"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





miércoles, 28 de febrero de 2018

La barbarie puritana. O prohibiendo a Schiele, a Waterhouse o al genial escultor de la Venus de Willendorf




Cuando hace  años los talibanes dinamitaron brutalmente los budas de Bamiyan, en Afganistán, o por citar otro ejemplo más reciente, cuando el Estado Islámico hizo saltar por los aires los arcos y templos de Palmira, se produjo una conmoción en todo Occidente, y a los ejecutores de la barbarie se les llamó de todo. Se calificó aquellos actos destructivos de claros ejemplos extremos de fanatismo, intolerancia y dogmatismo, derivados de una determinada ideología. Pero, en fin, se consolaba la opinión mediática, es algo muy propio de los bárbaros que, siempre son los de fuera, parecían sugerirnos, y de paso dejando así bajo sospecha a otras culturas que no son las nuestras, aunque no hayan estado implicadas en la barbarie de la minoría ciega y perversa. Pero ¿acaso existe alguna cultura que esté libre de los movimientos extremos? ¿No tenemos en nuestro pasado sobrados ejemplos que van desde la animosidad verbal hasta la devastación si llega el caso, pasando por un sinfín de modalidades de censuras, represiones culturales y prohibiciones varias de las manifestaciones que han dado el Arte y la Cultura? ¿Acaso este Occidente que gusta de escandalizarse de la barbarie de otros no tiene en su haber atentados contra herencias de civilizaciones periclitadas? ¿No se han justificado destrucciones monumentales por acciones de guerra, de las que Europa tiene un buen registro? ¿No se han perseguido elementos culturales de pueblos, cuando no a sus mismos habitantes? Ah, pero eso fue cosa del pasado, se suele hacer la observación. 

Sin embargo hay otra clase de barbarie, sutil y ladina, pero muy obsesa. Se advierte de un tiempo a esta parte cierta clase de manifestaciones de intolerancia e incomprensión con determinadas obras de arte, que incomodan a los rigurosos principios de viejos y nuevos moralistas de poco pelo, a las que se ponen bajo la sospecha de representar actitudes machistas o que devalúan el papel de la mujer. Pero es la excusa. Un simple desnudo parece concitar iras de puritanos de toda la vida y de nuevas especies acogidas bajo el paraguas de un tipo de feminismo que ha perdido el norte. Cuando no de las mismas autoridades de la administración pública o de museos. Unos casos muy recientes: prohibición en Reino Unido y Alemania de la publicidad de una exposición en Viena sobre obras de Egon Schiele; retirada del cuadro Hylas y las ninfas, obra del pintor prerrafaelita John William Waterhouse, de su ubicación en Manchester Art Gallery. O la censura por parte de Facebook de la reproducción en sus redes nada menos que de la Venus de Willendorf, una de las piezas fundamentales de la estatuaria paleolítica, con casi treinta mil años de existencia. ¿A qué viene esta fiebre hipócrita de rechazar la exposición pública del desnudo en museos, galerías o redes sociales? ¿Por qué se erigen en rectores de conductas tantos guardianes inflexibles, hijos de aquellos otros vigilantes morales de la historia religiosa, represores de la libertad sexual, que, eso sí, se reservaban las pinturas de desnudos para sus cámaras privadas? ¿Hasta dónde puede llegar la ignorancia, el desatino y el rigor obseso de los que tienen miedo a la libertad, que diría Erich Fromm? ¿Qué hay de enfermizo en muchas mentes que aún consideran tabú el desnudo del cuerpo humano? 

Así que cuando leo lo que la crítica de arte mexicana Avelina Lésper dice en su blog sobre las actitudes de inflexibles adalides feministas que van escrutando y persiguiendo por doquier la libertad de otros, reconozco el valor de la denuncia de Lésper: "Las feministas puritanas e ignorantes pretenden ser las dueñas del cuerpo femenino a nivel físico, simbólico y social, han llegado tan lejos como las religiones y culturas absolutistas que niegan los derechos humanos de las mujeres. La cosificación del cuerpo de la mujer se manipula, hacen de ese cuerpo un objeto de activismo y le niegan posibilidades eróticas y lúdicas; para el feminismo, como para los religiones monoteístas, la mujer es un ser insensible que es obligado a entregarse o participar del placer". Y más adelante dice: "Lo que molesta al feminismo es el punto de vista masculino, su enemigo son las relaciones entre dos sexos. ¿Por qué una mujer no puede seducir y ser dueña de su cuerpo para entregarlo? ¿Por qué toda relación se debe ver como abuso hombre-mujer? Esa obsesión con reducir relaciones sensuales y sexuales en víctima y verdugo, es maniqueísmo que deja a la mujer en una vulnerabilidad irresponsable. El arte y la belleza tienen derecho al erotismo y la poesía, lo que vemos es la violencia iconoclasta que castiga y prohíbe a las imágenes. La consecuencia es sustituir a la pintura por algo sin belleza, sin aportación poética, con la flagrante mediocridad de las autoras, una vez más estamos ante la persecución del verdadero arte por los dogmas de una ideología".

No, la barbarie no es un comportamiento importado. También anda por los alrededores y en nuestra propia casa, y quiere crecer. Si lo hace vaya usted a saber hasta dónde puede llegar. ¿Se aunarán los intolerantes culturales a los movimientos políticos reaccionarios que se están fraguando en los países democráticos? Sería dramático para la libertad y para la cultura.







(Arriba, cuadro Hylas and the Nymphs de John William Waterhouse. Abajo, la escultura paleolítica Venus de Willendorf)


martes, 27 de febrero de 2018

Habla Ismael, embarcado en el ballenero Pequod
















"Creo que nos hemos equivocado terriblemente en esto de la Vida y la Muerte. Creo que lo que llamamos nuestra sombra, aquí, en la tierra, es nuestra sustancia verdadera. Creo que al contemplar las cosas espirituales nos parecemos demasiado a ostras que observan el sol a través del agua, y creen que esa agua tan densa es la más sutil de las atmósferas. Creo que nuestro cuerpo no es sino las heces de nuestra mejor parte. En suma: llévese mi cuerpo quien lo quiera, lléveselo repito: no es mi yo".


No sé a quién pretendería impresionar Herman Melville con este párrafo contundente de su Moby Dick. La sombra, la sustancia, nada es sin nuestro cuerpo. Las cosas espirituales nada son, ni siquiera aquella ficción y fantasía que puebla nuestra mente bajo esa denominación, sin nuestro cuerpo. Las heces no tendrían sentido sin nuestro cuerpo, pues ellas también son expresión de lo que nos alimenta, aunque sea el exponente de lo que no asimilamos o resulta superfluo. Y el cuerpo, obviamente, se lo llevará quien quiera llevárselo: nuestro agotamiento, la enfermedad, la mano alevosa de alguien externo a nosotros, el accidente fortuito o nuestra propia decisión. O se llevarán la verdadera sustancia de él: el haber permanecido vivo durante equis años. Pero si alguien se merece quedarse con nuestro cuerpo ése debe ser el demonio que llevamos dentro. Por lo mucho que sabe trabajar y trabaja en el episodio llamado vida de cada individuo. Sin él poco haríamos, poco activaríamos, apenas reaccionaríamos. Anda, al final he recurrido a una imagen metafórica, qué contradictorio me apetece ser. Pero acaso, ¿no es mi Yo mi cuerpo? ¿No me domina, no marca mis horas, no se desgasta, no me habla, no me chantajea, no me mima, no me invita a seguir para saberme yo mismo? Lo bueno de la aventura es que nunca lloraremos por la muerte de nuestro cuerpo, por la desaparición de nuestra sustancia, por la desposesión de la vida. Esa tarea emocional, de variados y ocultos significados particulares, se la dejamos siempre a otros, y no siempre otros nos lloran.

Bueno, me intrigó un poco la cita, y quise traerla aquí. Se admiten todas las disidencias posibles al respecto.



(Ilustración de Rockwell Kent)


sábado, 24 de febrero de 2018

Y no te olvides de (leer a) Antonio Machado















El azar depara fechas de efemérides -nacimientos, muertes, ceremonias, acontecimientos múltiples- que no tienen mayor valor que ser eso, casualidades. Un 22 de febrero nos recuerda siempre la triste desaparición de Antonio Machado en Collioure, como otro 22 de febrero nos traerá en el futuro el adiós de Forges. Una fecha parcial apenas significa nada si no se la matiza. Y el haz y el envés de la existencia siempre jugando a los dados. Aquel febrero de 1939 era frío y no sólo de invierno estacional. Lo era gélido total: el exilio, la guerra perdida por los que habían mantenido la legalidad constitucional (eso que antes y ahora se desprecia tanto por parte de algunos), el remate absoluto a sangre y fuego de un régimen republicano elegido, el abandono, la carencia, incluso el olvido. El invierno de Machado fue también el de innumerables españoles que supieron de la represión y de la persecución verdaderas -ciertos personajes de ahora deberían ser más considerados al utilizar los términos alegre e indebidamente- y para los que no hubo nunca vuelta atrás ni retorno a su casa.  

Habría que aplicar a Antonio Machado las mismas palabras -pido que se lean atentamente porque siguen en vigor en nuestro tiempo- que él dedicara a Francisco Giner de los Ríos, inspirador y rector de la Institución Libre de Enseñanza, con motivo de su muerte:

"...Y hace unos días se nos marchó, no sabemos a dónde. Yo pienso que se nos fue hacia la luz. Jamás creeré en la muerte. Sólo pasan para siempre los muertos y las sombras, los que no vivían la propia vida. Yo creo que sólo mueren definitivamente -perdonadme esta fe un tanto herética- sin salvación posible, los malvados y los farsantes, esos hombres de presa que llamamos caciques, esos repugnantes cucañistas que se dicen políticos, los histriones de todos los escenarios, los fariseos de todos los cultos, y que muchos cuyas estatuas de bronce enmohece el tiempo han muerto aquí y, probablemente allá, aunque sus nombre se conserven escritos en pedestales marmóreos".

Pues lo dicho. Forges popularizó aquella coletilla que colgaba abajo en sus viñetas de No te olvides de Haití, a propósito de las tragedias que sufrió aquel país, y estos días los periodistas lo retoman con un No te olvides de Forges, muy de circunstancia, supongo. Me sumo al No te olvides. En este caso de Antonio Machado, al que hay que seguir leyendo para entender algo de la historia y nuestras maneras de estar, que no sé si de ser, y de paso y sobre todo entendernos.



viernes, 23 de febrero de 2018

Refrán del día







A Forges muerto, Forges puesto.



(Pero no sustituido por cualquiera. Nos acostumbró tanto a su diáfana y exacta interpretación de nuestra sociedad durante tantas décadas que no es fácil encontrar sustituto. Y eso que todavía quedan otros intérpretes sesudos. Pero cada cada cual es diferente y único. Yo también le he seguido durante años y años. Con el talante relajante y bonachón de sus personajes, aliñado de una carga crítica que iba en la mejor dirección de nuestra idiosincrasia hispana, compensaba con creces los textos de la prensa y me ayudaba a asimilar los acontecimientos -livianos o dolorosos- de cada jornada. Salud siempre, hermano Antonio)    







miércoles, 21 de febrero de 2018

Apunte sobre una canción de cuna





















Las canciones de cuna son propiedad de todas las culturas y de todos los tiempos. Conocemos aquellas canciones más cercanas pero ignoramos las que traspasan los límites de nuestra cotidianidad. Habría que considerar por qué se reservan este tipo de cantares a los niños de cuna y no se aplican también a los adultos para aplacar nuestros estreses, nuestras cuitas, nuestras angustias, nuestros desencuentros. Tal vez dormiríamos mejor al son de su musicalidad que bajo los efectos del valium. Porque no se trata solo de dormir y soñar, se trata principalmente del descanso emocional y afectivo. Algo de lo que los adultos carecemos con frecuencia. Ah, ¿que no hay madre? ¿Que ya estamos criados? ¿Que sería situarnos en una vuelta imposible a los orígenes? No nos engañemos. No era la canción en sí la que nos adormecía, sino la persona que nos la cantaba, las manos que nos balanceaban, el tono de seguridad que percibíamos. O el calor o el olor o la sonrisa de quien nos seguía haciendo aún suyo. Hasta en las criaturas más inquietas cumplía la canción de cuna su cometido. Y nos despertábamos nuevos. Naturalmente, aquí el abogado del diablo nos dirá que más allá del sueño feliz no teníamos exigencias ni compromisos ni responsabilidades que condicionaran el día recién abierto tras el sueño. Cierto en parte, aunque no creo que todo fuera así de simple en la niñez acunada, ni siquiera en la de los primeros pasos. El animal niño percibe en otra dimensión -más instintiva y biológica- su dosis de roce con el mundo. Es un plano que no tiene nada que ver con el que experimentamos de mayores, pues de niños nos parecía que los anhelos valían por sí mismos y nos daban todo el sentido y realización. Quién sabe si nunca superamos del todo aquellas sensaciones primitivas de nuestra vida, y si no se habrán mutado con otros rostros y complicado con diversos quehaceres, pero manteniendo siempre la lucha por armonizar realidad y deseo. Normalmente inalcanzable.

¿Hace una canción de cuna de la negritud africana para rememorar nuestros acunamientos? Abandonados como estamos a la intemperie diaria, para paliar la cual nos entregamos a toda suerte de actividades y responsabilidades, no viene mal escuchar algo así.







lunes, 19 de febrero de 2018

El falócrata
















Hay imágenes a las que cuesta añadir palabras, simplemente porque ya lo dicen todo, porque han nacido sin ellas. Porque la expresión reside en los objetos que se ven sin más, que balbucean, hablan y cantan por sí mismos. En algunos casos supondríamos que las palabras serían la antítesis de la imagen. Podrían haber sido matadas o, mejor dicho, se trataría de palabras nonatas, abortadas en su inicial fase de primigenia concepción. Pero la única verdad ante la pose del falócrata es que cualquier palabra sobra, simplemente porque nunca ha existido vocablo alguno ante un calibre, un cargador, una mira telescópica, un gatillo, una velocidad de salida de la bala. Aquel honrado ciudadano, cumplidor con sus impuestos y de moral supuestamente íntegra, se levantaba y se acostaba pasando revista a cada una de sus amantes de culata adaptable y cañón seductor. Sabia alternar tanta poligamia no solo con sus intenciones prácticas sino también con sus fantasías. Este rifle para el sábado, destino los ciervos. Aquel otro, más liviano, para los patos. Aquel tan voluble como preciso para las aves en tránsito. Ese tan sofisticado para los concursos de tiro del municipio. El más corto y de menor peso para enseñar a mi hijo de diez años su manejo. El recortado lo llevo en el coche para cuando los amigotes salimos de fiesta. Naturalmente, alguna de estas armas son mero coleccionismo, su belleza exige ser contemplada más que gastada. ¿Y este M-16?, le preguntaba uno de sus amigos falócratas. De momento en reserva ante el enemigo mayor, que siempre es el desconocido, el que menos te esperas. ¿Sabes que el desconocido puede ser tu propio vecino?, le sugería otro de sus próximos de análoga afición.  Es una probabilidad, respondía ufano y seguro de sí, pero controlo la situación. Paso revista todos los días a cada una de mis mejores amantes, las que de verdad me hacen sentirme seguro y me garantizan fidelidad. Las trato bien, las pongo a punto, las acaricio, las proporciono la satisfacción que ellas piden. Ellas me devuelven el ciento por uno, nunca me dejan insatisfecho. Su amigo le mira con cierta envidia, el pobre tiene que conformarse con poco, su economía no le da para más, y se basta con tener un par de amantes de esa clase, una como repuesto de la otra. Te devora mucho más a ti que a mí la erótica de las armas, suele decirle al otro. Cuestión seminal que abunda en uno y no le merma, le responde el falócrata mayor entre carcajadas, extensión de pelvis y lingotazos de un buen whisky de Tennessee. 
  


(Fotografía tomada de El País)



domingo, 18 de febrero de 2018

Sin permiso de Thomas Mitchell



Hijos, no me vengan a estas alturas con esos cuentos. Son creciditos para arreglar sus asuntos por ustedes solos. Todo me pilla ya muy descreído.


Claro que si lo que pretenden es convertirme en cómplice de su ruidoso galimatías no cuenten conmigo. Soy muy mayor para dejarme embrollar. Cansa mucho.


¿Que no les parece bien que quiera permanecer al margen? Créanme, estoy al margen de ustedes, pero no de mí mismo. Solo les pido que no hablen en mi nombre para justificar sus desatinos. Por lo demás, digan de mí lo que les venga en gana. Voy desaprendiendo las palabras y trato de que cada vez me hagan menos daño.




sábado, 17 de febrero de 2018

Aforismo solicitante




















Cuando nos atropella el ruido es mejor sentarse a la orilla del arroyo y escuchar su rumor. Es un ejercicio sencillo. A veces el hombre necesita sentirse ausente.


jueves, 15 de febrero de 2018

Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos (un opúsculo irónico de Voltaire)




En estos tiempos de debate entre quienes siguen la red #metoo o se escoran por los razonamientos más flexibles de las francesas del artículo Mujeres liberan otra voz o simplemente quienes no firman manifiesto alguno pero también discuten y argumentan y no quieren verse embarcados en planteamientos excesivamente rígidos, no está mal recordar voces más antiguas. Por ejemplo la de Voltaire que ya en su tiempo daba en la clave del papel de las religiones del Libro en la condición de la mujer. Hizo sus observaciones no sólo sobre la influencia católica sino también sobre la islámica, y hay un delicioso opúsculo suyo titulado Mujeres, sed sumisas con vuestros maridos, que no tiene pérdida. Extraigo unos párrafos de este texto irónico y mordaz, como era habitual en el escritor ilustrado.


"...El abate de Châteauneuf la encontró un día [a Madame la Mariscala de Grancey] toda encendida de cólera. '¿Qué os pasa, señora?', le dijo. 

- Por casualidad he abierto, respondió ella, un libro que andaba rodando por mi gabinete; me parece que es una colección de cartas; he visto en él estas palabras: Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos; he tirado el libro. 

- ¡Qué decís, señora! ¿No sabéis qué son las Epístolas de san Pablo?

- No me importa de quién sean: el autor es muy grosero. El señor mariscal nunca me ha escrito en ese estilo; estoy persuadida de que vuestro san Pablo era un hombre muy difícil para la convivencia. ¿Estaba casado? 

- Sí, señora. 

- Pues muy buena persona tendría que ser su esposa; si yo hubiera sido la mujer de semejante hombre, lo habría enviado a paseo. ¡Sed sumisas a vuestros maridos! Si al menos se hubiera limitado a decir: sed dulces, complacientes, atentas, ahorrativas, yo diría: ése es un hombre que sabe vivir. Y ¿por qué sumisas? ¿Me lo podéis explicar? Cuando me casé con el señor de Grancey, nos prometimos sernos fieles: yo no he cumplido demasiado mi palabra, ni él la suya; pero ni él ni yo prometimos obedecer. ¿Somos esclavas acaso? ¿No basta con que un hombre, después de haberse casado conmigo, tenga derecho a darme una enfermedad de nueve meses, que algunas veces es mortal? ¿No basta con que yo dé a luz con grandísimos dolores un hijo que cuando sea mayor podrá pleitear contra mí? ¿No basta con que todos los meses esté sujeta a molestias muy desagradables para una mujer de condición, y que, para colmo, la supresión de una de esas doce enfermedades al año sea capaz de causarme la muerte, para que encima vengan a decirme: Obedeced?"



(Imagen de un cómic de los años 50 extraída de Weird Love)


miércoles, 14 de febrero de 2018

De balleneros y carniceros, según Herman Melville

















El narrador Ismael en Moby Dick: "Sin duda una de las razones principales por las cuales el mundo rehúsa honrarnos a nosotros, los balleneros, es ésta: la gente cree que, a lo sumo, nuestra vocación equivale a la de un carnicero; y que cuando estamos activamente ocupados en nuestra faena, nos rodea toda clase de inmundicias. Carniceros somos, en verdad. Pero carniceros han sido, también -carniceros de la especie más sanguinaria-, todos los jefes militares a quienes el mundo se complace invariablemente en honrar". 

De carnicerías al por mayor y al detall está la historia de las sociedades llena. Y de preparación para carnicerías futuras -sin descuidar las que nos traen las noticias cotidianas- implícitamente anunciadas por el aumento disparado del presupuesto bélico aprobado por el ínclito presidente de la denominada potencia number one del planeta. Consolador. Tal vez la ciudadanía adulta estadounidense debería de leer de nuevo este párrafo de Moby Dick. Aunque uno sospecha que no prestarían mucha atención. Total, el aumento de presupuesto militar implica producción masiva en distintos sectores, beneficios empresariales, subida de la Bolsa y garantías a cierto plazo de puestos de trabajo. Eso mola, que dicen los niños. O America first, que dijo el otro. Y luego se acusaba a los balleneros...



(Ilustración de Rockwell  Kent, 1930, para el libro de Melville)

lunes, 12 de febrero de 2018

Amores efímeros. Domingo de Carnaval en la posguerra

















Muerta y Cerdo comparten mesa de taberna. Es la década del hambre y ellos aparentan alimentarse del tinto peleón. Se saben alterados en su personalidad y, como son forzosamente de orden, esto es, porque se les fuerza a que lo sean y además del orden imperante, se les permite la transgresión formal. Siempre que se mantengan dentro de unos límites poco públicos. ¿O es la personalidad auténtica la que aflora y la máscara apenas una excusa para revelarse tales como son? Disfracémonos de lo que somos y pasaremos más desapercibidos, le dice riendo Cerdo a Muerta. ¿Lo que somos?, responde Muerta con cierto asombro. Claro, nadie puede conocer quiénes nos ocultamos realmente más allá de las máscaras, y ambos sabemos que somos cerdos, muy cerdos, y estamos muertos, muy muertos, le dice el otro. Las tabernas del pueblo llano, él prefiere llamarlo aplanado, se ofrecen como el mejor lugar para ser y no ser, y el vino ayuda. El vino mantiene el temple. Ambos no se engañan entre sí, y eligen el lugar para desviarse de sus vidas cotidianas  -nefastas, indignas, desordenadas, rendidas a la pleitesía- y hacen trascender sus amores en espacios humildes. Donde nadie los localizaría. Los pobres apenas se disfrazan, pero ellos rompen la norma, sin que el disfraz, heredado de una generación anterior acaso más permisiva, les haya costado un duro. También para disfrazarse se necesita dinero, observa Cerdo. Dicen que los ricos hacen sus bailes en el Casino; ¿sabes dónde está? Muerte le responde que su casino es éste, el momento y el lugar  en que comulgan con la sagrada frasca. Él mueve su cabeza porcina y desde su interior sale una risa entrecortada y ronca. En las otras mesas de mármol de la cantina pasan las horas muertas viejos del barrio y hombretones sin trabajo que se pone cada día de madrugada a la cola de peonada, justo en la travesía que hay a la vuelta. Si no les elige algún asentador del mercado o un contratista de obra se refugian a la vera de los tinos. Huele hoy esto mucho a grasa de sardinas y mugre, dice Muerta, cuyo sentido de la higiene está distante del que posee Cerdo. Me han dicho que hay una pensión dos pisos más arriba, le sugiere a su compañero. Además, nunca nos hemos querido con el disfraz puesto. Cerdo gira su cabezón hacia Muerta y cree reconocerla en su recuerdo del día anterior. Incluso de muerta estás muy atractiva, la adula. Las caretas se contemplan frontalmente; hasta su rigidez permite adivinar el asombro. ¿Tú crees que así, de esta guisa, tendremos ganas?, le responde. Muerta se rasca con delicadeza bajo la dentadura decrépita. Depende de la imaginación que tengamos los dos, dice. Además de alguna manera hay que matar la gazuza.



(La imagen pertenece a la película Domingo de Carnaval, de Edgar Neville, 1945)


viernes, 9 de febrero de 2018

Amores efímeros. El solitario
























Cada mañana, al tirarse de la cama, aquel hombre flacucho y desgarbado se contemplaba en su propio reflejo. No era narcisismo, era horror al tiempo. En la flacidez de sus carnes trataba de ver aún al hombre que antes había sido y jugaba a adivinar lo que algún día, o tal vez en cualquier momento, dejaría de ser. Si el espejo no recogía toda su imagen el hombre del alba se distanciaba hasta encajar en el marco adecuadamente. Pero aquella reproducción general de sí mismo era deficiente, pensaba, perdiendo en ella la visión de los detalles. Entonces se aproximaba nuevamente a la fría superficie del engaño y, con parsimonia y mirada escrutadora, buscaba los espacios concretos y diversos de su cuerpo, los que él consideraba que le devolvían un día sí y otro también su tierna y protegida intimidad. La misma que había permanecido fiel y satisfactoria, a salvo de cuerpos depredadores, no obstante las arriesgadas experiencias asumidas. Había protegido toda la vida con obsesión los recovecos de su cuerpo frente a los embates de las intrusas que buscaban en ellos el amor. O como más de una le confesó: los arcanos y la esencia del amor, frase que él consideraba un tanto cursi pero que debía aceptar como un cumplido a su masculinidad.

La última amante le asustó de manera decisiva. Quiero que cada una de tus oquedades y cada uno de tus salientes sean míos, que el vértice encendido de tu pasión sea mío, que tus gemidos y ahogos sean los míos, le dijo con una voz sacra, más bien sacrificial. Míos en mi propio cuerpo, míos como si nacieran de mí, míos para sentir como dos géneros. Tal vez fue un arrebato puramente verbal  y lascivo que el hombre no supo captar. O que leyó al pie de la letra; y en ese momento tuvo pavor a verse desprovisto de lo más propio. Al sentir el cuerpo de la mujer sujetándose al suyo con vehemencia temió la desposesión de su intimidad. Trató de librarse de la agobiante apretura, pero era tal la fuerza que la mujer ejercía con las manos sobre su torso frágil, y tan intenso e intrincado el trenzado a que sometía las piernas del hombre con los pies, y tan afilada la dentellada caníbal que horadaba con la boca las axilas velludas, y de una envergadura frenética la succión hiriente que se convertía en arrebato sobre la crecida pelvis, que el hombre se desgarró de pánico. No reaccionó, no se resistió al principio a un combate que le parecía desigual. Procuró proteger las manifestaciones recónditas de su identidad, para evitar que la mujer atravesara el limen seguro que tenía establecido. Luego decidió que el mejor modo era tratar de no ser él, y se transfiguró en la fiera que la amante furibunda buscaba con ardor homicida.

Se hizo la firme proposición de que aquella iba a ser la última vez que se acoplaba con una mujer que se revelara con un clamor apasionado y perdido por su personalidad. Desde entonces cada mañana el hombre salta del lecho solitario al frío embaldosado para advertir la integridad amorosa de su cuerpo. Para comprobar el poder de las imágenes retenidas frente a la huella descarnada de la pérdida. 
     



(En homenaje al pintor expresionista Egon Schiele, aún denostado en nuestros días por el hipócrita puritanismo de quienes solo conciben el arte como mercancía o como moralidad interesada)


jueves, 8 de febrero de 2018

Apunte sobre la penúltima invención, en este caso, o una vez más, china














No cesan de inventar, esta vez para controlar sospechosos, dice la policía china. Unas gafas que sabrán distinguir al malo del bueno, al fichado de clase A del fichado de clase B (porque fichado está todo el mundo), al penado del preventivo. ¿Distinguirán también al corrupto del chorizo común? ¿Al acosador que discretamente acosa a su partenaire del que lo hace descaradamente? ¿Al cuadro sutil de una empresa del encargado arreador de una fábrica? ¿Al mando de una autoridad que es sibilino en su abuso de poder del que se pasa kilómetros de muralla china en sus métodos? ¿Al delictivo empresario de guante blanco del autónomo que trapichea para llegar a fin de mes? ¿Al turista rico del turista pobre? ¿Al inmigrante adinerado del inmigrante miserable? ¿Distinguirán al que tiene las ideas del régimen de las que calla el disidente? ¿Al que cree en un dios o un zen del que no cree en ninguna divinidad? Creo que para ciertas visiones no se necesitan gafas especiales, pues los personajes que encarnan la obra cotidiana resaltan por sí solos, bien por su ostentosidad o bien por las carencias que exhiben. Así que uno mismo se responde: todo se andará, una vez descubierta una técnica se acaba perfeccionando al día siguiente. Las gafas ¿acabarán con los especímenes del chivato, del infiltrado, del traidor o del arribista que vende a su hermano por el plato de lentejas? Supongo que no necesariamente. Muchas técnicas han desplazado a métodos anteriores, pero acaban coexistiendo. Todo es complementario en esta vida, para el afán persecutorio del control social.



(Fotografía de AFP tomada de El País)

miércoles, 7 de febrero de 2018

Apunte sobre un imaginado día sin noticias




















Hoy me he levantado con el pensamiento de que no había noticias. ¿O lo he soñado sólo? Era una idea fugaz y extraña pero muy firme. No me llegaban noticias desde ninguna parte, no existían medios habituales donde se cuenta lo de todos los días, ni siquiera circulaban mensajes de móvil ni se producían llamadas telefónicas. ¿Será el Día Internacional sin Noticias? ¿Se habrá parado el mundo? ¿Me habré apeado yo, que diría Mafalda? ¿O se trata del primer día del futuro en que no haya nada que contar? Porque, total, para seguir sin saber...Pensé por un momento si no estaría en el pueblo turolense donde el alguacil aún sale a la calle con su cornetín para anunciar de ciento en viento a los vecinos un bando o un acontecimiento, que no una noticia al uso. Así que a esperar que suene el instrumento convocante porque sé que antes o después me entrará mono de los dimes y diretes, de los dichos y contradichos, de las buenas y malas nuevas con que uno se refocila todos los días. Soy tan animal de costumbres como el que más. Sólo que, como dicen que hacían los nobles patricios romanos con la comida de los banquetes, tras cada ingestión de noticias me voy a vomitarlas. Siempre será un mal menor, antes de que algún corneta mayor toque generala de pensamiento único o algo parecido para todos.


sábado, 3 de febrero de 2018

Günther Anders poniendo la guinda, y bien puesta




















Cuántas veces nos justificamos los de mi generación en aquella tesis 11 de Marx: "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo". (Tesis sobre Feuerbach, de Karl Marx, 1845) Dicen que Engels la matizó así: "Los filósofos, hasta el momento, no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, ahora de lo que se trata es de transformarlo", la cual resultaba más firme y enérgica, casi una exigencia si no una incitación a intervenir. Cuántos nos lanzamos a la acción harto descarnada, poco reflexiva en ocasiones y siempre generosa, y no digo que no nos guiara una sana y justa intención, de la que se beneficiaron tirios y troyanos del sistema con sus diversos rostros e intereses internacionales. Creímos que las palabras de un filósofo y economista político importante, y las de muchos otros de su época y posteriores, eran cuasi religiosas, que habían descubierto el universo y como tal inequívocas, sin vuelta. Poco menos que axiomas, vamos. Pero el mundo del pensamiento no se agota y menos con verdades reveladas, que muchas veces carecen de veracidad, esto es, de suficiente comprobación en un mundo cambiante e inagotable en sus contradicciones y novedades.

Andando el tiempo y con la manía que uno ha ido adquiriendo de leer -o de tantear y picar lecturas- de todo lo posible, y con el riesgo asumido de no saber siempre comprender todo lo que lee, se ha ido topando con libros intensos y jugosos, de harto esfuerzo y no siempre fácil y lineal comprensión. Pero sobre los que se presume que dan una visión ampliada, abierta, relativizada y más elaborada de las circunstancias históricas, sociológicas y, en general, de vida, que acontecen. Por eso no me resisto a reproducir la cita -sin duda una dedicatoria al lector-  que me encuentro al abrir el tomo II de la obra del filósofo Günther Anders La obsolescencia del hombre, apellidada Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial, que dice: 

"No basta con transformar el mundo. Eso lo hacemos sin más.
Eso sucede ampliamente incluso sin nuestro concurso.
También tenemos que interpretar esa transformación.
Y precisamente para transformarla.
Para que el mundo no siga cambiando sin nosotros.
Y no se transforme al final en un mundo sin nosotros".

Disfruten de su sabio contenido.


(Fotografía del filósofo alemán Günther Anders /Breslau 1902-Viena 1992/ de joven)

jueves, 1 de febrero de 2018

Apunte a propósito de una lectura de Javier Marías donde sale el pueblo
















Berta, la protagonista de la última novela de Javier Marías, Berta Isla, reflexiona (páginas 324,325): 

"El pueblo, que a menudo es vil y cobarde e insensato, nunca se atreven los políticos a criticarlo, nunca lo riñen ni le afean su conducta, sino que invariablemente lo ensalzan, cuando poco suele tener de ensalzable, el de ningún sitio. Es sólo que se ha erigido en intocable y hace las veces de los antiguos monarcas despóticos y absolutistas. Como ellos, posee la prerrogativa de la veleidad impune, no responde de lo que vota ni de a quién elige, de lo que apoya, de lo que calla y otorga o impone y aclama. ¿Qué culpa tuvo del franquismo en España, como del fascismo en Italia o del nazismo en Alemania y Austria, en Hungría o Croacia? ¿Qué culpa de estalinismo en Rusia ni del maoísmo en la China? Ninguna, nunca; siempre resulta ser víctima y jamás es castigado (naturalmente no va a castigarse a sí mismo; de sí mismo se compadece y apiada). El pueblo no es sino el sucesor de aquellos reyes arbitrarios, volubles, sólo que con millones de cabezas, es decir, descabezado. Cada una de ellas se mira en el espejo con indulgencia y alega con un encogimiento de hombros: 'Ah, yo no tenía ni idea. A mí me manipularon, me indujeron, me engañaron y me desviaron. Y qué sabía yo, pobre mujer de buena fe, pobre hombre ingenuo'. Sus crímenes están tan repartidos que se desdibujan y se diluyen, y así los autores anónimos están en disposición de cometer los siguientes, en cuanto pasan unos años y nadie se acuerda de los anteriores". 














Sin duda habría que pedir cuentas al pueblo, sea cual sea en la realidad ese término, sea cual sea el concepto gris que se agazape bajo tal denominación, sea cual sea el grado de valor que se le haya concedido, pero quién puede pedir a quién en este caso, si es incapaz de exigirse y revolverse contra sí mismo, pues su propia condición es la inercia, y en absoluto la razón, y tal parece que se trata de un tejido sacro y difuso, donde los rotos y descosidos campan como si tuvieran el mismo significado y valor que los tramos enteros, que sirve para tragarse todas las mercaderías que se le publiciten, o venderse en unas elecciones, o para lograr consenso acerca de un líder por más dudoso e incluso siniestro que sea o para ceder a la aquiescencia sobre unos objetivos cuyo alcance suele ignorar, que permanecen en poder de aquellos que los proponen, y quienes se encuentran tras los que los proponen, o se entregan a los mesías de turno que volverán a loar al pueblo para que éste los eleve, y para ese pedir cuentas no habría que esperar al día después de la catástrofe, una recurrencia habitual en la historia cuando el pueblo se ha empecinado en sus desatinos, y entonces no hay solución, y entonces el castigo va a llegar de forma e intensidad diferentes pero atroces, porque el coste de la pérdida o del fracaso o de la rendición es un castigo que se siente como inferido por el otro, por un castigador ajeno, nunca el pueblo se pide cuentas a sí mismo, y sin embargo habría que reclamar al pueblo, antes de llegar al borde del abismo, que reconsiderase los pasos, los apoyos que está dispuesto a prestar, que no hubiera precipitación por muchos cantos de sirenas o de apocalípticos que truenen con sus trompetas, y adoptar a cada momento una parada en el tiempo, una puesta en cuestión de cada uno de los profetas y candidatos y modelos que emergen con soluciones de vendedores de crecepelo, y revisar si los embarques en que quieren meter algunos al conjunto calificado pueblo son merecedores de ser aceptados,  y desear esto es ingenuo, ya lo sé, pero muchas situaciones se ven venir, se han visto venir en tiempos pasados, en circunstancias de lo más precarias y conflictivas, y no se atendieron a tiempo los nubarrones que acaecerían en tormentas y desastres, el pueblo no suele ser muy previsor que se diga, no suele estar atento a la racionalidad de los más impuestos en el conocimiento ni siquiera a los clarividentes, que no iluminados, que avisan de los riesgos, y entonces uno se pregunta si no será que no está interesado el pueblo en dejar de ser esa masa consentida y mimada falsamente por la tribu de los elegidos, si no prefiere ignorar lo que no le gusta, si se nutre solo de lo que le ponen en la mano para el día y para de contar pues, como dice el refrán, un dios, no sé qué dios, proveerá... 



(Dibujo a carboncillo de Albert Birkle y litografía de Joseph Hirsch)

miércoles, 31 de enero de 2018

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Barcelona
















No, tranquilos. Que vivamos en tiempos de la denominada por los medios de comunicación posverdad  -¿y cuándo no hubo mentiras, verdades a medias, alteraciones interesadas y difamaciones múltiples, si bien hoy más generalizadas, extendidas y en tiempo real?-  no quiere decir que me atreva a modificar la geografía. Simplemente leo en Metrópoli abierta que la remodelación de una calle de Barcelona rotulada Pisuerga -carrer del Pisuerga, para ser más precisos, en el distrito de Les Corts- costará dos millones de euros. La vecindad y su asociación barrial sabrá si es mucho o poco, o si va a ser una remodelación positiva o deficiente, no entro en ello, no moro allí. Mi asombro ha sido que un río de los no principales de España, pero tampoco de los insignificantes  pues casi son trescientos kilómetros de recorrido y aumenta su caudal con otros afluentes, tenga una nominación a orillas mediterráneas. Me congratula que su nombre sea al menos posterior a la desaparición del dictador, aunque más me hubiera encantado que proviniera de épocas anteriores a las barbaries del siglo XX. Pero no tiene ninguna importancia.

Siempre he defendido que las calles de nuestras ciudades deberían dar prioridad en sus nomenclaturas -y a ser posible circunscribir en exclusiva- a todos los accidentes geográficos del país o de otros países y continentes, así motivarían al menos a los vecinos a ubicarlos. O bien a otros territorios, sean naciones, regiones, comarcas y urbes del mundanal ruido, y de esta manera habría una intención de recordar los parajes más alejados del planeta. O bien a astros, fenómenos naturales, dimensiones siderales, con lo que nos sentiríamos más hermanados con el Universo. O bien a personajes mitológicos de todas las culturas, cuidando mucho, claro está, que no se evoque en exceso a algunos que aún medran y perduran entre nosotros con su legión de seguidores. O bien a individuos humanos que hayan aportado a la humanidad con cierta o considerable calidad en los terrenos de ciencia, técnica, arte o relaciones humanas probadamente constructivas. Tal vez algún día nuestras ciudades estén libres de referencias bélicas, conquistas, prohombres aprovechados, mesías inexistentes, pregoneros religiosos, líderes con pies de barro y manos peor intencionadas, caudillos infaustos y simples oportunistas de los ciclos de crecimiento de las ciudades, es decir, los vinculados al negocio urbanístico e inmobiliario, que aún cunden entre plazas, rúas y travesías.

Me pasaré un día de estos por la orilla del Pisuerga real y le diré por lo bajines lo de su calle en Barcelona, aunque le traerá al pairo. Porque lo suyo es fluir, que ya lo hacía antes de que los romanos de la IV Legio Macedonica lo bautizaran Pisoraca, desde el norte de la provincia de Palencia hasta su desembocadura en el padre Duero, en la provincia de Valladolid. 

Por cierto, aún no he sabido el significado preciso de la frasecita manida Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. No me huele muy antigua, porque el río bífido del primitivo asentamiento romano o de la ciudad medieval eran las Esguevas, dos ramales que penetraban por diferentes orientaciones de la ciudad y recorrían su urdimbre habitada. El Pisuerga era un río extramuros y solo a partir del XVI se le empieza a considerar el río de la urbe, con la ampliación del casco. También el Duero es otro río del municipio pero, este sí, queda apartado en uno de los barrios más lejanos. Ciudad de ríos ésta y de capas freáticas a poca profundidad. Si alguien podría reivindicar al Pisuerga antes de llamarse tal sería el poblador celta -vacceo, para más señas- que tuvo su modesto poblado de ochocientos años antes de nuestra era en uno de los meandros que forma el río de manera espectacular en los límites de la ciudad. Y todo esto viene a cuenta de una calle de Barcelona que se bautiza Pisuerga.















(Ambas fotografías corresponden al paso del Pisuerga por Valladolid, en dos direcciones opuestas)



martes, 30 de enero de 2018

Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?




Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? quam diu etiam furor iste tuus nos eludet? quem ad finem sese effrenata iactabit audacia? 
Nihilne te nocturnum praesidium Palati, nihil urbis vigiliae, nihil timor populi, nihil concursus bonorum omnium, nihil hic munitissimus habendi senatus locus, nihil horum ora voltusque moverunt? Patere tua consilia non sentis, constrictam iam horum omnium scientia teneri coniurationem tuam non vides? Quid proxima, quid superiore nocte egeris, ubi fueris, quos convocaveris, quid consilii ceperis, quem nostrum ignorare arbitraris? O tempora, o mores! Senatus haec intellegit. Consul videt; hic tamen vivit. Vivit? immo vero etiam in senatum venit, fit publici consilii particeps, notat et designat oculis ad caedem unum quemque nostrum. Nos autem fortes viri satis facere rei publicae videmur, si istius furorem ac tela vitemus. Ad mortem te, Catilina, duci iussu consulis iam pridem oportebat, in te conferri pestem, quam tu in nos [omnes iam diu] machinaris.




(Cuadro de Cesare Maccari)

sábado, 27 de enero de 2018

Apunte sobre parir y ser parido y una premonición




















Dice Gracián en El Criticón: "¿Cuál puede ser una vida que comienza entre los gritos de la madre que la da y los lloros del hijo que la recibe?" El acto de parir y el correspondiente de nacer tienen, además de ser hechos de vida, mucho de premonición. El dolor y la queja abren la senda de lo que vendrá después. En esos momentos es lo que se impone, biología pura y durísima. Salto de calidad, tributo natural, violencia transitoria. Otro tipo de consideraciones -racionales, emocionales, afectivas, éticas o de economía familiar- se desencadenan instintivas u ordenadas a continuación para hacer llevadero el camino, para compensar y dotar de un cierto grado de significados la existencia que se da y la que se recibe. Para proporcionar recursos de subsistencia y defensa ante las dificultades y adversidades que irán llegando paulatinamente. Con frecuencia se olvida aquel punto crucial del parir y del nacer. De hecho, es desigual. Una madre puede recordarlo toda la vida. Un hijo crece con la idea de que estuvo siempre en el mundo. Obviamente una hija que un día sea madre pasará la experiencia que la madre ya había tenido, pero que el varón no conocerá jamás. La ventaja siempre es de la madre, del rol o figura madre, del hecho madre. Al final de sus días vinculará de alguna manera su acción generosa -confiada y proporcionada por su propia y exclusiva naturaleza- con el acto de morir ella misma. La paradoja está servida para todos. Sin embargo, para su alivio y bien llevar la última etapa, no recurrirá a evocar sus partos, sino a invocar a la madre que una vez también a ella le dio la vida y la crió. La agonía en la mujer o el hombre siempre reclama a la madre: el origen, el calor, el cuidado, la oportunidad. La madre se nos aparece en las últimas como vértice. Cuando el vórtice está a punto de desinflarse del todo. Las puertas del final vuelven a los humanos orantes de una protección que ya nadie les proporcionará.


(Ilustración: un obstetra y escritor de Zurich, Jacob Rueff, publicó en pleno Renacimiento un libro dirigido a parteras, el Hebammen Buch o Libro de parteras, plagado de ilustraciones instructivas y de alta calidad. Pero tras su muerte, el editor contrató al artista Jobst Amman, para ilustrar una nueva edición, considerada una de las mejores de medicina del siglo XVI) 


viernes, 26 de enero de 2018

Apunte sobre un retrete áureo que decorará la Casa Blanca
















Ah, no, en absoluto es envidia, pero ¿qué ven ustedes aquí que no vean en la pieza que tienen en su casa? Mas imaginen por un momento que disponen en su servicio de esta lujosa taza. ¿Acaso el refulgente brillo propiciaría la motilidad intestinal o bien la refrenaría? ¿Serían más vívidas las heces que ustedes expulsen si se sientan en este trono o más sospechosas de que algo no funciona bien en la intimidad de sus vientres? ¿Se sentirían más cómodas sus barrigas y más distendidos sus genitales sabiéndose abrazados y protegidos por el patrón oro? ¿Acaso cambia en algo la forma, no obstante el material de que está fabricado? ¿Proyectaría más su imaginación este retrete que aquel en que ustedes se sientan cada día? ¿Transmitiría la áurea sedosidad del apoyaculos más relajación o, por el contrario, suscitaría inquietud? ¿Tendrían devaneos eróticos más liberados o los reprimirían? ¿Serían más hondas y resolutivas sus reflexiones apoyándose en lo dorado? ¿Tomarían mejores decisiones sobre los planes del día? ¿Resolverían mejor los crucigramas sabiendo que sus glúteos acarician el noble metal? ¿A ustedes les parece que su limpieza implicaría menos labor? ¿Temerían cometer sacrilegio si lo que ustedes desalojasen pringara la fina y delicada textura del invento? ¿Lo mostrarían a sus familiares y amigos cuando estos les visitaran en sus domicilios? ¿Acaso se postrarían ante él con más veneración cuando la borrachera les exigiera el tributo del vómito? Confiesen: ¿se sentirían acomplejados o realizados en la profunda esencia filosófica de su ser?

Por la módica cantidad de un millón de dólares se lo fabrica el artista de turno, además de manera personalizada, esto es, según sea su culo grueso o fino y su volumen pesado o ligero. 

El Museo Guggenheim de Nueva York ha remitido esta pieza del artista italiano Maurizio Cattelan a la Casa Blanca como elemento decorativo de dicha mansión. ¿Será únicamente destinado a este fin?

Convénzanse, hermanos. No padezcan envidias innecesarias. La más humilde choza es tan digna y casi acogedora como el palacio más deslumbrante. Al fin y al cabo todos venimos del barro.


miércoles, 24 de enero de 2018

Apunte brevísimo sobre el momento presente o cómo nadie quiere ir a la cárcel




Nadie quiere ir a la cárcel en este país. Los privilegiados pueden elegir y pactar. Los desgraciados, desafortunados y miserables no tendrán tanta suerte. España asiste perpleja a la tenaza entre corruptos que dirigen en mayor o menor medida aparatos del Estado y sus administraciones, y supremacistas que se lanzan a aventuras destructivas en nombre de un anhelado e imaginario dios Estado para ellos solos. Y un tercer mango de la tenaza, la incapacidad del resto de partidos del espectro político de dialogar siquiera para que salgan adelante los Presupuestos del Estado. Camino de la paralización legislativa que tiene muy mala traza. Escasa talla de políticos en todos ellos y jugando con fuego. Digo que España asiste perpleja. ¿Me lo creo? No sé. Es una manera de hablar. Corrijo, por lo tanto.

Ciertos ciudadanos son sensibles y advierten la deriva peligrosa. No me atrevo a hablar de España con la desmesura del presidente del gobierno cuando se arroga que su punto de vista lo respaldan todos los españoles o cuando los nacionalistas catalanes hacen causa general de Cataluña, como si unos y otros fueran portadores del sentir general de un país plural, mientras resulta que solamente son respaldados por una parte. Muchos españoles estamos cada vez no solo más perplejos o desconcertados sino irritados y seriamente heridos por la desfachatez política. Entre todos están haciéndonos a la gente común y corriente mucho daño, sin entrar ahora en sus discutibles defectuosas gestiones de lo público. Para librarse de la cárcel  -a nadie gusta ir a ella incluso sabiendo que se ha vulnerado la legalidad, en cualquiera de los casos-  varios políticos o acólitos se traicionan y chivan estos días, otros cantan por peteneras, otros se arrepienten (en falsete), otros prometen ser buenos (el tiempo dirá si en vano), otros se fugan, lo cual dice poco en aras de esa imagen mesiánica que intentan adoptar. Y otros, muy altos, se resguardan en su silencio ¿cómplice?, callan, se hacen los locos, sabiéndose desbordados y temerosos no vaya a ser que un día ellos también tengan que vérselas con la Justicia. El mundo al revés y todos incoherentes con el país en nombre del cual dicen hablar y defender. Y, en el panorama quebradizo del país, una oposición cabal e inteligente de izquierdas o progresiva o simplemente que dé alternativas racionales, ¿dónde mora? Todo huele a oportunismo, a tentarse la ropa, a observar el error del otro y pensar en la perspectiva electoral, a lo que emitan las encuestas, y el ciudadano medio no ve que se traten los grandes temas que le afectan, que se tomen medidas, que se avance en propuestas. Un antiguo sindicalista ácrata de mi ciudad decía el otro día que cuando entró a trabajar hace cuarenta y cinco años en cierta fábrica de coches importante y, por lo tanto, a enfrentarse con los problemas laborales, "no sabía lo que era la izquierda ni la derecha". Y apostillaba: "En 2018 sigo sin saberlo, y eso sí que jode". Puede parecer una conclusión reduccionista y exagerada pero da que pensar.

NB. No me siento cómodo hablando de este tipo de temas, pero me resisto a morder los anzuelos que nos ponen los pescadores de pacotilla del panorama político.


(Imagen de Pavel Kuczynski)

lunes, 22 de enero de 2018

Amores efímeros. Maya y el amanecer












A veces las mañanas se levantan cansinas, lentas, traicionando el proyecto de los quehaceres. Entonces las mañanas no son las horas ni el juego de las luces ni tampoco el calendario. Se desproveen de rostros, se libran de recuerdos. Remolonas y ausentes se encarnan en un cuerpo. Mi cuerpo. Se flota en una especie de llanura suave, cuya geografía uno quiere retener sin que acierte a saber cómo es. No importa si en nada se asemejan a los accidentes que nos dejó la naturaleza convulsa donde habitamos. Cautiva la ausencia de sonidos y sobre todo el vacío de voces. Los objetos, no solo los del entorno donde reposas, sino los de la mente, se han volatilizado. No hay lugar para objeto, cosa o individuo, en las mañanas tibias. Y si estás muerto, te preguntas de pronto. Y si esto es el instante de contrición del que algunos hablan en ocasiones pero que nadie ha logrado definir. Y si no existe retorno. Retornar para qué, si no hay dónde. Ni siquiera bostezo, por no romper la mística del templo. Éste, un ámbito que se me obsequia a camino entre materias que disputan entre sí. La única decoración reside en los contornos de mis sensaciones, que no lo son realmente, y si la quietud más extensa se roza con ellas es porque mis confines no se despegan del todo y de una única vez de lo que regularmente me ata a este mundo. Pero qué digo o ensueño o me engaño sobre las ataduras del mundo. Qué importa aquí, a esta hora, la palabrería moral que sale al camino a hurtar la luz. La naturaleza se carcajea de mí. La materia se divierte con la pretensión del ser por reconocerse y sentirse reconocido. Nada está más huero que lo ocupado. Los objetos mueren al día siguiente de ser colocados en un estante o en una mesa o en el pensamiento. No. Los objetos del pensamiento, a diferencia de esas cosas fabricadas que envejecen sin sentido en la casa, se inquietan, se agitan, se conmueven. Mutan. Cuándo un pensamiento deja de ser sueño y cuándo un sueño deja de ser una emoción, piensas fugazmente. Pienso. No pienso. Los amaneceres no existen para ser interpretados. Ves lo que te parece un resquicio luminoso y te asombras. Como te sorprendes de lo acogedora que puede ser la oscuridad. Se te permite acceder a su superficie cambiante. Tu asombro premia el fenómeno de cada día, aunque su mirada accidental lo ignore. Mi asombro. Demoro cualquier acto, desprecio cualquier llamada, resisto cualquier movimiento (cualquier atadura, preciso) Los amaneceres deben ser imperceptibles. Como si no arrancaran.   

Maya llega, agarra la sábana y me cubre. Juega. Como si no estuvieras, dice.   



sábado, 20 de enero de 2018

San Antón, San Antón (con retraso)















Cuando Pedro habla de San Antón me trae recuerdos. Aquel día algunos avispados y curiosos de la clase salíamos deprisa para asistir a la ceremonia de bendición de los animales. El atrio de la iglesia nos pillaba muy cerca. Nos parecía algo atípico dentro de los rituales católicos. La presencia viva y agitada de perros, gatos, pájaros y algún lorito al pie de la iglesia nos atrapaba. Nada que ver con otros actos lustrosos, esto es, procesiones y boatos varios que se gastaban en aquellos tiempos un día sí y otro también los funcionarios del clero. Creo que para justificar aquella costumbre que, por otra parte, no habían inventado ellos, recurrían al seráfico de Asís, así lo nombraban, pues por mucho que afirmaran a los animales los religiosos no les habían tenido especial y salvífica consideración. Habían establecido aquella división bruto/hombre y con ella pontificaban para reprobar a sus ovejitas de la fe cuando no se portaban bien. Cualquier comportamiento del hombre que la religión no aprobase era identificada sistemáticamente con la conducta del animal puro y duro. Dicho de otro modo: todos nos convertíamos en bestias irracionales y dejábamos de ser "hijos del Señor" en cuanto contraveníamos las normas morales establecidas por la sacra institución. La bendición de los animales era, sin embargo, un alarde excepcional que se permitían un día al año a solicitud de sus fervientes partidarios de Dios y de la mascota. Pero los niños buscábamos únicamente el lado de espectáculo callejero: los aderezos que colgaban a los perros, los cascabeles del cuello de los gatos, las jaulas casi de oro de algunas aves, el comportamiento propio de sus especies que trataban de zafarse del control...y el exhibicionismo de sus dueños, que se daban cita para garantizar una parte de cielo a los hijos brutos frente a los hijos humanos. 

Ah, un especial recuerdo para la rifa del cerdo de San Antón. ¿O eran varios? Aquel puesto donde durante algunas semanas previas, junto al viejo mercado del Campillo de mi ciudad, se exponían entre fiemo los animales objetos de sorteo. Mi madre compraba siempre el boleto. Nunca nos tocó ni nunca supe si tocó a alguien.

Al pie del artículo de Pedro y a la sombra aún de la piedra de la locura, solo se me ocurre este refrán: San Antón, San Antón, saca la piedra y destripa el terrón. Si alguien lo entiende, que me lo diga.


(Foto José Demaría Vázquez, "Campúa", de 1953)


martes, 16 de enero de 2018

La extracción de la piedra de la insania




















¿Por qué la obsesión de los antiguos por extraer la piedra instalada supuestamente en algún lugar del cerebro? ¿Por qué adjudicar la imagen de una piedra a la melancolía y por extensión a la enfermedad mental, cualquiera que sea su manifestación? Tal vez sea cuestión de representaciones en conflicto. Lo pétreo invoca la dureza, la materia bruta, lo sólido cuyo reino, creían, nada tiene que ver con el cuerpo humano. Este, por su parte, sería la materia sensible, la carne débil, la sustancia fluctuante, la inteligencia transformadora. Consistencia inmutable versus obra de un demiurgo. 

Olvidado para muchos quedó hace tiempo el relato de que Dios hizo al hombre de la arcilla. En aquella metáfora había una relación velada entre dos materias aparentemente tan dispares. Al fin y al cabo las arcillas surgen de la descomposición de minerales, luego emparentados estamos si tomamos con rigor la narración fantástica del Génesis. Mas la realidad siempre supera la ficción y hoy se sabe cómo nuestro cuerpo está repleto de sustancias químicas propias, muchas de ellas reelaboradas a partir de nuestras dietas, que actúan en muchos casos en su formación de manera análoga a las demás expresiones naturales y geológicas.

Pero al humano le gusta no solo diferenciar sino sentirse diferente, pues la apariencia forma tanta parte o más de su identidad como el esfuerzo por conocer los hechos. Nos ha costado imaginar que nuestra plasmación carnosa y ósea, compleja y permanentemente mutable en su adaptación al medio y a sus propias respuestas evolutivas, pueda acoger lo pétreo que, además de extraño, lo consideramos dañino. Los mitos son muy bonitos pero nadie quiere sentir el tacto del mineral más allá de la superchería que contaban del cerebro, esto es, en el riñón, en la vesícula o en la vejiga. Por poner ejemplos ordinarios. Y sin embargo somos creadores inconscientes de algunos materiales que se ubican en nuestro cuerpo. Pero lo extraño o inhabitual no es ajeno. Nada habita dentro de nosotros que no esté ya dentro, decía el sufí.




Maestro, saca rápidamente esta piedra. Mi nombre es Lubbert Das, dice la leyenda de exquisita caligrafía que orla el cuadro de El Bosco. Como todo lo que pinta este autor genial la imagen es una  composición irónica y crítica que hoy nos puede parecer menos inteligible pero que en su tiempo podía ser entendida a la primera. Hasta el texto que acompaña incide como un grito desesperado que pone la guinda. El enfermo, atacado por la locura, pretende ser tratado por las fuerzas vivas de la época, la que se ocupa del cuerpo y la que pretende la cura del alma. Ambos personajes, decisivos en la vida de las personas de entonces, nos son presentados por  Hieronymus Bosch como poco menos que charlatanes de feria. El médico -el embudo en la cabeza es chanza del pintor por medio del cual le desacredita- trata la enfermedad del paciente por la vía brava, como si el mal fuera tratable con una trepanación burda que extrajera la locura. El clérigo, mientras, muestra el lado habitual de los curas: la oferta de la consolación a través de su verbo y de la exhibición de un objeto litúrgico propio del simbolismo eclesiástico. O tal vez se trata de un recipiente de vino al que tan entregados estaban estos ociosos. Pero, ¿es la supuesta locura de Lubbert Das su verdadera condición grave, por mucho que suplique que se le libre del mal? ¿O el pintor quiere decir que lo loco, o transcribamos también como lo necio, es precisamente ponerse en manos de curanderos sin mayor capacidad científica, que solo se prestan a sacar los cuartos al ingenuo que se ponga en sus manos?

Hay un personaje en la escena cuya posición espectadora le vuelve intrigante y a la vez distante. Es marginal a la acción de los charlatanes y al sufrimiento del paciente. En general se muestra contemplativo respecto a toda la trama. En esa mujer que se apoya con aire de aburrimiento y dejadez hay quien ve una representación alegórica de la Melancolía. Pero el libro que mantiene de manera circense sobre la cabeza ¿es un mero capricho de El Bosco?¿O el libro cerrado expresa el verdadero drama al guardar en su interior el conocimiento y la sabiduría que no aplican ni el supuesto doctor ni el charlatán de lo divino? Una interpretación más lineal diría que se trata de una monja, y en ese caso su actitud contemplativa no sería sino parte del grafismo que la sitúa.

Un último apunte sobre el detalle de la extracción. Lo que el curandero saca del cerebro del pobre Lubbert Das no es una piedra, sino un capullo, una flor. ¿Es la locura lo que se pretende tratar o es la imaginación lo que se elimina del cerebro humano? Si la piedra es la dificultad y el tapón del pensamiento, el capullo representaría la eclosión de los sueños creativos del artista, el brote de la imaginación, la libertad, al fin y al cabo, de las ideas y de la fantasía. ¿Todo esto es propiedad de locos? Los agentes del control social en cualquier tiempo y circunstancia de la Historia disponen de un repertorio de recursos para anular la capacidad creativa y libertaria del individuo. Y teniendo en cuenta que La extracción de la piedra de la locura es un cuadro de juventud de El Bosco no sería nada raro que hiciera su particular y satírica interpretación de las cosas de ese modo.





domingo, 14 de enero de 2018

Amores efímeros. Telaraña y Laberinto















Laberinto se ruborizó al encontrarse con Telaraña en una de sus callejuelas. No somos lo mismo pero coincidimos en análogo objetivo, dijo Telaraña a Laberinto. Es verdad, contestó éste, para quien entra en tus dominios o en los míos no hay salida. La mejor salida es no entrar, respondió ella dicharachera. Laberinto encontró contradictoria aquella opinión. Pero tú has entrado en mi territorio, le espetó. Puede suponer riesgo para ti. Telaraña no se arredró.  Aquí he estado siempre, pero no te habías fijado. Cuando yo entré tú eras pequeño y no advertías mi presencia. ¿Quieres decir que no me temes?, se asombró Laberinto. Si te hubiera temido jamás habría entrado. En tu red o en la mía solo entran los despistados o los ambiciosos. Laberinto miró a Telaraña con curiosidad. La encontró atractiva, novedosa. Además el desparpajo de la intrusa le confundía, y no se anduvo con reticencias. Telaraña, ¿a cuál de las dos clases de necios perteneces?, soltó con dureza para ponerla a prueba. Me atraías tú, llegué aquí por la pasión de conocerte, le confesó. Telaraña casi se arrepintió de lo que había dicho y se abochornó. Pero ese es el mayor peligro para ti, repelió él rápidamente la osadía. Que quieras conocerme. Quien intenta saber cómo soy acaba perdiéndose, sin que me importe lo más mínimo. Si no te interesaras por mí no te habrías parado a hablar conmigo, supo defenderse Telaraña. Llevabas varios días coqueteando con la mirada y variando la dirección de tus calles para que yo estuviera siempre cerca. Reconoce que el despliegue de mi cuerpo te hipnotiza. Laberinto tuvo miedo de que la trampa verbal fuera más efectiva que la exuberante trama deslumbrante de Telaraña. Permaneció en silencio. Ella aprovechó esta actitud para atacar de lleno. Yo no quiero conocerte para que cambies, como tú jamás debes rozar siquiera mi silueta de seda pretendiendo saber cómo está urdida. ¿Qué invasión podría haber entre nosotros si nos aceptamos tal como somos y nos amamos en la distancia? Entonces Laberinto abrió su corazón de par en par. ¿Sabes, Telaraña? Llevaba tanto tiempo perdido en mi soledad que ya ni siquiera me atraía que entrara nadie. Los aventureros audaces son tontos. Los héroes no dan más talla que la apariencia. Los buscavidas son extremadamente egoístas. Los que claman por los dioses se ponen las máscaras de ellos. Y los dioses...hace tiempo que se revelaron como el eco insolente de los hombres. Es muy aburrido ver que todos se obcecan en buscar aquí una salida que no prospectan dentro de sí mismos. Y lo que les espera a todos tiene el mismo fin. Resulta tan desagradable ver morir de locura, más que de cualquier otro mal...

Telaraña se vio subyugada por las reflexiones de Laberinto. Te sugiero un juego, propuso. Tú cambias las calles de tu ciudad de la confusión y yo me acomodo a cada rincón de manera imprevista, hasta que me encuentres. En lo que nos buscamos nos entretenemos. A Laberinto le pareció divertido. ¿Cuándo empezamos?      


(Fotografía de Tomás Saraceno)