
Qué lejos queda, pero qué fresco se mantiene el muerto. Qué recientes cuando no actuales suenan todavía muchos de los artículos críticos sobre la sociedad española, la administración y los administrados, artículos deficientemente calificados como de costumbres, de Fígaro. Ya saben, aquel viviente llamado Mariano José de Larra. Hoy hace solo 182 años que se pegó su pistoletazo suicida. ¿Por la anti razón pasional de un amor despechado? ¿Por otra clase de hartazgo vital en un individuo tan inquieto como observador de un país en continuo y rocambolesco acontecer, incluido el guerracivilismo al uso? Pues la fecha 13 de febrero -declarada, por cierto, también como Día de la Radio- me parecía una ocasión para repasar algunas lecturas de aquellos artículos heredados.
Me imagino, por ejemplo, que estoy en un café de los Madriles untando unas porras en una taza de café aún auténticamente colonial, y hojeo El duende satírico del día o El pobrecito hablador o la Revista Española o El observador o El correo de las damas o El español... mientras soporto las toses de los parroquianos y los esputos escondidos de algún tísico propios de un mes tan frío. Cualquiera de aquellos periódicos, más o menos efímeros donde escribe ese espécimen de centauro poliédrico, cronista, periodista, crítico, dramaturgo...en fin, un liberal y librepensador en un tiempo y en un Estado -de Gobernación y de cosas- en que ser liberal tenía mucho, mucho mérito, no como ahora en que el término tiene trampa y tramposos. Para celebrarlo a mi humilde manera transcribo aquí pour vous tous, madame et messieurs, un artículo -podría haber sido otro- titulado La gran verdad descubierta (Tomado de Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, ed. Alejandro Pérez Vidal, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 235-236) para percibir no solo la preocupación del momento en un tema más de los que vivió de cerca Larra, sino el estilo irónico y sarcástico de su escritura deliciosa.
La gran verdad descubierta
"Dirán que los grandes trastornos políticos no sirven para nada. ¡Mentira! ¡Atroz mentira! Del choque de las cosas y de las opiniones nace la verdad. De dos días de discusión nace un principio nuevo y luminoso. ¿Saben ustedes lo que se ha descubierto en España, en Madrid, ahora, hace poco, hace dos días no más? Se ha descubierto, se ha decidido, se ha determinado que «la ley protege y asegura la libertad individual». Cosa recóndita, de nadie sabida, ni nunca sospechada. Han sido precisos todos los sucesos de La Granja, la caída de tres ministerios, una amnistía, la vuelta de todos los emigrados, la rebelión de un «mal aconsejado príncipe», una Cuádruple Alianza, una guerra en Vizcaya, una jura, una proclamación, un Estatuto, unas leyes fundamentales resucitadas en traje de Próceres, una representación nacional, dos estamentos, dos discusiones, una corrección ministerial, un empate y la reserva de un voto importante, que no hacía falta, para sacar del fondo del arca política la gran verdad de que «la ley protege y asegura la libertad individual». Pero ahora ya lo sabemos. «Girolamo, lo sappiamo», responderá alguno. «Sappete un!!!» Ahora es, y no antes, cuando verdaderamente lo sabemos, y ya nunca se nos olvidará.
¡Que nos quiten esa ventaja! A un dos por tres descubrió Copérnico que la Tierra es la que gira; en un abrir y cerrar de ojos descubrió Gassendi la gravedad de los cuerpos; Newton halló su prisma en un mal vidrio; Linneo encontró los sexos de las plantas entre rama y rama. Pero han sido necesarios siglos de opresión y una corrección ministerial para descubrir que la ley protege y asegura algo. He aquí la diferencia que hay de las verdades físicas a las verdades políticas: aquéllas suelen encontrarse detrás de una mata; éstas están siglos enteros agazapadas detrás de una corrección ministerial. Ábrase la discusión, discútase el punto, pronúnciese la modificación ministerial, et voilà la vérité, que salta como un chorro, y salpica a los circunstantes. ¡Uf! «La ley protege y asegura la libertad individual.» Luego que esto esté escrito y sancionado, ya quisiera yo saber quién es el que no anda derecho. ¿Qué ladrón vuelve a robar, qué asesino mata, qué facción vuelve a levantar cabeza, y qué carlista, en fin, no se apea de su destino? La discusión, la discusión; he aquí el secreto. «La ley protege», es decir, que la ley no es cosa mala, como se había creído hasta ahora; «la ley», por último, he aquí la gran verdad escondida. Loor a la revolución, loor a las discusiones largas y peliagudas, loor a las correcciones ministeriales, y loor en fin, para siempre, y más loor a la gran verdad descubierta".
(Aparecido en Revista Española, n.º 332, 16 de septiembre de 1834. Firmado: Fígaro)
(Larra por el pintor Tomás Bartolomé)