lunes, 2 de mayo de 2011

Malena S. / 20


A ver, Karel, nos estás diciendo que Lenka y su amante de Dresde desaparecieron sin dejar rastro, dijo Malena. Así fue, ratificó nuestro amigo el librero. Mi padre hizo algunas pesquisas con escaso éxito porque la familia de ella la echó en falta, pero las relaciones con los alemanes distaban de ser ventajosas; estaban a punto de ocuparnos. Sólo halló alguna vaga pista. Hubo quien dijo que se les había visto escapar a otro país más seguro. Hubo quien aseveró que la policía política del monstruo lo había retirado de la circulación. Fue muy extraño que desaparecieran los dos a la vez; pero en aquellos tiempos todo era posible, como más tarde desgraciadamente se confirmó. El bar de Ferdinand es acogedor y tomar un café cargado después de haber dejado atrás la penetrante boira se impone. Además propicia el calor de las conversaciones, con el fondo medido de una melodiosa música de jazz. Ferdinand es un tipo peculiar. Ha pasado por multitud de oficios, pero todo resultaban conflictivos con él, suele decir. Karel lo sabe muy bien, que nos conocemos desde hace muchos años, ¿verdad, Karel?, dice Ferdinand. Yo siempre he sido un tipo receptivo, con ganas de hacer cosas. Pero no sé qué tienen los trabajos que no han sabido aprovecharme. Ríe exageradamente. No creáis que habla en serio, apostilla Karel. El problema para él no han sido los trabajos sino los arreadores. Antes o después se le ponía uno por delante al que no tragaba y prefería cesar antes de cobrarse la pieza, lo cual habría podido ser más arriesgado. Malena retoma el tema. No puedo entender que aquellos dos amantes que no se metían con nadie acabaran mal. Las historias de amor no deben acabar mal. Con lo que tú lees y dices eso, Malena, la increpo. La literatura está plagada de historias destrozadas o simplemente frustradas. Pero Malena parece no escucharme. Si al menos todavía se encontrara aquel maletín que Lenka Sbovoda le confió a tu padre, Karel. El tesón de Malena nos deja boquiabiertos a Karel y a mí. Pero ¿no te das cuenta del tiempo que ha transcurrido, de los cambios, tropelías, desapariciones que se han sucedido con unos regímenes y con otros?, le contesto con energía. A veces suceden prodigios, Michal. Esas cartas que me ha pasado Karel, por ejemplo. Aún existían, estaban ocultas en alguna parte, alguien las protegió aunque no sepamos por qué razón, y tiene que haber más. Yo creo que si una historia de amor ha sido intensa y persistente, y ha afrontado riesgos deja siempre una huella o un cabo suelto para la posteridad. En unos papeles, en la memoria de supervivientes o acaso en la figura de un hijo. Vamos, Malena, que lo que quieres es que la Historia se adapte a como te hubiera gustado que fueran las cosas, la insisto tratando de que baje de la nube. La vida de las gentes ha pasado durante un montón de años por azares y vicisitudes sin fin, y esas mismas vidas se debatían entre los verbos perecer y sobrevivir. Cuando estos dos verbos eran los platillos fundamentales y decisivos de la balanza biológica, ¿qué sentido podía tener el amor? ¿Qué espacio vacío podía reclamar la ilusión más imposible de todas? Al acabar la frase yo mismo me quedé helado. ¿Qué pensaría Malena de aquella especie de declaración teórica que podría dejarme en entredicho? Pero Malena flotaba en su mundo literario. Pedimos otro café. Aquella noche no había sueño.

domingo, 1 de mayo de 2011

Malena S. / 19



Cuando salimos de la taberna, la niebla del anochecer subía por las cuestas hacia el Hrad y descendía hasta el río. Los tres íbamos contentos, el vino hizo lo suyo y el becherovka puso la guinda. Estómagos calientes, pasos lentos, los tres agarrados del brazo, la chica en medio. Daban ganas de cantar, pero ni Malena se atrevía, ni Karel tiene ya voz para estos trotes ni yo he sido nunca precisamente una fiesta. Las postales y las cartas heredadas por Malena (así decía ella, que había heredado letras y más letras) habían concitado la conversación de la cena. Y con las cartas se había destapado la memoria del tiempo pasado, los entresijos de la compleja historia que hemos vivido y las desgracias anexas a las sociedades maltratadas. No creáis que las cosas resultan siempre tan bellas como a veces las letras dan a entender, dijo Karel con tono apesadumbrado, según nos acercábamos al puente de las figuras barrocas. Yo era niño cuando conocí a una pareja semejante a la que componían Frantisek y Maruška. Entonces no percibía las cosas, pero andando el tiempo mi padre y mi hermano mayor me fueron aclarando el juego. Él era de Dresde y ella de aquí, de Smichov. Creo que él estaba casado, pero no su amante. Ser de dos nacionalidades distintas no había constituido problema alguno hasta que el monstruo vecino llegó al poder. Y ni siquiera entonces supuso una dificultad para ambos, que se veían discretamente en Dresde o en algún pueblo próximo a nuestra ciudad. Mi padre estaba bien informado porque Lenka Sbovoda, que era como se llamaba ella, había sido novia suya en la universidad, y de vez en cuando se la encontraba. El hombre de Dresde era un hombre culto, apuesto y decidido. No, no era judío, sino algo peor: era un librepensador que siempre había tenido conflictos en los medios académicos, y más en ese momento con toda la ralea de oportunistas que se iban arrimando a los vencedores. Cuando el monstruo fue afilando su estrategia agresiva y removió el tema de los Sudetes todo se puso patas arriba. Al hombre de Dresde le empezaron a poner dificultades para salir de allí y Lenka Sbovoda hizo un considerable esfuerzo por desplazarse en diversas ocasiones para encontrarse con su amor. ¿No hay cartas de aquella relación, Karel?, le interrumpió Malena como una niña entusiasta. Es probable que las hubiera; mi padre llegó a ser depositario de un maletín de Lenka S. con libros, fotografías y otros recuerdos. Una pequeña maleta de cuero marrón oscura, con sus correajes, que estuvo mucho tiempo en el desván de la casa de mi padre. Pero Karel, ¿lo dices ahora?, le espetó Malena enfática y casi riñéndole. Ay, amiga mía, vete a saber qué fue de aquel maletín y de tantos otros objetos, con todo lo que vino después. La luz de las farolas del puente carolino apenas penetraba en la densidad de la niebla. Era bonito pararse a ver correr la bruma húmeda y fría, ignorando el curso del Vltava. Parar un instante los recuerdos, jugar a distanciarnos los tres, dejarnos borrar por el ángel exterminador que hace desaparecer la ciudad a las horas más secretas.

sábado, 30 de abril de 2011

Malena S. / 18




He quedado con Malena en La pata coja para cenar. Es una taberna como las de antes, económica y agradable, y la gente es del barrio. Los turistas, esa peste ante la cual nuestros conciudadanos se muestran tan genuflexos, no aparecen por aquí todavía. Malena llega con Karel. Por supuesto me abstengo de poner mala cara. Ella trae un rostro feliz y me besa agitada. Mira, Michal, lo que me ha conseguido Karel. Y pone encima de la mesa varias tarjetas postales y algunas cartas, éstas con su sobre y franqueo correspondiente, todo de lejanos tiempos. Karel, le digo, más que librero de ocasión, pareces ya un chamarilero en toda regla. Karel es bonachón y sus años le han vuelto más irónico y apacible. Ya lo fui, declara para mi sorpresa, pero perdía muchas coronas con el negocio, así que preferí centrarme en el papel. Michal, es asombroso lo que aún puedes encontrar en la tienda de Karel, me acosa la nerviosa Malena. Esta es una postal de la época del imperio austrohúngaro, y esta otra de los primeros años de nuestra República. Fíjate, incluso aquí hay una de cuando el protectorado de Bohemia y Moravia. Pero la más espectacular es esta. Tiene remite en Karlovy Vary. Escucha: Mi deseado František. Espero que no te hayas olvidado de mi durante estos últimos días. Comprende que tenía que acompañar al padre de mis hijos a ese negocio familiar que se trae en esta ciudad de las aguas. Mi presencia era parte del éxito de las transacciones que está cerrando en mi nombre, puesto que aunque yo soy la legítima heredera él administra mis bienes. Pero con quien hubiera deseado estar es contigo. Con él es imposible visitar nada; ni es receptivo ni muestra mayor motivación, salvo por las comidas o las cenas con sus clientes. No me importa en absoluto. Lo que me irrita especialmente es que no gocemos tú y yo juntos de todo lo que hay que ver por aquí. La belleza se ofrece por cualquier parte, en forma de bosques, de arquitectura o de amabilidad. Y no obstante, qué infeliz me siento ante ese despliegue armonioso. ¿Quién dijo que la belleza llena el alma y satisface los sentidos? Para mi esta visión es incompleta. Y la belleza roza y sacude mi interés, pero me siento incapaz de degustarla a fondo. Me falta algo. Me faltas. No poder participarla contigo me saca de mis casillas, así que me dedico a mirar con atención y a tomar nota para contarte a la vuelta lo que veo. Sé que dentro de poco tiempo todo será diferente. El país es diverso y tú conoces tan poco. Pero yo te guiaré por él de la misma manera que te conduzco por mi cuerpo cuando estoy contigo. Quédate bien cuando recibas esta carta. No tardaré en volver. Mañana pondré en el correo unas tarjetas postales para que sientas envidia. Y sobre todo, deseo. Tuya, Maruška. ¿No es una maravilla, Michal? ¿No está diciendo cosas en esta carta como las que yo pienso? No hay nada nuevo bajo el sol, en esta vida, ¿a que no, Karel? Karel nos miró divertido desde sus ojillos vivarachos, sirvió vino y pronunció la invocación suprema: por la belleza compartida, dijo. Y añadió: por la ilusión del amor, por Maruska y Frantisek, en cualquier lugar bajo tierra en que se hallen.





viernes, 29 de abril de 2011

Malena S. / 17



A Malena le subyuga la librería de lance de Karel. Tuvo su auge durante el efímero período del gobierno de rostro humano. Allí se encontraban muchas traducciones de primeros de siglo y títulos que llegaban de otros países. Más tarde, Karel y su modesto negocio sufrieron represalias y subsistieron de milagro. Los últimos cambios en el país no han modificado ni el interior ni el exterior de la tienda. Algunos estantes repletos, pilas de libros por el suelo, una mesa de madera de nogal hace de mostrador. En un extremo, una vieja máquina de escribir alemana marca Mercedes, que todavía funciona. Malena va con alguna frecuencia a la librería de Karel porque le gusta leer en alemán y los precios son muy asequibles. Allí ha encontrado las mejores ediciones de su escritor favorito enterrado en el cementerio Zidovské. No sólo ha dado con los autores consagrados de antes de la guerra, sino también con los contemporáneos. Algunos viajeros extranjeros se matan por ejemplares de revistas de otro tiempo que nadie sabe de dónde los ha sacado el librero. Pero en esta ciudad hay gente que se ha ido deshaciendo de muchas cosas. Es como si al liquidar libros, colecciones de sellos, álbumes, fotografías y objetos varios de sus casas pusieran punto final a los años que no quieren revivir. Malena no comparte esa actitud de expulsar los pequeños recuerdos. Por mucho que se desprovean de ellos, dice, no van a lograr suprimir la memoria de su propia carne. Malena es valiente con el pasado y tiene una actitud sumamente curiosa y receptiva. Como lógicamente no ha conocido lo que vivieron sus padres, ella indaga, lee, se entrevista con testigos que no sean reacios a hablar de lo sucedido atrás. La tienda de Karel es un buen punto para contactar con ese tipo de gente. Karel mismo es de esa clase y, aunque escéptico y socarrón, tiene suficiente confianza con Malena como para ponerle al día de lo que ella desea saber. Las tertulias se hacen de pie, si coincide una hora en que trasieguen por la librería algunos de los asiduos. En ocasiones acompaño a Malena, pero noto que ni yo estoy a gusto, no es un ambiente al que esté acostumbrado, ni Karel y sus amigos se muestran demasiado habladores en mi presencia. Así que de ordinario dejo a Malena en su búsqueda de libros y de historias orales y regreso dos o tres horas después. O no vuelvo.

jueves, 28 de abril de 2011

Malena S. / 16


Cuando Malena se levantó puso en el tocadiscos a Vivaldi. Era un concierto de violín que me fue despertando muy despacio. Sentía la boca reseca y olía todavía a ella. Creo que se lo dije: huelo a ti, Malena. Está bien, contestó según iba en dirección a la cocina, y si quieres aprovecha, antes de que sepas a café. No cambio el café por ti, le dije. Luego, insistió Malena, ahora desayunemos. Pero más tarde tenemos que salir, según tus planes, repliqué. Pues no tomes el café, no te laves, no te enjuagues los dientes, no fumes. Ah, y déjate crecer la barba; los hombres con barba prolongan el olor de la mujer amada durante horas, ¿no lo sabías? Repasé por un momento qué hombres había en el entorno de Malena que llevaran barba. Jan no la tenía, y ni Jaroslav ni Bohumil tampoco. Tal vez algún profesor de Artes; sí, creo recordar que había uno o dos que llevaban una barba muy de los tiempos revolucionarios. Descuidada, greñuda, muy poblada. Yo aún no conocía a Malena más que de vista. La memoria es un viejo y misterioso arcano. Pero la capacidad de Malena, actualizando automáticamente los recuerdos como si fuera algo vivido ayer, era desbordante. ¿O la memoria de la que hacía gala era más reciente? Me vio pensativo y me asaltó. Oh, Michal, sabes de sobra que me fascina que huelas a mí, que me saborees, que prolongues tu cata. Incluso ahora, cuando salgamos a la calle, sabes que me entusiasma que te recrees en ello y que me lo hagas sentir. Es como Vivaldi. Escucha su apacible música. ¿Te parece suave, reposada, relajante? Pues no, no lo es. Su música es un torbellino. Estas piezas de violín no están respaldadas por sonidos fuertes, pero es un oleaje sin principio ni fin. Y sin embargo no sé qué tiene que nos transmite melancolía. Es lo que más me recuerda a la propia construcción del hombre. Lo más parecido al crecimiento de cada uno de nosotros. Y cuando te hace crecer y te exulta y parece que te va a colocar en lo más alto de las nubes, va y te conduce a otra fase en que te ves más inseguro, más abandonado, más en declive. En ese instante es cuando necesitas que haya alguien cerca que te haga el amor. Porque si no, te echas a llorar. Seguramente muchas veces sea mejor llorar que amar, porque al menos tus lágrimas las controlas y te purifican, pero la insatisfacción que puedes sentir si no amas bien y no te aman bien es destructiva. Las palabras de Malena me abrieron en canal. No salgamos todavía, le dije, afectado por su discurso. Ahora que lo pienso, Michal, creo que Karel y su librería de viejo pueden esperar. Malena tenía su nariz pegada a mi rostro.

miércoles, 27 de abril de 2011

Malena S. / 15


Hace unos días que no veo a Malena. El último trabajo de restauración le tiene muy ocupada. Eso dice. Esta mañana me ha despertado pronto su llamada telefónica. Michal, ha dicho, ¿te apetece ir a ver el Monasterio un día de estos? Porque nunca lo has visto, ¿verdad? No, ya sabes que no lo he visto, le he respondido algo malhumorado por llamarme tan pronto para esa fruslería. Mi antigua compañera Martina está allí de bibliotecaria, ¿me escuchas, Michal? Bostezo y noto la voz irritada de Malena al otro lado. ¿Y cuándo dices que hay que ir a Strahov?, le suelto indiferente. No he dicho que haya que ir, Michal, sino cuándo podríamos ir, si el señorito quiere, naturalmente. Para ser tan temprano se oteaba tormenta en el horizonte. Entiendo que sea tu día de descanso, Michal, ha insistido Malena. Pero si vamos a ir o, mejor dicho, si tú, querido, quieres ir, necesito decírselo a Martina para que esté disponible y nos muestre con libertad las bibliotecas. Ya sabes, fuera del horario de los turistas, y así como con más intimidad. Es una oportunidad única, porque podremos tocar lo que ordinariamente no se toca. ¡Y son tesoros lo que hay allí, Michal! ¡Tesoros! Claro, Malena, pero me coges desprevenido, déjame que revise mis turnos y lo piense. Mira, Michal, si no tienes ganas dímelo. De cualquier manera yo pensaba pasarme por el Monasterio, y eso que lo he visto un montón de veces. Seguro que si llamo a Jan no tiene inconveniente en acompañarme. Creo que la llamada se cortó en ese momento. Fue en estos términos aproximados la conversación que mantuvimos Malena y yo esta mañana. Su pasión por todo lo que son libros, y con mayor razón antiguos, le conduce a ejercer una presión desmedida sobre sus más próximos. Lo bueno que tiene es que si no nos ve a nadie convencidos de seguirla el juego ella no insiste y hace la visita sola. Por supuesto que iré a ver las bibliotecas. No es que me interese la teología, evidentemente, pero no quiero perderme algunas obras importantes con textos de los aristotélicos, por ejemplo. En bibliotecas históricas se encuentra de todo. La Iglesia ha sido muy propietaria de sus bienes, y eso mismo ha permitido que se conservaran sus tesoros, como diría Malena. Pero, ¿y si la Iglesia hubiera desaparecido? ¿Y si Hus, por ejemplo, hubiera triunfado? Son ideas que me vienen a la cabeza, pero tampoco me quitan el sueño. El pasado queda ya muy lejano, y es irreversible. Desde luego que iré con Malena; no puedo frustrar su ilusión.

martes, 26 de abril de 2011

Malena S. / 14




La vieja vivienda de Malena es pequeña pero bonita. En realidad es una de las particiones que se hicieron hace bastantes años en un edificio histórico, para alquilar con más facilidad. Malena ha vivido en tantos lugares de la ciudad que no sabría con cuál quedarse. Dice que le gustan todos, pero sólo porque le recuerdan los tiempos vividos. Del urbanismo y la comodidad para desplazarse no está tan segura. Se llama a sí misma guardiana de la vieja y de la nueva ciudad noble, pero se conoce los barrios obreros, la zona administrativa y los viejos municipios circundantes que han ido quedando absorbidos por la administración metropolitana. La casa está muy próxima a la ribera del Vltava, y las nieblas le dan un carácter siniestro en invierno. Pero en el buen tiempo la vegetación lo alegra y resulta más refrescante. Todavía hay vecinos que bajan a cenar en verano a las mesas y bancos de madera que hay en algunos pequeños oasis ajardinados. ¿Por qué se siente Malena tan poseída por la ciudad? Naturalmente, ella admira el arte y se queda prendada por el despliegue barroco, pero lo que más le fascina es el trazado de las calles. Dice que sean éstas de la época que sean todas tienen su significado. Es así, Michal, me dice. Las calles no han nacido porque sí ni han cambiado por casualidad; todas responden a unas necesidades de comercio o a una moda urbanística llegada de otros países o a la implantación de los nuevos medios de transporte. Hay veces que me siento más a gusto en el casco antiguo, en lo más intrincado y sinuoso de él. Otras veces necesito subir a zonas altas, comprobar las distancias, mirar la perspectiva. Incluso en aquellos espacios más anodinos y convencionales, donde las edificaciones no acertaron a conjugarse demasiado, encuentro algo que me cautiva. ¿Has sentido siempre así, Malena? Sí, claro, desde niña tuve que cambiar varias veces de vivienda juntos con mis padres, es decir, de barrio, de distrito, hasta de pueblo. Hay muchos que tuvieron que hacer lo mismo, estaba a la orden del día cambiar de asentamiento frecuentemente, pero no les ha dejado huella. Solamente cansancio. Pero ahí está lo que no entiendo, Malena. ¿Por qué tú has absorbido esa experiencia tan positivamente? ¿Por qué sigues disfrutando como si cada día la ciudad te supusiera un descubrimiento? Oh, Michal, es evidente. Cada uno somos como somos. Y creo que la ciudad responde a mi personalidad. Mi talante inquieto me vuelve receptiva, ¿no te habías dado cuenta? Si no, ¿por qué crees que estoy contigo? No, no soy yo la que ha ido a buscar la ciudad, al menos al principio. Han sido las vivencias tan dispares que he tenido, la gente que he tratado por todas partes, las actividades temporales que he desarrollado por aquí y por allá. Es verdad que desde que salí sobre todo con los chicos de Artes y con algunos de los profesores, ya sabes, aquella vida semibohemia que hacíamos siguiendo patrones franceses, me he entrañado mucho más con la ciudad. ¿Piensas que estoy loca perdida, Michal? A veces las preguntas de Malena me desestabilizan un poco. Habla de la ciudad, cita el pasado, me incorpora a mí en su discurso...pero debo responderle antes de que insista y me ponga en un brete. No, lo entiendo bien, simplemente amas esto, has asimilado muy bien los años pasados. Lo único que puede ocurrir es que la benevolencia te perjudique un poco. ¿Tanto como para no distinguir algunas tardes si he estado paseando físicamente o si el recorrido lo he hecho a través de una novela, Michal?





lunes, 25 de abril de 2011

Malena S. / 13



Los mejores amantes no son los intelectuales, Michal. Yo no me considero de esa especie, Malena, pero no creo que tenga que ver la actividad ni la clase social ni la edad con el afecto. No te pienses que no, y además no hablo de afecto, hablo de la carne pura y dura, Michal. Malena es delicada cuando quiere, pero tajante cuando le parece. Los intelectuales engatusan, gusta escucharles, despliegan un mundo delante de ti, pero cuando te abrazan siguen envueltos en una nube imprecisa. Les falta, ¿cómo lo diría?, ese punto de desconexión con su mundo y de decisión resuelta para afrontar la simple materia. No se arriesgan, no buscan la belleza del instante ni del cuerpo tangible ni de los sentidos. Me alegro de no ser un intelectual, le replico con énfasis. No, no lo eres, pero, y si yo te dijera que te comportas como uno de ellos ¿qué dirías? Que no te creería, y no me da la impresión de que a ti te lo parezca. Malena ríe escandalosamente y no acierto a saber si se burla o es el efecto del ardid al que me somete. Me molesta no tanto el ruido de la carcajada como una mirada que no para de girar, brillante y chancera, y que no sitúo. No debo mostrarme tocado, pero no entiendo si habla en serio o si pretende provocarme y, en cualquier caso, no me parece leal. Malena, ¿consideras a Jan un intelectual? Malena sabe parar los momentos de ataque; sencillamente, haciendo como que no va con ella la pregunta. No es fácil encajar a Jan, responde. Es un anticuario que vuela por un espacio desconocido por nosotros, que formamos la infantería de la vida, el subsuelo. No es tampoco un simple diletante, sino alguien que se introduce con su imaginación por las avenidas de la creación, y también por sus callejuelas. Penetra en las estancias de las formas, rasga la historia que gira en torno a cada objeto y sigue el hilo de cada obra hasta encontrar una razón superior. Es lo que queda de los viejos alquimistas, nunca seguros del sentido de una materia, nunca crédulos de la teoría, jamás rendidos ante los ojos ajenos. Me asombra el conocimiento que Malena tiene del anticuario; me asombra y me espanta. Es como si no hubiera dejado de conocerle nunca, y no cesa de precipitar opiniones sobre él. Jan es muy particular, Michal. Sabe disfrutar de otros tiempos, prospecta con gozo todos los estilos del arte que puedan ponerse delante de sus ojos, se recrea en una tensión permanente entre el engaño y la verdad, entre lo aparente y lo firme, entre la belleza innata y la fealdad que simula belleza. No puedo contenerme. ¿Quieres decir que eso le condiciona para amar o que más bien le salva, Malena? Oh, Michal querido -y su tono de voz posee un cierto sarcasmo lastimero- esa manera de ser sólo le hace diferente.

sábado, 23 de abril de 2011

Malena S. / 12




El cuerpo de Malena es una constelación. Exhibe un mapa de lunares, pecas y, en menor medida, diminutas verrugas que lo recorren en todas las direcciones. Cada fragmento revoltoso es de una forma y tamaño diferente. Cuando estamos desnudos me gusta hacer inventario de ellos. Más bien cuento cuatro o seis y hago que cuento cincuenta, mientras ella habla desde su mundo inquieto. Malena se pone bocabajo y yo contemplo su espalda sideral y me invento juegos. A Malena le gusta seguir hablando en esa posición y aparenta que me ignora. Me sorprende cómo puede concentrarse en un tema distinto como si mis caricias no fueran con ella. Pero Malena prolonga su tiempo, lo rebusca. Hay un momento en que de pronto se corta, dejando la frase en el aire. Entrecierra los párpados y atiende silenciosa los tenues y lentos movimientos de mis dedos. Se pirra porque siga con el dedo aleatoriamente el curso de aquellas pequeñas formaciones de su piel, como si trazara una línea invisible que los uniera. Me acuerdo de aquel juego que salía en los periódicos hace tiempo en que uniendo en un sentido determinado unos y otros puntos acababan configurando una imagen. No, el interés del juego no residía tanto en ver la imagen definitiva como en vincular los jalones del recorrido. ¿Qué dibujas?, interrumpe Malena su simulado abandono. No me lo digas, es un tigre, ¿a que sí? No, le replico. Ah, ya sé, es un ratón, siento sus pequeños saltos, sus nerviosos y agitados brincos. Tampoco, Malicka. Creo que ya lo tengo, se trata del buey, ya noto su pesadez y el vaho de su hocico. Malena iba dispuesta a agotar todas las representaciones del horóscopo chino. Yo no le contesto esta vez. Dejo que mis dedos se desplomen, y mis manos se hunden afiladamente en la piel. Su calor se me hace insoportable y el juego se desbarata. El territorio de Malena se me antoja cada vez más extenso y yo más ávido. Me dejo caer entre su ramaje y extiendo las ramas de su cuerpo y huelo el árbol y sus frutos. Michal, recita Malena muy bajito, como si temiera descubrir al ser acechante. Ya adivino el animal que has trazado. Es el mismo en el que te has convertido.

viernes, 22 de abril de 2011

Malena S. / 11




Había anochecido y las calles que dejamos atrás apuraban luces mortecinas. No transitaba nadie. De vuelta en casa de Malena no perdí el tiempo. Su sueño me obsesionaba. ¿Sueles tener con frecuencia esa clase de sueños, tal como el que has relatado esta tarde delante de Jan?, le pregunté. A Malena no le gustó la manera tan directa de hacerle la pregunta. No entiendo qué te molesta, Michal, dijo. Además deberías estar orgulloso de que aparecieras en el sueño. Y creo que para Jan fue definitivo. Estabas tú entre los presuntos asesinos, no él. Tú eras la presencia, no él. Y es sabido que aquellos personajes de la vida real que deambulan en los sueños están más asentados que los circunstanciales en la mente del que sueña. Eso debería honrarte. Pero, Malena…traté de intervenir. No, Michal, no digas nada. Déjalo estar. Podía haberte contado el sueño en cualquier momento y circunstancia a ti solo. Y qué, hubiera sido una anécdota más entre pareja. Vino bien en ese instante, delante de Jan. No sólo para zanjar una espiral que pusiste en marcha en la conversación, sino para ratificar ciertas zonas abiertas del pasado entre él y yo. Tú no le conoces. Tras sus formas educadas y dadivosas, hay una personalidad peleona y exigente. Detrás de su imagen de profesor culto y especializado, hay un torbellino que no para de descubrir fondos y estratos de la vida de los seres que tratan con él. Malena iba siempre por delante de mis reacciones. Era como si calculara al milímetro su mensaje y su tono y tomara la iniciativa para parar cualquier vaivén mío. No, Michal, no tienes ni idea de cómo es Jan. No te trataría nunca con desprecio, ni con insolencia. Tiene que estar siempre por encima de todos. Y si hay de por medio algún asunto que para él tiene gravedad, no presentará batalla frontal jamás. Lo suyo es marginar al enemigo, no cercarlo, ni agredirlo. Pero esta tarde ha estado a punto de romper su propia táctica. Y eso le ha perjudicado. Michal, hazme caso. Cree en mi sueño. Cree en ese sueño más que en cualquier otro. Cree en mi sueño inventado porque he ido más allá de la capacidad de cualquier sueño que haya tenido de verdad. No sé si funcionará. Pero creo que mi imaginario le ha tocado. Malena ha debido advertir mi parálisis. Ha abierto la alacena y sacado una botella de becherovka. El vasito que he ingerido estaba más amargo que de costumbre. Pero los labios de Malena ardían más.

miércoles, 20 de abril de 2011

Malena S. / 10



Eh, Michal, no imaginabas esta vista, ¿a que no?, me espetó de pronto Jan, rompiendo el temple que era habitual en él. Se le notaba orgulloso y, como buen anticuario que ha poseído tesoros y se siente pletórico por ello, hacía del paisaje uno más. Acaso el más completo, el más hermoso. Pero también el más inaprensible. ¿Hasta qué punto aquel gesto de asomarse cotidianamente a la terraza de su casa le convertía en propietario de la ciudad carolina? Michal, no lo dudes -y la mirada de Jan era franca y generosa- Siempre que te apetezca puedes venir y quedarte contemplando esto sin horas ni compromisos ni urgencias. Es una tentación en la que caerás arrebatadamente una y otra vez, ya verás. Malena estaba pendiente de mi actitud, pero yo me limité a agradecerle el ofrecimiento. Le aseguré que siempre que tuviera un estado de ánimo al borde le llamaría y tomaría posesión de su terraza. Pero Jan se volvió impetuoso y enérgico. ¿Así que crees que para gozar de este bien panorámico hay que esperar a tener un estado de ánimo en el límite?, dijo con ironía. ¿Concibes entonces esta mirada únicamente como un elemento de salvación? ¿No cabe en tu cabeza que la contemplación de todo lo que tenemos bajo nuestros pies sea como respirar o como alimentarnos, es decir, algo que tenemos que hacer de modo reflejo cada día, porque de lo contrario no viviríamos? Malena debió interpretar mi ceño confuso y desarbolado y salió al quite. ¿Sabéis que pienso, amigos míos? Que no estoy segura si atenaza más la belleza o la fealdad. Ciertamente, la salida arriesgada de Malena nos polarizó a Jan y a mi sobre ella. Continuó. Hace dos noches tuve un sueño pegajoso, del que no podía librarme. Las autoridades estaban a punto de descubrir a los autores de un crimen cometido hace bastantes años. Un crimen que primero creía que habíamos cometido Michal y yo. Di un respingo y me encaré con Malena: no me habías hablado del sueño. Bueno no ha venido a cuento, dijo ella. Y tampoco estoy obligada a contar cada pesadilla o deseo fantaseado. Su cara delataba cierto malestar por mi torpe indicación y, no obstante, siguió relatando. Pero luego el sueño matizaba: ni tú, Michal, ni yo habíamos sido los ejecutores directos del crimen, pero sí cómplices. Cómplices porque sabíamos quiénes eran los asesinos y habíamos callado. De hecho, habíamos permanecido años silentes, tanto que prácticamente habíamos olvidado el suceso que nos había involucrado. Pero el descubrimiento por la policía de los restos de una o varias personas (el sueño resultaba un tanto confuso respecto a la cantidad de asesinados) nos volvía sospechosos. Y sorprendentemente, de los verdaderos criminales nadie sabía nada. Jan la escuchaba muy pendiente y yo bastante confundido, como si el sueño de Malena me implicara de manera vergonzante a los ojos del anticuario. Malena prosiguió. Ante lo difícil que se ponía el cerco que se tejía sobre nosotros, intentaba zafarme del sueño y tirar de Michal hacia el mundo de los despiertos. Pero según pasaba a otro nivel no tan onírico arrastraba conmigo el obsesivo crimen y la angustiosa persecución que nos veíamos venir. Incluso llegó un momento en que me pareció estar ya despierta y sin embargo seguía viviendo la angustia. Michal había desaparecido del sueño y el horror me atosigaba y me hacía sentir más sola. Di un paso más en el despertar y sucedía que o no estaba despierta del todo o me invadía la certidumbre rayana en la certeza de que el crimen era cosa de este lado y habíamos estado envueltos en él. ¿Por qué no lograba desprenderme de la pesadilla ni siquiera cuando me estaba vistiendo? ¿Querréis creer que en apenas unos segundos hice un repaso de mi vida buscando en mi memoria cegada aquella acción perversa?

martes, 19 de abril de 2011

Malena S. / 9



Malena y yo nos miramos con complicidad y, no obstante, sorprendidos. Jan nos estaba ofreciendo la ciudad desde su vivienda en la zona alta. ¿Mero goce visual o había mensaje oculto? Lo estaba haciendo por partida doble, mostrándonosla físicamente y utilizando una metáfora. Y nos estaba tentando. Pero, ¿qué querría obtener a cambio? Jan es un hombre que, tras su aparente campechanía y su corrección, oculta un ser atormentado. Sé que hace tiempo mantuvo un vínculo con Malena y que todo había terminado. ¿Qué podía pretender ahora? Hay seres que solo pretenden la tentación por sí misma. Poner en un brete al otro, hacerle dudar, provocar que se desajuste. Tal vez fue eso lo que intentó el demonio con el profeta mesiánico o lo que el doctor Faustus sufrió en sus carnes por el acecho de Mefistófeles. Pero, ¿no es acaso ésa la historia cotidiana? ¿Lo que sentimos en nuestro interior, tomando un camino u otro, sucumbiendo o no a las propuestas contradictorias que se nos brindan? La tentación, ¿persigue conseguir un fin material, la riqueza, pongamos por caso, el amor, el poder...o su objetivo es ponernos a prueba para decidir sobre nuestra resistencia? Malena me miraba inquieta y con unos ojos que delataban cierto horror. Malena sabía mucho de Jan y yo, simplemente, era un advenedizo. Pero su mirada pedía socorro. Creo que en la que yo le devolví percibió mi apoyo. Entonces, Malena no quebró. Me agarró del brazo, me llevó hasta el borde de la barandilla y trenzó sus dedos en los míos. Es bello el perfil que traza el Vltava con sus meandros, ¿verdad?, dijo con firmeza y cierto aire de enajenación. Jan permanecía distante, como absorbido por la perspectiva, acaso fingiendo que había sucumbido un día más a la belleza de la visión. El Hrad destacaba al otro lado entre las brumas que se extendían descendiendo hasta Malá Strana, aquella ribera donde la humedad y la calma hace que te evadas de la imponente tiranía de los días.

lunes, 18 de abril de 2011

Malena S. / 8



Jesucristo adoró al diablo, dice Jan con voz templada en la que no se adivina sarcasmo alguno. Sorprende el tono prudente de un individuo que oculta con dificultad tras su constitución asténica a un ser nervioso. Malena y yo no sabemos por dónde va a seguir. Nos invita a salir a la terraza de la casa donde vive en lo alto de la colina. La heredó de su abuelo y, aunque no tiene aquí su tienda de antigüedades, yo diría que sin esta perspectiva él no sería el anticuario de Stare Mesto. ¿Conocéis aquel pasaje del evangelio de Mateo en que es tentado por el demonio?, continua el anticuario. Pues bien, si es cierto lo que cuenta el cronista de que el diablo le ofreció el esplendor de las ciudades más hermosas, no me cabe duda de que el tal Mesías acabó adorando a Satán. Naturalmente, no es la versión que ha interesado a los ideólogos. A los ideólogos siempre les ha horrorizado la belleza. De ahí que presenten de Jesucristo una imagen de resistencia a lo bello. O mejor dicho, de negación de lo bello. En lo hermoso hay referencia, hay sentido, ganas de ir siempre más allá, dentro de esta vida, naturalmente, que es la única posible. No, el demonio no ofreció a Jesucristo tesoros, bienes o poder. Simplemente le mostró la posibilidad del disfrute. La belleza es objetiva siempre, pero incompleta. Si no se produce la aproximación del individuo no se consuma del todo. Su significado no tocaría el alma humana. Y ya digo que el profeta sucumbió. Tal vez fue el precio que tuvo que pagar para que nadie le salvase.





sábado, 16 de abril de 2011

Malena S. / 7



La amistad de Malena con Jan viene de muy atrás. A Jan no le gusta ser anticuario. Dice que es como si fuera un secuestrador de obras de arte, afirma Malena. Pero se justifica con que lo lleva en la sangre. Ni él ni yo nos lo creemos, pero es su excusa divertida. Su abuelo sí que lo era, concienzudo y experimentado, al menos hasta que duró el Protectorado funesto. En aquel período no lo pasó bien. Los nazis pretendían que para dedicarse a ese comercio tenía que ser necesariamente judío. Pero su abuelo tenía pedigrí, ya lo creo. Pudo mostrar partidas de nacimientos familiares, aclarar sus raíces…y hacer algunos regalos valiosos a algún que otro jerarca alemán. Jan tiene la impresión de le presionaron para que consiguiera obras de arte o para facilitarles rutas de comercialización, incluso a espaldas de los mandos de la Wermacht. El abuelo de Jan sobrevivió, pero con el nuevo régimen tuvo que cerrar el negocio definitivamente. Pero, ¿de dónde le viene a Jan la materia gris para dedicarse a esa actividad, Malena? Me has dicho que tu amigo es un simple licenciado en Artes. Malena parece conocer casi todo de Jan y no para de informarme. Por supuesto que Jan no vivió directamente la actividad de su abuelo; ya no había tienda. Pero Jan cree que siempre siguió realizando de tapadillo algún tipo de labores. Pequeñas incursiones en lugares abandonados por la administración, visitas secretas a domicilios donde atesoraban bienes de herencia familiar, suministro de pistas a burócratas que aprovecharon su influencia para mover obras de arte, incluso sacarlas fuera del país. El abuelo de Jan estaba muy considerado por sus conocimientos, pero, sobre todo, por su olfato, su capacidad para distinguir la calidad de una obra, incluso para descubrir lo falso. Yo creo, sigue diciéndome Malena, que Jan vio en su infancia algo de esto. Más los consejos, opiniones y experiencias que el abuelo le transmitiera como si se tratara de una red de comunicación secreta entre ambos. El abuelo debió ver un Jan sensible, receptivo y con sumo gusto estético y, a cambio, Jan aceptó sus admoniciones. Pero se reservó una carta, digamos moral. Jan se prometió a sí mismo que si alguna vez se dedicaba de pleno al comercio de las antigüedades sería honrado. ¿Honrado, Malena? ¿Te imaginas a un anticuario íntegro? Sí, ya sé que cuesta creerlo, dice Malena. Pero Jan es otra cosa. Un visionario, una especie de salvador. No tienes idea de cómo trata una obra de arte. La creación artística es para él una suerte de religión.

viernes, 15 de abril de 2011

Malena S. / 6



Malena no ha leído toda la obra de su escritor mítico. El enterrado en el Zidovtské al que hemos estado visitando. La lee con lentitud, dejando reposar, eligiendo al azar, tomando lo que le pide su inquieta latencia. Malena suele decir que un libro en el que desde su primera página intuyes interés no debe leerse corriendo. Michal, me dice, un libro que te atrae es como una seducción. Sus primeras páginas son un tanteo con el lector y éste decide si se deja cautivar o lo rechaza. Por supuesto, siempre es una sorpresa leer un nuevo relato, pero cuando uno pide algo más, necesita que tenga lugar un cortejo del texto con el lector. Sólo en ese instante empiezas a sentirte atrapado. Y en ese juego, Malena, ¿dónde queda el autor? ¿No es lo mismo texto que autor? Sólo a medias, Michal. El autor es una especie de observante, agazapado detrás de lo que ha engendrado, seguramente reconcomiéndose por la historia que dio a la imprenta. No me digas que el escritor es un vulgar voyeur, Malena. ¿Por qué no, Michal, por qué no puede serlo? Se ve devorado aún por la incertidumbre de haber dirigido el relato en una dirección y no en otra. Está obsesionado con las puertas que ha cerrado o con las estancias que ha dejado sin ocupar. Algunos autores se sienten obligados a escribir otra novela por esa causa. La última nunca les deja satisfechos, sienten que no han logrado su objetivo sino circunstancialmente. Malena siempre me desborda, agota primero mis recursos pero enseguida fomenta mi capacidad sugerente. El autor, me dice, es el tercer hombre, alguien que está en el fondo de la historia pero que te suelta ésta para que te mantengas distante de él. Y sin embargo, cuántos autores no estás tocando en lo más hondo al leer cada línea de sus textos. A mi me pasa con el hombre enterrado ahí abajo. Tan pronto me parece un hombre distante como el hombre textual por excelencia. Eh, Michal, ya estamos cerca de la casa de mi amigo Jan, el anticuario. ¿Nunca te he hablado de él?

miércoles, 13 de abril de 2011

Malena S. / 5



¿Sabes lo que más me gusta del cementerio judío, Malena? Que es una alfombra vegetal, uniforme y selvática desde que entras por la puerta. Los árboles tan frondosos, las enredaderas que suben por sus troncos, la hiedra que cabalga entre las tumbas. Podríamos venir un día a comer al estilo campestre y seguro que sentiríamos las mismas sensaciones que en uno de esos parques naturales. Malena me miró socarronamente y echó a reír. ¿Y qué diría el guardián de las esencias finitas que te puso la kipá a la entrada, Michal? Ahí hay muchos miembros enterrados de las clases pudientes de la ciudad. Los granitos y los mármoles que adornan sus sepulturas les delatan o mejor dicho, hace evidente lo que fue su condición social. Y que conste que tampoco me gusta hablar de esta manera de vecinos que fueron perseguidos solo por su pertenencia a una estirpe considerada maldita, y eso que muchos no se reconocían en ella. Yo seguía iluminado por la imagen deslumbrante del Zidovtské. Pero es verdad, le dije, cuando me traes cada año a tu particular homenaje salgo con la misma idea. Las tumbas pasan a segundo término y más allá de los muros no existe ni Zizkov ni Vinohrady ni el resto de los viejos municipios que han nutrido la ciudad moderna. Tengo la impresión de estar en cualquier bosque de Bohemia. Antes de que la lluvia ácida los maltratase, ¿no?, me interrumpió Malena con una de sus salidas radicales. Oh, no me hagas caso, Michal, tengo que ver siempre el lado oscuro de las cosas. Debe ser por eso que me cuesta tanto ver la belleza, y no es que no la vea, no es que no se me plante delante, es que me cuesta dar un paso y entregarme a ella. Lo sabes muy bien, Michal, la belleza me hace infeliz, porque no creo que tenga un único rostro. O porque yo misma no sepa percibirla. Intuyo que sus dimensiones superan mi capacidad de llegar a ella.

martes, 12 de abril de 2011

Malena S. / 4




Y tú no querías venir al principio, me dijo Malena chinchándome, a la vez que tomábamos una de las calles que llegan a lo más alto de la colina. Nadie me hizo caso cuando yo se lo proponía. Tú podrías haber sido uno más y de aquel día no hubieras pasado. Pero caíste en la trampa; no sé por qué no te parecí una loca, pero apenas dudaste. No me digas que no fue una prueba propia de la Esfinge. Claro, una prueba a ciegas, le dije yo, sin pistas, sin detalles, con ventaja. Malena es contundente cuando tiene claro algo que le ha costado averiguar: la belleza no admite pistas, Michal. No avisa, no llama, no se ofrece previamente. Es una revelación. Y cuando estás ante un objeto, un paisaje del bosque, una estatua o un palacio, por ejemplo, o simplemente una calle que es diferente, y sientes que algo te paraliza en ese ámbito, entonces puedes considerar que se te muestra y tú te descubres a su vez. Es como un encuentro. La gente habla del encuentro como una manifestación entre dos o más personas, que muchas veces resulta pasajero, insuficiente, tenue. Pero sólo hay encuentro auténtico si alguien te habla desde su silencio y tú escuchas ese silencio. O bien cuántas veces hemos disfrutado del encuentro con un perro y hemos jugado con él y nos hemos entendido. Ah, la gente no percibe fácilmente que existen encuentros más profundos, donde lo que cuenta no es tanto una ubicación física, una aproximación, como algo que se pronuncia en tu interior y te desarma.

lunes, 11 de abril de 2011

Malena S. / 3




Habíamos dejado atrás el Olsany y el Zidovské nuevo, lugares a los que no me hubiera planteado ir jamás de no haber aparecido Malena en mi vida. No es que tenga especial prejuicio sobre los cementerios, y menos en esta ciudad en que las mayorías y las minorías de distintas creencias han configurado a su aire las necrópolis, muy semejantes, por cierto. Estos espacios son lo que son, y están para justificar un punto final que sólo se encarna en la memoria de los vivos. No había tenido nunca interés alguno por los cementerios. Recuerdo que, al poco de conocerla, Malena me llamó por teléfono al bar donde yo trabajaba de camarero. Era a finales de mayo, la primavera estaba siendo fría y muy húmeda. Sin darme opción alguna, me lo espetó. ¿Quieres venir mañana conmigo a las casas de los muertos de Zizkov? Dicho así, no supe qué pensar ni qué contestarle. Se dio cuenta de que había caído en la trampa y echó a reír. No temas, Michal, los muertos están muy muertos y algunos desde hace siglos. Pero si te inquieta, decide tú mismo, eres libre, mas te advierto que por esa zona hay varios establecimientos del ramo. Puedo ir sola, ya lo vengo haciendo desde hace tiempo. Reconozco que la propuesta me dejó perplejo. Lo que no suponía yo es que Malena ejecutaba por su cuenta un particular ritual en torno a esas fechas. No, no es que ella creyera en las obras de los muertos, sino solamente en las de los vivos. Principalmente si esas obras habían dejado sus huellas en el mundo y, sobre todo, dentro de ella misma.

domingo, 10 de abril de 2011

Malena S. / 2




Por supuesto que la gente siente. Sentir es algo tan antiguo. Te dan palmaditas y sientes, te riñen y sientes. Pero la gente percibe ese sentir como una regla, Michal. Es un sentir como comprobación de que no se les excluye o de que se comportan. Como un reflejo más de las normas al uso que de lo que te dice en sí una sensación. Tantos han perdido la noción de la estética. No se sabe ya hacer las cosas por gusto, por placer. Incluso las que hay fuera de ti, que parecen ajenas, pueden tocarte de manera que las hagas tuyas. Y entonces llegas a saber más de ti. Pero, ¿quiere la gente saber más de sí misma? Todo lo que acabamos de ver tú y yo ahora, Michal, lo llevamos dentro. Si no, esta conversación no existiría. Fíjate que apenas hemos hablado dentro del recinto. Nos quedamos mudos porque todo lo que había a nuestro alrededor hablaba extraordinariamente por nosotros. Era…¿cómo te lo diría, Michal? Sí, una mudez expresiva. Nos bastaban gestos con la cabeza o con las manos para mirar aquel verdor que tapizaba el suelo, aquellos árboles, aquellos poliedros tatuados. Y nosotros, Michal, escuchábamos todo aquello. Adoro la contemplación, algo que la gente apenas sabe hacer.

sábado, 9 de abril de 2011

Malena S.





Si sólo hubiera fealdad en el mundo seríamos más felices, me dijo Malena mientras subíamos por las calles de Zizkov. Sería una felicidad sin contrastes, añadió. Como si tuviera un terciopelo de consenso. Nadie aspiraría a sobrevivir por encima de ese ámbito anodino. Eso proporcionaría felicidad, de hecho ya se la proporciona a mucha gente. Aquellos que solo viven pendiente de procurarse el jornal y la alimentación de cada día. Escaso ejercicio físico, ninguno mental. Se trataría de subsistir en una especie de reposo indolente. Sin alicientes especiales, pero también sin riesgos. Ni siquiera el amor pasaría de ser la mera y ocasional ejecución que deshace tensiones sanguíneas. Y, por supuesto, ajustado a las necesidades de cubrir numéricamente la especie. La gente, convéncete, Michal, hace tiempo que dejó de explorar las sensaciones.

miércoles, 6 de abril de 2011

LOS SIN EXPECTATIVAS, A LA CALLE

¿Servirá para algo? Los años le hacen a uno escéptico y bastante descreído. Pero a la vez acontecimientos sorprendentes le llenan de ilusión y de expectativa emocionada. ¡Por qué no va a servir este gesto movilizador! De momento es una llamada cívica que por el mero hecho de convocarse tiene mérito. Si hay una presencia de jóvenes numerosa y de no jóvenes que valoran el hecho y apoya será un toque de atención importante. Para un gobierno que está concediendo demasiado a los poderes fácticos y para una oposición reaccionaria que sólo desea el control del poder para ajustar más aún las tuercas. Tal vez luego suponga algo más este primer ejercicio de protesta colectiva, pero ahora se trata de que la calle de Madrid se llene mañana de gente y sea un grito. Que tengan éxito. No tienen nada que perder.

martes, 5 de abril de 2011

Un crimen del fanatismo

Me sobrecoge lo excluyente y atroz que resulta la violencia fanática. Ayer fue asesinado el actor de televisión y cine israelíes y también director de teatro Juliano Mer-Khamis, a manos de asesinos enmascarados. Hace años su madre había levantado el llamado Teatro de las Piedras, y luego de la Libertad, para niños de Jenin, en la Cisjordania, con objeto de apartar a los chicos de la ocupación israelí y del conflicto, y encauzar sus inquietudes y talentos. Con ello se trataba de devolverles la confianza, un sistema de terapia útil en la adolescencia, y utilizar este proceso creativo como modelo de cambio social. El teatro fue destruido por los tanques israelíes y en algunas otra ocasión sufrió incendios. En su espacio no sólo se ponían en pie obras teatrales sino que tenían lugar encuentros sobre los derechos humanos de los palestinos.

Leo que Juliano declaró en cierta ocasión: “Yo he elegido el lado de la justicia, no el de la nacionalidad o el de la religión. Políticamente soy palestino y lucho con los palestinos. No soy un judío bueno que ayuda a los pobres árabes. La lucha por la liberación de los palestinos es nuestra lucha como israelíes porque compartimos un futuro común”. Se cree que le han matado palestinos, aunque Juliano era alguien que caía mal a ambos lados. A los israelíes, obviamente, porque denunciaba su política y la combatía a su manera, y los conservadores no podían soportar su posicionamiento. A algunos palestinos islámicos porque acaso consideraban que su tarea era excesivamente pacificadora. Si es cierto, como sigo leyendo en pasajes de prensa, que los integristas no aguantaran su representación de “Rebelión en la Granja”, de Orwell, o que no admitían que niños y niñas hicieran actividades mixtas de teatro, todo era posible. Estaba marcado. Juliano Mer-Khamis pasaba de las amenazas que había recibido últimamente, pero no pudo detener las balas.

lunes, 4 de abril de 2011

Triomphant

Hoy no tengo ganas de poner de mi parte letra alguna. Encuentro en la red la Marche en Rondeau de Marc-Antoine Charpentier, con una interpretación soberbia del organista húngaro Xaver Varnus. El acompañamiento de trompetas es sobrecogedor. Simbiosis con la envolvente cadencia intimista del órgano al que Varnus saca destellos. Que el espacio donde se interpreta sea la sinagoga de Budapest le da un aire abierto. Que nadie se llame a engaño. Las kippas en las testas de los hombres no significa que necesariamente sean judíos observantes. A mi mismo me la puso el venerable anciano guardián del cementerio judío moderno de Praga. Cuando visité, inevitable y ansioso homenaje, la tumba de Franz K.

sábado, 2 de abril de 2011




Hay días en los que no sabe si ponerse o quitarse la máscara. Es muy fácil. Es reversible. Y, como todo aquello que se puede dar vuelta, varía si se contempla desde un lado o desde el otro. Eso es lo que protege, la percepción que tengan los demás de ti. Que es la que tú les mandes a ellos. La máscara, y sobre todo la inherente, la de quita y pon, es francamente útil. Permite seguir paseando entre otros individuos sin que estos adviertan la diferencia. Pero hoy no la pone a prueba, hoy no se somete al acertijo de otras miradas. Anda tirado en el rincón. Ha probado a quitarse la ropa, a ver si así expurgaba sus obsesiones. Pero a veces la desnudez exterior no basta. No se ha lavado, no ha comido, se ha rascado la piel todo lo que ha podido, se ha mesado y desorganizado los cabellos infinidad de veces, no ha escrito una simple línea, no ha leído la prensa, ha chasqueado los nudillos con frecuencia, no ha recordado nada del pasado, no le ha dado la gana de repasar ninguna tarea pendiente del presente, no ha mirado obscenamente ningún cuerpo, ni lo ha imaginado, no ha tenido un solo pensamiento generoso, ni tampoco de placer, ni tampoco de ganancia, ni de culpa. Se ha hurtado a sí mismo cualquier posibilidad de reconocimiento. Tirado en silencio y en la oscuridad se ha hartado de palparse para asegurarse que seguía allí mismo. Ha tenido momentos en que perdía el sentido de la ubicación, incluso creía flotar. Todo un ejercicio de desalojo de sí. Cuando los vecinos, al oírle chillar, han entrado derribando la puerta se ha limitado a contestarles: apagad la luz, que me destruye. (Imagen del artista Xue Jiye)

martes, 29 de marzo de 2011

¿De qué se ríen?


Ustedes se ríen porque nadan y guardan la ropa, ¿a que sí? Ustedes, que forman parte de la jerarquía de la organización menos democrática del planeta, tanto en el tiempo como en el espacio, se permiten intervenir en las vidas de los ciudadanos que ejercitan la libertad de expresión. Por supuesto, no lo hacen pontificando todos los días -esto lo efectúan de vez en cuando- sino utilizando sus escalas descendentes, desde sus agentes directos de las parroquias, pasando por organizaciones religiosas de toda laya hasta esa cohorte de acólitos intolerantes que no separan nunca religión y política, creencias y actividad cívica, pero que toman ejemplo de ustedes, obviamente. Me entero hoy de que en Valladolid una jueza ha admitido a trámite una querella de dos asociaciones de ultraderecha (sí, las citaré, porque están ahí, agazapadas y a la vez tratando de crecerse: Asociación de Abogados Cristianos y HazteOir) contra el actor Leo Bassi (a él le gusta denominarse bufón, pero ya se ve que algunos no soportan siquiera el papel respetable y respetado por los poderosos en siglos pasados) y contra el rector de la Universidad de Valladolid, que es de signo progresista, en octubre pasado. ¿Motivo? Un espectáculo de Bassi en el Paraninfo de la Universidad con el título de Las raíces judeo-cristianas de Occidente: un fraude histórico a combatir. Quiero pensar que la querella ha sido admitida porque es algo generalmente al uso. No quiero pensar en principio que la jueza pertenezca o sea simpatizante de entidades intolerantes como las querellantes. El tiempo y la causa lo dirá. Así que, mientras, ustedes, los de la foto, sigan riendo, aprovechen, porque es muy probable que el desarrollo de la demanda tenga un final feliz para los querellados y tengan que tragarse sus risas. Ustedes saben hacerlo bien. Mientras el Estado les concede amplia subvención en directo, enseñanza concertada y otras prebendas, ustedes, siempre tan generosos para sus propios intereses, mueven sus hilos. No se puede decir que sean agradecidos. Con frecuencia, desprecian la mano que primero les da de comer. ¿No han pensado nunca en ponerse a trabajar? Ah, sí, dirán, es que hay tanto paro…

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cuando Japón fue también Minamata



“Su valentía es un símbolo de esperanza eterno, pero no reportará ninguna victoria a menos que no mueva las conciencias de otras personas para que actúen en todos los rincones del planeta”

Esta frase del fotógrafo W. Eugene Smith que se lee en su libro Minamata editado en 1975 podría aplicarse a la catástrofe de Fukushima y en general de Japón que está teniendo lugar durante estos días. Porque cuando se habla de Japón se recuerda con frecuencia los estereotipos: sus niveles de productividad, la disciplina de los trabajadores, la paciencia y sumisión de los ciudadanos, el mecanismo político y empresarial implacables. Menos se recuerda que son tan humanos como los que más y que, por lo tanto, han tenido muestras tanto de carácter positivo (el valor para superar las pruebas terribles de su historia) como negativas (corrupciones, abusos y barbaries, tanto militares como civiles)




La sensibilidad medioambiental empezó a expresarse en la opinión pública desde avanzada la década de los setenta del siglo pasado. Antes, lo que ocurriera tenía vía libre para los desmanes, la resignación era la pauta, y la conciencia cívica y los mecanismos legales para hacerlos frente no existían. Fue a mediados de la década de los cincuenta cuando se detectó que una extraña enfermedad cundía entre los habitantes de Minamata, al sur de la isla de Kyushu, y principalmente entre pescadores. Muchos de estos enfermos murieron tras revelarse en su cuerpo severos problemas neurológicos. Se sospechó de una relación con los vertidos de mercurio continuos e intensos al mar, que contaminaba a los peces y acababa en el estómago de los pobladores. También la fauna que se alimentaba del pescado envenenado sufría las consecuencias análogas a las que sufrían los hombres. Pero ni la empresa Chisso Corporation ni el Estado admitieron durante muchos años la relación, lo cual dio lugar a un movimiento de protesta cívica de una envergadura considerable.




Por supuesto, no se trató de un mero accidente, sino que la búsqueda de lucro de Chisso y las negligencias consiguientes lo propiciaron. Entre 1971 y 1973, Smith y su mujer Aileen, siguieron in situ el proceso de protestas, observaron, fotografiaron, apoyaron la lucha de los familiares de las víctimas y de las personas sensibles que les apoyaron. Hasta tal punto se comprometió Smith en la causa que fue golpeado por trabajadores de la empresa, temerosos de perder sus puestos de trabajo, causándoles daños importantes en su columna vertebral. Las fotografías de Smith no sólo dejaron constancia de la gravedad de aquella enfermedad que dio lugar a un síndrome en los libros de medicina, sino que reflejó la valentía enérgica de cuantos se enfrentaron con los poderes conchabados de la industria y del poder político.





Hay otro texto en el libro sobre Minamata que quiero reproducir, porque es importante para comprender otra dimensión de las cosas, la información. Dice Smith:

“Éste no es un libro objetivo. La primera palabra que eliminaría del folklore del periodismo es la palabra objetivo. Éste sería un gran paso hacia la verdad en la prensa libre. Y quizás el término libre debería ser la segunda palabra en desaparecer. Liberados de estas dos tergiversaciones, el periodista y el fotógrafo pueden asumir sus responsabilidades reales…éste es un libro apasionado”.



(Fotografías de W. Eugene Smith)




lunes, 21 de marzo de 2011

Equinocio



Ese bar de mi barrio cuelga en su puerta cada día un pizarrón de tal guisa. Un poema o parte o adaptación con el que homenajea al aire, al fuego, al llanto, al alma, al misterio y a la materia. Sin mayor explicación ni montaje. Sin que nadie decrete que deba hacerlo. Bendito soporte que aún puede servir para proclamar a los cuatro vientos la palabra más extraña e incluso críptica y a la vez más vinculante. Feliz floración poética.

jueves, 17 de marzo de 2011

Los Kamikaze



No desenvainan la katana. Tampoco echan un trago de sake. No suena en su honor el taiko, pero vibran ya como el sonido del gran tambor. Puede que ni siquiera piensen en evocaciones ni símbolos. Escuchan las normas actualizadas impartidas por sus coordinadores. Se enfundan en la armadura del tiempo que van a vivir. Confían en la cápsula que les aísle. Si pudieran respirar no lo harían. Pueden pensar pero no lo hacen. Sólo lo justo y en una dirección. Utilizan su pensamiento como herramienta de alta resolución. Han aislado sus emociones. Han dejado atrás sus afectos, para que no les afecten. Sus neuronas exudan pero su piel no lo reproduce. No se dejan influir por la ficción. Esto no es una película. Esto es la prueba. No adelantan acontecimientos. Repiten las cláusulas de cada actividad repartida. Se saben sus papeles. Incluso alguno sabe más de un papel por si tiene que tomar el de otro. El más gracioso hace broma. Son unos fontaneros cualificados cuyo empeño es atajar el desperfecto. Los que les ven les despiden como si fueran a participar en un campeonato. Sin euforias pero con estímulo. Van a actuar en un campo cerrado. Son minoritarios entre lo minoritario. Si conocieran los mitos griegos recordarían el Laberinto. Van a buscar al Minotauro sin saber que se llama así. El Minotauro empieza a tener cautivos que no sólo están dentro. Tal vez ellos sean los más arriesgados, pero no los únicos. ¿Qué le dirán al monstruo cuando vean sus fauces? Saben qué tienen que decirle. Saben qué tienen que hacer. Tienen que atajarlo como sea. Callarlo. No es una figura el monstruo. Es algo más. Es casi el Todo. Pero ellos no subliman al monstruo. No imaginan a la fiera. Conocen su esquema. Sus tripas, su forma, su cubículo. No imaginan que el monstruo no es cada pieza por separado. No es una geometría, ni un líquido, ni un gas, ni un calor. Aunque necesiten comprender su forma, su estado, su manifestación. ¿La comprenden? Llevan el dibujo del Minotauro en sus mentes, en su aplicación informática. ¿Suficiente? En el exterior todo el mundo está expectante sin darse cuenta de que acaso también ellos están ya dentro del Laberinto. Ahora empiezan a entender de qué materia está hecha la fuerza del Dragón.


Suerte, suicidas.






(Fotografía de Kukasabe Kimbei)


martes, 15 de marzo de 2011

El hombre del gabán




“¡Qué alivio!...
Eres un árbol
y no puedes seguirme.


La memoria olvidada.
Félix Francisco Casanova.




Podrían ser las cinco avanzadas y se desplazaba sin sentido. Las calles a punto de perder la luz. El precio del invierno. Llevaba el gabán abierto. Ese hombre que era de otro tiempo se enfundaba en un abrigo de solapas erectas. Prestas a ser dobladas como almenas sobre la parte alta de su pecho. Tosía a veces. Aquel tabaco todavía de cuarterón le irritaba la garganta. En pocos estancos se encontraba ya. Caminaba pegado a las paredes. El roce con la cal le dejaba pequeñas huellas en las mangas, pero no cedía el espacio. Cuando algún viandante se cruzaba con él no le dejaba pasar por la orilla. Las paredes eran suyas y él las decoraba con su sombra. Si en una esquina había una farola se paraba bajo su tibia lámina. Erguía su cabeza y miraba para todos lados. Luego alzaba la mirada y guiñaba a la lámpara. Aquel hombre caminaba también saltando de farola en farola. Odiaba que los bordillos estuvieran desgastados. Y los charcos; el agua es más fría todavía cuando un coche veloz salpica. Y las piernas siempre están debajo del pantalón. Pero solo se distanciaba de los edificios cuando precisaba cruzar la calle. Miraba con frecuencia para atrás. No por quedarse con el rostro de nadie. Tampoco temía a la policía; lo pasado pasó. Miraba porque no estaba seguro de su sombra. Cuanto más pegado a los muros fuera menos espacio para la sombra, pensaba. A veces buscaba un ángulo cercano a una farola y se movía lento de derecha a izquierda. Hasta que se proyectaba un amplio campo de su figura sobre una pared blanca. Entonces comprobaba que no pasaba nadie. Después venía el diálogo. Si algún peatón se acercaba lo interrumpía. Porque se trataba de un diálogo. Él hablaba a la sombra. La sombra le respondía. Una tarde llegó a casa con una marca en uno de los ojos; otra, con magulladuras en el cuello. La sombra se había puesto enérgica con él. Incluso agresiva. Eso le contó a su mujer, mientras caminaba por el cuarto de estar pegado a los muebles. Su mujer estaba harta de que rozara tanto la madera o la pintura; al principio parecía que limpiaba, pero con el tiempo desgastaba las superficies. Su mujer le había comprado un batín de rafia áspero. Y al caminar por las habitaciones o por el pasillo sonaba su costado estruendosamente. Cuando peor lo tenía era al ir al excusado. Literalmente saltaba desde el lavabo a la taza, limpiamente. Había educado a sus intestinos para el ejercicio. Después de todo, pensaba, los intestinos también van pegados a las paredes de una cavidad. A la hora de acostarse lo tenía peor. Su mujer no soportaba sus maneras y había acondicionado hacía años una habitación a su medida. Ella procuraba no enterarse de cómo se echaba en la cama. Y él tampoco se lo contó jamás a nadie. Dentro de la cama encendía y apagaba la luz de la mesilla alternadamente. Se ponía de medio lado y permanecía rígido y tenso contemplando la parte vacía de las sábanas, esperando un signo. Muchas noches se quedaba dormido en diagonal y los brazos y las piernas se le agarrotaban hasta producirle calambres. Soñaba que bajaba por un prado dando saltos o que atravesaba pequeños arroyos. Empezó a preocuparse cuando se instaló en sus noches un sueño en que se veía caminando desenfadadamente por un desierto. No. No le preocupaba sentirse exento a campo abierto. Sino que se veía a sí mismo riéndose sin parar y que un hombre idéntico a él, acostado en una cama, le respondía con otras carcajadas. Sin poder alcanzarse nunca el uno al otro.




(Fotografía de Yamasaki ko-ji)

sábado, 12 de marzo de 2011

Desde aquel origen lejano



Una vez se puso a la orilla de un río y pescó. Para ello había inventado arpones de doble hilera, más firmes y para piezas más voluminosas. Otra vez se fue con el grupo a cazar ciervos y se llevó unos bifaces de agudos filos y bien tallados. Al regresar, una parte de lo obtenido la conservó y otra parte la puso a calentar para él y para los suyos porque tenían hambre contenida. Para comer había descubierto hábiles procedimientos de ignición. No tengo ni idea de si él y los suyos se sentían felices. Por supuesto que no existiría el término felicidad. Porque en aquel tiempo el lenguaje no se había desarrollado tanto como para delimitar los conceptos.

Y porque los conceptos no se habían desarrollado de manera tan sofisticada como entendemos ahora. ¿O ya lo habían hecho a su manera y en su ámbito mental? Pero sentir es obvio que sentían. Necesidad y satisfacción actuaban de manera inmediata. Su criterio de satisfacción sería perentorio y efímero. Pero tanto la necesidad de satisfacer como la dificultad por hacerlo en cualquier momento le llevó a él y a los suyos a desarrollar otros métodos. Al principio todo se dibuja borrosamente en su mente. Pero había cosas que estaban claras en el combate entre la necesidad y sus límites. Iban sabiendo, sin discursos, obviamente, que se trataba de saciar el apetito, de procurarse abrigo, de satisfacer necesidades sexuales, de desarrollar la reproducción, de procurar protección tribal ante los enemigos. Una minoría, que probablemente sería escasa, desarrollaba también ciertas habilidades en base a la observación del paraje y de los animales, y exploraba combinaciones de caolines, gredas, arcillas y óxidos para ir representando esa otra parte del mundo que es reflejo y a su vez conjuro y exorcismo.

Nunca pudieron prever hasta dónde llegarían sus sucesores. Ni qué caminos del planeta tendrían que recorrer ni en qué direcciones. Todo fue surgiendo, en la inercia por sobrevivir, hasta conseguir un asentamiento, más o menos duradero. Conocían sus límites. ¿Conocen hoy día sus sucesores los suyos? ¿Conocemos los nuestros? ¿Pensamos con racionalidad cómo pueden ser satisfechas nuestras necesidades en un mundo que no se parece en nada al de nuestro ancestro primitivo? La naturaleza sigue su curso y no deja de sorprendernos su potencia y su acto. El reflejo de la naturaleza -uno de ellos, no sé si el más complejo, pero sí el más dominante- que es el hombre actual, sigue sin resolver de manera definitiva la originaria tendencia a cubrir la necesidad inventando, organizando y reproduciendo. Y de vez en cuando le pilla -nos pilla- el efecto de manera aplastante. Y los límites se desbordan. ¿Será pagar un precio alto que la esencia humana no pueda renunciar a ir siempre más allá? ¿O porque no se está sabiendo ir en el sentido correcto? ¿O porque no existe otra dirección por más que Electra y Clitemnestra pugnen entre sí sobre la rebeldía y la aceptación? Todo viene desde cuando un ser de nuestra especie se puso a la orilla de un arroyo y con su esfuerzo ratificó ese principio en vigor de la lucha por la vida.



(Recordando a mis hermanos de Japón)




(Grabado de Max Klinger)

jueves, 10 de marzo de 2011

Dedicada



Lo que para algunos (los humanos) es un mero anuncio, para otros (la naturaleza en sí misma) es materialización. Pero también para la naturaleza es anuncio, lo cual la pone en ventaja sobre la humanidad. Manifiesta ya a sí misma la disposición del ciclo para que un árbol dé hojas, frutos y la savia, que se presumía dormida, circule vertiginosa y feraz. Los hombres, desde el principio de los tiempos de éstos, han permanecido expectantes ante el fenómeno. Si hoy nos produce alegría y la visión torcida de los hombres lo contempla como un ejercicio visual y estético que adorna nuestros campos y ciudades, ¿os imagináis la alegría desbordante de los cazadores recolectores del Paleolítico? ¿Saberse camino de un tiempo más cálido? ¿Saber que tendrán pronto una clase de alimento a su alcance?

Nuestras culturas, que tienden a convertir todo en símbolo y metáfora, se dejan deslumbrar por el efecto primavera. Y aplican el fenómeno a sus vidas, a su historia, a sus objetivos, a sus ilusiones. Así, se habla del florecimiento de las artes, del renacer de una cultura, de la eclosión de las ideas, del estallido de las revueltas populares. La naturaleza se debe reír para sus adentros al ver cómo copiamos los hombres sus gestos biológicos y los dotamos de palabras. Debe carcajearse de cómo mientras nuestro ciclo vital se ve modificado y conmovido a lo largo de un año, con diversos altibajos, que llegan incluso a la esencia del alma de un individuo, ella, en su aparente fragilidad y caída, que en absoluto lo es, se consolida y mantiene el pulso luz a luz, oscuridad a oscuridad, calor a calor, humedad a humedad.

Saquemos, pues, conclusiones de la floración que contemplamos. Llevemos la metáfora a nuestros tiempos y a nuestras sociedades -algunas de los vecinos del sur lo están haciendo con suerte aún imprecisa durante estos días- y levantemos el espíritu con racionalidad serena. Lo que no puede ser es lo que no puede ser. Que siga habiendo humanos de primera, de segunda, de tercera, de etcétera y de ínfima categoría. Mi plegaria para un día en que los árboles comienzan a insinuarse: que la floración llegue a todos los seres. La vida de los individuos de los países ricos ni es segura ni lozana ni saludable. Ni siquiera la vida de todos los ciudadanos de estos países es homogénea y está sumamente dividida y, o mucho cambian las cosas, o lo estará más. Habrá que ceder para que otros accedan a algo más que a mínimos y lo consoliden. De lo contrario, la primavera de la humanidad seguirá siendo un engaño.





lunes, 7 de marzo de 2011

El grito incesante


El grito resuena cada vez más desgarrador. Y en relación inversamente proporcional nuestro oído se dirige a otra parte. No, a ninguna. Nuestro oído es sordera, desprecio y olvido hacia quienes lo emiten. Sólo tenemos atención para nuestro propio interés. Propio de la ceguera en ciernes, no queremos mirar. Nunca hemos sabido hacerlo. Es bonito hablar cristianamente del prójimo y del amor y de solidaridad con el mismo. Pero inútil e hipócrita. Ese eslogan lo vengo oyendo toda la vida, incluso se ha trasladado al plano laico. Sólamente se trata de una artimaña para sujetar esa parte de nuestra conciencia que sabe que las cosas no están bien. Que no está bien que nuestras formas de vida cómodas estén propiciadas por las riquezas que otros no logran nunca tocar. Y esos otros son sólo grito. No. Y sangre, y dolor, y desgracia e ignominia. No vale consolarse con recordar que en las naciones occidentales también hemos pasado por ello. No vale enrocarnos en la impotencia de nuestros miedos. Pero no el miedo al bárbaro, al vecino del sur, a su cultura que se va transformando. Ésa es la excusa. Nuestro miedo está sobre todo en los riesgos de nuestro propio statu quo. Y los que lo fomentan son los que dentro de la casa occidental organizan, deciden, se aprovechan e ignoran a los otros. Pero si mañana el miedo está justificado por esos otros hombres del grito y su deseo de némesis, al menos no os escandalicéis. Ya. Siempre quedará el recurso a justificar la masacre (la de ellos) Y de esa manera habremos suprimido el grito. Mas, ¿de verdad creéis que se puede eliminar lo más antiguo de la humanidad?




(El mismo profeta Leví del mismo artista Alonso Berruguete)

sábado, 5 de marzo de 2011

El insistente grito


No, no lo escuchamos. Y para no hacerlo, levantamos nuestros estúpidos y sonoros voceríos por doquier. Congregados en nuestros ámbitos de reunión ociosa, lanzamos chillidos neuróticos, clamamos de forma estentórea o emitimos gruñidos y bostezos preñados de decibelios. Todo sirve para tapar el grito ajeno o el dolor personal que no queremos relacionar con aquél. Enchufamos la carga mediática, nos entregamos a la virtualidad que regule nuestras endorfinas, pisamos los aceleradores de nuestro parque móvil esclavizador y le damos a la sana sonrisa hispana, cada vez menos sana y más de hamburguesa. ¿Será más poderoso nuestro ruido que el clamor del viento y de los gemidos ajenos? Es probable, pero también engañoso, porque en ese supuesto poderío está también nuestra perdición. Oh, el ruido de nuestra economía, el insulto de nuestras políticas, la invocación de nuestra calidad de vida, la exaltación de nuestra caduca cultura. Qué cansados estamos. Con qué ceguera nos desplazamos hacia ninguna parte. Si no nos sentimos sensibles con las quiebras de casa, ¿vamos a ser receptivos a las furias desatadas a nuestras puertas? Qué peligro ignorar que las rabias y las miserias de unos forman parte de las indignaciones y fracasos de los otros. Nada se para desde que el origen se manifestó imparable. Sólo se detiene lo muerto.




(También la escultura del profeta Leví, de la mano de Alonso Berruguete)

jueves, 3 de marzo de 2011

El grito



“El mal, ¿qué es el mal?
Tan sólo hay un mal, negar la vida”

D.H.Lawrence. “Pájaros, bestias y flores”.



Hay demasiado ruido para poder oír el grito. Y el grito está ahí. Estuvo siempre ahí. Dentro de nosotros. A nuestras puertas. En la lejanía y en la proximidad. Pero el ruido en que nos afirmamos como sociedad impedía que se escuchara. Incluso ahora, el grito se repudia. Los sistemas que fiscalizan nuestras vidas y las vidas ajenas tratan a su manera la voz en todas sus tonalidades. Desvirtuándolas. Con mayor razón lo hacen con el grito. Intento de diluirlo, de apartarlo. No se oye, luego no se pronuncia. No está. No hay tal grito. Esa parece ser la consigna. Pero, ¿y si suena tan fuerte que no puede contenerse? Si suena fuerte, hay que convertirlo en espectáculo. Mientras dure el espectáculo el grito no se distingue. Se manifiesta en la órbita de la ficción. De lo que parece ser pero no es. Y el grito se rebela. Queramos o no, se cuela por las rendijas de nuestras estancias. Tentación de cerrarlas. Tendencia a poner puertas al campo. Pero el viento se desgañita, enronquece. ¿Por qué se sube el volumen de nuestro ruido? Por miedo. Sin darnos cuenta de que el grito fue también nuestro grito. Sigue siéndolo, aunque no lo reconozcamos.



(Escultura del patriarca Leví, en obra de Alonso Berruguete)