lunes, 31 de octubre de 2016

Unas huellas 261 años después




Saliendo de Rua dos Bacalhoeiros hacia la de Alfândega te encuentras un espacio a modo de plaza que no es plaza, al menos no de momento. Es un solar amplio, frente a la Casa dos Bicos, con árboles centenarios, cuyo suelo se excava por un lado y se urbaniza por otro. Allí y un poco más adelante, todo son obras y ya se sabe que las obras en curso se hacen sobre otras obras que cumplieron su cometido. De las que no queda su sombra, o eso se pensaba. Pero a veces aparecen en una urbe antigua como ésta, y nos fascinan. Si se las respeta o se las ignora o se las desvía no lo sé con exactitud. No obstante, parece que hoy predomina el primer criterio y uno, que solo está de paso, desconoce el cómo y de qué manera. En esta parte fue el terremoto, dice entusiasmado el obrero que pone la valla. El mar llegó hasta aquí, lo tragó todo y ahora salen los restos de las calles y los muros de los edificios que quedaron destruidos. Habla como profesional al que emociona no solo el trabajo presente sino aquello que renace como huella. Al contar a su modo y manera se vincula con el pasado y sobre todo con los de su oficio del pasado. Por esta parte se ve la calzada por donde iban los carros de hace más de trescientos años. Se desplazaría el rey y la corte que hubiera entonces, pero seguro que también transitaban los arrieros, los porteadores esclavos, los comerciantes que irían a las oficinas del puerto a pagar los impuestos de lo que importaban o exportaban. El obrero pisa el suelo con delicadeza, no tanto porque le hayan dicho que tenga cuidado con los restos arqueológicos como porque comprende el valor natural de lo que hay allí. Si la tierra de por sí siempre es sagrada, me dice, aquella parte de la tierra transformada por el hombre lo es más. Me deja perplejo que lo tenga tan claro. Pienso entonces en una sacralidad añadida, que podríamos decir. Una sacralidad laica que es la que mejor reconoce el significado y el valor de la naturaleza que hemos heredado y de las ciudades que se han construido para facilitar la supervivencia. Ya ve, el agua llegó hasta aquí, repite para que me lo grabe en el recuerdo invisible. Cuando las tripas de la tierra o del mar crujen no se resisten las obras de los hombres, por muy grandes que sean. El hombre ajusta el cercado. Es la hora de acabar la jornada.




domingo, 30 de octubre de 2016

Miradouro de Santa Catarina




Una mujer mira el puente largo sobre el río que ya está a punto de ser mar. La luz se va cubriendo con lentitud de una neblina imperceptible, pero el horizonte se resiste a dejar de ser albo. Es pronto todavía para que se difumine la costa lejana, que se mantiene adornada por un collar de ámbar apenas mutable. La mujer absorbe y expulsa a la vez desde su piel todas las razas que alguna vez llegaron hasta aquí. Si se observa su tez puede nombrar un continente, acaso dos. Si se recorre su figura parece que hubiera nacido apenas nada. Si se dibuja su perfil resulta difícil distinguir qué hay de esclavo o qué de emancipado en sus rasgos estilizados. Se gira, exhibiendo un rostro sin heridas aún. Mantiene generosa mi mirada asombrada. Yo solo espero de un momento a otro un gesto de desdén. Pero su actitud me apacigua. A sus ojos se les ve cansados, señor, pero también en ellos se refleja la luz, llega a decirme. Aproveche lo que queda del día y mire hasta donde ya no haya qué mirar. Siento la bofetada de mi propio rubor. Luego ella se concentra de nuevo en la línea lejana, cada vez más velada. Y yo sueño.






viernes, 28 de octubre de 2016

Praça do Comércio




El hombre de la boina y el bastón no cesa en sus paseos diarios. Dice que aún siente un cosquilleo en la planta de los pies cada vez que sale a la calle. Que se trata de un extraño complejo que le invade desde que en la infancia le contaron de cierta devastación antigua de su ciudad. No le inhabilita en absoluto, ni le conduce a otras manías. Pero ni los años obligados en África, ni la bochornosa sumisión de los tiempos oscuros, ni los cambios traídos por la última oleada de modernidad han podido con su peculiar obsesión. En realidad, dice él, no es angustia, ni me produce inseguridad, sino que más bien es una especie de post sentimiento. ¿Post sentimiento?, le inquiero. Algo así, dice él, como si aquel acontecimiento funesto que causó tanto daño entre los habitantes y bienes de la ciudad permaneciera vivo en una subterránea instancia genética de mi memoria. Le escucho asombrado y trato de argumentar frente a su insólita fijación. Pero eso pasó hace mucho tiempo y han transcurrido demasiadas generaciones desde aquella catástrofe. Los que fueron marcados por aquella desgracia y sobrevivieron hace tiempo que dejaron de existir. Además, ahí lo tiene, hoy todo está nuevo, pujante, funciona como nunca, y usted mismo ha llegado por la bondad de su propia naturaleza a una edad avanzada. ¿Qué más puede pedir? El anciano sonríe con sarcasmo. ¿También usted va a decirme que todo está bien? No olvide aquel poema del filósofo francés:

Filósofos que, errados, gritáis: 'Todo está bien'
¡Acorred, contemplad estas horribles ruinas,
Esos infames restos, esas tristes cenizas,
Esas madres e hijos en confuso montón...!

Ah, pero sería un hombre falso, me dice, si los versos del poeta clarividente los citara solo para evocar circunstancias infames o devastadoras del pasado. Ha habido tantos pasados y tantos desastres. Hay tantos presentes y tantas calamidades...Me sorprende y consigue llevarme a su orilla. ¿Quiere decir que los versos de Voltaire, a quien tanto impresionó la destrucción de esta ciudad, siguen en vigor? ¿Que no son retórica ni plegaria sino una reflexión profunda sobre la pervivencia del infortunio y del mal? Hijo, me responde el hombre, la sensibilidad de la poesía es duradera. No por la poesía misma sino porque las desdichas que los hombres o la naturaleza causan siguen repitiéndose como en las épocas más lejanas. Ya dice en su poema el autor que ambos admiramos:

Todo, elementos, bestias, humanos, está en guerra.
El mal domina al mundo, hay que reconocerlo.
Su principio secreto no nos es conocido.

El anciano me deja la cita a modo de despedida. Luego prosigue su paseo mientras una humedad blanca impregna la plaza.





miércoles, 26 de octubre de 2016

Miradouro de Santa Luzia




Las buganvillas recubren la marquesina del mirador. Algunos visitantes apresurados se regatean por la primera fila, pero desaparecen enseguida. Dos mujeres jóvenes llegan riendo hasta la baranda azulejada. La más alta posa para la fotografía que le va a hacer su compañera. Una parra corona su cabeza mientras se apoya en una columna. Eso las divierte más y la que posa dice: eh, mira, soy Baco. Y eleva su cabeza para que las hojas se ajusten a sus sienes. Se vuelven hacia el horizonte, se abandonan a la expectación y al silencio. Miran los colores -blanco, almagre- del caserío que se precipita abigarrado y tranquilo, sin perder el equilibrio, hacia el estuario. La mujer de menor altura sujeta de la cintura a la otra. Un estremecimiento recóndito y prudente las recorre. Una propone: yo cierro los ojos, tú te fijas en una parte del paisaje, el río, por ejemplo, o las casas, o los barcos, o el lado de la iglesia, y a continuación me lo relatas con todo el detalle posible, para que yo lo vea. Luego yo hago lo mismo y tú tienes que ver, también a ciegas, según te lo voy contando. Hay emoción en los ojos de las mujeres. Tiemblan por el juego, también por el paisaje que van a ver y a imaginar. ¿Sabes que lo bello, si además es real, siempre deja pequeño a lo imaginario?, le pregunta la otra. Pero yo no lo voy a imaginar, tú me vas a guiar a través de lo que existe con tus palabras, le responde. Sus miradas están cargadas de un paisaje abierto. De un paisaje en dos direcciones. Con o sin las hojas de parra eres Baco, sí, dice con insinuante ternura la mujer más leve.



martes, 25 de octubre de 2016

Praça de São Paulo




Una mujer mira a un hombre a hurtadillas. Él la mira también pero ella no quiere obsequiarle más su mirada y le olvida. Él la observa, unas veces con descaro, otras con pudor. En una ocasión coincide la horizontalidad de los ojos de ambos. La línea que se dibuja entre uno y otro parece larga. La mujer se turba y ambos restañan con miradas líquidas sus tristezas. Ella, de pronto, le aparta, porque si por un instante más le retuviera lo recordaría. Y ella no quiere recordar. Recordar es más que un ejercicio de recuperación temporal. Es una condena. Se recuerda por frustración, porque se tuvo y se perdió. Se hace imaginación del recuerdo por lo que se pudo tener y no se tuvo. En cualquier caso, ese intercambio de una mesa a otra del bar resulta una curiosidad, activa un juego. Ninguno de los dos ignora que se trata de un recurso para sentirse vivos. Más pragmática, ella razona: si no retengo no llegaré a añorar. Gira la silla y deja de mirar hacia el hombre, al que regala su nuca distante. Él sorbe lentamente un café expreso, cuyo denso humear dilata el horizonte. Las volutas del café y las que caen del cabello sobre el cuello de la mujer se encuentran en un infinito improbable.





lunes, 24 de octubre de 2016

Sim e não




"traída a la luz
traída a la libertad de la luz
traída al asombro de la luz".

Sophia de Mello Breyner Andresen



Entre el sí y el no se encuentra la ciudad. En su medida y en su desmesura. Ni su proporción basta para explicarla ni su exceso la condena. Se mira, se pasea, te detienes. Subes y bajas por ella con una sola pregunta en los labios de tu afán: ¿dónde permanezco absorto hoy? O acaso una demanda más: ¿dónde me acomodo hoy? Acomodarse es armonizarse. Con el entorno, naturalmente, pero sobre todo contigo mismo. Lo demás sería un accesorio de palabras que jamás podrían sustituir a la imagen. Y sobre todo la propiedad sensorial que, a medida que andas, destaca dentro de ti. El no y el sí de la ciudad que visitas se encuentran bajo tus pies. ¿Seguirán mis pasos alguna linea de la antigua fractura?, te preguntas. El sí y el no de la ciudad que recorres sin urgencia flotan como una caricia alba. ¿Tendré suficiente mirada para tanta dilatación?, te dices. Su claridad abre los cuarterones de tu pensamiento. El sí y el no te elevan y te descienden, y las piedras ajustadas y diversas que pisas son una orfebrería bajo la que subyace un tejido más antiguo a través del cual medió el caos. ¿Alguien podría imaginar, al contemplar hoy la ciudad creciente de colinas y vaguadas, que apenas hace dos siglos y medio largos fue objeto de la calamidad? No tendrás palabras adecuadas para interpretar cuanto te acoge. Sí tendrás sensaciones profundas, algunas inexplicables, para la exultación que padeces. Querrás ser suelo herido. Desearás palparte cual humedad horizontal. Anhelarás saberte luz que se rescata a sí misma. Vayas al rincón que vayas, de lo alto o de lo bajo de la ciudad, también hallarás la desembocadura en la que te afirmes. 



sábado, 22 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 58




"Siente el larvado sinónimo
de lo que es y no es".

Max Maxius, Pseudoprophetica.



Desde el principio que no hubo no vivimos para reconocer nuestra condición, sino para fantasear y hacer ficción y perseguir ideales que hay en esa peligrosa propuesta, y ya se encargaron los magos de la tribu, los antiguos profetas, las sempiternas castas sacerdotales, los doctrinarios laicos y los publicistas actuales, nuevos depositarios de la revelación de la farsa, de que generáramos ídolos, cuyos rostros y envergaduras admiramos hoy, a muchos de ellos como meras representaciones, a otros como objeto de culto y delegación de su creencia, a otros tantos como símbolos que alteran realidades, y todos ellos adobados por el torpe sentido onírico que solemos los humanos desarrollar cuando estamos despiertos, no necesariamente con opios y mezcales diversos, sino con la palabra venenosa, la palabra que erosiona la conciencia de las realizaciones que los hombres deberíamos más bien labrar y fortalecer, pero nos cuesta renunciar a vivir para las obtusas y deleznables ideas de los caudillos y los clérigos de todos los colores, nos resistimos a generar márgenes donde recrear vidas no dirigidas, nos entregamos a derivas que se consolidan a la vez que nos vacían, nos damos a la ruleta de invenciones que no son las propias de lo que cada individuo podría recrear con brillantez, sino meras repeticiones de lo que los avispados de este mundo convierten en negocio y control, y es que la verdadera invención, su sentido exquisito y que abre perspectivas está eclipsado por la uniformidad de conductas, por actos sujetos, por dudas que se reprimen en lugar de fecundarlas para obtener un ciclo de claridad permanente, y en medio de todo ello se acusa la carencia de humor transversal, profundo, ético, pero reparador y también constructivo, y es por ello que viviendo sin distinguir las posibilidades y los límites de aquellas ficciones mediocres que nos tientan a cada instante, nos dejamos conducir a una confusión superior, y hallan de este modo vía libre los intereses más espurios, que siempre son destructivos, siempre son para beneficiar a un grupo pequeño del planeta a costa del esfuerzo de los seres del silencio y llegado el caso, más cotidiano y frecuente de lo que nos pensamos, del dolor y de la devastación.   

No sé si el tono profético de Max me tranquiliza o me asusta. Más.



(Fotografía de Jerry Uelsmann)


lunes, 17 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 57



  
"O Fortuna, 
velut Luna
statu variabilis, 
 semper crescis 
aut decrescis..."


Carl Orff, Carmina Burana.



El azar, esa constante única en cada naturaleza. Es único porque no se transfiere, no se repite a menudo bajo la misma forma u ocasión. El azar y tú van de la mano. El azar de otro puede inferir en ti, unas veces lateral, otras directamente. El azar del otro puede poner en jaque el tuyo, pero el tuyo decide. Sólo tú puedes valorar lo que ha significado en la condición y desarrollo de tu vida. El azar también tiene dos rostros, dos burlas, dos opciones, dos elecciones, dos límites. ¿Se puede soslayar el azar? Lo dudo, ahora bien, ¿cómo se conjura a favor de uno de sus lados de Jano invencible para que el otro lado afecte lo mínimo? Encuentro por un cajón una moneda antigua, toda achatada, donde se lee la inscripción Fortuna. Qué invocado era este concepto en el mundo clásico, principalmente en el romano. Los hombres habían inventado la diosa particular que propiciara suerte, logros, bienestar, riquezas. Pero los hombres sabían que sin la posesión pecuniaria, las otras, ya de por sí reducidas, poco proporcionaban. Así que, no obstante estar figurando inscrita e icónica la Fortuna en templos, tumbas, monumentos y lápidas viarias, los hombres la incorporaron al símbolo por excelencia del valor de cambio. Pusieron sus designios en el dinero y aún no los han retirado. ¿Creyeron alguna vez en Fortuna como diosa o como vehículo de compra y venta? Una vez más, los dioses son justificaciones estériles del verdadero poder que a veces conjura provisional y limitadamente el azar y el riesgo desventurado de nuestra especie. ¿La Fortuna y tú os acompañáis? Busca otro daimón que te haga afortunado pues, como bien dice un amigo, tal como vamos nos lo quitarán todo.




  

sábado, 15 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 56




"Es de noche: solo ahora despiertan todas las canciones de los amantes. 
Y mi alma es la canción de un amante".

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra.


Los amantes deambulan por los sueños. Se acercan, se miran, se rodean, se perdonan. En los sueños el amor es sobre todo tentativa y si cuaja se trata de un desafío cuya distancia no acaba de recorrerse. El amor onírico está cargado de tactos y de movimientos y de palabras que bullen inconexas, que se disuelven antes de que los cuerpos se congreguen. En ese mundo polimórfico que propicia el sueño no hay culpa ni compromiso indefinido ni mucho menos llanto. El amor de los sueños no va a ninguna parte, y en eso se parece al de la orilla consciente, y aunque ambos amores no se distinguen en algún tipo de inclemencia el del sueño hiere menos, o acaso se siente menos el dolor. No existe el amor frustrado, porque se entra y se sale del deseo con la habilidad que proporciona desdoblarse y ser incluso el que no se es. Los amantes se recuperan como tales allí donde no puede imponerse el desgaste de la vida ordinaria. El amor en el sueño goza de la sorpresa de los encuentros más insospechados y las traiciones se obvian simplemente porque se han desvalorizado. También hay algo de amor grupal en el amor que se sueña. Algo primitivo que descorre el velo de las pasiones y se hace cómplice. Algo que se ilumina desde la hoguera en el fondo de una cueva donde no se distingue quién es de quién porque nadie es de nadie. En el sueño el amante se une y se separa de la amante por un impulso más que por el deseo. En el sueño el deseo de los amantes tiene principio y se amplía y adquiere la forma de una luz que deslumbra para que no haya final. Y no hay final. En el sueño nada se ejecuta ni se consagra ni pone en peligro. Los amantes, en el sueño, extienden la palma de su mano, cierran los párpados, escuchan las dubitativas o eufóricas voces del otro, diluyen la desnudez en un ejercicio de fuga que prescinde del tiempo. Pon el oído a lo que hablan los amantes en el sueño. Lo que se dicen es silencio, del que no quieren despertar.




(Fotografía de Nadia Bedzhanova)


jueves, 13 de octubre de 2016

Morir por las ideas




Cómo siguen en vigor los juglares. ¿Quién les puede disputar su clarividencia y su desencanto? 




No voy a hablar de los que mueren por las ideas, o por sus fijaciones, o por sus fes, o por sus obsesiones maníacas. Solo recordar que muchos viven por sus ideas, ah pero no por las ideas puras, ni bondadosas, ni generosas, ni entregadas desinteresadamente. No, no creo que muchos vivan por ideas, sino por el chollo. No creo que haya nada sin interés en esta existencia. Siempre hay moneda de cambio o bien en dinero o bien en especie, y dentro de la especie está conseguir medios de poder, o un ascenso, o un puesto de trabajo, o simplemente el sentirte bien al hacer algo positivo por otro porque a cambio pues eso, te vas a sentir bien. Y hay unos otros que les hemos conocido de toda la vida que solo están para lograr más y más beneficios, usen a Dios o al Estado o a la Sociedad, conceptos unos fantásticos y otros relativos, pero que vienen de miedo para asegurar propiedades, ejercer influencias, ahondar en el control de los hombres. Lo malo es cuando progresan más en su línea de Gargantúas del poder y del dinero porque encima el fiasco de las supuestas izquierdas de este país se lo propicia. A este paso, ya no es solo que se adueñarán de todos, todavía más, sino que viejos tiempos estarán presentes con una imagen aparente pero con funciones de fondo como en el pasado. Sí, los cuadrilleros de la Santa Hermandad y la Santa Inquisición seguirán siendo formados de la mano de los que hablan de la otra vida y solo viven con ansia de ésta. Y seguimos llamando desde la Constitución de papel estado laico a lo que es, también, un fiasco.


http://politica.elpais.com/politica/2016/10/12/actualidad/1476270980_031399.html

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miércoles, 12 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 55




"...lo que hace que una narración sea buena no es la historia en sí misma,
 sino qué sigue a qué en una historia".

Joseph Brodsky, Marca de agua.


¿Te has dado cuenta de que nacemos de lo narrado?, dice Max desde su rincón en penumbra, mientras la lluvia arrecia fuera. Por más que hagamos el esfuerzo de recordar el origen, que no lo conseguimos nunca, en realidad imaginamos. Pero no imaginamos del vacío, sino desde aquello que nos han contado. ¿Y qué nos han contado? Retazos, cuya composición y color dependen de los intérpretes. Si me preguntaran cuál es el primer recuerdo que tengo diría que aquel que no me viene a través de la memoria sino por las sensaciones. Entonces, ¿será que lo que recordamos son las sensaciones? ¿Nos hacen antes que nada los sentidos reflejos? ¿Respondemos al instinto antes que a todo lo que va a venir detrás y que llaman cultura? La vida y sus episodios. Cuando empezamos a tener conciencia del recuerdo el instinto nos ha nutrido, los sentidos se han desarrollado, las emociones han ido ocupando espacios, los sentimientos van tomando carta de naturaleza menos natural. ¡Y todo eso es aprendizaje! No tengo recuerdo de la primera vez que estuve a punto de ahogarme en el riachuelo, pero me lo contaron tantas veces que me lo imagino aún. Incluso lo siento o me parece sentirlo. Todavía cuando aparece en mi mente el tema percibo la piel amoratada y la respiración dificultosa y me parece ver cómo acuden mis tías y me dan palmadas fuertes para que reaccione y siga viviendo. Un episodio relatado que se reconstruye en mi cerebro como si se tratara de la memoria. Algunos dicen que existe la memoria subconsciente, que hay un cierto tipo de memoria del instinto y que su valor se manifiesta en efectos de conducta o de gusto duraderos a lo largo de la vida. ¿Será esa la explicación de mi escasa propensión a meterme en el mar o bañarme en un río donde no veo ni toco el fondo? No te doy la lata con los recuerdos reales o imaginarios, dice Max; bastante paciencia tienes conmigo. Pero ¿no es curioso que iniciarnos en la vida sea ante todo un relato? El escribiente al uso, no sé si profético o no, que dijo una vez aquello de que en principio fue la palabra no andaba descaminado, aunque luego la idea se haya utilizado para objetivos esotéricos. Vivimos como narración. No es porque nos cuentan desde el principio infinidad de historias para entretenernos y recrear nuestro frágil y desocupado magín. Sino porque cuanto nos va aconteciendo en esos años de dominio del instinto se va convirtiendo en narración por sí mismo. Cuanto de niños fuimos haciendo los adultos se lo fueron contando unos a otros, y luego el anecdotario nos ha ido cayendo a nosotros a medida que íbamos entendiendo, según íbamos adquiriendo lo que llaman uso de razón y que a mí me parece un equívoco, porque vivimos rodeados de gente madura e incluso anciana con dudosa razón o con escaso ejercicio del razonamiento, y luego incorporábamos su versión a nuestras señas de identidad. Hasta tal punto que habrá muchas vivencias y actos de nuestra infancia que nos han llegado mezclados de verdad y de mentira. Si hubo ficción y engaño los hicimos nuestros y creímos que nos había sucedido. Así aconteció igualmente con las ideas absolutas que fueron incubando descaradamente en nuestra inconsciencia. ¿Ha habido mayor falta de respeto, mayor grado de criminalidad sobre las conciencias, que inventarse conceptos absolutos inexistentes, con nombres y con mitos y obligar al niño a creérselos? Convéncete. La verdad sabemos que no existe. Pero la mentira, con cualquiera de sus múltiples caretas, nos ha configurado de tal manera que, como dice un amigo, para no amargarnos y sobrevivir con dignidad solo nos queda el recurso del humor. A eso hay que llamarlo afrontar la vida. 


(Fotografía de Thomas Godd)


lunes, 10 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 54





"Nosotros, los salvados,
Siguen colgando los lazos hilados para nuestros cuellos".

Nelly Sachs, de El coro de los salvados.



Solo me considero a salvo en el sueño, no quiero decir estar tranquilo ni seguro ni feliz, porque no conozco ninguno de esos estados, sino que estoy a salvo allí dentro, como poco me encuentro físicamente a cubierto de los aconteceres de aquí fuera, que si en el sueño mi ciudad es víctima de devastadores o los perseguidores de la bondad humana tratan de obligarme de nuevo a tragar doctrina o perece alguien a quien mucho quise o no llego a tomar un tren que se aleja dejándome en el desamparo, un tren que llega y se va antes de que me dé tiempo a subir, cuyo destino no existe, pero que en sí mismo es como una fuga, y tampoco sabiendo de qué me fugo, en definitiva, imágenes fieles de mi propia vida, de lo vivido antes o después durante tantos años, donde las personas que he tratado se mantienen como si sus faces no hubieran cambiado, como si incluso no fueran ahora esqueletos en bastantes casos, siempre me queda el recurso del despertar, aunque sé de individuos que no quisieron despertar, porque querer no siempre es volitivo, no siempre es conciencia, hay individuos que hacen del querer y del poder algo más profundo, que igual les proporciona beneficios durante algunos años como les condena, y han llevado sus ansias a niveles más profundos de la conciencia, y entonces se les escapa la posibilidad de control, y perecen en el sueño, debe ser interesante creer que te vas a la cama para unas horas y que luego las horas son eternidad, porque quieras o no, en general del sueño de la noche se emerge, si bien hay despertares que aún arrastran la mano larga de lo soñado, no recuerdas apenas el episodio soñado, se trata de una especie de hálito que te envuelve, una costra que te sigue aislando durante unos minutos o incluso durante unas horas de otros seres, que si tienes que hacer necesitas que nadie interfiera en ti, y entonces te muestras huidizo o antipático o desinteresado, y repercute en las actividades pendientes, es una corriente que se instala en tu cerebro, como que una determinada clase de emoción te sujeta, si es de miedo te abruma, si es de deseo te agita, si es de angustia siento mi cuerpo trastornado, mi boca ensalivada, mis tripas revueltas, mis extremidades cansinas y agarrotadas, como si hubiera habido un derroche intenso de actividad neuronal que afectase a toda mi carne, y aquí me expreso a lo científico, sin serlo, porque tampoco me importa, si es una vez o una serie de veces dispersas en el tiempo no me importa, pero uno quiere expresarse como si fuera objeto de análisis de la ciencia, no por mi propio caso, sino porque cualquier hombre está sujeto a la intromisión de la ciencia, pero no es el caso, el caso es que uno se despierta algunas mañanas como si se estuviera haciendo, como si no procediera directamente del sueño, sino de un útero, y sintiera el dolor del desalojo, y si bien nos parece que el sueño ha quedado atrás lo que realmente hemos dejado atrás es esa salvación nocturna, y acaso me doy cuenta entonces de que la mano del sueño era mi origen, que sabiendo que salgo de él no quiere que me olvide, y me obliga a avanzar a través de la mañana sin dar pie con bolo.   




(Fotografía de Andrea Tomas Prato)


sábado, 8 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 53





"Qué hermoso era saber que estabas
ahí como un remanso".

Julio Cortázar, del poema Después de las fiestas.


Aunque son apenas las siete de la mañana y la mañana es fría me he acercado a casa de Max. No me sorprende que no esté. A veces le da por salir a pasear muy temprano por el campo. Así que me he dado la vuelta, ya volveré en otro momento. No he podido, no obstante, evitar acercarme a su mesa de trabajo y echar una ojeada indiscreta. No, no era mi intención espiar sus huellas, digamos. Pero mi curiosidad era incontenible, y he leído algunos apuntes manuales. 

Pone Críptico, sin más, y luego Y preservabas mis sueños. Y soñabas mis deseos. Y eras rumor en las noches de lluvia. Y aire que decantaba la calima. Y susurro en medio del silencio. (Aquí ha tachado y fuego entre mis rastrojos) Y eras la cerca que impedía la devastación. Y tus pies andaban mis pasos. Y tus manos hablaban: enseñaban a hablar a mis manos. (Aquí hay una frase que también hace referencia a sus manos pero las últimas palabras están encogidas, no las interpreto)  Y al agudo e inquieto despertar de la noche tu presencia salvaba. Y si acechaba tu ausencia, yo te recreaba. Y la realidad del largo día siempre era ficticia porque a la postre lo real resultaba ser el sueño. Donde hacías de mí uno. (Ahora pone algo así como Donde amagaban los otros, pero no estoy seguro, está muy desfigurada la letra) Tal vez un intento fallido. Tal vez una espera larga. Tal vez (Aquí se interrumpe)

Hum. ¿Qué invenciones se traerá Max entre manos, para no haber descansado esta noche?



(Fotografía de Donata Wenders)



jueves, 6 de octubre de 2016

Siguiendo las escrituras (y agudas ironías de calado) del escritor Miguel Sánchez-Ostiz




Entre los diversos blogs que sigo de modo alterno hay uno, el del escritor navarro Miguel Sánchez-Ostiz, que procuro saborear más que leer. Vivir de buena gana no es un blog específicamente literario, de esos que hacen críticas genéricas,  o sí lo es en el sentido en que vincula los acontecimientos que vivimos con su fino y agudo olfato de hombre de edad avanzada que ha visto cómo se repiten a lo largo de la historia los mismos tics de los españoles y, más allá de estos, de los humanos en general. Y lo relata como una miscelánea espontánea, de hombre que tiene criterio, experiencia y necesita soltar lo que lleva dentro antes de que la bilis que regula el cuerpo se convierta en bilis negra. Sin pretender ser un pseudo analista al estilo de tanto tertuliano sabelotodo de nuestros días o de los politólogos que presumen de una ciencia cuasi infusa (así nos va), sus percepciones las expresa siempre con clarividencia, con afán contundente, obviamente no exento de rudeza y alta dosis de amargura en ocasiones, por no decir desesperanza. Que la jerga muy al estilo de Pamplona lo suaviza y lo dota de una ironía sabia, no hay duda, se agradece, aunque el que no sea de su tierra no capte bien algunas expresiones. Leía yo sus últimos artículos y me sentía refrendado en mi inquietud y mis pensamientos sobre el país. ¡Si piensa como yo!, suelo decirme (debería más bien afirmar: si pienso como él) con la diferencia de que él sabe decirlo con precisión divertida y honda intención, y yo, si lo intentara, haría demagogia barata. Vean, pues, señoras y señores, una muestra, su último post.


https://vivirdebuenagana.wordpress.com/2016/10/05/que-hacer-para-variar/



martes, 4 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 52




"La grandeza en el hombre consiste en ser un puente y no una meta:
lo que se puede amar en el hombre es que sea un tránsito y un ocaso".

Friderich Nietzsche, Así habló Zaratustra.



Vivir sin que la nostalgia exprese frustración. Vivir renunciando a ídolos. Vivir en la presencia siempre latente de nosotros mismos. Vivir en la coincidencia con los otros hombres, aun admitiendo la contrapartida de la disidencia. Ser conscientes de la física que ampara la vida. La dinámica del mismo camino, que nos ha proporcionado encuentros y también diferencias. Admitir que por sí misma la dialéctica de nuestro continuo movimiento tendrá un fin. El que quiera fantasear, cual efecto placebo, con la posibilidad de lo imposible, vida después de la vida, por ejemplo, es cosa suya. Yo no animaré jamás a ese pensamiento obsoleto. Pues ya se sabe que quien vive de ello se despista de tomar la flor del día. Si fuéramos aún latinos diría que la auténtica religio, ya sea traducida como recuperación o como vínculo, debe ser con la naturaleza en todas sus dimensiones. Nosotros somos una de las formas que la naturaleza adquiere. Reencontrarnos siempre y vincularnos siempre a una esencia que se expresa cada día, cada instante. Con las voces interiores y los desgarros exteriores. Con las simpatías y con las defecciones. Con el gozo y con la caída. Con las dudas y con las certezas, siempre tan relativas. Aun sabiendo que a los humanos se nos brindan maneras de soslayar el conflicto y el desconsuelo, somos conscientes de que, en múltiples ocasiones y con diferente vigor, los hacemos crecer en lugar de conjurarlos. Hablar de hombres no es homogéneo, y mientras a unos la vida les proporciona una cierta clase de ausencia de riesgo, a otros el riesgo va más allá y se traduce en miserias encadenadas. Una condena: cuando el individuo relega el ejercicio del pensamiento y concede carta blanca a los farsantes la desgracia está servida. Lo peor es el desencuentro con uno mismo, sea como expresión individual o como reflejo colectivo. No hemos llegado hasta aquí para abandonarnos a ser mera materia bruta. Aunque los caminos del afinamiento han aportado mucho a la humanidad, la contingencia siempre nos acompaña. Las manos de la voluntad deben ser puentes, no obstáculos. 




(Fotografía de Vojtech V. Sláma)



domingo, 2 de octubre de 2016

Aquellos estos árboles, 51




Baile o fuga. O la danza de la huida. Muchas veces no sabemos por qué y para qué la interpretamos. Al fin y al cabo danzar es emprender una fuga, como lo es contar una historia o interpretar un papel o perseguir pensamientos. Se podría aseverar a su vez lo opuesto, que toda escapada tiene mucho de ritmo ejecutado. Delimitados por los claroscuros somos sombras huidizas. Perfiles imprecisos en los que no nos reconocemos. Y, sin embargo, en ocasiones hay que fugarse. Antes de que nuestra torpe figura se diluya en la oscuridad. Es demasiado pegajoso el suelo que pisamos y excesivamente denso el aire. Las otras manos ya no dan calor. Las costas del hombre le niegan las flores. Suenan tan perversos los cantos de las sirenas. Y además el oleaje carece de espuma. Y el corazón ya no escucha. Ah, si pudieras fugarte. Ah, si una noche de otoño un farero...



(Fotografía de Yuki Onodera)

jueves, 29 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 50




"Pero cuando Zaratustra estuvo sólo, habló así a su corazón: ¡Cómo es posible! 
¡Este viejo santo aún no ha oído nada en su bosque de que Dios ha muerto!".

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra.




Lo más dificultoso de haber nacido es acostumbrarte a los otros hombres, al principio piensas que es solo durante los años en que parece que estuvieras en desventaja, en que los mayores que tú, los muy adultos, los ancianos o simplemente los otros niños más espabilados que tú se imponen en algún grado determinado, y te marcan, cierto es que percibes de todos ellos un intercambio de toma y daca, recoges como referencias para ti elementos que te dan a conocer con su mera presencia, luego con sus actitudes pausadas, más tarde con palabras y reglas indescifrables pero que te repiten una y otra vez, pero a cambio van exigiéndote, despacio unas veces, imperceptiblemente en ocasiones, con cierto apremio también, y descubres pronto que ellos lo llaman consejo, a veces son sibilinos y lo nombran como opinión, pero es frecuente su intención de imponerlas, es obvio cómo quieren ir haciéndote uno de los suyos, porque tu libertad fue ese rato deslumbrante e indeciso en que te parieron y estabas en terreno de nadie, un tiempo veloz, corregido inmediatamente porque la biología de la especie dice que tiene que proteger al recién nacido, y tienes suerte, porque ya en tu tiempo sobrevivía la mayor parte de los nacidos, en tiempo de tus abuelos de una región u otra de la geografía no, aquellas familias abundantes en que las mujeres habían parido de forma multitudinaria, podría decirse, pero que en breve tiempo la enfermedad se cebaba en crías de hembras y de machos sin apenas tiempo de llorar ni de reír o, mejor dicho, inclinados a lo primero, a un lloro que se les llevaba de este mundo, porque morían a lloro partido, morían con el llanto de la inanición, el frío, el virus del que entonces no se hablaba, cualquier mal que pillara sin cuidados, porque era imposible prever todos los riesgos, y demasiado hacían las hembras paridoras, demasiados tragos y esfuerzos limitados, demasiado cansancio incluso que condicionaban su existencia, y tú tuviste suerte, era escaso el número de fallecidos de tu tiempo y ámbito al poco de llegar al planeta, así que ahora que lo piensas te da por discernir sobre el margen de libertad que fue la inconsciencia, una libertad ficticia también, si tu madre te hubiera dejado sin su entrega, si no se hubiera ocupado de ti con suma preocupación de que salieras adelante, ¿de qué libertad podría hablarse?, así que disciernes otro paso más y te das cuenta que no se puede pedir lo que la condición humana no puede dar, que perseguir la libertad es un deseo tan insatisfecho como otro cualquiera de los sentidos, y como cualquier otro que late dentro de ti, conocer algo más, por ejemplo, tener placer sexual indefinidamente, por ejemplo, gozar y recrearte en las descripciones que te parecen que llegan a ti y las denominas bellas, y retomas el principio, vuelves a enarbolar lo más biológico, la protección de tu mente frente a un mundo hostil donde cada día te cuesta más soportar a los otros hombres, donde te abruman las obras de los otros hombres, donde defiendes el no siempre claro ejercitar de tu pensamiento, teniendo claro que el combate con las ideas está primero dentro de ti, porque los otros hombres que moran en ti son trasunto de los ajenos, pero también los has hecho parte de ti mismo y gimes y jadeas por el esfuerzo de mantener una línea de pensamiento que no se enturbie del todo, y te dolería tanto tener que decir un día, remedando al filósofo, el pensamiento ha muerto...

  


(Fotografía de René Groebli)



martes, 27 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 49




Yo me harté ya, me escupe Max. Tal vez a aquella generación finisecular les doliera el ente que creyeron que les acogía y que consideraban, con rabia pero con afecto, que les había traicionado. Pero aún lo consideraban propio. Nosotros nos hemos engañado durante décadas. Silabea si quieres la forma compuesta con participio y todo. En-ga-ña-do. Y hemos visto caer a mucha gente autoengañada. Engañado porque pensamos alguna vez que el ente era de todos, aunque algunos lo había usurpado de modo circunstancial y harto miserablemente. Ahora me doy cuenta de que no. Que ese territorio de cuyo nombre es mejor no acordarse sigue siendo de los mismos, que solo es de ellos, que siempre fue de ellos, que el derecho de propiedad que una vez se arrogaron los respalda con el apoyo de los incautos y la colaboración de los torpes. No ha lugar ya, por lo tanto, ni a que nos duela. Quiero dejar de sentir dolor por aquello que constantemente me produce insatisfacción. El mal no se merece saber que está para padecerlo. Vivamos, pues, en los márgenes. Sin dolor. Si nos dejan.



(Yo le entiendo. Y me encuentro con este soberbio comentario hoy en El  País:
http://economia.elpais.com/economia/2016/09/26/actualidad/1474885393_778813.html )




lunes, 26 de septiembre de 2016

Recuperación



Mi amigo A.L. ha recuperado recientemente el pulso de su Chitón. Ni me lo ha pedido ni sabe que lo estoy contando, pero me apetece colgar aquí el recordatorio de su pequeño río de relatos. Aunque él se enfurruñe por mi travesura.



viernes, 23 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 48





"Soy tan solo uno de los epígonos
que habitan la casa antigua del lenguaje",

Karl Kraus, poema Confesión.


Algunos dirán: primero fue el lenguaje y después vosotros, o bien: antes de que nacieras ya existía el habla, o bien: aprendiste aquello que a tus padres ya les había sido dado antes, y tú te dirás, entonces ¿yo que fui? ¿un erial, un barbecho, un solar abandonado a su suerte, un territorio que los que me trajeron y los que trajeron a los que me trajeron fueron ocupando y me lo regatearon antes de estar seguros de si debía habitarlo?, y entonces recuerdas, razonas la memoria, intuyes lo que nadie te contó, y caes en que te enseñaron las palabras, y antes las sílabas que forman las palabras, y antes la intención con que debías pronunciar las palabras, y durante la eternidad que te parece estar durando tu vida, incluso cuando ya creías que controlabas una parte del lenguaje que empleas, cuando piensas que hablas con propiedad o te manifiestas cauteloso, o bien cuando te exhibes jocoso para hacer más liviano el tema que se trata, porque mira que hay asuntos cuya complejidad no cesa, cuyo desarrollo no solo parece no tener fin sino que se embrolla, cuyo desenlace se aborta y tienes la sensación de ahogarte con las palabras mismas que habías practicado, y se vuelven contra ti mismo, porque las palabras son bumerán, y unas veces vuelven a ti para que las retomes y decidas si vuelves a ponerlas en circulación, otras veces se estrellan contra tu propio raciocinio y lo bloquean y las palabras, como el vidrio, también se rompen, y su uso pernicioso o inadecuado las enturbia, y de nuevo cuando ya te pensabas que la edad había curado los defectos de origen o corregido los vicios de crecimiento ves que en realidad siguen repitiéndose la campa vana, la tierra baldía, y te parece divertido y a la vez confuso, y te interrogas nuevamente, inseguro y ridículo, ¿tendré que volver a balbucear? ¿tendré que perfilar el silabario? ¿tendré que redactar los primeros pasos de una escritura? y el problema es que aunque intentaras retomar aquella iniciación no serías capaz de dotarla de los contenidos con los que tus progenitores y los progenitores de tus progenitores inculcaron con cada sílaba, tono, énfasis, conjugación y al que vagamente llaman algunos ideario, que es algo así como una carbonería desde donde en su momento fueron echando dentro de ti paladas de oval, de antracita, de vegetal, y aquel carbón que entraba en tu fragua siendo negro ellos te la pintaban en blanco, y aun cuando te manchaba te explicaban que era limpio, y aquel horno donde ibas a ir haciéndote fue configurándose, con ayuda de las palabras y de los gestos, de los premios y de los  castigos, de las promesas y de las amenazas, de las caricias y de las obligaciones, y ahora que sabes que tu triunfo es saber, saber con plenitud y explicación, que nada fue claro, nada hubo auténtico, nada era tuyo, te sientes deudor de las primeras palabras a las que quieres vaciar de su negritud.



(Fotografía de René Jacques)



martes, 20 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 47




La niña de seis meses en brazos de su madre tomó con su manita el dedo que le ofrecí. Formó un puño sólido alrededor, lo sujetó con fuerza y se deshizo en sonrisas. Fue un instante de gesto divertido y para ella sobre todo un juego. Pero, afortunadamente, lo lúdico afirma en esa edad al ser que se lleva dentro. Un ejercicio hábil, uno de los que permite a los niños ir avanzando en aprendizaje. El diestro y el emocional. El comunicativo y el que va distinguiendo territorios. La madre se deshacía en cumplidos a dos bandas. Pero aquel gesto cálido de apropiarse fugazmente de mi dedo a mí me llenó de vida. Bendito tacto firme el de la pequeña María. 



(Dibujo de Käthe Kollwiz)


domingo, 18 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 46





"El paraíso se alcanza con el tacto, puesto que en el tacto residen el amor y la inteligencia."

Hellen Keller, El mundo en el que vivo.



¿Has pensado alguna vez en la dualidad que posee una mano?, y es que como sucede con todo lo dual nos fiamos solo de lo más aparente, de la primera impresión, de lo que salta a los ojos como función exterior, y así vemos que una mano gesticula por sí misma, o apoya una representación más amplia del cuerpo de quien habla, y al actuar potencia las palabras, aumenta el énfasis expresivo con que se pronuncian, refuerzan la capacidad de convencimiento que pretende la perorata del otro, eso vemos de las manos cuando ejercitan signos espontáneos, multiplicando las posibilidades del lenguaje oral, ampliándolo y haciendo de su extensión un cuerpo políglota en el hombre o en la mujer que como reflejo utilizan sus manos en un diálogo común, pues otra cosa es el movimiento de arquetipo de las manos en actos litúrgicos, tales aquellos de los clérigos aburridos a los que se les ve venir antes incluso de abrir la boca y alzar sus brazos, o las mangas arremangadas para la ocasión de los candidatos electorales, los cuales con sus movimientos estereotipados no aportan nada nuevo a lo que ya no resulta creíble de su discurso fonético con las falsas promesas de siempre, o los hinchas de las gradas que, aun siendo de eso que llaman pueblo llano actúan como energúmenos de pacotilla, accionando brazos y moviendo dedos en combinaciones repetitivas, y en esas posiciones de los dedos y el brazo en ángulo que remiten contra el césped el mensaje obsceno no es sino la dejación de la estética, su desagradable actitud a través de la que canalizan agresividades que están en sus vísceras y en su cerebro y en su vida cotidiana nada calma, supongo, eso es lo que vemos exteriormente que parece limitar el valor de las manos, y por supuesto que hay otra lectura superior y generalizada sobre el poder de las manos, el manejo de la máquina, la realización de una obra artesana, el uso de alta tecnología, la transformación ejecutora de la albañilería, en fin, todo aquello que tradicionalmente se ha confiado a las manos, pero las manos llegan más lejos, las manos ya no son gesto o fuerza o habilidad rudimentaria, sino que se convierten en un salto de sí mismas, son ante todo tacto, un pianista, por ejemplo, ¿gesticula o acaricia?, un escultor, ¿se limita a golpear el cincel o acaso no confía el avance de su trabajo al paso de su mano por la talla?, y el tacto se convierte así en la función íntima de las manos, el tacto es el significado de las manos, ese alma de las manos no siempre es visual, casi siempre más bien recóndito, su silencio es lo profundo en su desnudez, porque en su silente movimiento debe percibir del entorno, debe dar y debe recoger, tiene que transmitir idiomas más profundos de la esencia emotiva, y en el tacto de las manos una mujer o un hombre delegan sus saberes afectivos, con el tacto ven y oyen y degustan aproximaciones, frotar una planta de lavanda, rozar una flor fractal, deslizar los dedos por una copa de cristal, palpar a palma abierta un melocotón, masajear el exterior de un libro, tocar con suma lentitud el barro cocido de una vasija, recorrer estremecido la piel de otra persona, todo ello ¿no se desdobla a su vez en percepciones, gustos, recuerdos, placeres?, ¿no es acaso que se abren los descubrimientos o se afirma cuanto anteriormente se había aprendido?,  ¿no nos interpreta a nosotros mismos?, y de ese modo el tacto, rey en la sombra, avanza garantizando conocimiento, impulsando emociones, propiciando disfrutes, aliviando penas, traduciendo todos los demás sentidos, que estarían cojos sin la afinada comprobación con que nuestros dedos acarician.




(Fotografía de Boris Ignatovich)


viernes, 16 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 45





"Hubiese sido posible, tal vez, otra historia. De haber ahogado las voces y, en su lugar,
haber impuesto el gozo. Pero no fue así".

Chantal Maillard, La mujer de pie.


Tuve el mismo pensamiento que la poeta, incluso diría que en repetidas ocasiones se ha repetido en mí la misma sensación, viene a contarme Max, y es que cuando uno atraviesa etapas de la vida de las que está disconforme, que no le satisface casi nada de lo que hace, piensa de manera equívoca que de haber tomado otro camino, de haber seguido algunas recomendaciones, de haber dado un paso oportuno en el límite en lugar de quedarse uno parado o simplemente dudando, podría haber obtenido al menos una parcela de la tierra prometida, pero ese tipo de idea, tentadora y asaz engañosa, solo se suele tener cuando algo no va bien y no deja de ir mal, aunque es cierto que no hay situaciones que se inclinen perpetuamente de un lado u otro, de la satisfacción o de la carencia, de la risa o del llanto, del clamor o del silencio, también es evidente que su duración puede ser larga, y eso no es bueno porque si se piensa bien al acostumbrarse uno a la normalidad que nos parece segura y que nos da con generosidad se está enrocando en creer que el mundo o al menos su vida siempre va a ser así, y el día que deja de ser como uno consideraba que iba a ser para casi la eternidad el hombre no sabe reaccionar con suficiente paciencia y cae en un desánimo para el que no se había preparado antes, y de la misma manera hay personas para las que los ciclos duros parece que no cesan nunca y viven en un constante deterioro, a veces fatídico, he visto individuos perecer por no remontar sus circunstancias negativas, individuos que no han podido separar sus posibilidades de las circunstancias que les atenazaban dolorosamente, y entonces cuanto les rodea les va cercando y suplanta su mente, toma como rehén las ilusiones y no digamos cómo merma su capacidad de pensamiento, sus márgenes de discernimiento, su capacidad de reacción, no saben decir basta y solo un destello al borde de la desgracia final puede salvar a algunos, porque aún mantenían una brizna de fe en el resquicio luminoso que sin duda se cuela en la vida de todos los hombres, y eso depende de que se quiera ver, de admitir siquiera un leve panorama desde donde se puede rehacer la vida, es por todo esto que uno observa por lo que deduce que no conviene renegar en exceso de lo que se tiene o hemos tenido, no hablo de resignación ni de una conformidad malsana, que la hay, aquella en que uno vende su dignidad a cambio de pertenecer a otro, hablo de disponer de lo que aún tenemos para hallar sendas prudentes que aún nos proporcionarán satisfacciones placenteras y beneficios saludables, y en mis palabras se escucharán ecos optimistas, pero solo hablo de situar al ser que llevamos a cuestas, o que nos lleva a nosotros, y tomar una dirección a tiempo cuando las cosas no marchan, y no me da gusto parecer un moralista, ni un clérigo, ni mucho menos un consejero de autoayuda, que viene a ser lo mismo, pero eso ya depende de que el otro que me oye me quiera entender. 




(Fotografía de Michael Wolf)


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 44




En amaneceres como el de hoy, nubosos, oscuros, desafiamos los aguaceros exteriores. O más bien, nos desinteresamos. Aun aparentando seguir las reglas y cumplir con los compromisos, el cuerpo nos pide encastillarnos. Lo poco que nos queda a algunos por defender es la calma, mejor dicho, el derecho a la calma (la que apenas hemos tenido) Nos desvestimos, nos echamos sobre espacios donde menos se hieran los sentidos. Ahora solo intentamos percibir voces interiores que se distancien de las guturales. Tampoco queremos el runruneo de la memoria, ni la agitación de la conciencia. En esa calma anhelada perseguimos voces no escuchadas anteriormente, como si procedieran de una dimensión donde no habitaran ni el pensamiento, ni la culpa, ni las exigencias, ni los cantos de la euforia, ni los inarmónicos lamentos. Donde nada fuera animal y menos humano. Estamos acostados borrando perfiles y convirtiendo en única nuestra desnudez. Nada nos perturba, no hay frontera entre la carne al aire y la mente que se aleja de cuanto nos ha mantenido ocupados. Solo la desnudez, desprovista de los significados habituales, es la conquista del hombre que no se inquieta por la oscuridad ni se entusiasma por la luz. Lo objetivo se ha convertido entonces en una ficción más, porque no te interesa en absoluto que las cosas existan por sí mismas, porque no te atrae saber cómo interviene lo ajeno sobre ti. Días como éste en que lo sensorial se diluye, sin alarmarte por contener ningún negro temor de que no sepas más de ti mismo.    




(Pintura de Akseli Gallen-Kallela)


lunes, 12 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 43





"Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, 
y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, 
se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, 
sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío".



Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Primera parte, Capítulo XI. 



Antigua es la creencia ilusa entre los hombres, dice Max, y hay como un a modo de tradición de anhelar tiempos mejores que nunca existieron, lo cual deja claro lo incómodos que se sienten los hombres con el presente y lo inseguro que les resulta disponer de un futuro, y así añoran incluso lo que no han tenido, y así se recrean hasta en lo que no fue tan bueno pero que con la distancia del tiempo consideran que no fue tan malo, siquiera porque al recordar piensan en la juventud que tuvieron, en las posibilidades con las que soñaron, en la fantasía de continuar siempre briosos como si la potencia de los primeros años se mantuviera dinámica y apenas gravara, y es frecuente escuchar si yo pudiera volver a mis años jóvenes, si pudiera retomar lo que no supe entonces coger con acierto y decisión, y hay otros que aun mirándose al espejo con su rostro arrugado y grave no ven que su cerebro haya envejecido, aunque lo ha hecho, porque eligen la parte de su mente que les proporciona deseos y ensoñaciones, y viven cada día dejándose acompañar por innumerables guiños para si mismos solamente, guiños que en ocasiones vemos los demás, y los vemos y no debemos reírnos, porque aparentan fuerza impetuosa unas veces, otras solo son signos patéticos de los límites y las impotencias, y a medida que los hombres van alejándose de la vida, porque hacerse viejo es ir abandonando las posibilidades que se nos habían brindado anteriormente bien por la resistencia o por la perseverancia ante los elementos que vapulean, y ese ir despojándonos de las contingencias positivas no es otra cosa sino la riqueza de la existencia, el sustrato labrado por nosotros mismos, con el que no nacimos, aunque algunos ya fueran de nacimiento más marcados que otros por el favor o por la desgracia, y de ahí esta obsesión humana por trocar en mito lo que se ha tenido y se ha extraviado,  esa manía por disfrazar lo que no se tiene solamente con anhelos, ese recurso a un mundo de ficción que va trasladándose como costumbre en el cerebro defensivo de los hombres, que sirve para eludir la realidad y conduce a desdichas igualmente si no se distingue la realidad al no saber controlarlo, porque en el magma que sigue activo dentro del hombre hay una pelea permanente entre él mismo y los demás, entre el reflejo de un mundo que tiene que compartir y sus ansias de poseer ingenuamente todo, y esa lucha hacia afuera lo es también dentro del hombre mismo, y no hay nada tan peligroso como el hombre incauto, cuyo rostro y comportamientos risueños ocultan su carácter ominoso, dispuesto a ser él a costa de los demás, y cuando ese fuego ladino se extiende a otros hombres y se hacen compinches, montando su realidad por encima de la de todos, los riesgos crecen y el panorama de la confrontación y el dolor crecen, y es dramática la historia de los hombres, porque todos se reconocen tan próximos y semejantes desde un ángulo de sí mismos y sin embargo son capaces de alzar muros y alambradas y desiertos para entorpecerse y ser todos ellos, a la postre, infelices.




(Fotografía de Michael Wolf)


domingo, 11 de septiembre de 2016

Molan, ¿eh?, molan, aunque...




Observen, observen con detalle cómo han atrapado y atrapan los nacionalismos, hijos de la civilización cristiana y occidental. Hay que ver cómo han molado y aún molan. El medio siempre fue y es el mensaje. Y el humor hace en ciertos casos de vaselina. Se adora la invención. Se vive, se malvive y se muere por la ficción. Se estructura un mundo de pseudopensamiento (más bien de carencia de un pensamiento racional y lógico) en base a lo imaginario y a lo no fundamentado y menos a lo comprobado. Aunque acaso el presente, gracias a la ciencia y a los que han investigado, cada vez se distancie más del oscurantismo. Mientras, algunos, la minoría de siempre haciendo el agosto de los capitales. Con tirios y troyanos. En el principio, dijeron, fue la palabra. Sabían lo que decían. El discurso impuesto. El control social. Así se inventaron los monoteísmos y se justificaron los gobiernos del planeta. Así transcurre aún la dudosa gloria del mundo. Hoy es once de septiembre, mañana doce, pasado trece. Fechas ordinarias, ninguna es sagrada. Solo debería ser sagrada la vida de la gente común. Su reconocimiento. La satisfacción de sus necesidades. No quiero ver jamás correr la sangre, ni la de los inocentes ni la de los necios. Ya está desperdiciándose demasiada por tantos países. Más nos valiera a todos razonar. Y entendernos. El poder de los lenguajes imaginarios ¿debe seguir imponiéndose al Lógos?




miércoles, 7 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 42





"El deseo nunca cumple sus promesas".

Arthur Schopenhauer.



No podría traicionarse a sí mismo, no podría abandonar al hombre, ¿qué sería del estímulo, qué del incentivo, qué de la ilusión?, porque ¿acaso podría avanzar la especie o, mejor, el género, si de pronto se hubiera tocado altura o llegado a los confines de los territorios?, pero ¿y si no avanzara nada?, ¿si todo no fuera sino parte de las fuerzas internas del planeta y de los planetas entre los planetas?, ¿no es mejor imaginarlo como materia que nunca es controlada, que nunca cuaja como nos gustaría imponer, que se nos escabulle de las manos?, ¿y si hasta el deseo no tuviera otra composición que la misma que ha engendrado toda la materia, diversa, compleja, incluso la que aún no está explicada?, ¿y si el revoltijo de sustancias, en continua formación y disolución, hubieran creado en su lento devenir el deseo mismo por el que los hombres se valoran y aspiran a más?, ¿y si fueran más sabios aquellos que eligen disfrutar del deseo por el deseo, porque intuyen que un logro de algo significa también el fin, al menos de ese algo, a veces del todo?, y es que cuántos hombres vemos cada día frustrados por no haber alcanzado lo que ilusamente anhelaban, cuántos hombres no han sabido disfrutar día tras día de vivir conforme les gustaría en lugar de tratar de aquilatar una forma de vida que una vez que la consiguen les traiciona, es cierto que vivir en el simple deseo no equilibra, no pone a un hombre a la altura de otros hombres, ¿pero eso es lo que hay que pretender?, ser hombre a la manera de otros hombres ¿no implica no querer ser como te apetecería?, y ¿no es una trampa traicionar tus apetencias para caer en el realismo que deja a los hombres sin ser hombres para convertirlos en masa burda?, y si hay que elegir, que a veces no se sabe, que a veces no se consigue, ¿no es preferible tu materia vívida, ígnea, maravillada que solo sabe de corrientes de expectativas en lugar de venderse a ese ente anulador y desconocido del modelo dominante de ser?   

En ocasiones los discursos de Max me parecen antiguos, demasiado antiguos, ¿o no lo son?



(Fotografía de Michael Wolf)


lunes, 5 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 41





"Entre la épica y la lírica, o encerrados en una de las dos, 
más les valdría a los humanos ser conscientes de que viven 
con su insignificancia a cuestas".


(Max, de su relato inédito Los ilusos)



Cuando el hombre se cansa desearía tornar en místico, aunque no sea su condición natural, pues en él está más bien el apetito de golpear, de imponerse, de llegar un paso más adelante de otro hombre, aunque no esté claro para qué llegar y a dónde, pero está en él lo que le inculcaron como sana competitividad, aunque ni en el juego resulte saludable aquello que causa si no estragos en otro hombre, que también, sí una desconsideración, pues te enseñan a incentivarte, dicen, te dijeron, pero cuando el incentivo es apostar y echar pulsos con otros donde no se ponen límites a los medios, donde no importa cuánto daño causes a la otra carne que también siente y que parece vecina pero es ajena, y si te das cuenta de lo turbio que es lo que denominan motor de vida pero que no es otra cosa sino justificación de lo que no son sino interesadas reglas de juego de una determinada manera de entender la humanidad, pero no entenderla para explicarla, sino para sacar provecho, entonces aquella fe inicial en ti mismo se resquebraja, porque no te causa satisfacción ser a cuenta de desplazar a otros, no te deja a gusto vivir ignorando a otros, y puedes intuir que acaso los otros si pudieran estarían tentados a tomar el relevo de la parte que aborreces de ti mismo e imponerse a ti, podrían cambiar las tornas porque los modelos se atraen y se rechazan como una enfermedad latente, está tan arraigada la maldita competencia a cualquier precio entre los humanos que solo siente lástima el que está cansado, sea cual sea su posición, y no precisamente el más miserable o desarraigado o fuera de juego es el más generoso ni siquiera comprensivo, más bien le atrapa el ansia de tomar la revancha, para ser lo contrario, para ejecutar la maldad o colaborar con ella, aunque nadie lo reconozca, nadie admite el mal que causa o ayuda a causar, en ninguna de las ubicaciones sociales que la vida haya designado a los seres humanos hay garantía de comprensión, unos porque no quieren ceder y otros porque anhelan poseer lo que acontece es el enfrentamiento, larvado casi siempre, y eso se traduce en pequeñas actitudes cotidianas, a veces solamente la fecunda envidia, en ocasiones la gratuita maledicencia, en momentos extremos el choque, y su consecuencia, la persecución, y hay que ver cómo ciertas ideologías de toda la vida, aunque su tiempo no sea tampoco desmesurado, han incubado el sentido de la lucha feroz entre individuos, cómo la han propiciado, cómo la han justificado con una carencia absoluta de vergüenza, cuando no la han impuesto por obligación y la han consagrado incluso, inventando todo un panteón de espectros cuya sola mención crítica puede causarte riesgo, acaso es el cansancio la luz que no has tenido, te dices a ti mismo, acaso es esa impresión de vencimiento, corrosiva, obsesa, la que te aporta una mirada que no será nunca mística, pero te apartará también del terrible y maldito deseo de la venganza.




(Fotografías de Michael Wolf)


domingo, 4 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 40




Max abre la puerta y se va. Sólo dice: Vencido.

(Un participio que pensé que nunca llegaría a conjugar)




viernes, 2 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 39





"Déjame así, con esta carne oscura,
como un árbol, de pronto, que no crece
porque ha sentido al mar. Ya no pregunto:
brama tu palpitar sobre mi frente".


José Luis Hidalgo, de Los muertos.



A veces esa percepción infundada de que todo se detiene dentro de uno mismo. Fantasía de que lo demás no está ya o al menos no para nosotros. Diversos nombres, sorteando matices. Reunión o dispersión. Parada. Quietud. Ausencia. Carencia. Olvido. Caída. Soledad. Desaparición. Muerte. Basta un retorcijón de tripas pasajero o un tirón muscular inocuo o una cefalea veloz o un leve cosquilleo para situarnos de nuevo en la conciencia del propio movimiento vital. La insólita sensación de nuestro vacío quiebra. Respiramos profundamente. Aletea una sonrisa de labios para adentro. No era para tanto, pensamos. Fue para tanto, y ya no podremos pensarlo, será la otra opción de la que alguna vez no seremos testigos sino víctimas.




(Fotografía de Duane Michals)


martes, 30 de agosto de 2016

Aquellos estos árboles, 38





"Yo sólo escribo para mi sombra, para esa sombra que la lamparilla proyecta sobre la pared,
 y a ella es a quien debo darme a conocer".

Sadeq Hedayat, El búho ciego.



Siempre me pareció extremadamente vanidoso, e incluso bastante estéril, escribir sobre las luces de uno mismo, dice Max, primero porque nunca queda claro ante nosotros mismos si tenemos suficiente capacidad de ver, y luego porque nunca sabemos si vemos para nosotros o si lo hacemos para los demás, si la luz destella en lo recóndito de nuestro cuerpo o la prendemos para que los demás se queden a gusto, para condescender con ellos, para que nos acepten, para darles la razón aunque no entendamos su razón, que con frecuencia suele ser maniquea y poco sólida, y nos apremia ese temor a quedarnos al margen si no aceptamos la consideración general, la legislada y la que funciona por inercia, la que va y la que viene por oleadas de costumbres y modas, porque así funciona la sociedad, exigiendo consenso a cualquier precio, obligando a cesiones que nos hipotecan, imponiendo pautas y normas que no son válidas para todos, pero que a todos nos constriñen, instándonos a que ratifiquemos incluso lo que aún no hemos comprobado que debamos aceptar, y todo ese barro con que nos moldean desde el principio creemos que nos va haciendo y así ocurre realmente, pero pronto nos damos cuenta que su calidad no es la materia que debe dar respuesta sincera a nuestros impulsos profundos, nos van haciendo con lo que no somos y nos hacen creer que eso es lo que somos realmente, pero la verdad no la vemos, o la empezamos a distinguir cuando nos desasosiega ese encofrado que disponen  en cualquier fase de nuestra vida, adecuado para cualquier edad, de tal manera que lo que parece que es solo un armazón en la infancia para hacernos crecer con seguridad y ayudarnos a encontrar el sentido de haber venido al mundo, también lo es en la juventud y más tarde en la vida plenamente adulta, e incluso cuando empezamos a estar de vuelta de los ciclos que algunos llaman productivos, cuando el cuerpo pierde vitalidad y el pensamiento y las ideas ya no son tomadas con suficiente consideración por los demás, incluso entonces quieren que funcionemos con clisés, y no me cabe duda que les preocupa también que la edad del viejo se les pueda escapar del control, porque ya se sabe que en los individuos que parecen haber mermado en facultades y que no tienen ya ascendencia sobre la tribu suele haber arranques de energía, de decir las cosas en voz alta como son, como han sido, y a más de uno se le ocurre vengarse proclamando la falsedad de la existencia y lo incautos que son los que vienen detrás, les sale la sinceridad a borbotones, pero también contra los ancianos existe el chantaje, y es que el entramado atenaza las existencia a cualquier edad, y así hasta el ataúd, que no en vano me parece el más repugnante artefacto que jamás se haya inventado y encima para la nada, y es entonces cuando sospechas si acaso no será inútil hablar e intercambiar criterios con otros, lo poco que se escuchan unos personajes a otros, lo escaso que disponen para hacer la vida llevadera, piensas si realmente todo ese flujo de conversaciones, ese ruido mediático, ese desperdicio que es el chorreo de tanta palabrería, de la que ni uno mismo se libra, no será sino un ejercicio que no va más allá de la cháchara y el entretenimiento y el apartamiento de otras cosas importantes que dejan de serlo a base de ignorarlas, y cuando un ladino impulso te empuja a querer escribir, escribir para que nos entiendan, se entiende, que es lo que se exige, ahí te asalta la duda de si se debe escribir para lo que ya se sabe de sobra o se cuenta modificando apenas los parámetros de la ficción escasamente ficticia, y al exponer una relación de palabras a la lectura de los cuatro que te pueden leer se están arriesgando algo más que situaciones o anécdotas, y te invade el temor sobre si no estarás desequilibrando aquello que desde siempre dijeron que tenía que ser así, porque era así, porque es así, y el tiempo del verbo lo estarán siempre actualizando para que no cantes victoria, porque en esto de opinar o describir tus sensaciones y sacar conclusiones que traten de explicar y aplicar acerca del animal que llevas en ti, es peligroso, es peligroso todo lo que difiere de lo generalmente admitido, y te rondará el riesgo de ser perpetuamente vigilado por otros hombres que no se dan cuenta, o no quieren aceptarlo, que ellos también llevan dentro un animal díscolo, auténtico, preñado de otras posibilidades, y vas y te escabulles con tus pensamientos, tus risas sardónicas, tus escritos confusos, y si aún te queda algo de esperanza respecto a que pueda haber un leve fulgor y si esperas que la humedad que lleva implícito el pensamiento te haga el suelo más tierno, recurres con desdén a adentrarte en tu cueva, donde no estás tampoco a salvo, pero donde acaso puedas pasar desapercibido.

  

(Fotografía de René Groebli)


lunes, 29 de agosto de 2016

Debates como éste no se ven aquí nunca





He aquí un debate, y tranquilo, como los que no escuchamos jamás en las deprimentes e infames emisoras de televisión de nuestro país. El vídeo adjunto corresponde a un debate de ideas en el programa Contre courant, del diario parisiense Mediapart.  Menos mal que ya no hay Pirineos para quien quiera interesarse por ciertos temas (me consuelo aunque no me sirve)