sábado, 30 de octubre de 2021

Siempre el maldito azar (Serie negra, 41)

 



Are you who they say you are? No me lo puedo creer, pero parece que eres quien dicen que eres. Se acabaron tus fotos para el periódico francés. O, más bien, para la causa de la resistencia española.

Ha sido mala suerte, escucho al camillero de habla gangosa. No recuerdo cómo se llama este hombre. Tampoco retengo muy bien los nombres españoles. Miro este cuerpo inerte. Algo de su estado crítico me toca. Si yo fuera demiurgo le devolvería el aliento. Ella y su empeño en hacer fotografías de la guerra, dice el sanitario con mal humor. Más peligro que para nosotros, que al menos intuimos a tiempo cuándo debemos parapetarnos. ¿La conocía? No sé si le respondo sí o no, o si ni siquiera le respondo, pero al ver el rostro de la mujer me estremezco. Me enfado. Sí, es ella, me digo. Qué absurdo.

Poned aquí a la periodista, pido a los de Sanidad. No quiero saber ni dónde ha sido ni cómo ni por qué. Como si intuyeran mi confusión los camilleros me informan. Un accidente, un error de cálculo. Ni siquiera una bala enemiga, se justifican. Un vehículo de los nuestros la atropelló. La guerra es maldita la mires por donde la mires, me consuelo. Incluso aquí, atendiendo a heridos, el horror nos puede pillar a cualquiera. Pero no podrías seguir tu tarea si te enrocaras en pensamientos tan negros. 

No hay nada que hacer por ella, pienso mientras limpio hilillos de sangre que le escurren por el rostro. ¿Habéis mirado el contenido de su mochila? Sí, responden a la vez los de la ambulancia. La cámara, golpeada, está aquí. Varios carretes, una cartera y algunos carnés, tres o cuatro cartas, lápices, un cuaderno...Los objetos están polvorientos, como si se hubieran desparramado por el suelo aciago de este desafortunado país. No soy de dar órdenes, pero me siento azarado. Buscad si hay alguna dirección de familiares o amigos a quien avisar; tal vez la de su novio. Tomo el cuaderno. Una mezcla de apuntes a la carrera sobre parajes, croquis de rutas, avisos sobre acciones a ejecutar, transcripción de algunos pensamientos. Deduzco que son ideas propias, pero están en alemán y no sé qué dicen. Su estilo es más calmado, la caligrafía más entera, la redacción más reflexiva, lo que parece indicar que son impresiones para sí misma. Pequeñas crónicas personales más que crónicas de la guerra en sí. Acaso para retomar en un futuro y hablar de lo que vivió en esta aventura. Ella, esencialmente aventurera, habría podido repasar algún día sus experiencias. Para atención y uso de generaciones que hayan superado en cordura a la nuestra. 

Busco desesperadamente si por alguna parte está la dirección de Robert. Alguien me dijo que había vuelto a París circunstancialmente. ¿O fue él mismo tomándonos los tres una copa en la retaguardia? Siempre queda la posibilidad de conectar con la agencia, pero de eso se encargarán otros. Aunque a mí me gustaría dar con él. Un suceso puede seguir cauces orgánicos pero la amistad y el amor exigen poner rostro humano a la muerte. Qué cosas pienso. Como si la muerte no fuera el desquite, la venganza de la vida que no es posible ya vivir. Como si su motivación no consistiera precisamente en eso, en desposeernos de rostro, de gestos, de aproximación, de calor, de ilusiones. Todos los días pasan por mis manos heridos sin cura. Son desconocidos sobre los que no puedo hacer nada y a los que despido con la brevedad del profesional que no puede pararse en su cometido. Pero la que está hoy aquí es ella. Quisiera desconocerla, reprimir recuerdos, ahogar sentimientos. El pasado está vivo aún y hace daño, concluyo. Pienso en Robert. No sé si Robert pensará en ella.

He recogido sus manos y he besado su frente. Me engaño a mí mismo imaginando que su cuerpo aún palpita con aquella capacidad divertida de que hacía gala. Ni siquiera se intuye aún la violenta agitación del shock del atropello. Ella que ya no es ella. Busco culpables. La guerra, el enemigo, las tiranías, la maldad de los hombres. O la casualidad. Su propio empeño por llegar dónde no llegarían muchos para dejar testimonio de la crueldad de la guerra. Los motivos se encadenan en mi mente. ¿Será que todos se deben unos a otros? Aunque no esté claro el orden predeterminado. Y al final es el azar quien decide sobre quién se salva o quién desaparece. Qué cercanos están las sonrisas y los llantos a lo largo de nuestra vida. Cómo conviven sorteándose el gozo por participar de una causa noble y el dolor por el padecimiento que se acumula. Los opuestos se imponen unos a otros, como un juego de apuestas que no podemos controlar. Hoy le ha tocado a ella.

Llamo a los sanitarios. Cuidad su cuerpo, les pido afligido. La abrigan, observan su cara, que tanto optimismo como simpatía emanaba. A nosotros nos había hecho varias fotos, doctor, dicen casi alardeando. Incluso habíamos compartido rancho. Deje que la contemplemos. Me ha parecido un homenaje bello este recuerdo. Por un instante de sus vidas estos hombres, dedicados a ver de cerca como nadie el efecto sangriento de una guerra, habían recabado la atención de una fotógrafa internacional. Sé que ella no daba rienda suelta al disparador de su Leica por las buenas. Y que en cada toma había una entrega personal que acaso los españoles no se lo agradezcan nunca.






(Imagen. El médico Janos Kiszely atendiendo supuestamente a la fotógrafa de guerra Gerda Taro, herida de muerte en 1937 en el frente de Madrid) 
 

jueves, 28 de octubre de 2021

Penitenciagite o la persecución a la belleza. Una crónica medieval (Serie negra, 40)

 


Carne de pecado, tú que no te arrepientes de ser diferente, tú que no sigues los preceptos y la moralidad, tú que tienes el descaro de mirar de frente a los que portamos la voz profética: o te arrepientes o te condenas. Si yo me entregara a vosotros, ¿me salvaríais o me castigaríais? Maldita, ¿te atreves a dudar de nuestra integridad? ¿Crees que somos presa fácil del deseo turbulento y de las tentaciones del demonio? ¿Nos tomas por seres débiles que ceden al primer atisbo de belleza que se muestra provocativo y consagran su naturaleza a la fragilidad? Tu cuerpo no es muy diferente del de la serpiente que tentó a nuestros primeros padres. Penitenciagite. No me arrepiento de ser honesta conmigo misma. Mi cuerpo es el que es y me satisface. Se lo ofrezco al que llega con buena voluntad y lo exhibo ante el que necesita curarse de la fealdad de su mente. ¿Quién eres tú, encapuchado, para hacer de mi cuerpo objeto de reprobación? ¿Quiénes sois vosotros, seres siniestros, para desear mi perdición? ¿No decís siempre que habrá un juicio final donde seremos juzgados por nuestras acciones? ¿No invocáis acaso a un ser que denomináis superior para que decida en justicia? No es la hermosura la que pierde, sino la envidia. No son los sentidos los que deforman, sino su falta de ejercicio. No es el objeto de pecado la desnudez sino la suciedad de vuestras almas. No es la conciencia la que lleva por mala senda, sino la mente retorcida. Infernal mujer, ¿crees que puedes enseñarnos la rectitud del camino? Nuestras vidas son una concesión ilimitada al sacrificio y al respeto a los mandatos divinos. Nuestro deber es mantener el orden entre los humanos que se descarrían. Nuestra caridad es evitar que lo casto se desvirtúe y lo impuro se convierta en norma. Hipócritas. Pretendéis reclamaros de ungidos por la generosidad cuando os carcomen los celos más extremos. Estáis ebrios de los deseos más nefastos. Presos de vuestros instintos reprimidos. No conocéis la compasión y solo disfrutáis de la miseria de quien se agacha ante vosotros y muere sometido a vuestras leyes. ¿Os parió una madre o un monstruo? Tus palabras te recusan, desdichada. Tus actos te denuncian. Tu ira denuesta la bondad de los cielos. La carencia de arrepentimiento que muestras exige que se prenda la llama del castigo bajo tus pies. Arderá mi cuerpo porque así lo decidís, pero os consumirá su recuerdo cada día de vuestra desgraciada existencia. Quien persigue al esplendor de la vida queda condenado para siempre a carecer del sentido del goce y a pudrirse bajo la peor de las locuras. Como vosotros.    




(Imagen: William Mortensen. Tomado de http://www.agenteprovocador.es/publicaciones/el-anticristo-de-hollywood )

martes, 26 de octubre de 2021

La asombrosa ternura de los Amantes de Gumelnitsa

 



La ternura que ambas figuras -que parecen una sola- expresan es exquisita. Tal vez los autores de estos amantes de Gumelnitsa, Rumanía, del quinto milenio antes de nuestra era, solo pretendieran manifestar la unión de los sexos. Ambos tienen sus atributos perfectamente identificados y pueden conformar la imagen ritual de la fusión de los agentes de la fertilidad y la progenie. Pero hay algo más en la pose de estas figuras. El gesto de sujeción de uno sobre otro está cargado de cuidado y entrega. Y tienes la sensación de que es correspondido. Emoción. Ambas figuras se dejan llevar como los personajes de carne y hueso que podrían haber inspirado al artista. Y que hacen que me pregunte: ¿ya se manifestarían entonces de ese modo entregado, en apariencia cariñoso, los amantes? Pienso que un artista siempre transmite su propio sentido de la existencia en la obra que realiza, sea un sencillo exvoto o personifique una representación superior o reproduzca de manera naturalista lo que le rodea. Entonces, ¿cómo no iban a trasladar aquellos primitivos artesanos de la belleza en esa pequeña escultura todo un bagaje de sentimientos, emociones, ideas y significados? Nacidos para situar como excelsa la fecundidad producida por dos partes, los Amantes de Gumelnitsa transmiten algo más que una mera función biológica. Y esa ternura activa, acogedora e íntima, que rezuman a mí me enternece.

Sobre esta escultura las investigadoras Anne Baring y Jules Cashford, autoras de El mito de la diosa, dicen: "Es la más temprana imagen del matrimonio sagrado entre la diosa y el dios, que perduró durante cinco mil años hasta su muerte formal con el monoteísmo hebreo y cristiano. La ternura en la actitud de las figuras enmascaradas de una mujer y de un hombre -él rodeándola a ella con su brazo derecho- es intensamente humana; no es ni remotamente divina. Se subraya la fertilidad de su unión sexual, pero aparece como fundamental la cualidad humana del sentimiento transmitido por la posición de la cabeza y los brazos, y la estrecha proximidad de sus cuerpos"



sábado, 23 de octubre de 2021

Uno para todos y todos para el tebeo (Serie negra, 39)

 



Y entonces nuestro héroe cayó, cataplás, por el profundo acantilado, donde desapareció sin dejar rastro. Oh, pero ¿muere ahí?, corta la hermana del Chibilo. No creo, hay más páginas, además los héroes no mueren. ¿Cómo que no mueren? Dice mi padre que hay héroes que no sabremos de verdad si lo fueron pero les pusieron ese nombre después de haber muerto. Pero esos son, si lo fueron, le digo, otra clase de héroes, que a su vez mataron a otros héroes, que tampoco sabemos si iban de eso o solo de pringados, pero a nosotros los que nos interesan son los que leemos en los tebeos. Sigo leyendo, ¿no? Sigue, sigue, dicen todos al unísono. Los compañeros del marino le echaron en falta al pasar las horas. Tenemos que salir en su busca, dijo uno. Hay que recorrer el litoral entero si es preciso, ordenó el que quedó al mando. Y vosotros, zarpad y seguid despacio la línea de costa a corta distancia por si se le ve náufrago. ¿Y cómo lo van a hacer?, interrumpe la pequeña Sabina, que me hinca el codo empeñada como está en no perder de vista las viñetas. Porque como la costa sea tan riscosa como la nuestra lo van a tener difícil. ¿Quieres callar?, la impelen todos. No te adelantes, deja que la historieta nos lo cuente. Callad chicos, que sigo. El lugarteniente del navegante dispuso entonces que unos salieran con la embarcación a recorrer el peligroso perfil de aquella tierra ignota. Sortead con cuidado las rocas, gritó a los suyos. Mientras, en tierra, una fila de hombres va registrando las oquedades y los matorrales de los acantilados, buscando una señal de vida del capitán. De pronto el cielo se cubrió de nubes. Lo que faltaba, gritó el timonel, como arrecie la lluvia y soplen los vientos violentos del Oeste vamos a seguir el mismo destino que nuestro jefe. La tormenta empieza a descargar sobre los intrépidos marinos. Desde la nave, movida a capricho por un oleaje cada vez más desenfrenado, la mermada tripulación trataba de vadear los farallones. ¿Qué son los fara...eso? Esta vez, fue el Chibilo mismo quien preguntó. Parece que fueras de tierra adentro, le reprocha El Chato. Pues algo así como rocas del mar, que me ha contado mi primo el que sale de pesca de bajura en las madrugadas. ¿Sigo o no sigo?, y les miré serio a mis oyentes, porque si seguís preguntando no acabaré nunca de leeros la entrega. Los relámpagos se cernían feroces sobre la nave. Los nautas, hombres curtidos en mil azares y dificultades, se amedrentaron. De esta no salimos, Olaf. Confía en tus fuerzas, le grita Erik. La voz del segundo se extiende a lo largo de la cubierta. Sujetad con fuerza los remos. En ese momento, un rayo cae al borde mismo de la nave con una violencia inusitada. ¿Qué es inusitada?, vuelve a interrumpirme la que me mete el codo hasta el riñón. Pues no sé, digo, me has pillado, pues será eso, algo más violento que lo violento o que no te esperas que sea tanto, no sé. Sigue, que está emocionante. La nave, maltrecha, a punto está de zozobrar, pero una ola benévola la mantiene a salvo de la acometida. El rayo extiende una luz rápida muy potente sobre el tramo de costa. El timonel lanza un grito. Allí, allí. Parece un cuerpo tendido en una cala. Vamos, gritan los marinos. No seáis imprudentes, estamos en la parte más escabrosa, podemos irnos a pique, clama otra voz angustiada. La Gemma no puede callar. Angustiada ¿es lo mismo que estrecho? Hala, le responde uno de atrás; eso es angosto, pero luego te lo explico, ahora escucha, que está emocionante. Puede estar vivo, interviene otro marino, hay que llegar a él. El cielo oscurece todavía más. La caída de rayos es pertinaz. ¿Alguien me puede explicar qué es pertinaz?, pregunto yo entonces. Todos mis amigos se encogen de hombros. ¿Nadie lo sabe? Pues continúo.  Por Odín, no os dejéis vencer por la furia del cielo. La nave es levantada en ese instante por un oleaje encrespado que no parece tener fin. Ni salvaremos al capitán ni nos salvaremos nosotros, se dicen unos a otros con desesperación. La viñeta de la gran ola lanzando al cielo la embarcación nos deja a todos maravillados, ciegos. Está a punto de romperse en dos, salta Toñín. Leo. El cielo oscuro y el océano cubren a la tripulación. Los osados navegantes están a un paso de perder el control. Paso página. Y de repente aquel latiguillo de otras veces. ¿Conseguirán los valientes marinos imponerse al temporal? ¿Encontrarán vivo a su jefe? ¿Llegarán alguna vez al reino prometido? (Continuará en el próximo número) 

Oh, qué fastidio; maldita sea. Habrá que espera a otra semana, nos consolamos en grupo.  




(Fotografía de Willy Ronis)

miércoles, 20 de octubre de 2021

Dirección única (Serie negra, 38)

 




Viajas en un sentido y los paisajes van en otro. Desde niño percibiste la dinámica, aunque no fueras consciente de su envergadura. Pegada la nariz a la ventanilla del compartimento del tren ibas superando los postes orillados. Te agotabas al poco de iniciar su recuento. Los cables del telégrafo danzaban hacia atrás de ti, subiendo y bajando bordes del terreno. Solo te desconcertabas cuando el tren penetraba en una trinchera. La sensación de quedar atrapado en ella te inquietaba. Captar de nuevo el paisaje, monótono y plano unas veces, variado y abrupto otras, era como recuperar la respiración visual. Pero tú siempre avanzabas mecido por un ferrocarril que se agitaba sobre raíles envejecidos. Pensabas en el destino de aquel viaje circunstancial sin ser consciente de que también tú ibas hacia una estación invisible pero que se iba manifestando y que se llamaba vida. 

Vida que no cesa. Nadie se atrevía a llamar a su propia existencia vida plena, porque plenitud no era una palabra usada entonces. Había detrás años tan densos como dolorosos para los pobladores del país. Fue probablemente el mercado y sus modas, y un renacer de una ideología, una más, de la utopía, lo que trajo hasta los hombres un concepto inalcanzable que se planteaba siempre como la próxima y siguiente estación. ¿Conoces a alguien que llegara a esa parada término llamada plenitud? ¿O felicidad o simplemente satisfacción? ¿Alguien contó en qué consistía esa meta con nomenclaturas sublimes? Algunos de los más longevos, olvidando a quienes habían quedado por el camino, empezaron a decir que habían tenido una vida plena. Plena, ¿de qué? Cumplir años, en condiciones físicas más bien deplorables, ¿era de por sí plenitud? ¿Plena era la acumulación de pequeñas dichas y grandes infortunios? 

Tú entonces no podías reflexionar sobre ello. Cada palmo de vía en aquellos desplazamientos de ida y vuelta de la niñez solo suponía llegar a esa otra ciudad donde reencontrarte después de un año con viejos amigos que tampoco serían los mismos. Y más adelante todo cambió. El paisaje, el medio de recorrerlo. El viaje en sí mismo, tan expansivo como tus años jóvenes expectantes, en los cuales el cansancio era una noción mínima, parcial. 

Sigues transitando sobre una dirección única, aunque hayas ido siempre en un sentido mientras las imágenes iban desalojándose hacia el otro. Pero ir en un sentido no significa reducir tus pasos y cuanto te ha rodeado. Has visto pasar rostros, hablas, entusiasmos, cuerpos, abrazos, entregas, discordias, desdenes, olvidos. Un paisaje cambiante, suave y ondulante que se alternaba a capricho del azar. Encrespado y riesgoso  también, cuando menos lo esperabas. No hay un orden fijo en las experiencias a las que se entregan los hombres. Incluso aquello que parece encauzado al principio, con seguridades y protección, quiebra antes o después. Y las sendas que pueden parecer perdidas para siempre son salvadas en el último instante por un impulso oculto que cualquier individuo no sabe explicarse. No somos dueños ni de nosotros mismos, piensas en ocasiones con un rictus de ingenuidad e ironía. 

Atravesar el paisaje es habitarlo. Te has detenido en estaciones principales y en apeaderos perdidos cuyas paradas eran fugaces. Eres benévolo. Das por buena cada experiencia, aunque tuviera su contrapartida. A lo más breve o nimio le concedes una importancia si no decisiva sí al menos aportadora. Tu pensamiento se detiene con frecuencia en comprobar, siquiera someramente, cuánto y cómo ha sido, está siendo, tu recorrido. La marcha no es ya la misma. Aquella velocidad lenta de la infancia fue superada pero ahora tienes la sensación de que otra vez se ralentiza. Sin embargo el paisaje que te rodea es más veloz. ¿Huye, se precipita, se adultera, simplemente pasa? 

La línea horizontal de los recuerdos se ha convertido en apresuramiento. La velocidad de imágenes hace que se vuelvan más opacas y borrosas. Hay hombres que llaman olvido a ese fenómeno. Otros dicen que es falta de sensaciones novedosas. Algunos lo denominan desinterés y abulia. Es un hecho que las imágenes nuevas son cada vez menos frecuentes. ¿Se habrá empequeñecido el paisaje por el que siempre estabas tan acostumbrado a deambular?

Esa sensación de dejarte llevar, de que ya no controlas como antes las ilusiones -qué habrá sido de las ilusiones- te devora lentamente, si bien en cierto modo te libera. Incluso te preguntas: ¿de ahora en adelante solo me espera la caída? Pero incluso esta palabra se puede reducir, abreviar, simplemente no considerándola más que en sus dimensiones justas. Porque una palabra repetida dos veces ya no es una palabra. Es una carga. Entonces a los hombres solo les queda la opción de dejarse afectar hasta el hundimiento total o bien buscar desesperados otra palabra que conjure la gravosa. Mas vivir no es un juego independiente de palabras, aunque estas nos hagan creer muchas veces que son las que tiran del carro. Tú sabes que no, y entonces te acurrucas, encogido y absorto, sobre tus rodillas reumáticas y tratas de mirar más allá de la tiranía y las falsas promesas de las palabras. Porque nunca hasta ahora has renunciado a levantarte.




(Fotograma del filme Europa, de Lars Von Trier)

domingo, 17 de octubre de 2021

Dos en el café de Rua Garrett (Serie negra, 37)

 


¿Y usted cree que este poema merece ser publicado? Mire, los poemas merecen ser escritos. Darlos a la imprenta es otro asunto. Pero, ¿y por qué quiere usted publicar? No sé, me parece un destino final acaso útil. ¿Final o inmediato? Bueno, tal vez tenga usted razón, de momento inmediato, porque el final sería que fuera adquirido el libro y eso siempre es un desafío, ¿verdad? Y un arma de dos filos. Suponga que su libro de poemas tiene acogida. Le pedirán sus lectores más. ¿Atendería sus deseos con libertad creativa o se sentiría forzado? Así que debe decidir usted, porque forzar no suele dar resultado, corre el riesgo de empobrecer las expresiones, abortar sus impulsos y reprimir la audacia de los pensamientos fugaces. Además, ¿no le basta con escribir para usted mismo? ¿No disfruta de esa sensación de desahogo que todo texto que sale de uno proporciona? Porque escribir es algo que te piden las emociones, la respuesta a una necesidad que se siente y que si no se da salida se frustra dentro de uno y arrastra al individuo al vacío. No sé muy bien qué decirle, aunque creo que no anda descaminado. Sin embargo esa otra necesidad que tenemos de que haya testigos que sepan de nosotros a través de un lenguaje de iniciados, que nos empuja a publicar, es algo muy poderoso. ¿Usted cree en los testigos de sus pensamientos y sensaciones o más bien en que le atrae exhibirse y ser supuestamente reconocido? La opinión ajena puede estar bien si lo que uno hace gravita sobre las vidas ajenas o, como otros dicen, sobre la sociedad y sus instituciones. Pero no creo que ese sea el papel de la poesía o de la prosa. Probablemente, y he ahí que también me preocupa que no tuviera acogida el libro, seguramente me afectaría demasiado. Sí, esa es otra posibilidad, mas ¿le impediría eso seguir escribiendo? Entonces es que usted no sería verdaderamente auténtico, y mire que refuerzo el significado. Porque escribir debe ser ante todo sentir, acierte mejor o peor a expresar lo que se le haya ocurrido. Conviene escarbar dentro de uno, separar lo sustantivo de lo adjetivado, yo mismo no tengo claro todavía si hay que dar prioridad a ordenar las ideas o a estallar espontáneamente con las palabras. A medida que los años me acucian más valoro el reducido espacio del que dispongo y cada tiempo justo que se me concede. ¿No le obsesiona a usted lo que queda viejo y le entusiasma cuanto pretende surgir como renovador? ¿Renovador, dice? El que escribe no sabe si renueva, renovar es un verbo inquietante que los críticos literarios utilizan a veces en falso o que los filólogos, andando los años, deciden denominar para sus clasificaciones. No me intereso sobre si mis escrituras alientan pasados o inventan futuros; mis escrituras se limitan a dar forma a pensamientos desordenados, a sensaciones que no quiero o puedo olvidar, a sentimientos que rescato de cuanto se ha diluido o que dejo al albur de invenciones en las que me consuelo. Usted escribe entonces para su supervivencia solamente, por lo que veo. Para no perder un mínimo sentido de la vida. ¿Y por qué no? Le diré más, aunque le parezca exagerado. Lo hago para no enfermar. Escribo para curar. Porque el hombre es una herida en constante tratamiento. Cuando uno cree que ha sanado de algo que le trae a mal traer se encuentra con que algún suceso o circunstancia nuevos le lacera. Pero usted, como yo, puede afrontar cualquier acontecimiento. Afrontar, sí, hasta cierto punto, aunque no siempre tengo interés en ello. Y resolverlo, ¿usted cree en esa posibilidad cuando no es fácil que cualquier incidente esté solamente en manos de uno? Ya sé lo que piensa ahora, lo acepto. Escribir no sirve ni para afrontar ni para resolver. Sirve solamente para desviar un día más algo tan inherente y pegajoso como es la angustia. Y principalmente el tedio.




 

miércoles, 13 de octubre de 2021

Citerea y el sátiro (Serie negra, 36)

 


Sueñas, Citerea, que un sátiro se aproxima y pretende de ti; pero no osará rozar siquiera una brizna de hierba que tú pisas; no dará un paso si no advierte que tú quieres que lo dé; su sonrisa permanecerá a la expectativa si no recibe una señal por tu parte; sabe ser sutil para lograr sus fines; él no ha llegado por azar hasta el borde de tu vida; al fin y al cabo, ¿no has sido tú la que le has convocado cuando por la noche merodeaban voces ansiosas en lo profundo de tu pecho?; él sabe prestarse al juego y espera que entres tú también; te ofrecerá libar juntos los mejores vinos de Samos; hará sonar una flauta dulce y bailará en torno a ti; espera más de sí mismo, tú solamente eres el objeto de sus libidinosas propuestas; pero ¿dices, Citerea, que pretendes jugar con él?; mira que sabe acechar a todo tipo de ninfas, que se ha adentrado en las cellas de las vírgenes, que ha deambulado a capricho por las estancias palaciegas, que ha penetrado en chozas pastoriles, que ha acosado a esposas de viajeros sin importarle los peligros; porque el sátiro sabe que el peligro está en sí mismo, y que se conjura con sus propias artes; y tú, osada Citerea, lo convocas con astucias diversas; te exhibes plácida mientras te desnudas; te dejas flotar en aguas agitadas que tu presencia amansa; recoges flores, insinuante tras un peplos estriado que acaricia tu piel; cantas la melodía seductora que te enseñó aquel dios al que hundiste en el infortunio; conviertes tus pisadas sobre la hierba en vuelos de danzarina; al sacudir tu cabellera el sátiro cree percibir una insinuación de tu parte; curva más su sonrisa, pronuncia la mirada con fijeza, yergue su testa enastada, se le encrespan las vellosidades, hunde sus pezuñas sobre el légamo de la orilla, tensa su falo hambriento; sin embargo el sátiro no se decide a emprender el asalto; finges ignorarlo y tu actitud le paraliza; en un esfuerzo confuso el sátiro extiende los brazos hacia las aguas, tratando de aprehenderte; pero solo palpa la superficie líquida, que al contacto de sus manos se revuelve; al borde del torrente que crece el sátiro duda; los juncos afilados se cimbrean violentos, el lodo se torna más débil, la ribera se hace más imperceptible; el sátiro ya no logra ver siquiera su imagen sobre unas aguas cuya turbulencia le aturde; qué han sido de los cantos, qué de la música, qué de los pasos de baile, qué del perfil provocador de la mujer de las aguas, se pregunta torpe y rabioso; de pronto, el sátiro advierte tu emersión, Citerea, y es tal la excitación dolorosa que le embarga que no espera a que pises suelo firme; tú, Citerea, te adentras hasta el centro del río y  el sátiro, ciego, elige un salto mortal mientras tú, arrancando una sonrisa triunfante y vengativa, contemplas su caída a las profundidades. 



(Fotografía de Eric Kellerman)

lunes, 11 de octubre de 2021

Invocación a la diosa de Hamangia

 


"Oh, tú, la primera. De ti surge el todo. Tú otorgas la protección y los hombres crecen bajo tu cuidado. Das la razón de existir y amamantas sin distinción a cada criatura. De ti descienden los que piensan y los que actúan. De ti los que alimentan y son alimentados. De ti quienes ríen y cuantos se entristecen. De ti quienes unen y quienes separan. De ti dimanan los que heredan el calor y los que se arriesgan al abandono. De ti proviene el principio del habla que produce más habla y el silencio que acoge el desconcierto. Tú conviertes en fecunda la tierra baldía. Tú animas a los intrépidos y consuelas a los desafortunados. Tú muestras el camino de la bondad y repruebas a los maliciosos. Tú exiges a los guerreros que depongan las armas. Tú eres la llamada de retorno para el moribundo. Después de ti los hombres usurparon tu nombre, pero no pudieron nunca negarte. Te denominaron de otras formas, intentaron someterte al imperio de nuevos dioses o del dios único. Pero cada ser humano de cualquier tiempo de la historia sabe perfectamente dónde te encarnas. Cada uno te reconoce en la madre que tuvo. Cada uno se emociona ante la gran madre de la naturaleza que nos acoge a todos. Cada cual te reclama ante el dolor extremo. No hay humano que no se mire a sí mismo sin encontrar la huella de ti. Tú eres el vínculo entre la vida que se perpetua y la nueva que se origina. Tú estás en el origen de cada tiempo y cada individuo y persistes más allá del destino y de la nada".


Esta escultura, que representa a la Diosa denominada de Hamangia, fue hallada en la misma necrópolis neolítica de Cernavoda, Rumanía, donde estaba la estatua del dios pensante o dios triste o no dios. Por supuesto, ya desde el Paleolítico los humanos habían desarrollado conceptos abstractos en sus representaciones, no olvidemos no solo la abundante serie de venus con sus atributos femeninos sino representaciones aún más primitivas basadas en rasgos, geometrías o aprovechamiento de oquedades.

Pero lo que me llama la atención de ambas esculturas Hamangia es que poseen cierto estilo naturalista que permite expresar emociones, actitudes, comportamientos y una determinada acción a través de sus posturas. Obviamente la dificultad está en interpretar toda esa expresividad. Si son dioses son dioses cercanos, humanos, como todos los dioses, pero más de casa. Si representan la encarnación del ser humano diferenciado -un gran avance respecto a las representaciones anteriores y más primitivas de seres andróginos- cuya sacralidad va implícita en el reconocimiento de la vida y pretenden rendir homenaje a ambos sexos -en unas sociedades agrarias que se habían ido asentado y que ya configuraban formas de relación y de institución- su modernidad conceptual me parece enorme. 

Piénsese que la cultura de Hamangia -una de las que abundaban hace siete mil años por zonas europeas como la región adriática, la egea, los Balcanes centrales, los Balcanes orientales, Moldavia, Ucrania occidental o Danubio medio, culturas que hoy se conocen como La Vieja Europa- que duró algo más de dos mil años fue desbaratada por pueblos nómadas que avanzaban a caballo desde regiones comprendidas entre el Volga y el Dniéper, salvo en territorios más al sur del Egeo y el Este asiático, donde tuvieron continuidad y evolución.



domingo, 10 de octubre de 2021

Pensador o dios, siete mil años largos le contemplan

 


Auguste Rodin no inventó a ningún hombre pensante, solo lo recreó. Aunque me pregunto por qué a la célebre escultura de Rodin no se la ha denominado El preocupado o El angustiado, ¿y por qué no El adormilado?, y sin embargo se la ha definido con algo más genérico ¿o más sublime? como El pensador, hasta convertirla en un paradigma. Pensar define y no define. Un gesto, una actitud o una posición del cuerpo pueden ocultar intenciones. Lo importante es qué se piensa y bajo qué premisas o condicionamientos emocionales e intelectuales se piensa. ¿Uno se concentra o se abstrae? Tal vez ambas formas son características del pensamiento, sin duda. Pero, ¿se piensa en recuerdos? ¿Se piensa haciendo planes de futuro? ¿Se piensa meditando y haciendo balance de algún hecho o comportamiento insatisfecho? ¿Se piensa imaginando una representación gráfica o pergeñando un texto literario? ¿Se piensa con sentido de la justicia o de la arbitrariedad? ¿Con criterio de la cooperación o del beneficio? ¿Se piensa como si se soñara? 

A la figura de la fotografía algunos la llaman El pensador de Hamangia. Otros El dios triste de Hamangia. ¿Y si únicamente contempla el mundo que le rodea? ¿O acaso es la imagen misma del silencio, de la necesaria quietud, de la conquista de le atemporalidad? ¿Y si solo se trata de la representación perpetua de un hombre asombrado? El asombro que nos acompaña desde la cuna. ¿Se admira de la vida o se sorprende del hecho de la muerte? ¿Se estremece meditando sobre el dolor o se gratifica recreándose en los goces? Pensador o dios, naturalismo o sacralidad, arte o culto, origen o destino, veo al ser humano que a su vez me mira. Qué difícil es interpretar el sentido de una obra de hace milenios, por más que los arqueólogos traten de atribuirle significados. Y sin embargo cuánto calor me transmite. 

Los escultores modernos Henry Moore o Baltasar Lobo también habrían envidiado aquella obra del neolítico europeo de hace siete mil años.



(Cultura Hamangia. Hallado en una necrópolis de Cernavoda, Rumanía)

miércoles, 6 de octubre de 2021

Serapio, el afilador (Serie negra, 35)

 


Serapio pasaba con una frecuencia calculada por las calles del barrio. De lejos ya escuchábamos la melodía pausada de su ocarina. Luego un soniquete cantado. ¡El afilador...! ¡Cuchillos, navajas, tijeras...! Y vuelta a la ocarina. Mi madre le llamaba desde el balcón. Le voy a bajar unas tijeras y un cuchillo. Cuando quiera, señora. Otras vecinas aprovechaban el tirón de su presencia. Incluso el carnicero de la vuelta, que expendía carne de caballo, recurría a él. Aquel hombre, al que todos le teníamos por gallego, tal vez porque el oficio se había afianzado más en aquella zona o porque tenía acento del Miño, era un hombre callado. Pantalones de pana, chaqueta de loneta, camisa sudada, boina encasquetada. Uñas por debajo de las yemas, un pedalear preciso a la rueda, cierta cojera que no le impedía la tarea, y una inequívoca concentración encorvada sobre el esmeril y la piedra que pulía el acero. Su gesto adusto no ocultaba una mirada noble al devolverte los útiles. Son tantas pesetas. Pocas pesetas. Una vecina sale a su encuentro con un paraguas prácticamente desguazado. No arreglo paraguas, dice sin dejar que la mujer le pida nada. Pues antes de la guerra los afiladores arreglaban paraguas, insiste ella. Señora, yo no soy de antes de la guerra.

Serapio, lo supe mucho tiempo después, había sido maestro. Señalado por la cruz de los redentores a sangre y fuego estuvo en prisión. Le conmutaron la condena a muerte a cambio de varios años de cárcel y una condena de por vida. No ejercer más el magisterio. ¿Qué tal se te dan las cuentas y la geometría?, me preguntó un día que le bajé algún objeto para afilar. Así, así, debí responderle. Vaya, dijo ceñudo, eso hay que corregirlo. ¿Y la geografía? Mucho mejor, me sé todos los ríos y las cabezas de partido de todas las provincias de España. Buena señal, dijo. Siempre sabrás por dónde andas. ¿Y la historia? No nos cuentan mucho, acerté a responder con decepción, por una parte te dicen que la historia es muy antigua y rica y luego resulta que te la explican como si fuera de dos días, sin haberte enterado de casi nada. Eh, la historia es importante, chico, pero vas a tener que hacer tú el esfuerzo de entenderla un poco y eso te va a llevar toda la vida. No esperes que te hablen de la historia como ha sido sino como a algunos les interesa que haya sido. Así que tendrás que indagar tú. Me asombré. Pero cuando acabe de dar la asignatura, ¿qué puedo hacer? Me miró tentado a hacerme confidencias. Puedes hacer más de lo que imaginas, pues la historia no es solo una asignatura, sino la comprensión de los hechos que vivimos, aunque ahora ni nos hablen de ellos ni los entendamos. Si te quedas con ganas de saber más de ella seguro que vas a seguir interesado siempre. 

Me daba palique según pasaba el filo por el esmeril y yo había cogido carrerilla. También me gusta la gramática, y es donde mejor nota saco, añadí. Buena cosa, muchacho, pero saber escribir y acertar a hablar es lo que más problemas causa, no lo olvides. Eso no quiere decir que debas retraerte. Escribe lo que sientas y habla con prudencia. Pero sobre todo domina la lengua para que otros no te dominen a ti. Con eso ya es suficiente. Haciendo el repaso caí en que me dejaba algo. ¿No me pregunta por la religión, señor Serapio? Se me da divinamente, y observé que ponía una sonrisa franca y desinhibida al decir lo de divino. Ah, se hizo el sorprendido, ¿te refieres a la Biblia y todo eso? Sí, son cuentos bonitos, aunque muchos de ellos violentos en extremo, y ya sabes, unos personajes son buenos y otros malos, y siempre ganan los buenos, que no estoy seguro de que lo sean. ¿Cómo en las películas de indios y vaqueros?, se me ocurrió. Más o menos, rio Serapio. Fui sincero. Yo no entiendo muchas cosas que cuenta, pero hay historias que me parecen como las de los tebeos de hazañas bélicas. Entonces me asusté, creyendo que había dicho algo que estaba yendo contra lo sagrado. Serapio volvió a reír. Sí, hay mucho de hazaña bélica en ese libro y no imaginas la cantidad de negocios turbios. Mientras lo veas así menos daño te hará. No comprendí en ese momento el significado de sus palabras. Mi madre, inquieta por la tardanza, se asomó al balcón e interrumpió la charla. ¿Ya está afilado el material, Serapio? Ahora se lo sube su hijo, y me guiñó un ojo el hombre. 

Por cierto, jamás volvimos a ver al afilador después de aquel día. Eran tiempos en que una persona podía estar o no estar de un día para otro.





domingo, 3 de octubre de 2021

La mujer que hablaba con el fuego (Serie negra, 34)

 


Nadie se atrevía a contrariar a aquella mujer. Tened cuidado, avisaban los más malévolos a cuantos llegaban al pueblo. Esa mujer habla con el fuego. ¿Le ha traicionado la mente?, preguntó un viajero, que desconfiaba de cuanto se dijera en una taberna. No, no está loca, se le respondió. Si lo estuviera, no habría problema. Sabemos cómo tratar a los locos, a quienes respetamos como miembros de nuestra sociedad. Pero esa mujer es algo distinto. Se sienta ante las fogatas o los hogares, ensimismada. Gesticula con las manos, danza o se retuerce. Para nadie es un secreto que habla con el fuego, le hace preguntas y pacta negocios con él. El viajero inquirió. ¿Cómo lo sabéis? ¿Acaso ella ha revelado lo que se trae con el fuego? No lo sabemos, pero lo sospechamos. 

El viajero, avezado en experiencias, dudó de juicios tan poco consistentes. Pero no dijo nada, porque la duda, que le permitía tener cautela ante los comentarios ajenos, también le ponía vigilante ante cualquier manifestación extraordinaria. El viajero no pensaba hacer noche en el lugar, y no obstante se sintió agitado por la curiosidad. Contrató una habitación en la posada. Luego deambuló por la villa, asombrado por la herencia que la historia había depositado en ella. Un legado escasamente cuidado por los herederos. Gran parte de los edificios se encontraban ruinosos y tal incuria hería profundamente la sensibilidad del hombre. Empezó a sentir las horas frías. Pensaba ya en volver y descansar cuando divisó una hoguera en la zona del elevado mirador que daba al caudaloso río. Le reclamaba el calor y se acercó. Probablemente unos zíngaros de paso, luego una vivencia más, se dijo estimulado. 

Sin embargo, cuando llegó hasta la hoguera no había nadie. Prendía altiva, trazando compases de baile, creciendo sobre sí misma. No se veían carromatos, ni se escuchaba griterío de niños, ni tentaban al aire los arpegios de un violín. El viento creciente trajo un nimbo de humo denso que le rodeó. Le cegaba la visión del paisaje en todas las direcciones y temió dar una mala pisada y caer al abismo. Un sentido agudo de la precaución lo detuvo. Entonces desde la hoguera se precipitó hacia él una llamarada voluptuosa. Sintió intenso calor, pero las llamas, caprichosas y audaces, no le rozaron. No temas, escuchó entre el crepitar. Soy del fuego pero no soy el fuego. Si has llegado hasta aquí tiene que ser porque buscabas calor o porque me buscabas a mí. Quien solo busca calor me desconoce. Pero quien me busca directamente a mí encuentra el calor. Este fuego es la razón de la vida. La sabiduría que emana del fuego que, una vez, hace mucho tiempo, permitió evolucionar a los humanos. Quien me busca se busca también a sí mismo. Persiguiéndome a mí conocerá el fuego verdadero. 

El viajero se repuso de su propia perplejidad, sin saber si aquello era imaginación o realidad no soñada. Pensó en las revelaciones, de las que era tan descreído, y también en los símbolos que se ocultan en el propio pensamiento y obnubilan la razón. ¿Tú eres la mujer que dicen que habla y pacta con el fuego?, preguntó a la voz. Yo soy todo lo que el fuego quiere que sea. Yo respeto al fuego y él me corresponde. ¿Eso es lo que has acordado con él?, insistió el viajero. Las gentes te mencionan con temor y tratan de defenderse de sus miedos descalificándote. La voz se ofreció mansa, como si domeñase la llamarada. Mi pacto con el fuego no le incumbe a nadie. Solo a aquel que quiere saber más de sí mismo. Yo te ofrezco esa posibilidad si accedes conmigo al mundo ígneo que otros hombres no ven. El viajero pensó: todo conocimiento tiene algo de locura. Se lo transmitió a la voz. Sin duda, replicó esta. ¿No es locura el atrevimiento, el riesgo y la dedicación del propio tiempo personal a desentrañar lo que alimenta la vida? ¿No es locura, por la que se puede pagar un alto precio, la negación de interpretaciones anteriores que los hombres repiten sin comprobar su grado de verdad? ¿Y no es la peor de las locuras aceptar como verdad cuanto viene siendo desde épocas antiguas una gran mentira?

Al amanecer se extrañaron en la posada de que el viajero no se levantara temprano, como había comunicado la víspera. Lo encontraron tendido apacible, sereno, incluso arrogante. Durante varias horas nadie osó acercarse a aquel cuerpo. Tan intensa era la calidez que emanaba de él. Ventilaron la habitación hasta que el ambiente se fue enfriando.



(Fotografía de Willy Ronis) 

jueves, 30 de septiembre de 2021

Salomé y sus bautistas (Serie negra, 33)

 


Ay Salomé, Salomé. ¿Cuántas cabezas de orates y profetas has ofrecido sin que ningún rey entendiera por qué lo exigías? ¿Cuántos caprichos has querido colgar como trofeos en tu palacio? ¿Era tu venganza? ¿Tal vez tu vanidad? Cada testa colgada deja un reguero de sangre oscura que el tiempo reseca. Te entretienes pasando las yemas puntiagudas de tus dedos por sus rostros. Entreabres sus ojos perdidos, besas sus labios agostados, revuelves sus cabellos lacios, frotas la piel de sus mejillas azuladas, sujetas y atraes hacia ti sus nucas inertes. Mientras, sonríes ácida y triunfante. Pero una corriente de melancolía te embarga. Y en el roce de cualquier miembro de tu cuerpo con esos despojos preservas un botín que nadie podría entender y menos hurtar. Qué constitución tan hermosa la de este hombre, piensas contemplando uno de los trofeos. Qué pronunciación clara y precisa emitía la boca de ese otro. Este, con qué brazos posesivos me rodeaba, cuyas marcas no se han borrado de mi piel. Y aquel, cuánta sabiduría guardaba dentro de sí que yo marchité. Todavía sucumbo ante ese mendigo que no pude rechazar cuando sentí el hechizo de su mirada tratando de huir de la podredumbre.  Y este, este, ¿por qué acabaría con él si no volveré jamás a encontrar otra ternura como la suya? Tal vez quieres mantener a la vista cuanto te entregaron todos los hombres que mandaste borrar de tu presencia. ¿No querías que fueran de nadie más después de haber sido tuyos? ¿Sentías impotencia por no haber logrado retener cada una de sus cualidades? Y el rey y sus príncipes y sus funcionarios, cualquiera de aquellos que tenían poder, que es tanto como decir decisión sobre la vida y la muerte ajenas, ¿acaso podían proporcionarte una pequeña parte de lo que cada uno de los hombres que llegaron a ti te ofrecieron? Te revuelves contra la frustración, te sientes desposeída. La privación de un tacto, de una palabra, de un beso, de una cálida presión sobre tu abdomen, de una inteligencia que te abría a nuevos mundos, te angustia. Lamentas ausencias y no te consuelas con colgar efigies que ni son lo que encarnaban ni las sientes con la misma energía que las percibiste con su cuerpo entero. Ay, Salomé. Has eliminado amores pasajeros y urgentes, apartado afectos embriagadores, despreciado entregas que no escamoteaban el tiempo, desoído propuestas que cambiaban la abulia de la monótona seguridad por la riqueza contenida en los nuevos descubrimientos. ¿Vas a seguir dedicando tu vida a la contemplación ponzoñosa de los recuerdos?





(Fotografía de William Mortensen)

martes, 28 de septiembre de 2021

Las diablas (Serie negra, 32)

 


Eh, chamaco, no tengas miedo, acércate. No lo tengo. ¿Ya pasaste la edad de la punzada? Sí, de sobra. No tengas miedo, no nos comemos a nadie. No, señora, no es eso. ¿No has estado nunca con una mujer? Ya ves que no, Mina, por la manera de reaccionar el chico se nota que anda perdido. Déjalo, si no quiere es que no quiere. Seguro que quiere. ¿A que quieres? No sé. Déjale, ya vendrá cuando esté más seguro. ¿Te asustas de nosotras? No, señora. ¿No nos ves normales? Sí, señora, pero...Vaya con el pinche, ya te veo que de sincero nada. Hay una chica más joven, no lleva mucho tiempo, pero esa te enseñaría poco. ¿La prefieres? No sé, nunca he sabido. Que no le insistas tanto, que a la fuerza nada, Mina. Anda ve por la vereda, chavo, que hoy no es tu día de estrenarte. Pero es que...¿Es que qué? Si no pruebas no sabes. Si no sabes harás el ridículo entre tus amigos. El ridículo te marcará y los otros pensarán que...¿O te has creído lo que te contaron del pecado? Yo entiendo que no quieras pecar, pero aquí uno no peca, aquí uno se pone a rodar.  Míralo de ese modo, chavo. Además esto te conviene para ser un esposo hábil y comprensivo algún día. ¿O cómo crees que empezó tu padre? Deje de lado a mi padre, señora. No te me pongas bravo, cuate. Dejado está, no vaya a ser que lo conozca. ¿Te avienes o no te avienes? Es que no me llegan los pesos. ¿Andas apretado? Todos con la misma historia. Eso se arregla. Tú nos dices de lo que dispones y nosotras te proporcionamos el artículo a la medida. Pero, ¿y la otra? ¿La otra? Mira que sois torpes los novatos. ¿Quién enseña más? ¿La maestra de toda la vida o la novicia? No se me enfade, señora, pero es que preferiría a la chava. Me han dicho...¿Cómo puedes querer lo que no ves? ¿Solo por lo que otros te dicen? La imagino, señora. Además es flaca, no te iría, se te escurriría de tan poca chicha que la sostiene. Eso no me importa. Yo tampoco soy sólido. Vaya, qué lengua de gachupín tan exquisita tiene nuestro invitado. Se te ve más animado. ¿Te vas a decidir o no? Puede. ¿Puede o sí? Pero solo con la nueva. Bueno, te diremos un secreto, la nueva no es tan nueva, pero te saldrá el servicio más caro. ¿Cómo cuánto? Ah, eso es también secreto. Hay costes que solo se pueden decir de puertas para adentro. Entonces no, mejor lo dejo para otro día. Cagón, quien no arriesga no sabe lo que es gloria. Piense lo que quiera. ¿Qué vas a contar a los amigos, que andan por ahí lucidos y desvirgados? No tienen por qué saber. En este pueblo todo se sabe, pero eso sí, nosotras somos la discreción cartuja. El buen merecer del cliente es lo primero. Y el convento siempre está abierto a nuevas vocaciones. Cerremos el trato. Miren que...¿Todavía un qué? Mina, déjalo, ya vendrá otro día. Yo me llamo Rosalía, y esta...Sí, ya sé. Aquí estaremos para hacer a otros felices, aunque nos llamen las diablas. Que tu inocencia te proteja. 



(Fotografía de Henri Cartier-Bresson. Calle Cuauhtemoctzin. Ciudad de México. 1934)

sábado, 25 de septiembre de 2021

El descerebrado (Serie negra, 31)

 


Conocí a Jan Hraska estando yo de celador en el Hospital Central de Bratislava. Toda su obsesión era justificarse con que no podía seguir las reglas de la sociedad porque había nacido sin cerebro. Cuando los médicos le decían: tienes cerebro, siempre lo has tenido, estás cansado, eso es todo, parecía calmarse. Naturalmente los médicos no podían, ni querían, estar pendientes de él a todas horas. Delegaban en el tratamiento y en nosotros los cuidadores. 

Jan me cogió cariño, acaso porque siempre me mostraba más receptivo que otros compañeros y nunca hice uso de la fuerza. ¿Tú ves que yo tenga cerebro?, me preguntaba con frecuencia Jan. No puedo ver tu cerebro, pretendía razonarle, está bien protegido por la capa craneal, lo que quiere decir bien colocado, y además si piensas, si hablas, si sientes, si comes y si percibes dolor es porque te funciona de maravilla. Quiero creerte, Karel, me decía, pero me quedaría más a gusto si alguien me abriera esta corteza -y señalaba el parietal- y me lo mostrara como en un espejo. Pero Jan, le respondía yo con un guiño de sorna, si te hicieran eso estarías muerto. No sé, insistía el hombre, tal vez sí, pero me quedaría más a gusto. Tú confías en mí, ¿no?, trataba de traerle a mi terreno. Sí, Karel, confío y por eso sé que eres la única persona que puede ayudarme a encontrar la solución. Es verdad que, como dices, siento dolor y tengo apetito y hablo, no mucho, pero hablo, y hasta juego al ajedrez con Josef, pero me parece que eso solo demuestra que soy animal de costumbres. Si tuviese cerebro trataría de seducir a la enfermera Ajmátova, pero como no lo tengo apenas sé hacer otra cosa más que coger las pastillas que me ofrece y dejarme pinchar por ella en el brazo de vez en cuando. 

Así que es se trata de eso, pensé. De un truco, no sé si consciente o no, que pretende utilizar para llegar al sentimiento de la mujer. Jan Hraska, atiende, le animé. No puedes deducir que solo porque la enfermera Ajmátova no te hace caso estás desprovisto de seso. ¿Por qué no te esfuerzas en dar por hecho que eres como cualquier otro humano, y no pienses en los que están en este hospital, te vistes elegante y le propones a la Ajmátova un paseo por el jardín? Si funciona acaso otro día te permitan recorrer la vereda de los abedules. Y si todo va bien, seguro que te dejan ir acompañado hasta el café del viejo Lada. Ah, pero ahora no se te ocurra contestarme que no lo quieres hacer porque no tienes cerebro. Jan se quedó callado, contempló con gesto reprobatorio la ropa deficiente que llevaba puesta, y me habló con parsimonia pero decidido. ¿Puede, entonces, la enfermera Ajmátova ver si tengo cerebro? Puede más que eso, aproveché esa actitud positiva. Puede leértelo. ¿Y decirme lo que piensa mi cerebro, si lo tuviese, de mí mismo? Bueno, eso, Jan, tendrás que preguntárselo a ella llegado el momento.

No sé si yo tomé también el camino del absurdo, pero estaba disparado proponiéndole cualquier cosa que prendiera su atención y le sacase de la indolencia. Jan Hraska puso una cara luminosa, corrigió una arruga de mi bata y se puso en pie. Tengo que ir hasta el armario y ponerme el traje de domingo, dijo. Formidable, le aupé eufórico. Si te parece voy a ver a la enfermera para que venga en tu busca en cuanto te hayas acicalado y puesto como un dandi. Jan se quedó pensativo. Pero, ¿cómo va a leerme el cerebro la enfermera Ajmátova si no lo tengo?, y adoptó una actitud mustia. No cedí. Ella tiene sus propios métodos, ya verás. ¿Como unos rayos especiales que proyecta desde sus ojos?, preguntó cándido. Porque ella emite una mirada que me roba el cerebro. Aproveché su salida entusiasta. ¿Ves, Jan? Tú mismo acabas de reconocer que tienes cerebro y que manifiesta inclinaciones afectivas. No te equivoques, Karel, replicó. Cuando a uno le roban en su casa le privan de algún bien. Y mi cuerpo es una casa, la más íntima, mi preferida. No me había dado cuenta hasta ahora pero creo que lo que me han robado es la joya más preciada. Por eso no te preocupes, Jan Hraska, se me ocurrió ya al borde de tirar la toalla. Le di un leve empujón en dirección a su cuarto. La Ajmátova, además de tacto profesional y una espléndida mirada, tiene madera de detective. 


(Fotografía del checo Josef Sudek)

jueves, 23 de septiembre de 2021

La entrevistadora en la casa azul (Serie negra, 30)

 


¿Y dice usted que ha venido para entrevistar al ruso? No sé si querrá. De momento está descansando. Puedo dejarle el aviso y que se ponga en contacto. El ruso lo medita todo antes de dar un paso. Piense, señorita, que su vida corre peligro desde que se vio obligado a abandonar aquella lejana tierra suya. Que no es que la abandonase, pues es un abanderado de una causa en que el mundo, aunque tiene fronteras, él lo ve una tierra única de una sola clase de hombres. Pero es lo que yo digo: entre la tierra de origen y la salvaguarda de la vida yo no me lo pensaría. ¿O hay un pedazo de suelo más seguro que sentir tus propios latidos cuando estos pueden depender de un instante? Dígame en qué hotel se hospeda y seguro que un día de estos le pasa recado. De verdad, señorita, que me da pena que ponga usted esa cara. También se la ve, por lo que me han dicho, que usted es una especie de tránsfuga. Malos tiempos estos en que gentes de allende del océano, más avanzadas que nosotros, llegan hasta aquí huyendo. ¿Que nadie está libre de que la expulsen de su patria? Eso está a la vista. O una de dos, te vendes por el plato de lentejas como aquel del libro sagrado o ya puedes ir pensando en hacer la petaca. Pinche de mí, qué cosas tengo, pretender corregir la plana a una persona que sabe lo que es andar por el mundo dando tumbos. Mire, no quiero que se quede triste por no ver al ruso. Yo estoy aquí de servicio y me debo a mis amos. Pero porque no haya hecho el viaje en balde se los presentaré. Le prevengo, eso sí, que son muy peculiares. Si tienen un buen día la recibirán con una cordialidad como si hubiese comido con ellos los fríjoles toda la vida. Si no, tampoco le negarán que recorra la casa y los patios. Seguro que no les molesta que mire y remire sus trabajos. Dizque habrá oído usted hablar de ellos, la pintura es su pasión, pero como todas las pasiones tienen sus altibajos. ¿Sabe usted que hay pasiones destructivas? Puede incluso que todas las pasiones lo sean antes o después. Ellos mismos, y esto se lo digo para que no se sorprenda, tienen días y noches de furia y de tormenta que les aleja al uno del otro. También días de entendimiento que les vuelve ausentes a los ojos del próximo. No me pida explicaciones, señorita, sobre lo que pintan. Se pintan a sí mismos, pero a la vez pintan el mundo como lo ven. Porque ellos creen que el mundo es como lo sienten. Él dice que hay muchos mundos y que quiere pintarlos todos. Ella, en cambio, calla y hace, piensa que el mundo está maltrecho y que el mensaje del dolor lo lleva dentro desde siempre y eso la guía. Ya ve qué raros son. Cosas de pintores o acaso los efluvios de las pinturas, que acaban intoxicando no solo su sangre sino sus mentes. Y luego la dichosa política, que nos vuelve locos a todos. Pero de eso no quiero hablar, ya le digo que una es solo del servicio. Así que pase. Espere un poco junto a los hermosos nopales que tenemos en el huerto. Eso sí, tenga cuidado de no pincharse.  




(Fotografía de Gisèle Freund)

lunes, 20 de septiembre de 2021

El orden dórico (Serie negra, 29)

 



Nazaria vivía al otro lado de la calle. Su hija mediana y yo éramos tan amigos que jugábamos a ser más que amigos. El juego de los niños es más intenso si adopta el papel de los mayores. Esas figuras que nos reprendían y nos reprobaban si venía al caso, pero cuya aparente superioridad nosotros envidiábamos. Tú eres mi padre y yo soy mi madre, me proponía la hija de Nazaria en un juego que se repetía, con sus ligeras variantes, frecuentemente. Pero si no conoces a tu padre, saltaba yo simple e inocente. ¿Cómo tengo que portarme si no me dices cómo pudo ser tu padre, que nunca ha vivido con vosotras? Eso es lo divertido, me cortaba la hija de Nazaria, te lo inventas. Y heme de tal modo, un día sí y otro también, en el rol de padre sin modelo preciso, porque naturalmente tampoco podía dejar en evidencia que el papel que yo representaba lo copiaba en parte de mi propio padre. Me creé, pues, un padre hecho de retazos, imaginario pero cambiante en función de lo que mi amiga me exigiera para representar una situación ficticia pero que fuese creíble. No sé cómo te gusta tanto, le decía, que nos inventemos que yo, tu esposo, vuelvo de una guerra, desarrapado y sucio, y que tú, mi mujer, sales al encuentro, pero yo llego tan desmemoriado y maltrecho que no te reconozco. Mal, mal, así no, me interrumpía mi vecina, no hagas de marido ni yo haré de tu mujer, hagamos simplemente de padre y de madre. Entonces yo callaba y envuelto por el absurdo me quedaba pensando en cómo actuar, evitando pronunciar las palabras que definían a una pareja pero a la vez resaltando el concepto de progenitores. A veces yo me indignaba. ¿Cómo voy a hacer de padre de mis hijos si no me reconoces como esposo tuyo?, la increpaba dispuesto a abandonar ese tipo de juego y reemplazarlo por ir a buscar endrinas, por ejemplo, entre las zarzas de la orilla del río. Pero ella no se rendía. Ah, échale imaginación, como seguramente la echaron mi madre y mi padre que, jugando y no jugando tuvieron a sus hijos. Y no lo haces mal cuando te lo propones, insistía. ¿O crees que no me fijo en cómo miras absorto a mi madre cuando sale de casa de par de mañana o al volver a la caída de la tarde? ¿O en cómo bajas corriendo por el atajo para llegar antes que ella al cruce donde coge el bus? ¿Y las veces que te haces el encontradizo en el mercado, como se lo debía hacer mi padre, ese padre que hubo pero como si no lo hubiera, y te embobas con el esbelto caminar de mi madre? Por no decirte, y es que hasta ahora me ha dado apuro, proseguía mi amiga su retahíla de chica lista, que te han visto subido en la higuera mirando cómo se viste o se quita la ropa la Nazaria. Cualquiera diría que preferirías jugar con ella antes que conmigo. Toda la saliva a tragar me pareció poca cuando mi amiga me abroncó de este modo, dejándome sin cartas, haciéndome sentir un perdedor. Me remató con una frase típica. A ver, ¿qué ves en ella que no ves en mí? Me había robado todas las palabras, no encontraba ningún razonamiento y cualquier excusa no iba a servir de nada. Así que reventé de una manera que sigo sin explicarme. Veo en tu madre, le dije enérgico y defendiendo la última posición del guerrero desarmado y a punto de desfallecer, el orden dórico. 



(Fotografía de Bernard Plossu)

sábado, 18 de septiembre de 2021

Gormaz, Paralelo 41

 


¿Qué ves desde aquí? Veo todo. Pero el todo es inmenso, ¿no? ¿Cómo puedes abarcarlo desde aquí? Sí, pero está ante nuestra mirada. ¿Y cómo definirías ese todo que ves? El todo no se puede definir. Las definiciones quedan para la parte. No es por llevarte la contraria, pero aquí hay más de una parte. Una considerable elevación, un arco de herradura, la mampostería, un paisaje agrario, el curso de un río, un horizonte que insinúa montañas, un cielo que no cesa. Tú lo dices. Eso es el todo. ¿No te basta con entenderlo de ese modo? Y aún hay más, extraviado en la neblina del tiempo. Una cultura dominadora que ordenó alzar la fortaleza, los técnicos y obreros que la construyeron, los episodios que tuvieron lugar en ella y su entorno, la llegada de otra cultura que tenía muchos ingredientes de la opuesta. Sigue siendo el todo, no obstante. Y todavía puedo indicar más partes. El acontecer, la transformación, la historia, la propiedad cambiante, otra lengua, el abandono, el olvido, y siempre el sufrimiento humano. ¿Puedes ver todas esas partes que permanecen en la oscuridad y que se encuentran aquí? Puedo ver todo. Y detrás, ¿no intuyes la bondad y la abyección, el ansia y la conformidad, la rebeldía y la complacencia, la atracción y la repulsión, el lujo y la miseria, el sencillo saber y la maldita ignorancia, el horror y la belleza, la supervivencia azarosa y la muerte insoslayable, todo cuanto ha gobernado la existencia de los hombres, fueran de unas creencias, condición y clase o de otras? No solo intuyo todo lo que citas, sino que sigo viéndolo con claridad porque son el todo, y aún rigen los corazones de los habitantes del presente. Sí, tienes razón. Me parece que yo también veo como tú. Veo todo lo demás. Lo visible y lo desaparecido. Lo que puede venir y lo que nos gustaría ver. Pero ahora permanezcamos contemplando el todo.



* Gormaz: 41º 29' 32'' N - 3º 00' 14'' O. Y pensar que quieren instalar una macro granja de explotación intensiva de cerdos por ahí abajo. 

Vista desde la fortaleza musulmana, siglos IX/X, de Gormaz, Soria. Ver:

https://www.asden.org/el-valioso-y-reconocido-paisaje-del-castillo-de-gormaz/

https://elpais.com/cultura/2021-09-14/una-granja-de-4200-cerdos-asedia-el-historico-castillo-soriano-de-gormaz.html



(Fotografía de Miguel Ángel García, de Ólvega, tomada de Wikimedia Commons)

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Cachete o caricia (Serie negra, 28)

 




¿Es lo mismo un cachete que una palmada? Sorprende la semejanza que puede haber entre ambos ademanes. Podría parecer un gesto idéntico, aunque acaso sea cuestión de ritmo y velocidad lo que los separa. La intención es lo que cuenta. No es lo mismo dar un cachete para corregir suavemente que una palmada de estímulo.

Ahora que ha pasado el tiempo y las vidas se han venido abajo miro y me veo. Con mi uniforme negro que había admirado desde muy niño. Lo que no se me logró es la Totenkopf, y anda que no me gustaba la calaverita plateada que lucían orgullosos los cargos altos. Pero la insignia no estaba destinada a los pequeños. Qué iba a saber yo entonces de aquel antiguo emblema que sublimaba el encuentro del hombre con la muerte. Mi camarada Franz estaba a punto de llanto cuando el superhombre acarició su rostro. Yo tragaba saliva, como seguramente hacían los otros de la fila. Que te venga a animar el superhombre no sucede todos los días. Y eso es de por sí emocionante. Yo nunca había visto al superhombre de cerca y menos sonriendo. Creo que era una sonrisa de perdedor, que nadie secundó durante el breve acto, no sé si por temor a él o porque las emociones se habían convertido ya en vidrios rotos. No cundía precisamente el humor, como tampoco la esperanza. La suerte estaba echada. Nos dijeron que éramos los últimos y leales defensores. Defensores ¿de qué? ¿De la devastación? ¿De la victoria pírrica? Creo que en realidad íbamos de ingenuos y risueños. Los idealistas. Tan perdedores éramos nosotros como él, y saber esto no era para poner buena cara. Durante años habíamos puesto todos una cara programada. El rostro de los triunfadores, y lo entiendo ahora, es un rostro impostado. Porque incluso los momentos de gloria tuvieron un precio.  Gestos que respondían al dictado del departamento de la Propaganda. Pero que nosotros asimilábamos, a los que dábamos nuestro acuerdo. ¿A quién no le gusta ser del bando de los victoriosos? No solo fuimos lo que quisieron que fuésemos, sino que nos gustó ser así. Al menos los primeros años. Luego...los vecindarios se fueron llenando de ausencias. Über alles...cantábamos con fe ciega. Aunque cada vez estábamos menos por encima de nadie.

Franz, ¿tú has entendido lo que nos ha dicho?, pregunté a mi amigo. Con ojos lacrimosos movió la cabeza de izquierda a derecha. Nein, y sollozó.  Franz me dijo después que la mano del gran jefe temblaba. No puede ser, le dije. El jefe nunca tiembla, nunca duda, nunca se equivoca, nunca da marcha atrás. Yo no percibí la palmada como Franz. Acaso porque el que temblaba era yo y no pude sentir la misma expresión de contacto de aquella mano que siempre nos habían dicho que era inmensa. Pero la encontré pusilánime, insignificante. En absoluto digna del jefe en el que habíamos depositado nuestro presente y nuestro porvenir. Luego yo también lloré cuando el superhombre se alejó cabizbajo, sin sonrisa y con andar pesado. En ese momento me di cuenta de que mis días de adorar al hombre providencial acababan ahí. 

Cuando a continuación cogimos el Panzerfaust apenas podía con él. Nunca antes me había pesado tanto. La caricia del jefe no me había nutrido lo suficiente. Lo comenté con mi mejor camarada. Las explosiones, cada vez más cercanas, las paredes de edificios que se venían abajo, el humo cegador y un aire cargado de gases que no nos permitía respirar decidieron por nosotros. ¿Crees que sirve para algo morir aquí, Franz?, y ambos, palpitantes, nos contemplamos con mirada desencajada. Nos dolía el miedo. La oscuridad llegó antes aquella tarde de primavera. Franz y yo abandonamos el arma, nos apartamos con cuidado del grupo, ya bastante disperso, y corrimos imparables. Desertando de la muerte segura e inmediata. Sin una dirección clara. Siguiendo al albur el curso del Spree, pues cuando todo está perdido solo un río puede conducirte al origen o al destino. Al idealismo lo dejamos yaciendo entre las ruinas.  



lunes, 13 de septiembre de 2021

El sueño del heredero del olvido (Serie negra, 27)

 




No has podido elegir mejor lugar de reposo que un vergel. Para un joven la dureza no existe. O es menos contundente que el cansancio. Acunado en medio de la inmensidad del capitel compensas con tu abandono la generosidad del cataclismo que lo colocó ahí. Acaso pensando en el sueño de los herederos del olvido, entre los que te encuentras. 

Ni un príncipe dispondría de un trono tan lujoso desde donde recibir a sus súbditos. Ni un general podría imaginar jamás la victoria sobre un símbolo tan exuberante como la testa de una columna. Ni un sumo sacerdote rezaría genuflexo las preces del día ante el ara de un Edén perdido. Ni un arquitecto sospecharía de la plural utilidad de su obra cuando esta, apeada de su función sacra y pretendidamente eterna, se transformó en lecho. 

Y tú, acurrucado entre la piedra y el ligero aire del atardecer, te dispones a soñar con lo que te persigue en esta vida y no alcanzas todavía de la otra. La vida por vivir es siempre improbable e incierta. Si se confirma día a día ya te puedes dar por satisfecho. Pero te harás preguntas. ¿Vivir así siempre de la misma manera? ¿Qué hacer para vivir de modo diferente? ¿Habrá otras posibilidades para los olvidados? O no te preguntes nada. Y hoy solo te entregas a la inercia y la pasividad. Ignorando las voces que en derredor te dan órdenes y que, con desdén, te marginan.

Sueñas con imágenes que  se sobreponen y suplantan a las que experimentas cada día. La felicidad no debe ser otra cosa sino el sueño, pensarás luego al despertar. Son tan turbias las vivencias cotidianas que añoras esos mundos vaporosos que te han sacado por unas horas de la vida. Desearás haber seguido durmiendo. Anhelarás flotar de nuevo entre sensaciones dispersas donde lo irreal no pesa ni causa dolor.

Sueñas con ser dueño de un camello, a veces de una recua de camellos. Sueñas con cultivar una parcela de tierra al borde de una acequia generosa. Sueñas con disponer de un pozo en el oasis y de un palmeral que te permita comerciar con dátiles. Sueñas con ser un guía sabio de las ciudades perdidas. Sueñas con atender a los viajeros en un caravasar apacible. Sueñas con lo que cuentan los viajeros. Sueñas con escribir lo que te relata esa gente de paso. Sueñas con saber escribir y con saber lo que escribes. Sueñas con interpretar lo que otros han escrito.  Sueñas con abandonar la tierra baldía. Sueñas con entrar al servicio de un cheik, que te exigirá pero pronunciará tu nombre y, por fin, sabrás que alguien se interesa por ti. Sueñas con que formas parte de una mesnada que te lleva a conocer mundo, aunque arriesgues en ello el precio de tu vida. Sueñas con la camaradería de aquel oficio de armas. Sueñas con un oficio en que tus manos no destrozan otros cuerpos y se entregan a sorprendentes artesanías. Sueñas con el amor del que otros hablan tanto y cuyo sabor desconoces. 

Los viajeros dicen que eres un joven afortunado. Con cuántos epítetos te obsequian y ensordecen tus oídos. Heredero de la urbe. Poseedor de los tesoros. Vigilante de la historia. Observador del tiempo que no transcurre. Propietario del arte inmutable. Cuánta palabrería. Ellos te miran desde su visión cómoda, aunque también asombrados por todo cuanto te rodea y que descubren perplejos. Pero no te fíes, no les interesas. Al volver a su lugar de origen no te nombrarán. Tú ahora les sonríes, les informas inventándote el pasado, aceptas sus propinas, te sorprendes con sus vestimentas, les pasas direcciones donde pueden adquirir objetos a precio de saldo, haces guiños a sus hijas púberes que te miran con curiosidad y picardía, te diviertes con los artilugios que plantan ante el paisaje para eternizarlo, según dicen ellos. 

Un pintor llega y te pide que poses para él unas horas. Un fotógrafo con su cámara diabólica reclama que no te muevas, que vivirás así y ahí para siempre; y tú no lo entiendes. Un tipo de sonrisa oblicua y bigote almidonado te tienta con un puñado de piastras si cedes a él en algún apartado oscuro. Un buscador de tesoros te presiona para que le proporciones información sobre necrópolis ocultas. Un personaje frágil y miope que dice que recolecta tradiciones y cuentos populares te ruega que le facilites contacto con ancianos de los pueblos próximos. Una familia pudiente quiere contratarte como guía, y la propuesta te eleva aunque no se te dé bien negociar. Tal vez los visitantes no sean el maná pero no todos llegan con intenciones de pillaje, meditas. Y aceptas sin dudar el servicio de aquellos que percibes más sinceros. No solo por dinero, sino porque te tienen en cuenta.

Cuando todos ellos se han retirado permaneces ausente. Suspiras y te regalas con satisfacción tu propia sonrisa. Contemplas en el ocaso de la jornada la vieja ciudad impertérrita. Nadie te ha explicado jamás cómo pudo ser cuando estuvo en pie. Pero entonces tú sueñas un sueño despierto, y la imaginas en su magnitud. Y vislumbras el movimiento de las gentes por sus calles. Calles casi borradas por una sucesión de derrotas y de simunes que han acabado devorando a la urbe. Te ves levantándola de nuevo con la pasión que supones que debe existir en la entrega a un amor que merece ser correspondido.






(Fotografía de las ruinas de Palmira, de Felix Bonfils, 1867-1876. Instituto Smithsoniano)


viernes, 10 de septiembre de 2021

Cuando Abu Hassan velaba a los muertos en venta (Serie negra, 26 )

 



Me llamo Abu Hassan. No me he visto en otra igual. Mis vecinos dicen con sorna que he hecho oficio de velar a los muertos. Pero aquí estoy, al cuidado de unos despojos por si algún extranjero se encapricha con ellos. Y es que hay que ver qué ocurrencias tienen los ingleses. Compran hasta los muertos. Los que saben dicen que son cadáveres de gente importante que vivió aquí en otro tiempo. Cualquiera lo diría al ver el estado en que se encuentran. Una vez un viajero rico me llamó ignorante por decir que tenían unos cuantos años. Son momias de hace milenios, me escupió con su pretencioso idioma. ¿No sabes lo que son momias? Algo me han contado, said, pero me cuesta entender que a los muertos los cubrieran de vendas, le respondí con respeto. A nosotros nos envuelven en una sábana y luego tierra encima, mirando a la ciudad sagrada por supuesto. El inglés se creció ante mi simpleza. Pretendió enseñarme. Eran gente noble, con una cultura excepcional y vasta, se creció soberbio. Tú ahí, medio dormido, ni sabes ni quieres saber de tu pasado. ¿Para qué, said? Me pagan por cuidar la mercancía. En esta mercancía que dices, terció de nuevo el inglés, se evidencia una clase sabia y poderosa que en otras épocas conquistó el mundo. Ganas me dieron de replicarle si habían sido gentes como ellos, que van por todos los continentes a la caza de riquezas. Pero ante un inglés conviene morderse la lengua. 

Paso tantas horas a la solana, espantando moscas, que hasta me gusta que aparezcan turistas impertinentes. Si aprendiera todas las lenguas que se escuchan desde aquí me abriría camino en la vida. Pero es impensable, he nacido para lo que he nacido y, como yo, hay miles. A los dialectos del país se suman las lenguas de gentes del más al Sur y las enrevesadas pronunciaciones de los europeos. A veces capto algo de lo que comentan los que están de paso y finjo ser más ignorante de lo que soy. A los viajeros les gusta alardear, como el caso que he contado antes. Y también ignorarnos. Ellos van a sus negocios. 

Hay extranjeros que nos desprecian pero otros que se apiadan porque nos consideran incultos y atrasados y su religión les invita a ser bondadosos. Te voy a explicar cómo embalsamaban a las momias, me saltó el otro día una inglesita pecosa y con rostro de vicio. Que Alá me perdone si pienso equivocadamente del prójimo, pero es que hay gestos provocativos y miradas insinuantes que hablan por sí solos. Aunque tal vez sea mi hambre. Dejé que me contara lo que no era nuevo para mí y fingí sorprenderme con su relato de técnicas y rituales. Si quieres atraer a alguien debes mostrarte por debajo suyo, me había recomendado mi tío Mahfud. ¿También a nosotros se nos podría embalsamar?, le pregunté con cierta picardía a la chica. Podríamos probar sin que estuvieras muerto, dijo ella con desparpajo. ¿Sin sacarme las vísceras?, y fingí asustarme. Acaso te pidiera el corazón, atacó ella entreabriéndome la camisa. Sentí una convulsión interior, pero no se pueden cometer errores con uno de fuera, y menos propasarte con una chica occidental, que luego te acusan de provocar de palabra y de obra. 

Si la inglesa pelirroja pretendía algo más que enterarse por la venta de antigüedades debía ser cauto. ¿Te pasas aquí el día entero vigilando a tus muertos?, continuó preguntona. Ese desenfado me cayó bien. Y empecé a ver a la rubia con otra mirada, y sentí que me crecía como hombre, y ella debió darse cuenta. Me turno con mi hermano, que es el que controla el negocio, le aclaré. Pero de vez en cuando libro. Podría llevarte a ver una de las mastabas descubiertas recientemente, propuse. Antes de que el calor apriete y nos haga trizas. Además el capataz de la excavación es amigo mío y nos dejará pasar. La chica inglesa, ondeando su acaracolada cabellera, se animó. ¿Por qué no?, dijo dando saltos. Y de paso podemos practicar técnicas de momificación, rio con descaro. Su piel rosácea me resultaba menos extraña. La risa fácil me desconcertaba. Sus ojos se volvieron turbios. El movimiento del torso acabó de perturbarme. ¿Me trataba de ese modo porque me consideraba sumiso o solamente pasivo? ¿Quería llevarse un recuerdo vivo de su estancia en el país? Mañana mismo, al abrirse el sol, le propuse, puedo buscarte a la puerta del hotel. Al despedirme de ella tuve la sensación de que era una chica más de mi barrio, con la que me había iniciado en fantasías. Me quedé pensativo y excitado. ¿Qué pinto yo vendiendo muertos y papiros día tras día en este rincón? Faruk, pedí al viejo ropero del puesto de al lado, préstame una camisa limpia para mañana, que igual cambia mi vida. 

Pero mi vida no cambió. Al día siguiente esperé a la puerta del lujoso hotel hasta que el calor se hizo notar. No esperes más, me dijo uno de los chicos de servicio. No hay ninguna inglesa rubia y lasciva, si es a la que esperas. El otro día le ocurrió lo mismo al hijo del carretero. Y también a Alí Bastam, el sobrino del escribiente de cartas. Debe ser el sol. Acaso el ardor de la juventud, que nos consume a todos. O tal vez el país, que nos tiene rendidos a todos ante los de fuera, balbucí mientras miraba con frustración mi camisa limpia y retornaba al puesto callejero. 

¿De qué personajes son estas momias?, me saca de mi abulia un europeo bien plantado, con una gran testa cubierta por un salacot. Yo le contesto que de personajes inexistentes. Luego corrijo mi respuesta cortante. Vaya usted a saber, said. Tal vez funcionarios, sacerdotes, parientes de mandatarios, escribas. Una clase inaccesible sobre la que los sabios de su nación hablan mucho en estos días. Lo seguro es que no se trataba de hombres vulgares. De la vida de estos poco se conoce. Tú bien sabes, me replicó cortés e interesado. No soy tan torpe, pensé con satisfacción para mis adentros. 




(Fotografía de Felix Bonfils de un vendedor de momias en una calle de El Cairo, 1865)

martes, 7 de septiembre de 2021

Postal desde Palmira (Serie negra, 25)

 



Else y Joachim queridos. No nos han faltado avatares durante el recorrido desde Baalbek hasta aquí. ¿O habría que decir aventuras? Si os dijéramos que hemos sido asaltados por el camino, ¿nos creeríais? El miedo inicial dio paso a cierta tranquilidad, pues uno de los bandidos, por suerte para nosotros, chapurreaba nuestro idioma. ¿Vais a Tudmur, así por las buenas? Vuestro valor y capacidad de decisión me enternecen. Eso dijo. Nos contó que había servido a un profesor de lenguas semíticas de nuestro país y enseguida comprobamos que tenía autoridad sobre el resto de la banda. De salteadores pasaron a convertirse en guías. En ningún momento hubo malos tratos. Nos caéis bien, dijo nuestro protector. Se llama Husayn y los suyos le apodan el alemán, como no podía ser menos. Sabed que nos gusta enseñar nuestras ciudades, contó no exento de ironía, porque aunque son de culturas anteriores a la nuestra también nos han hecho a nosotros. Llamaba la atención que Husayn nunca decía ruinas, sino ciudades; era como si al evocarlas las valorase todavía como urbes vivas. Pero nos disgusta, afirmó también, que vengan gentes aprovechadas, negociantes sin escrúpulos, depredadores o simples ladrones protegidos por funcionarios del gobierno, para llevarse piezas y tesoros. Tal vez os hayamos parecido vulgares malhechores, pero en realidad somos protectores de la herencia recibida, dijo con una mirada que buscaba confirmación en el grupo de sus seguidores. Como yo le indicara que su herencia debía ser la islámica él precisó. Las herencias no tienen tiempo de principio ni tendrán fecha final. Todo lo anterior, se admita o no para la vida práctica, nos ha ido condicionando. En gran parte somos lo heredado, y la herencia es una mezcla turbulenta y atemporal. Nunca ha habido del todo lo que decía el profesor: una tabla rasa. De las devastaciones y las migraciones los pueblos han aprendido a no renunciar a un acervo más reconocido o acaso ignorado. 

El guía bandido nos dejó asombrados. Sabía de qué hablaba. Convenceros, sobre todo tú, Joachim, que te has vuelto tan escéptico, cómo hasta un bandido puede tener ideas más claras que los considerados hombres honrados de nuestra República. Evidentemente, nada más llegar a Palmira comprendimos de inmediato que aquella extensión no se componía de meras ruinas, que no había que mirarlas como objeto de decadencia. Que la grandeza de lo permanente nos obligaba a reconstruir con la imaginación una ciudad pujante. Una urbe donde la creatividad y el buen hacer de los maestros antiguos concedían al nombre de ciudad una calidad que aún rezuman sus columnas despojadas, las bóvedas desaparecidas, las gradas del teatro donde nos parece escuchar a Plauto o a Terencio. 

Qué apropiados me parecen ahora aquellos versos de Der Archipelagus, dijo Vicky mientras recorríamos el empedrado de las calles. ¿Cuáles?, le pregunté sorprendido. Tiendas empero levanta ya el pueblo y los viejos vecinos..., comenzó a recitar. Entonces Husayn le arrebató con dulzura la declamación y continuó: y los viejos vecinos vuelven a unirse y siguiendo dictados del alma no escritos / alzan al aire livianas viviendas en riscos cercanos. Enmudecimos. Aquel hombre de apariencia ruda ¿era un bandido o portaba el alma del profesor de semíticas? 

Trataremos de enviar hoy mismo esta postal desde Tudmur. Mañana volveremos a Palmira y sus alrededores. Por supuesto, con nuestro bondadoso cicerone. Vicky quiere que os diga que aquí perdemos todas las palabras para dar paso al silencio de la Historia. Tendremos oportunidad de hablar mucho sobre ello a la vuelta. Vuestro amigo Gustl.