miércoles, 8 de diciembre de 2010

Geometrías invariables, 7


fue con un balbuceo como empezaron todas las preguntas, las primeras se desplegaron entre dos senos turgentes y feraces, a veces piensa que más allá sólo ha habido repetición de las preguntas, ensayo de preguntas diferentes pero siempre reiteración, porque las fundamentales estaban allí, entre aquellos senos y el regazo, donde tenía cubiertas las dos grandes cuestiones sin las cuales la condición de la vida no era posible, aquellas necesidades tales como alimento y descanso, pero que en realidad eran tres, y en la tercera cualidad obtenida, la del acogimiento, adjetivado como cálido y vigilante, se cerraban los vértices con la diosa, y el triángulo posibilitaba el lenguaje, un lenguaje de señales que era previo a cualquier ilación verbal, y una vez más era una trinidad de personas en el mismo ser, como en la leyenda hindú, donde la satisfacción biológica se afirmaba en la representación mítica, y en el espacio único del individuo se iban a ir consolidando tres manifestaciones que encarnarían lo sacro, es decir, la entidad de la vida, y esa misma epifanía que él vivió la viven todos los individuos, con mayor o menor suerte, y así la primera experiencia era a su vez el aprendizaje esencial, luego vendrían otras ejercitaciones, o tal vez consistía solamente en un desarrollo del inicial, del fundamental, por eso piensa que las preguntas no formuladas fueron lo primero y las preguntas apenas eran balbuceos, no fue primero la palabra como pretenden los mitos cristiano y semítico, sino que el balbuceo iba a permitir que algún día pudieran obtenerse respuestas y pudieran seguir haciéndose preguntas, y se dirá que lo importante es obtener respuestas, pero él cree que aun siendo objeto de perseguimiento las respuestas son imprecisas, que a veces se aproximan, sí, pero frecuentemente no dan en el clavo, y lo peor es cuando el ansia por obtenerlas lleva a los hombres a conformarse con respuestas aparentes, la apariencia lo llena todo, también lo desfigura, lo cual es peor, y se eligen respuestas para salir del paso, para ratificar una inmovilidad, porque pretender respuestas, es decir, preguntar con todas las consecuencias, exige moverse, cambiar, desplazar pensamiento y acción, adecuarse a un nuevo suelo bajo los pies, y las respuestas son necesarias, no lo duda, pero son escasas, las importantes y las clarificadoras son siempre pocas, aunque tengan tal entidad que justifiquen el hecho de haber pasado toda la vida preguntándose, pero no se podría pretender tener respuestas si no se ejercitara y se planteara la pregunta, es irrenunciable preguntar, es mirar fuera de uno y mirar dentro de uno, y valorar el esfuerzo, y saber dónde se está y de qué posibilidades se dispone, y si bien preguntas y repuestas son complementarias, no son siempre secuenciales, ni ajustadas, y la relación de causa a efecto no funciona siempre, por eso es importante no desistir de hacer la pregunta, la precisa e insignificante, la que consolide la siguiente, y es necesario no perder de vista a la diosa, no olvidar aquella tríada iniciática que formó un crisol para cada uno de los individuos, él no olvida, y tal vez por eso teme más que nunca que la colectividad, o, simplemente, otros muchos individuos, no recuerden dónde hunde sus raíces la diosa que cada uno lleva dentro de sí



(Montaje de Bill Viola)

martes, 7 de diciembre de 2010

Geometrías invariables, 6



sospecha que a veces le hastían las palabras, y se pregunta que de dónde le ha venido ese fervor por la palabra, supone que de lejos, de cuando ellas eran considerablemente reducidas, pero también muy precisas, de cuando a veces en el entorno de él se entendía más con aquello que no se hablaba o con la escasez de lo que se decía que con la catarata huera a que se ha llegado más tarde, y ese interés por las palabras no lo tuvo siempre, porque para interesarse por ellas debió primero considerarlas suyas, y antes de llevarlas bajo su piel las palabras que llegaban a él no eran elegidas, se le imponían, tal vez ese regusto más reciente por las palabras proceda de cuando las palabras como las pinturas japonesas fueran flotantes, y las palabras aún lo son, cuesta capturarlas y degustarlas, pero cuando se logra hay un deleite visual, sí, las palabras se pueden ver, oler, palpar, desencadenan una oleada de sensaciones, y todo ello proporciona un placer nada fácil de describir, un estado que no se transmite acaso, pues todo lo sensorial aunque se puede participar no se siente por el que tiene al lado, se siente o se comprende por desplegarse dentro de uno mismo, pero a veces las palabras no van más allá del estereotipo, de lo que la gente repite, porque la gente no habla prácticamente, no dice nada nuevo prácticamente, la gente habla excepcionalmente, cuando no tiene más remedio, y le cuesta, le cuesta mantener un criterio, porque el triunfo de las palabras es que se pueda exponer con ellas un criterio, y si puede generar un discernimiento pues mejor, y no habla toda la gente ni lo hace sobre todos los asuntos ni comenta sobre una cuarta parte de los temas, sino que más bien la gente delega, entrega la opinión a los que saben, como oía con frecuencia él en su niñez, pero ahora no se sabe bien quién sabe de verdad, no son fiables los que parece que saben, desde luego no son nada seguros los que viven de la palabra, los que negocian y montan mecanismos productivos y comerciales con la palabra, y ordinariamente estos son los más atendidos por la gente, y menos respetables resultan en tantas ocasiones aquellos que abusan de la palabra para dirigir el destino de una sociedad o pretender dirigirla si aún no lo consiguen pero lo pretenden, porque ponen en juego una palabra vana, una palabra que se descalifica de un día a otro con la opuesta o, lo que es peor, que queda desvirtuada por hechos sobre los que se había dicho previamente algo diferente, y esto desconcierta, y no sólo a la gente sobre esos hechos, la desconcierta sobre el supuesto valor de mantener y utilizar las palabras como herramientas, y ni mencionar a los que han tratado tradicionalmente de configurar la mente conforme a su ideología y a su moral basadas en dogmas, aprovechando connivencias de poder, a estos ni los considera ya, no lo hace de momento porque cree que han perdido predicamento, pero como son camaleónicos siempre hay que estar vigilantes con ellos, él siempre observó que como mucho los individuos se comunican unos con otros con signos prefijados, y de ahí que él se rebele, la gente pone en circulación coloquios nada novedosos que igual podrían aplicarse de unos temas a otros, que igual ya se decían hace años y es como si no se hubieran modificado las circunstancias en que se vive, como si el tiempo transcurrido no lo hubiera hecho, discursos que no conducen a ninguna indagación y que él podría evitar escucharlos, que de hecho se aparta lo que puede de ellos, no es que ya huya de lo que se dice en las vías mediáticas, sino de lo que oye en su proximidad, en el mercado, en la calle, en los bares, y es por esa razón, por esa retracción que va practicando por la que frecuenta cada vez en menor grado ciertos lugares, aunque no pueda quitarse de en medio siempre la charla más o menos frecuente de los individuos, por aquello de que la convivencia impone sus regulaciones, y quiera o no éstas se encuentran al borde de cada perfil de vínculos y de relaciones, él siempre ha vivido en una flotación de las palabras, desde los primeros entendimientos, y ha empapado sus sentimientos de esa propiedad, de ahí que cuando se siente harto de las palabras duda también de las suyas, duda de si sus palabras son acogidas por los destinatarios, y si debería renunciar y volver al balbuceo




(Fotografía de Dieter Appelt)

jueves, 2 de diciembre de 2010

Geometrías invariables, 5


cuando imagina se ve a sí mismo con los ojos abiertos de par en par, contemplando la oscuridad que enseña o mirando absorto la luz que ciega, porque al hacerlo los efectos externos no le condicionan, y si es preciso los excluye, y el acto de imaginar no lo considera creativo en el sentido de original, sino más bien le parece que es insistir en recreaciones sobre los episodios en que se ve envuelto y que no acepta, en su totalidad o en parte, y esa cuantificación no es decisiva pero sí influyente para que se empeñe en la fuga, por lo tanto imagina con el objetivo de romper el orden obligado de las cosas, con la intención de desprenderse de las ataduras de la monotonía ordinaria, y en este sentido considera que imaginar es elaborar nuevas ficciones, pero no cualquier clase de ficciones, porque valora que alguna de ellas pueda ser aplicable inmediatamente en el rumbo de su vida, o puede que no, que, tras un rato de complacencia fantaseada, tome la determinación de abandonar el esfuerzo y posponer el ejercicio, es entonces cuando decide leer, simplemente para imaginar con las palabras que otros registraron antes, y ahí establece un paréntesis, porque considera que él no es tan puro como desearía, sino que más bien precisa empaparse y revolcarse por los caminos andados por otros, intuye que es a través de esa inmersión en las experiencias relatadas por otros como acorta, o por medio de la relación de emociones y gestos que le transmiten los narradores es como ratifica su necesidad de probar y comprobar, pero nunca le parece sustitutiva la lectura, nunca le resulta liviana la lectura, rechaza la ligereza y desconfía de la expresión que no le hiende la curiosidad, y es en esa red donde por defecto o por exceso se siente atrapado, y no quiere ser la pieza capturada, tal vez sea por esa razón por la que su ritmo de lectura es tan lento y por lo que establece cortes y descansos en los que se relame, es como si saliera y entrara en la página tantas veces cuantas la acción o el argumento se lo exijan, pues debe mantener una relación vívida con lo que se dice y como se dice, y tampoco le es fácil a veces mantener distancias con los personajes, con lo que viven los personajes, con el ambiente que se expande desde la primera hasta la última hoja del libro, y el riesgo de tomar partido por un personaje o por otro acecha, pero si no lo hace teme no poder comprender el tiempo que viven los personajes y que, en definitiva, es lo que más le apasiona conocer, de ahí que sí se establece una intensa vinculación entre leer e imaginar, y que el salto desde un libro a un capítulo de su propia existencia sea frecuente y extraño, pero lo que nunca hace es vincular imaginación con sueño, para él son estados muy diferentes, reflejos de dos planos del mundo de la conciencia absolutamente antitéticos, no soporta la idea de que la imaginación le conduzca al sueño, pues sería tanto como rendirse, y otra cosa es que del sueño emerjan pequeños cabos que luego él dé en tomar y desarrollar, y este rastro siempre se le muestra más fecundo, y lo que más le sorprende es advertir cómo han cambiado los espacios objeto de imaginación y por lo tanto de entusiasmo a lo largo de su vida, ahora que mira en derredor y observa cuántas vendas recubren rostros y bocas, cuántas miradas se obstruyen con la algarabía huera de cada día, cuántos gestos se paralizan por efecto de la oxidación de las exigencias y de las ilusiones, y se rebela contra esas sospechas



(Imagen de Bill Viola)

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Geometrías invariables, 4


bella palabra, se le llena la boca con la palabra, gusta de citar el verbo resistir y ofrendar a los dioses de la esperanza el sustantivo resistencia, un sustantivo femenino, y se hace esta observación mientras deletrea sus sílabas, y piensa que resistir es como germinar, es como incubar una vida, y aplicado al caso que le concierne es como generar posibilidades, nunca había sentido como ahora la necesidad urgente de que las posibilidades se multiplicaran, y se pregunta si no será porque todo el mundo está últimamente pesimista, y ese pesimismo no es de ahora, pero él se siente más contagiado, por qué ahora lo tiene tan introducido él, se dice, y sin embargo ese término, resistencia, tiene de por sí un significado natural, la naturaleza resiste, lo hacen las demás especies animales, lo hacen las vegetaciones, la forma de la tierra resiste, es algo inherente a las propias fuerzas intrínsecas de la materia, y la materia no entiende de esa adición moral que él se empeña en rescatar, pero él insiste tanto porque sabe que es un significado antónimo al de ceder, verbos o sustantivos o lanzas opuestas, ha sido tanta la barbarie que los humanos han generado que los márgenes de supervivencia se ven reducidos a un enfrentamiento entre verbos o sustantivos, y cae, por ejemplo, en que también ante una enfermedad sucede lo mismo, o cedes o resistes, puedes ceder forzosamente o puedes ceder por abandono, por falta de decisión para combatirla, y si resistes tal vez tengas más posibilidades de superarla, pero no, tampoco es así, sabe que la enfermedad es un proceso natural, sus leyes no son las leyes voluntaristas ni éticas ni tácticas del hombre social, es el individuo en cuanto naturaleza el que tiene que enfrentarse con la enfermedad, con su materia íntima y no con esa abstracción filosófica llamada ser, pero en la materia social todo es tan complejo, y la trampa consiste en creer que entendemos algo, que como los humanos hablan, fantasean, desarrollan planes y proyectos, organizan y ejecutan, sólo porque son capaces de alzar un entramado enredado, enrevesado, y creemos ser conscientes de algo, pero se nos oculta el meollo, sólo por eso nos parece que es más fácil de abarcar y de hacer frente, pero nos desborda, como una enfermedad, una tormenta, un cataclismo, él se unge con esa palabra que es necesidad, resistir para no perecer, para no dejarse poder, y a veces le suena como un elemento heroico, algo ennoblecedor, y ese valor pletórico de energía moral les es concedido a quienes perseveran sin venderse, y no basta, piensa, con empuñar la palabra, si no derivas el concepto a un compromiso no vale para nada, si los hombres no cuentan los unos con otros no hay camino que recorrer, y no obstante sabe muy bien que quien resiste espera, espera esperanzado, no se trata de una espera anodina, de un dejarse llevar, de un comportamiento inerte, que los hay, él conoce tantos casos, probablemente hay más de los que se imagina, y les pone imagen, como pone una imagen al resistente, éste siempre erguido, si no sacando pecho, al menos firme y que mira a los ojos del otro, que afronta el cinismo de los otros, y por el contrario, al inactivo, al que se deja conducir le ve en retroceso, mira al resistente como si fuera una fase de la evolución de su especie, y mira al rendido como si hubiera retrocedido hacia un mundo de primates, peor, porque el primate subía y bajaba y saltaba de unos árboles a otros, al sumiso lo percibe en un inframundo, perteneciente a una especie diferente, en que el servilismo le modifica el cuerpo, le reduce los movimientos propios de los humanos, le desencadena otro tipo de morfología y por lo tanto se traslada bajo otros modelos de locomoción física, teme ser demasiado tajante en deslindar dos bandos de comportamiento, y se pregunta hasta qué punto él está consecuentemente en el que le parece recto, se pregunta si no se estará haciendo creer a sí mismo que resiste cuando podría ser que apenas le quedaran cartuchos, y todo este tipo de consideraciones le vienen a la cabeza en sus horas de insomnio, es la fase más obsesiva de su día pero también más fructífera, no tiene claro si apta para analizar pero sí para imaginar



(Fotografía de Daido Moriyama)

martes, 30 de noviembre de 2010

Geometrías invariables, 3


necesita saber algo que no le digan los personajes, él se aleja de los personajes, se alejó hace mucho, en su infancia y en su juventud fue mucho al cine, casi vivía en el cine, casi se alimentaba del cine y expresaba la vida real como si fueran escenas de películas, le contaba más a su madre y a sus amigos de las películas que de sí mismo, y a veces cuando hablaba de sí alteraba su cotidianidad y la disimulaba con rasgos de la ficción, ya apenas va al cine y lo lamenta de tan escéptico de los personajes que se ha vuelto, vio algo de teatro, incluso lo representó, no lo frecuentó más porque no era difícil hacer teatro sin escenario con los atrezzos de cada día y con los espectadores de su entorno en cada día, no era excesivo hacer un escenario de cada instancia obligada por donde se movía, ya no lo pisa, se dejó robar algún tiempo por la televisión, ahora la desconoce y busca la excusa para no verla en la complejidad de los mandos a distancia, y en el tiempo que le lleva dar con la sintonización ha perdido el interés en colocarse ante la esfera catódica, dedicó esfuerzos y horas en planas de periódicos y revistas, mundo éste del papel de un día a otro donde se esbozaban comentarios que iban abriendo luz con composiciones nuevas de imágenes, la imagen siempre, complementaria y multiplicadora de efectos, aquellas publicaciones que alternaban la fotografía o la maqueta imaginativa y atrayente con lo escrito, más duro y dificultoso, cuando aún distaba bastante de comprender que la misma escritura está repleta de imágenes, artificios, construcciones y geometrías, y él amaba aquella prensa que crecía rompiendo y articulando rigores, endulzando la forma para que el contenido fuera más llevadero, más accesible, más seductor, ese ámbito de lo impreso y circulante le atrapó en alguna época de su vida, le hizo arriesgar, esforzarse, correr de aquí para allá, poner dinero de su bolsillo incluso, sortear a los ángeles negros que de haber dado con él le hubieran arrojado a los infiernos intolerantes, él se sentía fuerte en el ejercicio clandestino de la creación de la prensa modesta, creía en el mensaje y en el mensajero, creía en el destinatario y en la redención inherente a las ideas que plasmaba, ahora ha reducido a mínimos la prensa, y así es en otros aspectos, en todo es como si se alejara de los personajes, es como si hubiera hecho purga con los personajes, no le basta a estas alturas cualquier tipo de personaje, no le merecen apenas crédito los modelos, apenas le interesan esos que piensan que son paradigma, ni otorga fiabilidad a los prototipos que la sociedad calza, y duda de los ejemplos, porque si estos existen no se venden ni se ofrecen ni se airean, y le parece que las figuras que hacen que representan algo en la actividad del entorno, de la política o el arte o la escritura, se le caen del programa de su búsqueda como malos teloneros, entiende que hay personajes que no siempre fueron lejanos, y que le hablaban, y que le infundían valor y respeto, personajes que pudieron ser faros morales estuvieran acertados o no, él los consideraba referentes necesarios para ver en la oscuridad de la noche histórica, aquellos personajes de la irrealidad no anulaban los otros personajes más directos, que nunca tuvo claro si eran más reales, al menos parecían tangibles y cuando iban a ser sometidos a la prueba de su curiosidad, cuando iban a ser explorados por sus exigencias, cuando iban a ser cuestionados por los requerimientos que él imponía, aquellos personajes temblaban, mudaban, renunciaban a sus palabras con el desaire de la abyección, en algunos casos, de sus hechos, aquellos cuyo trato físico ha sido frecuente y abundante durante décadas, y que ahora, encarnados con cuerpos ajados, ejerciendo con actitudes seniles, aunque la apariencia quiera transmitir que están en ascenso vital, destellando en algunos casos efectos cautivadores, le parecen diminutos y grises, le parecen agotados y renunciantes, y sigue mirando en algún territorio cómplice por el que deambula en secreto, entre los relatos, porque no obstante él sabe que no sería justo ignorar a los personajes que han pululado entre las páginas de las narraciones, personajes que le han ofrecido historias, luego experiencias, luego sabiduría, pero siempre interpretaciones relativas, y a su vez las historias han cedido su espacio colectivo y dimensional a los personajes, transformándolos, conduciéndolos a metamorfosis donde resultan más auténticos, porque ha visto en ellos lo sorprendente, ha visto en esos personajes de las novelas no una mera proyeccción de aquellos que ya comprueba que se mueven en su entorno, ha visto que los personajes sorprendentes lo son porque ni son iguales ni son diferentes del todo de los que visten en derredor, a muchos de ellos, de esos protagonistas de los libros, les salva de la quema, les permite que floten ya no tanto en su recuerdo como en una presencia fresca y latente, y que le vengan todavía a decir algo, y los ve, los observa con cálido respeto, y los acoge en la frialdad de la noche de sus dudas, y se deja reconfortar por ellos en las horas en que sus desgarros frecuentes le anticipan premonitoriamente su demolición paulatina, incluso se aferra e hila con ellos estrategias resistentes


(Pintura de Xabier Morrás)

sábado, 27 de noviembre de 2010

Geometrías invariables, 2



entiende los exabruptos del poeta, los exabruptos son siempre expresiones reflejas, suelen decir mucho aunque suenen mal, aunque haya excesivo contenido visceral en ellos, y eso no está bien visto por las reglas medias del juego social, los oyentes no quieren escuchar las frase tónicas, sólo aceptan los exabruptos si proceden de los personajes, porque los personajes son siempre una recreación, pero no se acepta fácilmente, en cambio, que las frases fuertes procedan de individuos como cualquiera de ellos, los personajes siempre se sitúan más lejos, y sorprendentemente, sin embargo, siempre hay una identificación en la distancia, una especie de observación modélica, a muchos individuos de nuestro entorno les pasa, gustan de tomar como referencia a los personajes, proyectan en ellos lo que les falta o sitúan un alcance donde no llegan, e intentan recibir de vuelta la fantasía de una suerte de logro, no importa cuál sea la forma que ese supuesto logro revista, basta con creer por un tiempo en que es posible obtener lo que no se tiene, así se opera como una especie de bumerán que retorna al lanzador de los miles de lanzadores de la tribu, porque la pieza cobrada no es luego tangible, eso es lo que pretenden muchos de nuestros socios tribales, ser alguien a través de los ejemplos ilustrativos, ruidosos, aceptados por el conjunto de la vaciedad colectiva, nada nuevo por lo tanto, siempre los héroes fueron la referencia recurrente de los humanos rebajados interminablemente en su condición, pero ahora los héroes ocultan su rostro tradicionalmente épico con otros rostros acordes a lo átono que rige en la tribu, no es que esos modelos actuales estén carentes de violencia o de simbología de poder o de muestra de posesión de bienes, es que la ofrecen de modo sibilino a quienes no tienen nada, se requiere por lo tanto lo sibilino, lo encubierto para que modelo y miembro de la tribu se guiñen, se seduzcan, en un intercambio donde sujeto y objeto es sólo uno, el individuo tribal que debe entrar en el juego mercantil hasta las últimas circunstancias exigibles, hasta lo exhaustividad, y es por eso que a él le han gustado tanto estos versos y otros versos de Luca, el poeta suicida, uno más de los poetas suicidas, hay tantos que casi podría decirse que es una consagración exigida para un poeta ese acontecimiento supuestamente decidido de quitarse la vida, solo que de Luca el mérito reside en que se mató de una vez por todas a la quinta tentativa, trato de suicidarme, dijo, escribió, conteniendo voluntariamente la respiración, eso dejó en su último poema, creo, y luego fue la mano del Sena la que le permitió cumplir su último deseo, voraz y turbulenta especie de regresión al origen, y son esos y más versos que desarbolan la experiencia de vida y dolor asociadas en el poeta los que a él le deslumbran, sobre los que se para y vuelve con lecturas consecutivas, desiguales, y en cada nuevo pase por los poemas, en cada descenso lento y siempre más profundo, él se ve tocado de algún modo, tal vez se trate del método, tal vez sea el desparpajo blasfemo con que el poeta lacera su vida, o acaso la vorágine conceptual que es reflejo del poeta, así como es reflejo de él la agitación cotidiana que de manera callada le demuele, con harto arañazo, con fuertes vaivenes, y esa lucha de conceptos buscan el cauce de las palabras no para adornarlos sino para hacer viable un desentrañamiento que le diga algo más sobre sí mismo




(Fotografía de una composición visual de Bill Viola)

viernes, 26 de noviembre de 2010

Geometrías invariables


y nunca dejaré de preguntarme
cómo se puede soportar
este destino de presidiario
y cómo es posible
que el número de desesperados
de suicidas y de asesinos
sea tan escaso


dejó colocado el dedo en aquella página mientras paseaba la mirada por el fondo perdido de la habitación, volvió a leer el texto, el poeta lo estaba diciendo con una claridad sólo apta para los que quieren obtener interpretaciones, estaba sugiriendo lo que él pensaba pero no se atrevía a decir en voz alta, ese tipo de cosas que suelen soltarse a bulto en una conversación álgida, más bien en un intercambio de frases lapidarias, simple desahogo, cuando uno no alcanza a acertar con un argumento, cuando uno no sabe ya dónde están las claves de los procedimientos que se le ocultan pero que gravitan sobre él, ese tipo de expresiones desairadas y locas que no sirven para nada, de las que normalmente el emisor se arrepiente a continuación porque cree que puede estar provocando o jugándose una actuación judicial contra él, pero Luca el poeta podía refrendar su hastío desde la impresión de unas páginas, podía ratificarse y quedarse tan a gusto, no tanto porque aquello estuviera escrito hace algún tiempo, sino porque el autor estaba muerto, y a los muertos se les suele dispensar de una querella en toda regla, a los muertos se les persigue de otras maneras, por ejemplo, podría acontecer, como mucho, que en algún momento alguna autoridad inquisitorial decidiera prohibir su obra, o ser relegado al olvido, como si el olvido pudiera ser ejecutado por decisión legal y no por la falta de interés de los lectores, pero a los muertos no hay quién les conduzca ante un juez, incluso los jueces de la moral lo tienen difícil, y eso que con quienes más se atreven de ordinario esos clérigos del recto camino es con los muertos, también se empeñan en perseguir a los vivos, pero la fuerza que poseen ahora para intentarlo está mermada, su influencia reducida pero manteniendo niveles de infiltración considerables, a veces se reservan sus venganzas para pequeñas capillas tribales, pero esos perseguidores morales no pueden alcanzar los fines de antaño en nuestra cultura, fines que acababan de ordinario con la muerte en vida y con la muerte definitiva, modalidades de muerte refinadas, agudas y extremas que pusieron en circulación a lo largo de toda la historia de nuestra civilización y, naturalmente, ya sé que planteándolo así es dejar incompleto el panorama de los perseguidores, porque hay otros disciplinados que acechan en otras religiones, en otras corrientes de represión moral, y bien que empezamos a saberlo en nuestro rincón medianamente ilustrado, porque nos llegan ecos, más bien informaciones, o peor, noticias, la noticia es siempre una información demediada, incompleta, incluso no comprobada, la noticia es lo que da vida empresarial a un medio de comunicación, es decir, negocio, pasar de la noticia a la información es ya más escaso, y la información se queda normalmente en unos límites que no interesa traspasar, y entonces el lector tiene que arreglárselas para informarse de otras maneras o simplemente permanecer en la sospecha, él sospecha que cuanto tiene lugar en su entorno no le es alcanzado comprender, y entonces se plantea el mundo de las relaciones humanas como geometrías, oscuros intereses que se mueven circularmente, detentadores de control sobre esos intereses que se ubican en un vértice cuya altura y proyección no puede medir, individuos afectados que permanecen en lo transversal, o simplemente en lo lateral, como el mismo, y esa visión geométrica tiene mucho de sensaciones, y las sensaciones conducen a desasosiegos, como el suyo, a digresiones, como las suyas, a invocaciones nerviosas como las pregonadas por el poeta Luca, y que él entiende tan bien




(Fotografía de una obra-video de Bill Viola)

sábado, 20 de noviembre de 2010

Yama-uba y Kintarô


Kintarô amaneció a la vida y pronto lo hizo en soledad. La Tierra era tan grande para él como peligrosa. Muchos otros niños se habían encontrado al nacer en situación de orfandad y abandono semejantes, pero no sobrevivieron a la prueba. Vivir es la prueba, la única, pero Kintarô no lo sabía todavía. Hay seres tocados por la bondad del azar. Los bosques y los ribazos de los ríos no son sólo los espacios de riesgo, sino también los de la supervivencia. Yama-uba, la vieja bruja, habitaba en ellos. Yama-uba era sensible a todo ser desvalido que se encontrara por los caminos, fueran animales o humanos. Con frecuencia los acogía y les ayudaba. Su imagen física desgreñada no ocultaba los rasgos evidentes de la dulzura. La belleza dispone caminos inadvertidos a una mirada superficial. Y los consolida. Kintarô no era ningún niño enclenque. Su robustez manifestaba las ganas de vivir. La energía que emanaba de él fue reconocida rápidamente por la anciana. Ella tomó al niño entre sus brazos y le nutrió con sus pechos cargados de esencia de vida. Le dio abrigo en su cueva, le mostró el entorno, le enseñó los primeros pasos. Ambos tenían un destino, acaso el mismo. Su vínculo se fue fortaleciendo. En aquella relación de causa a efecto se alimentaban mutuamente en la ternura. Más allá, la función de la existencia preveía un horizonte de misiones diferentes. Yama-uba, protectora, tenía momentos en que se disolvía entre los vegetales y las aguas. Los utilizaba para transformar y hacer perenne su propia existencia. Kintarô probaba y se reforzaba tanto con cada fruto de la tierra como con cada comprobación paulatina de su fuerza y de su inteligencia. Ambos subían a la montaña, descendían por los vericuetos más inextricables, se bañaban en los ríos y prospectaban cada palmo del suelo que pisaban. Se reconocían en otras especies y hablaban con ellas. Yama-uba, por su edad y su experiencia, sabía más. El niño aprendía velozmente, pero a su vez ella aprendía de Kintarô. Porque lo nuevo siempre enseña a lo anterior. Y quien lo acepta sabe que nunca envejece en su corazón. El destino de Kintarô iba a ser otro. La bruja le había enseñado, sí, pero también sabía que el hijo adoptivo -¿no son todos los seres de este mundo seres adoptados por la naturaleza?- crecería y su destino tenía que afrontarlo solo y con decisión y valor. Kitarô se hizo mayor. Su robustez inicial se transformó en corpulencia y, sobre todo, en sabiduría. La inteligencia es la forma más cualificada de la fortaleza interior. Y Kintarô comprobaba que su entrega a los actos del futuro eran la garantía de transformación del mundo circundante. Yama-uba y Kintarô nunca dejaron de estar unidos. No podía ser de otra manera. Dos personas distintas permanecían distantes físicamente, en tiempo y espacio, pero en ellos latía una confluencia de origen invencible. Aquella maternidad inicial de hecho recorría sus espíritus con el fuego de una entraña vivificadora de la que no podrían desprenderse jamás.



(Pintura de Kitagawa Utamaro)

jueves, 18 de noviembre de 2010

Más matices


Hoy quiero que el verde sea intenso. Que solamente despliegue su propia lozanía. Que eternice al fruto generoso. Que sea inmadurez y se me ofrezca. Que esté en el origen para saberme cerca. Que sea amargo para catar su fuerza. Que invoque el antiguo vareo jornalero. Doy vuelta a una llave en la memoria y mi saliva brota. Una cuba enorme cubierta de moho en la taberna. La niña le provoca y le propone. Un plan urdido a la carrera. Ella despista a la tabernera y él ejecuta. La táctica debe estar coordinada con la estrategia. Inmersión en el veterano lodo. Atravesar la costra líquida, avanzar el brazo hasta el codo, desplegar la red de los dedos. Los roles se reparten por un puñado verde. El fruto bien vale el riesgo. Las manos verdes. Los ojos verdes. Los labios verdes. A la vuelta de la casa hay un convite. La niña le da al niño con la boca una aceituna verde. Verde aliento.

martes, 16 de noviembre de 2010

Aforismo frontal (efímero)


Miraba a los lados y le parecía que se le indicaban direcciones obligatorias. Miraba tan obsesivamente la calzada que no se atrevía a pasar. Miraba las figuras y le estremecían su rigidez. Observaba las rayas y se establecían funestas analogías en su mente. Tanto contempló los laterales que se olvidó del horizonte. Permaneció con la mirada tan fija en el suelo que sólo sentía la aspereza del asfalto. Lamentó la herida abierta de la miopía. A punto estuvo de darse la vuelta. Al fin, cayó en la cuenta. Alguien no quería que cruzara la calle. Entonces se preguntó: ¿por qué no me propondrán mirar de frente? ¿Por qué quieren que evite mirar donde tengo que mirar? Elevó la cabeza, buscó el vértice al otro lado, puso el pie sobre las bandas de cebra y arrancó. Al otro lado le esperaba el paisaje deseado.


domingo, 14 de noviembre de 2010

Otras lecturas



Domingo. Desde hace miles de años, desde que derivé de mis propinas de juventud una moneda para comprar un vespertino todos los días (en mi juventud el diario que me parecía que se esforzaba por informar a pesar de la dictadura franquista era un diario de tarde, un lujo, vamos) lo primero que hago es bajar a por el periódico. No tendría necesidad de hacerlo, esto de internet ya lo tengo pagado, podría mirar las noticias ahí, pero no es lo mismo. Para mí, bajar al quiosco es ejecutar un ritual a mi medida. Lo hago si nieva, si tengo fiebre. Además, tocar el papel siempre ha desarrollado mi sensibilidad táctil, aunque ya no envuelvo el bocadillo de sardinas en él. El día que no me pueda santiguar con este ejercicio voluntario, malo. O el sistema de prensa ha desaparecido vencido por la electrónica, o yo estoy con la pata quebrada o ni siquiera estoy y, como la necesidad es subjetiva (aunque algunas necesidades sean suma de subjetividades) pues vale, desaparece también con el sujeto. Nada que objetar. Y sin embargo hay días en que el periódico no te llena. Esa sensación de que te dice lo mismo que días anteriores y muy anteriores me agobia. No por las noticias en sí (la prensa, la radio y la televisión viven un grado elevado de competitividad supuestamente noticiosa, lo cual les lleva a dar importancia a lo que no tiene, a sobrevalorar lo que apenas tiene valor, a inventarse un particular criterio de noticia que yo al menos me niego a aceptar como tal) sino por una sensación laberíntica que últimamente me sobrecoge un poco. Un laberinto donde uno, donde todos, estamos sin que tengamos demasiados recursos para resistir, no digo ya para enfrentarnos, al monstruo. Las verdaderas noticias siguen ocultas. Se refleja lo secundario, pero lo que se teje y cómo en el cuerpo del monstruo nadie nos lo dice. Como mucho nos llegan algunos eructos de éste, ciertas sudoraciones y, eso sí, todo el desplome de sus fuerzas sobre cuantos corremos estérilmente por las calles del laberinto sometidos a la imposición del monstruo y condenados a no encontrar jamás la salida. Domingo que no me apetece leer la prensa (me toco la frente) y una sensación oculta que me dice que me va a pasar en adelante con más frecuencia. Así que salgo al campo, a nada, a leer las líneas de un cielo entrecruzado de nubes y de una luz propia de revelación bíblica, a esperar que llueva en cualquier momento, a oler la tierra húmeda, a evitar en la medida de lo posible a esa lacra de los conductores, entre la que me hallo, y elegir carreteras secundarias. El laberinto, como es tan extenso, a veces nos hace creer que nos podemos sentir libres. Inmerso en esa ficción, uno se aleja de lo que le agobia más y se deja llevar donde al menos se crea que todo es más relajado. Oh, el domingo. Se ven otras cosas, si se quiere ver, y se lee más en otras letras, si se quiere leer, y se piensa con calado, si se quiere meditar, y de pronto me pregunto: ¿ellos vivieron también en el laberinto? ¿Llevarían algunos años intentando salir de él y ésa fue la salida que hallaron? Nunca ciertas fechas fueron tan extremadamente crueles. ¿Hay una fecha reservada para cada audaz humano que pretenda escapar del monstruo? (Se ve que el domingo sin lectura educadora y reconductora de la prensa me vuelve febril; pero cuántas lecturas estarán perdidas todavía...)



í

sábado, 13 de noviembre de 2010

Bálsamo


Un regalo de fin de semana. Entrad en...




Recomendado contra la tiranía de los mediocres, contra la estética de lo cutre, contra la traición de las demagogias, contra el mercadeo de los populistas, contra la imbecilidad de los bienpensantes, contra la violencia de la competitividad, contra la extensión de la ignominia, contra el cultivo de la insensatez, contra el crecimiento de la ambición, contra la soberbia de los malos gobernantes, contra el aburrimiento y la desocupación intelectual, contra la impudicia del beneficio a ultranza, contra la tristeza, contra el falseamiento de la cultura, contra el desprecio al otro, contra la negación del valor ético, contra el hurto del tiempo, contra la cólera injusta, contra el abuso de poderosos y de quienes les imitan, contra las creencias nefastas, contra la penuria del pensamiento, contra la dejación del espacio colectivo, para los tiempos de adversidad, para la recuperación de la propia estima, para la prudencia al actuar, para la resistencia al vacío, para la fortaleza de las ideas, para deshipotecar las vidas, para el entendimiento entre diferentes, para el germen de los afectos, para evitar la locura, para combatir la melancolía, para la conversación amable y respetuosa, para desengañarse de las falsas utopías…

¿Me he pasado en mi afán por señalar el combate o el estímulo acerca de las conductas humanas? Tal vez. Pero sí, creo que este libro vital puede ser un bálsamo. Cada uno se lo puede aplicar para sus propios males. Con que algo se alcance, evitando u obteniendo, nos podemos dar por contentos tras una cuantas refriegas en la mente. No digo quel Miguel de Cervantes pretendiera hacer de esa obra un código moral ni un tratado del saber vivir. Pero creo que la propia deconstrucción que reside dentro de él alivia cualquiera de nuestros ritmos y palia las desesperanzas.

Y por si alguien prefiere un recurso más cercano, le invito a pasarse por cualquiera de las imágenes de otro descifrador del alma de los españoles durante los nefastos forrenta años. Y que ha muerto hoy. Por cierto, parte de ese alma sigue en vigor. Salud, Berlanga inolvidable.


martes, 9 de noviembre de 2010

Adiós, consonantes entrañables.


Hoy me había puesto a escribir un cuento chino, de barrio chino quiero decir, pero sobre la marcha se ha caído de mi pulso una letra decisiva (me espanta que se extravíen los grafismos) y no sé si el texto se entenderá bien.

"...Aquel aval se puso a alanear con el alado de la amarreta que iba comiendo ocolate por la calle. Resultaba usco ver cómo illaba al u o que pretendía morderle los bajos del pantalón. Para desembarazarse del perro illón buscó alguna u ería en sus bolsillos, pero sólo encontró un pedazo de orizo. Se lo tiró, pero estaba que eaba ispas y sin querer tropezó con uno de los opos y el asquido que produjo al pisar una de las ramas asustó mu o más al can. Los ismosos del barrio suelen decir que aquel aval estaba demasiado apado a la antigua, siempre iba masticando icle, cubierto con una upa renegrida y ulesca, y que apurreaba malamente las palabras porque no había ido a la escuela y jamás había probado una uleta que le permitiera estar menos aparro. Los demás aveas ocaban mu o con él porque no soportaba las c anzas de los icos. Estos le daban la apa constantemente e incluso le hacían antaje a costa de que su padre que era urrero andaba siempre icoleando ocarreramente con las señoritas bien de la ciudad..."

Es una broma, una disgresión, claro, aunque tenía muy presente a Queneau y sus ocurrentes Ejercicios de estilo. No sé si tragar con las ruedas de molino de las autoridades de la Lengua (¿Orwell también predijo hasta qué punto intervendrían la lengua?) o declararme en huelga de solidaridad con las letras consonantes sacrificadas. No sé si liquidar a la Che y a la Elle es apropiado, o producto de la diplomacia que hoy guía todo lo políticamente correcto, incluso en el idioma. No tengo opinión; las informaciones que llegan me están sorprendiendo y aún no conozco motivos, razones o caprichos varios en ese juego de concordancias y toma y daca de las Muy Dignas Academias de la Lengua Española e Hispanoamericana. Cuestión de jerarquías, clasificaciones y mover algo para que todo siga igual. Muy propio de la dinámica de los tiempos barrocos. Ya lo decía el pseudoprofeta: pasarán el cielo y la tierra, pero los sonidos no pasarán. Que me dejen seguir considerando a la che y a la elle (y a la y griega, que ahora se va a llamar ye) como me apetezca. Después de todo, en los tiempos del calígrafo Juan de Icíar tampoco existían la ch y la ll y las letras eran preciosas. Evidentemente, me adaptaré a los cambios como lo he hecho mil veces. Pero es duro deshacerte de lejanos aprendizajes. Lo importante va a ser nuevamente no cómo se escriba ortográficamente sino lo que se diga con las letras. Porque tal como va el rumbo de las cosas va a haber que decir mucho, pronto y muy enérgicamente. Aunque nos saltemos las ortodoxias.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Epigrafía de la piedra


No soy yo sola. Somos muchas. A todas las que estamos juntas nos llaman muralla o sillarejo o simplemente hileras superpuestas. Los humanos utilizan tantos nombres que nosotras, que sabemos muy bien quiénes somos y de dónde procedemos, nos asombramos. No sé muy bien si las hermanas pequeñas, las que nacieron mucho antes y que habitan terrenos de aluvión o fondos de los ríos, nos codician o nos desprecian. Creo que también nos comprenden, pero la influencia de los humanos es poderosa y puede que algunas de nuestras hermanas se hayan contagiado de la envidia humana. Formo parte de algo más que de esa simple acumulación rectilínea y disciplinada. Durante tantos siglos he sido lo que los estudiosos modernos llaman parte de una obra y también de un símbolo. En mi rostro he visto de todo. Son tantos años de aguantar inclemencias y vicisitudes que es un éxito haber sobrevivido. He visto falsos profetas (¿ha habido alguna vez alguno que no fuera falso?), gobernantes, clérigos, orantes, peregrinos, guerreros, mecenas, arquitectos, rebeldes, amantes, niños jugando, asesinos. Alguno de esos visionarios han utilizando nuestro nombre digno para presumir de que su obra iniciática era la piedra misma, algo así como lo pretendidamente sólido en algo tan frágil y cambiante como el sistema de las ideas; lo proyectaban como si su corpus ideológico fuera la roca. Ni yo ni mis hermanas estamos de acuerdo en que se utilice nuestra esencia para consolidar su mundo de fantasía. Los mandatarios confiaban en nosotras para guardar sus restos al morir. Las castas religiosas nos utilizaron para edificar templos donde justificarse a sí mismos consagrándonos a sus ídolos, hasta los más abstractos, inútiles o abyectos. Los orantes se daban golpes de pecho entonando versículos indescifrables. Los peregrinos han palpado mi frialdad y se han creído que tocaban el cielo. Los guerreros me han herido muchas veces al asaltar el lienzo del que formamos parte y nos han derruido otras tantas. Los mecenas nos han vuelto a reconstruir aunque en otro orden y con otras pretensiones. Los arquitectos han jugado con nuestra disposición, nos han desmontado y recolocado, a veces con resultado de que todas nosotras parecíamos otras. Los idealistas han pintado consignas con alfabetos y tintas que me han ensuciado, aunque reconozco la desesperada y buena voluntad que les guiaba. Los amantes han susurrado a mis pies en la oscuridad de la noche y se han deseado con pasión. Los niños nos han tirado guijarros de los arroyos cercanos, peleándose o jugando a tener puntería. Y los criminales, ebrios y vestidos con uniformes siniestros, han colocado a otros hombres que llevaban luz en sus miradas ante la mole de la que soy parte y les han quitado la vida. Si retuviera todas las palabras que unos y otros de esos individuos han pronunciado ante mí a lo largo del tiempo, creyendo que yo no les escuchaba, tal vez fuera una revelación. No sé ya quién soy. Soy todo lo que he sido, eso sí. Mi vida ha sido también una muerte lenta. Lo mismo piensan mis hermanas. Hay tardes de otoño en que nos embarga la melancolía. ¿De cualquier tiempo pasado? No. Acaso de la montaña donde nuestra singularidad aislada no existía todavía. Donde todo era uno, pero también potencia. Ser piedra ha merecido la pena, y cada una de nosotras somos reflejo y mensaje de la montaña. Eso, algunos poetas nos lo reconocen.

jueves, 4 de noviembre de 2010

¿Herramientas?



1. Siempre tengo al alcance de la vista alguna piedra. Digo de la vista, que no necesariamente de las manos. De cualquier modo, aunque estén a mi alcance táctil las piedras son un elemento parabélico arrinconado. No digo que sea meramente un medio agresivo o defensivo, porque la utilización de unas piedras viene definida por la intención. Digo que se trata de algo más mecánico. Las piedras como herramienta.

2. ¿Herramienta? Por ejemplo, estas piedras me recuerdan los chopping tool. No lo son obviamente, pero me creo a mi mismo la ilusión de lo que lo son. Los choping tools son cantos rodados tallados a dos caras y se usaban como herramienta en el paleolítico inferior. Tal vez las herramientas más antiguas de la humanidad. Simples piedras pero ya trabajadas, toscamente cortadas a lascas, por manos de neandertalenses, antecesors, sapiens y otros homos. Con intención, voluntad y por lo tanto, técnica. Se trata categóricamente, pues, de un útil.

3. ¿Herramienta? Obviamente, un útil no es sólo un objeto de transformación que hoy diríamos productiva. Puede ser un útil de agresión. Piedras -el sílex ya fue un material maleable capaz de alcanzar grandes logros- extremadamente talladas, puntiagudas, produciendo hachas bifaces espléndidos que permitían cazar. Y enfrentarse con otras tribus de la especie con las que se disputaba. No ceo en Arcadias felices ni en comunismos primitivos. Las formas de vida eran en función de la supervivencia. El instinto exigía ir hacia delante para preservarse y progresar. Agresión y defensa eran dos caras de la misma moneda. La biología cultural que se fue afirmando reclamaba consolidar el avance con ofensiva y consolidación de lo logrado.

4. ¿Herramientas? Ha habido más tiempo en la historia humana con una cultura de la piedra que con una cultura de otros útiles. Incluso, tras el alcance y aseguramiento del bronce o del hierro, las piedras siguieron teniendo un uso muy definido. Piedras arrojadas con la mano, piedras con hondas, piedras con catapultas. (Aquí estoy tentado a colocar la imagen de las riñas de chicos a pedrada limpia, hace escasamente unas décadas. La coloco)

5. ¿Herramienta? Defensiva. Pedruscos más grandes, primero acumulados tal cual se encontraban. Posteriormente cuadrangulados y acoplados. Para levantar cercas, muretes o murallas. La necesidad de la piedra como defensa.

6. ¿Herramienta? ¿Sería la primera escultura una adaptación de la forma de una piedra? No todas las Venus paleolíticas son tan perfectas como las de Brassempouy o Willendorf. Incluso éstas probablemente se generaran en una roca que tenía ciertas formas, pero la mano de un individuo que tenía una dirección diferente consiguió adaptarlas a otra intención. Adoro este tipo de Venus. Los primeros signos de fertilidad, las primeras diosas, las primeras vírgenes, las primeras protectoras. Un hilo que se fue prolongando hasta nuestros días. (Recuerdo una exposición de hace años en Barcelona, donde se establecía a través de representaciones reales un hilo conductor, un vínculo evolutivo entre todas las imágenes de mujer. Las vírgenes del cristianismo -siempre tan sincrético- serían una continuidad de todas las diosas ancestrales, aunque el elemento de poder del hombre en el interior de la Iglesia lo descafeinara y colocara como subsidiario, relegado a segundas posiciones. No faltaba más) El símbolo como herramienta, sí.

7. ¿Herramienta? De injusticia. Es decir, de ejecución, de alevosía, de desprecio, de intolerancia. La condena a la mujer iraní Sakineh Mohammadi Ashtiani a lapidarla actualiza el útil. ¿Nos habíamos olvidado los olvidadizos occidentales de que permanece la lapidación en muchos países? Se ve que muchos se siguen considerando a sí mismos que no sólo están libres de pecado, parafraseando un lenguaje parabólico (lo simbólico de nuevo), sino que se hallan cargados de poder y violencia. Aunque los tribunales islámicos vayan a cambiar el modo de ejecución, por aquello de la mala imagen, no nos consuela de la intención de fondo precisamente.

Hoy me he salido de la poesía frágil y quebradiza. Mis reflexiones ante estas piedras cogidas hace tiempo en un páramo extensísimo, frío y desarbolado me lo exigían. ¿Os doy más pistas? Las cogí junto a un rudimentario y bienintencionado monumento a los republicanos ejecutados arbitrariamente en 1936 en los Montes Torozos. Los torsos y los cráneos de los hombres y mujeres que van apareciendo en la Castilla profunda no llevan esquirlas de sílex ni de cantos rodados. Sino de acero.

Conclusión inconclusa. Me quedo contemplando estos dos ejemplares de caliza. ¿Cuánto debe el hombre a la piedra? Heme aquí pasando la vista y los dedos por una superficie que parece áspera y que acaba siendo cálida. Sin otras tentaciones que meditar y además reconocer la materia pura de la piedra. Que la tiene. Sólo los hombres modificaron su destino.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Brasas


Si yo tuviera que vivir la experiencia de una caída camino de Damasco querría que fuera con un cielo así. Ante todo ese color. La luz era volátil. El rojo, transeúnte. No había ruido alguno. Si la energía se estaba manifestando en aquellas alturas, desde luego su eco no llegaba hasta el hombre. Sabiendo que aquel signo era efímero tuve tiempo de hacer un clic. El segundo disparo ya no salió, la iluminación no era la misma. Todo se precipitaba con tal rapidez que no permitía una segunda oportunidad para el testimonio. No lo dudé. Abandoné la nikon y me senté sobre un pedrusco esperando un auspicio. Tal vez éste fuera el momento elegido para que aquella transustanciación me abriera el pecho y me revelara lo arcano. Elegí dejarme absorber por tanta concentración del rojo. Alta riqueza cromática. El crepúsculo y el amanecer son vertiginosos. Esperas y sigues esperando, y cuando te descuidas ya tienes el día encima y no entiendes cuándo traspasó la frontera. El ocaso parece más lento, pero no se detiene tampoco y, si desvías la mirada, el sol ha superado las lomas. Hoy, la peculiar forma de las nubes prolongaba el embrujo aunque el sol estuviera alejado. De hecho no llegué a ver en ningún momento el sol. El rojo prendiendo las nubes se convertía en su emisario, en su interlocutor, en su don. Hay días en que las nubes parecen el túmulo del cielo. No era el caso esta tarde, en que ofrecían un perfil generoso. Correveidiles del sol, había algo de pasillo de fuego en su representación. Últimas brasas del día que me pedían a gritos dejarme tocar por su milagro, que rozara su azar. ¿Y si el camino a Damasco y la caída de la metáfora no fueran sino asumir mi propia ignición, como la que el cielo me ofrecía? Arrebato. Sólo cuando pasó di rienda suelta a mi racionalismo impenitente. Los hombres persiguiendo siempre los colores. Elaborando sustancias aproximadas a los colores de verdad que cría la tierra o el éter o el agua. Los hombres prospectando las pigmentaciones de rocas y minerales, extrayéndolos. Los hombres emulando el ocaso, la tempestad, el bosque o el fuego. La revelación de la capacidad humana. Me sentí en calma. Desde el espacio de pasión de esta tarde no he podido quitarme de encima el rojo. Permanece instalado en la sorprendente región del cerebro donde se guardan y combinan los colores. Seguro que la sangre de mis párpados cerrados contribuirá a que perdure la visión a lo largo del sueño.

sábado, 30 de octubre de 2010

Matices que se tocan



Hoy me apetece tocar el amarillo. El amarillo es un color que no siempre he valorado como se merece. Que no había llegado a proporcionarme gozo. Incluso me había producido cierto rechazo. Tal vez porque me lo pintaron siempre con una nitidez falsa y de cartón piedra. Un color excesivamente brillante, abstraído del medio, casi irreal. Aunque si lo pienso dos veces acaso ocurra lo mismo con los demás colores. Sobre todo con los colores más intensos. Los colores no se deberían enseñar en los libros, sino aprender en la naturaleza o en general en el paisaje. Los colores no existen en estado puro, diferenciados nítida y categóricamente, sino como aproximación. Existen las tinturas y la química, con objeto de que las gráficas editen sus tiradas publicitarias y que las fachadas o las habitaciones de una casa adquieran una definición canónica. Se les llama colores pero no sé si son los colores. Cuando veo los colores en los cuadros de un museo me extasío como quien lo hace ante el milagro de un redescubrimiento. Como si se tratara de una invención o ante una realidad virtual. No niego que hay cuadros que saben dar paso a la luz de tal manera que transforman los objetos y las perspectivas. Entonces no parecen cuadros. Es en la percepción de lo exterior, en los espacios en que los colores se manifiestan dinámicos, inestables y mezclados, cuando percibo su carácter. Son auténticos porque se están haciendo permanentemente. El campo, el oleaje, las luces en las diferentes horas del día, los contrastes de soles y sombras entre callejuelas, la reverberación sobre los caseríos, las auroras y los ocasos, las mieses, las frutas, la piel de los animales. Los colores son impactos. Instantes mutables y mutantes. Sólo entiendo los colores si se transforman en sentidos. Si van más allá de la mirada. Si no se quedan en simples pigmentaciones oculares. Si se huelen, se tocan, se lamen, se escuchan. Siempre me ha resultado incomprensible la rigidez con que se nos ha ofrecido los colores. Por eso no encuentro emocionantes y tampoco cálidos ni los coches ni las vestimentas de los cardenales ni los uniformes militares ni las banderas. No me hacen sentir. En los membrillos me vengo de mi propia frustración con el amarillo. Aquí delante, sin cansarme de mirarlos.

viernes, 29 de octubre de 2010

Tiempo de matices


Hoy quiero que mi boca sienta la acidez exquisita de la fruta. Que mis dedos acaricien su terciopelo. Que mis labios se impregnen de la pelusa. Que mis ojos se deslumbren con el colorido. Que mi mente se recree en sus formas carnosas. Cada pieza encaja en mis manos y las agiganta. Detrás, los recuerdos me empujan a un balcón lejano. Vuelven voces y risas. Y los manteles blancos. Y la mujer apoyada en la barandilla. Vuelve su tiempo por un instante. Ya no.

martes, 26 de octubre de 2010

El rincón


Me he dejado caer en un rincón de la habitación. Tengo entre mis manos el papel del comunicado extraño que yo también he recibido, pero no me siento confuso. También tengo a mi lado un libro de poemas de Gherasim Luca. Una frase vieja aparece y ronda mi mente. Creo que, por fin, alguien me entiende, dice. ¿Por qué irrumpe ahora dentro de mí un eslogan ya olvidado y, sobre todo, hartamente superado? Esa coletilla tan púber se había extraviado del todo con el envejecimiento celular. Ya lo hizo hace mucho tiempo, justo cuando elegí vivir en territorios no cerrados. Cuando me convencí a mi mismo de que nadie tenía por qué entenderme. De que mis desentendimientos no debían trasladarse a otras personas. Algo así como esta actitud de ahora mismo de sentarme en un rincón. Ese anónimo y fantasioso comunicado, leído y releído hasta la saciedad. Ese libro del poeta rumano avistado también entre líneas, sobre ellas y a través de ellas, con el pensamiento y con la rabia, con la imaginación y con la sospecha, con la duda y con el delirio. Sorpresa, inquietud. Cuando algo me sorprende busco el suelo. Sentarme, tirarme a lo largo de mí. Una necesidad por sentirlo muy cerca y, si el maderamen está cálido, que frote mi desnudez. Para leer atento o pensar concentradamente es preciso un método. He aquí el mío. Primero, percibir el suelo, establecer un vínculo táctil con él. Segundo, sentir el respaldo de la pared, engancharme a ella. Pero no de cualquier parte de la pared. Del rincón. El rincón es la manera coloquial de definir el ángulo de una habitación. Es curioso. Apoyarse en un ángulo no es cómodo, pero tampoco un ejercicio que no se pueda salvar. Allá atrás, cuando el mundo circundante me parecía alto, profundo y muy lento, me gustaba sentarme en el suelo y buscaba la protección del ángulo de una estancia. Un ángulo siempre se me antojó una forma peculiar del espacio. Mucho más abierta que el lienzo de pared. Mucho más sinuoso que un techo. Mucho más protector que el piso. El ángulo del cuarto podía graduarse con la luz. Si quería leer, abría el cuarterón de la ventana. Si querían pensar y ofuscarme, me recogía en las tinieblas cómplices. Cuando me castigaban en clase enviándome a un rincón me estaban haciendo un favor inmenso. Ni la severidad del profesor ni las risas más o menos contenidas de los compañeros me distraían de otra perspectiva. Más bien me sentía aliviado y alejado de una atención incómoda que sólo mi silencio y una gradual ausencia procuraban con éxito. Llámese huída, llámese apartamiento, llámese autodefensa, el rincón era mi aliado. Nadie me podía oir pero yo hablaba, calmo y susurrante, con aquella línea impecable e ilimitada que parecía unir dos paredes, si bien en realidad las separaba. Las abría, las proyectaba. Y yo entraba por aquella fisura que se ahondaba infinitamente. Hasta desaparecer tras ella.


(De El Inventor del Amor me llama la atención mucha de su revuelta metralla, y de pronto surge ésta que me deja atónito:

La coexistencia del banquero y el poeta
ha dejado de ser contradictoria
y muy dudosa se me presenta
la idea de ponerse del lado del poeta

En este mundo de antinomias simultáneas
dominantes, tiránicas
que conservo en torno a mí

el poeta más iluminado
me parece una excrecencia
tan purulenta
como el banquero más codicioso)



(Montaje fotográfico de Jorge Molder)

viernes, 22 de octubre de 2010

Comunicado nº 1


Esta es una presentación oblicua. Nos sentimos extraños al dirigirnos a vosotros, pero teníamos necesidad de hacerlo. Hay un instante fugaz en nuestra evolución biológica que nos pedía comunicarnos. Pertenecemos a una especie que se ha ido engendrando lentamente y de manera desigual. Nuestra urdimbre difiere considerablemente de la humana, aunque comparta sustancias y materias del universo del que vosotros procedéis y en el que estáis integrados. Estáis arrinconados en un espacio reducido del universo, aunque vuestra percepción equívoca os haga pensar que sois el centro. El universo es muy amplio en extensión y muy rico en la calidad de la que está formado. Esta aseveración ya la intuís vosotros, pero no podéis alcanzar a participar de sus dimensiones. Poca gente sabe que vamos tomando cuerpo. Hasta ahora nadie nos había visto. Vosotros sois unos privilegiados al contemplarnos brevemente. No sabemos si llegaremos a cuajar en algo más elaborado o nos quedaremos para siempre en esta apariencia demediada. Ni si nuestro espacio estará entre los humanos o en otros mundos. Ni si nos expansionaremos o permaneceremos recónditos en algún territorio circunscrito por las leyes naturales. Hablamos con vuestro lenguaje para que nos comprendáis. Para nosotros vuestro lenguaje es una ficción, un truco, una inexactitud, en definitiva. No os fiéis de nuestro aspecto, que seguramente os recordarán facciones que vosotros reconoceréis fácilmente. Hoy nos mostramos así a vuestros ojos, pero mañana podemos camuflarnos entre otros animales o sobre las rocas o entre los pétalos de una flor. Es nuestra aproximación a otros medios y a otras vidas la que nos configura como formas provisionalmente semejantes a la de esas otras existencias. Las complejas leyes evolutivas nos han dotado de una capacidad de cambio y de adaptación superior a la vuestra. Pero no temáis. A cambio del nomadismo que constituye nuestra manera de ser y de vivir se nos ha concedido una propiedad que vosotros no poseéis. No somos una especie que compite. Ninguno de nosotros aspira siquiera a ser un ente completo. Tampoco perseguimos complementarnos unos con otros. No nos interesa la conformación integral de un cuerpo, como sucede en los individuos de vuestra especie. Vivís obsesionados con alcanzar una totalidad que primero es frágil, que se trocea más tarde y que acaba caduca. Nosotros tenemos clara nuestra individualidad y no nos atormentamos con esta suerte de imagen parcial, que tenemos bien asumida. De hecho, no nos interesa la imagen. No es el rostro lo que buscamos, ya que para nosotros la representación externa es efímera. Llevamos grabado en nuestra impronta íntima que no estamos para disputar entre nosotros ni enfrentarnos a otras especies. Al deciros esto podéis pensar que somos lo que llamaríais seres simbióticos. No es así, pero vuestras limitaciones no pueden haceros entender el sentido del que estamos formados. Esta formación a medias es la que nos otorga más posibilidades de compartir cualquier superficie y cualquier profundidad, cualquier textura y cualquier éter, cualquier materia y cualquier vacío.

miércoles, 20 de octubre de 2010

La improbable caída de los dioses



La otra tarde encontré estatuas caídas. Las rodeé con cautela. Observé sus facciones melladas. Había señales contundentes del deterioro. Marcas de que la caída se había producido desde una altura considerable. Pensé en qué representación habría estado ubicada tan alto como para dañarse de aquella manera al venirse abajo. Jugué a imaginar qué causas habrían motivado el desplome. Recorrí en sentido longitudinal aquellos volúmenes partidos en innumerables tramos. Me fijé con especial interés en las grandes lascas desprendidas tras el golpe mortal. Admiré el material que rodaba por los suelos, apenándome por aquella traición. Sospeché que el mármol se había sublevado contra los símbolos, a costa de pagar con el sacrificio de su propia textura. Algo debió ir mal entre la base que sostenía las grandes efigies y el volumen sólido y de apariencia permanente. No deseché la posibilidad de que la tierra se hubiera movido, tal vez de modo imperceptible pero determinante. Consideré la contingencia de que las aguas salinas hubieran desgastado la cimentación de la obra altiva. Si a ese riesgo se le había añadido el azote de feroces vientos huracanados, el margen de resistencia de las singulares esculturas sin duda habría quebrado. Cabía incluso la sospecha de que la estética de aquellos iconos se hubiera desgastado demasiado deprisa. Con la caída de una estética la materialización de una obra puede estar sentenciada. Y con ella su significado. Y con ella haber sido puesta en cuestión su influencia. Temía considerar que las imágenes que habían dominado desde lo alto de la colina más predominante pudieran haber sido dañadas expresamente por los seres domesticados que las rendían culto. No hubiera acertado a comprender que estos pudieran tener razones y menos acumularlas para vengarse de manera tan ingrata como caótica. Sin embargo, todo era posible. Me sentí turbado. Aquella tarde otoñal descubrí las estatuas yaciendo esparcidas por los prados. Palpé sus venas. No eran de este tiempo.

lunes, 18 de octubre de 2010

Sonámbula


Te has quedado traspuesta, sin retorno. Tu conciencia, huérfana. Tu cuerpo, ausente. Los dedos exploran sin fuerza la almohada de cuadros. ¿O señalan el camino de vuelta al paraíso? La sonrisa deambula entre tus facciones. Las cejas se dispersan, la mirada se concentra en el vacío. El carmín, titilando en la curva de tus labios, se pronuncia como un arco de deseo al disparar la última flecha. La cabeza se expande y remonta la horizontalidad de tu cuerpo. Los músculos se relajan tras la tensión del combate. Como la mirada, como el cabello descuidadamente aplastado. No hay ya trazos rígidos en tu rostro. La luz sale de ti. Eres toda luz. Y los rasgos de tu cara se van difuminando. Un pulso que se insinúa acaba fusionándolas y se disuelven a través de territorios sobre los que no preveías su transparencia. ¿Cuándo fue la última vez que te perdiste de esta manera? A tus oídos llega la recitación de unos mantras incesantes, emitidos tenuemente. Te han acompañado desde la madrugada, horas demoradas, horas agitadas, pero hasta este momento no los habías percibido. Dejas caer el otro brazo sobre el tatami, lo acaricias, se deja arañar por tus uñas, salpicadas aún por una raya de sangre. El tatami ahoga también unos pasos que se han separado de tu cuerpo. Tatami cómplice, tatami que amortigua susurros, tatami que absorbe confidencias. Respiras un olor áspero, flotante. A lo largo de tu cuerpo se desliza abundante el sudor, cálido aún. Hay brillos que saltan desde esa piel blanquecina, acusadamente pálida en la oscuridad quebrada por la luna, y se esparcen por la estancia. Brillos que siguen tras una sombra que se aleja. Una sombra que no mira para atrás y que atraviesa el perfil del alba. Pasos silenciosos, educados en una antigua prudencia observante. Pisadas ligeras, acostumbradas a los actos livianos. Una oleada de aire nuevo ocupa el hueco recién abandonado. Te eclipsas en la última convulsión. Permaneces absorta en el cielo raso de la habitación, pero no lo ves. No acaba de llegar el amanecer. Sólo se acercan a ti los cantos de los monjes que madrugan para observar sus disciplinas. Los muros del recinto vecino se hacen visibles en la noche aguda. Sientes una especie de consagración en tu fuga a través de aquel acompañamiento de estribillos perpetuos. Como un punto intermedio entre lo pagano y lo sacro, te concedes ofrenda y te impones sacerdotisa. La puerta corredera se ha quedado algo abierta. El himno de los grillos pierde fuerza. Te distiendes estremecida, una vez más. Olvidas el día pero eres aún cautiva de la noche.

jueves, 14 de octubre de 2010

Desposesiones


Dice Gaudama: Mis actos son mis únicas verdaderas pertenencias. No puedo escapar a las consecuencias de mis actos. Mis actos son el suelo en que me arraigo.


Pero también mis actos son mis desposesiones. Puesto que mis pasos mudan, puesto que mi cuerpo no permanece el mismo, puesto que las ideas que he creído mías se desprenden de mi conciencia, también me desproveo de aquello que es su efecto y que no puede permanecer. Ni siquiera la memoria, que parece dotarse de un cierto modo de inmanencia limitada, sigue fijada, inmóvil. La memoria deambula, se instala y se desaloja vertiginosa. Acaso no conserve tanta claridad como sospechamos, sino que más bien se desvirtúa y adquiere carta de ficción en el repertorio de nuestra mente a medida que envejecemos. La muerte libera al individuo de las consecuencias de cualquier tipo de actos, aunque estos graviten sobre otros seres. La cuestión no es si debo considerar mis actos como el suelo que me sujeta o como las huellas que prueban mi tránsito. Ese mero acontecimiento físico es grande pero se queda pequeño. La vida es expansión pero también límite. Sé que es el peso y la densidad de mis actos los que aseveran mi existencia y acaso los que la garantizan. Pero por más que insista en asegurarme y prolongarme a través de lo ejecutado, al final no sé si de mis actos habrán dependido la salvación o la condena de haber vivido. Del deterioro no se libra nadie. Y pretender adulterarlo con falsas ilusiones o exagerarlo antes de tiempo con el temor a lo ineluctable no suplen la suerte echada. Haber estado aquí ha concitado suficiente curiosidad y desigual entusiasmo como para aligerar los ataques de la angustia. No entiendo ni acepto ningún sistema de ficción o de enajenación que se me proponga para domeñar mis instintivos y, en ocasiones, salvajes deseos de vivir. Los actos que deponemos siempre son relativos y, leves o graves, en cualquier caso son irreductibles e irreparables. Sólo lo nuevo, si llega en edades avanzadas de la existencia, compensa cualquier complejo de insatisfacción y desacierto de nuestras conductas. Lo nuevo atrae porque toma el relevo de lo que ya no permanece. Lo nuevo tienta porque permite probar suerte y reintentar recorridos y acciones sin preparación previa. Lo nuevo es instinto y también resistencia. Acaso sea sombra de una nube, pero es también bagaje de nuestras pertenencias.



(Fotografía de Peters Andersen)

martes, 12 de octubre de 2010

Revolutus


Sientes la vida como tensión. Te debates entre lo magmático y los agentes externos que te acechan. Desde que abandonaste el pecho de tu madre, todo resultó siempre más agrio. Entonces llegó lo inesperado. El ensueño, la imaginación, lo recóndito. Extrañas zonas donde veías con luz propia, aunque el paisaje te fuera reservado solo para ti. Aunque no sirviera inmediatamente a lo que otros esperaban de ti. En definitiva, una reconversión a tus límites de lo posible. Conducir lo que se movía en tu entorno a un mundo donde te afectara menos. No fue fácil. Antes tuviste que decir sí muchas veces. Aunque no supieras por qué, simplemente porque te obligaban a decir sí. Porque era el precio de sentirte integrado, admitido, protegido. Pero sabes muy bien que nunca dijiste sí definitivamente. Cuanto más decías sí, cuanto más repetías lo que otros deseaban escuchar, menos te lo creías. Siempre había un cuarto pequeño que fuiste levantando en el solar de tu vida, y que creció. El corpus de pensamientos, creencias, pautas y reglas varias que se tejieron en torno tuyo te fueron siempre ajenos en el fondo. Entonces te parecían tuyos, porque de no haberlos aceptado hubieras sufrido más castigo. O porque no tenías otras referencias. Tenías que asegurarte que eras alguien en medio del ruido de los otros. Pero el yo no perdona. Tenías que despedazarlos. Y salir de ti. Salir de la ciudad cercada que prepararon otros para ti. Un aprisco, sin duda. Balaste muchas veces, rugiste las menos. Tenías que saltar. Ser otra especie dentro de ti. Largo camino. Y nada era premeditado ni analítico. Fue formidable. Descubrir en ti el valor de la intuición, la fuerza de las sensaciones, el riesgo de saltar sin saber dónde ibas a caer. Canalizar sendas resistentes, donde a veces corrías, a veces tanteabas, a veces tropezabas. Renacías sobre ti. Tus mundos concéntricos te proyectaban a la superficie, y entonces respirabas. Nada era liberador del todo, pero también creías en aquella manera de liberarte. Todo se hace sobre sí mismo. Todo se anda y se desanda. Caes y te elevas. Cuando crees sentirte en armonía, algo se tambalea. Cuando te parece que te desplomas, surge una encarnación de tu fuerza íntima y se expresa con pensamiento y voluntad. Van ligados, no se saben el uno sin el otro. Das un valor muy físico al pensamiento. No lo sacralizas. Desde que aprendiste a dudar como método no te es sagrado, mas sí vital. Es tu herramienta y tu objeto realizado. Son tus pies para subir la cuesta. Algo habrá detrás que merezca ser alcanzado. Y ahora lees un párrafo como el que sigue y sientes alivio. No eres el único. Josep Ramoneda dice en su interesantísimo y reciente libro Contra la indiferencia…

El individuo capaz de pensar y decidir por sí mismo es el sujeto adulto que no acepta las ideas recibidas como verdades inexorables y que sabe perfectamente que compartir un prejuicio sólo puede ser una opción provisional y con conciencia de ello. Frente a la sociedad de los creyentes, de los que aceptan acríticamente los relatos que se les ofrece, la sociedad de los espíritus libres que discuten y construyen proyectos y que saben que la forma más persistente del mal es el abuso de poder.



(Fotografía de Bill Brandt)

domingo, 10 de octubre de 2010

Pregunta sin respuesta


¿Por qué no me abren de par en par? ¿Por qué no me reciben? ¿Por qué este modo velado de insinuarse conmigo? ¿Por qué esta reticencia en no dejar que les cubra? ¿Por qué dejarme frágil aquí arriba, si vengo de la inmensidad que les hará extensos? ¿Por qué esa insistencia en desconocerme? ¿Por qué ese error de abortar a esta preñada que les ofrece la vida? ¿No quieren que pare mis mejores hijos y se los entregue? ¿Por qué no me miran a la cara? ¿Por qué les doy miedo? ¿Les preocupa que les deslumbre? ¿No es más ceguera ese pozo en el que se mueven de una parte a otra sin saber llegar a ninguna? ¿Por qué dejar la estancia en las tinieblas de la confusión? ¿Por qué ese gusto malsano de andar tanteando sin comprobar lo que palpan? ¿No quieren saber lo que tocan, ver lo que aman y descubrir lo que importa? ¿Por qué insisten en ignorar lo que hay fuera y no han visto jamás? ¿Por qué prefieren el abismo? ¿Por qué se dan la espalda? ¿Por qué me dan la espalda? ¿Por qué dudan tanto si yo me entrego sin reservas? ¿Creen que están mejor acogidos ahí abajo? ¿Por quién? ¿Creen que sin mí pueden llegar a reconocerse unos a otros? ¿Lo han logrado alguna vez? ¿Creen que es suficiente con que me dejen asomar tibiamente a su oscuridad? ¿No les parece insuficiente? ¿Qué les espanta, qué les obnubila, qué les sujeta a su propia negación? ¿Qué voces son esas que claman por espantar mi humilde visita? ¿Creen que porque crezca el griterío me harán desaparecer? ¿Por qué temen los hombres la luz? La pregunta es antigua. La respuesta es urgente.



(Dedicado a quien ha tenido el día denso. Fotografía de http://joachimmalikverlag.blogspot.com/)

viernes, 8 de octubre de 2010

Insensatos


¿Será una gran burla todo lo que tiene lugar en nuestro entorno? ¿O seremos nosotros quienes deberíamos sacar la lengua al infausto mercado que pretende copar el cien por cien de nuestras vidas? Estamos llegando a un punto del sistema occidental, a ese american way of life extenso y aplicado a todos los países de su órbita, en que hagas lo que hagas, te sientes inseguro, incrédulo e insatisfecho. ¿Demasiados in? Qué va. Podríamos situar más. Infelices, incautos, insanos, insensatos, infames, incivilizados, incapaces, inauditos, inconsiderados, indecentes, incultos, indecisos, indeseables, indiferentes, indolentes, individualistas, injustos. Iba a decir imbéciles también, si no fuera porque aún doy crédito a la ortografía. Eso sí, todo tiene lugar bajo una apariencia de funcionamiento, consenso y orden disciplinado en los comportamientos. Y qué. Lo generalizado puede ser normal, pero también aberrante y obsceno. Nuestro mundo se está llenando de obscenidad. La obscenidad de aceptar un círculo vicioso que se consume a sí mismo. La renuncia al pensamiento, a la inteligencia medida, a las decisiones necesarias, al esfuerzo colectivo, al apoyo mutuo.

Todo se está reduciendo a un turbio vives si compras, eres si consumes, te reconocen si compites, tienes si te cargas de lo innecesario, sientes si admites lo indicado, piensas si otros piensan por ti. Jamás se llegó tan lejos. ¿No estaremos precipitándonos al vacío en esa cesión de nuestra primogenitura íntima? Unos se aferran de nuevo a religiones, otros a esoterismos (de la misma familia), quien más o quien menos a revelaciones virtuales, muchos al tubo catódico por donde transcurre un mundo que parece que es pero no es, algunos a sus ensoñaciones particulares. Atomizados todos y cada uno en esferas donde lo real y lo ficticio apenas se diferencian, atados al miedo a no arriesgar otras posibilidades, atrofiados por la presión de la imaginación y de la voluntad, ¿qué cabe esperar? Individuos clónicos, luego no individuos. Reproducciones de lo que creíamos ser pero no somos. Cada vez más, los hombres vivimos en los márgenes de la vida. Nos creemos el centro de ella, pero nos automarginamos. Cosificados por tanta actitud mercantil, vivimos para hipotecas, créditos, plazos fijos, acciones bursátiles, cesta de la compra. Y todo está siendo vertiginoso. Quisiera uno creer que no es inevitable.



(Fotografía de Isabel Gómez)

martes, 5 de octubre de 2010

La piña



De pronto, aquella piña. Abandonada a su suerte.

(No puede evitarlo. Una piña caída le enternece. Por cuán poco se afecta)

Una piña caída tiene a sus ojos mucho de orfandad. Pero en este caso de extinción. Extraviada del resto de las piñas. Ajada. Deplorablemente abierta. Inodora. Descolorida. Desprendida de su propia textura. Hay algo agónico en ella. De un tiempo que no se recupera. La traición de la temporalidad. También de choque con los elementos del entorno que la han cercado, derribado, avasallado. Una vez fue útero y por lo tanto hábitat de un fruto delicioso. Pero aquello quedó atrás. Ahora es una piña exclusivamente destinada a su consunción en la hoguera. Al final, nacer es terminar en fuego ajeno. Tal vez ni eso, y sólo se trata de una piña decrépita arrastrada por el viento entre los ásperos arenales de pinares. Consumirse por el camino. Perdida la esencia de permanecer firme en su constitución blindada, la piña se ha abandonado a su suerte. Ha hecho dejación de su propia fortaleza. Acontece un pingajo, un esqueleto. La materia es implacable. No entiende de milagros literarios. Sí de metamorfosis. Se transciende en una mano. La piña es una mano. Una mano que clama, que sujeta el viento, que enjuga las lágrimas de todos los hombres caídos. La piña, la mano, va encontrando entre dunas, pedregales y pantanos las huellas de todas las piñas, de todas la manos, que antes fueron cuerpos. La piña, la mano, un rostro, miles de gritos que nadie escucha. La nada no suena. El silencio gime pero nadie recoge sus suspiros.

domingo, 3 de octubre de 2010

Magma


En el sueño depositaba su mano
sobre el abdomen de fuego de la mujer.

Al despertar
la mano le ardía.

La deseó desde su vacío.




(Imagen fotográfica de Emil Schildt)