
EL ARTÍCULO DE JULIO LLAMAZARES
No tiene pérdida el artículo de Julio Llamazares en El País de hoy. Hablar de la película La vida de los otros para traer a colación la desmemoria y el olvido inmediato de los españoles, así como la manera de pensar simplona que domina en ciertos ambientes hoy día me parece acertado. Desde luego que las preguntas que se hace el escritor sobre las dificultades que tenemos en España para enfrentarnos al pasado próximo (nuestra guerra civil, la dictadura y la falta de rendición de cuentas de ésta) no son fáciles de responder. Aunque desde mi punto de vista siempre nos lleva a ese peculiar proceso de transición pactada que nos hizo acceder a la Democracia, donde nadie se planteó pedir responsabilidades. Todos miramos para otro lado para poder seguir adelante, se podría concluir.

Y esto en un país sin apenas trayectoria democrática, sometida a siglos de monarquías y de poderes fácticos ejecutores que se repartieron el país (recordando: Iglesia, terratenientes, militares, empresarios industriales) Llegado a este punto, no se sabe muy bien si lo que acontece en España, en lo que a mentalidad de masa se refiere, es debido a que la carencia de educación y debate democráticos está influyendo todavía o si la escalada de nuevos y relativos ricos que nos creemos los españoles nos lleva a vivir primaria e ideológicamente en lo inmediato, lo cotidiano y lo superficial, por aquello de si se acaba el mundo. Si esto fuera así, espanta. En las sociedades donde no prima ni el pensamiento constructivo, ni el diálogo amplio, ni el fortalecimiento cultural ni político puede pasar de todo. De ordinario, vemos a muchos conciudadanos manifestándose más por su inseguridad y miedos personales que por razones de solidaridad colectiva, de edificación política o de entrañamiento moral. Explicaría también el enfoque demagógico y destructivo que la derecha tradicional, no sólo la de los partidos y la prensa, sino también la perversidad de la religiosa, hacen sobre las cuestiones públicas de los españoles. Así que, avisando: de cualquier nuevo triunfo de la derecha, con sus secuelas imprevisibles ¿o previsibles?, me parece que habría que ir haciendo responsables a los votantes que les aúpen. En estos tiempos de anticipación a los hechos y de política de prevenciones, que a algunos tanto nos disgustan y nos parecen aberrantes, no desencajaríamos.

LA PELÍCULA ALEMANA
Pero La vida de los otros no es una mera película política, o sobre la situación política en la extinta República Democrática Alemana. El telón de fondo no es todo el escenario, a pesar de la estética gris del régimen y del control social que está presente en todo el film. Y precisamente porque es otra cosa la película, resulta que es también la vida de otros y de unos, y también una película sobre las posibilidades de salvación moral de uno mismo. El final, terrible y extremadamente realista a mi modo de ver, plantea cómo precisamente muchos de los que fueron altos ejecutores del antiguo régimen pasaron a seguir teniendo poder y mandato (encubierto o no) en la Alemania unificada. Y sin embargo, cómo los mamporreros de turno, los que actuaban por fidelidad y celo profesional (repugnante y cruel, por otra parte) resultaron los perdedores. (Se da por descontado los miles de disidentes perdedores antes) Y así puede decirse que la película es también la historia de un perdedor al que el ángel de las escuchas le toca el alma. ¿Cómo? A través del arte y sobre todo de la literatura. A través de la mística de los escritores disidentes que le van calando. Hay un reencuentro ético consigo mismo y con la sociedad en el duro y policial hombre solitario, donde un punto de contrición puede dar al espíritu la salvación, que se dice en el Tenorio. Aunque a veces no sirva para más. La historia se refuerza por la potencia del guión, por el nivel interpretativo de los actores y por una dirección medida de Florian Henckel-Donnersmarck que, a mi modo de ver, ha puesto su propio pabellón muy alto. No es una película de trampa, ni de dobles lenguajes, ni de apariencias, ni de querer y no poder y menos decir. Luego, el espectador tiene que poner su mundo interior (ya no digo sólo su racionalidad) para dejarse atrapar por ella. ¿Algo más se puede pedir a una película para que enarbole la bandera de buen cine?




























