
"Solamente es feliz cuando lee. Más feliz es todavía cuando escribe. Pero el colmo de su felicidad consiste en leer algo que aún no sabía"
(Elías Canetti, El corazón secreto del reloj)
Decía Wallace Stevens en uno de sus aforismos, que "en poesía debes amar las palabras, las ideas y las imágenes con toda tu capacidad de amar lo que sea".
Tal vez la poesía exige, más que cualquier otra forma de expresión literaria, una voluntad de amar. Todo lo contrario al seguimiento lineal de un relato, a la ejercitación del razonamiento, a la aventura de dejarte llevar por el desarrollo secuencial de una historia. La voluntad de amar se manifiesta por el impulso. No sé sabe por qué. La poesía, como el amor, no pregunta. Te va o no te va. Te arrebata. Dejas de estar en ti. Entras en ella o la ignoras. Si te atrae inicias el compromiso del descubrimiento. Rige la intuición, el afán, una sensorialidad de las palabras. Hay una especie de actividad de feromononas también en la relación entre la poesía y tú. Cuando entras en ella, te sientes como el guijarro que has tirado y que traza círculos concéntricos sobre las aguas del arroyo. No flotas en un plano único, sino que te sumerges en todas las dimensiones que van superponiéndose o infraponiéndose en sus trazados misteriosos.
Has entrado y nunca saldrás. Como en el amor, perderás la voluntad pero enriquecerás en percepciones. Éstas pueden suponer goces, pero también malestar, contradicción, enfrentamiento. La poesía resulta ilimitada: tú, lector, pones los límites. Ni siquiera el autor ha considerado todos los significados de su redondez, de su pretendido acabamiento. Más allá de lo estrictamente formal, la expresión poética se nos muestra como los fuegos ocultos en el sotobosque que, cuando el fuego exterior parece ya apagado, se transmiten bajo la tierra de tu alma y reverdecen con ígneos bríos prendiendo nuevas arboledas. La poesía, como el amor, no sólo te habla de la vida, de la experimentación, del compartir. Habla también del fin, y de cómo pones a prueba tu propia capacidad para adaptarte al acontecer de las edades y finalmente al ocaso.
El poeta español Arcadio Pardo opina que "alguna vez ocurre que uno se pregunta por qué y para qué y para quién escribe. Y sus respuestas le llevan a palpar, a presentir, a materializar lo que es lo único cierto, su propio morir. La poesía se alza a la suprema pretensión de superar el morir y de sobrevivir más allá de las lápidas borradas...Puede ser que por eso mismo, la poesía sea una ambición de conocer, de buscar, de investigar en las claridades y en la oscuridad. En suma, una exploración y una interpretación que se ejerce sobre los horizontes presentes o pasados, o aún no sidos, pero también sobre su propio lenguaje. Otro misterio: de quién hereda el poeta, de dónde procede su lenguaje mutante, siempre actual y vivo, de semántica múltiple y cambiante, subversivo y a menudo rebelde a la norma, liberado de la conciencia, narrante, significante, que se funde y confunde con lo que es poesía."
Y nada mejor, que decían los didactas, que un botón de muestra de este poeta, un poema extraído de su libro Travesía de los confines (Ediciones Tansonville, 2001)
TE TENGO DEVOCIÓN
Te tengo devoción que me humedece.
Creo que te venero desde un lejano instinto.
Presumo entre renglones tu espeso sufrimiento,
más que la ruina del amor, más que eso.
Más que saber que te morías, más.
Pero subiste al carro tu ya casi agonía.
Sacaste fuerzas para firmar aquello. Y fue
firmar tu sepultura, también desvanecida.
He ido a verte a esa charca de tierra para muertos,
al pesebre roído, al destruído suelo.
Debes ser una muerta sin sitio. Y me regreso
como si todo el cielo se encapotara.
Ahora me parece que te vienes, te acercas,
merodeas, me miras y no sabes quién soy.
Me ves en el zaguán de tu casa y me miras
quién es éste y de dónde que se ha venido aquí.
Me espías y me quieres y no sabes por qué.
(Se acompaña, porque sí, la impresionante fotografía de Tina Modotti. ¿Poesía visual? El hombre de la otra foto es Arcadio Pardo)
"La masa de perdición, he aquí el pecado del orden y si la masa ha invadido todo, contaminado todo, marchitado todo, infestado todo, ofuscado todo, lo ha vuelto todo peor que el caos mismo hasta el punto de volver el caos más deseable, es porque el orden tenía necesidad de ella"
En estos tiempos de masa más diversificada, polifacética y urgida que nunca las palabras de Albert Caraco toman un carácter directo y hondamente profético. La masa a través de la historia ha cumplido disintos papeles: un papel de mano de obra barato, otro de votantes susceptibles de ser arrastrados a las más lacerantes aventuras , otro de composición sangrante de ejércitos y ahora uno neurótico y competitivo de consumidora sin límites. La masa existe para ser utilizada en todo aquello que vaya en la línea de producir y proteger beneficios, no tiene otro fin. La masa es la otra cara del Becerro de Oro. Para Caraco, no hay duda de que está consagrada al Orden:
"El orden, al que nosotros servimos y que nos envía al suplicio, el orden necesita productores y consumidores, no hombres enteros, los hombres enteros lo incomodan, preferirá siempre los engendros, los sonámbulos y los autómatas, su crimen está ahí, el orden es a la vez pecador y criminal..."
Ha sido un descubrimiento intenso y cautivador de fin de semana. Echarse a la coleta una primera lectura (inmediatamente el cuerpo exige una segunda exégesis, aunque no es cosa de hacerlo de inmediato) de su Breviario del caos (Editorial Sexto Piso) fue una manera para este blogero de limpiar la mancha de mora con mora, arriesgado ejercicio del que puedes salir más pesimista o tal vez purificado.
Albert Caraco es uno de esos pensadores con vida forzadamente viajera, erudito y con su punto francés, que prácticamente desconocemos en España. Como en el cuento, se puede decir que de Constantinopla (Caraco nació allí en 1919, pero es uno de los hijos de la diáspora del siglo veinte) viene un barco cargado de...epigramas pesimistas, de aforismos deseperanzados, de remates existencialistas radicales. Su Breviario del caos podría ser objeto de convertirse en una guía de nuevos jóvenes rebeldes, pero ¿estarían hoy los jóvenes por la labor? Porque el radicalismo de Caraco, aunque en la forma diríase que es provocador, machacón, que recuerda constantemente el perfil del animal político susceptible y salvaje, no es un radicalismo de antes de la revolución, sino de la vuelta de la vida, de la comprobación y de quien no quiere que le engañen más. En este sentido lo sugiero como faro para viejos rebeldes, que no rendidos.
Son objeto especial de crítica por parte de Caraco la familia, la natalidad y su consecuencia desmesurada, la superpoblación, la masa irredenta, que él llama muy inteligentemente la masa de perdición, las religiones, los valores morales, los intelectuales que entran al juego de estos o no saben responderles con contundencia, los nacionalismos, el Estado, la ignorancia, ladestrucción del planeta...
"Ninguna espiritualidad prevalecerá sobre la biología y sobre la ecología, todos los religiosos están superados, no hay ninguna diferencia entre los hechiceros y los sacerdotes, somos tan despreciables por ir a consultar a unos como por tener respeto hacia los otros. Las leyes de la naturaleza se burlan tanto de los exorcismos como de de las oraciones y ahora que se aprende a conocerlas mejor, se vuelve criminal infringirlas y doblemente si es por amor a los segundos. La negativa de hacer sacrificios a los dioses y de honrar a sus sacerdotes, en realidad ya no hará morir a nadie, pero la ignorancia de la ecología y el desprecio de la biología preparan a la especie entera el futuro más trágico. Nuestras religiones son pestes y los poderes que los apoyan conspiraciones de envenenadores, nuestra espiritualidad no es más que una masturbación de las facultades mentales, en adelante necesitaremos todos nuestros recursos si queremos reconsiderar el mundo, un mundo donde el hombre sea el único amo de la vida y de la muerte, el único, digo yo, que se me entienda bien, ya que la coartada metafísica acaba de expirar y no podemos ocultarnos tras nuestra impotencia"
Lo que puede parecer un Breviario de la desesperanza, donde el caos y la muerte se citan y recitan hasta hartar, resulta un acicate y un estímulo. No puede haber contemplaciones con las falacias, lo improbado y lo superado por las demostraciones. La obra puede parecer, en fin, obsesiva, recurrente, a veces reduccionista (aunque creo que formalmente a propósito) Es el subconsciente colectivo el que queda abierto en canal por la cuchilla de Caraco. Establezca cada cual las conclusiones cuando se haya aproximado a su lectura.
"No lo guardo rencor al hombre común, cada vez más indiferente y que se estima satisfecho porque la industrialización le procura las apariencias de la felicidad, aunque sea de manera provisional."
(Las pinturas de aspecto tribal son de Louis Soutter)
Hoy sí, hoy hay más sospechas de que el otoño empieza a ser un hecho. Esta mañana había hojas amarillentas sobre el asfalto, y el viento hace encogerse el cuerpo y las nubes impiden la mirada lejana. Huele a humedad. Los árboles se sienten ufanos todavía, carcajean neciamente desde su frondosidad ya tocada. Y hacen como que no lo saben. Y luego, el espíritu, es decir, la actitud. Un comportamiento quebradizo, el entumecimiento que causan ciertas dudas irresueltas, alguno de esos despiste cíclicos que han acompañado al hombre toda su vida.
El hombre, en su madurez, recuerda siempre con sarcasmo algunos de sus indescifrables episodios de desorientación que han jalonado sus edades. Recuerda uno especialmente manchoso. Infancia en un colegio de una ciudad de provincias hacia los últimos cincuenta. Varios niños, bajo la indicación y tutela de un profesor religioso llenan los tinteros de loza de cada pupitre. Nuestro hombre niño va volcando la botella de tinta. De pronto se abstrae, desaparece de su mente el acto, sigue llenando un tintero que rebosa y la tinta escurre por el pupitre. En aquel momento descubre que su mundo, aun siéndolo, no es de este mundo. Un lapsus para algunos, un arrebato misterioso para él mismo. Hoy, sus deslices siguen manifestando su naturaleza arcana. Sus errores no entrañan intención. Sólo que a veces vuela. Hoy, muchos años después, cuando la tinta derramada por todos los hombres sobre el mundo es superior y más densa que la volcada por su leve irresponsabilidad, descubre un texto del inclasificable Cioran y lo recita:
ORACIÓN AL VIENTO
Líbrame, Señor, de ese gran odio, del odio del que brotan los mundos. Calma el agresivo temblor de mi cuerpo y afloja mis agarrotadas mandíbulas. Haz que desaparezca este punto negro que se enciende en mí y se extiende por todos mis miembros, haciendo nacer de la infinita negrura de mi odio una mortífera llama de las brasas. Líbrame de los mundos nacidos del odio, sálvame de la negra infinitud bajo la que mueren mis cielos. Enciende un rayo de luz en esta noche y que salgan las estrellas perdidas en la densa niebla de mi alma. Muéstrame el camino hacia mi mismo, ábreme una senda en mi espesura. Desciende en mi con el sol y da comienzo a mi mundo.
La luz es tenue en este atardecer lento. Queda conjurar las melancolías con ayuda de las palabras. Queda salvarse del naufragio con el razonamiento, por muy esforzado que éste sea. Y mantener ágil la intuición. La misma que nos descubre la intrínseca belleza del otoño.
Lo terrible e hipócrita de los conflictos interreligiosos es que ocultan problemas mucho más graves, como por ejemplo, la situación endémica de subdesarrollo, la negación de las libertades y los derechos humanos, la infravaloración de la mujer, la persistencia de regímenes autocráticos. Que no nos vengan unos y otros tirándose los trastos de sus divinidades y de sus libros sagrados a la cabeza, porque las disputas entre fes no pasan de ser riñas familiares, donde todos comparten la primogenitura pero riñen por el plato de lentejas.
A mi me pasa un poco últimamente como a Silvio Rodríguez, que todas estas historias me hacen soñar con serpientes. ¿Recordáis la canción? Su texto decía así:
Sueño con serpìentes, con serpientes de mar,
con cierto mar, ay, de serpientes sueño yo.
Largas, transparentes, y en sus barrigas llevan
lo que puedan arrebatarle al amor.
Oh, la mato y aparece una mayor.
Oh, con mucho más infierno en digestión.
No quepo en su boca, me trata de tragar
pero se atora con un trébol de mi sien.
Creo que está loca: le doy de masticar
una paloma y le enveneno de mi bien.
Oh, la mato y aparece una mayor.
Oh, con mucho más infierno en digestión.
Ésta al fin me enguye, y mientras por su esófago paseo,
voy pensando en qué vendrá;
pero se destruye cuando llego a su estómago
y planteo con un verso una verdad.
Me voy a la cama, a ver si al menos hoy sueño con sílfides.
Puede ser el efecto otoñal, ese reflejo de nubes y de brisas que contrastan los cuerpos y las conductas, y que acaso obra también sobre las lecturas. El caso es que vas a los estantes y crees tomar un libro a ciegas. No sabes por qué lo haces, por qué tomas ése y no otro. Te sientes caprichoso. Sospechas de un sexto o séptimo sentido, el que te orienta sin saber dónde diriges tus pasos. Tratas de racionalizar y piensas que es el subconsciente sabio el que te guía, porque algo permanece rondándote del sueño desde la noche, o porque algún comentario suelto se ha mantenido en un rincón de tu memoria sin mayor esfuerzo, o porque el cuerpo te zahiere y te echa un pulso y tú buscas la pócima que comparta contigo desasosiegos.
Hoy puede que haya cogido el volumen de la poesía completa de Pizarnik por simple azar. Puede. No tienes un acceso especialmente intenso de melancolía, te dices, no te consume la desesperanza, te repites, no buscas la fraternidad del marcado por su propia sentencia, devaneas. Simplemente ocurre que hace tanto tiempo que no lees algo de Alejandra. Y sin embargo temes encararte con sus letras. Y te pones en guardia a las primeras páginas que hojeas. Y algo agrio te sube desde las zonas hepáticas cuando percibes la dureza de su particular encono con la vida. Pero luego te entregas y te enajenas con Alejandra porque lo dice todo con esa especialísima belleza de la síntesis...
"No el poema de tu ausencia,
sólo un dibujo, una grieta en un muro,
algo en el viento, un sabor amargo."
Y luego te contagia ese aire de plegarias malditas que invoca para sus propias conjuraciones y exorcismos:
"Del combate con las palabras ocúltame
y apaga el furor de mi cuerpo elemental"
¿No tienes la sensación de tener delante un libro de horas laico que abras por donde lo abras te hace meditar sobre esa extraña mixtificación llamada existencia y sus dudas?
"la muerte se muere de risa pero la vida
se muere de llanto pero la muerte pero la vida
pero nada nada nada"
Una fragua, un magma, un infierno, úsese la metáfora que se quiera, el mundo de palabras de Alejandra Pizarnik te mellan, te vinculan y prenden tus débiles rescoldos, y la lees en alta voz, para que los pulmones y la garganta se impliquen en sus quejidos, para que interpreten sus palabras los tuyos...
"Escribir es darle sentido al sufrimiento. He sufrido tanto que ya me expulsaron de otro mundo. Escribir es darle sentido a nuestro sufrimiento"
Estas letras del final de su vida las deja en herencia a todos los sucesores del agobio.
Incluso en los días obligatoriamente señalados por la religión mediática conviene leer (otros textos) contemplar (otro paisaje) ignorar (la publicidad de las conductas) advertir (otras perspectivas) Y humedecer la sequedad de los cerebros con otros sarcasmos. Es lo que hago cuando me siento asqueado o inquieto o simplemente desanimado: cojo las palabras ingeniosas de Ambrose Bierce, o los aforismos lacerantes de Karl Kraus, o las exageraciones malvadas de Max Aub o las greguerías surrealistas de Gómez de la Serna, y me baño en ellas. Héte aquí que hoy sonó la flauta por casualidad del demoledor vienés, Kraus (inter pares) y me regodeo hasta la oxigenación total con este texto:
"En un cuarto con vistas al mar, me despertó un coral la primera mañana. Un ruido de resaca y sermones; ya no sé cómo volví a dormirme y soñé con cruzadas. Abajo arrebataba al pueblo Bernardo de Clairvaux. Sonaba repetidas veces algo así como Spondeo y Benedicamus Domino. Luego, sorda e incomprensiblemente, como en el día del juicio final, la exclamación <¡Porelebá, Porelebá!>, que me sacó del sueño. Era como el puño alzado de una multitud fanática entre ayes y furias. Y sin embargo una voz, penetrante y entonada, se quejaba sin cesar voz del alma, un poco acobardada, subía al cielo una acción de gracias, y una voz cantó <¡Excelsior!> De pronto -no sé qué me pasó- soltó alguien <¡Salchichas de Frankfurt!>, y exclamó, como si apartase de mi frente las tinieblas de la Edad Media: <¡Nueva Prensa Libre, Nuevo Diario de Viena!>. Abrí la ventana y dejé entrar a chorros el milagro de Dios."
Disfrútenla ustedes, de análoga manera a como yo lo hago, que no paro de regocijarme. El estilo formal que tenía Kraus de plantear los temas, incluso con la excusa onírica que hay en este texto, hace que sus argumentos se refuercen en el calado de sus contenidos. Es como si los tiempos (no sólo los de la imbecilidad, sino también los del ingenio y los de la clarividencia) no pasaran. Yo, ahora mismo, no me creo estar leyendo un comentario irónico anterior a 1936. A Karl Kraus me lo imagino incluso clickeando y enviando por email su contribución, eso sí, a su propio periódico, La Antorcha.
Leer a Thomas Bernhard siempre es un ejercicio esforzado, donde densidad y genialidad se combinan para sorpresa del lector. Su estilo, o te gusta o no te gusta. Pero como te haya cautivado una vez te arrastra para siempre. De paso por su obra El malogrado me topo con este párrafo apasionante:
"Hemos encerrado a los grandes pensadores en nuestros armarios de libros, desde los que, condenados para siempre a la ridiculez, nos miran fijamente, decía, pensé. Día y noche oigo los lamentos de los grandes pensadores, que hemos encerrado en nuestros armarios de libros, a esos ridículos grandes del espíritu, como cabezas reducidas tras el cristal, decía, pensé. Todas esas gentes han atentado contra la Naturaleza, decía, han cometido el crimen capital contra el espíritu, y por eso son castigadas y encerradas por nosotros para siempre en nuestros armarios de libros. Porque en nuestros armarios de libros se ahogan, ésa es la verdad. Nuestras bibliotecas son, por decirlo así, establecimientos penitenciarios, en los que hemos encerrado a nuestros grandes del espíritu, a Kant, como es natural, en una celda individual, como a Nietzsche, como a Schopenhauer, como a Pascal, como a Voltaire, como a Montaigne, a todos los muy grandes en celdas individuales, a todos los demás en celdas colectivas, pero a todos para siempre jamás, mi querido amigo, hasta el fin de los tiempos y para la eternidad, ésa es la verdad. Y ay de él si uno de esos criminales capitales se da a la fuga, se escapa, inmediatamente se le liquida y se le deja en ridículo, por decirlo así, ésa es la verdad. La Humanidad sabe protegerse contra todos esos, así llamados grandes del espíritu, decía, pensé. Al espíritu, donde quiera que aparece, se le liquida y se le encierra y, como es natural, siempre se le tacha enseguida de falta de espíritu..."
Un laberinto conduce a otro laberinto, ¿o se trata siempre del mismo? ¿Hay salida de él? ¿Alguna vez solicitamos entrar? ¿Fue nuestro pasaporte aquellos primeros vagidos perdidos en la urgencia de la vida? No siempre son los vericuetos del laberinto tan verdes ni tan modelados ni tan suaves como los de la fotografía. Las representaciones artísticas de los laberintos han sido con frecuencia bastante lineales y esquemáticos. Los locos los imaginan mejor: revueltos, insondables, perturbadores, procelosos, deconstruidos. Allá cada viajero en su laberinto. Borges:
No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Que tercamente se bifurca en otro,
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida
Del toro que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña
De interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera.
El reloj, los raíles cubiertos por la nieve del invierno, el particular himno de Cernuda, el momento tierno y quebradizo en el que el blogista se sumerge esta noche...Disculpen mi hora tierna; fue un desliz protector.
Siempre tengo la sensación de que el espíritu burlón y la sorna desenfadada que el escritor Hasek recrea al narrar las aventuras del valeroso soldado Schweik subyace en las situaciones de los protagonistas de Hrabal. Y se apura en un estoicismo latente y silencioso, que se muestra más cínico y sutil en Hrabal. Y así, leyendo La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo uno se deja llevar por la magia del narrador infantil, donde los ojos del niño charlatán y metomentodo se proyectan en una descripción de adulto y levantan un rico universo desde el territorio supuestamente diminuto donde cohabitan unos personajes familiares que son un reflejo de espacios más amplios.
En la cotidianidad nunca hay tiempos estancos, pero los individuos sí pueden vivirlos. Son justamente aquellos en que los hombres comprueban que las etapas de la vida en que fueron o se creyeron ser algo se diluyen, por la manifestación inapelable de los acontecimientos históricos que se van sucediendo, y los nuevos tiempos no les dan cobijo ya, al menos no de la misma manera. La edad ya es en sí misma una desubicación.
"...Y en ese momento glorioso mi padre sentía que había vivido toda su vida para ese instante preciso, que haber sido contable, luego gerente y al final director general de la fábrica había sido un error, desde el principio debería haber sido chófer, su entusiasmo por los motores tomaba ahora una dimensión profesional, se sentía como alguien que durante treinta años escribe poemas y novelas sólo para guardarlas en un cajón, un escritor de domingos por la tarde, que decide acabar de golpe y porrazo con su trabajo para dedicarse plenamente a su vocación..."
La vida es helicoidal, sin duda. Aquí las gentes ¿suben o bajan? Posiblemente, suben y bajan. Es decir, que todos y cada uno de los peregrinos se ejercitan en las dos direcciones. Ah, pero la vida ¿no era una dirección única? Tal vez ahí resida la clave de esta especie de zigurat en movimiento: que aun sabiendo los humanos que la translación de la existencia real en materia de tiempo es inapelablemente monodireccional, se ejecutan este tipo de exorcismos o de tientos puramente simbólicos. Lo cual nos lleva a reflexionar sobre la necesidad que los individuos y sus sociedades tienen de estar continuamente representando, soñando, fingiendo. Y lo hacemos no sólo sugiriendo rituales y ceremonias y espectáculos de todo tipo, sino diseñando laas ciudades y los hábitats y las instituciones y las artes y los más insignificantes objetos con tal fin.
El parecido con aquel monasterio dibujado por Cornelius Escher es obvio. Escher creaba imágenes con truco, donde la sensación de subidas y bajadas se confundían en los pasos de los monjes encapuchados que van y vienen hasta no saber muy bien si vienen o van, a base de generar el movimiento sobre un mismo plano y jugar con él y con el ojo del espectador. ¿Tomaría Escher como referencia los comportamientos que la humanidad viene teniendo desde el principio de los tiempos? Sin duda. Los humanos de la fotografía de la torre helicoidal prefieren sentir físicamente el desafío del esfuerzo, del aire y del vacío que aparece a su vera. No les basta una estampa, necesitan convertirse ellos mismos en una foto fija, algo tan viejo como los significados de los laberintos. Sólo que estos tienen una proyeccción más rica iconográfica e intencionalmente. La idea del combate con la vida, es decir con la temporalidad y los elementos dificultosos, en el significado del laberinto rompe la linealidad de la torre de los musulmanes y del monasterio de Escher. Pero el tema es suficientemente precioso y enriquecedor como para dejar el devaneo sobre el mismo para otra ocasión.
Escucho Le voyage de Sahar, con las afinaciones acostumbradas y embargantes de Anouar Brahem, en esta ocasión más minimalista. Y contemplo el Mediterráneo de nuevo, tal que si fuera aquel día. Amparado por la sierra de Tramuntana, el mar se manifiesta como la prolongación del valle y de las calas. A la línea del cielo le hacen guiños las nubes y convierten el piélago en más terrenal. Quiere quedarse con los olivos y los cipreses y las higueras y el manojo de casas de Deià.
He subido y bajado las cuestas del pueblo, después de husmear por la vieja casa de Robert Graves, convertida al fin en museo, tras la bendición del cacique oficial de las Baleares y la imagen márketing de los Douglas. Deià es un lugar que se mira en un espejo. Si lo contemplas desde fuera, cuando llegas, el caserío te parece hermosísimo. Si miras el entorno campestre desde la población su belleza te supera. Todas las poblaciones tendrían que ser así, se me ocurre de pronto en un arrebato ingenuo. El finito lo pone la llegada a lo alto, donde adjunto a la iglesia el cementerio te recibe recoleto y humilde, y a la vez desplegado como un sencillo y espléndido mirador. Fue desde este punto desde donde fotografié el espacio que abandonaron los dioses cuando se saciaron. Antes, una emoción. Toda la vida oyendo hablar de Graves, leyendo a su Claudio, a su Mesalina, ensoñando con su vulgarización de los mitos griegos, divirtiéndome con la serie televisiva de la BBC en la que el actor Derek Jacobi era un Clau-Clau-Claudio redivivo, intrigándome con su larga e interrumpida (por la Guerra Civil) estancia en Deià. Y ahora, Graves estaba allí in corpore sepulto. Sencillo cuadrado de cemento, su nombre escrito a mano, unas plantas colocada por peregrinos anónimos.
Contemplo la sierra y el mar desde un cementerio casi marino casi terrestre casi divino. La sorpresa de encontrar allí mismo modestas tumbas de artistas, de músicos, de pintores, de ímprobos buscadores de la armonía o de simples romeros en pos de su paz interior. Tomé una flor de la tumba de Graves. Arranqué una rama de olivo. Me traje una hoja de una fértil higuera. Pequeños símbolos que cuando mis dedos los tocan palpan algo del cielo.