
La humanidad es un concepto. Un concepto que se pierde de sí mismo en múltiples conceptos. Y como el concepto no es nada sin el vocablo, empieza a llamarse tribu y luego ciudad estado y luego nación o estado a secas o país o sociedad de consumo. No, no se llama cada vez a su manera, son los hombres que llegan al cabo de los siglos y que lo revuelven todo los que rotulan. Tal vez también la humanidad es una condición. Y como tal, un tránsito. Sí, no me cabe duda que sigue siendo la tribu y todos sus atributos. La esencia de las primeras agrupaciones se mantiene. Con sus evoluciones y variantes. No es un ente filantrópico, aunque ántropos y humano parezcan decir lo mismo. Sin embargo necesitamos sublimar el término, no sé si el concepto, y solemos decir hay que ser más humano, por ejemplo, o qué poco humanos son o bien qué humanidad hay en él, o están deshumanizados, y etc. Como si el término humano sólo tuviera connotaciones positivas. ¿Por qué necesitamos creer que lo humano implica sólo comportamientos positivos, cuando sabemos que abundan los oscuros, los siniestros, los destructivos y predadores? ¿Por qué reservamos la palabra humanidad para designar la bondad, la generosidad, lo constructivo, lo participativo, lo logrado? Cuando tanto existe o más, de todo lo contrairo... ¿Lo humanizado, lo deshumanizado? ¿Tanta soberbia o tanta debilidad o tanta necesidad tenemos para hacer de la etimología de la palabra una especie de doble faz? Jano nos obsesiona. También Sísifo. También Zeus nos acecha. Y Minerva no se queda atrás. ¿Acaso no lo hace Dánae? Los dioses clásicos son nuestras representaciones, y no precisamente marchitas, sino en vigor. Pero no pasamos de ser Odiseo. Algo debe haber en esa alternancia agitada del término lo humano, ahíto de deseo e insatisfacción. Algo de conciencia de que la elevación lleva consigo la caída. Algo también de que todo lo que sucumbe puede renacer. Algo de esperanzador y de posibilidad. ¿Debemos estar desesperanzados de la humanidad, de los hombres? Motivos hay. Pero no escape. La necesidad nos acucia siempre, salvo que nuestra desesperación personal nos conduzca a no aceptar nada más que el vacío. Algunos me dicen, desde sus escritos o desde sus voces: somos rotundamente humanos. ¿Y eso qué es?, les respondo por inercia. Muchas veces me gusta hacer ficción. Olvidarme de la cultura y la educación y el mundo de ideas y todo eso que me han inculcado desde pequeño. Imaginarme que pertenezco a los primeros hombres, que no voy a pasar de quince o veinte años a lo sumo, y eso con suerte. Imaginarme con el pensamiento de su tiempo y de su cerebro, avanzado en su momento y muy inteligente, sin los devaneos y caprichos en que incurrimos los humanos actuales. No es suficiente, pero me rebaja los humos. Quiero creer.
(Stalker, me has hecho pensar en el tema; no pretendo convencerme ni a mí mismo, simplemente dejar las puertas abiertas, porque las puertas se suceden unas tras otras en el campo abierto. Y por lo tanto jamás se cierran, aunque canse tanto atravesarlas. Es la paradoja del vivir. Acompaño este vídeo con un poema de Pablo Neruda y de su voz, que a mí me emociona, qué se va a hacer)
(La fotografía es de la iraní Shirin Neshat)