jueves, 30 de septiembre de 2021
Salomé y sus bautistas (Serie negra, 33)
martes, 28 de septiembre de 2021
Las diablas (Serie negra, 32)
Eh, chamaco, no tengas miedo, acércate. No lo tengo. ¿Ya pasaste la edad de la punzada? Sí, de sobra. No tengas miedo, no nos comemos a nadie. No, señora, no es eso. ¿No has estado nunca con una mujer? Ya ves que no, Mina, por la manera de reaccionar el chico se nota que anda perdido. Déjalo, si no quiere es que no quiere. Seguro que quiere. ¿A que quieres? No sé. Déjale, ya vendrá cuando esté más seguro. ¿Te asustas de nosotras? No, señora. ¿No nos ves normales? Sí, señora, pero...Vaya con el pinche, ya te veo que de sincero nada. Hay una chica más joven, no lleva mucho tiempo, pero esa te enseñaría poco. ¿La prefieres? No sé, nunca he sabido. Que no le insistas tanto, que a la fuerza nada, Mina. Anda ve por la vereda, chavo, que hoy no es tu día de estrenarte. Pero es que...¿Es que qué? Si no pruebas no sabes. Si no sabes harás el ridículo entre tus amigos. El ridículo te marcará y los otros pensarán que...¿O te has creído lo que te contaron del pecado? Yo entiendo que no quieras pecar, pero aquí uno no peca, aquí uno se pone a rodar. Míralo de ese modo, chavo. Además esto te conviene para ser un esposo hábil y comprensivo algún día. ¿O cómo crees que empezó tu padre? Deje de lado a mi padre, señora. No te me pongas bravo, cuate. Dejado está, no vaya a ser que lo conozca. ¿Te avienes o no te avienes? Es que no me llegan los pesos. ¿Andas apretado? Todos con la misma historia. Eso se arregla. Tú nos dices de lo que dispones y nosotras te proporcionamos el artículo a la medida. Pero, ¿y la otra? ¿La otra? Mira que sois torpes los novatos. ¿Quién enseña más? ¿La maestra de toda la vida o la novicia? No se me enfade, señora, pero es que preferiría a la chava. Me han dicho...¿Cómo puedes querer lo que no ves? ¿Solo por lo que otros te dicen? La imagino, señora. Además es flaca, no te iría, se te escurriría de tan poca chicha que la sostiene. Eso no me importa. Yo tampoco soy sólido. Vaya, qué lengua de gachupín tan exquisita tiene nuestro invitado. Se te ve más animado. ¿Te vas a decidir o no? Puede. ¿Puede o sí? Pero solo con la nueva. Bueno, te diremos un secreto, la nueva no es tan nueva, pero te saldrá el servicio más caro. ¿Cómo cuánto? Ah, eso es también secreto. Hay costes que solo se pueden decir de puertas para adentro. Entonces no, mejor lo dejo para otro día. Cagón, quien no arriesga no sabe lo que es gloria. Piense lo que quiera. ¿Qué vas a contar a los amigos, que andan por ahí lucidos y desvirgados? No tienen por qué saber. En este pueblo todo se sabe, pero eso sí, nosotras somos la discreción cartuja. El buen merecer del cliente es lo primero. Y el convento siempre está abierto a nuevas vocaciones. Cerremos el trato. Miren que...¿Todavía un qué? Mina, déjalo, ya vendrá otro día. Yo me llamo Rosalía, y esta...Sí, ya sé. Aquí estaremos para hacer a otros felices, aunque nos llamen las diablas. Que tu inocencia te proteja.
(Fotografía de Henri Cartier-Bresson. Calle Cuauhtemoctzin. Ciudad de México. 1934)
sábado, 25 de septiembre de 2021
El descerebrado (Serie negra, 31)
Conocí a Jan Hraska estando yo de celador en el Hospital Central de Bratislava. Toda su obsesión era justificarse con que no podía seguir las reglas de la sociedad porque había nacido sin cerebro. Cuando los médicos le decían: tienes cerebro, siempre lo has tenido, estás cansado, eso es todo, parecía calmarse. Naturalmente los médicos no podían, ni querían, estar pendientes de él a todas horas. Delegaban en el tratamiento y en nosotros los cuidadores.
Jan me cogió cariño, acaso porque siempre me mostraba más receptivo que otros compañeros y nunca hice uso de la fuerza. ¿Tú ves que yo tenga cerebro?, me preguntaba con frecuencia Jan. No puedo ver tu cerebro, pretendía razonarle, está bien protegido por la capa craneal, lo que quiere decir bien colocado, y además si piensas, si hablas, si sientes, si comes y si percibes dolor es porque te funciona de maravilla. Quiero creerte, Karel, me decía, pero me quedaría más a gusto si alguien me abriera esta corteza -y señalaba el parietal- y me lo mostrara como en un espejo. Pero Jan, le respondía yo con un guiño de sorna, si te hicieran eso estarías muerto. No sé, insistía el hombre, tal vez sí, pero me quedaría más a gusto. Tú confías en mí, ¿no?, trataba de traerle a mi terreno. Sí, Karel, confío y por eso sé que eres la única persona que puede ayudarme a encontrar la solución. Es verdad que, como dices, siento dolor y tengo apetito y hablo, no mucho, pero hablo, y hasta juego al ajedrez con Josef, pero me parece que eso solo demuestra que soy animal de costumbres. Si tuviese cerebro trataría de seducir a la enfermera Ajmátova, pero como no lo tengo apenas sé hacer otra cosa más que coger las pastillas que me ofrece y dejarme pinchar por ella en el brazo de vez en cuando.
Así que es se trata de eso, pensé. De un truco, no sé si consciente o no, que pretende utilizar para llegar al sentimiento de la mujer. Jan Hraska, atiende, le animé. No puedes deducir que solo porque la enfermera Ajmátova no te hace caso estás desprovisto de seso. ¿Por qué no te esfuerzas en dar por hecho que eres como cualquier otro humano, y no pienses en los que están en este hospital, te vistes elegante y le propones a la Ajmátova un paseo por el jardín? Si funciona acaso otro día te permitan recorrer la vereda de los abedules. Y si todo va bien, seguro que te dejan ir acompañado hasta el café del viejo Lada. Ah, pero ahora no se te ocurra contestarme que no lo quieres hacer porque no tienes cerebro. Jan se quedó callado, contempló con gesto reprobatorio la ropa deficiente que llevaba puesta, y me habló con parsimonia pero decidido. ¿Puede, entonces, la enfermera Ajmátova ver si tengo cerebro? Puede más que eso, aproveché esa actitud positiva. Puede leértelo. ¿Y decirme lo que piensa mi cerebro, si lo tuviese, de mí mismo? Bueno, eso, Jan, tendrás que preguntárselo a ella llegado el momento.
No sé si yo tomé también el camino del absurdo, pero estaba disparado proponiéndole cualquier cosa que prendiera su atención y le sacase de la indolencia. Jan Hraska puso una cara luminosa, corrigió una arruga de mi bata y se puso en pie. Tengo que ir hasta el armario y ponerme el traje de domingo, dijo. Formidable, le aupé eufórico. Si te parece voy a ver a la enfermera para que venga en tu busca en cuanto te hayas acicalado y puesto como un dandi. Jan se quedó pensativo. Pero, ¿cómo va a leerme el cerebro la enfermera Ajmátova si no lo tengo?, y adoptó una actitud mustia. No cedí. Ella tiene sus propios métodos, ya verás. ¿Como unos rayos especiales que proyecta desde sus ojos?, preguntó cándido. Porque ella emite una mirada que me roba el cerebro. Aproveché su salida entusiasta. ¿Ves, Jan? Tú mismo acabas de reconocer que tienes cerebro y que manifiesta inclinaciones afectivas. No te equivoques, Karel, replicó. Cuando a uno le roban en su casa le privan de algún bien. Y mi cuerpo es una casa, la más íntima, mi preferida. No me había dado cuenta hasta ahora pero creo que lo que me han robado es la joya más preciada. Por eso no te preocupes, Jan Hraska, se me ocurrió ya al borde de tirar la toalla. Le di un leve empujón en dirección a su cuarto. La Ajmátova, además de tacto profesional y una espléndida mirada, tiene madera de detective.
(Fotografía del checo Josef Sudek)
jueves, 23 de septiembre de 2021
La entrevistadora en la casa azul (Serie negra, 30)
¿Y dice usted que ha venido para entrevistar al ruso? No sé si querrá. De momento está descansando. Puedo dejarle el aviso y que se ponga en contacto. El ruso lo medita todo antes de dar un paso. Piense, señorita, que su vida corre peligro desde que se vio obligado a abandonar aquella lejana tierra suya. Que no es que la abandonase, pues es un abanderado de una causa en que el mundo, aunque tiene fronteras, él lo ve una tierra única de una sola clase de hombres. Pero es lo que yo digo: entre la tierra de origen y la salvaguarda de la vida yo no me lo pensaría. ¿O hay un pedazo de suelo más seguro que sentir tus propios latidos cuando estos pueden depender de un instante? Dígame en qué hotel se hospeda y seguro que un día de estos le pasa recado. De verdad, señorita, que me da pena que ponga usted esa cara. También se la ve, por lo que me han dicho, que usted es una especie de tránsfuga. Malos tiempos estos en que gentes de allende del océano, más avanzadas que nosotros, llegan hasta aquí huyendo. ¿Que nadie está libre de que la expulsen de su patria? Eso está a la vista. O una de dos, te vendes por el plato de lentejas como aquel del libro sagrado o ya puedes ir pensando en hacer la petaca. Pinche de mí, qué cosas tengo, pretender corregir la plana a una persona que sabe lo que es andar por el mundo dando tumbos. Mire, no quiero que se quede triste por no ver al ruso. Yo estoy aquí de servicio y me debo a mis amos. Pero porque no haya hecho el viaje en balde se los presentaré. Le prevengo, eso sí, que son muy peculiares. Si tienen un buen día la recibirán con una cordialidad como si hubiese comido con ellos los fríjoles toda la vida. Si no, tampoco le negarán que recorra la casa y los patios. Seguro que no les molesta que mire y remire sus trabajos. Dizque habrá oído usted hablar de ellos, la pintura es su pasión, pero como todas las pasiones tienen sus altibajos. ¿Sabe usted que hay pasiones destructivas? Puede incluso que todas las pasiones lo sean antes o después. Ellos mismos, y esto se lo digo para que no se sorprenda, tienen días y noches de furia y de tormenta que les aleja al uno del otro. También días de entendimiento que les vuelve ausentes a los ojos del próximo. No me pida explicaciones, señorita, sobre lo que pintan. Se pintan a sí mismos, pero a la vez pintan el mundo como lo ven. Porque ellos creen que el mundo es como lo sienten. Él dice que hay muchos mundos y que quiere pintarlos todos. Ella, en cambio, calla y hace, piensa que el mundo está maltrecho y que el mensaje del dolor lo lleva dentro desde siempre y eso la guía. Ya ve qué raros son. Cosas de pintores o acaso los efluvios de las pinturas, que acaban intoxicando no solo su sangre sino sus mentes. Y luego la dichosa política, que nos vuelve locos a todos. Pero de eso no quiero hablar, ya le digo que una es solo del servicio. Así que pase. Espere un poco junto a los hermosos nopales que tenemos en el huerto. Eso sí, tenga cuidado de no pincharse.
(Fotografía de Gisèle Freund)
lunes, 20 de septiembre de 2021
El orden dórico (Serie negra, 29)
(Fotografía de Bernard Plossu)
sábado, 18 de septiembre de 2021
Gormaz, Paralelo 41
¿Qué ves desde aquí? Veo todo. Pero el todo es inmenso, ¿no? ¿Cómo puedes abarcarlo desde aquí? Sí, pero está ante nuestra mirada. ¿Y cómo definirías ese todo que ves? El todo no se puede definir. Las definiciones quedan para la parte. No es por llevarte la contraria, pero aquí hay más de una parte. Una considerable elevación, un arco de herradura, la mampostería, un paisaje agrario, el curso de un río, un horizonte que insinúa montañas, un cielo que no cesa. Tú lo dices. Eso es el todo. ¿No te basta con entenderlo de ese modo? Y aún hay más, extraviado en la neblina del tiempo. Una cultura dominadora que ordenó alzar la fortaleza, los técnicos y obreros que la construyeron, los episodios que tuvieron lugar en ella y su entorno, la llegada de otra cultura que tenía muchos ingredientes de la opuesta. Sigue siendo el todo, no obstante. Y todavía puedo indicar más partes. El acontecer, la transformación, la historia, la propiedad cambiante, otra lengua, el abandono, el olvido, y siempre el sufrimiento humano. ¿Puedes ver todas esas partes que permanecen en la oscuridad y que se encuentran aquí? Puedo ver todo. Y detrás, ¿no intuyes la bondad y la abyección, el ansia y la conformidad, la rebeldía y la complacencia, la atracción y la repulsión, el lujo y la miseria, el sencillo saber y la maldita ignorancia, el horror y la belleza, la supervivencia azarosa y la muerte insoslayable, todo cuanto ha gobernado la existencia de los hombres, fueran de unas creencias, condición y clase o de otras? No solo intuyo todo lo que citas, sino que sigo viéndolo con claridad porque son el todo, y aún rigen los corazones de los habitantes del presente. Sí, tienes razón. Me parece que yo también veo como tú. Veo todo lo demás. Lo visible y lo desaparecido. Lo que puede venir y lo que nos gustaría ver. Pero ahora permanezcamos contemplando el todo.
* Gormaz: 41º 29' 32'' N - 3º 00' 14'' O. Y pensar que quieren instalar una macro granja de explotación intensiva de cerdos por ahí abajo.
Vista desde la fortaleza musulmana, siglos IX/X, de Gormaz, Soria. Ver:
https://www.asden.org/el-valioso-y-reconocido-paisaje-del-castillo-de-gormaz/
(Fotografía de Miguel Ángel García, de Ólvega, tomada de Wikimedia Commons)
miércoles, 15 de septiembre de 2021
Cachete o caricia (Serie negra, 28)
Ahora que ha pasado el tiempo y las vidas se han venido abajo miro y me veo. Con mi uniforme negro que había admirado desde muy niño. Lo que no se me logró es la Totenkopf, y anda que no me gustaba la calaverita plateada que lucían orgullosos los cargos altos. Pero la insignia no estaba destinada a los pequeños. Qué iba a saber yo entonces de aquel antiguo emblema que sublimaba el encuentro del hombre con la muerte. Mi camarada Franz estaba a punto de llanto cuando el superhombre acarició su rostro. Yo tragaba saliva, como seguramente hacían los otros de la fila. Que te venga a animar el superhombre no sucede todos los días. Y eso es de por sí emocionante. Yo nunca había visto al superhombre de cerca y menos sonriendo. Creo que era una sonrisa de perdedor, que nadie secundó durante el breve acto, no sé si por temor a él o porque las emociones se habían convertido ya en vidrios rotos. No cundía precisamente el humor, como tampoco la esperanza. La suerte estaba echada. Nos dijeron que éramos los últimos y leales defensores. Defensores ¿de qué? ¿De la devastación? ¿De la victoria pírrica? Creo que en realidad íbamos de ingenuos y risueños. Los idealistas. Tan perdedores éramos nosotros como él, y saber esto no era para poner buena cara. Durante años habíamos puesto todos una cara programada. El rostro de los triunfadores, y lo entiendo ahora, es un rostro impostado. Porque incluso los momentos de gloria tuvieron un precio. Gestos que respondían al dictado del departamento de la Propaganda. Pero que nosotros asimilábamos, a los que dábamos nuestro acuerdo. ¿A quién no le gusta ser del bando de los victoriosos? No solo fuimos lo que quisieron que fuésemos, sino que nos gustó ser así. Al menos los primeros años. Luego...los vecindarios se fueron llenando de ausencias. Über alles...cantábamos con fe ciega. Aunque cada vez estábamos menos por encima de nadie.
Franz, ¿tú has entendido lo que nos ha dicho?, pregunté a mi amigo. Con ojos lacrimosos movió la cabeza de izquierda a derecha. Nein, y sollozó. Franz me dijo después que la mano del gran jefe temblaba. No puede ser, le dije. El jefe nunca tiembla, nunca duda, nunca se equivoca, nunca da marcha atrás. Yo no percibí la palmada como Franz. Acaso porque el que temblaba era yo y no pude sentir la misma expresión de contacto de aquella mano que siempre nos habían dicho que era inmensa. Pero la encontré pusilánime, insignificante. En absoluto digna del jefe en el que habíamos depositado nuestro presente y nuestro porvenir. Luego yo también lloré cuando el superhombre se alejó cabizbajo, sin sonrisa y con andar pesado. En ese momento me di cuenta de que mis días de adorar al hombre providencial acababan ahí.
Cuando a continuación cogimos el Panzerfaust apenas podía con él. Nunca antes me había pesado tanto. La caricia del jefe no me había nutrido lo suficiente. Lo comenté con mi mejor camarada. Las explosiones, cada vez más cercanas, las paredes de edificios que se venían abajo, el humo cegador y un aire cargado de gases que no nos permitía respirar decidieron por nosotros. ¿Crees que sirve para algo morir aquí, Franz?, y ambos, palpitantes, nos contemplamos con mirada desencajada. Nos dolía el miedo. La oscuridad llegó antes aquella tarde de primavera. Franz y yo abandonamos el arma, nos apartamos con cuidado del grupo, ya bastante disperso, y corrimos imparables. Desertando de la muerte segura e inmediata. Sin una dirección clara. Siguiendo al albur el curso del Spree, pues cuando todo está perdido solo un río puede conducirte al origen o al destino. Al idealismo lo dejamos yaciendo entre las ruinas.
lunes, 13 de septiembre de 2021
El sueño del heredero del olvido (Serie negra, 27)
viernes, 10 de septiembre de 2021
Cuando Abu Hassan velaba a los muertos en venta (Serie negra, 26 )
Me llamo Abu Hassan. No me he visto en otra igual. Mis vecinos dicen con sorna que he hecho oficio de velar a los muertos. Pero aquí estoy, al cuidado de unos despojos por si algún extranjero se encapricha con ellos. Y es que hay que ver qué ocurrencias tienen los ingleses. Compran hasta los muertos. Los que saben dicen que son cadáveres de gente importante que vivió aquí en otro tiempo. Cualquiera lo diría al ver el estado en que se encuentran. Una vez un viajero rico me llamó ignorante por decir que tenían unos cuantos años. Son momias de hace milenios, me escupió con su pretencioso idioma. ¿No sabes lo que son momias? Algo me han contado, said, pero me cuesta entender que a los muertos los cubrieran de vendas, le respondí con respeto. A nosotros nos envuelven en una sábana y luego tierra encima, mirando a la ciudad sagrada por supuesto. El inglés se creció ante mi simpleza. Pretendió enseñarme. Eran gente noble, con una cultura excepcional y vasta, se creció soberbio. Tú ahí, medio dormido, ni sabes ni quieres saber de tu pasado. ¿Para qué, said? Me pagan por cuidar la mercancía. En esta mercancía que dices, terció de nuevo el inglés, se evidencia una clase sabia y poderosa que en otras épocas conquistó el mundo. Ganas me dieron de replicarle si habían sido gentes como ellos, que van por todos los continentes a la caza de riquezas. Pero ante un inglés conviene morderse la lengua.
Paso tantas horas a la solana, espantando moscas, que hasta me gusta que aparezcan turistas impertinentes. Si aprendiera todas las lenguas que se escuchan desde aquí me abriría camino en la vida. Pero es impensable, he nacido para lo que he nacido y, como yo, hay miles. A los dialectos del país se suman las lenguas de gentes del más al Sur y las enrevesadas pronunciaciones de los europeos. A veces capto algo de lo que comentan los que están de paso y finjo ser más ignorante de lo que soy. A los viajeros les gusta alardear, como el caso que he contado antes. Y también ignorarnos. Ellos van a sus negocios.
Hay extranjeros que nos desprecian pero otros que se apiadan porque nos consideran incultos y atrasados y su religión les invita a ser bondadosos. Te voy a explicar cómo embalsamaban a las momias, me saltó el otro día una inglesita pecosa y con rostro de vicio. Que Alá me perdone si pienso equivocadamente del prójimo, pero es que hay gestos provocativos y miradas insinuantes que hablan por sí solos. Aunque tal vez sea mi hambre. Dejé que me contara lo que no era nuevo para mí y fingí sorprenderme con su relato de técnicas y rituales. Si quieres atraer a alguien debes mostrarte por debajo suyo, me había recomendado mi tío Mahfud. ¿También a nosotros se nos podría embalsamar?, le pregunté con cierta picardía a la chica. Podríamos probar sin que estuvieras muerto, dijo ella con desparpajo. ¿Sin sacarme las vísceras?, y fingí asustarme. Acaso te pidiera el corazón, atacó ella entreabriéndome la camisa. Sentí una convulsión interior, pero no se pueden cometer errores con uno de fuera, y menos propasarte con una chica occidental, que luego te acusan de provocar de palabra y de obra.
Si la inglesa pelirroja pretendía algo más que enterarse por la venta de antigüedades debía ser cauto. ¿Te pasas aquí el día entero vigilando a tus muertos?, continuó preguntona. Ese desenfado me cayó bien. Y empecé a ver a la rubia con otra mirada, y sentí que me crecía como hombre, y ella debió darse cuenta. Me turno con mi hermano, que es el que controla el negocio, le aclaré. Pero de vez en cuando libro. Podría llevarte a ver una de las mastabas descubiertas recientemente, propuse. Antes de que el calor apriete y nos haga trizas. Además el capataz de la excavación es amigo mío y nos dejará pasar. La chica inglesa, ondeando su acaracolada cabellera, se animó. ¿Por qué no?, dijo dando saltos. Y de paso podemos practicar técnicas de momificación, rio con descaro. Su piel rosácea me resultaba menos extraña. La risa fácil me desconcertaba. Sus ojos se volvieron turbios. El movimiento del torso acabó de perturbarme. ¿Me trataba de ese modo porque me consideraba sumiso o solamente pasivo? ¿Quería llevarse un recuerdo vivo de su estancia en el país? Mañana mismo, al abrirse el sol, le propuse, puedo buscarte a la puerta del hotel. Al despedirme de ella tuve la sensación de que era una chica más de mi barrio, con la que me había iniciado en fantasías. Me quedé pensativo y excitado. ¿Qué pinto yo vendiendo muertos y papiros día tras día en este rincón? Faruk, pedí al viejo ropero del puesto de al lado, préstame una camisa limpia para mañana, que igual cambia mi vida.
Pero mi vida no cambió. Al día siguiente esperé a la puerta del lujoso hotel hasta que el calor se hizo notar. No esperes más, me dijo uno de los chicos de servicio. No hay ninguna inglesa rubia y lasciva, si es a la que esperas. El otro día le ocurrió lo mismo al hijo del carretero. Y también a Alí Bastam, el sobrino del escribiente de cartas. Debe ser el sol. Acaso el ardor de la juventud, que nos consume a todos. O tal vez el país, que nos tiene rendidos a todos ante los de fuera, balbucí mientras miraba con frustración mi camisa limpia y retornaba al puesto callejero.
¿De qué personajes son estas momias?, me saca de mi abulia un europeo bien plantado, con una gran testa cubierta por un salacot. Yo le contesto que de personajes inexistentes. Luego corrijo mi respuesta cortante. Vaya usted a saber, said. Tal vez funcionarios, sacerdotes, parientes de mandatarios, escribas. Una clase inaccesible sobre la que los sabios de su nación hablan mucho en estos días. Lo seguro es que no se trataba de hombres vulgares. De la vida de estos poco se conoce. Tú bien sabes, me replicó cortés e interesado. No soy tan torpe, pensé con satisfacción para mis adentros.
(Fotografía de Felix Bonfils de un vendedor de momias en una calle de El Cairo, 1865)
martes, 7 de septiembre de 2021
Postal desde Palmira (Serie negra, 25)
sábado, 4 de septiembre de 2021
El desierto de los bárbaros (Serie negra, 24)
(Fotografía de Elio Ciol. La muralla de Khiva, Uzbekistán)
jueves, 2 de septiembre de 2021
Hasta siempre, Mikis
lunes, 30 de agosto de 2021
¡Padre! (Serie negra, 23)
Al grito le acompaña un gemido agudo, áspero. ¡Padre! Como un corte de hoz seco. Y es que hoy ha muerto padre. Le hemos puesto el traje de los domingos. ¿Cuántos años tiene este traje?, ha preguntado una de mis hermanas, la única que vive en la ciudad. Lo conservaba bien, ha terciado la pequeña, se le ve impecable. Está más señor que nunca, suelta otra, más gélida que una noche de invierno serrano. No me canso de mirar a mi padre muerto y no le veo como cadáver. Yace alguien que no es mi padre, aunque algo de él reconozca en ese color macilento y en las facciones huesudas. Creo que no guardaré este recuerdo. Para qué. Lo expulsaré de mi cabeza si alguna vez me viene. Dentro de mí aún sigue viviendo mi padre. Me toma de pequeña y me agita balanceándome mientras yo me rio. Me da a escondidas una modesta propina para que no quede por detrás de mis amigas. Nos ponemos por las noches a deletrear juntos lo que me van enseñando en la escuela, aunque creo que con él aprendo más. Me riñe si no he ido con las demás a la fuente, pero más que nada lo hace por mantener el tipo ante las mujeres que le señalan por ser demasiado condescendiente conmigo. Ha hecho de mí su cómplice y yo guardo algunos de sus secretos. Incluso me previene contra un mal matrimonio y así estoy yo, fresca y cada vez más dueña de la casa paterna, donde no cabe varón. Aunque el dicho favorito de las habladurías de pueblo trate de zaherirme con lo de mira que se te pasa el arroz, sé que en el fondo me envidian. Que todo se sabe en una aldea y hasta las voces bajas suenan para muchos oídos. Las casadas que más alardean de matrimonio son las que más tienen que callar. Empezando por madre. Madre le dejaba hacer a padre, muy a su pesar, porque sabía que la cabra siempre tira al monte. Tiraría, pero en casa nunca faltó sustento. Ni interés por nosotras sus hijas. Si faltaba dos o tres días de casa madre estaba de mal humor. A la vuelta, padre ponía sobre la mesa el rédito de sus gestiones de modesto tratante de ganado. Madre entonces disculpaba ausencias, si estas habían sido fructíferas. Que no siempre lo eran. Ha habido tantos malos años...¡Padre!, resuena de nuevo en medio del silencio aquel reconocimiento que se desvanece. Probablemente se desvaneció hace tiempo, cuando su presencia era una mera figura que no decía ni chitón. Miro ahora a padre que ya no es padre ni es hombre y me siento una privilegiada por su acogida conmigo. Mis hermanas no pueden decir lo mismo. Con ellas fue severo. Había heredado la miseria y con su esfuerzo había alcanzado al menos cotas altas de la estrechez. Teníamos lo justo y padre siempre temió a los tiempos, que es tanto como decir a las carencias. También a los hombres que desprecian a otros hombres y se benefician de su esfuerzo. Huye siempre de esa clase de individuos que se nutren carroñeramente de otras vidas, me aconsejaba. Miro las manos de padre. ¿Cómo las observarán mis hermanas? Como manos conminatorias, tal vez. Nunca descargó su ira con las manos sobre ninguna de sus hijas y menos sobre madre. Pero las manos de padre siempre dibujaban en el aire señales que aprendimos a interpretar. Unas las acatarían y otras buscarían las vueltas. Yo soy la única que tiene sus manos. Él sabía que al heredar sus manos había traído conmigo su talante. ¿Pero eso se recibe por las buenas o se cultiva con el trato? No sé. Su discreción no le permitía expresarlo con claridad, pero a mí no me quedaba duda alguna de que era su ojo derecho. Acaso por eso yo salía en su defensa cuando era malinterpretado y se aliaban todas las otras contra él. ¿O era a la inversa, que precisamente por salvarle la cara en tantas ocasiones me atraía más hacia sí? Van llegando familiares. Caen más vecinos. Hay lloros sinceros y lágrimas aparentes. Voces tenues. Murmullos. Rezos. Debo estar preparada por si a alguien, antes o después, se le ocurre sacar trapos sucios de padre. Yo soy padre ahora y defenderé su vida. No, el cadáver no me interesa.
(Fotografía de W. Eugene Smith. Escena en Deleitosa, Cáceres, 1950)
sábado, 28 de agosto de 2021
Sueño de perplejos o de la ciudad amarilla
Las estrellas que habitan en ese peristilo
han provocado siempre el asombro en los sabios;
no extravíes el hilo de la cordura, ¡ojo!
los auténticos sabios son los que están perplejos.
Omar Jayyam, Robaiyyat
Buscaba la ciudad amarilla y te cruzabas en mi destino. Contigo llegaba todo lo nuevo para mí. Nos tumbamos bajo aquella cálida intemperie a contemplar las luces del firmamento. ¿Seremos tan fugaces como ellas?, preguntaste. Yo, desde mi asombro, solo supe responder: Nuestro camino está aquí y las estrellas serán asombrados testigos. ¿Abandonarías por mí la búsqueda de la ciudad amarilla?, insististe. Solo acerté a decir en mi gozoso desconcierto: Tal vez ya he llegado a ella, si tú permites que atraviese la puerta. Solo dentro nos será dado disfrutar del conocimiento. Entonces el simún sopló rebelde y acarició con fuego nuestros cuerpos. Yo traduje su crepitar:
Donde las dunas se detienen, en la cima
de las palmeras, allí
os buscaréis
miércoles, 25 de agosto de 2021
Los crucificados (Serie negra, 22)
El padre Ángel me riñe afectuosamente. No confundamos los términos. Estos hombres, dice, no están siendo crucificados. Solo ponen simbólicamente sus brazos en cruz. ¿Cuál es la diferencia, padre?, le digo desde mi ingenuidad. La diferencia, hijo, es que el verdadero crucificado -y aquí dudo si poner o no crucificado con mayúscula porque ha habido millones de ellos- dio la vida por nosotros tras sufrimientos, incomprensión y traiciones. Esta gente quiere agradecer al que nos redimió a todos desde una cruz extendiendo sus brazos cuan largos son, de Este a Oeste, y a la vez interioriza el valor salvífico de aquel gesto. Es un gesto de abarcar el mundo pero también representa el perdón. Yo no le digo en ese momento al padre Ángel que no sé por qué no pueden abarcar también los brazos de Norte a Sur, porque igual me da un cachete, pero es que pone cada ejemplo el padre, y yo me digo que al fin y al cabo los hemisferios existen y todo consistiría en cambiar la posición de los cuerpos. Tampoco le digo que no entiendo lo de redimir (mucho menos lo de salvífico) Aunque lo he oído infinidad de veces. Que si Cervantes obtuvo la libertad del berberisco debido al negocio de redención de cautivos que se traían entre los Mercedarios y los de Orán. O aquello de no te metas a redentor, que dice a veces enfadado mi padre a su hermano cuando este quiere terciar en una disputa familiar. También que si los presos trabajan en las cárceles redimen pena. Y en cuanto a lo del perdón, eso sí que no acaba de alcanzarme. ¿Tiene que pedir perdón el currante que está de sol a sol o subido a un andamio o bajando a una mina? ¿El obrero de una cadena de montaje o las mujeres de una fábrica de confección? ¿El repartidor que no para de ir para arriba y para abajo de casa en casa? ¿El soldado al que han llevado a la matanza para beneficio de otros? Son comentarios que escucho en casa, padre. Porque en casa se dicen cosas que no se pueden decir fuera. El padre Ángel se rasca el cogote y como es un hombre de sentimiento generoso adopta una actitud compasiva conmigo. Algún día, dice, lo entenderás todo. Entonces no me muerdo la lengua. Padre, de momento voy acumulando cosas que no comprendo y, una de dos, o me falta imaginación o mis entendederas van con atraso. Todo es cuestión de tiempo, sigue él, seguro y bonachón, templando el diálogo. A ti fe no te falta y muchas cosas solo se entienden cuando se va creciendo. Me callo y pienso: ¿y cómo le digo que eso de la fe también se me escapa? En realidad se me escapa todo. Esto de ser niño es cosa de decir que sí y luego obrar como que no. No entiendo las palabras que parecen pomposas y no dicen nada, no acierto a seguir los consejos para que seamos obedientes, ni sé por qué tenemos que cumplir reglas que nos hacen sumisos. Porque ¿solo en eso consiste ser buenos? Padre Ángel, lo que voy viendo, y en parte entendiendo, es que muchos hombres sí que están siendo crucificados. Por falta de salario a ingresar en casa, por malvivir en casas deplorables, por tener que emigrar, por trabajar en las condiciones que lo hacen, y porque encima si se quejan les dan con el garrote. Todo eso lo voy sabiendo por otras familias, y mire, hasta por la mía. Mi padre y mi hermano mayor andan estos días moviendo papeles para ir a Alemania o a Suiza a trabajar. Están temerosos pero también decididos, porque en casa andamos a dos velas, y un hombre no puede dejarse caer muerto por las buenas, ¿verdad? ¿No lo ve usted así, padre? ¿O es que nos falta eso de la fe? Me quedo con ganas de poner la puntilla, algo así como ¿acaso la gente come de la fe?, pero lo que quiero es salir al patio. Respirar el aire limpio de esta infancia, mientras dure. El aire y la infancia.
(Fotografía de Ramón Masats. Cursillos de cristiandad. Toledo, 1957)
domingo, 22 de agosto de 2021
La noche en que Orson me despertó de madrugada (Serie negra, 21)
viernes, 20 de agosto de 2021
Regulus o un sueño mesopotámico
Enkidu sueña que se encuentra en el camino a Ur con una pitonisa. Esta le observa desasosegado y le hace saber a Enkidu que Regulus velará siempre para que salga airoso de las adversidades. Enkidu se siente agradecido y le pregunta a la pitonisa por qué es digno él de recibir ese cuidado. Es el sino astral, le responde la que predice los bienes y los males. Pero hay tres estrellas Regulus, insiste Enkidu. En efecto, dice la pitonisa. Una, el azar. Otra, el apoyo. La tercera, el esfuerzo. Y entonces, ¿con cuál de ellas me quedo?, pregunta el viajero. Las tres son una, le aclara ella. No se trata de elegir sino de armonizar. Enkidu, eufórico, la inquiere tentadoramente. ¿Quiere decir que la confluencia de las tres Regulus me hará también inmortal? La pitonisa esboza una sonrisa. Confórmate, Enkidu, con que Regulus mantenga su manto protector sobre ti. Pero su influencia no va más allá de lo que existe. Su luz también tendrá un final.
miércoles, 18 de agosto de 2021
Aquel fatídico 18 de agosto (Serie negra, 20)
"Yo, un niño, y tú, lo que quiera el mar"
Federico García Lorca, poema en prosa 7 y16 de Suicidio en Alejandría.
Hay algo en ese rictus de tu sonrisa que traiciona a tu sonrisa. Tal vez intuyes que tras el cálido julio se cierne la sombra de la atrocidad. En la vega de allá abajo el verano es más fresco, comentas a tu acompañante. ¿No vas a ir este año?, te preguntan. Cómo podía faltar, respondes conteniendo tus temores. Además volver al verano de tu origen es regresar a la infancia, que es donde yo me hice. Todos nos hacemos en ella, continuas, aunque luego el adolescente rebelde crea que está reinventando la vida. Pero, ¿acaso no vivimos también, más allá de nuestras obligaciones de adultos, en un perpetuo tiempo de infancia, si bien soterrado e íntimo? Con ganas me quedaba, cada vez que te oía hablar de este modo, de pedirte que recitaras alguno de tus versos. Yo te lo dije y tú me respondiste: mejor invento otros nuevos, o tal vez los mismos con otro disfraz. Y reíamos de la ocurrencia. Pero tu sonrisa era triste entonces. En ocasiones tus amigos te pillábamos reconcentrado. Es el calor, soltabas el globo falso. Inquieto por una situación que intuías, si bien rechazabas, el estío en la ciudad metrópoli -y no era Nueva York- te resultaba oneroso. Alguien me contó después de irte que le habías dicho: huelo un aire de sospechas, respiro un aire de brumas. Cosas de tu sensibilidad, dijeron. Todo sabíamos que había demasiados signos de desencuentros y acechanzas los últimos tiempos. Rumores no faltaban, y había quien jugaba a hacer premoniciones, no sé si con interés en ello o no. También me contaron que un día habías comentado: la euforia cultural de otros tiempos se ha templado, puede ser bueno o puede ser malo, según, pero sin que se haya dejado de hacer la tarea parece que se hubiera resecado, como los bacalaos al sol. Luego añadiste: no me hagáis caso, es este tiempo que paraliza el aire; no quiero imaginar qué sería de nosotros si el aire se parara para siempre. La última tarde que te vi no lograste morderte la lengua. Quién sabe lo que puede suceder si las ilusiones se marchitan. ¿Por qué lo dijiste si nunca dejaste, ni tú ni todos los que como tú alentaban la cultura de un país que venía del secano, de imaginar y de hacer planes? Yo lo interpreté por tu temor a que los energúmenos que clamaban desde púlpitos o columnas de prensa envenenaran la necesaria paz social, mientras por debajo, oscura y diligentemente, preparaban el asalto a la alegría. Aquel día tu acompañante te hizo una pregunta que consideraste metafísica: ¿Creéis los poetas en la paz humana, la colectiva? Ay, ay, ay, te quejaste. Nos cuesta encontrar un atisbo de paz interior como para hablar por los demás. La fe de los poetas es la palabra. Si se materializa con precisión, acierto y sentido de la justicia seguirá nutriendo nueva poesía. Porque ahora pienso, como nunca antes, que la poesía también debe estar tocada por la varita de la justicia. Esa justicia que nunca llegamos a alcanzar, pero que todos ansían. Sin ese toque ni poesías ni prosas, ni dramas ni pensamientos, la poesía, la escritura en general, se apagará como un faro abandonado. Y ay si la oscuridad borra el camino. Sería no saber hacia dónde avanzar, pero sería también perder la senda del pasado que nos da la medida del recorrido. Ya sé, y aquel día estabas parlanchín, que los que venden la oscuridad como remedio a deficiencias y errores, y que ellos califican mucho peor, buscan que la gente se ciegue y yendo hacia el abismo reclame nuevos guías. ¡Desconfiad de los que se presenten como guías!, clamaste con cólera. No te vi más. No supe después de ti hasta un cierto tiempo. Me contaron. Me estremecí. Sentí a distancia el horror. Supe que no estabas solo porque aquello no fue solo contra ti, sino contra todos. Y, sin embargo, aun desaparecido sigues tan vivo...
(Fotografía: es o se supone la última foto en que aparece Federico García Lorca, en el Paseo de Recoletos de Madrid, con Manuela Arniches en los primeros días de julio de 1936. Contraste e ironía con aquella otra fotografía https://laantorchadekraus.blogspot.com/2021/07/los-caballeros-toman-limonada-serie.html . Hoy hace 85 años que Federico García Lorca fue asesinado)
domingo, 15 de agosto de 2021
¿Que qué hago yo por el país? (Serie negra, 19)
No sé quién ha tenido la ocurrencia de inventarse eso de que no preguntemos lo que puede hacer el país por nosotros sino más bien qué hacemos nosotros por él. Hay que tener mala idea. El agua me sabe a babas, la comida de bote me produce úlcera, los testículos me escuecen, los piojos recorren mis axilas como por barra libre y el corte que me hice ayer al saltar las alambradas se me ha infectado. Y esto solo de aperitivo. Mañana va a haber contraofensiva y estamos todos calados de miedo. Si no fuera por los estimulantes no soportaríamos ni el mal humor. El pater pasa de vez en cuando con su sonrisa falsa. Dice que para darnos aliento o por si necesitamos sus servicios espirituales. Palabras. Él no se la juega ni tiene que asaltar las posiciones del enemigo. Ese tampoco se libra de que las ladillas le muerdan sus partes, dice Joe jocoso. Cosas así nos hacen reír como si estuviéramos sentados a la puerta de casa en Hell's o en Bronx, y hasta el capitán de la compañía alienta las bromas. Hoy ha llegado un refuerzo de novatos con sus aires de comerse el mundo o, mejor dicho, de ganar la guerra. Los superiores nos piden que los tratemos bien, pero Joe y Kuczynski se saltan el consejo y ya están preparando las novatadas. Como si esta posición nuestra de mierda fuera un centro de colegiales. Pero bienvenido cuanto sirva para liberar esta carga de angustia. En las horas tensas de espera quien no juega al póker o echa una cabezada platica con otros. Algún perdido hasta se pone a leer una novela de serie negra. Aunque aquí todos somos camaradas conviene tener precaución. Hay, como no podía ser menos, lo peor de cada casa obligado a hacer por el país. Los que preferimos enredarnos en diálogos que no llevan a ninguna parte que no sea el entretenimiento nos preguntamos a veces cosas que nadie sabrá respondernos. O, mejor dicho, que no querrán respondernos. Kuczynski, que ha vivido antes otros peligros en Europa, es el más crítico. Vaya coartada lo del enemigo, dice bajando la voz. El que inventó el término no pudo tener más éxito. El enemigo es como un personaje que no tiene ni carne ni pensamiento ni siquiera casi existencia si no fuera porque dispone de armas. Cuando dices enemigo no piensas en que al otro lado de las líneas hay otro Kuczynski o Joe o Harris. No piensas que matas vidas o ellos matan las nuestras. Juegos de generales, salta Malcolm, un negro gigantón que paga dos veces el servicio a la patria. Pero nosotros entramos a la jugada. Nos arengan, nos envuelven desde niños en la bandera, nos hacen creer que somos los salvadores del mundo. Y nos lo creemos. Hasta que te ves en este hoyo y revienta la tierra y nuestros cuerpos saltan al vacío. Pero no vale meternos en filosofías ni en moralidades cuando nuestra vida está en juego. Se trata de sobrevivir, y solo tienes garantía de supervivencia cuando ganas. Si el asalto es exitoso de esta volvemos pronto a casa, se corre la voz. Y los rostros agotados, hastiados, desesperanzados, que mostramos todos parecen cobrar nuevos bríos, aunque sean engañosos. Por si acaso es verdad. Al fin y al cabo volver seguro que volveremos, dice el bueno de Malcolm. No pensemos ahora cómo.
(Fotografía de W. Eugene Smith)
jueves, 12 de agosto de 2021
Las manos de un asesino (Serie negra, 18)
Las manos de un pianista ¿pueden ser las de un asesino? Amigo mío, ya que me pregunta esto le diré que las manos son o pueden ser la técnica de la intención de un individuo. Es decir, que si la intención es expresión de la voluntad, siquiera transitoriamente, las manos son ejecutoras adecuadas. Tanto para poner ladrillos como para introducir una pipeta en un tubo de ensayo o para teclear en un ordenador las órdenes más elementales o más arriesgadas. No olvide que las manos también son capaces de acariciar. No lo olvido, también de abofetear. Pueden ser expresión de bondad o de abyección. Por lo tanto, la capacidad de las manos es limitada por sí misma, pues lo que cuenta es cómo su uso responde a una intencionalidad, ¿verdad? Usted lo deduce correctamente. Imagine que un artista pintor utiliza las manos para llevar a cabo lo que el cerebro ve o, si prefiere mejor, percibe, sobre un paisaje o una persona. Son intermediarias entre la visión del pintor y los ojos del espectador de la obra cuando haya estado concluida. A veces parece que las manos tuvieran vida propia. Que en ellas se producen movimientos imprevistos. ¿No será que acaso tratan de modificar los planes del cerebro? Eso es que están acostumbradas a los reflejos ordinarios, mi querido amigo, y pretenden constituirse en libre república del cuerpo. Tantos actos acometemos a lo largo de un día o de una vida. Actos repetidos, que según con qué destino las manos saben conducirlos por inercia. Por supuesto que hay un margen de error ahí. Lo que solemos llamar, después de un fallo o una catástrofe, el exceso de confianza que nos ha traicionado. Naturalmente, suena a una especie de rebelión de las manos. Contra la monotonía de nuestros actos, la reiteración de nuestros propósitos y la redundancia de comportamientos. Porque los actos no son sino ejecuciones de ese dueño y señor que es el cerebro. ¿Sabe una cosa? Cuando hablo con otro individuo observo mucho sus manos, o mejor dicho, el movimiento de sus manos, la gesticulación. Ahí está la clave. Lenguaje gestual, usted lo dice, paralelo al verbal. No en todos los individuos, por supuesto, ya ve que hay tipos que hablan pero apenas usan las manos de apoyo. A mí ese tipo de gente me produce prevención y también rechazo. La manos abren la comunicación más allá de las palabras, hay ¿cómo diría yo?, más sinceridad cuando uno mueve las manos o al poner en acción las facciones del rostro. Es decir, cuando se concede cierta pasión en lo que se quiere transmitir. Ahora que caigo: ¿ha pensado en cómo serán las manos de un asesino? ¿Se refiere a antes de cometer un crimen, durante el acto alevoso o tras tomar la vida de otro en prenda para la eternidad? Me refiero a las manos del criminal en la vida ordinaria. No se apure, no son más diferentes que las suyas o las mías. No escudriñe el instinto depredador de las personas a partir del escrutinio de las manos ajenas. Por supuesto, no lo haré. Pero no le oculto que hay momentos críticos en que el instinto me pide hacer una barbaridad. Entonces, ¿sabe lo que hago? Contemplo mis manos. Las extiendo, giro las palmas, prospecto si las venas se marcan más de lo común. Hay momentos en que cierro el puño y golpeo la pared o una mesa. ¿Descargas de adrenalina, tal vez? No sé, pero me inquieta. Solo me quedo tranquilo cuando a la tensión sucede una rigidez de mis dedos y a esta una lenta merma de fuerza en ellos. Sin duda, mi estimado amigo, debe buscar una alternativa. Pero ni se le ocurra pensar en amputárselas. En todo caso, ampute los oscuros instintos que su mente dibuja alocadamente. O, mejor todavía, practique lecciones de piano. En la entrega a un Steinway o a un Baldwin se vuelca toda la capacidad sensorial y se redimen todas las emociones. Pondrá a salvo algo más que sus manos.
(Fotograma de Las manos de Orlac, filme de Robert Wiene, 1924)
lunes, 9 de agosto de 2021
Dos viajeros (Serie negra, 17)
Dos viajeros de tren que no se conocían de pronto se ponen a hablar entre sí. Uno de ellos es más reticente que el otro. No está claro quién ha tomado con éxito la iniciativa porque el que se resistía resulta ser más comunicativo. Hay casos en que la renuencia a entablar conversación es fuerte. Entonces una frase dicha por uno y que el otro responde rompe el desinterés aparente. El paso por un villorrio, el movimiento brusco de un cambio de vías, el paisaje que las nubes opacan, una sensación de escalofrío que se suscita en uno de los interlocutores, sin que pueda evitarlo. Cualquier motivo circunstancial servirá de excusa. Siempre será un misterio por qué dos personas que no se habían visto antes hablan la una con la otra. Puede que les empuje una necesidad subconsciente. Por ejemplo, no sentirse solos en un viaje que promete largo. O la busca de distracción que acorte la percepción del tiempo en el compartimento. Cuando ya se hayan despedido, al llegar uno de ellos al menos a su destino, considerarán lo interesante que resulta el acercamiento entre personas. Incluso puede producirse un extraño sentimiento de que aquel encuentro de unas horas se había convertido en un trato entrañable. Como si la vida de ambos se prolongase más allá del vagón. Hay viajeros que en la charla con un desconocido constatan más calor que en un hogar. De algún modo el tren proporciona un hogar, ¿verdad, señor?, dice la mujer interrumpiendo el tema del que hablaban o simplemente conjurando el riesgo de un silencio incómodo. Él se sorprende pero parece que su reflexión es rápida. Es un hogar en movimiento, sin principio ni fin en nuestras vidas, le responde. O, si prefiere, mutante. Ella no le entiende muy bien. Usted se ha subido en la estación de I. y yo en la de V. Y ambos nos bajaremos en estaciones diferentes, dice. Sí, asevera el hombre, pero olvide nuestra vida anterior. Durante la permanencia en el tren ambos hacemos una vida nueva, efímera, de acuerdo, donde compartimos palabras, experiencias, confianzas, cafés y miradas mutuas, ¿no cree? La mujer se ruboriza levemente pero asiente. ¿Quiere decir que convivimos, así como bajo un mismo techo?, ironiza. El tiempo no es medida eterna, añade el hombre. Cualquier porción del mismo, si es grata y da lugar a un intercambio de opiniones, puede considerarse un espacio amable, a cubierto de la intemperie en la que ordinariamente solemos habitar. Transcurrimos con la referencia de lo vivido antes y con la ilusión de lo que nos espera en la estación de destino. ¿Usted no lo cree así? La mujer duda sobre si callar y cambiar de tema, pero algo la impele a ser osada. Quisiera no llegar a destino, dice con voz titubeante. Pero ya no puede volver usted atrás, sugiere él. Tras este viaje ni usted ni yo seremos los mismos. Ella ha apostado por la confidencia. Cierto, pero tampoco podría quedarme dentro del tren cuando este llegue a Z. Y le diré más. Aunque me bajase en Z, porque no hay más remedio, porque es el final del recorrido, sé que no podría abandonar la sensación de que habré quedado en vía muerta. El interlocutor sonríe. ¿Ve cómo necesita convertir el viaje en un hogar? Vayamos al vagón restorán, probablemente ambos necesitemos olvidar procedencias y destinos. ¿Y entonces?, salta perpleja la mujer. No quiera manipular el tiempo ni dejarse condicionar por él, le aconseja el caballero. No hay estado más interesante, y acaso más perfecto, que el encuentro de dos desconocidos que ni pretenden conocerse ni apropiarse el uno del otro. Solamente transcurrir en brazos del azar. Ambos se ponen de pie y salen al pasillo mientras la agitación del tren zarandea equívocamente sus cuerpos. Se rozan bruscamente entre sí. Ambos se piden disculpas, pero no se evitan.
sábado, 7 de agosto de 2021
Batallas aéreas (Serie negra, 16)
Yo siempre era de los que iban arriba. Pero los héroes de verdad eran aquellos que nos sujetaban, y los ojos espectadores estaban pendientes de los agarrones y quiebros de los pequeños, si bien no dejaban de observar el poderío de los soportes. Las apariencias siempre engañan. Las estructuras pueden pasar desapercibidas, pero sin ellas no se alzaría edificio alguno. Un edificio aparente, una fachada espectacular, la distribución de las alturas no tendrían seguridad ni futuro sin una buena cimentación. En estas batallas de recreo -que igual podían ser combates de jinetes que raids aéreos- los de abajo daban la medida de su fortaleza corporal. También de su estabilidad. Sin tal firmeza, sin ese asiento al suelo bien fraguado, el elemento superior corría riesgos. Oh, el equilibrio, que apuesta entre la fortaleza de unos y la agilidad de otros. ¿Era solamente esta última la que podía acabar con el opuesto?
Cuando muchos años después estudié aquello de basamento, fuste y capitel comprendí nuestro juego infantil. Establecí paralelismos. La disposición de los cuerpos que sustentaban a la parte superior, dinámica, de menor peso y agitada, dependía además de una correcta distribución de fuerzas sobre el suelo. La pugna de los competidores superiores dependía de la estabilidad, más inteligente que gruesa, de los pilares. Malo si la sujeción se bamboleaba, pues el que se apoyaba en sus hombros perdía a su vez el equilibrio. Y con equilibrio inseguro solo le quedaba el recurso de agarrarse desesperadamente al enemigo, lo cual no garantizaba triunfo alguno. Pues la quiebra no residía en el desplazamiento de los jinetes sino en el descentramiento forzoso de las caballerías. El combate en el juego es un trasunto del que se libra en las guerras de verdad o de la lucha por sobrevivir en la vida cotidiana, no menos aguda. Competición y competitividad van de la mano. ¿En qué momento se confunden para en lugar de ser aliadas convertirse en antagónicas?
Los humanos somos competidores y competitivos desde que cogemos la teta de la madre. Toda la existencia nos la pasamos compitiendo por cualquier cosa, contra cualquier persona, ante cualquier situación que se preste a nuestras intenciones por obtener algo. Probablemente la esencia de la guerra sea esa y ya en las peleas callejeras de infancia se hallaba el rasgo distintivo del animal que todos sin excepción llevamos dentro.
(Fotografía de David Seymour)
miércoles, 4 de agosto de 2021
Postal desde Baalbek (Serie negra, 15)
Queridos Else y Joachim. Por fin en nuestra anhelada Baalbek. Nuestros sueños se han quedado muy lejos de darnos una idea aproximada de lo que es esto. Por supuesto que cuanto se nos ofrece supera a lo que nos habían relatado los viajeros seculares. Todo tiene otra dimensión cuando te encuentras cara a cara con la belleza. Todo transciende las propias medidas de las arquitecturas y los trazados. La luz, penetrando a través de los múltiples vanos de estos templos. El viento, que trae voces claras y susurros melancólicos desde el pasado. La quietud, pues son pocos los audaces que se atreven a llegar hasta aquí. La altivez de las ruinas, imperecederas no obstante algunos de sus materiales fueran utilizados para otros usos. La armonía, que sobrevive a destrucciones y abandonos. El silencio de los hombres, que obliga a meditar. El olvido puede ser a veces un buen aliado, aunque se quejen de él los que habitan en la Bekaa. Vicki, a la que le gusta contemplar desde todos los ángulos posibles la vida y la historia, dice que el olvido es consustancial a todas las tierras de este Oriente siempre conflictivo y cambiante. Que es lo que da la medida de la verdadera devastación. Que es el precio que pagan las culturas ancestrales a las civilizaciones posteriores a las que no supieron ni pudieron acceder. Tal vez toda la riqueza cultural desaparecida sea su estigma. Lo que queda, y que tanto nos asombra, apenas es un eco, unas huellas. Estamos hospedados en una fonda acogedora, a pesar de los mosquitos y ciertas carencias que tampoco nos importan demasiado. En las comidas y en el trato con los del lugar percibimos la variada herencia, tan sabia como generosa y abierta, no solo de los antiguos sino de quienes ocuparon estas tierras ya en tiempos modernos. Los humanos no han dejado jamás de moverse de unas regiones a otras. Con su bagaje de saberes, de sentimientos y de recursos para sobreponerse y adaptarse a lo nuevo. Permaneceremos aquí unos días, ya que Vicki conoce de su tiempo de estudios a uno de los arqueólogos de Turingia, que se ha ofrecido a enseñarnos más allá de lo que ve el viajero ocasional. El siguiente destino será Tudmur, más al norte, nombre que no os sonará de nada, pero si digo Palmira seguro que ya es otra cosa. Dicen de este lugar que es más bello aún que Baalbek y con historias muy interesantes. Nuestra mirada se queda corta y el entorno nos posee con su exuberancia arrebatadora y misteriosa. El pasado invita a informarse, pero sobre todo a reflexionar y sacar conclusiones sobre el tránsito de civilizaciones cuyas vidas aún permanecen en el enigma. Creo que esto aporta más a nuestro pensamiento y a la actitud ante lo existente que cualquier religión o idea visionaria. Aquí sí que encontramos un vínculo con la naturaleza y con los humanos, y por lo tanto una explicación acerca de cualquier clase de divinidad generada por los humanos, en tiempos en que todo está quebradizo. Os iremos contando. Mientras, contemplad la fastuosa portada de esta postal y soñad con lo que tuvo que ser en su día Baalbek. Vuestro amigo Gustl.





















