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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








viernes, 22 de septiembre de 2006

Coloquio de ventanas


Éranse que se eran unas ventanas encopetadas. De sus marcos solemnes podría inferirse que pertenecían a un edificio noble o acaso sólamente predispuesto a la imitación. Si no fuera por las troneras abiertas que nacen del propio ventanal, diríase que la vieja y augusta Europa desfila ante ellas. ¿Y no era así?

Esos ventanucos modestos y sorprendentes les ponen un toque de desenfado que les hace más callejeras. Porque viéndolas de tal guisa, solitarias y circunspectas, cabe hacerse tantas preguntas... ¿Hubo alguna vez gente asomada? ¿O acaso la gente sólo permaneció agazapada tras ellas? Ese aire señorial, ¿oculta tras su severa linealidad un palacio? Ese gigantismo aparente de las molduras, ¿revela una presuntuosa oficina pública? Las ventanas observan y, aunque altivas en su compostura, escudriñan también. ¿Qué han contemplado estos ventanales? ¿Paradas militares, protestas cívicas, paseos de transeúntes pacíficos, algarabías infantiles? ¿Qué se han negado a mirar, muy a su pesar, estas ventanas? ¿Prendimientos, quemas de libros, masas tribales emitiendo consignas ciegas? ¿Qué repele al espíritu abierto de ellas? ¿El tráfago insolente de los vehículos, las discusiones violentas, el basurismo estético de las modas y los tiempos? ¿Se han exaltado estas ventanas con el paso de héroes, de exploradores, de realezas? ¿Se han enternecido con los arrumacos de los jóvenes amantes? ¿Se han conmovido con la miseria de los mendigos y entrañado con las desventuras de los proletarios de otros tiempos? ¿Se han emocionado con la ilusión hermanada de los viejos luchadores? ¿Han quebrado junto a la frustración de los sueños rotos de los hombres? ¿Se han desgastado con el silencio de los huidizos?

Hay un coloquio quedo entre ellas. Hoy hablan en azulete y alba. Como en una coyunda pactada con el cielo, la cristalera adquiere su tinte, y captura y retiene la imagen de los edificios de enfrente. La casa no es una nave varada. Las ventanas alternan sus lenguajes y según las vas dejando atrás amagan al viajero un guiño cómplice.

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