Oigo decir el otro día al ministro de Justicia (de cuyo nombre prefiero no acordarme) que
gobernar, a veces, es repartir dolor.
Por los pobres grandes empresarios y nobles que evaden dinero a Suiza, ¡cuánto dolor!
Por las modestas fortunas puestas a buen recaudo en paraísos fiscales, ¡cuánto dolor!
Por la exención de impuestos a la humilde Iglesia, ¡cuánto dolor!
Por los millones evadidos por pobrecitos ahorradores de alto nivel que pueden ser amnistiados si retornan al país, ¡cuánto dolor!
Por el saneamiento de los indigentes bancos a cuenta de la deuda pública, ¡cuánto dolor!
Por los menesterosos de los consejos de administración de las empresas, ¡cuánto dolor!
Por los apurados miembros de la monarquía afectados por los recortes, ¡cuánto dolor!
Por las pensiones precarias de algunos políticos del pasado ya en excedencia, ¡cuánto dolor!
Por los blindajes de banqueros y antiguos altos cargos de las Cajas de Ahorro, ¡cuánto dolor!
Por los arruinados presidentes de la patronal española de los que se sabe que han delinquido, ¡cuánto dolor!
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¿Se refería el ministro que no nombro a todos esos personajes? Ah, ¿que hablaba indirectamente de los afectados por los desahucios?
¡Cuánto desprecio y cinismo, señor ministro, en usted y toda su corte de gobernantes!
(*) Se pueden añadir cuantas letanías se consideren oportunas en esta triste recitación.
(Fotografía de Olmo Calvo sobre la acción judicial de un desahucio. Explicación: Loli se tapa la cara delante de la comisión judicial después que le notificasen que su madre Antonia, ella y su hermano iban a ser desahuciados en ese mismo momento de su casa en Getafe)