sábado, 6 de julio de 2024

La tentación de la fuga

 



¿Alguna vez ha intentado escapar de todo, amigo mío?, dijo con aire circunspecto aquella tarde fresca de verano, mientras bajábamos hasta la isla Slovanský. Alguna vez, afirmé, pero no ha pasado de ser un repentino deseo que supe reconducir. Por supuesto, prosiguió, no me refiero a unas vacaciones ni a una larga noche de sueños. Escapar es no aparecer más. No mostrarse ni ubicarse en un espacio que sea referencia para los individuos próximos. Ni dejar tras de sí huellas que puedan incitar a otros a que le busquen. Que nadie sepa de usted de la noche a la mañana. De eso se trata. Naturalmente tal decisión puede tener lugar trasladándose de un lugar a otro sin comunicárselo a nadie. O convirtiéndose en un eremita a la antigua usanza. Aún hay oquedades por doquier. Covachuelas, criptas, lejanas ruinas en territorios olvidados. O regiones lejanas y océanos de por medio. Pero también hay otra manera, más expeditiva e irreparable si cabe. De la que jamás se puede retornar. La más cómoda no solo para una personalidad con una conciencia clara de sí misma, que de verdad quiera escapar de todas las dimensiones habidas y por haber, sino para cuantos familiares y amigos lamentarán e incluso le llorarán cuatro días pero luego se verán libres de la angustia de si volverá, dónde estará, qué le habrá acontecido. Libres del incorregible, en definitiva. 

Debió ver en mi rostro una actitud expectante. Había entrado en una de esas conversaciones que eran monólogos y yo era un mero testigo. Le seguí escuchando. Pienso que en cierto modo, a veces de un modo total, todos somos ataduras los unos para los otros. Y hay quien sujeta más corto al otro por interés propio, eso se da mucho en las relaciones de autoridad y sumisión familiares, pero también en las políticas o en instituciones en que esa imagen eterna del padre, que no interesa que se cuestione, se sigue imponiendo para mayor vasallaje de los súbditos de cada tribu. Ya le digo, esa forma de escapar expeditiva, tan útil aunque poco meritoria a ojos ajenos, y bastante frustrante a la propia mirada que va a perder quien la adopta, puede generar cargo de conciencia en alguna buena gente que le ha conocido y amado. Obviamente usted diría que al irredento definitivo le trae al pairo si genera un estado emocional crítico en personas allegadas o si se sienten culpables, aunque la culpabilidad en esta vida es algo siempre compartido. Ya sabe usted que no existe tanto la culpabilidad tal cual como la acusación de que se es culpable. Porque si la culpa existe, ¿acaso es solo de una parte? Como si no supiéramos que la culpa es una de esas justificaciones determinantes para que alguien ejerza dominio, esa perversa doctrina de que el culpable siempre es el otro. Me entiende usted, ¿verdad?

Asentí con la cabeza, pero no tenía intención de interrumpir su discurso. Acaso entre dos maneras de huir de la realidad onerosa, la de apartarse en vida o alejarse muriendo, haya otra que cambiaría al individuo que opte por ella, dijo pausadamente. Tenía perdida la mirada entre los árboles de la isla, como si entre la agitación del ramaje buscase la luz que el viento iba sorteando. Su tono de conversación continuó más reposado. Parecía que hubiera agotado la fuerza de transmisión de las palabras. Mire, amigo mío. La mente tiene propiedades de ocultación inimaginables, como las tiene de revelación. Se preguntará usted cómo es posible.  No sé explicárselo. Creo que solo cada uno puede probar cómo es factible una fuga de este mundo viajando al interior de uno mismo. Y poniéndose a salvo allí. Registrándose como otro. Incluso como miembro de una especie diferente. 

Una racha fuerte de aire meció el arbolado. Él se ajustó el sombrero. Se impuso el silencio. ¿Me va a dejar usted a medias?, sugerí por fin. Venga hasta la orilla. Disfrutemos de la brisa del río, invitó con placidez.



*Fotografía de Zlatá ulička, Praga.


miércoles, 3 de julio de 2024

Revelaciones de un relato de familia

 



Mira lo último que he escrito. Y ha sacado de su buró un pliego, que me ofrece. Se explica. No te lo debería revelar, pero es que antes quiero proporcionar a un amigo la comprensión de lo que lea. 

Cada personaje de familia que aparece en el relato es el reverso de lo que es en realidad. Donde leas que el muchacho es un hijo decidido y valiente piensa que en realidad es un sumiso. Cuando aparezca la madre tan plena de ternura debes descubrir que tras su máscara hay una déspota. Con el padre te ocurrirá que lo percibirás autoritario y en ocasiones cruel. Sin embargo es alguien débil y que ha hecho dejación de su propia libertad. Uno de los hermanos es solícito con los padres, pero es su manera de pasar por encima de ellos. La hermana pequeña parece un personaje con la que toda la familia tiene un consenso. Se la quiere, y los demás tratan de atraérsela para su beneficio emocional, como si fuera no solo una niña, la última, sino el espacio viviente en que todos pueden confluir con cierto acuerdo. Ella de momento no se manifiesta. En realidad solo es lo que el resto de la familia quiere que sea, un ser sin dobleces, un don de lo que el resto carece. ¿Qué decir de las gemelas? La una para la otra y las dos para todos los hermanos, podría decirse. Receptoras y dadoras de condescencia. Pero en ellas late el instinto de la conspiración permanente. La tía, ah la tía, juega a estar ahí desde siempre. En el seno de la familia soñada que ella no pudo generar. Alaba a todos, disfruta congregando a todos, pero los envidia, a todos sin excepción. De vez en cuando aparece por la casa alguien que todos consideran íntimo y que, sin serlo directamente, ejerce influencia. Pretende aconsejar y se muestra dadivoso. Regalos en aniversarios, ofrecimiento de contactos poderosos en la ciudad, simpatía incesante. Un hombre llave que abre puertas a situaciones estancas. No es oneroso en cuanto a visitas, pero se le tiene como una referencia de la que echar mano ante dificultades externas. Es el último ejemplo de individuo desinteresado y altruista, pero está siempre pendiente de los negocios del padre y de sus correspondientes bienes. Ojo avizor como ave de rapiña ante el día que la quiebra sea un hecho en aquella economía doméstica. 

Te preguntarás: entonces, ¿de qué va el cuento? Va de un tira y afloja entre las pulsiones internas de cada uno y la necesidad de sobrevivir a través de esa alianza impuesta llamada familia. Va de que la familia nunca sustituye al individuo. Que este tampoco sabe muchas veces dónde está y a quién sirve, y que el apoyo dentro del clan puede tener el precio de la propia personalidad. Es decir, su sacrificio. Que el conjunto familiar, aun siendo real, es una abstracción que nunca consigue absorber del todo a sus particulares miembros. Que cada uno de los componentes del grupo va tomando y dejando. Toma de lo ajeno para incorporarse al todo. Abandona de sí incluso los lados creativos que podría darle satisfacción. Atracción y rechazo podría denominarse el juego.

 ¿Un relato más sobre la familia secular?, te preguntarás. Un crisol que es un horno. Ahí se forjan aceros personales pero también quema no solo algunas manifestaciones instintivas sino afectos y dimensiones sentimentales. Ya te he contado el contenido, no creo que vaya más allá mi corta narración, pon tú de tu parte. Por comprender o por rechazar. Pero guárdatelo para ti. 

Me quedé mudo, pensando si me había ya narrado la historia o solo se trataba del preámbulo. Tal vez las revelaciones sobre el borrador eran la excusa para conocer mis puntos de vista. 



lunes, 1 de julio de 2024

Hablar del pasado a la puerta de la taberna

 


¿Cómo se recuerda a usted mismo en los mejores años de juventud? Se lo dije con tono jocoso y amigable al pasar delante de la cervecería U Zlatého tygra. Y no por casualidad, sino porque un grupo de soldados jóvenes salían del local, cantando estrepitosa pero desafinadamente viejas tonadillas que hablaban de muchachas que atravesaban el Ultava por la noche para corresponder a sus amantes de la otra orilla. 

Mi amigo se encogió de hombros. ¿Usted cree que me acuerdo de lo que he hecho?, respondió apacible pero con una inflexión pesimista. Casi recuerdo más bien lo que no hice. El pasado de uno ya no reside en el cerebro siquiera, se ha diluído por todos los territorios y canales del cuerpo, recorriendo arterias, vías renales, líquidos sinoviales o los humores de la pleura misma. Alterando todos los órganos y espacios más recónditos. Cuando se diluye el pasado eres otro. Y si te empeñas en rememorar lo que hiciste en realidad te estás inventando parte de lo que hubo. En ese acto de volver atrás con el pensamiento hay una porción imprecisa en que consciente o inconscientemente nos engañamos a nosotros mismos. ¿Porque el cerebro confunde lo vivido y lo deseado pero que no experimentamos? ¿Porque hay una tendencia a adulterar caprichosamente el pasado, pues el deseo y las aspiraciones siempre son largas presencias que no gustan de dar el brazo a torcer? ¿Porque el ayer marca, desgarra, roe las entrañas de los hombres? Si a ello le sumas que uno escribe, sin saber muy bien con qué objetivo pero sí porque lo pide el cuerpo, y uno se identifica con personajes múltiples, que por un lado recorren el mundo y por otro danzan en tu cabeza, ya no distingues que hubo de ti ni quién fue tu padre. 

Su contundencia grisácea me asustó. ¿Se enorgullecía o se avergonzaba de sí mismo? Giré la tuerca. Pero usted mantendrá imágenes propias, solo o conversando con el padre o jugando con sus hermanas o de aprendiz en la oficina o de paseo en los parques, incluso de aquellas cervecerías que frecuentaba. Y no quiero entrar en otras intimidades que no debe usted revelar jamás, aunque llevado por el furor de la edad las expresase en algunos oscuros locales de la Malá Strana. El hombre echó una carcajada. Repentinamente calló. El pudor es una buena llave que encierra aquellos espacios que solo son tuyos. Incluso hay que preservarse frente a las personas próximas, por muy íntimas que se ofrezcan. A veces incluso se lo oculto a los personajes de mis relatos.

Nos habíamos quedado parados delante de la puerta abierta de la taberna.  La ruborosa cantinera hizo un gesto desde la barra que no pudimos rechazar. ¿Entramos?



lunes, 24 de junio de 2024

No hay tótem sin tabú. O un pequeño trago de Becherovka.

 


¿Se da cuenta de que no hemos hablado usted y yo nunca de cierto tema tótem por encima de todos los temas? Puso cara cínica. Luego me provocó. ¿Qué entiende usted por tema tótem? Busqué sinónimos para desarmar su actitud. Pues algo benefactor, gratificante, compensador, consolador. Incluso protector. ¿Se refiere a negocios y dinero?, y su cara se mostró más cínica todavía. Sospecho que o no entiende a qué me refiero o prefiere soslayar algo que usted siempre oculta, dije aun a riesgo de zaherirle. Ladeó la posición de su sombrero. Ah, claro, usted me pregunta por la bondad del alma humana. O caso por la capacidad creativa de nuestra especie. No exactamente, me irrité. Vamos, amigo mío, estalló por fin. No sea usted ingenuo ni se irrite conmigo. Sé de qué me habla aunque no sé si es algo que merezca una especial consideración, al contrario de lo que le sucede a tanta gente que se llena la boca de verborrea con la palabra.  Porque, dígame, ¿usted piensa que el amor es un tótem? ¿Que nos protege de algo cuando en realidad revienta nuestros instintos? ¿Que nos salva mientras de ordinario aporta frustraciones e incomprensiones varias, no solo entre individuos sino dentro de uno mismo? Pero todos buscamos amor, le interrumpí. Mire, y volvió a ajustarse el bombín, es uno de tantos terrenos idealizados, donde se entremezcla el instinto natural con la necesidad de apoyo o con la exigencia brutalmente congénita de imponernos a través de nuestro innato narcisismo. Indudablemente estaba didáctico, si bien quise seguir dándole guerra. Pero usted amará también, supongo. Rio largamente. Ese tótem que usted menciona tiene tantos rostros como imprecisiones. No hay una definición clara al respecto. Resulta a la larga un saco sin fondo donde todo entra, desde la pulsión más animal hasta la colaboración egoísta que consagra economías compartidas, pasando por la exaltación religiosa de sus dioses o una clase de benevolencia que juega siempre al interés del mejor postor. Busque usted dónde quiere situarse. Elija el lugar, por otra parte cambiable, donde desea sentirse a gusto para obtener el beneficio que le plazca. Llámelo a eso amor y mueva el incensario como hacen los católicos en sus catedrales. Usted sabrá. Pero piense siempre que no hay tótem sin tabú. Y ya debería saber que hay vasos comunicantes entre los opuestos.

Temí haber abierto una caja de Pandora que pudiera traer enemistad entre él y yo. Claramente mi amigo tenía puesta una armadura segura y lo que escribía también formaba parte de ella. Hubo un corto silencio. Sonrió de repente, me sujetó afable por el hombro y propuso con dulzura: vamos a tomar una copita de Becherovka. 



sábado, 22 de junio de 2024

La vida y la muerte desde la colina de Vyšehrad

 



Se lo pregunté a bocajarro un día festivo que subimos hasta la colina de Vysehrad. ¿Piensa usted con frecuencia en la muerte? Esbozó una sonrisa y los ojos se le encogieron. ¿En la muerte como hecho o en la muerte como sujeto?, respondió incisivo. ¿No es lo mismo?, dije. Mientras uno no se muere es un mero hecho ajeno, argumentó. Algo que les ocurre a los demás. Puede doler más o menos en función de la cercanía del individuo que desaparece o de la tragedia con repercusiones colectivas, por ejemplo una guerra. Se estará derrumbando el mundo a tu lado pero si tú te ves y te sientes vivo percibes una alegría interior, enormemente egoísta y por ello más sincera, como si te dijeras: esta vez no es la mía. Amigo mío, continuó su perorata franca, la muerte es una representación como tantas otras, aunque sea más significativa porque es más decisiva. Precisamente por ello, intenté razonar, es un fenómeno que nos tiene más en vilo, un pensamiento que no por fugaz es menos recurrente. Incluso a muchos individuos les asusta si no les atormenta. 

Mi acompañante tosió repetidas veces, contuvo el pecho con la mano izquierda y a la vez inhaló el aire fresco que recorría la altura de la ciudad. Todo lo que tenga que ver con la muerte, dijo, es ficción. Un montaje escénico, donde las religiones, y algunas más que otras, se han prestado siempre a hacer del hecho natural un mundo tenebroso con que afectar a los vivientes. No le voy a discutir de la necesidad humana, sobre todo en las épocas más remotas y oscuras de las sociedades, de generar representaciones que compensaran los límites. Pero esos límites siguen existiendo, le interrumpí. Como imposición personal y también colectiva. Y ya ve que millones de personas no cambian su sistema de representarse el mundo y la vida. 

Mi amigo hizo un alto al comenzar a bajar de la colina. Tomó aire, como si allá abajo pudiera faltarle y quisiera llevar consigo una provisión. Cierto. De ahí que me interese tanto el tema de lo que muchos llaman la conciencia. ¿Ha pensado alguna vez que no tenemos conciencia clara de nuestro nacimiento y que jamás tendremos ni recuerdo ni conciencia de nuestra propia muerte? ¿No le parece la gran paradoja de la vida? Toda la existencia pretendiendo controlar nuestras situaciones y la reacción de nuestras capacidades, es decir viviendo por inercia e instinto, siendo conscientes, que no siempre comprendiendo, de lo que damos de nosotros mismos, para que el alfa y el omega que llevamos cada uno sin revelarse sino en su justo momento  no se nos sometan a control alguno.

Él se detuvo de pronto bajo unos tilos. Quédese unos instantes aquí. No piense, dijo. Respire, compruebe cómo el aroma se reparte por las venas. Déjese llevar por la fragancia de estas flores que crecen hacia abajo, como si desearan hacer felices a los humanos a través de lo sensorial. ¿No le parece que son los sentidos los que nos proporcionan las mayores compensaciones?



domingo, 16 de junio de 2024

El hombre ante la cámara de la posteridad



 

Nos habíamos sentado en un banco de una de las calles de Josefov cuando el acicalado joven me hizo aquella pregunta extraña. ¿En qué piensa usted cuando le van a tomar una fotografía? Tampoco me he hecho tantas, le repliqué mientras hurgaba una explicación en mi mente. Creo que siempre estoy pendiente de la pose que me ordenen. Si estoy en tensión nunca pienso. No ceso de moverme o de intentar ajustarme a las observaciones que recibo. ¿A usted no le pasa lo mismo? Mi amigo permaneció un instante callado. No. Me abstraigo, simplemente. Debo poner una cara o una actitud corporal que nunca preveo, y que queda desvelada al ver posteriormente la imagen. Jamás me preparo, se lo aseguro, se lo pongo fácil al maestro fotógrafo. Pero si se abstrae del momento, insistí, ¿recurre a pensar en los quehaceres del día, por ejemplo? ¿O se queda acordándose de la última persona con la que habló? ¿O se siente instado por algún estado de ánimo que le zahiere debido a alguna preocupación pendiente? Y discúlpeme si me adentro en su vida personal siquiera con arriesgadas hipótesis. Él puso cara evasiva. Ya le digo que me abstraigo, que dejo de ser yo, ese yo de planes y de individuo que tiene que relacionarse con otros. Algo así como si prescindiese de mi cuerpo y me ausentase del porte con que ordinariamente me conocen. Me sorprende que me diga esto, e intenté corregirle. Siempre cuida su exterior, procura ir impecable, atiende a la perfección su afeitado y el modelado de sus cabellos y sabe andar recto, haciéndose valer. ¿Me va a decir que todo eso se viene abajo al ponerse delante de una cámara, cuando es obvio que no es así? No, todo eso que usted señala está ahí, pero yo me desprendo de ese personaje. Me aíslo. Separo lo que ustedes los investigadores llamarían personalidades. Aunque tampoco es exactamente de ese modo. Durante el tiempo que dura la toma he abandonado a uno no para ser otro, sino para no ser ninguno. Humanamente nadie. ¿Entiende ahora que siempre aparezca en las fotografías tan relajado o, mejor dicho, tan condescendiente con la imagen que los demás quieren tener de mí? 



miércoles, 12 de junio de 2024

El niño que pasó a través de una rendija bajo la puerta

 



Sí, en ocasiones me veía pasando a través de la rendija inferior de una puerta. Allá abajo, por donde siempre se cuela la luz de la habitación vecina yo me veía entrando y saliendo en el otro aposento. Qué me tentaba a hacerlo, no lo sé muy bien. La curiosidad acaso, que no tiene adjetivos morales, que es pura como manifestación de defensa de tu propio organismo. La ranura no se abría hacía mí, era yo quien disminuía y atravesaba espacios, atraído por unas voces que tan pronto subían el tono como menguaban. O por unos silencios repentinos que de repente eran quebrados por agudos gemidos. Palabras que vomitaban quejas, que rasgaban reproches, que desparramaban lamentos sin fin. Yo me filtraba aplanado y diminuto por aquel espacio ínfimo, sin lograr distinguir el significado de lo que acontecía al otro lado. Los individuos que allí generaban ruidos y se detenían, que vociferaban y a continuación callaban,  aun siendo conocidos me resultaban extraños. Se turnaban entre la condescendencia y la animosidad. Tan pronto se atraían como se repelían. Rostros de bondad se transformaban en un pispás en gestualidades hoscas. Cuerpos que realizaban aspavientos cargados de energía se trocaban en masas fofas. Movimientos apacibles y ligeros podían desembocar en un instante en ejercicios nerviosos y en desdenes. Caricias amables y tiernas se deslizaban traidoras por el tobogán de los roces molestos. 

¿Qué mundo era aquel tan próximo pero tan ininteligible para mí? Si yo me había encogido hasta límites que me permitieran traspasar fronteras, ¿en qué dimensiones mutantes e inestables vivían aquellos individuos que disponían de espacios más amplios y gratos que los míos, y donde no parecía que se encontraran seguros y sus emociones no se mostraban perdurables? Medroso y observador, ignorado por los presentes, me debatía allí, en el cuarto ajeno, entre seguir presenciando comportamientos que no comprendía o retornar al otro lado de la pared. Respaldado por mi transformación no temía ser reconocido, por lo que podría haberme quedado sin problemas para seguir husmeando. Pero tanta contradicción me resultaba difícil de asimilar y solo me aportaba desasosiego. Tuve la luminosa certidumbre de que era mejor haber visto poco y regresar a mi vida ordinaria y poco estimulante. 

Ya ve usted, qué linea tan fina separa imaginar o confirmar la realidad, sobre todo cuando esta tiene lugar en un ámbito de inframundo. La infancia y la madurez acaso no se diferencian tanto en las experiencias que percibimos, y no sabríamos decir claramente dónde abunda más la ficción. Desde aquellas visiones nunca he distinguido muy bien el sentido de las llamadas y de los avisos. Ni he creído en las advertencias y las normativas. Ni he conseguido armonía al ejecutar funciones y cumplir mandados encomendados. Y muchos días, en mi conducta imaginaria, adopto la personalidad de aquellas figuras que viven en disputa consigo mismas y con quienes les rodean. ¿Pervivirá todavía dentro de mí una especie de curiosidad tóxica?



lunes, 10 de junio de 2024

Los monstruos del hombre del sombrero

 


En el desorden habitual con que se manifiestan los recuerdos de mi mente me ha venido ahora otro de aquellos diálogos breves pero sustanciosos con el hombre del sombrero. Habíamos subido, dando un paseo, hasta Hradcany y a propósito de las gárgolas de San Vito dijo de pronto: los monstruos son tan humanos como los dioses. Él, que no procedía de la tradición iconográfica religiosa dominante, decía sentir predilección por tantos seres fantásticos que poblaban los lugares de culto, los manuscritos antiguos y la literatura en general, incluso laica. Cuando yo le recordaba al Golem, él asentía. Sí, las leyendas judías siempre han tenido muchos personajes fantásticos, pero creo que la tradición cristiana ha sido más multiplicadora. ¿Sabe por qué? Le dije, no, ¿por qué? Porque los seres fantásticos y los monstruos son personajes de carne y hueso y no son difíciles de inmortalizar con palabras o escultura. Tal vez por ello los de su religión, y disculpe que le meta en el ajo aunque sé que usted es un librepensador bastante crítico, han expurgado, o al menos lo han intentado, sus demonios interiores convirtiéndolos en ídolos, dignos de exaltarse o de condenarse, por supuesto. 

Aquel mediodía el hombre del sombrero me asombró. Nunca le había escuchado tal aleccionador. Con esto, prosiguió, no le quiero decir que tenga razón. Son observaciones que hago y que distan mucho de tener base científica. ¿Por qué dice que los monstruos son tan humanos como los dioses?, le interpelé. Mire, pienso que ambos proceden de la misma cuna y probablemente terminen en el mismo sepulcro. Hay muchas culturas, algunas poco conocidas aún, en que las divinidades tienen corporeidad fantástica y rostros terroríficos. ¿Van a valer menos para los creyentes que las adoren que las imaginaciones reducidas de las religiones que se basan en el libro proporcionado por lo hebraico? Pero si vamos más allá verá que la vivencia peermanente entre animales y hombres ha sugerido una simbiosis recurrente y a la vez cambiante en la mente humana. Los humanos han utilizado características animales para dotarse a sí mismos de autoafirmación y a la vez de autocomplacencia y de algún modo se han revestido con la representación animal. Esas gárgolas, serían un ejemplo, o los manuscritos medievales sobre el Apocalipsis, o toda la parafernalia de los templos hinduístas pletóricos de dioses y animales extraordinarios que son y no son una cosa u otra, según dicen. Por no citar genios y demonios, que son conceptos antiguos que luego han sido reinterpretados de modo equívoco. Pero, ¿no le parece que va más allá la simbiosis que ha citado?, insistí. Por supuesto, no hace falta ir tan lejos para saber que la imaginación y los sueños posibilitan nuestra cohabitación con monstruos y con dioses, llegado el caso, y según lo que cada uno busque. Mire, si le dijera que más de una vez me he visto trasuntado en un bicho repulsivo y he errado por las calles sin querer comunicarme con nadie y sin que nadie advirtiera mi paso, ¿me creería? Probablemente sea más usual de lo que se piensa, amigo mío, le respondí para que no se sintiese incomprendido.

Mientras se alejaba contemplé su elevada y afilada figura. Se marchaba ajustándose el sombrero. ¿Sacaría sus propios seres fantásticos de él, como un prestidigitador?



sábado, 8 de junio de 2024

Y aquella otra charla bajando por las calles de Kampa



Un día, mucho antes de que dejara de pasar por el café, aquel hombre asténico me dijo: he perdido las ganas de escribir y no tengo muchas de leer. O dicho de otro modo: no sé qué quiero leer y tampoco sé de qué y cómo quiero escribir. Me pareció una confidencia tan íntima, él que era un hombre pudoroso y prudente, que yo no sabía si darme por enterado o ignorar aquella exposición de crisis personal. En definitiva, ¿debía decirle algo que le animara? Aunque bien pensado si uno no quiere animarse a sí mismo ¿de qué sirven las palabras externas? Opté por hacer como si aquella revelación me afectara. Me pasa también con frecuencia, le dije. Es como si tuviese descompensada la balanza entre dos necesidades. La de indagar en las expresiones ajenas y la de dar rienda suelta a mis propias veleidades con forma literaria. Usted me lo está planteando, me interrumpió, en términos de un símil de la justicia. Y recuerde que no hay nada menos justo, afortunadamente para nosotros, que nuestras lecturas caóticas o, si prefiere, caprichosas. Y no le digo nada sobre el desempeño alocado y febril con que tantas veces hemos escrito. Es lo más alejado del ejemplo de una balanza y de la poco afortunada justicia que forma parte de las instancias burocráticas y deja que desear. Yo no había pretendido llegar a tanto, me avergoncé. Una utilización del lenguaje impensada él se la había tomado a la tremenda. Advirtió seguramente en mi rostro el desasosiego que me causaba la inoportunidad. Me consoló. Esté tranquilo, soy yo quien vive en la zozobra permanente causada por una humanidad confusa y condescendiente con los poderes, muchos de estos en las sombras. Y que me cuesta aceptar, por lo volátil y poco consecuente que es para nuestras sociedades construir nada estable. Y no le digo de qué manera los individuos se pierden con frecuencia en sus emociones estériles. Volví a asombrarme de que se abriera a mí. Prosiguió. Una humanidad que se deja engullir por las fantasías que le proponen quienes la utilizan para sus fines descabellados y que genera una y otra vez sus propios monstruos y monstruosidades, es una humanidad de poco fiar. Pero usted me dirá con razón: por esa causa leemos, por ese motivo llenamos folios en blanco. Con eso me conformo, y no le negaré que no es mi intención que mis escritos endebles y volubles sobrevivan a mí.

Me pareció tan excesiva su confianza que hizo que me sintiera halagado, aunque encontrara discutibles algunas de sus opiniones y no captara el sentido de otras.



miércoles, 5 de junio de 2024

Aquella conversación interrumpida en el café de la Staré Mesto

 


Desde mi oscuridad lo veo todo claro, me dijo. Debí poner cara de no entenderle porque insistió. Muy claro. No hay como la oscuridad para ver. Pero esa propiedad nos está reservada exclusivamente a una especie dentro de la especie. A los que no nos dejamos deslumbrar por la claridad aparente, que esa sí es la peor clase de oscuridad. Es fácil dejarse atrapar en lo que se ofrece como obvio y más si nadie lo discute, si es algo admitido generalmente. Cuando todo el mundo coincide en el mismo punto de vista es sospechoso. Es como si se hubiera renunciado a ver las dimensiones de lo existente. No lograba comprender cada puntada de su argumentación, se dio cuenta de ello. Mire, y fue paciente conmigo, lo que se da por hecho admitido suele ser el interés de alguien o de muchos, e incluya usted a la misma sociedad incluso, para obtener una satisfacción inmediata que acaso al día siguiente ya no sirve. ¿Eso es claridad? Pero usted debe vivir en una crisis permanente pensando de ese modo, fui osado al replicarle. Por supuesto, pero una crisis es un campo fértil si usted quiere que lo desea. Porque la vida de los hombres no puede ser exclusivamente un terreno estéril, pero para fecundarlo usted o yo debemos saber qué queremos. ¿Nos responde a ello el funcionamiento impuesto de las cosas? ¿O nos considera solo como parte del engranaje que obvia al individuo que llevamos dentro? Entiendo que usted se refugie en  sus escritos, dije. No me refugio en ellos. Ellos soy yo en toda su amplitud. No es refugio sino la expresión natural, oscura si usted cree, pero yo no tanto, por la que deambulo. No tengo que justificarme por ello ante nadie.

Fue una tarde en el café habitual de la Staré Mesto, en que de pronto se interrumpió al darle un ataque virulento de tos y salió deprisa. No le volví a ver.   



lunes, 3 de junio de 2024

Espérala, poema del palestino Mahmud Darwix. Canta Amal Murkus

 




Con la copa engastada de lapislázuli
la espero,
junto al estanque, el agua de colonia y la tarde
la espero,
con la paciencia del caballo preparado para los senderos de la montaña
la espero,
con la elegancia del príncipe refinado y bello
la espero,
con siete almohadas rellenas de nubes ligeras
la espero,
con el fuego del penetrante incienso femenino
la espero,
con el perfume masculino del sándalo en el lomo de los caballos
la espero.
No te impacientes. Si llega tarde
espérala
y si llega antes de tiempo
espérala,
y no asustes al pájaro posado en sus trenzas.
Espérala,
para que se sienta tranquila, como el jardín en plena floración.
Espérala
para que respire este aire extraño en su corazón.
Espérala
para que se suba la falda y aparezcan sus piernas nube a nube.
Espérala
y llévala a una ventana para que vea una luna bañada en leche.
Espérala
y ofrécele el agua antes que el vino, no
mires el par de perdices dormidas en su pecho.
Espérala
y roza suavemente su mano cuando
poses la copa en el mármol,
como si le quitaras el peso del rocío.
Espérala
y habla con ella como la flauta
con la temerosa cuerda del violín,
como si fuerais dos testigos de lo que os reserva el mañana.
Espérala
y pule su noche anillo a anillo.
Espérala
hasta que la noche te diga:
no quedáis más que vosotros dos en el mundo.
Entonces llévala con dulzura a tu muerte deseada
y espérala...






sábado, 1 de junio de 2024

Aleksandr Mijáilovich eterniza a la vieja

 


"Es absurdo que viva angustiada
y que los recuerdos me acosen.
No visito a menudo la memoria,
pero ella siempre viene a asombrarme".

Del poema El sótano de la memoria, de Anna Ajmátova.


Acaba de una vez, Aleksandr Mijáilovich, que me canso. Ya sé que te gusta probar una y otra vez ese artilugio diabólico. Y luego encerrarte en un cuarto sin luz. Vas contando por ahí que tus imágenes son algo natural. Pero yo ahora mismo estoy posando -¿lo llamáis así los de tu gremio?- para ti. Te estoy mirando por encima de la lente y me río por dentro de tanto movimiento que te traes. Esa cara risueña y a la vez atrevida que pones se te turbaría si supieras que soy yo quien te observa y te capta. Y entro en el juego de hacerte creer que lo que esa máquina plasma es lo que existe. Pero tal vez no es lo que es sino lo que parece que es. Sí, Aleksandr Mijáilovich, piensas que al mirar a la vieja, tú lo llamas eternizar, estás viendo su pasado, el pasado que, de alguna manera, también es tuyo. Pero no necesito de esas estampas que pretendéis que las cosas, o las personas, son tales como son. Si quiero verme, me contemplo dentro de mí. Y recuerdo.

Tú y tu Varvara y ese grupito de muchachos que os coméis el mundo hacéis grandes cosas, al menos lo que nunca se había hecho antes. Pintáis, diseñáis, escribís, confeccionáis trajes para los trabajos, os volcáis en mil imágenes que llegan a todos. En pro de la nueva era, repetís. No hay un caramelo de niño o una cajetilla de tabaco o un anuncio de pasta de dientes o un escenario de teatro que no lleve la marca de vuestra imaginación. Para unos es divertido, otros no lo entienden. Pero todos dicen: son los nuevos tiempos. Esa exclamación que deseáis colectiva os compensa. 

Aunque te parezca ausente yo sí entiendo lo que hacéis. Y lo aplaudo. Porque ya estaba aburrida de un mundo viejo y poco imaginativo en que los periódicos, por ejemplo, a los que tan aficionada he sido, solo sabían ensalzar a zares y popes y calcular los réditos de los propietarios seculares. No caigáis vosotros en los mismos vicios que cayeron antes los paniaguados y falsos intelectuales que justificaban los actos de los caciques. 

Pero no me estás escuchando, Aleksandr Mijáilovich, y entiendo que mi voz interior no te llegue y cuando acabes tampoco tendré ganas de sacarla. Tal vez otro día, si volvéis por aquí y traéis a ese poeta gigante y a su novia y al marido de su novia, yo os cuente mi versión sobre la vida, a vosotros que con tantas ganas enunciáis que hay que cambiarla. Al menos en algunos de sus aspectos formales y, como decís, estéticos. No os parece poco porque consideráis que la estética es la expresión del alma noble de quien no se rinde a la mediocridad ni a la sumisión. Y esta actitud puede ser la mejor senda para tocar algo de verdad.

Mas, ¿acaso la vida se puede cambiar de la noche a la mañana? Sin duda, muchas de las maneras y condiciones en que se vive deben modificarse simplemente para que la gente no padezca tanto. Otros dice que para ser felices, pero a mí me suena a palabrería de estos advenedizos funcionarios que ahora prometen y prometen. ¿Quién no ha prometido nunca antes? 

Me parece hermoso lo que os traéis entre manos,  Aleksandr Mijáilovich, aunque no me entre todo en la cabeza. Me tendrás que ayudar a entenderlo. El que sea vieja no significa que esté fuera del mundo. Y te habrás dado cuenta que vida y pasión por vivirla no me ha faltado nunca. ¿Ves cómo me permito leer aún los periódicos que tanto se llenan de propuestas de incautos y de órdenes veladas? Pero yo solo me creo lo que me apetece creer, que es casi nada. Leo entre líneas para saber. Leo lo que no está escrito para intuir.

Además es como si leyera la mitad. Este ojo casi del todo opaco me obliga a esforzar al menos malo, que es con el que me valgo. ¿Sabes que ese amigo vuestro que se dedica a otro de los inventos modernos, lo llama cinematógrafo, siempre me dice que lo mejor de ver con un solo ojo es que no ves sino la mitad de lo malo? Y yo le digo demoledora: ¡y de lo bueno! Y él siempre se ríe, con lo serio que parece, porque le gusta provocarme. Así que termina este trajín que te traes, Aleksandr Mijáilovich, que no soy una venus. Aunque lo fui.  



*Fotografía de Aleksandr Mijáilovich Rodchenko

jueves, 30 de mayo de 2024

Me pongo a leer el periódico con gafas infantiles

 



Creo que hoy me voy a poner a leer el periódico con mirada de niño. Como si no hubiera recorrido acontecimientos, padecido cólicos, sufrido necedades, algunas propias, probado frustraciones y no se hubieran hecho reales e irreparables tantas pérdidas. ¿Lo conseguiré? Incauto de mí.

Me falta el gesto risueño al levantarme. Tal vez el mecanismo de respuesta a las expectativas apenas funciona. A ver, me digo, ¿qué tenemos hoy que sea estimulante? Hurgo en el armario de las categorías conceptuales y reviso la actualidad de las palabras. ¿Me servirá?

Extraviada la candidez, agotada la inocencia que me caracterizaba, incubada otra clase de ignorancia que me iba a perseguir para siempre y desarrollada cierta clase de autodefensa que no voy a desvelar, ¿qué recursos me quedan por probar para hacer de la respiración algo más que un fenómeno instintivo? 

¿Fue antes o después de aprender a leer cuando mi sonrisa trocó? ¿O se trataba de ir adecuándome al medio, unas veces sinceramente, las más aceptando las formas de las reglas del juego? Como oxígeno la curiosidad sigue circulando por mis venas, no expectante como antes, escasamente esperanzadora, pero manteniendo un sustrato divertido. Todo resumido en: lo que te queda por ver, amigo. 

Adicción a los periódicos de papel desde entonces. Un entonces al que recurres como si su evocación fuera el presente. No solo un adverbio. Pero los adverbios de tiempo miden mejor que los calendarios el transcurrir, sorteando y obviando fechas de caducidad.

Los periódicos nunca fueron bolas de cristal. Sí espejos. No siempre nítidos. Nos gustaba mirarnos en ellos y esperábamos que nos devolvieran imágenes que deseábamos prometedoras de todos nosotros. ¿Qué prometían? No sabría responder bien.

Criba. Instintiva (el propio aprendizaje cultura es ya instinto), electiva (necesidad de no tragar cualquier cosa), bienintencionada (defensa de la propia salud mental) Las dioptrías del intelecto han crecido en exceso. Las gafas actuales deben estar dotadas de unas lentes perfeccionadas. Si no se corrigen bien las deficiencias aumentan las posibilidades de tropezar. Uno solo quiere tropezar lo mínimo.

Forma. Un periódico (que valga la pena) bien vale ser desplegado con una taza de café sobre una mesa (¿las hay todavía de mármol?) en un café (¿queda alguno que sea acogedor para un individuo consigo mismo?) Ese, aquel, modo de pasar el rato sin ninguna afectación, o reduciendo la irritación al máximo. Salir del café local con una serenidad que te permita contemplar el día por delante.




lunes, 27 de mayo de 2024

Breves preguntas a los criminales


 

Esta niña, víctima del bombardeo israelí de hoy sobre un campo de refugiados de Rafah en Gaza, ¿es antisemita, asesinos? Vuestra criminalidad es insoportable. La inacción de Oriente y Occidente aturde. La alta política y la falsa moral de las religiones se desacreditan permanentemente. La impotencia consume. Mientras, los palestinos padecen. Y los más inocentes no entienden nada. Verdugos, ¿ya no os acordáis de la Shoá? ¿La habéis borrado de la memoria?


https://elpais.com/internacional/2024-05-27/guerra-entre-israel-y-gaza-en-directo.html



sábado, 25 de mayo de 2024

La logia de los bustos




"Otros habrá -lo creo- que con rasgos más mórbidos esculpan 
bronces que espiran hálitos de vida y que saquen del mármol rostros vivos, 
que sepan defender mejor las causas y acierten a trazar con su varilla 
los giros en el cielo y anuncien la salida de los astros".

Virgilio, Eneida, libro VI, 847-850 



El responsable del taller recibió al visitante. Deseo encargar, dijo este, un busto para el senador acorde a sus características y, por supuesto, a sus acciones y labores de gobierno. 

El encargado se deshizo en amabilidades y, aunque desconocía a la autoridad citada, se tomó el capricho de alabar al poderoso magistrado. Naturalmente, le puedo mostrar los vaciados de algunas de las obras que hemos realizado anteriormente pero para mayor aproximación a la personalidad del senador le sugiero que él venga aquí o bien puedo enviar a mi mejor especialista a su villa. Los matices son importantes a la hora de elaborar un busto que se diferencie de otros. Ya sabe, qué atributos desea que queden resaltados, el aire de su vestimenta, qué clase de peinado, si con su rostro pretende emitir severidad o bonhomía. También es decisivo saber dónde piensa el senador situar su imagen ¿Dentro de su casa o en el jardín? De ser en interior interesaría conocer el espacio. Si se trata del vestíbulo o de la sala de banquete o inclusive en el propio dormitorio. En el caso de que sea en zona ajardinada importa conocer si va a ir acompañada de luz o en un rincón umbroso. Debe haber una compenetración entre la identidad del prohombre y el ámbito donde perdure su presencia a través de la escultura, incluso más allá de su vida dichosa. 

Nada de eso, y el enviado detuvo bruscamente las explicaciones del maestro. Va a ocupar un lugar concreto en una logia y ya sabe usted lo que eso significa. 

Por supuesto, intervino de nuevo el otro. Que deberá competir su imagen con una sucesión de bustos que estarán ocupando el recorrido de la arcada. Complicada propuesta aunque más apetecible aún; supone un desafío para nosotros. Porque en ese marco por una parte se corre el riesgo de minimizar su carácter respecto a otras hermas expuestas. ¿Y eso es un problema que zanjaría ahora mismo el encargo?, se impuso el mensajero. Déjeme terminar. También se garantiza que la escultura sea visualizada y, sobre todo, más conocida debido al tránsito de ciudadanos. Ya le he dicho que para nuestra imaginación es un desafío. Nos exige más. Solo trato de ver pros y contras. Habrá que buscar la manera de que se imponga el busto de su señoría a otras obras. 

El negociador del magistrado lo dejó claro. Por cuestión de emolumentos no va quedar. Los multiplicaremos si el acierto es insuperable.  Déjeme que insista en un riesgo, dijo el tallista. También en una logia importa la ubicación. No es igual un extremo que un espacio centrado, ni un ángulo que la posición más exteriorizada, ni estar en la proximidad de una columna o tener una pared detrás. Cierto, dijo el visitante. Pero de eso no se preocupe. En una logia no siempre permanecen las personificaciones de todos los próceres y además muchos benefactores vienen a menos. Los bustos también pueden ser efímeros, dependiendo de circunstancias y, digamos, de los aires que soplen. Eso del sitio reservado es cosa nuestra. Ustedes trabajen en dotar al senador de una caracterización exquisita y única, que sorprenda y destaque. 

Disculpe, caballero, pero me sigue quedando una duda fundamental, intervino otra vez el artista. Sin una referencia más exacta de su señoría, ¿por dónde empiezo a pensar en cómo voy a abordar la obra? ¿Qué rostro le voy a diseñar si no le conozco en persona? Échele magín, maestro, usted tiene una fama extraordinaria. Dote a la obra de todas las perfecciones estéticas posibles y de todos los símbolos virtuosos más reconocidos. El senador se acomodará a la imagen que usted labre de él. Al fin y al cabo son las estatuas las que sobrevivirán al tiempo más que los vivos y en gran manera serán ellas las que pasarán a la historia, ¿no cree? ¿O no sabía que en el futuro nuestros prohombres solo serán reconocidos por el aspecto que ustedes los artistas ejecuten de ellos?    





*Fotografía que hice una vez en un mercadillo callejero. La cita de Virgilio está tomada de la edición de Eneida en Editorial Gredos, traducción de Javier de Echave-Sustaeta.

miércoles, 22 de mayo de 2024

La voz que no cesa desde la piedra testigo

 




No hablo desde mi boca, desaparecida. No busquéis, pues, el órgano por donde debería emitir la voz. Escuchad más bien en la huella de mi aviesa mutilación.

Es lo que sigue siendo mi cuerpo el que narra. Este torso una vez triunfante el que clama. ¿Veis acaso en él rastro de un lloro? ¿Os transmito la imagen de rendición y de hundimiento?

Los ejecutores de mi partición creyeron que me convertían en insignificancia. ¿Pensaron que privándome de la cabeza y de los miembros acabarían con lo que yo signifiqué? ¿Y que separándome de las otras figuras que llevaron análogo destino destruirían  el objetivo por el que fui creada?

No me ahogo en la indignación, pues los indignos son aquellos que combatieron con saña no solo otras vidas sino los símbolos de estas ocultos en la piedra.

Los cercenadores infames rieron al acabar con los atributos que una vez representé. Torpes ellos, no cayeron en la cuenta de que en mi torso se concentran todas las cualidades de la vida. En su obnubilación no advirtieron que lo que han dejado de mí permanece entero.  

Al destruir el grupo de estatuas cantaron victoria. ¿Puede proclamarse el odio como una victoria? Al desperdigar los pedazos de todas nosotras se empaparon de su propia ebriedad. ¿Puede ser objeto de brindis la destrucción?

Arrojado al olvido he hablado a través de la eternidad con el légamo y la lluvia que celebran con modestia los días y amparan a los perseguidos. Ellos saben de la maldad de los hombres, pero los perversos no pueden hostigarlos.

Los verdugos no acaban nunca con el valor y la verdad que emergen tras cada destrucción. Sus hazañas devastadoras pueden desviar unos metros la historia. Jamás la detienen para siempre. Mas las vidas perdidas y las urbes arrasadas no hallarán por ello consuelo.

Soy testigo de un tiempo histórico pero también de la naturaleza contradictoria de los hombres. Hablo, seguiré hablando, y los visitantes receptivos deben escucharme. 





* La escultura es un torso perteneciente a un conjunto escultórico realizado por Emiliano Barral, importante artista del primer tercio del siglo XX, nacido en Sepúlveda (Segovia) y fallecido en 1936 combatiendo como integrante de las milicias cenetistas segovianas en la defensa republicana de Madrid. El conjunto, del que se desconoce el destino del resto de las figuras, era un homenaje al poeta vallisoletano Leopoldo Cano y se instaló en una plaza. Pero la sublevación anticonstitucional triunfante en la ciudad provocó que el odio de los intolerantes y fanáticos destruyera la obra. Como en siglos pasados e incluso en nuestros días hicieran y hacen análogos reaccionarios de todos los pelos. Este torso se encuentra instalado en los jardines del Museo Nacional de Escultura de Valladolid. 



lunes, 20 de mayo de 2024

Confidencias de un atleta

 


Soy la apariencia. La armonía de mis proporciones durará lo que la naturaleza y los avatares de mi vida lo permitan. 

No eres lo aparente, me dicen otras esculturas que no se diferencian excesivamente de mi imagen. Te conservas bastante completo, se apresuran a recordarme figuras más mutiladas. Es un lujo lo tuyo, señalan los bustos demediados. Ya quisiéramos nosotras retener algo de tu presencia íntegra, claman entristecidas facciones de rostros golpeados. Incluso me hablan con celo algunos anónimos torsos de piedra o diminutos fragmentos de bronce de cuerpos desaparecidos. 

Fui algo mientras celebré aquellas festividades en honor de nuestras ciudades y en reconocimiento a las divinidades que decía la tradición que nos protegían. Durante los ejercicios donde competía en camaradería con otros atletas. Pero sé que mi esfuerzo era solamente algo específico de mí y yo estaba enormemente agradecido al organismo que había desarrollado.

Cuando los efebos entrenábamos y más tarde solazábamos juntos no se manifestaban especiales envidias. Yo nunca fui competitivo. Tan solo tenía que probar lo que daba de mí y al desarrollar la carrera o desempeñar lanzamientos era consciente de que rendía culto a las posibilidades proporcionadas por mi propio cuerpo.

Yo y mi cuerpo. Y rigiendo estas proporciones una mente que intuye el tiempo de que dispondré y decide lo que mis energías alcanzarán. Sé que habrá un límite. Acaso no lejano. Probablemente incluso antes de la pérdida de propiedades físicas. Las guerras de la Hélade se han llevado por delante a atletas superiores a mí. Puede ser también mi destino precario.

Mi amiga hetaira, que me ha abierto la perspectiva del placer de la inteligencia, dice que no debo consumirme inútilmente. Que belleza no solo, o casi nunca, es apariencia, como tampoco es un estado duradero. Que belleza no se limita a musculaturas armoniosas ni a volúmenes medidos por la física. Que belleza no consiste en exhibición de formas, sino en entrega e intercambio de emociones. Que belleza es dejarnos llevar por el conocimiento de la naturaleza. Que belleza es el placer del intercambio y de la observación.

A los atletas se nos admira porque superamos capacidades físicas de otros individuos. Pero hay muchos a los que no se les ha facilitado la posibilidad de demostrarlo en los juegos. Sin embargo, como sé que existen, a ellos también los reconozco y les brindo mis triunfos si tienen lugar o les extiendo mi mano para animarles en cualquier empeño, de cuerpo y mente, que impulse las aptitudes que cada humano lleva dentro.

Ahora que me han instalado en un museo como una pieza más, como si no tuviera más sentido que el recuerdo de lo que una vez representé, reclamo el mérito de lo ausente.  La consideración de la vida que hubo en otras épocas y ciudades. El gran valor de los trabajos y los días donde los hombres y mujeres se esforzaron, disfrutaron y padecieron. Los personajes desaparecidos bajo tierra o en las profundidades marinas hablarán de nuevo alguna vez como yo he hablado.



 
* Atleta de Fano, también llamado Atleta victorioso, escultura griega del 300-100 a.e.c., recuperado de sus adherencias submarinas, actualmente en el Museo J. Paul Getty en Los Ángeles. Según sentencia reciente del Tribunal de Estrasburgo Italia puede pedir la devolución de la obra pues considera que fue sacada de contrabando de Italia.


sábado, 18 de mayo de 2024

Las inoportunas parálisis en la vida

 



No fui nunca excesivamente habilidoso. En el servicio militar no se me daba mal ejercitar la carrera, subir por una maroma o tirarme cuerpo a tierra y afinar la puntería. De hecho, me seleccionaron para un cursillo de francotirador, que decían de manera más rimbombante tiradores de élite. Eso de ser francotirador con objetivos estáticos no tenía ni mérito ni emoción, pero llegaron a premiarme. Sin embargo en otros ejercicios la maña, bien fuera por nervios o porque no acertara con el artilugio, me traicionaba. 

Recuerdo un día en que fuimos a practicar con granadas de mano. Era habitual que me costara un poco desprender la cinta de la espoleta con los dientes, arrojar lo más lejos posible el artefacto y tirarme de bruces al suelo, resguardándome siempre tras unos sacos de arena. Antes o después lo lograba. Pero aquel día que pudo ser fatídico no sé qué me sucedió. 

Ante la orden del sargento chusquero me dispuse a colocar mi cuerpo en acción para arrojar la bomba de mano lo más lejos posible. Le pegué la dentellada a la cinta pero sin embargo fui presa de la inacción. ¿Saben lo de la cámara lenta del cine? Tuve de pronto la sensación de que no coordinaba mis movimientos y que sujetaba el artefacto con ligereza excesiva, demasiado volátil. Arrancar la cinta de seguridad me estaba pareciendo un proceso largo, inacabable. Permanecí inmóvil en una posición difícil de precisar. Yo miraba tontamente aquel ingenio maligno. Incluso presentí un diálogo sordo con él. De pronto lo que tenía en la mano no me parecía familiar. Me desagradaba la forma cilíndrica, las estrías de su superficie, el mismo color terroso oscuro con que venía de fábrica. 

Todo el mundo pendiente de mí. Hasta el suboficial dudó y creo que le contagié la parálisis. El recuerdo vago que tengo es que me quedé contemplando el fruto prohibido en la mano y que las voces del superior retumbaban mientras a mis compañeros, atónitos, se les congelaba el alma. 

Ellos a dos metros de mí. Tírala, tírala de una maldita vez, oí la voz tronante. Pero yo permanecía indeciso, despistado, casi indispuesto para ejecutar el lanzamiento. Sentía mi mano agarrotada sobre la bomba. No soltaba aquella carga destructiva y mi cuerpo vacilaba en una postura retorcida, nada cómoda. 

De pronto los dedos se fueron relajando, la palma se abrió como una ofrenda perversa. Sentí cómo me orinaba. Las voces me llegaban de todas partes, pero las recibía apagadas, dispersas. El tiempo se detuvo. Fue una escena también de cine. Alguien corta por un instante el proyector. Silencio mudo y expectativa. No recuerdo si el público pateaba o estaba sin palabras. Los instantes, tan largos. 

Si fue un calambre o estar sufriendo una abducción lo que me atacaba no se supo nunca. La granada se deslizó juguetona entre las piernas de los reclutas próximos. Yo con la cinta aún entre los dientes y aquél explosivo yaciendo inútil por los suelos para relajada sorpresa de todos. Sin explosionar. Qué suerte, cabrones, repetía una y otra vez todo sudoroso el sargento. Defecto de fábrica. Pero tú...y me acusó energúmeno, disfrutando de toda clase de improperios. 

Mejor evito relatar la disciplinaria que me vino a continuación. Pero aquello me sirvió, un tiempo después, para escalar entre los tiradores de objetivos móviles. Era más seguro para los míos. Las figuras de paso que se pusieron a tiro no podrán decir jamás lo mismo.


  

* Imagen: Galo moribundo. Copia en escayola de 1885, sobre una copia romana del siglo III antes de nuestra era. Casa del Sol. Museo Nacional de Escultura de Valladolid,


lunes, 13 de mayo de 2024

Ni sé si he nacido, ni sé si me he muerto

 


Ni sé si he nacido, ni sé si me he muerto. Al mirarme advierto que desconozco mi estado. Puedo estar en formación de un ente que no sabría situar en el mundo de las especies. O tal vez es la imagen que brinda mi propia descomposición, sin que logre recordar si antes tuve otra identidad. 

En este espacio de inmersión que me oculta las sensaciones tengo la impresión de estar habitado por otros seres. Puede que sea la suma de todos ellos. Adheridos a mi cuerpo irreconocible me impregnan, me mecen, procuran mi abrigo, me colonizan. No soy. Soy de todos ellos. 

Tanta humedad ha penetrado en la materia de origen. Ignoro si soy transformación o una condición amorfa. De no verme de este modo jamás hubiera pensado que la vida fuera tan plural y llegara a poseerme. Acaso a haberme hecho.  La pluralidad compitiendo consigo misma. Yo, en una situación en la que no me reconozco. 

Otras vidas se imponen a la que supuestamente tuve. Anclado en un fondo arenoso mi secuestro es una liberación. Si alguna vez fui otro lo he olvidado. Ahora me veo solamente como masa. Una masa olfateada por multitud de especies. Corroída por la salinidad. Engrosada por una sucesión de elementos que no sé descifrar. Mis pies se hunden, tal vez sean vago recuerdo. A veces siento oscilaciones. Cuando no derribos. 

Pienso ahora en los que viven. Creen ingenuamente que son algo. Que son. Necesitan saberse en sus relaciones, sus posesiones, sus experiencias. Se identifican más con un estatus que con las propias sensaciones. Aquellos filósofos que se pasearon alguna vez junto a mí gustaban de debatir sobre la existencia. Según ellos allí yo era un ser. Pero aquí soy la nada. La preñez de la naturaleza marina que se empeñó en darme cobijo. 

Llevo mucho tiempo en las profundidades y no he visto nunca a ningún ser fantástico que marinos y exploradores nombraban como reales. Ni siquiera las sirenas de aquel que decía sentirse acosado por ellas y buscaba eternamente un retorno al origen. ¿Seré yo una quimera o simplemente un error intrascendente? Los hombres viven cultivando la ilusión, fomentando la construcción endeble de una trascendencia. ¿Fui yo una vez como cualquiera de ellos?

Desecho o fango, soy la secuela de mi propia pérdida. La huella extraviada de algún pasado cuya interpretación me es privada. 

 

 

*Imagen del Atleta de Fano


sábado, 11 de mayo de 2024

Esta eclosión que me asombra

 




Estos días observo el florecer. Hasta ayer se sugería. De pronto eclosiona. Me pregunto cuál es su estado auténtico. Llamamos flor a lo que acaba de nacer. ¿Por cuánto tiempo? 

La belleza sin parangón de la manifestación definitiva de unos brotes nos desborda. Ya ha echado flores, decimos. Lo hemos estado esperando. Expectantes e incrédulos. Este año no sale, decían los agoreros. Todos nos quedamos admirados, sorprendidos, silenciosos. Un gesto orante. Luego las palabras elogiosas. Si no hablamos no nos sentimos alguien, no nos hacemos presentes. Pero el florecimiento no precisa articulación de vocablos. Solo nos pide sentir la sensación. Consecuentemente desarrollar un sentimiento. 

Los botánicos nos han explicado el proceso, pero nos cuesta comprenderlo. No somos la planta. No nos basta comparar el desarrollo, ese modo técnico y vital, de engendrarse y crecer de un vegetal con el de un humano. Nos aproximamos a ese otro mundo relacionándolo e incluso equiparándolo con el nuestro. Necesitamos que los demás mundos, las demás vidas del universo, nos ratifiquen. Somos torpes e ingenuos. Esos mundos pueden afirmarse por sí mismos. Sin necesidad de nosotros. A pesar e incluso en contra de nosotros.

Me quedo pensando si mi actitud ante este destello de vida, que es el final, no será una actitud de amor. Miro y vuelvo a mirar por todas partes. El capullo aún no brotado, la flor abierta con sus amplios y sedosos pétalos, su cáliz brindador, el recóndito pistilo pletórico de feminidad, los delicados pero efectivos estambres, los colores tenues, su verde corazón como testigo de un origen que volverá. 

Siento amor porque me abstraigo. Por unos instantes no soy un varón, ni siquiera un hombre. Me limito a entregarme como observador embriagado por una manifestación que me supera. Esta mirada tiene una vertiente opuesta. La flor no va a pasar de ahí. Va a acabarse en pocos días. No se mantendrá en el tallo. Habrá cumplido su ciclo, pienso. Yo también cumpliré el mío, me digo para establecer un nexo con ella. Vano intento, solo fantasía. Yo aquí, ella ahí. Pienso entonces en unas palabras de Alberto Savinio en su deleitosa Nueva enciclopedia: "El examen 'especializado' de cada género de amor nos dejaría probablemente con las manos vacías. Hay una razón ineludible que impide toda posibilidad de encuentro entre nosotros y el amor, y es que, en el instante mismo en que está a punto de nacer, el amor muere. ¿Muere solamente el amor de los sentidos, como por desgracia sabemos? No, también cualquier amor, incluso el de la riqueza, que muere en el acto mismo en que el hombre adquiere la riqueza".





jueves, 9 de mayo de 2024

Lo que la naturaleza no da, Salamanca no presta. Pero esta vez la secular Universidad pública ha perdido el norte

 


Ay, Fray Luis, si tú supieras. Si te enteraras de que va a dirigir tu universidad preclara un personaje llamado Juan Manuel Corchado, que ha hecho trampas durante años. Probablemente perderías tu calma y bajarías de la peana para tirar de las orejas al profesorado y al estudiantado por elegir lo mediocre o por permitirlo. ¿Tan bajo has caído, Salamanca? ¿Aún se podrá invocar aquel lema histórico, Salmantica docet, Salamanca enseña?

Según leo en El País, el recién elegido rector de la Universidad de Salamanca "...ha hinchado su impacto científico con trampas durante años, añadiendo miles de autocitas irrelevantes en sus publicaciones, dando instrucciones a sus trabajadores para que citaran sus estudios y beneficiándose de multitud de perfiles fraudulentos de investigadores inventados dedicados a mencionar compulsivamente sus artículos".

Consolación: de 33.000 universitarios llamados a votar en una candidatura sin alternativa porque nadie más se presentó (por qué habrá sido) solo han votado a este señor 2.131, un 6,5%. ¡Rector con un 6,5! Entre los profesores permanentes, informa El País, el rechazo a Corchado fue altísimo. Sobre una participación del 72% se dio un voto en blanco del 46%. Ya dice mucho. Pero el elegido ¡va a mandar! Y con un presupuesto anual de 293 millones de euros.

Me acuerdo de alguien relativamente cercano a nuestro tiempo: Miguel de Unamuno. ¿Qué pensaría aquel rector sabio que fue depuesto por golpistas? ¿Que siempre han estado ahí los que vencen pero no convencen? Ni el pudor ni la prudencia deben ser ya virtudes académicas. Y eso no es sabiduría y menos enseñanza, al menos ética.


https://elpais.com/ciencia/2024-05-07/juan-manuel-corchado-gana-las-elecciones-a-rector-de-la-universidad-de-salamanca-con-la-mitad-del-profesorado-en-contra.html#

https://www.eldiario.es/castilla-y-leon/provincias/salamanca/juan-manuel-corchado-sale-elegido-nuevo-rector-universidad-salamanca_1_11348490.html



lunes, 6 de mayo de 2024

Del banquete en casa de Lárico de Siracusa


 
Cuando vierte Atis, la sierva de mi amigo Lárico, el vino en mi vaso me estremezco. Plena confusión. El porte inquietante de la muchacha, su natural fragancia, el modo tan refinado de escanciar de la jarra y la jarra misma me abstraen del banquete. 

Mientras mi anfitrión sigue hablando yo me extravío en la contemplación del hombro descubierto de la esclava y en el baile que ejecuta con su brazo al llenar mi copa. Lárico hace como que no lo advierte. 

Cuando hemos sido servidos él paladea esperando algún gesto por mi parte. No bien acabo de degustarlo me parece acertado darle una opinión. Con estar en buen punto este vino, le digo, aún he quedado más sorprendido por el ceremonial que tan sencillamente ha ejecutado la muchacha. 

Lárico se sabe orgulloso de la servidumbre que atiende su casa pero es recatado. Me deja seguir hablando. No esperaba un enócoe tan elaborado y con una decoración tan sutil. Si te dijera que su calidad ha crecido en manos de la sirvienta, ¿dirías que exagero?

Lárico esboza una sonrisa prudente. No tendría sentido que poseyera objetos hermosos, mi estimado Alceo, si no dispusiera de las personas adecuadas para tratarlos y ennoblecerlos, ni de los amigos que valoran con su contemplación la obra del artesano. Pero tú no equivoques nunca el disfrute de un elemento de uso, por muy exquisito que les parezca a tus ojos, a tu boca o a tu tacto, con la atención y  el cuidado de una mujer que reclama y procura tu satisfacción.




*Enócoe de cerámica corintia del museo etrusco de Villa Giulia.

viernes, 3 de mayo de 2024

La noche en que se me apareció la evanescente

 


La otra noche se me apareció la evanescente. No estoy seguro si fue en la fase REM o en duermevela. Por fin te has acordado de mí, me dijo. Y como advirtiera mi perplejidad: pensé que podrías haberte muerto. No reaccioné de momento. ¿Te quedas callado? Balbuceé pesadamente. No sé, hay veces, que pueden ser años o siempre, en que uno muere para algo. Para una actividad o una relación o para esto mismo de las escrituras al vuelo. La evanescente me miró molesta. Lo entiendo, pero esta vez te habías olvidado de mí completamente. Y no han sido dos días, han sido...Calla, la corté. Estoy dispuesto a subsanarlo. Oh, no, el tiempo abandonado no se subsana jamás, no te justifiques, y usó un tono indignado, pero se mantuvo expectante. ¿Cómo es que ahora de pronto me has buscado nuevamente? Tal vez ya no soy la misma y probablemente tú tampoco. Se mostró dura. Frotándome las legañas acerté a hilar una explicación lógica. Eso es lo interesante, no ser los mismos ninguno de los dos y pretender tratarnos de nuevo. Como si no se hubieran producido interrupciones. Las distancias temporales suelen resultar más aportadoras que las espaciales. Ambos arriesgamos en nuevos encuentros, teniendo en cuenta que el principal riesgo está en que nos rechacemos fácilmente, a la primera de cambio. La observé muda. ¿Ahora callas tú? Reventó, pero con tono moderado. No es necesario que me des explicaciones. Del mismo modo que tampoco espero las mismas efusiones que en otras épocas, amigo mío. Y para celebrar el reencuentro, dime, ¿de dónde has sacado ese personaje con un rostro tan desagradable, por no decir repugnante? Espero que no dure mucho, porque me irrita. Veré qué puedo hacer, le prometí esquivo. Ya te lo contaré algún día, de momento veo en esa cara una fisionomía gestual que resulta interesante. ¿No será más bien una fisiognomía a través de la que pretenedes aproximarte a un carácter o a una personalidad?, dijo con agudeza. Puede ser, y es que sucede que los tiempos gestuales son en ocasiones más expresivos que los verbales. Los latinos sabían mucho de ello.


https://tulaevanescente.blogspot.com/

(Un enlace por si alguien quiere saber más de ella, la evanescente)