viernes, 2 de diciembre de 2022

Nunca quedó París

 



Dime que no me la vas a jugar otra vez, volviendo a abandonarme. Bien sabes que nuestro amor será eterno, querido. La eternidad dura tan poco. Pero es eterna mientras permanece. No me basta. Tampoco podemos cambiar el destino, mi cómplice. Un destino que hemos elegido, ¿no crees? Solo en parte, querida, solo en parte, aquella que creemos controlar. Tú lo dices bien, y nuestro margen es reducido, tanto en tiempo como en capricho. ¿Piensas que amarse es un capricho? Por supuesto en cierto modo, un capricho adaptado a la necesidad. Pero la necesidad es maleable y  cambiante. De ahí que siempre debemos considerar la aproximación de dos personas como algo efímero o, si prefieres, circunstancial. Habría que ser extremadamente frío para verlo de esa manera y tú mismo, aunque lo dices no lo eres. Pero es así. Cada individuo evoluciona en sus propio territorio, aunque comparta ideas, afectos y obligaciones con otros. ¿Por qué en el amor iba a ser de otra manera? Te falta decir que el amor es como cualquier otro negocio. Me da apuro reconocerlo, pero ¿acaso no lo es? O como los pensamientos que uno tiene, que mutan y se alteran, a veces renovándose, en ocasiones aferrándose a planteamientos sin salida. Pero los afectos tienen salida, querido. Y a veces son callejones contra una pared, o como dicen en París, cul-de-sac. Tal vez cuando alguien se da cuenta de que todo se ha estancado haya que utilizar otros recursos. ¿Como el alejamiento mutuo, por ejemplo? O simplemente un escape temporal. Si lo vivido entre ambos fue profundo y nos ha marcado es parte de nuestra continuidad en la vida, estemos con quien estemos. No me es suficiente. Pero se puede vivir con ello y resulta incluso estimulante. Ya, entiendo, eso de llevar cada uno en la memoria y el deseo propios al otro, pero sin tocarse. Es que la caricia es una losa si no hierve el anhelo y se dota de cierta estabilidad. ¿Si te dijera que incluso en el tiempo que estuvimos apartado el uno del otro seguí acariciándote?  ¿Si te dijera que yo lo intuía y que me dejaba? El problema es que ya no podremos volver nunca a París y me temo que estoy harto de seguir en Casablanca. Entonces hagamos del día una eternidad reencontrada. Y también de la noche.

(Ambos ríen estruendosamente mientras el coche acelera hacia el reencuentro del calor)



lunes, 28 de noviembre de 2022

Antígona: No he nacido para compartir el odio, sino el amor.




"No he nacido para compartir el odio, sino el amor".

Sófocles. Antígona, verso 523.


Aunque considero la utopía un engaño, si bien circunstancialmente la concebimos como acicate, uno quisiera verse alentado siempre por las buenas intenciones. Pero amor y odio, como éros y tánatos cotidianos, no pueden vivir sin necesitarse. Max llega hoy con el eco del filósofo de almohada. ¿Has descansado mal o es resaca?, le interpelo mientras le ofrezco un café bien cargado. Ya sabes, amigo mío, que me emborracho con mis propios devaneos, me replica endulzando su voz. Cuando leo a los clásicos me doy cuenta de que ahora no decimos nada que no lo hayan dicho ellos antes. Incluso sus búsquedas, aderezadas por aventuras utópicas, han cumplido su papel. Pero no sé si en nuestro tiempo todo resulta más complicado y arduo. Le doy cancha. ¿No volverías a tus ansias y anhelos de juventud, aun sabiendo que de nuevo errarías el tiro? Por supuesto. Siquiera porque tendría toda la vida por delante otra vez, y de esta manera las grandes posibilidades. Las de equivocarme pero también las de acertar y, sobre todo las de experimentar. Se vive de hechos, indudablemente, pero probablemente aún más de deseos que no se materializan jamás pero que nos invitan a sobreponernos a las adversidades. Antígona lo tenía claro.






* Información sobre este vídeo:


"Han elegido el antiguo teatro de Taormina y las laderas del Etna, cedidas amablemente por el parque arqueológico del parque arqueológico de Naxos-Taormina, para lanzar su mensaje contra la violencia hacia las mujeres. Son los alumnos del liceo Maurolico de Messina con la canción 'Canerà'. Filmaron el video el verano pasado y lo subieron a la red para el 25 de noviembre de 2022. El popurrí, a través del arreglo original de la maestra Agnese Carrubba y la ambientación inspirada en el mito de Antígona, la heroína griega que siguiendo la ley del corazón y de piedad realiza un acto de rebelión consciente contra el poder, quiere ser un himno contra la violencia y la opresión de todo tipo, un himno de liberación y un canto de esperanza para que la unión de los individuos, como la unión de las voces de un coro de jóvenes personas, pueden promover la armonía y el cambio hacia un mundo mejor. Una vez más, tras el éxito del videoclip 'I cento passi', que tuvo más de 150.000 visitas en las redes sociales, el coro Maurolico se ha comprometido a abordar un tema social fuerte y actual a partir de su identidad como coro en un clásico siciliano. escuela secundaria, operando una armoniosa síntesis creativa entre la música, la cultura clásica y el realce de la belleza de la zona. 

El video musical, 'Canerà', surge de la fusión de las canciones 'Lei' y 'Cantar'" del cantautor Alessandro Mannarino, a través del arreglo original de la maestra Agnese Carrubba, directora del Coro Maurolico y creadora del proyecto. La canción pretende ser un himno contra la violencia y la opresión de todo tipo, un himno de liberación y un canto de esperanza, la esperanza de que la unión de los individuos, como la unión de las voces de un coro de jóvenes, puede promover la armonía. y cambiar hacia un mundo mejor. La producción de este nuevo video fue posible gracias a la convencida identificación de los alumnos, que aceptaron con entusiasmo el proyecto y lo interpretaron, y gracias a la probada sinergia del equipo que, con el apoyo de toda la comunidad escolar, promueve la actividad coral. del Maurolico: la directora Prof. Giovanna De Francesco, la maestra Agnese Carrubba, la coordinadora Prof. Silvana Salandra"


(Tomada la información de la web archeologiavocidalpassato)


viernes, 25 de noviembre de 2022

El farero que fui (Memoria interrumpida)

 


En mi oficio de farero no me he aburrido nunca. La gente común tiene una idea falseada del oficio. Esto que escribo ahora es un pensamiento fugaz y no viene a cuento que explique en qué consistía mi actividad, que no era sino reflejo de la que llevaban a cabo todos los fareros del mundo. No es que no tuviera tiempo de aburrirme solo por exceso de cuidados y movimientos que implicaban el mantenimiento del faro. Tampoco mi misión consistía en ser un vigilante del horizonte, aunque debía vigilar que no fallara nunca la luz y prever la disposición y abastecimiento de las lámparas y la fuente de energía necesaria en todo momento. En aquella costa oscura de por sí, incluso en las horas diurnas, la luz debía ser una referencia viva e inquebrantable. No podría decir que los accidentes que tuvieron lugar en los farallones próximos estuvieran causados por descuido o dejadez propios de mi trabajo. Las malas lecturas de las cartas de navegación y la equívoca interpretación de las corrientes, a lo que habría que sumar la borrachera pertinente del capitán de los barcos accidentados, fueron en todas las ocasiones el factor que produjo naufragios y perecimientos. Pero tampoco es mi intención abundar ahora en los sucesos producidos en el pasado. Sé que al comentar que no me aburrí nunca estoy abriendo al lector un campo de interés sobre qué me impedía aburrirme, más allá de los trabajos. Pero la explicación es sencilla. La mera contemplación siempre me entretuvo. De día era la mirada sobre los cambios del cielo, los movimientos de las galernas que azotaban las rocas o el avistamiento de navíos. Jugaba incluso a apostar si estos variaban el rumbo por error o por interés que yo nunca podía determinar.  De noche se trataba de la escucha de aquel lenguaje que en el mejor de los casos era compasivo, pero con frecuencia se mostraba feroz, tal el que hablaba atropelladamente la acometida de las olas procelosas. Al principio las circunstancias climatológicas adversas me amedrentaban un poco. Más tarde fui haciéndome aliado de ellas, por la simple razón de atender sus solicitudes. Sé que no se me va a comprender, pero todo fue para mí mucho más llevadero a medida que emprendía un diálogo con la naturaleza exterior. Puede parecer un absurdo, pero no lo era en absoluto. Porque además aquellas conversaciones con el constante fluir del océano, desgastando día y noche los acantilados, eran variadas. El rugido incesante traía en unas ocasiones voces coloquiales de marinos que me relataban historias inconcebibles. Cuando tenían lugar guerras, emergían de las profundidades órdenes, agitación, estruendos de buques que eliminaban a otros buques. Los días claros proporcionaban reposo a mis propias emociones e imaginaba la lejana costa, y en mi imaginación la dotaba de unas características geológicas y botánicas a capricho. Decían que al otro lado había un continente distinto y yo me empeñaba en diseñarlo a mi manera. A veces incluso preveía la existencia de otros seres humanos que, emulando a aquel demiurgo mítico, trataba de representar a mi imagen y semejanza. Nunca leí libros para combatir las horas muertas, primero porque no había horas muertas y además porque aquellas lecturas eran complemento de lo vivido, cuando no de lo soñado. Como esto que escribo no es sino un mero apunte, un pensamiento ligero y pasajero, algo que no me preocupa porque la vida está repleta de momentos fugaces que se montan y se desarman por su propia inercia, 


(Aquí el farero interrumpe la redacción de su revoltijo de ideas, pues una alarma le fuerza a subir precipitadamente hasta el piso superior donde está instalada la linterna)


lunes, 21 de noviembre de 2022

¡Paso!

 


¡Paso! ¡Paso! Que no llego a la meta. ¿Y cuál es la meta? Toma, la de todos. Ah, pues entonces no corro. Te quedarás el último. Y qué, mira, ya hace tiempo que me propuse ser el farolillo rojo. Acaso me ha beneficiado en esta absurda competición de no llegar a ninguna parte. ¿De verdad que no has ganado nunca ninguna carrera? De verdad. Arrancaba demasiado pronto y me cansaba demasiado pronto. Me iba quedando atrás. Te descalificarían. No, pero casi; me dejaban seguir. Total, sabían que no iba a recuperar ni los tiempos ni las posiciones. ¿No te deprimía no ser siquiera del montón? No, si del montón he sido siempre, pero como nunca aceleré para adelantar a nadie ni di codazos me fui quedando atrás. Debía ser aburrido. ¡Qué va! Aprovechando ese último puesto paraba donde quería, me solazaba donde me daba la gana, y dejaba que me jaleasen, no sin sorna, desde el público que ya se iba a casa pensando que habían pasado todos los carreristas. Darías pena. No sé, eso de las penas y las lamentaciones son cosas de los que salen a ver la vida como espectáculo. Pero tú también te veías inmerso en el espectáculo. Digamos que siempre he montado mi propio show para mí. Pero nunca me he dado pena, porque, sabes, uno tiene su propio secreto. ¿Cuál es?...¡brrrum, brrrum! No te oigo. ¿Cuál es? Maldito ruido el de la moto. 



domingo, 20 de noviembre de 2022

Conmigo que no cuenten

 


Conmigo que no cuenten. Ni el espectáculo, ni el negocio, ni la política totalitaria, ni la televisión, ni la prensa, ni la política que mira para otro lado, ni el aficionado de sillón y cerveza, ni la selección española de fútbol, ni el repugnante silencio colectivo, ni los beneficios empresariales...ni ni ni...




Ni los que lanzan consignas bienintencionadas pero ingenuas, que casi nadie va a seguir. Conmigo que no cuenten. Sé a qué atenerme.



miércoles, 16 de noviembre de 2022

La notte (Habla Buonarroti)

 


Doblegas al día, aun sabiendo que este va a liberarse de tu pie firme. Yo, aquí abajo, te contemplo entregado a tanta exuberancia. Aplástame, soy un fervoroso tuyo que reclama de ti voracidad generosa. En tu afán dadivoso me entregas esos hijos que son los sueños. Yo te devuelvo el favor tallando cada palmo de tu cuerpo, puliendo sus redondeces, disponiendo que los miembros sobre los que te recoges sean capaces de madurar las horas. Te recreo como noche pasajera que algún día será eterna. Algunos dicen que te he exaltado con un cuerpo hercúleo, con ecos de virilidad que ceden a los atributos más frutales. Retorcida sobre tu propio regazo ¿duermes o permaneces en disimulada vigilia? No representas el cansancio propio, porque no lo tienes, sino el de todos los hombres, de cuyas limitaciones no siempre son conscientes. No eres tú quien se sumerge en el silencio, sino ellos, cualquiera de nosotros que solo vemos en ti el don del descanso y pocas veces la virtud de la belleza. La belleza no tiene por qué ser siempre activa. La pasividad de las horas con que nos obsequias contiene una hermosura misteriosa. Alguien dijo que así es el encanto de las tinieblas. Y sin embargo los hombres anhelan huir de ellas, a pesar de que constantemente recurren desbocados a sus tentadoras promesas. ¿Es el extravío el precio de la búsqueda? Si te quiero magnífica en tu exultante abandono es para que los hombres comprendan tu valor impagable. Unos no desearían salir de ti jamás. Otros te rehúyen como si solamente en el día les fuera la vida. No soy tu artífice, soy tu servidor. Que haya incorporado en tu proximidad la imagen del relevo, cegado por la luz exterior, es para que cuantos te contemplen perciban las diferencias. ¿Te gustaría que tal alternancia no existiera? Entonces, ¿qué sería de la vida y las obras de los hombres? ¿Qué sería de ti misma?


- Atiéndame, maestro, que le veo abstraído. ¿No le parece que simula el día caído en lugar de la noche en auge? 

- Tú pule y calla, que sé lo que me traigo.




* La noche, representada en la tumba de Julio de Médicis. Sacristía Nueva de la Basílica de San Lorenzo, en Florencia. Obra de Miguel Ángel Buonarroti.

martes, 15 de noviembre de 2022

sábado, 12 de noviembre de 2022

Aux espagnols...O la caída. Y también Baltasar Lobo

 


Cuando paramos en Annecy y vimos la escultura de Baltasar Lobo pregunté a Sandrine. ¿Es un hombre que cae o un hombre que se resiste a caer? ¿Qué opinas? Mi amiga me interpeló a su vez. ¿Por qué tiene que caer un ser humano para ser consciente de lo irreparable que es la vida? Además,  ¿hay alguna caída  que no suponga de algún modo un hundimiento? No sé, respondí. Dicen que hay caídas de las que uno se levanta, pero yo creo que después ya no es el mismo. No hay caída limpia. Si se sobrevive quedan marcas. En esta escultura el héroe está cayendo. Empieza a sentirse ausente. Sugiere una parada en el tiempo imperceptible, sin que dé oportunidad de ser medida. Y menos evitada. Acaso a ese gesto en que el cuerpo parece dispersarse, tratando de atrapar el aire, se le pueda llamar resistencia. Sandrine se sujeta a mis palabras. Esta obra exalta, o al menos reconoce, a unos hombres y su acción, en pos de una verdad, dice. Pero ya Albert C. señaló que la verdad es enigmática, huidiza, y está siempre pendiente de ser conquistada, También dijo a continuación, matizo, que la libertad es peligrosa y resulta dura de ser vivida, Sandrine, sagaz y observadora, calcula con la mirada los ángulos de la estatua. ¿No crees que la condición del hombre es la de mantenerse en un perpetuo escorzo?




jueves, 10 de noviembre de 2022

La noche

 


Llegas hasta aquí, apagándote, y dices: soy la noche. ¿Cómo sé que eres la noche, la verdadera noche?, te pregunto. Mírame y si me ves, replicas, me desdeciré. Entonces yo agudizo la mirada y digo: no te veo, no veo nada. Déjame probar con otro sentido; tal vez no todo sea tan oscuro. Lo aceptas. Extiende las manos si quieres, y si rozas algo sabrás si te estoy engañando y si solo se trata de un juego. Alargo los brazos, trazo con mis manos rutas invisibles, mis dedos bailan con frustración en medio de un espacio que no reconozco. Quiero percibir con mi olfato tu presencia, insisto. Si llegas desde el mar olerás a sal, si desde la selva me invadirán fragancias múltiples, si bajas de una nube ventilarás mis pulmones con el renovador aroma del ozono. Prueba, pero no me culpes si te decepcionas, te muestras comprensiva. Ningún olor denota presencia alguna. Aún puedo indagar con la capacidad de mi gusto si llevas en ti la textura del cereal o la dulce esencia de la vid o la sólida calidez de unos labios, digo vergonzante. Pero mi boca está acre y seca. He aquí mi pensamiento, que te elige y te distingue, y me dice que no eres la noche, afirmo como último recurso. Entonces las ideas transcurren laberínticas y me confunden. Tú te compadeces: no hay sentidos que puedan captar la materia de la noche, no te esfuerces más. Al menos te oigo, salto ocurrente; tú me hablas y yo escucho cómo cortas, cauta y mesurada, el silencio; luego no eres la noche. Solo una suplantadora. No, no me oyes, elevas firme la voz. Solo te escuchas a ti mismo, perdido y sin retorno. Fugado más allá de donde terminan todos los anhelos. 



lunes, 7 de noviembre de 2022

Miedo. Miedos

 




















Descubrimos en la edad más temprana al compañero de viaje. Sin duda la brusca salida del hogar en que nos estuvimos horneando ya nos lo diera a conocer. La que nos abrió la puerta trató de ahuyentarlo con su arropamiento, su palabra dulce, sus miradas deleitosas, su sonrisa letificante, su ubre generosa y cálida, su regazo siempre ardoroso, sus cuidados. El compañero de por vida jugó a salir y a esconderse. A vestirse con nuestra piel y a apropiarse de nuestras emociones. Unas veces habrá sido una señal. Otras, un espectro turbulento y obsesivo. Las más de las ocasiones una sombra. Si la criatura no reaccionaba a estímulos alternativos el compañero podría convertirse en su enajenación. 

A medida que afrontamos la vida descubrimos que se trata de un compañero plural. Aunque singularicemos para cada paso concreto nos parece que hay tantos acompañantes como pasos. No nos engañemos. Es el mismo aunque se revista con una imagen diferente para cada ocasión. 

Ese compañero vitalicio es conocido como Miedo. ¿Tiene historia el Miedo? ¿Son capítulos de esa historia individual -y ojo, también colectiva- los Miedos? Nacemos y sucumbimos con un compañero de viaje al que sorteamos constantemente. Que nos acecha, nos acosa, nos maltrata, nos acompleja. Nos reduce. Quedará huérfano cuando ya no estemos. En su desamparo, egoísta mas equivocado, presumirá irónico: cuánto me echaréis de menos. ¿O él a nosotros, a fuerza de haber perseguido siempre que nosotros hubiéramos sido solo él?



(Pintura de Peter Birkhäuser)

viernes, 4 de noviembre de 2022

Diálogo equino

 


- Parece mentira que seamos amigos perteneciendo a mundos tan diferentes.

- Más que a mundos, a clases, porque tu altanería no tiene precio.

- Pues anda que tu ordinariez, que yo no deseara para mí, no te permite levantar un palmo del suelo duro.

- Mi ordinariez está labrada por un hombre digno y cabal.

- ¿Y qué crees? ¿Que mi majestuosidad no la han hecho artesanos sencillos, aunque, eso sí, con mucha calidad en sus manos?

- La calidad no se mide solo por la expresión de las formas resultantes.

- Ahí llevas razón. Pero no olvides que yo nací para un templo, pero tú...

- Yo nací para habitar el corazón de los hombres comunes.  

- Pues ante mi presencia se han admirado también las gentes de más baja condición, aunque a distancia, y los más poderosos y cultos de la ciudad. ¿Podrías tú decir lo mismo?

-  Yo no tengo que alardear de nada. Me gusta ver, oír y no relinchar. Tú pareces estar en un perpetuo relincho. Tantas ínfulas te harán merecer contemplación de los humanos, pero algún día serás ruina, como todos los humanos.

- En eso devendremos todos, pero mira que han pasado dos mil quinientos años y aquí sigo, mermado mas exultante.

- No te tengo envidia por tu condición y me alegro que te parieran aquellos talleres clásicos, a cuyas obras no se puede poner objeción. Pero si yo existo es porque un hombre de cincel de no hace mucho tiempo tuvo como referencia el hacer del siglo de que procedes.

- Lo admito. Además tampoco se trataría de intercambiar nuestras posiciones, ni en tiempo ni en espacio. También a mí me asombra la mente y las manos de quien en tu testa más reducida rinde culto al caballo. Al fin y al cabo, ¿no es lo más importante que seamos evocados a través de los siglos, con todo el servicio que hemos hecho a los humanos? ¿O crees que cuando me colocaron a mí en un templo no tuvieron en cuenta que no podían prescindir de nosotros?

- Me cuesta hacerme a la idea de lo que había en la mente de los hombres cultos y de los artistas en tu tiempo, amigo mío. Pero el mero hecho de haber llegado a nuestros días dice a favor de ellos también. Los hombres nos usaron hasta extremos brutales pero también nos han reconocido. Hay infinidad de obras de arte en la que el caballo vale tanto o más que el caballero.

- Ya sabes lo que decían de nosotros siempre. Nos llamaban los nobles brutos. ¿Qué querrá decir eso, cuando ni siquiera ellos saben ser nobles y sí extremar su brutalidad?

- Lo mismo me he preguntado yo siempre. Los humanos convierten todo lo que tocan, sea de la materia que sea, en uso y abuso. Nosotros, mientras les hemos servido hemos sido considerados. Pero el precio que nuestra especie ha pagado es semejante a la que muchos de los humanos jóvenes han pagado también cuando han sido enviados al matadero de las guerras.

- Vaya, así que equinos y humanos estamos hermanados en la desgracia.

- La nuestra siempre es mayor, no lo olvides.

- Hoy confraternizamos aquí, pero mañana nos separarán. Echaré de menos nuestros coloquios.

- Quién sabe si no nos volveremos a encontrar en otra ocasión. No te emociones.

- Quién sabe. Este relincho de ahora es a tu salud.







* Cabeza de caballo en actitud de relincho, hallada en Civita Lavinia, Lacio, obra griega del siglo V a.e.c. Copia en el Museo de Reproducciones Artísticas, Casa del Sol, Museo Nacional de Escultura de Valladolid. // Cabeza de caballo del escultor Baltasar Lobo, en la exposición de 2018 Baltasar Lobo, un moderno entre los antiguos, en el espacio de la Casa del Sol.



martes, 1 de noviembre de 2022

El cuentista

 



"No divulgues tus propios secretos, sería como demoler tu choza".

Dicho bosquimano.


De aldea en aldea, el hombre de las greñas iba contando cuentos. Llegó a una de ellas, en la linde de aquel desierto que no tenía intención de retroceder y atemorizaba a muchas tribus.

Reunió primero a los niños y a los ancianos. Aquellos, excitados. Los ancianos, escépticos. Todos expectantes. 

Los adolescentes de ambos sexos se mantenían primero a distancia para reafirmar que no pertenecían ni a una edad ni a otra, pero luego se sumaban al grupo con prepotencia juvenil y no escasa curiosidad.

Era la hora del ocaso. Las mujeres se compinchaban para no ir a la zaga y asegurarse su propio espacio de suelo. Los hombres regresaban de la caza. Los perros se movían inquietos, ilusionados por ver reunida a toda la aldea en torno a la fogata.

Soy el cuentista de la piel de leopardo, comenzó el hombre recién llegado. No he venido a narrar nada que yo me invente, sino a escucharos a vosotros que sois los verdaderos hacedores de las historias de la vida.

El público quedó desconcertado. Se suponía que era el cuentista de la piel de leopardo quien les tenía que traer el espectáculo. Porque ellos, todos los habitantes del pueblo, ya se habían contado unos a otros infinidad de experiencias. Se conocían lo suficiente como para no verse como objeto de narración alguna.

Entonces, ¿no nos vas a contar nada nuevo?, le interpelaron con malhumor varios vecinos. ¿No nos vas a hablar de otros territorios y de las costumbres que allí tienen sus moradores? ¿Nada nos vas a decir sobre los riesgos y vicisitudes que padecen cuando tienen que salir de caza o sufrir las consecuencias de las tormentas? ¿Ni siquiera podemos saber cómo son los sueños de quienes habitan a distancias alejadas? El cuentista sonrió. ¿Qué creíais? ¿Que mis historias son consecuencia de mis propios sueños? ¿Que lo que he visto en otros lugares es muy diferente a lo que veis vosotros todos los días? ¿Qué otros sueñan lo que vosotros no soñáis?

Hagamos un pacto, les dijo. Aquel de vosotros, no importa la edad ni si es mujer u hombre, que tenga algo que relatar con interés o que nunca se lo haya dicho a nadie, que lo exponga aquí. Yo tomaré nota y le daré forma de cuento.

Aquella propuesta levantó suspicacias. Se suponía que no había secretos entre los pobladores y que todos sabían todo de todos con naturalidad. Además, ¿quién podría abrir la boca sin quedar en entredicho? ¿Quién iba a revelar los pensamientos y deseos díscolos, si es que los tenían, sin ser objeto de la burla general? 

Pasó un tiempo breve que a todos les pareció larguísimo y nadie habló. Bien, dijo el hombre de la piel de leopardo. Vuestro silencio me ha sugerido un cuento nuevo. El pueblo que no quiso hablar, lo titularé. O bien: los pobladores del silencio. O acaso: los nativos que desconocían los secretos. Y lo iré relatando por ahí. ¿Os gustaría que en otras partes os conocieran como los mudos?

Es que aquí los secretos no existen, exclamó de pronto el que parecía tener autoridad en la aldea. El cuentista lo interrogó enérgicamente con la mirada. Puede no llover, dijo. Puede no haber caza. Puede no vivirse una vida larga. Pero los secretos anidan en el corazón y mientras se alimentan, aunque no seáis conscientes de ello, cada individuo está a salvo de que los peligros de la vida destruyan el alma única que tenéis cada cual. 

Entonces, uno de los hombres de mediana edad musitó algo que no alcanzaron los demás a escuchar, pues fue cortado de inmediato por el viajero. Hacéis bien en callar. Los secretos no se pueden traicionar. Contarlos sería traicionarse a uno mismo. El secreto pone a prueba la fidelidad que cada cual debe preservar y la integridad con la que debe corresponder. Es, a su vez, un escudo protector. Os voy a narrar ahora una historia sobre el hombre que vendió sus secretos, pero que ya no pudo vivir en paz.

Ni un movimiento, ni un murmullo. En ese instante solo se escuchó el crepitar de las llamas. Ningún perro ladró.

 



* Máscara de una sociedad secreta del Reino de Oku. Museo de Arte Africano. Fundación Alberto Jiménez-Arellano Alonso. Universidad de Valladolid. Palacio de Santa Cruz. 

domingo, 30 de octubre de 2022

Visita al museo

 


Observen, estimados visitantes, el cuadro de la vieja del maestro Massys. Ahora permítanme el exceso. ¿Se siente alguno de ustedes representado en el gesto de rabia que es sinónimo de desesperación? Olviden por un momento que es anciana, que está ajada por lo tanto, que sus fuerzas flaquean pero no pierden instinto, y piensen para sí si no han caído alguna vez en una conducta de maltrato corporal con ustedes mismos. Por supuesto, tal vez hayan preservado sus cabellos y no se hayan abofeteado ni golpeado con el puño a una pared. Pero ¿acaso no hay golpes en que no son los músculos ni los nervios exteriores los que actúan sino un estado de excitación íntimo que puede dejarlos maltrechos? Bien, ahorren el pensamiento interior y echen mano del cajón de sastre. La locura. Está loca, concluirán ustedes sobre la vieja. ¿Piensan cuando se sienten desbordados que también ustedes pueden estar locos? Ya digo, un saco roto este donde cabe cualquier comportamiento repentino sin control. Pero...toda actitud tiene su proceso. Por ejemplo, ¿han desatado con frecuencia la ira? ¿Les carcome la envidia porque se acomplejan con lo que consideran su propia infelicidad ya que les parece que no les persigue a otras personas? ¿Les traiciona el orgullo, esa excesiva y relativa fortaleza de la que se hallaban tan correspondidos? ¿Hacen de los pequeños fracasos cotidianos un castillo desmochado o una nave al pairo? Un pequeño fallo en su vida más o menos afortunada, y quiero pensar que equilibrada, ¿ya les hace sentir desgraciados hasta extremos de desear un mal a otros o bien sentirse frustrados en mayor medida por el pequeño incidente que les ha llevado por deseos turbios? Seguramente algunos de ustedes, sagaces visitantes, han captado el alma perturbada de la vieja. Aprovechen al contemplar la violencia ajena y hagan de la imagen un acto de contrición de sus personales desavenencias. No aspiren a que la imaginación predeterminada, ya saben, ese mundo de las ideas que a todos se nos ha impuesto y que tanto nos condiciona, convirtiéndonos en sumisos cuando no carentes del ejercicio del libre albedrío, les pase factura. El desvarío es dejar de seguir pretendiendo ser, que es tanto como recortar un camino que, no se engañen, tampoco conduce ni al edén ni al infierno. Al menos no necesariamente, si sabemos medir los pasos. ¿Qué digo? Demasiada ansia nos conduce a la ansiedad. Excesiva prepotencia nos depara pequeñez. Reacciones airadas sobre otros o contra nosotros solo provocan desequilibrio. Sufrir celos por los logros ajenos, porque nos parece que los nuestros son deficientes, acaba enfermándonos. 

Atónito por el sermón el grupo de visitantes contiene la respiración. ¿Meditan o temen? La señora McMillan hace un aparte y le susurra al oído a su esposo. Pero este tipo, ¿qué es? ¿Un guía del museo, un psicoterapeuta, un moralista, un vendedor? Señor guía, levanta el dedo la señora McMillan. Disculpe si le interrumpo, pero ¿no se está saliendo del tema central del cuadro? El cicerone hace una mueca prepotente. Ah, el tema del cuadro. ¿Usted querría que hubiera empezado por ahí? Le complaceré, ya que usted no es exigente y prefiere una interpretación sencilla. Sí, simplemente se trata de una vieja tirándose de los cabellos, cuyas razones desconocemos. ¿Le basta? ¿Quiere que nos traslademos a otro cuadro? La señora McMillan ha salido contestataria. ¿Y si la intención de la anciana hubiera sido tan solo asear a fondo la cabellera?



* Vieja mesándose los cabellos. c. 1525/1530. Atribuido a Quinten Massys. Museo Nacional del Prado.

jueves, 27 de octubre de 2022

Sus cadáveres están llenos de mundo (Crónica rápida de una visita)

 



Solía escribir con su dedo grande en el aire

[Poema]

César Vallejo




Solía escribir con su dedo grande en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre. Pedro y sus dos muertes.

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!
Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!
¡Abisa a todos compañeros pronto!

Palo en el que han colgado su madero,
lo han matado;
¡lo han matado al pie de su dedo grande!
¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

¡Viban los compañeros
a la cabecera de su aire escrito!
¡Viban con esta b del buitre en las entrañas
de Pedro
y de Rojas, del héroe y del mártir!
Registrándole, muerto, sorprendiéronle
en su cuerpo un gran cuerpo, para
el alma del mundo,
y en la chaqueta una cuchara muerta.

Pedro también solía comer
entre las criaturas de su carne, asear, pintar
la mesa y vivir dulcemente
en representación de todo el mundo.
Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,
despierto o bien cuando dormía, siempre,
cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.
¡Abisa a todos compañeros pronto!
¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!

Lo han matado, obligándole a morir
a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquel
que nació muy niñín, mirando al cielo,
y que luego creció, se puso rojo
y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus pedazos.

Lo han matado suavemente
entre el cabello de su mujer, la Juana Vázquez,
a la hora del fuego, al año del balazo
y cuando andaba cerca ya de todo.

Pedro Rojas, así, después de muerto
se levantó, besó su catafalco ensangrentado,
lloró por España
y volvió a escribir con el dedo en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».

Su cadáver estaba lleno de mundo.

César Vallejo, de su Himno a los voluntarios de la República.


Como las palabras de César Vallejo son infinitamente más potentes que las mías he abierto la entrada con su poema. Este poema y Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca, son de los que más me conmueven. Porque un poema tiene que conmover, ya que si no ¿qué clase de poema es? ¿Para qué serviría? ¿Solo para lucir bonitas palabras?




Las fotografías que se adjuntan muestran la última excavación que se está realizando de las fosas del Cementerio de El Carmen, de Valladolid, que he visitado recientemente. Cementerio que lleva ya camino de tener dos siglos. Entre 1936 y 1939 la dictadura enterró en una serie de fosas los cuerpos de fusilados y los tapó ignominiosamente. Sin más. Sin dar información a las familias. Ignorándolos para la posteridad de la larga noche de los tiempos y sus secuelas. Tratando a las personas asesinadas como un desecho. Pero las familias nunca olvidaron a los suyos, aunque no supieran. Y generaciones posteriores tomaron el interés y el relevo para recuperar la dignidad de cuantos además de perder la vida fueron infamados durante décadas. Pero aún hay quienes por odio, por mala conciencia heredada o por desprecio no tragan con esta labor.
 



Los restos de las personas que se van encontrando no difieren de los de la multitud de fosas que hay por toda España. La labor de voluntarios de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica , capitaneados por Julio del Olmo, no tiene precio.

  






No hace mucho tiempo se erigió un Memorial donde figuran los nombres de los ejecutados. Principalmente de todos los pueblos de la provincia, aunque también algunos de otros lugares.






Estas piedras eran como hitos clandestinos que los familiares habían colocado hacía décadas en una zona donde sospechaban o sabían que existían fosas. Los excavadores las han colocado ahora a un lado. Cada piedra, y más en los páramos, en las cunetas o en los cementerios, han jugado un papel silencioso. Vigías de la vergüenza profanada. El crimen fue ampliamente cometido en Castilla. Sobre inocentes.


domingo, 23 de octubre de 2022

Trance

 


Solo a ti se te ocurre enamorarte de un poeta. Son sus versos los que me enamoran, Marina. Pero corres riesgo si él te sigue la corriente. No olvides con quién estás casada. Por supuesto, lo tengo en cuenta, pero la palabra que sale de sus manos, y no te digo cuando es emitida por su boca, es demasiado seductora. No sé resistirme. Tienes que valorar el peligro, Varvara. Una no puede ir por ahí ignorando que en la vida hay que elegir a tiempo. Tú tuviste el tuyo y preferiste la seguridad. Confórmate con leer la obra del artista, mientras se la dejen publicar. No sé si podría conformarme con asistir a alguna de sus recitaciones, Marina. La proximidad de su presencia y la manera melodiosa y sin embargo enérgica como vocaliza el poeta es extremadamente tentador. Tú no le has visto, pero cuando declama hace paradas y mira al público, le interroga. Hace de sus versos un puente entre los hombres y su destino. Que imagino que es el suyo también. En el recital al que asistí tenía ojos largos solo para mí. Tú ensueñas, Tatiana. Conozco de sobra las miradas de los hombres. Son como una red de pesca o una trampa para incautos. Las suyas eran diferentes, Marina. El poeta depositaba en mis ojos su misma poesía. Cuanto había detrás. Su pasado contradictorio, la insatisfacción de su presente, el miedo a perder el sentido de sus horas y sus días. Había algo más que poesía en aquella entrega pública. Como si lo escrito y lo pronunciado en ese momento complementaran la oscura y triste luz que el hombre emitía. Sí, había un hombre que se buscaba al otro lado de las palabras. Estás a tiempo, amiga mía. Si él siente que le respondes, ya no solo que le escuchas, te buscará también al otro lado de ti misma. ¿Qué harás entonces? No sé, Marina. Tal vez tenga que elegir. Acaso dejarme llevar por encuentros lóbregos y sinuosos. Este poeta, este hombre, no es ni un poeta ni un hombre como cualquier otro. O yo no soy la misma y él se ha revelado como lo inesperado. Fue al escuchar de su boca aquellos versos que urgían socorro...os invito a todos a que vengáis / a mis palabras / ¿Quién se atreve a habitar en ellas? / ¿Quién de vosotros sabrá hacer suya mi mirada? cuando me sentí interpelada. Varvara, el poder de la palabra de un poeta es también la flaqueza de quien la recoge. ¿Por qué te predispones al peligro? Si asumes la llamada del poeta debes medir el desafío que puede partir en dos tu vida. No será fácil acertar en un juego de vidas paralelas. ¿Acaso desconoces que tu poeta empieza a ser un poeta maldito? ¿Y que no está bien visto por otros mediocres que envidian tanto el acogimiento de que goza como su actitud indócil? ¿Crees que tu marido, el reconocido camarada comisario, va a aceptar lo que también para él supone un trance que os abocaría a todos al infortunio? Entiendo tu preocupación hacia mí, Marina, pero ¿para qué sirven la voz y la palabra de un poeta si no es para trastocar nuestros mundos?



*Kuzmá Petrov-Vodkin. Chica con un pañuelo rojo.

jueves, 20 de octubre de 2022

Eres tú, lo he hecho yo

 


Ya sé lo que vas a decir. Que en el retrato que encargó mi padre me parezco, pero en cría, a aquella dama misteriosa que un hábil toscano pintó a solicitud de un mercader. Bueno, hay una diferencia. Yo río satisfecha de mi obra y de la otra me cuentan que sonríe con condescendencia de casada. Como no he llegado a verlo nunca y hablo por oídas no sé si creérmelo. Además soy consciente de que mi edad no procura aún belleza, pero las lenguas benévolas comentan que aparezco natural y traviesa. No se equivocan. Algunos lo han captado y dicen que mis dibujos sobre familiares y otros personajes son mordaces. Así que no te sorprendas si me han pintado con sonrisa de complacencia gamberra.

Visitas a las que he mostrado mis dibujos me dicen, aunque supongo que será para animarme, que tengo talento. Hay quien no duda en hablar de estilo, pero sé que se mofan. Que mi percepción de los volúmenes de un cuerpo son correctos. Que las proporciones están en su punto. Que acaso debo corregir las extremidades, pero que no me importe ahora. Que hay que partir de lo caprichoso para entender lo desigual; sigo pensando qué quiere decir esto. Debe ser que he descubierto que hay órganos del cuerpo que no están en un mismo plano. Y no solo porque me lo han hecho ver, sino que lo he comprobado a distancia, sobe todo cuando he visto a mis padres a hurtadillas desnudos. Pero estas cosas deben callarse. O esperar a ser mayor.

Giovanni, que me lleva pocos años y trabaja de ebanista en un taller de retablos, me llama precoz. No sé qué tiene de precoz hacer dibujos, le respondo. Eres precoz por tu intención. Se ve a la legua que sabes observar y, sobre todo, interpretar a tu manera un cuerpo o un edificio. Los edificios se me dan peor, ya lo sabes, le replico. Pero dibujas palacios que no existen y podrían existir. Palacios donde hay más que fachada y que sabes representar con pisos con una disposición ingeniosa. Créeme, dice. Un edificio también es un cuerpo y no me parece mal que los dibujes rompiendo la simetría. De Giovanni aprendo siempre y si opina lo que opina de mí digo que será por algo más que porque le caigo bien.

Se lo ha dicho a mi padre. Déjela que emborrone pliegos, que suelte su imaginación alocadamente. Cada edad tiene sus trazos como en otros el balbuceo de palabras escritas o el golpe del buril sobre la piedra o el manejo del acero. Pero es una chica, le ha soltado mi padre a Giovanni. Nada de lo que usted dice, joven, sería útil ni bien visto en una mujer a la que mimamos y preparamos acorde a su género y condición. Y además, caro Giovanni, estos dibujos son meras travesuras de quien se resiste a abandonar la infancia. Giovanni ha salido en mi defensa. ¿No se le ha ocurrido pensar, mi estimado señor Tomasso, que su hija acaso no busca anclarse en el tiempo que por naturaleza ya se le va pasando, sino de anticipar unas dotes de futuro?   

Ni puedo ni mucho menos quiero dar la razón a mi padre, pero tampoco estoy segura de que una valga para lo que con tanto estímulo dice Giovanni. De momento, yo a lo mío. Aprovecharme de lo que me consienten para convertir a la gente en caricaturas. ¿No te gusta cómo has salido?



* Muchacho sosteniendo un dibujo infantil. c.1515. Giovanni Francesco Carotto (Verona, 1480-1555)

lunes, 17 de octubre de 2022

Hombre doblemente armado

 



Al caballero le prepararon para las armas y para las letras. ¿Cuál fue primero? Hubo una aya que una vez le tomó el dedo índice y fue recorriendo con él las líneas de un libro. Hubo un tutor que le situó ante un pupitre, le explicó los útiles y le indicó cómo colocarse y empezar a trazar aquellos signos misteriosos denominados letras. Hubo un ábaco cuyas bolitas jugaban a operaciones y cifras sencillas. Hubo un aula donde las ideas clásicas, tan renacientes, cabalgaban de nuevo a través de los libros y complementaban el saber de los oficios. 

Más tarde llegó otro tiempo en que se inició en otras artes menos sutiles que le indicaron que iban a resultarle muy prácticas. Ya había sido de madera de cerezo la primera espada formada en cruz. Era el juego infantil a través del que emulaba a los mayores. Más tarde sintió el contacto en sus dedos de una daga de vela tomada de su hermano sin que este reparara en ello. Nuevo juego clandestino y ciertamente peligroso. Alguien, a hurtadillas, le vio asaltar a sus personajes imaginarios y transmitió a su padre el estilo y la habilidad del muchacho. La reacción paterna no se hizo esperar. Pusieron maestros a desarrollar su destreza, a aprender movimientos, a ejecutar los estilos más eficaces. Pequeños estiletes, espadines sencillos, y al fin una espada ropera con la que medirse con más seguridad, llegado el caso. 

Ducho aprendiz, el joven batía con artera maña a su maestro. Pero llegado el final del ejercicio temprano el muchacho no quería saber nada de un arma ni de un entrenamiento el resto del día. Incluso podían transcurrir algunas jornadas sin que fuera descolgada la espada. Alguien tan extremadamente diestro como vos, fue advertido, no debería perder el ritmo de la hoja afilada. El secreto de ella está en sentir el acero como prolongación de la mano y, más allá, de la inteligencia y del corazón. Naturalmente, sabiendo hacer uso del mismo. Pues por sí misma no es alma el arma, ni siquiera un empeño que califique a un hombre, y debe responder a lo que su dueño tenga a bien entender como necesidad. 

El caballero se debatía entre las tendencias agitadas de su cuerpo adolescente. Sus manos no desfallecían al abandonar el habitual ejercicio de ataque y defensa. Y seguían sintiendo los latidos de la sangre al encerrarse en su cuarto, aprovechando la luz diurna que iba menguando, o incluso bajo el efecto benefactor de un candil que iluminaba un libro. El hombre meditaba. Entre el filo de un arma y la arista cortante de las páginas de un libro mi mente desarrolla una batalla sin igual. ¿Cuál de ambos usos me proporcionarán mayor satisfacción en esta vida?, se preguntaba. ¿Me defenderé más y de mejor modo en los lances de arremetidas y retiradas? ¿O será el conocimiento que me transmiten las viejas sabidurías mi fuente de goce y de armonía? ¿Qué será más crucial y determinante? ¿La derrota en una batalla o la caída en la ignorancia? Y aunque jamás me tocara, por fortuna, la suerte del riesgo y de la sangre, ¿qué recompensa otorga la vida estéril de un hidalgo por muy noble que sea? Veo mi entorno repleto de seres inútiles que no pasan de ser presumidos ganapanes de alcurnia. Se baten con espadas para refrendar su hombría. ¿Me conformaría yo con ser uno más de ellos? Los libros conducen al saber, mas también a los sueños, pero lo que yo siento no lo sienten otros y no aspiro a que me comprendan. La carrera de las armas es siempre una carrera corta. La del saber no se mide por distancias sino por satisfacciones, y no acaba nunca. 

Y de este modo, entregado a conclusiones contradictorias el joven caballero acababa cayendo rendido sobre un episodio de aventuras o sobre un tratado de mecánica que casi nadie entendía, y que ordinariamente estaba fuera de cualquier consideración de las gentes crecidas entre gasas y mimos.





* Retrato de caballero. Daniele da Volterra. Museo Nacional del Prado.

viernes, 14 de octubre de 2022

Carné

 


Rescatada de una vieja caja de galletas Olibet aparece, entre otras, tu foto. Es una fotografía de carné que acompañaba a un certificado de buena conducta. Exigencias de tiempos oscuros. Atravesando tu mirada me pregunto: ¿eras tú o soy yo? 

Me atrae ese aire moderno que luces, con las solapas levantiscas sujetando el cuello de la camisa. ¿Cuándo fue hecho el retrato? ¿Antes o después de aquellos episodios que envolvieron a todos, incluso a los que habían permanecido en mundos alejados, casi primigenios? ¿Habitabas por fin un tiempo en que el dolor de las pérdidas no te acechaba, alumbrando ya nuevas ilusiones? 

Miro pausadamente tu rostro y no veo en él pasado y tampoco se pergeña un futuro donde yo ocuparía un lugar. Una actitud de tránsito, como si no hubiera presencia alguna. Como si tú misma te asentaras en un espacio paralizado y vaporoso. 

Esta y otras fotografías tuyas de la caja de galletas me hacen pensar solo en ti. Yo no era, y cuando fuera iba a ser otro. Otro al que le estaban vedados tus años anteriores. Otro al que se le adelantó un hombre de otro destino. ¿Te conocí alguna vez?

Nada de desairar la memoria que guardo de ti. No por ignorar mi propio transcurso tardío. Uno piensa en otros a través de los vínculos. Y sin embargo la visión que nos proporcionan estos sobre los individuos más próximos es parcial, demediada, siempre sujeta al propio recuerdo de las cosas. Pero antes, antes de mí, ¿qué oportunidad habría tenido de saber de ti? Lo que quisieras contarme. Lo que me contarías a tu modo. 

Aquellas pequeñas anécdotas, si bien abundantes, que me relatabas. Pero lo pequeño puede tener dimensiones profundas. Hay que saber verlas. Hay que saber hacerlas ver. Anécdotas, vivencias, pasadas por el tamiz de tu intención. Resaltando lo que te interesaba. Ocultando siempre lo que considerabas que no podría yo entender o bien tú no deseabas mostrar porque no sería apropiado para un niño. 

Tales ocultaciones duraron toda la vida. Por eso ante una imagen de tu pasado, la escudriño. Me interrogo sobre ella. Te pregunto a ti, delegando mi cerebro en una obsesiva ficción. Intento colocar personajes de tu entorno, aquella familia numerosa a la que yo conocí ya diezmada. Pero cuando lo intento pongo caras de un contexto también vinculante con mi propia experiencia. De aquellas personas, de cuanto había detrás, siendo ellas por si mismas, como si yo no hubiera existido, ¿qué sé? ¿Qué supe? 

Ya de mayor, cualquier información me ha parecido interesante, pero escasa. Y ahora sé que cualquier información también podía ser equívoca, limitada, una y otra vez interesada. 

En cada familia hay un sinfín de narraciones orales. Cuando estas se transmiten ¿dicen la verdad de lo que sucedió? ¿Cuánto hay de episodios cuyo trasfondo se explicita? ¿Cuántos quedan como una versión superficial adulterada? Pienso que en lo que se transmite a otras generaciones es como las fotografías de carné. Una imagen quieta cuyo sentido difiere en función de la actitud que muestre una cara. Un momento único que ignora el tiempo burlando su dirección. Una instantánea.

Poco se sabe de cada uno de nosotros a través de una imagen de carné. He pensado en aquellas imágenes hieráticas que conservo de niño. Realizadas para una ocasión administrativa. Salvo alguna digna excepción yo mismo me muestro odioso conmigo mismo. Ajeno a cualquier posteridad. Repulsivo para el momento exigido. Como si la confusión de tener que posar me perturbara y no quisiera que yo fuera yo. No me gusta contemplarme en las fotos que aún guardo de carné.  

Al recuperar esta instantánea, te hago de nuevo la pregunta. ¿Eres tú o soy yo? Una pregunta vana, porque intuyo la respuesta. Intermediada por una carcajada franca.

 



lunes, 10 de octubre de 2022

Aquellos cosacos de Zaporiyia, versión Ilyá Yefímovich Repin

 



Y de pronto se me ha iluminado. No sé si por los bombardeos rusos a la población civil de Zaporiyia -y hoy a Kiev y otras ciudades ucranianas- o por otra clase de asociación de ideas. Aquella exposición que disfruté en Madrid al borde del nuevo milenio traía cuadros de pintores rusos del siglo XIX. En otra ocasión vi otra muestra sobre el realismo socialista soviético, que también ofrecía su particular interés, aunque era otra cosa. Pero las obras del siglo XIX, donde los artistas rusos querían ser tan europeos como los franceses, holandeses, españoles o ingleses, me pareció sumamente interesante. Y es que el arte europeo de siglos pasados, donde se reflejaban comportamientos de vida cotidiana, paisajes de cercanía, retratos de personajes ordinarios o influyentes también sedujeron a los creadores plásticos rusos. Aquellos cuadros expuestos procedían de la Galería Tretiakov.

Me ha iluminado el vago recuerdo de aquel cuadro que es puro ardor. Cuya composición casi había olvidado, pero que buscando buscando he dado con ella en la red. Ilyá Yefímovich Repin (1844-1930) pintó en 1880 una escena basada en la leyenda sobre un supuesto episodio histórico. Un grupo de cosacos respondiendo por carta al sultán otomano Mehmed IV, se titula. Parece ser que este propuso a los cosacos que dejasen de incordiarle, exigiéndoles sumisión. Copio y pego la propuesta: 

"Sultán Mehmed IV a los Cosacos de Zaporozhia: Como sultán; hijo del profeta Mahoma, hermano del sol y de la luna, nieto y virrey de Dios, regente de los reinos de Macedonia, Babilonia, Jerusalén y Alto y Bajo Egipto, emperador de emperadores, soberano de soberanos, caballero extraordinario jamás vencido, firme guardián de la tumba de Jesucristo, fideicomisario y elegido del mismísimo Dios, esperanza y confort del pueblo musulmán, cofundador y gran defensor del cristianismo... Os ordeno, cosacos zapórogos, que os subyuguéis a mí de manera voluntaria y sin resistencia alguna. Os mando, además, desistir de seguir incomodándome con vuestros ataques".

Los cosacos, que siempre tuvieron a bien su orgullo independiente y de resistencia a cualquier imposición se tomaron a chacota la oferta sultánica. La respuesta cosaca fue insolente, rebosante de exabruptos, burlas e insultos. Vuelvo a copiar y pegar:

"Cosacos zaporogos al sultán turco. 

Oh sultán, demonio turco, hermano maldito del demonio, amigo y secretario del mismo Lucifer. ¿Qué clase de caballero del demonio eres que no puedes matar un erizo con tu culo desnudo? Cuando el demonio caga tu ejército come. Jamás podrás, hijo de perra, hacer súbditos a hijos de cristianos; no tememos a tu ejército, te combatiremos por tierra y por mar, púdrete.

¡Sollastre babilónico, loco macedónico, cantinero de Jerusalén, follador de cabras de Alejandría, porquero del alto y bajo Egipto, ladrón de Podolia, catamita tártaro, verdugo de Kamyanéts, tonto de todo el mundo y el inframundo, idiota ante nuestro Dios, nieto de la serpiente y calambre en nuestros penes. Morro de cerdo, culo de yegua, perro de matadero, rostro del anticristianismo, ¡fóllate a tu propia madre! 

¡Por esto los zaporogos declaran, basura de bajo fondo, que nunca podrás apacentar ni a los cerdos de los cristianos. Concluimos, como no sabemos la fecha ni poseemos calendario; la luna está en el cielo, es el año del Señor, el mismo día es aquí que allá, ¡así que bésanos el culo! 

Koshovýi Otamán Iván Sirkó y toda la hueste zaporoga".

Previamente a conocer estos textos, que son del siglo XIX y pretenden ser copia de unos anteriores, traté de imaginar esa labor colectiva que Repin representa tan expresivamente. Pero la respuesta cosaca ha eliminado cualquier atisbo imaginario por mi parte, porque la carta es en sí ya una obra imaginativa, deslenguada, feroz. 

Solo me queda trasladarme a la escena. Mezclarme con los guerreros y escuchar quién indica que se ponga tal frase o la otra. Quién vocifera que se insulte al sultán. La ocurrencia infame del tipo de grandes bigotes. El calificativo áspero del que no separa la pipa de la boca. El chascarrillo soez del que se sujeta la tripa. El aguijón verbal del que señala con el dedo al escribiente para que lo  ponga en el papel. La caída desternillante del que se inclina hacia atrás. ¡Y la risa contagiosa de todos y cada uno de los asistentes! Por supuesto, no puedo por menos que reconocer al ilustrado escribiente que se lo pasa de miedo, y su sonrisa insinuante y contenida lo demuestra, a medida que toma nota de las propuestas salvajes y las plasma con cierto orden en la misiva. Ignoro qué respuesta, si la hubo, bien textual o violenta, recibirían del sultán. Aunque se tratara solamente de una leyenda en absoluto niega la fama que tenía aquella gente y su actitud dispuesta a la resistencia que, por cierto, cambió de bandos en distintos momentos históricos. 

La obra de Repin es gozosa y, por supuesto, pletórica de testosterona. He leído por alguna parte que Repin estuvo en España un tiempo y conoció la obra de Velázquez. ¿Sería Los borrachos, por ejemplo, un modelo de representación escénica para el ruso?

Ironías de la historia, que hubiera dicho Isaac Deutscher. Repin nació en una localidad de la provincia de Jarkov, hoy Ucrania, y murió en otro lugar de Finlandia, hoy perteneciente a Rusia. Las fronteras no son precisamente eternas, y con frecuencia bastante más movibles de lo que nos pensamos. Y quién sabe si, con cosacos o sin ellos, hay ahora mismo una carta volando hacia el Kremlin cargada de improperios contra el nuevo zar que se pretende de todas las Rusias.





domingo, 9 de octubre de 2022

¿Demiurgos o Armagedones?

 












Pocos libros tienen un comienzo tan preciso y que da en la diana como El cáliz y la espada. Nuestra historia, nuestro futuro, de Riane Eisler, publicado en 1987, si bien no lo hemos conocido en España hasta 2021. Comenzando su lectura no me resisto a comunicar un par de párrafos de su Introducción:

"¿Por qué cazamos o nos perseguimos? ¿Por qué está nuestro mundo tan lleno de la infame inhumanidad del hombre hacia el hombre, y hacia la mujer? ¿Cómo pueden ser los seres humanos tan despiadados con los de su propia especie? ¿Qué es lo que nos inclina eternamente hacia la crueldad en lugar de hacia la bondad, la guerra en lugar de la paz, la destrucción en lugar de la realización?

De todas las formas de vida de este planeta, solo nosotros podemos plantar y cosechar campos; componer poesía y música; buscar la verdad y la justicia; enseñar a un niño a leer y escribir, incluso reír y llorar. Debido a nuestra habilidad única para imaginar nuevas realidades y llevarlas a cabo mediante tecnologías cada vez más avanzadas, somos, casi literalmente, colaboradores con nuestra propia evolución. Y, con todo, esta maravillosa especie nuestra parece ahora inclinada a poner fin no solo a su propia evolución, sino a la de la mayor parte de la vida en el globo, amenazando a nuestro planeta con la catástrofe ecológica o la aniquilación nuclear".




(Fotografías de esculturas del arte cicládico)

miércoles, 5 de octubre de 2022

Paradigma

 




"Nada  há que eu não conheça que eu não saiba,
e nada, não, ainda há por que eu não espere
como de quem ser vida é ter destino".

"Nada hay que no conozca, que no sepa,
y nada existe que yo aún no espere
porque vivir es un destino".

Jorge de Sena. De la antología Sobre esta playa



De aquí para allá. La vida como una carrera. Las paradas momentáneas no son abandono, sirven para recuperarse. De qué. De las dudas, de los avatares desconcertantes, de la confusión. De aquí para allá; siempre. De allí para acá; improbable. Edades que se van superando. Paisajes que se van sucediendo. Personajes que aparecen y desaparecen. Energías que se alternan. Pensamientos que se componen y se deshacen a medida que el viaje del mensajero atraviesa llanos y montes. Anhelos improbables y deseos intempestivos que debilitan al mensajero. Pronto una curva. Más allá un páramo engañoso. Después una caída vertical cuyo fondo ofrece la sensación de que no se va a poder  remontar nunca. Y otra vez una elevación reconfortante. Y otra vez el perfil de las alturas que hay que sortear. Y más allá nuevas sendas, sobre algunas de las cuales el mensajero ya estaba avisado; otras veces aparecen por sorpresa. Una vez más caídas. O más paradas por falta de aliento. El mensajero es pequeño y frágil, pero también veloz. ¿Podría imaginarse un enviado cuyas características no fueran útiles para el cometido? Es un mensajero particular. Se despacha y se remite a sí mismo. Establece los mandados para su propio cumplimiento, si bien a veces los pierde por el camino. Pero, ¿qué mensajes porta el mensajero? No se sabe, ni él mismo lo sabe siempre. Solo conoce de acudir veloz al tránsito de los días, al acabamiento de las horas, a la merma de sus fuerzas, a la privación de sus ilusiones. Corre, mensajero, vuela. La voz del viento es sardónica. ¿O será acaso la risa que emite el cuerpo del mensajero cuando sus zancadas se refrenan? No te detengas. Justifica la carrera con el esfuerzo de tu memoria ordenada. A veces te preguntas por qué seguir con el oficio. Total, siempre habrá delante de mí una distancia que no alcanzaré, piensa cuerdo el mensajero. Pero es tu tiempo, es tu sentido. Y la cordura tiene una dimensión que no responde a todas las preguntas. Toda comprensión del mundo se reduce a tus pies alados.




* Tras escribir este texto me entero de la muerte reciente de un antiguo amigo, el poeta Miguel Suárez. Y se me ocurre que, aun fuera de tiempo, se lo ofrezco. En contrapartida a aquella dedicatoria amanuense de hace muchos años que puso en mi ejemplar de su poemario La voz del cuidado, con ecos del místico Juan de Yepes, que decía: 

Para ti, esta voz que sigue siendo 
NÓMADA
amor del instante luminoso.



(Fotografía del japonés Eikoh Hosoe)

domingo, 2 de octubre de 2022

Evocando el tiempo de los pacharanes

 


Algo dentro de mí muere...Este verso, que procede de no sé dónde, me viene cuando escucho en uno de esos noticiarios de relleno de domingo que este año hay una recolección baja de pacharanes. Sea o no verdad, y sin lamentar haberme vuelto tan escéptico de los pregoneros, no puedo evitar evocaciones pasajeras.

De chicos recogíamos el fruto para su empleo familiar. Simplemente. Si se comercializaba el producto aún se trataba de algo incipiente. En cada casa tenía lugar la propia elaboración del licor de pacharán. Los mayores introducían los pacharanes en botellas que contenían anís y los dejaban macerar durante meses hasta que el intenso y peculiar color rojizo se hiciera notar. Entonces era el punto. Había nacido otro licor con el que se coronarían las digestiones de las comidas copiosas. En Castilla y otras zonas de España se conoce a los pacharanes como endrinas.

Fue parte de mi educación sentimental arrancar de los arbustos pacharanes y moras. Mientras estas, ya oscurecidas, se prestaban a un paladeo dulce y a una textura carnosa, los pacharanes eran más bien objeto de nuestra curiosidad. Y atracción. Su esfericidad firme, la belleza del colorido azulado, su piel lisa y brillante, la ácida carnosidad que parecía transformarse en un misterioso fruto prohibido, nos seducían. Nuestras bocas se resistían a aquella acidez extrema. Pero probar y comparar era también aprendizaje. 

Gemma y yo tomábamos cuantos frutos obsequiaban los árboles, los arbustos, los matorrales espinosos. Más por juego que por necesidad. Ella se ponía el vestido perdido y yo, despreocupado, lucía mi camisola con lamparones. No sé por qué Gemma puso en mi boca uno de aquellos pacharanes mientras yo le daba a catar otro. Ninguno de los dos resistimos la impetuosa acometida de la entraña jugosa. Mejor las moras, coincidimos, son más gustosas y apetecibles. Tras el festín caímos en un trance de risas al contemplar el mutuo teñido de nuestros labios. Ella se ocupó de limpiarme con sus dedos frutales. Yo me avergoncé de mi torpeza.