En realidad, el abandono es el otro rostro del encuentro, pero no queremos verlo, dijo Annia Numeria.
El atardecer era cálido. Los nenúfares tapizaban el estanque. Quien más o quien menos de nosotras salpicábamos el agua con los pies mientras escuchábamos a la dueña de la casa. Sí, afirmó nuestra amiga. Damos por hecho que algo que entra en nuestras vidas se va a quedar. Lo que estamos lejos de pensar al principio es que se va a quedar solamente por un tiempo. Que va a permanecer por unos meses o unos años. O incluso aunque se quede toda la vida, y habría que precisar qué entiende cada cual por vida, por su temporalidad, me refiero, no tiene el mismo valor. Porque todo se traduce en valor, eso dijo Annia Numeria. Valor de la disponibilidad de bienes o valor de un acompañamiento o valor para tomar una decisión. Yo ya no cumplo años, y Annia dejó a todas boquiabiertas; quiero decir que no me limito a cumplir año tras año, que no lo veo así, que aunque siga estando pendiente con sorpresa y agradecimiento de esa sucesión de los años, mi visión toma otra referencia; es decir, cumplo ya décadas. Y cuando tienes como referencia décadas, y ojalá los hados que me han favorecido se sigan apiadando de mí, la perspectiva que se le ofrece a una desde atrás se pretende más amplia, aunque los objetos en los que antes se había fijado mi vida se hayan reducido. Esa modificación de paisajes, el fin de tantas situaciones que me fueron provechosas y placenteras, la desaparición de familiares y amigos, incluso el sentido mismo que en su momento tuvieron unos y otros en mi existencia, todo lo que una vez hubo y me ha abandonado me sume en una paulatina tristeza.
¿Qué tenía Annia Numeria que nos encandilaba a todas? El tono de la voz, prudente y suave, la dicción perfecta que por sí misma rememoraba la refinada educación, el modo en que enfocaba los acontecimientos sustanciales de la vida. Todo eso, sin duda. Pero también la libre disposición a hablar con modestia y desparpajo de sí misma. Es muy embriagante la edad provecta hacia la que camino, dijo Annia Numeria, tan selectiva para los recuerdos, tan aceptadora para lo común de cada día, buscando rescatar sobre todo y ante todo los momentos de satisfacción del pasado, recordando muy de vez en cuando, por comparar más que por otra cosa, las circunstancias difíciles. A mí no me gusta rescatar las circunstancias adversas, en pocas ocasiones hablo de ellas, pero a veces lo hago porque un pensamiento repentino se precipita dentro de mí y se obstina en castigarme, y también es interesante considerar por qué se obstina, eso dijo Annia Numeria, pero no insisto en tales acontecimientos que, en tantas ocasiones fueron prolongados y fatales. Y no, no es que me abrume la extrema longitud que va adquiriendo mi vida, o solo me abruma cuando los males me hablan con su propiedad más innata, no me refiero a los males morales, que están ahí, latentes, turbándonos día tras día, a los que damos la espalda para no reconocer nuestras debilidades ni arriesgar nuestra posición. Hablo del mal del cuerpo, porque la enfermedad es la expresión que trasciende las conductas y por consiguiente el lenguaje verbal, el movimiento que desplaza los objetivos que nos dieron seguridad y confianza en nosotros mismos, y a través de esa clase de mal, ora lento y destructor, ora improvisado pero no más caritativo, sentimos inequívocamente cómo todo el cuerpo se va precipitando en su caída imparable.
El discurso de Annia Numeria, con ser severo, era apacible. Sus reflexiones iban muy probablemente por delante de las nuestras. Ninguna osábamos interrumpirla. Las gentes que mueren alrededor de una, prosiguió, me inducen a repasar las vivencias que tuve con ellas, y a otorgar un valor a cualquier tipo de relación que mantuviera en el pasado. Esto ya lo vengo haciendo desde hace tiempo porque muchos de los que nos acompañaron han dejado de ser nombrados y respondidos, muchos ya no pueden observarnos ni corregirnos. Dentro de mí siento el escalofrío de las sensaciones opuestas y emergen los sentimientos más silenciados, prácticamente olvidados. Y de pronto me acecha la tentación de compadecer a esas personas que alguna vez estuvieron en mi vida, y cuando lo pienso, y Anna Numeria puso una sonrisa burlona para sí misma, como adoptando una actitud punible, me abochorno. En realidad no me compadezco de ellas, sino de mí, por haberlas perdido, e incluso antes de que murieran a varias ya las había perdido, y me avergüenzo íntimamente por no haber sabido llegar mejor a ellas, por no haberlas hecho partícipes de mayor compasión, o simplemente por no haberlas preguntado con suficiente sinceridad para saber más y por lo tanto apreciarlas más.
¿De qué me sirve ahora lamentar la desaparición de Fabio, el tribuno que pretendía acercarse a mí con sus sentimientos, que jamás volvió de una de aquellas incursiones a regiones bárbaras? ¿Por qué no supe con claridad de los sufrimientos de mi madre antes de llegar a esta ciudad, donde no tuvo tiempo de disfrutar? ¿Por qué no está mi primer maestro, de quien no quise aprender lo más importante, a tener más generosidad y tolerancia con cada uno de los seres que pasaron por mi lado? ¿Por qué tuvieron que disolver los círculos de artistas que nos abrían la mente y nos proporcionaban objetivos más satisfactorios que las inclementes peleas de los negocios más ruines? Hasta la pérdida de mi esclavo más apreciado, al que debo tantas horas de escuchas atentas y consoladoras, me hace renegar de los dioses. ¿Comprendéis ahora por que decía que hallazgo y pérdida van de la mano?
No llegaba mucha brisa desde la costa, pero al menos el ocaso nos proporcionaba suavidad. La penumbra aportaba una cierta complicidad que nos hacía sentir mejor. Las esclavas, para sorpresa de algunas de nosotras, también participaban de aquellas meditaciones reveladoras de la dueña. Si hubiese comprendido más a cuantos he tratado, y aquí Annia Numeria se demoró, acaso no hubiera cometido errores, o estos se hubieran reducido. Ya sé que ahora se lleva bastante eso de decir que los errores enseñan, pero es una verdad a medias. Los errores desvían, lo no ejecutado con acierto desplaza, las incomprensiones encierran a los individuos en el redil de la intolerancia y dificulta el entendimiento y, por lo tanto, la feliz convivencia. No obstante se siguen cometiendo porque es parte de la condición humana. Si os cuento esto, y Annia giró la cabeza hacia todas nosotras, como si buscara en nuestros rostros una aprobación para ella misma, no es con vistas a enseñaros nada, pues mis pretensiones didácticas son nulas, sino solo para transmitiros que comparar actitudes y pensamientos que una tiene ahora con los que tuvo antes no deja de ser un juego divertido, que suscita una dosis de sarcasmo en mi interior. Al final acabo agotada por la impotencia. Esa sospecha creciente de que una tiene un tiempo muy justo, y saber que recorrí lugares y gocé de cuerpos y me reconforté en lecturas y fui acogida y bien tratada por vidas que ya no están aquí en nuestra presencia, me genera angustia. Pero ¿no es la angustia sino la fiebre que revela nuestra pequeñez y nos permite ver con claridad nuestras limitaciones?
En ese instante el anochecer fue silencio. Julia Prócula, que estaba a mi lado, hizo entonces una observación. ¿Os dais cuenta? ¿Por qué estarán tan inquietos los perros, aunque no ladren?
(Fresco de la Casa del Criptopórtico en Pompeya)