Somos lo que llega, lo que se asienta, asevera Alisa con aplomo. Una sucesión de invasores que genera a la larga moradores que se consideran a su vez como si fueran autóctonos de toda la vida. Y acaban siéndolo. No es así solo la historia de este país, sino también la de todos los países. Cualquier rincón de la Tierra, antes o después, es un lugar de tránsito. De ocupación. Que los que llegan ocupen territorios más o menos habitados es una circunstancia secundaria. Los humanos siempre han llegado a donde no habían estado antes. Lo cual ha generado mundos culturales en constante mutación. Para mí, dice Alisa, eso es riqueza, a largo plazo, naturalmente. ¿Que esos procesos invasores que adjuntan los migratorios son imparables? No me cabe duda. Pueden ser diferentes las formas como se ejecutan pero no sus objetivos. ¿No cayó el Imperio Romano como tal y sus provincias más lejanas, al Este o al Oeste, no fueron ocupadas acaso por nuevos pobladores? Hordas, decían los historiadores que solo leían tras las rígidas reglas del nacionalismo atávico. Los hombres buscan nuevos dominios, y las razones son diversas, aunque se escuden en las leyes de la supervivencia. Lo que para un gobernante significa extensión de su poder a zonas lejanas, con vistas a garantizar su seguridad u obtener recursos, para el común de los mortales sometidos al gobernante implica búsqueda de nuevas maneras de resolver la subsistencia. También lo es para los habitantes invadidos, según en qué zonas y en qué épocas. En el pasado, para muchos indígenas el invasor traía progreso, si es que este concepto pudiera aplicarse a épocas remotas. ¿Eran más libres los pobladores autóctonos antes de ser ocupados? ¿Tenían más derecho, si es que también esta idea existía hace siglos, los que habían caído antes que los que se aposentaban después? Todas las sociedades han tenido sus opresores y han conocido el sojuzgamiento. De acuerdo que en muchos casos los invasores han podido esclavizar más a las gentes avasalladas. ¿Más o de otro modo? En otros, a cierto plazo, nos parece ahora que se les benefició. Pero toda esta visión es falsa. Lo es porque todo cambio pasa siempre por la destrucción. Por algún grado de destrucción. Destrucción de sociedades, desplazamientos de los habitantes, eliminación de jerarquías, abolición de instituciones, captura de fuentes de recursos...¿Qué sabemos de los pueblos que habitaban las vastas regiones de Europa, por ejemplo, antes de la consolidación de los grandes imperios? Mundos que se acaban y resistencias imposibles. También simbiosis, apertura a la desesperada que permitía prosperar a los aborígenes, fusiones y mezclas complejas que nos han traído hasta nuestros días. Eso ha sucedido como una constante en la historia humana. Un profesor mío decía que las resistencias más triunfantes son las de quienes aceptan a los que llegan de fuera. No solo al que aparece con poder sino al que llega desnudo. Demasiados oleajes de almas humanas transcurriendo de unos países a otros. Lo peor es cuando parece que todo se estabiliza y de pronto el juego de cartas se rompe. ¿De pronto? Los tahúres siempre acechan. Quien no quiere verlos es porque algo espera de ellos. O su ceguera, ¿no?, interrumpo a Alisa. O sus limitaciones, remata mi joven amiga. Interpretar la historia es siempre comenzar a dudar y a continuación preguntarse. Alisa suspira y nos paramos ante la mezquita de Gazi Husrev-bey a contemplar el efecto de las luces del lavatorio.
(Fotografía de Inés González)





















