La investigación prosiguió lenta y anodina. La empresa del agrimensor quería salvaguardar su reconocido nombre y presentó la denuncia correspondiente. Puesto que el río y los objetos encontrados a la orilla no proporcionaron pistas el juez ordenó que se indagara en el equipaje que el hombre tenía en la pensión. Poca cosa. Útiles de aseo, dos trajes, unas mudas. Un libro de geografía sobre la zona, otro con fórmulas matemáticas y geométricas, un Martín Fierro en versión escolar, una máquina de escribir portátil, una Facit sueca. En el fondo de la valija, tres cuadernos con anotaciones.
El funcionario judicial recogió el modesto equipaje, no sin antes echar un vistazo a cada uno de los cuadernos. Así, abrió uno al vuelo y leyó un párrafo.
"...Lo que me gusta de la pensión Villarríos, donde me he alojado, es que no está ni en la zona de más algarabía de la localidad ni tan extrema que quede desconectado de los vecinos. Muy acorde a mi personalidad, pues me tengo por un punto intermedio, ni un excesivo comunicador ni un huraño, y ese punto, como bien lo sé, es variable. La patrona parece discreta y solícita. ¿Qué más puede uno pedir cuando llega a un pueblo sino que respeten su intimidad? Para nadie es un secreto lo que vengo a hacer aquí, pero no quiero arriesgarme a que me vean como un entrometido".
Pasó varias páginas y el dedo se le engatilló en una donde la escritura era más precipitada.
"...Me reclaman que haga medidas de toda una extensión que afecta a varias fincas. Me dicen que sean lo más exactas posibles, como si uno no conociera el oficio, pero esa sugerencia me ha intrigado. A continuación, cierto funcionario municipal me indica que si es posible obvie una cuña de terreno hacia el NE que se introduce en un terreno llamado Los Baldíos. ¿Es que acaso me puedo saltar lo que está plasmado en el catastro? Por supuesto, ya puede decir misa, yo vengo a hacer mi trabajo de técnico y allá se las compongan en otras instancias".
Esto tiene que verlo el juez, pensó el agente judicial. ¿O puedo sacar algún provecho si hablo antes con el administrador de esa finca? Siguió echando un vistazo a los apuntes.
"...No sé por qué he aceptado la invitación a comer del propietario de los terrenos que van de NO a SO. Tal vez porque no quiero tener enemigos, es mi manera de ser, y no sé decir no hasta un límite prudente. Ha estado excesivamente amable conmigo. Después de la comida me ha llevado a un club que hay dos poblaciones más allá, no recuerdo su nombre. Tras un par de vasos de Macallan el empresario me animó en dirección a las chicas que se ofrecían. Corre por mi cuenta, me dijo con picardía. Si hay algo que me molesta es que ciertas conductas personales sean impelidas por ajenos. Puse un gesto de dolor y dije de pronto: Dios, otra vez la ciática. No sé si se lo creería pero no insistió. Me he dicho a mí mismo: si llega el caso de apetecerme un lugar de estos lo haré de manera solitaria y anónima; no quiero tener testigos y menos si vienen con siniestras intenciones. Sospecho que nada oscuras, visto desde otro punto de vista".
Miguel Pallarés, funcionario de carrera del sistema judicial, no daba crédito. O el desaparecido se lo inventa o aquí hay tela. Tomó otro cuaderno.
"...Hoy he parado el trabajo. Solo me apetecía escuchar el rumor del arroyo, que estos días me había pasado desapercibido. Dejarme llevar por el bamboleo de los juncos y por el chapoteo de ranas y ratas de agua ha obrado como hipnosis sobre mí. No he pensado en las incidencias de estos días. Me conozco lo suficiente para saber que no voy a ceder a presiones ni alterar u ocultar datos. La vida tiene que tener otro encanto y no limitarse a las coimas con que unos humanos compran a otros. No sé cuánto tiempo he pasado dejándome acariciar por la brisa. La vegetación de la orilla me traía fragancias que hacía tiempo que no percibía. Si añado el fragor armónico de la corriente tuve la sensación de estar si no en un edén -para serlo le faltan otros elementos- sí al menos en una parcela ultrasensorial y, por supuesto, olvidadiza de obligaciones y cuitas".
El agrimensor nos salió lírico, pensó Pallarés. Saltó varias hojas.
"...He recibido carta de mis hijos de Corrientes, apurándome para que, cuando termine el trabajo acá, vuelva. Allí tengo futuro, me dicen. Que ya no tengo excusa. Que tanto ellos como su madre me perdonan mis episodios de abandono y que, aunque no me entiendan del todo, reconocen el lado generoso de mi carácter. No sé si son palabras de conciliación o de recuperación, o ambas cosas. De momento les voy a responder que acá tengo buenas perspectivas, y que eso nos beneficiará tanto a ellos como a mí".
Complejo el hombre, también tiene entidad, dedujo el funcionario. Pero ¿quién soy yo para valorar las opiniones de un cuaderno que leo y no debo leer? Saltó varias páginas y ya estaba a punto de agrupar los tres cuadernos y meterlos con el resto de enseres menudos, cuando en una de las últimas páginas le chocan estas letras:
"...Cada vez me gusta más echarme a la orilla del Piri Poty. El cielo tan limpio se me antoja parte de una catarsis. Esta mañana ha salido por sorpresa del río una adolescente tal como la trajo su madre al mundo, y se puso a hablar conmigo. No tuve ningún pensamiento libidinoso, aunque aprecié la belleza. Parar a observar la hermosura de la naturaleza, ¿es acaso una infamia? Sin embargo, a medida que pasan las horas creo que era parte del paisaje y también producto de mi necesidad de relajamiento. Pero si no hubiera sido por cierta información que me dio hubiera pensado que aquella aparición se trataba de una ensoñación mía. Me dijo que en una casa no lejos de allí aún vivía una mujer que conoció de niña la guerra del Chaco. Una mujer que se salvó cuando su familia sufrió las iras de los soldados simplemente porque la dejaron oculta junto al arroyo. El mismo río en el que me gusta descansar y soñar. Me dijo también que me contará más cosas, pero no estoy seguro de que vuelva".
Miguel Pallarés sabía que aquellos cuadernos eran pruebas, desde el punto de vista de la investigación. Pero él mismo dudó. Pruebas ¿de qué? ¿De la manera de ser de un hombre? ¿De sus imaginaciones? ¿De sus búsquedas conscientes y subconscientes? El funcionario agrupó las demás pertenencias del agrimensor y guardó para sí los cuadernos. Una prueba más puede aparecer en cualquier momento. La justicia no tiene prisa nunca. ¿Por qué no leo mejor estos cuadernos repletos de sensaciones y donde no parece que haya acto alguno delictivo ni de inmoralidad? Y aunque los hubiera, ¿se pueden acaso ocultar los rostros de la naturaleza humana?
(Ilustración de Chema López)