lunes, 30 de mayo de 2022

El pasado como escenario cinematográfico (Serie negra, 96)

 



Anda por aquí tu amigo Seymour, dice Madox, el director de fotografía, a Lynn. No sé cómo se ha enterado de que estamos haciendo un reportaje de las ruinas, pero no te extrañe si aparece en cualquier momento. Lynn pone cara de disgusto. Seymour se entera de todo, es como si siguiera nuestros pasos. ¿Nuestros pasos? ¿No serán los tuyos?, le dice Madox. Puede que también, matiza la arqueóloga, pero no solamente por celos. O acaso ni siquiera por celos. Él siempre quiere estar informado. Nunca ve una actividad ajena en su punto justo, sino que piensa que detrás tiene que haber siempre otra intención. Ya sé que es muy propio de un diplomático, pero en el caso de Seymour es obsesivo. ¿Tal vez por la crisis internacional?, apostilla el director. En ese caso, más vale que nosotros permanezcamos al margen. Lynn niega con la cabeza. Nadie está al margen cuando el mundo está a punto de saltar por los aires. Ni siquiera los pastores y otros nativos, que han vivido en su mundo aséptico, permanecen hoy día seguros. Cualquier tensión de un rincón del planeta repercute en el que está más lejano. El precio a pagar será mayor o menor en función del interés que tenga para los poderes que compiten el espacio en disputa. O los objetivos recónditos que persiguen. Además, si lo piensas bien, Madox, estas mismas ruinas ya han pasado por decadencias, probablemente sucesivas. La pugna por territorios y hegemonías es tan antigua como las primeras civilizaciones. Que ahora alcancemos a ver la magnificencia de aquellos poderes que se consolidaron, sometiendo a otros a su vez, nos permite concluir que también ellos tuvieron su final. Cuando hablamos del pasado, ¿de qué hablamos realmente? ¿De las ilusiones que percibimos acerca de un mundo desaparecido? ¿De las imágenes de sus grandes y avanzadas obras? ¿De la herencia del sentido de una estética y una realización técnica que resultaron a la larga efímeros, por más siglos que durase? Nos complacemos en estas muestras que nos dan idea de su desarrollo material y, por lo tanto, de conocimientos. Han sobrevivido más o menos bien y las valoramos. ¿Nos debemos quedar ahí? ¿No conviene explorar la historia oculta de estas culturas, que poco a poco nos ofrecen datos para que interpretemos las extensiones y los límites de tal obra humana? No puedo por menos que comparar, dentro de una relativa ficción, aquellos milenarios tiempos con los que vivimos ahora. Es como si la naturaleza humana siguiera teniendo los mismos comportamientos. 

Sé que te gusta establecer analogías, Lynn, dice Seymour, que acaba de aparecer en medio del rodaje. Se muestra cordial pero severo. Del pasado hay que aprender, pero sin conocer los detalles del tiempo que vivimos no podríamos hilar para resolver las enrevesadas tramas en que nos vemos hoy envueltos. Seymour, no te creí tan interesado en el cine al servicio de la cultura, dice Lynn con ironía ante la presencia del diplomático. Seymour esboza una sonrisa muy inglesa. Yo tampoco pensé que estuvieras tan prendada de la vida cotidiana de la gente de estas regiones. Sé que hablas bastante con ellas. Seguro que podrías contarme mucho. Lynn presume un tour de force con el recién llegado. Estoy ahora a lo que estoy, le replica con desdén. 
 





(Fotografía de Latif Al-Ani, Babilonia)

viernes, 27 de mayo de 2022

Una leyenda ancestral (Serie negra, 95)

 





¿Quiere que le cuente una historia que he escuchado desde niño? El rostro de Lynn esbozó una mueca sonriente que el zagal interpretó como afirmación. 

En una aldea de la región de Ur había un pastor que tenía dos canes para vigilar el rebaño. A uno lo llamaba Demiurgo y a otro Diablo. Un amanecer faltó una oveja, y entonces el pastor increpó a Demiurgo, con el que tenía más confianza por su buen hacer. ¿Por qué no estabas al tanto de tu tarea y evitaste la pérdida? ¿Preferías dormir? Entonces Demiurgo mostró congoja, hundió su hocico culpable, y le prometió que no volvería a ocurrir. El otro perro, Diablo, fingió solidarizarse con su compañero pero se alegró del fracaso. 

Al cabo de unos días sucedió de nuevo que otra oveja desapareció del aprisco. El pastor se volvió a encolerizar con Demiurgo. ¿Dónde estabas que no evitaste que nos robaran otra oveja? ¿Qué confianza puedo tener contigo? Diablo observó la escena frotándose las patas contento del mal ajeno mientras ponía cara compungida. Aprovechó la circunstancia y le dijo con mala saña al pastor: si quiere, yo puedo hacer la labor de cuidar el hatajo mientras Demiurgo reposa. Demiurgo se puso en pie y, no obstante ser un animal prudente y amable, ladró con cierto encono a Diablo. Este se hizo valer. ¿Te he sacado de tus casillas? ¿No eres tú el can preferido de nuestro jefe desde el momento que te puso ese nombre tan bondadoso que llevas? ¿Acaso yo no puedo tener la opción de ser solicitado de igual a igual por mi amo? Demiurgo, que, de acuerdo a su nombre era un perro benefactor, rebajó el tono de su ira. Por mí no tengo inconveniente, le dijo a Diablo. Reconoceré mis fallos ante el amo y le propondré que te eleve de categoría vigilante. No tienes por qué ser menos que yo. 

Como resultado de la gestión, el pastor aceptó otorgar a Diablo el nuevo estatus protagonista a cambio de que le garantizase una segura protección del ganado. Diablo hizo todo lo posible por mostrarse atento celador. No dormía ni de día ni de noche, pues las vigilancias de un hatajo, se mueva o permanezca inactivo, exigen mantener los ojos bien abiertos. 

Pasaron algunas jornadas cuando una mañana el pastor observó que faltaban dos ovejas. Pero, ¿qué es esto? Me fallaba Demiurgo y ahora me falla Diablo en mayor medida. ¿Qué has estado haciendo? ¿Te dejaste vencer por el sueño?, gritó furioso el pastor a Diablo. Has resultado ser peor cuidador que Demiurgo. ¿Tampoco puedo confiar en ti? ¿Ninguno de los dos me da garantías de que este aprisco va a estar protegido por las noches? No entiendo qué ha podido ocurrir, replicó el can acusado. He permanecido alerta, recorriendo el perímetro y olisqueando los alrededores por si a alguna alimaña o a un ratero se le ocurría hacer de las suyas. Todo ha ido bien. No tengo explicación. 

El pastor, que era más perro viejo que sus perros, se rascó el cogote. Te doy otra oportunidad. Os la doy a los dos. Si me defraudáis me pensaré qué hacer con vosotros. Tal vez os quite vuestros nombres o simplemente a uno le ponga el del otro, y al revés. Pasaron días y días y parecía que la regañina había causado efecto. O bien la amenaza de remitir sus respectivos nombres les había hecho más responsables. El cuidado del ganado fue eficaz. La seguridad imperaba. 

La víspera del día de la oración el pastor, que se había levantado ufano y de buen humor, se dirigió al redil para dar comienzo a la rutina ordinaria. Pero el redil estaba abierto, se hallaba vacío y no había rastro alguno de los perros. Desesperado subió y bajó las lomas del entorno. Tomó el camino de la cañada. Descendió por el valle hacia el arroyo. No hubo pasto habitual que no registrara en busca del ganado. Sin huella alguna de este. Se dirigió a la aldea, y enloquecido preguntó a los vecinos a grandes alaridos si habían visto sus ovejas y sus perros. Nadie sabía nada. Insistió sobre si a otros les había ocurrido algo semejante en sus establos y gallineros. Pero nadie se quejó de hurtos o depredaciones. ¿Quiénes cuidaban tus ovejas?, le preguntó el representante del cheik en el pueblo. Unas veces Demiurgo, respondió. Y en otras ocasiones Diablo. Pues como el asunto sea entre el Demiurgo y el Diablo poco podemos hacer los pobres humanos, le contestó la autoridad. 

Entonces el pastor maldijo el día que puso tales nombres a sus bestias domésticas. Dicen que aún se escuchan al alba voces atormentadas que claman con ira los nombres fatídicos de los perros. 

Yo, señora Lynn, dijo Mâlik, no las he escuchado jamás. 






(Fotografía de Latif Al Ani)

martes, 24 de mayo de 2022

Charla con el zagal Mâlik (Serie negra, 94)

 


Me gustaría ser pastora, comenta Lynn a Mâlik. Siempre se os ve tan apacibles y sin que os urjan los problemas del mundo. No crea, señora, replica con timidez el zagal. Estas horas de dejar pacer al ganado no son las únicas de actividad para nosotros. Hay que madrugar, ordeñarlas, estar vigilante de que nadie te roba alguna oveja, conducirlas al aprisco, recontarlas al final del día y vuelta a ordeñar. Hay días que puede ser peor, que te digan que no vayas a los campos y te quedes en el caserío haciendo queso con tu madre y tu abuela. O que te manden a algún recado por zonas peligrosas y te arriesgues a que te asalten. Hay que aprender a hacer de todo, es el consejo favorito de nuestros mayores. Si es un abuso, como dicen otros chicos, no lo sé. Pero es lo que ha ocurrido siempre y uno se deja llevar. ¿Qué puedo hacer? Cuando me haga mayor tal vez busque otro oficio. 

Lynn gusta de escuchar a las gentes sencillas. Es como si encontrara la contrapartida no solo a su trabajo callado sino sobre todo a la sociedad de la que ella procede. Mâlik la tiene confianza. Se permite opinar con la libertad con que Lynn ha sabido ganárselo. No se queje señora, su trabajo no está nada mal. Pasar horas y horas entregada a ver lo que encuentra tiene mérito. En mi aldea muchos no saben apreciarlo, aunque estén pendientes de lo que haya bajos nuestros pies. Pero siguen pensando que todo lo que aparece es para beneficio de los extranjeros, que se lo llevan a sus países, a eso que llamáis museos. Y puede ser peor. Cuando lo que se rescata del suelo protector cae en manos de traficantes de antigüedades sin escrúpulos o de militares que se han aprovechado alguna de sus conquistas. 

La arqueóloga admira la viveza y lógica del muchacho. Su receptividad, cómo escucha la visión que ella tiene del pasado y que tanto satisface a Mâlik. El zagal no había oído hasta entonces más que leyendas, y siempre le parecieron increíbles, si bien entretenidas. Lynn intercambia saberes con él. ¿Qué te parece si tú me hablas de tradiciones y cuentos de vuestros abuelos y yo te pongo al día de lo que nos van enseñando las ruinas sobre las gentes que habitaron estos lugares hace miles da años? 

Mâlik se ajusta la kefia que le protege del sol agresivo y polvoriento, y ella adivina tras su mirada que en aquella complicidad el chico se siente un adulto reconocido. Sé muchas historias, señora, y me gusta contarlas, exclama jubiloso el zagal. Ya que me das confianza, dice ella, te voy a advertir de algo que te puede interesar. Los de mi gobierno dicen que entre los pastores hay confidentes que sirven a otros gobiernos. A mí misma me señalarían si me vieran hablando frecuentemente contigo, Mâlik. Este da un respingo. Pero los pastores somos desde siempre gente neutral. Otra cosa puede ser que los propietarios de los hatajos y de otros negocios se presten a sacar ganancia de sus chivateos, sirviendo al mejor pagador. Los pastores somos una especie diferente que ha sobrevivido a todo tipo de conquistadores. Somos de los pocos resistentes callados que sabemos proteger la memoria honorable de nuestros antepasados. Nuestras leyendas lo cantan. ¿No me cree?

Lynn asiente con la cabeza. Aquel niño adulto le suscita ternura. ¿Existirán aún almas puras en medio de un mundo de intereses? ¿Habrá sencillez a pesar de las turbulencias que llegan a todos los rincones? ¿Permanecerá una estirpe de personas cuya bondad se imponga al precio de la lucha por la vida? ¿Será Mâlik una excepción?





(Fotografía de Latif Al Ani)

jueves, 19 de mayo de 2022

Aquel aprendiz de escribiente

 



Me veo de pronto desplegando el cuaderno, La herramienta tiembla al principio en mi mano. Sé que si es lápiz el error se subsana cómodamente. Si se trata de una pluma de palillero que hay que mojar en un tintero y conducirla con habilidad y pulso a la vertical del papel, es más arriesgado. De lo fácil he aprendido menos, me doy cuenta ahora. De fallos y errores, no obstante lo dolorosos que han sido, ha cabido esperar mayor conocimiento de las cosas. Quien dice cosas dice personas del entorno, conductas humanas, sistema de funcionamiento establecidos, tareas diversas, comportamientos para el saber estar. Las rabietas por manchar el cuaderno me condujeron a reiniciar la tarea una y mil veces. Había que romper el papel o incluso el cuaderno, y comenzar de nuevo. En esa reiniciación se ponía más cuidado. Si la suerte y el pulso se aliaban el resultado era satisfactorio. Se superaban las regañinas de padres o maestros. ¿Ha sido después todo de ese modo? ¿Cuántos comienzos no he tenido que reemprender a lo largo de los años? Mientras contemplo los cuadernos de caligrafía y redacción que aún tengo guardados trato de medir la distancia existente del aprendizaje inicial a lo transcurrido. ¿Sigo hoy aprendiendo? ¿Sigo adaptándome al error y la equivocación tratando de subsanarlos? ¿Lo consigo? Concluyo que mientras uno vive las posibilidades de aprendizaje se mantienen. No importa si el interés por muchas materias se ha reducido o la capacidad ha mermado. Pepito Grillo al acecho: pero tu tiempo es ya mínimo, me sopla al oído. Pepito Grillo siempre tan realista como demoledor.





(Fotografía de Frank Horvat)

domingo, 15 de mayo de 2022

El sueño de Ahmed (Serie negra, 93)


 


La visita de Lynn me ha perturbado. No ha cambiado en exceso. Tal vez la he encontrado un poco más seria. O, mejor dicho, grave. Lo he deducido de la conversación que hemos tenido mientras cenábamos. Vienen tiempos difíciles, incluso para ti, Ahmed. Te prevengo. Tiempos en que nos pedirán que decidamos de qué lado estamos. Ese ha sido su mensaje. No deja de ser curioso. Hasta ahora yo pensaba que las dificultades las habíamos heredado solamente la gente de estas tierras. Que ellos, esos pudientes que viajan hasta aquí porque se sienten aburridos, estarían por encima de las grandes disputas. Siempre he sido benévolo con ellos. Principalmente con personas como Lynn, a quienes interesa sinceramente el pasado de esta región y colabora con sabios que se dejan el pellejo en el desierto. Que Lynn me dé a entender que hasta las sociedades confortables corren riesgos hoy día no deja de ser preocupante. Nosotros siempre estamos en la línea de fuego de sus rencillas, aunque nos separen miles de kilómetros. En la cena también han participado algunos compatriotas de Lynn que han venido a fisgonear para contar a la vuelta a sus amigos su versión imaginaria de este país. Esa gente, a partir de impresiones superficiales y vivencias aparentes, llega a conclusiones misérrimas. Y lo van narrando en sus reuniones de salón, sin pudor ni veracidad. Lynn, que nos conoce a los de aquí de sobra y que distingue la prepotencia de sus paisanos, no se sentía cómoda con ellos y ha hecho todo lo posible para que las opiniones que exponían no me hiriesen. No he concedido importancia a cuanto han dicho y Lynn me lo ha agradecido. ¿Será a causa de esa charla o de la presencia vigorosa de Lynn por lo que he tenido más tarde unos sueños desasosegantes? 

La pesadilla que más huella me ha dejado al despertar era extraña. Lynn y yo descubríamos una estatua femenina cuyo significado ignorábamos. La pequeña cabeza exhibía un tocado recargado que jamás habíamos visto en las obras aparecidas hasta entonces. Mostraba unos ojos hipnóticos. Sus labios se pronunciaban en una curvatura que oscilaba entre sonrisa y ceño. Poco a poco asomaba un busto generoso y creciente. Todo sugería que bajo tierra permanecía un tamaño colosal que hacía que nos debatiéramos entre el asombro y el temor. Entre varios tirábamos de ella con fuerza para arrancarla de las entrañas de las ruinas. Se resistía con tenacidad. Al emerger iba perdiendo los colores que la habían adornado. Sentíamos que hacía fuerza en dirección contraria a nosotros. Como si no quisiese ser rescatada. Cuando parecía que estábamos a punto de liberarla de su escondite de milenios las manos de la estatua se ponían en movimiento y me agarraban, arrastrándome hacia las profundidades. Yo, muy asustado, le pedía ayuda a gritos a Lynn, pero ella, paralizada, solo podía invocar mi nombre: Ahmed, Ahmed, no te vayas, resiste. Me hundía más y más mientras la mujer de piedra acababa por salir toda entera al exterior. La voz angustiada de Lynn llegaba a mis oídos cada vez más difusa y lejana. Fue al precipitarme en la caída cuando desperté, náufrago a merced del sudor y de la ansiedad. 

No sé si contarle el sueño a Lynn o callarme. Temo que su interpretación me produzca más pánico que la pesadilla en sí misma. Pero aquella imagen última en que me sentía rehén que se intercambiaba con otro rehén  me dejó aturdido y preocupado.


  


(Fotografía de Latif Al Ani)

jueves, 12 de mayo de 2022

Los descubrimientos (Serie negra, 92)

 




Ahmed tiene dotes de mando. Lynn observa cómo imparte órdenes hábilmente al grupo de obreros. El capataz no se sorprende por la presencia de la mujer. Son viejos conocidos. ¿Vienes a asombrarte con nuestros hallazgos o a llevártelos? La risotada que echa suaviza que Lynn pueda tomarse en serio la frase. Ella ha estado a punto de replicar que jamás se ha llevado nada, pero resulta tan obvia la ironía que se suma a la risa. Me alegra verte, Lynn. Aquí seguimos, más viejos pero más sabios. Hemos aprendido mucho del especialista que nos enviasteis. Supongo que tú no habrás parado tampoco. Lynn contempla las arrugas excesivamente marcadas de Ahmed, su nariz prominente, las salpicaduras virolentas en la piel. Y una espalda que declina peligrosamente. Las marcas del viento y este polvo que bloquea hasta los bronquios, dice el hombre como si interpretara la mirada de ella, me han destrozado. Lynn observa que si el deterioro ha invadido el cuerpo de un hombre todavía en buena edad al menos los ojos permanecen limpios. Tienes la misma mirada pícara y atractiva de siempre, Ahmed. Eres bondadosa conmigo, Lynn. Acepto tu cumplido. Pero no creas, los ojos tampoco se salvan de este sol que reverbera y confunde. Por otra parte, siempre he tenido una mirada clara y profunda contigo. Ambos hablan medianamente bien la lengua del otro, pero siempre se encuentran a medio camino. Ese jalón que expresa humor y buena intención para entenderse. Una marca donde no solo se encuentran dos personas, o una mujer y un hombre, sino dos culturas. Si nos hemos comprendido siempre, Lynn, es porque no son nuestras culturas y costumbres las que hacen precisamente por unirnos, sino los márgenes que buscamos ambos para el entendimiento. Lynn asiente y no puede callar. Y en el pasado nos hemos entendido bien, ¿verdad? Llegamos a entendernos como si ambos fuésemos extranjeros de nuestros respectivos países, más allá de las creencias de cada uno. Lo hicimos incluso honrando nuestros afectos y entregándonos a nuestras emociones. Y eso vale tanto como lo que más. Más que este trabajo, más que sacar a la luz las creaciones de aquellas sociedades. Sin duda, le corta Ahmed, son cosas diferentes. Para mí el hecho de llegar hasta una mujer occidental con un calado tan intenso, tal como me permitiste, me instruyó en una libertad que no conocía. Una libertad de expresar sentimientos, de volcar mis energías, de admirar la belleza de lo vivo. Lynn se sonroja. Yo puedo decir lo mismo respecto a ti. Hay un silencio. La hora del día aprieta y debilita. Ahmed y Lynn no interrumpen sus miradas estupefactas tras tanto tiempo sin verse. Es él quien rompe el instante blanco. Hasta aquí ha llegado el rumor de que coqueteas con el diplomático inglés, Lynn. No es necesario que te prevenga, sería subestimarte. Pero no me gustaría que ni él ni nadie te hiciera daño. Sé protegerme de sobra, salta Lynn, aunque valoro tu interés. Vivo el presente, Ahmed. Hoy aquí, reencontrándome con un amigo fiel como tú, admirando vuestro trabajo en las excavaciones, tratando de comprender a través de la ciudad que despertáis de la noche lo que fue otra vida que acabó borrada de la faz de la tierra. Mañana donde me detenga de nuevo, abierta a las circunstancias. Una nunca se detiene. Una no puede permitir que envejezcan ni la mente ni el corazón. El capataz sonríe con cierto atisbo de melancolía. Así es como se debe vivir, dice.







(Fotografía de Latif Al Ani. Malwiya. Samarra)

sábado, 7 de mayo de 2022

No dejarte caer

 



Llegas. Una vez llegas al mundo y te ponen a recorrer un camino prefijado; te enseñan algunos verbos para conjugar los días: aprender, obedecer, asentir, aceptar, cumplir; hay más, no importa ahora el orden o si varios de ellos tuviste que verbalizarlos a la vez; más tarde caes en la cuenta de que hay otros verbos que te explican aquellos pero no dicen lo mismo; y los despliegas en sus tiempos y modos: aquellos, dices, te encorsetaban, te marcaban, te obligaban, te retenían, te encarrilaban, te reducían; hay muchos más, no importa tampoco el orden en que fuiste descubriéndolos; estos son verbos reveladores, piensas con regocijo; son verbos que conjuran los primigenios; luego tu euforia se sedimenta; dudas: ¿he desafiado a los viejos dominios realmente o apenas me he rebelado contra verbos oclusivos?; asombro: el lenguaje que te proporcionaron para ser sin quiebra de los suyos también es útil para ser menos suyo; pero, ¿de quién eres?, te preguntas; ¿del eterno ambulante de penumbras que portas dentro de ti?, te carcajeas; una voz: eres de la tierra y la tierra no es de nadie; te inclinas a una deducción, pero enmudeces; 


Os invito a pasar por ese blog que de vez en cuando se sumerge en la noche silenciosa:


el hombre en la noche


https://elhombreenlanochesilenciosa.blogspot.com/




(Fotografía primera: Mona Kuhn. Fotografía segunda: escultura de Bernardí Roig. Imagen tercera: Liliana Inés González Soria)




jueves, 5 de mayo de 2022

La aparición casual (Serie negra, 91)



Ahí la veo venir. Espigada y altiva. Hay quien piensa que su belleza engaña. Que su porte seduce. Que su iniciativa es un arma. Yo más bien creo que siempre juega. 

Desde la distancia se ofrece, mostrando seguridad. Cuando me dirija a ella aparentará sorpresa, pero no se sorprenderá. No, no me echará en cara que aplazásemos el viaje. Es probable incluso que me cuente lo de su vuelo con ese piloto alcohólico. Será su manera de devolverme el desaire. Pero su objetivo final será echar el anzuelo por aquí y por allá para penetrar en mis actividades. No me cabe duda que hasta nuestros devaneos amorosos han tenido esa pretensión. Sabe hablar, sabe sonreír, sabe interesarse con apariencia desinteresada. Sus entregas han sido reales y auténticas, como las mías, pero no conviene sublimar al amor de circunstancias. Se puede ser sincero durante un rato, porque hasta las burbujas tienen su efecto y su función, pero son efímeras y no sustituyen otros comportamientos de la materia. Y ella, como yo, sabe que el amor tiene una materialidad placentera pero también de limitado alcance, cuando no desemboca en lo opuesto. No es el caso. Lynn prolonga nuestra amistad a dos bandas. No solo la extiende sino que la fecunda. La necesita por su propia condición emocional, pero buscar sacar otro provecho menos candoroso. Probablemente ella esté dando vueltas a la situación de modo análogo a como yo lo hago. Mi ayudante Ted suele decirlo. Sois iguales. Si te conoces un poco a ti mismo no te alejarás de distinguirla a ella. No anda descaminado Ted. Pero no es tan simple. Y sin embargo qué apasionante resulta tratar con una mujer cuya personalidad eclipsa la tuya, y no me importa reconocérselo a Lynn llegado el momento. Su empuje no debe empañar nuestros vínculos. Sin embargo, qué dispar fortuna conocernos en medio de un conflicto de intereses digamos profesionales. Ella simula pero sabe que yo lo intuyo. Del mismo modo que yo trato de aprovechar su ubicación en este juego de ajedrez que es nuestro oficio y los intereses que ambos, no exentos de un cierto grado de escepticismo, se podrían considerar de entregada causa, naturalmente bien pagada, a nuestras patrias respectivas. Ambos somos conscientes de que mantenemos una diplomacia personal entre nosotros. La mía es abierta porque un cargo me respalda a los ojos de todos. Lynn, por el contrario, se oculta a duras penas tras una profesión que indaga el pasado. Nada nuevo por otra parte, pues muchos, antes que ella ya mantuvieron el doble juego. Aunque alardearan de su actividad cultural y mantuvieran discreta su afición sobre otra clase de conocimientos. Agradezco a Lynn que mi limitado saber se amplíe con las informaciones apasionadas sobre civilizaciones pretéritas que ella lee en las ruinas. Se lo he dicho. ¿Y ella qué me pide a cambio? Con que me escuches y aprendas algo de lo que desconocías me basta, suele decirme con esa ternura de comunicadora sin igual. Creo, no obstante, que Lynn siempre espera que yo le dé algo sin habérmelo solicitado abiertamente. Conoce a los hombres. Me distingue a mí. Un caballero debe ser siempre un caballero, dijo entre risas, pero no menos intencionadamente, en el último cóctel en el que nos encontramos. 

Ya está frente a mí. ¿Por qué me pongo nervioso, como si fuese un adolescente, cada vez que me encuentro con ella? Ese cabello tan atezado, su armónica verticalidad, el movimiento sólido de su cuerpo, la sonrisa invulnerable, la acertada manera de vestir a la moda. Todo ello rematado por una capacidad de decisión desbordante cuando se aproxima a sus admiradores. Algo me obliga especialmente a dominarme. Una invisible y cálida sensación que no proviene de Lynn, sino que se incuba por momentos dentro de mí mismo, me turba. ¿Se dará ella cuenta?   

Seymour. ¿Cómo tú por aquí?





(Fotografía de Latif Al Ani)

martes, 3 de mayo de 2022

Un pensamiento de Marco Aurelio para alivio de un martes de mayo

 



"Todas las cosas están en estado de transformación. Tú mismo sufres una alteración continua y una suerte de agotamiento. Lo mismo ocurre con todo el universo".


Pienso que acaso Marco Aurelio no me descubre nada a estas alturas. Pero un pensamiento de tal clase sí refrenda lo que uno viene asumiendo desde hace tiempo. Pensamiento que proporciona un cierto grado de calma necesaria. Sin la calma la exploración del mundo, principalmente el interior, seguiría siendo mero caos. Pero uno vive no para resolver el caos sino más bien para comprender en cierta medida sus movimientos no reglados y, por lo tanto, aceptarlos. Todo es fugaz y pasajero, evidentemente, pero al persistir en la vida debemos procurar no desesperarnos por sus impurezas, pues al fin y al cabo cada uno de nosotros somos producto y efecto de ellas. 



viernes, 29 de abril de 2022

Una de réprobos: De la lujuria, según el Modus confitendi, impreso por Juan Párix en 1473

 



De la lujuria

Igualmente he cometido un pecado de fornicación y de lujuria porque experimenté en mi interior el placer y el pensamiento de gula y lujuria por la polución del cuerpo, tuve trato carnal deshonestamente con mujeres y las amé, profiriendo palabras lujuriosas, tocándolas, abrazándolas, besándolas y, algunas veces, cometiendo actos deshonestos; y si no de hecho, sí de pensamiento, deseé hacer y practicar adulterio, incesto, rapto y otros pecados contra natura.


Este texto pertenece al Modus confitendi, Manual para la confesión, cuya edición facsímil ha caído en mis manos. Fue escrito por el obispo Andrés de Escobar e impreso en Segovia en el año 1473 por el impresor Juan Párix, originario de Heidelberg. La tipografía me deja perplejo. La composición de los tipos son lujosos (líbreseme de errar y decir lujuriosos, aunque siempre he visto mucho erotismo en las tipografías de los diversos y ricos alfabetos que hay por el mundo), pues el texto no se apelmaza como sí ocurría en otros impresores. Y la separación entre capítulos permite una lectura más definida. Se ve que Juan Párix tenía arte además de oficio. ¿No es precisamente esta armonía lo que certifica una obra bien hecha?  

La intención de este y otros manuales análogos era hacer pedagogía, que se diría hoy, sobre los curas en orden a saber enfocar la confesión, práctica que tuvo lugar a partir del IV Concilio de Letrán de 1215. Los manuales tuvieron sus días de gloria entre los siglos XIII al XV, luego decayeron. Se ve que la citada práctica sacramental ya había sido bien aprendida y había generado suficientes recursos psicológicos para que el pastor llegara hasta sus corderos.




El Modus confitendi está escrito en latín. Aborda los pecados que pueden cometerse de pensamiento o de palabra. Luego pasa a los siete pecados mortales (sic) que más tarde se han denominado capitales, nombrando características vinculadas a la soberbia, avaricia, envidia, lujuria, gula, ira y pereza. Luego pasa a una descripción de los diez mandamientos y de qué modo se ha pecado contra cada uno de ellos. Abunda más adelante sobre los doce artículos de la fe, los siete sacramentos, las siete virtudes teologales, los siete dones y frutos del Espíritu Santo, las ocho bienaventuranzas. Y el Manual se remata con una oración para después de la confesión y las fórmulas de la absolución.

Es curioso que incluye incluso una regla nemotécnica que debía ser de gran ayuda a los sacerdotes. Los siete pecados mortales, dice, están contenidos en las siete letras de la palabra Saligia (Soberbia, Avaricia, Lujuria, E(I)nvidia, Gula, Ira y Acidia) Realmente se lo da hecho al usuario encargado de escuchar los temerosos pecados y absolver a quienes los habían cometido.

Espero no haberos aburrido. Yo me lo he pasado muy entretenido y reconfortado leyendo el manual, porque ha sido como retroceder a la infancia y recordar aquello de meter la cabeza por delante del confesionario mientras las mujeres lo hacían por los laterales separadas por una rejilla. Y soltar una ristra de frases hechas que creo que nunca sentí con excesiva afectación. En fin, qué experiencias no ha vivido uno. Ah, y darme cuenta de cómo un texto de 1473 trataba sustancialmente de lo mismo que nos obligaban a acatar, y hacernos sentir culpables, hace apenas unas décadas. 

Sobre el texto adjunto acerca de la lujuria, lo dejo ahí para vuestras sabias consideraciones. No tiene pérdida. El sexo, las relaciones sexuales y el criterio sobre la mujer ha sido algo obsesivo en la historia de la Iglesia.




(Imagen de cabecera: fragmento del monumental fresco que pintó Luca Signorelli sobre el Juicio Final en la Catedral de Orvieto en 1502. Tampoco tiene pérdida, pero es de una belleza que desborda.

Imagen intermedia: primera página del Modus confitendi) 

 

lunes, 25 de abril de 2022

Un monumento encarnado por la mujer de negro

 


Supongo que el monumento del fondo es en recuerdo de alguna gesta bélica de las que se erigieron a miles en las Rusias anteriores y ahora perviven en la Rusia meta zarista. Los relieves que se ven en un lateral bien pueden evocar la liberación frente a un invasor, el largo episodio de reconstrucción de una nación o algún delirio de grandeza imperial. 

Gran parte de los más importantes monumentos alegóricos de la Historia se erigen hacia el cielo. Una tradición cuyo simbolismo se ha ido repitiendo y perpetuando: menhires, pirámides, obeliscos, torres de catedrales, alminares, estupas, pagodas y, por qué no, rascacielos, se erigieron con doble o múltiple significado, según cada cultura y tiempo. Pero recogiendo simbolismos tales como principio masculino, vértice de centro místico, rayo solar, representación de la montaña, lámpara espiritual, conquista espacial...

Obras impulsadas por las élites, se considerasen hijos de dioses o intermediarios de estos, ya se sabe que los mitos lo recogen todo, pero utilizadas para consolidar creencias, afianzar dominios territoriales, glorificar sus hazañas, divulgar sus preceptos e imponer sus mandatos. 

Pero aquí hay otra clase de monumento. Carnal y cargado de significados vivos. La mujer de negro rusa, plantada con su ramo de rosas blancas, evoca una gesta más difícil, la de la conquista de la paz. Quién sabe si las rosas no expresan sino algo tan elemental como los derechos humanos. O la capacidad humana de perseguir el entendimiento. O el anhelo de vivir con respeto y tolerancia entre los hombres. O la negativa al derramamiento de sangre. O un cierto grado de pureza frente a la incesante corrupción.

Que cada cual ponga una advocación a ese ramo de rosas.  

Se me antoja que la actitud erecta, orgullosa y noble de la mujer de negro representa una protesta dual. Frente a una agresión exterior que está ejecutando aquel gobierno y frente a la agresión interior por la privación de la libertad de expresión de los ciudadanos rusos. Con todo el riesgo que implica para los valerosos disidentes que se atreven a objetar en la actual coyuntura de falta de libertades democráticas.

La mujer de negro se impone al material del que esté realizado el otro monumento. Dos verticalidades, pero con sentidos diferentes. Una invoca el pasado. La de la mujer de negro no se eleva con simbolismos abstractos de las antiguas sociedades.  La mujer de negro da la cara por el presente y lo eclipsa.




( Fotografía tomada de https://www.eldiario.es/internacional/guerrilla-clandestina-toma-silencio-calles-rusia-protestar-guerra_1_8925340.html )

viernes, 22 de abril de 2022

En el límite (Serie negra, 90)

 


Hemos aterrizado cerca de la frontera. ¿Por qué me ha traído Lynn hasta el límite de dos países? Aquí las lomas se tornan más suaves y ofrecen un valle accesible pero engañoso. Parece el otro país, o ninguno de los dos. Es lo que tienen las zonas rayanas, que han parido un territorio nuevo, aunque no se lo reconozca oficialmente como tal. Un espacio ocasionalmente compartido pero habitualmente vaciado. Pisamos el suelo que anteriormente ha sido recorrido por multitudes y a su vez por soledades. ¿A dónde iban y qué esperaba encontrar tanto transeúnte? Le he preguntado a Lynn por qué hemos venido aquí. Para pensar, para hacernos una idea de lo que fue el pasado, me ha respondido. Ella ha subido a un montículo y toma notas. ¿Es bueno anotar lo que se ve alrededor en tiempos de fricción? Aparentemente todo está en calma. No se advierte despliegue de tropa alguna ni correrías de facciones de las que tanto se habla. Nuestro razonamiento es poderoso. Hemos llegado a este punto para meditar sobre lo que aconteció o creímos que aconteció en otras épocas. Ese será el argumento que expondremos si tenemos un desafortunado encuentro. ¿Nos creerán? Pero reflexionar sobre vidas en curso de tiempos pretéritos es siempre de riesgo imaginativo. Las informaciones son escasas. Las interpretaciones, sesgadas. Los descubrimientos avanzan con rapidez pero saber situarlos es un proceso lento. ¿De cuántas culturas que se trasladaron por este valle hablamos? ¿De cuántos pueblos, gentes, conductas y aspiraciones podríamos citar algo verídico? Lynn me lo ha dicho. Burton, haz el esfuerzo de fantasear. Haz como si estuvieras viendo y sintiendo el calor de los peregrinos que huyen de un ayer para tratar de llegar a un futuro incierto. Imagina que se desplazan con sus familias, con limitados enseres, con sus pensamientos de organización social y sus creencias benéficas. Lynn sabe estimular. Ahora me doy cuenta que desde el avión ves y no ves. Adquieres una perspectiva pero no sitúas los cimientos de lo que hay abajo. Mi vida de piloto ha sido una vida de intuición y llega Lynn y me obliga a poner los pies en el suelo para algo más que descansar ante el próximo viaje. Pero el viaje, ¿dónde se encuentra? ¿Entre las nubes o en las vivencias que me aproximan a los demás hombres? ¿Atravesando distancias allá arriba o reduciendo las horas sobre este suelo? Lynn me hace una seña con la mano. Dice algo pero no la entiendo. Un valle fronterizo que habla con voces ocultas. 






(Fotografía de Latif Al Ani. Bagdad, 1931- Bagdad, 2021)

martes, 19 de abril de 2022

El vuelo (Serie negra, 89)

 


Tu amigo Seymour no tendrá ni idea de que estás sobrevolando este imperio de ruinas, le dice el piloto a Lynn. Ella hace una mueca de duda. No te fíes, Burton. Seymour se entera de todo, No es un mero diplomático, esconde otra actividad y por lo tanto despliega una personalidad más retorcida. Alguien le habrá informado de a qué hora hemos partido, qué recorrido estamos haciendo y si aterrizamos en alguna pista cercana con quién vamos a vernos. Seymour tiene por principio no creer a nadie y no admitir la naturalidad de cualquier comportamiento. Burton no parece sorprenderse. Ese tipo es peligroso. He sabido de alguno más de su estilo. Lo que no entiendo, Lynn, y te conozco desde hace mucho tiempo, no en vano hemos compartido aventuras donde la sinceridad te ha calificado ampliamente, es que te prestes a sus caprichos. Tal vez sea también mi capricho, Burton, replica la mujer. No lo dudo, y el piloto distingue las ruinas y activa con seguridad los mandos para un acercamiento, pero los personajes de doble rostro juegan con fuego y pueden quemar a quien se arrima. Lynn no quita ojo a los colores ocres que se van tornando rojizos a medida que pasan una y otra vez circularmente sobre la vieja urbe. Eso es lo que me gusta, que esos presuntuosos sientan mi aproximación como una conquista fácil. No me molesta sentirme utilizada, diría que incluso me apetece hacer creer que soy presa de los celos. En ciertas materias Seymour es un libro si no abierto al menos no secreto del todo. No sabes mucho de sus oscuras intenciones, pero suele quedar al descubierto ante lo aparente y lo que él cree accesible. Burton, que se debate entre contemplar el paisaje de la urbe abandonada y admirar el que muestra vivamente la mujer,  no se desconcentra. Sigues siendo la invicta de siempre, Lynn. Que yo te diera consejos a estas alturas no serviría sino para que me tomaras por tu papá y por lo tanto no me hicieras caso. Te has propuesto una batalla que tú crees controlar y a mí me da la impresión de que puedes encontrarte con complicaciones. Pero se ve que toda la vida te han gustado las complicaciones hasta extremos que a otros nos llevaría a evitar. A ti te gusta pilotar un aparato como este y jugar con él, ¿no?, dice Lynn. Debe ser que tu exceso de confianza se ha apoderado de tu personalidad, que ya no distingue si eres el piloto o propiamente el avión. Pues acaso a mí me suceda otro tanto. Burton afirma con una carcajada mientras inicia un descenso vertiginoso. ¿Preparada para un rasante?






(Fotografía de Latif Al Ani. Bagdad, 1931- Bagdad, 2021)

viernes, 15 de abril de 2022

Pasaje a Ctesifonte (Serie negra, 88)

 


Seymour es un diplomático con conexiones muy efectivas. Cuando me llamó por teléfono no lo dudé. Ah, ¿cómo es que esta vez no vas con tu esposa?, le pregunté no obstante por despejar incógnitas. Siempre has querido conocer Ctesifonte, ¿no?, pues esta es tu oportunidad, replicó Seymour. Me tragué mi propia pregunta capciosa. Reconozco que esa manera de responder Seymour se llama maestría en esquivar preguntas embarazosas. ¿Es segura la zona?, insistí. Le intuí crecido. Para nadie es segura y menos para un representante de un gobierno que no siempre es bien acogido. Ya sabes, cosas de la política. Pero confía en mis contactos y en mis artes. Seymour presume y del humo levanta un edificio. Ah, claro, tus artes, y me incliné por la ironía. Olvidaba que eres un Merlín y que si nos encontramos con alguna de las facciones que no son sumisas a tu gobierno nos agasajarán. Al otro lado de la línea Seymour rio. Luego su voz adquirió un tono firme y seguro. Tú confía en mí. Me conozco el territorio al dedillo. No soy Thomas Edward Lawrence pero he aprendido lo suficiente para saber negociar y abrir puertas cuando te las encuentras cerradas. No pude evitar enfurecerme. Oh, Seymour, pero estamos hablando de una excursión, no lo plantees como si fuéramos a retomar negociaciones. O si lo miro desde otro ángulo va a darme miedo atravesar el desierto. Yo solo pretendía que tuvieras claro que vas a estar protegida, saltó cual macho del rebaño. Además no es un desierto del todo. Es una ruta a la que poco a poco se acerca el turismo. Las ruinas atraen mucho. Y los occidentales sueñan con civilizaciones antiguas que no entienden pero se pirrian por ver lo que se excava y los lugares donde crecieron aquellas urbes. A Seymour siempre le ha gustado darme lecciones y lo hace derrochando no solo apuntes informativos sino sobre todo habilitando una moderada pasión que a veces tengo la impresión de que es impostada. Que haya ciertas zonas inhóspitas no quiere decir que nos deparen encuentros hostiles, continúa no sé si para tranquilizarme o alardeando de tener recetas para hacer frente a cualquier situación imprevista. La última vez que nos topamos con...Le paré en seco. No me lo cuentes, y alcé la voz ásperamente. La última vez no iba yo contigo, así que las aventuras con quien fuera te las guardas para fortalecer esa experiencia de la que tanto presumes. Silencio. Esta vez ni risas ni explicaciones. Seymour optó por callar un buen rato. Qué, ¿estás o no estás?, dije al fin más atemperada. ¿Sí? ¿No? Sus palabras llegaron prudentes o, más bien, medidas. Pensé que se había cortado, ¿decías? Que me tuviera como alternativa a su esposa ya me hería. Pero que me tuviese como opción complementaria de corte diplomático me repugnaba. Callé. Lynn, Lynn, me llegaba un Seymour enérgico al que imaginaba repantingado en su despacho, estirándose los tirantes horrorosos de su pantalón y haciendo señas de mando a sus ayudantes. Lynn, ¿otra vez se cortó? Quise poner a prueba su interés por mí. ¿Aguantaría un rato todavía hasta que yo diera señales de nuevo? Pero su decisión fue rápida. Sigamos preparando esa conferencia, creo que Ctesifonte puede esperar, oí que le decía a alguien un instante antes de colgar el teléfono.

  



(Fotografía de Latif Al Ani. Bagdad, 1931- Bagdad, 2021)

miércoles, 13 de abril de 2022

Varada en el camino (Serie negra, 87)

 



«Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra. La veo y me recuerdo, y como el agua va al agua, así yo, melancólico, vengo a encontrarme en su imagen cubierta por el polvo, rodeada por las hierbas, encerrada en sí misma y condenada a la memoria y a su variado espejo. La veo, me veo y me transfiguro en multitud de colores y de tiempos. Estoy y estuve en muchos ojos. Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga». 

Elena Garro, Los recuerdos del porvenir.



Rendida caigo. Los caminos tan largos. El sol tan verdugo. Dónde una sombra. Si me hiciera lagarto entraría y saldría de la vida como ellos. He parado junto al mojón que indica distancias horizontales. A veces cuesta decidir qué rumbo tomar. Tal vez el cansancio existe para parar y pensar. En mi entorno solo silencio de hombres. Aquí no llega el trajinar de sus actividades. Lo demás se agita. Polvareda que se levanta a capricho del viento. Silbidos inconfundibles de áspides de paso. Grillos entre los zarzales sedientos. Algún remoto trueno seco. Sinfonía prudente del aire. Pensar es alejarse de lo inmediato. Me acecha un sueño sin horas. Me adormezco. Soñar es descansar. Ya no sé andar los trayectos como los andaba antes. ¿Son más cortos ahora? Aquellos horizontes me reclamaban pero nunca lograba superarlos. El horizonte es inalcanzable. Ahora lo sé y por esa razón me he detenido. Para que la tierra que sujeta mi cuerpo me hable. Que me descubra lo que intuía pero no razonaba de niña. Son los mismos guijarros, pero me parecen otros.  La grava es más nueva, y sus aristas se clavan en mi piel como si la envidiaran. Permanece la misma sangre seca en las lindes de la senda. Una sangre que no se puede borrar aunque la memoria de los hombres no la recuerde. Huellas desvanecidas, desplazadas por la presencia de otras nuevas. No dura mucho este instante sin tiempo. Me llegan pasos orquestados. Voces de mando. Susurros clandestinos. Carreras asustadas. Griterío desatado por ilusiones que van y vienen cruzándose. Expectación de viajeros que quieren iniciar una nueva vida sin conocer el destino. Rastros estridentes y fabriles que inauguran nuevas ciudades. Vivir es desconocer el futuro. Lo hace atractivo, aunque algunos lo consideren arriesgado. La tierra que hay bajo mi cuerpo está más elevada que entonces. Se han acumulado estratos sucesivos. La erosión ha galopado más que los jinetes de cada época. Debajo de mi cuerpo hay ejércitos derrotados. Cuerdas de esclavos traídos de lejanos continentes. Fugas de hombres de bien. Atropelladas urgencias de perdedores. Clérigos malheridos por sus contradicciones. Donjuanes agotados por la insatisfacción de no saber quererse. Cuadrillas de albañiles y de ferroviarios cuyo reino nunca será de este mundo. Multitudes apiñadas e individuos solitarios. Pero allí debajo no queda perfil alguno de sus cuerpos. Un rumor colectivo que se aleja entre las profundidades de un tiempo que dicen que existió. Aquí, tendida sobre esta vereda, yo misma siento que desaparezco. Nadie sabrá más de mí. Uno se va cuando es olvidado. Seré ausencia mientras dure la imagen que hayan retenido de mí los demás vivos. Después formaré parte de la materia sencilla de los caminos. Varada para siempre, como si no hubiera pasado por la vida.







(Fotografía de Juan Rulfo)

domingo, 10 de abril de 2022

Eros y Tánatos (Serie negra, 86)

 




"yo sueño-
 ¿por qué sueño con tanta frecuencia con penetrar en lo imposible? 
¿quizá porque mi sangre es igual al sueño 
o quizá porque yo sea la muerte?" 

 Adonis. Singulares. 



...muere, muérete en mí, se lo dice al oído, quedamente, mientras él evita moverse, ella abrazándose como puede a su espalda, apretada, cubiertos los dos por una manta que huele a sudores, lo hacen imperceptiblemente, hay mucha gente allí, todo su hacer es lento, disimulado, no pueden producir ruido, no deben ser descubiertos, aprovechan los movimientos de los demás cuerpos, los roces inevitables de otras ropas, cualquier arranque de una tos aguda viene bien, o los ronquidos, o algún lamento perdido en medio de la noche, cualquier sonido les favorece, sobre todo el traqueteo del tren cuando cambia de vías, entonces varían de posición, les sirve para hendir más sus cuerpos, para agarrarse a cualquier palmo de la piel, no bajan la guardia sino que afinan el cuidado, jamás ni uno ni otro se había entregado a nadie con esa mezcla de tiento e intensidad, como si interpretaran un acorde delicado que en tono bajo gana en receptividad, no se había dado la circunstancia, de vez en cuando fingen cambios de postura del sueño, no deben producirse jadeos, la mujer le tapa con los cabellos, nadie debe darse cuenta, le oculta, él ahoga sus jadeos en el cuello de ella, mientras la sujeta la cadera, mientras la levanta a hurtadillas, levemente, a la mujer le cuesta contener la palpitación que le sofoca, pone la boca sobre la cabeza del hombre, se esfuerza en resistirse al desvanecimiento, la mujer le hace desaparecer, como si le engullera con su cuerpo, como si entre ella y la manta hubiera un niño que se esconde, o un sueño, o una figura imprecisa, siente que él se disuelve, que sus contracciones contra la pelvis de ella la agitan más, teme la respuesta convulsa del hombre, y a la vez la anhela, soporta la quemazón de la boca del hombre, el afán de éste por no delatarse, ellos allí, en medio de tantos infelices, nur eine kurze Reise werden, les han dicho al partir, sólo va a ser un corto viaje, y ella no quiere que sea un viaje breve, no quiere llegar a ningún lado, ellos no quieren considerarse como los demás, su manera de amarse es también el modo en que rechazan aquello, y niegan el viaje en sí, que es también el frío, la masa de animales humanos extraídos de sus barrios, de sus aldeas, todos amontonándose en el vagón, el miasma que vuelve irrespirable un espacio, los lamentos, la inquietud, el desasosiego, las frases inconexas de los primeros enloquecidos, y el silencio terrible que a ratos les anula a todos, ellos abrazados cautamente, sin apenas saber cómo son sus rostros salvo por el tacto, sospechan del viaje lo que ignoran la mayoría, se diluyen el uno en el otro como una forma de huida, la única posibilidad de supervivencia, haciendo de sus cuerpos su propia estación término, un regate al destino



(Nota. He rescatado este escrito de hace tiempo porque creo que hay que hacer una defensa pudorosa del amor frente al ataque obsceno de la muerte)

 

(Fotografía de Anders Petersen)

jueves, 7 de abril de 2022

Venid a mí, que yo llegaré (Serie negra, 85)





Su mirada lo abarcaba todo. Porque no eran solo sus ojos los que oteaban, sino los ojos de los que había atraído hacia sí. Vosotros sois mis ojos allá donde los míos no alcanzan a ver. Sois mis oídos de cuanto no me llega. Sois mis manos ejecutoras porque las mías no lo sujetan todo. Sois mi olfato, pues desde donde os encontráis podéis percibir lo que se cuece antes de que hierva. Sois mi palabra para que la impongáis sobre las gentes necias. Comprobad que no solo delego mis sentidos en los vuestros, sino que los vuestros siempre deben responder a lo que mis sentidos quieren y esperan.

Así habló el Gran Hombre y todos sus agentes ejecutores le aceptaron como un Dios. Ellos, los elegidos, bien por posesiones y poderes heredados, bien por su sagacidad aunque antes fueran unos donnadie o por la originalidad de sus sugerencias, e incluso aquellos que supieron servirle antes de que se les pidiera que lo hicieran, ellos, lo más selecto de aquella corte asintieron con convicción a sus palabras. Inmensos en su gozo por obtener la confianza del Gran Hombre, se sabían también obligados y exigidos. No podían fallarle. Él los compensaría.

Vuestras riquezas presentes solo están garantizadas si hipotecáis vuestro futuro a mí. Nos debemos mutuamente, pero no olvidéis jamás que quien decide en un destino que nos beneficia a todos soy yo. No me defraudéis y no os decepcionaré. No os apartéis un paso de mis pasos porque en ellos hallaréis seguridad. No vaciléis ante mis propuestas porque en ellas también se balancean vuestras aspiraciones. Seremos un solo cuerpo contra el enemigo. 

Cuando así habló el Gran Hombre se hizo un silencio aquiescente. Jurad ante mí que estáis de acuerdo, les impelió el sumo rector. Todos los congregados doblaron su cerviz para sacramentar la promesa. Pero hubo un advenedizo a la corte, cuya fama de valeroso y fiel le respaldaba, que alzó su voz.

Señor, ¿y quiénes son nuestros enemigos? Vuestro imperio es único y goza de la paz. Los territorios permanecen unidos. La prosperidad avanza entre vuestros súbditos. Las fronteras están aseguradas. Vuestro ejército permanece alerta y leal. La política que vuestra mente preclara ha trazado está fuera de dudas. De nadie tememos y nadie se atreve a producirnos temor. ¿Dónde, pues, el enemigo?

El Gran Hombre, puesto en pie, fue preciso. Bien hablas, mi entregado servidor. Todo está atado y todo da sus frutos. Pero el enemigo no es solo una figura real y presente. No es el acto en sí, sino la potencia de querer ser como el Gran Hombre. Libraros de tal tentación, porque entonces cualquiera de vosotros encarnaréis al enemigo. Y entonces, os aseguro, mi ira será implacable con quien se desvíe de mis anhelos imperiosos.

En ese momento los elegidos proclamaron al unísono: eres el Gran Padre. Nuestros destinos está unidos al tuyo para siempre. 







(Fotograma de la película Iván el Terrible, de Serguéi Eisenstein, 1944)

martes, 5 de abril de 2022

La Novaya Gazeta, Новая газета, se autosuspende mientras dure la guerra de Ucrania

 



Uno de los pocos periódicos críticos e independientes de Rusia, ¿o acaso el único?, Novaya Gazeta, decidió hace unos días suspender su publicación, tanto en papel como en edición digital. Las constantes presiones y amenazas del Roskomnadzor (Servicio Federal de Supervisión de las Comunicaciones, Tecnologías de la Información y Medios de Comunicación, burocrático eufemismo con que el Estado ruso vigila y supervisa todo lo relacionado con ese área) les ha obligado a cerrar hasta que se dé por terminada la guerra de Ucrania o, como dice el director del medio, hasta que termine la operación especial en el territorio de Ucrania, otro eufemismo impuesto por Putin.





Hace años que la libertad de prensa en Rusia es una sombra. Varios periodistas fueron asesinados -¿qué tendrán los periodistas auténticos, qué tendrán?- de los que se recuerda con especial dolor a Anna Politkóvskaya, redactora de Novaya Gazeta, cuyos reportajes sobre la Segunda Guerra chechena resultaron incómodos para el Kremlin.



El director de Novaya Gazeta, Dmitri Murátov, recibió el Premio Nobel de la Paz 2021. Tal vez esa circunstancia le esté salvando de una represión más contundente por parte del Kremlin. Tal vez la decisión conjunta con editores y redactores ponga a salvo al medio y a él mismo. Pero visto el punto belicista a que se ha llegado en Rusia todo puede ser posible. 



Recordé un poema de César Vallejo, uno de sus Poemas póstumos. Se lo dedico a los resistentes enmudecidos de Novaya Gazeta y de toda la oposición de una sociedad amordazada. ¿O voluntariamente aquiescente?


¡Y si después de tántas palabras!


¡Y si después de tántas palabras,
no sobrevive la palabra!
¡Si después de las alas de los pájaros,
no sobrevive el pájaro parado!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!

¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!
¡Levantarse del cielo hacia la tierra
por sus propios desastres
y espiar el momento de apagar con su sombra su tiniebla!
¡Más valdría, francamente,
que se lo coman todo y qué más da...!

¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,
no ya de eternidad,
sino de esas cosas sencillas, como estar
en la casa o ponerse a cavilar!
¡Y si luego encontramos,
de buenas a primeras, que vivimos,
a juzgar por la altura de los astros,
por el peine y las manchas del pañuelo!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo, desde luego!

Se dirá que tenemos
en uno de los ojos mucha pena
y también en el otro, mucha pena
y en los dos, cuando miran, mucha pena...
Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra!



sábado, 2 de abril de 2022

El escritor que no sabía seguir escribiendo (Serie negra, 84)


 

Inclinado sobre el pupitre, acompañado por la soledad de su sombra, el hombre no supo avanzar.

Releía una y otra vez las escasas palabras escritas. Tan pronto las colocaba en orden inverso como las borraba tratando de hallar otras más acordes a su intención. Pronto comprobó, no obstante, que carecía de empeño. No se le ocurría nada. Entonces irguió su cabeza, y golpeando con el lápiz el tablero de modo alterno se dejó llevar por una sinfonía de percusión monótona.

El tamtam le abdujo. Se alarmó. La idea de verse privado de la necesidad de escribir le producía un desasosiego doloroso. Luego reflexionó: No me había pasado esto nunca. ¿Habré llegado al fin de mis días? No se trataba de una pregunta irónica ni exagerada. Aprensivo como era consideraba cualquier desmotivación como síntoma de un mal que le acechaba desde alguno de los órganos secretos de su cuerpo.

Detuvo el golpeo. Aguzó la escucha del silencio. Tanteó con su concentración los territorios que desde el cerebro a los pies transcurrían inquietos, ajenos a control alguno. Buscaba interpretar las disonancias que pudieran emitirse desde cualquier rincón de sí mismo. Una punzadas repetidas en la cabeza. El arañazo de una sequedad aguda en la garganta. El sofoco que le pedía hiperventilación. La acumulación de gases en el abdomen. El dolor desigual motivado por congestión pelviana. La degeneración de los cartílagos de sus dedos. No había zona que no emitiera alguna clase de señal de desajuste, si bien consideraba que siendo como eran estos signos viejos conocidos no debía preocuparse especialmente. Pero ¿y los otros espacios inaccesibles, que viven instalados y ocultos a la propia comprobación táctil, que no emitían indicios de disfunción?, se preguntaba obsesivo. ¿Estaría en alguna de aquellas parcelas recónditas la razón de su pérdida de interés en la escritura? 

Pero tras el intento de visualizar su cuerpo más íntimo a través de aquel periplo explorador no encontró explicación de ningún tipo. Tenía que haber otra razón, tal vez en la esfera no menos física de su pensamiento, pero orgánica como expresión de la vida que llevaba consigo. El trastorno neurológico puede estar aquí ya, pensó estremecido. Si es así ya puedo considerarme arrojado a las tinieblas exteriores, acertó a construir una expresión literaria.

Ante aquella conclusión temeraria no dirigió su mirada a ninguna parte. La habitación donde se agitaba su mente enfebrecida la percibió como ratonera. Le pareció que menguaba la luz. Cuantos ruidos lejanos le llegaban chocaban antes de llegar con claridad a sus oídos, difuminándose. Debo estar en un limbo, se diagnosticó. Un espacio ausente donde ni siquiera se asienta siquiera un criterio moral. Moral. ¿Por qué pronunció aquella palabra que se había ido convirtiendo en tabú a lo largo de su vida? 

De pronto giró con lentitud la cabeza y se encontró cara a cara con su sombra. Estamos solos, dijo a la sombra. Pero esta se revolvió contra él. Eres tú quien está solo. Tú, que siempre andas lamentando tu decrepitud, buscando malestares, concediendo a los fantasmas la calidad desagradable pero sublime del dolor. Indaga por qué has perdido la necesidad de escribir.  Busca el mal de fondo entre los males circunstanciales. Tal vez entonces recuperes la necesidad de la escritura, que no es sino la del pensamiento. Acaso entonces tus emociones respondan con un boca a boca que destierre tu afasia.



(Autofotografía de Jorge Molder)

lunes, 28 de marzo de 2022

Antonio Saura y la libertad total de las pinturas negras de Goya

 




"El conjunto de pinturas de la Quinta del Sordo constituye sin duda el más sobrecogedor del arte español, siendo también uno de los ejemplos de expresividad más significativos y extremosos de la historia del arte, anticipándose de forma magistral a conceptos expresivos que solamente en nuestro siglo tendrán verdadera ejemplificación. Son, además, uno de los pocos ejemplos. quizá el único hasta el advenimiento del siglo XX, de una pintura hecha para sí mismo y no para los demás. Fueron realizadas por el pintor para el pintor, para vivir rodeado de ellas, y no para ser mostradas y comunicarse con ellas. Es precisamente su carácter especialísimo de inutilidad social, egoísta y personal, lo que les confiere su aura de autenticidad liberatriz; fueron -y lo continúan siendo- libertarias ya que no habían sido condicionadas por el juicio ajeno, ni destinadas a ser juzgadas, admiradas y comprendidas. Constituyen una isla aparte en la historia del arte: no concuerdan ni siquiera con el arte por el arte, sino con el arte para sí mismo. No fueron destinadas más que a su propio destino.

Si estas pinturas nos parecen tan importantes, al margen de su expresividad, sin concesiones, premonitorias de la 'mirada cruel' contemporánea, es justamente porque fueron pintadas con urgencia, obedeciendo quizá al oscuro objetivo de dejar un testamento plástico: de aquí su extremada y virulenta franqueza, marginal y precursora. Solamente el arte del siglo XX pudo liberarse, con dificultad, de aquello que para Goya constituyó ejercicio verdadero, paralelo, llevado en la oscuridad y en la soledad, por encima del bien y del mal, descubriendo para la obra entera aquello que solamente, con anterioridad,  afloraba en el fragmento o en el boceto. Goya nos mostró, quizá, cómo hubiera siempre pintado -y cómo otros pintores también lo hubieran hecho- sin que mediara el encargo, la tradición que normalizaba, el poder que exigía, así como los propios condicionamientos históricos de una época". 


Antonio Saura, El perro de Goya. Casimiro libros, Madrid 2013.












(Imágenes: cuadro Dos viejos comiendo, pintura negra de Francisco de Goya en la Quinta del Sordo, hoy en el Museo del Prado; autorretrato de Goya; fotografía de Antonio Saura)

viernes, 25 de marzo de 2022

Las ausencias (Serie negra, 83)

 


Dicen que nos hemos quedado sin padre. Dicen que se nos ha ido también el hermano. Dicen que tampoco ha aparecido el que dejó su fruto dentro de mí.

Qué dice madre. Madre ya sabes que no dice. Madre ya ni siquiera llora, madre solo hace.

Dicen que nadie se salvó. Que la galerna fue de lo nunca visto.  El mar es una condena, pero de eso hemos vivido mal que bien. 

Qué haremos sin recursos. Lo que sea, menos morirnos de necesidad. Yo lo que digáis.

Dicen que en la ciudad faltan manos. Dicen que a poco se vive mejor que en la aldea. Dicen que allí un hijo es un hijo y puede tener un futuro.

Qué dirá madre cuando se lo digamos. Dirá que busquemos nuestro bien. Dirá que se evitará el mal trago del qué dirán de mí los vecinos.

Dicen que hay que ser firmes. Dicen que hay ser fuertes. Dicen que hay que ocultar el dolor.

Padre nos quería a las tres. Tenía su favorita, bien lo sabes. No me miréis a mí por ser la pequeña.

Dicen que la juventud todo lo puede. Pero somos mujeres. Pues porque somos mujeres saldremos adelante.

Padre era duro con nosotras. Era también compasivo. Era como tenía que ser.

Dice el cura que resignación. Y que ellos están allí arriba. Y él sigue aquí abajo, aplicado al buen vivir.

A mí me tentó el cura. Conmigo trató de doblegarme. No me gustó nunca que me acariciara la cabeza.

Dicen las lenguas falsas que estamos solas. Que digan lo que quieran. Solas pero en una piña.

¿Y si nos quedamos? ¿Y si no nos vamos? ¿Y si el hombre o la mujer que vendrá también nace aquí? 




(Fotografía de Peter Lindbergh)