Hay días en los que no sabe si ponerse o quitarse la máscara. Es muy fácil. Es reversible. Y, como todo aquello que se puede dar vuelta, varía si se contempla desde un lado o desde el otro. Eso es lo que protege, la percepción que tengan los demás de ti. Que es la que tú les mandes a ellos. La máscara, y sobre todo la inherente, la de quita y pon, es francamente útil. Permite seguir paseando entre otros individuos sin que estos adviertan la diferencia. Pero hoy no la pone a prueba, hoy no se somete al acertijo de otras miradas. Anda tirado en el rincón. Ha probado a quitarse la ropa, a ver si así expurgaba sus obsesiones. Pero a veces la desnudez exterior no basta. No se ha lavado, no ha comido, se ha rascado la piel todo lo que ha podido, se ha mesado y desorganizado los cabellos infinidad de veces, no ha escrito una simple línea, no ha leído la prensa, ha chasqueado los nudillos con frecuencia, no ha recordado nada del pasado, no le ha dado la gana de repasar ninguna tarea pendiente del presente, no ha mirado obscenamente ningún cuerpo, ni lo ha imaginado, no ha tenido un solo pensamiento generoso, ni tampoco de placer, ni tampoco de ganancia, ni de culpa. Se ha hurtado a sí mismo cualquier posibilidad de reconocimiento. Tirado en silencio y en la oscuridad se ha hartado de palparse para asegurarse que seguía allí mismo. Ha tenido momentos en que perdía el sentido de la ubicación, incluso creía flotar. Todo un ejercicio de desalojo de sí. Cuando los vecinos, al oírle chillar, han entrado derribando la puerta se ha limitado a contestarles: apagad la luz, que me destruye. (Imagen del artista Xue Jiye)
































