jueves, 25 de febrero de 2021
El que alardea
lunes, 22 de febrero de 2021
Triste fotografía, sin días azules ni sol de la infancia
viernes, 19 de febrero de 2021
El director de la compañía exhorta a sus actores
No, no es así. Con más énfasis. La máscara hará el resto. Pero primero tenéis que empaparos de lo que escribió el griego. El director de la compañía se esfuerza con voz enronquecida en las explicaciones a los actores. Estos sudan, se agitan. Algunos ponen caras contrariadas. Por enésima vez se detienen en el ensayo y vuelven a repetir. El director no les da tregua.
Captad el sentido de lo que habéis memorizado. De este modo la memoria dará paso a palabras análogas, si habéis olvidado las originales, que mantendrán el significado del texto. ¿Decís que solo se trata de recitar coralmente una obra que ha quedado anticuada? En absoluto. Cada obra reclama un cuidado especial, aunque sea antigua. Además ninguna de las tragedias ha perdido valor. ¿Acaso ya no existen las ambiciones humanas? ¿Han mermado las pasiones? ¿Ya no existen los defectos? ¿Se ha conjurado para siempre la muerte? ¿No se padecen ya infidelidades y traiciones? Si no entendéis, preguntad. Debéis comprender bien el alcance de las palabras. Porque son mucho más. Un actor que no percibe el significado de las palabras no es un actor, aunque se mueva por la escena o vocee o gesticule.
El director bebe de un cuenco un trago de agua fresca y mira sin acritud a toda la compañía. Varios actores comentan entre sí. ¿Es una reprimenda o una lección?, tratan de dirimir, sabiendo que ambas actitudes suelen ir vinculadas y ya están acostumbrados a ellas. El director ha hecho la parada a propósito para que ellos intercambien puntos de vista y se ayuden en comprender lo que les dice. No es mi estilo destapar la caja de los truenos contra esta gente ducha en el oficio, piensa. Pero no puedo permitir que relajen el esfuerzo y menos el interés por la perfección. Puede que quien aspire a la perfección nunca la alcance, pero al menos es un acicate. La vida, y en este caso el espectador, es muy exigente y no perdona fracasos. Decide volverse más didáctico hacia el auditorio de actores. Como si estuviera reescribiendo y a la vez interpretando un monólogo solo para ellos.
Vosotros sois intermediarios entre la historia narrada y el público. El público no ha leído nada y muchos han visto poco, así que viene aquí para leer y ver la vida que hay tras una historia con nosotros. Y lo hace de dos maneras. Siguiendo vuestra entonación y no perdiendo de vista cada uno de los ademanes y quiebros. De ello depende que lo que dice la obra influya y sea valorada por los espectadores. Además, y aquí ensalza la labor de los intérpretes, vuestra interpretación va a empujar la calidad de la obra que el autor escribió. Las palabras tendrán valor para el público si a vuestra dicción la acompañáis con un tono adecuado. Y entonces, sí, el ejercicio de vuestros cuerpos ocupando el proscenio rematará la fuerza de la representación. El público quiere identificarse con lo que decimos. Esa es siempre la intención de un autor y nosotros no podemos traicionarla.
Se escuchan murmullos y afirmaciones de cabeza. El orador continua enardecido por su propia disertación porque además percibe que es seguido y lo que dice está teniendo eco. Pero el público no es tonto. A veces también se entera, por lo que cuentan anteriores espectadores, de qué va la obra y se muestra exigente. Espera no quedar decepcionado. Muchos llegarán condicionados por lo que les han dicho o por lo que ellos imaginan. No hay que darles margen para que interfieran con sus quejas. Tomad la iniciativa siempre. El tiempo de la representación de una obra es solo de nosotros los actores. Mientras la llevamos a cabo el resto del mundo se detiene. Ni el César, si apareciera por aquí un día, tendría licencia para imponerse en este recinto. Con esta ocurrencia el director ha logrado arrancar una carcajada curativa a todos los comediantes. Tiene recursos o los genera sobre la marcha. Son muchos años de mal vivir por los caminos del Imperio y se sabe inmerso en un aprendizaje sin fin. No quiere insistir más en la arenga.
Además, mis queridos y admirados histriones, ¿vais a dejar a los pompeyanos insatisfechos? ¿No se merece el autor el reconocimiento de la gente de esta ciudad? Si fallamos, ¿qué irán diciendo de nosotros por ahí? ¿O preferís enfadar al monte soberbio que preside esta ciudad?
La carcajada general sonó a blasfemia. La obra iba a representarse al día siguiente y aquella tarde los animales de patios y corrales se mostraban desconcertados.
(Fresco pompeyano del Museo Arqueológico de Nápoles)
miércoles, 17 de febrero de 2021
Zaki en su paraíso
Siempre recordaré tus tés y tus sensibilidades palestinas. Nuestras distancias -esos afanes tuyos discretos como imán de la comunidad musulmana y mis incredulidades sobre cualquier tipo de fe- nunca dificultaron las amigables charlas. Todo lo contrario, pues tu actitud apacible y prudente lo facilitaba. Aún me parece verte descansando en uno de los bancos de la vecindad o camino de la compra a la tienda. Espacios callejeros en los que en tantas ocasiones pegamos la hebra. Te reclamaban las autoridades de la ciudad para cualquier mediación o evento conciliador, potenciado desde la Asociación Avicena que habías creado. Fomentaste el dar la cara cuando el terrorismo islamista agredió a ciudadanos inocentes. Ahora te ha tocado partir para tu paraíso. Celebro haberte conocido, Zaki Mahmoud Ivrahim, Zaki Zayed para los amigos, y haber disfrutado de tu bonhomía y una mente abierta y dialogante. La aversión y el rechazo que mostraste a cualquier manifestación de violencia fanática, cada vez que la barbarie sacudía las sociedades, la aprecié mucho y me ayudó a distinguir un poco los ámbitos complejos de las creencias y de las culturas que desconocemos.
Te dedico un cuarteto de Omar Jayyam, al que acaso leíste alguna vez, que dice:
Los de mayor saber y mejores maneras / la reunión de sabios con su luz alumbraron; / no hallaron un camino hacia el día en la noche, / solo contaron cuentos y después se durmieron.
Hondo y a la vez claro el pensamiento del científico y poeta persa. Es la vida misma.
domingo, 14 de febrero de 2021
Los rostros de la fascinación
¿Fue la sorpresa o el espanto? ¿Fascinación o estremecimiento? ¿Y por qué no ambos? La presencia imprevista del joven Vibio me turbó. ¿Desde cuándo entras así, sin previo aviso, en la estancia de una matrona?, me molesté, obligándome a pararle los pies. Si pretendes poner en duda mi virtud errarás. Si vas a ir difundiendo por ahí que contemplaste mi cuerpo de noche, correrás el riesgo de caer en la difamación. Vibio se quedó entonces lívido, limitándose a mirarme, pero yo veía que en sus ojos no había mera curiosidad. Se trataba de una expectación más tendenciosa, que acaso pretendía llegar cual lejos yo le permitiera. Opté por la regañina, obviando su formada constitución viril. ¿No te basta con aproximarte a las chicas de tu edad?, le dije enfadada. ¿O ellas son poco para ti? Me sentí mal por reprender a Vibio, al que había visto crecer y jugar con mis hijos. Y mis propios argumentos eran un tira y afloja, como si por una parte me sintiera halagada por su actitud osada y por otra buscara frenarle para evitar la catástrofe. Al cuestionar sus tendencias hacia la mujer madura, ¿no le estaba provocando? Al recomendar que se limitara a los cuerpos más acordes a sus aún tiernos años, ¿no le menospreciaba? Su actitud pasiva me intranquilizó. No dio muestras de turbación alguna. Permaneció en el umbral, sujetando con sus manos las jambas, advirtiendo a través de su hercúlea postura que se ofrecía como un don que no debía ser rechazado. Vibio descarado, le increpé, ¿por qué tratas de torturarme con tu oferente porte? Yo era consciente de que mi irritación no la respaldaba con un rechazo contundente. Me manifestaba blandengue y dubitativa, algo que él podría interpretar como una lenta cesión. La corriente de la habitación, abierta de par en par para paliar el bochorno de la noche, agitó la gasa que me envolvía. Me sentí más leve pero me aturdí. Arrastrada por el viento ligero que se había levantado permanecí en silencio, sabiéndome mirada con toda la aguda intensidad con que un joven fija sus ojos en una mujer, mientras me acercaba a la ventana. A lo lejos la montaña, grandiosa y me pareció también que más petulante que nunca, brindaba una belleza mistérica. Hablé a Vibio de espaldas, como solo hablan los pensamientos entre sí cuando nos rondan interiormente. ¿Por qué lo más bello es lo más enigmático? ¿Por qué desconocemos lo que hay en el interior de la hermosa y complicada manifestación de la naturaleza? ¿Por qué las fuerzas ocultas se contienen hasta un límite en que no es posible impedir que broten desmesuradas? ¿Por qué solo la desnudez nos vincula como ninguna otra cosa a la materia y a sus elementos?
La vi a distancia al fondo del pasillo. La puerta permanecía entreabierta y me acerqué. No sé si fue descuido o intención por su parte. Es verdad que la noche no había traído frescor al interior de las casas. Lucrecia permanecía de perfil, apenas cubierta por una seda casi transparente. Se había deshecho el moño y era como una vestal a la que los años no la habían ajado en absoluto. Al adivinar con tanta claridad aquel cuerpo soberbiamente moldeado daba la impresión de ser la modelo de un tallista heleno. Nadie diría que hubiera paridos tres hijos, los cuales se contaban entre mis amigos. Sé que abusé de la confianza en que me tenía la familia recorriendo la vivienda que había conocido desde niño. Puedo asegurar que no tuve mayor pretensión que contemplar aquel ejemplar de belleza perenne. No se había merecido por parte de los dioses sino una considerada preservación que, sumada a su particular talante amable y comunicativo, prolongaban una especie de activa madurez juvenil, si es que ambos términos pueden manifestarse al unísono sin repelerse. No sé si Lucrecia comprendió mi entregada pasión o si desvirtuó mis pretensiones. Sobraban las explicaciones porque mi quietud en la puerta de su cuarto solo era observadora o, mejor dicho, admiradora. Yo sabía mirar, no lo hacía como muchos, que dirigen su vista hacia todas partes pero no captan nada. Conocía la casa, pero quería conocer, siquiera prudentemente, a la mujer de la noche. Quería ver el rostro oculto de la exultante madurez de aquella matrona cuidadosa y circunspecta. Quería indagar en la armonía entre un cuerpo atemporal y una sabiduría floreciente. ¿Que yo tenía sublimada a Lucrecia? No digo que no, pero bien saben los lares de aquel hogar que me acerqué a su presencia como un devoto respetuoso. Como un peregrino llegado desde los orígenes de la ignorancia. En ningún momento me molestaron sus justos reproches. Hablaban a favor de ella. Pudo haber llamado a un vigilante, pero no lo hizo. Aprecié su discreción, alabé su disposición a ceder a mi búsqueda. Cuando ella reflexionó en voz alta mientras contemplaba a Vesubio sentí el estallido de una satisfacción íntima. Me sentí incitado a estar a su nivel, aun abusando de la pedantería ordinaria de los años jóvenes La belleza tiene varios rostros, dije arriesgando una opinión que ella, culta y experimentada, podía echar por tierra. No se encuentra solamente en un cuerpo o en la manera de ser o en el mundo de las ideas. Pero a veces coincide en todo ello, mostrándose como el triunfo del azar. Como cuando atraviesa un cometa el cielo y nos sorprende con sus presagios. Entonces, una efímera circunstancia nos hace ver de un golpe cegador, aunque no lo interpretemos, toda la potencia contenida en el alma humana. Y caemos fascinados.
(Fresco de la Casa del Poeta Trágico, en Pompeya)
jueves, 11 de febrero de 2021
El viviente llama a mi puerta
Este dulce individuo se ha presentado ante mi casa, ha llamado a la puerta y me ha extendido la patita. Creo que se ha dado por satisfecho cuando yo le he ofrecido mi mano. No me ha mirado con languidez sino con satisfacción. Yo también he condescendido. Como saldando una deuda pendiente. Quiero que sepas que no soy mascota de nadie, le he escuchado decir, sino perro avenido al mundo de los hombres. Si te lo pido en algún momento, ¿me acogerías?
Yo he pensado: ¿hablará solo por él o por todos los de su especie? Como he permanecido perplejo y no solo callado ha esbozado un movimiento de boca que a mí me ha parecido risa. Como aquel can de no recuerdo qué dibujos animados. Luego le he dicho: ¿a ti te parece bien pedir asilo en este mundo neurótico y contradictorio de mi especie? No del todo, ha saltado, pero nos habéis contagiado un poco con tanta domesticación y hemos cogido gusto a vuestros hábitos. Varios compañeros míos vienen comentando desde hace mucho, ha añadido, que solo hay que esperar al tiempo oportuno en que os sustituyamos. Ya hemos aprendido bastante, para bien y para mal, de los humanos.
Después ha seguido su camino, sea cual fuere. No me ha dado tiempo a invitarle a entrar. Será que tendría recados. O saldar otras cuentas con gente tan pejiguera como yo.
(Recordando a Cipión y Berganza, los perros humanos de aquel coloquio tan jugoso de Miguel de Cervantes)
lunes, 8 de febrero de 2021
La que reflexiona
viernes, 5 de febrero de 2021
El que recita
Me llaman el rapsoda de los mil versos. Otros, el loco de las palabras. Algunos el sátiro, a secas, porque persigo a los oyentes como Fauno a sus ménades. Sería ingrato por mi parte ignorar a los lejanos vates griegos, de los que mamé. Siguen siendo para mí un modelo. Pero no basta con responder al eco del pasado sino que, como observador del presente siento y vivo la influencia de cuanto me rodea. ¿Son de tu interés los humanos?, me preguntan con frecuencia. ¿O solo cantas los paisajes y las lecciones de la historia? Yo les respondo que los paisajes, que también son cambiantes, van a seguir ahí. Pero que el conocimiento de lo que nuestros ancestros vivieron siempre es diferente, y que a las cosas y a los hombres, con ser difíciles de explicar, se les puede conocer mejor. Los mitos que perviven de otras culturas y que la nuestra ha readaptado siguen siendo expresión rica de la naturaleza de las pasiones. Y ahí un poeta que se precie de fusionar la musicalidad y el contenido de las palabras debe ser ante todo un intérprete de los hombres.
En cierta ocasión fui solicitado por los Popeos para que declamase durante un banquete en una de sus casas, al que asistían invitados ilustres de Roma. Me sentí honrado pues me habían informado que en uno de los salones estaba representada la imagen del ateniense Menandro, del que conocía alguna de sus comedias. ¿No era como si un poeta de unos siglos antes y de otra región del mundo convocara de manera oculta a un poeta actual? Menandro había cultivado en sus obras el conocimiento de los individuos, esto es, sus defectos, sus vicios, sus maldades, sus ambiciones. Como yo lo comentara me pusieron a prueba. Recítanos algo de aquel griego. Yo eché mano de una poesía muy breve que había corrido generación tras generación entre los navegantes de nuestro mar, que a mí me resultaba soez e injusta, pero que podía condescender en aquel ambiente de comilones ebrios. Recitaré algo sencillo para no interferir vuestras digestiones, les dije. Se titula Los tres males, y con parsimonia, tono preciso y gesto exagerado solté aquello de:
El mar, / el fuego / y -el tercero de los males-, / la mujer.
Una sucesión de risas y pataleo exigía que declamase más, pero me invadió una vergüenza extrema por haberme prestado a hacer reír a aquellas alimañas. Pensé: un poeta no está para hablar mal de nadie y a mí, Celso, nunca se me hubiera ocurrido escribir contra una de las fuentes de mi inspiración. Las musas, que son expresiones femeninas, ¿acaso encarnan lo perverso? La mujer, aun poco considerada por nuestras instituciones y las normas al uso, ¿debe concitar la fama abyecta por el hecho de ser mujer? Y todos estos que están aquí, ociosos y gandules, pero muy atentos a sus negocios, ¿son precisamente ejemplos del buen obrar? Permanecí, pues, en silencio y ellos expectantes. Luego añadí: ¿sabéis, ilustrísimas, que Menandro murió ahogado en el puerto de su ciudad? ¿Cuál de los tres males que él había imaginado en un poema se lo llevó?
Temí que me expulsaran, pero un senador me echó una mano. Nos gustaría escuchar algo tuyo, ingenioso Celso. Una rapsodia épica, por ejemplo, pues motivos tienes para loar las hazañas de nuestros próceres. Esta sugerencia me puso en un brete, ya que algunos sabían que había combatido en las campañas septentrionales de nuestro emperador Claudio y no obstante los éxitos logrados por este mi espíritu no salió fortalecido. De hecho, ni siquiera llegué a escribir nada exultante de los hechos del César ni de sus generales, habiéndome limitado a algunas crónicas que nunca difundí demasiado pues en ellas el enemigo no salía malparado. Lejos quedan los tiempos de juventud ardorosa en defensa del Imperio, me justifiqué y, sinceramente, ya olvidé el oficio de las armas, que es tanto como decir el oficio de la sangre. Leves murmuraciones. No obstante mi tono templado no pude evitar definirme y hubo entre los convidados quien se exaltó. No debe dar vergüenza a un soldado haber batallado por su patria, dijo un duunviro responsable del mantenimiento de la flota, pues de antemano sabe que no hay sangre vertida en vano. Y además un soldado que estuvo en ejercicio sigue siéndolo siempre a lo largo de su vida aunque no participe en batallas, afirmó con dureza. Estos argumentos ya los había escuchado infinidad de veces y ante su mirada, entre despreciativa y condenatoria, opté por callarme. Uno de los anfitriones salió en mi defensa, si bien de manera sarcástica. El otrora guerrero es hoy un bucólico cantor de la paz y del amor, dijo un sobrino de la discutida Popea Sabina, de cuya belleza así como de su mala suerte nadie se había olvidado. Lo único que sabe verter son palabras que seducen a las ninfas y que aderezan con melancolías los recuerdos de los ancianos, apuntilló.
El efecto del abundante vino y la lujuria que algunos de los presentes manifestaban, pues ya se les veía urgir la asistencia de favores, bien femeninos o masculinos, me hizo ser precavido. Para que no se precipitase la tensión que yo había propiciado, el culto senador Lucilo Terencio encauzó la conversación. Poeta pompeyano, ¿te consideras acaso un intermediario entre todo lo que hay en la naturaleza y los oídos que exigen la interpretes? ¿No te parece que cualquiera de las cosas que existen, sean movidas por el bien o por el mal, deben ser objeto de la exposición de un rapsoda? ¿Ves la poesía como un grado de perfección en lugar de una expresión de los sentimientos más profundos? Aquí todos piden con avidez de ti otro tipo de palabras para que les entretengas, pero creo que han llegado a un punto en que tampoco te entenderían.
Esto no es el foro y menos el senado, tronó una voz aguardentosa al fondo de la sala. Más invitados asintieron con aspereza. Mejor que se dé paso a otros cuyos entretenimientos placenteros hacen pensar menos y actúan más sobre nuestros cuerpos. Aquella voz me salvó de entrar en polémica y todos, desde sus triclinios, extendieron con euforia las copas chorreantes.
(Estatua de Fauno en la Casa del Fauno, de Pompeya)
martes, 2 de febrero de 2021
Moreau y la trompeta de Davis me dejan sin palabras
sábado, 30 de enero de 2021
La que sirve
jueves, 28 de enero de 2021
La que enseña
lunes, 25 de enero de 2021
El desgarramiento
jueves, 21 de enero de 2021
El grafiti de la maldición
¿Has visto lo que está escrito en esa pared tabernaria? Que quien ame prospere, que muera quien no sepa amar. Y que muera dos veces quien prohíba el amor*. ¿No te parece divertida esta imprecación, Lucrecio? Parece la invocación de un sátiro, pero seguramente es cosa de los que frecuentan el lupanar de Priscila, opina Holconio, su amigo de aventuras y desventuras. Y añade: ¿Te parece que es ahí donde se puede encontrar lo que vitorean? Lucrecio se lo piensa. Depende. Hay quien concibe el amor como desahogo y quien lo persigue como compromiso, que es tanto como padecimiento. Sin duda el primero es más llevadero, intenso en sí mismo pero libre de ataduras. Holconio: No cambiarás en tu sarcasmo razonado, pero a mí me hace pensar el escrito. ¿Hasta qué punto hay que desear el mal al ignorante? Entiendo que a aquellos que van por la vida prohibiendo a los demás ser mínimamente felices no les aceptemos. Se merecen lo peor. Pero quien no sepa amar, ¿acaso no tiene alguna clase de salvación? Tal vez no sabe porque no ha tenido suerte. O porque no ha permitido ser amado, salta Lucrecio. El que pone vetos a las oportunidades o no acepta la aproximación de otra persona alimenta su propia ignorancia. Y pienso: ¿No será que esos individuos se quieren de manera tan ciega a sí mismos, o eso creen, que no son capaces de abrirse a los demás? ¿Qué pueden perder? De ahí a ser un enfermizo solo hay un paso y más adelante se perturban y puede que incluso afecte a otros su comportamiento. Holconio no está por entrar en una discusión envolvente y cambiar el rumbo de un paseo que venía siendo recreativo. ¿Es posible que una simple gamberrada de palabras en una pared nos lleve a tantas conjeturas? Lo evidente es que quien la ha plasmado ahí estaba cargado de euforia, el muy ingenuo. O bien hace propaganda de Priscila y sus vestales, dice con ironía su compañero. ¿Probamos a ver si sabemos o a ver si prohibimos? Y el otro: podemos probar a prosperar. Ambos se confunden en una carcajada desenfadada.
martes, 19 de enero de 2021
El esclavo y las horas
sábado, 16 de enero de 2021
La que presagia
jueves, 14 de enero de 2021
La que escribe (fragmentos del Diario de una pompeyana)
(...) Llevo varios días tratando de componer un poema sobre la vida apacible y el retiro a mi villa, pero lejos de sugerirme algo la tranquilidad que se disfruta aquí me sumo en la abulia. ¿Será que la poesía está reñida con la falta de actividad? ¿Tendré que estar sometida a la agitación cotidiana de la urbe imperial, a pesar de las conjuras y las difamaciones, para que mi labor sea fructífera?
(...) Hoy ha venido a visitarme Cayo, el recaudador de impuestos, a quien conocí en una celebración que dio mi tío Sixto, a propósito de sacar a la luz mis Epigramas eróticos. Ni le esperaba ni deseaba su presencia. Hay gente que se empeña en ser inoportuna o que interpreta mal al prójimo. Le he dedicado escaso tiempo, con la excusa de que tenía que preparar con los del teatro el montaje de una obra que la crítica demanda desde hace tiempo. Quería venir. ¿Será pegajoso? He huido por la puerta de atrás, la que da al jardín, y no me da vergüenza alguna. Yo no le había reclamado y más vale que se ocupe de su oficio y cuide no meter la mano en el erario, en prejuicio del Imperio y del mismo César. Que de todo se entera una.
(...) Como saben de mi facilidad en la escritura algunos amigos de Roma quieren que me involucre con ellos en animar sus conspiraciones. Les he dicho que no cuenten con ello. Que yo escribo por libre y que si me cuesta interpretar mis sentimientos, ¿cómo podría prestar mi cálamo ante lo que desconozco? ¿Para decir lo que algunos quisieran que dijese? Ahora que a las mujeres se nos considera más en el ámbito de las ciudades, ¿voy a apoyar tesis contra los gobernantes que nos favorecen? Escribir es tanto esforzarse como identificarse con una idea que te motiva. No me veo prestando el pliego en blanco a las exageraciones e infamias que algunos invocan, por muy amigos que sean. Es más, tal vez a partir de ahora me plantee si se merecen contar con mi amistad. Hay que escribir para arrojar luz y proporcionar placer. ¿Qué sentido tiene hacerlo para emponzoñar situaciones y oscurecer aún más las mentes demasiado aviesas de tantos individuos?
(...) La nueva esclava africana me espía. Lo hace cuando escribo en el jardín. También por la noche. Es discreta y servicial, pero tiene una manera especial de estar pendiente de mí. Cuando se retira no lo hace. Me observa desde la penumbra de los rincones. Sus movimientos son imperceptibles pero sus ojos brillan en la oscuridad y la delatan. Sabe contener la respiración y permanecer inmóvil largo tiempo. Su olor es inconfundible. Me azora.
(...) Leyendo al filósofo su texto sobre la felicidad me aturdo. El placer, dice, justamente cuanto más deleita, se extingue; no tiene mucho espacio, con lo que enseguida se colma, y causa tedio y se marchita tras el primer arrebato. Eso leo y no puedo llevarle la contraria. ¿Habla el filósofo por hastiado o por anciano? Sin embargo, aunque el placer sea efímero, qué insensato aquel que lo rehúya. Entre lo efímero y la carencia elijo lo efímero. ¿Acaso lo breve no es intenso, aunque no sea medible en lo temporal?
(...) Días en que una prefiere dar un paseo a la orilla del río. Las viñas, adquiriendo su plenitud. Los chopos, arrullando los pasos. La corriente, juguetona. Me cruzo con otro paseante solitario. Nadie de los dos quiere cháchara y nos limitamos a una inclinación de cabeza. Como mucho una sonrisa cortés. Me olvido de todo. Ojalá todos se hayan olvidado de mí.
(...) Hoy me he acercado a los ensayos que realizan los cómicos con vista a entretener a los que han venido a disfrutar del buen tiempo. Quieren que les ayude a corregir algunos textos. También que les dé mis impresiones sobre su actuación. Con el libreto del autor griego no me ha sido difícil modificar algunas partes para que sean entendidas mejor. Sobre el modo de interpretar me he mostrado más rigurosa. No sabía qué decirles. Unos no pronunciaban con carácter. Otros no se identificaban lo suficiente con su papel. Cuando les he dado mi opinión se han desentendido. El público se va a reír igual, me han dicho. Pues entonces es que no saben reírse, les he soltado. Se han quedado un poco confusos. No me ha gustado estar dura, pero es que una no sirve para complacer. Quieren que vuelva mañana para que les saque del atolladero. Ya veré.
(...) Noto al respirar un aire raro estos dos últimos días. Cuando se lo comento a mis criados me responden que soy muy sensible. Pueden hacerme dudar con otras cosas pero nunca con los sentidos.
(...) Fui en vano al encuentro de los cómicos. Cuando les señalo que van a lo fácil insisten en que lo que quiere la plebe es lo fácil. Pero traicionáis el alma de los autores que hicieron grande el teatro, les he intentado hacer ver. ¿O es que para vosotros lo cómodo es no esforzaros? Emporión, joven talento de la escena, me ha dado la razón. Escuchad a nuestra poeta, les ha reprendido a los demás, que no se casa con nadie. La comedia morirá si se queda en series chistosas. Para eso no hace falta montar representaciones. Las tabernas y las calles ya interpretan con grosería pero no ahondan en las razones que caracterizan a los ciudadanos. Otro actor con luces le ha apoyado. Quizás hay que replantearse el futuro del grupo o buscar textos menos endebles. ¿Qué opina nuestra poeta? Me he encogido de hombros, yo puedo echarles una mano, pero que sean ellos y sus tablas las que decidan.
(...) He regalado mis perros a algunos libertos e incluso a un comerciante de paso. No aguantaba más verlos con la cadena puesta, cumpliendo un oficio para el que la naturaleza nos les crio. Y siempre esclavos del interés humano. Que los hados les deparen un futuro con mejor suerte.
(...) Me escribe Lucio, a quien trato desde hace tiempo. Sigue trabajando en los escritos del filósofo al que hace unos años incitaron desde instancias del poder al suicidio. Lucio había trabajado para él y ha conseguido estos últimos años recuperar obra que se creía desaparecida. Me dice en su misiva que le gustaría hablar conmigo de las ideas de su maestro. Y que no acaba de entender algunas de sus contradicciones. Si tenía talante para saber afrontar la vida con menos afectación, ¿por qué dejó que la política le perturbara hasta el extremo de obtener enemistades dispuestas a todo? Le he contestado que cuando quiera, pero que me diga con tiempo si prefiere venir aquí o que yo me desplace más cerca de la metrópoli. Me gustan estas propuestas inesperadas a pesar de que yo, desde mi recogimiento, tampoco busco.
(...) Me empecino en proseguir el poema. Pero cuando no son las moscas son los hijos de Flavio, que me asedian para que les cuenta alguna historia antigua. Y no sé decirles que no. El caso es que no logro concentrarme. ¿Para eso he venido a Pompeya?
(...) Flavio empieza a importunarme. Juega una partida peligrosa a espaldas de su esposa. Y lo lamento, porque Cecilia es buena amiga. Reconozco que no me asedia en exceso ni fuerza ninguna situación. Reconozco también que no me disgusta que se muestre interesado por mí, siquiera persiguiendo una aventura seguramente. Pero hace tiempo que no me atraen las correrías pasajeras. En la vida cotidiana acaso hubiera rebajado mi guardia. Pero no aquí, de vacaciones, donde solamente quiero tener paz y disposición de la mente para mis pensamientos. Sin embargo, Flavio es tan imaginativo, sabe utilizar con tanta maña el verbo para acercarse a mi personalidad y buscar un hueco donde afectarme. Por mi parte ejercicios de respiración profunda y no decidir nada a lo loco.
(...) Día perdido. Mucha palabrería en el foro para no llegar a nada. Las otras mujeres con las que había quedado allí estaban de mal humor. Como veía que no había manera de entendernos con los representantes de la ciudad, con vistas a formar parte más activa de la gobernación, les he dejado plantados a todos. La falta de diálogo me atrofia. La cerrilidad a la hora de no ir al fondo de los temas me desanima. Y encima no he escrito ni una línea.
(...) Esta noche he dormido mal. Me perseguían aún los debates frustrantes de ayer. Estaba cansada pero agitada. Un cosquilleo continuo me ha zaherido. Y en mi vela me ha parecido escuchar un ronroneo proveniente del suelo de la casa. Oh, lares, qué fortuna tener techo y familia y sirvientes y, sin embargo, no saber ser dueña de una misma. Al final me quedé dormida cuando iba a amanecer. No sé si es que no cantaron los gallos ni los pájaros o que el desasosiego pudo conmigo. Cuando me he despertado he tenido una sensación de extrañeza. Un humo inhabitual asomaba por la boca de la montaña. Los que han venido a casa lo han comentado. Creo que dedicaré el día a escribir sobre lo que me sugiere ese penacho. Qué caprichosa es la naturaleza.
(Retrato pompeyano, en el Museo Arqueológico de Nápoles)
lunes, 11 de enero de 2021
Aquella higuera tentadora
sábado, 9 de enero de 2021
Madrid, qué bien resistes. España, qué bien resistes. Goya, qué bien resistes.
Goya lo pintó todo. Desde distintos ángulos. Con distintas técnicas. Inaugurando géneros, visiones, formas. Penetrando. Desde santos hasta monarcas. Desde usos y costumbres hasta capítulos de historia sangrienta de España. Desde tauromaquias hasta sueños oscuros. De tal modo y tanto pintó que ante cualquier evento o situación extraordinario o cotidiano, me viene a la mente alguna obra suya. ¿Que están en candelero las disputas intestinas y cainitas del país? Ahí veo reflejado a este en el Duelo a garrotazos. ¿Que se trata de la presencia de la familia borbónica en vigor? Echo mano de La familia de Carlos IV y busco similitudes o acaso persigo diferencias. ¿Que saltan a la vista las deficiencias culturales? Me planto ente el capricho Si sabrá más el discípulo. ¿Que me obsesionan las barbaridades de las guerras que proliferan por el planeta? Miro su serie de Los horrores de la guerra. ¿Que observo el afán depredador y amenazante del ser humano, capaz de devorar al otro para sobrevivir él? Me extasío con horror, sin duda, ante Saturno devorando a sus hijos. ¿Que me acechan los fantasmas íntimos y obsesivos? Me consuelo con sus pinturas negras. ¿Que la cotidianidad de la lucha por la vida de la gente me inquieta? Me pongo a mirar La nevada. Es el caso para un día de nieve que empezó ayer, que hoy sigue -salgo apenas ahora a por la prensa y me azota la ventisca sobre un suelo nevado y peligroso- y que descoloca a las formas de vida de nuestro tiempo y de nuestros paisanos.
Por lo demás, ¿qué decir? A aguantar el tirón. No caer en las redes de los imbéciles que ya estarán difundiendo insensateces sobre los males que acabarán con la civilización. Esos que juntan el maltrato al gobierno elegido, que no creen en los avances democráticos, que alzan sospechas apocalípticas ante el covid, o que ahora ya estarán quejándose de haber quedado atrapados en las carreteras. No me gusta demasiado invocar lemas de tiempos más difíciles, pero hoy pedir que se resista no es baladí. Resistir y organizarse. Resistir a las inclemencias, a la pandemia, a la sinrazón, a las costumbres insolidarias. ¿En cuantas comunidades de vecinos se les estará ocurriendo echar sal en su tramo de calle por iniciativa propia? ¿Que todo consiste en delegar en los medios municipales o regionales? Reflexiónese sobre ello. Pero sobre todo, contemplemos el fantástico cuadro del genial Goya -¿nos merecimos en este país un pintor de esta altura?- y asociemos ideas. Goya pintó como nadie la intra España. Lo que se mueve dentro, el magma, lo que no se cuenta ni se hace reflexionar en la eufemística educación reglada. ¿Cuántos se han dado cuenta de que parte de la obra goyesca, si no toda, es narración profunda -no relato de hechos y dichos- de la manera de ser y comportarse los paisanos? Así sufría él. Goya, qué bien resistes al paso del tiempo y de los que quisieran encasillarte.
miércoles, 6 de enero de 2021
La que mira
Mi amo Albio sigue conmocionado. Aturdido por la pérdida dice con mucho énfasis que ya no cree en los dioses. Que haber levantado tantos templos, para que ellos nos devolvieran a cambio el infortunio y el sufrimiento, no había servido para nada. Manifestaba así su enojo aunque su sabiduría hacía tiempo que le había convertido en un escéptico convencido. Cuando le hago ver que con que nos hayamos salvado ya hay suficiente consuelo me da la razón. No me preocupa tanto que las propiedades hayan sido devastadas por la ira del volcán como haberme quedado sin amigos, me replica, y que hayan sido secuestradas para siempre las bellezas que adornaban la ciudad.
Por mi parte no hago más que pensar en la joven Claudia, hija adoptiva de Juvencio, el asentador de abastos más próspero. ¿Habrá sobrevivido? A pesar de estar preservada celosamente por un padre absorbente y estricto nadie pudo impedir nunca que nuestras miradas establecieran una correspondencia que para sí quisieran las lenguas que se hablan en el Imperio. Cuando yo acompañaba a mi señor Albio a los festines que se celebraban en casa de Juvencio ella se las ingeniaba para que yo recabara su atención. Joven de mi edad, parecía destinada a que los suyos previeran su futuro con algún rico comerciante que garantizase seguridad no solo para ella sino entre familias. El negocio es la fuente del amor, decía entre carcajadas el asentador a los babosos opulentos que acudían a su casa para tratar de acceder a Claudia. Los que más la demandaban hacían confidencias a Juvencio de esta clase: no tienes que poner dote alguna, ya es bastante dote la belleza y armonía de tu hija.
Mi amo no ignoraba los contactos visuales que establecíamos ella y yo, pero me aconsejaba disimulo. Un criado no tiene posibilidades en público, y no debe pensar en un futuro. Pero ya llegará el momento en que podáis encontraros clandestinamente, me decía. De momento, que otros vean que permaneces servicial conmigo, y no te dejes afectar por los moscardones que quieren hacerse merecedores a la oferta de Juvencio.
Claudia debía saber de mi trabajo como escribiente de Albio y tal vez esperaba de mí que las habilidades que me caracterizaban se las hiciera llegar a ella también en forma literaria y reservada. Sabedora de las dificultades, que nos pondrían a los dos en un aprieto, y también a mi amo, no se resignó. Aquella adorable y discreta muchacha, ¿cómo se las arregló para poner en práctica una lengua de signos tan precisa como efectiva que alentara nuestra complicidad? Tanteos distantes al principio y más tarde sugerencias encubiertas e incluso íntimas, sin emitir una sola palabra. Era tal el arte y la prudencia de Claudia que nadie podría haber dicho que sus gestos me estuvieran destinados. Quienes coreaban sus encantos y trataban de aproximarse a ella podían pensar que sus movimientos les estaban dirigidos a ellos. Buena treta por parte de Claudia. Sin embargo yo percibía que cuando se echaba para atrás la palla o se aligeraba la estola o se soltaba los cabellos sin dejar de mirarme estaba describiendo apetencias que yo no sabría corresponder al instante. Ni ella quería una actitud por mi parte que traicionase su osadía. Le bastaba con que me entregase a observarla. Con que yo abriera mi rincón de afectos y de deseos para que los suyos pudiesen confluir conmigo. Cautelosa y hábil traía entonces a mi embobada atención proposiciones encubiertas para que yo las madurase. El modo de inclinarse a medio lado en el triclinio, zarandeando uno de sus pies, por ejemplo. O cuando se incorporaba con coquetería alzando su torso para que los pechos se insinuaran oferentes. El ágil ejercicio en ajustar los pliegues de su túnica interior, trenzándolos con los dedos parsimoniosamente. Y sobre todo ese instante en que alzaba la copa vidriada hacia el cielo, que los circundantes interpretaban como una dedicatoria de agradecimiento a las divinidades del hogar, y que yo recibía como un homenaje báquico que solo los iniciados en los placeres, o quienes desean ardientemente iniciarse, saben reclamar. Pero cualquier movimiento de Claudia se hubiera apagado si no sostuviera a su vez una mirada prolongada, plena de agudeza. Sus ojos, que rehuían cualquier otro tipo de miradas, sobrevolaban la estancia transmitiéndome destellos húmedos, susurros atrevidos, confidencias candorosas.
Ah, Claudia, al recordar ahora reconozco que me atrapabas y yo disfrutaba en mis ensueños con tu lengua fecunda de señales inequívocas. Me invitabas a un enlace cuanto más imposible más profundo. Y ambos, deseando que llegara la hora en que pudiéramos encontrarnos para avanzar un lenguaje más tangible, permanecíamos arrobados. Lo efímero de la travesía puede tener la altura flexible de una pértiga y la largura precisa de una jabalina. ¿Qué habrá sido de ti? ¿Te habrás salvado o habrás enterrado tu mirada en el ígneo furor no deseado de la lava?
(Pintura de la Villa de los Misterios, en Pompeya)


















