No cesan. Si duerme se apoderan de él. Si permanece en vela se magnifican hasta confundirlo. En el sueño se deslizan gesticulando alocadamente. No las controla, pero llegan a divertirle incluso. En la vigilia se transfiguran y toman un modo de rostros y los rostros hablan y los rostros gesticulan y los rostros, algunos, se ponen máscaras, y los que no se ahuecan hasta estremecerle. Adustos, sancionadores, insaciables. Y tras esas caretas desmedidas aparecen los cuerpos, y estos, aunque distorsionados, se mueven agitadamente. Y los paisajes se materializan, y el aire se ausenta, y la lluvia se solidifica en púas, y los silencios se fracturan. La noche, aunque inescrutable en su soledad maltrecha, le hace asomarse a una cotidianidad enfermiza que él conoce demasiado bien, y le sobrecarga de excitación y desconcierto. Oye un griterío que no viene de fuera, oye acusaciones que no las trae el viento, oye reproches que no se filtran por las paredes. Sus sienes tienden a expandirse, y en torno a sus ojos le abrasan unas punzadas atravesando su retina. Hay como dos miradas, como múltiples miradas. Depende hacia dónde dirija un recuerdo. Hacia qué figuras abra su mente, o la cierre. Desde sus ojos entornados ve todas las situaciones posibles, ve la insatisfacción, ve la queja, ve el tiempo que no puede recuperar. Ve la vaciedad. Se siente impotente y toca la húmeda y pringosa herida que le incapacita para la retractación. Pero no sabe. No sabe de qué ni por qué debería hacerlo. Las sombras van tejiendo un hilo cada vez más denso en torno suyo. Ya no son protectoras, ya no juegan, ya no se limitan a desdibujar objetos para formar las amables apariencias chinescas. Los últimos colores de la bondad se diluyen y el muro es negro.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Atosigante
No cesan. Si duerme se apoderan de él. Si permanece en vela se magnifican hasta confundirlo. En el sueño se deslizan gesticulando alocadamente. No las controla, pero llegan a divertirle incluso. En la vigilia se transfiguran y toman un modo de rostros y los rostros hablan y los rostros gesticulan y los rostros, algunos, se ponen máscaras, y los que no se ahuecan hasta estremecerle. Adustos, sancionadores, insaciables. Y tras esas caretas desmedidas aparecen los cuerpos, y estos, aunque distorsionados, se mueven agitadamente. Y los paisajes se materializan, y el aire se ausenta, y la lluvia se solidifica en púas, y los silencios se fracturan. La noche, aunque inescrutable en su soledad maltrecha, le hace asomarse a una cotidianidad enfermiza que él conoce demasiado bien, y le sobrecarga de excitación y desconcierto. Oye un griterío que no viene de fuera, oye acusaciones que no las trae el viento, oye reproches que no se filtran por las paredes. Sus sienes tienden a expandirse, y en torno a sus ojos le abrasan unas punzadas atravesando su retina. Hay como dos miradas, como múltiples miradas. Depende hacia dónde dirija un recuerdo. Hacia qué figuras abra su mente, o la cierre. Desde sus ojos entornados ve todas las situaciones posibles, ve la insatisfacción, ve la queja, ve el tiempo que no puede recuperar. Ve la vaciedad. Se siente impotente y toca la húmeda y pringosa herida que le incapacita para la retractación. Pero no sabe. No sabe de qué ni por qué debería hacerlo. Las sombras van tejiendo un hilo cada vez más denso en torno suyo. Ya no son protectoras, ya no juegan, ya no se limitan a desdibujar objetos para formar las amables apariencias chinescas. Los últimos colores de la bondad se diluyen y el muro es negro.
lunes, 2 de noviembre de 2009
José Guadalupe Posada, oficio de burlón

Con los muertos pasa como con todo lo inexistente. Se hace de ellos un icono cuya correspondencia real con la vida es relativa, ficticia e interesada. Se les rehabilita en el imaginario popular para paliar esa conciencia de culpabilidad cristiana que aparece por doquier en las sociedades tradicionales de Occidente. Son, por lo tanto, cómodos. Se les encierra en el templo de un culto anual que es más administrativo que sentido. Se puede hablar en su nombre, se puede despotricar de ellos, se les puede ensalzar. De manera inmediata no van a decir jamás nada. Otra cosa es cómo lo que significaron los vivos que ya no existen, y sobre todo sus obras, sigue cruzándose en las mentes de cada individuo que estuvo vinculado a ellos. En ese sentido podría decirse que los muertos tienen una larga mano. La que quieran los vivos que tengan.

Los muertos son objeto de fácil manipulación. Los humanos que les han sobrevivido pueden ignorarlos o traerlos a una presencia efímera e irreal para justificar una herencia, para actualizar un mensaje, para extorsionar con su recuerdo cualquier clase de interés. No se les resucita, salvo que por resurrección sólo se entienda la correspondiente metáfora. Los muertos constituyen en todas las sociedades una fenomenal coartada. ¿Para qué? Para exorcizar el miedo de los vivos, tal vez. Para mantener un vínculo con el pasado. Para meditar sobre el aprendizaje. Para creer en la cadena de una continuidad de la especie. Para fingir una eternidad cuyos límites son obvios.

Las ceremonias son también féretros del olvido. Se han montado siempre espectáculos, rituales, monumentos incluso. Podrían ser sencillamente motivos de reflexión sobre la condición humana. Pero las religiones interfieren y enajenan incluso los hechos más profundos. Si nacer es accidental, morir es la correspondencia de la propia biología. Son las circunstancias de cómo acontece el fin lo discutible, no la muerte en sí misma. ¿La memoria? Eso es otra cosa. No la dejemos a merced del culto religioso. Es más sagrada que eso. O acaso es más salvable. La memoria sirve para mantener la honestidad de nuestro pensamiento. Es el tesauro de los significados. Emociones, afectos, conocimiento, disfrutes y adversidades se acumulan dándonos sentido.

En todas las sociedades a los muertos se les dota de representaciones antropomorfas. Puesto que alguna vez fueron animales humanos se hace del esqueleto un ser movible y en constante actividad humana. El mejicano José Guadalupe Posada los convertía en unos eternos humanos. ¿O acaso convertía a los humanos pretenciosos, pendencieros, codiciosos, pudientes o viles en su más allá en vida? José Guadalupe Posada practicaba la ironía, la sátira y la risa compartida con sus paisanos. ¿Culto a la muerte? Guiño a la muerte, diría yo. Con sus dibujos sentenciaba a los vivos pero los proyectaba a un más allá con sus apariencias y deshonestidades, con sus defectos y vicios, con sus pasiones y violencias, con sus supersticiones y sus ignorancias. Posada burlaba la inexistencia. Los personajes de todas las clases sociales pasaron por las plumillas del dibujante, litógrafo y grabador. Con su impronta demoledora e irónica hace de los personajes calavera, y en general de todos los que reflejó en montones de hojas volantes y periódicos, unos tipos entrañables, risueños, dispuestos a proyectar la vida en la misma nada. Visualizar la obra de Posada es llenar de oxígeno de humor nuestras mentes. Tal vez la mejor arma, la menos sangrienta para desmitificar temores y la más curativa para paliar ansiedades.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Recurrente
domingo, 25 de octubre de 2009
Habla Kenko Yoshida

Habla Kenko Yoshida:
"¡Qué locura es dejarse llevar por el deseo de la fama y del interés y pasar la vida sin tener un momento de paz y de descanso!
Cuantas más riquezas tengamos, tanto más descuidaremos la vida y salud del cuerpo. La abundancia tiende a atraer sobre sí desastres y calamidades. Aunque dejemos, al morir, una cantidad de oro que llegue hasta la Estrella Polar, con esto sólo causaremos molestias y disgustos a nuestros herederos. Los placeres que alegran y consuelan a los mentecatos son insípidos. A los ojos de las personas juiciosas los carruajes espaciosos, los caballos bien rollizos y los adornos de otro y plata son todas cosas vanas.
Cuánto mejor sería arrojar el dinero a una montaña y las joyas al abismo. Aquél que se deje llevar por los intereses humanos es un fatuo de primera clase. El querer dejar detrás de sí una reputación que dure por los siglos es algo que, ciertamente, todos desean. Pero ¿es que se puede decir que las personas que ocupan puestos destacados son, necesariamente, personas excelentes? Hay hombres sin talento que tienen una posición elevada y viven en la abundancia, sólo porque nacieron de una familia ilustre, les ayudaron los tiempos o por los avatares de la vida. Pero también hay muchos hombres sabios y santos que escogen, voluntariamente, puestos humildes y terminan sus días sin recibir las bendiciones de la fortuna. La avidez por cargos y puestos elevados es la segunda clase de locura.
Todos queremos dejar en este mundo fama de ciencia y de virtud, pero si lo consideramos bien, lo que vamos buscando con esto es el placer de oír las alabanzas. Sin embargo, los días de estancia en este mundo, tanto de los que nos alaban como de los que nos vituperan, son bien breves, e incluso aquéllos que oyeren las alabanzas no tardarán mucho en abandonarlo.
Entonces, ¿antes quiénes hemos de sentir vergüenza? ¿Quién hemos de desear que nos alabe? Además, la censura acompaña a la reputación, y después de muertos de poco nos servirá la fama.
El que la desee sigue a los anteriores en locura."
En estos tiempos en que desde las autoridades de las potencias del planeta hasta el más oscuro servil de aldea se matan por salir no ya en las fotos, sino en la televisión y en el chismorreo efímero, leer este texto de Kenko Yoshida reconforta y ayuda a no sentirnos solos nosotros, los resistentes. Yoshida era un bonzo budista japonés que escribió hace seiscientos cincuenta años una compilación de textos de nombre complicado: Tsurezuregusa, algo así como ocurrencias, reflexiones, comentarios, cavilaciones.
Probablemente imbuido por el taoísmo, el budismo y el confucionismo, las reflexiones de Yoshida resultan frescas y disectivas respecto a la consideración de la especie humana. No se trata de una relación de episodios religiosos, aunque la mentalidad de las religiones y de las corrientes de meditación estén presentes. Tampoco vive el monje inmerso en el mundo de los demás, más bien en su orilla. Y le llegan las formas de vida de la gente, las anécdotas de los estamentos sociales, los vicios y tropelías de los dignatarios, las miserias y deseos de los humildes. Desde el borde Kenko Yoshida percibe distante pero analítico el ser y comportarse de potentados y súbditos. Ni que decir tiene que el discurso es perfectamente inteligible, los razonamientos (o desmontaje del razonamiento) se hallan a nuestro alcance. Uno saca la conclusión, tras este tipo de lecturas, de que tiene en sus manos un hermoso tratado del saber vivir resistiendo a como desean los mercaderes de la vida que vivamos.
Tsurezuregusa, Ocurrencias de un ocioso, nos llega de la mano de Ediciones Hiperión, con una sabrosa introducción de Justino Rodríguez.
(La pintura es del japonés Utagawa Kuniyoshi)
lunes, 19 de octubre de 2009
Los cuervos atacan de nuevo

«Je ne suis pas d’accord avec vous, mais je me battrai pour que vous puissiez continuer à vous exprimer»
Voltaire.
En este país donde anida aún tanto fanático y trasnochado, y siguiendo su inveterada costumbre evangélica de veinte siglos que consiste en tirar la piedra y esconder la mano (menos para recibir la financiación del Estado laico), los cuervos volvieron a sacar a sus bandadas a la calle. Y lo hacen tan bien...observando escrupulosamente las leyes de la política mundana, permaneciendo como generales observantes del avance de sus tropas desde la retaguardia. En sus obsesiones irredentas, y ante la imposibilidad de controlar de manera absoluta las sociedades, optan por hilar fino (que hay mucha competencia en el negocio, oigan: que si otras sectas, que si los musulmanes, que si los ateos orgánicos...) aunque el resultado sea grueso y grotesco. Pero ellos saben ladinamente que con su presión ya conseguirán algo. Acaso el fin no sea el manoseado tema del aborto, sino tratar de lograr del ejecutivo que no se les llegue a reducir el grifo de la financiación citada. Los caminos de la extorsión moral y pragmática son infinitos, qué les vamos a contar a ellos.
Obsérvese que bandadas y bandas sólo se diferencian en una sílaba. Ya en un tiempo las primeras se convirtieron en las segundas para acabar luego travistiéndose en el ejército del Señor, el cual les honró con la victoria. Esta leve reflexión puede trocarse en grave cuando uno contempla imágenes de cierto tipo de energúmenos que gritan contra todo: contra una ley interpretada como ellos quieren, contra todas las leyes de un gobierno laico, contra los que piensan o creen diferente a ellos, contra los que llegan de fuera, contra la democracia, contra la humanidad entera si llega el caso.
Para esta tribu de recalcitrantes que se deja manipular gustosamente y con aquiescencia por los cuervos listos de siempre (sí, esos que nadan y a la vez guardan su ropa, es decir sus hábitos) la sociedad entera vive sumida en el caos. El todo vale se ha instalado entre esas gentes que se benefician, a pesar de su actitud intolerante, de la tolerancia de una democracia (en eso coinciden con los del terror patriota que hablan el último residuo de la lengua ibera) Entre ese tipo de gente hay de todo: los que saben a lo que van, pudientes o no, que son los que han estado siempre ahí, que nunca han renegado de sus simpatías totalitarias y si pudieran su objetivo sería retornar a un Estado dictatorial. Hay aquellos para quienes su ideal de sociedad pasa por la teocracia, donde su fe debe dirigirlo todo y en ese sentido, como ellos serían incapaces de dirigir nada, necesitarían un gobierno que hiciere las cosas como Dios manda (este bloque podría conectar perfectamente con el anterior, de hecho la frontera no está clara) Hay otros a los que les gusta delegar en todo de sí mismos, aunque su condición social sea modesta o simplemente trabajadora, porque el miedo innato, la inseguridad cerril y la indecisión total les hace buscar el paraguas de una protección que, ay de ellos, puede volverse en su contra. Hay también los que van a protestar sin conocimiento de causa alguna, por ideas primarias, los tontos útiles que apuestan por caballos que piensan que volverán a ser ganadores, tal vez los más ignorantes (y no olvidemos que tras la ignorancia anida la maldad)
No parece importar a estas masas peligrosas (Canetti) que con su conducta la convivencia diaria se dañe, que la consolidación del sistema constitucional de un Estado corra el riesgo de quiebra, ni éste se impregne de descrédito ante otros países -qué patriotas ellos que presumen de ídem- por las acechanzas al que le someten, ni que la práctica civilizada entre ciudadanos sea el debate en los foros establecidos legalmente, ni que se hable con arreglo a la razón. Es importante tener claro qué hay de conceptual tras el comportamiento de estas masas aparentemente de orden, de su Orden, que se pasan la vida criticando a otros grupos sociales, a otras comunidades históricas, a los inmigrantes, a los ateos, a los que opinan de otra manera distinta, etc. Son los grandes descalificadores de la cultura y de la paz cuya actitud sería de poco alcance si no fuera por las manos negras que desde atrás agitan el panorama, ya sean desde los cuarteles de la religión o desde la burocracia de un partido de dudosa oposición democrática.
¿Dos Españas? A mi me heló el corazón una de ellas, y no quisiera que volviera a helarme otra vez la misma. Por lo demás, los fundamentalistas que salen a la calle muy bien dirigidos e instigados por las manos negras, tienen su derecho de expresión, obviamente. Hay que decirlo antes de que su victimismo hipócrita lo reclame, pues no faltaría más. Y con Voltaire, y en un canto al entendimiento, repetiría aquello de: “No estoy de acuerdo con sus opiniones, pero me batiría para que usted pudiera seguir expresando las suyas”. Fin del desahogo. Ah, y que me perdonen los cuervos, por haber usado su santo nombre en vano.
viernes, 16 de octubre de 2009
Santas Uvas
Mucho antes que la corrupción, o aunque fuera al mismo tiempo, las uvas llegaron a los altares de las iglesias cristianas. Mientras que la corrupción y la arbitrariedad egoísta pringa y descalifica la moral de los bienpensantes del orbe católico, las uvas dignifican los escenarios de sus cultos. Conceden a la decoración de las columnas salomónicas un toque material, de apariencia frágil, pero esencialmente humano. No se trata de la abstracción de los valores mitológicos, encarnada en trinidades, vírgenes, santos y bellezas infantiles celestiales (cuánta pedofilia oculta tras los rostros guapos de los angelitos, sospecho) La vid -uvas y hojas- incorporada en todo su esplendor a la iconografía de los templos nos vincula al humus. A lo básico. A la capa fructífera de la tierra donde toda encarnación y todo crecimiento son posibles. Nos remite al subsuelo, donde raíces, agua y composición de la propia tierra habla de cada uno de nosotros, de lo que vamos a llegar a ser. Nos entrega al aire, esa atmósfera cuya influencia sobre los humanos está en función de los accidentes del terreno, de las estaciones del año, del diálogo que establecemos con él. Nos ubica en la cotidianidad de la lucha por la vida. Ese empeño que es honesto, muy a pesar de la larga tradición clerical de tirios y troyanos (clérigos ad hoc y clérigos civiles) por vivir del cuento y por mediar en la vida de los demás. No oculto mi fascinación por esta inmersión de los elementos paganos, cotidianos y exultantes de la Naturaleza en los retablos recargados del barroquismo español. Santas Uvas, os invoco incluso en el momento de la ira.
jueves, 15 de octubre de 2009
Plenitud fractal
Están todos en ellas
Los colores braman
(no hay verbo más adecuado
para dibujar con una palabra
tanta belleza de otoño)
Las geometrías se dispersan
(mis ojos y mi boca sucumbieron al instante
cromático y jugoso
por la artería de una saliva fractal)
Milagro de las manos y la tierra:
dánosle hoy
(Dedicado especialmente a Aragonía, que sabe del tema.
Plantación de vid en San Bernardo, Valbuena de Duero, Valladolid.
Pinchad en la foto para contemplar su plenitud)
miércoles, 14 de octubre de 2009
Los babis
¿A qué jugarán los babis de la escuela rural por las noches? ¿Se bajarán de las perchas y se dirigirán entre carreras y chillidos al acuario? ¿O harán fila y marcharán uno prendido del otro a las órdenes amables de una bata invisible de maestra? ¿Se salpicarán de arrugas cuando se estrujen unos a otros para pasar primero? ¿Contemplarán los peces de colores con asombro? ¿Los harán burla? ¿Estarán tentados a sumergirse en la esfera oceánica? ¿Contarán las especies que no paran? ¿Escucharán sus historias? ¿Observarán sus revoloteos? ¿Señalarán con sus mangas huecas las ágiles boquitas que se abren y cierran a burbujazo limpio? ¿Se plantarán ante el vidrio para darles besos? ¿Se sentarán en los pupitres? ¿Escribirán una redacción sobre la visita al acuario? ¿Se inventarán aventuras entre las aguas de la pecera? ¿Qué sentimientos les habrán inspirado los seres de las aguas a los babis? ¿Saltarán los babis entre las mesas? ¿Se lanzarán unos a otros peces de papel? ¿Se convertirán en babis marinos? ¿Harán de la clase un recreo? ¿Harán enfadar a la profe? ¿Se colgarán de nuevo, agotados? ¿Soñarán desde sus perchas con mares lejanos y profundos?
(Materia para una reflexión adulta sobre babis infantiles)
domingo, 11 de octubre de 2009
Antipaisaje
sábado, 10 de octubre de 2009
El alma y la araña
Tomo mi café en la terraza habitual. Aún hace un clima soportable. Cierto relente acaricia mi cuello. Tengo que subirme la cremallera del parka que llevo puesto para la hipotética lluvia que no llega, con objeto de que no me afecte a la garganta la brisa afinada. El sol es alterno. No calienta demasiado pero cuando las nubes se imponen son una traición. Junto a la taza avanza una araña minúscula. Es modesta, tan insignificante que me conmueve. Como si estuviera perdida se desplaza ágilmente hacia mi. O eso me parece pretenciosamente. Los humanos no sabemos interpretar objetivamente los acontecimientos externos si no nos tomamos a nosotros mismos como referencia inefable. Dejo a un lado el libro de lectura y me incorporo sobre la mesa. Quiero ver al artrópodo de cerca. Uno, la siento próxima, no tanto en el espacio que compartimos, salvando distancias de volumen, sino como un ser. ¿Y si fuera mi alma perdida que retorna a mi? Me lo pregunto mientras establezco asociación de ideas con el poema del post anterior. Dos, no me resulta nada antipática, y no entiendo cómo pueden espantar las arañas a tanta gente. Debe ser por una equívoca mala fama cultivada en exceso por películas donde estos animales se crecen hasta devorar a los humanos (pobres de ellas) Curiosamente, si la antipatía es una característica que concito más contra otros humanos, no me sucede los mismo con los arácnidos. Tres, me apetecería un diálogo con ella, por si se tratase de la reencarnación de alguna de mis vidas anteriores (esto lo veo más como ficción lúdica que como fe) No, miento. Me apetecería saber de su mundo, y no sólo limitarme a traer al mío la metáfora de la telaraña que nos envuelve, etc. Cuatro, me intriga saber a dónde se dirige. Seguramente yo soy un accidente para ella y ella no desea saber nada de mi. Debe tratarse de un encuentro fugaz y simplemente se limita a ignorarme. Pero me regodeo en la idea de que ha bajado desde la rama del árbol que hay junto a mi mesa, para sentirme. Acaso el calor de mi cuerpo le haya atraído. Esa ocurrencia mía me sonroja. Cinco, sin embargo, miro con expectación su curso. Al ir aproximándose al borde de la mesa me preocupo. Tengo la tentación de pararla, de ayudarla para que no se caiga. En mi estúpida actitud protectora me olvido de la clase de especie que es. De cómo su naturaleza está pertrechada para lo que yo no lo estaría en circunstancia similar e imprevista. Seis, sin detenerse, se aboca al abismo. Ingenuamente espero una caída rápida e invisible. Pero su caída no es tal. Se desplaza ágil e imparable a lo largo de una vertical translúcida que mis ojos no perciben, sin desviarse una micra en su trayectoria. No cae. Desciende con suavidad, dulcemente. El hilo está ahí, como una respuesta a su necesidad. Como un recurso adecuado a sí misma. Siete, una vez más me pasmo. No es nuevo, ya lo sabía, pero no es una visión cotidiana, y desde su insignificancia aparente me sumerjo en una perdida reflexión. Soy un tonto. Ocho, no ceso de preguntarme. ¿Buscaba un interlocutor accidental para un tiempo y un espacio accidentales? Nueve, me respondo fugaz y caótico: la araña ha sido la excusa para hablar conmigo mismo. Entonces me concentro en un párrafo del libro que exploro, y leo lo siguiente para mi perplejidad:
En el diálogo de cada cual consigo mismo, el interlocutor ha recibido a lo largo de la historia nombres bien diversos. Se le ha llamado alma, conciencia, sujeto, yo, uno mismo y tantos otros nombres siempre excesivos, siempre insuficientes también en su intento mismo por determinar ese otro polo de nuestro tuteo íntimo, esa inasible compañía que tanto nos habla sin voz como escucha -siente, asiente, disiente- y calla. No aspires alma mía, a una vida inmortal / empero agota los recursos factibles, escribió Píndaro en tiempos arcaicos, con unas palabras que han llegado sin embargo cargadas de sentido hasta nuestros días.”
Este texto está tomado del prefacio al libro titulado “Pequeñas doctrinas de la soledad”, escrito por el catedrático de filosofía de Barcelona Miguel Morey, y sobre el cual no tengo más noticia todavía. Pero sólo por esos párrafos y otros sucesivos, la lectura bien vale el esfuerzo.
jueves, 8 de octubre de 2009
Tiranía
miércoles, 7 de octubre de 2009
Jung redivivo
Al final de su libro autobiográfico “Recuerdos, sueños, pensamientos”, Carl Gustav Jung expone un resumen sumamente apetitoso. Alguien que me significa especialmente me lo ha señalado hoy de una manera sorpresiva. Se lo agradezco mucho. He ido a por mi ejemplar casi olvidado y he leído esa especie de posfacio. Entresaco algunas de sus conclusiones, digamos, vitales.
...Cuando se dice que soy sabio o un “erudito” yo no puedo aceptarlo. Una vez alguien llenó un sombrero con agua de un torrente. ¿Qué significa esto? Yo no soy este torrente, pero yo no hago nada. Los demás hombres están junto al mismo torrente, pero piensan las más de las veces que ellos mismos lo hicieron. Yo no hago nada. No pienso nunca que soy quien ha de velar para que las cerezas tengan rabo. Estoy ahí, maravillándome de lo que la naturaleza es capaz.
Existe una antigua hermosa leyenda de un rabí ante el que acudió un discípulo y le preguntó: “Antiguamente hubo hombres que vieron a Dios; ¿por qué hoy no los hay?” El rabí respondió: “Porque hoy nadie puede humillarse tanto.” Hay que humillarse algo para sacar agua del torrente...

...Es importante que tengamos un secreto y el presentimiento de algo incognoscible. Ello llena la vida de algo impersonal, de un numinoso. Quien no haya experimentado esto, se ha perdido algo importante. El hombre debe percibir que vive en un mundo que en cierto sentido es enigmático. Que en él suceden y pueden experimentarse cosas que permanecen inexplicables, y no tan sólo las cosas que acontecen dentro de lo que se espera. Lo inesperado y lo inaudito son propios de este mundo. Sólo entonces la vida es completa. Para mi la vida fue desde sus comienzos infinitamente grande e incomprensible...
...Mi vida fue una vida rica y me ha aportado muchas cosas. ¿Cómo hubiera podido esperar tanto? Fueron cosas puramente inesperadas las que sucedieron. Mucho hubiera podido quizás ser de otro modo, si yo mismo hubiese sido otro. Pero fue como debía ser; pues es por ello que soy como soy. Mucho ha surgido intencionadamente y no siempre resultó ventajoso para mi. Sin embargo la mayoría de cosas se han desarrollado naturalmente y por la intervención del destino. Me arrepiento de muchas tonterías que han sido causadas por mi obstinación, pero si no hubiera sido por ellas no hubiera alcanzado mi objetivo. Así, pues, estoy desilusionado y no estoy desilusionado. Estoy desilusionado de los hombres y de mi mismo. He aprendido cosas maravillosas de los hombres y yo mismo he logrado realizar más de lo que esperaba. No puedo formarme un juicio definitivo porque el fenómeno de la vida y el fenómeno del hombre son demasiado grandes. Cuanto más avanzaba en edad menos comprendía, o me reconocía o sabía de mi.

De mi estoy asombrado, desilusionado, contento. Estoy triste, abatido, entusiasmado. Yo soy todo esto también y no puedo sacar la suma. No estoy en condiciones de comprobar un valor o una imperfección definitivos, no tengo juicio alguno sobre mi vida ni sobre mí. De nada estoy seguro del todo. No tengo convicción alguna definitiva, propiamente de nada. Sólo sé que nací y existo y me da la sensación de que soy llevado. Existo sobre la base de algo que no conozco. Pese a toda la inseguridad, siento una solidez en lo existente y una continuidad en mi ser.
(Composición fotográfica de Dave McKean; cuadro de pintor expresionista alemán Ludwig Kirchner; retrato fotográfico de Jung)
martes, 6 de octubre de 2009
domingo, 4 de octubre de 2009
La Negra

Mercedes Sosa, adiós a ti, que no al recuerdo. Éste siempre me acompañará. Aquellas tardes y noches de principios de los setenta en el piso de Amparo. A veces me quedaba yo sólo escuchándote. A veces venían María Eugenia y su extraña pareja, y Alfredo, con quien tantos coñacs se vaciaban, y Santos y su novia, y Pili, que me echaba los tejos, y aquellos compañeros escondidos en el ático de Amparo, a los que la policía política de Franco buscaba encarnizadamente. Qué tertulias apasionadas y divertidas, conjuradas por la mística de tu voz. Qué derroche de esperanzas, de ideas alocadas, de sanas intenciones que se erigían sobre un país que salía de la larga noche poco a poco. Yo apenas conocía tus canciones, pero gracias a los discos que Amparo tenía supe de ellas. Amparo las repetía paralelamente con su voz tierna y de tono bajito, sin eclipsar jamás tu fuerza. Me impresionaban las letras, pero más tu contundencia. Nunca olvidaré aquella energía de tono elevado, echando un pulso a la soledad y a la angustia, que desplegabas en la canción Chacarera del 55. Mientras a otros les conmovían las canciones más reivindicativas, y sin ignorar la melancólica belleza de Alfonsina y el mar, a mi me atravesaba especialmente tu vocerío interpretando la Chacarera de los Hermanos Núñez. Era un puñal aquella estrofa que Amparo -qué sensible receptividad la suya, que a mi me contagió- repetía elevando su menuda voz:
Que me nombre el vino que viene lento,
que me nombre el hombre que está contento,
que se saque todo el dolor de adentro.
Disculpas por la nostalgia repentina. La Negra Sosa se merecía la invocación. Que, no lo ocultemos ni reneguemos de ello, es la evocación de un tiempo ilusionado, de un lugar amplio y compartido, de unos sentimientos sinceros, de entregas generosas...aunque todo, al final, quedóse en unos sueños.
viernes, 2 de octubre de 2009
Bendito
Hay pies que parecen de algún buda, pero no lo son. O es que cualquiera está al alcance de ser uno de ellos, y yo pasé y probé. O simplemente había en aquel lugar un hombre con buril y mazo, empeñado en dar forma a una parte vital del cuerpo. La que permitió hace miles de años al hombre permanecer erecto y proseguir su curso de especie peculiar. Baltasar Lobo entendió muy bien el poder de una extremidad sagrada. La que cantaba el ciego poeta, confundido en las esquinas:
Cuánta callosidad y cuánta marcha
ensuciada
bendicen tus pies
sin los cuales tus manos
aún serían trepadoras.
lunes, 28 de septiembre de 2009
Caída sin fondo
Y en su caída se precipitó hasta lo más hondo de lo creado. Donde no hay luz ni retorno. Y las tinieblas que él habitaría a partir de aquel instante no tocarían fondo jamás. Y al igual que acontecería más tarde con la mujer y el hombre, él también fue víctima de un desafío. Y en su caída imparable desparramó por la tierra el grito atroz de su prometida venganza (...) Comprendió tarde que no es posible el pulso al Único. Que no se puede disputar ni el poder, ni el conocimiento, ni la capacidad hacedora del Único. (...) Mas éste, a su vez, quedó apartado para siempre en su soledad. Y ni los hombres que durante siglos creyeron en él pudieron salvarle de su abandono por más templos que erigieran en su nombre, por más conquistas de países que le ofrecieran, por más palabras que articulasen para justificar su existencia, por más ritos que celebraran en su nombre. Y mientras el Caído decidió que, puesto que nunca más podría aspirar a compartir las alturas, dedicaría su eternidad a arriesgar la vida de cuanto fuera creado por el Único. (...) Y estos son los tiempos en que el viejo mito sigue ofreciendo el rostro de una dualidad insalvable, donde los hombres se pierden sin tener claro dónde reside el Bien ni dónde el Mal, y por más que
(Hasta aquí llega el texto, por destrozo del resto del manuscrito hallado en una de las cuevas de Haram Sat, en el desierto. Los paréntesis (...) indican que faltan partes perdidas del texto.
domingo, 27 de septiembre de 2009
Ueshima Onitsura: un haiku de otoño
El cuerpo,
oculto antes en la oscuridad
ha recibido esta luz
(Ueshima Onitsura fue un precoz haijin, a quien algún especialista sobre haikus le califica de haijin de la sencillez. Nada que ver con otros autores conocidos y citados en abundancia, Onitsura ha sido un injusto desconocido y apenas se ha traducido fuera de Japón. Ueshima Onitsura juega no sólo con las percepciones directas sino con conceptos que le sugieren más allá de la observación visual. No se limita a reflejar lo visible y elemental a los ojos de la expresión limpiamente bucólica, que los más ortodoxos exegetas fijan como el verdadero haiku. Onitsura emprende el camino de la metáfora conceptual. Habla de palabras de luz, del canto verde del ruiseñor, de la neblina de la luna, de hilos de voz en el fondo de la lluvia...El haiku reproducido aquí, perteneciente a la serie Otoño, está extraído del libro “Palabras de luz”, editado por Miraguano Ediciones)
(Fotografía de la irlandesa Lucy Nuzum)
sábado, 26 de septiembre de 2009
Cotidiano
Dicen que ha sido un accidente. El hombre yace en el asfalto. La sangre corre por su cuerpo. Algunos transeúntes hacen (o simulan que hacen) la intención de ayudarle. Pero las normas no lo permiten. El tráfico es intenso. En torno al moribundo se congregan curiosos (así lo mencionarán mañana los periódicos) Nadie se mueve. El hombre tiene espasmos. Los teléfonos móviles duermen en los bolsillos de los paseantes (están para momentos como estos, para cuando se necesitan, opina cada quisqui) Alguien habrá llamado a los servicios de emergencia, se da por supuesto. La ciudad es así. Compleja, pero ordenada. Todo está previsto. Sin atropellos la urbe no tendría entidad. Sólo el suceso la eleva en su categoría de metrópoli de la apariencia. Cuantos más accidentes, mayor expresión de vida, se opina. Además, eso pone a prueba la capacidad de reacción de los propios medios cívicos. Mientras, al hombre le corren hilillos de sangre limpia por la mano. Una mano que no mueve. La sangre sale de alguna parte de su cuerpo. Un cuerpo que no mueve. Tal vez de varias zonas de su cuerpo (alguien observa la ropa empapada asquerosamente) Lo peor es la sangre oculta, dice con criterio muy técnico uno de los que contemplan la escena. Es probable que las palabras del círculo de gente lleguen hasta el pobre hombre. Debe ser un ejercicio de consolación aséptico para la multitud. La ciudad funciona de primera. Todos esperan a los servicios de atención urgente. Nadie debe tocar al herido, puede ser peor, comenta alguien del público. La víctima no emite palabra alguna ni quejido ni siquiera un ay. Menos mal que el pobre está tranquilo, se le ocurre a un tipo de la segunda fila. El espectáculo empieza a aburrir a los presentes. Dónde los servicios, dónde la ambulancia, dónde la policía. Es un clamor insolente. Exigente. Pero nadie se mueve por aliviar al hombre que sangra. La normativa no lo permite. Prescripción gubernativa, recuerda algún ciudadano sesudo. El público comienza a desfilar, decepcionado. Seguro que no es nada, barbotean frustrados. El lugar se va despejando. Y ni siquiera llega la televisión, no hay derecho, claman los más inquietos. El hombre sigue ahí, tirado, retorcido. Los coches lo esquivan como pueden. Eh, borracho, grita alguno de los conductores. Un niño le hace burla desde la ventanilla de un automóvil. Esto debe ser una parábola, piensa el agónico atravesado en la calzada. Alguien de los últimos en abandonar la escena oye que emite una carcajada ahogada. Y encima se ríe, le dice a su acompañante. Y es que el tráfico callejero está imposible.
viernes, 25 de septiembre de 2009
La mesa
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Fuga

La luz es rigurosa. Sabe ausentarse. Y su ausencia sólo es una fuga en medio de la soledad del planeta. Nada ha muerto por más que la apariencia y el concepto de los hombres lo mencionen. Todo se va tornando invisible. Lentamente. Hay un eco de melancolía en ese contraste de colores cuyo carácter fuerte los hermana. La huída oculta, pero no niega. La huída resguarda, no desatiende. La huída refuerza, no rinde. Esa resistencia del último eco de la luz hipnotiza. Las almas sangran. Las miradas se sienten heridas por lo que creen una pérdida. Más allá, las fuerzas que no tiemblan por la mutación de la luz se dejan mecer por la ausencia. Ellas no se fugan. Reconquistan espacios y silencios. Se recomponen. Su permanencia cambiante las dota de un valor renovado. No se van. No me he ido. Estoy empezando a viajar a través de la incipiente noche.
(Un eco más de Rothko)
martes, 22 de septiembre de 2009
Merma

(Rothko sabe de ello)
lunes, 21 de septiembre de 2009
Intensidad

(Rothko lo entiende muy bien)
domingo, 20 de septiembre de 2009
Dominio

(Como Rothko)
sábado, 19 de septiembre de 2009
Combate

El día, para afianzarse, libra también su propio combate. La claridad alterna sus matices. Hay una conquista en marcha entre dos fuerzas, el tiempo y la luz. La fugacidad de ambas las convierte en un envite permanente de la una sobre la otra. Nadie sabe quién desplaza a quién. La que da impresión de imponerse en ese segundo va a ser la dominada un lapso más tarde. La sucesión es un ritmo. Todo lo que acontece bajo su firmamento, sea cual sea su manifestación, sigue sus pautas. Aquí abajo se reproduce el modelo del gran combate del cielo. Ni las aguas ni las piedras ni la flora ni las especies animales se rigen por otros criterios que no se expresen entre tiempo y luz. Igual los espíritus de los hombres. Yo libro mi propio combate.
(Rothko vive)
viernes, 18 de septiembre de 2009
Avanza

(Variación de Rothko nuevamente)
jueves, 17 de septiembre de 2009
Despunte

Mas nada se muestra claro y evidente al momento. Es lo inapreciable lo que nos confunde. Creemos que nada avanza. Que un instante permanece y es así. Pero nada se detiene jamás en los breves espacios con que el tiempo nos obsequia consecutivamente. La luz empuja y a la vez crece. Y en su desplazamiento, el cielo y la tierra se pulsan en un guiño que a nuestros ojos les cuesta apreciar. Miro la aurora y me parece estar viendo el último rayo del ocaso anterior. Como si la noche no hubiera existido mientras tanto. Ansias de luz. Dónde quiero estar.
(Sigue Rothko)
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Amanecer

A mi se me antoja un amanecer nuevo. Lo quiero lento y que sea perceptible. Lo cogeré por sus bordes y lo extenderé sobre mi cuerpo. Su piel será la mía. Deseo también que su transcurso sea calmo. Y la visión que me ofrezca, más transparente. Quiero fundirme con ese amanecer. Cabalgar sobre su grupa como si naciera otra vez. Descifrar la conversión de las tinieblas. Alimentarme con los colores de la luz. No importa dónde me lleve. El día es su efecto, no su origen.
(Mark Rothko es el pintor)
domingo, 13 de septiembre de 2009
La proa
Era más que una ciudad
pertrechada entre la luz
y el mar.
Agitada por el viento
y señalada por el abismo
crecía diáfana.
Fue al bordear sus calles
cuando sentí un tacto frágil
acariciando mi piel.
No vi a nadie
a mis espaldas
sólo las sombras hundiéndose en el vacío.
Era más que una proa
y hasta ella ascendí
surcando el oleaje del asombro.
(Acuarela de José Antonio G. Villarrubia)
sábado, 12 de septiembre de 2009
Lo incierto

A ciertas horas de la noche, las carnes se abren. El rostro deja de tener el aspecto oculto del agente secreto, aunque le regatea a la oscuridad una expresión turbia. Pero la noche no sabe distinguir conformaciones musculares ni gestos. La noche no mira a los ojos. Lo cubre todo para disculpar las ausencias. Protege el no-ser de los hombres de las miradas de otros hombres. No les cuida ni les priva de las suyas propias. Ahí la noche exige un precio. Los hombres se quedan solos en algún momento. Es lo más parecido formalmente a la muerte. Estén o no estén las viviendas pobladas de otras gentes, llega una hora en que cada uno deja de estar del todo con los otros. Entonces cada individuo se sabe aislado, se degusta en su separación. Los habitantes dejan de ser. No siempre duermen. No siempre sueñan. No siempre meditan. No siempre se evaden. El silencio les retuerce los pensamientos. A veces sufren. A veces no entienden casi nada de sí mismos, por más que intenten poner orden en su cerebro en conflicto. Hay algo de agonía del hombre en cada noche. De ahí sus rostros, que no se pueden ver, pero que a buen seguro manifestarían actitudes, muecas o ademanes que causarían pavor de poder verse. Los colores de las cuitas y también los de las ficciones de la satisfacción palidecen en la negrura de la noche. Es como los materiales de una cueva. De no iluminarla, se les supondría el albor de las calizas o los almagres del hierro que se filtra o las formas que crecen sobre sí mismas. En su medio carente de luz, nada de ello parece existir. En una ocasión tuve que pasar por fuerza mayor casi dos días dentro de una cueva, sin carburo y sin el menor resquicio de luz natural. Apenas me moví por ella. Sólo reteniendo las últimas imágenes del espacio más próximo antes de que el carburo se extinguiera procuré estirarme un poco. Hasta que perdí las referencias mentales y por lo tanto las físicas. Fue el tacto lo que me salvó de la angustia. No todas las rocas tenían el mismo grado de humedad ni resultaban tan frías. Pero llegó un momento en que tocar la piedra o el suelo o mi cuerpo apenas se diferenciaba. Estaba y no estaba allí. Dormí mucho. Soñé para el resto de mis días. Hablé con la masa hercúlea que por encima de mi cabeza me guarecía. Una catedral sin tallar. Y sin embargo, nada me hacía percibir que estuviera cerca de la muerte. También había allí dentro un cielo protector. No se trataba de la noche humana, donde nos devora lo incierto del día después.
(Manuel Boix es el autor del dibujo)
viernes, 11 de septiembre de 2009
Agente secreto

Podría tratarse de un infiltrado. Alguien que no ha sido convocado. Alguien a quien no se espera. Ronda, escudriña. Una sombra. Su apariencia es de otro tiempo. No es susceptible de sospecha. Es inefablemente sospechoso. Acaso resulta demasiado definido. Un juego de espejos le duplica en falso. O delata su presencia indeseada. Excesiva escenografía para una efigie vaciada. Habla con su propio porte. Haciendo de él otro espectro análogo. Pero nadie se fiaría de una representación tan siniestra, donde no hay rostro, ni mirada, ni músculos, ni aliento. Sólo existe un gesto que le derriba y le rebaja a humano. Su mano oferente, si es que se trata realmente de su palma y no de un mecanismo. Vengo en son de paz, parece decir. Pero esos dos planos diferentes, esas dos alturas, cuestionan una supuesta conversación de iguales. Puede estar impartiendo órdenes. Puede intentar persuadir a su doble. Puede indicar a la otra sombra cómo debe actuar. Actuar. Cuando un tipo se mira al espejo actúa. La primera observación es dual. Aceptarse y no aceptarse. Se muestra imperativo. Alza la cabeza, no ladees el tronco, esboza una sonrisa, aunque sea leve, se dice a sí mismo. Pensamientos veloces ordenados con palabras que pueden incluso emerger si el actor está solo. Vuelta al juego de los espejos. Mundo de reflejos. Mirarse para creerse lo que no se es. Un esforzado ejercicio de convencimiento. Una vez rompí un espejo porque no me era fiel. Es decir, porque no recibía respuestas satisfactorias a mis exigencias imposibles de satisfacer. Fui presa de una exagerada y enervante indisposición. Al contemplar la sangre abundante que chorreaba por mi brazo lo entendí mejor. La sombra de sospecha era yo mismo. Preguntar al espejo es encerrarse en un caparazón falsario. Me acurruqué en un rincón empapado en aquel manantial del rubí más salado que resultó más dulce. Me contaron después que si no es por la empleada de la limpieza (admítaseme el recurso) no hubiera despertado jamás de aquel desvanecimiento. Temo no haber aprendido la lección. Desde entonces sólo me contemplo en las puertas de los cafés, bajo tenues luces. Embozado en el disfraz de funesto agente secreto de mis días.
(Fotografía de Jorge Molder)
jueves, 10 de septiembre de 2009
Venus Anadiómena
Toda Venus terrestre nace como la primera del cielo. Un misterioso parto desde el infinito "ponto".
Friedrich Schiller
martes, 8 de septiembre de 2009
Fragmentos
lunes, 7 de septiembre de 2009
Una maleta nada común
Una maleta común no tiene por qué ser una maleta común. No siempre transporta lo habitual. ¿Quién se iría con un bagaje así a otra parte? Pero se dirá que para su dueño, esta maleta lleva lo suyo. Más o menos. Lleva su piel, su alma, la identidad que le permita ganarse la vida. Lleva su ficción y sus sueños. Aunque acaso esté harto de ellos. O quién sabe si se dedica a esto porque no deseaba los sueños (señuelos) pragmáticos que le ofrecían. La maleta es así. Y es que las mudas, los utensilios de aseo, el libro...pueden esperar. O acaso estén depositados en el fondo de la misma maleta. Esa mano es la mano de un artista. Pero es también la mano de un trasgresor. ¿Imaginan las caras de los policías de aeropuertos y fronteras cuando pasó el túnel de los rayos equis? Ese brazo pertenece a alguien que trasgrede espacios no medidos, límites de la imaginación o la supuesta cordura de los hombres que transportan otras valijas. Esas maletas grises de los negocios que salpican al mundo de impureza.
sábado, 5 de septiembre de 2009
Dictadura
viernes, 4 de septiembre de 2009
Heráclito vive

"Ley es también obedecer la asamblea de uno solo."
(Nomos kai boulé peizeszai enos)
Heráclito
¿Dudaba Heráclito de la democracia ateniense? ¿La sentía frágil? Acaso dudaba de la imprecisión y de los límites de la democracia. Dudaba tal vez de si las decisiones tomadas en el cuerpo de una asamblea serían sustancialmente distintas a las proclamadas desde el reinado de un sátrapa. Si bien la duda no implica ni la crítica acerba y demoledora al sistema moderno ni por supuesto en modo alguno la defensa de la tiranía. Dudar y fustigar las deficiencias de la democracia no es negarla. Es empujarla a que lo sea más, a que traspase la afasia del vocablo y lo llene de sentido actualizado. Todo lo que no avanza, retrocede. Todo lo que se paraliza, desaparece. Todo lo que no se consolida, se hace viejo y peligra. Mas también la calidad y firmeza de la democracia depende de quién tenga el poder real y de la correlación de fuerzas entre clases y poderes realtivos. Se dice que en la democracia la sociedad se siente representada. Pero, ¿hablamos de una sociedad consciente o de una sociedad amorfa? Y más allá, o más acá, ¿puede ser la voluntad democrática suficiente representación de la voluntad del individuo? ¿Es la voluntad de uno la que es aprobada en la asamblea? ¿Quieren las voluntades individuales aceptar las expresiones de otras voluntades y ceder a un entendimiento? Pero, ¿y si ese uno solo de Heráclito es la unidad que fundamenta la democracia y no sólo el individuo a secas y por separado? El precio exigido por la democracia es indudablemente la delegación. ¿Delegación de comprensiones o de voluntades? ¿Entreguismo ciego? La palabra griega boulé significa voluntad y también asamblea. Tal vez son términos complementarios. Ceder de cualquier manera la voluntad personal es negar la capacidad y el derecho individual. Intercambiar voluntades y acordar reglas de juego es un camino. Pero, ¿no es la democracia algo subsidiario de las grandes fuerzas que ejecutan los negocios del mundo? ¿Hablaría hoy Heráclito de la misma forma oscura que hablaba en su tiempo? No me cabe duda. Tal vez el lenguaje oscuro es el más próximo a la interpretación. Porque, ¿qué claridad hay en una democracia formal como la nuestra en particular y las occidentales en general? Una correlación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial zancadilleada por el caciquismo y el conservurismo recalcitrante arraigado aún, tratando de mantener el mayor de sus privilegios: el control político y el social. La luz de las democracias es tenue y depende de quienes empuñen el fanal. Heráclito conocería hoy otra luz diferente a la que él vería. Contemplaría, acaso no asombrado del todo, ese territorio global en penumbra donde el mercado domina las vidas en todas sus facetas. En las costumbres, en las actitudes, en las decisiones, en las prácticas cotidianas, en las ideas condicionadas. Si bien el mercado existe desde antiguo, jamás extendió sus tentáculos hasta suplantar ideas, aspiraciones y valores, como hace hoy día. Ante esta situación, la supuesta literalidad de la frase compleja Ley es también obedecer la asamblea de uno solo le vuelve a uno más escéptico, aunque más poderoso de su conciencia. Y eso que uno no cree en el sálvese quien pueda, si no nos salvamos todos. Pero, ¿quiere la sociedad -esta nuestra y todas- salvarse del caos que el mercado implanta por doquier? Heráclito vive, aunque el posibilismo de sus aseveraciones no sea comprendido en un mundo que paga la publicidad y no crea apenas pensamiento.
(Imagen de un cartel de John Heartfield)
Verdín

La mirada prismática se le va llenando de cardenillo. No fiarse de su mirada triste. Ni de los labios deformados por una capa impune de carmín. Ella juega, ella prueba, ella comprueba. Es su condición. Las serpientes suelen habitar las mentes de los humanos. Aunque se nos pretenda asustar con iconografías y literaturas, reconozcámoslo: ellas son la sabiduría. Ni el árbol del conocimiento ni la fruta prohibida ni el mandato del Inexistente ni la expulsión de un territorio que jamás había sido conquistado por la especie humana. Todo aquel mito fue creciendo para que el reptil tomara carta de naturaleza. La cuestión posterior ha sido siempre quién debe controlar el poder de la serpiente. Entre quienes desean mantener las aguas estancas y quienes se bañan en las aguas agitadas y nunca repetidas, del curso de la vida, la serpiente se desliza, dual y perpetua. Retroceso y avance echan un pulso sin fin en la historia humana. Para unos, la serpiente es el mal. Para otros, el saber. ¿Hay mito más manoseado, adulterado y paradójico que el de la serpiente? Pero justo es al revés. Quienes arredran a la humanidad con el miedo no son sino la perversión y la muerte. Quienes no cejan en la búsqueda representan el estímulo y la vida. La astucia de la serpiente es nuestra propia astucia por sobrevivir. Se cuela entre nuestras voluntades para hacernos ver la vida con una visión más desprendida y más generosa. Pásame el culo de la botella rota. Necesito desteñir los colores tibios de los días.
(Fotografía de Anke Merzbach)
martes, 1 de septiembre de 2009
Como una sombra

Un ángel me sigue
como una sombra
Anise Koltz
La otra noche soñé que te disfrazabas de mi sombra. Y que acompañabas mis pasos. Como no eras de verdad mi sombra, a cada movimiento brusco de mi cuerpo, tú, disfrazado de sombra, dudabas y estabas a punto de moverte hacia el lado opuesto. Cuando corregías la dirección, yo, que me había disfrazado de desnudez, ¿o me había desprovisto de los disfraces cotidianos?, dudaba porque tú dudabas, porque tú, sombra, interpretabas un sentido de la marcha contrario a lo que me pedía mi instinto de callejear. Con cada ejercicio de mi cuerpo, tú, trasuntado en sombra, te contorneabas intentando proyectar lo opaco de mis músculos, de mis extremidades, de mi perfil. Aligerado de mis disfraces al uso, pero oneroso por la desnudez a la que no estaba acostumbrado, traté de echar a correr. Entonces, mi sombra, tú, mi apariencia de sombra, menos pesada pero más ágil, porque a tu desnudez habitual se añadía tu incorporeidad de sombra, corría por delante de mi. De modo tal que parecía que yo, desalojado de hábitos y enseñas, perseguía una sombra veloz, que no esperaba, que no alcanzaba. En esa carrera, mi sombra, es decir, tú, simulando una sombra desnuda y grávida, se distanciaba y tomaba la iniciativa. Como no te alcanzara, tú, desde un lugar cubierto por las tinieblas, te paraste a esperar la llegada de mis pies menos veloces. Tú, mi sombra que no lo eras, no podía ser visto de lejos por mi, porque las tinieblas te protegían. El trote desenfrenado al que me sometí, me fatigó. Mis fuerzas me traicionaban. Tan pronto como llegué a aquel territorio umbroso, mi cuerpo se tornó invisible y el tuyo se reveló como el único, el existente. Por un instante pensé que yo no era ya el cuerpo que era, que mi disolución se trataba de un hecho irreparable, y no sólo un gesto, y no sólo una posibilidad, y no sólo un sueño. Pero al contemplarte por última vez a ti, ángel antiguo, enrolado como mi sombra, comprendí que la carrera no era una competición, sino un relevo. Fue en ese momento en el que sentí que de mi no quedaba nada, porque lo de atrás, yo, mi cuerpo, mi vida, mi desnudez, era una niebla que se alejaba. Nada más. Era tarde para comprender inútilmente en que me había convertido. Mientras, tú, liberado de la oscuridad y de la vigilancia, volvías a ser yo, mi imagen idéntica, en busca de otro ángel, en busca de otra sombra. Engendrado en un sueño.
(Fotografía de Anke Merzbach)



