miércoles, 18 de septiembre de 2024
Ecos lejanos, 9
lunes, 16 de septiembre de 2024
Ecos lejanos, 8
Ella bebe del frío como nosotros, dijo mientras contemplaba atentamente la corneja. Pero nosotros buscamos alimentarnos del calor, ¿no?, repliqué. Me pareció tan extremadamente dura su observación de doble sentido que me descompuse. ¿Tendría razón?
Había pasado demasiado tiempo y aunque seguíamos siendo en cierto modo nosotros, pues mientras uno no muere siempre sigue siendo una parte de sí mismo por mucho que el cuerpo haya mermado en sus potencialidades, no éramos los mismos de aquella madurez incipiente que nos parecía la cima. Porque uno es y no es el mismo a medida que los años modifican los sentimientos y los deseos, cuando no aminoran unos y se apagan otros. Ni siquiera físicamente somos los que fuimos. No hay discusión sobre los cambios que en el aspecto corporal tienen lugar. Ni tampoco sobre el interés en los temas de la vida que nos cautivaron antes y cuyo impacto se ha diluido. Y qué decir sobre cómo han ido cursando nuestros pensamientos, sus sinuosidades y confusiones, sus negaciones y bloqueos, tan alejados en muchos de ellos de lo que habíamos defendido antes. O incluso cómo ha ido transmutando la exposición de nuestras ideas. O las quebradizas maneras al utilizar las palabras para expresar nuestras opiniones.
¿Qué hay ahora, dijo ella de pronto, de aquella euforia y ganas de devorar lo que nos rodeaba porque, decías, había que cambiarlo? Aquel estilo que te hacía único, que te embellecía y suscitaba un margen de seducción en torno a ti. Aquellas propuestas ideales tal vez, pero que nos arrojaba a compartirlas contigo como si fueran alcanzables o incluso tangibles. ¿Dónde quedó todo? Ya no propones como antes, no arriesgas, no avasallas con tu carácter impetuoso pero en absoluto grosero que te caracterizaba, y que no solo yo sino personas de nuestro ámbito o que acababas de conocer admiraban.
La mujer se mostraba intensamente demoledora con su discurso. ¿Era la corneja y aquel paisaje frío y acuoso lo que sacaba su gelidez íntima y desapacible para atacarme? Nunca fue mi estilo responder a los ataques con ataques, ni elevar el tono de la voz, ni reprochar, una actitud esta que siempre me ha repugnado. Pero reconozco que las censuras bien fundamentadas hacen mella en mí y me anulan.
Las distancias alteran nuestra personalidad, dije para tratar de enderezar una conversación que amenazaba con un caos verbal o con el silencio. Las territoriales, sin duda, pero sobre todo la temporalidad. No haber sabido de nosotros durante tantos años, esa ausencia sentida o ignorada que nos ha privado mutuamente de afectos y de sentimientos, es suficiente razón para haber estado al borde del olvido. Su carcajada fue una bofetada. Se volvió hacia mí con ímpetu. ¿Y no ha sido olvido? Nos hemos encontrado al cabo del tiempo por azar, no porque nos hayamos buscado. ¿Has hecho tú algún esfuerzo? Porque yo sí. No te escudes en las situaciones fáciles, eso de las distancias y lo otro de los acontecimientos tras los que desaparecieron antiguos amigos y compañeros.
En su mirada no vi el templado y ambarino iris que la caracterizaba, en el que me reflejaba antiguamente. Solo cornejas bebiendo la pérdida glacial que yo no sabía cómo apartar.
*Fotografía de Inés González.
jueves, 12 de septiembre de 2024
Ecos lejanos, 7
domingo, 8 de septiembre de 2024
Ecos lejanos, 6
viernes, 6 de septiembre de 2024
Propuestas ingenuas que debemos tornar ingeniosas
Propuestas para la supervivencia en tiempos seniles (y por supuesto para los no seniles) No ceder al atosigamiento. No conceder valor a la palabrería vana. No rasgarnos las vestiduras por situaciones y expresiones que han existido siempre y que hoy se tienden a sobredimensionar. Conceder una segunda lectura o escucha a lo que nos digan desde medios de noticias o desde personas cercanas. Quitar hierro a lo que es hojalata y ver la dureza de lo que nos quieren vender como suave y al alcance. Desconfiar de la primera intención, pues siempre hay otra u otras ocultas. Contemplar todo lo que se pueda pero sabiendo mirar. Huir del ruido (una vez más) Permanecer predispuestos pero no otorgar una entrega a cualquier precio. Percibir la bondad que llevamos dentro y compartirla (antes descubrirla, que puede estar muy oculta) Rescatar la prudencia a pesar de las presiones insensatas. Si aún nos entusiasma un atisbo de inocencia antigua, no desdeñarla, pero que no se imponga a la razón sesuda.
Y aquí, en todas estas propuestas que ya digo que ingenuas, pero bienintencionadas, ¿dónde está lo ingenioso? Seguramente en los márgenes y rincones del cerebro de cada uno. Siempre hay una tribu a la que hablar de la belleza de las ideas y a la que relatar con palabras ilusionantes, y ojalá que precisas, el poder de la palabra bien utilizada. Y si alguien dice que no conoce tribu, que escarbe dentro de sí mismo. Seguro que allí, en su profundidad, moran personajes que fueron o no han sido, pero a los que hay que escuchar y con los que también dialogar.
Basta por hoy esta disquisición buenista (me temo)
* Dibujo de Ainslie Roberts
domingo, 1 de septiembre de 2024
Ecos lejanos, 5
Miré a Else desde el rincón donde acostumbraba a sentarme en en el café Josty. Debatía con un grupo de hombres, que se expresaban unas veces con risas, otras con vehemencia. No llevaba la iniciativa con comentarios estridentes ni parecía que fuera ella quien plantease los temas. Sin embargo, todos recababan su opinión. Tuve la impresión de que con cierta frecuencia se abstraía, ausentándose discretamente de la conversación. Ignorando las palabras gruesas con que sus acompañantes defendían causas estéticas o proponían ideas descabelladas. Huyendo de virulencias y malas caras. Ya se sabe, de esa actitud típica de artistas y escritores que necesitan apaciguar sus propias soledades alimentándose de ruidos externos de los que posteriormente van a disentir. Pero ella se mantenía serena. Y sus palabras, cuando venían al caso, se emitían con prudencia y a la vez con precisión.
Y en una de esas abstracciones dirigió su mirada hacia mí. No podía ignorar que yo ponía el oído, aunque solo me llegara el tema de conversación cuando aquellos bohemios elevaban el tono. Simulé seguir entregado a mis lecturas. Pero aquella mirada aparentemente inexpresiva me intrigó. No pude evitar interrumpir con más frecuencia mi concentración, al principio de manera espontánea, luego más estudiada, buscando la coincidencia con uno de esos ojeos que ella me dedicaba. ¿Era así de anodina ella ante los desconocidos o se trataba de un estilo paciente?
La respuesta la tuve con su acción. De pronto se había plantado ante mi mesa. Nuestra troupe no le está dejando leer, ¿verdad?, dijo con prudencia. Somos demasiado ruidosos. Los artistas se pelean con los escritores y viceversa, y cuando aparece algún político se unen para atacarle a él. Así son nuestras tertulias. ¿A usted no le interesan las tertulias? Se ve que prefiere entenderse con los libros y con el silencio, ¿es así? No me haga caso, soy una rara avis, eso dicen, me gusta participar de las opiniones jugosas, pero en realidad deseo sentirme un robinsón en una isla como la suya. Y huyo en cuanto puedo de esos territorios donde se pontifica tanto y no se deja títere con cabeza. Porque, a ver, usted que nos habrá estado escudriñando, ¿me ha visto a mí erigirme en papisa de ideas o de facciones? Sin embargo es lo que les gusta a toda esta gente de las artes y de los shows, pretendiendo que están más allá de los mortales y, un error, a salvo de los peores de los mismos mortales. No, no diga nada. ¿Prefiere continuar con su lectura?
No supe abrir la boca. Aquella que me miraba casi tímida resulta ser un torbellino, pensé. Me siento a su lado y me invita a un café o, mejor, a un licor de cerezas, ¿está de acuerdo?, dijo.
Grabado de Christian Schad
viernes, 30 de agosto de 2024
Ecos lejanos, 4
Somos como esos árboles, que se ven sometidos a las circunstancias a las que les empujan las estaciones. Nuestros ciclos también nos tornan exuberantes unas veces, y otras nos dejan escuálidos.
La escuché en un silencio tímido mientras ella observaba las huellas del invierno. A dónde querría ir a parar. Sus reflexiones siempre deparan alguna sorpresa, y más cuando las revela con lentitud. Prosiguió.
¿Dónde estamos ahora? Tal vez en un espacio temporal intermedio, donde ni hay copiosidad ni hay carencia. Pero donde empezamos a temernos, porque el mayor temor no nos lo causa lo externo, los otros o las situaciones adversas, con ser estas tan duras en ocasiones. El miedo es el que incubamos al ser conscientes de nuestras deficiencias o incapacidades. El espanto llega cuando nos damos cuenta de que carecemos de ilusiones. Porque las ilusiones, que tú te empeñas en desnudar, y no te quito intención, son como las aguas mansas de un río que no llevan a ninguna parte pero que nos mantienen a flote.
La vi tan inspirada como sincera, y no me atreví a intervenir. Elegí que no hubiera diálogo, porque preguntas y respuestas nunca explican nada de fondo. Son una treta para ejercitar ataques y defensas donde ser vencedores o vencidos deja insatisfechos, o tal vez maltrechos, a los contendientes. Era mejor dejar correr su vena y se dio cuenta de mi actitud.
Me gusta ser escuchada, dijo. No me siento en monólogo, ni alardeo de confidencia, y mucho menos de una confesión impenitente. Hablo para hacer que los pensamientos tomen una forma más acabada, si es que los pensamientos pueden ser moldeados alguna vez de modo determinante. Una forma esta de las palabras que a su vez desencadena nuevas ideas. Es una cinta sinfín, una correspondencia entre razonamientos ocultos que salen a la luz para comprobar su precisión o su inexactitud, y a los que las palabras someten a nuevos esfuerzos.
Me pareció tranquila y no apartó la mirada del ventanal. ¿Crees que también queda algo de belleza en el desamparo?, soltó a lo bruto, y su fijación en el paisaje revelaba en ella una búsqueda. O acaso una manera de amarrarse a lo vivido pero que se tambaleaba.
Me salió instantáneo, acaso retórico. La belleza, dije, siempre está a la espera, incluso cuando nos parece agotada o inexistente.
Se echó a reír con escepticismo, no con amargura.
* Fotografía de Inés González.
lunes, 26 de agosto de 2024
Ecos lejanos, 3
Conocí a Else antes de que las flores se tiñeran de sangre. Aunque mirado de otro modo ¿cuándo no se habían teñido de la sangre de los hombres? Ese humor que circula por venas y arterias había estado salpicando siempre la vida. Todas las vidas. No solo las humanas sino las del resto de especies, las animales y las botánicas, el suelo que se pisa y el aire que se respira saborearon siempre la salinidad de la sangre.
Ni los surcos del campo, ni las naves de las acerías, ni las minas de las que se extrae lo preciado, ni los andamios de los edificios erigidos, ni los vientos que recorren aleatorios los vacíos, ni el adoquinado de las calles, ni los hogares en discordia, ni la presuntuosa sacralidad de los templos, ni la soberbia solemnidad de los parlamentos, ni la vanidad de los mandatarios prepotentes, ni las palabras de las profetisas ignoraron nunca que la sangre es tan mineral como signo de vida, pero también es marca de muerte, sigan cursos perentorios o se arrastren a través de los días.
Fue cuando la sangre aún se mantenía oculta, pero ya agitada, cuando apareció Else en mi vida. Else que buscaba sin saber qué. Else que se sentía oscilante entre la tirantez de su antigua elección y el deseo impreciso. Else que utilizaba tonos de voz impulsivos. Else que amaba las palabras donde contemplaba su propio rostro desconocido. Else que se sentía si no malherida sí al menos desdichada porque sus aspiraciones se habían vuelto volátiles. O tal vez necesitaba una luz que la sacara de aquel mundo oscuro que le insatisfacía. Else se manifestó desde su belleza atrevida y yo la miré.
martes, 20 de agosto de 2024
Ecos lejanos, 2
¿Ves cómo se dibujan los abetos en la ventana?, dijiste. ¿Ves cómo nos desdibujamos el uno en el otro a este lado de la intemperie?, y pulsé los dedos sobre tus muslos de cristal. No me preguntes de qué vengo huyendo, dijo, siempre venimos huyendo de algo, tal vez de no poder retener lejanos días del pasado que creímos satisfactorios para siempre, tal vez por un impulso natural a seguir probando los dones de la vida. Te pones muy poética, murmuré, o mejor, si quieres, muy posibilista. Debemos ser siempre posibilistas, me cortó. Hoy estamos aquí, mañana el frío puede apoderarse de nuevo de nosotros, yo te echaré en cara, tú permanecerás perplejo, ninguno de los dos sabremos dónde nos encontramos, pero no me hagas caso, son pensamientos pesimistas que siempre me invaden cuando mejor estoy, algo así como los demonios interiores que siempre le persiguen a una, esta perpetua insaciable, como si tuvieran envidia y provocaran causarme inseguridad. No eres la única y te entiendo, y al hablar así pretendí dotarla de certidumbre, de confianza en sí misma, tal vez sus propias confidencias me desestabilizaban un poco y yo no quería dejar de ser un recurso para ella. Debió captarlo. No me gusta conjurar las amenazas interiores con palabras, las palabras suenan siempre tan vanas que pierden su significado auténtico si se abusa de ellas, prefiero este calor, los humores de tu piel o de cualquier de tus órganos, la sensación de aferrarnos a los cuerpos mutuamente y perder la noción de sus dimensiones, y como decías antes, para desdibujarnos y luego pergeñarnos como nuevos personajes, y trazar un rostro diferente de lo que somos, dure lo que dure el ejercicio, porque también somos lo que no somos, la posibilidad, el riesgo, la turbulencia que todo lo revuelve pero todo lo acrisola, ¿no te parece? Calló, congelamos la palabra. La hoguera crepitó.
*Fotografía de Inés González.
lunes, 19 de agosto de 2024
...tú no eres un muerto, Federico
viernes, 16 de agosto de 2024
Ecos lejanos
miércoles, 14 de agosto de 2024
aurora y crepúsculo
domingo, 11 de agosto de 2024
El torii testigo de Nagasaki
- ¿Y esta columna, tío? Parece que estuviera rota.
- Y lo está, era la columna de una puerta hoy inexistente. Pero no una puerta cualquiera, sino exenta, la de un santuario próximo que los sintoístas debieron tener por aquí. La llamaban torii. Dicen que se erigía para que las aves se posaran en ella. Aquella cultura valoraba mucho a los pájaros, a los que veían como mensajeros hacia las divinidades.
- Ah, ya he visto fotografías de esas puertas enteras. Son espectaculares. A mí me parece la letra griega pi (π), que en matemática se trata de un número infinito, así que ve a saber si no la copiaron de los griegos.
- Tú lo has dicho, ve a saber, aunque no parezca probable. Los torii son portales simbólicos.
- ¿Algo así como un acceso a ninguna parte?
- O acaso hacia toda parte, porque el mundo de los símbolos permite una suerte varia de imaginaciones, si no se pretenden cerrados. Para mí significan los torii una apertura hacia la luz, la que debe destellar desde dentro del individuo. Por lo tanto el descubrimiento de tu conciencia, que no deja de activarse permanentemente. Desde la luz propia se puede llegar a muchos destinos, siempre que se acierte al escoger el camino. Otra cosa es que el destino sea también el más conveniente.
- ¿Y eso cómo se sabe? ¿Haciendo caso de lo que dicen personajes superiores a nosotros?
- Tal vez no sea la manera más adecuada, ya que no tienen por qué tener la razón de todo, a veces ni una parte, pero yo no desestimaría a algunos de ellos. Lo cierto es que no siempre hay una meta única, del mismo modo que los recorridos pueden ser diversos.
- Deduzco que uno aprende a mamporros y que solo probando, tantas veces como sea necesario, se va distinguiendo.
- No es poco lo que dices, muchacho. Aprender, lo que se dice aprender siempre es parcial y relativo, y lo que parece que afirmamos hoy como exacto y adecuado acaso mañana lo cuestionamos. Pero saber distinguir es, además de una actitud modesta, lo más práctico para no dar por definitivas verdades que solo ocultan dogmas, y el dogma no conviene a un carácter abierto e intuitivo como el tuyo. Ni de nadie.
- Me entristece ver esta muestra de ruina.
- Pero también la mantienen como un testigo de buena voluntad de lo que no tendría que volver a suceder, y eso te debería producir contento, aunque si te digo la verdad no puedo estar seguro de que alguna vez en el futuro alguien o algunos...
Aquel recorrido con mi tío por Hiroshima y Nagasaki, entre otros lugares con menos pasado destructivo, fue fecundo. Vimos y ambos reflexionamos. Un año de estos viajaré a Osaka a visitar su tumba. Puede que cuando florezcan los almendros.
viernes, 9 de agosto de 2024
...y hoy el recuerdo de Nagasaki los mismos 79 años después
Me confunde la estatua simbolizando la paz del Memorial Park de Nagasaki. Gigantesca y simbólica obra del escultor Seibou Kitamura. Se encuentra frente al Parque del Hipocentro, espacio monumental que recuerda el punto donde cayó la bomba atómica del 9 de agosto de 1945. Me confunde porque no veo en ella identidad tradicional japonesa. O acaso sea ese su triunfo, no lo sé. Esta escultura contiene una herencia occidental indudable. Como si recogiera algo de lo helénico y algo del Renacimiento. ¿Hay en esa pose un Zeus o un Dios monoteísta? ¿Hay ahí un atleta de Policleto o el hombre de Vitrubio de Leonardo? Probablemente no se intentó una representación dirigida solamente a los locales, sino que se pretende universal, y el artista sabe.
Señalando el cielo y a la vez la tierra, pero con gestos de las manos diferentes, uno puede dejarse sugerir. Observando la distinta posición de las piernas, uno puede proyectar simbolismos. Por ejemplo, una voz profunda y ancestral, la de la propia naturaleza, podría estar diciendo: os di la tierra y os cobijé bajo el cielo, ¿por qué malgastáis los bienes de la vida? O bien otra voz, emergiendo del ultramundo, podría clamar a los supervivientes actuales: disponéis del poder racional de la memoria, ¿qué estáis haciendo por evitar futuros holocaustos? O bien la propia voz del artista, armonizando el sentido emocional con la lucidez activa, advierta: somos reflexión pero nos debemos a la acción, ¿a qué esperamos para que el pensamiento en calma se ponga en marcha extendiendo la cordura entre los hombres?
Quién sabe si la sombra de un viejo haijin no está declamando:
Del cielo furia / en la tierra futuro / sembrad unidos.
jueves, 8 de agosto de 2024
Entre Hiroshima y Nagasaki
Mi tío Emeterio está enterrado en Osaka. Una vez tomamos el Shinkansen y me llevó a visitar la ciudad reconstruida. Nada que ver ni con una ciudad histórica ni con la devastación. Te llevaré al parque de la memoria, dijo. Recorrimos los diferentes monumentos. Mira este arco erigido para evocar a las víctimas. ¿Qué dice en esa lápida?, pregunté. Desean paz a los muertos. Pero, ¿no sería mejor pedir la paz a los vivos?, dije ingenuamente. Sin duda, pero observa que estos japoneses, que saben mucho de la vida y de la muerte, añaden algo así como que no se cometerá de nuevo el error. ¿Cómo pueden saberlo?, me sorprendí. No lo saben, respondió mi tío, sino que lo desean pero convierten el deseo en la realización de una necesidad.
martes, 6 de agosto de 2024
79 años de Hiroshima. Con un trozo de carta del filósofo Anders al piloto Eatherly
Esta panorámica de la Hiroshima actual, reconstruida sobre la ruina humana y urbanística, no puede hacernos olvidar la barbarie. Se cumplen 79 años ya -dentro de unos días también de Nagasaki- de la devastación atómica ejecutada por EEUU. Es historia, con nombres y apellidos. En la imagen puede verse una reliquia del bombardeo, la cúpula de la antigua sede de la Promoción Industrial de la prefectura de Hiroshima que, curiosamente era un edificio diseñado por el arquitecto checo Jan Letzl, muy bien acogido en 1915 por la opinión pública debido a su aire innovador y occidental.
Ya se ha hablado mucho de aquel suceso que modificó tantas cosas, sobre todo en el llamado eufemísticamente arte de la guerra. Uno creía que el arte no era solo técnica, sino también visión, creatividad, armonía y representación estética. Aplicar el término a la técnica militar y armada parece desmesurado, o acaso no, pues el término arte se usa para designar la capacidad humana de hacer algo hábil y de esa manera un tanto ambigua se justifica hasta lo más abyecto.
Hay una parte que se conoce menos de aquel bombardeo letal. Aunque casi siempre se cita al bombardero Enola Gay como el que arrojó la bomba se habla menos de otro avión que formaba parte de la escuadrilla que llevó a cabo la misión, el Straight Flush, pilotado por Claude Eatherly. Este avión era de reconocimiento metereológico y proporcionaba información a la operación en marcha. Pues bien, tras lo sucedido el capitán Eatherly entró en una crisis moral profunda, con una secuela de comportamientos de tipo delictivo, en parte para llamar la atención de la sociedad bienpensante estadounidense y pretendiendo hacer llegar fondos a supervivientes de la masacre. Y entró en una espiral de perturbación psicológica grave.
Respuesta de la justicia y el gobierno: detenciones, penas, manicomio y sobre todo desprestigiarle e ignorarle. El filósofo alemán Günther Anders se puso en contacto con Eatherly y ambos mantuvieron una correspondencia durante unos años. El intento de Anders no era solo conocer cómo había hecho mella la masacre entre uno de los ejecutores, sino trasladar a Eatherly esperanza. La sociedad le había postergado como paria y traidor, pero Anders consideraba que era a su vez una víctima del infausto acontecimiento. Pues Eatherly personificaba la conciencia de un sistema que intenta, y lo logra, persuadir al individuo de que no es responsable de las consecuencias de sus acciones. El campo del ejercicio bélico lo demuestra ampliamente. Sin ir más lejos, el comandante del Enola Gay, Paul Tibbets, que murió con 92 años, jamás se arrepintió de la misión homicida, excusándose en el cumplimiento de su deber, y según él aquel letal acontecimiento jamás le quitó el sueño.
Rescato parte de una carta de Anders dirigida a Eatherly el 3 de junio de 1959:
"...El año pasado estuve en Hiroshima, donde tuve ocasión de hablar con aquellos que lograron sobrevivir a su paso por el lugar. Y créame usted: ninguna de estas personas tiene intención de vengarse de las piezas de aquella máquina militar (y eso es lo que usted fue cuando, a los 26 años de edad, cumplió su 'misión'); ninguna de ellas siente odio hacia usted.
Pero usted ha demostrado que, pese a haber cumplido su función como una simple pieza de aquella máquina, a diferencia de los demás ha seguido siendo un ser humano o ha vuelto a serlo. Y ahora mi propuesta, que quizá tenga a bien considerar:
Como cada año, el próximo 6 de agosto la población de Hiroshima conmemora el día en que sucedió 'aquello'. Usted podría enviar a esas personas un mensaje adecuado para tal conmemoración. Si usted se dirigiese como ser humano a esas personas diciéndoles: En aquel momento yo no sabía lo que hacía, pero ahora sí lo sé. Y sé que jamás ha de repetirse nada similar; y que ningún ser humano puede pedir a otro que haga algo parecido. Si les dijese: Vuestra lucha contra la repetición de esos hechos es también mi lucha, y vuestro 'No more Hiroshima' es también mi 'No more Hiroshima', o algo similar, puede estar seguro de que con este mensaje usted daría una enorme alegría a los supervivientes de Hiroshima, puede estar convencido de que estas personas lo considerarían como a un amigo, como a uno de ellos. Lo que sería de justicia, puesto que también usted, Eatherly, es una víctima de Hiroshima. Y puede que esto también fuese para usted, si no un consuelo, sí al menos un motivo de alegría."
La correspondencia y el apoyo al piloto fue editada posteriormente en un libro. Y a su vez respondida por el gobierno del país de la Libertad declarando persona non grata y llamando comunista al filósofo Anders.
La lección de Hiroshima no se ha aprendido. Tras 1945 varios países, potencias en mayor o menor grado, disponen de la bomba atómica, y otras variaciones, y en abundancia. Más Estados tratan de seguir la misma carrera funesta. Y ya se sabe el refrán: quien con fuego juega acaba quemándose. O quemando a otros, diría yo.
domingo, 4 de agosto de 2024
Bill Viola, más allá del ojo del corazón
Me entero de que el genial videoartista Bill Viola ha fallecido hace unos días. Tuve la ocasión y el asombro de descubrir la existencia de Viola en una retrospectiva de su obra en 2017 en el Guggenheim de Bilbao. Me fascinó lo que allí vi. Para quien no sepa de su obra adjunto esta película, El ojo del corazón.
viernes, 2 de agosto de 2024
El azar indiscreto acosa a mi amigo
Antes de que se entere de manera inexacta se lo voy a contar. Se ha presentado presuroso, quitándose el sombrero, mientras yo, sentado en la terraza del quiosco de la Pilsen hago señas al camarero. Le indico que se siente. Me intriga su urgencia, sin previo saludo, cálmese, le sugiero. Pero él se muestra imparable en una verborrea inhabitual. Usted es amigo de Jan Popovka, ¿no es cierto? Pues bien, él y yo nos conocemos desde la juventud y no nos tenemos simpatía mutua. No podría decir por qué. Nunca me hizo nada ni yo a él. Es una situación inexplicable donde acaso los subconscientes de ambos podrían aclararlo mejor que nuestra voluntad nada cercana. Pero eso es imposible. A veces las malas relaciones se siembran y fecundan sin habérselo uno propuesto. O por injerencia de personas malévolas. En cierta ocasión alguien me comentó que Popovka había dicho en alguna tertulia de ociosos, y de esto ya hace mucho tiempo, que yo no era de fiar porque había hecho determinados favores a un político local de reconocida insolvencia y temple autoritario. Como si no se me conociera precisamente por mis cautelas y mi discreción, cuando no por un carácter huraño que me sale en ocasiones. Como si no se supiera lo alejado que me encuentro de estancia alguna de poder ni fuese célebre mi escepticismo ante las fórmulas humanas de entendimiento que, aun sabiendo que no hay otras posibles, si no las desprecio al menos las ignoro ampliamente.
Me preocupa este arranque impetuoso con el que llega mi amigo. Nunca se sabe cuándo comienzan los bulos, cómo se van incubando y de qué manera su éxito perverso reside en el receptor, digo insistiéndole en que se relaje. Por supuesto, en un receptor susceptible cuando no anhelante de escuchar la mentiras y prestar atención a maledicencias. Me interrumpe. Esta vez me molesta el personaje, no porque haga que me sienta culpable de mis conductas íntimas, pues no creo que no le falten a él las suyas, que yo no criticaría.
No puedo con tanta intriga. ¿Qué le ha sucedido?, pregunto con mesura. Se explica. Me crucé con él, con el tal Popovka, casualmente hace unos días en casa de Frau Helga, la bávara. Ya me entiende usted. No se sorprenda, no soy asiduo del negocio pero en ocasiones de debilidad tampoco desdeño una compañía oportuna. He hecho un gesto de comprensión, incluso lo he ratificado: usted sabe perfectamente lo que debe hacer en cada momento, no todo se conjura ni se exorciza escribiendo. Se ha sentido cómodo, prosiguiendo su anécdota. Popovka y yo nos miramos y a la vez nos ignoramos. A él se le puso un rictus de sorpresa más que de ironía, que también lo percibí, y enseguida se escabulló con una diligencia que me pareció vergonzante. Si fue el fugaz incidente o que yo no iba muy convencido de solicitar caridades, el hecho fue que tras saludar educadamente a algunas de las presentes me marché como había llegado. Un poco enojoso, no lo niego.
No deja de tener su punto divertido, y de todo se aprende, dije. Acaso en la próxima circunstancia usted sea más prudente y reservado. Saltó: eso ya me lo he dicho a mí mismo. Se lo cuento no porque me persiga el malestar por un comportamiento propio que no me avergüenza, sino para que esté usted prevenido cuando se encuentre con Popovka. Probablemente él no le comente nada, pero la actitud impropia que ha tenido siempre conmigo no me da garantía de que se conduzca con comedimiento. Incluso puede que sea yo el que esté siendo el inoportuno respecto a él, al contarle usted este suceso intrascendente. Los sucesos aparentemente intrascendentes pueden ocultar maldades y calumnias, he dicho con ánimo de animar a mi amigo y demostrarle que me siento extremadamente honrado por su confianza. En efecto, me interrumpe, y es que en este pulso de amistades oscuras y entregadas serpentea por medio el antiguo juego de la fidelidad o de la traición. Yo sé que solo puede esperar de usted fidelidad.
Lo que mi amigo no sabe es que Jan Popovka, revelándose como un tipo con el que hay tener recelo siempre, se había adelantado a informarme maliciosamente y me había dicho, como no dando mucho interés al tema, algo así: vi entrar a K. en casa de la bávara. Popovka, intervine para que no avanzara más, haré cómo que no he oído nada. La vida muy particular de los demás debe respetarse. ¿O a usted no le importa lo que difundan otras lenguas viperinas sobre su persona? Sea prudente y respetuoso siempre, no vaya a ser que las cañas se le vuelvan lanzas.
Sin saber la verdad del intrascendente hecho, yo había inclinado la balanza a favor de mi amigo K. Mi fidelidad también debo demostrársela no comentándole la perversa insensatez del otro.
* José Hernández. El alimento automático, 1982, dibujo.
miércoles, 31 de julio de 2024
Fantasía de un muerto
Cuando mi amigo se queda pensativo en mi presencia no sé si es un acto espontáneo y natural o un ardid para ignorarme. A veces me dan ganas de decirle: si te aburre mi compañía mejor nos separamos y nos vemos otro día. Pero me callo. Espero sus reacciones. De pronto viene a este lado de la existencia y me sorprende: ayer tuve una fantasía onírica. Con frecuencia tienes esa clase de fantasías, replico sin mucho interés en escucharle. Pero esta fue especial o, mejor dicho, espectacular. Corrijo, no es que la tuviera sin querer, es que la forcé. ¿Cómo es eso?, digo. Si es en sueños, ¿qué podrías hacer tú voluntariamente? Pone un gesto confuso y prosigue. Fue inhabitual. Iba y venía entre dos mundos, tan pronto me parecía soñar las imágenes como inducirlas y alimentarlas a propósito, de tal modo que no sabía muy bien qué parte de mí imaginaba y qué otra parte soñaba aquellas escenas representadas. Me veía muerto, observándoos a todos vosotros. Como se suele decir, ni frío ni calor por mi no estar. No sentía nostalgia de nada ni aprecio por ninguno. Ni odios ni amores. Os contemplaba, no sé si por encima o entre vosotros, en vuestros quehaceres ordinarios, y disfrutaba al comprobar que podía traspasar paredes y pisos, acortar kilómetros y atravesar paisajes. Lo curioso es que me veía como un viajero de paso que de pronto llega a un lugar y lo observa todo sin afectación, libre de compromisos, sin una decisión previa de entrar en contacto con nadie, si no quiere. ¿Curiosidad? Sí, relativa. Esa mirada del muerto que le da a uno en pensar: mira mi amante con quién está ahora o mi compañero de trabajo que se desahoga ante mi desaparición o mi amigo de ocio, aunque no era tu porte, que se siente afectado dos días, o el funcionario con el que no me entendí nunca y que malévolo piensa: ya me lo quité de en medio. Ese mirar inquisitivo que le permite a uno saber de los demás a qué se dedican más allá de las apariencias, cómo se manifiestan dentro de sí mismos, cómo piensan y urden planes, cómo sienten ante una adversidad o se regodean en el placer, porque lo que me maravillaba era poder verles en una intimidad total, colándome en sus mismas profundidades, esa intimidad que cualquiera de ellos protegería ante mi presencia viva. Pero ahora estaba tan cerca de cada uno que casi podría ser yo, el muerto, uno de ellos, porque desde la prodigiosa instancia de la mirada incisiva penetraba en cada cuerpo, sin apenas ganas de permanecer en los cuerpos, que si eran ya ajenos cuando vivía ahora no me apetecía habitar, solamente pasar de largo. He querido provocarle. ¿No te hubieras quedado dentro de ninguno de ellos?, le he preguntado con retintín. Lo digo porque a veces me has comentado: me gustaría ser como aquel hombre tan seductor al que no se le niega ninguna mujer o como aquel otro que vive de las rentas o como aquel individuo que siempre va de aventura en aventura por países exóticos o como ese ser tan apacible que nunca se incomoda ni se altera por nada. Mi amigo hace una mueca escéptica. Se dicen muchas cosas sobre aquello de lo que carecemos o no llegamos a concluir cuando vivimos, matiza. Se expresan deseos, relativamente creíbles y sinceros, porque no es que queramos ser este o aquel otro, es que desearíamos ser de otra manera, o probarlo todo, y buscar formas de vida que nos hagan sentirnos diversos, porque acaso lo somos y no hemos llegado a descubrirlo y menos a revelarnos. Nos persiguen la monotonía y la obligación hasta hundirnos en el tedio. Tal vez por ello yo sueño, o imagino, ya no sé, que soy un muerto.
* Figura alada, grabado de José Hernández.
sábado, 27 de julio de 2024
Se olvidaron de la Commune de 1871 en la inauguración de las Olimpíadas
Se inauguraron las Olimpíadas. Todo fue decorado, imagen, técnica, espectáculo, valores retóricos e incluso épicos, la ciudad luz, la ciudad del amor, etcétera. Los franceses siempre han sabido muy bien barrer para casa y hacer que los demás les envidiemos (es un decir, no necesariamente hay que incluirse)
Nos venden la magnífica y magnificente estructura urbana, los monumentos emblemáticos, los bulevares acogedores, el río (secuestrado, eso sí, y encorsetado), su propia revolución burguesa de 1789 que dio lugar a la República. También nos venden el arte de sus museos, en parte sustraído de otros países, como es sabido, y las canciones líricas del pasado, y los ambientes no menos fenecidos y hasta esa universalidad de la que presumen, tras la que subyace el viejo colonialismo de siglos pasados.
Los franceses, y todos, desearán algún día un tiempo nuevo y verdadero de las cerezas porque tanta parafernalia y exaltación de su tradicional grandeur no pueden ocultar su propia crisis de Estado y de sociedad, tan paradigmática y que a su vez nos roza a los vecinos de los demás países.
Tocaron tantos palillos, aleccionados desde hace meses parece ser que por el historiador Boucheron, y con una mezcla de ingredientes que unos no entenderán, otros caerán henchidos de gozo patrio o de envidia, según desde qué país se mire, con una dosis multibarroca y exuberante, que han debido caer exhaustos. Un gran montaje de barrer para casa. Reclamo para más visitantes, muestra de alta técnica, derroche de dinero.
Y qué decir del desfile de barquitos de la inauguración, algunos eso, solo barquitos, la mayoría paquebotes de envergadura. Durante el largo recorrido no dejé de pensar en la diferencia entre las representaciones de las distintas naciones del mundo. Cuatro gatos en muchas de ellas, ya se sabe, los pobres de África, Asia, América o la Micronesia. Mogollón de triunfadores en potencia, los USA con 600 participantes, los franceses, los ingleses, los australianos y hasta los españoles tenían su buen número.
Liberté, egalité, fraternité...qué bien vendidos los lemas, ojo, que yo hago míos y ojalá fueran auténticos en todas partes. Y luego el archisabido pero no cumplido eslogan de la paz que, en un mundo convulso, herido, de alto riesgo, ya no sé si sonaba ni bien ni mal, o solo cínicamente.
Vamos que los franceses estuvieron en todo. Como productores de eso, de productos, de dinero en circulación, de saber recabar la atención mundial. Se olvidaron, y no ahora sino desde hace mucho, de citar siquiera de pasada a la otra Revolución, la de la Commune de París de 1871. La incómoda, la que nadie de las clases altas ha deseado nunca, y que quedó como una utopía más. Claro, aquello fue la primera y breve, acaso solo conato, revolución obrera de la historia que fue sofocada a sangre y fuego por la reacción, y algo así les conviene a las élites olvidar. Ya lo hicieron al poco tiempo, al erigir la mole del templo del Sacré Coeur, un homenaje al triunfo despiadado de las élites contra los insurrectos.
viernes, 26 de julio de 2024
Los que se resisten a ser alistados para la muerte
Jean Giraudoux estrenó en 1935 La guerra de Troya no tendrá lugar, ficción con más deseo de futuro que comprobación de un pasado. En esa obra de teatro se planteaba las posibilidades de que hubiera sido todo distinto, si hubieran tenido otra opinión y comportamiento, y acaso negociado, los miembros del drama épico de Homero que iba a desarrollarse después. Los Héctor, los Paris, los Ulises, las Andrómaca, las Hécuba, las Helena...que de haberse comportado de otro modo no habría dado lugar a la guerra troyana. Metáfora que, por cierto, aun siendo su verdadera intención incidir en la situación europea de la década de los 30, no sirvió para detener ni el nazismo ni la Segunda Guerra Mundial.
Uno quisiera creer que algo va cambiado en la psicología individual y de masas para sentir cierto rechazo a la guerra. Leo en la prensa que en Ucrania hay una parte de la población importante reacia a ser alistada. Pero los Estados son de poder omnímodo sobre la población, y como tales poseen instrumentos de control y de forzamiento para decidir a sus sociedades hacia el lado épico. Aunque la épica esté causando, como siempre en todo el pasado, dolor, expulsión, destrucción territorial, amputaciones y muerte.
Como la épica ha pesado más en la historia que la lírica, y ha llegado a doblegar a esta, cualquier opinión por mi parte sería irracional y hechida de emociones y no de razonamientos...épicos. Pero ahí está la realidad de una guerra en que un invasor con aires zaristas pretende reconquistar sus territorios del pasado, echar el pulso de hegemonías con países occidentales y sobrevivir a sus propios problemas internos, que los tiene y variados. Y un invadido, con menos posibilidades logísticas, materiales y humanas, con sus propios límites democráticos internos, trata de contener lo que está siendo inevitable. También dice la prensa que crece la opinión dentro de Ucrania de quienes cederían territorios ocupados por los invasores si eso supusiera el fin de la guerra. Ve a saber. Pero las dudas son razonables. Como los deseos, como las ganas de vivir, como la necesidad de la convivencia pacífica, como casi todo menos la irracionalidad de no llegar a ninguna parte. Bueno, sí, a la que se está llegando, negra y sangrienta, al abismo.
jueves, 25 de julio de 2024
John Mayall forever
miércoles, 24 de julio de 2024
Para algunos ni dignidad, ni justicia, ni solidaridad
Dignidad, justicia, solidaridad...Estas palabras o, mejor dicho, los conceptos que expresan, ¿ya no están en vigor? La pregunta habría que hacérsela a la alcaldía, de Zafra, Badajoz, por eliminarlas de las Bases del Premio Dulce Chacón de Narrativa, lo cual ha motivado el rechazo de la familia, que ha decidido mantener el premio pero alejado de una alcaldía que no está, por lo que se ve, interesada en promover ni solidaridad, ni justicia, ni dignidad. Cada vez se les ve más el plumero a cierta gente. Y su aversión por quienes piensan diferente. Se empieza eliminando el vocabulario castellano tan ajustado y preciso, y se acaba por despreciar y desterrar los conceptos vivos, es decir los que deberían inspirar valores. Ay, los valores. Ese término que tanto gusta a muchos para llenarse la boca en sus discursitos y luego vomitarlos.
viernes, 19 de julio de 2024
El vaivén de la vida, monólogo
¿Ha sentido alguna vez el vaivén de la vida?, dijo. Usted es aún bastante joven para hacer una pregunta de esa clase, dije. Mueca escéptica por su parte. No crea, ni tan joven ni tan inexperto. Además, no es cuestión de edad sino de percepción. Ni hace falta haber vivido experiencias extraordinarias para darse cuenta que el impulso y el rechazo nos acompañan permanentemente. Cuando éramos niños se nos entretenía como si fuésemos tontos. Y se nos impartían ya pequeñas lecciones morales para ser buenos. Buenos podía significar tener bondad pero también conceder a los mayores, es decir, acatar, obedecer. A medida que fuimos creciendo nos arengaban más y más en la intención de prepararnos para la vida. ¿Lo recuerda? Mas, ¿servía para algo? Acaso para tenernos sujetos, para evitar...¿cómo decían?, ah sí, que nos descarriásemos. Nos ofrecían como modelo el estado de adultos, pero no de cualquier adulto. Solo el de aquellos que cumplieran con el orden y las ideas de su religión. Le llamaban el responsable. Las religiones siempre han estado al servicio de un orden social, aunque diverjan en sus rituales e intereses. De hecho su moralidad, tan contradictoria como fraudulenta, se imponía al orden de los poderes públicos, que mamaban de los preceptos que invocaban constantemente un más allá. O una venida mesiánica. Pues bien, una vez fuimos ya adultos, en que somos sobradamente adultos, ¿en qué nos hemos convertido? En constantes y retorcidos aduladores de los que nos sometieron y en implacables represores de los que vendrán por detrás nuestro. ¿No lo cree? No lo crea del todo. Yo mismo me escapo de esa misión, a mi manera. Ladina, deslizante, esquiva. Y cuanto más veo la perversión de ese estado que se nos ofreció como superior y digno de alcanzar y consolidar, más siento la pérdida de los años que yo llamo de la posibilidad. Todo era posible y abierto en la infancia, hasta cierto punto. El control estaba ahí pero el escape era frecuente. El juego era el territorio definido que nos hacía felices, aunque la excesiva tutela de nuestros progenitores frustrara el salto del juego a lo probable. Cualquier desliz por nuestra parte, o desobediencia, que decían, era luego justificada como cosa de niños, de juego de niños, más bien. Y el juego estaba, pues, condenado a desaparecer como tal, como lo que había sido siempre: receptivo, abierto de par en par, comunicativo, influyente y cómplice, susceptible de no distinguir el bien del mal o, mejor dicho, lo que entendían los mayores interesadamente por lo bueno y lo malo. Y mire por dónde, amigo mío, hoy siento como nunca la necesidad de recurrir a lo que se carece para extraviarme de las obligaciones y el desatino del presente. Ya le he hablado algo de mis sueños. También de mis deseos vagos y reprimidos. Pero mirar atrás, ¿para qué sirve? No diga que para nada, no. Sirve para ver la roña que todavía llevamos en nuestra piel. Sirve para deleitarnos mentalmente, e incluso escribiendo y describiendo sobre ello, sobre el ejercicio antiguo e inocente de la prospección. De niños fuimos exploradores natos, pero ¿y hoy? ¿Nos queda margen de aquel ánimo aventurero?
*Ilustración de José Hernández para La metamorfosis, de Kafka, en la edición de Círculo de Lectores de 1986.
miércoles, 17 de julio de 2024
Coloquio de los sufrientes del amor
sábado, 13 de julio de 2024
El pánico de los sueños recurrentes
miércoles, 10 de julio de 2024
Somos lo ajeno incluso para nosotros mismos
Deduzco de sus reflexiones que usted piensa que estamos llenos de mundos que ni siquiera controlamos. Fui tajante para sonsacarle más puntos de vista. Hizo una mueca sarcástica. ¿Qué se pensaba usted, amigo mío? ¿Que nuestro cuerpo es un sistema completo y único? ¿Que cuando uno nace y en cada fase de la existencia controlamos los pasos? Quien habita cada cuerpo, al que muchos llaman ente, no es sino huésped y no está en su mano toda la capacidad de regirlo. Y ni siquiera es el mismo invitado a lo largo de su vida. El humano es un individuo que toma prestado tanto el tiempo como el espacio. Habita su pasado e intenta sobrevivir en un presente en pelea con circunstancias y otros individuos semejantes. Y, sobre todo, ignorante de otros mundos, vamos a llamarlos así, que le fraguan y se manifiestan dentro, en espacios recónditos y con rostros invisibles. ¿Acaso usted controla el movimiento de sus tripas? ¿Puede tal vez apartar por voluntad propia sus migrañas? ¿Rige sobre la circulación de su propia sangre? Y cuando los hombres presencian el ajamiento de su cuerpo, ¿pueden detenerlo o se tienen que someter a lo irreparable? Dependemos de esas manifestaciones interiores que unos llaman organismos, otros gérmenes o bacilos, y que probablemente todo ellos son otras vidas, cuyo estudio apenas está en sus comienzos.
No pude negar su razonamiento. Detuvo y aplacó el ímpetu con el que había hablado. Tosió y se sentó en uno de los bancos de la calle Pařížská para recuperarse de una fatiga instantánea. ¿Ve?, dijo esforzándose. ¿Le parece que yo tenga alguna suerte de control sobre esta molestia que me tortura? Somos siempre en nuestra imperfección. ¿Diría usted que lo ajeno nos ocupa?, le dije por decir algo y aliviar su pesimismo. Diría que somos lo ajeno incluso para nosotros mismos.
*Dibujo de Franz Kafka
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