La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.







miércoles, 14 de septiembre de 2016

Aquellos estos árboles, 44




En amaneceres como el de hoy, nubosos, oscuros, desafiamos los aguaceros exteriores. O más bien, nos desinteresamos. Aun aparentando seguir las reglas y cumplir con los compromisos, el cuerpo nos pide encastillarnos. Lo poco que nos queda a algunos por defender es la calma, mejor dicho, el derecho a la calma (la que apenas hemos tenido) Nos desvestimos, nos echamos sobre espacios donde menos se hieran los sentidos. Ahora solo intentamos percibir voces interiores que se distancien de las guturales. Tampoco queremos el runruneo de la memoria, ni la agitación de la conciencia. En esa calma anhelada perseguimos voces no escuchadas anteriormente, como si procedieran de una dimensión donde no habitaran ni el pensamiento, ni la culpa, ni las exigencias, ni los cantos de la euforia, ni los inarmónicos lamentos. Donde nada fuera animal y menos humano. Estamos acostados borrando perfiles y convirtiendo en única nuestra desnudez. Nada nos perturba, no hay frontera entre la carne al aire y la mente que se aleja de cuanto nos ha mantenido ocupados. Solo la desnudez, desprovista de los significados habituales, es la conquista del hombre que no se inquieta por la oscuridad ni se entusiasma por la luz. Lo objetivo se ha convertido entonces en una ficción más, porque no te interesa en absoluto que las cosas existan por sí mismas, porque no te atrae saber cómo interviene lo ajeno sobre ti. Días como éste en que lo sensorial se diluye, sin alarmarte por contener ningún negro temor de que no sepas más de ti mismo.    




(Pintura de Akseli Gallen-Kallela)


6 comentarios:

  1. Aspiramos al tedio creativo, al silencio, al pensamiento ingrávido. ¡Cuánta bondad!, nada que perturbe, ningún cuerpo, sólo la tangibilidad del eco.
    Un abrazo
    Francesc Cornadó

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Un desafío al ruido infernal que nos rodea en todos los planos. Salud, Francesc.

      Eliminar
  2. La melancolía del otoño. Llega para propiciar la meditación más clara. A mí me gusta mucho esta luz de ahora.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tal vez, y matizaría que premelancolía del preotoño que llevamos desde hace dos días. A mí me gusta la luz difusa, tibia, castigadora, pero que percibo entrañable, porque derriba a los vanidosos que suelen ir exhibiendo y que con esta luz no lucen. Pobres.

      Eliminar
  3. El profundo reencuentro con uno mismo, sólo se da en circunstancias tan íntimas como la que describes.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Cuando uno está no sé si encima o debajo de sí mismo. Entrando en una cueva, recorriendo un túnel labrado hace siglos, acogido por bóvedas quebradas por las que se adivinan las estrellas, haciendo de las sábanas un largo y personal útero.

      Eliminar