lunes, 19 de marzo de 2018

Plegaria a la línea











Tú, trazo pequeño, naces tímido pero preciso. A semejanza de la luz que te guía y que te quiere como un haz más de los suyos buscas iluminar las fantasías soñadas de los hombres. Allá donde dirijas tus pasos los hombres reclamarán de ti el sentido de una proporción o la forma de un volumen o acaso una simple señal que les dé esperanza. Pero tú serás más que eso, pues no te diluyes en la representación osada de una geometría o en el plano alzado de un edificio o en las pinceladas de una plasticidad caprichosa, sino que permanecerás fiel a tu origen oculto. Moras en cualquier rincón de la tierra y sales al encuentro del hombre. No eres invento humano, aunque los poetas de las imágenes se hayan apropiado de ti. Naces de una tormenta, quiebras con las montañas que taja el cataclismo, te multiplicas en la dispersión de todas las vidas, escenificas la herida de un animal, te revelas en el humilde atrevimiento de una fisura, sabes hacerte cómplice del vuelo de la corneja, creces en la comisura de unos labios, te expandes en la mirada de asombro de unos ojos, te entregas al cayado del pastor que para matar el tiempo dibuja sobre el suelo árido que no le pertenece. Oh, tú, línea humilde y compañera. Circunda mis sienes cuando llegue mi partida postrera. Arrebátame ahuyentando el dolor y la pérdida. Impide que hombres ungidos con la superstición hagan contigo rayas impúdicas sobre mi cuerpo. Te hablaré cara a cara entonces. De principio a fin de mi vida, te diré, no fui sino una línea que se reprodujo en sus mil formas para llegar al principio. Donde no fui.



(Fotografía de Inés González)

viernes, 16 de marzo de 2018

Aquel lejano idus de marzo o el apuñalamiento de César





Yo, Caio Marco Tarquinio, escribiente de las sesiones de la alta magistratura de la República, lo vi y oí todo. Permaneciendo discretamente en una estancia adjunta donde los senadores se acicalan antes de ocupar sus sitiales escuché las últimas palabras de los conspiradores. Poco hablaron y mucho se miraron entre ellos. Hubo algunos gestos, cierto nerviosismo en los más indecisos y un comportamiento extremadamente frío de los que habían optado por la ejecución de César desde el primer momento. Unos a otros se mostraron con disimulo las afiladas armas que llevaban preparadas, alzando discretamente los pliegues de la toga. 

Cuando llegó César, todos aquellos traidores le abrieron paso. Cundieron las sonrisas, los tonos de voz jocosos y hasta tuvieron lugar algunas conversaciones relajadas. No sabría decir si César estaba advertido y fue imprudente o si no consideró graves las informaciones. Tantas confabulaciones se habían producido en Roma que acaso nunca pensó que las ambiciones de los patricios pudieran cuestionar su poder hasta el punto de eliminarlo a él físicamente. Y menos en aquel tiempo en que la prosperidad era más palpable que nunca en la urbe. Los conjurados le hicieron creer hasta el último momento que no había motivos de tensión y ocultaron sagazmente los planes urdidos. Un criado de César llegó a contarme después del crimen que César había recibido una premonición del destino, pero que a propósito la había ignorado. El sueño de Calpurnia en el que veía a su esposo rodeado de sangre que manaba de una de sus efigies de mármol no fue tomado en consideración. No creo en los sueños y si no me han hecho temer jamás los hombres, después de tantas campañas, tampoco me voy a asustar de lo que veas en los sueños, dicen que le había contestado César a su mujer. 

Pues bien, no llevaban mucho tiempo de sesión cuando uno de los senadores ancianos me sugirió que me retirara aparte, pues lo que iban a tratar no concernía a decisiones de gobernación y no debía ser objeto de quedar registrado. No escapaba a mis limitados conocimientos que los senadores más antiguos y de mejores familias no veían con buenos ojos los planes de César de ampliar el Senado e incluir a advenedizos de distintos orígenes que podía suponer una alteración de la influencia de la clase alta. Pensé que iban a discutir distendidamente de cuestiones secundarias, dándose a la conversación precipitada y dicharachera, cargada de chascarrillos y bufas, sobre la que no merecía la pena que se levantase acta alguna. Pero todo fue un ardid. Apenas salí de la sala cuando escuché que César adquiría una entonación severa, como si estuviera exigiendo respuestas a los presentes sobre algún tema de gravedad. Otras voces le plantaban cara, unas con escasa decisión, otras con un estilo de velada amenaza.

No lograba escuchar bien de qué trataban. Entreabrí la puerta de la habitación donde solemos guardar los escribientes nuestro menaje y vi cómo una figura, que no alcancé a ver de quién se trataba, se levantaba de su asiento y se dirigía hacia César haciendo un ademán brusco. César se quejó de aquella aproximación y se sintió molesto por la falta de respeto a su autoridad, pero a continuación el mismo individuo alzó el brazo a la altura del cuello de César. Fue como una orden refleja para otros senadores. Unos se aproximaron a César por la espalda, otros esperaron su reacción para buscarle el torso, dos de ellos fueron a acosarle por los costados. Los filos aparecían, agitaban el aire, se hundían en el cuerpo del hombre, acababan escondiéndose, avergonzados y sangrientos, entre las togas y las túnicas. César daba tumbos y la vestimenta se le iba impregnando del flujo de sus venas rotas. Me pareció que alguno de los asistentes trataba de parar aquella violencia tan visceral como programada, pero volvieron a sentarse y a observar la escena de un crimen que se pretendía simbólico cuando en realidad era sacrílego. César era un hombre de fortaleza y daba la impresión de no acabar de creerse lo que le estaba ocurriendo. A cada empellón que sufría se resistía en la caída. Fue entonces cuando uno de los senadores abrió la puerta junto a la que yo oteaba el suceso. Tenía en la mano una espada corta, de empuñadura áurea, cuyo filo estaba manchado por la sangre de la víctima. Me sujetó del brazo y me dijo: tómala tú ahora. Empuña este arma con el mismo brío con que usas el cálamo para registrar los acontecimientos y hacer poesías de encargo para los enamorados. Así servirás con dos armas paralelas a la liberación de Roma. Yo, Caio Marco Tarquinio, sobrenombre que oculta uno más modesto proveniente de una provincia meridional y pacífica, la tomé aterrorizado para dejarla caer a continuación. Doy fe que manché mis manos con la sangre de César sin haber tenido complicidad alguna en el crimen. Lo que vino después...


(Aquí se interrumpe la relación que el autor, cuyo origen no se conoce con precisión, hizo como testigo directo del asesinato de Julio César en los Idus de marzo del año 709 de la fundación de Roma. Traducción del latín de D. Fackelius)



(Dibujo de Laurent Pécheux)



jueves, 15 de marzo de 2018

Esta semana ha resucitado El Caso







¿Por qué les gusta a muchas personas, demasiadas, asomarse a los crímenes de los demás? En parte por morbo, lo cual puedo entenderlo aunque ni su ética ni su estética banales, por más que la ironía de De Quincey o el sarcasmo de Aub lo aireen, eleven al ser humano que dicen que llevamos dentro. En parte porque nos gusta convertirnos en policías y jueces, cuando no en forenses, pues ya se sabe que estas funciones no son solamente institucionales, sino que las portamos cada cual con mucho ahínco y las dedicaciones profesionales no son sino reflejos de nuestras exigencias. En parte también, en mucha parte, porque los crímenes que suenan suelen estar un tiempo, hoy apenas unos días cuando no unas horas, en boca de todos, y quien no habla de ellos parece un tonto desinformado. El morbo inherente a la contemplación, en directo o en distancia, de un crimen nos conduce a ensoñaciones con su regusto malsano pero apetitoso. Sentirnos parte del sistema policial y judicial nos lo pide el cuerpo, pues creemos tener visión de investigar y capacidad de procesar, según nuestros estereotipados y pobres criterios, a la majestad más alta y al mendigo más desgraciado, si llega el caso. Aunque también hay que precisar que libramos más al primero y nos cebamos con el segundo (y no te cuento si es el último de la fila social) Y además, ¿a quién no le gusta alardear de que está al tanto de la actualidad y que lleva dimes y diretes al prójimo?

Estos días, con ayuda de los conspicuos y dudosamente éticos medios de comunicación, circula información continua sobre un miserable crimen (¿hay alguno que no lo sea?) sobre quien más o quien menos se emite opinión alegremente. La capacidad de las televisiones y radios, sobre todo las primeras, para vender la misma noticia, incluso sin avances, de una manera constante, emitiendo juicios de valor, predisponiendo a que el receptor tenga a priori los criterios que las cadenas quieran y sobre todo que los reelabore conforme a sus propios prejuicios y adoptando un papel que no le corresponde (el de investigador o juez), removiendo y manipulando los sentimientos no siempre sinceros de los individuos, configura ya una opinión generalizada que aterra. Sucede en cada ocasión que un crimen conmueve a la sociedad, como dicen los media. Escucho de todo estos días. No hay persona del entorno del crimen que quede libre de sospecha. No se respeta en muchos casos la presunción. Se quiere saber los motivos con avidez, como si el tema de un asesinato no fuera delicado y en un sistema judicial como el nuestro digno de ser tratado conforme a una investigación con garantías y unas leyes penales aplicadas con justicia si cabe. Se ignora una vez más la división de poderes y la del propio estamento judicial, por no decir la ignorancia supina sobre los pasos de un procedimiento. No quiero hablar ya de la masa en la calle pidiendo venganza en lugar de justicia, exigiendo modificaciones en el código penal sobre las que no tienen ni pajolera idea los voceadores, o de ciertos políticos insanos, lenguaraces y oportunistas que aprovechan el tirón de la desgracia para cosechar con inmoralidad evidente unos frutos electorales a cuenta de la miseria y el dolor que un crimen sume a familias y marca duramente a la presunta ejecutora.

Antiguamente lo que corría de boca en boca se renovaba lentamente, se inventaba y reinventaba por efecto rumor o por el simple traslado que implica siempre que degenere la información. Los españoles tuvimos, además de los boletines o partes informativos de la Radio Nacional instalada por el régimen, o la prensa habitual de provincias, aquel semanario sumamente populachero, que mi madre se negó siempre a que entrara en casa, titulado EL CASO, íntegramente dedicado a los llamados sucesos, es decir accidentes, crímenes, robos, etc. Por cierto, en muchos casos, valga la redundancia, la información aparecida en ese periódico era la más aproximada a los hechos. Supongo que habría una colaboración entre periodistas y policías y se harían favores mutuos (las películas de Hollywood suelen reflejar muy bien esto)

Estos días, EL CASO, versión diversas cadenas de TV, resucita con horas de telediarios, tertulias y programas especiales. La audiencia como producto y beneficio de mercado se impone a la supuesta noticia. Influye de manera desorbitada, la gente entra al trapo (en los bares los clientes se cuelgan de las noticias del crimen) y cada españolito se entrega a saber más que nadie de motivos de la criminal, de las penas que deberían aplicarse, de las circunstancias de una familia que hasta ahora e incluso ahora le habían sido ajenas y donde no deberíamos inmiscuirnos. Pero...ay, España, se me ocurre lo del tango, que sesenta años no son nada, que febril la mirada...sobre el vecino, observando más la mota en el ojo ajeno que el clavo en el propio. Y es que a veces tiene uno la sensación de que hemos evolucionado lo justito. Que no nos toque de cerca un crimen jamás.



martes, 13 de marzo de 2018

Amores efímeros. Los dioses y los héroes también aman
























¿En qué momento Ariadna se enamoró de Teseo? También cabría preguntarse: ¿De qué manera sedujo Ariadna al héroe? O acaso, ¿cuál fue el gesto de Teseo que prendió en el alma hasta entonces apática de la tejedora? O incluso, ¿qué interés perseguían ambos para despertar entre sí pasiones mutuas? Y siendo menos emotivos y más maniqueos: ¿quién necesitaba a quién y con qué clase de intención utilizó la vía sentimental? Vayamos más allá, dijo el profesor con un tono enigmático, y piensen en lo siguiente: ¿fue el laberinto el verdadero motor de sus afectos o simplemente la excusa para que ambos personajes ejecutaran sus designios?

El profesor, paseando entre los pupitres de los estudiantes, no cesaba en sus preguntas, no dirigidas a nadie en concreto. Luego, giró sobre sí mismo, en una pedante y satisfecha creencia de haber generado dudas no solamente para los alumnos sino cara a las posibles versiones de los mitos. Tareas ambas bastante inútiles, pues es sabido que el interés de los jóvenes estudiantes dura apenas lo que tardan un pensamiento o una información en ser emitidos por el profesor. Y sobre los mitos qué decir sino que las versiones son múltiples, que algunos apenas se sujetan a un eje que parece sólido pero que se desdobla en una deriva de acontecimientos y personajes que resultan incontrolables hasta para la mejor tradición de los exégetas. Teseo fue un manipulador, dijo un alumno avezado en el conocimiento de los mitos. Su obsesión era ser héroe, para lo que tuvo que seducir a Ariadna y matar a Asterión. Una opinión posible, pero acaso insuficiente, dijo el profesor. Fue ella la manipuladora, exclamó una chica desde la última fila. Ya antes había estado casada con Dioniso, el dios festivo, al que traicionó deslumbrada por el porte del efebo. Ciertamente, esa versión corría así mismo en la Antigüedad, replicó la autoridad de la clase. Si fue de ese modo, también lo pagó, pues Teseo era un caradura que la dio esquinazo, soltó el chico jocoso, y Ariadna pasó de ser abrazada por el héroe a serlo por la espuma de las playas de Naxos. Todos rieron y el profesor participó de la agudeza del joven. Luego increpó al alumno indolente, que gustaba de contar historias personales como si fueran antiguas y viceversa. ¿Qué piensas tú de toda esta historia? Aquel gandul, que aparentaba apático y desinteresado, tenía guardado su propio relato. Nos han contado que Dioniso se la encontró al despertar del sueño y que entonces nació un amor entre un dios y una mortal, ya se sabe, esa clase de amor que nos gustaría vivir eternamente a los humanos, no sé si para que nos lleven al Olimpo o para que nos garanticen la vida. Aunque vaya usted a saber si se trató de un encuentro fortuito o de un reencuentro, pero fuera lo que fuera el dios se llevó a Ariadna a su terreno inmaterial, porque vivir el amor y el éxtasis es algo tan infrecuente como inmaterial, ¿no? La clase rió, pero el profesor no podía descalificar una versión tan posibilista o más que las anteriores. Luego trató de hacer una síntesis de interpretaciones. Vamos, ustedes son mortales de poca fe, dijo con sarcasmo. No quieren creer en el amor como motor de los mitos, digamos que son escépticos. ¿Acaso no hemos progresado en las artes amatorias desde que la tradición oral acuñase los relatos de dioses, héroes y mortales insignificantes? La más joven de las alumnas, que pasaba por ser una superdotada incapaz de adaptarse al ritmo monótono del resto de la clase, bostezaba recostada de mala manera en el último rincón. Despierte, Ariadna, dijo el profesor a la somnolienta. Este tema debería interesarla, le dijo sin ocultar su decepción. Ella le miró con cierto cinismo. Qué puedo decirle, exclamó pausadamente, sino que usted no es Dioniso, por más que ande buscándome las vueltas con sus miraditas y veladas sugerencias, mucho menos Teseo, pues no le veo madera de héroe aunque se pelee cada día con todos nosotros, ni yo estoy abandonada en playa alguna. Además, usted no tiene ni idea de cómo acabó aquella historia, si es que alguna vez hubo terminado. ¿O aún no le han explicado los más doctos que le dieron el empleo que el papel de los mitos es reproducirse sin fin y emprendiendo nuevas aventuras?, apostilló con sorna. Claro que la historia sigue abierta. En sus manos está que quiera darla un vuelco.  
   


domingo, 11 de marzo de 2018

Pan y rosas. ¿De verdad vamos marchando?




















Hay que ver lo que dicen las encuestas sobre lo quieren los españoles en materia de elección política. No me asombro de nada ya. Preferible no tomárselo más en serio de lo que es. La democracia descarriló hace tiempo, si es que alguna vez fue algo más que un pacto entre caballeros. Entre caballeros de dinero y caballeros pobres, por supuesto, y no sé hasta qué punto honrados. Porque no engañarse, hermanos, si solo se aspira a un juego de turnos de poder nunca se irá más allá de la oferta y demanda de lo que llamamos vagamente sistema, pero que es algo muy concreto. ¿Se puede ir marchando, como cantan en Bread and Roses, con un panorama político como el que auguran las encuestas? Las encuestas revelan preferencias, dicen los propietarios de los medios que pulsan la opinión. A mí me da la impresión de que revelan también la manera de pensar y de no pensar que tiene nuestra sociedad. Revelan que nos regimos en política como en un concurso, una rifa, un deporte. Por preferencias de moda, de gustos superficiales, de quiero a este porque no me gusta ya el otro. Bonita manera de pensar. ¿Pensar? Pensar exige recabar información y datos, reflexionar y tener perspectiva de futuro con arreglo al lugar que ocupas en la sociedad como individuo. Considerar las referencias y mantener aspiraciones de superar las dicotomías, no me atrevo ya a decir las injusticias porque nadie habla ya en estos términos. Así que se volverá a repetir lo de siempre. El pobre votará al rico o al que representa a este y...¿pero qué digo? ¿Que las cosas no son tan simples? No, pero que alguien me aclare si hay por eso más inteligencia. El rebaño se deja llevar por los cantos de sirena, bueno de ácaros más bien, las sirenas eran hermosas al menos para nuestros cánones. Y en la política hace tiempo que no hay belleza ni profundidad alguna. Solo superficialidad y seducción publicitaria. ¿No habéis visto cómo crecen los rostros y nombres juveniles en todos los partidos para aparecer en los medios? Digo esto sin desmerecer a personas jóvenes con talento y preparación, que las hay. Pero en la política ad hoc creo que domina la competencia fashion. ¿Dónde la sabiduría de los ancianos? ¿No tiene ya espacio en los gobiernos de nuestras tribus? Con nuestro pan nos lo comamos. 


Escúchese, si se quiere, esta bella canción de la película Bread and roses (Pan y rosas), donde frente a una derrota más hay también un hilo de esperanza.  







sábado, 10 de marzo de 2018

Ejercicio de estilo: la calidad de la miseria (aquí y en Guta)



 MISERABLES

¡MISERABLES!




He aquí una palabra aparentemente inmutable. Recorres sus diez letras latinas de izquierda a derecha y estéticamente se trata de la misma; idéntica forma, tamaño, estructura. Pero no significa lo mismo cuando queremos utilizarla para precisar algo: una calidad humana, una manera de ser personal, una condición social, una valoración objetiva, una constatación de estado anímico. De pronunciarla lo tendríamos más cómodo, más evidente. Simplemente nuestra cadencia de voz o nuestro énfasis ya situaría de qué clase de miserables hablamos cuando nos referimos a los miserables. Una entonación serena, una pronunciación benevolente o una afinación iracunda situaría nuestro punto de vista sobre el objeto. Sin embargo en la escritura se nos exige algún matiz diferente, y lo descubrimos a través del contexto de una frase, del enunciado de un párrafo. Del texto. Ahí hallamos su sentido. Pero, ¿qué hacer cuando apenas hay contexto y nos apremia un posicionamiento urgente ante una imagen externa, como si nos exigiera una definición? Ah prodigio de la bella lengua -tanta belleza hay en una lengua- es en ese momento de la redacción cuando viene en nuestra ayuda un signo. Un elemento que no es letra pero que viene a aportar significado a las palabras anteriores, que tiene vida exclamativa propia. Esa especie de monolito rematado por un bolo que desde su emersión o su inmersión verticales abre y cierra la carga de la palabra o de la frase, desatando la furia de la naturaleza expresiva. Admiren al signo de admiración. Utilícenlo para manifestar alegría, gozo, sorpresa, descubrimiento, reencuentro. Hagan una loa a un signo que no debe morir jamás, porque el día que lo haga habrá muerto nuestra capacidad de asombro, nuestra disposición a maravillarnos, nuestra reacción indignada ante lo que no nos gusta. Eso sí, no olviden de aplicarlo con plena libertad donde consideren de uso debido o de necesidad de desahogo emocional ante tanto miserable que nos quiere fastidiar la existencia.

Denominación del adjetivo en el Diccionario de la lengua española:



miserable

Del lat. miserabĭlis 'digno de compasión', 'lamentable'.
1. adj. Ruin o canalla. Apl. a pers., u. t. c. s.
2. adj. Extremadamente tacaño. Apl. a pers., u. t. c. s.
3. adj. Extremadamente pobre. Apl. a pers., u. t. c. s.
4. adj. Dicho de una cosa: Insignificante o sin importancia.
5. adj. Desdichado, abatido o infeliz. U. t. c. s.



He dudado sobre qué foto poner aquí relacionada con el caso , si una del entorno patrio o de un lugar más lejano. He elegido la del territorio más lejano porque creo que allí, en Siria, ocurren cosas mucho más graves e irreparables que en la finca hispana para la consideración del vocable miserables y porque ya la cosa no puede ir a peor. Aunque puede que para el exterminio no quede mucho.  




Rescate de víctimas de un bombardeo en una población de Siria.



viernes, 9 de marzo de 2018

Otras miradas para el día después




Las miradas de la mujer tienen que ser otras. No porque no las tenga, sino porque se las dejen tener. Al día de rosas que fue ayer, en cuanto celebración multitudinaria y reivindicativa en muchas partes del mundo, le seguirá el pan del día siguiente, el cotidiano. Es decir la condición laboral no igualitaria, la doméstica no compartida, la de la calle acosadora, la del sistema de relaciones que no respetan. Me resultó curioso, al tenor de las noticias, que los países donde hubo mayor respuesta simbólica a los problemas de la mujer fueran España y Turquía, el primero con un gobierno bastante insensible, el otro con un régimen prácticamente dictatorial, y ambos con influencias religiosas aún muy retrógradas y encorsetadas. Y con un sector de hombres que todavía no se ha enterado ni quiere enterarse de que si el mundo cambia de base viene por una integración plena de la mujer, aunque salten los roles, escueza a la comodidad de muchos y produzca resistencias entre las ideologías del control social.

La fotografía de esta mujer mexicana es de José Luis González para Reuter, tomada de Le Monde. Que el icono deje de ser el de la mirada terrible, que se apague el reflejo, que vida y dignidad son una sola. O pereceremos todos.





jueves, 8 de marzo de 2018

Érase una vez que se era, érase una vez que será

























Lo dicho: que sea solo un cuento cuanto aconteció y cuanto aún acontece.




(Cartel de José Antonio González Llamazares)





miércoles, 7 de marzo de 2018

Hablan las minoicas
















Sabemos que por territorios del Oriente y del Septentrión se cuentan fábulas sobre nosotras. Que si somos sirvientas reales, que si bailarinas cortesanas, que si hetairas que iniciamos a los jóvenes guerreros, que si sacerdotisas del templo. Algunos difunden historias más enrevesadas sobre nuestra condición. Y así van diciendo que somos esposas rechazadas porque no queremos dar hijos para la patria. O que hemos despechado a varones porque no sabían amar. Incluso han llegado a difundir que somos despreciables viudas de héroes caídos en la guerra, a los que no hemos guardado el obligado duelo. Para otros somos mujeres que no envejecemos nunca, a las que se nos permite una vida de lujo y de cuidados. Hay quien dice de nosotras que llegamos de una lejana ciudad sabia, que nadie sabe situar,  para enseñar las artes y los conocimientos de la construcción. Muchos nos ven como hijas de la pitonisa de una isla que fue destruida por la furia de la tierra y que portamos el don profético de aquella anciana. Incluso ha corrido la voz de que tenemos un origen nómada y con nuestra llegada hemos  introducido en este reino el sentido lúdico, la poesía y el canto. Pero a este lado del océano, entre los habitantes de la ciudad que hemos levantado durante días y noches, persiste la confusión sobre las damas de morenos rizos. No nos dejamos ver con frecuencia, pero tampoco nos escondemos. Sobre las leyendas que se han tejido no falta quien nos admira pero abunda quien nos denigra. Muchos desean conocernos pero a la vez temen encontrarnos. Suscitamos atracción, pero somos causa de envidias. Cuando aparecemos en las fiestas que tienen lugar en el alegre palacio deslumbramos a los funcionarios reales y a sus esposas. Se suscitan celos entre los generales y los sacerdotes no se atreven a levantar en público su palabra contra nosotras. Los ancianos nos contemplan con mirada lúbrica y los adolescentes pugnan por hacerse notar cuando desfilamos. Las mujeres nos ponen sonrisas pero nos buscan los defectos. Unos y otros nos desean y nos odian a partes iguales porque no nos pueden tener.   

Muy pocos conocen que somos en realidad las amantes de Asterión.   



(Friso pintado del palacio de Cnossos, en Creta)


lunes, 5 de marzo de 2018

Zadig o el destino o la felicidad inalcanzable (metáfora de Voltaire)





















Zadig busca constantemente salir airoso de las situaciones complicadas. Es un hombre bondadoso, inteligente y que hoy llamaríamos sumamente positivo. A su temple añade razonamiento e ingenio. Puede verse inmerso en la mayor de las desdichas y sin embargo consigue elevarse por encima de ellas o hacer que otros superen el infortunio. Primero medita, luego afronta incluso lo más complejo y enrevesado, sea por la vía del cara a cara o por la de la huida prudente. ¿Solo con lógica? No, el azar -otros lo llaman destino- se brinda casi siempre con posibilidades de superación. Llega en ayuda del audaz. Hay que estar atento o coger la alternativa al vuelo, que a veces es a través de un consejo, en otras ocasiones por el tropiezo de quien va a hacer el mal. Pero, ojo, de la misma manera que el azar, cuya mano ejecutora son otras personas o acontecimientos que aparecen de pronto en el camino, proporciona la vía de sobreponerse a lo aciago también ofrece continuamente lo opuesto: depara nuevos conflictos, inesperadas pérdidas, riesgos extremos. La historia de Zadig es nuestra historia personal. Una concatenación de factores donde al paso adelante nos espera uno o dos atrás. A un logro se nos puede sumar otro o bien su vuelta, el error de cálculo o el fracaso en la apuesta. Lo que por una parte da la vida por otra se nos quita; lo que obtenemos no dura eternamente. Perseguimos afianzar el bienestar pero se agazapa detrás la consunción.  Vivimos haciendo planes que pueden quedar desbaratados cuando menos lo esperamos. El destino habita entre nosotros y participamos activos o pasivos al labrarlo. Y ¿cuántas veces conseguimos que se ponga de nuestra parte? Como a Zadig, que cada vez que supera una prueba incierta cree estar a punto de lograr la felicidad, nos obsesiona ser felices. Pero la existencia es imparable, no se detiene para garantizar dones, propiedades, compañías y amores. Zadig está en movimiento permanentemente, unas veces por salvar la vida, otras para llegar hasta la persona amada, otras por restablecer su honor denostado por los malvados, otras por hacer el bien incluso afrontando batallas. A Zadig, como a cada cual de nosotros, se le sirve la metáfora en el plato de una realidad que nos cuesta interpretar. Tal vez sea por ello que Zadig reflexiona con frecuencia: "¡Qué difícil es alcanzar la felicidad en esta vida!"

Zadig o el destino. Historia oriental es uno de los más hermosos y aleccionadores cuentos de Voltaire. Te da la impresión de estar leyendo un relato de Las Mil y una noches. Pero el cuento de Voltaire no es la tradición oral de la noche de los tiempos persas, sino del siglo de la Ilustración, con todo su bagaje constructivo y racionalista. Yo lo he leído en una admirable traducción de Mauro Armiño en la edición de Siruela de 2006)




(Imagen: Pintura minoica del palacio de Cnossos, en Creta)


sábado, 3 de marzo de 2018

Hablan las cicládicas


Miradnos, contemplad nuestros cuerpos. ¿Qué tenéis que decir de nuestra gravidez? ¿No la encontráis bella? No nos veáis como diosas ni como meros objetos votivos sino como el reflejo de la necesidad. Los humanos de nuestra cultura nos hicieron para auspiciar la procreación, también para bendecirla. ¿Nos consideráis impávidas? Romped los cánones, traspasad la oscuridad de los siglos, libraros de los prejuicios, derribad la creencia en una única verdad de la representación expresiva. ¿Os asombra que no seamos simples geometrías y que tampoco nos manifestemos figurativas? ¿Os confunde que la abstracción de la que procedemos haya incorporado atributos? ¿Os admira que los atributos nos hayan dotado de movimiento? Desviad vuestra mirada equívoca y no busquéis lo que os parezca una actitud común a cada una de nosotras. Pues todas somos diferentes. Comprobaréis que la rigidez es un engaño. Que la expresividad facial no es esencial. Que nuestro cuello hace avanzar el cuerpo entero, que nuestros hombros alientan una pose, que nuestras piernas sostienen la serenidad que nos caracteriza y que dan el paso ofreciendo la vida. No escondemos los brazos ni las manos, ni penséis que al cruzarlas se trata de una actitud sumisa. Sujetamos la energía que nos hace libres. No os sorprendáis de que nuestros pezones hablen y de que nuestro vientre se conmueva.  Ni que la piedra fría se vaya dotando del calor que generamos desde nuestras vísceras. A poco que escudriñéis con ojos inquisitivos observaréis esbeltez y, aunque no lo digáis, sabemos que os agita un nervioso y recóndito deseo de haber sido paridos y amamantados por nosotras. Aquí estamos las cicládicas. Nuestra expresión formal es una cortina protectora tras la que habitan las mujeres de siempre. Que vuestra mirada no pierda la pureza del niño. Ni os desviéis tampoco del disfrute que reclama para vuestros propios cuerpos la saturnal llamada.




miércoles, 28 de febrero de 2018

La barbarie puritana. O prohibiendo a Schiele, a Waterhouse o al genial escultor de la Venus de Willendorf




Cuando hace  años los talibanes dinamitaron brutalmente los budas de Bamiyan, en Afganistán, o por citar otro ejemplo más reciente, cuando el Estado Islámico hizo saltar por los aires los arcos y templos de Palmira, se produjo una conmoción en todo Occidente, y a los ejecutores de la barbarie se les llamó de todo. Se calificó aquellos actos destructivos de claros ejemplos extremos de fanatismo, intolerancia y dogmatismo, derivados de una determinada ideología. Pero, en fin, se consolaba la opinión mediática, es algo muy propio de los bárbaros que, siempre son los de fuera, parecían sugerirnos, y de paso dejando así bajo sospecha a otras culturas que no son las nuestras, aunque no hayan estado implicadas en la barbarie de la minoría ciega y perversa. Pero ¿acaso existe alguna cultura que esté libre de los movimientos extremos? ¿No tenemos en nuestro pasado sobrados ejemplos que van desde la animosidad verbal hasta la devastación si llega el caso, pasando por un sinfín de modalidades de censuras, represiones culturales y prohibiciones varias de las manifestaciones que han dado el Arte y la Cultura? ¿Acaso este Occidente que gusta de escandalizarse de la barbarie de otros no tiene en su haber atentados contra herencias de civilizaciones periclitadas? ¿No se han justificado destrucciones monumentales por acciones de guerra, de las que Europa tiene un buen registro? ¿No se han perseguido elementos culturales de pueblos, cuando no a sus mismos habitantes? Ah, pero eso fue cosa del pasado, se suele hacer la observación. 

Sin embargo hay otra clase de barbarie, sutil y ladina, pero muy obsesa. Se advierte de un tiempo a esta parte cierta clase de manifestaciones de intolerancia e incomprensión con determinadas obras de arte, que incomodan a los rigurosos principios de viejos y nuevos moralistas de poco pelo, a las que se ponen bajo la sospecha de representar actitudes machistas o que devalúan el papel de la mujer. Pero es la excusa. Un simple desnudo parece concitar iras de puritanos de toda la vida y de nuevas especies acogidas bajo el paraguas de un tipo de feminismo que ha perdido el norte. Cuando no de las mismas autoridades de la administración pública o de museos. Unos casos muy recientes: prohibición en Reino Unido y Alemania de la publicidad de una exposición en Viena sobre obras de Egon Schiele; retirada del cuadro Hylas y las ninfas, obra del pintor prerrafaelita John William Waterhouse, de su ubicación en Manchester Art Gallery. O la censura por parte de Facebook de la reproducción en sus redes nada menos que de la Venus de Willendorf, una de las piezas fundamentales de la estatuaria paleolítica, con casi treinta mil años de existencia. ¿A qué viene esta fiebre hipócrita de rechazar la exposición pública del desnudo en museos, galerías o redes sociales? ¿Por qué se erigen en rectores de conductas tantos guardianes inflexibles, hijos de aquellos otros vigilantes morales de la historia religiosa, represores de la libertad sexual, que, eso sí, se reservaban las pinturas de desnudos para sus cámaras privadas? ¿Hasta dónde puede llegar la ignorancia, el desatino y el rigor obseso de los que tienen miedo a la libertad, que diría Erich Fromm? ¿Qué hay de enfermizo en muchas mentes que aún consideran tabú el desnudo del cuerpo humano? 

Así que cuando leo lo que la crítica de arte mexicana Avelina Lésper dice en su blog sobre las actitudes de inflexibles adalides feministas que van escrutando y persiguiendo por doquier la libertad de otros, reconozco el valor de la denuncia de Lésper: "Las feministas puritanas e ignorantes pretenden ser las dueñas del cuerpo femenino a nivel físico, simbólico y social, han llegado tan lejos como las religiones y culturas absolutistas que niegan los derechos humanos de las mujeres. La cosificación del cuerpo de la mujer se manipula, hacen de ese cuerpo un objeto de activismo y le niegan posibilidades eróticas y lúdicas; para el feminismo, como para los religiones monoteístas, la mujer es un ser insensible que es obligado a entregarse o participar del placer". Y más adelante dice: "Lo que molesta al feminismo es el punto de vista masculino, su enemigo son las relaciones entre dos sexos. ¿Por qué una mujer no puede seducir y ser dueña de su cuerpo para entregarlo? ¿Por qué toda relación se debe ver como abuso hombre-mujer? Esa obsesión con reducir relaciones sensuales y sexuales en víctima y verdugo, es maniqueísmo que deja a la mujer en una vulnerabilidad irresponsable. El arte y la belleza tienen derecho al erotismo y la poesía, lo que vemos es la violencia iconoclasta que castiga y prohíbe a las imágenes. La consecuencia es sustituir a la pintura por algo sin belleza, sin aportación poética, con la flagrante mediocridad de las autoras, una vez más estamos ante la persecución del verdadero arte por los dogmas de una ideología".

No, la barbarie no es un comportamiento importado. También anda por los alrededores y en nuestra propia casa, y quiere crecer. Si lo hace vaya usted a saber hasta dónde puede llegar. ¿Se aunarán los intolerantes culturales a los movimientos políticos reaccionarios que se están fraguando en los países democráticos? Sería dramático para la libertad y para la cultura.







(Arriba, cuadro Hylas and the Nymphs de John William Waterhouse. Abajo, la escultura paleolítica Venus de Willendorf)


martes, 27 de febrero de 2018

Habla Ismael, embarcado en el ballenero Pequod
















"Creo que nos hemos equivocado terriblemente en esto de la Vida y la Muerte. Creo que lo que llamamos nuestra sombra, aquí, en la tierra, es nuestra sustancia verdadera. Creo que al contemplar las cosas espirituales nos parecemos demasiado a ostras que observan el sol a través del agua, y creen que esa agua tan densa es la más sutil de las atmósferas. Creo que nuestro cuerpo no es sino las heces de nuestra mejor parte. En suma: llévese mi cuerpo quien lo quiera, lléveselo repito: no es mi yo".


No sé a quién pretendería impresionar Herman Melville con este párrafo contundente de su Moby Dick. La sombra, la sustancia, nada es sin nuestro cuerpo. Las cosas espirituales nada son, ni siquiera aquella ficción y fantasía que puebla nuestra mente bajo esa denominación, sin nuestro cuerpo. Las heces no tendrían sentido sin nuestro cuerpo, pues ellas también son expresión de lo que nos alimenta, aunque sea el exponente de lo que no asimilamos o resulta superfluo. Y el cuerpo, obviamente, se lo llevará quien quiera llevárselo: nuestro agotamiento, la enfermedad, la mano alevosa de alguien externo a nosotros, el accidente fortuito o nuestra propia decisión. O se llevarán la verdadera sustancia de él: el haber permanecido vivo durante equis años. Pero si alguien se merece quedarse con nuestro cuerpo ése debe ser el demonio que llevamos dentro. Por lo mucho que sabe trabajar y trabaja en el episodio llamado vida de cada individuo. Sin él poco haríamos, poco activaríamos, apenas reaccionaríamos. Anda, al final he recurrido a una imagen metafórica, qué contradictorio me apetece ser. Pero acaso, ¿no es mi Yo mi cuerpo? ¿No me domina, no marca mis horas, no se desgasta, no me habla, no me chantajea, no me mima, no me invita a seguir para saberme yo mismo? Lo bueno de la aventura es que nunca lloraremos por la muerte de nuestro cuerpo, por la desaparición de nuestra sustancia, por la desposesión de la vida. Esa tarea emocional, de variados y ocultos significados particulares, se la dejamos siempre a otros, y no siempre otros nos lloran.

Bueno, me intrigó un poco la cita, y quise traerla aquí. Se admiten todas las disidencias posibles al respecto.



(Ilustración de Rockwell Kent)


sábado, 24 de febrero de 2018

Y no te olvides de (leer a) Antonio Machado















El azar depara fechas de efemérides -nacimientos, muertes, ceremonias, acontecimientos múltiples- que no tienen mayor valor que ser eso, casualidades. Un 22 de febrero nos recuerda siempre la triste desaparición de Antonio Machado en Collioure, como otro 22 de febrero nos traerá en el futuro el adiós de Forges. Una fecha parcial apenas significa nada si no se la matiza. Y el haz y el envés de la existencia siempre jugando a los dados. Aquel febrero de 1939 era frío y no sólo de invierno estacional. Lo era gélido total: el exilio, la guerra perdida por los que habían mantenido la legalidad constitucional (eso que antes y ahora se desprecia tanto por parte de algunos), el remate absoluto a sangre y fuego de un régimen republicano elegido, el abandono, la carencia, incluso el olvido. El invierno de Machado fue también el de innumerables españoles que supieron de la represión y de la persecución verdaderas -ciertos personajes de ahora deberían ser más considerados al utilizar los términos alegre e indebidamente- y para los que no hubo nunca vuelta atrás ni retorno a su casa.  

Habría que aplicar a Antonio Machado las mismas palabras -pido que se lean atentamente porque siguen en vigor en nuestro tiempo- que él dedicara a Francisco Giner de los Ríos, inspirador y rector de la Institución Libre de Enseñanza, con motivo de su muerte:

"...Y hace unos días se nos marchó, no sabemos a dónde. Yo pienso que se nos fue hacia la luz. Jamás creeré en la muerte. Sólo pasan para siempre los muertos y las sombras, los que no vivían la propia vida. Yo creo que sólo mueren definitivamente -perdonadme esta fe un tanto herética- sin salvación posible, los malvados y los farsantes, esos hombres de presa que llamamos caciques, esos repugnantes cucañistas que se dicen políticos, los histriones de todos los escenarios, los fariseos de todos los cultos, y que muchos cuyas estatuas de bronce enmohece el tiempo han muerto aquí y, probablemente allá, aunque sus nombre se conserven escritos en pedestales marmóreos".

Pues lo dicho. Forges popularizó aquella coletilla que colgaba abajo en sus viñetas de No te olvides de Haití, a propósito de las tragedias que sufrió aquel país, y estos días los periodistas lo retoman con un No te olvides de Forges, muy de circunstancia, supongo. Me sumo al No te olvides. En este caso de Antonio Machado, al que hay que seguir leyendo para entender algo de la historia y nuestras maneras de estar, que no sé si de ser, y de paso y sobre todo entendernos.



viernes, 23 de febrero de 2018

Refrán del día







A Forges muerto, Forges puesto.



(Pero no sustituido por cualquiera. Nos acostumbró tanto a su diáfana y exacta interpretación de nuestra sociedad durante tantas décadas que no es fácil encontrar sustituto. Y eso que todavía quedan otros intérpretes sesudos. Pero cada cada cual es diferente y único. Yo también le he seguido durante años y años. Con el talante relajante y bonachón de sus personajes, aliñado de una carga crítica que iba en la mejor dirección de nuestra idiosincrasia hispana, compensaba con creces los textos de la prensa y me ayudaba a asimilar los acontecimientos -livianos o dolorosos- de cada jornada. Salud siempre, hermano Antonio)    







miércoles, 21 de febrero de 2018

Apunte sobre una canción de cuna





















Las canciones de cuna son propiedad de todas las culturas y de todos los tiempos. Conocemos aquellas canciones más cercanas pero ignoramos las que traspasan los límites de nuestra cotidianidad. Habría que considerar por qué se reservan este tipo de cantares a los niños de cuna y no se aplican también a los adultos para aplacar nuestros estreses, nuestras cuitas, nuestras angustias, nuestros desencuentros. Tal vez dormiríamos mejor al son de su musicalidad que bajo los efectos del valium. Porque no se trata solo de dormir y soñar, se trata principalmente del descanso emocional y afectivo. Algo de lo que los adultos carecemos con frecuencia. Ah, ¿que no hay madre? ¿Que ya estamos criados? ¿Que sería situarnos en una vuelta imposible a los orígenes? No nos engañemos. No era la canción en sí la que nos adormecía, sino la persona que nos la cantaba, las manos que nos balanceaban, el tono de seguridad que percibíamos. O el calor o el olor o la sonrisa de quien nos seguía haciendo aún suyo. Hasta en las criaturas más inquietas cumplía la canción de cuna su cometido. Y nos despertábamos nuevos. Naturalmente, aquí el abogado del diablo nos dirá que más allá del sueño feliz no teníamos exigencias ni compromisos ni responsabilidades que condicionaran el día recién abierto tras el sueño. Cierto en parte, aunque no creo que todo fuera así de simple en la niñez acunada, ni siquiera en la de los primeros pasos. El animal niño percibe en otra dimensión -más instintiva y biológica- su dosis de roce con el mundo. Es un plano que no tiene nada que ver con el que experimentamos de mayores, pues de niños nos parecía que los anhelos valían por sí mismos y nos daban todo el sentido y realización. Quién sabe si nunca superamos del todo aquellas sensaciones primitivas de nuestra vida, y si no se habrán mutado con otros rostros y complicado con diversos quehaceres, pero manteniendo siempre la lucha por armonizar realidad y deseo. Normalmente inalcanzable.

¿Hace una canción de cuna de la negritud africana para rememorar nuestros acunamientos? Abandonados como estamos a la intemperie diaria, para paliar la cual nos entregamos a toda suerte de actividades y responsabilidades, no viene mal escuchar algo así.







lunes, 19 de febrero de 2018

El falócrata
















Hay imágenes a las que cuesta añadir palabras, simplemente porque ya lo dicen todo, porque han nacido sin ellas. Porque la expresión reside en los objetos que se ven sin más, que balbucean, hablan y cantan por sí mismos. En algunos casos supondríamos que las palabras serían la antítesis de la imagen. Podrían haber sido matadas o, mejor dicho, se trataría de palabras nonatas, abortadas en su inicial fase de primigenia concepción. Pero la única verdad ante la pose del falócrata es que cualquier palabra sobra, simplemente porque nunca ha existido vocablo alguno ante un calibre, un cargador, una mira telescópica, un gatillo, una velocidad de salida de la bala. Aquel honrado ciudadano, cumplidor con sus impuestos y de moral supuestamente íntegra, se levantaba y se acostaba pasando revista a cada una de sus amantes de culata adaptable y cañón seductor. Sabia alternar tanta poligamia no solo con sus intenciones prácticas sino también con sus fantasías. Este rifle para el sábado, destino los ciervos. Aquel otro, más liviano, para los patos. Aquel tan voluble como preciso para las aves en tránsito. Ese tan sofisticado para los concursos de tiro del municipio. El más corto y de menor peso para enseñar a mi hijo de diez años su manejo. El recortado lo llevo en el coche para cuando los amigotes salimos de fiesta. Naturalmente, alguna de estas armas son mero coleccionismo, su belleza exige ser contemplada más que gastada. ¿Y este M-16?, le preguntaba uno de sus amigos falócratas. De momento en reserva ante el enemigo mayor, que siempre es el desconocido, el que menos te esperas. ¿Sabes que el desconocido puede ser tu propio vecino?, le sugería otro de sus próximos de análoga afición.  Es una probabilidad, respondía ufano y seguro de sí, pero controlo la situación. Paso revista todos los días a cada una de mis mejores amantes, las que de verdad me hacen sentirme seguro y me garantizan fidelidad. Las trato bien, las pongo a punto, las acaricio, las proporciono la satisfacción que ellas piden. Ellas me devuelven el ciento por uno, nunca me dejan insatisfecho. Su amigo le mira con cierta envidia, el pobre tiene que conformarse con poco, su economía no le da para más, y se basta con tener un par de amantes de esa clase, una como repuesto de la otra. Te devora mucho más a ti que a mí la erótica de las armas, suele decirle al otro. Cuestión seminal que abunda en uno y no le merma, le responde el falócrata mayor entre carcajadas, extensión de pelvis y lingotazos de un buen whisky de Tennessee. 
  


(Fotografía tomada de El País)



domingo, 18 de febrero de 2018

Sin permiso de Thomas Mitchell



Hijos, no me vengan a estas alturas con esos cuentos. Son creciditos para arreglar sus asuntos por ustedes solos. Todo me pilla ya muy descreído.


Claro que si lo que pretenden es convertirme en cómplice de su ruidoso galimatías no cuenten conmigo. Soy muy mayor para dejarme embrollar. Cansa mucho.


¿Que no les parece bien que quiera permanecer al margen? Créanme, estoy al margen de ustedes, pero no de mí mismo. Solo les pido que no hablen en mi nombre para justificar sus desatinos. Por lo demás, digan de mí lo que les venga en gana. Voy desaprendiendo las palabras y trato de que cada vez me hagan menos daño.




sábado, 17 de febrero de 2018

Aforismo solicitante




















Cuando nos atropella el ruido es mejor sentarse a la orilla del arroyo y escuchar su rumor. Es un ejercicio sencillo. A veces el hombre necesita sentirse ausente.


jueves, 15 de febrero de 2018

Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos (un opúsculo irónico de Voltaire)




En estos tiempos de debate entre quienes siguen la red #metoo o se escoran por los razonamientos más flexibles de las francesas del artículo Mujeres liberan otra voz o simplemente quienes no firman manifiesto alguno pero también discuten y argumentan y no quieren verse embarcados en planteamientos excesivamente rígidos, no está mal recordar voces más antiguas. Por ejemplo la de Voltaire que ya en su tiempo daba en la clave del papel de las religiones del Libro en la condición de la mujer. Hizo sus observaciones no sólo sobre la influencia católica sino también sobre la islámica, y hay un delicioso opúsculo suyo titulado Mujeres, sed sumisas con vuestros maridos, que no tiene pérdida. Extraigo unos párrafos de este texto irónico y mordaz, como era habitual en el escritor ilustrado.


"...El abate de Châteauneuf la encontró un día [a Madame la Mariscala de Grancey] toda encendida de cólera. '¿Qué os pasa, señora?', le dijo. 

- Por casualidad he abierto, respondió ella, un libro que andaba rodando por mi gabinete; me parece que es una colección de cartas; he visto en él estas palabras: Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos; he tirado el libro. 

- ¡Qué decís, señora! ¿No sabéis qué son las Epístolas de san Pablo?

- No me importa de quién sean: el autor es muy grosero. El señor mariscal nunca me ha escrito en ese estilo; estoy persuadida de que vuestro san Pablo era un hombre muy difícil para la convivencia. ¿Estaba casado? 

- Sí, señora. 

- Pues muy buena persona tendría que ser su esposa; si yo hubiera sido la mujer de semejante hombre, lo habría enviado a paseo. ¡Sed sumisas a vuestros maridos! Si al menos se hubiera limitado a decir: sed dulces, complacientes, atentas, ahorrativas, yo diría: ése es un hombre que sabe vivir. Y ¿por qué sumisas? ¿Me lo podéis explicar? Cuando me casé con el señor de Grancey, nos prometimos sernos fieles: yo no he cumplido demasiado mi palabra, ni él la suya; pero ni él ni yo prometimos obedecer. ¿Somos esclavas acaso? ¿No basta con que un hombre, después de haberse casado conmigo, tenga derecho a darme una enfermedad de nueve meses, que algunas veces es mortal? ¿No basta con que yo dé a luz con grandísimos dolores un hijo que cuando sea mayor podrá pleitear contra mí? ¿No basta con que todos los meses esté sujeta a molestias muy desagradables para una mujer de condición, y que, para colmo, la supresión de una de esas doce enfermedades al año sea capaz de causarme la muerte, para que encima vengan a decirme: Obedeced?"



(Imagen de un cómic de los años 50 extraída de Weird Love)