domingo, 27 de septiembre de 2020

Cuentos indómitos. El lenguaje de las manos

 



"Un hombre hay que se escapa, por milagro,

                 de tantas agonías".


Pedro Salinas, El contemplado, Variación XII.


Quédese a comer, escuchó decir a Jacinta un juez medio estupefacto. Creo que usted necesita contarme de su pasado y yo necesito oír hablar de un pasado que no tuve. ¿No le preocupa que los vecinos piensen mal, ahora que está usted sola y no se ha resuelto la desaparición de su esposo?, le preguntó Ordóñez. Ella esquivó la pregunta y el juez no esperó tampoco respuesta. Es como si yo estuviera haciendo unas diligencias de un caso o aportándole información a usted, ¿verdad?, dijo para reducir supuestos temores. Ambos se sorprendieron un poco de aquel argumento que parecía responder más a una ocultación clandestina que a una entrevista entre adultos y echaron a reír. 

El juez economizaba siempre sus risas pero una sensación sincera de bienestar sacaba de él unos reflejos contenidos en otras situaciones. Tiene usted unas manos prudentes, dijo de pronto Ordóñez, y ella se las miró. ¿Por qué prudentes?, dijo. Las manos son grandes o pequeñas, con dedos cortos o largos, flacos o regordetes, lozanos o ajados. No necesito describir mis manos puesto que usted las ve. ¿Qué más observa usted en mis manos que yo no vea? El juez buscó justificar su calificación. Veo los gestos. Estamos siempre más pendientes de nuestras palabras y hacemos complicidad de los gestos, pero estos tienen vida propia. Y de las manos cabe esperar un lenguaje paralelo, una expresión cargada de vida, aunque al ejercicio de su propiedad nos limitemos a llamar tacto. Jacinta le miró con la actitud de quien está hablando con un individuo diferente al que había conocido antes. Le sorprendía su labia sincera. Ah, ¿quiere decir entonces que lo que es cauto es mi tacto? Lo intuyo, replicó el juez. Su modo de elevar y girar las palmas, de medir los pequeños espacios que acompañan a sus palabras, la dirección ponderada de los dedos, los roces que se traen entre sí, el modo pausado que tienen de tocar los objetos. Dedos que ni acusan ni señalan ni se retraen. Manos que emiten sonrisas y dedos que acarician con mimo incluso el aire. Usted, Jacinta, habla y siente más con ellas que con su boca. 

La mujer trató de ocultar cierto rubor con una sonrisa torpe, lanzándose a fecundar la conversación. Pecaré de indiscreta, pero me gustaría saber si usted escudriña tanto a las personas afectadas en los casos judiciales como lo está haciendo ahora conmigo. Mire, y el juez agitó un respingo controlado, son observaciones diferentes. En mis casos profesionales se trata de examinar. Ahora solo pretendía aprender. Hay una diferencia de conocimiento. En lo judicial uno se encuentra mediatizado por las leyes y escéptico ante acusadores y acusados. Cada cual va buscando su propia salvación. Es una mecánica que, naturalmente, hay que llevar a cabo con escrupulosidad. A eso llamamos impartir justicia. Claro, usted podría ahora objetar: pero impartir justicia según una mecánica de pruebas no es necesariamente hacer justicia. Y no iría descaminada. Pero no es el tema a dilucidar ahora mismo. Mientras que en estos momentos, en que no nos une ningún asunto más que una conversación entre amigos, mi visión no depende de normas ni de criterios de leguleyo. Ella estuvo a punto de saltar: ¿Cómo que no nos pone en contacto la desaparición de mi marido?, pero se mordió la lengua, pues sabía de sobra que no había ninguna búsqueda oficial, a diferencia de lo acontecido en el caso del agrimensor, lo cual apaciguaba su inquietud. 

El olor de un asado llegó hasta Ordóñez y este se hizo más mundano. Le acepto la invitación, dijo, pero no me obligue a hablarle de mi oficio. Ni yo quiero, precisó la mujer. Ya le he dicho que prefiero que me hable de su pasado. Yo, al fin y al cabo, apenas he salido de San Joaquín y escucharé con placer cuanto me informe del mundo, aunque se lo invente. ¿Y si mi pasado es oscuro, señora?, planteó el juez. Ella sonrió pícaramente. Más a mi favor, siempre es más interesante oír hablar de los demonios que de los ángeles.





viernes, 25 de septiembre de 2020

Aforismo de las actuales circunstancias



 

Creo que a los que habitamos en este país nos sobra crispación y nos falta bondad para con nosotros mismos.



miércoles, 23 de septiembre de 2020

Otra hoja roja que se lleva el viento. Entre Prévert y Juliette Gréco

 




Me telefonea a hora intempestiva una voz casi olvidada. Allo, Héctor, dice. ¿Recuerdas cuando escuchamos por primera vez Las hojas muertas? Era otoño, como ahora, y justo ahora cae otra hoja de nuestro pasado. ¿Siempre llamas a tus viejos amigos, respondo, cuando un personaje olvidado pasa a ser olvidado del todo? Mi tono entre incómodo y escéptico no parece alterar a la mujer de la llamada nocturna. Yo sí recuerdo, insiste. Fue un día a la salida del liceo nuevo de Montrouge. Tú parecías tan enternecido por aquella canción que ya había cantado Montand y que acababas de descubrir de voz de la Gréco. Me llevaste al bistró de tu abuelo y pusiste la gramola a todo pasto para mí. No pegaba allí, en medio de los humos y las voces de carreteros y taxistas, aquella melancolía hecha poesía y hecha mujer. Pero tú estabas emocionado. Sandrine, me dijiste, estoy leyendo a Prévert, y abriste aquel libro, Palabras, y recitaste un poema titulado El otoño, que entonces me pareció cursi y tú decías que era surrealista. No me acuerdo de tanto, replico algo desaborido. Pues yo no lo he olvidado, dice la voz al otro lado del teléfono, y lo recita a su vez:


Un caballo se desploma en medio de una avenida

Las hojas caen sobre él

Nuestro amor tirita

Y el sol también.  


Héctor, ¿por qué nos atraían las voces melancólicas  cuando apenas estábamos descubriendo la atracción de la vida? ¿Porque nos gustaban los poemas de Prévert o porque ambos éramos unos corazones frágiles? No lo sé, respondo a Sandrine. También yo podría preguntarte: ¿Me llamas por la muerte de Juliette Greco o porque la canción te vuelve más frágil? Sandrine: A estas alturas no podemos ser más frágiles de lo que fuimos, o acaso lo somos de otro modo, con otra naturaleza. No, no te voy a recitar los dos primeros versos del poema, ya sabes, Me gustaría tanto que recordaras / aquellos años en que tú y yo éramos amigos...Pero lo acabas de hacer, Sandrine. Y si te pones así, yo podría acabar con otros versos del final del poema, aquellos que dicen: Pero la vida aleja a los que se aman / muy dulcemente, sin ruido...Silencio al otro lado. ¿Estás ahí, Sandrine?, digo. Sí, brindemos por otra hoja caída de nuestra memoria, dice una lenta y pesada voz que apenas reconozco.








lunes, 21 de septiembre de 2020

El silencio hablado de las sibilas

 


Cuando paso por el museo me coloco en un ángulo discreto de la sala y las contemplo. Estas sibilas musculosas y abstraídas no miran al cielo, aunque su cabeza en altura diagonal lo parezca. Tampoco escudriñan el futuro, pues bien saben ellas, como cualquier humano, que el futuro es vana invención.

Me admira la pose soberbia y firme con que tratan de alejarse de un humano cualquiera. A este le limita el presente, que tantea unas veces teniendo en cuenta el pasado, otras arriesgando alocadamente. Pero si un hombre, reflexionando sobre sus actos, trata de articular lo acontecido atrás y cuanto le involucra en su actual situación su mirada se extravía hacia el espacio horizontal cuando no hacia el subsuelo. Más de un artífice labró a su hombre pensante en actitud de caída. 

A mí me gusta más escuchar a las adivinas que contemplarlas. Y pienso por un momento si la manera de mirar no será a su vez un modo de escuchar por mi parte. No deja de fascinarme esa lograda postura de misión premonitoria con que les ha dotado el artista. ¿Qué esperáis?, les pregunto. Me parece oír su repuesta: ¿Qué esperáis vosotros? Pero ellas, sin girar su rostro, sin osar inclinar la cabeza hacia el paseante mediocre, se limitan a tamborilear tenuemente sobre sus carrillos. Porque las sibilas no responden por las buenas a cualquier mortal, sabedoras de que ellas no están para sacarnos las castañas del fuego. Cuántas veces fracasarían en sus intentos de consejo durante los lejanos tiempos en que eran utilizadas por los hombres de gobierno. Cuando estos acudían hipócritamente a ellas para justificar después sus desatinos y malas decisiones. Una duda tonta me asalta: ¿desearán en nuestros días recurrir a ellas los dirigentes de las élites de poder? Confiados en sus equipos directivos, seguros de sus asesores, atenidos a las cifras, aferrados a una telaraña de mecanismos y delegaciones, haciendo que hacen y diciendo no más de lo que dicen, los gobernantes se equivocan una y otra vez. Y la enorme masa de población que fiamos nuestro destino a quienes controlan y dirigen la sociedad somos tan ciegos de dirigirnos mendicantes a ellos como si fueran adivinos. 

Miro a las profetisas con la intriga de niño crecido, y me susurran que ellas no se responsabilizan de las acciones humanas ni se hacen eco de nuestros fallos. Su imagen quedó postergada para siempre en los viejos relatos épicos. Pero las tallas del artista me transmiten sus mensajes ocultos. Creed más en cada uno de vosotros mismos, me llega en su dialecto de la Fócida. Mientras no lo hagáis y luego os pongáis de acuerdo no superaréis vuestras incertidumbres y desasosiegos.




Conjunto de sibilas, obra de Alonso Berruguete (Paredes de Nava, 1490 -Toledo, 1561) del Museo Nacional de Escultura de Valladolid.


jueves, 17 de septiembre de 2020

La excursión por el lago Yamanaka

 




Se las veía contentas. Todo el empeño hacendoso que ponían cada día en sus trabajos y atenciones con los demás lo dejaban fluir al empujar la barca. El día se había despejado, las aguas amansaban las orillas, el lago atraía el vuelo de aves tenaces a la captura de los peces saltarines. Podría decirse que todo emanaba complicidad con las mujeres. El aire suave que mecía los juncos, la luz que protegía la quietud del lago, el paisaje extenso que proponía a la mirada una huida sin fin. Incluso el Fuji parecía más regio que nunca, desplegando su amplio kimono de plata. Iban agitadas, como adolescentes. Sus vestidos no eran impedimento para poner en acción los remos. Me provocaron entre risas y gestos. Adiós, abuelo Tsurumatsu, ¿no quiere venir? Anímese, donde caben cuatro caben cinco, y la embarcación puede con todos. Yo les respondí: divertíos, ya he navegado lo mío. Pero ellas insistían en provocarme. Nuestros remos son los más sólidos que usted haya podido manejar. Seguí el juego: No lo dudo, pero siempre me tuve por mejor timonel que remero, así que no podríais conmigo. Insistían tanto que casi me hicieron creer que me lo proponían en serio. De pronto pusieron un tono de confidencia. ¿Sabe una cosa, abuelo Tsurumatsu? Nos fugamos, no vamos a volver, véngase con nosotras hasta el otro lado del lago y quien sabe si de la prefectura. Usted ya ha vivido mucho tiempo en el pueblo. No volváis si no queréis les dije, pero el pueblo perderá su sustancia, aunque probablemente vosotras ganéis más. Por cierto, si cuando se os eche en falta me preguntan si os he visto, ¿qué digo? Dígales que vio cómo nos secuestraba el pájaro Yatagarasu y nos llevaba a todas por los aires, pero que esta vez en lugar de tener el ave tres garras tenía cuatro.



Chitón cuenta de la excursión de las mujeres en el enlace:

https://ehchiton.blogspot.com/2020/09/las-mujeres-de-la-naturaleza.html


(Ilustración de Katsushika Hokusai)


martes, 15 de septiembre de 2020

El día que conocí a la mujer libre

 Laura Vicente


El día que hice esta fotografía la conocí. Si dijera que es la que miraba al fotógrafo con atención no aclaro mucho, pues todas estaban expectantes, circunspectas y pendientes del flash. No se encontraba ella entre las más escondidas ni tampoco entre las que esbozaban sonrisa. Tampoco era de las de rostro más grave y menos todavía de las de apariencia ausente. Ninguna de las presentes podía ausentarse ante la eternidad de una fotografía. No voy a entrar en características anatómicas ni en formas de vestir, muy similares tanto en unas como en otras. De las alturas de aquellas mujeres ¿qué podría decir para dar pistas? Las de las primeras filas, dominantes en el grupo, no se llevaban mucho entre sí. Y la que daba más alta se debía a un sencillo calzado pequeño burgués que decía más de su desclasamiento que de su talla. Me niego a señalar que se trataba de la joven situada en tal posición a contar desde la izquierda o desde la derecha. Ni de si se colocaba junto a la de rizos o tras la de busto generoso. Y tampoco me parece oportuno indicar si llevaba un uniforme de oficio o un vestido a la moda. Aquel día todas estaban galanas y, no obstante la aglomeración, se respiraba flagrante. En resumen, que decoro y buena presencia no les faltaba a ninguna de nuestras obreras. Si diré que ella, y debo revelar ahora que fue con la que conviví un tiempo después, hasta la separación de sangre y fuego a que nos condujeron las circunstancias no deseadas, mostraba doble mirada. O triple, o cuádruple. Con aquellos ojos que procedían de un campo abierto y extenso, un espacio que sugería algo así como que nunca hubiera tenido origen y no revelase poseer destino, me observó mientras colocaba el trípode, a la vez que ordenaba el agrupamiento para que pudieran salir todas, misión imposible, en la imagen. No fue fácil hablar con ella al final de aquella sesión  pasajera. Todas las demás la reclamaban como si su opinión fuera decisiva. Yo tenía que volver al periódico y ella se veía obligada a atender a muchas de las asistentes, precisadas de consignas y ahítas de resoluciones que debían dar a conocer entre las mujeres de la ciudad. Estaba ya a punto de recoger la cámara para irme cuando, sorprendiéndome, interrumpió su tarea, se acercó y me dijo: ¿Cuándo va a salir el reportaje? Yo le respondí, aun no sabiéndolo con seguridad: mañana mismo si no tiene inconveniente el redactor jefe. ¿Puedo hablar contigo después de la publicación si no me ha gustado algo? Yo pensé: y si te ha gustado también, pero omití decirlo. Le respondí que naturalmente, que era una persona que corrige errores y deshace entuertos. Ella rio, yo me confundí, y entonces vi con claridad lo que había en el fondo de su retina. Fue aquello que observé lo que tiró de mí con fuerza incontrolable y lo que interrumpió para siempre mis días indolentes.




domingo, 13 de septiembre de 2020

Un poema recuperado, no sé por qué

 



Llegada


Vino a mí: el padre 
mirando sus manos de escribiente 
pensó en sí mismo y dijo: 
he aquí que llegas 
y ella la mujer de la otra tierra me ha concedido 
el don de que seas parte de este suelo maculado 

eso dijo y cuando tomó entre sus dedos mi levedad pensó: 
serás mi obra y te conduciré más allá de las adversidades 
eso afirmó y necesitó creer 
para sostenerse a sí mismo 
para apartar de su memoria los tiempos difíciles 
para probar que ser padre y hombre 
es ser una y otra vez hombre 

el padre empezó de nuevo a sentir a través de mí 
orígenes que nunca había olvidado del todo
y también a renunciar 
porque un padre debe creer en lo que transforma 
y compartir cuanto ofrece 
y aunque se rodee de incertidumbres es firme: 
no hay un camino seguro pensó 
pero lo labraré para ti 
deseó 

pues un hombre que llega con otro hombre
desde su misma sangre 
ya no sabría hacer otra cosa sino esperar al hijo 
toda su vida
y temer por él


(Las noches desasosegadas no sé qué tienen que se libran combates en ellas. Combates con la imagen, combates con fantasmas, combates con la oscuridad, combates con el propio desorden. Y cuando en un golpe de sueño, cuando no eres tú pero sigues siendo tú, cierta fuerza interrumpe la vigilia de temores y algo de ti se recupera. Y al despertar nuevamente, mientras la red de los espectros sigue tendida y tú eres un insecto inane atrapado sin apenas resistencia, te aferras a una pista emanada de aquel sueño, y antes de que se desprenda de nuevo de tus manos intentas seguirla. Tratas entonces de pergeñar un leve apunte en la libreta de la mesilla, o intentas un esfuerzo vano de memoria, pero la mente está pesada y cruje y oscila a punto de rendirse una vez más. Escuchas la sangre y temes que se apelmace en algún espacio recóndito de tu cuerpo. Te esfuerzas en visualizar tus tejidos celulares con un afán imposible y los ves rebeldes. Te acucia una pretensión obsesiva de adivinar el futuro de tus días y el pavor te acorrala. Piensas en los que te precedieron y pasaron por cuanto tú pasas ahora. Te concentras en lo que no comprendías cuando ellos vivían. Para darte ejemplo de entereza callaban. El desasosiego de la noche, que ya ha quedado atrás, te pone sobre la huella de un poema que escribiste hace tiempo con objeto de curar tus propias heridas. Y hoy, ahora, lo rescatas. Y ahora lo recitas. Somos hijos de otra permanencia, mientras se desgasta la que nos califica día a día)  




viernes, 11 de septiembre de 2020

Tentadora Diana Rigg, no ibas a ser vengadora eterna

 

Emma Peel - Adarve Granadino


No convenía ponerse delante de esta peligrosa dama. Pero no éramos delincuentes, sino críos, y aquella creación televisiva rezumaba demasiada woman's appeal como para no ceder a los riesgos. Así que nos colgábamos todas las tardes ante la pantalla para ver la serie en que dos actores británicos, Diana Rigg y Patrick Mcnee, encarnaban a Emma Peel y a John Steed: Los Vengadores. Ella. envuelta en sus trajes de cuero negro, ágil como un jaguar, resultaba colaboradora inequívoca de su compañero John Steed para defender al Imperio y el Orden frente al mal. El personaje Peel encarnaba valores propios de los 60, los de mujer liberal, independiente, capaz de valerse por sí misma y de demostrar tanto carácter o más que el patrón masculino al uso. Características representadas por los trajes simbólicos, ya fuera el ajustado combinado chaquetilla o jersey y pantalón de cuero, o el de trajes de diseño minifalda que empezaban a ser rompedores en la moda de los felices sesenta. Mary Quant estaba ahí.

Recuerdo que a la hora vespertina, sentados el grupo de amigos en un banco para nuestras entretenidas confidencias ya rebeldes, era inevitable comentar la serie. También incidir en las ironías de corte británico, ese humor especial que a veces disimula que lo sea, con que siempre se remataba cada capítulo. También captar las sugerencias y tentaciones de una complicidad de pareja que parecía ser solamente de trabajo pero que traspasaba el guión para que los chicos díésemos un paso al frente y releváramos al actor. Al fin y al cabo aquel woman's appeal que emanaba la mujer de negro, en una serie rodada en negro, ¿no estaba diseñado para complacer el sentido íntimo del espectador? Mi amigo M. se enamoró perdidamente de Diana Rigg y no hubo manera de quitársela de la cabeza hasta que conoció a una chica de carne y hueso, también intangible y efímera por entonces, pero al menos de visibilidad de este mundo. 


(Diana Rigg ha dejado la vida con 82 años. Los espectadores de las últimas generaciones la habrán visto actuar en Juego de tronos. Pero esta Diana, por su papel y por su edad, ya no cumplía el rol de vengadora de la serie. Y se han perdido a la apasionante detective)


Femina | Que sont-elles devenues? Diana Rigg, d'Emma Peel à Game of…

Agora de Ideas: Los Vengadores, el estilo británico de los 60


miércoles, 9 de septiembre de 2020

Tener menos que nada en Lesbos

 

Un segundo incendio ha sido declarado este miércoles en el campo de refugiados de Moria, afectando a zonas que no habían sido alcanzadas por las llamas hasta ahora. En la imagen, varios refugiados abandonan el campo de Moria con algunas pertenencias. A sus espaldas, una gran columna de humo.

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"Acampados estamos muy lejos de la tierra patria, en el mar apoyados".

Homero, Ilíada, XV 740


Hay días en que uno siente la vaciedad y la vergüenza. Los que ya nada tenían tienen menos. ¿Qué clase de matemática aplica el orden del mundo humano?

Incendios en los campos de refugiados de Lesbos. Un campo levantado para albergar a 2.800 personas, pero donde estaban recluidas casi 13.000. Grecia. Unión Europea. Mare nostrum. ¿Nostrum?

Y en mi ciudad hay gente se queja de que el covid 19 les haya dejado sin las fiestas tradicionales. Para tradición la de la miseria humana. Ay.


(Fotografía tomada de El País/ Fotografía tomada de Deutschland Welt)


lunes, 7 de septiembre de 2020

El orden de las cosas en un cuento japonés




"¡Oh mentes desdichadas de los hombres, oh espíritus ciegos! ¡En qué tinieblas de vida, en cuán grandes peligros se consume lo poco que hay de tiempo! ¡No ver que la naturaleza no reclama para sí otra cosa, si no es que el dolor esté lejos retirado del cuerpo y, apartada de inquietud y temor, gozar de una sensación de bienestar en el espíritu!".

Lo dice Lucrecio en el Libro II de La naturaleza de las cosas, y uno, en estos tiempos de aflicción, confusión y dudas en que vivimos se queda pensando con reservas, expectante pero se quisiera también esperanzado. Y como nunca hasta ahora ha anhelado que el dolor esté alejado, clamando porque la inquietud vaya perdiendo peso, que el temor se rebaje, que lo oscuro se torne transparente y que el goce más íntimo supla sabiamente al desconsuelo.

Chitón, en su serie sobre los ukiyo-e de Katsushika Hokusai, nos ofrece hoy un cuento.






(Ilustración de Balbi López Santos)

viernes, 4 de septiembre de 2020

Somos lo que la Taxonomía quiere que seamos

 


Nunca hubiera imaginado que yo -y tú y tú y tú, todos los que leéis esto- fuera, fuéramos, cuanto describe la Taxonomía. Estábamos hiper clasificados por los criterios de la ciencia biológica y yo no me había enterado. ¿Dónde encajará la siguiente especie, la que nos suceda cuando la nuestra flaquee o simplemente mute? ¿Cómo será denominada? ¿Quiénes se encargarán de modificar la Taxonomía? Pero bien pensado, los sucesores ¿se entregarán a la misma obsesión clasificatoria o resolverán el control con otro lenguaje más simplificado? Merece la pena leer de corrido la tabla de lo que somos, ya digo que según la Taxonomía. Con tanta nomenclatura ¿no se supera toda discusión ontológica, señores filósofos?


Taxonomía
Dominio:Eukaryota
Reino:Animalia
Subreino:Eumetazoa
(sin rango)Bilateria
Superfilo:Deuterostomia
Filo:Chordata
Subfilo:Vertebrata
Infrafilo:Gnathostomata
Superclase:Tetrapoda
Clase:Mammalia
Subclase:Theria
Infraclase:Placentalia
Superorden:Euarchontoglires
Granorden:Euarchonta
Orden:Primates
Suborden:Haplorrhini
Infraorden:Simiiformes
Parvorden:Catarrhini
Superfamilia:Hominoidea
Familia:Hominidae
Subfamilia:Homininae
Tribu:Hominini
Subtribu:Hominina
Género:Homo
Especie:H. sapiens


La fotografía es de una obra del escultor Bernardí Roig. La tabla está tomada de Wikipedia.


martes, 1 de septiembre de 2020

Göbekli Tepe, doce mil años nos contemplan (unas imágenes y una ficción caprichosa)




Gobekli Tepe (9500 a.C.), el Stonehenge de Turquía | Terrae Antiqvae


Me llamo Oguzcan y soy un ignorante. Quiero decir que si me sacan de mis labores agrícolas tradicionales y del cumplimiento rutinario de mi fe apenas sé del mundo. A veces leo en  el periódico de la provincia sucesos de otros países de los que desconozco dónde están. Ahí sí debo agradecer que me enseñaran en la madrasa no solo lo elemental de escritura y cálculo sino a distinguir el bien del mal. Aunque bien pensado ha sido la vida la que me ha seguido enseñando la diferencia entre el bien y el mal, sin que no siempre tenga claro cuándo elige uno con moral correcta o lo hace conforme a sus intereses o bien a lo que otros le obligan. 

Vida sin mayores aspiraciones, una guerra casi olvidada que me dejó cojo, varios hijos, algunas desgracias y este maldito y doloroso mal de la piedra que me ataca de vez en cuando. y al que agradezco no obstante que no me mate. Ese es el balance de los años que mi edad provecta tiene cada vez más dificultad en contar. Si no fuera por aquel acontecimiento donde lo antiguo y oculto  me ofreció su rostro podría decir que mi experiencia no ha sido diferente a la de otros individuos de mi generación. Pero el día en que, trabajando en la cuadrilla de obreros sobre un montículo, al que conocíamos de siempre como el monte panzudo, y al que subíamos corriendo de niños, rescatamos aquellos extraños y monumentales pilares casi me vuelvo loco. Había otro mundo bajo tierra. Había habido otras gentes mucho tiempo antes. Todo aquello, ¿tenía algo que ver con el país en donde vivo hoy?

Los que dirigían la excavación, profesores de universidades extranjeras casi todos, estaban tan perplejos  y excitados como nosotros. La diferencia es que ellos parecía que sabían algo y para los obreros y los primeros visitantes de aldeas cercanas todo aquello que surgía era un misterio total. ¿Cómo interpretar aquel espacio circular de dónde extrajimos tanta tierra? ¿Qué querían decir las figuras de animales labradas en la piedra? Los bloques donde aparecían brazos y manos, ¿eran gigantes? A las gentes del lugar solo nos habían hablado de nuestra cultura y religión, o de la república que se había formado a principios del siglo, pero todo esto que vomitaba el subsuelo ¿de qué tiempo y qué vidas se trataba? Los supersticiosos lanzaron el rumor de que podría ser cosa de seres de otros mundos, y en cierto modo no iban descaminados, y los arqueólogos enseguida precisaron que sí, que eran de otros mundos pero de los que habían existido antes en el mismo planeta en que habitamos, y cuya memoria se ignoraba y su existencia era desconocida.

Creo que cuando despejamos la tierra de los relieves, cada figura era una aparición que nos echaba para atrás. ¿Por qué observábamos con temor aquellas imágenes? Unas, porque eran de animales reconocidos por nosotros a los que temíamos. Otras porque eran extrañas y no se sabía de qué clase de seres se trataba. ¿O eran inventados? ¿O animales que habían existido y estaban desaparecidos desde hacía siglos?  Y ¿qué decir de aquella piedras monumentales, todas tan iguales, cuya parte superior sobresalía como si fueran cabezas? En los pueblos de la zona todo eran comentarios y habladurías. Que si cosa de diablos, que si procedía de gentes huidas por persecuciones, que si habían adorado a dioses que nuestra fe no podía reconocer jamás. En el café de Ümit no se hablaba de otra cosa al atardecer y hasta los niños se acercaban y ponían oído a nuestros chismorreos. Tengo que admitir que si bien nuestra religión no admite las imágenes aquellas esculturas nos entusiasmaron. Incluso hubo quien se hizo preguntas con mucha discreción. ¿Por qué nos hemos privado de esculpir en nuestras mezquitas o ciudades a otras especies o a la nuestra misma cuando civilizaciones antiquísimas ya sabían hacerlo tan bien? ¿Qué mal hay en hacernos acompañar nuestras aleyas con imágenes de la naturaleza? Que no me oiga, y Alá tenga misericordia de mí, ni el imán y mucho menos el muftí, pues nada hay más lejos de mi intención que ser un hereje. 

Pienso que unas ruinas no son un desecho. Que de ellas se puede aprender mucho. Que la existencia de culturas antiguas, con sus creencias pero también con sus formas de vida, nos pueden revelar muchas zonas oscuras de nuestra alma. Y, tal vez, cuando sepamos más de aquellas gentes que levantaron las edificaciones de la colina panzuda nos sirva su obra para entender la nuestra. O modificarla.




Nota. Este texto es una mera y caprichosa ficción inspirada en las imágenes del lugar arqueológico llamado Göbekli Tepe, en Sanliurfa, antigua Edesa, en Turquía. En principio se piensa que lo descubierto puede ser un santuario de gentes cazadoras y recolectoras de hace más de 11.000 años. De la época que denominamos Neolítico, anterior a las sociedades agrícolas y urbanas. Los interrogantes son muchos y variados. Pero parece ser un descubrimiento -y aún se ha excavado una pequeña parte- de primera magnitud que puede estar revolucionando los conocimientos que se tenían sobre aquel tiempo de la prehistoria. En la red hay una variada información. Las fotografías están tomadas de internet sin otra intención más que la ilustrativa.



Los misterios de Göbekli Tepe | Ancient Origins España y Latinoamérica

3. Gobekli Tepe: a flock of dodos in relief at the base of a central... |  Download Scientific Diagram

File:Göbekli Tepe Pillar.JPG - Wikimedia Commons

Gobekli Tepe-13 | Göbekli tepe, Prehistoric art, Ancient

Arqueólogos de Israel encuentran un patrón geométrico oculto en Göbekli Tepe  (Turquía), el “Templo más antiguo del mundo” – Arqueologia, Historia  Antigua y Medieval - Terrae Antiqvae


Tour de día completo de Gobekli Tepe y piscinas de Abraham desde Sanlıurfa  | Anatolia suroriental | 2020 | Viator

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viernes, 28 de agosto de 2020

En el principio fue la mirada (Admiración por Tell Brak)



ORIENS on Twitter: "#Ídolos de los Ojos hallados en el Templo de los Mil  Ojos, en la ciudad de Tell Brak, #Arqueología en #Mesopotamia.… "


En el principio fue la mirada. No la palabra. La palabra fue al final. El final que estamos recorriendo todavía. Llámese, si se quiere, desenlace. Que generará otra actividad. Que dará pie a otros desenlaces. Que probablemente no tenga fin.


Unique Mysterious Figurines With Enormous Eyes (Eye Idols of Tell ...


Tras la mirada, o junto a ella, fue el adiestramiento. 
Hacer y procurar.
Adecuarse y transformar.
Comprobar y decidir.


Tell Brak - Wikiwand


Lentamente tuvo lugar la adquisición de un método. De la inicial supervivencia instintiva al afianzamiento de un plan estable. Acaso era que el instinto padre daba lugar a la conciencia hija. Pero fuera de cualquier argumento, porque no eran tiempos, aún, del lenguaje explícito. Mas ¿no iría este incubándose paulatinamente en el útero del propio hacer? Y el hacer, que procuraba, transformaba y decidía tuvo lugar:

Seleccionando lo útil.
Desechando lo inservible.
Relegando lo insuficiente


TELL BRAK, CIRCA 4TH MILLENNIUM B.C. -A SYRIAN MARBLE DOUBLE 'EYE ...


Aquella mirada, una y múltiple, anterior y actual en cada momento de la especie, se fue afinando.

Distinguió.
Eligió.
Sitúo los términos del territorio.

Midiendo la necesidad y valorando la posibilidad.


A SYRIAN MARBLE 'EYE IDOL' Tell Brak Region, Circa 4th Millennium ...


La vida de los hombres fue compleja desde sus primeros vagidos sobre la Tierra. Complejidad heredada en parte de especies anteriores desde las que provinieron las humanas. Complejidad añadida por las nuevas miradas.

Mirada de curiosidad.
Mirada de indecisión.
Mirada de reconocimiento.


Tell Brak Stone Eye Idol by Artemis Gallery - 1299004 | Bidsquare


Lo complejo sumó valor a la capacidad instintiva. Y esta halló recursos, revolviéndose contra sí misma, esto es, contra sus limitaciones, a pesar de sus posibilidades. Revolviéndose contra los otros mundos: las demás especies coetáneas, las catástrofes, los ciclos alternos de extremas temperaturas, algunos milenarios. A veces demorando la vida. Mermando la vida. Siempre arriesgando la vida.


Syrian eye idol, Tell brak region. | Arte primitivo, Culturas ...


La mirada, ejercicio del órgano ojo amalgamado con el órgano cerebro, se fue convirtiendo en mil miradas. Todavía se multiplicó más cuando llegó el tiempo del lenguaje. Todavía fue más allá cuando se activó con amplitud la conciencia. Acaso cuando lo mirado exigió una expresión para justificar y explicar la relación del hombre con el todo. El arte.


Ídolo de ojos con niño, Tell Brak, de marmol, altura 5,8 cm - Catawiki

Tras la mirada, el objetivo más sublime.

La persecución del conocimiento, el instinto de saber. El dónde. El cómo. El por qué. El para qué.


 TELL-BRAK Mármol Idol - 9.6×4.1×5.8 cm - (1) - Catawiki


En Tell Brak, hoy nordeste de Siria, se encuentran las ruinas de una ciudad mesopotámica de seis milenios de antigüedad. En lo que fue uno de sus templos se hallaron infinidad de figuras de pequeño tamaño -ídolos, exvotos- representando a humanos. Su abstracción corporal solo es rota por los ojos centrados, bien abiertos, expectantes. Afirmación de una presencia, probablemente reclamando la atención y el favor de los dioses. Afirmación a través de una exaltación especial del órgano de la mirada. La mirada, la primera maestra del hombre, adquiere aquí un aire de eternidad.




(Fotografías tomadas de forma aleatoria de internet)


miércoles, 26 de agosto de 2020

Entre el shakuhachi y el shamisen.



La noche en que hice un alto en la ruta Tokaido la pasé en una casa de té. Fui atendido con exquisita entrega por parte de las geishas. Allí conocí a Kanae, apenas aprendiz de oficio cuyo protocolo me interesaba menos que su natural actitud. Mi cuerpo y mi mente se hallaban sumamente cansados. Mis músculos y huesos se quejaban del largo e incómodo viaje. Mi pensamiento estaba turbado por la misión delicada que me llevaba lejos de la corte. Del éxito del cometido dependía mi futuro profesional y acaso vital. Debió ser por ello que aquella noche solo me apeteciera relajarme, huyendo de esfuerzos. No me atraía tampoco beber en exceso, prefería otras maneras de evasión. Una de las mujeres dominaba el shakuhachi. Aquellos sones extremadamente alargados y de una profundidad aguda tal que competían con el viento hicieron más por mi búsqueda de recuperación que cualquier otra propuesta. Las conversaciones se desarrollaban concisas y en voz baja, algo que me agradó, porque no es lo que siempre abunda en una casa de té. Fue Kanae la que me dedicó hermosas composiciones con su shamisen. Con lo joven que eres, ¿cómo es que dominas de este modo el arte de la cuerda?, la pregunté. Viene de familia, se limitó a responder. Me impresionó la mirada fija de la joven, que realmente era introspectiva, y los compases melódicos que me brindó parecían tender un puente de seguridad y bienestar con mi estado físico. Qué discreto cuidado la de esta mujer, pensé. Con qué medidas formas procura sobre mi persona. No parecen convencionales las pautas de su comportamiento. ¿En qué crisol, que no es esta casa, se ha ido forjando su personalidad? Tal vez eran pensamientos escasamente fundamentados los que me embargaban. A medida que fui desconectando de mis preocupaciones y sintiéndome más descansado mantuve agradable charla con la joven. Yo fui reservado respecto a mis quehaceres, aunque anécdotas no me faltaron. Ella me habló de sus escasas vivencias, a las que calificó, no obstante, de intensas y muy ilustrativas.  Fue entonces cuando me contó el encuentro reciente con un peregrino a Nikko cuyo retorno del santuario estaba esperando.



***Se puede saber  de esta última historia en Chitón.

Adjunto un par de vídeos para admirar la belleza del shakuhachi y del shamisen, admirablemente interpretados.


(Ilustración de Balbi López Santos)





sábado, 22 de agosto de 2020

Cuentos indómitos. Revelaciones del juez















Las fantasías pueden trastornar a un hombre. Jacinta, que no se había sobresaltado cuando el juez entró en su casa, se sorprendió al escuchar aquella frase. A mí me sucedió una vez y estos días he vuelto a percibir aquellas sensaciones, añadió Ordóñez. ¿Me trae noticias sobre mi marido?, inquirió ella templadamente. No me ha sido posible aún saber nada nuevo, ni de Pallarés ni del agrimensor ni de la supuesta aparición de aquella joven a la orilla del río. Jacinta ya se había dado cuenta enseguida que el juez no venía a informar de nada. Le noto inquieto, le dijo. Como si fuera usted otro hombre. El juez cogió el guante. Siempre he sido otro hombre, precisaría incluso que también otro hombre, pero solo he podido mostrar uno de ellos. Me ha perseguido la sensación de que uno controlaba al otro, lo desplazaba, lo ocultaba incluso. Solo muy ocasionalmente el otro hombre que hay dentro de mí ha roto el cerco del aparente y entonces han sucedido cosas. Jacinta agradeció la confianza. ¿Como cuales?, se atrevió. Ordóñez no se sintió incómodo, más bien se reconoció afortunado al ser escuchado con interés. Cuando aquel enamoramiento ciego de hace años en París, reveló para estupor de Jacinta, que me mostró mis indecisiones. O recientemente, en que la lectura de un libro  adquirido en Asunción ha revelado mis límites.

Ambos se sentaron. Jacinta, dispuesta a seguir oyendo las cuitas y acaso revelaciones del hombre juez. Le ofreció un mate bien frío. Se agradece tomar un tereré con este bochorno que tenemos, se justificó. Luego continuó alimentando la conversación. Mire, juez, a todos nos han pasado cosas así, aunque supongo que quienes han visto mundo disfrutarían de experiencias diversas que les habrá permitido conocerse un poco mejor a sí mismos. A Ordóñez le gustó el razonamiento sincero de la mujer. Pero todo disfrute implica también un cierto grado de padecimiento, acotó. Lo que parece que atrae y te eleva puede venirse abajo y entonces sufres. Es lo que tienen los enamoramientos, ¿verdad?, le interrumpió Jacinta. No sé si siempre, aseveró él, pero ese componente doble, de lleno primero y de vaciamiento después, es inevitable. Solo que no se quiere aceptar cuando el lado más gratificante parece ascender y ascender como si nunca fuera a tener límite. Pero también suceden otras cosas, relacionadas o no con las experiencias exultantes. ¿Sí? ¿Como cuales?,  volvió la mujer a apremiar al juez. Cosas graves unas veces, que aparecen y desaparecen, precisó él. Tal lo acontecido con las personas que andamos investigando dónde han ido a parar, y créame que no temo por su propio marido, hombre cabal como pocos, y que son situaciones que o se disuelven o se resuelven. Pero también hay fenómenos insignificantes que se nos muestran de pronto como meros habitantes del pasado y se rescatan con un golpe de memoria o por asociación de ideas o simplemente a través del hallazgo de unos papeles u objetos que encuentras sepultados en algún cajón olvidado y que hablan locuaces.

Jacinta no se atrevió a contarle a Ordóñez que su marido había sido abducido por unos escritos que se había reservado, hurtados al sumario, y que ella misma releía con frecuencia. Sacar a relucir papeles es siempre arriesgado, dijo conteniendo su propio secreto. Dígamelo a mí, replicó el hombre. A lo largo de mi vida profesional he tenido acceso a documentos privados, escritos, comunicaciones, todo ello convertido en algo horroroso que llamamos pruebas. Pero más allá de la vertiente de la investigación, digamos, los escritos contenían relatos de vivencias, confidencias, diarios íntimos, vida, al fin y al cabo, a la que yo apenas prestaba otra atención más allá de ver qué relación tenían con el proceso de una causa. 

Ordóñez se encontraba desatado. Imagine que yo mismo en el pasado hubiese cometido un crimen u otra clase de delito, y que la autoridad hubiera dado con mis apuntes personales. ¿Atendería esta a la comprensión objetiva del individuo o buscaría solo cómo probar mi depravada acción a través de confesiones que no eran sino introspecciones sinceras para desahogarme? Escribir es siempre muy peligroso. Nunca se sabe dónde y a quién van a parar tus palabras. Porque a las que se emiten oralmente, salvo que haya testigos que las transmitan, se las lleva el viento. Lo escrito y más si se guarda es una acumulación de pruebas contra uno mismo. Yo, una vez, de joven, escribí, ¿sabe usted?. Leí y escribí mucho. Luego fue el abandono, la dejadez, el repudio a seguir ejercitando otra cosa que no fuera sino mi profesión, a veces odiosa.

Jacinta se sintió diferente al escuchar aquellas confidencias. Como si otro mundo desconocido se aproximase veloz a ella. Fue atrevida. Diga que soy curiosa si quiere, pero no me resistiría a leer lo que hubiera salido de su imaginación. Ordóñez percibió aquella petición indirecta como un halago. Tal vez, pensó, he estado necesitado de testigos gran parte de mi vida. De testigos personales, que me señalaran en mis obras o en mis deficiencias, que me criticaran y me propusieran, y que yo no he aceptado. Entonces, miró a los ojos a Jacinta, respiró hondo y con decisión la dijo: puede que le deje leer o lea para usted viejas anotaciones de un tiempo fugado.





(Fotografía de Jorge Molder)
   
   

jueves, 20 de agosto de 2020

Mensaje a mí mismo





a veces uno tiene la

ingenua sensación de

haberse llevado el

tiempo por delante,

cuando en realidad es

el tiempo el que le

lleva a uno de la mano

hasta que un día

le apetezca ¡zas!

soltársela de repente


martes, 18 de agosto de 2020

Federico: el tiempo pasa, pero no tu canción

 

Federico García Lorca.


Hay quien dice que si no es por tu muerte trágica y las desdichadas circunstancias del país (1936) tu fama no habría cundido. Miente.

Hay quien dice que te lo buscaste, por ser como eras y pensabas y por cantar cuanto cantabas. Miente, pero no del todo.

Hay quien dice que tanto amor a la vida destruye antes o después. Miente algo, pero no va descaminado.

Hay quien dice que ser humano, con todas sus consecuencias y sensibilidades, aboca a un fin temprano. Miente, a medias.

Hay quien dice esto o lo otro sobre ti sin haber leído nada de lo que escribiste, pero ¿cómo va a saber de la vida quien no ha probado jamás la sustancia de tus palabras?

Hay quien huye de tu fantasía -nunca hubo fantasía tan tangible en la poesía- por temor a no saber interpretar la vida. Se equivoca.

Hago míos tus versos de aquel Madrigal:


"Yo te miré a los ojos

Cuando era niño y bueno.

Tus manos me rozaron

y me distes un beso".


Porque tu obra y la memoria de tu existencia nos acompañe hasta el fin de los tiempos, Federico.


(Hoy se cumplen 84 años del asesinato del poeta Federico García Lorca por los insurrectos contra el gobierno constitucional y legítimo de la nación)


domingo, 16 de agosto de 2020

Tras los shungas del pintor detallista

 


Algunos jóvenes del barrio donde se encuentra el estudio del pintor van como locos buscando los grabados eróticos. Para ellos está fuera de sus posibilidades económicas hacerse con uno de esos trabajos y el artista solo trabaja por encargo. No obstante basta con que uno de los jóvenes sepa que un familiar ha adquirido alguna de las ilustraciones para que aprovechen la ausencia de este y accedan a la vivienda. El pequeño grupo de adolescentes contempla los trabajos en profundo silencio. Nadie quiere interrumpir las escenas reflejadas. Todos tienen la misma sensación de estar invadiendo un terreno muy intimo. Incluso uno de ellos considera que es sagrado. Este grabado lo dice todo, exclama. Pero otro le corrige. No, no, solamente sugiere. Y un tercero expone sus dudas: ¿será así realmente? En ese arrebato propio de transgresores su curiosidad no se sacia, sino que pide más. ¿Y si pudiéramos entrar en el taller del pintor?, propone alguien. Pero tal osadía sería como penetrar en alguna de las pagodas de Nikko sin el respeto debido y sin que se nos permitiera el paso, se objeta. Sería una profanación. Hay matices. No lo es si mantenemos el mismo respeto que en cualquier recinto de culto. ¿O es que no os parecen estas escenas de los shungas que contemplamos de lo más sacro y profundo que hayamos visto jamás?


Sobre el tema hay un cuento en Chitón, para quien desee leerlo.

https://ehchiton.blogspot.com/2020/08/las-pinturas-secretas.html


 (Grabado de Hokusai)


martes, 11 de agosto de 2020

Cuentos indómitos. Reencuentro con lo perdido






"Hay ojos que solo miran el sueño; y, cuando
el sueño se disipa, se quedan ciegos".

Nuno Júdice, Viaje.



Se levantó con los músculos agarrotados, febril e indeciso. El juez, tan acostumbrado a resoluciones judiciales y por lo tanto a dictar sentencias, no sabía empero establecer conclusiones sobre su vida  sin abandonar las oraciones interrogativas. Preguntarse a uno mismo, se obtengan o no respuestas, es una forma de establecer un desarrollo lógico, tal vez un método. Incluso en un juez. ¿O acaso está más obligado a ello un magistrado? 

Mientras apuraba el café, ya de retorno en su casa de San Joaquín, el juez siguió dando vueltas al relato de su vida afectiva. Tal vez esta se resumía en un episodio excepcional, una experiencia incisiva que le marcó. Pero la capacidad razonadora de un hombre exige, por simple inercia, establecer ciertas deducciones. Por ejemplo, pensó Ordóñez, la pérdida del amor es la más profunda si no desgarradora de las pérdidas. Ah, pero no es la única, en absoluto, añadía a continuación. Perder el trabajo o los propios bienes, verse expulsado de un territorio habitado desde siempre o ser privado de la libertad, son pérdidas decisivas, amargas, irreparables. Bien lo sabía y no solamente por las noticias acerca del mundo que leía de corrido en los periódicos. Los procedimientos judiciales que él había orientado situaban a muchos hombres ante la deriva vital más angustiosa. Las sentencias que había emitido sin contemplaciones condenaban al apartamiento de muchos reos de la vida ordinaria. Sin embargo, había comprobado tiempo después que bastantes de aquellos desgraciados habían superado la prueba y él, movido por un extraño y confuso sentido de la compasión, había accedido a revisar causas y a amortiguar condenas. Pero, ¿por qué, sin embargo, perder el amor puede ser tan autodestructivo?, se preguntaba, obviando la diferencia de penas entre unas adversidades y otras.

Sobrecargó de café la taza. Necesitaba el incentivo que le abriera de par en par las zonas del cerebro donde deben operar las claves del entendimiento. Las claves. Toda su existencia transcurría buscando claves, y estas se presentaban de improviso, con actitud caótica, pero como destellos que iluminaban espacios tradicionalmente en penumbra. Cuanto más viejo va siendo uno más pretende interpretar. ¿Por nostalgia? ¿Por conciencia del desconocimiento de uno mismo? ¿Por percepción de que vivir es en parte sobrevivir y en parte representar una ficción que nos aleja de comprender de una manera natural las cosas? Ahora que ha pasado tanto tiempo de aquella relación antigua, que debería mantener archivada como una simple experiencia y no más, me caigo con revisar un dolor aparentemente superado, pensó desdeñoso. ¿Por qué interiorizamos tanto las vivencias amorosas? Muchos creen que amamos como expresión de nuestra bondad. El amor como entrega. Suena tan bien. Parece tan inocente. Se ha escrito tanta literatura sobre el tema que quien más o quien menos tiene una dosis reglada que se empeña en conservar. No sé quién me dijo una vez: somos un campo en barbecho que solo sabemos roturar adecuadamente cuando alguien dice que nos necesita. Trampas del lenguaje. Adornos. Artificios.  

Giróvago de sus propios pensamientos el juez Ordóñez se encontró de pronto removiendo viejos papeles. Cuadernos sepultados en el fondo de un cajón del trastero, con apuntes de aquel curso en París. Entre lo lectivo, pequeños billetes, que dirían los franceses, con mensajes de la mujer. Algunas cartas, tres o cuatro libros dedicados, varias cuentas de restorán, entradas picadas de museos, algún vaso o taza timbradas con el nombre de un bar. Tenía tanto afán coleccionista de objetos sin valor. Pensó: de objetos que superan el valor. Objetos como huellas que entonces me conducían a ella. Insignificantes cosas que si se guardan es porque nos hablan a dos voces, las que emiten las propiedades más intensas de nuestro Yo. ¿Es en ese ejercicio cuando desarrollamos herramientas emocionales que nos indican de lo que somos capaces, como si estuvieran dirigidas a cultivar los mejores dones de nosotros mismos? Y sin embargo, ahora que  lo medito con más profundidad y distanciamiento, acaso a través del amor y sus consecuencias, incluido el posterior abandono, es cuando estamos cerca de librarnos de esa vertiente del Yo más engreído y egoísta, tan estúpidamente suficiente. Tan absurdo y ciego. Pero todo es más sencillo. Se trata de instinto, simple instinto con lenguajes preferentes y escogidos, cuyos tactos y sabores hay que probar alguna vez en la vida.

¿Por qué había descendido el juez Ordóñez al pasado? Era lo que estaba haciendo al revisar de manera aleatoria su caja de recuerdos. Caja de Pandora, se dijo no sin estremecerse. ¿Qué necesidad tengo de abrirla a estas alturas? La memoria no repone lo que hubo. Cualquier intento de hurgar en los recuerdos es deslizarse por la fantasía arriesgando el desenlace amargo de una melancolía fútil y peligrosa. Es entrar en el mundo de los sueños, del eterno e inalcanzable territorio de los anhelos que tuvieron su tiempo y su ubicación. Pero Ordóñez no dejaba de inspeccionar aquellos trazos que le conducían a lo extraviado. Como si leer cartas, tocar pequeños regalos o contemplar alguna fotografía le proporcionaran el mismo placer que las caricias, recuperaran el húmedo sabor de los besos y le embargase con realismo el calor de las emociones vividas.




viernes, 7 de agosto de 2020

Haciendo novillos en el puente de Nihon-basi, contado por un niño

 

Cuando hacemos novillos mis amigos y yo solemos acercarnos a la zona de los almacenes que dan al río. Sabemos que nos espera un castigo al día siguiente pero Hiroshi dice siempre que se aprende más en un día observando el trasiego de mercancías y trabajos que repasando la geometría. Hiroshi, que es el compañero más decidido de la clase siempre lo proclama. Para gramática, aritmética o historia, lo mejor es darse una vuelta por los alrededores del puente Nihon-basi. Allí oímos hablar con acentos diferentes y en dialectos incomprensibles. Presenciamos los cálculos precipitados, pero seguros, de los proveedores de mercadería. Pegamos la oreja a algún grupo de mayores y nos enteramos de historias que nadie nos habría contado ni en la escuela ni en casa. ¿Qué más se puede pedir? Aunque no es la zona donde vivimos el puente está en la confluencia de la ruta Tokaido y es asombrosa la cantidad de gente que puede pasar por allí a cualquier hora. La mayor parte está trabajando o son viajeros en tránsito, pero muchos ociosos acuden a matar las horas. En la escuela nos llaman la pandilla del puente. Hiroshi, que es el más receptivo a lo que ve y oye, anda fantaseando como siempre y nos propone a los otros tres escondernos en algún carromato para llegar hasta Kyoto. Yo he dicho que eso es meternos en una aventura peligrosa. Que ya llegará el día en que salgamos de esta ciudad y que me conformo con que viajemos a través de las experiencias que la gente que pasa por aquí narra entre sí. Hoy hemos estado atentos a la conversación que se traían un ocioso de nacimiento, que es tanto como decir un tipo que no ha trabajado en su vida, y un monje. Otra clase de ocioso contemplativo. Pero qué digo, al paso que va mi pandilla haciendo novillos podemos acabar como ellos. Aunque supongo que antes nos molerán a palos nuestros padres.



Chitón cuenta la historia de los ociosos.

https://ehchiton.blogspot.com/2020/08/ajetreo-vista-de-ociosos.html


(Grabado de Hokusai) 

jueves, 6 de agosto de 2020

広島市 y 長崎市 Oración por ellos y por todos nosotros.


hiroshima

nagasaki





Hoy se cumplen 75 años del horror de Hiroshima 広島市 y el día 9 de Nagasaki 長崎市


Yo recuerdo a los inocentes.

Me conmuevo con ellos.

Me espanto por el hecho de que siempre sea la sociedad civil la que sufra las consecuencias de las decisiones de los gobernantes.

Me revuelvo contra los criminales.

Que no suceda de nuevo.
Que no nos pase a nadie.
Que se desactive el uso destructivo de la energía nuclear.

Convivencia, Compasión y Bondad.



Parque Conmemorativo de la Paz de Hiroshima (2020).




sábado, 1 de agosto de 2020

Cuentos indómitos. El juez y las voces del pasado




"Una palabra tuya para no caer, para poder dormir, para salir de este callejón. Una palabra tuya para tanto desasosiego. Un signo, una brújula, una señal de humo; para seguir tu estela, para saberte vivo. Mis palabras buscan un nido entre tus brazos. Una palabra a galope. Una palabra relincha a lo lejos. Una palabra sacude mi cuerpo. Una palabra de tierra. Tu palabra suspendida en los postes de la luz. Hay hierro en tu palabra. Tú me sobrevuelas. Una palabra tuya bastará para sanarme." 

Victoria Díaz, poeta recóndita.



Al leer una novela se corre el riesgo de traspasar sus límites. Es decir, no solo de entrar más o menos a fondo en ella y husmear por sus rincones, sino de desvanecernos en su argumento. Dejamos de ser el que somos en nuestra vida ordinaria y vivimos la vida de otros, habitamos sus ámbitos, nos desplazamos con ellos por otras geografías, disfrutamos de los placeres y participamos de las angustias que embargan a sus personajes. Esa extraña sensación había calado en el juez Ordóñez al leer la novela adquirida donde el flaco Gortari. Tanto tiempo he estado huérfano de imaginación que me ha engatusado el libro, sacó en conclusión no sin castigarse con cierta dosis de ironía mordaz. Pero lo que no había imaginado es que un relato le engullera hasta hacerle retroceder en el tiempo. En su propio, viejo y olvidado tiempo. 

Por la noche tuvo sueños turbulentos. Confundido en las dimensiones profundas y agitado en la duermevela oyó voces antiguas. Eran al principio toques rápidos, sonidos que se elevaban fugazmente, plegarias que se replicaban con otras súplicas. Después, se precipitaron voces y gestos. Una dicción más precisa que sentía familiar, la aproximación de un rostro que no había cambiado, el roce de unos cuerpos, el lenguaje de las risas, el susurro de propuestas libidinosas. Entonces el recuerdo se hizo carne vívida y dolorosa. Aquella obsesión repentina se reveló fecunda, pero arriesgada. Sus palabras existen todavía, se dijo a sí mismo. Luego ella, en alguna parte, existe. Y con ella y con sus palabras, que el tiempo transcurrido acaso ha atemperado, ¿permanece en mí algo más que el eco?

¿En qué mujer pensaba el juez? ¿Era posible que un relato de papel rescatase dentro de él vivencias sentimentales ya olvidadas y con ello actualizara viejas heridas? Vinieron a su mente revuelta y harto desatendida paisajes lejanos. Aquellos años en que abandonó Asunción para un curso de judicatura en París. ¿Dónde la conoció? Ah, sí, estaba de recepcionista en un hotel, impecable y atractiva con su uniforme azul oscuro, la corbata de rayas rojas y blancas cuyo nudo a él le gustaba deshacer lentamente mientras contemplaba su mirada felina y entregada. Y le hacía vibrar aquel acento francés capaz de desdoblarse en otros dejes extranjeros que, no obstante, no perdían la melosidad de su tono más íntimo. Pero según actualizaba aquellas imágenes penetraba de nuevo en los encuentros dispersos con la mujer. Las visitas a algún museo, cuya atracción compartían, los disfrutes en los paseos por los Jardines de Luxemburgo, los coloquios à deux sobre todo lo divino y humano en los almuerzos de bistró. O los intensos encuentros en el pequeño piso de Faubourg Saint Denis, donde ella aceptaba citarse subrepticiamente con él, rompiendo la monotonía de su matrimonio.

Acechado por la vorágine de la memoria, el juez se revolvió con inhabitual excitación en la tórrida noche de Asunción. Sentía que a la humedad ambiente se añadía la supurada por su inquietud. Y a esta le seguía un arañazo melancólico que no sabía contener. Durmió poco y a saltos. Algunas frases que no supo si procedían del sueño o de un deseo que se destapaba agresivo martilleaban cada despertar. Si vas a volver a América yo no habré existido, ¿verdad?, escuchaba de pronto con patetismo de boca de la mujer desaparecida cuyo tono severo contrarrestaba las palabras que anteriormente había urdido con dulzura en sus oídos. Y después: no te dejaré volver, no te permitiré que seas de nadie más, no antes de que hayas descubierto a la mujer turbulenta que llevo dentro y que debes entender. ¿No ves que no puedo por mí misma saciar la curiosidad de la vida? 

Ordóñez permaneció rígido, anonadado, distraído. Él, que apenas recordaba ya las propiedades del don del amor, se fue turbando más y más a medida que escuchaba voces que no llegaban de fuera, sino que salían de su entraña reprimida. Él, que estaba hecho de palabras precisas y rigurosas, pero en absoluto emotivas, giros que son de este mundo si bien del mundo del conflicto, descubría de pronto que desde el sueño era capaz de alzarse sobre otras palabras. Y buscar el enlace con las voces que le reclamaban. ¿Dónde he estado todos estos años en que me he negado a los afectos?, se preguntó con alarma. ¿Tienen que llegar aquellas voces de la lejanía para recuperar al hombre extraviado? No he sabido siquiera soñar con el amor. Si alguna vez me pareció que amaba debía ser más bien el amor quien me soñaba. Después de aquella mujer que me enseñó a amar con las palabras y a obtener placeres entre las palabras, todo fue abandono en mi vida, recapacitó con cierta amargura.

Entonces, el juez tuvo una iluminación. ¿Les habrá pasado algo parecido al agrimensor del que no se ha sabido nada o a mi agente judicial que de pronto se ha evaporado? Algo o alguien que les ha enajenado, pero que estaba dentro de ellos mismos, y que les ha señalado un camino. Y esto mismo ¿es lo que me espera también a mí? ¿Será lo perdido lo que nos pierde? La otra voz, la que solicita y afirma, la que exige y alivia, seguía cruzando las horas de la noche. Convirtiendo el desasosiego en misterio. El hombre permaneció pensativo, insomne, alerta. Los espectros de la noche le sobrevolaban.