Y de pronto se me ha iluminado. No sé si por los bombardeos rusos a la población civil de Zaporiyia -y hoy a Kiev y otras ciudades ucranianas- o por otra clase de asociación de ideas. Aquella exposición que disfruté en Madrid al borde del nuevo milenio traía cuadros de pintores rusos del siglo XIX. En otra ocasión vi otra muestra sobre el realismo socialista soviético, que también ofrecía su particular interés, aunque era otra cosa. Pero las obras del siglo XIX, donde los artistas rusos querían ser tan europeos como los franceses, holandeses, españoles o ingleses, me pareció sumamente interesante. Y es que el arte europeo de siglos pasados, donde se reflejaban comportamientos de vida cotidiana, paisajes de cercanía, retratos de personajes ordinarios o influyentes también sedujeron a los creadores plásticos rusos. Aquellos cuadros expuestos procedían de la Galería Tretiakov.
Me ha iluminado el vago recuerdo de aquel cuadro que es puro ardor. Cuya composición casi había olvidado, pero que buscando buscando he dado con ella en la red. Ilyá Yefímovich Repin (1844-1930) pintó en 1880 una escena basada en la leyenda sobre un supuesto episodio histórico. Un grupo de cosacos respondiendo por carta al sultán otomano Mehmed IV, se titula. Parece ser que este propuso a los cosacos que dejasen de incordiarle, exigiéndoles sumisión. Copio y pego la propuesta:
"Sultán Mehmed IV a los Cosacos de Zaporozhia: Como sultán; hijo del profeta Mahoma, hermano del sol y de la luna, nieto y virrey de Dios, regente de los reinos de Macedonia, Babilonia, Jerusalén y Alto y Bajo Egipto, emperador de emperadores, soberano de soberanos, caballero extraordinario jamás vencido, firme guardián de la tumba de Jesucristo, fideicomisario y elegido del mismísimo Dios, esperanza y confort del pueblo musulmán, cofundador y gran defensor del cristianismo... Os ordeno, cosacos zapórogos, que os subyuguéis a mí de manera voluntaria y sin resistencia alguna. Os mando, además, desistir de seguir incomodándome con vuestros ataques".
Los cosacos, que siempre tuvieron a bien su orgullo independiente y de resistencia a cualquier imposición se tomaron a chacota la oferta sultánica. La respuesta cosaca fue insolente, rebosante de exabruptos, burlas e insultos. Vuelvo a copiar y pegar:
"Cosacos zaporogos al sultán turco.
Oh sultán, demonio turco, hermano maldito del demonio, amigo y secretario del mismo Lucifer. ¿Qué clase de caballero del demonio eres que no puedes matar un erizo con tu culo desnudo? Cuando el demonio caga tu ejército come. Jamás podrás, hijo de perra, hacer súbditos a hijos de cristianos; no tememos a tu ejército, te combatiremos por tierra y por mar, púdrete.
¡Sollastre babilónico, loco macedónico, cantinero de Jerusalén, follador de cabras de Alejandría, porquero del alto y bajo Egipto, ladrón de Podolia, catamita tártaro, verdugo de Kamyanéts, tonto de todo el mundo y el inframundo, idiota ante nuestro Dios, nieto de la serpiente y calambre en nuestros penes. Morro de cerdo, culo de yegua, perro de matadero, rostro del anticristianismo, ¡fóllate a tu propia madre!
¡Por esto los zaporogos declaran, basura de bajo fondo, que nunca podrás apacentar ni a los cerdos de los cristianos. Concluimos, como no sabemos la fecha ni poseemos calendario; la luna está en el cielo, es el año del Señor, el mismo día es aquí que allá, ¡así que bésanos el culo!
Koshovýi Otamán Iván Sirkó y toda la hueste zaporoga".
Previamente a conocer estos textos, que son del siglo XIX y pretenden ser copia de unos anteriores, traté de imaginar esa labor colectiva que Repin representa tan expresivamente. Pero la respuesta cosaca ha eliminado cualquier atisbo imaginario por mi parte, porque la carta es en sí ya una obra imaginativa, deslenguada, feroz.
Solo me queda trasladarme a la escena. Mezclarme con los guerreros y escuchar quién indica que se ponga tal frase o la otra. Quién vocifera que se insulte al sultán. La ocurrencia infame del tipo de grandes bigotes. El calificativo áspero del que no separa la pipa de la boca. El chascarrillo soez del que se sujeta la tripa. El aguijón verbal del que señala con el dedo al escribiente para que lo ponga en el papel. La caída desternillante del que se inclina hacia atrás. ¡Y la risa contagiosa de todos y cada uno de los asistentes! Por supuesto, no puedo por menos que reconocer al ilustrado escribiente que se lo pasa de miedo, y su sonrisa insinuante y contenida lo demuestra, a medida que toma nota de las propuestas salvajes y las plasma con cierto orden en la misiva. Ignoro qué respuesta, si la hubo, bien textual o violenta, recibirían del sultán. Aunque se tratara solamente de una leyenda en absoluto niega la fama que tenía aquella gente y su actitud dispuesta a la resistencia que, por cierto, cambió de bandos en distintos momentos históricos.
La obra de Repin es gozosa y, por supuesto, pletórica de testosterona. He leído por alguna parte que Repin estuvo en España un tiempo y conoció la obra de Velázquez. ¿Sería Los borrachos, por ejemplo, un modelo de representación escénica para el ruso?
Ironías de la historia, que hubiera dicho Isaac Deutscher. Repin nació en una localidad de la provincia de Jarkov, hoy Ucrania, y murió en otro lugar de Finlandia, hoy perteneciente a Rusia. Las fronteras no son precisamente eternas, y con frecuencia bastante más movibles de lo que nos pensamos. Y quién sabe si, con cosacos o sin ellos, hay ahora mismo una carta volando hacia el Kremlin cargada de improperios contra el nuevo zar que se pretende de todas las Rusias.