jueves, 25 de febrero de 2021

El que alardea

 


Flavio Sulpicio alardea en los banquetes de sus hazañas. A aquellas que  tienen que ver con campañas militares las adereza con un apasionamiento épico, tras asegurarse de que no hay nadie entre los presentes que pueda llevarle la contraria. No obstante insiste con mayor ahínco en sus conquistas amatorias. Y para que tenga mayor verosimilitud invita a la ceremonia del ocio a experimentadas meretrices a las que él presenta como cariñosas amantes de toda la vida. Ellas se dejan llevar. Entran en el juego y con diversas artes hacen lo posible por volver crédulos a los invitados. Yo soy un sirviente entregado y no tengo queja del trato que me depara mi amo. Mantengo el tipo en las reuniones públicas, le soy fiel en cada encargo y, principalmente, le escucho. Él sabe que a mí no me engaña. No obstante, soy el campo de experimentación para sus jactancias, que yo apruebo o sobre las que me manifiesto crítico si son escasamente creíbles. Eres el confidente favorito de mis historias vividas, me dice como si me convenciera, siguiendo en su papel de hombre aparente. Naturalmente, amo Flavio, le respondo, lo imaginado también es algo vivido. Con lo que le dejo clara mi actitud comprensiva y él agradece el consenso que se establece entre ambos.  

Pero ni las heridas ficticias de la guerra ni las desgarraduras exageradas del amor habían hecho mella en las narraciones de Flavio Sulpicio. ¿Volverías a enrolarte en el mando de las legiones?, le preguntaba con ironía alguno de los comensales. Por el César lo que fuera, no obstante la edad que grava mi cuerpo, respondía convencido de vivir verdades. Y otro: mejor elegir el campo de batalla del placer, ¿eh, Flavio? A lo que este argumentaba: no creas, es un dominio peligroso, donde el riesgo acecha de continuo y puedes perecer en cualquier momento. Además ahí no hay sacrificio alguno por un César, ni cabe esperar laureles ni nombramientos. Aquellos subterfugios hacían reír a todos, pero para mi amo se trataba de mantener un pulso, sin que jamás dejara entrever cuánto de cierto o de falso había en sus afirmaciones. 

Mi asombro había crecido extraordinariamente desde que entré a su servicio. Flavio Sulpicio vivía en un mundo fabuloso donde sus quimeras no adquirían formas monstruosas ni le inducían a temer las iras de los dioses. Apoyado en su grandilocuencia difundía a diestro y siniestro historias que a unos les creaban dudas, a otros les arrebataba si las tomaban en consideración y se sentía seguro en ese juego, alejado de familiares con los que no convivía y de quienes se había distanciado hacía mucho. Y aquellas recreaciones que él se esmeraba en componer y constantemente en remodelar para cautivar a sus oyentes se habían convertido en el principal ejercicio de su existencia. Yo no vacilaba respecto a su comportamiento. Quien vive en lo imaginario con todas las consecuencias puede llegar a padecer los estragos o a disfrutar los deleites que ello conlleva. Su mundo era el que era y disponía de suficientes recursos para vivir en ese ámbito paralelo y mantenerse a salvo.

Aquella noche, estando todos los convidados acomodados y medio ebrios, por qué no decirlo, en sus triclinios, Flavio Sulpicio hizo con énfasis un brindis por todos los presentes y avisó de improviso que tenía que comunicarles algo. No tengo familiares directos y salvo a mi fiel Vetonius, y yo me ruboricé desde el rincón desde el que estaba pendiente del servicio, a nadie tengo que agradecer atenciones y mucho menos los bienes que la fortuna me ha proporcionado. Sé bien cómo debo cumplir con Vetonius, empezando por declararle liberto y proporcionarle una cantidad considerable para que viva sin agobios el resto de su vida. Hubo un murmullo aprobatorio y me sentí gratamente afectado. Luego continuó. Ahora bien, el montante que suman mis fincas y la liquidez de mis modestas finanzas no deben acabar algún día apropiados por la Hacienda pública, que de sobra grava y diezma nuestros bienes de ciudadanos romanos. Así que he decidido dejar la herencia en vida a mis amantes del pasado y acaso de la actualidad. El brinco de los presentes pareció borrar por un momento la huella de los humores del vino. Cundió la alarma. Se cruzaron preguntas vagas. ¿Estará enfermo irrecuperable? ¿Tendrá un conflicto personal con el César y temerá por su vida? ¿Pensará en alejarse a regiones extremas del Imperio para gozar sus últimos años de una visión diferente de tierras y gentes? ¿Se habrá dejado cautivar por alguna secta de misticismo influyente de las que cunden en estos tiempos? Pero tal anuncio, y más teniendo en cuenta la edad avanzada de mi amo, no indicaba que se tratase de una decisión precipitada y mucho menos provocada por amenaza alguna.

Las meretrices contratadas para la ocasión hicieron el paripé, como si a ellas también les tocara su parte de beneficio. Valerio Régulo, uno de los pompeyanos más cabales, le inquirió. Flavio, se hacen locuras en edad juvenil, pero sería un despropósito que a tus años dilapidaras la fortuna de ese modo. ¿Acaso crees que vas a encontrar a estas alturas a tus viejos amores? Incluso aunque dieras con alguna de las mujeres, ¿estarías dispuesto a poner en aprietos a honradas madres de familia? Y siempre más que de amor tú has hablado de conquistas efímeras. ¿Vas a molestarte en reconstruir un pasado irrecuperable? Porque indudablemente, todo esfuerzo por realizar tu... ¿cómo llamarlo? ¿Generoso acto? te obligaría a enfrentarte con lo que hoy no serán sino fantasmas. ¿Y has previsto cómo puedes sentirte si no logras llevar a cabo tal intención?

Flavio Sulpicio permaneció concentrado, fingiendo sobre lo fingido. Hubo cuchicheos, movimientos de unos asientos a otros, voces apagadas. Como si el eco de las palabras cuerdas hubiera rebajado la diversión que estaban teniendo aquella noche. Yo sabía que mi amo había llevado al extremo una representación más. Y que probablemente no era sino el anticipo de otras que podrían llegar en siguientes convites. Me dirigió una mirada cómplice y se recompuso. Saliendo de su aparente mutismo incitó a todos a un brindis. Dejemos los proyectos de lado, no era mi intención aguar la noche, mis queridos amigos. Dioniso no permitiría que la alegría se malgastara con manías y caprichos de anciano. 

Al ponernos en pie para animar de nuevo la velada sentimos una vibración inhabitual y de cierta intensidad bajo nuestros pies. Alguien comentó: el vino de Flavio nos produce temblores a todos. Mi amo no dudó. Escancia del más añejo que has subido de la bodega, Vetonius.      


 



(Fresco pompeyano)

 

lunes, 22 de febrero de 2021

Triste fotografía, sin días azules ni sol de la infancia

 



Una fotografía que habla por sí sola. ¿Y de qué habla? De pena, de amargura, de soledad, de desamparo, tal vez del miedo por la inexistencia de un futuro. El poeta que parece estar jugando con una vara sobre la tierra, ¿no estaría más bien escribiendo un poema? Tal vez el último. Rodeado de otros exiliados políticos, los exiliados de verdad, los expatriados por una causa justa, que así hay que decirlo en nuestros días con claridad y énfasis, Antonio Machado ni mira al fotógrafo, ni habla, ni aparentemente se inmuta. Permanece apesadumbrado, hundido. Todos los presentes muestran con dignidad el control de la madurez, pero la procesión iría por dentro en todos ellos. Un sosiego aparente. Eran los vencidos. Los desterrados. Los irreductibles. 

La escena tiene lugar en febrero de 1939, de camino al pueblecito francés de Colliure, huyendo de los vencedores en una guerra cruel. El poeta moriría no muchos días después de esta fotografía.  

Cuentan que hallaron en el bolsillo de la chaqueta de Machado un papelito con este apunte: "Estos días azules y este sol de la infancia". Se puede discurrir si se trataba de un boceto. Acaso el primer verso de un nuevo poema. Pero la hipótesis es inútil. Fue sin duda poema en sí mismo. La última poesía. Para qué más versos. El último aliento.



Cuando Antonio Machado fue Juan de Mairena 
defendiendo la libertad de pensamiento






Leído en Juan de Mairena, obra del escritor Antonio Machado Ruiz (Sevilla, 1879 / Colliure, 1939), de cuya muerte en el exilio pobre y miserable de Colliure, Francia, se cumplen hoy ochenta y dos años. 

" - Continúe usted, señor Rodríguez, desarrollando el tema. 

 - En una república cristiana -habla Rodríguez en ejercicio de oratoria- democrática y liberal conviene otorgar al Demonio carta de naturaleza y de ciudadanía, obligarle a vivir dentro de la ley, prescribirle deberes a cambio de concederle sus derechos, sobre todo el específicamente demoníaco: el derecho a la emisión del pensamiento. Que como tal Demonio nos hable, que ponga cátedra, señores. No os asustéis. El Demonio, a última hora, no tiene razón; pero tiene razones. Hay que escucharlas todas." 

¿No es acaso oportuno este tipo de donaire para reflexionar sobre lo que acontece en la España de las dos Españas? 

La obra Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo fue escrita por Antonio Machado entre 1934 y 1936. Época avanzada de su vida en que se resumían vivencias y experiencias múltiples y gravosas, incluidas las culturales, sociales y políticas de un país al que no le dejaron vivir en paz. Hoy me parece escuchar la voz apócrifa de Juan de Mairena: no volváis a las andadas.



Y un poema de Antonio Machado titulado Simpatías






Quería participaros un poema del Cancionero apócrifo, de Antonio Machado, titulado Simpatías. Es de 1922, ya veis, de un siglo y es como si fuera de ahora. Muy propio para los que llevamos demasiados años mirándonos en el espejo. En el de cristal y no solo en el metafórico o en el de la vida.  


Simpatías

Candidior postquam tondenti barba cadebat
Virgilio, Égloga I. *


"¿Cúya es esta frente? ¿Cúyo
este mentón azulado?
¿Cúya esta boca sumida,
y esos ojos fatigados
de la letra diminuta
y de los montes lejanos?

Siempre mira el hombre al hombre 
con piedad en su retrato".


* La cita de Virgilio: "Cuando, afeitándome, ya más canosa caía mi barba" 

 (La autofotografía es de Jorge Molder)


viernes, 19 de febrero de 2021

El director de la compañía exhorta a sus actores

 


No, no es así. Con más énfasis. La máscara hará el resto. Pero primero tenéis que empaparos de lo que escribió el griego. El director de la compañía se esfuerza con voz enronquecida en las explicaciones a los actores. Estos sudan, se agitan. Algunos ponen caras contrariadas. Por enésima vez se detienen en el ensayo y vuelven a repetir. El director no les da tregua. 

Captad el sentido de lo que habéis memorizado. De este modo la memoria dará paso a palabras análogas, si habéis olvidado las originales, que mantendrán el significado del texto. ¿Decís que solo se trata de recitar coralmente una obra que ha quedado anticuada? En absoluto. Cada obra reclama un cuidado especial, aunque sea antigua. Además ninguna de las tragedias ha perdido valor. ¿Acaso ya no existen las ambiciones humanas? ¿Han mermado las pasiones? ¿Ya no existen los defectos? ¿Se ha conjurado para siempre la muerte? ¿No se padecen ya infidelidades y traiciones? Si no entendéis, preguntad. Debéis comprender bien el alcance de las palabras. Porque son mucho más. Un actor que no percibe el significado de las palabras no es un actor, aunque se mueva por la escena o vocee o gesticule. 

El director bebe de un cuenco un trago de agua fresca y mira sin acritud a toda la compañía. Varios actores comentan entre sí. ¿Es una reprimenda o una lección?, tratan de dirimir, sabiendo que ambas actitudes suelen ir vinculadas y ya están acostumbrados a ellas. El director ha hecho la parada a propósito para que ellos intercambien puntos de vista y se ayuden en comprender lo que les dice. No es mi estilo destapar la caja de los truenos contra esta gente ducha en el oficio, piensa. Pero no puedo permitir que relajen el esfuerzo y menos el interés por la perfección. Puede que quien aspire a la perfección nunca la alcance, pero al menos es un acicate. La vida, y en este caso el espectador, es muy exigente y no perdona fracasos. Decide volverse más didáctico hacia el auditorio de actores. Como si estuviera reescribiendo y a la vez interpretando un monólogo solo para ellos.  

Vosotros sois intermediarios entre la historia narrada y el público. El público no ha leído nada y muchos han visto poco, así que viene aquí para leer y ver la vida que hay tras una historia con nosotros. Y lo hace de dos maneras. Siguiendo vuestra entonación y no perdiendo de vista cada uno de los ademanes y quiebros. De ello depende que lo que dice la obra influya y sea valorada por los espectadores. Además, y aquí ensalza la labor de los intérpretes, vuestra interpretación va a empujar la calidad de la obra que el autor escribió. Las palabras tendrán valor para el público si a vuestra dicción la acompañáis con un tono adecuado. Y entonces, sí, el ejercicio de vuestros cuerpos ocupando el proscenio rematará la fuerza de la representación. El público quiere identificarse con lo que decimos. Esa es siempre la intención de un autor y nosotros no podemos traicionarla. 

Se escuchan murmullos y afirmaciones de cabeza. El orador continua enardecido por su propia disertación porque además percibe que es seguido y lo que dice está teniendo eco.  Pero el público no es tonto. A veces también se entera, por lo que cuentan anteriores espectadores, de qué va la obra y se muestra exigente. Espera no quedar decepcionado. Muchos llegarán condicionados por lo que les han dicho o por lo que ellos imaginan. No hay que darles margen para que interfieran con sus quejas. Tomad la iniciativa siempre. El tiempo de la representación de una obra es solo de nosotros los actores. Mientras la llevamos a cabo el resto del mundo se detiene. Ni el César, si apareciera por aquí un día, tendría licencia para imponerse en este recinto. Con esta ocurrencia el director ha logrado arrancar una carcajada curativa a todos los comediantes. Tiene recursos o los genera sobre la marcha. Son muchos años de mal vivir por los caminos del Imperio y se sabe inmerso en un aprendizaje sin fin. No quiere insistir más en la arenga.  

Además, mis queridos y admirados histriones, ¿vais a dejar a los pompeyanos insatisfechos? ¿No se merece el autor el reconocimiento de la gente de esta ciudad? Si fallamos, ¿qué irán diciendo de nosotros por ahí? ¿O preferís enfadar al monte soberbio que preside esta ciudad? 

La carcajada general sonó a blasfemia. La obra iba a representarse al día siguiente y aquella tarde los animales de patios y corrales se mostraban desconcertados.



(Fresco pompeyano del Museo Arqueológico de Nápoles)

miércoles, 17 de febrero de 2021

Zaki en su paraíso

 


Siempre recordaré tus tés y tus sensibilidades palestinas. Nuestras distancias -esos afanes tuyos discretos como imán de la comunidad musulmana y mis incredulidades sobre cualquier tipo de fe- nunca dificultaron las amigables charlas. Todo lo contrario, pues tu actitud apacible y prudente lo facilitaba. Aún me parece verte descansando en uno de los bancos de la vecindad o camino de la compra a la tienda. Espacios callejeros en los que en tantas ocasiones pegamos la hebra. Te reclamaban las autoridades de la ciudad para cualquier mediación o evento conciliador, potenciado desde la Asociación Avicena que habías creado. Fomentaste el dar la cara cuando el terrorismo islamista agredió a ciudadanos inocentes. Ahora te ha tocado partir para tu paraíso. Celebro haberte conocido,  Zaki Mahmoud Ivrahim, Zaki Zayed para los amigos, y haber disfrutado de tu bonhomía y una mente abierta y dialogante. La aversión y el rechazo que mostraste a cualquier manifestación de violencia fanática, cada vez que la barbarie sacudía las sociedades, la aprecié mucho y me ayudó a distinguir un poco los ámbitos complejos de las creencias y de las culturas que desconocemos.  

Te dedico un cuarteto de Omar Jayyam, al que acaso leíste alguna vez, que dice: 

Los de mayor saber y mejores maneras / la reunión de sabios con su luz alumbraron; / no hallaron un camino hacia el día en la noche, / solo contaron cuentos y después se durmieron.

Hondo y a la vez claro el pensamiento del científico y poeta persa. Es la vida misma. 




(Fotografía del homenaje a Zaki hace cuatro años por parte del Ayuntamiento de Valladolid, en consideración a sus esfuerzos "En favor del respeto a la diversidad de culturas, religiones, opiniones y por su defensa a ultranza de la solución de problemas desde el diálogo y la comprensión")


domingo, 14 de febrero de 2021

Los rostros de la fascinación

 



¿Fue la sorpresa o el espanto? ¿Fascinación o estremecimiento? ¿Y por qué no ambos? La presencia imprevista del joven Vibio me turbó. ¿Desde cuándo entras así, sin previo aviso, en la estancia de una matrona?, me molesté, obligándome a pararle los pies. Si pretendes poner en duda mi virtud errarás. Si vas a ir difundiendo por ahí que contemplaste mi cuerpo de noche, correrás el riesgo de caer en la difamación. Vibio se quedó entonces lívido, limitándose a mirarme, pero yo veía que en sus ojos no había mera curiosidad. Se trataba de una expectación más tendenciosa, que acaso pretendía llegar cual lejos yo le permitiera. Opté por la regañina, obviando su formada constitución viril. ¿No te basta con aproximarte a las chicas de tu edad?, le dije enfadada. ¿O ellas son poco para ti? Me sentí mal por reprender a Vibio, al que había visto crecer y jugar con mis hijos. Y mis propios argumentos eran un tira y afloja, como si por una parte me sintiera halagada por su actitud osada y por otra buscara frenarle para evitar la catástrofe. Al cuestionar sus tendencias hacia la mujer madura, ¿no le estaba provocando? Al recomendar que se limitara a los cuerpos más acordes a sus aún tiernos años, ¿no le menospreciaba? Su actitud pasiva me intranquilizó. No dio muestras de turbación alguna. Permaneció en el umbral, sujetando con sus manos las jambas, advirtiendo a través de su hercúlea postura que se ofrecía como un don que no debía ser rechazado. Vibio descarado, le increpé, ¿por qué tratas de torturarme con tu oferente porte? Yo era consciente de que mi irritación no la respaldaba con un rechazo contundente. Me manifestaba blandengue y dubitativa, algo que él podría interpretar como una lenta cesión. La corriente de la habitación, abierta de par en par para paliar el bochorno de la noche, agitó la gasa que me envolvía. Me sentí más leve pero me aturdí. Arrastrada por el viento ligero que se había levantado permanecí en silencio, sabiéndome mirada con toda la aguda intensidad con que un joven fija sus ojos en una mujer, mientras me acercaba a la ventana. A lo lejos la montaña, grandiosa y me pareció también que más petulante que nunca, brindaba una belleza mistérica. Hablé a Vibio de espaldas, como solo hablan los pensamientos entre sí cuando nos rondan interiormente. ¿Por qué lo más bello es lo más enigmático? ¿Por qué desconocemos lo que hay en el interior de la hermosa y complicada manifestación de la naturaleza? ¿Por qué las fuerzas ocultas se contienen hasta un límite en que no es posible impedir que broten desmesuradas? ¿Por qué solo la desnudez nos vincula como ninguna otra cosa a la materia y a sus elementos?



La vi a distancia al fondo del pasillo. La puerta permanecía entreabierta y me acerqué. No sé si fue descuido o intención por su parte. Es verdad que la noche no había traído frescor al interior de las casas. Lucrecia permanecía de perfil, apenas cubierta por una seda casi transparente. Se había deshecho el moño y era como una vestal a la que los años no la habían ajado en absoluto. Al adivinar con tanta claridad aquel cuerpo soberbiamente moldeado daba la impresión de ser la modelo de un tallista heleno. Nadie diría que hubiera paridos tres hijos, los cuales se contaban entre mis amigos. Sé que abusé de la confianza en que me tenía la familia recorriendo la vivienda que había conocido desde niño. Puedo asegurar que no tuve mayor pretensión que contemplar aquel ejemplar de belleza perenne. No se había merecido por parte de los dioses sino una considerada preservación que, sumada a su particular talante amable y comunicativo, prolongaban una especie de activa madurez juvenil, si es que ambos términos pueden manifestarse al unísono sin repelerse. No sé si Lucrecia comprendió mi entregada pasión o si desvirtuó mis pretensiones. Sobraban las explicaciones porque mi quietud en la puerta de su cuarto solo era observadora o, mejor dicho, admiradora. Yo sabía mirar, no lo hacía como muchos, que dirigen su vista hacia todas partes pero no captan nada. Conocía la casa, pero quería conocer, siquiera prudentemente, a la mujer de la noche. Quería ver el rostro oculto de la exultante madurez de aquella matrona cuidadosa y circunspecta. Quería indagar en la armonía entre un cuerpo atemporal y una sabiduría floreciente. ¿Que yo tenía sublimada a Lucrecia? No digo que no, pero bien saben los lares de aquel hogar que me acerqué a su presencia como un devoto respetuoso. Como un peregrino llegado desde los orígenes de la ignorancia. En ningún momento me molestaron sus justos reproches. Hablaban a favor de ella. Pudo haber llamado a un vigilante, pero no lo hizo. Aprecié su discreción, alabé su disposición a ceder a mi búsqueda. Cuando ella reflexionó en voz alta mientras contemplaba a Vesubio sentí el estallido de una satisfacción íntima. Me sentí incitado a estar a su nivel, aun abusando de la pedantería ordinaria de los años jóvenes La belleza tiene varios rostros, dije arriesgando una opinión que ella, culta y experimentada, podía echar por tierra. No se encuentra solamente en un cuerpo o en la manera de ser o en el mundo de las ideas. Pero a veces coincide en todo ello, mostrándose como el triunfo del azar. Como cuando atraviesa un cometa el cielo y nos sorprende con sus presagios. Entonces, una efímera circunstancia nos hace ver de un golpe cegador, aunque no lo interpretemos, toda la potencia contenida en el alma humana. Y caemos fascinados.


  



(Fresco de la Casa del Poeta Trágico, en Pompeya)


jueves, 11 de febrero de 2021

El viviente llama a mi puerta

 


Este dulce individuo se ha presentado ante mi casa, ha llamado a la puerta y me ha extendido la patita. Creo que se ha dado por satisfecho cuando yo le he ofrecido mi mano. No me ha mirado con languidez sino con satisfacción. Yo también he condescendido. Como saldando una deuda pendiente. Quiero que sepas que no soy mascota de nadie, le he escuchado decir, sino perro avenido al mundo de los hombres. Si te lo pido en algún momento, ¿me acogerías?

Yo he pensado: ¿hablará solo por él o por todos los de su especie? Como he permanecido perplejo y no solo callado ha esbozado un movimiento de boca que a mí me ha parecido risa. Como aquel can de no recuerdo qué dibujos animados. Luego le he dicho: ¿a ti te parece bien pedir asilo en este mundo neurótico y contradictorio de mi especie? No del todo, ha saltado, pero nos habéis contagiado un poco con tanta domesticación y hemos cogido gusto a vuestros hábitos. Varios compañeros míos vienen comentando desde hace mucho, ha añadido, que solo hay que esperar al tiempo oportuno en que os sustituyamos. Ya hemos aprendido bastante, para bien y para mal, de los humanos.

Después ha seguido su camino, sea cual fuere. No me ha dado tiempo a invitarle a entrar. Será que tendría recados. O saldar otras cuentas con gente tan pejiguera como yo. 



(Recordando a Cipión y Berganza, los perros humanos de aquel coloquio tan jugoso de Miguel de Cervantes)



lunes, 8 de febrero de 2021

La que reflexiona

 




En realidad, el abandono es el otro rostro del encuentro, pero no queremos verlo, dijo Annia Numeria. 

El atardecer era cálido. Los nenúfares tapizaban el estanque. Quien más o quien menos de nosotras salpicábamos el agua con los pies mientras escuchábamos a la dueña de la casa. Sí, afirmó nuestra amiga. Damos por hecho que algo que entra en nuestras vidas se va a quedar. Lo que estamos lejos de pensar al principio es que se va a quedar solamente por un tiempo. Que va a permanecer por unos meses o unos años. O incluso aunque se quede toda la vida, y habría que precisar qué entiende cada cual por vida, por su temporalidad, me refiero, no tiene el mismo valor. Porque todo se traduce en valor, eso dijo Annia Numeria. Valor de la disponibilidad de bienes o valor de un acompañamiento o valor para tomar una decisión. Yo ya no cumplo años, y Annia dejó a todas boquiabiertas; quiero decir que no me limito a cumplir año tras año, que no lo veo así, que aunque siga estando pendiente con sorpresa y agradecimiento de esa sucesión de los años, mi visión toma otra referencia; es decir, cumplo ya décadas. Y cuando tienes como referencia décadas, y ojalá los hados que me han favorecido se sigan apiadando de mí, la perspectiva que se le ofrece a una desde atrás se pretende más amplia, aunque los objetos en los que antes se había fijado mi vida se hayan reducido. Esa modificación de paisajes, el fin de tantas situaciones que me fueron provechosas y placenteras, la desaparición de familiares y amigos, incluso el sentido mismo que en su momento tuvieron unos y otros en mi existencia, todo lo que una vez hubo y me ha abandonado me sume en una paulatina tristeza. 

¿Qué tenía Annia Numeria que nos encandilaba a todas? El tono de la voz, prudente y suave, la dicción perfecta que por sí misma rememoraba la refinada educación, el modo en que enfocaba los acontecimientos sustanciales de la vida. Todo eso, sin duda. Pero también la libre disposición a hablar con modestia y desparpajo de sí misma.  Es muy embriagante la edad provecta hacia la que camino, dijo Annia Numeria, tan selectiva para los recuerdos, tan aceptadora para lo común de cada día, buscando rescatar sobre todo y ante todo los momentos de satisfacción del pasado, recordando muy de vez en cuando, por comparar más que por otra cosa, las circunstancias difíciles. A mí no me gusta rescatar las circunstancias adversas, en pocas ocasiones hablo de ellas, pero a veces lo hago porque un pensamiento repentino se precipita dentro de mí y se obstina en castigarme, y también es interesante considerar por qué se obstina, eso dijo Annia Numeria, pero no insisto en tales acontecimientos que, en tantas ocasiones fueron prolongados y fatales. Y no, no es que me abrume la extrema longitud que va adquiriendo mi vida, o solo me abruma cuando los males me hablan con su propiedad más innata, no me refiero a los males morales, que están ahí, latentes, turbándonos día tras día, a los que damos la espalda para no reconocer nuestras debilidades ni arriesgar nuestra posición. Hablo del mal del cuerpo, porque la enfermedad es la expresión que trasciende las conductas y por consiguiente el lenguaje verbal, el movimiento que desplaza los objetivos que nos dieron seguridad y confianza en nosotros mismos, y a través de esa clase de mal, ora lento y destructor, ora improvisado pero no más caritativo, sentimos inequívocamente cómo todo el cuerpo se va precipitando en su caída imparable. 

El discurso de Annia Numeria, con ser severo, era apacible. Sus reflexiones iban muy probablemente por delante de las nuestras. Ninguna osábamos interrumpirla. Las gentes que mueren alrededor de una, prosiguió, me inducen a repasar las vivencias que tuve con ellas, y a otorgar un valor a cualquier tipo de relación que mantuviera en el pasado. Esto ya lo vengo haciendo desde hace tiempo porque muchos de los que nos acompañaron han dejado de ser nombrados y respondidos, muchos ya no pueden observarnos ni corregirnos. Dentro de mí siento el escalofrío de las sensaciones opuestas y emergen los sentimientos más silenciados, prácticamente olvidados. Y de pronto me acecha la tentación de compadecer a esas personas que alguna vez estuvieron en mi vida, y cuando lo pienso, y Anna Numeria puso una sonrisa burlona para sí misma, como adoptando una actitud punible, me abochorno. En realidad no me compadezco de ellas, sino de mí, por haberlas perdido, e incluso antes de que murieran a varias ya las había perdido, y me avergüenzo íntimamente por no haber sabido llegar mejor a ellas, por no haberlas hecho partícipes de mayor compasión, o simplemente por no haberlas preguntado con suficiente sinceridad para saber más y por lo tanto apreciarlas más.

¿De qué me sirve ahora lamentar la desaparición de Fabio, el tribuno que pretendía acercarse a mí con sus sentimientos, que jamás volvió de una de aquellas incursiones a regiones bárbaras? ¿Por qué no supe con claridad de los sufrimientos de mi madre antes de llegar a esta ciudad, donde no tuvo tiempo de disfrutar? ¿Por qué no está mi  primer maestro, de quien no quise aprender lo más importante, a tener más generosidad y tolerancia con cada uno de los seres que pasaron por mi lado? ¿Por qué tuvieron que disolver los círculos de artistas que nos abrían la mente y nos proporcionaban objetivos más satisfactorios que las inclementes peleas de los negocios más ruines? Hasta la pérdida de mi esclavo más apreciado, al que debo tantas horas de escuchas atentas y consoladoras, me hace renegar de los dioses. ¿Comprendéis ahora por que decía que hallazgo y pérdida van de la mano?

No llegaba mucha brisa desde la costa, pero al menos el ocaso nos proporcionaba suavidad. La penumbra aportaba una cierta complicidad que nos hacía sentir mejor. Las esclavas, para sorpresa de algunas de nosotras, también participaban de aquellas meditaciones reveladoras de la dueña. Si hubiese comprendido más a cuantos he tratado, y aquí Annia Numeria se demoró, acaso no hubiera cometido errores, o estos se hubieran reducido. Ya sé que ahora se lleva bastante eso de decir que los errores enseñan, pero es una verdad a medias. Los errores desvían, lo no ejecutado con acierto desplaza, las incomprensiones encierran a los individuos en el redil de la intolerancia y dificulta el entendimiento y, por lo tanto, la feliz convivencia. No obstante se siguen cometiendo porque es parte de la condición humana. Si os cuento esto, y Annia giró la cabeza hacia todas nosotras, como si buscara en nuestros rostros una aprobación para ella misma, no es con vistas a enseñaros nada, pues mis pretensiones didácticas son nulas, sino solo para transmitiros que comparar actitudes y pensamientos que una tiene ahora con los que tuvo antes no deja de ser un juego divertido, que suscita una dosis de sarcasmo en mi interior. Al final acabo agotada por la impotencia. Esa sospecha creciente de que una tiene un tiempo muy justo, y saber que recorrí lugares y gocé de cuerpos y me reconforté en lecturas y fui acogida y bien tratada por vidas que ya no están aquí en nuestra presencia, me genera angustia. Pero ¿no es la angustia sino la fiebre que revela nuestra pequeñez y nos permite ver con claridad nuestras limitaciones?  

En ese instante el anochecer fue silencio. Julia Prócula, que estaba a mi lado, hizo entonces una observación. ¿Os dais cuenta? ¿Por qué estarán tan inquietos los perros, aunque no ladren?




 (Fresco de la Casa del Criptopórtico en Pompeya)

viernes, 5 de febrero de 2021

El que recita

 


Me llaman el rapsoda de los mil versos. Otros, el loco de las palabras. Algunos el sátiro, a secas, porque persigo a los oyentes como Fauno a sus ménades. Sería ingrato por mi parte ignorar a los lejanos vates griegos, de los que mamé. Siguen siendo para mí un modelo. Pero no basta con responder al eco del pasado sino que, como observador del presente siento y vivo la influencia de cuanto me rodea. ¿Son de tu interés los humanos?, me preguntan con frecuencia. ¿O solo cantas los paisajes y las lecciones de la historia? Yo les respondo que los paisajes, que también son cambiantes, van a seguir ahí. Pero que el conocimiento de lo que nuestros ancestros vivieron siempre es diferente, y que a las cosas y a los hombres, con ser difíciles de explicar, se les puede conocer mejor. Los mitos que perviven de otras culturas y que la nuestra ha readaptado siguen siendo expresión rica de la naturaleza de las pasiones. Y ahí un poeta que se precie de fusionar la musicalidad y el contenido de las palabras debe ser ante todo un intérprete de los hombres. 

En cierta ocasión fui solicitado por los Popeos para que declamase durante un banquete en una de sus casas, al que asistían invitados ilustres de Roma. Me sentí honrado pues me habían informado que en uno de los salones estaba representada la imagen del ateniense Menandro, del que conocía alguna de sus comedias. ¿No era como si un poeta de unos siglos antes y de otra región del mundo convocara de manera oculta a un poeta actual? Menandro había cultivado en sus obras el conocimiento de los individuos, esto es, sus defectos, sus vicios, sus maldades, sus ambiciones. Como yo lo comentara me pusieron a prueba. Recítanos algo de aquel griego. Yo eché mano de una poesía muy breve que había corrido generación tras generación entre los navegantes de nuestro mar, que a mí me resultaba soez e injusta, pero que podía condescender en aquel ambiente de comilones ebrios. Recitaré algo sencillo para no interferir vuestras digestiones, les dije. Se titula Los tres males, y con parsimonia, tono preciso y gesto exagerado solté aquello de:

El mar, / el fuego / y -el tercero de los males-, / la mujer.

Una sucesión de risas y pataleo exigía que declamase más, pero me invadió una vergüenza extrema por haberme prestado a hacer reír a aquellas alimañas. Pensé: un poeta no está para hablar mal de nadie y a mí, Celso, nunca se me hubiera ocurrido escribir contra una de las fuentes de mi inspiración. Las musas, que son expresiones femeninas, ¿acaso encarnan lo perverso? La mujer, aun poco considerada por nuestras instituciones y las normas al uso, ¿debe concitar la fama abyecta por el hecho de ser mujer? Y todos estos que están aquí, ociosos y gandules, pero muy atentos a sus negocios, ¿son precisamente ejemplos del buen obrar? Permanecí, pues, en silencio y ellos expectantes. Luego añadí: ¿sabéis, ilustrísimas, que Menandro murió ahogado en el puerto de su ciudad? ¿Cuál de los tres males que él había imaginado en un poema se lo llevó?

Temí que me expulsaran, pero un senador me echó una mano. Nos gustaría escuchar algo tuyo, ingenioso Celso. Una rapsodia épica, por ejemplo, pues motivos tienes para loar las hazañas de nuestros próceres. Esta sugerencia me puso en un brete, ya que algunos sabían que había combatido en las campañas septentrionales de nuestro emperador Claudio y no obstante los éxitos logrados por este mi espíritu no salió fortalecido. De hecho, ni siquiera llegué a escribir nada exultante de los hechos del César ni de sus generales, habiéndome limitado a algunas crónicas que nunca difundí demasiado pues en ellas el enemigo no salía malparado. Lejos quedan los tiempos de juventud ardorosa en defensa del Imperio, me justifiqué y, sinceramente, ya olvidé el oficio de las armas, que es tanto como decir el oficio de la sangre. Leves murmuraciones. No obstante mi tono templado no pude evitar definirme y hubo entre los convidados quien se exaltó. No debe dar vergüenza a un soldado haber batallado por su patria, dijo un duunviro responsable del mantenimiento de la flota, pues de antemano sabe que no hay sangre vertida en vano. Y además un soldado que estuvo en ejercicio sigue siéndolo siempre a lo largo de su vida aunque no participe en batallas, afirmó con dureza. Estos argumentos ya los había escuchado infinidad de veces y ante su mirada, entre despreciativa y condenatoria, opté por callarme. Uno de los anfitriones salió en mi defensa, si bien de manera sarcástica. El otrora guerrero es hoy un bucólico cantor de la paz y del amor, dijo un sobrino de la discutida Popea Sabina, de cuya belleza así como de su mala suerte nadie se había olvidado. Lo único que sabe verter son palabras que seducen a las ninfas y que aderezan con melancolías los recuerdos de los ancianos, apuntilló.

El efecto del abundante vino y la lujuria que algunos de los presentes manifestaban, pues ya se les veía urgir la asistencia de favores, bien femeninos o masculinos, me hizo ser precavido. Para que no se precipitase la tensión que yo había propiciado, el culto senador Lucilo Terencio encauzó la conversación. Poeta pompeyano, ¿te consideras acaso un intermediario entre todo lo que hay en la naturaleza y los oídos que exigen la interpretes? ¿No te parece que cualquiera de las cosas que existen, sean movidas por el bien o por el mal, deben ser objeto de la exposición de un rapsoda? ¿Ves la poesía como un grado de perfección en lugar de una expresión de los sentimientos más profundos? Aquí todos piden con avidez de ti otro tipo de palabras para que les entretengas, pero creo que han llegado a un punto en que tampoco te entenderían. 

Esto no es el foro y menos el senado, tronó una voz aguardentosa al fondo de la sala. Más invitados asintieron con aspereza. Mejor que se dé paso a otros cuyos entretenimientos placenteros hacen pensar menos y actúan más sobre nuestros cuerpos. Aquella voz me salvó de entrar en polémica y todos, desde sus triclinios, extendieron con euforia las copas chorreantes.



(Estatua de Fauno en la Casa del Fauno, de Pompeya)


martes, 2 de febrero de 2021

Moreau y la trompeta de Davis me dejan sin palabras

 



Y es que hay búsquedas infructuosas y lenguajes melancólicos que no se encarnan en las palabras.





(Vídeo: De la película Ascensor para el cadalso, dirigida por Louis Malle)

sábado, 30 de enero de 2021

La que sirve

 



Me criaron desde niña para el servicio. Me veían hábil, solícita, con disposición ante cualquier requerimiento de los señores. Cuando llegué a la pubertad Flavia Constancia, mi ama, me habló amable pero firme. Es mucho lo que pones de tu parte, Acantha. Y aún valoramos más que tomes iniciativas. Eso nos gusta a los de la casa y deslumbra a los visitantes. Pero advertida quedas: sobre todo intenta ser muy discreta. Veas lo que veas, oigas lo que oigas, ni habrás visto ni habrás oído. Toda una declaración de principios, acerca de la que ya me habían puesto sobre aviso otras sirvientas y, sorprendentemente, el hijo díscolo de Flavia. 

Este joven, Cornelio, era un poco mayor que yo. Saltándose las reglas y las distancias de su clase vivía en una constante aproximación a nosotras las doncellas. En parte participando en los juegos, pero también comportándose, en la medida que no le censurase nadie, como un advenedizo cooperador de algunas de nuestras tareas. No le gustaba que le atendiéramos. Ya tenéis bastante con ceder a los caprichos de mis padres, nos hacía saber. Yo procuraré por mí mismo. Uno debe ser dueño y criado a la vez. Este, ¿es uno de ellos o uno de los nuestros?, decía con ironía Temis, la sirvienta más avezada, que suspiraba por aquel efebo perfecto al que no debía intentar acceder. 

No está bien que lo cuente, pero a estas alturas nada del pasado puede resultar ya transgresor. Algunas veces observábamos a escondidas el descanso de Cornelio, admirando su desnudez intachable. Pero aquella noche densa y encendida formamos todas un cuerpo apiñado y único de mujer.  ¿Qué parte de él elegiríais?, murmuró Temis, mientras las demás nos debatíamos entre la risa contenida y el placer que nos causaba la visión del muchacho. Yo, su hermosa cabeza, con esos cabellos que le dan un aspecto salvaje, dijo Phoena. Pues su torso tiene unas medidas que parecen más propias de las antiguas esculturas de nuestra tierra, apuntó Persis. La esclava nubia, cuya atezada oscuridad de piel la hacía pasar más desapercibida y se atrevía a acercarse más al durmiente, no vacilaba. Si no fuera porque su color es rosáceo yo diría que su falo no desmerece de los que ostentan los hombres de mi tribu. Galia extendió simbólicamente su mano en dirección a los brazos del durmiente. Esos brazos tienen que ser una tenaza de triturar, susurró lasciva. Al final era siempre Temis quien ordenaba el juego de los deseos indiscretos. No le desmenucéis, dijo. Conservadlo entero por si se encapricha con alguna de vosotras. Y tú, Acantha, soltó de pronto poniéndome en un compromiso, ¿lo tomarías entero o en porciones? Yo, que no sabía cómo contemplar, y menos cómo calificar, aquel cuerpo ideal, me sentí cohibida. No sé, a mí este no me parece Cornelio, dije con timidez. Todas rieron contenidamente, mientras nos íbamos retirando de nuestros puestos de observación clandestinos. 

Allí quedó tendida aquella copia íntegra de Apolo. Crucificado y doloroso como un reo a punto de ser sacrificado en sus sueños. Extendido en sus palpitaciones crecientes, descarado en su virilidad inoportuna, flotante en una aérea corriente que nos agitaba a todas. ¿Soñaría con lo vivido o anhelaría experiencias que no habían rozado aún su carne? A este lado de sus ensoñaciones, ¿se articularían todos sus miembros para iniciar una correspondencia con otros cuerpos? ¿Era ese estado onírico el que le dictaba caprichosamente el modelo de entrega que debía perseguir? Ninguna de nosotras era capaz de alejarse renunciando a la mirada. Persis tropezó con la puerta y temimos no tanto ser descubiertas como interrumpir la exultante y creativa desnudez del muchacho. 

Creo que fue al día siguiente cuando noté que Cornelio me miraba con un interés diferente. Me llevó aparte y me habló. Hasta ahora vengo siendo cómplice de todas vosotras, salvo cuando tengo que mantener las apariencias ante mis padres. Pero después de los sueños de esta noche tengo la sensación, o mejor dicho, la convicción, de que eres tú la que sostiene una complicidad distinta conmigo. Mantén ese puente, Acantha, no estamos tan alejados el uno del otro. Yo me quedé confusa y no comenté nada a las demás. Aquel puente tendido duró varios años y sobre él atravesamos juntos valles y promontorios, con honda y sincera satisfacción para ambos. A espaldas de sus padres y para envidia de mis ofuscadas compañeras.

En la distancia transcurrida una cree saber lo que es un hombre, lo que puede ofrecer y lo que nosotras podemos necesitar. Eso me llevaría a hacer consideraciones discutibles y difíciles. Recordar aquel tiempo de entusiasmo se me hace ahora más pungente. Acaso sea debido a las noticias funestas que me llegan sobre lo acontecido en las poblaciones cercanas al monte de fuego. O tal vez porque utilizar la memoria en el ejercicio de lo perdido es siempre más lacerante, si bien nunca inútil.





(Fresco de la Villa de los Misterios, de Pompeya)

jueves, 28 de enero de 2021

La que enseña

 


Ahora que soy tan mayor me acechan los recuerdos del lejano pasado, más resentidos aún por las noticias que llegan de la desgracia acontecida en mi adorada ciudad de acogida. Fui la preceptora de Aulo el hijo de Fabio Rufo, miembro notable de la Curia capitalina. Mis conocimientos, aprendidos en la lejana Pérgamo, me fueron útiles en la vida de éxodo forzado. Mi actitud, algunos dicen que aptitud, para enseñar siempre la percibí satisfactoria. ¿No hay algo más motivador que además de seguir aprendiendo para ti misma puedas transmitir a otros tus saberes? El noble Fabio Rufo me encargó la enseñanza de las artes de la escritura, la interpretación de los textos leídos, las técnicas del cálculo y la disposición de los volúmenes de los objetos a su pequeño y protegido hijo. No obstante, puesto que compartía mis ideas respecto a la conducta que un hombre debe tener en la vida, y viendo que en modo alguno mi criterio iba contra las leyes del Imperio, confió rápidamente en que inculcara en su hijo algo más que sólidos conocimientos técnicos. La solidez de una conducta adecuada y el ejercicio del saber manifestarse y compartir es más consistente, solía repetirme.  Cuando tomó aquella decisión, que a mí me llenó de orgullo íntimo, y que cuidé de preservar, algunos le dijeron: ¿Cómo, Fabio? ¿Encargas a una mujer la instrucción de tu hijo? ¿Acaso no ves que puede ejercer sobre él una influencia de por vida? Pero el noble senador salía en mi defensa, que además era la suya propia. Confío en la sinceridad de Teófila y en su habilidad para explicar los conocimientos. Respaldo su buen entender acerca del talante que un individuo debe sostener en esta vida, si no para ser absolutamente feliz, sí al menos para sobrellevar con temple cualquier clase de vicisitud, sin que caiga en la afectación y el desánimo. Además, os diré lo que compartimos la mujer griega y yo. Las mismas enseñanzas recibidas de nuestros padres. Le replicaban con turbia intención: ¿Tal vez la oratoria? ¿O acaso el Derecho? ¿O bien la organización de los bienes, propios o ajenos? Y alguno más malévolo, además de zángano, cuyo odio a las mujeres le resultaba difícil de ocultar: ¿O puede que las mañas de la maquinación?  Entonces mi señor zanjaba la imprudencia de aquella gente. Es más sencillo, amigos míos. Ella y yo, de padres diferentes, de orígenes distintos, de territorios alejados entre sí, de condición de clase tan opuesta, coincidimos en los mismos dones. Que nuestros mayores nos enseñaran a leer, a escribir, a escuchar. Todos le miraban con cara de conmiseración e incluso de cierto desprecio. Él matizaba. Y sobre todo, que nos enseñaran a madrugar. Y lo decía con tal aplomo que ninguno de los que habían tratado de ponerle en un brete era capaz de abrir la boca. De alguna manera aquellos se sentían víctimas vergonzantes también de un reproche oportuno.





(Fresco de la gran sala de la Villa de los Misterios, de Pompeya)

lunes, 25 de enero de 2021

El desgarramiento

 


Me he arrancado los ojos para no ver lo feo, la garganta para no proferir exabruptos, los conductos del oído para que no me llegue ni ruido ni música celestial, la mandíbula para que no tirite cada vez que el humor me pone de perros, la nuez para que no haga ostentación de una virilidad envejecida, un hemisferio del cerebro para no sentir, otro hemisferio para no pensar, uno de los dos lóbulos para que la imaginación no sea sacrificada a la nefasta influencia mediática, el corazón para que no brinque y me engañe con sus latidos tramposos, el hígado para que la hiel no me amargue más, las tripas para que cesen las evacuaciones no deseadas, los genitales para que no me inciten a una erección insensata, los riñones para que no se crean por más tiempo hontanares purificadores, los brazos para que no traten de asirse a lo que no sujeta, las piernas para que no hagan el paripé de que aún hay recorrido, y ¿qué queda de mí?, pues supongo que un deshecho tras el cual vendrán otros deshechos, pues es sabido que el que abre camino arrastra con la flauta de la desilusión a otros perturbados como yo, que saben que apenas hay sitio para la cordura en un mundo de necios.  

(Este sueño, decorado con literatura barata, me ha desbaratado la noche)




(Escultura de Bernardí Roig)

jueves, 21 de enero de 2021

El grafiti de la maldición





¿Has visto lo que está escrito en esa pared tabernaria? Que quien ame prospere, que muera quien no sepa amar. Y que muera dos veces quien prohíba el amor*. ¿No te parece divertida esta imprecación, Lucrecio? Parece la invocación de un sátiro, pero seguramente es cosa de los que frecuentan el lupanar de Priscila, opina Holconio, su amigo de aventuras y desventuras. Y añade: ¿Te parece que es ahí donde se puede encontrar lo que  vitorean? Lucrecio se lo piensa. Depende. Hay quien concibe el amor como desahogo y quien lo persigue como compromiso, que es tanto como padecimiento. Sin duda el primero es más llevadero, intenso en sí mismo pero libre de ataduras. Holconio: No cambiarás en tu sarcasmo razonado, pero a mí me hace pensar el escrito. ¿Hasta qué punto hay que desear el mal al ignorante? Entiendo que a aquellos que van por la vida prohibiendo a los demás ser mínimamente felices no les aceptemos. Se merecen lo peor. Pero quien no sepa amar, ¿acaso no tiene alguna clase de salvación? Tal vez no sabe porque no ha tenido suerte. O porque no ha permitido ser amado, salta Lucrecio. El que pone vetos a las oportunidades o no acepta la aproximación de otra persona alimenta su propia ignorancia. Y pienso: ¿No será que esos individuos se quieren de manera tan ciega a sí mismos, o eso creen, que no son capaces de abrirse a los demás? ¿Qué pueden perder? De ahí a ser un enfermizo solo hay un paso y más adelante se perturban y puede que incluso afecte a otros su comportamiento. Holconio no está por entrar en una discusión envolvente y cambiar el rumbo de un paseo que venía siendo recreativo. ¿Es posible que una simple gamberrada de palabras en una pared nos lleve a tantas conjeturas? Lo evidente es que quien la ha plasmado ahí estaba cargado de euforia, el muy ingenuo. O bien hace propaganda de Priscila y sus vestales, dice con ironía su compañero. ¿Probamos a ver si sabemos o a ver si prohibimos? Y el otro: podemos probar a prosperar. Ambos se confunden en una carcajada desenfadada.




(* Grafiti pompeyano: Quisquis amat valeat, pereat qui nescit amare. / Bis tanto pereat quisquis amare vetat

Imagen: Fresco de la Casa de Lucio Cecilio Iucundo, en Pompeya)

martes, 19 de enero de 2021

El esclavo y las horas

 



Carta del esclavo culto Heraclio de Naxos a su amigo Téros, empleado en Praeneste.

"Han traído un nuevo hemisferium al foro. No sé para qué quiere saber las horas la gente acomodada que va a reunirse allí. Si todas las horas son suyas por nacer en buena cuna o por robárselas a otros. Si sus retrasos se los perdonan a sí mismos. Cuando no llegan a tiempo la culpa nos la echan a los esclavos. Precisamente a los que ya tenemos el tiempo menguado. Las horas verdaderas, las sufrientes, son las nuestras. Horas oscuras, horas vendidas. No nacimos para disfrutarlas sino para padecerlas. ¿No está clara la diferencia? Siempre dispuestos a servir a los amos. Siempre atentos a sus mandatos. En guardia ante sus caprichos. ¿Y qué nos conceden a cambio? 

Algunos de ellos son diligentes y toman la iniciativa sin abusar de nuestro trabajo. Pero otros parece que necesitan que estemos detrás, como su sombra, para organizarles la jornada, proporcionarles servicios, satisfacer sus demandas. Sin que intervengamos en sus negocios ni en sus decisiones. Exigiendo que seamos reservados y prudentes. Guardianes de los secretos ajenos. Ni ver ni oír ni hablar es la norma. Y por si no fuera suficiente ahí queda la tropelía de algunos señores que utilizan a sus esclavos para que estén día y noche vigilantes de las horas, a la intemperie incluso. Rendidos a cualquier ocurrencia o antojo de los señores.  

Pero nada nuevo te digo y agradezco aceptes mis desahogos. Difícil ir contra las dos condiciones de hombres que existen, como viene siendo desde siempre. A nosotros nos ha tocado en la que estamos. ¿Se puede hacer otra cosa? Como mucho esperar. Tantos hermanos de infortunio han intentando alguna vez rebelarse. sin éxito. Así que he ido renunciando a muchas intenciones. Me di cuenta de que ciertas ideas eran peligrosas para mi propia supervivencia. No obstante, ¿cómo ocultar que me produce envidia  y odio no pertenecer a la clase de los hombres libres? Sí, tengo celo y rencor de esa gente que tiene poder y riqueza, la mayor de la cual es disponer con libertad de su tiempo. No acabo de asumir del todo mi condición aunque a mi edad debería resignarme. Me queda una suerte de resistencia íntima, acaso inútil. Pero por otra parte no debería quejarme como aquellos que se hallan en peores condiciones y son tratados con infame desconsideración. He tenido fortuna hasta el momento, pues hay personas inteligentes en el mundo de los ricos. Con un carácter firme y exigente, sí, pero también con visión y conocimientos. Incluso con actitud emprendedora. Receptivos al criterio ajeno. Audaces al valorar y tomar en consideración propuestas sugeridas por sus esclavos. 

Dirás que sigo manteniendo las mismas quejas que cuando me conociste, Téros. Sin embargo puedes comprobar que ya no soy aquel disparatado joven que solo apreciaba su vida si lograba superarla. Arriesgando en el intento. El tiempo, que en realidad es decir tanto como lo vivido, me ha templado. Y aunque nunca he abandonado la idea de ser otro el cansancio ha hecho que perdiera la aspiración colectiva de todas las ilusiones emancipadoras. Creo que me comprenderás.

En lo que concierne al presente mi amo, que es de esa clase de pudientes que no hacen ostentación de sus bienes, me ha consultado con frecuencia, pidiendo máxima discreción, acerca de tomar decisiones en su vida privada o en sus comercios. No por eso se le debe calificar como pusilánime o inseguro. Más bien es precavido y sabe que mi vida ha estado repleta de azares y dificultades, y que ello me ha proporcionado saberes. Él gusta de utilizar también mis saberes. Yo le respondo con satisfacción cuando departe conmigo sobre algún tema que le confunde. Le indico, le discuto, le sugiero salidas. Que tengamos discrepancias al debatir un problema que es de su interés resulta fructífero. En esos momentos no me considera esclavo sino amigo. Eres mi consejero secreto, Heraclio, me dice con frecuencia. Como  me tome la libertad de replicar que me siento muy reconocido pero que me gustaría no ser esclavo él sentencia: calma, te premiaré pronto. Hasta la fecha. No pierdo la esperanza. Tal vez para los idus del mes sexto me depare una sorpresa. Hoy quiere que vaya con él a ver la columna de las horas, como empiezan a llamar a la última adquisición de la ciudad. Al decirme que le acompañe ha hecho en voz alta una reflexión. La mayoría de los ciudadanos, ha comentado, creen que el instrumento solo marca las horas de la vida apacible. Pero también cuenta la de la enfermedad y la de las catástrofes, la de la pérdida y la de la muerte. Algo que suele pasar desapercibido a los mortales, Heraclio. Y ha añadido: el destino dirá si ese hemisferium se presta a durar la misma eternidad que posee el tiempo. Eso me ha dicho y me he quedado intrigado. ¿Qué intuirá?

Espero noticias tuyas, Téros. Hazme saber si la edad y tu sabiduría, añadidas a la benevolencia de tus dueños,  te han proporcionado ya el estatus de liberto. Que los dioses te protejan mientras tú te cuidas de ti mismo."




(Reloj de sol en el foro de Pompeya)

sábado, 16 de enero de 2021

La que presagia

 


¿Has oído lo que va diciendo la loca? Escucho en el mercado una conversación ante la presencia de Fulvia, a la que se considera que vive en un desatino permanente. Todos estamos acostumbrados a verla por la calle, saltando y encarándose con la gente. Agita su vestido y se revuelve con su cabello enmarañado. Sus ojos rasgan las entrañas de los soberbios y acunan la tibieza de los pusilánimes.  Nadie le da más importancia. Es de la vecindad de toda la vida. Unos opinan que el problema viene de nacimiento. Otros que de un desamor. Quien conoce más a la familia culpa a esta de tenerla marginada porque no quiere ser como sus hermanas, a las que predisponen desde niñas a planes que no les permiten ni elegir ni oponerse. 

A mí me molesta que la llamen con tanta crudeza loca o bien la hechicera. Este último epíteto es reciente, pero se lo ha ganado porque desde no hace mucho le da por decir lo que le va a pasar a la gente. Juega a adivinar, en ocasiones a sentenciar. Muchos bromean con ella, tratando de ponerla en un brete. Dime con quién me engaña mi mujer, le espeta uno de los peores rufianes que siempre va rodeado de amigos tan vagos como él. Bien escrito tienes su nombre en los cuernos, le replica ella. Tulio, el de la vaquería, le paró el otro día cuando estaba rodeado de las mujeres que iban con sus cántaras a por leche. Cuando sepas la fecha de mi muerte avísame con tiempo para que tenga aún oportunidad de hacer feliz a una de estas. Las mujeres rieron su bravuconada. Fulvia simuló tomarle en serio. ¿Aunque sea una hora antes? Él afirmó. Pues yo que tú me iría preparando para satisfacer tu último deseo. Las risas mudaron en un silencio desconcertante. 

Es verdad que últimamente está muy extraña. Nunca se le había ocurrido decir tales cosas. Y hoy ha rebasado su comportamiento habitual y se encuentra fuera de sí. Comprad, comprad, que pronto os vais a quedar sin nada, ha exclamado en el puesto de Saturia, que vende los aceites más sabrosos de toda la costa. Al llegar a la fragua de Ulpiano ha soltado: no te esfuerces tanto en avivar los rescoldos, que fuego no te va a faltar. Al paso de los curiles, que se pavoneaban ante el templo de Júpiter no se le ha ocurrido otra cosa que increparles. Poned a salvo a los que amáis y liberad a los que sometéis, porque vosotros no tendréis salvación, se ha atrevido con descaro. Cayo Áureo, uno de los más ilustres patricios de Roma, que estaba de visita, quiso reprenderla pero los demás le detuvieron. Es la loca del foro, a ella se le permite todo. 

Fulvia se había dado cuenta que yo la venía observando desde hacía un rato. Llegó hasta mí. Tomé la delantera. ¿Vas echarme a las tinieblas exteriores?, le dije con bonhomía. Fulvia acarició mi barba y yo sentí que la palma de su mano me ponía alas. Su voz sosegada se ofrecía como la oscura premonición de una sibila. Escucha. Yo te aprecio. Y porque te aprecio te digo: vete. Vete de la ciudad. Oigo el rugido del viento sobre las nubes y siento el calor de la incandescencia bajo la tierra. Vete y cuando escribas desde lugar seguro cuenta que yo te previne. He quedado sumido en tal desazón que no logro interpretar qué habrá querido decir.





(Fresco de la Villa de los Misterios, en Pompeya)


jueves, 14 de enero de 2021

La que escribe (fragmentos del Diario de una pompeyana)

 



(...) Llevo varios días tratando de componer un poema sobre la vida apacible y el retiro a mi villa, pero lejos de sugerirme algo la tranquilidad que se disfruta aquí me sumo en la abulia. ¿Será que la poesía está reñida con la falta de actividad? ¿Tendré que estar sometida a la agitación cotidiana de la urbe imperial, a pesar de las conjuras y las difamaciones, para que mi labor sea fructífera?

(...) Hoy ha venido a visitarme Cayo, el recaudador de impuestos, a quien conocí en una celebración que dio mi tío Sixto, a propósito de sacar a la luz mis Epigramas eróticos. Ni le esperaba ni deseaba su presencia. Hay gente que se empeña en ser inoportuna o que interpreta mal al prójimo. Le he dedicado escaso tiempo, con la excusa de que tenía que preparar con los del teatro el montaje de una obra que la crítica demanda desde hace tiempo. Quería venir. ¿Será pegajoso? He huido por la puerta de atrás, la que da al jardín, y no me da vergüenza alguna. Yo no le había reclamado y más vale que se ocupe de su oficio y cuide no meter la mano en el erario, en prejuicio del Imperio y del mismo César. Que de todo se entera una.

(...) Como saben de mi facilidad en la escritura algunos amigos de Roma quieren que me involucre con ellos en animar sus conspiraciones. Les he dicho que no cuenten con ello. Que yo escribo por libre y que si me cuesta interpretar mis sentimientos, ¿cómo podría prestar mi cálamo ante lo que desconozco? ¿Para decir lo que algunos quisieran que dijese? Ahora que a las mujeres se nos considera más en el ámbito de las ciudades, ¿voy a apoyar tesis contra los gobernantes que nos favorecen? Escribir es tanto esforzarse como identificarse con una idea que te motiva. No me veo prestando el pliego en blanco a las exageraciones e infamias que algunos invocan, por muy amigos que sean. Es más, tal vez a partir de ahora me plantee si se merecen contar con mi amistad. Hay que escribir para arrojar luz y proporcionar placer.  ¿Qué sentido tiene hacerlo para emponzoñar situaciones y oscurecer aún más las mentes demasiado aviesas de tantos individuos?

(...) La nueva esclava africana me espía. Lo hace cuando escribo en el jardín. También por la noche. Es discreta y servicial, pero tiene una manera especial de estar pendiente de mí. Cuando se retira no lo hace. Me observa desde la penumbra de los rincones. Sus movimientos son imperceptibles pero sus ojos brillan en la oscuridad y la delatan. Sabe contener la respiración y permanecer inmóvil largo tiempo. Su olor es inconfundible. Me azora.

(...) Leyendo al filósofo su texto sobre la felicidad me aturdo. El placer, dice, justamente cuanto más deleita, se extingue; no tiene mucho espacio, con lo que enseguida se colma, y causa tedio y se marchita tras el primer arrebato. Eso leo y no puedo llevarle la contraria. ¿Habla el filósofo por hastiado o por anciano? Sin embargo, aunque el placer sea efímero, qué insensato aquel que lo rehúya. Entre lo efímero y la carencia elijo lo efímero. ¿Acaso lo breve no es intenso, aunque no sea medible en lo temporal?

(...) Días en que una prefiere dar un paseo a la orilla del río. Las viñas, adquiriendo su plenitud. Los chopos, arrullando los pasos. La corriente, juguetona. Me cruzo con otro paseante solitario. Nadie de los dos quiere cháchara y nos limitamos a una inclinación de cabeza. Como mucho una sonrisa cortés. Me olvido de todo. Ojalá todos se hayan olvidado de mí.

(...) Hoy me he acercado a los ensayos que realizan los cómicos con vista a entretener a los que han venido a disfrutar del buen tiempo. Quieren que les ayude a corregir algunos textos. También que les dé mis impresiones sobre su actuación. Con el libreto del autor griego no me ha sido difícil modificar algunas partes para que sean entendidas mejor. Sobre el modo de interpretar me he mostrado más rigurosa. No sabía qué decirles. Unos no pronunciaban con carácter. Otros no se identificaban lo suficiente con su papel. Cuando les he dado mi opinión se han desentendido. El público se va a reír igual, me han dicho. Pues entonces es que no saben reírse, les he soltado. Se han quedado un poco confusos. No me ha gustado estar dura, pero es que una no sirve para complacer. Quieren que vuelva mañana para que les saque del atolladero. Ya veré. 

(...) Noto al respirar un aire raro estos dos últimos días. Cuando se lo comento a mis criados me responden que soy muy sensible. Pueden hacerme dudar con otras cosas pero nunca con los sentidos.

(...) Fui en vano al encuentro de los cómicos. Cuando les señalo que van a lo fácil insisten en que lo que quiere la plebe es lo fácil. Pero traicionáis el alma de los autores que hicieron grande el teatro, les he intentado hacer ver. ¿O es que para vosotros lo cómodo es no esforzaros? Emporión, joven talento de la escena, me ha dado la razón. Escuchad a nuestra poeta, les ha reprendido a los demás, que no se casa con nadie. La comedia morirá si se queda en series chistosas. Para eso no hace falta montar representaciones. Las tabernas y las calles ya interpretan con grosería pero no ahondan en las razones que caracterizan a los ciudadanos. Otro actor con luces le ha apoyado. Quizás hay que replantearse el futuro del grupo o buscar textos menos endebles. ¿Qué opina nuestra poeta? Me he encogido de hombros, yo puedo echarles una mano, pero que sean ellos y sus tablas las que decidan.   

(...) He regalado mis perros a algunos libertos e incluso a un comerciante de paso. No aguantaba más verlos con la cadena puesta, cumpliendo un oficio para el que la naturaleza nos les crio. Y siempre esclavos del interés humano. Que los hados les deparen un futuro con mejor suerte.

(...) Me escribe Lucio, a quien trato desde hace tiempo. Sigue trabajando en los escritos del filósofo al que hace unos años incitaron desde instancias del poder al suicidio. Lucio había trabajado para él y ha conseguido estos últimos años recuperar obra que se creía desaparecida. Me dice en su misiva que le gustaría hablar conmigo de las ideas de su maestro. Y que no acaba de entender algunas de sus contradicciones. Si tenía talante para saber afrontar la vida con menos afectación, ¿por qué dejó que la política le perturbara hasta el extremo de obtener enemistades dispuestas a todo? Le he contestado que cuando quiera, pero que me diga con tiempo si prefiere venir aquí o que yo me desplace más cerca de la metrópoli. Me gustan estas propuestas inesperadas a pesar de que yo, desde mi recogimiento, tampoco busco.

(...) Me empecino en proseguir el poema. Pero cuando no son las moscas son los hijos de Flavio, que me asedian para que les cuenta alguna historia antigua. Y no sé decirles que no. El caso es que no logro concentrarme. ¿Para eso he venido a Pompeya?

(...) Flavio empieza a importunarme. Juega una partida peligrosa a espaldas de su esposa. Y lo lamento, porque Cecilia es buena amiga. Reconozco que no me asedia en exceso ni fuerza ninguna situación. Reconozco también que no me disgusta que se muestre interesado por mí, siquiera persiguiendo una aventura seguramente. Pero hace tiempo que no me atraen las correrías pasajeras. En la vida cotidiana acaso hubiera rebajado mi guardia. Pero no aquí, de vacaciones, donde solamente quiero tener paz y disposición de la mente para mis pensamientos. Sin embargo, Flavio es tan imaginativo, sabe utilizar con tanta maña el verbo para acercarse a mi personalidad y buscar un hueco donde afectarme. Por mi parte ejercicios de respiración profunda y no decidir nada a lo loco. 

(...) Día perdido. Mucha palabrería en el foro para no llegar a nada. Las otras mujeres con las que había quedado allí estaban de mal humor. Como veía que no había manera de entendernos con los representantes de la ciudad, con vistas a formar parte más activa de la gobernación, les he dejado plantados a todos. La falta de diálogo me atrofia. La cerrilidad a la hora de no ir al fondo de los temas me desanima. Y encima no he escrito ni una línea. 

(...) Esta noche he dormido mal. Me perseguían aún los debates frustrantes de ayer. Estaba cansada pero agitada. Un cosquilleo continuo me ha zaherido. Y en mi vela me ha parecido escuchar un ronroneo proveniente del suelo de la casa. Oh, lares, qué fortuna tener techo y familia y sirvientes y, sin embargo, no saber ser dueña de una misma. Al final me quedé dormida cuando iba a amanecer. No sé si es que no cantaron los gallos ni los pájaros o que el desasosiego pudo conmigo. Cuando me he despertado he tenido una sensación de extrañeza. Un humo inhabitual asomaba por la boca de la montaña. Los que han venido a casa lo han comentado. Creo que dedicaré el día a escribir sobre lo que me sugiere ese penacho. Qué caprichosa es la naturaleza.




(Retrato pompeyano, en el Museo Arqueológico de Nápoles)

lunes, 11 de enero de 2021

Aquella higuera tentadora

 


Cuando éramos niños íbamos a coger higos al huerto del abuelo Celio. Había varios de aquellos árboles frondosos donde podías escalar por sus ramas y hacer que permaneciera oculta nuestra pequeñez. Lo que más se afinaba allí eran nuestros sentidos. Uno a uno se ejercitaban dentro de un mundo que parecía creado para el aprendizaje. ¿Cómo olvidar la aspereza de sus hojas, que suscitaban en nosotros reacciones desiguales, de rechazo o de adicción? ¿Cómo no asombrarse ante su tamaño, inhabitual en otros árboles, y en las que simulábamos escribir como si fueran pergaminos? ¿Acaso se podía rechazar la invitación a la glotonería de aquellos frutos? De dulzor en dulzor hasta que nos salían morreras divertidas y rebeldes que nos proporcionaban tantas risas, pero que denunciaban nuestra gula. Y si soplaba el viento o arrancaba la llovizna, ¿no era admirable la fronda del árbol, cuyo movimiento apenas imperceptible nos resguardaba? Cuando tras un castigo huíamos heridos en nuestro amor propio, desconsolados por la incomprensión de los mayores, la higuera siempre nos esperaba, dispuesta no tanto a ocultarnos como a protegernos. Dichosos aquellos lares de la infancia, que siempre consideré un segundo vientre. Un refugio que alimentaba la quietud, pero también la camaradería, y en ocasiones las tentaciones. 

El huerto del abuelo estaba situado en la suave ladera de un pequeño promontorio, que algunos vecinos decían que había estado habitado en otras épocas y por otras gentes. ¿También tú, Domicio, has oído contar historias de moradores que habitan el suelo bajo nuestros pies?, preguntaba ingenua la dicharachera Sabina. Yo le respondía: ¿Cuáles has escuchado tú? Porque a mí me han contado que cuando la ciudad queda en silencio hay gente de otra civilización que toma el relevo de la vida de superficie. La chica afirmaba con la cabeza. Pues a mí me han dicho que una vez un extraño ser de ese mundo subterráneo había aparecido entre nosotros pero nadie lo reconoció porque no era tan ajeno a nosotros, sino que parecía uno más de nosotros. ¿Y hablaba igual? ¿Y se comportaba de la misma manera?, insistí. Casi, y Sabina se puso intrigante, pero los vecinos pensaron que sería algún griego o acaso uno de las provincias que hay al otro lado donde acaba nuestro mar. Si me vas a preguntar si se quedó a vivir para siempre aquí arriba te contestaré que nadie lo sabe.

Y así una y otra vez repetíamos los mismos cuentos, con nuevas caras y ciertas variaciones, en un esfuerzo inaudito por sorprendernos el uno al otro. Un día Sabina me contó que estaba enamorada de otro chico que vivía allí, justo debajo de las higueras, en el universo ignoto. Pero ¿debajo debajo?, pregunté incrédulo. No sé cómo lo dije, mas tuve celos y ella se dio cuenta. Pero tú eres tú y él es él, no tienes por qué preocuparte, se justificó. Muchas veces a lo largo de mi vida he pensado en la clave oculta de aquella ocurrencia de Sabina, dicha con ingenio y picardía. Seguro que sin mayor intención de molestarme. ¿No invocaba, sin querer, la libertad del individuo para decidir y compartir? ¿No manifestaba acaso que los sentimientos pueden repartirse sin exponerlos a competiciones o someterse a elección? ¿No decía, sin pretenderlo probablemente, que sobre todo uno tiene que ser fiel a sí mismo?

Pero aquel día Sabina debió detectar en mi rostro un mohín de tristeza repentina. Arrancó un higo maduro, lo peló de arriba a abajo con cuidadosa lentitud y me ofreció su pulpa gustosa. Prueba, debe estar delicioso, exclamó con una ternura imperativa. Lo compartiremos. Yo abrí la boca y ella, extendiendo sus traviesos dedos, dejó que mordisqueara el primer bocado. Cuánto catamos ese verano y los siguientes el uno del otro es un secreto que debo guardarme. Ni ella ni los bancales donde crecían las higueras ni su casa ni la mía sobrevivieron a la catástrofe. No logré aceptarlo fácilmente. ¿Me habría abandonado Sabina para refugiarse en otras profundidades? ¿Estarían a salvo los pobladores del mundo ínfimo que imaginábamos y que acaso fueron reales? De vez en cuando, si las incidencias de mi dedicación me turban y necesito ponerme nuevamente a salvo, busco en mis recuerdos el sabor de aquellos frutos que la estrenada juventud nos brindó. 




(Bodegón de la Villa de Popea, en Oplontis)

sábado, 9 de enero de 2021

Madrid, qué bien resistes. España, qué bien resistes. Goya, qué bien resistes.

 


Goya lo pintó todo. Desde distintos ángulos. Con distintas técnicas. Inaugurando géneros, visiones, formas. Penetrando. Desde santos hasta monarcas. Desde usos y costumbres hasta capítulos de historia sangrienta de España. Desde tauromaquias hasta sueños oscuros. De tal modo y tanto pintó que ante cualquier evento o situación extraordinario o cotidiano, me viene a la mente alguna obra suya. ¿Que están en candelero las disputas intestinas y cainitas del país? Ahí veo reflejado a este en el Duelo a garrotazos. ¿Que se trata de la presencia de la familia borbónica en vigor? Echo mano de La familia de Carlos IV y busco similitudes o acaso persigo diferencias. ¿Que saltan a la vista las deficiencias culturales? Me planto ente el capricho Si sabrá más el discípulo. ¿Que me obsesionan las barbaridades de las guerras que proliferan por el planeta? Miro su serie de Los horrores de la guerra. ¿Que observo el afán depredador y amenazante del ser humano, capaz de devorar al otro para sobrevivir él? Me extasío con horror, sin duda, ante Saturno devorando a sus hijos. ¿Que me acechan los fantasmas íntimos y obsesivos? Me consuelo con sus pinturas negras. ¿Que la cotidianidad de la lucha por la vida de la gente me inquieta? Me pongo a mirar La nevada. Es el caso para un día de nieve que empezó ayer, que hoy sigue -salgo apenas ahora a por la prensa y me azota la ventisca sobre un suelo nevado y peligroso- y que descoloca a las formas de vida de nuestro tiempo y de nuestros paisanos. 

Por lo demás, ¿qué decir? A aguantar el tirón. No caer en las redes de los imbéciles que ya estarán difundiendo insensateces sobre los males que acabarán con la civilización. Esos que juntan el maltrato al gobierno elegido, que no creen en los avances democráticos, que alzan sospechas apocalípticas ante el covid, o que ahora ya estarán quejándose de haber quedado atrapados en las carreteras. No me gusta demasiado invocar lemas de tiempos más difíciles, pero hoy pedir que se resista no es baladí. Resistir y organizarse. Resistir a las inclemencias, a la pandemia, a la sinrazón, a las costumbres insolidarias. ¿En cuantas comunidades de vecinos se les estará ocurriendo echar sal en su tramo de calle por iniciativa propia? ¿Que todo consiste en delegar en los medios municipales o regionales? Reflexiónese sobre ello. Pero sobre todo, contemplemos el fantástico cuadro del genial Goya -¿nos merecimos en este país un pintor de esta altura?- y asociemos ideas. Goya pintó como nadie la intra España. Lo que se mueve dentro, el magma, lo que no se cuenta ni se hace reflexionar en la eufemística educación reglada. ¿Cuántos se han dado cuenta de que parte de la obra goyesca, si no toda, es narración profunda -no relato de hechos y dichos- de la manera de ser y comportarse los paisanos? Así sufría él. Goya, qué bien resistes al paso del tiempo y de los que quisieran encasillarte.

  

miércoles, 6 de enero de 2021

La que mira

 


Mi amo Albio sigue conmocionado. Aturdido por la pérdida dice con mucho énfasis que ya no cree en los dioses. Que haber levantado tantos templos, para que ellos nos devolvieran a cambio el infortunio y el sufrimiento, no había servido para nada. Manifestaba así su enojo aunque su sabiduría hacía tiempo que le había convertido en un escéptico convencido. Cuando le hago ver que con que nos hayamos salvado ya hay suficiente consuelo me da la razón. No me preocupa tanto que las propiedades hayan sido devastadas por la ira del volcán como haberme quedado sin amigos, me replica, y que hayan sido secuestradas para siempre las bellezas que adornaban la ciudad. 

Por mi parte no hago más que pensar en la joven Claudia, hija adoptiva de  Juvencio, el asentador de abastos más próspero. ¿Habrá sobrevivido? A pesar de estar preservada celosamente por un padre absorbente y estricto nadie pudo impedir nunca que nuestras miradas establecieran una correspondencia que para sí quisieran las lenguas que se hablan en el Imperio. Cuando yo acompañaba a mi señor Albio a los festines que se celebraban en casa de Juvencio ella se las ingeniaba para que yo recabara su atención. Joven de mi edad, parecía destinada a que los suyos previeran su futuro con algún rico comerciante que garantizase seguridad no solo para ella sino entre familias. El negocio es la fuente del amor, decía entre carcajadas el asentador a los babosos opulentos que acudían a su casa para tratar de acceder a Claudia. Los que más la demandaban hacían confidencias a Juvencio de esta clase: no tienes que poner dote alguna, ya es bastante dote la belleza y armonía de tu hija.

Mi amo no ignoraba los contactos visuales que establecíamos ella y yo, pero me aconsejaba disimulo. Un criado no tiene posibilidades en público, y no debe pensar en un futuro. Pero ya llegará el momento en que podáis encontraros clandestinamente, me decía. De momento, que otros vean que permaneces servicial conmigo, y no te dejes afectar por los moscardones que quieren hacerse merecedores a la oferta de Juvencio. 

Claudia debía saber de mi trabajo como escribiente de Albio y tal vez esperaba de mí que las habilidades que me caracterizaban se las hiciera llegar a ella también en forma literaria y reservada. Sabedora de las dificultades, que nos pondrían a los dos en un aprieto, y también a mi amo, no se resignó. Aquella adorable y discreta muchacha, ¿cómo se las arregló para poner en práctica una lengua de signos tan precisa como efectiva que alentara nuestra complicidad? Tanteos distantes al principio y más tarde sugerencias encubiertas e incluso íntimas, sin emitir una sola palabra. Era tal el arte y la prudencia de Claudia que nadie podría haber dicho que sus gestos me estuvieran destinados. Quienes coreaban sus encantos y trataban de aproximarse a ella podían pensar que sus movimientos les estaban dirigidos a ellos. Buena treta por parte de Claudia. Sin embargo yo percibía que cuando se echaba para atrás la palla o se aligeraba la estola o se soltaba los cabellos sin dejar de mirarme estaba describiendo apetencias que yo no sabría corresponder al instante. Ni ella quería una actitud por mi parte que traicionase su osadía. Le bastaba con que me entregase a observarla. Con que yo abriera mi rincón de afectos y de deseos para que los suyos pudiesen confluir conmigo. Cautelosa y hábil traía entonces a mi embobada atención proposiciones encubiertas para que yo las madurase. El modo de inclinarse a medio lado en el triclinio, zarandeando uno de sus pies, por ejemplo. O cuando se incorporaba con coquetería alzando su torso para que los pechos se insinuaran oferentes. El ágil ejercicio en ajustar los pliegues de su túnica interior, trenzándolos con los dedos parsimoniosamente. Y sobre todo ese instante en que alzaba la copa vidriada hacia el cielo, que los circundantes interpretaban como una dedicatoria de agradecimiento a las divinidades del hogar, y que yo recibía como un homenaje báquico que solo los iniciados en los placeres, o quienes desean ardientemente iniciarse, saben reclamar. Pero cualquier movimiento de Claudia se hubiera apagado si no sostuviera a su vez una mirada prolongada, plena de agudeza. Sus ojos, que rehuían cualquier otro tipo de miradas, sobrevolaban la estancia transmitiéndome destellos húmedos, susurros atrevidos, confidencias candorosas. 

Ah, Claudia, al recordar ahora reconozco que me atrapabas y yo disfrutaba en mis ensueños con tu lengua fecunda de señales inequívocas. Me invitabas a un enlace cuanto más imposible más profundo. Y ambos, deseando que llegara la hora en que pudiéramos encontrarnos para avanzar un lenguaje más tangible, permanecíamos arrobados. Lo efímero de la travesía puede tener la altura flexible de una pértiga y la largura precisa de una jabalina. ¿Qué habrá sido de ti? ¿Te habrás salvado o habrás enterrado tu mirada en el ígneo furor no deseado de la lava?

 


(Pintura de la Villa de los Misterios, en Pompeya)