.

.


La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








miércoles, 6 de septiembre de 2006

La hora tierna

La hora no existe ya. Se quedó colgada ahí, como una calcomanía testimonial. La hora fue exactitud mientras el jefe de estación medía la puntualidad o el retraso de los mercancías. De manera semejante quedaron los raíles que desfilan a sus pies, cubiertos de yerbajos y oxidándose por causa del abandono paulatino e inclemente. Los raíles fueron siempre un acero duro, dotado de sonido y de eco propio, mientras el roce de los trenes los pulía hora tras hora.

No me cabe duda de que el tiempo mora en su peculiar orfandad, de manera paralela a como lo hace en el pragmatismo de cada día, que damos como lo único real, identificando erróneamente una vez más lo visible, y sobre todo lo visible que se considera objeto de triunfo, con lo real existente. El tiempo habita más allá y más acá del pragmatismo y del reconocimiento de lo medible. Vive en la misma memoria, en lo marginado, en lo desusado, en lo olvidado. Ángel exterminador unas veces, usurero de vidas las más de las ocasiones, el tiempo retuerce los esquemas de los individuos y desmonta las débiles aunque presuntuosas estructuras de las vanidades.

Hay muchos paisajes, espaciales o temporales, que nos transmiten nostalgia, pero ¿existe alguno que a cierta gente nos torne más melancólicos que una estación de ferrocarril abandonada? Hoy nos sentimos traicionados por un pasado que no se supo o no pudo defenderse. Trenes y viajeros se han conjurado siempre para deslumbrar con la mística del viaje, conectando los lugares profundos con los territorios lejanos. Pero de eso, ¿qué queda? Sólo la incuria, apenas disputada por los fantasmas testigos, como los raíles, como el reloj.


Y uno, para romper el punto de debilidad que no conduce sino a la angustia y a la nada, va a la estantería, toma un libro y se estremece una vez más con la belleza del poema de Cernuda, aquel DONDE HABITE EL OLVIDO, buscando reconfortarse y sentir la calma.

Donde habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.

El reloj, los raíles cubiertos por la nieve del invierno, el particular himno de Cernuda, el momento tierno y quebradizo en el que el blogista se sumerge esta noche...Disculpen mi hora tierna; fue un desliz protector.


8 comentarios:

  1. Estupenda hora tierna Fackel. Sí, el tiempo habita más alla de lo medible (precioso)

    ResponderEliminar
  2. Me llama la atención este tema y este blog. Es evidente que cada persona tiene sus referencias nostálgicas, que no sólo es cuestión de movimiento entre lo que se tuvo y se dejo de tener. Las referencias exteriores, físicas, son como una activación de la memoria, independiente de si fueron tiempos más o menos felices. Y lo que resulta patético es encontrarnos con residuos vivos, es decir, que no cumplen función adaptada a estos tiempos, pero que se exhiben por inercia o porque la fuerza demoldeora de los planes inmobiliarios no ha llegado todavía. Pero rescato el valor de la nostalgia. El día que no existan señas físicas tampoco nos abatiremos, pero será peor, porque habremos perdido también nuestra señas identitarias, ¿no? Saludos y bien por la muestra.

    ResponderEliminar
  3. Cernuda es impresionante, Fackel. Recomiendo releer periódicamente el libro La realidad y el deseo. Ahí está toda la quintaesencia de la angustia vital, y sobre todo del amor. Ha sido estimulante que lo vinculases con tus estaciones de trenes.

    ResponderEliminar
  4. Lo que son estimulantes son vuestros comentarios. La visión de los objetos desaparecidos o en trance de tal(el paisaje lo es también) denotan siempre otra utilización superior por nuestra mente y no menos práctica que la legión de pequeñas y grandes y desproporcionada construcciones para uso variado, múltiple y a veces indescifrado, que acumulamos en nuestras viviendas. Uno no puede vivir sin asociar. Los objetos tienen siempre otro valor, no sólo el inmediato y pragmático, o el económico, sino que nos vinculan con tiempos, convivencias, situaciones más o menos felices. ¿Os habéis dado cuenta que hoy día se tira cada vez menos cosas? Sobre todo si se trata de familias mono o de a dos o con escasos hijos. Los objetos se han incorporado a nuestras vidas con una extraña, nueva y hasta peligrosa acpción: la recreación del rcuerdo. A veces me parece estúpido o al menos imprudente, pero buscamos raíces en ellos. Chocante, ¿no?

    Gracias a todos por vuestros comentarios.

    ResponderEliminar
  5. ¿Y por qué no permitirnos el lujo de quedarnos un momento ingrávidos en ese segundo que no nos conduce a nada. ? ¿Por qué tiene que tener un destino que no sea entregarse al desquiciado ardor de la memoria o al dulcemal trago del olvido?

    Detesto las despedidas y las estaciones de tren, pero qué belleza aguardan entre las traviesas. Y huyen las horas, los exactos minutos en que pierdo mi tren una y otra vez. Huyen los trenes, las palomas sobre los andenes, pero usted, Ulises, siga bañandose en esas aguas, permítase (y permítame)ese instante de hora tierna en el que uno vuelve atrás como al vientre materno,y dejemos que el tiempo sencillamente y tiernamente suceda mientras me detengo en los mercados de fenicia.

    ResponderEliminar
  6. Cierto, Paralelo49, cierto. ¿Por qué no esa ingravidez? Pero es que esa ingrvidez la he vivido centenares de veces. De pequeño, mi padre me llevaba de paseo todos los domingos a la estación de ferrocarril, a la que estaba en activo, no a la de la foto. Llegaban algunos trenes, pero nosotros nos tomábamos ninguno. Veíamos el ajetreo y yo me quedaba absorto contemplando el panorama de las vías. Los trenes se alejaban los raíles huérfanos, las traviesas silenciosas. ¿Qué habrá más allá? ¿Habrá fin tras esse trayecto infinito? Preguntas de un niño ante lo desconocido. Hoy sé poco más. Yo también sigo perdiendo trenes y sigo esperando. Ulises viaja, sí, busca, sí, pero también sigue esperando. Y mientras, el recurso a la ingravidez, permanecer en calma chicha. Gracias Paralelas.

    ResponderEliminar
  7. Raíles huerfanos...

    tu foto me recordó a Julio

    si veo algún niño en mi próxima estación le preguntaré si será Ulises, si en sus bolsillos guarda el camino a casa.

    ResponderEliminar
  8. Eres sorprendente, P49, me remites siempre a algo análogo. Me gusta. Ese participar con otros -poetas o diletantes- de entusiasmos que hunden sus raíces en la niñez, me gusta. El tren: metáfora de un tiempo. Con los avances tecnológicos ¿surgirán otras metáforas vinculadas al viajes/ al medio del viaje? Vayamos a saber. La nave de Ulises es mucho más antigua, y mire por dónde, P49, la seguimos navegando. ¿Por qué crees que el niño Ulises guarda el camino -el retorno- en su bolsillo? Los pequeños objetos que metíamos en los bolsillos, ¿eran símbolos de destinos?

    ResponderEliminar