lunes, 31 de enero de 2011

Mi ojo / 10



Me he puesto furiosa al recibir el último paquete de Hitomi. ¿Por qué tiene que mandarlos ahora con tanta frecuencia? Podemos vivir con poco y la ropa y los perfumes que nos envía no sirven de mucho en este lugar olvidado. Mamá no dice nada porque cree que no debemos ser ingratos. Tu hermana tiene buena intención, dice mamá. ¿Es generosidad o estos gestos de Hitomi son sólo mala conciencia? ¿Cuántos hombres la han pagado para que ella se empeñe en seguir comprando cosas que luego vamos a meter en un armario? Sí, soy mala. Mamá no sabe lo que yo sé. No sé qué pensaría ella si lo supiera. Son tiempos de escasez y cualquier cosa lleva a la gente a hacer la vista gorda. Pero conozco a mamá. Ella no aprobaría la vida de Hitomi. Que está trabajando en una fábrica de uniformes para el ejército. Eso dice. Pero las cosas se saben. Un chico de la escuela, Yoshiro, me dijo hace poco que su hermano mayor que es militar había visto a mi hermana en la ciudad. Que había pasado por un bar donde se juntan varias mujeres y ella lo había reconocido. No le dejé que me contara más. Yo había pensado que las desgracias de la guerra estaban allá donde los hombres se matan. Pero veo que la guerra no trae nada bueno para nadie, ni en los frentes ni en la retaguardia. Es curioso. Mamá tampoco ha mostrado interés por abrir el último paquete. Éste se ha quedado en un rincón.

Cuando he acabado los deberes de hoy nos hemos puesto las dos a cenar. Ella me ha mirado con mucha dulzura. Luego hemos contado anécdotas. De mi escuela y de los tiempos de la suya. Nos hemos reído mucho.




(Fotografía de Katsumi Watanabe)

domingo, 30 de enero de 2011

Mi ojo / 9



No puedo quitármelo de la cabeza. ¿Qué le escribirá mamá a ese hombre de la isla del Pacífico? Es lo que más me intriga, más que saber de quién puede tratarse. Con ser bonitas las cosas que él le dice en sus cartas, de lo que me muero de ganas es de saber con qué palabras le corresponderá ella. No lo sabré nunca, y tal vez no importe. Hace tiempo que tampoco recibe noticias suyas. Es como si el correo de todos los frentes se hubiera paralizado. ¿Qué está ocurriendo?

No hay manera de concentrarme en los deberes de la escuela cuando pienso cosas así. El día es más templado y está la ventana abierta de par en par. De pronto he tenido un susto y el trabajo de caligrafía se me ha emborronado. El danzarín se ha plantado delante. No ha hecho ruido, pero ha ocupado todo el hueco de la ventana. Ha apoyado sus brazos en el alféizar descaradamente. Jamás le había visto tan cerca. No me importa su presencia, pero me quita luz. Creo que espera que le diga algo. Pero me apetece ignorarle. Tampoco él cambia de postura. Parece otro. Como me sorprende su apacible quietud, le miro con disimulo pero con atención. Sí, es otro, sin duda. No logro seguir con las tareas. Al fin, me rindo y me dirijo a él.

- ¿Tienes idea de por qué hace tanto que no llegan cartas, quiero decir carta de papá, danzarín? Estamos inquietas y no sabemos con quién hablar, puesto que el alcalde tampoco sabe nada, y los del puesto de policía son unos inútiles.

Muy despacio, se ha ido poniendo recto y se ha encogido de hombros tímidamente. Al incorporarse le he visto un tatuaje en la parte interior del brazo. Es un kanji, uno de esos pictogramas como los que hay pintados en los abanicos del teatro Kabuki. Se ha dado cuenta de que miraba su brazo y ha reaccionado como si se sintiera descubierto. Ha dado una voltereta y visto y no visto.




(Fotografía de Daido Moriyama)

sábado, 29 de enero de 2011

Mi ojo / 8



Mamá guarda las cartas de papá en una caja con tapas lacadas. Es una caja muy bonita, de mediano tamaño, traída de China por un tío de mi madre al principio de la invasión. Tiene en sus laterales unas figuras incrustadas que representan carpas saltando sobre un río. Interiormente dispone de dos pisos. Cuando mamá la coge y la deja lo hace cuidosamente, como un ritual. Luego mete la caja en la alacena que hay en su cuarto. Dentro de la caja, pero apartadas por el separador interior, tiene también unas pocas cartas enviadas por otro hombre desde una región lejana de Asia. He buscado el lugar en un atlas y se trata de una extensa isla perdida en el sur del océano.

Ella no sabe que he mirado el interior de la caja. O probablemente sí, y acaso confíe en que no voy a decir ni mu. Pero mamá me conoce y puede que haya previsto que en cualquier momento le pregunte algo. No lo voy a hacer. Si lo hiciese ella podría tomar otras medidas y yo dejaría de leer aquellas cartas. Las cartas de papá las leemos siempre entre las dos cuando llegan. Así que después no tengo demasiado interés en volver a llorar sola. Las cartas del otro hombre tienen una caligrafía más hermosa que la de papá. Y eso que a papá siempre se le dio muy bien trazar los pictogramas. Pero estos otros son más finos y, a la vez, más firmes. Al leerlos verticalmente te parece que van a vincularse unos con otros. Esto hace que el texto suene de una manera embriagadora. Escribe poesía también, sobre todo haikus y tankas. Me ha impresionado mucho uno que dice:

Aquí perdido
Encuentro tu sonrisa
Si me olvidas
Moriré dos veces
Si me invocas me salvas

¿Por qué tengo que llorar yo también por dos hombres?




(Pintura china con motivos de carpas del Museo Oriental de Valladolid)

viernes, 28 de enero de 2011

Mi ojo / 7


El abuelo de Eisuke tiene un taller cochambroso donde repara bicicletas. Nos ha prestado una a su nieto y otra a mí y nos hemos acercado los dos hasta el viejo molino. A nadie le cae bien el molinero. La gente dice que es arisco y que tiene antipatía por los niños. Cuando su mujer vivía con él no era de esa manera, dicen. Pero un día su mujer le dejó plantado por un suboficial de la compañía que estuvo haciendo maniobras por la zona y a él le cambió el humor. La gente le juzga a la ligera por su carácter, pero ¿quién puede afirmar que haya cometido falta alguna?

Hemos llegado sin hacer ruido, bajándonos de la bici y aproximándonos a pie. Era una novedad para mí merodear por la casita y ver cómo un pequeño ramal del río se desvía para meterse por debajo del molino.

- Sois decididos, chicos. Nadie viene por aquí como no sea para que le muela el grano. Me pagan, mal pero me pagan, y se van.

El viejo Gonkuro estaba sentado en un banzo bebiendo sake y hurgándose la nariz. Al ver nuestro gesto de echar mano al manillar y poner un pie en el pedal, rebajó el tono quejoso de su voz.

- No, no os marchéis. Mirad las riberas del río, podéis contemplar libremente su curso y el paso de los patos que vienen de más arriba. Recoged moras y flores si queréis. La naturaleza no debería ser propiedad de nadie. Yo nunca he tenido nada. Ni siquiera el molino es mío. Yo solo soy dueño de mi soledad y de mi miseria.

Me impresionó su aplomo calmo y su dolorida resignación. ¿Éste era el molinero al que tanto despreciaban y temían los aldeanos? Eisuke me miraba con ojos de espanto, pero no pude contenerme.

- Díganos, Gonkuro, ¿dónde han ido a parar los hombres de este pueblo?

El molinero puso cara de asombro. Las facciones se le relajaron. Hasta me pareció que había una pinta de alegría entre sus arrugas. Echó una carcajada interminable y se metió en la casa. Le oí decir entre dientes: Maldita chica. ¿No sabes que preguntar en estos tiempos es una maldición?





(Fotografía de Eikoh Hosoe)


jueves, 27 de enero de 2011

Mi ojo / 6



Cuando la radio habla de las conquistas de nuestros soldados, mamá se pone a llorar. Ella no entiende que los hombres tengan que ir forzados a lugares extraños a jugarse la vida. Y cuando está rabiosa dice que de allí no vuelven. Yo sé que lo que dice no es pensando sólo en papá. Un día recibió una carta de una isla lejana y no era de papá. Estuvo mucho rato callada y se marchó a la huerta. Al volver tenía la cara rígida y la encontré triste.

Algunas veces me explica a su manera lo de la guerra. Me cuesta entenderla pero la creo. Los chicos del pueblo defienden las invasiones, alardean de los combates de nuestras tropas, bendicen al emperador. Yo nunca sé qué decirles. Mamá me ha dicho que no tenga opinión, que les diga que sí con la cabeza a todo.

- ¿Tú sabes qué es una conquista, danzarín?

Mi amigo el danzarín se detiene entonces, se agacha y permanece en cuclillas dispuesto a escucharme. Ha abierto tanto los ojos que me da miedo.

- Dime, ya que recorres la aldea y los caminos, ¿tú sabes dónde está mi padre? ¿Dónde han ido el hijo del barquero, y el adoptado por el carpintero, y los gemelos del forjador, y la hija enfermera de la viuda que vive en la última casa?

No va a contestar, pero noto su estremecimiento. Su pecho se comprime, veo sus ojos llorosos. Aprieta los puños, tanto que se debe estar clavando las uñas. Se pone de pie, abre las manos, las levanta y me muestra sus palmas, arañadas, sangrantes. Hace bailar sus dedos largos y delicados. No comprendo su mirada, casi velada, ausente. Enseguida salta y se pierde.




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

miércoles, 26 de enero de 2011

Mi ojo / 5


Mamá. La guerra le ha quitado a papá. ¿Se lo ha quitado? No estoy segura. A mí sí me lo quitó. Mamá no es como el resto. No es de las que dice sí con facilidad. La tradición se estrellaba con ella. Tampoco su marido es tradicional. Ambos procedían de una ciudad mediana. El mundo rural fue una novedad y no tuvieron más remedio que aceptarlo. La condición de ser maestros lleva consigo desplazamientos y sacrificios. Aunque los dos habían ejercido la misma profesión antes de venir a parar a este pueblo la plaza era un destino exclusivo de mi padre. Ella le siguió. No podía elegir. ¿O pudo hacerlo, pero no se atrevió? Hasta ahí ella dijo sí. Sólo hasta ahí.

Mamá. Renunciando desde el primer día a otras cosas. ¿Sería por esa causa por la que se dejó llevar y no dudó en tener hijos? ¿Qué podía hacer en un lugar apartado de sus orígenes? Acaso esperar. Esperar a que los ciclos resolvieran. Esperar una señal. Esperar un acontecimiento. Ningún reproche por mi parte. Volcó en nosotras todo el esfuerzo y cariño que ni ella misma sospechaba que tenía. Y sobre todo desató su imaginación. No quería que fuéramos unas alumnas más de la escuela de su marido ni unas chicas rurales.




(Fotografía de Roman Loranc)

martes, 25 de enero de 2011

Mi ojo / 4


Esta mañana ha aparecido Sugita, el cartero, eufórico. Ha subido la cuesta con una mano en el manillar y exhibiendo un paquete voluminoso en la otra.

- Casi atropello a tu amigo el danzarín, chica.

- No es mi amigo, Sugita. Es sólo un hombre que busca estar en alguna parte pero no lo consigue.

El empeño de su malabarismo desenfadado casi le cuesta una caída. Voy corriendo hacia él. Echa un pie a tierra y juega a darme y no darme el paquete. Mi madre mira desde la ventana de casa con un gesto de alegría congelada. No, no es de papá, le grito. Papá estaría, en todo caso, para recibir, no para enviar, pienso. Donde él está lo único que podría remitirnos son señales de que sobrevive.

Sugita, el cartero, nos trae un nuevo obsequio de mi hermana Hitomi. Mi hermana envía regularmente alguna cosa desde la ciudad. Sugita está siempre encantado de hacérnoslo llegar. Sugita tiene que recorrer todos los días varias aldeas y despoblados para repartir la correspondencia. Tuvo suerte de que no le movilizaran. Su miopía acusada le salvó de la leva. Así que presta su servicio particular con tanto entusiasmo como los soldados, y no es menos delicada su tarea, qué va. Traer cada día noticias buenas y malas, si es que de los frentes de batalla puede llegar algo bueno, le hace tan importante para los pobladores del valle como lo que puedan estar haciendo por esos mundos las tropas del emperador.

El cartero salió con Hitomi durante un tiempo. Pero ella no soportaba el ambiente del pueblo y creo que tampoco se encontraba a gusto con nosotras. Para ella Sugita fue un chico más. Al poco de partir papá Hitomi se marchó a la ciudad. Allí hay muchas posibilidades para trabajar en lo que quieras, y no te mueres de asco, nos dijo tratando de persuadirnos y de aliviar nuestra tristeza. Sugita sigue creyendo que va a volver, incluso más rica y más guapa. Yo sé que Hitomi no volverá nunca. Ha probado el sabor del dinero fácil.




(Fotografía de Nobuyoshi Araki)

lunes, 24 de enero de 2011

Mi ojo / 3



- Eh, danzarín, ¿no vas a parar nunca?

No pude evitar decírselo, aun temiendo provocarle. Pero se detuvo. Por un instante me miró fijamente. Los ojos no parecían los de un loco. Las cejas y la barba, escasa pero descuidada, no dejaban ver bien sus facciones. Pero aquella mirada no era como la de otras veces. De pronto pareció atacarle un enemigo invisible, comenzó a gesticular contra el aire, se giró y desapareció tras un recodo del camino que va hacia la vieja fábrica abandonada.

No se sabe si lo que le pasa es de nacimiento. En la aldea nadie le conocía. Un día apareció y como no se mete con ningún vecino tampoco nadie la tiene cogida con él. Cómo subsiste es un misterio. Algunos comentan que se refugia en un roquedal junto a la garganta del río. Otro dicen que lo acogió por bondad Gonkuro, el molinero huraño que vive apartado del pueblo. Al caer la tarde desaparece y ni rastro de él. Aunque algunas noches de tormenta se escucha en el fondo del valle el eco de unos gritos de desgarro. Si es el danzarín o son imaginaciones de la gente nadie lo ha corroborado. Pero entonces mamá, que es muy sensible, se desvela y se tapa los oídos. Ella dice ese maldito tonto me saca de quicio, pero creo que más bien aquellos alaridos le hacen sentirse inquieta.




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

domingo, 23 de enero de 2011

Mi ojo / 2


Hoy, cuando ha pasado el cartero camino de la aldea, tampoco ha parado en nuestra casa. Ha mirado de lado y ha hecho un quiebro sin detener la bicicleta. Me ha parecido que enarcaba las cejas, como diciendo lo siento. Mamá estaba regando las azaleas y ha abandonado por un momento la labor. Se ha quedado de pie y nos hemos mirado a distancia. Ella ya no se agita como durante los primeros días en que nos extrañaba la falta de correo. Nos estamos acostumbrando a la ausencia de noticias de papá. Como tampoco otros vecinos saben nada de sus familiares movilizados nos arropamos y unimos el destino de unos con el de los otros. Tampoco tenemos claro si es mejor saber algo o no saber nada. Algunos, como la buena de Umiko o el viejo Kento, tuvieron informaciones fatales. A nosotras, a pesar de la falta de correo al menos nos queda la esperanza. La última carta de papá es de hace meses y no parecía estar pasándolo muy bien en aquella isla tan lejana de la que nadie había oído hablar antes. Voy a dejar mi tarea y a echar una mano a mamá. Las peonías no están muy lozanas y ella se ha quedado inmóvil, sin reaccionar. Me da la impresión de que hoy me necesita.



(Fotografía de Eikoh Hosoe)

sábado, 22 de enero de 2011

Mi ojo


Le veo correr todas las mañanas. Cuando me levanto él está ahí. Sube y baja los prados que hay junto a la casa. Va casi desnudo. Da igual la temperatura que haga. A veces se para delante de mi ventana a esperar a que yo aparezca. Cuando descorro la persiana alza los dos brazos con energía, masculla un grito agudo, se da la vuelta y vuelve a pegar saltos. Luego se va. Al oir la campana del monje anacoreta que vive más abajo echa a correr en aquella dirección. Mamá a veces le ofrece té. En ocasiones no cesa de andar por nuestro huerto y a sortear el pozo. Pero mamá se enfada si pisa los tomates y los nabos. Entonces mamá rezonga y le espanta. Le echaría de menos si un día no apareciera. Estoy acostumbrada a verle y creo que casi todos los días quiere decirme algo. Pero siempre se mantiene a distancia. Imparable. Lo suyo es una condena a danzar perpetuamente.



(Fotografía de Eikoh Hosoe)

jueves, 20 de enero de 2011

Martirio vencido


Es la hora del cumplimiento del castigo. Sin contemplaciones. La turba mira, se tensa, vibra, exige. ¿Por qué la ejecución de la pena demanda siempre la presencia de espectadores? ¿Tan débiles son los legisladores que necesitan el refrendo de la chusma? El aire, detenido. Cesan los murmullos. Suena un silbido visceral por encima de todas las cabezas. Se vacía el carcaj de sombras. Pero las armas se desactivan antes de dar en la diana. Los arqueros no comprenden. La amazona de nieve se distiende y desvía el ataque. Nada le roza. Nada le vence. Nada le cambia. Serena desnudez. Su ausencia de aflicción desarma a los verdugos. La condenada exhibe una seguridad apacible. No ha reconocido culpa alguna. La que debía morir no muere. Concentra sus fuerzas en un leve y orgulloso escorzo. Toca el arbusto y lo nombra. Lo acaricia y le habla. ¿Qué le transmite? ¿O qué toma de él? No admite jueces ni sayones. Expuesta a mil saetas no perece. Extensión del gesto. No traza con sus brazos y sus piernas una cruz sino que brinda por el cuerpo y lo erige como templo. La cruz fue inventada para negar el cuerpo. ¿Qué mayor silencio del cuerpo que quitar la vida? ¿Qué mayor triunfo de la vida que defender el cuerpo? Coraza de empecinada resistencia. Extinción del martirio. Los agresores se vienen abajo. Los soldados huyen. La ley quiebra. Los sacerdotes se esconden. Lo frágil no es la luz.




(Fotografía de Diana Blok)

miércoles, 19 de enero de 2011

El kamikaze esteta


"...La escenificación final de nuestro jefe Yukio en Ichigaya no fue la única. Pero sí la que le llevaría a la consagración definitiva. Lo descubrimos tras su muerte. Obsesionado por el Bushido, como todos los que le seguimos en aquella aventura descabellada, su imagen final no fue sino la gran puesta en escena de las ficciones que él había vivido anteriormente.

Unas fotografías suyas nos descubrieron que había interpretado el papel de uno de los santos del cristianismo más espectaculares. Un individuo que se exhibía en su propia agonía, manifestando un desafío no tanto a sus perseguidores como al sufrimiento. Alguien que contemplaba su propio sacrificio con una especie de deleite inexplicable y extraño. Los que no habíamos oído hablar nunca del soldado romano que se dejó contagiar por la fe de moda en su tiempo no entendíamos bien la representación de Yukio. Sólo cuando algunos miembros de la secta occidental nos explicaron lo del martirio del romano, mostrándonos imágenes de diversas épocas, comprendimos que aquel mártir antiguo debió ser un personaje con dotes de actor.

También nos dimos cuenta, o tal vez ya lo habíamos observado pero no queríamos hablar de ello obnubilados como estábamos en su juego, de que Mishima llevaba un actor dentro y también un hombre que no lograba sentirse a gusto dentro de sí y que le torturaba. Acaso por ello necesitaba puestas en escena que obraran purificadoramente sobre su alma ardiente.

Ni él ni nosotros podíamos escapar a la cada vez más influyente cultura occidental, tras el desastre del Imperio del Sol. Pero ahora, cuando tanto tiempo ha pasado, vamos comprendiendo que un hombre no representa lo que hay fuera de él por simple capricho. Ni por imitación, ni por emulación alguna. Los hombres que representan en la ficción papeles que el destino les tiene reservados a otros en la realidad lo hacen porque necesitan ratificarse sobre su propio pasado insalvable.


No conocí a Yukio de joven, evidentemente, pero algunos familiares que sobrevivieron a las miserias de la guerra me contaron que era un adolescente enclenque e inquieto. En qué momento empezó a representar su papel y a ejercer otro rostro, no podré saberlo nunca. Tampoco le llegué a tratar sino en la etapa final de sus devaneos y sus propuestas épicas. De no haber escrito vertiginosamente durante años, Yukio hubiera sido otro, sin lugar a dudas. Pero no sabremos jamás si mejor o peor, si más satisfecho o más hambriento con su existencia..."



( Relato apócrifo de Haru Oshio, superviviente del grupo de los Tatenokai. Fotografías representando a Yukio Mishima como San Sebastián)





domingo, 16 de enero de 2011

¿Sólo vacío?


La entrada anterior era el homenaje particular del hombre a los vencidos. Siempre le atrajeron con enorme fascinación las causas perdidas, aunque se hubieran producido a siglos de tiempo y a miles de kilómetros de distancia. Debe ser por su propia conciencia de la ubicación personal. Y siempre le indignaron las circunstancias y las derrotas. Pero necesita decirse, para relajar su tensión interpretativa de los hechos, que aquello es ya pasado. Sin embargo ciertos acontecimientos le hablan como si el pasado volviera. De momento envuelto en sombras y en claroscuros. Lee en la prensa las cesiones y concesiones de los obreros y empleados en Nissan en Barcelona y en Fiat en Turín y entonces el pasado revive. Lee sobre la división tajante entre sectores de los mismos obreros. Lee sobre promesas de las empresas, que vaya usted a saber si serán cumplidas. Lee sobre el precio de la propia condición. ¿Qué hay dentro del pecho de los trabajadores? El hombre se aterra al ver en las entrañas del individuo -del ser, del trabajador, del hombre- un espacio tan vacío. Cuidado: si el vacío no es ocupado por una conciencia acaba siendo ocupado por un monstruo. El hombre arroja asqueado el periódico y se palpa el alma.



(La composición fotográfica es de Michael Macku)

sábado, 15 de enero de 2011

El orden reinó en Berlín


Noventa y dos años después del crimen, necesito mirar de nuevo el grabado que Käthe Kollwitz hizo sobre el velatorio del cadáver de Karl Liebknecht . Los hombres, las mujeres, los kameraden, están espantados, sobrecogidos, atónitos. No se lo pueden creer. O empiezan a creer que todo va a ser posible contra ellos. Los rostros rudos expresan pérdida del ánimo. Las miradas se tornan perplejidad. La rabia está contenida. Es el instante del homenaje. La miseria late tras ellos. La apuesta por el futuro se tambalea. El filo de la represión y el odio de clases va a tomarse la revancha con ellos. Uno de sus líderes yace y, probablemente, con él queda sentenciado un proyecto liberador. Después, vendrán más caídos. En una fila interminable.

¿Un mero acontecimiento de la política interior de un país en un momento crucial de su historia? ¿Una señal para navegantes con pretensiones radicales en el futuro? La alevosa muerte de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht el 15 de enero de 1919 no ha quedado solo en los anales de la historia alemana. Es también un símbolo de las revoluciones frustradas. Mejor dicho, abortadas en origen por los que no pueden jamás aceptar la libertad. Entiendo que para mucha gente ese capítulo de la historia de los trabajadores sea desconocido, ignorado o simplemente permanezca olvidado. Lo terrible fue que el inductor de aquel asesinato de los espartaquistas se tratara del SPD, la socialdemocracia alemana. Uno tiembla al pensar en las barbaridades que pueden estar dispuestos a cometer quienes hablan en nombre de los trabajadores y llevan a cabo políticas de derechas. Menuda lección la de hace noventa y dos años. Menudo precedente. Menudo fiasco.




(Ambos grabados son obra de Käthe Kollwitz. El de abajo es su autorretrato sufriente)

viernes, 14 de enero de 2011

La espiral del caracol


Los símbolos existen para representar las ancestrales búsquedas humanas. Para afirmar las tendencias en el vínculo hombre y naturaleza. Alguien ha sido más explícito en las paredes de mi ciudad. Y ha infringido la ley del símbolo. O ha convertido éste en evidencia. Más que nunca, la espiral encierra el sentido del hombre atrapado en su dinámica. El caracol es nuestra obviedad. Nada más que decir.

miércoles, 12 de enero de 2011

La galleta


El mundo en una galleta. Algunos angustiándonos y tratándonos de aliviarnos alternativamente. Pasajeramente. Encarando una catarata de acontecimientos cotidianos. Haciendo frente a desajustes. Tentando la suerte de las decisiones. Echando un pulso con el azar. Esforzándonos por la subsistencia. Dejándonos acoger por la caricia de las palabras leídas. Y para otros su mundo en una galleta. Simplemente. De pronto me veo así. Me quiero ver de esta manera. Por un instante me siento sujetado, elevado sobre el paisaje humano, protegido, libre de responsabilidades, con todas las posibilidades por delante, entregado a la delicia de un alimento menor. Pregunta tonta, pero curiosa: ¿cuánto tiene de nutrición y cuánto de entretenimiento una galleta? Me entrego a la ficción de verme volviendo a empezar. Pero me falta imaginación. Empezar de nuevo, ¿para qué? ¿Para repetir los ciclos? ¿Para volver a conocer lo conocido? ¿Para arriesgarme a que podría ser peor? No. Estoy donde estoy, suficiente. No pienso jugar con Dios a los dados; Dios siempre fue un jugador tramposo. Tengo claro en qué parte del universo me hallo. Tomo ejemplo de la niña. Me voy a la caja de galletas y cojo una. Está rica. Buenas noches.

martes, 11 de enero de 2011

Sobre las migraciones actuales


Perdida en su propia vorágine, la humanidad perdió hace tiempo también su nombre. Lo recordaba hoy al ver cierto programa sobre la Segunda Guerra Mundial, bastante flojo y reduccionista por cierto, pero el valor de cuyas imágenes me han servido para congelarme una vez más lo que permanezca de esencia ¿humana? dentro de mí todavía.

Y es que se habla, a toro pasado, de los grandes conflictos del planeta y de sus secuelas miserables en precio de vidas y muertes. Pero se habla menos, en el día a día, de los entresijos de las condiciones de vida de los pobladores y de la corrupción instalada en las alturas de los gobiernos y de los negocios despiadados de las corporaciones transnacionales. Se habla, sí, algo en plan noticia breve, sin prime time y condenadas las noticias a durar un par de días. Las informaciones reveladas por Wikileaks sacan a relucir las aberraciones de muchos de estos vínculos poder político / poder industrial y comercial. De ficción, nada de nada. Y todos, tragando.

Pensaba también en el repugnante ascenso demagógico de personajillos como cierto ciudadano catalán que citan en los blogs Grito de lobos y El far de Maians. Y como ése hay bastantes más, muchos en la oscuridad cobarde de sus anonimatos, otros respaldándoles con sus votos, la mayoría canalizados por un partido mayoritario. No me quiero enrollar, simplemente traer aquí un par de vídeos de un adalid de las causas pacifistas, el activista por la justicia social Arcadi Oliveres, a quien tuve el gusto de conocer hace bastantes años (qué lejos queda la campaña anti-Otan de 1986, ¿verdad?) Son parte de una intervención oral, servida con el desparpajo e ironía característicos de Arcadi, sobre las migraciones modernas, en un intento más por desmitificar y rebatir tópicos y demagogias. Lo siento, hoy toca indignación. Y no precisamente onírica.


(Fotomontaje. Grete Stern)









jueves, 6 de enero de 2011

La niña y la serpiente (sueño)




En el sueño hay una niña que da de comer a una serpiente. La niña la sujeta sobre su regazo. La piel del animal es un dibujo de losanges brillantes. La niña peina de vez en cuando las escamas de la serpiente con sus deditos. El reptil permanece impasible, como es costumbre, pero la niña sabe que está muy atento a sus caricias. La niña le pone en la mano algunos bichitos y la lengua ágil de la serpiente los atrapa en un visto y no visto. A la niña le produce cosquillas el leve lametón del animal y retira la mano deprisa. Cuando queda libre la mano con la que nutre a la serpiente la niña se pone a contar las escamas de la piel. En el sueño la niña mira absorta el agua del arroyo que hay a sus pies. Las aguas del río no se mueven, como tampoco la serpiente se altera. La niña siente el peso de la serpiente sobre su cuerpecito, pero no la teme. Además la está cogiendo cariño y por nada del mundo quiere que el animal se ponga en acción y la deje plantada. Hay pájaros sobre las ramas de los árboles de la orilla del río, pero parecen dormidos. Al rascar la piel del reptil la niña siente una sensación rijosa. Se estremece pero no rehúye la sensación. Le da gusto pasar la mano por aquella superficie de la que apenas logra abarcar un tramo. La niña ve cómo una rata de agua salta desde su covacha al río. Al caer no se oye chapoteo alguno. La rata, en lugar de deslizarse a través de la corriente, se hunde en la oscuridad de la ciénaga. En el sueño no corre el aire y tampoco llegan sonidos de animales. Sin embargo, la niña advierte ojos que escudriñan tras el ramaje del bosque bajo. Bandadas de insignificantes insectos aparecen de vez en cuando en torno a la niña y a la serpiente. La lengua doble del reptil se agita hasta hacerse con varios de esos diminutos seres y todo permanece parado de nuevo. La niña se queda absorta contemplando la agilidad de la serpiente para cazar el alimento. Ahora la niña siente que la serpiente se mueve y cambia ligeramente de posición. Coloca más cerca de la niña otra zona del largo recorrido de su cuerpo para que la mano de la criatura siga arañando sus escamas. Es un arte contar las innumerables escamas de una serpiente viva y no se sabe de nadie que lo haya logrado de forma táctil. Hay que tener mucha paciencia y hasta un método. La niña tiene ambos recursos. La calma y el calor que la niña transmite al animal son el secreto del arte de la niña. En el sueño, mientras la piel de la serpiente es restregada por las manitas de la niña, la niña le canta una nana al animal. La niña no se sabe todas las nanas, pero canta aquellas que recuerda y se inventa otras. La serpiente no conoce ninguna, pero escucha con aparente impasibilidad la voz arrulladora de la niña. La serpiente no está acostumbrada a que le canten nanas. La niña cree que a causa de su voz envolvente y de la calidez de las caricias la serpiente se está durmiendo. Pero nadie sabe bien nunca cuándo duerme una serpiente. El animal se encuentra tan mimado que, de haber llegado alguien en ese momento a molestar a la niña, hubiera saltado como un guardaespaldas. En el sueño se produce un instante de pánico en que la niña va a cambiar de postura porque se le ha dormido una pierna y no encuentra una parte de su cuerpo. Medio torso, una de las piernas y un brazo no aparecen por ningún lado. La niña mira fijamente a los ojos de la serpiente y la serpiente también mira a los ojos de la niña. La niña exige una respuesta a la serpiente. La niña vence con su mirada a la mirada del animal y obliga a éste a bajar la cabeza. La noche ha caído del todo y la niña se contempla a sí misma aprovechando la luz del plenilunio. La niña advierte que le nacen pequeños rombos escamosos sobre la parte de la piel que aún conserva. La niña nota también que se va quedando muy fría pero que el frío no le resta fuerza. La niña expande varias veces la lengua fuera de su boca como si quisiera pillar el aire. La niña sigue cantando nanas a la serpiente, pero con menos energía. La niña está inmóvil pero despierta. Hay una quietud total en el campo. La niña se enrosca del todo a la serpiente y una nube oculta a la luna.




(Fotografía de Frantisek Drtikol)

lunes, 3 de enero de 2011

En el nombre de quién


A veces me apetece escribir algo sobre cierta gente. Provocan tanto que ganas me dan. Pero luego me lo pienso mejor y me digo a mi mismo que no debo gastar energías en hablar sobre sus efímeras figuras y sus obras sombrías. Me digo, cuando oigo de pasada o leo titulares de prensa sobre su pensamiento (si es pensamiento lo que tienen): pero esta gente es peligrosa, toda la gente envenenada es peligrosa. Bien, pues no voy a decir más, porque hete aquí que en el capítulo De los transmundanos, de la colosal Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche dejó escrito algo magistral:


"Siempre hubo mucha gente enferma entre quienes fantasean y son adictos a los dioses; odian con furia al hombre del conocimiento y a aquella virtud, la más joven de todas, que se llama: honestidad.

Vuelven siempre la vista hacia tiempos oscuros: entonces, ciertamente, ilusión y fe eran cosas distintas; el delirio de la razón era semejanza con Dios, y la duda era pecado.

Demasiado bien conozco a estos hombres semejantes a Dios: quieren que se crea en ellos, y que la duda sea pecado. Demasiado bien sé igualmente qué es aquello en lo que más creen.

En verdad, no en trasmundos ni en gotas de sangre redentora: sino que es en el cuerpo en lo que más creen, y su propio cuerpo es para ellos su cosa en sí.

Pero para ellos el cuerpo es una cosa enfermiza: y con gusto escaparían de él. Por eso escuchan a los predicadores de la muerte, y ellos mismos predican transmundos.

Es mejor que oigáis, hermanos míos, la voz del cuerpo sano: es ésta una voz más sincera y más pura.

Con más sinceridad y con más pureza habla el cuerpo sano, el cuerpo perfecto y cuadrado: y habla del sentido de la tierra."


¿No es el texto clarividente, genial y sumamente ilustrativo? Bendito seas, Friedrich, por tu luz y tu deconstrucción.

sábado, 1 de enero de 2011

Rasgarse

¿Se desgaja o se recompone? Buena metáfora para la fecha. ¿Se rehará o se resquebrajará? Enigma. Este tránsito de ayer a hoy, medido siempre en tiempos verbales diferentes, es un símbolo de las propuestas del cambio personal. Antes se llevaba mucho aquello de año nuevo, vida nueva, deducción simplona que no garantizaba verdad ni resultado alguno. Pero ciertamente, gran parte de las proposiciones personales y hasta colectivas invocadas se emitía con el alfa del calendario occidental. El valor de un símbolo que en dos días más resultaba efímero.

En la intimidad de cada individuo late siempre la referencia de una fecha a partir de la cual hay que dejar de hacer lo que nos parece negativo (que aparece como obvio y claro) y comenzar a hacer lo que pretendemos positivo (que se nos muestra difusamente como deseo, aspiración o promesa) Buena cosa es rasgar nuestras entrañas. No necesariamente tiene que coincidir con el uno de enero. Abrirnos en canal, mirar dentro y desalojar cuanto nos paraliza, anula y nos impide avanzar, es una actitud que reclama un calendario particular que solo se mide por el agobio y la sensación de haber llegado a un límite, sea cual sea la fecha.

Las películas nos enseñaron hace tiempo que las imágenes que avanzan también retroceden. La fotografía adjunta me recuerda un poco eso. Y aunque sólo un profundo conocedor de cada detalle de la anatomía del cuerpo podría decirnos si el esfuerzo mostrado solo es de distensión, se me antoja que también podría ser de reconstrucción. Basta con ignorar los pormenores de tendones y huesos. Al fin y al cabo, no existe un esfuerzo que no necesite del otro.

¿Y mientras? Mientras, se muestra un hueco donde debería haber una cabeza. ¿Sugiere la limpieza interior? ¿Una nueva orientación? ¿Una renuncia a lo anterior? ¿O se trata de una mera oxigenación del conocimiento acumulado? La invisibilidad provisional de la mente responde a una catarsis, no me cabe duda. ¿Cundirá? Os deseo que el ejercicio profundo y personal vaya más allá de la fecha, de las palabras superficiales y de las buenas intenciones. Para obtener el nuevo hombre hay que rasgar el que hemos llevado hasta este instante.




(Composición fotográfica de Michael Macku)

viernes, 31 de diciembre de 2010

Consultando el I Ching


Mientras en torno mío escucho decir al tendero, al quiosquero o al vecino confiado eso de feliz y venturoso año, yo consulto el I Ching. Miento. Venturoso ya no lo oigo, y cuidado que es bonita esta palabra. Y aunque acostumbrado a ella desde tiempos lejanos, y aun sabiendo más o menos su significado, me da en mirar en el diccionario de la RAE. Para mi sorpresa, compruebo que tiene nada menos que tres acepciones.

venturoso, sa.

1. adj. Que tiene buena suerte.
2. adj. Borrascoso, tempestuoso.
3. adj. Que implica o trae felicidad.

¿Contradictorias? No necesariamente. Acaso se complementan, simplemente. Puedes quedarte con una o con el proceso entero. Por ejemplo, alguien persigue la felicidad, para lo cual tiene que atravesar una fase tempestuosa y puede lograr su objetivo con una suerte favorable. O alguien atraviesa una etapa borrascosa que al concluir con buena suerte le permite obtener felicidad. Bueno, son interpretaciones, un juego de palabras que combinándose propiciarían varias posibilidades. Y entonces me ha parecido que estas designaciones de la Real Academia para el mismo vocablo sonaban a I Ching.

Evidentemente el manual chino ignora el calendario gregoriano, la cultura occidental y moderna y las leyes actuales del mercado, que para eso es más antiguo y acaso más sabio. Aunque seguro que muchos afirman que el I Ching va más allá de todas las tradiciones y actualizaciones culturales y que sirve como el primer día. ¿Lo consultarán los del business is business? Un manual de adivinación, como un oráculo, son siempre sistemas posibilistas que valen para bien y para mal. Aciertos y desaciertos se justifican de todas maneras. Es lo bueno de un sistema abierto, que siempre mantiene su don de verdad magmática aunque la expresión al exterior sean solo cenizas.

Son presunciones mías y no quiero incidir en calificación alguna sobre I Ching. Reconozco que nunca he sabido consultarlo. Y eso que dispongo de una buena edición que me regalaron con cariño. Pero mis resistencias innatas y mi vagancia a indagar un funcionamiento sin maestro alguno en estas artes han impedido, hasta la fecha, tomar en consideración un corpus que tiene mucho de autopreguntas y autorespuestas, sospecho.

De momento, ayer me quedé alelado consultando el mapa de hexagramas. Esa belleza de pictogramas que se parecen pero distan tanto los unos de los otros, rezuma conceptos sobre el universo. No pasé de ahí. Ni siquiera sé si aquello que los dedos señalan significa algo. Qué curioso. No creo en el sistema y sin embargo uno teme que le cuenten. ¿Me pongo en sus manos o simplemente escucho los hexagramas de mi propia mente y de mi propio corazón? Ay, esos pensamientos inducidos del fin de año.

martes, 28 de diciembre de 2010

Expectoraciones


Mientras las gentes de su entorno se felicitan no se sabe bien qué, según las pautas al uso, se felicitan acaso de la felicidad imposible, de pronunciar fácilmente con la boca lo que acaso el corazón no sabe canalizar, él se rebela, el hombre se eclipsa con su otro rostro, piensa en el poder, limitado, alterno y contradictorio, de la palabra emitida, el sonido de nuestros días, una palabra estereotipo, piensa en los arquetipos de conducta con que las gentes se guían, simplemente porque hacerlo es identificarse con el grupo, sentir el calor de la tribu para no sentir la soledad individual, porque las gentes temen la soledad individual, les espanta el ejercicio de enfrentarse a sí mismos, a sujetarse sus diferentes caras, temen contraponerse a todas sus posibilidades, límites y aspiraciones, y en ese miedo por no considerarse a sí mismos no ya una fortaleza, que podrían serlo, sino simplemente un yo personal y sagrado, hacen dejación y se refugian en lo colectivo, y la masa exige siempre contrapartidas, la primera el uso abanderado de los tópicos, de las enseñas repetitivas, las que se formulan con la palabra, aunque se prostituya el concepto, y de las misma manera que algunos tienen necesidad de exhibir sus banderitas de la nación imposible colgadas del retrovisor interior de su coche, otros precisan oír una y mil veces las mismas voces, porque él cree que realmente lo que emiten las gentes no son medidas palabras, vocablos precisos y con respaldo, sino lamentos guturales, voces, a veces gritos, a veces se configura incluso una oleada masiva expedida desde miles de gargantas, y las gentes, o cada individuo de esas gentes en su entrega total, se sienten respaldados cuando disparan sus heil, sus felices, sus olés, sus halas, sus vivas, toda una coreografía de cantos huecos, porque ese simbolismo es vano, no conduce al fortalecimiento de cada ser, sino al rebajamiento de su don íntimo, y de la misma manera que se conceden con necedad al arropamiento de los modelos exhibidos, de la misma forma con que se someten a lo que consideran un poder exterior taumatúrgico, palabras pronunciadas como un solo hombre o delegadas para que cada boquita particular se crea que sale de ella misma, así mismo se vuelcan en las palabras ajadas, desprovistas de racionalidad y de sensatez que se vacían diariamente desde todos los canales de los medios de incomunicación, esas ondas capaces de envolver en la privación más absoluta a cada uno de los seres de este mundo, y no son inútiles del todo las palabras que se repiten en su vaciedad, pueden ser equívocas, falsas o vacuas, pero son muy fructíferas para los fines que se persiguen detrás, ese vivir como si se quisiera ser sujeto y objeto, esa persecución desmedida de la identidad con la mercancía, como si esta saciara las verdaderas apetencias del individuo, y por eso él, el hombre atormentado se ventila y se consolida en su duda cuando lee algo del monje Yoshida, unas reflexiones, que él llamaba ocurrencias, Tsurezuregusa, de hace seiscientos cincuenta años que parece que fueran actuales…


"Van en grupos, como hormigas, unos caminando alocadamente hacia el este y otros hacia el oeste; algunos corren hacia el norte, otros hacia el sur; los hay poderosos, los hay humildes; los hay ancianos y los hay jóvenes; tienen a dónde ir y un hogar al que regresar; al llegar la noche se acuestan, por la mañana se levantan.

Pero ¿por qué toda esta actividad?

Anhelan vivir muchos años y almacenar muchas riquezas. Sus deseos no conocen límite. ¿Qué buscarán cuidando tanto de su salud?

Lo que les espera es la vejez y la muerte, que viene con paso ligero sin detenerse un solo instante.

¿Qué nos podrá contentar mientras la esperamos?

El que vive pensando en las cosas del mundo, no la teme. El que vive ofuscado por los bienes temporales, no se imagina lo próximo que está.

El hombre insensato se apena al pensar que no puede vivir eternamente en este mundo. Desconoce la ley universal de que todo es efímero y perecedero. "




(Composición fotográfica de Michal Macku)

sábado, 25 de diciembre de 2010

Caravinagre



Hoy, que es uno de esos días grandes del año, que decía mi padre, todo el mundo debe estar durmiendo todavía. Ya es sabido que usamos con frecuencia el maximalismo para designar comportamientos de mayoría, incluso de las mayorías exiguas, o para criticar cuando algo no nos gusta: este país, esta economía, esta política, este gobierno, esta oposición, este planeta, esta gente, esta ciudad, etc. , es o está hecha una caca, solemos decir. Por otra parte, somos también injustamente minimalistas cuando valoramos logros personales, éxitos ajenos o simplemente que las cosas colectivas funcionen. Minimalistas ingratos quitando peso, sentido y racionalidad a la luz que hemos ido teniendo en esta sociedad nuestra que procede de un desierto secular. Y es que la tendencia al reduccionismo a la baja o al alza (en este caso sería exageración), es innata en el pueblo español o como se quiera llamar a este conglomerado divertido de moradores de la piel de toro (magnífico Espriu) cuando pensamos con la rabia, el veneno o la ira en lugar de con el análisis y la tolerancia constructivos.

Bien, solo quería decir que hoy es uno de esos días grandes, que decía mi progenitor extinto, en que la gente no reacciona todavía tras los comportamientos al uso de la noche pasada. Lo que no me enseñó mi padre, pero lo he ido viendo con estos ojitos cansados, es que en los tiempos que vivimos es grande la fecha porque proporciona cifras de negocio en amplios sectores productivos y comerciales. Y lo hará también la próxima semana y a la otra. El consumo limitado de regalos en mi infancia se concentraba en una fecha recién comenzado enero. La multiplicación de celebraciones actualmente hace más grandes los días, los deseos, las compras, los compromisos, los gastos, las deudas… ¿Resultado? Insatisfacción, no me cabe duda. Aquello de cuanto más tienes más quieres tiene su contrapartida: cuanto más quieres más puedes tener, lema implícito impuesto por la dictadura del mercado. Y si te lo crees, ya estás pillado.

Debe ser, como dicen algunos estandartes del integrismo católico que veo en unos pocos balcones, que Dios ha nacido. El mismo dios que se supone que echó a los mercaderes del templo, qué paradoja. Les respondo con otro refrán (mi castellanía profunda hoy me traiciona desde el subconsciente): Y cómo les ha venido Dios a ver (a los mercaderes) Uno está ya acostumbrado a las contradicciones de la ciudadanía, a la inconsecuencia de los creyentes de la religión y a las acometidas cada vez más feroces del marketing. Solo que le cuesta cada vez más tragar con tanta insensatez. Estoy cansado de generar basura. El ciclo producción-consumo-detritus está tocando techo y no sabemos si nos mandará a la luna o al infierno.

(Uf, cómo me levanto, me voy a parecer al kiliki Caravinagre. Por cierto, kiliki, con tu permiso)




jueves, 23 de diciembre de 2010

Los ojos heterotópicos


Últimamente le invade la sensación de que multitud de ojos le escudriñan. Ojos que ve colocados en distintos espacios y posiciones. Ojos en los aleros de los tejados, ojos en la lluvia que cae, ojos en los bordillos de las aceras, ojos en los árboles, ojos en las esquinas de las calles, ojos en las escaleras de las viviendas, ojos en las espaldas de los viandantes, ojos en las fachadas de los edificios, ojos entre las juntas de los dedos del camarero del bar. Atrás permanecen los dos ojos únicos que contemplan desde cada cuerpo vivo. Hoy se multiplican. Son otros ojos que nacieron de otros cuerpos o tal vez de otras circunstancias. Como dardos puntiagudos sortea sus disparos certeros como puede. Pero siente con nerviosismo los ojos que le acompañan por donde va. Siente que rasgan el aire antes de que a él le acaricie, siente que se adelantan a sus siguientes pasos, que palpan sus pensamientos, que rozan sus intenciones, que desfiguran sus sentimientos, que detienen sus rebeldías, que adivinan sus planes, que abortan sus determinaciones. Distintas miradas para un único fin. Apoderarse de él. Eso piensa con estremecimiento. Algunos ejercen como hechizo sobre su retraída visión, otros establecen simplemente con él un coloquio, otros diferentes lanzan anatemas contra su perfil, incluso hay los que le hacen burla cuando él ha dado la espalda, y otros, en fin, se limitan a inspeccionar la dirección que ha tomado. Estos son los más peligrosos. Parece que no actuaran, pero van tomándose el relevo entre unos y otros cuando él cambia de sentido, cuando echa a correr o toma un taxi. A propósito de este caso, ayer le sucedió algo que le excitó mucho. Dentro del vehículo le acecharon diferentes ojos. Desde la nuca del conductor, desde el vidrio de la ventanilla, desde el retrovisor, desde la alfombrilla del piso. Tuvo que indicar al taxista que se detuviera antes del destino previsto. Pero incluso cuando bajó del coche no pudo despojarse de aquellos ojos que se propagaban desde todos los ángulos. Aunque ya se iba acostumbrando, no sin inquietud y agitación, pensó que al menos se hallaría seguro en la cama, por la noche. Al apagar la luz del cuarto creyó ver homogénea la oscuridad. Nunca le habían molestado los espacios oscuros ni había sentido temor. Pero en los rincones apartados de la habitación, en el techo o encima de la silla donde deja la ropa o en los dinteles de la puerta, aparecieron pequeños puntos de siniestra luminosidad. Al darse la vuelta sobre la cama se asustó cuando desde la mesilla, a escasa distancia, le contemplaban unos ojos gigantescos. Alargó a mano, tocó el vidrio de sus lentes de miope y se sintió reconfortado. Se estaba haciendo de tal manera a los ojos que se desplazaban en torno suyo, que empezaba a despreocuparse. Y él sabía que de ahí a bajar la guardia no había apenas un paso. Sólo sintió turbación al rato de quedarse dormido. Al principio los sueños, aunque confusos y caprichosos, le parecieron habituales. Ya se sabe, esa perturbación ordinaria de situaciones, objetos y recuerdos que solo está permitida mientras se duerme. Pero a medida que fue cayendo en otros planos de más profundo arrobamiento sintió que sobrevolaban sobre él cientos de ojos gigantes que se desplazaban transversalmente. Ojos turbios, ennegrecidos, biliosos, que se entrecruzaban y descendían contra su pecho, como si fueran a picotearle y devorarle entero. Cuando se levantó por la mañana le llegó un olor demasiado puro del rocío. Ante el espejo, al quitarse la camiseta, advirtió su torso lleno de arañazos, sangre salpicada y ya seca. La ansiedad y el aturdimiento se cebaron en él. Luego desayunó y dejó pasar más tiempo. Durante un rato su casa parecía liberada de toda clase de ojos heterotópicos. A medida que transcurrió alguna hora más la precaución inicial se hizo confiada tranquilidad. Tenía que preparar la clase del día y tomó uno de los libros de consulta para aclarar algunos conceptos a sus alumnos. Fue en ese momento cuando leyó aquel extraño texto:

En el libro Hariwansha hay una invocación al dios Shiva en estos términos: “Te adoro, padre de este universo que tú recorres por invisibles caminos, dios terrible de millones de ojos, de las cien armaduras. Yo te imploro, ser tan diverso de aspectos, a veces perfecto y justo, a veces falso e injusto. Protégeme, único dios escoltado por animales salvajes, tú que eres también la voluntad y el pasado y el porvenir, que debes tu nacimiento sólo a ti mismo. ¡Oh, Esencia universal!”.

No supo qué pensar. Mientras meditaba absorto se seguía acariciando las infinitas líneas trazadas durante la noche misteriosamente sobre su cuerpo.


martes, 21 de diciembre de 2010

Comunicado nº 2



Sabemos que hoy es solsticio (a las 23,39 en vuestro huso horario convencional) Y que hoy tiene lugar un eclipse de luna. Dos acontecimientos. ¿Por qué se dice en vuestras agrupaciones vivientes que son solamente dos fenómenos? De algo tan grande que los humanos no perciben todos los días se hace algo menor. Son fenómenos, pero son además sucesos importantes. Que los seres demediados tengamos que recordároslo da la medida de vuestros olvidos y, también, de vuestras ingratitudes. Lo grande es grande, sobre todo cuando se trata de comportamientos de la naturaleza. ¿Por qué los humanos los ignoráis? ¿Por qué los humanos devenidos en masas reducís en vuestra conciencia el valor del universo? Por más que os empeñéis en ignorar las dimensiones que os cubren, hay otras manifestaciones que no podéis controlar pero que deberíais reconocer. Y el universo y vuestro planeta están repletos de ellas. Os anegáis en vuestras propias ciénagas y no os dais cuenta. No veis más allá de vuestras maneras de vivir ni os sensibilizáis con otras formas que no sean esos mundos limitados e insignificantes de disfrute, de huída y de posesión donde fermentáis cuando no, más bien, os pudrís. Escapados a la identificación con el mundo amplio al que os seguís debiendo, no dudáis en vivir a su espalda. Y cuando ese mundo se manifiesta ante vuestros ojos como un don único y extraordinario, apenas le prestáis atención. No todos los hombres obran de esta manera. Antiguamente vuestros antecesores daban otro valor al cielo, a la tierra y al suceso imprevisto. Supieron de los cambios recurrentes. Se dejaron gobernar por ellos. Observaron y respetaron. Y a este ciclo que comienza en este lugar le pusieron un nombre y comprobaron que se reiniciaba una etapa. La vida volvía a engendrarse, lenta y callada, para ofrecer sus frutos más adelante. Hoy solo estáis pendientes del hecho mercantil, del tacto de los objetos, del sueño de lo improbable. El solsticio se ha borrado de vuestras mentes, pero él, no el nombre, no la mera caracterización que se le adjudica, no el valor con que fue estimado, sino su sentido profundo sigue existiendo obréis como obréis. Los hombres habéis desviado con ideas y mentalidades efímeras el significado profundo del tiempo de cambio y del momento de renacer. Os habéis apropiado de lo que no podéis poseer inventando tradiciones, costumbres y valores cuestionables que más que perpetuar el entendimiento del don os aleja de él. Los seres demediados, viajeros de paso a vuestro mundo de inconsciencia, advertimos del riesgo que supone para vuestra especie perder la identidad que os vinculaba. El mundo no existe solo en vuestras dotaciones, en la impedimenta con que os movéis y en los bienes en los que os volcáis haciéndolos objetivo fundamental de vuestras vidas. Como el sentido de culto generoso que habíais poseído desde antiguo no es borrable, decidisteis fundamentar un ídolo nuevo al que adorar en cada día y en cada actitud. Y esa adoración que, en otra estancia de vuestra temporalidad tendría un sentido simbólico, os engulle, os gobierna, os devalúa. Desde nuestra visión particular lo vemos con más claridad que vosotros mismos. Pero no temáis, porque nuestras advertencias no son de condena, por muy acres que os parezcan, ni de desalojo, ni de destrucción. Disponéis de medios como jamás los habíais tenido en otras épocas. Simplemente se trata de que veáis en ellos un afinamiento de los primeros recursos con los que vuestra especie se dotó en el origen de todo. Una posibilidad de adaptación al universo con perspectivas para la vida en su amplio concepto. Solsticio no es una palabra sin más. Es una clave. Pronunciadla por encima de todas vuestras vestimentas ideológicas y falsarias. Actuad con ella en la mano.



(Obra de May Criado)


viernes, 17 de diciembre de 2010

Aforismos del solsticio



Rodeado de la abundante y variada floresta, ¿cómo podría ver el bosque de los libros sin fijarse en cada uno de los árboles?

Hay tantos géneros de libros como especies arbóreas. No en vano los unos vienen con la apariencia de las otras. Y a su vez existen subespecies, categorías y familias. En todos encuentra, en mayor o menor cantidad, alguna sustancia con la que curarse de la vida cotidiana.

Queda atrás el tiempo perdido de lectura. Doblemente perdido. Por no haber sido utilizado como ahora percibe que le hubiera gustado utilizar. Y por haber transcurrido irreversible y traicioneramente. Perder siempre es un verbo que compromete la voluntad. Pero sobre todo compromete la capacidad, que también se pierde.


Extremada desconfianza, demasiada inadvertencia, excesiva vacuidad. Factores que gravaron sobre él y los suyos en tiempos de tinieblas. Subestimó el poder del silencio y se dejó vencer por la desprevención. De aquellas carencias, estas ansiedades. Ahora que hay tanto interesante para leer, no queda apenas tiempo. Debe ser muy cauto al elegir. De lo contrario, tendrá que esperar a la próxima existencia. Sin garantías.

No aprendió a leer cuando juntó vocales y consonantes, ni cuando pronunció los primeros fonemas, ni cuando fue conjugando las formas más sencillas de los verbos, ni cuando estableció frases con una sintaxis que se entendía. Aprendió a leer cuando más allá del texto disfrutó la textura. Aprendió a leer cuando se dio cuenta de que imaginaba lo leído.

Algunos de los libros que más le han sorprendido (considera a la sorpresa pareja del descubrimiento) llegaron a su vida por abandono. Libros que habían yacido a lo largo de años en estantes de librerías, sin que nadie los reclamase. Allí encontró cosas de Canetti, de Bernhard, de Bufalino, de Zweig, de Joseph Roth, de Consolo, de Perutz, de Holan, de Anise Koltz, de Oguzcan, de Desnos. Tanto le agradaron que desde hace tiempo considera que el destino de una lectura satisfactoria proviene del olvido.

Tanto le agradaron, dice, que podría describir perfectamente en la librería de qué ciudad y bajo qué circunstancias alcanzó a hacerse con esos hallazgos. Prefiere no ejercitar la memoria porque siempre hay otros recuerdos colaterales gravosos que preferiría no volcar desde su sensible disco duro.

Tampoco nadie le había hablado de las obras con que se iba encontrado entre las manos. ¿De dónde salían aquellos autores? ¿Cuándo y en qué territorios habían escrito y descrito tanta belleza? Que aquellos libros polvorientos y sucios permanecieran en los anaqueles de la tienda, ¿era sinónimo de que eran malos textos o de que se trataba, como el gran vino, de un reserva?

Probablemente en aquellas lejanas fechas eran libros bárbaros. Libros desconocidos, libros de los otros, libros que no encajaban en la mentalidad de las modas y en los tirones de las grandes ventas. Le atrae aquello que nadie menciona. Le fascina lo que nadie recaba. Lo suyo es la pasión por al anonimato de facto.


Echa en falta aquellas lecturas paralelas con otras personas. Con que fuera con una bastaría. Lecturas sin acelerones, en que los ritmos eran diferentes pero no la intensidad. Ojos complementarios. Siempre leyó sin la premura y la agilidad del otro, por lo que nunca acabó el primero. Se recreaba en las esquinas de las frases, giraba sobre los vocablos que le llamaban la atención y se subía a las figuras de estilo, cuando no volvía a releer la página entera. Descubrió así que aquel leer consistía en ejercitar además los sentidos.

Abre al azar una página cualquiera de un libro. Si lee tres o cuatro líneas y le suscitan expectación, vuelve a abrir el libro por otra página diferente. Si aquí la prueba se reafirma, va al final del libro y lee las últimas líneas. Necesita tener la sensación de que no hay final para hacerse definitivamente con el libro. Puede perdonar el comienzo, el cual no le urge nunca; pero el final siempre tiene que dejarle embobado y sin saciar. Le gusta arriesgarse. El cortejo vendrá después.




(Ilustración de Manuel Boix)

jueves, 16 de diciembre de 2010

Por qué un albañil



¿Por qué un albañil se convierte en asesino de la noche a la mañana?

(No consigo pasar de la pregunta. No sé. O no me atrevo)





(Representación de Bill Viola)

lunes, 13 de diciembre de 2010

Sin bondad ni blandura



A pocos días del gran evento anual de mercado, he recordado un viejo artículo de Pasolini sobre las Navidades y, buscando buscando el libro donde aparece, he dado de nuevo con él. Han pasado 41 años desde que se publicara en la revista italiana Tempo, exactamente en el primer número del año 1969. Pasolini escribía en dicho medio una columna titulada El Caos, donde daba rienda suelta a todas las preocupaciones que la nueva fase del capitalismo italiano suscitaba en él. Y naturalmente, criticaba y diseccionaba con acritud todo tipo de reacciones adjuntas, paralelas o laterales que iba a acompañar un proceso de efervescencia social y política que él vio venir con harta clarividencia. Pero a la vez traslucía sus propias inquietudes, cuestionaba sus viejas militancias y dejaba al descubierto sus rabias. Pasolini siempre fue un hombre que se mostraba a carne abierta. Así le fue. Por una vez retengo mi opinión sobre el gran ídolo llamado Navidad. Pasolini lo expresa mejor y tiene plena vigencia su crítica. Otro día hablaremos del sosticio.



"Hace ya tres años que hago lo posible por no estar en Italia durante las Navidades. Lo hago adrede, con saña, desesperado ante la idea de no conseguirlo; aceptando incluso una sobrecarga de trabajo, aceptando la renuncia de cualquier modalidad de vacación, de interrupción, de descanso.

No tengo fuerzas para explicar exhaustivamente el porqué al lector de Tempo. Esto extrañaría la concesión de la violencia de lo novedoso a viejos sentimientos. Es decir, una prueba “estilística” sólo superable mediante la inspiración poética. Que no viene cuando se quiere. Es un tipo de realidad que pertenece al viejo mundo, al mundo de la Navidad religiosa: y responde todavía a su vieja definición.

Sé perfectamente que incluso cuando yo era niño las fiestas navideñas eran una idiotez: un desafío de la Producción a Dios. Sin embargo, por entonces yo estaba todavía sumido en el mundo “campesino”, en una misteriosa provincia situada entre los Alpes y el mar o en cualquier pequeña ciudad provinciana (como Cremona o Scandiano). Había hilo directo con Jerusalem. El capitalismo no había “cubierto” aún totalmente el mundo campesino del que extraía su moralismo y en el que, por lo demás, seguía basando sus chantajes: Dios, Patria, Familia. Estos chantajes eran posiblesporque correspondían, negativamente, en tanto que cinismo, a una realidad: la realidad del mundo religioso que había sobrevivido.

En la actualidad, el nuevo capitalismo no tiene ninguna necesidad de este tipo de chantaje, como no sea en sus márgenes o en los islotes supervivientes o en las costumbres (que se van perdiendo). Para el nuevo capitalismo es indiferente que se crea en Dios, en la Patria o en la Familia. De hecho ha creado su propio mito autónomo: el Bienestar. Y su tipo humano no es el hombre religioso o el hombre de bien, sino el consumidor que se siente feliz de serlo.

Cuando yo era niño, pues, la relación entre Capital y Religión (en los días navideños) era espantosa, pero real. Hoy en día, dicha relación ya no tiene razón de ser. Es un absurdo absoluto. Y es posible que sea este absurdo lo que me angustie y me obligue a huir (a países mahometanos) La Iglesia (cuando yo era niño, bajo el fascismo) estaba sometida al Capital: éste le utilizaba, y ella se había convertido en instrumento del poder. Había regalado a las grandes industrias un niño entre un asno y un buey. Además, ¿no desfilaba bajo las banderas de Mussolini, de Hitler, de Franco, de Salazar? Hoy en día, sin embargo, la Iglesia me parece, en cierto sentido, más sometida que antes al Capital. Antes, en realidad, la Iglesia se salvaba por ese poco de autenticidad que había en el mundo preindustrial y campesino (en ese poco de artesanía que permanecía en las viejas industrias); ahora, en cambio, no hay contrapartida. Ni siquiera puede decir que a su vez utilice al Capital: porque, de hecho, el Capital utiliza a la Iglesia únicamente por costumbre, para evitar guerras religiosas, por comodidad. La Iglesia ya no le sirve. Si ésta no existiese, aquel no la echaría de menos. Sin embargo, en casos por el estilo, la utilización debe ser recíproca para que sea útil a ambas partes. En este punto la Iglesia debería distinguir, por ello mismo, las fiestas propias (si, aunque sea anticuadamente, aún las tiene) de las del Consumo. Debería diferenciar, por decirlo pronto y bien, las hostias de los turrones. Este embrassons-nous entre Religión y Producción es terrible. Y, de hecho, lo que de aquí se deriva es intolerable a la vista y a los demás sentidos.

A decir verdad, es innegable, la Navidad es una antigua fiesta pagana (el nacimiento del sol) y como tal era originariamente alegre: es posible que esta alegría ancestral aún tenga necesidad de manifestarse, periódicamente, en un hombre que va a roturar el Sáhara con monstruos mecánicos. Pero en ese caso que la fiesta pagana se vuelva pagana: que la sustitución de la naturaleza natural por la naturaleza industrial sea completa, incluso en las fiestas. Y que la Iglesia se distancie de aquella. Ya no puede jugar a la rusticidad y a la ignorancia: no puede fingir que no sabe que la fiesta navideña no es ni más ni menos que una antigua fiesta celebrada in pagis (“en el campo”), pagana, y que la mezcolanza es arcaica y medieval. La tradición de los belenes y los árboles navideños ha de abolirla una Iglesia que de verdad quiera sobrevivir en el mundo moderno. Y no esto no lo saben sólo los curas excéntricos, progresistas y cultos.

Como fiesta pagana-neocapitalista, Navidad siempre será terrible. Es un ersatz (“sustituto”) –con week-end y solemnidades afines- de la guerra. En tales días brota una psicosis indefectiblemente bélica. La agresividad individual se multiplica. Aumenta vertiginosamente el número de muertos. Es una verdadera barbarie. Se dice: muchos Vietnam. Pero los muchos Vietnam ya están aquí. Ni más ni menos que en estas celebraciones festivas en que la fiesta es la interrupción del acostumbramiento al lucro, a la alienación, al código, a la falsa idea de sí: cosas todas que nacen del famoso trabajo que ha quedado reducido a lo que ensalzaban los carteles de los campos de concentración hitlerianos. De esta interrupción nace una libertad falsa en que estalla un primitivo instinto de afirmación. Y se afirma agresivamente, gracias a una feroz competencia, haciendo las cosas más mediocres de la manera más mediocre.

Sí, es espantoso el comentario que acabo de hacer de la Navidad. Y sin ninguna excepción que hacer. Ninguna bondad. Ninguna blandura. Las cosas son así. Es inútil ocultarlo, aunque sea un poco."





domingo, 12 de diciembre de 2010

La caída de los dioses



Hoy se me ha roto uno de mis dioses. No recuerdo si vino de Quíos, de Lesbos o de Éfeso. Pero seguro que de alguna lejana excavación. De momento he quebrado yo también un poco. Pasa cuando se daña o se pierde alguno de estos objetos que traen recuerdos y a los que has contemplado miles de veces. Había pensado en volver a unir los trozos. No es difícil. Mis amigos restauradores hacen virguerías con las causas antiguas. Quedaría impecable y es probable que incluso recuperase su tonalidad original, si accedo a que le quiten la pátina. Ahora que tengo la antigüedad en la mano pienso en lo frágiles que han acabado resultando los dioses. Un simple exvoto de barro me invita a pensar en su materia. ¿De verdad necesitaba el gesto de la rotura física de una representación para meditar sobre lo quebradizo de las teogonías? No, pero la comparación se prestaba a ello. Las roturas cotidianas tienen también su sentido y su don de la oportunidad. Cuando he tratado de casar los pedazos me ha asaltado una duda. ¿Y si en lugar de la imagen de un dios se tratase del retrato de un filósofo? No lo había pensado antes. Su rostro armonioso y mayestático me hizo creer siempre que era un dios. O yo quería que lo fuera. Pero ahora que lo veo tan bipolar y separado de sí mismo, en el fondo un don nadie entre mis dedos, me recuerda la efigie de un pensador cejijunto. Acaso la caída ha sido una señal para descubrir que lo que tenía en el anaquel de los libros no era tanto la exaltación del Olimpo como la confirmación del Lógos. No es trivial el tema. Levantar la indagación lógica frente al mundo de los mitos fue la segunda gran aportación de la cultura griega. Mientras que los mitos existían por doquier en todas las culturas, el pensamiento elaborado, sistemático y con efectos en la vida de los ciudadanos fue un producto griego, madurado y exportado por el helenismo a diestra y siniestra del mapa de su tiempo. ¡Un filósofo, nada menos! Tenía un filósofo en casa y yo sin enterarme. Muertos todos los dioses, hete aquí que tengo al menos el recuerdo gráfico de algún presocrático. Pero, ¿y si fuera el mismísimo Sócrates? ¿Acaso Platón? No quiero pensar ya en que se tratase del todopoderoso Aristóteles. Qué nervios. ¿Corro a reagrupar las piezas? No. No. Se va a quedar así la máscara. Aquellos filósofos también están muertos. De ellos queda el humo. Y un rastro de utilización maniquea por parte de nuevas religiones salvadoras que hasta el siglo dieciocho no recibieron la puntilla. Dios o filósofo, el relieve se va a quedar tirado en un cajón. Castigado.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Trágala perro



Cuenta Robert Burton en su introducción a la Memoria de la melancolía que decía el filósofo Demócrito: me río de las vanidades y rivalidades de este tiempo, de ver a los hombres tan carentes de cualquier acción virtuosa, que van a la caza del oro de de forma tan alocada, sin poner fin a sus ambiciones, que se esfuerzan tan infinitamente para una gloria breve, y para ser favorecidos por los hombres, de que hagan minas tan profundas en la tierra para buscar oro y muchas veces no encontrar nada, perdiendo sus vidas y fortunas. ¿No suena la reflexión a algo actual y aplicable en estos momentos?

Bien, se dirá: desde el principio de los tiempos los hombres han obrado bastante arteramente. Nada nuevo bajo el sol. Cierto. Y los hombres de gobierno además lo han hecho multiplicado por mil. Los hombres de gobierno han obrado con alevosía, cálculo y medios. Han puesto en marcha picardías, tretas, presiones, sobornos, pillerías, cohechos, falsas o verdaderas promesas, felonías, tortura, aniquilaciones. Todo para obtener información que les permitiera conseguir oscuros fines. Información obtenida no ya sin ética alguna, condenada ésta a las tinieblas exteriores desde lejanos tiempos, sino con desprecio, humillación y calumnia. Fines para cuyo logro no han reparado en dineros, influencias o perjuicio físico de personas y naciones.

Se sospechaba. Los historiadores, a través de análisis de la documentación de épocas pasadas, lo habían comprobado, pero apenas lo sabían ellos y no de manera fresca. Pero verlo en directo, y a disposición de toda la humanidad que quiera enterarse casi en lo que llaman ahora tiempo real, eso es lo novedoso. Y toda esa antigua práctica retorcida, sucia y maloliente es lo que está saliendo a relucir con la filtración por parte de Assange y Wikileaks de los cables entre embajadas de los Estados Unidos de América y sus gobiernos súbditos por todo el globo terráqueo.

El destape de la olla -cuánto olía a podrido en Dinamarca, eh, príncipe Hamlet, ¿verdad?- proporciona no tanto una serie de informaciones que para sus emisores y receptores ya están asimiladas hace tiempo, sino una muestra espléndida para la consideración cívica. Por ejemplo, hasta el más despreciado ciudadano puede preguntarse: ¿qué tipo de trileros están dirigiendo el planeta en todas las naciones, en todos los foros mundiales, en las grandes empresas y en los fondos financieros y monetarios que cortan el bacalao y la sardina? Todos estos personajes que extorsionan y se chantajean, que se compran y venden, que arriesgan las vidas de humanos y la estabilidad de los países para lograr sus proyectos hegemónicos y obtener más beneficios en sus contabilidades ¿son los que luego exigen esfuerzos, sacrificios y paciencia a los habitantes del planeta? ¿Ellos son los modelos de perfección? ¿Cómo podemos estar en manos de esa gente? Y, sin embargo, ahí siguen, y todos los días se levantan diciendo a la humanidad: trágala perro.

De momento, la cacería se ha iniciado y van a por el mensajero que ha traído y llevado las noticias de cuanto los hombres de gobierno han practicado nefastamente. Pienso entonces en los versos de César Vallejo y me estremezco, no sin ira:

Y si después de tantas palabras,
no sobrevive la palabra!
Si después de las alas de los pájaros,
no sobrevive el pájaro parado!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!



(Por supuesto, la ilustración es una litografía de Goya, de su serie Caprichos)

jueves, 9 de diciembre de 2010

Geometrías invariables, 8


porque esa diosa interior permanece inmanente, es la diosa a la que pertenece, y cuando se pertenece a una diosa es como si nunca hubiera dejado de amparar al hombre, ni el hombre de recurrir a su protección, y a la vez ese efluvio caluroso que está en el hombre le lleva a ser cuidadoso con ella, procura devolverle algo de lo que ha recibido de ella, él tiene claro que ella permanece en él y él se aferra aún a ella, no por una devoción ideológica, ni por proclama alguna que deba pronunciar ante los oídos de los demás, sino por una necesidad de supervivencia, y por instinto, y este término, instinto, que parece haberse desplazado del lenguaje de los hombres, pero que permanece en el ser de los hombres, lo reconozcan estos o no, deja de ser vergonzante para él, y él lo vindica, reclama la posesión del instinto, el desarrollo instintivo como una herramienta firme y segura de lo que otros llamaron sofisticadamente conciencia, solamente porque la especie humana tiene que arrogarse una superioridad sobre otras especies e imponer con el lenguaje los matices distintivos formales sobre otras parcelas de la vida, y es el instinto aquello que aquilata la verdad que cree poseer el hombre y lo que permite al hombre obrar con criterios generosos, y él quisiera devolver el ciento por uno a la diosa, porque nunca duda de que la lejana separación umbilical de ella fuera apenas un gesto, apenas un ajuste técnico, pero nunca físico, nunca duda de que el hecho de vivir él ya es la ejecución de los designios de la diosa, y de la misma manera que se siente agradecido por lo que le sujeta al origen se siente comprometido con su destino, porque la diosa tiene una larga mano, y es amplio su territorio y estricto su amor por quienes la reconocen, y las caras de la diosa se multiplican en la medida en que se hace fecunda, y se entrega y él aprende a hacerlo, vuelve a saber hacerlo aunque tropiece con los muros que presionan sobre su voluntad, y nadie puede negar a la diosa, nadie puede con el olvido ingrato destituirla de la presencia que garantiza el existir de los hombres, y el hombre sabe que la diosa urge de su instinto, porque la diosa es siempre imprescindible, y el hombre se sigue nutriendo con complacencia de ella, no todos los hombres saben hacerlo, ni todos respetan las leyes intrínsecas que la diosa impuso como condición para la continuidad, él si lo sabe, sabe invocar el principio, y aunque el presente le eche un pulso con suma dificultad para él, sabe también evocar el vínculo, el vínculo que nunca ha dejado de renacer




(Fotografía de una obra de Bill Viola)