las que se entregan los hombres. Incluso aquello que parece encauzado al principio, con seguridades y protección, quiebra antes o después. Y las sendas que pueden parecer perdidas para siempre son salvadas en el último instante por un impulso oculto que cualquier individuo no sabe explicarse. No somos dueños ni de nosotros mismos, piensas en ocasiones con un rictus de ingenuidad e ironía. 

Atravesar el paisaje es habitarlo. Te has detenido en estaciones principales y en apeaderos perdidos cuyas paradas eran fugaces. Eres benévolo. Das por buena cada experiencia, aunque tuviera su contrapartida. A lo más breve o nimio le concedes una importancia si no decisiva sí al menos aportadora. Tu pensamiento se detiene con frecuencia en comprobar, siquiera someramente, cuánto y cómo ha sido, está siendo, tu recorrido. La marcha no es ya la misma. Aquella velocidad lenta de la infancia fue superada pero ahora tienes la sensación de que otra vez se ralentiza. Sin embargo el paisaje que te rodea es más veloz. ¿Huye, se precipita, se adultera, simplemente pasa? 

La línea horizontal de los recuerdos se ha convertido en apresuramiento. La velocidad de imágenes hace que se vuelvan más opacas y borrosas. Hay hombres que llaman olvido a ese fenómeno. Otros dicen que es falta de sensaciones novedosas. Algunos lo denominan desinterés y abulia. Es un hecho que las imágenes nuevas son cada vez menos frecuentes. ¿Se habrá empequeñecido el paisaje por el que siempre estabas tan acostumbrado a deambular?

Esa sensación de dejarte llevar, de que ya no controlas como antes las ilusiones -qué habrá sido de las ilusiones- te devora lentamente, si bien en cierto modo te libera. Incluso te preguntas: ¿de ahora en adelante solo me espera la caída? Pero incluso esta palabra se puede reducir, abreviar, simplemente no considerándola más que en sus dimensiones justas. Porque una palabra repetida dos veces ya no es una palabra. Es una carga. Entonces a los hombres solo les queda la opción de dejarse afectar hasta el hundimiento total o bien buscar desesperados otra palabra que conjure la gravosa. Mas vivir no es un juego independiente de palabras, aunque estas nos hagan creer muchas veces que son las que tiran del carro. Tú sabes que no, y entonces te acurrucas, encogido y absorto, sobre tus rodillas reumáticas y tratas de mirar más allá de la tiranía y las falsas promesas de las palabras. Porque nunca hasta ahora has renunciado a levantarte.




(Fotograma del filme Europa, de Lars Von Trier)

domingo, 17 de octubre de 2021

Dos en el café de Rua Garrett (Serie negra, 37)

 


¿Y usted cree que este poema merece ser publicado? Mire, los poemas merecen ser escritos. Darlos a la imprenta es otro asunto. Pero, ¿y por qué quiere usted publicar? No sé, me parece un destino final acaso útil. ¿Final o inmediato? Bueno, tal vez tenga usted razón, de momento inmediato, porque el final sería que fuera adquirido el libro y eso siempre es un desafío, ¿verdad? Y un arma de dos filos. Suponga que su libro de poemas tiene acogida. Le pedirán sus lectores más. ¿Atendería sus deseos con libertad creativa o se sentiría forzado? Así que debe decidir usted, porque forzar no suele dar resultado, corre el riesgo de empobrecer las expresiones, abortar sus impulsos y reprimir la audacia de los pensamientos fugaces. Además, ¿no le basta con escribir para usted mismo? ¿No disfruta de esa sensación de desahogo que todo texto que sale de uno proporciona? Porque escribir es algo que te piden las emociones, la respuesta a una necesidad que se siente y que si no se da salida se frustra dentro de uno y arrastra al individuo al vacío. No sé muy bien qué decirle, aunque creo que no anda descaminado. Sin embargo esa otra necesidad que tenemos de que haya testigos que sepan de nosotros a través de un lenguaje de iniciados, que nos empuja a publicar, es algo muy poderoso. ¿Usted cree en los testigos de sus pensamientos y sensaciones o más bien en que le atrae exhibirse y ser supuestamente reconocido? La opinión ajena puede estar bien si lo que uno hace gravita sobre las vidas ajenas o, como otros dicen, sobre la sociedad y sus instituciones. Pero no creo que ese sea el papel de la poesía o de la prosa. Probablemente, y he ahí que también me preocupa que no tuviera acogida el libro, seguramente me afectaría demasiado. Sí, esa es otra posibilidad, mas ¿le impediría eso seguir escribiendo? Entonces es que usted no sería verdaderamente auténtico, y mire que refuerzo el significado. Porque escribir debe ser ante todo sentir, acierte mejor o peor a expresar lo que se le haya ocurrido. Conviene escarbar dentro de uno, separar lo sustantivo de lo adjetivado, yo mismo no tengo claro todavía si hay que dar prioridad a ordenar las ideas o a estallar espontáneamente con las palabras. A medida que los años me acucian más valoro el reducido espacio del que dispongo y cada tiempo justo que se me concede. ¿No le obsesiona a usted lo que queda viejo y le entusiasma cuanto pretende surgir como renovador? ¿Renovador, dice? El que escribe no sabe si renueva, renovar es un verbo inquietante que los críticos literarios utilizan a veces en falso o que los filólogos, andando los años, deciden denominar para sus clasificaciones. No me intereso sobre si mis escrituras alientan pasados o inventan futuros; mis escrituras se limitan a dar forma a pensamientos desordenados, a sensaciones que no quiero o puedo olvidar, a sentimientos que rescato de cuanto se ha diluido o que dejo al albur de invenciones en las que me consuelo. Usted escribe entonces para su supervivencia solamente, por lo que veo. Para no perder un mínimo sentido de la vida. ¿Y por qué no? Le diré más, aunque le parezca exagerado. Lo hago para no enfermar. Escribo para curar. Porque el hombre es una herida en constante tratamiento. Cuando uno cree que ha sanado de algo que le trae a mal traer se encuentra con que algún suceso o circunstancia nuevos le lacera. Pero usted, como yo, puede afrontar cualquier acontecimiento. Afrontar, sí, hasta cierto punto, aunque no siempre tengo interés en ello. Y resolverlo, ¿usted cree en esa posibilidad cuando no es fácil que cualquier incidente esté solamente en manos de uno? Ya sé lo que piensa ahora, lo acepto. Escribir no sirve ni para afrontar ni para resolver. Sirve solamente para desviar un día más algo tan inherente y pegajoso como es la angustia. Y principalmente el tedio.




 

miércoles, 13 de octubre de 2021

Citerea y el sátiro (Serie negra, 36)

 


Sueñas, Citerea, que un sátiro se aproxima y pretende de ti; pero no osará rozar siquiera una brizna de hierba que tú pisas; no dará un paso si no advierte que tú quieres que lo dé; su sonrisa permanecerá a la expectativa si no recibe una señal por tu parte; sabe ser sutil para lograr sus fines; él no ha llegado por azar hasta el borde de tu vida; al fin y al cabo, ¿no has sido tú la que le has convocado cuando por la noche merodeaban voces ansiosas en lo profundo de tu pecho?; él sabe prestarse al juego y espera que entres tú también; te ofrecerá libar juntos los mejores vinos de Samos; hará sonar una flauta dulce y bailará en torno a ti; espera más de sí mismo, tú solamente eres el objeto de sus libidinosas propuestas; pero ¿dices, Citerea, que pretendes jugar con él?; mira que sabe acechar a todo tipo de ninfas, que se ha adentrado en las cellas de las vírgenes, que ha deambulado a capricho por las estancias palaciegas, que ha penetrado en chozas pastoriles, que ha acosado a esposas de viajeros sin importarle los peligros; porque el sátiro sabe que el peligro está en sí mismo, y que se conjura con sus propias artes; y tú, osada Citerea, lo convocas con astucias diversas; te exhibes plácida mientras te desnudas; te dejas flotar en aguas agitadas que tu presencia amansa; recoges flores, insinuante tras un peplos estriado que acaricia tu piel; cantas la melodía seductora que te enseñó aquel dios al que hundiste en el infortunio; conviertes tus pisadas sobre la hierba en vuelos de danzarina; al sacudir tu cabellera el sátiro cree percibir una insinuación de tu parte; curva más su sonrisa, pronuncia la mirada con fijeza, yergue su testa enastada, se le encrespan las vellosidades, hunde sus pezuñas sobre el légamo de la orilla, tensa su falo hambriento; sin embargo el sátiro no se decide a emprender el asalto; finges ignorarlo y tu actitud le paraliza; en un esfuerzo confuso el sátiro extiende los brazos hacia las aguas, tratando de aprehenderte; pero solo palpa la superficie líquida, que al contacto de sus manos se revuelve; al borde del torrente que crece el sátiro duda; los juncos afilados se cimbrean violentos, el lodo se torna más débil, la ribera se hace más imperceptible; el sátiro ya no logra ver siquiera su imagen sobre unas aguas cuya turbulencia le aturde; qué han sido de los cantos, qué de la música, qué de los pasos de baile, qué del perfil provocador de la mujer de las aguas, se pregunta torpe y rabioso; de pronto, el sátiro advierte tu emersión, Citerea, y es tal la excitación dolorosa que le embarga que no espera a que pises suelo firme; tú, Citerea, te adentras hasta el centro del río y  el sátiro, ciego, elige un salto mortal mientras tú, arrancando una sonrisa triunfante y vengativa, contemplas su caída a las profundidades. 



(Fotografía de Eric Kellerman)

lunes, 11 de octubre de 2021

Invocación a la diosa de Hamangia

 


"Oh, tú, la primera. De ti surge el todo. Tú otorgas la protección y los hombres crecen bajo tu cuidado. Das la razón de existir y amamantas sin distinción a cada criatura. De ti descienden los que piensan y los que actúan. De ti los que alimentan y son alimentados. De ti quienes ríen y cuantos se entristecen. De ti quienes unen y quienes separan. De ti dimanan los que heredan el calor y los que se arriesgan al abandono. De ti proviene el principio del habla que produce más habla y el silencio que acoge el desconcierto. Tú conviertes en fecunda la tierra baldía. Tú animas a los intrépidos y consuelas a los desafortunados. Tú muestras el camino de la bondad y repruebas a los maliciosos. Tú exiges a los guerreros que depongan las armas. Tú eres la llamada de retorno para el moribundo. Después de ti los hombres usurparon tu nombre, pero no pudieron nunca negarte. Te denominaron de otras formas, intentaron someterte al imperio de nuevos dioses o del dios único. Pero cada ser humano de cualquier tiempo de la historia sabe perfectamente dónde te encarnas. Cada uno te reconoce en la madre que tuvo. Cada uno se emociona ante la gran madre de la naturaleza que nos acoge a todos. Cada cual te reclama ante el dolor extremo. No hay humano que no se mire a sí mismo sin encontrar la huella de ti. Tú eres el vínculo entre la vida que se perpetua y la nueva que se origina. Tú estás en el origen de cada tiempo y cada individuo y persistes más allá del destino y de la nada".


Esta escultura, que representa a la Diosa denominada de Hamangia, fue hallada en la misma necrópolis neolítica de Cernavoda, Rumanía, donde estaba la estatua del dios pensante o dios triste o no dios. Por supuesto, ya desde el Paleolítico los humanos habían desarrollado conceptos abstractos en sus representaciones, no olvidemos no solo la abundante serie de venus con sus atributos femeninos sino representaciones aún más primitivas basadas en rasgos, geometrías o aprovechamiento de oquedades.

Pero lo que me llama la atención de ambas esculturas Hamangia es que poseen cierto estilo naturalista que permite expresar emociones, actitudes, comportamientos y una determinada acción a través de sus posturas. Obviamente la dificultad está en interpretar toda esa expresividad. Si son dioses son dioses cercanos, humanos, como todos los dioses, pero más de casa. Si representan la encarnación del ser humano diferenciado -un gran avance respecto a las representaciones anteriores y más primitivas de seres andróginos- cuya sacralidad va implícita en el reconocimiento de la vida y pretenden rendir homenaje a ambos sexos -en unas sociedades agrarias que se habían ido asentado y que ya configuraban formas de relación y de institución- su modernidad conceptual me parece enorme. 

Piénsese que la cultura de Hamangia -una de las que abundaban hace siete mil años por zonas europeas como la región adriática, la egea, los Balcanes centrales, los Balcanes orientales, Moldavia, Ucrania occidental o Danubio medio, culturas que hoy se conocen como La Vieja Europa- que duró algo más de dos mil años fue desbaratada por pueblos nómadas que avanzaban a caballo desde regiones comprendidas entre el Volga y el Dniéper, salvo en territorios más al sur del Egeo y el Este asiático, donde tuvieron continuidad y evolución.



domingo, 10 de octubre de 2021

Pensador o dios, siete mil años largos le contemplan

 


Auguste Rodin no inventó a ningún hombre pensante, solo lo recreó. Aunque me pregunto por qué a la célebre escultura de Rodin no se la ha denominado El preocupado o El angustiado, ¿y por qué no El adormilado?, y sin embargo se la ha definido con algo más genérico ¿o más sublime? como El pensador, hasta convertirla en un paradigma. Pensar define y no define. Un gesto, una actitud o una posición del cuerpo pueden ocultar intenciones. Lo importante es qué se piensa y bajo qué premisas o condicionamientos emocionales e intelectuales se piensa. ¿Uno se concentra o se abstrae? Tal vez ambas formas son características del pensamiento, sin duda. Pero, ¿se piensa en recuerdos? ¿Se piensa haciendo planes de futuro? ¿Se piensa meditando y haciendo balance de algún hecho o comportamiento insatisfecho? ¿Se piensa imaginando una representación gráfica o pergeñando un texto literario? ¿Se piensa con sentido de la justicia o de la arbitrariedad? ¿Con criterio de la cooperación o del beneficio? ¿Se piensa como si se soñara? 

A la figura de la fotografía algunos la llaman El pensador de Hamangia. Otros El dios triste de Hamangia. ¿Y si únicamente contempla el mundo que le rodea? ¿O acaso es la imagen misma del silencio, de la necesaria quietud, de la conquista de le atemporalidad? ¿Y si solo se trata de la representación perpetua de un hombre asombrado? El asombro que nos acompaña desde la cuna. ¿Se admira de la vida o se sorprende del hecho de la muerte? ¿Se estremece meditando sobre el dolor o se gratifica recreándose en los goces? Pensador o dios, naturalismo o sacralidad, arte o culto, origen o destino, veo al ser humano que a su vez me mira. Qué difícil es interpretar el sentido de una obra de hace milenios, por más que los arqueólogos traten de atribuirle significados. Y sin embargo cuánto calor me transmite. 

Los escultores modernos Henry Moore o Baltasar Lobo también habrían envidiado aquella obra del neolítico europeo de hace siete mil años.



(Cultura Hamangia. Hallado en una necrópolis de Cernavoda, Rumanía)

miércoles, 6 de octubre de 2021

Serapio, el afilador (Serie negra, 35)

 


Serapio pasaba con una frecuencia calculada por las calles del barrio. De lejos ya escuchábamos la melodía pausada de su ocarina. Luego un soniquete cantado. ¡El afilador...! ¡Cuchillos, navajas, tijeras...! Y vuelta a la ocarina. Mi madre le llamaba desde el balcón. Le voy a bajar unas tijeras y un cuchillo. Cuando quiera, señora. Otras vecinas aprovechaban el tirón de su presencia. Incluso el carnicero de la vuelta, que expendía carne de caballo, recurría a él. Aquel hombre, al que todos le teníamos por gallego, tal vez porque el oficio se había afianzado más en aquella zona o porque tenía acento del Miño, era un hombre callado. Pantalones de pana, chaqueta de loneta, camisa sudada, boina encasquetada. Uñas por debajo de las yemas, un pedalear preciso a la rueda, cierta cojera que no le impedía la tarea, y una inequívoca concentración encorvada sobre el esmeril y la piedra que pulía el acero. Su gesto adusto no ocultaba una mirada noble al devolverte los útiles. Son tantas pesetas. Pocas pesetas. Una vecina sale a su encuentro con un paraguas prácticamente desguazado. No arreglo paraguas, dice sin dejar que la mujer le pida nada. Pues antes de la guerra los afiladores arreglaban paraguas, insiste ella. Señora, yo no soy de antes de la guerra.

Serapio, lo supe mucho tiempo después, había sido maestro. Señalado por la cruz de los redentores a sangre y fuego estuvo en prisión. Le conmutaron la condena a muerte a cambio de varios años de cárcel y una condena de por vida. No ejercer más el magisterio. ¿Qué tal se te dan las cuentas y la geometría?, me preguntó un día que le bajé algún objeto para afilar. Así, así, debí responderle. Vaya, dijo ceñudo, eso hay que corregirlo. ¿Y la geografía? Mucho mejor, me sé todos los ríos y las cabezas de partido de todas las provincias de España. Buena señal, dijo. Siempre sabrás por dónde andas. ¿Y la historia? No nos cuentan mucho, acerté a responder con decepción, por una parte te dicen que la historia es muy antigua y rica y luego resulta que te la explican como si fuera de dos días, sin haberte enterado de casi nada. Eh, la historia es importante, chico, pero vas a tener que hacer tú el esfuerzo de entenderla un poco y eso te va a llevar toda la vida. No esperes que te hablen de la historia como ha sido sino como a algunos les interesa que haya sido. Así que tendrás que indagar tú. Me asombré. Pero cuando acabe de dar la asignatura, ¿qué puedo hacer? Me miró tentado a hacerme confidencias. Puedes hacer más de lo que imaginas, pues la historia no es solo una asignatura, sino la comprensión de los hechos que vivimos, aunque ahora ni nos hablen de ellos ni los entendamos. Si te quedas con ganas de saber más de ella seguro que vas a seguir interesado siempre. 

Me daba palique según pasaba el filo por el esmeril y yo había cogido carrerilla. También me gusta la gramática, y es donde mejor nota saco, añadí. Buena cosa, muchacho, pero saber escribir y acertar a hablar es lo que más problemas causa, no lo olvides. Eso no quiere decir que debas retraerte. Escribe lo que sientas y habla con prudencia. Pero sobre todo domina la lengua para que otros no te dominen a ti. Con eso ya es suficiente. Haciendo el repaso caí en que me dejaba algo. ¿No me pregunta por la religión, señor Serapio? Se me da divinamente, y observé que ponía una sonrisa franca y desinhibida al decir lo de divino. Ah, se hizo el sorprendido, ¿te refieres a la Biblia y todo eso? Sí, son cuentos bonitos, aunque muchos de ellos violentos en extremo, y ya sabes, unos personajes son buenos y otros malos, y siempre ganan los buenos, que no estoy seguro de que lo sean. ¿Cómo en las películas de indios y vaqueros?, se me ocurrió. Más o menos, rio Serapio. Fui sincero. Yo no entiendo muchas cosas que cuenta, pero hay historias que me parecen como las de los tebeos de hazañas bélicas. Entonces me asusté, creyendo que había dicho algo que estaba yendo contra lo sagrado. Serapio volvió a reír. Sí, hay mucho de hazaña bélica en ese libro y no imaginas la cantidad de negocios turbios. Mientras lo veas así menos daño te hará. No comprendí en ese momento el significado de sus palabras. Mi madre, inquieta por la tardanza, se asomó al balcón e interrumpió la charla. ¿Ya está afilado el material, Serapio? Ahora se lo sube su hijo, y me guiñó un ojo el hombre. 

Por cierto, jamás volvimos a ver al afilador después de aquel día. Eran tiempos en que una persona podía estar o no estar de un día para otro.





domingo, 3 de octubre de 2021

La mujer que hablaba con el fuego (Serie negra, 34)

 


Nadie se atrevía a contrariar a aquella mujer. Tened cuidado, avisaban los más malévolos a cuantos llegaban al pueblo. Esa mujer habla con el fuego. ¿Le ha traicionado la mente?, preguntó un viajero, que desconfiaba de cuanto se dijera en una taberna. No, no está loca, se le respondió. Si lo estuviera, no habría problema. Sabemos cómo tratar a los locos, a quienes respetamos como miembros de nuestra sociedad. Pero esa mujer es algo distinto. Se sienta ante las fogatas o los hogares, ensimismada. Gesticula con las manos, danza o se retuerce. Para nadie es un secreto que habla con el fuego, le hace preguntas y pacta negocios con él. El viajero inquirió. ¿Cómo lo sabéis? ¿Acaso ella ha revelado lo que se trae con el fuego? No lo sabemos, pero lo sospechamos. 

El viajero, avezado en experiencias, dudó de juicios tan poco consistentes. Pero no dijo nada, porque la duda, que le permitía tener cautela ante los comentarios ajenos, también le ponía vigilante ante cualquier manifestación extraordinaria. El viajero no pensaba hacer noche en el lugar, y no obstante se sintió agitado por la curiosidad. Contrató una habitación en la posada. Luego deambuló por la villa, asombrado por la herencia que la historia había depositado en ella. Un legado escasamente cuidado por los herederos. Gran parte de los edificios se encontraban ruinosos y tal incuria hería profundamente la sensibilidad del hombre. Empezó a sentir las horas frías. Pensaba ya en volver y descansar cuando divisó una hoguera en la zona del elevado mirador que daba al caudaloso río. Le reclamaba el calor y se acercó. Probablemente unos zíngaros de paso, luego una vivencia más, se dijo estimulado. 

Sin embargo, cuando llegó hasta la hoguera no había nadie. Prendía altiva, trazando compases de baile, creciendo sobre sí misma. No se veían carromatos, ni se escuchaba griterío de niños, ni tentaban al aire los arpegios de un violín. El viento creciente trajo un nimbo de humo denso que le rodeó. Le cegaba la visión del paisaje en todas las direcciones y temió dar una mala pisada y caer al abismo. Un sentido agudo de la precaución lo detuvo. Entonces desde la hoguera se precipitó hacia él una llamarada voluptuosa. Sintió intenso calor, pero las llamas, caprichosas y audaces, no le rozaron. No temas, escuchó entre el crepitar. Soy del fuego pero no soy el fuego. Si has llegado hasta aquí tiene que ser porque buscabas calor o porque me buscabas a mí. Quien solo busca calor me desconoce. Pero quien me busca directamente a mí encuentra el calor. Este fuego es la razón de la vida. La sabiduría que emana del fuego que, una vez, hace mucho tiempo, permitió evolucionar a los humanos. Quien me busca se busca también a sí mismo. Persiguiéndome a mí conocerá el fuego verdadero. 

El viajero se repuso de su propia perplejidad, sin saber si aquello era imaginación o realidad no soñada. Pensó en las revelaciones, de las que era tan descreído, y también en los símbolos que se ocultan en el propio pensamiento y obnubilan la razón. ¿Tú eres la mujer que dicen que habla y pacta con el fuego?, preguntó a la voz. Yo soy todo lo que el fuego quiere que sea. Yo respeto al fuego y él me corresponde. ¿Eso es lo que has acordado con él?, insistió el viajero. Las gentes te mencionan con temor y tratan de defenderse de sus miedos descalificándote. La voz se ofreció mansa, como si domeñase la llamarada. Mi pacto con el fuego no le incumbe a nadie. Solo a aquel que quiere saber más de sí mismo. Yo te ofrezco esa posibilidad si accedes conmigo al mundo ígneo que otros hombres no ven. El viajero pensó: todo conocimiento tiene algo de locura. Se lo transmitió a la voz. Sin duda, replicó esta. ¿No es locura el atrevimiento, el riesgo y la dedicación del propio tiempo personal a desentrañar lo que alimenta la vida? ¿No es locura, por la que se puede pagar un alto precio, la negación de interpretaciones anteriores que los hombres repiten sin comprobar su grado de verdad? ¿Y no es la peor de las locuras aceptar como verdad cuanto viene siendo desde épocas antiguas una gran mentira?

Al amanecer se extrañaron en la posada de que el viajero no se levantara temprano, como había comunicado la víspera. Lo encontraron tendido apacible, sereno, incluso arrogante. Durante varias horas nadie osó acercarse a aquel cuerpo. Tan intensa era la calidez que emanaba de él. Ventilaron la habitación hasta que el ambiente se fue enfriando.



(Fotografía de Willy Ronis) 

jueves, 30 de septiembre de 2021

Salomé y sus bautistas (Serie negra, 33)

 


Ay Salomé, Salomé. ¿Cuántas cabezas de orates y profetas has ofrecido sin que ningún rey entendiera por qué lo exigías? ¿Cuántos caprichos has querido colgar como trofeos en tu palacio? ¿Era tu venganza? ¿Tal vez tu vanidad? Cada testa colgada deja un reguero de sangre oscura que el tiempo reseca. Te entretienes pasando las yemas puntiagudas de tus dedos por sus rostros. Entreabres sus ojos perdidos, besas sus labios agostados, revuelves sus cabellos lacios, frotas la piel de sus mejillas azuladas, sujetas y atraes hacia ti sus nucas inertes. Mientras, sonríes ácida y triunfante. Pero una corriente de melancolía te embarga. Y en el roce de cualquier miembro de tu cuerpo con esos despojos preservas un botín que nadie podría entender y menos hurtar. Qué constitución tan hermosa la de este hombre, piensas contemplando uno de los trofeos. Qué pronunciación clara y precisa emitía la boca de ese otro. Este, con qué brazos posesivos me rodeaba, cuyas marcas no se han borrado de mi piel. Y aquel, cuánta sabiduría guardaba dentro de sí que yo marchité. Todavía sucumbo ante ese mendigo que no pude rechazar cuando sentí el hechizo de su mirada tratando de huir de la podredumbre.  Y este, este, ¿por qué acabaría con él si no volveré jamás a encontrar otra ternura como la suya? Tal vez quieres mantener a la vista cuanto te entregaron todos los hombres que mandaste borrar de tu presencia. ¿No querías que fueran de nadie más después de haber sido tuyos? ¿Sentías impotencia por no haber logrado retener cada una de sus cualidades? Y el rey y sus príncipes y sus funcionarios, cualquiera de aquellos que tenían poder, que es tanto como decir decisión sobre la vida y la muerte ajenas, ¿acaso podían proporcionarte una pequeña parte de lo que cada uno de los hombres que llegaron a ti te ofrecieron? Te revuelves contra la frustración, te sientes desposeída. La privación de un tacto, de una palabra, de un beso, de una cálida presión sobre tu abdomen, de una inteligencia que te abría a nuevos mundos, te angustia. Lamentas ausencias y no te consuelas con colgar efigies que ni son lo que encarnaban ni las sientes con la misma energía que las percibiste con su cuerpo entero. Ay, Salomé. Has eliminado amores pasajeros y urgentes, apartado afectos embriagadores, despreciado entregas que no escamoteaban el tiempo, desoído propuestas que cambiaban la abulia de la monótona seguridad por la riqueza contenida en los nuevos descubrimientos. ¿Vas a seguir dedicando tu vida a la contemplación ponzoñosa de los recuerdos?





(Fotografía de William Mortensen)

martes, 28 de septiembre de 2021

Las diablas (Serie negra, 32)

 


Eh, chamaco, no tengas miedo, acércate. No lo tengo. ¿Ya pasaste la edad de la punzada? Sí, de sobra. No tengas miedo, no nos comemos a nadie. No, señora, no es eso. ¿No has estado nunca con una mujer? Ya ves que no, Mina, por la manera de reaccionar el chico se nota que anda perdido. Déjalo, si no quiere es que no quiere. Seguro que quiere. ¿A que quieres? No sé. Déjale, ya vendrá cuando esté más seguro. ¿Te asustas de nosotras? No, señora. ¿No nos ves normales? Sí, señora, pero...Vaya con el pinche, ya te veo que de sincero nada. Hay una chica más joven, no lleva mucho tiempo, pero esa te enseñaría poco. ¿La prefieres? No sé, nunca he sabido. Que no le insistas tanto, que a la fuerza nada, Mina. Anda ve por la vereda, chavo, que hoy no es tu día de estrenarte. Pero es que...¿Es que qué? Si no pruebas no sabes. Si no sabes harás el ridículo entre tus amigos. El ridículo te marcará y los otros pensarán que...¿O te has creído lo que te contaron del pecado? Yo entiendo que no quieras pecar, pero aquí uno no peca, aquí uno se pone a rodar.  Míralo de ese modo, chavo. Además esto te conviene para ser un esposo hábil y comprensivo algún día. ¿O cómo crees que empezó tu padre? Deje de lado a mi padre, señora. No te me pongas bravo, cuate. Dejado está, no vaya a ser que lo conozca. ¿Te avienes o no te avienes? Es que no me llegan los pesos. ¿Andas apretado? Todos con la misma historia. Eso se arregla. Tú nos dices de lo que dispones y nosotras te proporcionamos el artículo a la medida. Pero, ¿y la otra? ¿La otra? Mira que sois torpes los novatos. ¿Quién enseña más? ¿La maestra de toda la vida o la novicia? No se me enfade, señora, pero es que preferiría a la chava. Me han dicho...¿Cómo puedes querer lo que no ves? ¿Solo por lo que otros te dicen? La imagino, señora. Además es flaca, no te iría, se te escurriría de tan poca chicha que la sostiene. Eso no me importa. Yo tampoco soy sólido. Vaya, qué lengua de gachupín tan exquisita tiene nuestro invitado. Se te ve más animado. ¿Te vas a decidir o no? Puede. ¿Puede o sí? Pero solo con la nueva. Bueno, te diremos un secreto, la nueva no es tan nueva, pero te saldrá el servicio más caro. ¿Cómo cuánto? Ah, eso es también secreto. Hay costes que solo se pueden decir de puertas para adentro. Entonces no, mejor lo dejo para otro día. Cagón, quien no arriesga no sabe lo que es gloria. Piense lo que quiera. ¿Qué vas a contar a los amigos, que andan por ahí lucidos y desvirgados? No tienen por qué saber. En este pueblo todo se sabe, pero eso sí, nosotras somos la discreción cartuja. El buen merecer del cliente es lo primero. Y el convento siempre está abierto a nuevas vocaciones. Cerremos el trato. Miren que...¿Todavía un qué? Mina, déjalo, ya vendrá otro día. Yo me llamo Rosalía, y esta...Sí, ya sé. Aquí estaremos para hacer a otros felices, aunque nos llamen las diablas. Que tu inocencia te proteja. 



(Fotografía de Henri Cartier-Bresson. Calle Cuauhtemoctzin. Ciudad de México. 1934)

sábado, 25 de septiembre de 2021

El descerebrado (Serie negra, 31)

 


Conocí a Jan Hraska estando yo de celador en el Hospital Central de Bratislava. Toda su obsesión era justificarse con que no podía seguir las reglas de la sociedad porque había nacido sin cerebro. Cuando los médicos le decían: tienes cerebro, siempre lo has tenido, estás cansado, eso es todo, parecía calmarse. Naturalmente los médicos no podían, ni querían, estar pendientes de él a todas horas. Delegaban en el tratamiento y en nosotros los cuidadores. 

Jan me cogió cariño, acaso porque siempre me mostraba más receptivo que otros compañeros y nunca hice uso de la fuerza. ¿Tú ves que yo tenga cerebro?, me preguntaba con frecuencia Jan. No puedo ver tu cerebro, pretendía razonarle, está bien protegido por la capa craneal, lo que quiere decir bien colocado, y además si piensas, si hablas, si sientes, si comes y si percibes dolor es porque te funciona de maravilla. Quiero creerte, Karel, me decía, pero me quedaría más a gusto si alguien me abriera esta corteza -y señalaba el parietal- y me lo mostrara como en un espejo. Pero Jan, le respondía yo con un guiño de sorna, si te hicieran eso estarías muerto. No sé, insistía el hombre, tal vez sí, pero me quedaría más a gusto. Tú confías en mí, ¿no?, trataba de traerle a mi terreno. Sí, Karel, confío y por eso sé que eres la única persona que puede ayudarme a encontrar la solución. Es verdad que, como dices, siento dolor y tengo apetito y hablo, no mucho, pero hablo, y hasta juego al ajedrez con Josef, pero me parece que eso solo demuestra que soy animal de costumbres. Si tuviese cerebro trataría de seducir a la enfermera Ajmátova, pero como no lo tengo apenas sé hacer otra cosa más que coger las pastillas que me ofrece y dejarme pinchar por ella en el brazo de vez en cuando. 

Así que es se trata de eso, pensé. De un truco, no sé si consciente o no, que pretende utilizar para llegar al sentimiento de la mujer. Jan Hraska, atiende, le animé. No puedes deducir que solo porque la enfermera Ajmátova no te hace caso estás desprovisto de seso. ¿Por qué no te esfuerzas en dar por hecho que eres como cualquier otro humano, y no pienses en los que están en este hospital, te vistes elegante y le propones a la Ajmátova un paseo por el jardín? Si funciona acaso otro día te permitan recorrer la vereda de los abedules. Y si todo va bien, seguro que te dejan ir acompañado hasta el café del viejo Lada. Ah, pero ahora no se te ocurra contestarme que no lo quieres hacer porque no tienes cerebro. Jan se quedó callado, contempló con gesto reprobatorio la ropa deficiente que llevaba puesta, y me habló con parsimonia pero decidido. ¿Puede, entonces, la enfermera Ajmátova ver si tengo cerebro? Puede más que eso, aproveché esa actitud positiva. Puede leértelo. ¿Y decirme lo que piensa mi cerebro, si lo tuviese, de mí mismo? Bueno, eso, Jan, tendrás que preguntárselo a ella llegado el momento.

No sé si yo tomé también el camino del absurdo, pero estaba disparado proponiéndole cualquier cosa que prendiera su atención y le sacase de la indolencia. Jan Hraska puso una cara luminosa, corrigió una arruga de mi bata y se puso en pie. Tengo que ir hasta el armario y ponerme el traje de domingo, dijo. Formidable, le aupé eufórico. Si te parece voy a ver a la enfermera para que venga en tu busca en cuanto te hayas acicalado y puesto como un dandi. Jan se quedó pensativo. Pero, ¿cómo va a leerme el cerebro la enfermera Ajmátova si no lo tengo?, y adoptó una actitud mustia. No cedí. Ella tiene sus propios métodos, ya verás. ¿Como unos rayos especiales que proyecta desde sus ojos?, preguntó cándido. Porque ella emite una mirada que me roba el cerebro. Aproveché su salida entusiasta. ¿Ves, Jan? Tú mismo acabas de reconocer que tienes cerebro y que manifiesta inclinaciones afectivas. No te equivoques, Karel, replicó. Cuando a uno le roban en su casa le privan de algún bien. Y mi cuerpo es una casa, la más íntima, mi preferida. No me había dado cuenta hasta ahora pero creo que lo que me han robado es la joya más preciada. Por eso no te preocupes, Jan Hraska, se me ocurrió ya al borde de tirar la toalla. Le di un leve empujón en dirección a su cuarto. La Ajmátova, además de tacto profesional y una espléndida mirada, tiene madera de detective. 


(Fotografía del checo Josef Sudek)

jueves, 23 de septiembre de 2021

La entrevistadora en la casa azul (Serie negra, 30)

 


¿Y dice usted que ha venido para entrevistar al ruso? No sé si querrá. De momento está descansando. Puedo dejarle el aviso y que se ponga en contacto. El ruso lo medita todo antes de dar un paso. Piense, señorita, que su vida corre peligro desde que se vio obligado a abandonar aquella lejana tierra suya. Que no es que la abandonase, pues es un abanderado de una causa en que el mundo, aunque tiene fronteras, él lo ve una tierra única de una sola clase de hombres. Pero es lo que yo digo: entre la tierra de origen y la salvaguarda de la vida yo no me lo pensaría. ¿O hay un pedazo de suelo más seguro que sentir tus propios latidos cuando estos pueden depender de un instante? Dígame en qué hotel se hospeda y seguro que un día de estos le pasa recado. De verdad, señorita, que me da pena que ponga usted esa cara. También se la ve, por lo que me han dicho, que usted es una especie de tránsfuga. Malos tiempos estos en que gentes de allende del océano, más avanzadas que nosotros, llegan hasta aquí huyendo. ¿Que nadie está libre de que la expulsen de su patria? Eso está a la vista. O una de dos, te vendes por el plato de lentejas como aquel del libro sagrado o ya puedes ir pensando en hacer la petaca. Pinche de mí, qué cosas tengo, pretender corregir la plana a una persona que sabe lo que es andar por el mundo dando tumbos. Mire, no quiero que se quede triste por no ver al ruso. Yo estoy aquí de servicio y me debo a mis amos. Pero porque no haya hecho el viaje en balde se los presentaré. Le prevengo, eso sí, que son muy peculiares. Si tienen un buen día la recibirán con una cordialidad como si hubiese comido con ellos los fríjoles toda la vida. Si no, tampoco le negarán que recorra la casa y los patios. Seguro que no les molesta que mire y remire sus trabajos. Dizque habrá oído usted hablar de ellos, la pintura es su pasión, pero como todas las pasiones tienen sus altibajos. ¿Sabe usted que hay pasiones destructivas? Puede incluso que todas las pasiones lo sean antes o después. Ellos mismos, y esto se lo digo para que no se sorprenda, tienen días y noches de furia y de tormenta que les aleja al uno del otro. También días de entendimiento que les vuelve ausentes a los ojos del próximo. No me pida explicaciones, señorita, sobre lo que pintan. Se pintan a sí mismos, pero a la vez pintan el mundo como lo ven. Porque ellos creen que el mundo es como lo sienten. Él dice que hay muchos mundos y que quiere pintarlos todos. Ella, en cambio, calla y hace, piensa que el mundo está maltrecho y que el mensaje del dolor lo lleva dentro desde siempre y eso la guía. Ya ve qué raros son. Cosas de pintores o acaso los efluvios de las pinturas, que acaban intoxicando no solo su sangre sino sus mentes. Y luego la dichosa política, que nos vuelve locos a todos. Pero de eso no quiero hablar, ya le digo que una es solo del servicio. Así que pase. Espere un poco junto a los hermosos nopales que tenemos en el huerto. Eso sí, tenga cuidado de no pincharse.  




(Fotografía de Gisèle Freund)

lunes, 20 de septiembre de 2021

El orden dórico (Serie negra, 29)

 



Nazaria vivía al otro lado de la calle. Su hija mediana y yo éramos tan amigos que jugábamos a ser más que amigos. El juego de los niños es más intenso si adopta el papel de los mayores. Esas figuras que nos reprendían y nos reprobaban si venía al caso, pero cuya aparente superioridad nosotros envidiábamos. Tú eres mi padre y yo soy mi madre, me proponía la hija de Nazaria en un juego que se repetía, con sus ligeras variantes, frecuentemente. Pero si no conoces a tu padre, saltaba yo simple e inocente. ¿Cómo tengo que portarme si no me dices cómo pudo ser tu padre, que nunca ha vivido con vosotras? Eso es lo divertido, me cortaba la hija de Nazaria, te lo inventas. Y heme de tal modo, un día sí y otro también, en el rol de padre sin modelo preciso, porque naturalmente tampoco podía dejar en evidencia que el papel que yo representaba lo copiaba en parte de mi propio padre. Me creé, pues, un padre hecho de retazos, imaginario pero cambiante en función de lo que mi amiga me exigiera para representar una situación ficticia pero que fuese creíble. No sé cómo te gusta tanto, le decía, que nos inventemos que yo, tu esposo, vuelvo de una guerra, desarrapado y sucio, y que tú, mi mujer, sales al encuentro, pero yo llego tan desmemoriado y maltrecho que no te reconozco. Mal, mal, así no, me interrumpía mi vecina, no hagas de marido ni yo haré de tu mujer, hagamos simplemente de padre y de madre. Entonces yo callaba y envuelto por el absurdo me quedaba pensando en cómo actuar, evitando pronunciar las palabras que definían a una pareja pero a la vez resaltando el concepto de progenitores. A veces yo me indignaba. ¿Cómo voy a hacer de padre de mis hijos si no me reconoces como esposo tuyo?, la increpaba dispuesto a abandonar ese tipo de juego y reemplazarlo por ir a buscar endrinas, por ejemplo, entre las zarzas de la orilla del río. Pero ella no se rendía. Ah, échale imaginación, como seguramente la echaron mi madre y mi padre que, jugando y no jugando tuvieron a sus hijos. Y no lo haces mal cuando te lo propones, insistía. ¿O crees que no me fijo en cómo miras absorto a mi madre cuando sale de casa de par de mañana o al volver a la caída de la tarde? ¿O en cómo bajas corriendo por el atajo para llegar antes que ella al cruce donde coge el bus? ¿Y las veces que te haces el encontradizo en el mercado, como se lo debía hacer mi padre, ese padre que hubo pero como si no lo hubiera, y te embobas con el esbelto caminar de mi madre? Por no decirte, y es que hasta ahora me ha dado apuro, proseguía mi amiga su retahíla de chica lista, que te han visto subido en la higuera mirando cómo se viste o se quita la ropa la Nazaria. Cualquiera diría que preferirías jugar con ella antes que conmigo. Toda la saliva a tragar me pareció poca cuando mi amiga me abroncó de este modo, dejándome sin cartas, haciéndome sentir un perdedor. Me remató con una frase típica. A ver, ¿qué ves en ella que no ves en mí? Me había robado todas las palabras, no encontraba ningún razonamiento y cualquier excusa no iba a servir de nada. Así que reventé de una manera que sigo sin explicarme. Veo en tu madre, le dije enérgico y defendiendo la última posición del guerrero desarmado y a punto de desfallecer, el orden dórico. 



(Fotografía de Bernard Plossu)