martes, 8 de octubre de 2024

Ecos lejanos, 14

 


Quién podía plantearse entonces tener un hijo, he respondido sin fuerza. Era lo más alejado tanto de nuestras actividades como de nuestras ilusiones en aquella época. Un hijo de la revuelta era lo más incierto que cabía esperar. Generar una vida para mantener una llama de nuestros afectos si todo iba mal, como así fue, no podía ser lo más noble. Pero para los humanos tener un hijo es una coartada, dice ella. Aunque lo llamen ley natural ni en aquella época ni menos en esta los hijos son necesarios más que los justos. ¿Olvidas cómo en la sociedad rural el padre bramaba si llegaba una hija en lugar de un hijo porque lo que quería era un bracero? Pero los tiempos de mano de obra dura y sumamente masculinizada ya no son los presentes, en que tener hijos es prácticamente un capricho, por no mencionar cómo influyen las leyes de la costumbre y de la religión, que todavía aprietan y reclaman el impuesto de la sucesión carnal. Todo el mundo da por hecho que quiere o debe tener hijos, sin pensar en ningún futuro, como si una especie de destino protector velara por ellos. 

La mujer no frena su invectiva, rayana en lo furioso. Prosigue. Y luego está ahí todo ese discurso que canta la proyección de los padres, incluso cuando han desaparecido, a través de sus hijos, el mito de asegurarse la prolongación de las generaciones, la garantía de una población autóctona que mantenga el país, que disponga de las ideas tradicionales que han existido siempre, ignorando que el mundo está intensamente lleno de seres sin futuro alguno que buscan romper los límites de su indigencia.

He debido hacer una mueca rara y ella está atenta a mis palabras. ¿No se dice que los hijos son producto del amor?, digo. Me horroriza la palabra producto aplicada a los humanos, pero ya me entiendes. Quiero decir consecuencia, efecto, don, como quieras verlo. Ha puesto una cara de encono. Los hijos son hijos del accidente, como lo fuimos nosotros. ¿De qué manera necesita hoy la sociedad, cada vez más tecnificada, que elimina mano de obra y a la que le desborda la población tan numerosa, tener hijos o al menos no tener un control limitado de ellos?

No deberíamos insistir en el tema, replica la mujer tras un silencio cansino. Además, no hace falta que te diga qué destino cruel iban a tener nuestros hijos, de haber tenido alguno, aunque se les considerase muy productivos, como así lo planteaban entonces las instancias del Estado. ¿No es un despropósito traer otros seres con los que, para más desatino, te entrañas, sientes como un tú propio, y luego los dejas en manos de la aberración de un ente que decide por ellos, por nosotros, por todo viviente, para utilizarlos de la manera más nefasta como puede ser la carne de trinchera, en nombre de falsos principios que ignoran el amor? ¿No debe ser un hijo una elección propia, en todo caso, y no un objeto que requiere la idea totalitaria, que primero lo manipula y luego lo utiliza hasta la destrucción?

Veo crecer la nieve sobre el ramaje del bosque. Hablo sin fuerza. Hemos atravesado un tiempo difícil y largo, digo cansino. Haber sobrevivido es una satisfacción incompleta. Si el único gesto de querencia que nos queda es el recuerdo de los tiempos más sencillos y sinceros me pregunto por qué nos hemos citado aquí. Ella se vuelve con ímpetu y me interroga con hosquedad. ¿No nos queda algo de la lejana pasión que hablaba por sí misma? Aquella pasión que edificaba sentimientos, nos llevaba del uno al otro, nos agotaba como animales en celo continuo. Tal vez un paréntesis de la memoria podría retrotraernos a un mundo exclusivamente nuestro, sin acontecimientos históricos. Imagina que solo somos dos animales que no dan vueltas ni al pasado ni al futuro y solo conocen sus ciclos naturales y sus necesidades insoslayables. La interrumpo. Mejor dos primitivos que han desarrollado un calor y no solo una necesidad. Imagina.

   


*Fotografía de Inés González.

viernes, 4 de octubre de 2024

Propuesta de otro brindis con Safo en la terraza al borde del océano

 


Fue después de aquel brindis que los otros comensales propusieron cuando quisimos sentirnos como dioses. Satisfechos, poderosos, plácidos, cumplidos. Pero hete aquí que al entrar en el oneroso sopor el paisaje se volvió turbio y las voces ya no eran las de mis acompañantes sino la de la hermosa señora de Lesbos. 

Me veía disfrutando con ella de una comida frugal, mas entretenida. Un aulós y una cítara se hacían oír desde el borde de la terraza donde llegaba la templada frescura del piélago egeo. Safo había dado la orden a sus criados:

Vamos, pues, lira divina, / háblame, hazte sonora.  

La señora de Lesbos y yo disertábamos con amabilidad y campechanía. 

- ¿Sabes lo que pienso?, le decía yo. Que cuando uno llega al corazón del otro es como si realizara un largo viaje. Allí le son revelados otros paisajes. Y el otro nunca es el destino definitivo sino una nueva manera de comenzar. Porque el viaje al otro es también un viaje hacia el interior de uno mismo. 

- Por eso a mí me gusta más escuchar que dar consejo, pues estos debe ser descubiertos por cada navegante hacia lo humano.

- Oh, no digo que se llegue al fondo, pues a lo profundo del hombre -sea el ajeno, seas tú mismo- no se llega jamás. No porque sea definitivamente insondable, sino porque cambia. Pues el hombre no es un pozo cegado, sino que está formado de cieno permeable y criador que nos sigue haciendo. Uno no se levanta cada día como se acostó la noche anterior. Uno no es el mismo tras haber amado a otra persona que también ha alcanzado a través de ti una parte de conocimiento de sí misma. Uno no permanece impasible tras desentrañar la materia o el acontecimiento que le intrigaba. Uno no es piedra de cantera, pues la bondad de otro ser cariñoso le modela con otra imagen. 

- Pero tanta gente, amigo mío, se deja vencer por la incertidumbre y la sensación del fracaso... 

- Mientras vives puedes sentir hastío o confusión o agotamiento, pero considéralo como debido al esfuerzo del recorrido. Incluso si llegas a la ancianidad, y no obstante el acoso de la enfermedad o de la degradación, te ha de parecer que tu vida, tu viaje, sigue estando pendiente de alguna manera o inacabado. Como si dejáramos sin acometer empresas o cultivar ilusiones que aún nos seducen. Tal es la pasión que ponemos en los vínculos por acercarnos a los otros, en todos cuantos nos vemos reflejados o simplemente atendidos. 

 - ¿Crees entonces, que cuando uno muere ya muy viejo, bien porque haya cansancio o por decrepitud, que invitan a la rendición total, no ha renunciado del todo al viaje?

- No hay renuncia nunca, solo hay impotencia. No renunciar es un acto aprendido y consolidado en nosotros mismos, pero hay que valorarlo y elevarnos a través de él. La impotencia y el desfallecimiento, que llevan en un momento concluyente a la aniquilación, se nos impone desde la implacable materia que no puede ya sobrevivir si está consumida.

- Mira que te escucho -y Safo tenía escrito el placer del diálogo en su sonrisa- pero acompañemos nuestras palabras con un brindis por la vida. Alza el kylix y moja tus sueños con el vino de nuestra propia región. Y yo te propongo:

Quédate frente a mí como un amigo / y despliega tu gracia ante mis ojos.





* Los versos en cursiva son de Safo, tomados del libro Poemas y testimonios, en la edición de Aurora Luque.

* Imagen: Escultura inacabada expuesta en la exposición temporal de 2020 del Museo Nacional de Escultura de Valladolid titulada Almacén. El lugar de los invisibles.

* La aportación del texto es a propósito de la entrada de Francesc Cornadó en su blog.

martes, 1 de octubre de 2024

Ecos lejanos, 13

 


No tengo mayores intenciones con usted, dijo Else. Aquella tarde el Josty estaba menos frecuentado que de costumbre. También con menos humo y vocerío. Solo le sugiero que levante el culo de su choza favorita y ejercite la vista por la Unter den Linden, por ejemplo. Quién sabe si así mejorará su miopía, no solo la visual sino la de esa otra costra con la que usted parece sentirse tan familiar y cómodo. La mirada a los tiempos y a la sociedad que reclama una conversión de sus días. 

El tono de Else me pareció un tanto clerical, se lo hice saber. ¿Todo lo que no le gusta que le digan otros lo considera usted materia de pastores y de eclesiásticos? No creo que usted piense así. Se trata más bien, sospecho, de una resistencia. No hay ningún futuro escrito. Quiero decir que nadie sabe lo que le espera ni en su propia vida personal de un día a otro. ¿Acaso usted, amigo mío, creció con certezas absolutas? ¿Disfrutó siempre de una protección que le garantizara la salud o la disponibilidad de un trabajo o salir indemne de la guerra? No, tuvo que arriesgar siempre. Unas veces eligiendo por su cuenta, otras acatando. Porque el individuo nunca es libre, ni por naturaleza ni mucho menos por la idea absurda de resultar creación de un ser superior. Pero debe intentar serlo. La libertad es un descubrimiento siempre pendiente, que se espera obtener a través del rodaje de la vida. No pasa de ser un fruto del deseo crecido dentro del hombre, del que se espera que sea fecundado por la experiencia. Una bondad a la que se aspira no para imponerse a otros hombres sino para colaborar con ellos. ¿A usted le enseñaron a contribuir con los demás en los afanes comunes o le obligaron a someterse a ellos? Participar de lo colectivo, incluso en la propia familia, puede ser una tenaza si solo responde al orden social, que es tanto como decir a su rector el Estado. Pero si todos descubriésemos que lo más pequeño que hacemos con voluntad propia y afán desinteresado en nuestros círculos íntimos está vinculado a espacios amplios donde saben encontrarse con armonía los humanos, nos elevaríamos de nuestra insignificancia y superaríamos nuestras frustraciones.

Else se detuvo. Como si fuese consciente de que su imparable perorata, en absoluto malintencionada, había sido en exceso precipitada y, por supuesto, extremadamente sintética. Bebió de mi licor de cerezas y se relamió. Contemplé por inercia, pero enajenado, el perfil de sus labios, y sentí cómo me recorría una ficción voluptuosa y acosadora. Ella hizo un gesto para que siguiera atento a sus palabras. No le había pasado desapercibida mi evasión. Instintivamente me acaricié la barba, un gesto de autodefensa, una costumbre inducida por un instante de desconcierto, o de perplejidad.  

He sido demasiado categórica, dijo. Pero no se quede callado o me beberé de un trago lo que queda en su vasito. ¿Qué piensa? Entiendo el empeño idealista que pone usted en hallar esperanza a la situación en la que nos encontramos todos, dije con una formalidad tan fría como desinteresada. Se dio cuenta, intervino. Dejémoslo. No hablemos más por ahora de mis inquietudes, que son participadas por muchos otros. Pero insisto en que recorramos la alameda de los tilos o cualquier otro espacio que no sea el Josly. ¿Nadie le ha arrancado nunca del Josly? ¿Nadie se ha atrevido a levantarle del café y sus lecturas, rompiendo a lo salvaje su costumbre?

No sé qué extraño efecto tuvieron aquellas palabras que me puse en pie inopinadamente. También Else se sorprendió. Me colocó bien el cuello y las solapas del abrigo. No parecía la misma del atronador discurso de hacía un rato. Dejémonos llevar por el ritmo decadente de las luces, sugirió.



*Ilustración de Barbara Yelin

domingo, 29 de septiembre de 2024

Ecos lejanos, 12

 



Las respuestas, siempre la obsesión por las respuestas, le digo con voz tenue. Un reclamo que no llega a ser atendido de manera completa nunca. El pasado es borroso y glacial como este paisaje. Para tener respuestas tendríamos que haber visto con claridad entonces lo que había en juego. No solo los huecos que se abrían en el enemigo sino la capacidad de este para taponarlos. Tampoco supimos ser conscientes de nuestras limitaciones. Lo peor en un combate es no calibrar los medios y adecuarse a las perspectivas. Así que no era posible, nos obnubilábamos con ideales que perseguían un buen fin pero que no podíamos convertir en algo estable. Y ellos, o bien eran más fuertes y resistentes que nosotros o nosotros más frágiles de lo que nos pensábamos. 

La mujer ha puesto su brazo sobre mi hombro, sus dedos bailotean con un compás relajante en mi cuello. No podíamos ignorar el momento, dice, ni mostrarnos insensibles antes las demandas de todo el mundo. Se exigían respuestas, era innegable. Acaso nos equivocamos al no conformarnos con soluciones a corto plazo o bien porque el campo enfermo que se había abierto no permitía pequeñas curas sino que urgía una cirugía radical. Una cirugía que se volvió contra nosotros, mujer. Pero solo en un sentido, me interrumpe. Sin aquella situación yo no me hubiese acercado a ti y tú no te hubieras dejado arrastrar como un curioso que se manifestó inseguro de sí mismo.

Hay un silencio más gris que el del exterior de la casa. La conversación adquiere un tono no menos ceniciento. Ya nada es lo mismo, dice de pronto ella. Los cuerpos son otros, las ilusiones ni siquiera son. Nos alejamos de personas que era decisivas en nuestras vidas. Tú y yo hemos sido un ejemplo. Pero ha existido un cordón umbilical secreto entre nosotros, le interrumpo. Te he recordado, te he deseado, te he invocado. No me cansaré de repetirlo. Lo que ha sido no podía ser de otro modo, dice. Y ya ves en qué hemos devenido. 

Sí, nuestras vidas han estado acompañadas de infinidad de individuos, interferidas, obligadas incluso. De personas y quehaceres. Bordeando la supervivencia con desplazamientos, trabajos precarios, cuando no sometidas a humillaciones y entre ellas, sin duda, la peor de todas, la privación de la libertad. Aferrándonos a recuerdos gratos para no perder la esperanza. Ha sido una vida ocupada todos estos años, muy tensa, ingrata. Una existencia transgredida por otros, anuladas para nosotros. Dime que no ha sido una vida de soledad en el fondo, porque no estábamos como referencia física el uno del otro, solo imaginaria. ¿Bastaba la memoria para consolarnos? Cuanto intentamos ser y hacer en su día quedó en el aire y lo hemos heredado como un castigo.

Se me han congelado las palabras. Una vena amarga me atraviesa y confunde. Ella se me planta de frente y me lo suelta. Por cierto, si hubiésemos tenido un hijo, ¿habría sido hijo de la revuelta?




*Fotografía de Inés González

viernes, 27 de septiembre de 2024

Baltasar Gracián, ese antiguo pero no viejo Criticón


Baltasar Gracián es antiguo, pero no viejo. Leer alguna de sus obras es como ampliar a un Marco Aurelio, por ejemplo, y enriquecerlo, y sumando una prosa castellana exquisita y precisa. Y aun pareciendo barroco, que no decadente, su pensamiento un tanto negativo, mas no equivocado, sobre conductas y pasiones de la especie humana está muy de actualidad. Dicen que influyó en La Rochefoucault, en Schopenhauer, en Nietzsche, y reconozco que resulta muy difícil negar sus puntos de vista.

No me aguanto comunicaros este trozo de la crisi octava (llama así a cada capítulo) de la primera parte de El Criticón


"—¿Quién es este monstruo coronado?—preguntó Andrenio—, ¿quién este espantoso rey ? 

—Este es—dijo el anciano—aquel tan nombrado y tan desconocido de todos, aquel cuyo es todo el mundo por sola una cosa que le falta; éste es aquel que todos platican y le tratan, y ninguno le querría en su casa, sino en la ajena; éste es aquel gran cazador con una red tan universal que enreda todo el mundo; éste es el señor de la mitad del año, primero, y de la otra mitad después; éste, el poderoso (entre los necios) juez a quien tantos se apelan, condenándose; éste, aquel príncipe universal de todos, no sólo de hombres, pero de las aves, de los peces y de las fieras; este es, finalmente, el tan famoso, el tan sonado, el tan común Engaño. 

—No hay más que aguardar—dijo Andrenio—. Vámonos de aquí, que ya estoy más lejos del cuanto más cerca. 

—Aguarda—dijo el viejo—, que quiero que conozcas toda su parentela. 

 Ladeó un poco el espejo y apareció una urca más furiosa que la de Orlando, una vieja más embelecadora que la de Sempronio.  

 —¿Quién es esta meguera? —preguntó Andrenio. 

—Esta es su madre, la que le manda y gobierna; ésta es la Mentira. 

—¡Qué cosa tan vieja! 

—Ha muchos años que nació. 

—¡Qué cosa tan fea!  Cuando se descubre, parece que cojea. 

—Por eso le alcanzan luego.

—¡Qué de gente le acompaña!

—Todo el mundo. 

—Y de buen porte. 

—Esos son los más allegados. 

—¿Y aquellos dos enanos? 

—El Sí y el No, que son sus meninos 

—¡Qué de promesas, qué de ofrecimientos, excusas, cumplimientos, favores! Hasta las alabanzas le acompañan. 

Torció el espejo a un lado y a otro, y descubrieron mucha gente honrada, aunque no de bien:

—Aquélla es la Ignorancia su abuela; la otra su esposa la Malicia, la Necedad su hermana; aquellos otros, sus hijos y hijas, los Males, las Desdichas, el Pesar, la Vergüenza, el Trabajo, el Arrepentimiento, la Perdición, la Confusión y el Desprecio. Todos aquellos que le están al lado son sus hermanos y primos, el Embuste, el Embeleco y el Enredo, grandes hijos deste siglo y desta era. ¿Estás contento, Andrenio?—le preguntó el viejo. 

—Contento no, pero desengañado sí. Vamos, que los instantes se me hacen siglos: una misma cosa me es dos veces tormento, primero deseada y después aborrecida." 



martes, 24 de septiembre de 2024

Ecos lejanos, 11

 


Me parece bien que proponga un tiempo de sosiego en medio de la vorágine, Else. Sobre todo por usted misma. A usted también le conviene, me interrumpe. Sospecho que detrás de esa imagen de ausente y concentrado, que transmite serenidad y distancia, hay una personalidad preocupada y probablemente inquieta. No concibo que alguien interesado en las ideas y en la vida misma en todas sus dimensiones, y usted como lector de novelas u otros escritos se mueve en el terreno de las ideas, gran parte de ellas imaginativas, sea capaz de permanecer al margen de lo más fructifero del pensamiento. 

Trato de esquivar el gancho que me ha tirado. ¿Ah, sí? ¿Cuál es ello? ¿Alguna teoría de la modernidad? ¿Un renacimiento de algún clásico? ¿No sabe que las ideas, incluso las más puras y no digo las más perfectamente elaboradas, tienen más de un rostro? O si prefiere, ¿que son como el retorno de un bumerán si no se cobran la pieza cuando se disparan? 

Else lleva camino de convertir la bonanza que proponía en un torbellino de emociones. Sé de sobra la capacidad que tienen de retorcimiento por sí mismas las ideas, dice. No creo en la pureza de ellas, ni en su perfección. Las ideas son recursos de utilidad. De ahí que el sentido que puedan tener y sobre todo transmitir estén sujetas a la interpretación de intereses diferentes. Los que siempre hay en conflicto en una sociedad. Los que responden al bienestar o al infortunio de unos u otros. Al conocimiento de unos privilegiados o a la ignorancia de la mayoría. 

Else se ha parado y yo no he movido ficha. Suspira. El ámbar de sus ojos es más agudo cuando se excita al hablar. A medida que frena su discurso se apagan y ella sonríe discretamente. Todas las ideas tienen un fin, Else, es obvio. El problema es cuando se desvirtúan o, como usted dice, cuando triunfa la utilización de ellas por el más fuerte. Y a la hora de la confrontación el más vigoroso no es el que más razona o invita a construir con las ideas claras un proyecto que beneficie, sino el más energúmeno, el que manipula más. Porque usted sabe que las ideas no son nada sin las palabras. Y estas pueden volver torticeras a aquellas, a anularlas e incluso a hacerlas desaparecer . 

Else afirma con la cabeza lo que digo. Ahora su tono de voz es moderado y hasta apacible. Creo que me está dando la razón sobre mi consideración sobre el usted secreto que se encuentra tras el usted simulador. Por eso le decía antes, amigo mío, que no le veo capaz de una quietud de caballero de orden ante los sucesos de estos días. Además ni los caballeros de orden lo mantienen, porque ellos optaron hace tiempo por el desorden, aunque ahora esta actitud se la achaquen a quienes no podían resistir más y han salido a la calle. 

Else me ha sujetado de la muñeca, tal vez como un modo de que no desconcentre mi atención en sus palabras. Pero a mí me sabe a caricia. Quiero corresponderla con una actitud conciliadora. No puedo quitar valor a sus pensamientos, que no creo que sean radicales. Palabras como orden o desorden, moderado o radical, verdad o falsedad, y otras tantas que se suponen opuestas están sometidas a intereses y a fuerzas que juegan a varias bandas. 

Por un momento he dudado si decir a Else: dígame claramente cuáles son sus intenciones en este encuentro de café, si busca solo diálogo o si pretende algo más de mí. Pero hace tiempo que aprendí a no forzar situaciones. Además me gustan las sorpresas. De pronto Else se manifiesta pragmática. Ha llegado un momento en que todo está tan claro, amigo mío, que usted mismo debe catar también la fruta del pensamiento que está en su sazón. ¿Me está invitando a que participe...? La sonrisa de Else tiene más poder que los pensamientos y las palabras. He temblado por la propuesta, que he percibido dual y, por lo tanto, arriesgada.



sábado, 21 de septiembre de 2024

Ecos lejanos, 10

 



Hoy he entregado a la mujer un texto que me rondaba desde hace días. Léelo luego, cuando nos hayamos ido, le he dicho. ¿Y si prefiero leerlo ahora?, ha replicado arrebatándome el folio. Se ha apartado. Me ha dado la espalda. No sé si ha repetido la lectura o contemplaba a las cornejas.   

Una vez bebí de la fuente y probé de la tierra. Deja que hoy esté también cerca de la materia transparente. 

De niño me acercaba a aquella roca en forma de plato por donde se filtraba el manatial, tan leve como prístino. Al ras de sus bordes sorbía una pureza hija de las entrañas de la montaña. Me empujaba la sed, me apremiaba el calor del estío. Me desbordaba la frescura que se deslizaba por el interior de mi cuerpo. Como un aborigen primitivo postrado ante la humedad natural estaba a mi alcance la posibilidad de saciarme. Pero siempre quería más, y volvía una y otra vez a aquel cuenco que filtraba su don oculto para mí. Solo mucho tiempo después sentí lo mismo contigo, un ejercicio no menos natural. ¿Echaste en falta alguna vez mi sed que no acababa de apagarse?

Una vez, también en la infancia, caté los frutos violáceos de los matorrales que crecían por las riberas. Haz que su dulzor asome ahora a mi boca que no ha perdido la memoria.

La maleza era espinosa. Su tejido, un laberinto. Las bayas competían en sabor. Del dulzor a la acidez enseñaban a la criatura a distinguir y encontrar su valor. Aprendía en cada sapidez. Me educaba en el gusto. Me reconocía en la medida y el tiempo porque para saborear lo frutal hay que detenerse y olvidar. Sentarse bajo la fronda, ahuecar el espinar, acostarse junto a los juncales. Solo el aire escurridizo. Los olores de la tierra. El murmullo del regato. La ausencia de sonidos humanos. Entonces abrir los labios al fruto y ser tomado por él. Cuando tú eras agua y tierra y brisa y parada para mí volvía a reencontrar la frutalidad en sus propiedades exactas. ¿Comprendiste que el apetito era el instinto que no cesaba de desbordarnos?

En la privación de ti quise renacer desde la memoria y me convertí en raíz.

Siempre serás tú, dice mientras se da la vuelta y sostiene el papel. Sabes cambiar y a la vez estar en el mismo sitio, ¿cómo es posible? Ven, y me señala la ventana, contemplemos a las aves que saben de inviernos más que nosotros. Acaso ellas tengan respuestas de las que nosotros carecemos.




*Fotografía de Inés González 

miércoles, 18 de septiembre de 2024

Ecos lejanos, 9

 



Ha entrado agitada. Se sienta delante de mí. Trata de reponerse del resuello que trae. Estos últimos días la he visto poco, Else. Y tampoco su tertulia ha sido muy frecuentada. Más bien ha estado diezmada. ¿Ha tenido que ver con los sucesos que ya no se le ocultan a nadie?  El rostro de Else se vuelve más severo. No son tiempos de tertulia, me corta categórica. Al menos no de chácharas ni contemplaciones. Y no debería estar ahora aquí.  

Sus facciones se muestran tensas, incluso poco amistosas, no hay asomo de sonrisa. Me preocupa, Else. Que no acuda a la tertulia y que se sienta reclamada por causas externas y acaso superiores me da que pensar. Ella reacciona molesta. No piense, no se complique conmigo. Usted está ahí entretenido en su rincón mientras el mundo se incendia, sin importarle la esperanza que ha saltado a la calle buscando otro mundo, que es también otra vida. Usted prefiere ignorar lo ajeno aunque también le incumbe, y parece no querer admitir que vivir al margen de los cambios puede arrastrarle al infortunio. Si le llega su ruido, ¿sigue pensando que es banal? ¿No cree que merece la pena prestar atención a las razones que hay detrás de las voces que se extienden? ¿Puede permanecer a un lado de las expectativas? ¿Teme correr el riesgo? Pero si no es ahora ¿cuándo? 

Else calla, apremiada por su propia combustión interior. Else, la digo, me crea o no yo deseo que haya otro mundo, pero me cuesta confiar en los que gritan sin que sepan de modo concreto a dónde van. ¿Son suficientes las consignas? ¿Basta con tomar los edificios de las instituciones? ¿Se conforman con concentrarse delante de los líderes y aplaudir sus bellas proclamas? Cambiar el mundo no consiste solo en una exhibición de protesta fragorosa, por mucho seguimiento social que tenga. ¿Se ha pensado cómo anular a la casta de los guerreros o en reducir a los poderes de la ley o limitar la influencia de los que alzan la cruz invocando que todo permanezca igual? ¿Saben cómo manejar la urdimbre de la producción y desafiar las leyes del mercado para que repercuta en un beneficio colectivo? Me espanta la masa que ayer siguió a unos, hoy a otros y mañana vaya a saber a quién. Me horrorizaría que el esfuerzo, loable por otro lado, de los bienintencionados no sea comprendido y antes o después dejen de ser respaldados. La apuesta posterior, tras un desencanto, podría tener un coste excesivo. Por supuesto que lo viejo tiene que desaparecer, incluyendo las cabezas más imperiales y los estamentos más belicistas, pero ¿tenéis claridad respecto a aquello que debe sustituirse y cómo ocupar con sensatez el lugar de lo caduco? 

La mujer duda entre afirmar o negar. Tampoco me lleva la contraria. Estoy en racha dialéctica con ella, pero bajo el tono impositivo. Y a propósito, Else. Si está tan comprometida con lo que usted misma denominó la acción decidida y transformadora, ¿qué hace hoy y a estas horas en este café y hablando con este ingenuo? Y no me diga que le pillaba de paso el Josty. Else parece haber perdido parte de su actitud severa y nerviosa. Ya ve, dice. Antes no me bastaba la tertulia, ahora me parece necesaria pero incompleta la toma de las calles, y sin embargo algo me dice que yo también sigo siendo insuficiente. Que no me basta la rebelión junto a los otros si no la compenso con alguna clase de estímulo menos épico. ¿Rechaza usted que ambos compartamos un rato de beatitud en medio de las convulsiones de estos días en nuestro país?




*Dibujo de Christian Schad.

lunes, 16 de septiembre de 2024

Ecos lejanos, 8

 


Ella bebe del frío como nosotros, dijo mientras contemplaba atentamente la corneja. Pero nosotros buscamos alimentarnos del calor, ¿no?, repliqué. Me pareció tan extremadamente dura su observación de doble sentido que me descompuse. ¿Tendría razón?

Había pasado demasiado tiempo y aunque seguíamos siendo en cierto modo nosotros, pues mientras uno no muere siempre sigue siendo una parte de sí mismo por mucho que el cuerpo haya mermado en sus potencialidades, no éramos los mismos de aquella madurez incipiente que nos parecía la cima. Porque uno es y no es el mismo a medida que los años modifican los sentimientos y los deseos, cuando no aminoran unos y se apagan otros. Ni siquiera físicamente somos los que fuimos. No hay discusión sobre los cambios que en el aspecto corporal tienen lugar. Ni tampoco sobre el interés en los temas de la vida que nos cautivaron antes y cuyo impacto se ha diluido. Y qué decir sobre cómo han ido cursando nuestros pensamientos, sus sinuosidades y confusiones, sus negaciones y bloqueos, tan alejados en muchos de ellos de lo que habíamos defendido antes. O incluso cómo ha ido transmutando la exposición de nuestras ideas. O las quebradizas maneras al utilizar las palabras para expresar nuestras opiniones.

¿Qué hay ahora, dijo ella de pronto, de aquella euforia y ganas de devorar lo que nos rodeaba porque, decías, había que cambiarlo? Aquel estilo que te hacía único, que te embellecía y suscitaba un margen de seducción en torno a ti. Aquellas propuestas ideales tal vez, pero que nos arrojaba a compartirlas contigo como si fueran alcanzables o incluso tangibles. ¿Dónde quedó todo? Ya no propones como antes, no arriesgas, no avasallas con tu carácter impetuoso pero en absoluto grosero que te caracterizaba, y que no solo yo sino personas de nuestro ámbito o que acababas de conocer admiraban.

La mujer se mostraba intensamente demoledora con su discurso. ¿Era la corneja y aquel paisaje frío y acuoso lo que sacaba su gelidez íntima y desapacible para atacarme? Nunca fue mi estilo responder a los ataques con ataques, ni elevar el tono de la voz, ni reprochar, una actitud esta que siempre me ha repugnado. Pero reconozco que las censuras bien fundamentadas hacen mella en mí y me anulan.

Las distancias alteran nuestra personalidad, dije para tratar de enderezar una conversación que amenazaba con un caos verbal o con el silencio. Las territoriales, sin duda, pero sobre todo la temporalidad. No haber sabido de nosotros durante tantos años, esa ausencia sentida o ignorada que nos ha privado mutuamente de afectos y de sentimientos, es suficiente razón para haber estado al borde del olvido. Su carcajada fue una bofetada. Se volvió hacia mí con ímpetu. ¿Y no ha sido olvido? Nos hemos encontrado al cabo del tiempo por azar, no porque nos hayamos buscado. ¿Has hecho tú algún esfuerzo? Porque yo sí. No te escudes en las situaciones fáciles, eso de las distancias y lo otro de los acontecimientos tras los que desaparecieron antiguos amigos y compañeros.

En su mirada no vi el templado y ambarino iris que la caracterizaba, en el que me reflejaba antiguamente. Solo cornejas bebiendo la pérdida glacial que yo no sabía cómo apartar.



*Fotografía de Inés González.

jueves, 12 de septiembre de 2024

Ecos lejanos, 7

 


No le veo interesado en los temas que tratamos en la tertulia, no pregunta nunca. Else jugueteaba con el vasito de licor. El Josty se iba cargando de un humo difícil de sortear. Imagino de qué habláis ordinariamente, le respondí con falsa frialdad. La situación explosiva que se está viviendo por todas partes en este imperio que se requebraja da para hablar y quejarse. Pero solo hablando, ¿qué adelantáis? Else se sintió molesta, no podia ocultarlo. Fue impetuosa. Qué sabe usted, entregado a sus lecturas de rincón, de si lo que nos inquieta se queda en la saliva o nos implicamos en una acción que es más arriesgada que nunca. Mientras, usted, ¿no se conforma acaso con el placer de sus libros y el desahogo de su pluma? La población sale a las calles, confusa pero expectante, y los pasivos como usted permanecen impávidos, aunque probablemente les pese más el miedo que la esperanza. 

Me gustaba su energía descarada, haberse arriesgado a venir hasta mi mesa para perorarme como si fuera un burgués insensible. Su firmeza no condenaba el contacto que ella trataba de establecer conmigo. Le diré más. En las ideas sobre arte o lenguaje que intercambiamos en aquella mesa hay más acción y catarsis de lo que usted puede imaginar, y no es un mero entretenimiento. ¿No se ha dado cuenta otros días que hay ciertos tipos que vienen a poner el oído y a apuntar quiénes venimos? ¿No le dice eso nada? Si lo nuestro fuera de meros charlatanes, coloquios de familia, ejercicios de distracción, ¿íbamos a inquietar a estamentos que se vuelven más férreos cuanto más se descomponen? 

Else, ¿sabe que su mirada iracunda la envuelve en una intensidad de juventud que permanece a salvo del tiempo? Ella me miró perpleja, sin tener claro si mi salida era ofensiva o complaciente. Luego volvió la cabeza hacia donde sus compañeros de fatigas polémicas seguían enrendándose con pasión. Pero no se levantó ni me dejó plantado. ¿Se ha sentido tocado en algún momento por la pintura que se hace en estos días y la subversión literaria que desfigura las imágenes de la vida que pretenden vendernos? Percibí que abría un nuevo frente de tertulia cara a cara solo conmigo. No me va a creer, le respondí tranquilo, pero de momento me sensibilizan y laceran más los movimientos de masas que están intentando ventilar la hediondez y poniendo patas arriba un sistema que no da respuestas. Y ya le digo que no me creerá. Pero me preocupa el río revuelto y las fogatas peligrosas que pueden prender en esta situación los iluminados.




*Grabado de Ernst Ludwig Kirchner

domingo, 8 de septiembre de 2024

Ecos lejanos, 6

 


¿Recuerdas tu aproximación a mí? Abandonaste la tertulia descaradamente. Else no aparta la mirada de la ventana dibujada de aguanieve. Tiene la espalda fría pero no se inmuta. Su piel sigue siendo resbaladiza. Su cabello, abundante. Los dedos, frágiles. Se acerca al cristal y con ellos traza lentamente signos abstractos. No dejabas de mirarme, dice. Pensé que eras uno de esos tipos solitarios y raros que se muestran anti grupo, antisocial y al que le patinan todos los acontecimientos de esta época y las actuaciones contradictorias de la gente. O quizá uno de esos soplones, que tanto cunden en estos tiempos revueltos. Me he echado a reír. ¿De verdad? ¿Tan mala pinta te daba? Simplemente era tu actitud prudente con los amigos lo que me llamaba la atención. Eras la que menos hablaba pero cuando lo hacías todos se volvían precavidos. ¿De qué ibas? ¿De musa, de madre protectora, de consiliaria ideológica, de escuchante de almas en pena? ¿Sentenciabas u obligabas a dirigir la conversación por otros derroteros? ¿Encendías calladamente el debate cuando parecía que solo quedaban rescoldos o encauzabas las veleidades oníricas del abigarrado clan?  Ahora la que ríe es ella. Digamos que ponía mi granito de ideas, pero reconozco que a veces cortaba los temas porque la visceralidad no es de mi agrado y las propuestas descabelladas no me llevan al huerto. Ya está demasiado complicado el panorama como para aguantar fruslerías o posiciones dogmáticas que no llevan a ninguna parte. Yo pensé, Else, que los artistas no eran tan políticos, es decir, tan agresivos como extensos en la manifestación de sus ideas. Tendrías que haber tomado parte de las tertulias, dice. Son gente más plural, que no se casan con nadie, y tal vez llegan más lejos en su visión crítica que los que pertenecen a una formación estrictamente política. Son menos unilaterales, digamos, y harto volubles. Estoy acostumbrada a escucharles ideas contradictorias o cambiantes de unos días a otros. Algunos hablan como pintan, en conflicto con sus propias temáticas plásticas. ¿A que desde tu rincón del café no te enterabas de casi nada de lo que hablábamos? Else, yo solo estaba pendiente de mi lectura y de mis apuntes. Hasta que te pusiste a leer en mí, ¿no? Hasta que me puse a escribir sobre ti, Else.




*Fotografía de Inés González.

viernes, 6 de septiembre de 2024

Propuestas ingenuas que debemos tornar ingeniosas

 



Propuestas para la supervivencia en tiempos seniles (y por supuesto para los no seniles) No ceder al atosigamiento. No conceder valor a la palabrería vana. No rasgarnos las vestiduras por situaciones y expresiones que han existido siempre y que hoy se tienden a sobredimensionar. Conceder una segunda lectura o escucha a lo que nos digan desde medios de noticias o desde personas cercanas. Quitar hierro a lo que es hojalata y ver la dureza de lo que nos quieren vender como suave y al alcance. Desconfiar de la primera intención, pues siempre hay otra u otras ocultas. Contemplar todo lo que se pueda pero sabiendo mirar. Huir del ruido (una vez más) Permanecer predispuestos pero no otorgar una entrega a cualquier precio. Percibir la bondad que llevamos dentro y compartirla (antes descubrirla, que puede estar muy oculta) Rescatar la prudencia a pesar de las presiones insensatas. Si aún nos entusiasma un atisbo de inocencia antigua, no desdeñarla, pero que no se imponga a la razón sesuda.

Y aquí, en todas estas propuestas que ya digo que ingenuas, pero bienintencionadas, ¿dónde está lo ingenioso? Seguramente en los márgenes y rincones del cerebro de cada uno. Siempre hay una tribu a la que hablar de la belleza de las ideas y a la que relatar con palabras ilusionantes, y ojalá que precisas, el poder de la palabra bien utilizada. Y si alguien dice que no conoce tribu, que escarbe dentro de sí mismo. Seguro que allí, en su profundidad, moran personajes que fueron o no han sido, pero a los que hay que escuchar y con los que también dialogar. 

Basta por hoy esta disquisición buenista (me temo)



* Dibujo de Ainslie Roberts

domingo, 1 de septiembre de 2024

Ecos lejanos, 5

 



Miré a Else desde el rincón donde acostumbraba a sentarme en en el café Josty. Debatía con un grupo de hombres, que se expresaban unas veces con risas, otras con vehemencia. No llevaba la iniciativa con comentarios estridentes ni parecía que fuera ella quien plantease los temas. Sin embargo, todos recababan su opinión. Tuve la impresión de que con cierta frecuencia se abstraía, ausentándose discretamente de la conversación. Ignorando las palabras gruesas con que sus acompañantes defendían causas estéticas o proponían ideas descabelladas. Huyendo de virulencias y malas caras. Ya se sabe, de esa actitud típica de artistas y escritores que necesitan apaciguar sus propias soledades alimentándose de ruidos externos de los que posteriormente van a disentir. Pero ella se mantenía serena. Y sus palabras, cuando venían al caso, se emitían con prudencia y a la vez con precisión. 

Y en una de esas abstracciones dirigió su mirada hacia mí. No podía ignorar que yo ponía el oído, aunque solo me llegara el tema de conversación cuando aquellos bohemios elevaban el tono. Simulé seguir entregado a mis lecturas. Pero aquella mirada aparentemente inexpresiva me intrigó. No pude evitar interrumpir con más frecuencia mi concentración, al principio de manera espontánea, luego más estudiada, buscando la coincidencia con uno de esos ojeos que ella me dedicaba. ¿Era así de anodina ella ante los desconocidos o se trataba de un estilo paciente?

La respuesta la tuve con su acción. De pronto se había plantado ante mi mesa. Nuestra troupe no le está dejando leer, ¿verdad?, dijo con prudencia. Somos demasiado ruidosos. Los artistas se pelean con los escritores y viceversa, y cuando aparece algún político se unen para atacarle a él. Así son nuestras tertulias. ¿A usted no le interesan las tertulias? Se ve que prefiere entenderse con los libros y con el silencio, ¿es así? No me haga caso, soy una rara avis, eso dicen, me gusta participar de las opiniones jugosas, pero en realidad deseo sentirme un robinsón en una isla como la suya. Y huyo en cuanto puedo de esos territorios donde se pontifica tanto y no se deja títere con cabeza. Porque, a ver, usted que nos habrá estado escudriñando, ¿me ha visto a mí erigirme en papisa de ideas o de facciones? Sin embargo es lo que les gusta a toda esta gente de las artes y de los shows, pretendiendo que están más allá de los mortales y, un error, a salvo de los peores de los mismos mortales. No, no diga nada. ¿Prefiere continuar con su lectura?

No supe abrir la boca. Aquella que me miraba casi tímida resulta ser un torbellino, pensé. Me siento a su lado y me invita a un café o, mejor, a un licor de cerezas, ¿está de acuerdo?, dijo.



Grabado de Christian Schad

viernes, 30 de agosto de 2024

Ecos lejanos, 4

 


Somos como esos árboles, que se ven sometidos a las circunstancias a las que les empujan las estaciones. Nuestros ciclos también nos tornan exuberantes unas veces, y otras nos dejan escuálidos. 

La escuché en un silencio tímido mientras ella observaba las huellas del invierno. A dónde querría ir a parar. Sus reflexiones siempre deparan alguna sorpresa, y más cuando las revela con lentitud. Prosiguió.

¿Dónde estamos ahora? Tal vez en un espacio temporal intermedio, donde ni hay copiosidad ni hay carencia. Pero donde empezamos a temernos, porque el mayor temor no nos lo causa lo externo, los otros o las situaciones adversas, con ser estas tan duras en ocasiones. El miedo es el que incubamos al ser conscientes de nuestras deficiencias o incapacidades. El espanto llega cuando nos damos cuenta de que carecemos de ilusiones. Porque las ilusiones, que tú te empeñas en desnudar, y no te quito intención, son como las aguas mansas de un río que no llevan a ninguna parte pero que nos mantienen a flote. 

La vi tan inspirada como sincera, y no me atreví a intervenir. Elegí que no hubiera diálogo, porque preguntas y respuestas nunca explican nada de fondo. Son una treta para ejercitar ataques y defensas donde ser vencedores o vencidos deja insatisfechos, o tal vez maltrechos, a los contendientes.  Era mejor dejar correr su vena y se dio cuenta de mi actitud.

Me gusta ser escuchada, dijo. No me siento en monólogo, ni alardeo de confidencia, y mucho menos de una confesión impenitente. Hablo para hacer que los pensamientos tomen una forma más acabada, si es que los pensamientos pueden ser moldeados alguna vez de modo determinante. Una forma esta de las palabras que a su vez desencadena nuevas ideas. Es una cinta sinfín, una correspondencia entre razonamientos ocultos que salen a la luz para comprobar su precisión o su inexactitud, y a los que las palabras someten a nuevos esfuerzos.

Me pareció tranquila y no apartó la mirada del ventanal. ¿Crees que también queda algo de belleza en el desamparo?, soltó a lo bruto, y su fijación en el paisaje revelaba en ella una búsqueda. O acaso una manera de amarrarse a lo vivido pero que se tambaleaba.

Me salió instantáneo, acaso retórico. La belleza, dije, siempre está a la espera, incluso cuando nos parece agotada o inexistente.

Se echó a reír con escepticismo, no con amargura.



* Fotografía de Inés González.


lunes, 26 de agosto de 2024

Ecos lejanos, 3

 



Conocí a Else antes de que las flores se tiñeran de sangre. Aunque mirado de otro modo ¿cuándo no se habían teñido de la sangre de los hombres? Ese humor que circula por venas y arterias había estado salpicando siempre la vida. Todas las vidas. No solo las humanas sino las del resto de especies, las animales y las botánicas, el suelo que se pisa y el aire que se respira saborearon siempre la salinidad de la sangre. 

Ni los surcos del campo, ni las naves de las acerías, ni las minas de las que se extrae lo preciado, ni los andamios de los edificios erigidos, ni los vientos  que recorren aleatorios los vacíos, ni el adoquinado de las calles, ni los hogares en discordia, ni la presuntuosa sacralidad de los templos, ni la soberbia solemnidad de los parlamentos, ni la vanidad de los mandatarios prepotentes, ni las palabras de las profetisas ignoraron nunca que la sangre es tan mineral como signo de vida, pero también es marca de muerte, sigan cursos perentorios o se arrastren a través de los días.

Fue cuando la sangre aún se mantenía oculta, pero ya agitada, cuando apareció Else en mi vida. Else que buscaba sin saber qué. Else que se sentía oscilante entre la tirantez de su antigua elección y el deseo impreciso. Else que utilizaba tonos de voz impulsivos. Else que amaba las palabras donde contemplaba su propio rostro desconocido. Else que se sentía si no malherida sí al menos desdichada porque sus aspiraciones se habían vuelto volátiles. O tal vez necesitaba una luz que la sacara de aquel mundo oscuro que le insatisfacía. Else se manifestó desde su belleza atrevida y yo la miré.



martes, 20 de agosto de 2024

Ecos lejanos, 2


¿Ves cómo se dibujan los abetos en la ventana?, dijiste. ¿Ves cómo nos desdibujamos el uno en el otro a este lado de la intemperie?, y pulsé los dedos sobre tus muslos de cristal. No me preguntes de qué vengo huyendo, dijo, siempre venimos huyendo de algo, tal vez de no poder retener lejanos días del pasado que creímos satisfactorios para siempre, tal vez por un impulso natural a seguir probando los dones de la vida. Te pones muy poética, murmuré, o mejor, si quieres, muy posibilista. Debemos ser siempre posibilistas, me cortó. Hoy estamos aquí, mañana el frío puede apoderarse de nuevo de nosotros, yo te echaré en cara, tú permanecerás perplejo, ninguno de los dos sabremos dónde nos encontramos, pero no me hagas caso, son pensamientos pesimistas que siempre me invaden cuando mejor estoy, algo así como los demonios interiores que siempre le persiguen a una, esta perpetua insaciable, como si tuvieran envidia y provocaran causarme inseguridad. No eres la única y te entiendo, y al hablar así pretendí dotarla de certidumbre, de confianza en sí misma, tal vez sus propias confidencias me desestabilizaban un poco y yo no quería dejar de ser un recurso para ella. Debió captarlo. No me gusta conjurar las amenazas interiores con palabras, las palabras suenan siempre tan vanas que pierden su significado auténtico si se abusa de ellas, prefiero este calor, los humores de tu piel o de cualquier de tus órganos, la sensación de aferrarnos a los cuerpos mutuamente y perder la noción de sus dimensiones, y como decías antes, para desdibujarnos y luego pergeñarnos como nuevos personajes, y trazar un rostro diferente de lo que somos, dure lo que dure el ejercicio, porque también somos lo que no somos, la posibilidad, el riesgo, la turbulencia que todo lo revuelve pero todo lo acrisola, ¿no te parece? Calló, congelamos la palabra. La hoguera crepitó.



*Fotografía de Inés González.


lunes, 19 de agosto de 2024

...tú no eres un muerto, Federico

 



...tú no eres un muerto, Federico, 
tú eres la noche que baja al río y lo inunda de estrellas




*Federico García Lorca, en su recuerdo, al cumplirse 88 años del asesinato alevoso que cometieron con él quienes desataron una guerra civil. Sea donde sea que estén tirados sus restos, como los de tantos otros españoles todavía, para mayor vergüenza nuestra. Porque la vergüenza, la razón ética y el lamento no prescriben nunca. Mal que le pese a la justicia fallida.






viernes, 16 de agosto de 2024

Ecos lejanos

 



Ella llegaba con la nieve, el hombre la estaba esperando desde un enajenado y febril encantamiento,  la voz de madrugada era un arrullo, él se sobrecogía, la ternura tenía un tono dulce para ambos, se dejaban rasgar con la emoción de una pasión incierta pero sincera, la distancia era un tanteo, la entrega una deseada intuición, la noche estaba rota pero ambos la recomponían, qué es la noche sino un tiempo volátil, pensaban, cómo nos alcanzaremos, se preguntaban, tal vez si no es ya tarde estaremos aquí, sorteando territorios que aún no sabemos medir y, mientras, la ventisca se resistía al alba, y la inflexión de sus voces envolvía dos cuerpos abandonados al azar, pisa la nieve que yo piso, dijo la mujer, sí, dijo él, deja que haga crujir yo también la cuajada escarcha del Rhein, susurró como una canción de invierno.
                  


 *Fotografía de Inés González Soria.

miércoles, 14 de agosto de 2024

aurora y crepúsculo

 






Llevamos dos días en que la naturaleza nos quiere compensar de los calores con su inenarrable belleza. Porque ¿acaso la belleza puede ser descrita? Si escribimos sobre la belleza como mucho es para aproximarnos a un don que jamás tocaremos. Pero que de algún modo nuestras emociones gozarán al percibirla con nuestros sentidos.

Anteayer fue un amanecer  radiante (¿radiante no proviene de rayos, de haces de luz?) Y ayer fue, camino del crepúsculo, un arcoíris que sugería también su doble, cuya circunferencia jamás la habíamos visto tan perfecta.

Hoy tenemos explicaciones para ambos fenómenos, gracias al desarrollo del conocimiento. Pero mientras contemplaba ambas manifestaciones de la atmósfera me preguntaba: ¿qué sentirían y pensarían y cómo se estremecerían nuestros ancestros del Paleolítico ante tamañas representaciones del cielo?

Sin duda tuvieron que recurrir a la propia fantasía y así surgió la invención del pensamiento mágico, al que sacralizaron, y posteriormente a los mitos, que iban a ir transmitiendo sus percepciones sobre el mundo natural, incluido el propio suyo con sus intrincadas relaciones humanas. Recursos de autodefensa, sin duda. Nuestra capacidad de emocionarnos hoy en la contemplación nos vincula con aquellos hombres, llámense neandertales o sapiens. Da igual. Y la IA no nos puede dar el pego.


domingo, 11 de agosto de 2024

El torii testigo de Nagasaki

 


- ¿Y esta columna, tío? Parece que estuviera rota.

- Y lo está, era la columna de una puerta hoy inexistente. Pero no una puerta cualquiera, sino exenta, la de un santuario próximo que los sintoístas debieron tener por aquí. La llamaban torii. Dicen que se erigía para que las aves se posaran en ella. Aquella cultura valoraba mucho a los pájaros, a los que veían como mensajeros hacia las divinidades. 

- Ah, ya he visto fotografías de esas puertas enteras. Son espectaculares. A mí me parece la letra griega pi (π), que en matemática se trata de un número infinito, así que ve a saber si no la copiaron de los griegos.

- Tú lo has dicho, ve a saber, aunque no parezca probable. Los torii son portales simbólicos.

- ¿Algo así como un acceso a ninguna parte?

- O acaso hacia toda parte, porque el mundo de los símbolos permite una suerte varia de imaginaciones, si no se pretenden cerrados. Para mí significan los torii una apertura hacia la luz, la que debe destellar desde dentro del individuo. Por lo tanto el descubrimiento de tu conciencia, que no deja de activarse permanentemente. Desde la luz propia se puede llegar a muchos destinos, siempre que se acierte al escoger el camino. Otra cosa es que el destino sea también el más conveniente.

- ¿Y eso cómo se sabe? ¿Haciendo caso de lo que dicen personajes superiores a nosotros? 

- Tal vez no sea la manera más adecuada, ya que no tienen por qué tener la razón de todo, a veces ni una parte, pero yo no desestimaría a algunos de ellos. Lo cierto es que no siempre hay una meta única, del mismo modo que los recorridos pueden ser diversos.

- Deduzco que uno aprende a mamporros y que solo probando, tantas veces como sea necesario, se va distinguiendo.

- No es poco lo que dices, muchacho. Aprender, lo que se dice aprender siempre es parcial y relativo, y lo que parece que afirmamos hoy como exacto y adecuado acaso mañana lo cuestionamos. Pero saber distinguir es, además de una actitud modesta, lo más práctico para no dar por definitivas verdades que solo ocultan dogmas, y el dogma no conviene a un carácter abierto e intuitivo como el tuyo. Ni de nadie.

- Me entristece ver esta muestra de ruina.

- Pero también la mantienen como un testigo de buena voluntad de lo que no tendría que volver a suceder, y eso te debería producir contento, aunque si te digo la verdad no puedo estar seguro de que alguna vez en el futuro alguien o algunos...


Aquel recorrido con mi tío por Hiroshima y Nagasaki, entre otros lugares con menos pasado destructivo, fue fecundo. Vimos y ambos reflexionamos. Un año de estos viajaré a Osaka a visitar su tumba. Puede que cuando florezcan los almendros.




viernes, 9 de agosto de 2024

...y hoy el recuerdo de Nagasaki los mismos 79 años después

 


Me confunde la estatua simbolizando la paz del Memorial Park de Nagasaki. Gigantesca y simbólica obra del escultor Seibou Kitamura. Se encuentra frente al Parque del Hipocentro, espacio monumental que recuerda el punto donde cayó la bomba atómica del 9 de agosto de 1945. Me confunde porque no veo en ella identidad tradicional japonesa. O acaso sea ese su triunfo, no lo sé. Esta escultura contiene una herencia occidental indudable. Como si recogiera algo de lo helénico y algo del Renacimiento. ¿Hay en esa pose un Zeus o un Dios monoteísta? ¿Hay ahí un atleta de Policleto o el hombre de Vitrubio de Leonardo? Probablemente no se intentó una representación dirigida solamente a los locales, sino que se pretende universal, y el artista sabe.  

Señalando el cielo y a la vez la tierra, pero con gestos de las manos diferentes, uno puede dejarse sugerir. Observando la distinta posición de las piernas, uno puede proyectar simbolismos. Por ejemplo, una voz profunda y ancestral, la de la propia naturaleza, podría estar diciendo: os di la tierra y os cobijé bajo el cielo, ¿por qué malgastáis los bienes de la vida? O bien otra voz, emergiendo del ultramundo, podría clamar a los supervivientes actuales: disponéis del poder racional de la memoria, ¿qué estáis haciendo por evitar futuros holocaustos? O bien la propia voz del artista, armonizando el sentido emocional con la lucidez activa, advierta: somos reflexión pero nos debemos a la acción, ¿a qué esperamos para que el pensamiento en calma se ponga en marcha extendiendo la cordura entre los hombres? 

Quién sabe si la sombra de un viejo haijin no está declamando: 

Del cielo furia / en la tierra futuro / sembrad unidos.






jueves, 8 de agosto de 2024

Entre Hiroshima y Nagasaki

 


Mi tío Emeterio está enterrado en Osaka. Una vez tomamos el Shinkansen y me llevó a visitar la ciudad reconstruida. Nada que ver ni con una ciudad histórica ni con la devastación. Te llevaré al parque de la memoria, dijo. Recorrimos los diferentes monumentos. Mira este arco erigido para evocar a las víctimas. ¿Qué dice en esa lápida?, pregunté. Desean paz a los muertos. Pero, ¿no sería mejor pedir la paz a los vivos?, dije ingenuamente. Sin duda, pero observa que estos japoneses, que saben mucho de la vida y de la muerte, añaden algo así como que no se cometerá de nuevo el error. ¿Cómo pueden saberlo?, me sorprendí. No lo saben, respondió mi tío, sino que lo desean pero convierten el deseo en la realización de una necesidad. 



martes, 6 de agosto de 2024

79 años de Hiroshima. Con un trozo de carta del filósofo Anders al piloto Eatherly

 


Esta panorámica de la Hiroshima actual, reconstruida sobre la ruina humana y urbanística, no puede hacernos olvidar la barbarie. Se cumplen 79 años ya -dentro de unos días también de Nagasaki- de la devastación atómica ejecutada por EEUU. Es historia, con nombres y apellidos. En la imagen puede verse una reliquia del bombardeo, la cúpula de la antigua sede de la Promoción Industrial de la prefectura de Hiroshima que, curiosamente era un edificio diseñado por el arquitecto checo Jan Letzl, muy bien acogido en 1915 por la opinión pública debido a su aire innovador y occidental.

Ya se ha hablado mucho de aquel suceso que modificó tantas cosas, sobre todo en el llamado eufemísticamente arte de la guerra. Uno creía que el arte no era solo técnica, sino también visión, creatividad, armonía y representación estética. Aplicar el término a la técnica militar y armada parece desmesurado, o acaso no, pues el término arte se usa para designar la capacidad humana de hacer algo hábil y de esa manera un tanto ambigua se justifica hasta lo más abyecto.

Hay una parte que se conoce menos de aquel bombardeo letal. Aunque casi siempre se cita al bombardero Enola Gay como el que arrojó la bomba se habla menos de otro avión que formaba parte de la escuadrilla que llevó a cabo la misión, el Straight Flush, pilotado por Claude Eatherly. Este avión era de reconocimiento metereológico y proporcionaba información a la operación en marcha. Pues bien, tras lo sucedido el capitán Eatherly entró en una crisis moral profunda, con una secuela de comportamientos de tipo delictivo, en parte para llamar la atención de la sociedad bienpensante estadounidense y pretendiendo hacer llegar fondos a supervivientes de la masacre. Y entró en una espiral de perturbación psicológica grave.

Respuesta de la justicia y el gobierno: detenciones, penas, manicomio y sobre todo desprestigiarle e ignorarle. El filósofo alemán Günther Anders se puso en contacto con Eatherly y ambos mantuvieron una correspondencia durante unos años. El intento de Anders no era solo conocer cómo había hecho mella la masacre entre uno de los ejecutores, sino trasladar a Eatherly esperanza. La sociedad le había postergado como paria y traidor, pero Anders consideraba que era a su vez una víctima del infausto acontecimiento. Pues Eatherly personificaba la conciencia de un sistema que intenta, y lo logra, persuadir al individuo de que no es responsable de las consecuencias de sus acciones. El campo del ejercicio bélico lo demuestra ampliamente. Sin ir más lejos, el comandante del Enola Gay, Paul Tibbets, que murió con 92 años, jamás se arrepintió de la misión homicida, excusándose en el cumplimiento de su deber, y según él aquel letal acontecimiento jamás le quitó el sueño. 



Rescato parte de una carta de Anders dirigida a Eatherly el 3 de junio de 1959:

"...El año pasado estuve en Hiroshima, donde tuve ocasión de hablar con aquellos que lograron sobrevivir a su paso por el lugar. Y créame usted: ninguna de estas personas tiene intención de vengarse de las piezas de aquella máquina militar (y eso es lo que usted fue cuando, a los 26 años de edad, cumplió su 'misión'); ninguna de ellas siente odio hacia usted.

Pero usted ha demostrado que, pese a haber cumplido su función como una simple pieza de aquella máquina, a diferencia de los demás ha seguido siendo un ser humano o ha vuelto a serlo. Y ahora mi propuesta, que quizá tenga a bien considerar:

Como cada año, el próximo 6 de agosto la población de Hiroshima conmemora el día en que sucedió 'aquello'. Usted podría enviar a esas personas un mensaje adecuado para tal conmemoración. Si usted se dirigiese como ser humano a esas personas diciéndoles: En aquel momento yo no sabía lo que hacía, pero ahora sí lo sé. Y sé que jamás ha de repetirse nada similar; y que ningún ser humano puede pedir a otro que haga algo parecido. Si les dijese: Vuestra lucha contra la repetición de esos hechos es también mi lucha, y vuestro 'No more Hiroshima' es también mi 'No more Hiroshima', o algo similar, puede estar seguro de que con este mensaje usted daría una enorme alegría a los supervivientes de Hiroshima, puede estar convencido de que estas personas lo considerarían como a un amigo, como a uno de ellos. Lo que sería de justicia, puesto que también usted, Eatherly, es una víctima de Hiroshima. Y puede que esto también fuese para usted, si no un consuelo, sí al menos un motivo de alegría."

La correspondencia y el apoyo al piloto fue editada posteriormente en un libro. Y a su vez respondida por el gobierno del país de la Libertad declarando persona non grata y llamando comunista al filósofo Anders. 

La lección de Hiroshima no se ha aprendido. Tras 1945 varios países, potencias en mayor o menor grado, disponen de la bomba atómica, y otras variaciones, y en abundancia. Más Estados tratan de seguir la misma carrera funesta. Y ya se sabe el refrán: quien con fuego juega acaba quemándose. O quemando a otros, diría yo. 




domingo, 4 de agosto de 2024

Bill Viola, más allá del ojo del corazón


Me entero de que el genial videoartista Bill Viola ha fallecido hace unos días. Tuve la ocasión y el asombro de descubrir la existencia de Viola en una retrospectiva de su obra en 2017 en el Guggenheim de Bilbao. Me fascinó lo que allí vi. Para quien no sepa de su obra adjunto esta película, El ojo del corazón

 



viernes, 2 de agosto de 2024

El azar indiscreto acosa a mi amigo

 


Antes de que se entere de manera inexacta se lo voy a contar. Se ha presentado presuroso, quitándose el sombrero, mientras yo, sentado en la terraza del quiosco de la Pilsen hago señas al camarero. Le indico que se siente. Me intriga su urgencia, sin previo saludo, cálmese, le sugiero. Pero él se muestra imparable en una verborrea inhabitual. Usted es amigo de Jan Popovka, ¿no es cierto? Pues bien, él y yo nos conocemos desde la juventud y no nos tenemos simpatía mutua. No podría decir por qué. Nunca me hizo nada ni yo a él. Es una situación inexplicable donde acaso los subconscientes de ambos podrían aclararlo mejor que nuestra voluntad nada cercana. Pero eso es imposible. A veces las malas relaciones se siembran y fecundan sin habérselo uno propuesto. O por injerencia de personas malévolas. En cierta ocasión alguien me comentó que Popovka había dicho en alguna tertulia de ociosos, y de esto ya hace mucho tiempo, que yo no era de fiar porque había hecho determinados favores a un político local de reconocida insolvencia y temple autoritario. Como si no se me conociera precisamente por mis cautelas y mi discreción, cuando no por un carácter huraño que me sale en ocasiones. Como si no se supiera lo alejado que me encuentro de estancia alguna de poder ni fuese célebre mi escepticismo ante las fórmulas humanas de entendimiento que, aun sabiendo que no hay otras posibles, si no las desprecio al menos las ignoro ampliamente. 

Me preocupa este arranque impetuoso con el que llega mi amigo. Nunca se sabe cuándo comienzan los bulos, cómo se van incubando y de qué manera su éxito perverso reside en el receptor, digo insistiéndole en que se relaje. Por supuesto, en un receptor susceptible cuando no anhelante de escuchar la mentiras y prestar atención a maledicencias. Me interrumpe. Esta vez me molesta el personaje, no porque haga que me sienta culpable de mis conductas íntimas, pues no creo que no le falten a él las suyas, que yo no criticaría. 

No puedo con tanta intriga. ¿Qué le ha sucedido?, pregunto con mesura. Se explica. Me crucé con él, con el tal Popovka, casualmente hace unos días en casa de Frau Helga, la bávara. Ya me entiende usted. No se sorprenda, no soy asiduo del negocio pero en ocasiones de debilidad tampoco desdeño una compañía oportuna. He hecho un gesto de comprensión, incluso lo he ratificado: usted sabe perfectamente lo que debe hacer en cada momento, no todo se conjura ni se exorciza escribiendo. Se ha sentido cómodo, prosiguiendo su anécdota. Popovka y yo nos miramos y a la vez nos ignoramos. A él se le puso un rictus de sorpresa más que de ironía, que también lo percibí, y enseguida se escabulló con una diligencia que me pareció vergonzante. Si fue el fugaz incidente o que yo no iba muy convencido de solicitar caridades, el hecho fue que tras saludar educadamente a algunas de las presentes me marché como había llegado. Un poco enojoso, no lo niego.

No deja de tener su punto divertido, y de todo se aprende, dije. Acaso en la próxima circunstancia usted sea más prudente y reservado. Saltó: eso ya me lo he dicho a mí mismo. Se lo cuento no porque me persiga el malestar por un comportamiento propio que no me avergüenza, sino para que esté usted prevenido cuando se encuentre con Popovka. Probablemente él no le comente nada, pero la actitud impropia que ha tenido siempre conmigo no me da garantía de que se conduzca con comedimiento. Incluso puede que sea yo el que esté siendo el inoportuno respecto a él, al contarle usted este suceso intrascendente. Los sucesos aparentemente intrascendentes pueden ocultar maldades y calumnias, he dicho con ánimo de animar a mi amigo y demostrarle que me siento extremadamente honrado por su confianza. En efecto, me interrumpe, y es que en este pulso de amistades oscuras y entregadas serpentea por medio el antiguo juego de la fidelidad o de la traición. Yo sé que solo puede esperar de usted fidelidad.

Lo que mi amigo no sabe es que Jan Popovka, revelándose como un tipo con el que hay tener recelo siempre, se había adelantado a informarme maliciosamente y me había dicho, como no dando mucho interés al tema, algo así: vi entrar a K. en casa de la bávara. Popovka, intervine para que no avanzara más, haré cómo que no he oído nada. La vida muy particular de los demás debe respetarse. ¿O a usted no le importa lo que difundan otras lenguas viperinas sobre su persona? Sea prudente y respetuoso siempre, no vaya a ser que las cañas se le vuelvan lanzas.

Sin saber la verdad del intrascendente hecho, yo había inclinado la balanza a favor de mi amigo K. Mi fidelidad también debo demostrársela no comentándole la perversa insensatez del otro.



* José Hernández. El alimento automático, 1982, dibujo.