
"...Echarse a un lado, resistir, seguir escribiendo (o componiendo, o dibujando, o fotografiando, o bailando), con la mirada puesta no en el centro marcado por la actualidad inmediata, no en aquello de lo que todo el mundo habla, sino en ese otro lugar infinitamente más atrayente y sugestivo: ese es el reto. ¿Hace falta para ello concentración? Hace falta seguir creyendo en lo que se creía". Escritora Sara Mesa, coincidiendo con lo que yo mismo pienso que hay que hacer para no ser devorado por la presión mediática acerca del coronavirus. O por las angustias más o menos gratuitas, o por el complejo de desamparo, o por el hastío que causan ciertos malos gestores públicos, o por la confusión de muchos individuos que no saben hacer frente a la situación. ¿Dónde se encuentra ese lugar más atrayente y sugestivo? Mira hacia adentro, me digo a mí mismo, en el fondo si antes soñabas, si antes imaginabas, si antes hacías nada ha cambiado. Permaneces incólume. El artículo de fondo de Sara Mesa viene en El País de hoy.
“La escuela es el corazón del espacio de la laicidad, el lugar donde forjamos las conciencias para que los niños se conviertan en ciudadanos libres y racionales para determinar su vida...La República resistirá en la escuela.” Emmanuel Macron en una localidad cercana a París. Viene a cuenta de lo que él llama enfrentarse al separatismo islamista, esa labor de zapa de la ideología islamista para no cumplir con las leyes de un Estado constitucionalmente laico. Siempre he pensado que si la derecha española tuviera una pizca de claridad y creencia democráticas de la que tiene la francesa, no obstante los claroscuros en esta, otro gallo cantaría en Iberia. Me admiro de cómo suena contundente y acendrada la frase: La República resistirá en la escuela...¿Podríamos decir aquí algo parecido que reivindicara con su carta de naturaleza la defensa de un Estado civil y laico?
"Si no existieran
ni el 'ay' ni el suspiro
¿con qué cuerdas
se sujetarían
las locuras del querer?"
Me viene esta imagen. Un columpio, la energía reservada que se pone en movimiento, el cuerpo oscilante adelante y atrás, el impulso que se desencadena veloz, la pérdida precipitada de la consciencia, el ritmo vertiginoso que enajena y libra de lo que eres para ser lo que no preveías. Locuras sujetas por las emociones, donde un suspiro o un ay apenas eran puntas de iceberg, sujetando lo efímero. Sin el ay ni el suspiro solo quedaría decir con Luis Cernuda en Ocnos: Una vez más guardabas tu emoción para ti; ¿para quién otro, que no seas tú, puede tener valor una emoción tuya?
Este poema de autor desconocido está recogido en el Kokinshu, una colección de poemas japoneses del siglo X, y me ha parecido divertido y más hondo de lo que aparenta. El lector se queda pensativo, rascándose las barbas. ¿Dónde quedan aquellas cuerdas que sujetaban el columpio de tamañas locuras?

Colofón de sábado. Todo lo que lee es relativo, cuanto escribe a la carrera resulta de paso, la reflexión apenas es un fogonazo, pero de la mezcla de todo ese ejercicio queda algo que alivia las horas, que da un sentido íntimo que solo él puede percibir, que si bien no es un cheque en blanco para tener esperanzas sí que es un avituallamiento para la supervivencia cotidiana, porque sabe, cuanto mayor es, que vivir es habitar el día a día cada vez más dentro de sí mismo, no dejando que su morada sea pasto de invasores sutiles, desarrollando el olfato para los aromas apetecibles, expulsando las ridículas tentaciones que quisieran hurtarle lo más sacro que es la disponibilidad de su tiempo, y en este espacio no medible encuentra el valor de las pequeñas satisfacciones, las que solo las sensaciones y las emociones, provenientes ordinariamente de la imaginación y de la fantasía, le garantizan tener la relativa certeza de que ha vivido.