domingo, 10 de julio de 2011

La crisis




…no nací para esto. No debería decirlo. Tal vez sea tarde para darme cuenta. Era la tradición. En las familias humildes siempre sobraban hijos. Dios los había enviado pero no había provisto por ellos. Otros se fueron más allá del océano, algunos a la guerra de Marruecos. No sé qué vieron en mí o si fue que me tocó. Después de tantos años predicando y administrando sacramentos, hoy dudo. Hay algo en el ambiente de la comarca que crispa. Los periódicos que llegan de la capital reflejan desentendimientos por todas partes, aunque conociendo a los dueños de la prensa me parece que muchos de los problemas que plantean están inflados o no son tan graves. ¿Será que están buscando que lo sean? Yo, que trato directamente con las gentes, conozco mejor los problemas que muchos de esos gacetilleros o que los diputados que discuten bizantinamente. Pulso la opinión, atiendo las cuitas de los vecinos, no les aconsejo para que obren en contra de sus tendencias. Confían en las medidas que ha tomado el gobierno y recelan de la oposición que practican los grandes propietarios rurales. Me siento extraño. Extraño entre los míos, extraño entre los feligreses. Cada vez me gusta menos ser aquiescente con los caciques y con esos funcionarios que van detrás de ellos, esperando prebendas a cambio de favorecerles negocios. Me enseñaron y enseñé que debemos llevar el mensaje a todas las clases de la sociedad. Pero el mensaje no cala de la misma manera. Diría que todavía menos en los pudientes, donde reina la falsedad, la apariencia y el pésame señor. Y ahora que presencio cómo se agudizan las posiciones me pregunto de qué sirve el mensaje. Da miedo reconocerlo, pero me falta la fe. O al menos la fe que nuestros superiores reconocen. Pero la otra, la que podría valer, la que debería asentarse en la justicia, la tolerancia y el reparto de bienes, no se manifiesta. Y si lo hace, no viene de nuestra mano. Creo que la fe de institución ha desplazado a la que de verdad requiere el mensaje del Sacrificado. Soy diferente, lo reconozco. Tal vez por eso, cuando ha habido reuniones de sindicatos campesinos, me han dejado estar en ellas, incluso me han permitido tomar la palabra. No me han importado las amonestaciones de mi superior cuando se ha enterado que he participado en actos que él llamaba mundanos y antieclesiásticos. Es probable que no sea el único que me porte así, pero esta vida entre dos aguas suscita angustia. Los clérigos hemos estando siempre besando la mano de los ricos porque, nos decíamos, nos daban de comer. También nos han dado de comer los de abajo y les hemos despreciado, y hemos hecho de correveidiles de aquellos. Si sucede algo, no podré actuar como hasta ahora. Sé con quién estoy, aunque no comparta algunos métodos…

jueves, 7 de julio de 2011

Los tiznados


…me estremezco al pensar que puedo pasar de nuevo por lo que ya pasé hace dos años; tal vez fue un error de cálculo o nos dejamos arrastrar por la vehemencia de nuestras ideas y por la ansiedad de las causas antiguas y justas que nunca se ven satisfechas; pero aquello acabó en desastre; muchos perecieron, yo padecí la detención y mi familia quedó al albur; la ilusión se mostró con su doble rostro; y el ánimo y la energía se trocaron en desgaste; paramos entonces todas las cuencas y montamos en los trenes que debían llevarnos hacia el corazón del país; sin carbón no tendrían combustible los burgueses, decíamos, y sin combustible quebraría su poder; además, íbamos pertrechados de nuestra más selecta herramienta; ya estaba bien de hacer saltar el interior de los valles, era hora de que los de arriba temblasen; ése era nuestro grito, el de los hombres rudos y temibles cuando nos ponemos en pie; el de los hombres tiznados en sus cuerpos y en su resistencia; pero la realidad resultó más cruel; ellos eran más poderosos que nosotros; y nuestras razones no bastaban para cambiar la historia de agravios y de trato indigno; cuántos guajes cayeron en el intento; ¿o fue una aventura, ansiosos como estábamos por imitar los aires de revuelta que venían de lejanas tierras?; aquel esfuerzo era insuficiente y los políticos no acabaron de entendernos; tal vez nosotros tampoco conjugamos la relación de fuerzas necesaria para lograr algo definitivo; o acaso no existe esa liberación que hemos perseguido siempre; no, no quiero ni pensarlo, no hemos llegado hasta aquí para que todo se convierta en humo; y ahora que parecía que las cosas se enderezaban, que nuestro pulso con los aristócratas se iba ganando, es cuando se oye hablar de intentonas que pueden dar al traste con nuestras aspiraciones; no quiero imaginarlo; preparados estamos para hacer frente común; no tenemos nada que perder…

miércoles, 6 de julio de 2011

Los de Gráficas



…nos han convocado a los de Gráficas esta tarde en Poblenou. Algunos compañeros llegados del centro del país cuentan que corren inquietantes rumores. La presión de los facciosos ha subido de tono, se hace sentir desde sus periódicos y emisoras. No es un secreto para nadie que en muchas partes los grupos más radicales, que preconizan el puño y la pistola frente al diálogo, siguen organizándose. Que en algunas partes tienen unidades paramilitares que invocan dioses, patrias y reyes del siglo pasado. Nadie sabe muy bien qué posibilidades tendrán y hasta dónde estarán dispuestos a llegar, aunque todos sospechamos qué fines pretenden y dónde se inspiran. El Gobierno debería ser duro con ellos y no perderles de vista. Se han crecido y si no se les enseña los dientes van a hacernos padecer lo suyo. El Pere me ha dicho que los del oficio quieren que se haga una tirada de carteles y pasquines dedicados expresamente a denunciar esas actividades delictivas. Algunos que forman parte de esas bandas trabajan a sueldo de los empresarios más recalcitrantes de las comarcas, como a principio de siglo. Nunca estuvieron los intereses de ellos y los nuestros tan impregnados de política. No puedes escapar de ella. O estás en una parte o estás en otra. El ambiente en el sindicato está caldeado. Así que los del oficio quieren comentar ideas y proponen que impulsemos en nuestras publicaciones mucho más las imágenes que los textos. Que letras ya hay demasiadas y se vuelven nublosas, dice irónicamente el Pere y que, en cambio, vivimos tiempo de fotografía y hay que adaptarse a ellos. Las películas del cinematógrafo están llevando a la gente nuevas visiones del mundo y bien pueden ser un modelo a seguir en nuestros mensajes. Yo había quedado esta tarde en el barrio de la Ribera con Gaia, así que he enviado a mi hermano pequeño que le diga que no me espere, que acaso salga tarde de la reunión. Gaia me ve últimamente muy alterado y, aunque ella comparte conmigo ideales y razonamientos, teme que me implique más y que eso interfiera en nuestra relación…



(Foto tomada del fondo del International Institute of Social History)

martes, 5 de julio de 2011

Meseta


…está haciendo más calor que otros años por estas fechas; los pueblos de la meseta se vuelven más áridos; apenas salen las mujeres de casa durante el día; los hombres, a las tareas del campo, y al caer la tarde las viejas se sientan al fresco en los bancos a la puerta de sus casas; algunos de los que vienen de trajinar en la mies se juntan donde la tienda de ultramarinos que hace también de cantina; el clarete está fresquito y los porrones corren entre sudores y cansancios; hay jóvenes a los que no les importa andar de noche y se van en galera hasta el otro pueblo, que es mayor y tiene taberna, y se puede echar alguna partida tardía; aunque lo que ellos buscan es más bien encontrarse con las chicas más sueltas de ese pueblo y tentarlas; es normal, las cosas han cambiado y esta juventud es más decidida; unos chavales que han venido hace un rato han contado que hoy volvieron a pasar por allí un grupo de tres o cuatro individuos, todos con la camisa del mismo color; que tenían una altivez nerviosa y a la vez firme; dicen que repartieron unos papeles sobre política, donde se criticaba a las autoridades y a las organizaciones obreras; y que los tertulianos pararon la partida porque al que se quedó en la puerta se le marcaba un arma sujeta al cinturón; nadie de los que había en la tasca rechistó; casi todos los parroquianos son empleados del ferrocarril, algunos con carné de los sindicatos; cuentan también los chicos que dos de aquellos ferroviarios a punto estuvieron de levantarse y hacer frente a los provocadores; y que el médico de la mutualidad obrera, un tipo prudente y sensato, les detuvo; de no haberlo hecho podría haberse producido una disputa o algo peor; se sabe que en casos semejantes han llegado a las manos y que incluso los de las camisas azuladas han hecho uso de sus armas; es probable que sea el calor excesivo; no se siente la fresca y la luna tan inmensa parece que encendiera estas tierras hasta por la noche; esta calina no beneficia en nada a la tensión contenida que se viene viviendo últimamente; supongo que las cosas se suavizarán, pero todo indica que el asunto tiene mala encarnadura, como si una mano negra urdiera el desentendimiento…




(Fotografía de Eugene W. Smith)

lunes, 4 de julio de 2011

Terraza en julio



…hoy los he visto. Sólo conocía a tres de ellos, pero ninguno me ha causado una impresión grata. Dos han tomado refrescos, otros dos pidieron agua de seltz y solamente uno ha solicitado un licor del lugar. No sé, tanta abstemia en un grupo de hombres curtidos en su profesión me ha parecido extraña. Las fiestas ponen a la gente contenta y muchos incluso se pasan en desmesura. Pero este grupo es como si permaneciera ausente, como si la vida de la ciudad no fuera con ellos. Yo estaba en una mesa próxima. La algarabía dominaba, como es habitual en las terrazas de verano. Y más en estas fechas. Pero ellos no sobrepasaban la voz. Más bien utilizaban de vez en cuando un tono bajo, casi confesional. Si en alguna ocasión alguno hablaba más alto y con cierta euforia, el que parecía ser el dominante se encargaba de hacer un gesto con la mano para que atemperase sus palabras. Pero ese gesto se producía muy excepcionalmente. Daban la impresión de estar aleccionados previamente. No eran los mismos que otras veces han confraternizado más con la gente, alternando bromas y parabienes. Aunque, en honor a la verdad, nunca han sido muy campechanos. Cuando ha llegado el reportero uno ha mantenido la altivez, el resto el aplomo. Hubo quien ni siquiera se giró hacia la cámara. Pero todos mantuvieron el tipo. El reportero se mostró un tanto servil al despedirse, pero el grupo apenas le hizo caso y siguió a lo suyo. Se oyen demasiadas cosas estas últimas semanas, pero cuándo no se han oído. Es un país de rumores permanente. Se vive en un estado de acechanza verbal que nunca ha acabado hasta ahora como el cuento del lobo. De ahí que nadie se cree ya nada, y eso que las opiniones de la ciudadanía están cada vez más radicalizadas. Es rara esta gente. Sin embargo, están sometidos a autoridades superiores y tendrán que aceptar las órdenes. Al fin y al cabo es su oficio. Pero, ¿y si llegara un momento en que no las respetasen? Me intriga tanto silencio, sus ceños, esos rostros hueros, los ademanes aparentemente frágiles y prudentes en quienes no lo son…

lunes, 27 de junio de 2011

La soledad de los hombres


Decía Sartre que Dios es la soledad de los hombres. Yo era muy joven cuando leí esta frase y, aunque entonces ya no me significaba la ideología cristiana, no la entendí. Me faltaban algunas travesías del desierto que recorrer. Sin embargo, los años, es decir, lo vivido, te hacen ver. No sé tampoco si lo que te enseña la vida es la verdad. Creo que te enseña sobre todo la mentira. Pero tener claro cómo y de qué manera se manifiesta la mentira es un punto de inflexión interesante para seguir viviendo con dignidad. Naturalmente, con la mentira se puede sobrevivir, obviamente, mucha gente lo hace, pero creo que te conduce a la muerte en vida. Y vivir sólo con esa idea de que lo importante es tener algún año más y dejarse llevar, al precio que sea, nunca me llenó. Tal vez el aprendizaje de la mentira es lo que conduce a otra alternativa, a la cual denominamos verdad, aun cuando sea relativa. ¿Será la verdad la comprobación de la mentira?

Ahora que veo la oposición totalitaria que ejerce el Episcopado español a cualquier decisión (o indecisión) de un cada vez más timorato Gobierno socialdemócrata, entiendo muchas cosas. Incluso la frase de Sartre. La Iglesia argumenta (suponiendo que sean argumentos sus doctrinas inamovibles) entre otras cosas demenciales que la ley que se tramita para una muerte digna no menciona el derecho a solicitar la presencia de los funcionarios de Dios en la agonía de un individuo. La jerarquía hipócrita de la Iglesia lo tiene más claro que su clientela. Dios se puede manifestar como concepto supersticioso en el estado final de los moribundos del seno del catolicismo. Lo cual no significa que sea expresamente reclamado por cada uno de los que se enfrentan con la experiencia de la muerte. La muerte, como el nacimiento, no sabe de ideologías, sino de estado y ciclos naturales. De realidades que solo se poseen a sí mismas. Si un moribundo reclama un consuelo, ¿qué busca? ¿La supuesta verdad divina, que no le va a salvar de morir? Un moribundo, lo que busca es cualquier cosa que alivie su final. Si ese moribundo pertenece al ámbito cultural, ideológico y supersticioso del cristianismo, puede que reclame al agente de Dios en la tierra o puede que no (conozco casos muy allegados que no lo han hecho) Creo que la Iglesia subestima al individuo, sobre todo al anciano. Sartre tenía razón: el ser humano puede encontrarse muy solo en su final, de la misma manera que a lo largo de la vida lo está. Pero estar solo mientras se vive lleva implícitas las posibilidades de supervivencia. En el final, la soledad es rotunda y decisiva. El mismo estado, pero sin solución. El que reclama de un dios en el instante de sus estertores reclama su soledad. No se atreve a llamarla por su nombre, y acaso utiliza un intermediario ideal. Nadie puede ofrecerle nada, salvo la mentira. La verdad adquiere tintes de certeza y se llama dejar de existir. Ruego a los obispos y demás clerecía de esos pagos que se retiren del oficio de ejercer presión sobre la mente de los hombres. Que no jueguen a política para vivir del cuento. Ellos son los primeros que no creen en lo que predican. También tendrán que afrontar su propia soledad irresoluble.




(La imagen es de una obra del escultor renacentista castellano Alonso Berruguete)

domingo, 26 de junio de 2011

Concerto notturno




No sé si fue el insomnio de la otra noche lo que trajo la frase a mi mente. O si fue la cita lo que me llevó al desvelo. Hubiera sido más cómodo recurrir al calor, pero también más necio. Sin embargo, no había manera de quitármela de la cabeza. Y si no borrar la definición entera, al menos descargar parte de la brutalidad que la acompañaba. Guido Ceronetti es un sabio. Es traductor, y nada menos que de textos bíblicos, lo cual le otorga ya una sabiduría que se nos niega a los mundanos. Pero es muchas más cosas relacionadas con el pensamiento y la palabra. Su método es un mix de sarcasmo, de indagación metacrítica y de capacidad desbordante de sorpresa. De él sólo he alcanzado a leer su versión e interpretación del Cantar de los Cantares de Salomón, que lo tengo entre los favoritos. Y también su no menos incisivo, irónico y sabio El silencio del cuerpo, un título seductor y hermético, que recomiendo con pasión.

Precisamente la cita de mi noche en blanco procedía de El silencio del cuerpo. Concisa, sintética, ilustrativa. El arma más peligrosa que se ha inventado es el hombre. ¿Por dónde cogerla? No puede ser que esté diciendo lo que dice, demasiado salvaje, trataba de convencerme a mí mismo. O: es metáfora, Fackel, nada que objetar. O: una boutade de sabios que gustan de provocar a sus lectores. Y sin embargo, me parecía tan real, tan sugerente, tan verídica. Me hacía ver algo así como: donde el hombre pierde su acontecimiento para convertirse en medio criminal.

Probé a jugar con ella. Por ejemplo, rediseñarla: el hombre se ha inventado a sí mismo como arma. Repasé con la imaginación la bajada de los árboles de los primeros homínidos, el manejo de los brazos y piernas, la utilización de los recursos al alcance, las primeras transformaciones, los choques con otras especies, los enfrentamientos con otras tribus…Y todo se ejecuta como un arma puntual, exacta, necesitada de lograr un fin. La cuerda combada de la Historia no ha hecho sino confirmar la ironía de Ceronetti. No escandalizarse por ella. Los hombres no somos hijos de la santidad, ni del designio, ni de la elección de demiurgo alguno. Si somos algo, somos hijos de la necesidad. Y en este sentido, sin duda, somos autoinvención, y nada inocua, por cierto.






sábado, 25 de junio de 2011

Concerto mobile



El asiento estaba vacío pero a la vez estaba ocupado por el bolso de la chica que iba al lado. Él hizo el ademán de sentarse y la chica quitó el bolso, sin demasiada premura, molesta por tener que hacerlo. Por supuesto, no pidió disculpas. El joven se sentó y estiró las piernas. Era larguirucho y cabía mal, así que a cada bamboleo del autobús una de sus piernas rozaba descaradamente otra de la viajera. La chica, tendía a hacer el efecto opuesto, correr la pierna como si huyera de la del chico. En una de las ocasiones en que el autobús tomó la curva de una cuesta el hombre se desplazó violentamente sobre la mujer. Ella aparentó recogerse como autodefensa de lo que le venía encima. Él se disculpó de su caída lateral pero culpó al conductor por la brusquedad al tomar las curvas. Cuando la mujer miraba por la ventanilla él aprovechaba para observarla. Cuando el viajero miraba hacia delante o hacia su izquierda ella miraba su perfil o su cogote. El autobús se iba llenando de viajeros, era hora punta. Es hora punta, le dijo él a la chica. Sí, contestó ella. ¿Todos los días va así?, se interesó el hombre. No contestó ella, sino que afirmó con el movimiento ordinario de cabeza que indica afirmación. Ah, replicó él. La chica se sujetaba el brazo izquierdo que llevaba al aire con la mano derecha. Que no estaba muy cómoda lo reafirmaba el hecho de que con sus dedos golpeara su brazo, como si mascullase en secreto una canción. Él, como contagiado por una tonada que no se oía pero que soltaba sus efluvios y le llegaban por un conducto extraño, también agarró con su mano izquierda su brazo derecho. Siguió el ritmo. Ninguno de ambos se miró, era como si se hubieran olvidado de que iba uno al lado del otro. Pero el ejercicio del golpeteo de dedos y brazos de cada cual tenía lugar con la misma precisión de una orquesta. Era como si hubieran dispuesto la composición, la hubieran ensayado y ahora la ejecutaran con plena seguridad. Eran tan reflejos y firmes sus movimientos, los alternaban con tanto aplomo, sostenían los acordes de una forma tan medida, que se diría que eran un dúo compenetrado y de probada experiencia. Hubo un momento en que los dedos de cada uno de ellos permanecieron un instante en alto, sin descender sobre sus respectivos brazos. Parecía que se disponían a llevar a cabo unos arpegios especialmente definitivos, algo así como un atronador final de la melodía, cuando el autobús pegó una frenada seca que desplazó violentamente a los viajeros. En ese instante, y acaso forzados por el mismo movimiento, los dedos de ella quedaron trenzaron con los de él en el aire. Duró un instante largo la improvisación. Se miraron atónitos. Pero ninguno de los dos rompió la parálisis. Sospeché entonces que la electricidad se había cortado justamente en ese momento en el recinto secreto en que el chico y la chica ejecutaban el ejercicio. Yo me bajo aquí, dijeron por casualidad ambos al unísono.

miércoles, 22 de junio de 2011

Concerto


Fue en aquel concierto en el que se escucharon varias composiciones de Lully. No sé en qué momento la mujer puso una mano sobre la que tenía más próxima del hombre. Tal vez al sonar los potentes instrumentos de viento. ¿O fue cuando el organista se lanzó a un solo en espiral que sobrecogía los sentidos de los asistentes? Él no se alteró. Como una jugada sobre un tablero de ajedrez. Una pieza se había movido y daba la impresión de que todo permanecía inamovible. Sólo quietud aparente. Los jugadores permanecían en la sombra. El tablero no revelaba las jugadas. Tampoco se percibía con claridad qué piezas quedaban. La imagen reconocida sería: juego abierto.

La mente de ambos se debatía entre dos tiempos. Cuando la música prende como una llamarada todo pensamiento vuela en esos momentos álgidos a algún espacio de felicidad perdida o de deseo inalcanzado. Pueden tratarse de recuerdos lejanos, de significados que nunca emergieron del todo o de extrañas persecuciones sobre habilidades malogradas. Pero aparte de las imágenes, o por encima de las situaciones y personajes que cada individuo traiga al instante, se recrea una imagen superior. Se llama goce. Y es abstracta. La música retoma los espacios mentales de cada ser, se desliza vertiginosa entre los sentidos y los ocupa. A la vez ciega cualquier otro plan. Aborta todo tipo de idea fugaz y obsesiva. Traslada. La frase al uso podría ser: todos se sienten henchidos.

Ella no lo estaba. O no de la misma manera que el público. Los sonidos que arrebataban a los demás no eran suficientes para enajenarla. Por esa razón pudo tener el impulso de rozar la mano del hombre. Abusó del tiempo. Cuanto la última parte del himno estremecía a los aficionados, ella se atrevió a tamborilear con sus dedos sobre el reverso de la mano invadida. No fue algo calculado ni buscado. La expresión se diría de este modo: la mujer fue presa de un frenesí repentino pero templado. O bien: la privó el instinto que la música no saciaba en ella. Al relatarse acontecimientos, incluso los menores o insignificantes, aquellos que nos llegan por terceros, por ejemplo, corren en tropel la estructura de los estereotipos. Pueden ser más cómodos pero no suelen interpretar las sensaciones. El último acorde, sublime, cercenó la intención del hombre de girar la mano buscando la de la mujer. Vibración de un aplauso. Dispersión.

martes, 21 de junio de 2011

Esa maldita belleza

Por un día olvidémonos de la Europa inmersa en una de sus periódicas crisis, aunque la de ahora parezca de las más cruciales. Recuperemos uno de sus atributos más ricos y brillantes, la música. Dicen que hoy, además del solsticio es un día cultural por excelencia, el Día Internacional de la Música. He seleccionado tres composiciones, tres autores, tres intérpretes, tres épocas, tres bellezas multiplicadas. Podía haber escogido otras, pero aquí están las que hoy me apetecía oir. Lully, Vivaldi, Sarasate.








lunes, 20 de junio de 2011

Acorazada Brunete (reflexiones modestas al son del 19J)




1. ¿Tanto importa el número? Pero ¿cuál? ¿El cardinal o el ordinal? ¿El que calcula la seguridad estatal, la seguridad local o los organizadores? ¿El que se declama o el que se analiza? ¿El que lleva vientos o el que recoge tempestades? ¿El que cita la SER o el que menciona agriamente la mediática de extrema derecha y las ciudades que tiene conquistadas, vía urnas legales? Llevo miles de años participando para que el número se mantenga. No digo para que crezca, sino para que no baje. Para que sea no sólo número sino testimonio. Para poder encontrarme un día más con los de siempre y para descubrir a los nuevos. No sé si soy perroflauta (joder, nunca me lo habían dicho) pero sí perro viejo. Llevo miles de años no para ser número sino para encontrar caminos. Y luego llegan elecciones, y resulta que los números son otros. Los de electores, nos guste o no nos guste. Los de las dos Españas desencontradas. Temo mucho los números. Dicen que las matemáticas son ciencias exactas. ¿Para qué geometrías, para qué aplicaciones, para qué órbitas infinitesimales? Pero aquí lo que se aplica es la aritmética social. Y los resultados siempre varían.

2. Ahora bien, lo que el número ha inflado no es el volumen en sí, sino la mística. Cuidado con la mística. Otros lo llaman crecerse, creer que se suben peldaños. ¿Hacia dónde? Escalar una pirámide es una tarea perdida para los de abajo. No hay que buscar su vértice, sino derribarlo. Si la mística –otros le llaman euforia- nos hace ilusionarnos que sea para reforzar el pensamiento y la praxis (me salió el concepto antiguo, ¡pero vivo!) La acción. Y estas tareas que deben realizar el individuo y los grupos no proporcionan resultados a corto plazo. La mística no basta. Ilusiona, pertrecha, une, da placer. Justifica (miedo me da eso de mirarnos al ombligo) También puede solamente camelar. La mística puede conducir a la vana ilusión. Echar un pulso al Estado, a los poderes fácticos y a la situación del momento no es una tarea de vorágine táctica. Las tácticas por si solas perecen con facilidad. Si no hay nada más sólido detrás. No hay que tener miedo al tiempo. No es preciso tener prisa. Un tiempo mal observado, una acción mal calculada, una carrera presa de la nube en que algunos se han subido puede fallar en cuanto asomen los nubarrones. Hay que consolidar lo ganado. Cuidado con los órdagos fallidos. Oigo hablar de otra concentración en breve y marchas desde ciudades; de posibles llamadas a huelga general…Ojo: no seamos perroflautas sino perros viejos. Si lo que se ha hecho es conquistar posiciones, no las perdamos a la primera ofensiva seria del sistema. Gritar contra Botín suena bien, pero Botín controla y decide junto con una cohorte empresarial y financiera de envergadura los recursos del Estado. Están, vía Gobierno y feroz oposición, vigilantes. Cuestionar ese mundo que no nos gusta no se hace dando pasos en falso.

3. Valorar que la asistencia de estas manifestaciones recientes han congregado a individuos de toda edad es ser realistas. Insisto: los miles de números manejados, con ser espectaculares, no son los cuarenta y ocho millones de habitantes de España. Pero, ¿son reflejo de una inquietud que toca a gran parte de la población? Prefiero vivir el realismo de saber que la protesta ha hilado sectores laborales, parados, jóvenes y pensionistas, a limitarme a hacer la cuenta aritmética. Sin nombres sindicales ni partidistas detrás (al menos sin exhibirse) Así que cuando ayer me encontré con la que yo llamo la Acorazada Brunete, esas viejas amigas que no se pierden ni una, me emocioné. Mientras ellas estén en una más de estas manifestaciones es que hay esperanzas. Son cuatro, pero contumaces, fieles, firmes, testigos. Llevan indignadas desde que las conozco (a alguna de ellas desde hace cuarenta años) Cuando indignación era un vocablo preciso y modesto (temo que hoy lleve camino de repetirse tanto que acabe siendo una palabra desfigurada) Defensoras de todas las causas justas, se han apuntado a protestas antinucleares, contra el maltrato animal, contra las reformas laborales, contra la agresión sexista…No hay crisis que pueda con ellas. Y sin ellas, una protesta no sería del todo también una fiesta.






domingo, 19 de junio de 2011

Marcha



Avanzaba la marcha y las sombras iban con ellos. No, no quedaban atrás. Un poco pensativas, sí, acaso. Las sombras tienen una capacidad de interiorizar los hechos mucho más refleja que los cuerpos. Los cuerpos van, se desplazan. Hay una extraña posesión en ellos. Les empuja la fatalidad. El destino tiende a ser descrito por la imaginación de las mentes. El margen de error es inversamente proporcional a lo soñado. Las sombras sospechan siempre del destino. Por eso se distancian. Siendo parte de los cuerpos buscan la perspectiva. Con su propia proyección va también la duda. Los cuerpos avanzan y forman una marcha. La marcha es siempre colectiva. No hay marcha de un solo hombre. Un hombre se diluye en sus propios pasos. La sombra de un hombre solo es una perrilla que se lame a sí misma. En una marcha las sombras generan su propio orden. Discrepan y organizan una dirección diagonal. Las sombras se realizan a través de la geometría del ángulo. ¿Se darán cuenta los hombres que componen la marcha de la propuesta de las sombras? Avanzaba la marcha, recorrió las calles. ¿Se contabilizan las sombras? No es el número en su cantidad lo que más interesa. Las sombras avisan. Proponen. Su refracción sobre el pensamiento exige perspectiva. No es una geometría de la nada. Quien no tenga en cuenta el conocimiento anterior errará. No es posible empezar de cero. Las sombras se muestran escépticas de la palabra. Tal vez porque en su mundo la ausencia de voz se ha cubierto con la potencia del gesto. Las sombras temen las palabras vanas. Odian las necias. Se espantan con las agresivas. En la conciencia de las sombras hay paciencia. No se engañan con la fatalidad. Ponen sobre aviso. Sólo ha sido una marcha, cuya dimensión no es mensurable a corto plazo. Salvo que se desee hacer para satisfacer el mundo de ilusión. Las sombras esperan. Pretender palpar la calidad de su proyección. Ha caído la noche y las sombras se han congregado para dirimir su futuro y sugerírselo a los hombres.




sábado, 18 de junio de 2011

Escuchar a la sabiduría de la Edad







Me parece tan interesante y con opiniones tan bien fundamentadas para que reflexionemos que me limito a transcribirlo. Y que vuele.

jueves, 16 de junio de 2011

En la lucha final



El pequeño comité de hastiados se había reunido con carácter de urgencia. Cada día se acumulaban más razones, no necesariamente nuevas, para hacer su vida más insoportable de lo que ya era. No, no había llegado la hora final y probablemente no llegue jamás, habían concluido en sus primeros análisis, efectuados, eso sí, un poco a la carrera. Arrastraban motivos desde hacía siglos. Como en todas las organizaciones visionarias, el hastío se transmitía de unas generaciones a otras. Si el sistema desarticulaba una célula, se reponía pronto con otras. Si se arremetía contra todo un tejido, al cabo de un tiempo volvía a manifestarse otra urdimbre nueva con más empuje y una decisión más elaborada. El pequeño grupo de resistentes se sabía en una cierta soledad contra la vorágine de la insensatez. De alguna manera, cuando conectaban con los habitantes, se sentían predicadores, lo cual les horrorizaba en grado extremo. Ellos no estaban allí para hace misión ni trasladar falsos iconos ni elevar a los altares mundos imposibles. Por esa causa tenían más dificultad que el resto de entes y grupitos que se dirigían a las masas abstractas prometiéndoles el oro y el moro de lo inalcanzable. Ni siquiera tenían un programa estructurado. Establecer una coordinación de ideas, criterios y pautas sobre la necesidad de superar el hastío puede parecer fácil, pero es sumamente complicado de llevar a cabo. Al fin decidieron que mejor hacer algo impulsivo y testimonial que callar y seguir reconcomiéndose en la mejor tradición de los cenáculos seculares. Se sugirió desvestir los gestos y desnudar el lenguaje. Cuando el intelectual mayor del grupo lo propuso los hastiados se dividieron en dos: los que consideraban la propuesta de una lucidez desbordante y los que la veían sumamente arriesgada y peligrosa para el futuro del propio comité. Se entabló un debate acalorado donde la tendencia lúcida proclamó el valor de acabar con las palabras al uso y eliminar todo tipo de ademán que las respaldase. El sector del riesgo consideró que sin palabras no había contacto ni por lo tanto sentido ni por lo tanto comunicación ni por lo tanto aproximación a la masa ni por lo tanto alternativa ni por lo tanto toma del poder ni por lo tanto consolidación de la nueva clase ni por lo tanto…Ante el riesgo de ruptura entre las filas de la ya de por sí diezmada corporación secreta, alguien lanzó la luminosa idea de conceder una moratoria. No había condiciones objetivas (otro de los asistentes señaló muy perspicazmente que esto venía oyéndolo toda la vida) y, por lo tanto, se aplazaba la discusión, se plegaba velas y se rogaba a los propios miembros paracarbonarios que se apretasen los cinchos de la paciencia, se reclamaran portadores de la templanza y se recluyeran en un proceso de renovación del pensamiento. Total, concluyó el intelectual segundo de la corporación clandestina, nada ha cambiado desde ayer ni desde hace mil años. Podemos esperar a estar mejor organizados y más pertrechados intelectualmente. Las masas nos lo agradecerán (al citar esta última frase fue acogido con una salva de aplausos inenarrable) Lo que el pequeño comité de hastiados no sabía es que se había producido un chivatazo y que los esbirros del sistema les estaban esperando a la salida del antro donde ellos concebían sus falsas esperanzas.

domingo, 12 de junio de 2011

Karl Kraus, setenta y cinco años


Acaso fue porque iba concentrado en sus sentimientos profundos o porque pergeñaba en la mente algún artículo para su revista o porque le dio en pensar en los últimos acontecimientos internacionales. Suficiente cualquiera de estos motivos para dejarle absorto y descuidar su paso. Pudo ser simplemente el reflejo y el despiste, cada vez más acusado en sus ojos miopes, pero el caso es que no vio venir la bicicleta. La calle estaba demasiada oscura, como los tiempos, y el riesgo acechaba en metáfora y en acto. En los dos o tres días en que convalece recuerda con dificultad su declaración de principios en la revista que durante decenas de años ha mantenido en activo. El programa político de este periódico -decía en el primer número- parece, por tanto, escaso; no ha elegido como lema un sonoro lo que levantamos, sino un sincero lo que tumbamos. Sin saberlo todavía lo suyo iba a ser un deconstructivismo cultural, en el sentido más amplio de la palabra. No sólo político, ni de los reflejos culturalistas y artísticos, sino eminentemente dirigido a los comportamientos clasistas, los hábitos morales, las mentalidades nefastas, los tópicos y los vicios ideológicos de la sociedad. ¿Tendría el hombre conciencia, en medio de su estado doliente, para elaborar ingeniosamente uno de los aforismos donde sintetizaba un discurso? Algo así como: Toda la vida combatiendo al lenguaje prostituido e insidioso y fustigando la venta de la primogenitura por parte de los individuos, para que al final le venzan dos ruedas. Probablemente la trombosis final abortó el último aforismo con la misma implacabilidad con que ahogó sus latidos. Fue un 12 de junio de 1936, hace setenta y cinco años.


jueves, 9 de junio de 2011

Confidencias (y 2)



Se escribe sobre las piedras. Y entonces las piedras hablan dos veces. O más. Alguien se ha tomado tiempo, ha dispuesto del grafito más tradicional y ha hecho de un sillar una pizarra. ¿Alguna vez se gastaron las palabras como se desgasta la caliza? Probablemente; cuando no se usan con propiedad. Cuando se repiten y se aplican a conceptos diversos e incluso opuestos. Cuando caen en desuso. El problema del desgaste de las palabras es que luego no nos reconozcamos en ellas. ¿Qué queremos designar cuando sacamos del pasado o del vacío o del olvido una palabra desgastada? De nada sirve que uno o dos o cuarenta utilicen una palabra para entenderse si no lo hace la mayoría. Los medios de incomunicación actuales son negativos artífices del desgaste de las palabras. Y con ello contribuyen al deterioro cuando no a la destrucción y el acabamiento de los conceptos. Hasta ahora sucedía que los cambios en la producción, en los medios de trabajo y en las costumbres, por ejemplo, arrastraban al abandono a cantidad de palabras cuya utilización no cabía en las sociedades modernas. El tránsito de una cultura eminentemente rural a una urbana trajo consigo el entierro de un sector amplio del vocabulario. Pero luego está ese otro tipo de palabras que se resisten a escaparse para siempre. Las que definen modos, conductas y mentalidades. Tal vez la mano oculta, esa mano que se tomó su tiempo y su tarea ardua en escribir con mayúsculas sobre una piedra de iglesia pretenda que ciertas palabras no desaparezcan del imaginario colectivo, que se dice ahora. Acaso su intención sea un homenaje, haciendo una interpretación explícita de los agujeros de balas que hay por doquier. Pero tras ese giro es probable que haya más: un grito, una voz de alarma, una exigencia. Y un discurso obvio: no olvidéis a aquellos porque mañana podéis ser vosotros.

martes, 7 de junio de 2011

Mani-obras



Parecía invierno, pero se trataba de una página en blanco. Siempre me ha parecido que las estaciones son cuadernos, cuyas tapas no siempre están delimitadas con claridad. Cada cuaderno hablaba de algo diferente. Parecían tener continuidad unos respecto a otros, pero si revisabas la estación te dabas cuenta de que no era lo mismo. Ni siquiera los personajes tenían algo idéntico que no fuera la permanencia de un nombre y acaso la pertenencia a una familia.

Así fuimos rellenando cuadernos, escribiendo en las estaciones del año, alterando los rostros de quienes nos rodeaban y el tono de las palabras. Sólo el tono. Parecía que las palabras fueran inamovibles también. Su nombramiento, no su intención. La intención se renovaba, lenta e imperceptiblemente. Lo que más caracterizaba a las palabras era el hecho de no ser comprendidas. Estaban condenadas a ser pronunciadas una y otra vez, en una solución de continuidad penosa e intrincada. Pocos sabían usar las palabras y menos escribirlas con significado consecuente en los cuadernos. Dejo claro que no llamo palabras a cualquier emisión de vocablos, y menos si revestían imperativo, prohibición o incitación al silencio. No llamo palabras a cualquier sonido emitido por un ejemplar de la especie a la que pertenezco. No llamo palabras a todo lo que origina un cierto ruido desde sistemas de difusión audiovisual o impreso.

Sí llamo palabra al balbuceo ligero e indeciso de un recién nacido. Porque hay claridad en un ba-ba y hay un sentido sincero de la necesidad en un hum-hum. Deberíamos volver a fijarnos en el balbuceo para revisar el almacén ensordecedor a través del cual nos movemos, la jungla estridente que nos atrapa sin escucharnos los unos a los otros, el bucle fragoroso que estrangula las relaciones de cada día y las vuelve inhóspitas. Balbucear para que las palabras regeneren su finalidad. Balbucear para que designen con exactitud los sustantivos esenciales.

Fue sobre una página en blanco sobre la que un día sin transparencia dejé caer la mano, los dedos cada vez más afilados, la piel cada vez más suelta. Fue sobre una superficie de invierno sobre la que mis yemas se resentían de una sensibilidad fuera de lo común. Una albura desconocida. Una piel emergente. Todo iba a empezar.




(La imagen es de la fotógrafa inglesa Aira Manna)

viernes, 3 de junio de 2011

Confidencias


Suelo gustar de preguntar a las piedras. No sólo a las piedras que deambulan todavía por los campos como efecto de los cataclismos que formaron la Tierra. También a las piedras manufacturadas, las que han perdido su identidad anterior para formar parte de un edificio. Por supuesto el lenguaje varía. El de las piedras desperdigadas por laderas y valles hablan del viento, del agua y de lírica. Muchas de ellas apenas saben de humanos, pero algunas han llegado a citarme a tribus de paso, pastores trashumantes, soldados de campaña, perseguidos de la justicia y aventureros que no han parado sino alguna noche. En algunas zonas, las piedras que han sobrevivido cuentan con tristeza sobre lejanas extracciones efectuadas por los picos y los músculos de los esclavos. Y lloran todavía por el recuerdo de la partida de muchas de las rocas que convivieron con ellas. Pero cuando me dirijo a las piedras de una catedral o de una muralla su idioma urbano se vuelve más refinado y presumido. Hablan de ceremonias, de mercado, de fiestas, de edificaciones suntuarias, de quehaceres cotidianos y también de asaltos que pudieron acabar con la fábrica de la que formaban parte. Obviamente este tipo de piedras sabe más de épica, porque la lírica, dicen, es un residuo del pasado bucólico, si es que alguna vez existió. Además, entienden que si queda algún rasgo de bondad en el mundo del que forman parte sólo se da entre la ingenuidad de los enamorados y en la desesperanza de los ancianos. Fue al amanecer cuando la asamblea de sillares de aquella basílica decidió mostrarme un lienzo del muro que comúnmente pasa desapercibido a los viandantes. Se sentían orgullosas del trazo perfectamente escuadrado que componía la pared, pero lamentaban las viejas heridas. Las piedras tienen memoria y me lo relataron. Fueron tiempos revueltos, dijeron, y no fue cosa de un día ni de dos. Las esquirlas saltaron por todas partes. No nos dolieron los golpes repetidos de la fusilería, sino más bien el daño en la unidad que habíamos mantenido durante tantos siglos. Lo que nos sorprendió más fue que delante de nosotras, incluso salpicándonos, corrió una sustancia que lleváis dentro los humanos y que llamáis sangre. Fue entonces cuando comprendimos el precio de la épica que tanto os entusiasma a vuestra especie.







jueves, 2 de junio de 2011

La Historia inexistente




Después de años de estar interesado por lo que ha tenido lugar entre los humanos, con especial interés por lo característico del entorno que me ha tocado en suerte, he decidido tirar la toalla y no indagar más. En buena hora no acabé la carrera que, de haber llegado a buen puerto, me hubiera colocado entre los exégetas del mundo angelical. Ahora ya me han convencido del todo. Nada tuvo lugar, nada fue, nada se inventó, nadie sufrió jamás y todo eso de las civilizaciones y culturas fue un claro producto del reino imbatible de los cielos.

Ese ente desconocido y ajeno al acontecer que se llama Real Academia de la Historia ha decidido una vez más copular con sus ángeles. Para que se conozca el rostro del último condescendiente con los viejos bujarrones de gabinete pongo su foto. No sé si es cómplice placentero, víctima con causa o excusa de chapero. Está en la mejor tradición de los querubines y serafines patrios. Los que se incumbaron con la Contrarreforma trentina, poblaron altares y retablos barrocos, se volvieron melancólicos en el Romanticismo, acabaron kitsch en la belle epoque y se durmieron en la pobrísima estética de sangre que se filtraba en el cementerio español del franquismo.

Perdón, he sido incorrecto. He nombrado conceptos y categorías que no existieron. Yo ya intuía hace tiempo que todos esos términos eran para justificar la existencia de castas en las universidades, los institutos y las academias vigilantes de las esencias malolientes. Lo sospechaba y ahora se me confirma. Nunca es tarde para saber que me suspendieron muchas veces con razón. Iba a la contra. Era un descreído. Tenía que haber hablado siempre de los ángeles.

lunes, 30 de mayo de 2011

La entrega de Ofelia




Ofelia, Ofelia...Pasa la caballería aguerrida de la pureza y tú miras el movimiento imperceptible de los planetas. No flotas sobre aguas sino sobre destinos. Has entregado el hijo que criaste, que es tu alma, que es tu pasión desdichada, que es tu capacidad esperanzada al jinete cuyo corcel inquieto es un suspiro.¿A dónde lo trasladarán?

Tus ojos van en él. Tu continente de súplica. Tu amarga decepción se hará mayor cuando olvide tu nombre. Es solo un instante. Yacerás entre conjuros y tus labios mascullarán el último signo de la traición que se ha cebado sobre tu sino. Pero eso no te importa, porque tu sonrisa creció entre las riberas de los arroyos. Allí donde empezaste a creer.

O donde empezaste a amar. Amar fue para ti una melodía. Nunca separaste las dimensiones del canto y de la música. Ambas germinaron en lo más primitivo y limpio que preservabas. Cuando el hechizo seductor envolvió tu vida apenas advertiste que no se trataba de otra cosa sino de una nueva canción. Pero ésta no sólo salía de tu pecho, no sólo la destinabas al aire impalpable. El cantar no rescataba ya la infancia extraviada, ni prolongaba los juegos, ni era acicate de nuevos aprendizajes. ¿Cómo podías saber que lo que se comparte ya no le pertenece a uno mismo, que la renuncia es una opción y el abandono un precio inevitable?

Ahora, tras el desenlace indefectible, deja que el corcel albo pase despavorido sobre tu cuerpo. Permaneces inaprensible a su mirada. Él portará lo que pudo ser hasta un paisaje incierto. Tal vez otras manos u otra canción entenderán la fuerza de la que tú te desposeíste. Allá, en alguna parte, ajena a la pérdida, volverás a tocar la cítara y a entonar nuevos cantos.




(Imagen de William Blake)

martes, 24 de mayo de 2011

Desde el sueño




Yo dormía. Era verano y la puerta principal de la casa estaba abierta. Las habitaciones permanecían abiertas también. Una corriente tímida de aire atravesaba en bucle el edificio. Con la brisa llegaban aromas a romero. También sonidos acompasados y calmos. Las notas tenues de la hojarasca que los chopos mecían junto al arroyo.

Yo soñaba. Soñaba que el viento acariciaba mis cabellos y descorría la sábana que me cubría. Soñaba que una voz me decía que debía levantarme y salir fuera de la casa. Soñaba que desnudo alcanzaba la huerta, bajaba por el prado y me acercaba a la orilla del riachuelo.

Lo vi. Bufaba sosegadamente. Bebía en el agua inmóvil. De vez en cuando alzaba la cabeza y balanceaba la crin. La noche era blanca. Los campos tomaban el color del mar lejano. Un mar que yo jamás había visto.

De pronto sentí ganas de oler el mar. Me habían dicho algunos vecinos de la comarca que el mar huele de otra manera a como huelen los prados. Que cuando llegas hasta sus playas tu rostro adquiere el color de la plata y tu pelo sabe a sal.

Él era muy alto y con sus movimientos de cabeza me invitaba a subir a su grupa. Debí soñarlo. Pero desde entonces no he dejado de cabalgar. Me he dejado llevar por su ritmo. Me he acostumbrado a sus movimientos nerviosos. Sujeto con tensión las bridas, pero sobre su grupa agradecida no he hecho sino caminar hacia lo desconocido.




(Cuadro de Kuzmá Petrov-Vodkin)


domingo, 22 de mayo de 2011

Todavía quedan, y muchas




Todavía quedan campos de amapolas. Ya lo creo. Incluso ocupan algunos solares urbanos. Donde otras se descoloran ellas beben de su savia. Brindo por ellas. Resistentes y rojas.




sábado, 21 de mayo de 2011

Desde la reflexión hasta la inflexión



¿Por qué no hacer de la jornada de reflexión el principio de muchas jornadas de inflexión?

Según la RAE, el término inflexión quiere decir:


inflexión.


(Del lat. inflexĭo, -ōnis).


1. f. Torcimiento o comba de algo que estaba recto o plano.
2. f. Elevación o atenuación que se hace con la voz, quebrándola o pasando de un tono a otro.
3. f. Geom. Punto de una curva en que cambia de sentido su curvatura.
4. f. Gram. flexión (‖ alteración de las voces variables).

Cualquiera de las acepciones podrían valer, y yo me quedo con todas, porque todas son aplicables en este caso. Dejemos de lado las que tienen sentido fónico, porque considero que la voz debe estar en función de la intención, para que esa voz tenga contundencia y no se la lleve el viento. El tradicional día anodino de la reflexión de vísperas electorales está teniendo este año otro carácter. Fundamentalmente transgresor. Maravilloso. Ya vendrán luego las polémicas a encarar, que creo que tendrán que hacerse con más incisión. De momento lo que está en entredicho, una vez más, es el sistema electoral, como parte del sistema constitucional al uso.

Pero fijémonos en la primera imagen. Torcimiento o comba de algo que estaba recto o plano. ¿No sería genial que se aplicara? Para hacer un cesto hay que coger los juncos, cimbrarlos y doblarlos; entonces es cuando adquiere sentido el junco en las manos humanas, cuando se convierte en objeto. ¿No es aplicable la imagen al estatus plano, horizontal y paralítico de una democracia que pierde su esencia?

Me gusta también el tercer significado. Punto de una curva en que cambia de sentido su curvatura. ¿No necesitamos también ese punto que cambie de orientación la curva cerrada que tiende a convertir en círculo vicioso la vida de las sociedades? Un punto que se desvíe y abra a los ciudadanos lo que les pertenece, que ordene los mercados, que reparta el trabajo y la riqueza...Ay, temo que me he perdido una vez más en las viejas y utópicas aspiraciones sin solución. Pero es que a estas alturas uno no concibe una Reflexión sin la consecuente Inflexión. Radical. Como las geometrías de la vida. Fundamentales. Piensen en ello.




viernes, 20 de mayo de 2011

Un cartel de la calle



La palabra. Yo diría: el concepto. De palabras está ahíto este país. Palabras, palabrejas, palabrotas…Sobran por todas partes. Se habla mucho y se dice poco. Se aparenta saber y no se sabe apenas. ¿Cuántos años de democracia política llevamos? Escasos treinta y cuatro. Replanteo la pregunta: ¿Cuánto tiempo de cultura democrática llevamos? Difícil cuantificar, más todavía cualificar. La cultura es un proceso siempre más largo, un horno donde el tiempo de cocción obra directamente proporcional con la masa que se moldea y el producto que se pretende obtener. Todo lo que se fraguó en un momento de oscura y contradictoria transición (para otros, modelo de perfección) se plasmó en la Constitución vigente. Treinta y tres años escasos y ya cojea ésta, o lo hace desde hace rato. Acaso fue un defecto de la materia prima de origen o de la factoría, no demasiado modernizada. Mientras, se opera el relevo generacional. ¿Es este movimiento de indignación y hastío que tiene lugar estos días un síntoma crucial de ese relevo? ¿Una fase inicial? ¿Un aviso a los navegantes? ¿O se trata de algo más? ¿Es la masa que bulle en un horno cerrado? ¿O acaso un crisol donde puede forjarse un metal más precioso? Me gusta el cartelito de la foto, naturalmente, es bienintencionado, pacífico, ordenado. ¿Quién podría objetarlo? Pero, ¿y no se queda corto, suave, abstracto? Hagamos ficción y modifiquemos. Hay que dar sentido al concepto Democracia, digamos. O bien: Hay que dar con un nuevo sentido de la Democracia. Y si nos dejamos de zarandajas y decimos escueta y directamente: Hay que dar sentido a la Democracia, entonces, ¿nos aproximaríamos más al fondo de la cuestión? Podemos limpiar la fachada, pero ¿no estaría mejor renovar los materiales, reformar la estructura de las estancias, mejorar el uso de la vivienda? ¿Nos ponemos manos a la obra y construimos de nuevo?

jueves, 19 de mayo de 2011

#Hartazgo Revolution



No sé quién se ha inventado lo de #Spanish Revolution, tan pintoresco o tan publicitario, según se mire. ¿Conceptualmente es consistente? ¿Por qué no? Depende de si este movimiento de calle, no sólo juvenil, pero sí de ciudadanos hartos en todas sus variantes, cunde, madura y se extiende por matices de acción más concreta y permanente. Y clarifica. La Revolución es un proceso persistente, nunca de un día, nunca de un único rostro, nunca reductor. Muy transversal, muy evolutivo y acaso con diversos destinos. Es un proceso que existe aunque en ocasiones no manifieste ruido. El problema sí es la banca, por supuesto. Sí lo son los entes monetarios mundiales. Sí las corporaciones ávidas de beneficios. Sí las políticas europeas que no responden al bien común ni a una idea diferente -¿revolucionaria?- de Europa. Sí lo son las instituciones públicas -administrativas, judiciales y legislativas- si no están al servicio de los ciudadanos y de la democracia. Si no modifican leyes y se adaptan a las necesidades colectivas de los tiempos. No lo son los políticos si hay los justos y necesarios. Sí lo son los políticos corruptos que campan entre la derecha y entre los socialdemócratas, destacando más en aquélla. Sí lo son la quietud, la ceguera y el tragar con lo que nos echen. ¿#Spanish Revolution? Si como lema que recorra la única pública mundial cuaja, bienvenida la expresión. Ojo, siempre dudosa.

(seguirá)



(Fotografía de Ana Rey)

miércoles, 18 de mayo de 2011

martes, 17 de mayo de 2011

Miedo a la calle


El miedo a la calle es muy antiguo. Miedo a los navajeros y a los estafadores. A las busconas y a los soldados ebrios. A los guardianes de las esencias patrias y a los asesinos. A los mercaderes avispados y a la peste. A los invasores y a los gamberros. A los que predican misiones y a los que hacen levas. A la quinta columna y a los que desfilan al paso de oca. También miedo a los revolucionarios y a los que quieren tomarse la justicia por su mano. A raíz de la manifestación masiva del domingo, donde predominaban jóvenes pero donde se encontraron también gentes de edad avanzada, leo algunos comentarios en los medios. No demasiados. Se lee más en Internet y en los blogs que en los rotativos. Lo de las televisiones ha sido descarado, permanecen al margen negando la noticia. Nunca es fácil hacer lectura de los movimientos espontáneos. Naturalmente, siempre hay un margen para que este tipo de movimientos o manifestaciones en oleadas pueda ser manipulado. No tanto en origen -pienso que si hubiera algún ente que actuara sibilinamente desde la sombra se sabría- como en el curso de su desarrollo y futuras muestras y exhibiciones. Que el mundo del estatus probablemente tratará de capitalizar o de hacerlo degenerar. Pero que el miedo, y el desprecio, de los medios de comunicación a la calle haya sido tan patente estos días desafía la misma esencia del periodismo. Alguna vez creímos que la Democracia era el nirvana de los sistemas de vida más igualitarios. Y creímos que el igualitarismo era posible, para principal beneficio de las clases proletarias y subproletarias (perdón, las palabrejas no se usan, pero el concepto permanece vivo como la realidad) Pero el estatus la está poniendo en riesgo. La calle lo intuye. Hoy los gritos son muy moderados. Mañana, si no se afronta ni resuelve la inquietud, la calle hablará con otro tono.

lunes, 16 de mayo de 2011

La calle



Es la calle la que genera movimientos. ¿Será que se deja influir por el aire, que toma el relevo del aire, que es el aire mismo? Es la que inventa la lengua. La que hace de las palabras un abanico múltiple de significados. La que otorga dobles significados que se pierden en la noche de los tiempos. La que aplica calificativos aunque los periódicos y las emisoras no se atrevan. La que recoge lo que se percibe, aunque no esté refrendado por leyes. La que juzga, a veces peligrosa y arriesgadamente, antes de que los jueces juzguen. La que señala cuando las reglas de juego del estatus esconden el dedo. La que gime cuando suceden cosas que invitan a llorar desconsoladamente. Por supuesto, la que ríe estruendosa cuando el gozo inunda los corazones humanos. Es la mano que consuela para que no se sientan solos los hombres desposeídos. La que siente el magma de las profundidades antes que la mente mediatizada de nuestra especie. La que calienta los pies con la vinculación telúrica. Es la calle la que grita con voz aguda cuando es necesario hacerlo. La que congrega a cuantos tienen necesidad de encontrarse. La que crea canciones para sobrellevar las cargas. La que recoge las protestas justas. La que hace de alguna canción un símbolo. La que hace que la gente se agarre de las manos. La que convierte en bien colectivo las propiedades dudosas de los hombres. Es la calle la que ha presenciado la comedia y la tragedia. La que ha exhibido máscaras siniestras. La que ha soportado desfiles. La que ha conocido descamisados, algunos con sangre. La que ha tenido que padecer las condenas de unos hombres sobre otros. La que ha acogido también el baile de los liberados. La mirada de los enamorados. La sonrisa de los niños. Es la calle la que abre, la que se vuelve etérea, la que dignifica el concepto democracia cuando quieren reducirlo los de siempre y, si fuera posible, acabar para siempre con ella. Ayer fue sobre todo la calle, y lo fue de la manera más sencilla, cálida y sentida. La calle se sintió moldeada por una mayoría de cuerpos y voces jóvenes. La calle fue joven. Todo tiene que volver a ser como la calle. Adelante.

viernes, 13 de mayo de 2011

Malena S. / y 28


Hoy he librado en el trabajo, pero me he levantado temprano. Hace tiempo que tenía que arreglar las plantas y cambiar la tierra de las macetas. Sin querer, me acordé de esta tarea pendiente por una conversación que mantuve con Bohumil el otro día. Vive aquí cerca, está muy mayor y, aunque algo huraño y desganado, le doy confianza y a veces comentamos con relajación desde temas insulsos hasta aspectos más trascendentales. Él ya se encarga de restar trascendencia a lo que a mí me parece oneroso. B. también publica, pero no tiene nada que ver con el escritor de Malena. O acaso sí se den ciertas coincidencias. Todos los que han vivido en esta urbe, se hayan o no cruzado físicamente en el camino, comparten siempre sustratos más comunes de los que aparentan a primera vista. Puede que coincidan en obsesiones o en fijaciones análogas, pero la manera de tratarlas difiere. Lo poco que he leído de mi vecino es más fresco y lo lees con una sonrisa permanente e, incluso, te hace permanecer boquiabierto, expectante ante el flujo sencillo de las situaciones y del dibujo de los personajes. No obstante, en el fondo subyace acritud, pero lo disimula muy bien, y la crítica es velada, casi ni la adviertes. Cuando me explico así es cuando sale de mi interior todo lo que he incubado de Malena. ¿No será que le doy demasiada importancia a su influjo? Lo que escribe B. me parece menos de submundo que lo que registró el escritor de Malena. Está más próximo, es la vida misma, y lo que lees te deja buen cuerpo, no porque te haga feliz, sino porque comprende la infelicidad de los seres y no hace objeto ni de belleza ni de fealdad de ello. En principio parece que sólo se esmera en acostumbrarnos a entender lo que le pasa a la gente, lo que le ha sucedido a él, pero tengo la impresión que eso es un truco, un camino para avanzar en que extraigas tú mismo conclusiones. No tiene pretensiones de demoler el mundo, y eso que no le gusta nada. Como él dice, no tiene fuerza suficiente para invertir la ley gravitatoria. Gustav el cartero ha pasado y me ha dejado una postal. En la cara de la imagen vienen las grandes estanterías de la casi pontifica Biblioteca del Monasterio. Por el otro lado, unas letras: Michal, Strahov no está tan lejos. El jueves no trabajo y comer fuera de casa me sentaría bien. Hay una cantina de comida casera que sólo conocemos los de aquí y que es de las que ya no quedan. ¿Te animas a acompañarme? Martina. Luego figura un número de teléfono. Vaya, he embarrado la postal con la tierra húmeda que tengo adherida a mis dedos.



jueves, 12 de mayo de 2011

Malena S. / 27


Hace dos días que no me llama Malena. Sé por un amigo común que ha vuelto de Dresde, pero no da señales de vida. No es la primera crisis que tenemos; difícil saber ahora mismo si no habrá sido la última. No hago más que pensar en el culto que Malena rinde a su escritor del cementerio judío nuevo. No hago más que sospechar si no será esa influencia la que le coloca en una posición tan intransigente. ¿O resulta que es una mujer clarividente, pero lo que le traicionan son sus formas agrias? No dudo que lleva razón en muchas cosas que dice. Yo se la reconozco. He aprendido durante este tiempo de ella. No sólo de sus informaciones y de sus pensamientos, sino de su manera de ser y de comportarse. Admito que hasta el arte me gusta más y, aunque mi literatura preferida no sea la que le gusta a ella, me ha estimulado en la lectura. Su amante literario muerto, que vive tanto en ella, es para mí un personaje enrevesado. Todo lo que escribe lo es. Entrar en la lectura de ese autor es conducirte por estancias que llevan a otras y estas a otras, sin saber muy bien si las puertas se cierran a tu espalda y vas a poder escapar. En realidad, todo se sintetiza en: no eres tú el que te desplazas, sino el autor el que te mete en los laberintos. A Malena le gusta por eso, porque ese mundo es como el que ella lleva dentro de sí. Y se propone siempre la fantasía y la improvisación como huída. Pero las huidas de ese autor y las de Malena son de la misma madera: huidas hacia delante, nunca son salidas, jamás brilla una luz definitiva. Cuando Malena se dirige a mí, ¿es ella simplemente o se trata de la literatura del hombre judío que se encarna en ella? El hombre que crea su mundo literario para huir de un mundo personal opresor, maniqueo y que causa culpabilidad hasta límites insufribles, se propone como alternativa liberarse en el laberinto. Es curioso lo que he aprendido de tanto hablar con Malena. El autor de Malena Stepanova crea unos laberintos para combatir los anteriores. ¿Y que hace al final? ¿Se siente más libre en ellos o duplica su efecto? Pero lo que Malena ha descubierto en el narrador del Zidovtské es belleza. Y le desborda tanto que ella se siente infeliz. ¿Porque no puede compartirla con nadie? ¿Porque nunca se posee plenamente? ¿Porque siente su ser íntimo siempre dividido y en continua expansión, sin poder fijarlo en ninguna parte? Oh, cuando pienso de esta manera, cuando me asaltan estas dudas me siento embriagado de Malena. Aunque no la entienda del todo. Pero entonces temo esa absorción. Temo que me abduzca hacia un mundo donde no sabría estar como ella.

martes, 10 de mayo de 2011

Malena S. / 26


Cuando iba a salir para la estación me ha llamado Malena. Nos quedamos en Dresde, Michal. ¿Cómo que nos quedamos?, respondo. ¿Quiénes, por qué? Malena, al sentir mi alteración, se siente obligada a precisar más: Karel ya está de vuelta porque tiene que abrir mañana la tienda; dos días cerrada es demasiado tiempo para él. Nos quedamos Jan y yo, hemos encontrado una pista de la maleta que puede dar resultado. El verdadero interés es mío y solo mío, pero él se empeña en que no puede dejarme sola en una ciudad que apenas conozco. No te preocupes, tesoro. Ah, y ha insistido en que te diga que estés tranquilo. Me sienta como un tiro tanta bondad ajena, pero me contengo. ¿Tenéis sitio para pasar la noche?, le pregunto con cierto retintín. No, buscaremos algo barato; total se trata de descansar un poco y madrugar para hacer unas visitas. Michal, esto es emocionante, es como una novela. ¿Esto?, pero ¿es que tienes algo fiable y sólido entre las manos? ¿O es tu imaginación febril, para variar, lo que te excita y te hace ver aquello que aún no se ha convertido en luz?, le digo con clara indignación. Nunca crees en nada, Michal. Malena se defiende como gato panza arriba. Nunca has tenido mucha sensibilidad. La sensibilidad está hecha para volar, se logre algo sólido en esta vida o no. Es lo que da aliciente, ganas de buscar y, encuentres o no lo que te propones, mientras te expandes has vivido, ¿te enteras? Su tono es tan áspero que temo lo peor. Y sigue. Parece mentira, Michal, que tú, precisamente tú, que has conocido la conspiración, que te has dejado arrastrar en otro tiempo por la ilusión de los combates en los que tanta fe tenías, muchos de los cuales eran ficticios porque, entérate, nunca desafiasteis de verdad el poder real del Estado, es increíble, digo, que ahora seas incapaz de entender que yo me mueva por pequeños detalles y que siga rastros que no importa que sean ilusorios, e incluso no me lleven a ninguna parte. No, no es verdad. Me llevan a una. A ponerme en el lugar de aquellas personas que se amaron contra las dificultades. Y que pudieron perecer precisamente por ese motivo, por arriesgarse en medio de las contrariedades y de los inconvenientes que iban multiplicándose por todo el continente. Malena me deja mudo, ella lo advierte. ¿Michal? Sé que me estás escuchando aún. Todo esto ha surgido, yo no lo he forzado. Pero no puedo dejar que se escape la posibilidad. Y aunque no demos con la verdad de aquellos acontecimientos, pienso que si no lo intento me quedaría para siempre con una sensación frustrante. Y me parecería que soy otra. Entonces es cuando de verdad estaría perdida. Y cuando realmente me habrías perdido. No pude resistir más aquella catarata desproporcionada de palabras y la he colgado. Debe haber una botella de vino de Moravia por alguna parte, reservada para alguna ocasión especial. Se me antoja que ésta es la ocasión.

lunes, 9 de mayo de 2011

Malena S. / 25


Pensar en lo que hay de dictadura en la actitud del padre y compararla con el Estado es inevitable. También a la inversa. Al menos lo ha sido para quienes crecimos en otro tiempo. Muchas veces he pensado que una se nutría de la otra. Difícil saber qué monstruo fue primero pero, como siempre sucede con cantidad de asuntos, se retroalimentaban mutuamente. El éxito del Estado residía en que si funcionaba el padre el Estado tendría menos trabajo. En las familias se cultivan siempre las primeras células totalitarias. Era así antes y sigue siendo, aun cuando ahora hayamos ganado en permisividad. O simplemente que las formas actuales de vida provocan que los padres ejerzan menos control sobre los hijos. Sobre todo si la institución Estado es menos protectora y no respalda como lo hacía antes, aun hipócritamente, a las familias. Si funcionaba el mecanismo corrector y limitativo en las familias, el Estado actuaba menos en el plano juvenil. Mitad de coste, mitad de desgaste de imagen. Por eso el Estado ponía tanto empeño en la enseñanza. Ésta y las familias se coordinaban al unísono; aún lo hacen pero hoy no es tan fácil sujetar esos flecos más sueltos y relajados. Hoy hay un interventor abierto y cruel que no requiere tanto las maquinarias de antaño. O las maneja a su antojo y de forma aleatoria. Es el mercado, con sus leyes inexorables resumidas en: o tienes o no tienes, o te vendes o no te compramos, o das lo que precisamos y al precio que queramos pagarte o te mueres de asco. Por lo menos van de frente. Los que vivimos en nuestra adolescencia la mano dura de la familia y no la aceptamos, dimos un paso al frente. Muchos no afrontamos aquella actitud rigurosa y cercenadora del núcleo de la tribu de manera directa. Los que lo hicieron se limitaron a romper moldes estéticos, a convertirse a modas nada comprometedoras y escuchar música estridente del momento. Otros representamos el papel de sumisos en casa y saltamos a dar la cara frente al Estado y frente al otro Estado que influía sobre éste. Era una manera de dinamitar también el núcleo duro de nuestras vidas. Y las familias se resintieron, naturalmente. Se sumergieron en la confusión y de nuevo en el temor. Todos perdimos, en cierto modo, aunque se nos vendan los cambios. Pero nunca se gana algo ni se avanza ni se llega a otras sensaciones sin alguna clase de desastre. Lo tengo claro. A pesar de todo el esfuerzo nunca logramos vivir sin dejarnos tocar antes o después por una larga mano oscura, antigua, fiscalizadora que representaba un único rostro. Y que, en cualquier momento, cuando crees que todo está superado, aparece desde el submundo de cada uno, como una serpiente venenosa que se abre paso entre las raíces del sotobosque.






domingo, 8 de mayo de 2011

Malena S. / 24



Malena, Jan y Karel se han ido a Dresde para todo el día. La tozudez de Malena no tiene límites. Lo que se le pone entre ceja y ceja lo lleva a efecto. Ha debido engatusar a Karel puesto que éste no ha tenido inconveniente en cerrar la tienda. Un día es un día, ha dicho en la estación, y me estaba haciendo falta una aventura. Y ha reído, regocijándose con el doble sentido. No sé en calidad de qué iba Jan. Ah, sí, de erudito supongo. Pero, ¿por qué ha tenido que echar mano de una excusa? Que le venía bien porque así mataba dos pájaros de un tiro, ha dicho; entrevistarse con un colega alemán y seguir la pista que ha lanzado Malena. A él le apetecía ir, simplemente. Le gusta meterse en todo y hace bien, tiene olfato para desplegar sus conexiones. Yo creo que no hay nada tangible respecto a la enigmática maleta de Lenka Sbovoda, y que la pista, no sé si un mero rumor o la confidencia de un anciano lejano, se va a diluir en cuanto se paseen los tres por las galerías de arte a la orilla del Elba. Repitió Malena que tenía que haber ido yo también, pero no ha insistido demasiado. Nos hubieras desanimado desde el primer pie en el andén, ha dicho delante de los demás. Así que muy temprano les he dejado en la estación y me he ido a trabajar. Al volver a casa tenía una llamada de Malena en el contestador; que volverá a llamar, dice, aunque no mostraba su voz demasiado entusiasmo. Había también otra llamada, pero no ha dejado mensaje, y me ha intrigado. No reconozco el número. Estaba recogiendo el piso y ha sonado de nuevo el teléfono. ¿Malena?, he preguntado varias veces con insistencia, pero no respondía nadie. Han colgado. Por un momento me han venido al recuerdo los tiempos anteriores al cambio en el país. Aquellas prácticas siniestras para atemorizar a los opositores. Pero no tiene sentido ahora. Ni estoy metido en nada ni nadie requiere para que me observen. ¡No! Me he pillado a mí mismo confundiendo los tiempos. Como si el subconsciente me provocara o se rebelase; y me ha forzado a racionalizar el momento. Qué larga mano tienen siempre las dictaduras, eh Michal, he dicho en voz alta frente al espejo del retrete. Casi tanta como la mano del padre, me ha respondido un eco muy tenue desde el otro lado.

viernes, 6 de mayo de 2011

Malena S. / 23



Puede que Malena sepa dónde estuvo Martina la otra noche y el otro día, pero no suelta prenda. Dice que no le ha contado nada. Que si ha habido un amor loco de veinticuatro horas, que ni se acuerda. Que si la han raptado, que ni lo sabe. Que si ha naufragado por las calles, que pregunten a los de la limpieza. Lo único que le ha dicho la bibliotecaria a Malena al incorporarse al trabajo es que no quiere ser solo un ratón de biblioteca. Y Malena ha indagado: ¿qué quieres hacer, Martina? Y Martina: no sé, de momento salir más con vosotros y con vuestros amigos, por ejemplo. Me he reído al escuchar esto y no me he contenido: Martina no es ninguna adolescente para hablarte así ni para buscar protecciones. El entrecejo de Malena me ha fulminado. ¿Tú no tienes ni pizca de bondad o qué? ¿Te molesta soportarnos a las dos? ¿Qué es lo que te acompleja? ¿O es que te turbas en su presencia? ¿No decías que te recordaba a Isolda? ¿Tienes miedo a probar alguna poción como Tristán y caer en la pasión desenfrenada? La batería de reproches, a cual más variados, es imparable en Malena cuando se pone. Me hunde en el silencio. Creo haberte dicho alguna vez que la gente deja de explorar las sensaciones, querido. Pero eso ¿es lo que le pasa a ella o lo que te sucede a ti? Sí, Michal, cuando se deja de buscar lo nuevo en las cosas nuestro interior se enrarece, y todo empieza a percibirse horrible. El trabajo que no te satisface, o los paseos que no nos muestran nada diferente, o las discusiones que se apagan en las tertulias que a su vez se extinguen, o la imagen tan adorada de los amigos, o el amor que se repite sin reinventar los afectos…Para mucha gente hasta el sexo se ha vuelto feo, pero no por el sexo en sí, sino por su carencia, por su abandono, por su olvido. Cuando Malena quiere vengarse, y está segura de sus argumentos, utiliza las preposiciones como mazos y te deja como un clavo semihundido en el maderamen. Martina está…¿Cómo lo diríamos hoy, en términos modernos? Sí, está en crisis. Como muchos otros, pero al menos ella de pronto se ha dado cuenta. Cuál ha sido el detonante, lo ignoro. Pero ella ha reaccionado. ¿Cómo una adolescente? Bienvenida esa adolescencia. Ojala tuviéramos a lo largo de la vida, cada vez que no sabemos por dónde tirar, un arranque de acné. ¿No te sale ya ni un rastro de acné, Michal?

jueves, 5 de mayo de 2011

Malena S. / 22


He sudado mucho esta noche. Creo que me resfrié ayer. Malena me dejó plantado bruscamente a la puerta de su casa. No sé si fue un aviso, pero tuve que volver solo; tomé el último metro y anduve un rato acosado por las cuchilladas húmedas de las calles. Bebí para entonarme un vodka añejo que tenía en casa. Y de paso diluir el malestar causado por la defección de Malena. Mi cuerpo se ha retorcido entre las sábanas. En la congestión no he distinguido si era pensamiento o fantasía. Desde una distancia invadida de luz Malena y Martina me sonreían. Se cogían de la mano y bailaban pausadamente; de pronto se separaban y arrancaban veloces, trazando círculos, como derviches giróvagos, manteniendo una extraña concentración. Se acercaban a mí como posesas, pero a medida que estaban próximas perdían su ensimismamiento y arrancaban a reír exageradas y divertidas. Intentaban rodearme, pero me apartaba de ellas. Tiraban de la sábana tratando de arrebatármela, pero yo me resistía contumaz, como si en ello me fuera la independencia o la energía. Pero mientras Malena me zahería y se mostraba agresiva conmigo, Martina permanecía en segundo plano, expectante, retraída, irresoluble. Michal, elige, me imprecaba Malena. Que elija, ¿qué?, le decía yo confuso. Escoge entre una Malena o la otra. Entre la Malena que te exige y la Malena que te implora. Entre la que quieres controlar y la que no se deja arrebatar por nadie. Entre la Malena pérfida y la Malena inocente. Entonces sentí que me ahogaba en sudor, que mi propia transpiración se convertía en una ajorca que ceñía mi garganta. Y que Malena apretaba con sus manos aquella argolla invisible destellando una mirada extravagante, enfurecida. Martina, distante, observaba atemorizada y benévola, y en su apocamiento emitía un grito agudo cargado de súplica. Me despertó el teléfono. Medio atontado, lo cogí y era Malena. ¿Pero cuál de las dos, la falsa o la verdadera? Michal, Martina no se ha presentado en la biblioteca y nadie sabe de su paradero. En un instinto traicionero, apenas en mis cabales, miré el otro lado de la cama. Sólo había vacío.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Malena S. / 21



Martina también es una mujer sumergida en otro planeta. Acaso por esa razón se lleve tan bien con Malena. Hay una complicidad basada en que las dos mujeres beben de las mismas fuentes. La lengua, la narración, el libro. Una secuencia que las nuevas técnicas van a ir alterando pero que ellas prefieren ignorar. Tenemos mucho que disfrutar todavía con la vieja usanza, suelen comentar entre risas cuando surge la polémica. No me esperaba que el monasterio fuera tan grandioso y las bibliotecas tan extensas. Aunque me he dejado llevar amablemente para que Malena no se sintiera molesta, no puedo decir que no me haya costado mi buen esfuerzo. Martina ha sacado de los estantes resguardados obras importantes. Ha abierto la cámara acorazada para que veamos de cerca los códices más antiguos, aquellos realizados por los amanuenses medievales. Malena no ha resistido la tentación de hojear las páginas gruesas y dejar su tacto sobre el pergamino. Creí que le iba a dar un ataque por la emoción que le ha embargado. Ha habido un momento en que ambas parecían dos amantes disputándose su mutuo objeto de placer. La primera impresión que causa Martina es la de ser anodina y tibia, pero creo que es debido a su timidez. Malena es quien tira siempre de ella, quien le provoca y le hace abrirse. Quien la introduce entre los demás. Pero es precisamente esa actitud apartada que muestra la bibliotecaria, tan distante de la euforia comunicativa de Malena, lo que llama la atención e incluso deslumbra. Michal, me comentaba Malena cuando íbamos en el tranvía para su casa, has hecho poco aprecio a mi amiga. ¿Cómo dices eso?, me he defendido. Ni siquiera la has escuchado como bibliotecaria, y ella es quien verdaderamente sabe de los secretos de elaboración y cuidado de esos tesoros. Malena abusa en ocasiones del término tesoro, y cuando quiere reconducirme hacia sus posiciones también lo usa conmigo. Sabes que no es un tema que domine, que no estoy a vuestro nivel, que jamás podré coger el ritmo que marcáis ni manifestar la pasión con esa materia como lo hacéis vosotras, le digo con firmeza. No es por eso, Michal, insiste Malena, nadie te pide que tengas que estar con nosotras. Nuestra complicidad siempre ha funcionado sin necesidad tuya ni de nadie, pero Martina es una persona que necesita que se le dé a entender desde fuera el valor que tiene. Necesita que se le hagan llegar mensajes, gestos, ciertas palabras apropiadas que la conecten con el mundo real. No soy ningún misionero, Malena, ni estoy para convertir a los paganos ni para hacer terapia con los pusilánimes. La frase me salió abrupta, brutal, lo cual encendió a Malena, que tuvo que hacer esfuerzos para no levantar la voz entre los pasajeros. Lo sorprendente de mi reacción verbal es que yo no era sincero. No veía yo así a Martina, y creo que si mantuve distanciamiento y relativa frialdad era porque me sentía un tanto descolocado por ella. Además, Martina transmite una belleza especial, como extraída de una de esas iluminaciones de los libros que nos estuvo enseñando. ¿Sería Isolda como ella? Se lo he soltado a Malena. ¿Sabes, cariño? Martina me ha recordado a Isolda. Creo que la mirada de Malena ha sido un azote, absorbido por el reflejo de los cristales del tranvía.