"Nunca se sabrá si la vida es lo que se vive o lo que se muere. Lo único cierto es que no vivimos otra vida que la que nos mata".
Un personaje a otro en el film paraguayo Miramenometokéi, de Enrique Collar.
Mi trabajo de agrimensor es peculiar. Mido y delimito espacios del campo, lo cual me permite conocer de cerca las propiedades públicas y privadas sobre las que actúo. No siempre soy bien visto. Mi aparición suele provocar suspicacias, no solo entre los propietarios pudientes que temen que haya una intervención no deseada sobre sus superficies, sino entre los arrendatarios modestos a los que cualquier acción sobre las tierras del amo les inquieta, pues ellos mismos también se la juegan. No soy más que un técnico y prefiero no entrar en disputas. Por supuesto, de sobra sé que he ofrecido mis servicios no solamente a reestructuraciones agrarias sino también a intereses urbanísticos que han modificado de abajo a arriba los tradicionales usos campesinos. Pero insisto, soy un profesional que disfruta de su trabajo. Para mí la triangulación de los espacios es pan comido, y se ha desarrollado en mi interior una aptitud, acaso ya era innata, en que el ojo suele coincidir con los datos que me proporcionan los aparatos. Cuando el hombre se identifica hasta tal extremo con el trabajo y forma parte de las herramientas puede que pierda algo de humanización. O que se humanice de otro modo. Me lo quiero tomar como parte de algo evolutivo en lo que uno no puede dar marcha atrás, ni falta que hace.
La otra mañana tenía colocados los aparejos en distintos puntos de aquella zona yerma, aunque yo diría que más bien abandonada a propósito, cuando apareció la muchacha asilvestrada. Esta vez iba cubierta con un vestido de algodón muy desahogado que la hacía aparentar más alta. ¿Qué se ve por esa cosa?, dijo, señalando el trípode que sostenía el instrumento de nivelación. Se ve lo que no se ve a simple vista, y jugué con las palabras. ¿Como los rayos x de los hospitales?, dijo ella. No, no, y reí, se ve de otro modo, pero previamente hay que saber mirar. ¿Quieres que te eche una mano?, se ofreció. Mira que yo recorro estos solares y otros hasta por la noche y a ojo de buen cubero nunca me pierdo. Es como si mis pies tuvieran un cálculo de las distancias tan instintivo que no necesitan siquiera la luz. Te creo, la dije aparentando no sorprenderme. Debe ser porque eres de aquí, bueno y de todas partes, como me dijiste el otro día. Ella se pegó como mi sombra. Me gustaría ser tu ayudante, y trató de mirar por el visor. Bah, no entiendo nada, prefiero mi ojo vivo, pero podría llevarte el trípode o ese maletín. Suspiré con suave desdén. ¿No tienes nada que hacer? Mira que te aburrirías conmigo, que esta tarea lleva mucho tiempo, y traté de quitármela de encima. Si tú me dejas hacer como que te ayudo yo te puedo enseñar lugares en los que nadie penetra habitualmente, sugirió con un aire extorsionista poco disimulado. Entonces pensé que puesto que era tan vehemente mejor sería tenerla de aliada que no de moscón.
Mientras yo tomaba medidas desde distintos ángulos, y quitaba y ponía el trípode en la distancia entre la carretera y el río, ella se dedicó a danzar de aquí para allá. El sol caía con agobiante densidad. ¿Te seco el sudor?, y venía de vez en cuando y con los bajos del vestido secaba mi frente, frotaba mi cuello, restregaba mi espalda. Estás más calado que el Piri Poty, y echó una carcajada. Cuando acabes nos damos un chapuzón. De pronto se quedó seria. Dime, todo esto que estás haciendo, ¿va a ser para que cambie el paisaje de este lugar? Me pensé la respuesta. No sé lo que tendrán previsto hacer las autoridades y la Cámara Agraria, así como otras instituciones que deben estar por medio. Pero seguro que el paisaje será otro. No te puedo decir si mejor o peor, pero vete haciéndote a la idea, mujer, que ya no será tu paisaje. Piri Poty frunció el ceño y no dijo nada. Se alejó. No la volví a ver hasta que acababa la labor y recogía los trastos.
Te prometí un chapuzón, me recordó. Nos acercamos al arroyo. Dejé el equipo a la orilla. Se quitó el vestido de un tirón, deslizando acto seguido su generosa naturaleza por el ribazo. Qué gusto, dijo desde la corriente. Nos hacía falta. Ahora tú; ven, no temas, apenas cubre. La vi alzarse y sumergirse como una ave acuática. Sin saber si saltaba sobre el lecho del río o si era la misma corriente la que le impulsaba. En cada salto me parecía más mujer. Más cálida, más oferente. No sabía yo qué hacer. Temí haber rozado la insolación. El calor me pedía el baño. Su actitud me hacía dudar. Insistió: vamos, ¿a qué esperas para quitarte la ropa? Busqué una excusa. Que si no sabía nadar en caso de que me llevara a zonas más hondas. O que no había traído traje de baño. O simplemente que temía un corte de digestión. Piri Poty comenzó a bracear. Se deslizaba como una culebra, permanecía de repente quieta como un caimán, salía a la superficie como una gansa juguetona agitando la cabeza. Yo veía desde la orilla que en cada movimiento de la chica se revelaba un ser de otra especie. Ha sido el sol, me dije, sintiendo que me recorría una incandescencia turbadora. Mira que no me fío mucho de los ríos, dije para justificarme. Yo lo conozco bien, es mi guarida, replicó a carcajada abierta. Verás cómo medimos este territorio que no nos lo va a quitar nadie. Me inquietó que me hiciera tan suyo, pero lo interpreté como parte de su desparpajo. Una alegría sin normas ni freno y que me atraía más y más a cada instante. ¿Acaso temes a tu propia desnudez?, me gritó desde el medio del arroyo.
El sol me había obnubilado. Me quité el pantalón y entré en el agua como si fuese a recorrer si no el camino más seguro del mundo al menos el más deseado. Piri Poty se puso muy contenta, vino hacia mí, me tomó de la mano. Vamos hacia una parte donde podremos nadar mejor. En aquel meandro la vegetación proyectaba una sombra agradable y, sin embargo, me pareció temerosa. El agua estaba más fría. La transparencia de otros tramos del río desaparecía allí. Piri Poty se sujetó a mi cuerpo. Ardes aún, susurró. Yo no tenía en ese instante una clara noción del calor ni de la corriente ni del paisaje ni de la medida del tiempo y del espacio. Sumérgete conmigo, dijo la chica. Clavado a su cuerpo sentí que la corriente me arrastraba a la profundidad. En ese momento solo pensé en el equipo de instrumentos que había dejado a la orilla. Luego me pareció que mi respiración era anaeróbica. Mi cuerpo, el de otra especie reproductora. Mis movimientos los de un aprendiz conducido por una maestra que oficiaba conmigo un rescate a otra vida.
Mientras yo tomaba medidas desde distintos ángulos, y quitaba y ponía el trípode en la distancia entre la carretera y el río, ella se dedicó a danzar de aquí para allá. El sol caía con agobiante densidad. ¿Te seco el sudor?, y venía de vez en cuando y con los bajos del vestido secaba mi frente, frotaba mi cuello, restregaba mi espalda. Estás más calado que el Piri Poty, y echó una carcajada. Cuando acabes nos damos un chapuzón. De pronto se quedó seria. Dime, todo esto que estás haciendo, ¿va a ser para que cambie el paisaje de este lugar? Me pensé la respuesta. No sé lo que tendrán previsto hacer las autoridades y la Cámara Agraria, así como otras instituciones que deben estar por medio. Pero seguro que el paisaje será otro. No te puedo decir si mejor o peor, pero vete haciéndote a la idea, mujer, que ya no será tu paisaje. Piri Poty frunció el ceño y no dijo nada. Se alejó. No la volví a ver hasta que acababa la labor y recogía los trastos.
Te prometí un chapuzón, me recordó. Nos acercamos al arroyo. Dejé el equipo a la orilla. Se quitó el vestido de un tirón, deslizando acto seguido su generosa naturaleza por el ribazo. Qué gusto, dijo desde la corriente. Nos hacía falta. Ahora tú; ven, no temas, apenas cubre. La vi alzarse y sumergirse como una ave acuática. Sin saber si saltaba sobre el lecho del río o si era la misma corriente la que le impulsaba. En cada salto me parecía más mujer. Más cálida, más oferente. No sabía yo qué hacer. Temí haber rozado la insolación. El calor me pedía el baño. Su actitud me hacía dudar. Insistió: vamos, ¿a qué esperas para quitarte la ropa? Busqué una excusa. Que si no sabía nadar en caso de que me llevara a zonas más hondas. O que no había traído traje de baño. O simplemente que temía un corte de digestión. Piri Poty comenzó a bracear. Se deslizaba como una culebra, permanecía de repente quieta como un caimán, salía a la superficie como una gansa juguetona agitando la cabeza. Yo veía desde la orilla que en cada movimiento de la chica se revelaba un ser de otra especie. Ha sido el sol, me dije, sintiendo que me recorría una incandescencia turbadora. Mira que no me fío mucho de los ríos, dije para justificarme. Yo lo conozco bien, es mi guarida, replicó a carcajada abierta. Verás cómo medimos este territorio que no nos lo va a quitar nadie. Me inquietó que me hiciera tan suyo, pero lo interpreté como parte de su desparpajo. Una alegría sin normas ni freno y que me atraía más y más a cada instante. ¿Acaso temes a tu propia desnudez?, me gritó desde el medio del arroyo.
El sol me había obnubilado. Me quité el pantalón y entré en el agua como si fuese a recorrer si no el camino más seguro del mundo al menos el más deseado. Piri Poty se puso muy contenta, vino hacia mí, me tomó de la mano. Vamos hacia una parte donde podremos nadar mejor. En aquel meandro la vegetación proyectaba una sombra agradable y, sin embargo, me pareció temerosa. El agua estaba más fría. La transparencia de otros tramos del río desaparecía allí. Piri Poty se sujetó a mi cuerpo. Ardes aún, susurró. Yo no tenía en ese instante una clara noción del calor ni de la corriente ni del paisaje ni de la medida del tiempo y del espacio. Sumérgete conmigo, dijo la chica. Clavado a su cuerpo sentí que la corriente me arrastraba a la profundidad. En ese momento solo pensé en el equipo de instrumentos que había dejado a la orilla. Luego me pareció que mi respiración era anaeróbica. Mi cuerpo, el de otra especie reproductora. Mis movimientos los de un aprendiz conducido por una maestra que oficiaba conmigo un rescate a otra vida.
(Fotografía de Leonard Nimoy)




















