sábado, 2 de abril de 2011




Hay días en los que no sabe si ponerse o quitarse la máscara. Es muy fácil. Es reversible. Y, como todo aquello que se puede dar vuelta, varía si se contempla desde un lado o desde el otro. Eso es lo que protege, la percepción que tengan los demás de ti. Que es la que tú les mandes a ellos. La máscara, y sobre todo la inherente, la de quita y pon, es francamente útil. Permite seguir paseando entre otros individuos sin que estos adviertan la diferencia. Pero hoy no la pone a prueba, hoy no se somete al acertijo de otras miradas. Anda tirado en el rincón. Ha probado a quitarse la ropa, a ver si así expurgaba sus obsesiones. Pero a veces la desnudez exterior no basta. No se ha lavado, no ha comido, se ha rascado la piel todo lo que ha podido, se ha mesado y desorganizado los cabellos infinidad de veces, no ha escrito una simple línea, no ha leído la prensa, ha chasqueado los nudillos con frecuencia, no ha recordado nada del pasado, no le ha dado la gana de repasar ninguna tarea pendiente del presente, no ha mirado obscenamente ningún cuerpo, ni lo ha imaginado, no ha tenido un solo pensamiento generoso, ni tampoco de placer, ni tampoco de ganancia, ni de culpa. Se ha hurtado a sí mismo cualquier posibilidad de reconocimiento. Tirado en silencio y en la oscuridad se ha hartado de palparse para asegurarse que seguía allí mismo. Ha tenido momentos en que perdía el sentido de la ubicación, incluso creía flotar. Todo un ejercicio de desalojo de sí. Cuando los vecinos, al oírle chillar, han entrado derribando la puerta se ha limitado a contestarles: apagad la luz, que me destruye. (Imagen del artista Xue Jiye)

martes, 29 de marzo de 2011

¿De qué se ríen?


Ustedes se ríen porque nadan y guardan la ropa, ¿a que sí? Ustedes, que forman parte de la jerarquía de la organización menos democrática del planeta, tanto en el tiempo como en el espacio, se permiten intervenir en las vidas de los ciudadanos que ejercitan la libertad de expresión. Por supuesto, no lo hacen pontificando todos los días -esto lo efectúan de vez en cuando- sino utilizando sus escalas descendentes, desde sus agentes directos de las parroquias, pasando por organizaciones religiosas de toda laya hasta esa cohorte de acólitos intolerantes que no separan nunca religión y política, creencias y actividad cívica, pero que toman ejemplo de ustedes, obviamente. Me entero hoy de que en Valladolid una jueza ha admitido a trámite una querella de dos asociaciones de ultraderecha (sí, las citaré, porque están ahí, agazapadas y a la vez tratando de crecerse: Asociación de Abogados Cristianos y HazteOir) contra el actor Leo Bassi (a él le gusta denominarse bufón, pero ya se ve que algunos no soportan siquiera el papel respetable y respetado por los poderosos en siglos pasados) y contra el rector de la Universidad de Valladolid, que es de signo progresista, en octubre pasado. ¿Motivo? Un espectáculo de Bassi en el Paraninfo de la Universidad con el título de Las raíces judeo-cristianas de Occidente: un fraude histórico a combatir. Quiero pensar que la querella ha sido admitida porque es algo generalmente al uso. No quiero pensar en principio que la jueza pertenezca o sea simpatizante de entidades intolerantes como las querellantes. El tiempo y la causa lo dirá. Así que, mientras, ustedes, los de la foto, sigan riendo, aprovechen, porque es muy probable que el desarrollo de la demanda tenga un final feliz para los querellados y tengan que tragarse sus risas. Ustedes saben hacerlo bien. Mientras el Estado les concede amplia subvención en directo, enseñanza concertada y otras prebendas, ustedes, siempre tan generosos para sus propios intereses, mueven sus hilos. No se puede decir que sean agradecidos. Con frecuencia, desprecian la mano que primero les da de comer. ¿No han pensado nunca en ponerse a trabajar? Ah, sí, dirán, es que hay tanto paro…

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cuando Japón fue también Minamata



“Su valentía es un símbolo de esperanza eterno, pero no reportará ninguna victoria a menos que no mueva las conciencias de otras personas para que actúen en todos los rincones del planeta”

Esta frase del fotógrafo W. Eugene Smith que se lee en su libro Minamata editado en 1975 podría aplicarse a la catástrofe de Fukushima y en general de Japón que está teniendo lugar durante estos días. Porque cuando se habla de Japón se recuerda con frecuencia los estereotipos: sus niveles de productividad, la disciplina de los trabajadores, la paciencia y sumisión de los ciudadanos, el mecanismo político y empresarial implacables. Menos se recuerda que son tan humanos como los que más y que, por lo tanto, han tenido muestras tanto de carácter positivo (el valor para superar las pruebas terribles de su historia) como negativas (corrupciones, abusos y barbaries, tanto militares como civiles)




La sensibilidad medioambiental empezó a expresarse en la opinión pública desde avanzada la década de los setenta del siglo pasado. Antes, lo que ocurriera tenía vía libre para los desmanes, la resignación era la pauta, y la conciencia cívica y los mecanismos legales para hacerlos frente no existían. Fue a mediados de la década de los cincuenta cuando se detectó que una extraña enfermedad cundía entre los habitantes de Minamata, al sur de la isla de Kyushu, y principalmente entre pescadores. Muchos de estos enfermos murieron tras revelarse en su cuerpo severos problemas neurológicos. Se sospechó de una relación con los vertidos de mercurio continuos e intensos al mar, que contaminaba a los peces y acababa en el estómago de los pobladores. También la fauna que se alimentaba del pescado envenenado sufría las consecuencias análogas a las que sufrían los hombres. Pero ni la empresa Chisso Corporation ni el Estado admitieron durante muchos años la relación, lo cual dio lugar a un movimiento de protesta cívica de una envergadura considerable.




Por supuesto, no se trató de un mero accidente, sino que la búsqueda de lucro de Chisso y las negligencias consiguientes lo propiciaron. Entre 1971 y 1973, Smith y su mujer Aileen, siguieron in situ el proceso de protestas, observaron, fotografiaron, apoyaron la lucha de los familiares de las víctimas y de las personas sensibles que les apoyaron. Hasta tal punto se comprometió Smith en la causa que fue golpeado por trabajadores de la empresa, temerosos de perder sus puestos de trabajo, causándoles daños importantes en su columna vertebral. Las fotografías de Smith no sólo dejaron constancia de la gravedad de aquella enfermedad que dio lugar a un síndrome en los libros de medicina, sino que reflejó la valentía enérgica de cuantos se enfrentaron con los poderes conchabados de la industria y del poder político.





Hay otro texto en el libro sobre Minamata que quiero reproducir, porque es importante para comprender otra dimensión de las cosas, la información. Dice Smith:

“Éste no es un libro objetivo. La primera palabra que eliminaría del folklore del periodismo es la palabra objetivo. Éste sería un gran paso hacia la verdad en la prensa libre. Y quizás el término libre debería ser la segunda palabra en desaparecer. Liberados de estas dos tergiversaciones, el periodista y el fotógrafo pueden asumir sus responsabilidades reales…éste es un libro apasionado”.



(Fotografías de W. Eugene Smith)




lunes, 21 de marzo de 2011

Equinocio



Ese bar de mi barrio cuelga en su puerta cada día un pizarrón de tal guisa. Un poema o parte o adaptación con el que homenajea al aire, al fuego, al llanto, al alma, al misterio y a la materia. Sin mayor explicación ni montaje. Sin que nadie decrete que deba hacerlo. Bendito soporte que aún puede servir para proclamar a los cuatro vientos la palabra más extraña e incluso críptica y a la vez más vinculante. Feliz floración poética.

jueves, 17 de marzo de 2011

Los Kamikaze



No desenvainan la katana. Tampoco echan un trago de sake. No suena en su honor el taiko, pero vibran ya como el sonido del gran tambor. Puede que ni siquiera piensen en evocaciones ni símbolos. Escuchan las normas actualizadas impartidas por sus coordinadores. Se enfundan en la armadura del tiempo que van a vivir. Confían en la cápsula que les aísle. Si pudieran respirar no lo harían. Pueden pensar pero no lo hacen. Sólo lo justo y en una dirección. Utilizan su pensamiento como herramienta de alta resolución. Han aislado sus emociones. Han dejado atrás sus afectos, para que no les afecten. Sus neuronas exudan pero su piel no lo reproduce. No se dejan influir por la ficción. Esto no es una película. Esto es la prueba. No adelantan acontecimientos. Repiten las cláusulas de cada actividad repartida. Se saben sus papeles. Incluso alguno sabe más de un papel por si tiene que tomar el de otro. El más gracioso hace broma. Son unos fontaneros cualificados cuyo empeño es atajar el desperfecto. Los que les ven les despiden como si fueran a participar en un campeonato. Sin euforias pero con estímulo. Van a actuar en un campo cerrado. Son minoritarios entre lo minoritario. Si conocieran los mitos griegos recordarían el Laberinto. Van a buscar al Minotauro sin saber que se llama así. El Minotauro empieza a tener cautivos que no sólo están dentro. Tal vez ellos sean los más arriesgados, pero no los únicos. ¿Qué le dirán al monstruo cuando vean sus fauces? Saben qué tienen que decirle. Saben qué tienen que hacer. Tienen que atajarlo como sea. Callarlo. No es una figura el monstruo. Es algo más. Es casi el Todo. Pero ellos no subliman al monstruo. No imaginan a la fiera. Conocen su esquema. Sus tripas, su forma, su cubículo. No imaginan que el monstruo no es cada pieza por separado. No es una geometría, ni un líquido, ni un gas, ni un calor. Aunque necesiten comprender su forma, su estado, su manifestación. ¿La comprenden? Llevan el dibujo del Minotauro en sus mentes, en su aplicación informática. ¿Suficiente? En el exterior todo el mundo está expectante sin darse cuenta de que acaso también ellos están ya dentro del Laberinto. Ahora empiezan a entender de qué materia está hecha la fuerza del Dragón.


Suerte, suicidas.






(Fotografía de Kukasabe Kimbei)


martes, 15 de marzo de 2011

El hombre del gabán




“¡Qué alivio!...
Eres un árbol
y no puedes seguirme.
”

La memoria olvidada.
Félix Francisco Casanova.




Podrían ser las cinco avanzadas y se desplazaba sin sentido. Las calles a punto de perder la luz. El precio del invierno. Llevaba el gabán abierto. Ese hombre que era de otro tiempo se enfundaba en un abrigo de solapas erectas. Prestas a ser dobladas como almenas sobre la parte alta de su pecho. Tosía a veces. Aquel tabaco todavía de cuarterón le irritaba la garganta. En pocos estancos se encontraba ya. Caminaba pegado a las paredes. El roce con la cal le dejaba pequeñas huellas en las mangas, pero no cedía el espacio. Cuando algún viandante se cruzaba con él no le dejaba pasar por la orilla. Las paredes eran suyas y él las decoraba con su sombra. Si en una esquina había una farola se paraba bajo su tibia lámina. Erguía su cabeza y miraba para todos lados. Luego alzaba la mirada y guiñaba a la lámpara. Aquel hombre caminaba también saltando de farola en farola. Odiaba que los bordillos estuvieran desgastados. Y los charcos; el agua es más fría todavía cuando un coche veloz salpica. Y las piernas siempre están debajo del pantalón. Pero solo se distanciaba de los edificios cuando precisaba cruzar la calle. Miraba con frecuencia para atrás. No por quedarse con el rostro de nadie. Tampoco temía a la policía; lo pasado pasó. Miraba porque no estaba seguro de su sombra. Cuanto más pegado a los muros fuera menos espacio para la sombra, pensaba. A veces buscaba un ángulo cercano a una farola y se movía lento de derecha a izquierda. Hasta que se proyectaba un amplio campo de su figura sobre una pared blanca. Entonces comprobaba que no pasaba nadie. Después venía el diálogo. Si algún peatón se acercaba lo interrumpía. Porque se trataba de un diálogo. Él hablaba a la sombra. La sombra le respondía. Una tarde llegó a casa con una marca en uno de los ojos; otra, con magulladuras en el cuello. La sombra se había puesto enérgica con él. Incluso agresiva. Eso le contó a su mujer, mientras caminaba por el cuarto de estar pegado a los muebles. Su mujer estaba harta de que rozara tanto la madera o la pintura; al principio parecía que limpiaba, pero con el tiempo desgastaba las superficies. Su mujer le había comprado un batín de rafia áspero. Y al caminar por las habitaciones o por el pasillo sonaba su costado estruendosamente. Cuando peor lo tenía era al ir al excusado. Literalmente saltaba desde el lavabo a la taza, limpiamente. Había educado a sus intestinos para el ejercicio. Después de todo, pensaba, los intestinos también van pegados a las paredes de una cavidad. A la hora de acostarse lo tenía peor. Su mujer no soportaba sus maneras y había acondicionado hacía años una habitación a su medida. Ella procuraba no enterarse de cómo se echaba en la cama. Y él tampoco se lo contó jamás a nadie. Dentro de la cama encendía y apagaba la luz de la mesilla alternadamente. Se ponía de medio lado y permanecía rígido y tenso contemplando la parte vacía de las sábanas, esperando un signo. Muchas noches se quedaba dormido en diagonal y los brazos y las piernas se le agarrotaban hasta producirle calambres. Soñaba que bajaba por un prado dando saltos o que atravesaba pequeños arroyos. Empezó a preocuparse cuando se instaló en sus noches un sueño en que se veía caminando desenfadadamente por un desierto. No. No le preocupaba sentirse exento a campo abierto. Sino que se veía a sí mismo riéndose sin parar y que un hombre idéntico a él, acostado en una cama, le respondía con otras carcajadas. Sin poder alcanzarse nunca el uno al otro.




(Fotografía de Yamasaki ko-ji)

sábado, 12 de marzo de 2011

Desde aquel origen lejano



Una vez se puso a la orilla de un río y pescó. Para ello había inventado arpones de doble hilera, más firmes y para piezas más voluminosas. Otra vez se fue con el grupo a cazar ciervos y se llevó unos bifaces de agudos filos y bien tallados. Al regresar, una parte de lo obtenido la conservó y otra parte la puso a calentar para él y para los suyos porque tenían hambre contenida. Para comer había descubierto hábiles procedimientos de ignición. No tengo ni idea de si él y los suyos se sentían felices. Por supuesto que no existiría el término felicidad. Porque en aquel tiempo el lenguaje no se había desarrollado tanto como para delimitar los conceptos.

Y porque los conceptos no se habían desarrollado de manera tan sofisticada como entendemos ahora. ¿O ya lo habían hecho a su manera y en su ámbito mental? Pero sentir es obvio que sentían. Necesidad y satisfacción actuaban de manera inmediata. Su criterio de satisfacción sería perentorio y efímero. Pero tanto la necesidad de satisfacer como la dificultad por hacerlo en cualquier momento le llevó a él y a los suyos a desarrollar otros métodos. Al principio todo se dibuja borrosamente en su mente. Pero había cosas que estaban claras en el combate entre la necesidad y sus límites. Iban sabiendo, sin discursos, obviamente, que se trataba de saciar el apetito, de procurarse abrigo, de satisfacer necesidades sexuales, de desarrollar la reproducción, de procurar protección tribal ante los enemigos. Una minoría, que probablemente sería escasa, desarrollaba también ciertas habilidades en base a la observación del paraje y de los animales, y exploraba combinaciones de caolines, gredas, arcillas y óxidos para ir representando esa otra parte del mundo que es reflejo y a su vez conjuro y exorcismo.

Nunca pudieron prever hasta dónde llegarían sus sucesores. Ni qué caminos del planeta tendrían que recorrer ni en qué direcciones. Todo fue surgiendo, en la inercia por sobrevivir, hasta conseguir un asentamiento, más o menos duradero. Conocían sus límites. ¿Conocen hoy día sus sucesores los suyos? ¿Conocemos los nuestros? ¿Pensamos con racionalidad cómo pueden ser satisfechas nuestras necesidades en un mundo que no se parece en nada al de nuestro ancestro primitivo? La naturaleza sigue su curso y no deja de sorprendernos su potencia y su acto. El reflejo de la naturaleza -uno de ellos, no sé si el más complejo, pero sí el más dominante- que es el hombre actual, sigue sin resolver de manera definitiva la originaria tendencia a cubrir la necesidad inventando, organizando y reproduciendo. Y de vez en cuando le pilla -nos pilla- el efecto de manera aplastante. Y los límites se desbordan. ¿Será pagar un precio alto que la esencia humana no pueda renunciar a ir siempre más allá? ¿O porque no se está sabiendo ir en el sentido correcto? ¿O porque no existe otra dirección por más que Electra y Clitemnestra pugnen entre sí sobre la rebeldía y la aceptación? Todo viene desde cuando un ser de nuestra especie se puso a la orilla de un arroyo y con su esfuerzo ratificó ese principio en vigor de la lucha por la vida.



(Recordando a mis hermanos de Japón)




(Grabado de Max Klinger)

jueves, 10 de marzo de 2011

Dedicada



Lo que para algunos (los humanos) es un mero anuncio, para otros (la naturaleza en sí misma) es materialización. Pero también para la naturaleza es anuncio, lo cual la pone en ventaja sobre la humanidad. Manifiesta ya a sí misma la disposición del ciclo para que un árbol dé hojas, frutos y la savia, que se presumía dormida, circule vertiginosa y feraz. Los hombres, desde el principio de los tiempos de éstos, han permanecido expectantes ante el fenómeno. Si hoy nos produce alegría y la visión torcida de los hombres lo contempla como un ejercicio visual y estético que adorna nuestros campos y ciudades, ¿os imagináis la alegría desbordante de los cazadores recolectores del Paleolítico? ¿Saberse camino de un tiempo más cálido? ¿Saber que tendrán pronto una clase de alimento a su alcance?

Nuestras culturas, que tienden a convertir todo en símbolo y metáfora, se dejan deslumbrar por el efecto primavera. Y aplican el fenómeno a sus vidas, a su historia, a sus objetivos, a sus ilusiones. Así, se habla del florecimiento de las artes, del renacer de una cultura, de la eclosión de las ideas, del estallido de las revueltas populares. La naturaleza se debe reír para sus adentros al ver cómo copiamos los hombres sus gestos biológicos y los dotamos de palabras. Debe carcajearse de cómo mientras nuestro ciclo vital se ve modificado y conmovido a lo largo de un año, con diversos altibajos, que llegan incluso a la esencia del alma de un individuo, ella, en su aparente fragilidad y caída, que en absoluto lo es, se consolida y mantiene el pulso luz a luz, oscuridad a oscuridad, calor a calor, humedad a humedad.

Saquemos, pues, conclusiones de la floración que contemplamos. Llevemos la metáfora a nuestros tiempos y a nuestras sociedades -algunas de los vecinos del sur lo están haciendo con suerte aún imprecisa durante estos días- y levantemos el espíritu con racionalidad serena. Lo que no puede ser es lo que no puede ser. Que siga habiendo humanos de primera, de segunda, de tercera, de etcétera y de ínfima categoría. Mi plegaria para un día en que los árboles comienzan a insinuarse: que la floración llegue a todos los seres. La vida de los individuos de los países ricos ni es segura ni lozana ni saludable. Ni siquiera la vida de todos los ciudadanos de estos países es homogénea y está sumamente dividida y, o mucho cambian las cosas, o lo estará más. Habrá que ceder para que otros accedan a algo más que a mínimos y lo consoliden. De lo contrario, la primavera de la humanidad seguirá siendo un engaño.





lunes, 7 de marzo de 2011

El grito incesante


El grito resuena cada vez más desgarrador. Y en relación inversamente proporcional nuestro oído se dirige a otra parte. No, a ninguna. Nuestro oído es sordera, desprecio y olvido hacia quienes lo emiten. Sólo tenemos atención para nuestro propio interés. Propio de la ceguera en ciernes, no queremos mirar. Nunca hemos sabido hacerlo. Es bonito hablar cristianamente del prójimo y del amor y de solidaridad con el mismo. Pero inútil e hipócrita. Ese eslogan lo vengo oyendo toda la vida, incluso se ha trasladado al plano laico. Sólamente se trata de una artimaña para sujetar esa parte de nuestra conciencia que sabe que las cosas no están bien. Que no está bien que nuestras formas de vida cómodas estén propiciadas por las riquezas que otros no logran nunca tocar. Y esos otros son sólo grito. No. Y sangre, y dolor, y desgracia e ignominia. No vale consolarse con recordar que en las naciones occidentales también hemos pasado por ello. No vale enrocarnos en la impotencia de nuestros miedos. Pero no el miedo al bárbaro, al vecino del sur, a su cultura que se va transformando. Ésa es la excusa. Nuestro miedo está sobre todo en los riesgos de nuestro propio statu quo. Y los que lo fomentan son los que dentro de la casa occidental organizan, deciden, se aprovechan e ignoran a los otros. Pero si mañana el miedo está justificado por esos otros hombres del grito y su deseo de némesis, al menos no os escandalicéis. Ya. Siempre quedará el recurso a justificar la masacre (la de ellos) Y de esa manera habremos suprimido el grito. Mas, ¿de verdad creéis que se puede eliminar lo más antiguo de la humanidad?




(El mismo profeta Leví del mismo artista Alonso Berruguete)

sábado, 5 de marzo de 2011

El insistente grito


No, no lo escuchamos. Y para no hacerlo, levantamos nuestros estúpidos y sonoros voceríos por doquier. Congregados en nuestros ámbitos de reunión ociosa, lanzamos chillidos neuróticos, clamamos de forma estentórea o emitimos gruñidos y bostezos preñados de decibelios. Todo sirve para tapar el grito ajeno o el dolor personal que no queremos relacionar con aquél. Enchufamos la carga mediática, nos entregamos a la virtualidad que regule nuestras endorfinas, pisamos los aceleradores de nuestro parque móvil esclavizador y le damos a la sana sonrisa hispana, cada vez menos sana y más de hamburguesa. ¿Será más poderoso nuestro ruido que el clamor del viento y de los gemidos ajenos? Es probable, pero también engañoso, porque en ese supuesto poderío está también nuestra perdición. Oh, el ruido de nuestra economía, el insulto de nuestras políticas, la invocación de nuestra calidad de vida, la exaltación de nuestra caduca cultura. Qué cansados estamos. Con qué ceguera nos desplazamos hacia ninguna parte. Si no nos sentimos sensibles con las quiebras de casa, ¿vamos a ser receptivos a las furias desatadas a nuestras puertas? Qué peligro ignorar que las rabias y las miserias de unos forman parte de las indignaciones y fracasos de los otros. Nada se para desde que el origen se manifestó imparable. Sólo se detiene lo muerto.




(También la escultura del profeta Leví, de la mano de Alonso Berruguete)

jueves, 3 de marzo de 2011

El grito



“El mal, ¿qué es el mal?
Tan sólo hay un mal, negar la vida”

D.H.Lawrence. “Pájaros, bestias y flores”.



Hay demasiado ruido para poder oír el grito. Y el grito está ahí. Estuvo siempre ahí. Dentro de nosotros. A nuestras puertas. En la lejanía y en la proximidad. Pero el ruido en que nos afirmamos como sociedad impedía que se escuchara. Incluso ahora, el grito se repudia. Los sistemas que fiscalizan nuestras vidas y las vidas ajenas tratan a su manera la voz en todas sus tonalidades. Desvirtuándolas. Con mayor razón lo hacen con el grito. Intento de diluirlo, de apartarlo. No se oye, luego no se pronuncia. No está. No hay tal grito. Esa parece ser la consigna. Pero, ¿y si suena tan fuerte que no puede contenerse? Si suena fuerte, hay que convertirlo en espectáculo. Mientras dure el espectáculo el grito no se distingue. Se manifiesta en la órbita de la ficción. De lo que parece ser pero no es. Y el grito se rebela. Queramos o no, se cuela por las rendijas de nuestras estancias. Tentación de cerrarlas. Tendencia a poner puertas al campo. Pero el viento se desgañita, enronquece. ¿Por qué se sube el volumen de nuestro ruido? Por miedo. Sin darnos cuenta de que el grito fue también nuestro grito. Sigue siéndolo, aunque no lo reconozcamos.



(Escultura del patriarca Leví, en obra de Alonso Berruguete)

lunes, 28 de febrero de 2011

¡Negocio!




Una palabra lo unifica todo.
¡Negocio!
Negocio entre las nubes o en las fábricas,
Negocio de Individuo, del Estado.
El planeta se llama hoy “Negocio”.
¡Negocio!
Privilegio de alguno: no ser socio.


Es Jorge Guillén quien habla en su poemario Final. Clarividencia de hombre viejo. O mejor, comprobación veterana cuando ya no queda tiempo ni ganas de constatar nada más.

Reducido mundo a un reducido destino. ¿Es impropio decir que el mundo está que arde? Literalmente parecería exagerado. Sin embargo, lo magmático tiende a ser expulsado. Y el incendio en el sotobosque es un hecho. ¿Qué cabe esperar? Cuestión de tiempo.

Occidente -¿u Oriente también, que, aunque no tenga el mismo nivel de gasto, va funcionando con el mismo modelo?- se mata por reducir la existencia de sus ciudadanos a la compraventa elevada en niveles como jamás conoció la humanidad. Los dos puntos de presión de la tenaza, la producción ilimitada y el consumo sin fin, golpean a cada individuo. Lo aprietan, lo reducen, lo anulan. Obteniendo a cambio basura y contaminación que degradan la atmósfera y el suelo como si no fuera con ellos. ¿Qué queda de ese enorme chantaje? Tal vez la eliminación del pensamiento. El negocio es un circuito en que todos estamos atrapados. Quien hable contra el mismo está mal visto. Si un individuo que quisiera ser libre conspirase contra el mercado sería perseguido. Lo será.

Dejación del pensamiento. Toda lectura que lleve a un ejercicio dinamizador, por lo tanto clarificante, de la conciencia estará mal vista. Por el contrario se liberará al aire enrarecido de las almas cada vez más monóxido de textos para consumo del entretenimiento.

Ni que decir tiene que en el otro lado -¿arriba, abajo, al este, al oeste, fuera, dentro?- la presión descomunal del mercado empobrecerá más a los de casa. Los vecinos del sur ya lo estaban, por activa (baja renta y nivel de consumo y asistencia) y por pasiva (carencia de sistemas de representación democráticos) Pero ahora se han hartado. Protagonizan revueltas, que de momento no revoluciones. ¿Volverán a pagar el pato del ansia de Occidente, de la gran extorsión de las multinacionales? Mucho me temo que sí. Y todo va tan deprisa.

¡Negocio! Clamaba el gran Guillén. Y todos los hijos de la especie dejando de ser otra cosa que no sea negocio. ¿Quién se atreve a no ser socio?

lunes, 21 de febrero de 2011

Mi ojo / y 31




Llevo unos días sentada a la puerta de casa, casi sin hacer nada más. Los días son largos y este calor de verano agobia un poco. De vez en cuando vienen a buscarme Shinju y Yashiro, pero a mi no me apetece ir a ningún lado. Al verme así suelen quedarse y jugamos un poco por la huerta. Pero ellos se van pronto. Siempre me dicen: mañana volveremos, ¿quieres? Mamá no sabe qué hacer conmigo. Yo sigo viendo al danzarín corriendo todas las mañanas. Aunque hace varios días que no aparece, yo le sigo viendo dando volteretas y arañando el aire con su figura frágil. Nadie sabe de él, y eso que mamá ha preguntado a varios vecinos de los alrededores. Tampoco me interesa nada de lo que pase en el pueblo. Aunque haya llegado gente la verdad es que no quiero conocerla. Hace algunas semanas que tampoco tenemos noticias de mi hermana. Ya nos hemos acostumbrado a no tener noticias de nadie. A veces le digo a mamá: ¿nos lo habremos imaginado? ¿Habrán existido papá, Hitomi, el monje, el danzarín? Ella no sabe qué contestar. Creo que en el fondo se hace la misma pregunta que me hago yo.




(Fotografía de Itou Kouichi)

domingo, 20 de febrero de 2011

Mi ojo / 30



Es extraño lo que sucede estos días, porque este lugar está bastante apartado. Las noticias siempre han llegado tarde, casi nunca pasaba nada, y apenas ha habido viajeros en tránsito. Los vecinos que quedan en la zona se han hecho a las adversidades. Todos nos hemos acostumbrado a esta situación que dura años y cada vez es más silenciosa y triste, aunque nos parezca tan normal.

Sobre todo nos hemos hecho al olvido, suele decir mamá. Los que partieron no dan señales de vida y las autoridades nos ignoran. Y sin embargo, aceptamos y callamos. Esto último lo dice con ira. Todos tememos la escasez de alimentos. Pero lo que nos da más miedo es sentirnos perdidos. Después de tanto discurso y tanta aventura resulta que nos falta fe, afortunadamente. Claro que los que se han mostrado más ciegos y obcecados ahora se sienten inquietos y se vuelven muy peligrosos.

Mamá me emociona y, aunque no puedo llegar a captar todo lo que desahoga con palabras me lo tomo al pie de la letra. No podría traicionar su rebeldía. Fue bueno para nosotras que pasara por aquí el ermitaño, y que tengamos al danzarín todo el día por ahí fuera de la ceca a la meca, e incluso viene bien la presencia del molinero. A mamá a veces no la entiendo del todo. ¿El molinero? ¿Ese viejo amargado al que ha temido todo el pueblo? le replico. No te fíes nunca de lo que digan, me corta ella. La amargura de Gonkuro no viene por ningún abandono, sino porque su sensibilidad, que oculta con la máscara de un carácter agrio, no puede soportar el rumbo al que nos están llevando en una guerra que nos va a destrozar. Además, ¿quién crees que nos ha dado harina con la que hemos podido alimentarnos muchas veces? ¿Tu hermana en sus envíos de ropa inútil? Si callar es aprender, estoy aprendiendo, y mucho.

Y sin embargo la tranquilidad tradicional no es ya la misma. Nadie comprende muy bien lo que ocurre y por qué. De pronto gente de otros distritos y provincias aparece por aquí. Unos solo pasan, otros se dejan caer en casas abandonadas o son reubicados por algún destacamento de policía. Es esta gente que llega de lejos la que trae malas noticias. O buenas, apostilla mamá. Junto a su desconsuelo y sus penurias traen también esperanzas. Esta vez el sol naciente se va a poner para siempre. Las campañas de guerra están siendo un fracaso y nuestro territorio, hija mía, es vulnerable. Puede que incluso estén sucediendo acontecimientos graves en algunas ciudades del sur.

No sé cómo puede saber tanto mamá sobre la guerra. Pero aquella noche no pensé en papá. Creo que mamá tampoco pensó en él, ni en el hombre de los haigas y de las poesías al estilo occidental, ni en el destino incierto del monje fugado. Ambas estamos ya solo pendientes del hombre que no para. El único que nos transmite ganas de vivir.




(Fotografía de T. Enami)

sábado, 19 de febrero de 2011

Mi ojo / 29


Lleva bastante rato delante de casa con todos los tatuajes al aire. Le hemos sacado té pero dice que debe seguir todavía en meditación. Es el cumpleaños de mamá y en la escuela me han dado permiso para venir a comer con ella. El danzarín está invitado pero ha dicho que también él quiere obsequiarnos. Mientras, he ayudado a preparar la mesa. El sol del mediodía es bastante cálido y se concentra sobre el cuerpo del danzarín. Me he dado cuenta de que me gusta observarle. No es robusto ni alto, sino más bien magro, pero sus proporciones y su expresividad le dotan de una agilidad sorprendente. Con el efecto del sol suda y da la impresión de que sus personajes tatuados se pusieran en acción. Hay algo en él que me sobrecoge. No se lo he dicho a nadie, pero demasiadas veces sobre el pupitre me acuerdo de él y me despisto. Hay algo más en él que me hace enmudecer.

Se ha levantado y ha venido hasta el umbral. Le ha dicho a mamá que le dejara lo que le había pedido antes. Yo no sabía nada. Ella le ha prestado un antiguo kimono, unos geta, unas cintas y otros abalorios que ya ni recuerdo si se los he visto puesto. Luego se ha apartado y le hemos perdido de vista. Cuando ha regresado se ha ocultado tras los nogales. Desde allí nos ha pedido a voces que saliéramos y que nos sentáramos en el suelo. Lamento no disponer del acompañamiento de un shamisen o de un ehru, pero haré lo posible porque mi voz no os suene ni muy brusca ni muy desafinada, nos ha aclarado. Mamá y yo estábamos tan nerviosas que hemos permanecido expectantes.

Entonces alguien, revestido y adornado como para una ceremonia, ha salido tras los árboles y se ha puesto a contar una historia en la que interpretaba varios personajes. A mamá y a mi nos costaba adivinar que se trataba del danzarín. Era tal la personalidad que aquella figura de teatro desplegaba ante nosotras que nos hemos olvidado completamente de nuestro amigo. Llevaba el rostro maquillado, acusando sus facciones exageradamente, y el pelo tan pronto se lo recogía en un moño como se lo dejaba suelto como si se tratase de la bruja Yama-uba. Los movimientos de cambio de personajes eran rápidos, pero a continuación paraba, detenía el cuerpo, lo erguía y empezaba a hablar despacio con una voz diferente a la anterior. Y así, en aquella historia que entendí a medias, iban apareciendo sucesivamente un rico usurero, la mujer y la amante de éste, un campesino, un maestro, un borracho, una actriz de teatro ordinaria y la autoridad corrupta del pueblo. Mamá y yo estábamos de una pieza, pero disfrutando. El actor del kabuki iba deshaciéndose en su agitación, se le veía consumir su energía y quedándose ronco por los altibajos y cambios de voz. Daba la impresión de que en cualquier momento iba a caer exhausto.

Cuando el actor de kabuki dijo riendo las palabras finales vosotros, vosotros, vosotros, no me reconoceréis, porque no he venido solo a contentaros sino a llevaros a la senda del mundo donde yo vivo, que es mejor que éste en el que padecéis, sentí una alegría que me daba aire, pero a la vez una tristeza que me ahogaba. Miré a mamá, que tampoco sabía si llorar o reír.

No sé qué le estaba pasando al actor. Vino hasta nosotras, nos cogió abrazándonos a cada una por un lado y nos empujó hacia el interior de la casa. Sake para todos, tabernera, gritó como si la representación continuase.

viernes, 18 de febrero de 2011

Mi ojo / 28



El viaje a la ciudad ha sido largo y bastante incómodo. Cambiamos de transporte varias veces. Todo ha sido muy precipitado. Mamá se arrancó ayer con enfado y decidió que teníamos que ir hasta la oficina militar del distrito. Dice que no soporta estar sin noticias de papá. ¿Solo de papá? Cuando llegamos estaba oscureciendo y tuvimos que hacer noche y buscar una pensión barata. No sabemos la dirección de Hitomi. Tendríamos que pasar al menos un par de días para preguntar y tener una pista. Mejor que no.

Hacía mucho tiempo que no pisaba la ciudad. No ha cambiado demasiado. La gente recorre las calles en silencio. Va deprisa. No veo buenas caras. En los puestos de mercado hay poco género. Han desaparecido bastantes tiendas que en otros tiempos mejores alegraban la vista del centro. La luz eléctrica era tibia. Tuvimos que darnos prisa para que no nos cogiera la hora del toque de queda. La pensión era muy modesta. Cuando nos hemos levantado hoy por la mañana, a mamá le picaba el cuerpo por todas partes. Circulan menos coches que la última vez que estuvimos. Las bicicletas, por el contrario, abundan.

Llegar hasta la sede del Ejército no ha sido fácil. No entendíamos además por qué nos han controlado varias veces. Nadie teme una invasión del enemigo. ¿No estábamos ganando la guerra? Cuando hemos llegado a aquel edificio tan antiguo había una fila de mujeres con la misma intención que nosotras. Unos oficiales, que mamá decía que eran de baja graduación, nos han atendido con flojera y poco interés. Los papeles que llevábamos no han servido para mucho. La fotografía de papá que yo buscaba el otro día y que la tenía mamá ni siquiera se la han dejado mostrar. La gente ha cubierto unos datos en unos pliegos y nos han contestado a todos que pronto tendríamos noticias. Que iban a cursar nuestra solicitud y que tuviéramos confianza. De pronto ha aparecido un oficial que parecía más importante, porque todos los cuadros y soldados presentes se le han cuadrado severamente, y nos ha hablado con monótono entusiasmo. Vuestros padres, vuestros hijos, vuestros hermanos, y bastantes de vuestras mujeres que han acudido al cuidado sanitario, están dando lo mejor de sus vidas por la defensa de la nación y por el honor del Emperador. Tenéis que tener esperanza y manteneros unidos en la retaguardia. El trabajo y el orden siguen siendo necesarios. Ése es el campo de batalla para los que permanecemos cómodamente en nuestro glorioso y eterno territorio. Eso ha dicho. Ha clavado una mirada en semicírculo al tropel de personas que estábamos allí y ha lanzado un viva al Hijo del Sol Naciente. Respondido por un murmullo tenue que apenas se oyó. Luego, tras una inclinación marcial de cabeza nos ha dado la espalda y se ha alejado entre la posición de firmes de su tropa de oficinistas de caki.

Nadie ha rechistado, pero en los rostros secos de todas las mujeres se leía la ira. La policía militar nos ha desalojado compasivamente. Ninguna de nosotras ha sollozado.

Estos nos los van a devolver muertos a todas. Si nos los devuelven, me ha dicho bajito mamá. Me ha apretado la mano y ha añadido con rabia cargada de prudencia: Jamás volveré por este antro de miserables. En ese instante me he dado cuenta lo lejos que mamá está del culto al Emperador y lo peligroso que puede ser expresar con palabras los sentimientos.




(Fotografía de Yamasaki)

jueves, 17 de febrero de 2011

Mi ojo / 27



No sé por qué está encima de la mesita una foto donde aparece papá, al poco de irse. Junto al juego de té, recién usado. Dos tazas. Todavía hay calor en ellas.

Acabo de volver de la escuela. No hay nadie en casa. Cojo la fotografía y la contemplo, una vez más. No le gustaba demasiado a él, a mamá tampoco. Papá nos la envió porque todos los de su compañía lo hacían. Aparecen exultantes. A él casi no se le advierte. Ignoro si porque uno más alto le tapaba o porque no quería salir. El equipo que lleva cada uno encima debe pesar lo suyo. Qué será de ellos.

El día está siendo muy apagado. Los maestros estuvieron malhumorados. He discutido con Eisuke y la pobre Shinju se encontró mal todo el día. Lloró en el recreo. Lleva mal lo de su padre y lo de su hermano. Alguien ha contado que han querido robar a Gonkuro el molinero y que ha hecho correr a los ladrones. Gente de fuera, simples extraños, tal vez unos desesperados. No sé dónde andará la otra foto donde también está papá. No parece tan guerrero y a mi me gusta más. Se le ve con claridad, contento. ¿Y esto? Veo que unas gotas vertidas sobre la mesita casi mojan la imagen de los soldados. Queda un poco de líquido en la tetera grande. También hay una cinta del pelo de mamá por el suelo. Es raro, porque no es nada descuidada.

No, no encuentro la otra fotografía, por más que busco.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Mi ojo / 26



Debiste sufrir mucho cuando te tatuaron, amigo mío. El danzarín contempla ensimismado los dibujos de sus brazos y encoge la frente. ¿Recuerda o revive? Lo que merece la pena tiene un valor. Todo valor tiene un precio. Lo que cuesta hay que soportarlo. Lo que se soporta premia y satisface. Esto me responde con voz templada y reposada. No me gusta que hable con sentencias. Tanta seguridad en sí mismo me da temor. Y sin embargo me deslumbra. No puede ser que solo lleves tatuados tus brazos. Lo que muestras en ellos es incompleto, tiene que haber algo más. El danzarín se saca la camisa y deja al descubierto su torso. Jamás imaginé tal fantasía de imágenes decorando el cuerpo de un hombre. Su pecho muestra una inmensa máscara de vivos colores que refleja la alegría. Su espalda exhibe otra máscara con tonalidades oscuras que muestra la tristeza. El danzarín se da cuenta de mi asombro y entonces se concentra. Cierra los ojos. Respira profundamente y hace mover con parsimonia sus músculos. El rostro triste se convierte de pronto en un rostro risueño. La máscara risible se trastoca en colérica. ¿Cómo lo haces, danzarín? Tienes que conocer muy bien tus músculos para conseguirlo. El danzarín pone aire de ir a soltar otra de sus frases graves, pero duda. Abre los ojos. Baja de la nube. Es más fácil de lo que parece, dice, y ríe con estrépito. Desde que llevo a cuesta las dos máscaras del kabuki ellas tienen vida propia. ¿Me lo creo o no me lo creo? Bah, no puede ser, le contesto, no me tomes el pelo. Y él, observándome desde muy cerca, engatusándome con su mirada de serpiente, baja la voz: algún día te hablaré del poder de las máscaras. Nos poseen mientras dormimos. Actúan mientras nos movemos. Ha sido en ese momento cuando me he prometido a mi misma ir a que me hagan un tatuaje cuando sea mayor.



(Fotografía de Eikoh Hosoe)

martes, 15 de febrero de 2011

Mi ojo / 25



Hay noches en que me acuerdo mucho de él. La oscuridad me arrastra a imaginaciones fantasiosas. ¿Cómo veo a papá? Le veo sudando, apretándose el cinturón continuamente, metiéndose la camisa kaki por los pantalones. Le imagino pero casi es más como si soñara con él. Papá nunca sudaba. Pero dicen que en aquellas latitudes hace tanto calor que la gente tiene que tomar constantemente té o agua. ¿Tomará realmente té? Le imagino conservando su tipo afinado y algo desgarbado. Contemplando un horizonte vago, pero lleno de vegetación. O acaso el mar. Hastiándose de mar, él que era de tierra adentro. Y se me antoja que se pasa la mano por la frente con frecuencia y que aguza la mirada, porque papá es miope. No es excesiva su miopía pero acaso los esfuerzos se la hayan agravado. También le veo entregado a leer en ratos en que el servicio no le obliga. Porque quiero creer que aquellos soldados podrán leer esté donde estén. Papá no podría vivir sin leer. Cuando yo era pequeña adaptaba parte de los relatos que leía y me los contaba. Creo que en el fondo los hacía nuevos. ¿Pero acaso muchas de las cosas escritas de los monogatari antiguos no son invenciones sobre invenciones?

Cuando imagino a papá, elijo. Elijo verle como si estuviera de permiso o de gestiones. No me interesa saber si está junto a un cañón, en una casamata o cautivo del enemigo. No pienso en él como si estuviera solo. Ni padeciendo, más allá de los naturales rigores del lugar y del clima. Si nadie nos dice nada, no tengo por qué temer nada. No se teme lo que no se conoce ni se debe hacer caso a los fantasmas que revoloteen por la mente. Además, cuando fantaseo es como si le rescatara de la lejanía y de una dedicación que nunca habría elegido. Me entretengo en los recuerdos de la vida que hemos compartido. Esto de la guerra es una interrupción, simplemente, me digo. Aunque dure lo suyo. Cuando veo que mamá está lacia le cuento mis devaneos de la noche. No son agitados, suelo decirla. Ni me turban. Si hubiera pasado algo ya lo sabríamos. Siempre hay que verlo así. Ella entonces me contempla en silencio, mueve la cabeza ligeramente a un lado y otro, y se deja embaucar plácidamente por mis palabras. Que a la vez son mis intenciones. Pero no puedo evitar que el destello de sus ojos me abrume.

lunes, 14 de febrero de 2011

Mi ojo / 24


¿Sabes a quién me ha recordado hoy nuestro músico favorito, mamá? A aquel samurai apuesto que tocaba el shakuhachi y que colgaba de una pared del despacho del abuelo. Mamá me ha mirado con los ojos bien abiertos. ¿Es posible que te acuerdes de aquella vieja pintura? Tu abuelo lo había recibido de su padre y decía que éste había conocido directamente al pintor en la corte de Edo. A mi no me sonaban nada los detalles y acaso tampoco hubiera recordado el cuadro de no ser por la serenata del danzarín.

Mamá se ha dejado llevar por la nostalgia. Se le nota enseguida. Dicen que era uno de los últimos y más importantes grabadores de su tiempo. El abuelo había trabajado de escribiente en una de las dependencias administrativas del último shogun. Debió recibirlo como regalo por parte de un potentado al que facilitó unas escrituras de propiedad. Te parecerá lejano y extraño, pero debes saber poco a poco cómo funcionan las cosas en este mundo.

La veía con ganas de darme consejos y lecciones. Suele decir que lo hace para que me sean útiles en la vida. Esta muletilla me molesta, pero es inevitable que me la repita con frecuencia, sobre todo desde que papá no está. Se queda así más a gusto. Mamá sospecha que las cosas no van a seguir de la misma manera cuando esta guerra termine. Y cuando se deja llevar por la incertidumbre entonces duda y calla.

Hoy tenía ganas de hablar. La ocasión brinda, como dice ella, sacar acontecimientos de la memoria. Puede que duren todavía los efectos relajantes del concierto del amanecer. Hay ciertas cosas que hay que tener claras, insistía. Y una importante es que la gente hace las cosas por obtener algo a cambio. Y si es posible en las mejores condiciones y para percibir el máximo posible. Ya sea por dinero o por bienes, porque nadie da nada por las buenas, y la generosidad es más propia de los que tienen algo que de los que carecen. Los que no tienen apenas son generosos, sólo saben compartir las miserias. Cuando habla así, lo hace con amargura. Entonces pierde fuerza y se apaga.

Pero la pintura del abuelo era muy hermosa, mamá. Si a mi me pagasen algún día con obras de ese estilo me daría por satisfecha. ¿Cómo dices que se llama esa manera de pintar?




(Fotografía de T. Enami)

domingo, 13 de febrero de 2011

Mi ojo / 23




El descanso semanal no nos vuelve dormilones. Era temprano cuando ha empezado a sonar una shakuhachi fuera de casa. Mamá y yo nos hemos mirado sorprendidas. Nos parecía que tenía algo de homenaje y hemos salido excitadas a ver. El danzarín estaba allí fuera en postura de loto, todo concentrado. No se ha apartado ni un instante de su melodía. Nos hemos sentado a la puerta de la casa, a pesar del relente.

No sé qué tiene esa flauta dulce que desata unos sonidos que te llevan y te traen, pero de manera muy flotante. Dicen los que saben que procede de antiguos maestros de la meditación. Y que si sigues su ritmo te embarcas en una navegación por tu interior que te aporta por una parte calma y por otra conocimiento de ti mismo. Mientras la hace sonar no le quito ojo al danzarín. Pero él permanece con los ojos entornados, casi cerrados. Mamá ha contraído también sus párpados y se ha abandonado a un despliegue de acordes cautivadores.

Yo no siento esta música tanto como ellos, debe ser cosa de los tiempos modernos que nos vuelven más despegados. Pero procuro mantenerme respetuosa. El danzarín lleva echado una especie de sobretodo que le protege del rocío de la mañana. Me recuerda una vieja y bella estampa que guardaba uno de mis abuelos en la ciudad. Se mantiene recto y casi parece que la flauta formara parte de su cuerpo. Pero a veces, al dejarse llevar por un soplido más fuerte alza los brazos al unísono. Sí, decididamente tiene tatuajes con máscaras del teatro antiguo. No en un brazo como yo creía, sino en los dos.

Me he quedado boquiabierta. Este hombre me parece una revelación. Es probable que el destino nos compense así de los designios fatales de la guerra.




(Ukiyo-e de Ichiyusai Kuniyoshi)

sábado, 12 de febrero de 2011

Mi ojo / 22


Hitomi se ha presentado de improviso. Mamá se ha emocionado tanto que no daba pie con bolo. Yo estaba a punto de partir para clase pero mamá no me ha dejado. Prefería que estuviera con mi hermana. Hitomi ha dicho que solo disponía del día. Le ha traído en coche un hombre elegante. Luego volverá a recogerla y se irán. No, no es mi novio, nos ha dicho enseguida. Solo el hermano de una amiga que tenía que hacer unas gestiones en una pequeña ciudad cercana y me ha venido bien aprovechar su viaje.

Mamá se ha sentido agradecida por su decisión. Luego la ha contemplado bastante rato y la ha piropeado. En efecto, Hitomi está guapa. Algo más delgada y me he fijado que, a pesar del colorete, no podía ocultar ciertas ojeras. Pero tiene buen tipo y se nota que lleva una vida a lo occidental. ¿Van vestidas como tú todas las mujeres en la ciudad?, la he preguntado. Claro que no, hermana. Las que trabajan en oficinas y en algunos comercios sí, pero luego hay un tipo de mujer tan tradicional como la que tenéis en el pueblo. Le brillaban extraordinariamente los ojos al responderme. En la empresa en la que trabajo hay de todo. Más refinadas si son contables o comerciales, pero las obreras son otra cosa, aunque quieras o no y a medida de sus posibilidades también se dejan influir por las modas. No sé por qué se sentía obligada a dar tantas explicaciones. Seguramente quería parecer convincente con nosotras. Después ha sonreído con generosidad, bien porque tratara de demostrar que está satisfecha de la vida que dice hacer o porque pretendía disimular.

Ha preguntado por papá, por los viejos amigos de la aldea movilizados, por la vida que llevamos. Era mamá quien se encargaba de responderla puntualmente. Mientras lo hacía y se enzarzaban en ese juego de preguntas y respuestas rápidas que mantienen quienes no se han visto desde hace tiempo, yo no he dejado de observarla. Tiene aplomo, se mueve con seguridad y delicadeza, y no se puede decir que al hablar demuestre que es tonta. Pero al escucharla una podría pensar que la guerra no existe. Naturalmente que hay escasez también en la ciudad, pero todo está muy organizado y, aunque los salarios no han subido los últimos años y el esfuerzo es superior, las autoridades intentan frenar la miseria. Me ha indignado un poco su manera de hablar. Cualquiera diría que ha cambiado de bando. Pero me he callado. No es cosa de darle un mal rato a mamá.

Cuando terminábamos de comer ha pasado por delante de la ventana el danzarín practicando alguno de sus ejercicios. ¿Y ese quién es?, ha preguntado Hitomi. Un espíritu, un loco, un ser que no tiene precio, un hombre libre, he contestado con energía. La salida audaz ha ahogado otras palabras mías. Y, sobre todo, las suyas.




(Fotografía Itou Kouichi)

viernes, 11 de febrero de 2011

Mi ojo / 21


Por fin llega una carta. Yo acababa de venir de la escuela. Tampoco es de Hitomi, y mira que lo siento, ha soltado Sugita el cartero con indiscreción. Mamá ha mirado el remite y se ha ido enseguida a su cuarto. No es de papá, ni de tu hermana, me ha dicho. Se ha quedado sola un buen rato. Cuando ha salido ha quemado la carta. Me he quedado mirándola. Ella ha debido darse cuenta de que no me movía y se ha justificado. Era de Michio. Para decir que está bien y en una ciudad importante. Que no nos preocupemos. He callado, he seguido esperando, no he pestañeado. Además agradece la ayuda que le prestamos. Que un día más y aquellos hombres hubieran dado con él. No entiendo que aquel supuesto monje hable en plural. Yo no hice nunca nada; fue mamá quien le ayudó, quien preparó su huída. Tal vez la que le procuró algo más que no alcanzo a comprender. ¿Eso es todo?, la he increpado. Si sólo dice eso, ¿por qué has quemado la carta enseguida? ¿Por qué no la has guardado como las del otro hombre?

Mamá se ha quedado paralizada, contemplando el crepitar del fuego. A mi me parecía que los caracteres de nuestro alfabeto se consumían en la agitación desigual de cada llamarada. Luego, ella ha añadido sin apartar la mirada de la quema: Deja que el mensaje se convierta en cenizas. Las cenizas no hablan, ni denuncian, ni arriesgan las vidas. Las cenizas preservan los recuerdos. Las cenizas nos protegen.

A mamá se le han puesto los ojos rojos. Debe ser por efecto del fuego.




(Fotografía de Itou Kouichi)

jueves, 10 de febrero de 2011

Mi ojo / 20



Me he despertado a medianoche. En sueños le he visto bailar. Me he visto bailando con él en sueños. Los dos saltábamos por los prados. Los dos recorríamos el vecindario. Mamá nos miraba y se ponía a bailar también. Él iba disfrazado, no se parecía al danzarín real. Se comportaba como actor. Clamaba, declamaba, nos convertía en público, nos arrastraba a la actuación. No dejaba de mirarme y de perseguirme. La agitación me ha arrancado de mi noche profunda. Entraban perfumes desde el jardín. He sentido un escalofrío. Me he recogido dentro del futón. Mis cabellos estaban revueltos. Mi piel me olía fuerte. Sentía amarrados mis músculos. Veía a este hombre delgaducho, ágil y burlón deambulando por el cuarto. No era el que corría por los campos y la aldea, junto al río y los caminos. Sino éste que mira, éste que habla, éste que sonríe. Lo veía al lado y me he tapado hasta las cejas. He tiritado, me he encogido, me he convulsionado, me he perdido.

Mamá duerme hondamente. El sueño me ha alcanzado inhalando el aroma de los jazmines.





(Fotografía de Eikoh Hosoe)

miércoles, 9 de febrero de 2011

Mi ojo / 19



El danzarín ha cenado de nuevo con nosotras. Me avergüenza que me mire tan fijamente. A veces hace una mueca y sonríe. Mamá ha estado recordando anécdotas de cuando mi hermana y yo éramos pequeñas. Él ha prestado mucha atención. Cuando ha recordado lo del gato ha estallado en unas carcajadas exageradas. No sé si porque le hacía tanta gracia o porque quería entrañarse más con nosotras.

Ha contado mamá: un día nuestro gato desapareció, así porque sí. Era un bobtail precioso, con una mancha en cada oreja. Mis hijas salieron como locas a buscarlo por los alrededores. No sé cuál de las dos estaba más furiosa, pero llorar solo lloró Hitomi. Ésta, por mi, en cambio, se contenía pero no paraba de registrarlo todo nerviosamente. Como no apareció ese día, a la mañana siguiente anduvimos preguntando por el caserío aislado y luego fuimos al pueblo, a ver si allí lo habían visto. Recorrimos un buen tramo de la ribera del arroyo y hasta nos acercamos al molino. No tuvimos suerte. Cuando tres días después ya le dábamos por perdido se presentó mi marido, que venía de la ciudad, con él en brazos. En el apeadero del ferrocarril, que está lejos de aquí, se lo habían encontrado dentro de una saca de correos, entre cartas y efectos postales. Nadie sabe cómo llegó a aquel costal, aunque hubo interpretaciones para todos los gustos. Y ni siquiera Sugita, el cartero, se libró de ellas.

Ya he dicho que nuestro amigo no ha parado de reír. Ha sido entonces cuando, no sé si por efecto de la risa o del sake o de una confianza que nos ha sorprendido y creo que hasta emocionado, ha hablado de manera coherente. Eso es que el gato se sentía carpa y quería transportar las cartas del corazón, ha dicho con una mordaz ironía. Además, de los gatos puedes esperarte cualquier cosa y, desde luego, ni se te ocurra pedirles su propio exterminio. En eso se diferencian mucho de los humanos. Tienen más agudeza en su instinto de supervivencia.

Me he quedado mirando su rostro asentado y firme. También hoy parecía otro, más otro si cabe. Cuando me he levantado para traer el té le he pillado observando mis movimientos.




(Fotografía de Itou Kouichi)

martes, 8 de febrero de 2011

Mi ojo / 18



No llegan buenas noticias de las hazañas de nuestras tropas. Pero ¿qué digo? ¿Por qué hablo así? Estoy hablando como hablan los del pueblo y las autoridades. ¿Desde cuándo me interesa esta guerra cruel de la que no cabe esperar ya sino miserias? Nuestras tropas…los hombres que las componen sí son nuestros hombres, pero las tropas…Mamá y yo hemos hablado bastante sobre este asunto. Es una manera de sentirnos más seguras. Por otra parte, ¿qué otra cosa podemos hacer, sino hablar y esperar? Y esperar, ¿qué? ¿El retorno de papá, si es que vive? ¿Juntarnos toda la familia de nuevo?

No acabas de acostumbrarte del todo. Llevamos años desde la invasión en el continente, y mi madre lo ha sufrido más que yo. Ha tenido que digerir de mala manera y durante largo tiempo algo que se nos ha obligado a aceptar. Mamá se pregunta hasta qué punto la guerra se nos impone. O si bien es que la gente lo acepta ciegamente. ¿Qué creían nuestros paisanos que era una guerra?, me dice con frecuencia. ¿Cómo han podido empeñarse en un sacrificio propio y ajeno justificándolo en el culto a una persona que de divina no tiene más que el nombre?

Hay más gente que tiene dudas, más gente que piensa de modo semejante a mamá. Pero rehúyen hablar del asunto en público. Mamá siempre ha hecho lo posible porque yo tuviera claro lo que estaba pasando. Ni siquiera cuando se fue papá tuvo un gesto patriótico, ni se puso del lado de los que le llevaban. Lloró de rabia. De rabia de quedarnos sin papá y de que se rompiera nuestra familia. De rabia porque no era una causa justa. Nunca es justo que entreguen a hombres y mujeres a invasiones, donde perjudican a otros y donde solamente se recoge sufrimiento, eso dice. Y eso me lo dice solamente a mí. Me ha repetido hasta la saciedad que sea prudente, que nuestras conversaciones son nuestras únicamente. Y bien aprendida tengo la lección.

Ella tiene una manera de pensar muy arriesgada. De sus tiempos juveniles le viene una rebeldía que sabe controlar, pero de la que no se ha librado. Ni ha querido. Si no piensas, suele comentarme, si no tienes ideas por ti misma, ¿a qué puedes aspirar? Y sin embargo, poco se puede hacer, sino aguantar. Esta soledad nuestra nos aplana. Nos une pero nos duele.

Corre brisa nocturna. Voy a correr la puerta.




(Fotografía de Yamasaki Ko-ji)

lunes, 7 de febrero de 2011

Mi ojo / 17



Le veo raro al danzarín estos últimos días. No tiene tantas ganas de saltar. Se sienta en el suelo de nuestro jardín sujetándose las manos con la cabeza. A veces se encasqueta el kasa, muy echado hacia adelante, y no se le ve la cara. Mamá dice: Este hombre está mustio desde que se fue el monje Michio. Mamá tiene olfato o sabe algo que los demás no sabemos. ¿Qué te hace pensar eso?, le espeto. El danzarín no es un personaje cualquiera, me sorprende mamá. Él y Michio hablaron mucho durante este tiempo de guerra. Tampoco el danzarín está libre de que las autoridades se interesen por él cuando menos se lo espera. Y él lo sabe.

Al igual que los paisajes del año cambian, así se modifican las vidas. Eso estoy comprobando. Y como las estaciones, de las que no se puede decir esta es más bella que aquella o esta es más interesante que la otra, porque todas cumplen su función y todas son hermosas, así sucede con los personajes que nos rodean. ¿No se esconden las estaciones una detrás de otra antes de manifestarse en todo su esplendor? ¿No aparentan llegar antes de tiempo o retardan su presencia? Algo así pasa con todos nosotros. En el pueblo solo queda la gente anciana, bastantes mujeres de edad y los niños. Y, según dicen, como este pueblo todos los demás pueblos del país han visto partir cada día a hombres jóvenes y maduros para un destino incomprensible. Se nos ha dicho hasta la saciedad que tiene que ser así por la patria. Pero la patria se está quedando vacía y no sabemos si quienes se han ido regresarán. O qué será de nosotros.

- Danzarín, ¿quieres cenar con nosotras esta noche? Hace bueno, sacaremos el mantel y nos colocaremos los tres en el suelo. Mamá ha preparado un yakisoba frito y unas tortas sabrosas que seguro que te gustarán. Ah, y habrá sake.

No ha respondido, pero se ha alzado el sombrero. Ha puesto una sonrisa amable y se ha colocado en una postura decorosa. He vuelto a verle el tatuaje. Mamá tiene que saber más de lo que cuenta.




(Eikoh Hosoe, fotografía)


domingo, 6 de febrero de 2011

Mi ojo / 16


Han transcurrido varios días desde la partida secreta del monje o de lo que fuera. Vistos los movimientos extraños de las últimas jornadas no estoy segura de nada. Suceden en la oscuridad de los días demasiadas cosas de difícil explicación. Ahora caigo en que jamás le he visto la cara. Siempre le divisábamos los chicos de lejos y nos parecía un anacoreta más, de esos que cunden en estos tiempos. Por otra parte, se nos advirtió que un hombre que se retira del mundo para buscarse a sí mismo no debe recibir visitas ni ser molestado. Así que el consejo lo llevamos siempre a rajatabla. El comportamiento de mamá respecto a él me parecía un acto de ayuda y de caridad. Tal vez su gesto de procurarle apoyo en su huída, porque fue una huída, era parte de esa bondad que mamá manifiesta siempre con los seres desasistidos o en peligro.

Quien tiene que conocer algo más es el danzarín. Hay quien dice que le ha visto parar por el refugio del monje, pero imposible saber más. Si el danzarín hablara, o mejor, si quisiera hablar. Pero ¿por qué iba a hacerlo con una niña? Aunque puede que con mamá lo hiciera. Mamá no le tiene demasiado aprecio, y prefiere que se mantenga a distancia. Tengo que decir a mamá que lo intente. El danzarín es ya parte del paisaje, a todos nos gusta saber que anda por ahí. Pero nadie quiere que se le meta en casa. Sin embargo, la gente del pueblo, y sobre todo los que vivimos apartados, le tenemos como algo más que un personaje solitario y que anda en otro mundo. Empieza a ser como un espíritu. Un ser que emana algo protector. Son cosas que dicen los aldeanos. Y más desde que el ermitaño se marchó. ¿Por qué las personas y los pueblos necesitan a veces alguien o algo que les dé seguridad, aunque sea un loco?




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

sábado, 5 de febrero de 2011

Mi ojo / 15


He cogido la caja de las carpas. Si mamá se entera no le gustará. Necesito leer de nuevo algunas cartas. No las de papá, que ya hemos leído con frecuencia entre las dos y nos las sabemos de memoria. Cuando he desplazado el separador, la parte inferior del estuche estaba casi vacía. Apenas había un sobre con unas facturas sobre algo que no entiendo, unos certificados de magisterio y varias fotos de donde vivió antes mamá que ya conocía. Una no. Una no estaba últimamente aquí. Es de un hombre joven y guapo, y tiene por detrás una dirección de Osaka-shi. Eso debe estar lejos de aquí. No sabría decir si es una fotografía de ahora, pero ¿cómo ha llegado hasta la caja china?

Las pisadas de mamá han sonado en el jardín. Rápidamente he cerrado la caja y justo me ha dado tiempo a meterla en el armario. Apenas me acababa de sentar a aparentar que estaba repasando los deberes cuando ha entrado. Llegaba agitada pero con aire de satisfacción.

- Michio se ha ido ya. Le llevé muda y un traje de papá. Se ha aseado, le he ayudado a cortarse los cabellos largos y a rasurarse. No tenía pinta alguna de anacoreta, parecía más bien un oficinista o un comerciante. Creo que así podrá pasar desapercibido. Ah, también le he dejado la cartera que tu padre llevaba para dar clases.

No he podido contenerme. Puede que papá no esté, pero dentro de mí continua y sus cosas me le recuerdan cada día.

- ¿Cómo has sido capaz de prestarle la cartera de papá? ¿Qué dirá cuando vuelva y no la encuentre? ¿Qué tiene ese hombre para que te preocupes por él de esa forma?

Mamá se ha quedado estupefacta y confusa. Ha permanecido callada y en tensión. Se ha ido a preparar algo de cena. No he dejado de pensar en la fotografía del hombre de cuidada barba que hay en la caja. Crece cada vez más esa sensación de que todo el mundo oculta algo. ¿Será también parte de esas conquistas que dice el Emperador que debemos consolidar por las tierras y los mares del continente? Todo se vuelve complicado y silencioso.





(Eikoh Hosoe, fotografía)

viernes, 4 de febrero de 2011

Mi ojo / 14


Salgo de casa para ir a la escuela y está allí. Plantado de espaldas en medio del camino. Escasamente abrigado, como es su costumbre. Si no me dejas pasar no llegaré, le he dicho. Él se ha girado bruscamente, yo he dado un salto hacia atrás. Ha emitido una especie de bufido. Y luego ha pronunciado unas palabras extrañas. Vosotros, ha dicho, vosotros, vosotros, vosotros no me reconoceréis. Y en la repetición de cada vosotros la entonación era diferente. Parecía dirigirse, señalando con un movimiento circular de su dedo, a un público imaginario.

Es la primera vez que he oído hablar al danzarín. Pero apenas he atendido sus palabras porque algo más sorprendente me ha deslumbrado. Su rostro, habitualmente descuidado, se había convertido en una máscara blanca y pulcra. Las patillas, las cejas y los labios resaltaban en colores negros y rojos. Si movía los músculos en un sentido parecía reír, si lo hacía en otro se diría que estaba apenado. Esa combinación rápida de sus gestos le daba una apariencia inquietante. ¿Era un desgraciado o un genio? ¿Un espíritu o un demonio? ¿Un loco o un cuerdo? ¿Era el danzarín o alguien que había tomado su cuerpo y su alma? Por vez primera he tenido una sensación de temor. No sé si debido a sus palabras enigmáticas o a aquella máscara perfecta que le daba otra apariencia. Se ha hecho delicadamente a un lado, sin dar volteretas ni botes como otras veces. Luego ha inclinado su cuerpo, lo ha encogido y se ha marchado hacia el río con un caminar pesado y ceremonioso repitiendo hacia los árboles, los pájaros y las casas de los campesinos vosotros, vosotros, vosotros…no me reconoceréis.

Al tomar la curva que lleva al pueblo he mirado para atrás. Le he visto hincado de rodillas, alzando una mano en señal de despedida y ofreciendo al cielo con la otra una pequeña anémona arrancada de un jardín.




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

jueves, 3 de febrero de 2011

Mi ojo / 13



Ha vuelto tarde e inquieta. Yo estaba amodorrada cuando entró con mala cara. Mañana te contaré, me ha dicho. Mamá no ha querido cenar. Es raro. Los días que ha estado con el monje se la ve radiante y hoy no es la misma. Se ha quedado callada un buen rato en su cuarto. Me he asomado y la luz del farolillo proyectaba en la pared una sombra desfigurada. Deben ser visiones mías. Me ha dicho que pasara.

Michio tiene que marcharse, dice. ¿Michio?, le contesto extrañada. Es la primera vez que le llama por este nombre. Sí, el sabio anacoreta, el monje, el hombre que no hace daño a nadie. No entiendo bien por qué despliega tantas calificaciones, pero lo dice con rabia. Unos funcionarios del gobierno andan preguntando en el pueblo por él. Si sigue aquí se juega la vida, me aclara mamá.

Es una novedad para mí. Y a la vez un enigma. No puedo entender por qué puede perseguirse a un hombre alejado del mundo. Alguien que dedica su vida a la búsqueda del camino recto. En el que solo hay bondad y meditación. Esta guerra ha complicado mucho nuestras vidas.




(Fotografía de Eikoh Hosoe)

miércoles, 2 de febrero de 2011

Mi ojo / 12



No ha habido hoy clase. Sí concentración y ceremonia. Gran fiesta patriótica. Larga vida al Emperador y todo eso. Uniformes impecables, cánticos, un pequeño desfile, no somos muchos escolares. Luego, todos a casa. Hemos lanzado los ramos de crisantemos a lo alto. Risas y carreras. Me he entretenido jugando por el camino con Eisuke y Shinju. La buena de Umiko, que desde que perdió al hijo está más generosa con todos los chicos, nos ha regalado cerezas.

Cuando he llegado, mamá no estaba. Ya me había dicho que iría a llevar comida al monje ermitaño. Lo hace una vez a la semana. En el fondo, llevarle comida es la excusa. Yo le digo a mamá que si ese hombre santo se ha apartado de todo, del mundo, de la regla de su monasterio, no es para molestarle. El monje hace excepciones, dice mamá. Es extraño este monje. Nadie sabe en qué ciudad profesó. Al poco de comenzar la guerra apareció por aquí y levantó un pequeño refugio entre las rocas y el río. Se comporta como si fuera el fundador y habitante único de un monasterio. Hace su vida.

Mamá no es casi nada religiosa, aunque disimula. El culto a los antepasados debe llevarse en la gratitud y en la memoria, dice mamá. Considera que la condición de un ermitaño vale más que las creencias en los dioses. Ella dice que lo que busca en él es al hombre que sabe y que aporta quietud al espíritu. Por otra parte, no tengo una idea clara de lo que hablan entre ellos. Ni de qué manera apacigua el alma. Mamá apenas me cuenta. Pero siempre regresa contenta.

martes, 1 de febrero de 2011

Mi ojo / 11



Qué pesadilla la de esta noche. Me hallaba a la orilla del río. Brincaba de acá para allá como el danzarín, despreocupada y eufórica. No sé por qué. La corriente era muy rápida. El agua se estrellaba contra los peñascos y me salpicaba el vestido. Algunos peces hacían cabriolas, saliendo fuera del agua y sumergiéndose de nuevo. En los remansos había otros peces que zigzagueaban sin elevarse a la superficie. Me quedaba sentada contemplando la agitación de unos y la quietud de otros. Una muchacha se acercó silenciosamente a la ribera. Llevaba un vestido de ceremonial como las geishas y un cesto de mimbre. Ignorando mi presencia aprovechaba el salto de un pez para depositar una carta en su boca. Cuando otro pez tomaba el relevo del anterior ella cogía del cesto una nueva carta y se la colocaba en la vertical para que de una pirueta agilísima la engullera. Siguió un rato con la misma tarea. Me aproximé hasta donde se encontraba ella para ver mejor. La chica continuaba sacando cartas del cesto y entonces me fijé que cada una era de un color. A este pez le entregaba una carta rosa, al otro una azul, al de más allá una anaranjada. Los peces iban con la corriente y la chica desde la orilla hacía lo mismo. La acompañé y me intrigaba tanto que la pregunté por qué lo hacía. ¿No lo sabes?, me dijo ella. Pues no, le contesté. Son las cartas que los amantes se envían entre ellos a través de las carpas, me aclaró. ¿Y llegan?, insistí. Eso no se sabe, pero hay que enviarlas. El que no las pone en el vientre de una carpa no tiene garantizada que llegue a su destinatario. Y si no le llega, ¿cómo van a mantener su amor? Según avanzábamos, el río se iba precipitando hacia una cascada desigual y escabrosa. El agua caía por oquedades cada vez más peligrosas. Las carpas seguían el mismo camino y la chica se afanaba en proseguir su misión. De pronto dio un traspié con su pomposo vestido y se cayó a la corriente. Me quedé sola en la orilla con el cesto. Y entonces le gritaba, ¿qué hago yo ahora, qué hago?

Mamá me despertó en ese instante y permanecí muda. Se asustó un poco porque tardaba en espabilar. Tengo que volver a leer la leyenda que viene de China. Allí deben de saber mucho.





(Fotografía de Eikoh Hosoe)